Pasar al contenido principal

Opinión

Pedro Campos

El Apóstol de la independencia de Cuba José Martí escribió en abril de 1884 “La Futura Esclavitud”, un ensayo crítico de la obra homónima del filósofo Herbert Spencer, donde hacía la crítica más temprana conocida del “socialismo de estado”.

Allí escribió: “De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, ira a ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él; y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo.

…El funcionarismo autocrático abusará de la plebe cansada y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre…

…construye Spencer el edificio venidero, de veras tenebroso, y semejante al de los peruanos antes de la conquista y al de la Galia cuando la decadencia de Roma, en cuyas épocas todo lo recibía el ciudadano del Estado, en compensación del trabajo que para el Estado hacía el ciudadano.”

Por su parte, Marx y Engels, los padres del concepto formación económico-social (FES), en varios escritos abordaron el Modo de Producción Asiático o de esclavitud generalizada, que identificaron en Egipto y otras regiones de Asia y África, con características parecidas a las señaladas por Martí en su Futura Esclavitud, que el estalinismo no contempló en sus manuales de “marxismo-leninismo” por la similitud con el estatal-socialismo.

Aquella “Futura Esclavitud”, que con pelos y señales describió y criticó Martí, se pudo apreciar por primera vez en Rusia con el estalinismo y luego se extendió a China y Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Era una especie de capitalismo de estado por la forma de explotación asalariada estatal, pero por el sistema de servidumbre, dependencia, sumisión y falta de libertades se trataba de una forma de esclavitud generalizada.

Por haberse convertido en una realidad económica y social esa “Futura Esclavitud” bien pudiera considerarse una FES formación económico-social integral con una base económica y una superestructura correspondiente propias. Por surgir y desarrollarse en el siglo XX, cabría llamarle la “Moderna esclavitud”.

La base de esta FES esclavista moderna, está compuesta por un modo de producción con fuerzas productivas propias del capitalismo del siglo XX (técnicas, instrumentos) y relaciones de producción caracterizadas por el trabajo asalariado para el estado todo poseedor, sueldos mal pagados, muy bajos, que no alcanza para satisfacer las necesidades fundamentales del trabajador y su familia.

No es el típico trabajo asalariado del capitalismo que por lo general paga la reproducción de la fuerza de trabajo y brinda otras posibilidades al asalariado, como buscarse otro empleo, defenderse en un sindicato, emprender un pequeño negocio, meterse en una cooperativa, etc. En este sistema, el único empleador ha sido el estado por muchos años y solo limitadamente se han permitido otras formas de trabajo no estatales-asalariadas, al punto de que está prohibido en Cuba su ejercicio por la mayoría de los profesionales.

Como a los esclavos antiguos a estos asalariados mal pagados se les garantiza un mínimo de alimentos, una asistencia médica cada vez más precaria para que puedan trabajar y un oficio o profesión para poderlos explotar el estado.

La superestructura se caracteriza por el control absoluto del estado y su burocracia, sin libertades ni derechos, como en la vieja esclavitud y está compuesta por la seguridad del estado, la policía, los tribunales, los abogados de la defensa que responden al sistema que los designa, junto a las organizaciones políticas, los sindicatos y gobiernos locales y estructuras del Poder Popular que nada deciden. Todos los recursos están concentrados en manos del poder central.

No podría imaginar el Apóstol que menos de un siglo después de su escrito en el Siglo XIX, la esclavitud estatal que él identificó como un peligro de las ideas socialistas de entonces se impondría en su patria, en nombre del socialismo y de sus propias ideas, por medio de la violencia castrista.

En Cuba persiste esa “deformación” económico-social. Los trabajadores cubanos, los nuevos esclavos del estado no tienen libertades para decidir nada importante en sus vidas. La población, los matrimonios y la procreación están limitados por las condiciones materiales, los bajos salarios, la falta de vivienda, los suicidios y la emigración. Cuba supera este desastre o muere como nación.

Aunque hay “elecciones” indirectas, solo los “revolucionarios” pueden participar efectivamente en la vida política, controlada por el partido dizque comunista a todos los niveles, tampoco hay libertad para expresarse, reunirse, elegir ni hacer otra actividad económica.

Por ser Cuba una Isla, miles que intentaron irse al Palenque, perdieron la vida en el mar o en las selvas de otros países.

Los modernos esclavos que se reviran van a la cárcel por miles, son golpeados, perseguidos y varios miles han muerto enfrentando este sistema desde que se implantó en el 59. Cayeron peleando, fueron fusilados sin juicios con garantías procesales, murieron en las cárceles o fueron asesinados mientras iban a hospitales o recibían atención médica.

En Cuba, ese modelo estatalista arropado de socialismo y vendido al mundo como la panacea de la modernidad, alcanzó los mayores niveles de concentración de poder económico y político jamás imaginados, para satisfacer los caprichos del caudillo quien, falto de ideología, eclécticamente echó mano del “marxismo leninismo” y a cuanta idea sirviera a su estrategia hegemónica.

En su voluntarismo, pretendió expandir su revolución violenta a medio mundo, se alió a la URSS, implantó cohetes atómicos apuntando al gran vecino, antes siempre aliado; pero no siguió los pasos reformistas de la Perestroika y la Glasnost, aunque sí se acercó al “enemigo” imperialista buscando sus dineros y realizó algunas modificaciones superficiales que no cambian el sistema.

Desaparecido el cabecilla, quieren garantizar la continuidad el modelo esclavista con la nueva constitución que mantiene la centralización de la propiedad, explotada en forma estatal asalariada como eje de la economía, reconoce la propiedad privada y asociada, pero con multitud de limitaciones y subordinadas a los monopolios estatales del mercado interno y externo.

El partido comunista, “único, martiano, fidelista y marxista-leninista” —vaya disparate— seguiría como fuerza supranacional y todo poderosa, sin reconocer el multipartidismo, la división de poderes ni las libertades fundamentales de expresión, asociación, elección y actividad económica.

En suma, un “perfeccionamiento actualizado” de la moderna esclavitud que Martí tempranamente explicó hace ya más de un siglo.

15 de septiembre de 2018

Polis: Política y Cultura

https://polisfmires.blogspot.com/2018/09/perdo-campos-cuba-la-esclavitud...(POLIS)

 5 min


Joaquín Estefanía

Al menos cuatro grandes transformaciones desarrolladas en las últimas décadas han alterado profundamente el contrato social que rubricaron implícitamente las fuerzas de la izquierda (socialdemócratas) y de la derecha (democristianos) tras la II Guerra Mundial, que formalizó las reglas del juego para la convivencia pacífica durante más de medio siglo. Se trata de la revolución tecnológica, que ha hecho circular al mundo de lo analógico a lo digital; la revolución demográfica, que convirtió a Europa, cuna de ese contrato social, en un espacio compartido de gente envejecida después de haber sido un continente joven; la globalización, que ha llegado a ser el marco de referencia de nuestra época desplazando al Estado-nación; y la revolución conservadora, hegemónica desde la década de los años ochenta del siglo pasado y que ha predicado las virtudes del individualismo y de que cada palo aguante su vela, olvidando los principios mínimos de solidaridad social. El conjunto de estas revoluciones —la tecnológica, la demográfica, la globalizadora y la política— ha dado lugar a una especie de refundación de lo que el gran pensador vienés Karl Polanyi denominó a mitad de los años cuarenta “la gran transformación”.

El concepto de contrato social pertenece en su inicio al pensador Jean-Jacques Rousseau, que a mediados del siglo XVIII escribió un libro del mismo título, considerado precursor de la Revolución Francesa y de la Declaración de los Derechos del Hombre, y que trataba de la libertad y la igualdad de las personas bajo Estados instituidos por medio de un contrato social. Ese contrato era una suerte de acuerdo entre los miembros de un grupo determinado que definía tanto sus derechos como sus deberes, que eran las cláusulas de tal contrato. Esas cláusulas no son inmutables o naturales, sino que cambian dependiendo de las circunstancias y transformaciones de cada momento histórico y de las correlaciones de fuerzas entre los componentes de los grupos.

El contrato social que surge en Europa y se extiende por buena parte del planeta, a distintas velocidades, después de la II Guerra Mundial decía básicamente lo siguiente: quien cumple las reglas del juego, progresa, logra la estabilidad y la tranquilidad en su vida. Una buena formación intelectual, la mejor educación, el esfuerzo permanente, la honradez y ciertas dosis de suerte (que había que buscar) aseguraban el bienestar de los ciudadanos y sus familias. Con un empeño personal calvinista, el funcionamiento de las instituciones de la democracia y el progreso económico general, el nivel de vida mejoraría poco a poco y nuestros hijos vivirían mejor que nosotros. Unos, los más favorecidos, se quedarían con la parte más grande de la tarta, pero a cambio los otros, la mayoría, tendrían trabajo asegurado, cobrarían salarios crecientes, estarían protegidos frente a la adversidad y la debilidad, e irían poco a poco hacia arriba en la escala social. Un porcentaje de esa mayoría, incluso, traspasaría la frontera social imaginaria y llegaría a formar parte de los de arriba: la clase media ascendente.

Esto ya no es así. Ese contrato social ha sido sustituido, por efecto de las transformaciones citadas, por lo que el sociólogo Robert Merton ha denominado “el efecto Mateo”: “Al que más tiene, más se le dará, y al que menos tiene se le quitará para dárselo al que más tiene”. Se inaugura así la era de la desigualdad y se olvidan las principales lecciones que sacó la humanidad de ese periodo negro de tres décadas (1914-1945) en las que el mundo padeció tres crisis mayores perfectamente imbricadas: las dos guerras mundiales y, en el intervalo de ambas, la Gran Depresión.

El historiador Tony Judt, entre otros, ha descrito con exactitud (Postguerra) cómo a partir de lo acontecido en esos 30 años nació otro planeta con distintas normas, ya que parecía imposible —decenas de millones de muertos después— la vuelta a lo que habían sido las cosas antes. Se acordaron señas de identidad diferentes, basadas en la intervención estatal siempre que fuese precisa, y con una nueva arquitectura institucional que pretendía que nunca más se pudieran repetir las condiciones políticas, sociales y económicas que habían facilitado los conflictos generalizados. Hubo un consenso entre las élites políticas (los partidos), económicas (el empresariado) y sociales (los sindicatos) para alcanzar la combinación más adecuada entre el Estado y el mercado, con el objetivo final de que toda práctica política se basara en la búsqueda de la paz, el pleno empleo y la protección de los más débiles a través del Estado de bienestar.

Recuerda Judt que en una cosa todos estaban de acuerdo, aunque hoy sea un concepto obsoleto: la planificación. Los desastres de las décadas del periodo de entreguerras (las oportunidades perdidas a partir de 1918; los agujeros ocasionados por el desempleo, las desigualdades, injusticias e ineficacias generadas por el capitalismo de laissez-faire que habían hecho caer a muchos en la tentación del autoritarismo; la descarada indiferencia y arrogancia de la élite gobernante, y las inconsecuencias de una clase política inadecuada) parecían estar todos relacionados con el fracaso a la hora de organizar mejor la sociedad: “Para que la democracia funcionase”, escribe el historiador, “para que recuperase su atractivo, debía planificarse”. Así se amplió la fe ciudadana en la capacidad —y no solo en el deber de los Gobiernos— de resolver problemas a gran escala, movilizando y destinando personas y recursos a fines útiles para la colectividad.

Quedó claro que la única estrategia con éxito era aquella que excluía cualquier retorno al estancamiento económico, la depresión, el proteccionismo y, por encima de todo, el desempleo. Algo parecido subyacía en la creación del welfare state: la polarización política había sido consecuencia directa de la depresión económica y de sus costes sociales. Tanto el fascismo como el comunismo habían proliferado con la desesperación social, con el enorme abismo de separación entre ricos y pobres. Para que la democracia se recuperase como tal era preciso abordar de una vez “la condición de personas” de los ciudadanos.

Estos elementos seminales del contrato social de la posguerra ya estaban de retirada antes de 2008. Entonces llegó como un tsunami de naturaleza humana la Gran Recesión, la cuarta crisis mayor del capitalismo, de la que estos días se cumplen los 10 primeros años. Sus consecuencias han exacerbado tal crisis y han regresado con fuerza las dudas entre muchos ciudadanos en la convivencia pacífica entre un sistema de gobierno democrático y un capitalismo fuertemente financiarizado: los mercados son ineficientes (el desiderátum de mercado ineficiente es el mercado de trabajo), y el sistema político, la democracia, que se legitima corrigiendo los fallos del mercado, no lo hace. Así surge la desafección respecto a la democracia (el sistema político) y el capitalismo (el sistema económico).

Una buena parte de la población ha salido de la Gran Recesión más pobre, más desigual, mucho más precaria, menos protegida socialmente, más desconfiada (lo que explica en buena parte la crisis de representación política que asola nuestras sociedades) y considerando la democracia como un sistema instrumental (somos demócratas siempre que la democracia resuelva nuestros problemas). Muchos ciudadanos expresan cotidianamente sus dudas de que los políticos, aquellos a los que eligen para que los representen en la vida pública, sean capaces de resolver los problemas colectivos. De cambiar la vida a mejor.

Además de la ruptura del contrato social tradicional, en la última década se ha aniquilado el pacto entre generaciones. No se cumple lo que hasta hace unas semanas decía un anuncio en la radio de una empresa privada de colocaciones: “Si estudias y te esfuerzas, podrás llegar a lo que quieras”. El historiador Niall Ferguson escribe que el mayor desafío que afrontan las democracias maduras es el de restaurar el contrato social entre generaciones, y Jed Bartlet, el presidente ficticio de EE UU en la serie televisiva El ala oeste de la Casa Blanca, comenta a su interlocutor: “Debemos dar a nuestros hijos más de lo que recibimos nosotros”. Este es el sentido progresista de la historia que se ha roto.

El estrago mayor que ha causado la Gran Recesión en nuestras sociedades ha sido el de truncar el futuro de una generación. O de más de una generación. Ha reducido brutalmente las expectativas materiales, y sobre todo emocionales, de muchos jóvenes que se sienten privados del futuro que se les había prometido. Se ha actualizado la llamada “curva del Gran Gatsby”, que explica que las oportunidades de los descendientes de una persona dependen mucho más de la situación socio¬económica de sus antecesores que del esfuerzo personal propio. Ello conlleva la transmisión de privilegios más que la igualdad de oportunidades.

Una joven envía un tuit que se hace viral, y que se pregunta: “¿Cómo hicieron nuestros padres para comprar una casa a los 30 años?, ¿eran narcos o qué?”. La Gran Recesión ha profundizado en los desequilibrios que ya existían antes de ella e introducido nuevas variables en el modelo; escenarios dominados por la inseguridad vital, que ya no es solo económica, sino cultural. Muchas personas, millennials o mayores de 45 años que se han quedado por el camino, sobreviven en la incertidumbre, la frustración y sin opciones laborales serias; no esperan grandes cosas del futuro, al que presuponen más amenazas que oportunidades, y que en buena medida no entienden. Estos jóvenes son los que han sido calificados como un “proletariado emocional” (José María Lasalle).

El nuevo contrato social habrá de tener en cuenta las transformaciones citadas y otros elementos que se han incorporado a las inquietudes centrales del planeta en que vivimos, como el cambio climático. El objetivo del mismo debería condensarse en la extensión de la democracia en una doble dirección: ampliar el perímetro de quienes participan en tomar las decisiones (ciudadanía política y civil) y extender el ámbito de decisión a los derechos económicos y sociales (ciudadanía económica) que determinan el bienestar ciudadano.

16 de septiembre

El País

https://elpais.com/economia/2018/09/14/actualidad/1536939958_497803.html

 7 min


“Conoce a tu enemigo y conócete a ti mismo y libraras cien batallas victoriosas”

Sun Tzu, El Arte de la Guerra.

Durante el gobierno de Nicolás Maduro, Venezuela ha sufrido la peor crisis de su historia moderna. El ingreso promedio por habitante ha disminuido a casi la mitad, una hiperinflación pavorosa ha hundido al 90% de la población en pobreza y todos los días mueren venezolanos por no conseguir tratamiento médico adecuado. El salario mínimo, recientemente incrementado, es ya menos de la décima parte del promedio latinoamericano. Al lado del desabastecimiento y el hambre, el país exhibe, junto a El Salvador, la tasa de muertes violentas más alta del hemisferio. Se contabilizan actualmente más de 200 presos por razones políticas y numerosas denuncias sobre la violación de derechos humanos, expresión ignominiosa del quebrantamiento del orden constitucional. En fin, indicios propios de una dictadura.

En atención a un desempeño tan funesto, debe preguntarse por qué no ha sido desplazado del poder. Entre otras cosas, es menester entender la naturaleza del gobierno que preside Nicolás Maduro:

Es el asiento de un régimen de expoliación establecido por una nueva oligarquía militar y civil, destruyendo todo contrapeso a su ejercicio discrecional y centralizado de poder.

Un régimen de expoliación es un arreglo orquestado desde un poder político autocrático para el usufructo de la riqueza social con base en relaciones de fuerza derivadas de una jerarquía de mando, en desapego a criterios de racionalidad económica y/o a indicadores que expresarían metas planificadas. Un Estado Patrimonial, en el que se confunde el patrimonio público con el de quienes mandan, sustituye al Estado de Derecho. Por ende, no está sujeto a normas sino a transacciones de naturaleza política que truecan obsecuencia y lealtad hacia aquellos por el derecho a participar en la depredación de la riqueza. Puede comprender actividades ilegales, como el tráfico de drogas. Favorece la acción de formaciones mafiosas que rivalizan entre sí en el despojo de lo que consideran “cotos de caza”.

Su apoyo fundamental proviene de estamentos hegemónicos en la jerarquía militar quienes, junto a altos funcionarios y amigotes, constituyen una nueva oligarquía, beneficiaria principal del régimen expoliador al controlar buena parte de las actividades económicas y ocupar los nodos decisorios que determinan las posibilidades de extraer rentas por medio de la intervención estatal. Si bien las encuestas revelan que su apoyo es mínimo, el monopolio de los medios de violencia del Estado está a su disposición. Junto a un poder judicial partidario, totalmente abyecto, se ejerce por su intermedio el terrorismo de Estado en contra de quienes protestan o realizan actividades que amenacen su control sobre la población.

La oligarquía se cobija en una falsa realidad erigida con simbolismos de la mitología revolucionaria para legitimar su apropiación de bienes públicos y privados, en nombre de un “socialismo del siglo XXI”. Avala su uso de tal apelativo con programas de reparto a sus bases de apoyo. Una representación ideológica maniquea moldea compromisos sectarios y excluyentes entre éstas, y les provee de subterfugios con los cuales absolver sus desmanes. Discursos de odio las instigan a confrontar a aquellos señalados por el liderazgo como enemigos de la “revolución”. Estas prácticas pueden englobarse bajo el amplio concepto de populismo pero, teniendo en cuenta su escamoteo de la participación democrática, su afición por la violencia y su militarización, un término más preciso es el de neofascismo.

Un importante locus de decisión del régimen reside fuera de Venezuela en quienes controlan el Estado cubano y, más recientemente, en acreedores, básicamente chinos, que constituyen poderosos intereses en torno a la permanencia del gobierno de Maduro. La aquiescencia con éstos es a expensas de la soberanía, incluida la renuncia a reclamos territoriales y el saqueo de recursos del subsuelo.

Implicaciones políticas

1. La oligarquía no va a acceder por cuenta propia a salir del poder por medios constitucionales. Los intereses creados en torno al despojo de bienes públicos y privados, basados en actividades que quebrantan el orden constitucional, están firmemente atrincherados. Su accionar de mafias hace de su compromiso con lo que puede denominarse un “Estado forajido”, un hecho irreversible.

2. En su defensa, esta oligarquía no conoce frenos morales ni éticos, ni reconoce límite en el respeto a los derechos humanos consagrados en la constitución. Retrata como enemigo a todo opositor con base en categorizaciones maniqueas patriotero-comunistas. Independientemente de que crea o no su montaje ideológico, éste sirve para dispensar de toda culpa a sus atropellos: “La Historia me absolverá”. En este ejercicio encubridor, la lucha política es una “guerra” donde todo se vale.

3. Lo anterior explica la terrible crueldad con que la oligarquía despacha el hambre causado por sus políticas, como las miserias que acompañan el éxodo masivo de venezolanos por las fronteras. Esta malignidad se magnifica con el despliegue de su opulencia y la revelación de sus enormes fortunas. “A falta de pan, buenas son tortas”, como se le atribuye a la reina María Antonieta.

4. Lo anterior se complementa con acciones desmoralizadoras que buscan desesperar y hacer cundir la resignación de los venezolanos. Para ello reprime toda protesta –protestar no llega a nada-- y chantajea al presentar el Carnet de la Patria como lo único seguro ante al hambre. Apertrechado de un vasto arsenal de recursos públicos, ejerce el terrorismo de Estado en contra de sus opositores.

Consecuencias para la acción de las fuerzas democráticas

1. Lo único que sacará a la oligarquía del poder es una acción concertada de fuerzas decididamente superiores. Esta verdad de Perogrullo implica resquebrajar las bases de apoyo militar a Maduro. No basta con disfrutar de una mayoría o tener la legalidad y la razón de nuestro lado.

2. Es menester una política abierta y diáfana frente a la Fuerza Armada, acotando insistentemente su papel profesional al “servicio exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política alguna” (Art. 328) y denunciando la represión de oficiales por estar comprometidos con este rol institucional. A aquellos incursos en complicidades con el régimen se les debe confrontar con su responsabilidad criminal en el sufrimiento del pueblo, de forma terminante. Lejos de ser herederos (“gloriosos”) del Ejercito Libertador, lo son de Pinochet, Videla y demás gorilas latinoamericanos.

3. Aunque a los mafiosos les importa un bledo la legalidad y la razón, éstas siguen siendo referencias básicas en la cultura democrática que aún pervive entre la gente. De ahí que una prédica política que conecte claramente Estado de Derecho y bienestar –mayores ingresos, comida, salud, educación, libertad y servicios públicos eficientes— contribuye a potenciar las fuerzas democráticas.

4. La participación en contiendas electorales convocadas por el Madurismo, por más fraudulentas que sean, será ventajoso si ello permite su utilización para movilizar a la gente y construir fuerzas. La denuncia del ventajismo, los atropellos y el abuso de poder en el escamoteo de la auténtica voluntad de la gente, tanto dentro del país como afuera, será primordial para tales propósitos.

5. Es menester desenmascarar la naturaleza fascista del Madurismo. Es insólito que siga alardeando de una supuesta democracia protagónica –superior—con base en discursos “revolucionarios” que sirven, más bien, para conculcarla a través de la militarización del país. Quitémosle la Hoja de Parra de un supuesto “socialismo humanitario” que no hace sino defenderse del “imperio y la burguesía”.

6. La base de la prédica democrática debe fundamentarse en la posibilidad de una vida digna, bien provisionada y en libertad, gracias a un proyecto claramente alternativo al reparto rentista hoy en bancarrota. No puede ser un simple “quítate tú pa’ ponerme yo”, a cuenta que soy honesto y bien intencionado. Una economía social de mercado, cuyo motor sea la iniciativa privado en un marco institucional que afiance la equidad y la justicia, debe traducirse en un lenguaje y unos conceptos que hagan suyos la gran mayoría de venezolanos. Es hora de enterrar el populismo paternalista.

Economista, profesor de la UCV.

humgarl@gmail.com

 6 min


Ada Esther Lugo Freites

El comentario de la semana

Es indiscutible que Venezuela atraviesa hoy día la peor crisis de su historia, caracterizada esta por un dantesco escenario donde confluyen no solo una inflación entre las más altas del mundo y una debacle económica sin precedentes, sino también la destrucción sistemática del aparato productivo interno y la pérdida de libertades frente a un régimen totalitario. A este ya complejo escenario se une una aguda crisis política y social y el deterioro progresivo y evidente del sistema de valores del venezolano. Esta realidad permite afirmar, citando a Suárez (2017), que el nuestro es tristemente un país que “se debate entre el caos y el conflicto” (p.18).

Lo antes descrito ha golpeado duramente la capacidad económica de los ciudadanos, haciendo cada día más difícil cubrir sus necesidades básicas, e incluso garantizar medianamente la sobrevivencia, ante lo cual la urgente exigencia de obtener dinero rápido está privando más que poseer estabilidad y seguridad social, cambiando la preferencia laboral hacia el bachaqueo, por lo que ahora el país enfrenta el reto de reeducar a los venezolanos sobre el verdadero valor del empleo formal (Marcano y Duarte, 2016). Visto de esta perspectiva la tarea a asumir parece compleja, más aún en un país donde, como consecuencia de equivocadas políticas económicas entre otras razones, el salario percibido por los trabajadores no alcanza para cubrir el costo de la cesta básica, disminuyen de forma considerable el número de empresas operativas, las que aun sobreviven no logran ofrecer salarios competitivos para sus trabajadores y la posibilidad de ahorro y planificación no entra en el esquema de prioridades del ciudadano promedio.

Ante esto, surge entonces el bachaqueo, práctica que como forma de arbitraje puede definirse según Zúñiga (2016) como la acción de “capitalizar el desequilibrio de los precios sacando provecho de esa diferencia entre dos o más mercados”, siendo sencillamente y parafraseando al autor, una oportunidad aprovechada por un individuo al darse cuenta que haciendo una cola y comprando un producto a precio regulado va a ganar muchísimo más que lo que podría ganar en un sueldo del sector formal de la economía, logrando con esto quizás satisfacer una necesidad momentánea, pero generando igualmente una gravísima distorsión del mercado venezolano y socavando las ya débiles bases de la cultura laboral del trabajador local.

A este escenario se añade la concepción histórica criolla del trabajo como necesidad obligada y no como herramienta debidamente valorada para la obtención de riqueza y bienestar y el desmejoramiento notable de los valores positivos asociados al empleo formal. Visto desde esta perspectiva, no es de extrañar que en la actualidad una parte de los venezolanos no perciban el empleo formal como un elemento importante que garantice su calidad de vida, buscando como contrapartida resolver situaciones individuales mediante estrategias que bien podrían ubicarse en el contexto de la viveza criolla, enmarcada esta en un sistema que promueve el afianzamiento de antivalores, la destrucción del aparato productivo y la desvalorización del trabajo, sembrando como método la desesperanza, la incertidumbre y la angustia colectivas.

Planteado así, el panorama que enfrentamos es francamente desalentador. Sin embargo, nada mas alejado de la verdad. Estudios recientes indican que la mayoría de los venezolanos rechaza la cultura del bachaqueo, valorando el trabajo formal y anhelando un sistema político, económico y social que garantice no solo la restitución de la democracia y las libertades inherentes al ser humano, sino la estabilidad económica y esa normalidad que los venezolanos hemos dejado atrás.

Es evidente entonces la imperiosa necesidad de rescatar y fortalecer la cultura del trabajo en Venezuela, lo que necesariamente pasa por la reactivación de la economía, el rescate de la producción nacional, la aplicación de reglas del juego claras y coherentes y en definitiva la superación de un régimen que coarta las libertades individuales y fundamenta sus acciones en la dádiva, la dependencia y la destrucción, por un modelo político de libertades, basado en el respeto, la formación individual y colectiva, la productividad, la eficiencia, la meritocracia y en definitiva la expresión de las potencialidades y talentos de todos sus ciudadanos.

Referencias

Marcano, P. y Duarte, M. (2016). La crisis destruye la cultura laboral del venezolano. Diario La Razón. Bloque Venezolano de Prensa y Cámara Venezolana de Periódicos.

Romero, A. y Castro, L. (2015). La Venezuela del siglo XXI y la ética del trabajo. Revista Gaceta Laboral, Vol. 21, No. 2. 2015.

Suarez, B. (2017). Valor del trabajo en el ámbito organizacional: mirada al contexto venezolano. Revista Educación en Valores. Universidad de Carabobo. Julio - Diciembre 2017; Vol. 2; N° 28.

Zúñiga, G. (2016). Centro de Investigaciones Sociales y Económicas de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). En: La crisis destruye la cultura laboral del venezolano. Diario La Razón.

 3 min


Pedro Vicente Castro Guillen

Maduro ha llegado a un punto muy peligroso de su mandato tiránico porque su mal llamado “programa para estabilizar la economía” lo desdibuja totalmente en su discurso, ya no es posible que hable en nombre de Chávez, o en contra del neoliberalismo, aunque, tanto él como sus turiferarios siguen hablando de la “guerra económica”. El problema es que su discurso ideológico castro-comunista se evaporó. Ya reconoce que hay un déficit fiscal brutal, que no hay producción, que hay hiperinflación, que hay trabas que burocráticas que le hacen un inmenso daño a la economía, que hay que aumentar el precio de la gasolina, cosas que Nicolás las empaqueto como guerra económica. Ahora, resulta que el régimen se hace la guerra económica.

Ahora bien, Ustedes bien podrían decirme, que no importa que Maduro se desmienta, porque es bueno que reconozca hoy lo que ayer no reconocía y, de esta manera tome medidas para resolver la inmensa crisis que azota al país. El problema es que como estamos viendo, Nicolás no puede, está incapacitado para conectar dos ideas medianamente coherentes. Por ejemplo, existe un problema hay que buscar una solución. ¡Cómo! En la misma maniobra en que reconoce que hay problemas de hiperinflación, oferta, déficit fiscal, lo niega como resultado de vuelta de lo que es producto de la “guerra económica”, el “imperialismo”, “la derecha apátrida”. Todo menos reconocer que es la política del socialismo en el siglo xxi la responsable del desastre. Y es esto lo que le lleva a producir un esperpéntico programa armado como bricolaje de ideas económicas y fantasías ideológicas. Entre estas últimas el petro, los lingoticos de oro, etc. Y entre las primeras, que se puede lograr el déficit fiscal cero o el anclaje cambiario sin Reservas Internacionales y sin poder ir al mercado financiero internacional.

Pero el aspecto más alucinante de la dimorfía ideológica es querer ir a un igualitarismo castro-comunista con el tipo de medidas que estas asumiendo para pretender resolver el descalabro que logro el castro-chavismo en 20 años. Es decir, pretender igualar a toda la sociedad con un solo ingreso, que todo el mundo gane lo mismo. Acabar con las diferencias naturales y artificiales que generan disposiciones, aptitudes y actitudes distintas en cuanto al trabajo, al emprendimiento, a la capacidad para asumir roles diversos, etc., etc. Creo que el propio Nicolás se ha metido en un cul-de-sac.

Nicolás pretende acabar con la contratación colectiva, con los acuerdos laborales que se venían produciendo y acordando tanto en el sector público como en el sector privado. Con la pretensión de dar un salto de legua sobre aumentado el ingreso mínimo, reventó todos los convenimientos que formal e informalmente venían regulando las relaciones de trabajo. Con la clara determinación de igualar a todo el mundo por el mismo rasero, es decir, su versión igualitarista del comunismo cubano.

Ahora, Nicolás se equivocó –cosa nada rara, es lo que lo caracteriza-, espero el peor momento para hacer algo, lo hizo muy mal y además calculo peor el clima social del país. El país está harto del gobierno a ritmo de bongó autoritario y caprichoso. No es posible que en medio del huracán hiperinflacionario que se acaba de revitalizar con un paquete de medidas que nadie cree en sus resultados porque no genera ninguna confianza, pueda encajar sin chistar el igualitarismo salarial, que en pocos días no alcanzará ni para comprar los 25 productos regulados. Ni soportará la renovada escasez de productos que el bojote madurista acaba de elevar a la estratosfera.

Por lo que no hay que ser Casandra para esperar que el clima de agitación y protesta social se recrudecerá frente a la posibilidad de que el hambre sea la característica ambiental en los hogares de los venezolanos. Ahora bien, esto hay que convertirlo en un frente social y político para salir del régimen y volver a la República y a las Instituciones democráticas.

@pedrovcastrog

 3 min


Jesús Elorza G.

Totalmente sorprendido, se encontraba el Ministro de Educación Elías Jaua, al ver al camarada Aristóbulo entrar a su despacho cantando “Quien ha visto negro como yo, Quien ha visto negro como yo, comiendo papa, lechuga, calabaza y quimbombó...”

- ¿Qué lo trae tan contento camarada? preguntó el ministro.

La silla pana.

- ¿Qué silla?

Cuál va a ser, la tuya. El pana Nicolás acaba de nombrarme ministro. Tas ponchao, le dijo Aristóbulo.

-Coño, ni me avisaron. Que mal agradecido es ese tipo. Después de haberle sacado las patas del barro en agricultura, relaciones exteriores, en la cartera de las comunas y movimientos sociales, y en la vicepresidencia. Con los ojos aguaos, salió del despacho sin ni siquiera juramentar a sucesor.

Acto seguido, los funcionarios de libre nombramiento y remoción, para asegurar no ser removidos, comenzaron a gritar “Volvió, volvió, volvió…”y el nuevo jefe, les correspondió con el puño en alto y señalándoles que dentro de la revolución todo, fuera de ella nada.

Las secretarias y el resto del personal comentaban entre sí, la llegada del nuevo ministro. Seguro que viene a continuar la implementación del uso de la educación como mecanismo de coherencia ideológica, dijo una de ellas, recordando su gestión en los años 2001-2007. Su proyecto implicaba el control político de los docentes, la ideologización de los estudiantes, diseños curriculares sesgados y la creación de “misiones educativas”

Me viene a la memoria, dijo una de las empleadas que en esos años tuve que salir a la calle a protestar bajo la consigna “Con mis hijos no te metas” en contra de la implementación del Decreto 1011, cuyo el propósito era la creación de los Supervisores Itinerantes (comisarios políticos) con la competencia de sancionar y destituir sumarialmente al personal docente y los directores catalogados como escuálidos.

Un profesor, presente en ese momento, intervino para expresar que no debemos llamarnos a engaño con la vuelta del tipo al ministerio. Si hacemos memoria, debemos recordar que en su primera gestión todos sus esfuerzos estuvieron dirigidos al desarrollo de políticas públicas, orientadas a la alineación de la educación a los valores socialistas, con la finalidad, de generar la superestructura ideológica y política para cohesionar a la sociedad en torno al modelo de la Revolución del Siglo XXI.

-Profesor, me la puede poner más fácil, le pidió uno de los obreros.

Claro que sí. El modelo educativo que buscaban y siguen buscando, solo sirve para la consolidación totalitaria de un régimen dictatorial de corte militarista, en el cual, los ciudadanos solo estemos a su servicio.

-No es con el ánimo de romper el grupo, dijo tímidamente uno de los enchufaos, pero las Misiones fueron buenos programas.

Tas loco, le respondió alguien. La Misión Robinson, orientada a erradicar el analfabetismo, solo sirvió para engañar a mucha gente y solo se llevó a cabo para impulsar la participación de la gente a favor de Chávez en el referendo revocatorio. El fracaso, de esta misión se puede ver en los más de 2.000.000 que hoy permanecen como analfabetas funcionales.

Y la Misión Ribas, es más arrecha. En dos años, otorgaban el Titulo Golilla de Bachiller. !!!Sin cursar y aprobar asignaturas como Química, Física, Matemática y Biología. Igual procedimiento, fue seguido con la Misión Sucre, títulos universitarios golillas.

Uno de los trabajadores de la imprenta del ministerio, intervino para expresar, que la elaboración y producción de la Colección Bicentenaria de textos escolares está dirigida al adoctrinamiento y no a la enseñanza. La utilización del texto escolar como vehículo deliberado de transmisión de contenidos ideológicos se acentúa cuando estos se elaboran y producen en contextos de regímenes con vocación autoritaria o francamente dictatoriales, o en el otro extremo, exageradamente populistas. Ejemplo de ello, lo tenemos en el nazismo, en los regímenes de Corea del Norte, China, la Unión Soviética, Cuba por solo citar algunos.

En nuestro caso, se destaca en los textos la veneración o culto a la personalidad de Chávez, la lucha armada de los años sesenta, el Caracazo, el 4F, el 27 N y el Árbol de las Tres Raíces.

En síntesis, las políticas educativas del régimen y sus personeros en el ministerio de educación, con toda su carga de ideologización, demagogia y populismo, están orientadas a lo que pudiéramos llamar “!!!La creación del OMVRE NUEBO!!!”

Un maestro, intervino para decir que otro de los “méritos” del nuevo ministro, fue la creación de Gremios Paralelos con la finalidad de dividir al movimiento magisterial. Maniobra esta, digna de los regímenes fascistas. Tampoco hay que olvidar, los 10.000 “entrenadores” que trajo de Cuba y que para mejorar el deporte, discriminando a los docentes deportivos venezolanos.

La conversación de todos los presentes fue interrumpida cuando la secretaria del ministro, le dijo en voz alta que tena una llamada urgente desde los Estados Unidos.

-A lo mejor es Donald Trump, para felicitarme, dijo Aristóbulo tratando de hacerse el gracioso.

No ministro, es el señor Leopoldo Castillo Bozo.

-Sin ocultar su nerviosismo, responde…..aló.

-Hola mi compinche, te llamo para felicitarte. No te acompaño, porque el imperio no me deja salir. Pero, no te preocupes, mis abogados me aseguran que pronto saldré en libertad. Asemás, no te preocupes que nuestros billullos están resguardados. Mañana te mando a un emisario para que cuadremos como vamos a centralizar nuevamente a la empresa de seguros del ministerio y meternos otra boloña. Ah, por último, si estas interesado en otro yate avísame que aquí en el estado de Florida, los hay grandotes y a todo lujo como a ti te gustan….bye, bye…mi pana.

Mudo, estaba Aristóbulo, cuando la secretaria nuevamente lo interrumpe para decirle que tiene otra llamada internacional, ahora de Sepp Blatter, expresidente de la FIFA.

Ahora, no lo puedo atender, que deje el mensaje, fue su nerviosa respuesta.

-Señor ministro, dejó dicho, que se no se le olvide que hay que terminar de repartir la cochina de las ganancias producidas por la Copa América, cuando usted fue presidente del comité organizador.

Fin de mundo, solo resta decir ¿Quién ha visto negro como ese bebiendo güisqui, paseando en yate y comiendo quimbombó?

 4 min


En las primeras seis décadas de producción petrolera, (1914-1975) Venezuela logró un gran crecimiento económico y, con sus fallas, un mejoramiento de la calidad de vida de parte de sus habitantes, así como ser polo de atracción de una inmigración positiva. Esta evolución sufrió un desaceleramiento en el período siguiente (1976- 1999) y colapsó de allí en adelante. Hoy ríos humanos huyen del país ¿Cuál es la responsabilidad de la política petrolera en ese auge y caída de esta otrora tierra de Gracia?

1914- 1975: El petróleo hizo su aparición comercial bajo la dictadura de Juan Vicente Gómez, en un ambiente de escasez de recursos financieros, humanos y de tecnología. El hombre de la Mulera distribuyó concesiones de tierras entre sus amigos para que exploraran y extrajeran el crudo. Estos las vendieron a empresas extranjeras, con grandes ganancias, compartidas con el dictador. Estas empresas hicieron lo que les vino en gana, hasta la Ley de Hidrocarburos de 1943.

Gradualmente nuestros gobiernos aumentaron los impuestos. Dicha Ley estableció que los ingresos del fisco debían ser iguales a las ganancias de las petroleras (50% y 50%), lo cual quedó más claro en 1946, con el Decreto de la Junta presidida por Betancourt. Esta Junta decidió no otorgar más concesiones, lo cual fue un error ya que se detuvieron las exploraciones. El dictador Pérez Jiménez (1952-1958) regresó a la política de concesiones. En 1959, Edgar Sanabria, presidente de la Junta Provisional de gobierno incrementó la participación nacional al 65%.

Con el regreso de Betancourt al poder en 1959, se suspendió nuevamente la política de concesiones. En ese tiempo la información disponible indicaba que nuestras reservas petroleras eran bajas, por lo que la política fue de restricción de la producción, lo cual es entendible, pero fue otro error. En 1960 Venezuela fue factor importante en crear la OPEP, con sus más y sus menos. Las concesiones otorgadas vencían en 1983, por lo que las empresas dejaron de invertir. Esto obligó a aprobar en 1971 la Ley de Reversión y a adelantar la nacionalización en 1975. En ese momento casi toda Venezuela la apoyó. Hoy cabe preguntar si fue un error, ya que a partir de esa fecha Venezuela ha tenido que dedicarle al petróleo recursos financieros, a costa de la educación, salud e infraestructura. Además, era de prever que la política partidista terminaría por inmiscuirse en la nueva empresa. En 1975 la producción de petróleo fue de 2.350.000 barriles por día (b/d) y la participación del Estado en las ganancias llegó a un 98%, según Allan Brewer-Carías.

1976- 2001: Se realizaron cambios positivos en refinación, se reanudó la exploración, se crearon el Intevep y el Cied. Para garantizar mercados, se adquirieron refinerías en el exterior. Por necesidad de recursos para aumentar la producción, se realizó una apertura a empresas extranjeras para ayudar a extraer un petróleo que de otro modo quedaría en el subsuelo. La producción de crudo al final de este período fue de 2.862.000 barriles por día.

2002-2018: Chávez requería apoderarse de Pdvsa para implantar su proyecto político. La política petrolera ha estado orientada a ordeñar a esta empresa para financiar programas sociales no sustentables, dar cargos a militantes del Psuv, beneficiar a rojos corruptos y comprar cómplices. Fueron despedidos casi 23.000 trabajadores calificados. Los Convenios Operativos pasaron a empresas mixtas, así como las Asociaciones Estratégicas de la Faja del Orinoco, con la obligación de Pdvsa de aportar el 60% de los recursos. Se descuidó el mantenimiento, disminuyó la exploración y se privilegió la producción de crudos pesados, en vez de los livianos y medianos. Se encargó a Pdvsa de actividades no relacionadas con los hidrocarburos. Como consecuencia, la empresa tiene una deuda que ronda los 150.000 millones de dólares, la producción de crudo al mes de agosto de este año fue de solo 1.278.000 b/d, y las refinerías están en el suelo.

En reciente estudio (El petróleo será insuficiente. Debates IESA, abril-junio 2018), los investigadores Ramón Key y Claudina Villarroel concluyen que en el período de la Apertura petrolera 1989-1998, la variación anual del Producto Interno Bruto fue de 1,5%. La incidencia de la variable petrolera total fue de 1,1%, correspondiendo 1,6% a la actividad petrolera productiva (inversiones y exportaciones) y -0,5% a la de la petrolera rentística (aporte fiscal y parafiscal). En el período 1999-2008, la variación del PIB al año fue de 3,4%, contribuyendo el petróleo con 2,1%, correspondiendo a la petrolera productiva -0,4% y a la rentística 2, 5 %. Los autores señalan que ese crecimiento atribuible a variables rentísticas fue posible por las inversiones realizadas en petróleo durante la Apertura. “El modelo adoptado era vulnerable a la caída de los precios y se volvió insostenible por falta de inversión y caída del volumen exportado”.

En el período 2009- 2018, la variación del PIB fue de -5,2% anual, correspondiendo a la variable petrolera total -4,1% , de los cuales la productiva fue -0,9% y la rentística -3,3%. Key y Villarroel afirman que “A partir de 2009 se exacerba la presión fiscal y parafiscal en un ambiente de precios menores. Se produce el colapso de la producción por rezago de las inversiones, impago a proveedores y merma de la productividad. El Socialismo Siglo XXI incentivó la demanda de los sectores económicos y sociales por un lado y por el otro debilitó la industria petrolera, que a la larga se traduce en menos ingresos petroleros para atender las necesidades sociales y de la misma industria de los hidrocarburos”.

En resumen, las políticas petrolera erráticas no han servido para desarrollar al país, ni a la industria petrolera y la mala gestión de los rojos obligará, nos guste o no, a privatizar todas las industrias.

Como (había) en botica:

El decomiso del pasaporte a Nelson Bocaranda y el bloqueo a medios digitales son otros atropellos del régimen.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

 4 min