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Opinión

Benjamín Tripier

Si bien es cierto que la esperanza es el gran motor de la supervivencia, es importante tener claras las bases que la sostienen. Desde hace meses nuestra economía –y la esperanzas asociadas- vive alimentada de informaciones y rumores que tienen visos de realismo y que generan un conjunto de acciones orientadas, en unos casos a anticipar decisiones, y en otros a posponerlas. Y cuando terminas dándote cuenta de que la información que circulaba, ni siquiera era posible que ocurriera, entonces aterrizas en que siempre, algo de dinero perdiste, por no verificar las fuentes.

Los tres puntos de referencia internacional que hoy tiene Venezuela están relacionados con Colombia, EE UU e Irán; cada uno por diferentes razones, pero todos atados por el mismo patrón de aislamiento que nos caracteriza. Porque con Irán logramos apoyo en lo petrolero, con EEUU estamos atados a su poder, y con Colombia, atados (y a veces desatados) por la vecindad.

Y de los tres, EE UU es el que tiene el poder de permitir y no permitir, casi cualquier cosa; mientras los otros dos son válvulas de descompresión, que a veces funcionan y a veces no.

Esperanza… con los pies sobre la tierra

Para entender la relación con EE UU, y poner los pies sobre la tierra, debe ponerse en primer plano, y como una restricción dura que supera cualquier relato, que para ellos somos “una amenaza inusual y extraordinaria” contra la seguridad interna de EE UU; y que además tenemos unos rehenes americanos que ahora, últimamente, están claramente tipificados por una orden ejecutiva específica de Biden.

Mientras esos dos elementos estén vigentes, toda conversación o acercamiento, siempre tendrá como objetivo, liberar a los rehenes primero, y conjurar la amenaza inusual, después. No hay que perder de vista que no se trata de un tema del poder ejecutivo de EE UU, sino de una política de estado, apoyada por los dos partidos, que trasciende presidentes.

Es interesante como Europa en su conjunto, por una cuestión de principios, y por la historia, decidió enfrentar la falta de combustible, sometiéndose a penurias, con tal de no apoyar la brutal invasión de los rusos a Ucrania, que es percibida como solo el principio de una embestida más fuerte, tratando de correr las fronteras de Rusia a las que, en el pasado, definieron la cortina de hierro.

Ahora, imagínense a EE UU vulnerando las dos anclas que les mencioné más arriba, por unos pocos barriles de petróleo que pudiera proveer Venezuela, y que para colmo no son estables por los temas de falta de energía y de mantenimiento en nuestro país. Porque podrá producirse algo de petróleo, pero convertirlo en gasoil, ya requiere de la infraestructura de refinación y electricidad, que están deterioradas e inestables.

Lo del petróleo con EE UU, entonces, sería un subproducto de los temas ancla: democracia para lo de la “amenaza inusual…”, y liberación de los rehenes.

La esperanza como política de Estado tiene la dificultad de que a medida que se van cayendo las zanahorias que la representan, deben ir siendo reemplazadas por otras, todo de acuerdo a una realidad cambiante y conflictiva. Desde los trascendidos y rumores infundados sobre Chevrón y Siemens, que la lectura esperanzadora convierte en posibles (aunque nunca terminen de ocurrir), hasta los empresarios optimistas, pasando por el “Venezuela ya se arregló”, pareciera que están de acuerdo en esconder debajo de la alfombra los niveles brutales de pobreza que, según la UCAB, superan 90%, con casi 80% de indigencia.

Solo cuando en la ecuación hagamos visibles todas las variables, podremos hacer que la esperanza sea un camino, y no una quimera.

Lo social se está convirtiendo en un plomo en ala de nuestras posibilidades. La descompensación de la matriz de RR HH disponibles, versus necesidades a ser satisfechas, nos está llevando a que la población activa que permanece en el país, no tiene las habilidades (y a veces ni la edad) para cubrir las necesidades de un posible crecimiento. Si como dice la ONU, casi 7 millones de personas han emigrado en los últimos años, el gran peso de esa emigración está en lo que nos enorgullecía, que era el bono demográfico.

Debemos hacer un esfuerzo desde la empresa privada (y también personalmente aquellas personas que puedan hacerlo) para incorporar cada uno a la gente que pueda, ya sea capacitándola, ya sea ayudándola; y en el caso de los menores, asegurándonos que asistan a la escuela… que estudien.

Podemos llegar a perder toda una generación si no actuamos coordinadamente entre todas las fundaciones, asociaciones y ONG que hoy, gracias a Dios, trabajan en forma denodada y desinteresada por el bienestar de los demás.

La Responsabilidad Social Empresarial Extendida –RSEX- pudiera ser una respuesta, si cada unidad de producción, por pequeña que sea, y en el sector al que pertenezca, pudiera asumir una metodología común de establecer áreas de influencia, y asumir un mecanismo de aproximación a las comunidades que rodean a cada una.

Lo económico

Pasando a lo económico, la corrida cambiaria de la semana pasada, con un deslizamiento importante del dólar oficial y del paralelo, no fue una crisis, pero si fue una alerta de que hay distorsiones de fondo que pueden hacer que hasta el más común de los problemas pueda resultar en la desestabilización de todo el sistema.

El deslizamiento del valor del dólar del último mes significó la subida de un escalón más en el camino que lleva de devaluación indetenible. Hubo una meseta de varios meses –entre octubre 2021 y mayo 2022- por debajo de cinco bolívares por dólar, que se logró con una inyección semanal importante de dólares por parte del BCV, pero sabiendo que se estaba controlando/reteniendo una presión inflacionaria muy fuerte; además de los elementos intrínsecos de la moneda ancla, que es el dólar americano, como la inflación en EE UU, y la escasez del billete usado de baja denominación, cuya provisión al mercado depende de factores exógenos y fuera de control.

Porque si bien la cotización y disponibilidad de dólares son importantes en la construcción de la inflación por el lado monetario, no hay que olvidar que por las condiciones estructurales que limitan la posibilidad de aumentar la producción, el lado de la oferta tiene una influencia decisiva como generador de la inflación de precios; la cual volvería a las dimensiones de varios miles de puntos de inflación al año, si no se hubiera derogado la ley de ilícitos cambiarios, y se hubiera permitido, informalmente, la libre circulación del dólar en nuestra economía (“una válvula de escape que yo la veo como positiva” Maduro dixit).

Él dólar, entonces, alcanzó un nuevo piso en el entorno de los ocho bolívares, con presión orgánica hacia los nueve bolívares por dólar… o sea que se mantendrá, como una meseta con pendiente positiva, en la parte baja de esa banda por un tiempo, hasta que un nuevo disparador, generalmente inyección grande de bolívares por parte del Estado, lo impulse a un siguiente escalón.

El anuncio presidencial sobre que la Navidad arranca en octubre, normalmente va acompañado de una inyección de bolívares, los cuales, al no estar respaldados por reservas, ni por actividad económica, presionarán directamente sobre el valor de dos inventarios escasos: los bienes y servicios, y los billetes de dólar. Y saltaremos al siguiente escalón, antes de que termine el año, el cual, dependiendo de la disponibilidad de los dos inventarios mencionados, podría superar los 10 bolívares por dólar.

Isabel II

Hablando del fallecimiento de la Reina de Inglaterra. La seriedad y el prestigio que en forma sostenida ha tenido Isabel II, han sido el soporte de la continuidad de la monarquía británica y de haber mantenido unida a la Commonwhealth.

Mantenerse durante 70 años en el tope de aceptación y popularidad personal es algo envidiable en un líder de estos tiempos. Y eso, tal vez sea, porque no era un líder de estos tiempos…

25% del pueblo inglés que es republicano y no monárquico, tendrá su oportunidad de volver a la carga… hasta ahora no pudieron, porque el perfil de Isabel II era tan fuerte, que hasta ellos la admiraban. Mantuvo la estabilidad institucional en los mejores y los peores momentos.

Dios la tenga en la gloria.

Plebiscito

Cambiando de tema, el plebiscito chileno sobre la modificación de la constitución resultó en un contundente rechazo a la propuesta por 62,2% de consenso nacional, con una participación histórica de 80% de la gente inscrita que superó los 12 millones de votantes en un país de 19 millones.

Se están encaminando a un nuevo proceso constituyente, que podría, o bien leer la voluntad de los chilenos y eliminar los extremismos que esta tenía, o intentar (típico de las izquierdas latinoamericanas) forzar la voluntad del pueblo, pese a la claridad del mensaje. Lo que debería quedar claro es que “no es no” y mostrar lo que hasta ahora Chile había demostrado que es la madurez democrática que el resto de la región; con algunas excepciones, ha ido mostrando que es capaz la izquierda de aceptar los reveses. Y si fuera así, Chile volvería a ser referencia de democracia.

En el caso Colombia hay que estar atentos a la posición de Petro, cuya verdadera agenda aún no se adivina…se intuye, pero es difícil saber cuál será el recorrido. Los inesperados y sorprendentes comentarios que hizo sobre los resultados del plebiscito en Chile, más parecen un mensaje interno a Uribe, que a Pinochet, quien ya está fuera de la historia chilena, porque hasta la constitución que data de su época, no era de él, sino de la realidad política que caracterizaba a los chilenos en esa época, y que todo indica que se mantiene; no es Pinochet, sino que son los chilenos y su propio perfil antropológico y social.

Regresando a Petro, se encuentra, en relación a Venezuela, con la necesidad de reactivar esa frontera y bajar el nivel de amenaza que significa tener un enemigo cruzando el río; además de reactivar la economía regional, primero, y, poco a poco, y solo si es posible, reincorporar el mercado venezolano a la economía colombiana. Recordar que desde que Venezuela salió de la CAN, los colombianos se mudaron al Pacífico y orientaron su economía para ese lado; por consiguiente, pueden seguir viviendo sin nosotros; sería buenísimo para ellos que nos incorporemos, pero no tienen el apuro que deberíamos tener nosotros; así no lo demostremos, nosotros los necesitamos más a ellos que ellos a nosotros.

En fin. La relación con Colombia es aún impredecible pese al optimismo y la esperanza que una apertura está generando. Cuando ocurra –porque todo indica que sí ocurrirá- habrá que ver el cómo ocurrirá, porque en estos años, mientras estábamos enemistados, pasaron muchas cosas y esa frontera se informalizó de una manera rotunda y casi estructural. Habrá que ver si hay disposición de los grupos que hoy detentan el poder en la zona, de permitir que los negocios legales prosperen.

Recomendación

  • Al gobierno: que, ha llegado el momento de revisar el enfoque político, y reorientarlo para alinearlo en la misma dirección del resto de la región; países que, sin sacrificar soberanía, no andan peleando y distanciándose de todo el mundo. Porque vamos perdiendo cada vez más espacio, y nuestras relaciones integrales están seriamente limitadas.
  • A la dirigencia opositora: que entienda que, sin unidad activa y comprometida, no hay ninguna posibilidad de cambio, y sí una garantía de permanencia del estatus quo. Y con primarias, tal vez consigan un candidato (aunque lo dudo…siempre tendrán más de uno) pero no conseguirán ni líder, ni unidad. Las cosas están cambiando rápidamente, y la oposición no hace ajustes en su estrategia, cuando debería hacerlo. Eso se llama gerencia estratégica.
  • A la dirigencia empresarial: que continúe en la línea de aproximación directa con el empresariado colombiano, estableciendo, a priori, las líneas básicas netamente de negocios, para ser sometidas posteriormente al gobierno. Lo ideal –muy poco probable- es que se despolitice al máximo posible la relación comercial y de inversión. Facilitando las propuestas y pensando en forma innovadora y disruptiva. ¿Es posible pensar en un mercado de capitales extendido e integrado?

 9 min


Guido Sosola

Los venezolanos somos muy sentimentales y, por ello, circula en las redes una humorada en torno al amigo británico que lamenta la muerte de la reina Isabel II, pero duerme serenamente la noche, mientras que la tía maracucha rompe en un llanto incontrolable y prolongado. E, igualmente, somos de una muy profunda convicción y emoción republicana que se nos antoja la monarquía y todo lo que conlleva, como una cosa exótica salvo para los que no se dan cuenta de los dictadorzuelos de larga duración y, por supuesto, los devotos lectores de la revista Hola.

Exotismo aparte, es necesario entender el rol histórico de Isabel II en el contexto de una democracia que hizo poderosa a Inglaterra, tanto como el libre mercado, la armada y una enorme vocación de poder, que la llevó al dominio de toda la isla y de una muy buena parte del resto del mundo. Quizá Gran Bretaña hubiese perdido la segunda guerra mundial, cosa que no hacía falta para perder una institución que le daba sentido y unidad a lo que fue un extraordinario imperio: la monarquía. Y he acá el rol que jugó Isabel.

El rey Jorge V muere en 1936 y asciende al trono Eduardo VIII, quien no llega al año de su reinado al abdicar para luego contraer matrimonio con la estadounidense Wallis Simpson, una vez que ésta finiquitara su proceso de divorcio. Además de no haber demostrado una especial sensibilidad por las responsabilidades que le esperaban como heredero del trono, tenían grandes simpatías por la Alemania nazi, la cual recorrió después de su abdicación, y no cuesta demasiado pensar, a las puertas de una conflagración mundial, en la consiguiente pérdida de legitimidad de la monarquía como institución de más siglos como inglesa y de menos como británica, pero siglos al fin y al cabo que auspiciaron y dieron nacimiento a instituciones como el parlamento, y a todo un régimen de libertades democráticas.

Ido Eduardo VIII, su hermano asume como Jorge VI, quien fallece en 1952, atravesada la peligrosa tempestad de la guerra mundial, ascendiendo al trono Isabel II. Desde los 26 años de edad tiene por empeño devolverle a la monarquía toda la sobriedad y credibilidad que tuvo, lográndolo a pesar de los baches familiares que llevaron leña al fuego de la prensa amarillista. Y, por cierto, conspirando Eduardo VIII con algunos lores, con el deseo de volver al trono con la Wallis añadida, no precisamente de Springfield.

Un reciente documental de la Deutsche Welle (https://www.youtube.com/watch?v=elt2K11qu_Q), indica como virtud y ventaja que Isabel II no naciera para reina, formando sólo parte de la familia real. Por ello, su modestia, en medio de todo, constituyó un recurso extraordinario para superar la crisis definitiva que ya parecía algo más que una tormenta circunstancial respecto a la monarquía.

Por cierto, de los baches multiplicados se establece un importante contraste entre la conducción del Estado y de la familia. Casualmente, meses atrás, un amigo me envió dos títulos interesantes, una novelita negra de S.J. Bennett que convirtió a Isabel II en una investigadora inigualable, como pudo poner a otra persona, “El nudo Windsor” (Salamandra, 2021), y un ejemplar digital de título elocuente de Ingrid Seward, como “My husband and I. The inside story off 70 years of the royal marriage” (Simon&Schuster, 2021). Sirva como ejemplo el siguiente párrafo de la Seward: “ … Los rumores persistieron hasta el final de su vida, cuando el príncipe Felipe le dijo a la princesa Diana que su comportamiento descarriado estaba destruyendo la esencia de todo lo que él y la reina habían dedicado su vida a preservar, y que sus acciones también estaban dañando la herencia de sus hijos, ella decidió que iba a hacer todo lo posible por descubrir sus supuestos asuntos como venganza por lo que ella veía como su deslealtad. Según ella, después de un cuidadoso trabajo de detective, llegó a creer que él tenía hijos ilegítimos, como sugerían los rumores, y que habían sido cuidados económicamente a perpetuidad, aunque su identidad nunca se iba a permitir que saliera a la luz” (127).

Al parecer, el príncipe Felipe tenía instituido un segundo frente por toda la calle del medio, sobre el cual cayó el telón de acero de la casa real. Pero eso es otra cosa de la que el tiempo se encargará, pues, mientras tanto, es necesario reconocer – por muy republicanos que seamos – el sello que supo imprimirle Isabel II al trono, la paciencia que demostró con Hugo Chávez tan ávido por conocer y fotografiarse con todos los líderes del mundo, y lo que le espera a esa potencia con un rey de las características de Carlos, el eterno príncipe de Gales.

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Fernando Mires

Volodomir Zelenski es antes que nada el presidente constitucional de Ucrania. La palabra presidente significa en sentido literal, «el que se sienta adelante». Quiere decir: el gobierno no es el presidente, pero el presidente es quien preside y representa al gobierno. La distinción es políticamente importante.

Hace algunos días ha cursado la noticia de que el presidente de Rusia quiere cambiar en su país el título de presidente por el de gobernante. El pretexto es capcioso. Aduce el dictador que el término presidente proviene de la constitución norteamericana y Rusia no tiene por qué seguirla. Pero el motivo es evidentemente otro: Putin no quiere presidir el gobierno, él quiere ser el gobierno. En el hecho lo es, pero no de modo oficial. El título de presidente se lo impide.

Para ser presidente basta ser un ciudadano. Nadie estudia para presidente, así como nadie estudia para ser político (politología se estudia solo para ser politólogo y no ha habido hasta ahora ningún presidente que sea politólogo). Se puede haber sido abogado como lo fue Zelenski, militar como lo fue de Gaulle, obrero electricista como lo fue Valessa, médico como lo fueron Bachelet y Allende, futbolista como lo fue Erdogan, chófer de metrobús como lo fue Maduro, espía de la KGB como lo fue Putin, empresario como lo fue (y lo es) Trump, actor de cine como lo fue Reagan y también, de nuevo, el mismo Zelenski.

La previa profesión no tiene ninguna importancia para optar al cargo presidencial. Sin embargo las redes del putinismo no han cesado de atacar de modo infame a Zelenski por el hecho de haber desempeñado la profesión de actor de teatro y cine (además de guionista, director y productor). Lo que callan es que, como casi todas las personas que optan al cargo presidencial, Zelenski poseía lo que se necesita: conocimiento político.

Como estudiante, Zelenski, junto con su actual esposa, se comprometió en iniciativas socioculturales. Entre ellas –y aunque parezca ironía– en la lucha por la defensa del idioma ruso al que algunos nacionalistas radicales querían prohibir (Zelenzki habla mejor el ruso que el ucraniano). En efecto, Zelenski nunca fue antirruso, pero sí, como muchos estudiantes de su generación, fue un declarado europeísta. Sus primeras apariciones públicas tuvieron lugar en el marco de la revolución de Maidán, conocida también como Euromaidán por el hecho de que surgió en oposición a los planes del presidente Yanukovich orientados a convertir Ucrania en una dependencia rusa, al estilo de lo que es hoy la Bielorusia de Lukaschenko.

Como reacción a las invasiones rusas en Crimea y en el Donbáz, Zelenski apoyó las posiciones nacionalistas de Porochenko. Pronto se desilusionaría. La retórica nacionalista de Porochenko no podía ocultar sus corruptas relaciones empresariales con los magnates rusos crecidos bajo la sombra de Putin.

Antes de presentar su candidatura, Zelenski, y su recién formado partido «Servidores del pueblo», levantó una política de tres puntos. El primero: luchar en contra de la corrupción. El segundo: ordenar a un nivel europeo la caótica estructura institucional de su nación. El tercero, buscar una vía pacífica para llegar con Putin a un acuerdo que pusiera fin a los conflictos armados que tenían lugar en el Dombás y en Luganz. Esos tres puntos eran las demandas más sentidas por la ciudadanía. Gracias a la claridad en la exposición de esos puntos, Zelenzki se convertiría, antes de ser candidato, en la figura política más popular de Ucrania. Ese 73,22 % con que derrotó a Porochenko, habla por sí solo.

Zelenski, como todo presidente, será juzgado por la historia. El problema es que la historia no existe independientemente de los historiadores. Por eso casi nunca habrá un veredicto definitivo mientras los historiadores discutan entre sí. Lo que nadie puede sin embargo negar, es que Zelensky ya es un personaje histórico. La razón es muy simple: Zelenski es el presidente de una nación soberana e independiente, reconocida por todos los organismos internacionales, una nación que en estos momentos está siendo invadida por un imperio dirigido por uno de los personajes más crueles y siniestros de la historia moderna, un hombre que sufre de delirios de grandeza proyectados hacia el espacio mundial, un asesino de magnitud, un genocida.

Al igual que Putin, Zelenski también será sometido a juicio histórico. Lo que la historia dirá, dependerá en gran parte del resultado de una guerra que está lejos de terminar. Pero más allá de ese desconocido final, ya tenemos suficientes antecedentes para emitir juicios parciales sobre el cometido de su gestión. En ese sentido conviene recordar que la presidencia de un país no solo es un cargo político, sino además uno determinado por un segmento de la política que es la gobernabilidad, en este caso, la gobernabilidad en tiempos de guerra. Al llegar aquí, cualquier lector bien informado, entenderá que, para analizar a Zelenski como político, resulta conveniente recurrir al Max Weber de Política como profesión.

Según Max Weber, tres son las virtudes necesarias para el buen ejercicio de la profesión política: pasión, responsabilidad y ponderación (Augenmaß). ¿Posee esas virtudes Zelenski?

Pasión, podríamos decir, es lo que menos le falta. Basta escucharlo para saber que la sensibilidad con la que se dirige a su gente o a sus interlocutores extranjeros, no es fingida. Sus palabras le nacen del alma. A Zelenski le duele Ucrania. Todas la personas que han viajado a Ucrania a entrevistarse con el presidente dan cuenta de los sentimientos que inundan a Zelenski, pero a la vez de su capacidad para darles un formato político. Pasión sí, pero sin perder las perspectivas que ofrece la realidad.

Nunca se ha escuchado a Zelenski proferir palabras de venganza ni mucho menos insultos en contra del pueblo ruso como suele hacerlo Putin en contra de los ucranianos. Incluso, rara vez nombra a Putin. Solo se limita a dejar claro que Ucrania es un país libre, soberano e independiente. «Lo único que hoy nos une con Rusia es la frontera», ha dicho un par de veces. ¿Es entonces Zelenski un patriota? Sí, pero siempre que especifiquemos en que consiste su patriotismo, muy diferente al patriotismo de connotaciones religiosas, culturales e incluso racistas del que hace gala Putin (en su escrito sobre Ucrania del 2021 llega a hablar, como ayer lo hizo Hitler, de «lazos de sangre»).

En cierta medida el patriotismo de Zelenski está cerca del «patriotismo constitucional» propuesto por Jürgen Habermas (en verdad, su creador conceptual es Dolf Sternberger). Bajo patriotismo constitucional entendía Habermas la fidelidad a la constitución, no solo como cuerpo de leyes sino como el libro que constituye a una nación como tal. Habermas se desprende así del culturalismo que fuera característica de la literatura romántica alemana.

Patriotismo constitucional es un concepto que sustituye al amor patrio –al terruño, al idioma, al folclore– por el respeto a una constitución que es la de todos. El patriotismo constitucional es, en fin, el patriotismo moderno.

Y bien, coincidiendo con el concepto de Habermas, podríamos intentar ir un paso más adelante que el filósofo social de Alemania. El de Zelenski, pensamos, además de constitucional, es un patriotismo político. ¿Dónde reside la diferencia? En lo siguiente: mientras el patriotismo constitucional de Habermas hace referencia «a lo propio», el patriotismo político haría referencia a «lo otro», vale decir, separa a una nación de otra, sin que eso lleve a la negación de la otra. Para Zelenski ese patriotismo se expresa en la fórmula «Ucrania ya no pertenece a Rusia». Así es efectivamente: desde que Ucrania se convirtió hace treinta años en una nación constitucional y como tal fuera reconocida por todos los organismos internacionales, sobre todo por la ONU, después de largos meses de ardua resistencia al invasor, ha llegado a ser, además, una nación política.

La guerra, la sangre derramada, Putin mismo, terminaron por convertir a Ucrania en una nación política. Podemos decir así que, después de todo lo sucedido, nunca más los ucranianos se sentirán parte de Rusia. Esa guerra ha creado una división política irreversible. Putin podrá ganar la guerra militar, sin duda. Pero la guerra política ya la perdió.

Max Weber agrega que la pasión, en este caso, la pasión política, no serviría de nada si no está puesta al servicio de objetivos racionales. «La política debe ser hecha con la cabeza, no con otras partes del cuerpo», escribió. De acuerdo a la terminología de Weber ¿ha actuado con responsabilidad Zelenski? Pegunta pertinente, pues los seguidores de Putin no se han cansado de repetir que en la guerra a Ucrania gran parte de la responsabilidad le cabe a Zelenski al haber insistido en que Ucrania debía ser parte de la UE y de la OTAN, asustando al «pobre Putin» quien no tuvo otra alternativa que invadir a Ucrania para defenderse del cerco tendido por la OTAN.

Hasta que Putin reconociera públicamente que su objetivo no era «liberarse de la OTAN» sino crear un nuevo orden mundial antidemocrático con una Rusia militarizada a la cabeza, esta parecía ser la posición dominante, incluso para algunos ingenuos que dicen no simpatizar con Putin y sin embargo ven la mano negra de EE UU y la OTAN hasta en sus sueños. La realidad es otra.

Casi todas las naciones democráticas europeas son miembros de la UE y de la OTAN. Pertenecer a la UE y a la OTAN han llegado a ser credenciales de una nación europea. ¿Por qué Ucrania si había decidido su pertenencia a Europa y no a Rusia debía tener menos derechos que Polonia o que Rumania? Era responsabilidad del presidente de Ucrania dar un carácter europeo a su nación, bregar para que Ucrania (siguiendo «el mandato de Maidán», dice Zelenski) no fuera una nación europea de segunda clase, con deberes pero sin derechos. Eso por una parte. Por otra, Ucrania era y es una nación amenazada por el imperialismo ruso. Desde el 2014 no hay nadie que lo pueda negar.

Ucrania, como nación europea, debía ser protegida frente a Rusia y la única protección posible era su ingreso a la OTAN. Y aunque a algunos les duela oír, digamos con claridad: Si muchos gobiernos europeos no se hubieran opuesto a que Ucrania fuera miembro de la OTAN (y de la UE) Putin no habría osado nunca invadir a Ucrania. O afirmando lo mismo pero al revés:

El hecho de que Ucrania no hubiera sido miembro de la OTAN, hizo posible que Rusia invadiera a Ucrania. Cuando la UE decidió postergar la discusión sobre el tema de la pertenencia de Ucrania a la OTAN hasta ¡el año 2024! Putin, malvado pero no tonto, comprendió que había llegado su momento.

Desde esa perspectiva, al integrar el triángulo de Lublin formado por Lituania, Polonia y Ucrania, países cuyos gobiernos saben que la territorialidad de cada uno de ellos no está asegurada mientras no lo esté la de los tres, Zelenski fue plenamente responsable con los intereses territoriales y políticos de su país. Así como también lo fue cuando, en el momento en que comenzaba la invasión rusa, rechazó toda las ofertas de gobiernos que le ofrecían asilo y decidió ponerse al frente de sus país, no porque fuera un héroe sino por seguir el llamado de su profesión.

Visto así, Zelenzki fue fiel a su profesión, la de ser el presidente de Ucrania. En estos momentos, una profesión cercada por el peligro de su propia muerte. Pero no es solo Zelenski quien asume ese peligro. Muchos ciudadanos también. Lo asumen los soldados en el frente de batalla, lo hace la policía cuando se enfrenta a mafias organizadas, lo hace el personal hospitalario cuando atienden a los contagiados por la pandemia. Zelenski, de acuerdo a esa visión, no hizo otra cosa que asumir con responsabilidad el cargo para el que fue elegido, fuera en la paz como en la guerra. Y lo ha hecho, como recomendó Max Weber, con ponderación, la tercera de las virtudes políticas

Tengo a mano los discursos de Zelenski. En ninguno noto belicismo, exaltación, ni siquiera odio. Su retórica es ponderada. No cree en misiones históricas, futuros luminosos, destinos manifiestos. A diferencias de Putin, es radicalmente antimítico. Sabe también a quienes y cómo dirigir sus palabras. Puede hablar como estadista en la ONU, pero también adecuar sus palabras al público de revistas populares como Vogue. No se ha cansado de repetir a los europeos que la guerra en su país no es en contra de Rusia sino en defensa propia y que si bien tiene lugar en Ucrania, está dirigida en contra de toda Europa. Sin recriminaciones, casi con pedagogía, no pide armas como ayuda, sino como una contribución de los países europeos a ellos mismos. En fin, dice con clara sintaxis lo que muchos presidentes no se atreven a decir a sus ciudadanos, que esta debe ser una lucha de todos y no de algunos.

¿Ponderación la de Zelenski?, dirán sus críticos. ¿No ha subido acaso Zelenski la apuesta hasta el punto de decir que está dispuesto a liberar el Donbás e incluso Crimea, de Rusia? Textualmente dijo: «la guerra comenzó en Crimea (lo que es cierto) y teminará en Crimea». Pero seamos sinceros ¿esperaba el pacifista público que Zelenski dijera, «estoy dispuesto a ceder territorio a Rusia para alcanzar la paz»? Habría sido absurdo.

Primero: ningún presidente puede ofrecer territorios a gobiernos enemigos sin previa consulta ciudadana. Zelenski es presidente, pero no propietario de Ucrania, como cree serlo Putin, de Rusia. Segundo: una declaración de ese tipo llevaría a la desmoralización de sus huestes, justo en los momentos en que asestan serios golpes a las tropas rusas. Tercero: como presidente, Zelenski sabe que tarde o temprano deberá concurrir a una mesa de negociaciones. Pues bien, en las negociaciones (no solo en las internacionales) se va a exigir el máximo para alcanzar un tanto. Pero si alguien va a exigir solo un tanto, se va a quedar sin nada. Esa es uno de las nociones elementales de toda geoestrategia política.

Seguramente, después de que termine esta guerra espantosa, los historiadores juzgarán a Zelenski. Habrá juicios positivos y tal vez otros negativos. La historiografía nunca ha estado exenta de ideología. Pero hay una verdad que nadie podrá negar: Zelensky ha cumplido con su profesión: la de ser el presidente constitucional de la república de Ucrania.

Twitter: @FernandoMiresOl

Fernando Mires es (Prof. Dr.), Historiador y Cientista Político, Escritor, con incursiones en literatura, filosofía y fútbol. Fundador de la revista POLIS.

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Peter Tase

El 8 de septiembre del 2022, los destacados economistas Jacques de Larosière y Steve Hanke, publicaron un artículo sobre Venezuela en el Diario El Nacional (Venezuela).

El siguiente material abarca los flagelos económicos y sociales que está encarando actualmente el pueblo de Venezuela. El Dr. Jacques de Larosière y Dr. Steve H. Hanke comparten las siguientes estrategias con la audiencia internacional.

“Durante muchos años, Venezuela ha soportado problemas monetarios y de inflación. Desde el año 2020, el bolívar ha perdido 99,42% de su valor frente al dólar estadounidense. Venezuela también ha sufrido una inflación punzante, con dos episodios de hiperinflación desde 2016.

Recientemente, Roberto Enríquez, presidente nacional del partido demócrata cristiano Copei en Venezuela, propuso la adopción de una junta monetaria para solucionar tanto los problemas de moneda como de inflación de Venezuela.

¿Qué es una junta monetaria? Una junta monetaria emite billetes y monedas convertibles bajo demanda en una moneda ancla extranjera a un tipo de cambio fijo. Se requiere que mantenga reservas de una moneda ancla equivalentes al 100% de sus pasivos monetarios.

Una junta monetaria no tiene poderes monetarios y no puede emitir crédito. Tiene una política cambiaria pero no monetaria. Su única función es cambiar la moneda nacional que emite por una moneda ancla a una tasa fija. La moneda de una junta monetaria es un clon de su moneda ancla.

Una junta monetaria no requiere condiciones previas y se puede instalar rápidamente. Las finanzas públicas, las empresas estatales y el comercio no necesitan ser reformados antes de que una junta monetaria pueda emitir dinero. Las juntas monetarias han existido en unos 70 países. Ninguno ha fallado.

La junta monetaria moderna más notable es la de Hong Kong, instalada en 1983 para combatir la inestabilidad del tipo de cambio. Después de la cuarta ronda de conversaciones entre China y el Reino Unido sobre el futuro de Hong Kong, la volatilidad del mercado alcanzó proporciones épicas. Entre julio y el 24 de septiembre, conocido como el Sábado Negro, el dólar de Hong Kong perdió 24% de su valor frente al dólar americano. La economía de Hong Kong estaba en un estado de pánico. El caos terminó abruptamente el 15 de octubre con el establecimiento de la junta monetaria. La junta no ha perdido el ritmo desde entonces, capeando una miríada de crisis, incluso durante las recientes protestas políticas de Hong Kong.

Estonia tardó menos de un mes en establecer una junta monetaria en junio de 1992. En ese momento, la moneda de Estonia era el rublo ruso que padecía de hiperinflación y el nuevo Estado báltico independiente aún no había aprobado una Constitución postsoviética. Se instaló la junta monetaria y se emitió la corona estonia. Se logró estabilidad instantánea. Después de expresar su escepticismo inicial, el Fondo Monetario Internacional elogió la junta monetaria de Estonia.

En 1994, la vecina Lituania adoptó una junta monetaria para cortar la financiación del gasto del gobierno por parte del Banco Central. De hecho, la junta monetaria impuso disciplina fiscal. Posteriormente, el FMI elogió el cambio y el desempeño económico de Lituania como uno de los mejores de la Unión Europea, a la que se unió en 2004.

En 1997, Bulgaria se enfrentó a una furiosa hiperinflación y a una crisis bancaria. Con la junta monetaria instalada en julio, la hiperinflación se detuvo de inmediato. En 1998, el sistema bancario era solvente, las tasas de interés del mercado monetario se habían desplomado de tres dígitos a un promedio de 2,4%, un déficit fiscal masivo se convirtió en superávit, una profunda depresión se convirtió en crecimiento económico y las reservas de divisas de Bulgaria se triplicaron con creces. El FMI le dio a la junta monetaria una apreciación excelente. Hoy, gracias a su junta monetaria, Bulgaria tiene la segunda relación deuda/PIB más baja de la UE, por detrás de Estonia.

Bosnia-Herzegovina instaló una junta monetaria en 1997, como lo ordenó el Acuerdo de Paz de Dayton/París que puso fin a la guerra civil. En medio de la lucha étnica y la ruina económica, la junta monetaria hizo lo que hacen las juntas monetarias: estableció la estabilidad, un requisito previo para la reconstrucción.

Es importante señalar que el sistema de convertibilidad de Argentina (1991-2001) no era una junta monetaria y tenía muchas similitudes con el sistema de vinculación de la libra libanesa con el dólar estadounidense (1997-2019). En ambos casos, las monedas locales estaban vinculadas al dólar, pero el Banco del Líbano y el Banco Central de la República Argentina podían, y lo hicieron, participar en la ingeniería financiera y política monetaria discrecional, las cuales están prohibidas en virtud de un acuerdo de junta monetaria.

La propuesta de junta monetaria de Roberto Enríquez pondría fin a la pesadilla de Venezuela. Si bien la estabilidad puede no ser todo, nada se puede lograr sin ella.”

Jacques de Larosière fue director gerente del Fondo Monetario Internacional, gobernador del Banco de Francia y presidente del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo.

Steve H. Hanke es profesor de Economía Aplicada en la Universidad Johns Hopkins. Se desempeñó como asesor del presidente Rafael Caldera en 1995-1996. En el 1998, fue nombrado como “Una de las personas más influyentes en el mundo” por el World Trade Magazine. Ha recibido siete Doctorados Honoris Causa por varias Universidades de Europa y América Latina.

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Eduardo Fernández

Cuando un cambio constitucional pretende ser impuesto por una mayoría circunstancial contra la opinión de una minoría también circunstancial, ese cambio está llamado a durar poco y a no ser eficiente.

El pueblo chileno acaba de derrotar, contundentemente, a la clase política chilena. El gran derrotado, por supuesto, es el presidente Boric. Cometió el gravísimo error de convertirse en líder de una propuesta que terminó siendo absolutamente rechazada por la voluntad de la mayoría determinante de los ciudadanos chilenos.

Es muy significativo lo ocurrido en Chile. Un grupo político autoproclamado como revolucionario y progresista, impactado por un triunfo electoral que ni ellos mismos se lo esperaban, creyeron que podían imponer una nueva constitución a toda la nación, sin tomar en cuenta factores históricos, culturales e institucionales fundamentales.

Por definición, las constituciones y los cambios constitucionales, deben ser resultado de un consenso muy amplio entre todos los ciudadanos del país. La constitución de 1961 en Venezuela, la de más larga duración ininterrumpida en la accidentada historia constitucional de nuestro país, duró tanto tiempo y fue tan respetada, precisamente porque fue objeto de un gran consenso nacional entre todas las fuerzas políticas que actuaban en el país. Además, recibió de inmediato el respaldo de los factores de la economía, empresarios y trabajadores, de la academia y de la opinión pública en general.
La Constitución venezolana de 1961 fue suscrita desde Rómulo Betancourt y Rafael Caldera hasta Gustavo Machado y Luis Miquilena. Todo el espectro político la suscribió y asumió su defensa y su implementación.

Cuando un cambio constitucional pretende ser impuesto por una mayoría circunstancial contra la opinión de una minoría también circunstancial, ese cambio está llamado a durar poco y a no ser eficiente. Por eso la Constitución llamada Bolivariana ha tenido tantos tropiezos y tantas dificultades. Fue impuesta por una mayoría circunstancial en contra de la opinión nacional

Por eso aconsejo a mis amigos que creen que todo se arregla cambiando la Constitución, que el cambio constitucional sólo tiene sentido en la medida en que responda a un gran acuerdo nacional.

El presidente Boric ha tenido una reacción inicial que no vacilo en calificar de muy positiva. Ha dicho que acepta el resultado con humildad y que se propone hacer ahora lo que ha debido hacer desde el principio: promover un amplio debate entre todos los factores de influencia en Chile para que los cambios que hay que hacer, que son muchos, se hagan bien hechos. Ojalá aprendamos algo del ejemplo chileno.

Seguiremos conversando.

@EFernandezVE

Twitter: @ifedecve

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Ismael Pérez Vigil

Para cerrar el ciclo del voto en el exterior como tema y contribuir a la definición de algunos elementos de orden estratégico, hay que explorar lo de las posibilidades técnicas del voto en el exterior, que no tienen buenos augurios. La semana pasada concluí mi artículo con una pregunta: ¿Es factible superar todas las dificultades para que quienes están en el exterior puedan votar?; afirmé que, aunque es difícil, es posible; y agregué que próximamente hablaría de algunas experiencias concretas, desarrolladas incluso en Venezuela, que demuestran esa posibilidad, sujeto a una condición que no es nada trivial: Que se logre un acuerdo político.

Naturaleza del problema

Estamos hablando de casi cuatro millones de venezolanos, que por el momento se puede decir que no tienen derecho a votar, por regulaciones jurídicas inconstitucionales, como el artículo 124 de la LOPRE, que supedita el derecho al voto de un venezolano, al requisito migratorio que le imponga el país donde reside −nuestros derechos sujetos a las leyes de otro país−; pero sobre todo, por decisión política del régimen venezolano que no hace nada por superar las dificultades técnicas, físicas, para garantizar a ese venezolano, su derecho constitucional a votar; se excusa en que no puede hacerlo por razones jurídicas, le niega ese derecho y hace muy pocos esfuerzos por buscar alguna alternativa, que permita votar, sino a los cuatro millones de venezolanos, al menos a una buena porción de ellos.

Pero es esa la realidad: Millones de venezolanos en el exterior no podrán votar y el Estado venezolano no hará nada por remediarlo, pues el régimen que detenta el poder en Venezuela, no tiene interés en que los millones de venezolanos −que han abandonado el país por el desastre humanitario causado por ese régimen−, puedan ejercer el derecho al voto, que seguramente sería en su contra.
Cómo se enfrenta el problema

Esta realidad se enfrenta de diferentes maneras. Algunos lo encaran demagógicamente; sin explicar de manera clara donde están las dificultades reales para ejercer ese derecho; da la impresión de que no se han paseado por la perspectiva que supone organizar, de manera presencial o remota, la votación de casi cuatro millones de venezolanos y alientan falsas esperanzas, lo convierten en una vana bandera de lucha, en un reto imposible con el cual toman posición, para desalentar la vía electoral, sembrar desesperanza o negar su participación electoral, haciéndole el juego al régimen que pretende, con una efímera minoría, que no llega al 15% del electorado, volver a imponer en 2024 su voluntad política para mantenerse en el poder, por vía electoral, hasta el 2030.

Otros alimentan la fantasía de que sí es posible, que hay tiempo para organizar un registro, abrir consulados o mesas en muchos países y ciudades en el mundo, en donde haya una población masiva de migrantes venezolanos; o bien, organizando una votación masiva por correo, como tienen algunos países, especialmente europeos; y los más imaginativos ven posible una votación electrónica, por internet, que salve todas las dificultades. La maravilla de la tecnología lo hará posible y algunas experiencias permiten alentar ese sueño, del que yo mismo, en algún momento, fui víctima. Pero examinemos algunas de esas opciones, desde la vía actual y algunas posibilidades de votar a distancia.

La vía presencial

Es la vía actual. Nuestra legislación constriñe a los venezolanos inscritos en el exterior −unos 107 mil solamente− a votar en consulados y sedes diplomáticas. Pero hoy la mayoría de los consulados, en países con alta migración, −Colombia, Perú, Estados Unidos, España, y otros− están cerrados o resultan manifiestamente insuficientes dado el incremento de migrantes venezolanos en esos países. Aun estando todos los venezolanos que allí viven, en condiciones de votar, porque se hayan resuelto las dificultades jurídicas, inconstitucionales, impuestas por el régimen y el CNE, resultan insuficientes las instalaciones físicas actuales para hacerlo. Tomemos solo el caso de Colombia, donde se espera que para el 2024 estén reabiertos los consulados, realmente es difícil sino imposible que más de un millón de venezolanos, que hoy residen en Colombia, puedan votar en los ocho consulados disponibles.

Las vías remotas

Por correo es la vía más utilizada por muchos países, para que voten sus nacionales en el exterior, e incluso para aquellos que por razones de trabajo o personales no lo pueden hacer en el propio país en la fecha electoral prevista y tienen la alternativa de adelantar su voto por correo.

En Venezuela somos testigos de varias experiencias de residentes extranjeros con derecho a voto en sus países de origen. Algunos votando en sus consulados, pero otros lo hacen por correo. En particular el que conozco más a fondo es el de España. Los españoles con derecho a voto, o que tenemos doble nacionalidad, podemos votar, previo registro en la Provincia en la que nos corresponde. Para ello debemos estar registrados también en el consulado como residentes en Venezuela y enviar a través del mismo o por vía electrónica o por correo, algunos documentos a la respectiva Provincia. Llegado un proceso electoral, por correo o email, se manifiesta la voluntad de votar en el mismo (antes no era preciso, se recibía por correo, automáticamente, el material de votación) y se recibe por correo el material electoral de la respectiva Provincia.

El material electoral que se recibe consiste en las boletas de votación, una copia del registro electoral y tres sobres; uno de los sobres es para introducir el registro, otro es para las papeletas de votación y un tercero, con franquicia postal pre pagada para introducir los dos anteriores, que se puede enviar por correo, antes de una determinada fecha; o bien dirigirse al consulado a ejercer el derecho al voto con el sobre en el cual se introdujeron las boletas de votación. No sé si el escrutinio se realiza en el propio consulado o si las boletas son enviadas a España por valija diplomática o por correo postal. Pero de esta manera los españoles en el exterior ejercen su derecho al voto.

Según podemos ver, la experiencia del voto en el exterior está permitida en 121 países, bajo la modalidad que denominan “presencial”, votando en consulados o sedes diplomáticas, obviamente en las capitales o ciudades más importantes; pero la modalidad “remota”, se limita en la mayoría de los países al voto por correo postal y la modalidad electrónica, por Internet, se reduce a unos pocos: Estonia (2007), México (2021), Panamá (2019) y algo en Países Bajos y otros países europeos, en donde la información disponible es confusa. Estonia es el pionero, desde 2007, y muestra un incremento en la votación de más del 40% desde que implantó la modalidad.

Por vía electrónica

De acuerdo a información actualizada, lo que es una novedad en muchos países es el voto electrónico, en el propio país; el voto electrónico desde el exterior es bastante escaso, se reduce a unos pocos países y en algunos a escala limitada. Ya en una oportunidad al referirme al tema recomendé un artículo de Leandro Querido; no hay mucho desarrollo posterior a ese artículo.

De acuerdo con la información disponible, en todos estos países la modalidad es similar: Se requiere de un registro previo, además del electoral, en el cual se provee un correo electrónico, por el que se recibirá un código, con el cual se accederá a una página Web para votar. La mayor complejidad, entonces, descansa en el registro previo; que supone, de parte del votante, además de la documentación normal, tener un correo electrónico y acceso a computador para ejercer el voto, lo cual no es algo a lo que todos los migrantes, pensando en los venezolanos, tienen acceso.

Por otra parte, cuando alguien en Venezuela se inscribe por primera vez en el registro electoral o cambia su domicilio, lo hace frente a algún funcionario que verifica sus datos, los documentos que entrega, la cedula de identidad, etc. En el exterior es similar cuando se hace en algún consulado; pero si se va a hacer masivo, es obvio que habría que desarrollar todo un operativo, con suficiente personal en el exterior, para que se pueda atender el volumen de electores y su dispersión por todo el mundo. Dudo que esa sea una tarea para la cual el régimen actual vaya a disponer recursos para emprenderla, si además no obtendrá un beneficio electoral importante de ello.

El tema del registro de los venezolanos en el exterior, no es una tarea simple, sobre todo, repito, si no hay un acuerdo político para ello. Pero ese es solo el primer problema. El acto de la votación en sí, luce simple, siempre y cuando haya un acuerdo en que el proceso es confiable; otra cosa es la “verificación y la auditoria”. En Venezuela, cuando alguien vota electrónicamente, la máquina emite un comprobante, que puede ser verificado al instante por el votante; este comprobante se deposita en una caja y al final de la jornada, después del cierre de las mesas y del escrutinio, más de la mitad de las urnas y de los comprobantes −lo que constituye un porcentaje estadísticamente suficiente− son verificados. Días más tarde, las máquinas de votación y los dispositivos de memoria, que son del CNE, son igualmente auditados. Hasta ahora ha habido un porcentaje muy bajo de discrepancias en los resultados. ¿Cómo sería este proceso con votación electrónica desde el exterior? ¿Las máquinas tendrían que ser provistas por el CNE?, lo que lo volvería un problema muy complejo y muy costoso. No parece sencillo.

Algunos ejemplos

Pero volviendo a la votación electrónica, para cerrar, algunos alientan la posibilidad a partir de las experiencias de algunas universidades −UCV y USB− que organizaron las votaciones de las asociaciones de sus egresados de manera presencial y de manera remota,−la UCV, completamente electrónica, la USB, fue una mezcla−; ambas dicen haber incrementado, gracias a la vía electrónica, el porcentaje de participación, con plena seguridad de la data y a un costo muy aceptable; pero, a nadie se le escapa que no es lo mismo hablar de un registro electoral de unos pocos miles de egresados a uno de varios millones. Y lo más importante, el factor confianza o desconfianza.

La confianza, factor clave

La mayor desconfianza, en la mayoría de los países, es hacia el sistema electrónico como tal, por la posibilidad de alteración del voto mediante intervención externa, y todas las razones que bien conocemos en Venezuela, pues son “nuestro pan” de cada proceso electoral. Hoy en día, no habría mayor problema en votar electrónicamente, en una pantalla táctil, desde Los Teques o desde Madrid, Bogotá, Lima, Santiago de Chile o Miami; o como los egresados universitarios, desde EEUU, España, Colombia, Argentina, México, etc. siempre y cuando se cumpla una condición previa fundamental: Que se confié en el proceso y sobre todo en el ente electoral que lo regula. Nadie en esas universidades va a cuestionar el proceso por desconfiar en sus comisiones electorales; pero ese no es el caso, al menos en Venezuela, con respecto al CNE. De manera que, la clave es confianza. Y confianza es precisamente lo que nos falta en Venezuela, donde una buena parte del país, probablemente con sobradas razones, desconfía de la eficacia y, sobre todo, de la neutralidad del ente electoral.

Espero haber puesto en claro el tema de las dificultades reales del voto en el exterior, pues da la impresión que algunas personas no las ven y piensan que es fácil y basta solo con declarar que es un derecho político o con desearlo.

Conclusión y estrategia

Como quiera que no estoy en un concurso de popularidad y no compito para ningún cargo ni puesto de elección, me siento en libertad de decir sin ambages cual creo que debe ser la estrategia del voto en el exterior −o mejor dicho, la de los votantes en el exterior−, que no se puede basar en alcanzar la utópica participación de tres y medio millones de votantes; para empezar porque probablemente, por datos estadísticos, se abstendría la mitad. Por lo tanto, la estrategia de los venezolanos en el exterior se debe basar en metas posibles, alcanzables:

1- Luchar, cómo no, hasta el último aliento por el restablecimiento del derecho al voto de los venezolanos en el exterior −pues a los derechos no se renuncia−, exigiendo la modificación de la LOPRE y denunciando la conculcación del derecho en todas las instancias internacionales posibles. Por cierto, un primer paso en esa lucha es exigir, con más fuerza que la desplegada hasta ahora, que se abra el registro electoral en el exterior. Pero,

2- Trazarse metas realistas, posibles de alcanzar; por ejemplo, lograr que, cuando menos, se triplique, tanto el registro −de los 107 mil actuales−, como la votación en el exterior, que no ha pasado de los 62 mil votos.

Esas dos metas son alcanzables, con plena consciencia de la limitación de nuestras fuerzas actuales; y sobre todo sin demagogia, sin plantearnos metas imposibles con el voto y los votantes en el exterior y sin utilizarlos como excusa para nuestros objetivos políticos en Venezuela.

Politólogo

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

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Carlos Raúl Hernández

(A quien pueda interesar)

Reformas con miedo. Un confuso intento de magnicidio contra Cristina Kirchner, lleno de inconsistencias y cosas inexplicables, podría salvarla políticamente. Si hablar de crisis permanente no fuera un exabrupto, sería hacerlo sobre Argentina, donde desde hace siete décadas peronistas y militares se turnan para gobernar y crear calamidades, cinco grandes crisis, con breves interregnos, Frondizi, Alfonsín, Macri. Perón llega al poder en 1946 en uno de los países más ricos del mundo, más que las hoy potencias. Para tener idea, la moneda británica ni siquiera era transable internacionalmente e Inglaterra penaba para pagar los alimentos importados de la misma Argentina. Como para toda política tercermundista, gobernar consiste en un gasto fiscal enorme y corrupto envuelto en retórica populista, para forrar a los gobernantes, matando la producción de riqueza y 300 mil millones de dólares de deuda externa. “Gasto fiscal”: Argentina es de los países más corruptos de la tierra y ahora se sabe que los Kirchner recibían en promedio noventa millones de dólares mensuales en efectivo.

Agarraron a un distribuidor de coimas con cinco cuadernos en los que anotaba meticulosamente las direcciones, nombres y número de maletines que entregaba (se contaban maletines, no dinero). Un infeliz de última categoría, un José López, salió asustado en la madrugada a ocultar en un convento nueve millones de dólares que tenía en su casa para pagar deliveries y lo descubrieron. Proteccionismo, devaluaciones, regulaciones y entre los más altos impuestos del planeta, hicieron la economía no competitiva y paciente crónica de endeudamiento externo para funcionar. Pocos se aventuran a invertir en un país caótico de moneda sistemáticamente devaluada. Cuando llegaron los Kirchner al poder en 2002 el gasto fiscal era de 23% del PIB y cuando se fueron, 40%. El empleo público se disparó y hoy 35% de los trabajadores son empleados del gobierno y no producen nada. En siete provincias hay más empleados públicos que privados y el país entra en default.

A falta de financiamiento se dedican a imprimir billetes y establecer controles y “corralitos”. Gana Mauricio Macri (2015-2019) Tomó algunas decisiones correctas y mejoró el ambiente con su tesis “gradualista”. “Poco a poco”, según él, llegarían inversiones y aumentaría la recaudación, sin meterse con el problema esencial: el gasto gigantesco, corrupto e inflacionario. Tales estropicios y la alta tasa impositiva, hacen huir los capitales y fracasa escandalosamente, muy grave porque se veía en él un mandatario moderno que liberaría al país del anacronismo peronista y sus vicios ancestrales. Luego de resistirse con galimatías a un acuerdo con el FMI, termina pidiéndole un rescate su último año, demasiado tarde, y después de devaluar el peso 80% en el período. La caída del tipo de cambio es consecuencia inseparable de la filosofía peronista que heredó el macrismo: un gasto público desaforado y corrupto. Macri no redujo el derroche, ni la corrupción, ni el déficit, lo que le hubiera permitido gastar en la gente, e imprimió más moneda que los Kirchner, lo que mantuvo la inflación en alza.

La idea de gradualidad es correcta si se refiere a mitigar necesidades sociales con programas compensatorios, pero suele ser coartada para eludir los problemas difíciles, los nudos gordianos. La historia del falso gradualismo en Latinoamérica, darle largas a los problemas y dejar que se pudran, quiere presentar la indecisión como prudencia, y fracasa. A la caída del comunismo, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia y República Checa desesperados por la situación humanitaria, aplicaron medidas de emergencia y obtuvieron resultados rápidos; hoy presentan niveles de vida superiores a Latinoamérica e incluso a Portugal. En cambio, Ucrania, Rumania, Tayikistán y Armenia, que decidieron ir paso a paso, no levantan cabeza. Macri deja escombros y en 2019 Fernández y Fernández lo apalean. Consiguen inflación de 50% y una de las recesiones más graves del mundo. El tipo de cambio pasó con Macri de 43 a 80 pesos por dólar.

La paliza electoral kirchnerista demuestra que reformas mediocres tienen más perjuicio que beneficio, porque desacreditan el cambio y levantan la false memory syndrome del pasado alegre. Gradualismo pinche, pequeñas enmiendas, eludir reformas estructurales, no enfrentar al gasto corrupto, todo reventó y el último año llaman la ambulancia del FMI. Las diferencias entre las gestiones de Macri y Kirchner fueron secundarias. La miseria llegó a 45%. La Universidad católica dice que dieciséis millones son pobres y tres, indigentes; apenas ocho millones de trabajadores productivos sostienen al país de millones de personas que no producen. Los impuestos suman más de la mitad del precio de un auto, que cuesta tres veces más que en EEUU, el doble que en España; y 40% del precio de la canasta de alimentos, en la tercera inflación más alta del mundo ¿Qué hacen los Fernández?: un nuevo ajuste pero no para adecentar el Estado sino para empobrecer más a los ciudadanos. Más impuestos, retienen producto de las exportaciones, reducen los renglones no imponibles, gravan la compra de dólares y controlan los cambios. El caos asoma el hocico. Y llega Sigfrido en su caballo blanco: Sergio Mazza. Veremos

@CarlosRaulHer

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