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Opinión

Humberto García Larralde

La celebración reciente del Día Mundial del Ambiente es ocasión propicia para reflexionar sobre los desafíos y oportunidades planteados a la Venezuela futura por las transformaciones dirigidas a contener los efectos adversos del cambio climático. Una de las metas centrales al respecto es eliminar la dependencia de los combustibles fósiles como fuente energética. Los llamados gases de efecto invernadero que resultan de su quema, como la emanación de partículas contaminantes, han sido señalados como los enemigos a ser erradicados para preservar el ambiente, tan crucial para el bienestar futuro de la humanidad. Ello supone dos formidables retos para la Venezuela posible, una vez desplazadas las mafias destructivas que la han arruinado y puestas las palancas del Estado a cargo de un equipo competente y responsable, que la quiera.

El primer reto apremia a nuestros fundamentos económicos: la Venezuela moderna se amamantó con la renta obtenida por la venta de estos combustibles en los mercados mundiales. Ahora, a propósito de los Acuerdos de París de 2016, las economías principales se han propuesto superar el estilo tecnológico intensivo en energías fósiles, reemplazándolas por energías mucho menos dañinas del ambiente. Entre las metas asumidas está la emisión cero (neta) de gases de efecto invernadero para 2050. En su cumplimiento, países europeos se han comprometido a dejar de producir vehículos automotores de combustión interna para 2030. En algunas de sus ciudades, ya se está prohibiendo su circulación. Estados Unidos, China y Japón persiguen metas similares. Ello plantea una antelación de lo que, en la jerga del mercado petrolero mundial, se denomina “Peak Demand”, es decir, el momento a partir del cual comenzará a reducirse la demanda de estos combustibles en el mundo. Esto significa que se irá cerrando, a partir de entonces, la ventana para la venta de crudo en los mercados internacionales, fuente de sustento nuestro hasta ahora.

Por supuesto que la desaparición de la demanda por petróleo no va a ocurrir de la noche a la mañana. Pero Venezuela se encuentra muy mal preparada para aprovechar sus enormes reservas de crudo durante el período del que todavía dispondría. En primer lugar, porque la destrucción de la industria petrolera, en manos de Ramírez y de los militares que le sucedieron, ha reducido drásticamente su capacidad productiva. Elevar su producción actual (menos de 500.000 b/d) a más de 2,5 millones de b/d tomará, al menos, entre 6 y 8 años. Y requerirá atraer significativas inversiones extranjeras al sector, ofreciendo un marco impositivo bastante más laxo que el actual: Venezuela está lejos de constituir, hoy, “la última pepsicola del desierto” en materia petrolera. Muy posiblemente, la calidad de nuestros crudos –pesados y agrios– llevará a vender a descuentos, amén de que la época de precios altos difícilmente retorne. En consecuencia, el Estado percibirá mucho menos de la explotación petrolera, aún recuperándose el sector.

Por demás, la imperativa derrota de la inflación demandará sustituir el financiamiento monetario de los déficits públicos, por financiamiento internacional. Los organismos multilaterales capaces de proveer estos fondos –Venezuela está en default, marginada de los mercados financieros extranjeros– exigirán, como condición, una profunda reforma del Estado. Visualicemos, entonces, en lugar del petroestado tutor, paternalista, del pasado, con sus alforjas bien llenas para atender cualquier compromiso, a un Estado más pequeño, pero más eficiente, un Estado promotor capaz de dotar al país de condiciones propicias al desarrollo de una economía competitiva, inclusiva y sostenible, no basada en la renta petrolera. Y ello nos adentra en el segundo gran reto a enfrentar.

El “estilo” productivo y comercial del país ha sido, hasta ahora, altamente contaminante con relación al tamaño de su población. Nunca hubo reciclaje de desperdicios, el transporte colectivo deficiente hizo depender de medios de transporte individuales, el precio (prácticamente regalado) de los servicios públicos y de la gasolina llevó a su despilfarro abierto (cuando había). Nos acostumbramos a una economía muy dispendiosa en recursos y en energía.

Insertarnos provechosamente en las corrientes de cambio que están ocurriendo a nivel internacional implica, entre otras cosas, aprovechar recursos, talentos y potencialidades que, en su mayoría, siempre estuvieron ahí, pero desestimados por las facilidades que otorgaba el portentoso ingreso petrolero: el “Estado Mágico” del que hablaba el antropólogo Fernando Coronil. Ello permitiría un fuerte impulso a la agricultura de exportación –deliciosas frutas tropicales, cacao, camarones, arroz, café orgánico– en los cuales Venezuela mostró ser competitiva en el pasado. Adicionalmente, la variada geografía nacional ofrece una riqueza enorme en términos turísticos. Pequeños negocios en red –posadas, comida criolla, tours de aventura, artesanía—auguran “paquetes” turísticos muy atractivos. Piénsese en las oportunidades abiertas a operadores turísticos conectados con las fuentes del turismo internacional. Numerosas iniciativas exitosas al respecto fueron sepultadas en el pasado por la ruina chavista. Y, como insistió la Dra. Carlota Pérez en foro reciente, estas iniciativas tendrán mayores posibilidades de prosperar y la vida del productor del campo será mucho más atractiva, de contar con servicios eficientes de apoyo, tanto en lo personal (educación, salud), como comerciales, provisión de insumos y recreacionales, gracias a una red eficiente de servicios de Internet.

Luego está la enorme resiliencia de la industria manufacturera sobreviviente. Apuntalar sus fortalezas y al tejido industrial y de servicios complementario, y resolver los enormes cuellos de botella y demás obstáculos que han constreñido su expansión, debe estar en la agenda del Estado Promotor. En fin, existen numerosas oportunidades que sería irreal intentar resumir acá, que se le podrán presentar a Venezuela para un desarrollo posrentístico, competitivo, en sintonía con la preservación ambiental, de lograrse desplazar, cuanto antes, a la camarilla que usurpa el poder.

En esta reinserción fructífera a la economía mundial a partir de los retos y oportunidades que plantean los cambios instrumentados para contrariar el cambio climático, la existencia de un rico reservorio de talento en los más de 6 millones de venezolanos regados en diáspora por el mundo debe convertirse en un plus. Muchos quizás ya no regresen, aun produciéndose los cambios esperados, otros tendrán escaso interés, pero habrá bastantes dispuestos a ayudar en aspectos afines a la provisión de inteligencia comercial, distribución y promoción de productos nacionales. Otros, desde sus actividades actuales, podrán prestar asesorías y ofrecerse en proyectos conjuntos para resolver problemas locales. En fin, los venezolanos de la diáspora podrán convertirse en antena de los cambios que se están produciendo en el mundo y servir de canales para la transmisión de ese know-how al país. Su eslabonamiento con investigaciones de las universidades nacionales, donde sea factible, y con iniciativas privadas, será esencial.

En fin, el Estado Promotor al que nos referimos deberá propiciar el emprendimiento y el fortalecimiento de las capacidades innovativas y tecnológicas de distintos sectores. Descentralizar la toma de decisiones, auspiciando la corresponsabilidad de las comunidades organizadas y de la iniciativa privada en la provisión eficiente de servicios públicos, como en la contraloría social de su gestión, y proveer mecanismos expeditos, justos y ágiles para la solución de controversias, será central para un desarrollo inclusivo, de justicia social. Ello deberá inscribirse en el retorno al ordenamiento constitucional, tantas veces vulnerado, y al respeto pleno de los derechos humanos y de los compromisos asumidos en defensa del ambiente. Hacer de estas posibilidades una realidad implica desalojar a las mafias fascistas de Maduro y sus militares corruptos, del poder.

humgarl@gmail.com

junio 7, 2021

El Nacional

https://www.elnacional.com/opinion/desafios/

 5 min


Américo Martín

«¡Qué bello sería que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos!». En la Carta de Jamaica consigna Simón Bolívar ese justificado deseo, eje también de una masa de deslumbrantes consideraciones políticas a la que el visionario líder de la emancipación de la América hispana debe los honores que le reconoce la humanidad.

El Libertador fue un gran guerrero y sobre todo un sólido analista político, cualidad que respaldaba con una tenacidad incomparable; pero dejemos los elogios, que por lo demás ya no necesita. Más interesa entresacar sus decisiones estratégicas de cualquier contenido que, certificadamente, hayan despejado el camino de la Independencia, fuentes de enseñanzas válidas para acometer tareas difíciles.

El fragmento arriba citado alude a dos istmos, muy separados en la distancia. el de Corinto, ubicado en la parte central de Grecia y con brazos de mar que lo conectan con el Peloponeso y el mar Egeo. El otro es más nuestro, geográfica e históricamente. Trata del istmo de Panamá, que enlaza la América Central conectándola con México y, por supuesto, es difícil no ver la notable importancia de semejantes territorios.

Panamá, mirando hacia dos grandes océanos desde el hallazgo de Balboa. En 1826 pudo reunirse el Congreso de los latinoamericanos, concretándose a medias el sueño bolivariano. Y Corinto, despejando la unidad de los helenos, sin la cual jamás habrían podido derrotar al poderoso imperio persa, acaudillado por Darío.

Panamá y Corinto, Corinto y Panamá, han sido percepciones tan clarividentes que quedaron sembradas en la imaginación quién sabe por cuánto tiempo.

Fueron muchos los pronunciamientos universitarios, siguiendo a Córdoba-1918. Rememoraré varios, que sirvieron para crear el nuevo liderazgo latinoamericano, que conservó la marca indeleble de la Reforma Universitaria argentina.

Pero hagamos una referencia final a Panamá. En 1926, la Federación de Estudiantes de ese país invitó con solemnidad «categórica» a las de la mayoría de las de la Región flameando banderas casi obvias, la unión latinoamericana para defender cada pulgada de territorio de cualquier contraofensiva colonial, hasta la conjugación de los dos istmos conforme a las palabras del Libertador supra mencionadas y para llevar a la cúspide la unidad.

En la retórica del estudiantado del istmo decir «unidad» era decir «independencia» y decir «independencia» sería nada sin codificarla con el nombre de Bolívar.

Los frutos de la reforma y la sucesión de Congresos Universitarios no se limitaron a la profunda transformación de la idea que, desde entonces, se implantó en la América hispana sino que propició un poderoso viraje hacia lo científico y humanístico y erradicó métodos primitivos y nada participativos. Se eliminó la tradición del magister dixit y se encendieron debates en las clases que permitieron aprovechar en más las grandes ventajas de la democracia. La realidad fue regulando su intensidad para evitar interrupciones infinitas.

La renovación de la dirigencia latinoamericana ha sido impresionante. En 1924 se reúnen en Perú las Universidades Populares «González Prada» bajo la orientación del joven líder Víctor Raúl Haya de la Torre quien no pudo estar presente por hallarse en el exilio, pero su influencia en el Congreso fue absoluta. Había fundado también el partido APRA, de índole socialdemócrata que rompió con el marxismo en aspectos ciertamente esenciales.

En Venezuela se legalizó, en 1941, el partido Acción Democrática, fundado por Rómulo Betancourt, cuya influencia llegó a ser torrencial y se le ubica ideológicamente en la socialdemocracia, a pesar de no ser dado a militar en organizaciones internacionales por ser celoso de su independencia funcional. Por confluencia natural y acuerdos políticos confluyeron hacia el cauce AD-Aprista, el Partido Socialista Chileno, el Partido Liberal Colombiano, el Movimiento Nacionalista Revolucionario de Bolivia y el Partido Auténtico Cubano. Sin formalizar su registro como un solo partido, sus líderes estrecharon sus conexiones y, a ratos, suscribieron acuerdos que, pareciendo conferirles lo que cierta reluctancia a los partidos únicos les impedía ir más lejos, no obstante no ha dejado de concedérseles la pertenencia a una corriente bien definida del actuar político.

Estos desarrollos, desde los logros evidentes de la Reforma Universitaria entre 1918 y 1928, han forjado hegemonías alejadas del maximalismo, el dogmatismo y las corrientes marxistas. Por esa hábil previsión mantienen un hacer creativo interesante.

La idea es que el material creativo de las fuerzas democráticas sigue abriendo vías innovadoras. Es lo que explica la ligazón muy pertinente entre los nuevos proyectos de renovación o reforma universitaria que en este momento se han iluminado en casi todas las universidades venezolanas, siempre con el propósito de ampliar el marco y la funcionalidad de la democracia. De concretarse estos interesantes proyectos, avanzando, como es lógico, por la senda de una fuerte unidad con propensión a ampliar siempre más sus fronteras y un crecimiento de la democracia, sin vuelta atrás.

Twitter: @AmericoMartin

 3 min


Carlos Raúl Hernández

Todo comienza con el verbo (el logos, el espíritu), dice el Génesis, vértice de la primera religión monoteísta que cambia la civilización en la Edad de Bronce, doce siglos a.C. Para algunas religiones las Escrituras son revelación, palabra de Dios, pero el cristianismo acepta cierta distancia con la textualidad, aunque la Arqueología con frecuencia confirma aspectos de lo escrito, igual que la Ilíada y la Odisea. Es el mito sobre el origen del Reino Unido de Israel-Judea que once siglos después los romanos llamaron Philistina, tierra de los ya desaparecidos filisteos. A la muerte de Salomón los israelitas se reparten en los dos reinos judíos.

Reciben su nombre de Jacob, hijo de Isaac, quien luchó toda la noche con un ente sobrenatural que no lo venció, y Yavhé le ordena llamarse Israel, “el que lucha con Dios”, territorio de varios pueblos, entre ellos cananeos, filisteos, judíos, samaritanos, y otros, e invadido por los imperios babilonio, asirio, egipcio, romano, otomano y británico. Los romanos querían exterminarlos porque temían a su dios único, innombrable, todopoderoso, feroz, hostil, frente a dioses grecolatinos, borrachos, enamorados, sensuales, humanos, que yacían con los mortales y entre sí.

En las dos guerras Roma aniquiló proporcionalmente tantos judíos como Hitler y le cambió el nombre a Israel por Siria–Palestina y borrar el espíritu nacional de esos santones amenazantes y peligrosos. Pasó a ser una dependencia marginal del Imperio, y llamaron a Jerusalén Aelia Capitolina. Las invasiones promovieron diásporas de los judíos por Europa, Asia y África. Son víctimas de la Inquisición, los deportan, acorralados en ghettos (lo que pasó en Varsovia). Pogromos (linchamientos, incendios) en Rusia, Polonia, Ucrania. Les prohíben producir bienes y se dedican a la banca, igual se enriquecen y viene más odio. El mercader de Venecia muestra que hasta un espíritu tan universal como Shakespeare se contagió de antisemitismo, el racismo con mayor número de crímenes en la historia.


Sobre Francia pesa el martirio de diez años al Capitán Dreyfus en Isla del Diablo, de la que lo libera el coraje de Emilio Zolá, quien se jugó hasta la vida por liberarlo. Tanto horror convenció al escritor húngaro Teodoro Herzl, luego de examinar opciones como Argentina, Siberia y Uganda, de que debían volver a la Tierra Prometida a crear un Estado laico para protegerse: eso es el sionismo. La Primera Guerra Mundial finiquita el califato Otomano, y Palestina, aquel anodino municipio romano, ya no era ni eso, sino un erial de algunos misérrimos judíos y musulmanes criadores de amantísimas cabras. Marc Twain se aventuró en esa geografía olvidada de Dios y relata que recorría horas sin ver un ser humano. En síntesis, pedir el “cese de la usurpación” judía del territorio del Canaan, es un sorprendente y común desconocimiento.

Truman y Stalin acuerdan en 1947 crear dos estados, Israel y Palestina, después del horror nazi y seis millones de muertes. La moción va a la ONU, que solo podía aprobarla con mayoría de 2/3. La votación estaba perdida por 3 ó 4 votos, pero cambia la balanza el apasionado y legendario líder socialista francés León Blum, jefe del gobierno del Frente Popular en 1936. Ben Gurión crea Israel en 1948, que no reconocen los países árabes. La noche de la celebración, como cuenta Shimon Peres, “quienes llegaban en la madrugada a sus casas, conseguían en las calles los primeros cadáveres del ataque musulmán”. Es la primera guerra de cuatro a la fecha, en las que Israel vapulea a los árabes y arranca territorio.


En 1967 el pavorreal tercermundista Gamal Abdel Nasser, bloquea la salida de Israel al Canal de Suez. En el Cairo agitan las masas con la amenaza de quemar, exterminar a los judíos, y en los semáforos ahorcaban muñecos de parodia. Mientras Nasser chillaba en las plazas y la radio, Moshe Dayan, ministro de defensa israelí, envía a los balnearios cientos de soldados y sus familias para engañar al alto mando enemigo. Mientras, sus cazas vuelan a quince metros del suelo hacia Egipto, desbaratan la aviación en tierra, y a Siria y Jordania. La misma alianza intenta ahora tomar por sorpresa a Israel en 1973, en la guerra de Yon Kippur, y se lleva otra paliza y pérdida territorial, pero les cuesta entender que lo único que no deben es atacar militarmente a Israel.

En 73 años dos países que nacen con igual derecho sobre sus territorios y debían convivir como los demás, prefieren matarse-vengarse-matarse-vengarse, la espiral del encono. En Gaza gobierna el terrorismo de Hamas, con el programa cada vez más tonto de destruir a Israel quien, de desarrollo similar a los árabes, escaló a potencia económico tecnológica global. Que Israel mantenga un ghetto en Jerusalén y colonice territorios ocupados, igual cierra las esperanzas. Las potencias democráticas han hecho esfuerzos inútiles por reconciliarlos, como los dos acuerdos de Camp Davies, el primero entre Carter, Beguín y Anwar Al Sadat en 1977 y el segundo en 2000 entre Clinton, Edhud Barack y Yasser Arafat de la OLP. Pero faltan la inteligencia política y las despreciadas vocaciones de libertad y democracia.

@CarloaRaulHer

 4 min


Ismael Pérez Vigil

La semana pasada hice una evaluación de la estrategia del gobierno y sus condiciones para el complejo proceso de negociación que está abierto y señalé que la de la oposición está dispersa en varias opciones, lo que para algunos la hace más confusa.

Resumen de la estrategia opositora

Que sea más dispersa y aparentemente menos clara no significa que no existe, todo lo contrario. Como ya vimos hace un par de semanas la propuesta opositora de negociación no solo existe sino que se despliega en tres vertientes, que podemos resumir de esta manera:

– Una vertiente que quiere negociar de manera “integral” y propone como moneda de cambio la eliminación de las sanciones; estrategia un tanto débil, para algunos, si partimos de considerar que el levantamiento de las mismas no es una decisión de la oposición venezolana; para otros, esa es precisamente su fortaleza, pues el levantamiento de las sanciones no es algo que pueda negociar la oposición.

– Otra de las vertientes es más limitada en su aspiración negociadora y propone como moneda de cambio su participación en el proceso electoral regional; para algunos ésta es su debilidad, dado el ambiente abstencionista en el país; para otros es su fortaleza pues aseguran que esa “matriz” de opinión estaría cambiando.

– La tercera vertiente aspira negociar la salida del régimen, de una vez, como condición previa a sentarse a la mesa, a la que solo lo haría para discutir “detalles” al respecto; esta propuesta se ampara en una fuerza interventora externa, sin proponer nada a cambio, quizás una cierta “impunidad” para algunos delitos; pero es una estrategia también débil, toda vez que la llamada “comunidad internacional” con capacidad para “intervenir” como fuerza externa, se ha negado de muy variadas formas a hacerlo.

A estas estrategias, se suma ahora otra variante −propuesta por un grupo opositor, diferente a los tres anteriores, de origen mayoritariamente chavista−, que promueve un referendo revocatorio, que hasta hace poco era una mera idea y que se encuentra con la resistencia de las dos experiencias anteriores, la primera en 2004, cuando la oposición fue derrotada y la del 2016, que ni siquiera se llegó a realizar, bloqueada la posibilidad por las marramuncias legales del régimen.

El ambiente de discusión interno

El ambiente de discusión en el país, al interior de la oposición, se ha enrarecido innecesariamente porque una buena parte de la población opositora se rasga las vestiduras con las condiciones que el gobierno ha puesto para negociar −y que analizamos la semana pasada −, con el consabido: “te lo dije, no hay intención sincera de negociar”, etc.; pero, olvidan que la oposición ha puesto unas condiciones que resultan igualmente “leoninas”, intolerables e irritantes para el régimen: nada menos que la salida del presidente Nicolás Maduro.

Solo a título de ejemplo, para recordar lo que algunos parecen haber olvidado, Juan Guaidó, quien representa el grupo opositor mayoritario y tiene la propuesta más elaborada en cuanto a las condiciones, presentó en su proyecto de acuerdo de Salvación Nacional, un mes antes de las condiciones solicitadas por el gobierno, un conjunto de propuestas bien duras y contundentes, difíciles de tragar por el régimen (Elecciones presidenciales, además de parlamentarias, regionales y locales; garantías democráticas y elecciones libres con observación y respaldo internacional; la entrada masiva de ayuda humanitaria y vacunas contra el covid-19; la liberación de todos los presos políticos y el regreso de los exiliados; la habilitación de políticos y partidos, y otras más).

Parte de la confusión con las propuestas opositoras es que pareciera que, siendo el objetivo salir del régimen y la estrategia, la negociación, el enredo mayor está en que lo que debería ser una mera táctica: el tema electoral. Es el que se convierte en el centro de las agrias disputas al interior de la oposición, pues las tres estrategias de negociación se presentan con dos variantes electorales: participar o abstenerse en las elecciones regionales, más la nueva variante que incluye un referendo revocatorio.

Una dosis de realismo

Mientras en la oposición nos deshacemos en agrias disputas, tal parece que no hemos entendido que aquí habrá un proceso de negociación decidido por el régimen y que lo efectuará a su manera, con quien esté dispuesto a sentársele enfrente.

Querámoslo o no habrá elecciones regionales en noviembre, porque el régimen, que ahora controla todas las instituciones, quiere arrebatar a la oposición algunas de las gobernaciones que perdió en 2017, sin tener que anularlas con el subterfugio de los “protectores” o quitando funciones y presupuesto. Los municipios y alcaldías son además una meta jugosa para el gobierno, pues tienen cierta autonomía financiera y recursos propios que al gobierno se le hace más difícil controlar y lo quiere hacer sin tener que apelar a perseguir y apresar a sus alcaldes o improbarles la gestión para destituirlos, algo que sin duda le da “mala imagen” internacional.

Querámoslo o no, el régimen, por muy ilegitimo que lo consideremos, controla los hilos del poder, controla los recursos del país, que si bien escasos para resolver nuestros problemas, son suficientes para enriquecerse y querer mantenerse en el poder. Por último, querámoslo o no, nos guste o no, aunque nuestros aliados también consideren “ilegitimo” al régimen, empieza a ser para algunos de ellos una referencia y lo es también para muchos organismos internacionales; y hay otros que se excusan en que ellos hablan con quién les “responda el teléfono desde Miraflores”.

Al parecer, por el tono de las discusiones, para algunos el objetivo no es salir de este régimen de oprobio, sino salir de él de la forma en que ellos dicen. Así el “negacionismo”, no al diálogo, no a la negociación, nos está llevando a un juego trancado y lo que nos quedaría es rendirnos, resignarnos o irnos, como ya lo han hecho casi seis millones de venezolanos. Pero esa no es una alternativa, mucho menos tras una resistencia obstinada de la oposición democrática y ciudadana después de 21 años. ¿Hay alternativas?, seguramente muchas, aunque no es el caso detallar aquí ninguna.

La tarea interna

Pero, todas las alternativas tienen que llevar a acorralar a la dictadura y que se vea obligada a negociar una salida. Se trata de una pinza, una tenaza, donde la presión internacional cumple con su función en este juego para quebrar la dictadura. Pero, un solo brazo no hace fuerza. La pinza necesita dos brazos y uno es el interno. Nuestra tarea es lograr que éste crezca y se fortalezca. Lograr que el régimen pierda el poco apoyo popular que le queda; que los sectores que ha enriquecido a base de privilegios, compartir ganancias y corrupción, se le volteen porque entiendan que esa es su mejor salida, para disfrutar sus fortunas mal habidas, antes que todo esto se derrumbe y los arrastre en la caída; que los sectores militares que lo apoyan −que son lo único que lo sostiene en el poder− dejen de hacerlo, lo obliguen a negociar o se mantengan neutrales; en fin, que se rompa ese “bloque hegemónico” −del que hablan los politólogos− en torno al poder dictatorial, en busca de salvar su pellejo, los que no hayan cometido delitos de lesa humanidad o contra los DDHH.

La salida electoral

No nos engañamos con que la vía electoral sea, hoy por hoy la salida inmediata, pues en las condiciones actuales sabemos que la tiranía no dejará el poder porque le ganemos unas elecciones, si es que respeta los resultados o tenemos la fuerza para hacer que los respete; pero, tras una negociación −o que se produzca por algún milagro la renuncia o la hoy imposible salida de fuerza con la que algunos sueñan−, la opción electoral es a la que llegaremos, en última instancia, y para la que tenemos que estar preparados y dispuestos.

Por supuesto no se trata de ir “practicando”, participando en los procesos electorales de cualquier manera. De hecho, ya nos hemos abstenido varias veces. Se trata, sí, de luchar por condiciones electorales aceptables que nos permitan participar y aprovechar esos procesos para organizar a la oposición para restarle fuerza al gobierno, arrebatándole espacios y obligándolo a presentarse ante el país y ante la comunidad internacional, como están de aislados y lo fraudulentos y tramposos que son para aferrarse al poder.

¿Dará eso resultado? Solo podemos decir que ha ayudado en otras partes; pero, en todo caso lo que si sabemos ya, positivamente, es que quedarnos cruzados de brazos, negando cualquier opción por imposible, no nos ha conducido a nada, salvo a la desesperanza popular y mayor división.

Esperamos en los próximos días ir conociendo detalles de las actividades concretas que cada uno de los grupos opositores va a llevar adelante, en apoyo a su propuesta y estrategia de negociación.

Politólogo

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 6 min


Matthew Wilburn King

Hace casi 250 años, el economista y filósofo Adam Smith escribió "La riqueza de las naciones", donde describió el nacimiento de una nueva forma de actividad humana: el capitalismo industrial.

Este conduciría a la acumulación de riqueza más allá de lo que él y sus contemporáneos podrían haber imaginado.

El capitalismo impulsó las revoluciones industrial, tecnológica y verde, remodeló el mundo natural y transformó el papel del Estado en relación con la sociedad.

Sacó a innumerables personas de la pobreza durante los últimos dos siglos, aumentó significativamente el nivel de vida y llevó al desarrollo de innovaciones que mejoraron radicalmente el bienestar humano, además de hacer posible ir a la Luna y leer este artículo en internet.

Sin embargo, su historia no es completamente positiva.

En los últimos años, las deficiencias del capitalismo se han vuelto cada vez más evidentes.

Dar prioridad a las ganancias a corto plazo para las personas significó en ocasiones que el bienestar a largo plazo de la sociedad y del medio ambiente se haya perdido, especialmente en momentos cuando el mundo se enfrenta a la pandemia de la covid-19 y al cambio climático.

Y como lo demostraron el malestar político y la polarización en todo el mundo, hay crecientes signos de descontento con el statu quo.

En una encuesta de 2020 realizada por la firma de marketing y relaciones públicas Edelman, el 57% de las personas en todo el mundo dijo que "el capitalismo tal como existe hoy hace más daño que bien en el mundo".

De hecho, si se juzga por medidas como la desigualdad y el daño ambiental, "el desempeño del capitalismo occidental en las últimas décadas ha sido profundamente problemático", escribieron recientemente los economistas Michael Jacobs y Mariana Mazzucato en el libro "Rethinking Capitalism" ("Repensar el capitalismo").

Sin embargo, eso no significa que no haya soluciones. "El capitalismo occidental no está irremediablemente destinado al fracaso, pero es necesario repensarlo", argumentan Jacobs y Mazzucato.

Entonces, ¿seguirá el capitalismo tal como lo conocemos en su forma actual o podría tener otro futuro por delante?

Enfoque en el individuo

El capitalismo generó miles de libros y millones de palabras, por lo que sería imposible explorar todas sus facetas.

Dicho esto, podemos comenzar a comprender hacia dónde se dirigirá el capitalismo en el futuro explorando dónde comenzó. Esto nos dice que el capitalismo no siempre funcionó como lo hace hoy, especialmente en Occidente.

Entre los siglos IX y XV, las monarquías autocráticas y las jerarquías eclesiásticas dominaron la sociedad occidental.

Estos sistemas comenzaron a desmoronarse a medida que la gente afirmaba cada vez más su derecho a la libertad individual.

Este impulso por un mayor enfoque en el individuo favoreció al capitalismo como sistema económico debido a la flexibilidad que permitía para los derechos de propiedad privada, la elección personal, el espíritu empresarial y la innovación.

También favoreció la democracia como sistema de gobierno por su enfoque en la libertad política individual.

El cambio hacia una mayor libertad individual cambió el contrato social.

Anteriormente, quienes estaban en el poder proporcionaban muchos recursos (tierra, alimentos y protección) a cambio de importantes contribuciones de los ciudadanos (por ejemplo, desde trabajo esclavo hasta trabajo duro con poca paga, altos impuestos y lealtad incondicional).

Con el capitalismo, la gente esperaba menos de las autoridades gobernantes, a cambio de mayores libertades civiles, incluida la libertad individual, política y económica.

Pero el capitalismo evolucionaría significativamente durante los siglos siguientes y, especialmente, durante la segunda mitad del siglo XX.

Después de la Segunda Guerra Mundial, se fundó la Sociedad Mont Pelerin, un grupo de expertos en política económica, con el objetivo de abordar los desafíos que enfrentaba Occidente.

Su enfoque específico fue la defensa de los valores políticos de una sociedad abierta, el estado de derecho, la libertad de expresión y las políticas económicas de libre mercado, aspectos centrales del liberalismo clásico.

Con el tiempo, sus ideas dieron lugar a la escuela macroeconómica de la "economía de la oferta".

Esta se basaba en la creencia de que impuestos más bajos y una regulación mínima del libre mercado conducirían a un mayor crecimiento económico y, por lo tanto, a mejores condiciones de vida para todos.

En la década de 1980, junto con el surgimiento del neoliberalismo político, la economía de la oferta se convirtió en una prioridad para Estados Unidos y muchos gobiernos europeos.

Esta nueva cepa del capitalismo llevó a un mayor crecimiento económico en todo el mundo, al tiempo que sacó a un número sustancial de personas de la pobreza absoluta.

Pero, al mismo tiempo, sus críticos argumentan que sus principios de reducción de impuestos y desregulación empresarial hicieron poco para apoyar la inversión política en servicios públicos, hacer frente al desmoronamiento de la infraestructura pública, la mejora de la educación y la mitigación de los riesgos para la salud.

Desigualdad

Quizás lo más significativo es que en muchas naciones desarrolladas el capitalismo de finales del siglo XX contribuyó a una brecha significativa entre la riqueza de las personas más ricas y las más pobres, según lo mide el Índice de Gini.

TE DE LA IMAGEN,GETTY IMAGES

En algunos países, esa brecha es cada vez mayor. Es particularmente duro en Estados Unidos, donde las personas más pobres no han visto un crecimiento real de ingresos desde 1980, mientras que los ingresos de los ultrarricos crecieron en alrededor de un 6% por año.

Casi todos los multimillonarios más ricos del mundo residen en EE.UU. y amasaron fortunas asombrosas, mientras que, al mismo tiempo, el ingreso medio de los hogares en ese país aumentó modestamente desde inicios del presente siglo.

La brecha de desigualdad puede importar más de lo que a algunos políticos y líderes corporativos les gustaría creer.

El capitalismo puede haber sacado a millones de personas en todo el mundo de la pobreza absoluta, pero la desigualdad puede ser corrosiva dentro de una sociedad, dice Denise Stanley, profesora de Economía en la Universidad Estatal de California en Fullerton.

"La pobreza absoluta es básicamente que las personas puedan obtener... US$4 por día por persona. Es una medida de umbral", explica, pero advierte que la pobreza relativa puede desequilibrar una sociedad a largo plazo.

Incluso si la economía está creciendo, la desigualdad de ingresos y el estancamiento de los salarios pueden hacer que las personas se sientan menos seguras a medida que disminuye su posición relativa en la economía.

Los economistas del comportamiento demostraron que "nuestro estatus en comparación con otras personas, nuestra felicidad, deriva más de medidas relativas y de distribución que de medidas absolutas. Si eso es cierto, entonces el capitalismo tiene un problema", dice Stanley.

Como resultado del aumento de la desigualdad, "la gente tiene menos confianza en las instituciones y experimenta una sensación de injusticia", según el informe Edelman.

Pero el impacto en la vida de las personas puede ser más profundo. El capitalismo en su forma actual está destruyendo la vida de muchas personas de la clase trabajadora, argumentan los economistas Anne Case y Angus Deaton en su libro "Deaths of Despair and the Future of Capitalism" ("Muertes desesperadas y el futuro del capitalismo").

Durante "las últimas dos décadas, las muertes por desesperación por suicidio, sobredosis de drogas y alcoholismo aumentaron dramáticamente y ahora se cobran cientos de miles de vidas estadounidenses cada año", escriben.

La crisis financiera de 2007-2008 agravó estos problemas. La crisis fue provocada por una desregulación excesiva y golpeó especialmente a la clase trabajadora en los países desarrollados.

Los subsiguientes rescates de los grandes bancos generaron resentimiento y "ayudaron a impulsar el surgimiento de la... política polarizada que hemos visto durante la última década", según Richard Cordray, primer director de la Oficina de Protección Financiera del Consumidor de EE.UU. (CFPB) y autor de "Watchdog: How Protecting Consumers Can Save Our Families, Our Economy, and Our Democracy" ("Defensor del consumidor: Cómo proteger a los consumidores puede salvar a nuestras familias, nuestra economía y nuestra democracia").

Protestas anticapitalistas

Las democracias liberales pueden estar ahora en un punto de inflexión, donde los ciudadanos cuestionan las normas capitalistas de hoy con mayor intensidad política en todo el mundo.

J. Patrice McSherry, profesora de ciencias políticas en la Universidad de Long Island en Nueva York, observó este cambio en Chile, por ejemplo.

"La movilización social comenzó con un aumento en las tarifas del metro en octubre de 2019, lo que provocó protestas de base amplia que convocaron a más de un millón de personas en manifestaciones", dice.

"El movimiento social expuso las profundas fuentes del descontento en Chile: la desigualdad arraigada y creciente, el costo de vida en constante aumento y la privatización extrema en uno de los estados más neoliberales del mundo".

Esas quejas se remontan a finales del siglo XX, cuando el gobierno autoritario de Chile introdujo reformas constitucionales que "institucionalizaron la dominación económica y política del gobierno de facto y consagraron un marco neoliberal que borró el papel del Estado en las áreas sociales y económicas. Restringió la participación política, dio a la derecha (política) un poder desproporcionado e instaló un papel tutelar para las fuerzas armadas", escribe McSherry en un artículo para el Congreso de América del Norte sobre América Latina, una organización sin fines de lucro que rastrea las tendencias en la región.

De manera similar, el movimiento de los chalecos amarillos que comenzó en Francia en 2018 se centró inicialmente en el aumento del costo del combustible, pero se amplió rápidamente para incluir quejas similares a las de Chile, el costo de vida, la creciente desigualdad y una demanda para que el gobierno deje de ignorar las necesidades de los ciudadanos.

Y en EE.UU., el movimiento político que generó el trumpismo está posiblemente impulsado por la desigualdad económica tanto como por la ideología.

El gobierno de Trump obtuvo un amplio apoyo político para sus enfoques más cerrados del comercio mundial, incluida la retirada del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica y los aranceles de represalia sobre los bienes y servicios chinos, indios, brasileños y argentinos importados a Estados Unidos.

Incluso los aliados de Estados Unidos fueron el objetivo de esta agenda, incluidos Europa, Canadá y México.

Si bien una respuesta a las desventajas del capitalismo en su forma actual es que las naciones adopten una postura defensiva, buscando protegerse minimizando los lazos externos, el proteccionismo "es miope, particularmente en lo que respecta al comercio", según Anahita Thoms, Jefe de la Práctica de Comercio Internacional de Baker McKenzie en Alemania y Joven Líder Global del Foro Económico Mundial.

"Si bien puede traer algunos beneficios temporales, a largo plazo pone en peligro la economía global en su conjunto y amenaza con deshacer décadas de progreso económico. Es crucial mantener mercados abiertos favorables a la inversión", dice Thoms.

Un desafío central para los gobiernos en el siglo XXI será encontrar la manera de equilibrar estos beneficios a largo plazo del comercio mundial con los daños a corto plazo que la globalización puede traer a las comunidades locales afectadas por los bajos salarios o el desempleo.

Las economías no pueden divorciarse por completo de las demandas de las mayorías democráticas que buscan trabajo, vivienda asequible, educación, atención médica y un medio ambiente limpio.

Como muestran los movimientos chilenos, chaleco amarillo y trumpista, mucha gente está pidiendo un cambio en el sistema existente para que dé cuenta de estas necesidades, en lugar de solo enriquecer los intereses privados.

En resumen, puede que sea hora de reconsiderar el contrato social para el capitalismo, de modo que se vuelva más inclusivo de un conjunto más amplio de intereses más allá de los derechos y libertades individuales.

Esto no es imposible. El capitalismo ha evolucionado antes y, si va a continuar en el futuro a largo plazo, puede volver a evolucionar.

El futuro del capitalismo

En los últimos años surgieron diversas ideas y propuestas que apuntan a reescribir el contrato social del capitalismo.

Lo que tienen en común es la idea de que las empresas necesitan medidas de éxito más variadas que simplemente las ganancias y el crecimiento.

En los negocios, existe el "capitalismo consciente", inspirado en las prácticas de las llamadas marcas "éticas".

En política, hay un "capitalismo inclusivo", defendido tanto por el Banco de Inglaterra como por el Vaticano, que aboga por aprovechar el "capitalismo para el bien común".

Y en la sostenibilidad, está la idea de la "economía de la dona", una teoría propuesta por la economista y autora Kate Raworth, que sugiere que es posible prosperar económicamente como sociedad y al mismo tiempo permanecer dentro de los límites sociales y planetarios.

Luego está el modelo de "los cinco capitales" articulado por Jonathan Porritt, el autor de "Capitalism As If The World Matters" (Capitalismo como si el mundo importara).

Porritt pide la integración de cinco pilares del capital humano: natural, humano, social, manufacturado y financiero, en los modelos económicos existentes.

Un ejemplo tangible de dónde las empresas están comenzando a adoptar "los cinco capitales" es el movimiento B-Corporation. Las empresas certificadas se adhieren a la obligación legal de considerar "el impacto de sus decisiones en sus trabajadores, clientes, proveedores, comunidad y el medio ambiente".

Sus filas ahora incluyen grandes corporaciones como Danone, Patagonia y Ben & Jerry's (que es propiedad de Unilever).

Este enfoque se ha vuelto cada vez más común, reflejado en una declaración de 2019 publicada por más de 180 directores ejecutivos corporativos que redefinen "el propósito de una corporación".

Por primera vez, directores ejecutivos que representan a Wal-Mart, Apple, JP Morgan Chase, Pepsi y otros reconocieron que deben redefinir el papel de las empresas en relación con la sociedad y el medio ambiente.

Su declaración propone que las empresas deben hacer más que ofrecer beneficios a sus accionistas.

Además, deben invertir en sus empleados y contribuir a la mejora de los elementos humanos, naturales y sociales del capital al que Porritt se refiere en su modelo, en lugar de centrarse únicamente en el capital financiero.

En una reciente entrevista con Yahoo Finance sobre el futuro del capitalismo, el presidente ejecutivo de Best Buy, Hubert Joly, dijo que "lo que sucedió es que durante 30 años, desde la década de 1980 hasta hace 10 años, hemos tenido este enfoque singular sobre las ganancias que fueron excesivas y causaron muchos de estos problemas. Necesitamos relajarnos un poco de estos 30 años. Si tenemos una refundación de los negocios, también puede ser una refundación del capitalismo... Creo que esto puede hacerse, tiene que hacerse".

Una nueva dirección

Hace más de tres décadas, la Comisión Brundtland de las Naciones Unidas escribió en "Nuestro futuro común" que había amplia evidencia de que los impactos sociales y ambientales son relevantes y deben incorporarse a los modelos de desarrollo.

Ahora es obvio que estos temas también deben considerarse dentro del contrato social que sustenta el capitalismo, para que sea más inclusivo, holístico e integrado con los valores humanos básicos.

En última instancia, vale la pena recordar que los ciudadanos en una democracia capitalista y liberal tienen poder.

De manera colectiva, pueden apoyar a las empresas alineadas con sus creencias y exigir continuamente nuevas leyes y políticas que transformen el panorama competitivo de las empresas para que puedan mejorar sus prácticas.

Cuando Adam Smith estaba observando el capitalismo industrial naciente en 1776, no podía prever cuánto transformaría nuestras sociedades en la actualidad.

Por tanto, podríamos estar igualmente ciegos ante cómo podría verse el capitalismo en otros dos siglos.

Sin embargo, eso no significa que no debamos preguntarnos cómo podría evolucionar hacia algo mejor a corto plazo. El futuro del capitalismo y nuestro planeta depende de ello.

Consultor y conservacionista internacional basado en Boulder, Colorado, y presidente y director de Common Foundation.

2 junio 2021

BBC Future

https://www.bbc.com/mundo/vert-fut-57291419

 12 min


​José E. Rodríguez Rojas

El hostigamiento a las universidades por parte del régimen chavista, es parte del acoso que el gobierno ha llevado a cabo contra las instituciones culturales y del conocimiento. El fundador del movimiento inició el desmantelamiento de estas instituciones, desatando la indignación nacional e internacional. Se trataba de imponer un pensamiento único para lo cual eran inconvenientes los gerentes culturales independientes con pensamiento propio como Sofía Ímber, fundadora del Museo de Arte Contemporáneo, y Virginia Betancourt, creadora del Sistema Nacional de Bibliotecas Públicas.

Los populismos latinoamericanos han sido de naturaleza fascistoide. El peronismo argentino simpatizó abiertamente con el régimen nazi y convirtió a la Argentina en un refugio seguro para los jerarcas del régimen, una vez concluida la segunda guerra mundial. La naturaleza fascistoide del chavismo ha sido planteada por estudiosos del fenómeno como el profesor Humberto García Larralde. Uno de los aspectos relevantes de esta dinámica ha sido, en el caso del chavismo, el hostigamiento a las instituciones de la cultura y a las generadoras de conocimiento como las universidades. En varios reportajes de reciente factura el diario El Nacional presentó los detalles del desmantelamiento a que fueron sometidas las instituciones culturales del Estado por el hijo prodigo de Sabaneta. En un acto transmitido por cadena de televisión, a inicios del año 2001, despidió a los gerentes de las principales instituciones culturales del país sometiéndolos al escarnio público, acusándolos de ser una especie de casta que manejaba las instituciones mencionadas para el beneficio de una elite. Era necesario, a juicio del Prócer de Sabaneta, una revolución cultural para poner estas instituciones al servicio del pueblo.

Previo a 1999 el Estado venezolano hizo un esfuerzo singular para el desarrollo de un conjunto de instituciones como el Museo de Bellas Artes, la Biblioteca Ayacucho, la editorial Monte Ávila y el Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber, que se ubicaban dentro de las mejores en su campo en la región. A pesar de ello el Comandante Eterno, haciendo gala de su carencia de ideas sobre este y otros temas, procedió a destituir a los gerentes de estas instituciones en un programa televisivo, usando además una jerga beisbolera para tales propósitos. Entre los destituidos el nombre que provocó mayor indignación nacional e internacional fue el de Sofía Ímber cuya labor en el Museo de Arte Contemporáneo era reconocida nacional e internacionalmente. Los gerentes de la cultura defenestrados fueron sustituidos por profesionales que al poco tiempo renunciaron pues llegaron a la conclusión de que el régimen lo que pretendía era imponer un modelo autoritario de pensamiento único.

Algunos especialistas han venido insistiendo en que el desmantelamiento de las instituciones culturales no ha sido un proceso movido por una agenda ideológica, sino por la intención de esconder la incompetencia del régimen y su desconocimiento del tema. Esto se evidencia en el caso de Sofía Imber. El régimen ha tratado de destruir su legado y hacer desparecer cualquier rasgo que relacione al museo que creó con su nombre. A tal efecto el gobierno de Maduro en el año 2017 la puso el nombre de Armando Reverón al Museo de Arte Contemporáneo. Esta acción, según Luis Pérez Oramas es una escaramuza que lo que busca es esconder la mediocridad e incompetencia del régimen en lo atinente al manejo de los museos. Según el ex curador del MOMA de Nueva York, Sofía Ímber junto a Carlos Rangel con la solidaridad del Estado Venezolano, lograron crear uno de los mejores museos de Latinoamérica y hacerlo una institución referencial por la calidad de sus colecciones y sus muestras. Concluye Pérez Oramas que eso se ha perdido y no se va a recuperar con un cambio de nombre. .

En este contexto el régimen chavista también procedió a desmantelar la obra que Virginia Betancourt había llevado a cabo en la Biblioteca Nacional, actualizando y digitalizando los servicios de información, adaptándolos a normas internacionales; creando un sistema de bibliotecas públicas a nivel nacional que integró las bibliotecas locales y regionales a la Biblioteca Nacional y promoviendo la lectura entre la población, dándole rango de política de Estado. La obra de Betancourt ha sido reconocida por especialistas nacionales e internacionales. Entre éstos últimos figura Anabel Torres quien se despeñó como Sub Directora de la Biblioteca Nacional de Colombia. Torres elaboró un informe donde hace un inventario de la obra desarrollada por Betancourt y señala los pormenores de la labor emprendida por asalariados del régimen para destruirla.

Recientemente, la nunca bien ponderada Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), reconoció la labor de Betancourt al publicar un libro en el cual la ex directora de la BN hizo una recopilación y defensa de su obra. El libro tiene por título “Sistema Nacional de Bibliotecas e Información de Venezuela (SISNAB) 1974-1998. Una experiencia exitosa en la formación de ciudadanos”. La obra posee siete capítulos en los cuales se muestra el andamiaje sobre el cual se creó el Sistema Nacional de Bibliotecas creado por Betancourt, incluyendo entre otros temas la organización, recuperación y acceso a la memoria nacional impresa y audiovisual, la promoción de libros y la lectura como política de Estado. Dicho libro fue editado por la editorial abediciones y presentado en la Feria del Libro del Oeste auspiciado por la mencionada universidad.

Referencias:

El Nacional. 2021. 20 años de los cambios en el bullpen con los que Chávez puso su bota sobre la cultura nacional. Enero 27.

EL Nacional. 2018. Pérez Oramas: Venezuela no se deja imponer el silencio de la muerte. 15 enero.

Torres, Anabel. 2010. La Biblioteca Nacional de Venezuela, núcleo de un sistema nacional de bibliotecas en el Siglo XX, camino a ser desmantelado en el Siglo XXI. IFLA FAIFE.( disponible en: www. ifla.org).

Profesor UCV

 4 min


Fernando Mires

Uno de los dos presidentes del Partido Verde Alemán, Robert Habeck (la otra presidente es la candidata a canciller Annalena Baerbock) después de haber conversado largamente con el presidente ucraniano Volodymyr Selensky y llegado al convencimiento de que frente a las ostensibles amenazas rusas, Ucrania carece de potencial defensivo (sobre todo en las costas del Mar Muerto y del Mar de Azov) decidió presentar públicamente la magnitud de un problema que, si se discutía, solo lo era a puertas cerradas, y bajo siete llaves.

En otras palabras, Habeck decidió politizar el tema de la vulnerabilidad de Ucrania frente a Rusia en la única forma en que era posible: a través de la vía pública. Probablemente su intención fue provocar un debate y así sacar a luz las controvertidas opiniones que mantiene la clase política alemana frente al expansionismo de Vladimir Putin.

Habeck es hombre de reconocido formato político. A diferencia de la candidata Baerbock, es buen conocedor de la política internacional. Por formación intelectual, sabe reflexionar de un modo político-filosófico sobre la realidad inmediata. De tal modo que probablemente contaba con que sus opiniones iban a desatar un vendaval de críticas tanto en la partidocracia alemana como en su propio partido el que, además de su carta de identidad ecologista, ostenta una línea pacifista. Más todavía en un tiempo pre-electoral, cuando los atribulados electores, recién saliendo del acoso pandémico, lo que menos quieren es saber de armas, de escenarios bélicos y de amenazas internacionales.

La petición de Habeck fue respaldada inmediatamente por el presidente de Ucrania Volodymyr Selensky. A través del Frankfurter Allgemeinen Zeizung dijo: “Habeck lo entendió”. Y agregó: “Alemania no nos ha prestado ninguna ayuda militar, pero podría hacerlo”. Y luego pidió ayuda. Directamente. Por la prensa. Un aterrado S.O.S.

Y evidentemente, si el presidente Selensky pide ayuda con ese inusual modo, es porque la necesita con urgencia. Todo el mundo sabe que las milicias pro-rusas en el Este de Ucrania son entrenadas, armadas y financiadas desde Rusia, algo que Putin nunca ha intentado ocultar. Es cierto que Ucrania no es un miembro directo de la UE, pero es candidata a serlo y como tal ha sido aceptada por unanimidad en el acuerdo de asociación de vecindad que incluye protección militar frente a amenazas externas. Desde ese punto de vista, la UE, y por ende Alemania, al no apoyar directamente a Ucrania, está incumpliendo ese acuerdo. Eso fue lo que quiso transmitir de modo público Habeck.

Que la petición Habeck- Selensky iba a chocar con uno de los fundamentos ideológicos de la política alemana había que presupuestarlo y, por lo mismo, contar con duros ataques desde las filas del partido Die Linke (La Izquierda) y de la socialdemocracia. La segunda presidente de los Verdes, siguiendo la línea y la tradición pacifista de Los Verdes, tomó distancia por primera vez en su vida de las opiniones de Habeck.

Uno de los pocos que apoyó a Habeck dentro de su partido fue el diputado verde Manuel Sarrazin, especialista en asuntos relativos a Europa del Este. Su argumentación tiene lógica: “La guerra contra Ucrania debe ser resuelta diplomáticamente”, dijo. Pero agregó esta frase clave: “solo si fortalecemos la defensa (militar) de Ucrania será posible una solución diplomática”. Argumentación que por ser inteligente no fue demasiado atendida. Aunque es evidente: soluciones diplomáticas sin respaldo militar nunca han llevado a ninguna parte. Selensky lo sabe en carne propia. Su país está objetivamente en guerra con el país de Putin. Y bien: esa guerra la está perdiendo.

Podemos diferenciar entonces tres posiciones en el seno de la política alemana frente al caso Ucrania. Una extremadamente minoritaria -es la que representa Habeck- supone respaldar las soluciones diplomáticas sin renunciar a la ayuda militar a Ucrania, única argumentación que parece entender Putin. La segunda posición es doctrinaria, más bien dogmática: la ideología pacifista prohíbe de modo casi sacramental todo intento de utilizar armas en el marco de las relaciones internacionales. Dicha posición es apoyada por la mayoría de los dirigentes de los Verdes y de la Linke, aunque esta última más bien la usa como chantaje (en el pasado reciente apoyó a Milosevic en la guerra del Kosovo y a Putin en el Oriente Medio y en los alrededores de Rusia, incluyendo Bielorrusia). La tercera posición basa su discurso en la lógica de la razón económica a la que adscribe el gobierno Merkel. Como por el momento es la posición oficial, puede ser importante prestarle atención.

Heiko Maas, quien usa frente a Putin un lenguaje cuidadoso, no vaciló en responder a la petición pública del presidente ucraniano con una arrogancia indigna de su cargo ministerial. No solo enrostró a Selensky la ayuda económica que presta Alemania a Ucrania (no venía al caso) sino, además, negó cualquiera posibilidad de traspasar armas a Ucrania frente a una intensificación de la agresión rusa. En el hecho notificó a Putin que Alemania no hará nada en contra -aparte de sancionar uno que otro producto de exportación ruso– si este decidiera invadir el Este de Ucrania.

Maas no habla por sí solo: él es miembro de un partido y de un gobierno que parecen compartir la creencia de que con un gobierno con el cual se mantienen buenas relaciones económicas, es el caso de Rusia, siempre habrá una puerta abierta para que problemas que eventualmente puedan surgir en el plano político, puedan resolverse de modo diplomático.

En cierto modo esa creencia del gobierno alemán está basada en “la tesis del dulce comercio” formulada por Montesquieu. En la sección de El Espíritu de las Leyes que se ocupa de cuestiones económicas, afirmaba el filósofo francés: “Es casi una regla general que dondequiera que haya costumbres sosegadas habrá comercio y dondequiera que haya comercio habrá costumbres sosegadas”. Tesis que ha demostrado ser cierta en los conflictos entre dos naciones regidas por un orden democrático. El hecho de que nunca, o casi nunca, ha habido guerra entre dos naciones democráticas, así lo comprueba. El “pequeño” problema es que Rusia no es una nación democrática. Y esto es lo que parece olvidar el ministro Maas: Ni Rusia es una nación democrática, ni Putin es un gobernante democrático.

Si se quiere entender a Putin no debemos leer a Montesquieu sino a Maquiavelo. Más aún: de todos los gobernantes de nuestro tiempo, Putin parece ser el más maquiavélico de todos. No solo porque ha sabido poner la “fortuna” a favor de la “virtud” (de poder), no solo porque prefiere ser más temido que amado, no solo porque no trepida en usar cualquier medio cuando se trata de conseguir un objetivo, no solo porque en lugar de poner su política al servicio de intereses económicos pone estos últimos al servicio de su política, sino sobre todo porque intenta convertir a su nación, Rusia, en una potencia territorial, tan grande o más grande que la que gobernaron Pedro el Grande y Stalin. Putin, en el sentido maquiavélico más estricto, es un príncipe de la guerra y no un heraldo de la paz.

Se equivocan Merkel y Maas si piensan que pueden controlar a Putin con la dulzura del comercio o con las menos dulces pipelinas. Putin solo retrocederá si su potencial enemigo es más fuerte y está decidido a mostrar su fuerza si el caso así lo requiere.

Merkel y Maas, así como los dirigentes de la partidocracia alemana, no parecen haberse dado cuenta de que para Putin, Ucrania -así como Bielorrusia y los países bálticos- es considerada miembro natural de la nación rusa. En tal sentido el presidente de Ucrania es visto por el ruso como un usurpador mantenido por occidente. En este caso, para Putin pareciera aplicar una máxima de Maquiavelo escrita en los discursos sobre las décadas de Tito Livio: “Es difícil que un pueblo que después de haber tenido el hábito de vivir bajo un Príncipe, cayó por una casualidad eventual bajo un gobierno republicano, permanezca en él”. Actualizando esa máxima podríamos leer: el destino de Ucrania -según la idea recibida por Putin de su maquiavélico consejero Alexander Dugin– sería regresar a la Gran Rusia.

Parece haber en fin dos tipos de pacifismo: el pacifismo romántico e ingenuo de los Verdes y de la izquierda en general, y el pacifismo utilitario del gobierno alemán y de la UE. Los dos tienen en común que, aplicados a la realidad práctica, ninguno puede asegurar la paz. Todo lo contrario. Ambos crean condiciones para un enfrentamiento mucho más dramático que el que se habría podido evitar si desde un comienzo los sectores políticos democráticos hubieran mostrado la decisión de poner límites al enemigo en cierne.

En 1983, uno de los más destacados políticos socialcristianos alemanes, Heiner Geißler, dijo: “el pacifismo de los años treinta hizo posible a Auschwitz”. No quiso decir que el pacifismo había causado a Auschwitz como intentaron difamar sus adversarios, sino que, como consecuencia de un pacifismo opuesto a todo tipo de violencia, y de otro pacifismo que intentaba meter a Hitler en un corset diplomático, fue demorada la inevitable guerra en contra de la Alemania nazi. Entre los críticos de Geißler se contaba el joven Joschka Fischer quien, años después, como ministro del exterior del gobierno de Schröder, hubo de defender la participación de Alemania en la guerra del Kosovo. También demasiado tarde. Cuando las tropas de la NATO entraron a detener a los esbirros de Milosevic, las “limpiezas étnicas” ya habían tenido lugar.

¿Qué esperan Alemania y la UE para mostrar a Putin la decisión de defender a Ucrania? La reacción del ministro Maas al negar abruptamente ayuda militar al gobierno de Ucrania ocurre en los mismos días en que Putin, después de haber ordenado a Lucashenko violar el espacio aéreo europeo, ha terminado prácticamente por anexar a Bielorrusia. Al mismo tiempo consolida su poder interno, prohibiendo a todos los partidos que defiendan a Navalny participar en las próximas elecciones. Como diciendo a Europa: “en vuestras ridículas sanciones yo me siento”.

Escribo dos semanas antes del encuentro que tendrá lugar en Ginebra entre Putin y Biden. Putin ya advirtió que no guarda expectativas para ese encuentro. Al fin y al cabo sus ambiciones territoriales no pasan directamente por sus relaciones con los EE UU. Cualquiera iniciativa que tome con respecto a Ucrania solo afectará sus vínculos con Europa. Y si Europa no reacciona, ese no puede ser un problema de los EE UU.

Europa, hay que llegar a esa conclusión, puede pero no sabe o no quiere defenderse. Esa es una “fortuna” para Putin. Su maquiavélica “virtud” será la de saber usar a su favor esa “fortuna”.

Europa está condenada a llegar siempre tarde. Y como dijo Michael Gorbachov: “quien llega tarde, será castigado por la historia.

3 de junio 2021

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2021/06/fernando-mires-la-fortuna-de-pu...

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