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Opinión

Julio Dávila Cárdenas

Quizás sea que nos estamos acostumbrando a vivir en el extraño mundo de Subuso, en el que casi todo se hace al contrario de lo que indica la lógica, o lo que pareciera lógico.

El régimen se encuentra empeñado en tratar de legitimarse, a ver si el mundo comienza a reconocerlo y para ello utiliza todo lo que esté a su alcance. En ese afán trata de lograr una Asamblea Nacional que se ajuste a sus necesidades. Entonces acude a su tsj para que designe a un cne prácticamente incondicional. No contento con ello, esa misma “justicia” es la encargada de inhabilitar a las legítimas autoridades de muchos de los partidos de oposición y ordena que se proceda a designar como nuevas autoridades de esos partidos a individuos que por “extrañas razones” habían sido expulsadas de dichas organizaciones, o aparentaban continuar en las mismas, pero siguiendo las instrucciones del régimen.

Eso ocurrió con Primero Justicia, Acción Democrática, Copei, Voluntad Popular y algunas otras que escapan de mi memoria. Con este curioso proceder lograría, en primer lugar, que esas nuevas “autoridades” indiquen que sus organizaciones participarán en el “proceso electoral”. Luego, en el momento que corresponda designar a los candidatos a diputados de dichos partidos, quién los escogerá. Indudablemente que las “nuevas autoridades”. ¿A quiénes escogerían? No resulta difícil atinar: Individuos que respondan a los intereses del régimen. De manera que no habría obstáculo alguno para que, en el hipotético caso de ganar la oposición, quien obtenga el triunfo sea el mismo régimen. La victoria sería pírrica pero aparentemente legítima.

Mientras tanto, quienes supuestamente pertenecen a la oposición en ese cne, manifiestan que están dadas todas las garantías para que las “elecciones” sean limpias y trasparentes y por tanto, se debería concurrir a votar, bajo el pretexto de que si no se vota se estaría garantizando la victoria de los candidatos del régimen. Lo cierto es que el resultado de las mismas, sería “ganar, ganar”, pero para el régimen y para quienes resultaran electos diputados. Es decir, no importa si se vota por los candidatos a diputados de la “oposición”, porque en definitiva siempre ganaría el régimen.

De allí las declaraciones del militar que funge de ministro de defensa del régimen, en el sentido de que la oposición no volvería nunca al gobierno. Por supuesto que no, ya que todo está debidamente planificado para que cualquiera sea el resultado, el vencedor siempre sea el mismo. Lo que debería causar extrañeza es que los integrantes de las fuerzas armadas, no hayan reaccionado a esas declaraciones. Sobre todo si toman en cuenta lo establecido en el artículo 328 de la Constitución, que señala que la Fuerza Armada Nacional -que así se llama en la Carta Magna-, “constituye una institución esencialmente profesional, sin militancia política…” y en el cumplimiento de sus funciones, está al servicio exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política alguna.” Afortunadamente el artículo 333 de la misma establece que la Constitución no perderá su vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o porque fuere derogada por cualquier otro medio distinto al previsto en ella.

Como estamos en el extraño mundo de Subuso, no es de extrañar que todo se haga al revés y aparentemente nada suceda, salvo que algo esté por suceder

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Marino J. González

Al día de hoy, la característica más resaltante en la mayor parte de los países de América Latina, es la ausencia de control de la pandemia por covid-19. En los últimos siete días, nueve países de la región (Argentina, Bolivia, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Guatemala, México, Panamá, y Venezuela) han registrado el número máximo de casos diarios.

Esto significa que se deben esperar tres semanas para saber si han alcanzado el control, esto es, en el mes de agosto (sexto mes de pandemia). Si a este grupo agregamos los países que han registrado el número máximo de casos en los últimos 21 días, tendríamos tres adicionales: El Salvador, Honduras, y Paraguay. Los únicos países con franco control en la región son Uruguay y Cuba.

Las dimensiones del descontrol de la pandemia se pueden estimar si comparamos la evolución en otros países. En Corea del Sur, por ejemplo, transcurrieron 73 días entre el primer caso y el control, es decir, cuando se alcanzó el 10% de los casos del día con la mayor cantidad. En España se requirieron 99 días.

Por el contrario, en muchos países de América Latina el número de días desde el primer caso ya supera los 150, y no se ha alcanzado el control. Brasil, país en el cual se registró el primer caso en la región, tiene 169 días de pandemia sin control.

Si bien es cierto que en los países que lograron el control en Asia y Europa, se han presentado nuevos brotes, estos se han manifestado después de un período en el cual se reportaron pocos casos. Esta situación permitió que se redujera la sobre-demanda de los servicios de salud, y se pudieran realizar los ajustes logísticos y de rutinas en preparación para la aparición de nuevos casos.

En la gran mayoría de los países de la región, la presión sobre los servicios no solo no ha disminuido, sino que en estos momentos se encuentra en la fase más crítica. El personal de salud ha debido enfrentar exigencias extraordinarias para garantizar la atención de los pacientes. Muchas veces en situaciones de alta desprotección para evitar las infecciones, con lo cual se han producido contagios y fallecimientos. Dada la especial gravedad de la pandemia en estas semanas, es de suponer que la desprotección también se encuentra en un punto muy alto.

La segunda implicación del descontrol es el efecto en la atención del resto de los servicios de salud. Esto afecta tanto a los pacientes con enfermedades transmisibles como aquellos con enfermedades crónicas. El diferimiento de consultas para diagnóstico y tratamiento es muy frecuente. Si a ello se suma que se han debido utilizar recursos para enfrentar la pandemia, antes asignados a otras áreas, es lógico esperar que este año disminuya la inversión neta, expresada en paralización de la creación de nuevos cargos, diferimientos en la construcción y dotación de servicios, entre otros aspectos. La asignación general de recursos, especialmente los de inversión, debe estar muy afectada en los sistemas de salud de la región.

Los impactos en la economía conforman la tercera implicación de la ausencia de control. En la práctica, las economías llevan seis meses de parálisis. De allí que la caída de crecimiento adquiere niveles nunca experimentados en muchos países de América Latina. El efecto de esta reducción de crecimiento se trasladará al próximo año, y afectará a toda la inversión pública, y en particular la relacionada con los servicios de salud.

Entonces se experimentan dos situaciones de shock para la gestión de los servicios. El primero, en curso, está asociado con los recursos previstos para este año. El segundo shock es de mediano plazo, y se extenderá hasta que cese la pandemia. Desde esta perspectiva, los efectos en la disminución de la protección financiera y en la cobertura de servicios serán altamente significativos.

La cuarta implicación se relaciona con las opciones de políticas disponibles. Todos los países de la región que no han controlado la pandemia, tienen en vigor políticas más rigurosas que las ejecutadas por Uruguay en la fase más crítica. Esto significa que, en algunos casos, por ejemplo, Guatemala y Honduras, no es posible aumentar la rigurosidad.

Si esos países no tienen control, y ya han llegado al tope de la rigurosidad, significa probablemente que las medidas no están funcionando desde hace varias semanas. Parece entonces que se ha perdido la capacidad de relacionar intensidad de las medidas con el impacto en el control de la pandemia.

En consecuencia, el deterioro de la capacidad para diseñar políticas también aumentará. Esta situación también afecta a los países que, sin tener altos niveles de rigurosidad, también tienen restricciones para aumentarla (por ejemplo, Colombia, Chile, y Perú),

Las implicaciones anteriores tienen un denominador común: el desgaste de la institucionalidad de las políticas públicas. Tal pareciera que la región está entrando en una etapa en la cual la pandemia afecta todas las áreas de políticas, hasta el punto que se ha convertido en el centro de la toma de decisiones.

Cada día son más evidentes los signos de la debacle social, económica e institucional que se están ocasionando. Lamentablemente, enfrentar ese deterioro requiere capacidades institucionales que la región no tiene desarrolladas. La pandemia ha puesto todas estas limitaciones en gran relieve.

marinojgonzalez@gmail.com

@marinojgonzalez

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Laureano Márquez

El 14 de julio de 1816 en el Penal de las Cuatro Torres del arsenal de La Carraca, muere el precursor de la independencia venezolana, Sebastián Francisco de Miranda. Antes había estado preso en Puerto Rico, en Puerto Cabello y en La Guaira, donde había sido entregado a las autoridades españolas por sus paisanos y compañeros de la gesta independentista, quienes consideraron que su capitulación ante Monteverde era una traición injustificable.

Como puede verse, las diferencias, la enemistad y el odio entre los que comparten una misma causa no es nueva en la historia nacional.

A uno le da cosa con Miranda: exitoso en todas las revoluciones de su tiempo, fracasó en la suya, la que siempre le había inspirado. Logró sortear todos los peligros, cambio de identidad varias veces para ocultarse de persecuciones, sobrevivió a expediciones y batallas, logró evadir la guillotina en la Revolución Francesa –cuya conmemoración es también, casualmente, el 14 de julio– pero no logró salir ileso de sus paisanos.

Sus últimos años fueron muy duros, las condenas de las que se libró de joven le cayeron juntas en su vejez. Michelena lo pinta en esa imagen que para nosotros es emblemática, meditando recostado en su catre en la celda de Cadiz, desde allí nos sigue mirando con una inescrutable tristeza que, a veces, según esté nuestro ánimo, parece decepción y otras la actitud interrogante de quien espera grandes cosas del espectador que le contempla, como diciéndonos: “¿y entonces? ¿Y la libertad pa’cuando?”

A Miranda tampoco lo hemos sabido reconocer bien post mortem. Sigue siendo el “hijo de la panadera”, que diría nuestra brillante historiadora Inés Quintero. No tiene tumba sino “cenotafio”, una palabra casi tan fea como xenofobia y que se usa para designar a una tumba vacía de alguien cuyos restos no se han encontrado (ni buscado mucho en este caso). La plaza Miranda frente a las Torres del Silencio es una de las plazas menos atractivas de Caracas para el transeúnte y la avenida Francisco de Miranda la de peor tráfico.

El estado Miranda es uno de los más complicados de entender, un estado que ocupa la mayor parte de Caracas, pero cuya capital está en Los Teques. Hasta con nuestro signo monetario a Miranda se le ha maltratado: si recuerdan los tiempos en que Venezuela tenía billetes, al que se le puso la imagen de Miranda fue al de dos bolívares y eso porque no había billete de menor denominación que asignarle. Hasta el chigüire* tuvo más suerte que aparecía en el de cinco.

En fin, este 14 de julio recordé nuevamente con gratitud y respeto a El Precursor, que desde su icónico catre de La Carraca nos sigue observando con esa enigmática mirada con la que Miranda mira.

(*)Para que no me vayan a caer encima en cambote: sé que no es un chigüire, sino un armadillo, el animal que aparecía en los billetes de cinco bolívares. Pero chigüire suena más gracioso. No sé qué magia tienen las palabras con “ch” (Chespirito lo sabía bien) que por sí mismas son graciosas y divertidas, con la sola excepción de un apellido que asociado a su dueño nos recuerda la peor tragedia de nuestra historia.

@laureanomar

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Maxim Ross

He leído mucho material sobre como recuperar la industria petrolera. Confieso que, siendo correcto y conveniente que se preparen varias versiones, especialmente por los especialistas, me gustaría encontrar uno que representara un consenso de lo que habría que hacer, si se produce el cambio político que todos estamos esperando. Mientras tanto, ¿Qué podemos hacer para evitar una destrucción completa de lo que queda de la industria? ¿Habrá alguna posibilidad de que todo el país se ponga de acuerdo en algunas ideas centrales que eviten ese colapso? ¿Tendrá alguna responsabilidad la sociedad civil venezolana[1] en esta materia?

Sabiendo que no soy experto petrolero, pero entendiendo lo que ha sucedido con nuestro país y, en especial en esa industria, me atrevo a proponer un grupo de principios generales, sobre los cuales nos podríamos poner de acuerdo y llegar a un consenso en el seno de la sociedad civil y de aquellos directamente vinculados a la industria. Estoy consciente de que muchos de ellos se han dicho y repetido, que no se trata de ninguna originalidad y quizás mi contribución es colocarlos juntos, de manera simple para hacerlos entender a los no especialistas. Ellos son:

Crecer. La experiencia y el sentido común nos dice que una empresa o una industria tiene como principio vital aumentar su producción, sus ventas y desarrollar mercados y que, cualquier estrategia distinta la lleva al suicidio, como sucedió en Venezuela. Sugiero entonces que el futuro de nuestra industria se focalice en ese principio, sujeto por supuesto a las condiciones actuales de los mercados internacionales que, sabemos, son hoy considerablemente restrictivas. Como consecuencia de ello, sin descuidar la materia, sugiero abandonar o atenuar la política de “sostén de precios” que sacrifica producción y mercados y focalizarla en un criterio de crecimiento sostenido.

Integrar. Si examinamos brevemente nuestra historia petrolera encontramos un patrón común: nunca estuvo integrada al país, a las regiones, a sus localidades, a la gente, comenzando por ese concepto ampliamente divulgado en nuestra historia de ensayos y novelas, cuando se le calificó, en unas de “enclave externo” y, en otras de “campamentos, casas muertas” y otras más, pero siguiendo con aquello de la “caja negra”, que se prolonga hasta nuestros días. Como alguien dijo una vez: lo mas cercano de ella al venezolano es la gasolina.

Pues bien, tomando en cuenta esa experiencia propongo que el segundo principio que rija nuestra industria futura, o lo que queda de ella por desarrollar, se ajuste a la idea de como integrarla de manera óptima a su mejor localización geográfica y, para ello, lo relevante es como puede provocar un entorno de mayor impacto en inversiones, empleos y capacidad productiva, esto es de maximizar el valor agregado o la “cadena de valor” regional o local. Sugiero que, en los planes y proyectos que se estudien, este sea un criterio rector por excelencia. A la vez, este criterio, podría ser el catalizador de inversiones de capital nacional, regional y local, lo cual la diferencia totalmente de la industria que tuvimos hasta ahora.

Si en el futuro logramos acercarnos al manejo de nuestra principal industria estaríamos dando un paso significativo con este principio. Diría: ¡imaginemos una Venezuela donde el petróleo, más allá de sus impactos fiscales y en divisas, se “derrama” ampliamente y deje de ser un “enclave más” en nuestro país!

Industrializar. Resulta inadmisible que un país petrolero como el nuestro haya sido incapaz de desarrollar toda la industria de transformación que origina, naturalmente, el petróleo y su sucedáneo, el gas. Si esto es así, no debería caber la menor duda de que el futuro de nuestra industria debería orientarse casi exclusivamente en esta dirección, por dos razones principales. De un lado, por la propia ventaja comparativa que tiene poseer los dos recursos y del otro, por la ventaja adicional de tener el potencial de energía barata que posee Venezuela. Adicionalmente estaría el hecho de que la restricción de mercados para el crudo, que existe hoy día, debería focalizarnos en esta ruta mas promisoria y con alto contenido de valor agregado.

Competir. Las reglas de la competencia y la competitividad deberían regular también la industria hacia adelante, regidas por estándares internacionales, lo cual automáticamente la condiciona para participar en los mercados internacionales y producir divisas, principio que va ligado al regreso a la especialización y al abandono de todo ese aparataje de para-Estado que recién se puso en práctica. A la vez, su aplicación desarrolla un principio interno que suprime toda posibilidad de continuismo al “clientelismo”, a la politización en su conducción y a eliminar todo tipo de contratación que esté fuera de aquellas reglas. Allí se le abriría una gran grieta al “amiguismo”, a la “adjudicación directa” y a todos esos sutiles métodos que tanto daño han hecho. La transparencia que brindaría el uso de la competencia agrega un activo de muy alto valor económico, político y social para la Venezuela que quiere desterrar la corrupción en su principal industria.

Rentar. Desde luego, consecuencia del anterior está la idea de que la industria tiene que ser rentable, pero aquí introduzco un principio que, si bien puede ser controversial, dada nuestra experiencia e inercia doctrinaria, nos orienta en un sentido distinto. Sugiero privilegiar las ganancias y los dividendos para la inversión por encima de la regalía del propietario, pues esta es la guía que mantuvimos desde sus inicios, salvo en aquellos momentos en que se ha sacrificado para atraer inversiones.

Pues bien, sugiero que este principio se utilice para sustentar el criterio anterior de aumentar la producción y conquistar mercados, cuando beneficia más al inversionista y menos al propietario del recurso, pero tendría, en mi opinión, un efecto mucho mas sustantivo si el tema de la regalía pasa a segundo plano y con él, el ya famoso tema de la renta y el rentismo, el cual ha calificado y caracterizado la Venezuela de los últimos 100 años. Además, para sustentar un criterio de rentabilidad, esta deberá regirse por patrones tributarios internacionales.

Participar. Muy probablemente estemos de acuerdo si sugiero que este habría de ser el principio fundamental a defender hacia futuro porque, si de algo podemos quejarnos los venezolanos es de nuestra total ausencia del manejo petrolero, desde que lo manejaron las “7 grandes”, hasta que lo hizo el Estado venezolano, lo cual no le quita méritos a los tantos profesionales que han participado en ella a lo largo de la historia. No se trata de eso, se trata de algo mucho más importante que está en el vértice de su conducción. Participar en la propiedad del recurso y en sus desarrollos se convierte en un hito de trascendental importancia para los venezolanos, sea como accionistas y dueños de las empresas que se constituyan. Si la resistencia politica se mantiene a un cambio de la propiedad del recurso, sugiero que, al menos, defendamos la participación de la sociedad civil en la Asamblea de Accionistas y en la Junta Directiva, si la empresa sigue estando en manos del Estado.

Ahorrar. Quizás estaría demás defender un criterio de ahorro a estas alturas en que la industria está tan disminuida y las posibilidades de crecimiento son muy limitadas en los mercados internacionales, pero ello no prescribe que dejemos de lado el principio de ahorro que nunca tuvimos presente. Está demás hablar de los daños que su no cumplimiento le ha infligido a Venezuela, porque si hubiéramos ahorrado no estaríamos viviendo el desastre y la destrucción actual.

Volviendo a la sugerencia se propone la creación del FONDO VENEZUELA[2], fundado en dos ideas centrales: la participación de la sociedad civil en su conducción y manejo y creando el Fondo con el retiro de los aportes al Fisco del 20% de los impuestos y la regalía petrolera en 5 años, hasta lograr que sean todos acumulados en dicho Fondo. En tal sentido, se daría cumplimiento a lo dispuesto en la actual Constitución, en el artículo relativo a la creación de un Fondo de Estabilización, con los añadidos aquí sugeridos. Tal medida persigue, el no menos importante principio, de que el Fisco venezolano dependa, única y exclusivamente, de los impuestos no petroleros.

Estas sugerencias se realizan sin quitarle merito a las distintas y valiosas propuestas que han circulado recientemente sobre las opciones que tendría el desarrollo petrolero en los próximos años y se hace, reiteramos, con el fin de proponer un debate para intentar construir un consenso sobre los criterios generales que deberían guiar nuestra principal industria.

Observamos, finalmente, que el centro de esos criterios está orientado, por un lado, a hacer de la industria una parte de estrechamente vinculada a la economía y a la sociedad venezolanas y, por el otro, dejar de lado aquello de lo estratégico y de lo geopolítico, con todos sus componentes de “soberanía e independencia” con que la ha venido caracterizando el mundo político y hacer de ella una industria más en nuestro país y similar a tantas otras que operan en Venezuela.

[1] La parte de ella que está organizada y es representativa de núcleos colectivos. Ver planteamiento de la “Plataforma Cívica”

[2] Sabemos que está en otras propuestas.

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Nadie dice voy a ser feliz por media hora o por un año. La felicidad es un milagro, no tiene fecha. Ni siquiera es un sentimiento. Cuando más, un pre-sentimiento. Es por eso que es muy distinto creer que somos felices a ser felices. La felicidad no se programa. La felicidad es un encuentro consigo a partir del otro en el mundo. La felicidad es, si se quiere, el amor, aunque el amor –lo sabemos todos- no siempre es felicidad.

¿Por qué escribo o reescribo esto? Quizás porque en medio de la pandemia ha podido descubrirse que no ser feliz no significa ser infeliz. Cuando estamos ocupados no somos ni lo uno ni lo otro, y nos guste o no, la mayor parte del tiempo vivimos ocupados. A fin de regular ocupaciones, contamos los días y los años. Es como nadar. Dejas de nadar y te ahogas. Dejas de vivir en el tiempo y te hundes en el tiempo. Eso explica por qué cuando no estamos ocupados intentamos al menos llevar una vida entre-tenida.

Entre-tener: Verbo que hay que tomar muy en serio pues significa “tenerse entre” ¿entre qué? Entre dos tiempos: el tiempo del nacimiento y el tiempo de la muerte. Muchos han muerto creyendo que al haber llevado una vida entre-tenida han tenido una vida feliz. Pero no es así. Solo han logrado nadar en el tiempo sin ahogarse.

También, cuando no estamos ocupados (trabajo, deberes) hacemos “pasatiempos” creyendo que así “pasa” el tiempo y no nosotros en el tiempo. Sin pasatiempos nos sentimos aburridos. El aburrimiento es un vacío de tiempo, es vivir en un tiempo no ocupado, es no saber que hacer con el tiempo y así cada minuto nos parece una eternidad.

Aburrimiento es una palabra que suena horrible en español. Parece decir que al no hacer nada nos convertimos en burros. Afortunadamente, en otro idioma muy distinto, el alemán aburrimiento se dice “Langeweile” que quiere decir “momento–largo”. Y efectivamente, si medimos el tiempo no solo en su longitud sino en su intensidad, hay momentos que nos parecen largos y otros cortos.

A Martín Heidegger debemos el descubrimiento del sentido existencial del aburrimiento (momento largo). Con ello Heidegger se situó en la tradición de pensadores que han despojado a conceptos socialmente peyorativos de su estigmación. Tradición iniciada por Erasmo y su “Elogio de la Locura” y continuada por Paul Lafargue –quien además de ser yerno de Karl Marx era un pensador original- en su muy conocido “Elogio de la Pereza”.

En el texto de Heidegger, “Conceptos básicos de la Metafísica” (Grundbegriffe der Metaphysik) hay pasajes que darían para compilar un ensayo titulado “Elogio del Aburrimiento”. Se trata de momentos en los cuales no estamos “tiemporalizados” (gezeitigt) o lo que es parecido, cuando somos enfrentados con un vacío de tiempo. Ese vacío es para muchos un abismo y como tal lleva a “la náusea” según Sartre, o al miedo según Heidegger, miedo que convertido en terror (pienso en “El Grito” de Munch) puede conducir fácilmente a la locura. Pero también, y he ahí la importancia del “momento largo”, puede ser ese el instante en el cual comenzamos a indagar acerca del verdadero sentido de la existencia y de la vida (no son sinónimos, no todo lo que existe, vive)

¿Por qué estamos aquí? ¿Cuál es el valor de la vida que llevamos? ¿Cuál es el significado verdadero de nuestros actos?” El “momento largo” podría ser también el momento de una “conversión” que lleva al verdadero pensamiento, al del espíritu.

La filosofía, según Heidegger, es hija del miedo y del abismo. Ese miedo que no sentimos cuando estamos ocupados. Ese abismo que no vemos cuando leemos el periódico. Cuando pensamos, en cambio, estamos vueltos hacia nosotros mismos, sin exteriores, sumergidos bajo el tiempo. Quizás esa fue la razón que llevó a decir a Hannah Arendt que "pensar es peligroso". Ese es el peligro del aburrimiento, en sus honduras podemos ahogarnos, pero y esta es la paradoja, también podemos salvarnos.

¿Salvarnos de qué? Creo que hay una sola respuesta: de la nada.

Gracias al aburrimiento podemos acercarnos a la nada. Solo desde ahí podemos mirar al todo.

10 de julio

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2020/07/fernando-mires-el-aburrimiento....

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El déficit de confianza es uno de los principales puntos débiles que tenemos los venezolanos. Esta rémora nos dificulta salir de la dictadura totalitaria y visualizar el futuro. Hace ya varios años el francés Alain Peyrefitte escribió La société de confiance, postulando que para poder avanzar un país requiere que su gente tenga confianza en sí misma, en los otros y en la estrategia. Hoy, más que nunca, requerimos aumentar el grado de confianza en los otros o, mejor dicho, eliminar la gran desconfianza que reina sobre todo en el área política.

Frecuentemente se escucha que hay una oposición dentro de la oposición, pero no nos ponemos de acuerdo en identificar cuál es la verdadera oposición o al menos cuál es la más sensata. ¿Es la del Frente Amplio Venezuela Libre? ¿La de María Corina y Ledezma? ¿La de Nicmer Evans y los disidentes del chavismo? Aparentemente solo estamos coincidiendo en que los integrantes de la nanomesa, es decir Falcón, Fermín y Timoteo, están del lado del régimen. A continuación nos permitimos resumir algunos puntos de vista.

El Frente Amplio Venezuela Libre divulgó un comunicado el 29 de junio en el que denuncia al mundo que en la Venezuela de Maduro no hay elecciones, sino farsas y manipulaciones. Exige elecciones libres, justas y verificables. Hace un llamado a todos los partidos y líderes del mundo a ayudarnos en nuestra lucha y a no aceptar nada menos de lo que estuvieran dispuestos a aceptar para sus propios pueblos. En dicho comunicado se detallan esas condiciones. Es decir, su posición es luchar por las condiciones exigidas y, en declaraciones de varios voceros, no acudir a votar si no se dan.

Por su parte en un comunicado de este 7 de julio, titulado Al servicio de la verdad, firmado por María Corina, Ledezma, Carlos Ortega, Humberto Calderón Berti, Enrique Aristeguieta y Diego Arria, se afirma que nuestro Estado es hoy una farsa, que una de las características es el secretismo y la opacidad. También efectúan un igual y severo llamado de atención al gobierno colegiado interino, a fin de que respete y acate con celo las exigencias de la transparencia. Al respecto plantean quejas sobre la falta de información referente a varios hechos y nombramientos. Finaliza el documento reiterando a la comunidad internacional que solos no podemos. En declaraciones de los respetables ciudadanos citados, los mismos han sostenido que la salida del régimen por elecciones no es realista.

Es evidente que la principal diferencia es que un grupo piensa que la mejor estrategia es luchar por condiciones para aceptar ir a elecciones y el otro sostiene que es utópico que el régimen acepte elecciones transparentes, a lo cual se añade la injerencia de actores foráneos, por lo que se requiere intervención extranjera, ya que solos no podemos.

Además, hay una diferencia no de fondo, pero que quizá pesa más por esa característica humana de resentirnos cuando no nos toman en cuenta.

Cabe mencionar que Nicmer Evans, disidente del chavismo, realizó críticas a la conducta de los principales partidos y Elías Pino recomendó a Guaidó desmantelar la cúpula amistosa y clientelar.

Pareciera que muchas cosas pueden mejorar si el G4 y el presidente(e) Guaidó deciden informar y escuchar a quienes tienen el mismo objetivo, pero piensan que el camino a tomar es diferente. Desde luego que también quienes critican al G4 y a Guaidó deben tomar conciencia de que lo deseable no es siempre posible, así como del grado de respaldo que tienen en la población.

La decisión de votar o no votar no es sencilla. Algunos recuerdan que en 1952 los ciudadanos votaron a pesar de la dictadura y ello obligó a Pérez Jiménez a desconocer el resultado, con su natural desprestigio entre los demócratas. Sin embargo, las condiciones son diferentes. En ese entonces los miembros del Consejo Electoral eran decentes, renunciaron y tuvieron que asilarse. Por otra parte ningún gobierno desconoció al dictador. Hoy 58 países, el Parlamento Europeo y la OEA desconocen a Maduro y a unas elecciones en los términos planteados por el régimen. Si no cambian las condiciones, votar sería desconocer ese apoyo internacional y un suicidio político. En cuanto a la opción de esperar una intervención extranjera que vaya más allá de las sanciones es utópico y sus proponentes tienen que saberlo. Los ciudadanos claman por una sola oposición con una misma estrategia. Todos contra el régimen.

Como (había) en botica:

Un principio básico de ética es no atacar a alguien que es preso político de una dictadura y tiene limitaciones para defenderse. Los ataques a Leopoldo López, sin entrar a juzgar si tienen o no base, desmerecen a quienes los realizan.

Felicitaciones a Leopoldo López Gil por su participación en el excelente acuerdo del Parlamento Europeo.

Merecida la designación de Horacio Medina en la directiva Ad hoc de Pdvsa.

Lamentamos los fallecimientos de nuestros compañeros de Gente del Petróleo y Unapetrol Gilberto Delgado y de Jesús Uviedo. También del diputado Hernán Alemán.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

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Américo Martín

Históricamente los grandes cambios que se han escenificado en Venezuela, por no decir en el mundo, se han materializado como consecuencia de una unificación de fuerzas políticas y sociales desplegadas con suprema inteligencia y habilidad. Pese a que esos fueron los rasgos dominantes en Angostura (1819), donde se forjó la doctrina y práctica de la emancipación conducida por el Libertador, me atrevería a decir que la más depurada expresión de un movimiento unitario exitoso fue la encarnada por la Junta Patriótica (1957) y el Pacto de Nueva York, firmado por los grandes líderes Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera, el 20 de enero de 1953.

La JP integró los cuatro partidos que habían sobrevivido a la feroz dictadura militar: URD (Fabricio Ojeda), AD (Silvestre Ortiz Bucarán), PCV (Guillermo García Ponce) y COPEI (Enrique Aristeguieta Gramcko). Desde Nueva York la unidad fue perfecta y eficaz, los líderes que se habían enfrentado, a ratos, con ferocidad, se dieron la mano de cara a la comunidad democrática internacional.

Demostraron así que no guardaban, entre ellos, vestigios de acrimonia o reservas de ningún tipo. Esa unidad material y espiritual fue como la palanca que pedía Arquímedes para mover el mundo y, efectivamente, la palanca de Nueva York movió al mundo.

En Venezuela, los cuatro partidos que se habían desgarrado por rivalidades y pugnas desconcertantes, por iniciativa de Alberto Carnevali, un brillante merideño de AD, iniciaron el restañamiento de las heridas y la más sorprendentemente fraterna unidad que pueda concebirse. Por desgracia la dictadura detuvo a Carnevali y, según se dijo, lo dejó morir en la cárcel. En su honor, Betancourt dijo que se había llevado a la tumba su gran secreto de estadista y estratega revolucionario.

Para evidenciar su sincera disposición unitaria, el ilustre merideño propuso a Pompeyo Márquez, lo que Márquez y los demás presentes jamás hubieran imaginado, que fuera Pompeyo el encargado de presentar el boceto del primer manifiesto de la unidad nacional.

La unidad nacía en medio de una danza de gestos afectuosos, sin intercambiar recibos de cuentas por cobrar y bajo la encendida convicción que el anuncio del encuentro de las organizaciones de la resistencia, en medio de un espíritu de fraternidad, sin zancadillas, descalificaciones mediocres y haciendo gala de una solidaria nueva relación que cristalizará el 23 de enero de 1958 con la clamorosa victoria de la unidad democrática. Mientras el movimiento se limitara a ser una suma material de factores los avances serían bastante limitados, pero cuando aquel sentimiento tocó el alma de los rudos combatientes, se convirtió en una fuerza volcánica sin otro destino que triunfar.

En el oficialismo el deterioro abría su marcha y la pregonada unidad opositora, sin esguinces, sin cartas escondidas y exhibiendo una amistad profunda, incidió sobre los estremecidos cimientos de la dictadura. No puedo olvidar que poco antes de ser encarcelado y maltratado por feroces torturadores, las organizaciones de la Junta Patriótica y el Frente Universitario actuábamos como los mosqueteros de Dumas (padre), ¡Uno para todos y todos para uno! Recuerdo, específicamente, que distribuimos una carta del joven líder de Copei, Luis Herrera Campins, titulada Frente a 1958, y lo hicimos con la misma emoción de nuestros compañeros copeyanos, en la misma tónica, las otras organizaciones del Frente Universitario, JCV y Vanguardia Urredista.

Nadie halaba la brasa para su sardina porque estábamos bajo una guía superior: la libertad, la democratización y la prosperidad de Venezuela.

Otra esencial lección emanada de esa épica fue que la unidad está destinada a crecer o, en su defecto, a estancarse y desaparecer. En función de la necesidad de crecer, centramos la dirección de la política contra un objetivo visible y comprensible. Tres figuras dominantes sostenían el edificio de la dictadura, Marcos Pérez Jiménez, Laureano Vallenilla Planchart y Pedro Estrada Albornoz, es decir, solo un militar y dos civiles. Pedíamos, en forma infatigable, la salida de ese trío y llamábamos a militares y civiles a unirse a la libertad de Venezuela.

Mano tendida hacia todos ellos, no importa las posiciones que hubiesen ocupados bajo la dictadura, siempre que estuviesen dispuestos a salvar la Patria. Luchábamos por la unidad nacional, que no cierra puertas sino que las abre.

Sin odios, con amplio sentido de reunificación, sin destrozarnos en la guerra. Nadie tenía que renegar de nada, porque todos tenían mandatos superiores emanados de la Constitución, incluso la de Pérez Jiménez. No alentábamos derramamientos de sangre, aunque estábamos dispuestos a verter la nuestra en favor de tan luminosa causa.

Como si estuviera escrito en el cielo, al mitigar los odios recíprocos, se abrieron los caminos hacia la negociación y los acuerdos de paz. El 1º de enero, los propios militares se pronunciaron atraídos por esas robustas consignas. No había células políticas entre ellos, simplemente habían comprendido que la diversidad política era la garantía para el pluralismo democrático y la alternabilidad en el mando. Decíamos también que la intransigencia era un mecanismo perverso y los venezolanos, que tan firmemente se unieron para fundar su República, tendrían que volver a hacerlo.

Es insólito que Venezuela, después de sus grandes momentos de prosperidad, creatividad, generosidad y solidaridad con los condenados de la tierra, haya sido reducida a una miseria avasallante, sin libertad y en acelerado deterioro en el más amplio y pleno sentido. Torino Capital, la Encovi y Fedecámaras coinciden al definir los perfiles de nuestra desgracia, lo que resalta la urgencia de la unidad nacional sin perseguidos ni perseguidores.

Se trata, pues, de alcanzar juntos las condiciones de transparencia para una solución política-electoral. Así como estamos obligados a devolver los derechos a los ciudadanos, es preciso que asuman la responsabilidad de su propio destino utilizando las mejores experiencias del pasado.

@AmericoMartin

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