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Opinión

A algunos no les va a gustar, pero así llamamos al covid-19 cuando desde la respectiva cuarentena nos comunicamos por teléfono: “El mataviejo”. Algo que nunca diríamos en público por supuesto. Entre mi viejo amigo y yo, prima esa confianza que otorga el paso del tiempo, haber enfrentado situaciones difíciles en el cadavérico Chile del 73 y comprendido desde que salimos en una buseta desde Santiago a Mendoza, que teníamos que mantener la calma y que para no enloquecer debíamos recurrir a nuestro bagaje de humor negro. Que nos sobraba. Y lo seguimos haciendo ahora.

“El mataviejo” decimos para espantar esa nube borrosa de miedo que el coronavirus trae consigo. Para no convertir al miedo en horror. Para no convertir al horror en pánico. Para ridiculizar la amenaza de fin de mundo que la peste posmoderna insinúa. Pero también para desmontar el mito. Ese que nos dice que el coronavirus llegó al mundo para exterminar ancianos. Afirmación que alimenta el periodismo establecido, sugiriendo una utopía negativa, quizás deseada, la de un mundo sin viejos, habitado por gente joven, sana, linda. Pero “el mataviejo” no mata a los viejos.

La verdad sea dicha, covid-19 no mata a nadie. Es solo un acelerador, entre muchos, del proceso natural que lleva a la muerte. Por eso afecta a personas que tienen un bajo sistema defensivo - entre ellos, más viejos que jóvenes - o que arrastran enfermedades crónicas. Eso hace a las personas de edad avanzada (¿existirá una edad atrasada?) más vulnerables. Pero no todos los viejos mueren ni todos los jóvenes se salvan. Dicho en breve, covid-19 no es una enfermedad de y para viejos.

Hay, por cierto, epidemias asociadas a determinadas edades. Que la tos ferina, el sarampión o las paperas, atacan más a niños que a adultos, es cosa sabida. Que el SIDA ataca más a jóvenes y personas de mediana edad es, de por sí, obvio. Que la influenza, el cólera o la malaria atacan a todos por igual, es innegable. También hay - más bien dicho hubo - epidemias adjudicadas a algún estrato social. Por ejemplo, que el tifus fuera predominante entre la población más pobre puede explicarse por el hacinamiento, la ausencia de canalización, las podredumbres, entre otras no tan bellas causas. En los estratos más altos la tuberculosis fue puesta de moda por la onda romántica del siglo XlX. Rostros pálidos a lo Margarita Gautier de Dumas (hijo), jóvenes con ojeras profundas como el Werther de Goethe, seres delgados y sufrientes, con cabellos revueltos por tempestades, en lo alto de montañas como esa donde el enloquecido Nietzsche imaginó a la bella Andrea Lou Salomé besándolo en su boca (algo que Lou Salomé nunca recordó)

Ese romanticismo tísico no escaparía al escritor sueco Niklas Natt och Dag cuyo héroe el inspector Cecil Winge padecía de una tuberculosis tan avanzada que a veces él, por su blancura, parecía un fantasma. En cambio, la epidemia más popular, el “mal francés”, la sífilis, era mantenida en secreto pues, además de ser contaminante, daba a entender que sus portadores llevaban una vida licenciosa. En términos sociológicos, afectaba a personas de bajos o medianos ingresos. Y al parecer, tenía cierta preferencia – no se por qué - por los genitales de la intelectualidad. Grandes músicos como Ludwig van Beethoven y Franz Schubert, filósofos como Friedrich Nietzche, escritores como Oscar Wilde, e incluso líderes políticos como Vladimir Illich Lenin, murieron gracias a la sífilis. Entre la alta nobleza en cambio la sífilis era poco probable pues antes de bailar minuetes con sus damos, las cortesanas debían pasar por una estricta revisión médica. En fin, todo estaba en orden. A cada uno la epidemia que le correspondía y, en cierto modo, merecía.

No ocurre lo mismo con las pandemias del siglo XX y XXl, entre ellas, la que parece ser más fatal, la del covid-19. El maldito coronario ataca a todos por igual: chinos, negros, blancos, bi y tri-sexuales, sin importar la edad, sin reconocer límites, global, planetario. Un virus igualitario y democrático: no reconoce diferencia de clases, ni de religión, ni de ideologías. Todos, ante su maligna potestad, somos iguales.

“El mataviejo”. ¿De dónde salió esa locura? Como muchas cosas de la vida, nació de una asociación, en muchos casos, involuntaria: la de los viejos y la muerte. Pues se supone que la etapa que sigue a la vejez, es la muerte. Los viejos son vistos entonces como los vecinos de la muerte. O sus parientes más cercanos. Lo que no siempre es cierto. Por una parte, todos los seres, tarde o temprano, mueren.

“Todos los hombres son mortales” según la novela de Simone de Beauvoir quien, cuando llegó la hora de escribir sobre la vejez, o sea, cuando todos esperábamos que su libro “La Vejez” tuviera para los viejos un efecto tan liberador como “El segundo sexo” para las mujeres, nos desilusionó con 600 páginas en donde no hizo más que confirmar prejuicios en contra de la vejez y la muerte. Un libro que es la confesión abierta de su desgarro, de sus dolores personales y, no por último, de su intenso e inocultable miedo a morir. Un libro reaccionario que no debió haber sido escrito jamás. La misma autora que una vez dijo “la mujer no existe, es una invención de los hombres” no se atrevió a decir “la vejez no existe, es una invención de los jóvenes” (o de los que creen serlo). Como si solo los viejos llevaran consigo el estigma de la muerte. Como si desde su nacimiento el humano no fuera más que una isla rodeada de muerte por todos lados. Comprobación que hice de modo fortuito.

Paseando por el cementerio (no es mi paseo preferido pero por razones personales debo hacerlo) y mirando por distracción las lápidas, pude constatar por fechas de nacimiento y defunción, una gran cantidad de muertos jóvenes, algunos muy jóvenes. No pocos murieron por enfermedades, seguro. Pero recordé las estadísticas: “la mayoría de las causas de muerte obedecen a accidentes del tráfico. Y quienes con más riesgo y velocidad conducen, son jóvenes”. Víctimas de una guerra sin enemigos que tiene lugar en todas las calles, día a día. Pero con tantos muertos como en las antiguas guerras.

La literatura europea del siglo pasado nos cuenta de pueblos habitados solo por viejos y mujeres. Los jóvenes, durante las guerras, eran enviados a la muerte. Y si regresaban lo hacían muertos en vida, sin piernas o sin brazos, pero sobre todo, con sus alegrías perdidas en cruentos campos de batalla. Sí, efectivamente: todos los hombres son mortales, pero muchos mueren más temprano que tarde. Los viejos morimos tarde. Pero siempre seguiremos asociados con la idea de la muerte. Es nuestro estigma.

Los viejos, es lo que quiero decir, son temidos porque revelan la evidencia de la muerte. Y como el temor es hermano del odio, no es raro que muchos jóvenes terminen odiando (temiendo), aún sin darse cuenta, a los viejos. Ahí yace la raíz profunda de la gerontofobia, pandemia global más difícil de desactivar que el racismo, la misoginia y otras patologías colectivas que caracterizan a la condición humana. Y como son patologías arraigadas, salen hacia la superficie cuando las condiciones están dadas. Igual a los virus.

Los dos regímenes totalitarios de la modernidad, el estalinismo y el nazismo, fueron gerontofobos. Solapado el primero en su culto al robusto héroe proletario de la literatura del “realismo socialista”. Más abierto el segundo, lo vinculó incluso con la xenofobia antisemita. Todas las caricaturas de la prensa nazi nos muestran a judíos encorvados, con narices ganchudas, con largas uñas, pero sobre todo viejos, muy viejos. Una raza que moría, en contraste con otra raza, la germana, que con vitalidad atlética se apoderaría de la historia universal. Los viejos en fin, simbolizaban para el nazismo, la decadencia de occidente. Los jóvenes, su futuro luminoso.

Los regímenes totalitarios, sin embargo, no inventaron la gerontofobia. Solo la estimularon. Como hoy ocurre de nuevo gracias al covid-19, presentado en los medios, no sin cierta maldad, como una enfermedad de los viejos. Ha llegado la hora, por lo tanto, en que los viejos debemos pasar a la ofensiva para defendernos del mismo modo como las feministas iniciaron su revolución cultural en contra de los machos y del machismo.

Para comenzar: ¿Quiénes somos los viejos? La respuesta aparentemente tan fácil no es simple. De hecho, hay dos tipos de ancianidad: la biológica y la sociocultural. La primera ha variado a través de la historia. En el siglo XVl, viejos eran los que llegaban, con suerte, a los cuarenta. Después fue a los sesenta, hoy a los setenta, variando de país a país. Se supone que después de esa edad perdemos algunas facultades físicas y eso es innegable. Quien escribe estas líneas no va arriesgar con setenta y siete años jugar un partido de fútbol (aunque me gustaría). Pero, por otro lado, y es lo que más me importa, sigo escribiendo tan bien o tan mal como antes.

Muchos de esos llamados viejos han comenzado a levantar voces en contra de la discriminación de la que diariamente son objetos. Porque es muy distinto que alguien te ceda el asiento en el bus, lo que se agradece, a que un pobre infeliz que no te llega ni a los talones, desautorice tu opinión “insultándote” con el epíteto de viejo. A esos desalmados hay que enfrentarlos, estén donde estén y darles duro en el único idioma que conocen, el de su propia ruindad. Más difícil es, sin embargo, enfrentar a otro tipo de discriminación, sutil y más peligrosa. Me refiero a los que ubican a los seres viejos en un determinado rol sociocultural.

Los griegos antiguos por ejemplo, fundaron el llamado “concejo de ancianos” a los que teóricamente los dirigentes de la polis debían recurrir antes de tomar decisiones. Sin embargo, puedo asegurarlo, en ninguna de las grandes decisiones atenienses, los viejos fueron consultados. Los tenían ahí, enclaustrados, como representación simbólica del pasado. Tal vez desde ese tiempo surgió el mito de que los viejos somos portadores de experiencias, de sabiduría y de buen juicio. Radical mentira. Los viejos nos equivocamos tanto como los jóvenes. Hay viejos inteligentes y viejos brutos. Hay viejos buenos y viejos hijos de puta. No es cierto que tenemos más experiencia porque cada experiencia es nueva o sino no sería experiencia. En fin, no somos diferentes a los más jóvenes. Solo somos diferentes entre sí.

Si Rimbaud escribió sus más bellos versos antes de cumplir veinte años o Vargas Llosa una de sus mejores novelas después de los ochenta, son hechos que no tienen nada que ver con la edad sino con las particularidades de esas personas. Por eso mismo, no exigimos más respeto que el que se debe a toda persona por el hecho de estar viva, no por haber vivido más o menos. Y si merecemos alguna consideración, será por lo que hemos hecho o no hecho, por nuestros errores y nuestros aciertos, en fin, por lo que somos. No queremos ser reducidos a “abuelitos buenos” ni que nadie nos cuide si no estamos enfermos de gravedad.

Hay países donde - voy a decirlo en chileno clásico - ahuevonan a los viejos. Y todavía peor: hay viejos que se dejan ahuevonar, asumiendo con alevosía el papel de viejos huevones. A esos también hay que denunciarlos. Contra toda discriminación hay que protestar, tanto en contra de la mala como en contra de la buena. Y esta última puede ser peor que la mala. La vejez no es un infierno ni una edad dorada, como dicen los siúticos. Es un tiempo como cada tiempo. Nada más.

¿Y la muerte? Da igual: de este mundo nadie sale vivo.

26 de marzo 2020

Polis

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 9 min


Byung-Chul Han

El coronavirus está poniendo a prueba nuestro sistema. Al parecer Asia tiene mejor controlada la pandemia que Europa. En Hong Kong, Taiwán y Singapur hay muy pocos infectados. En Taiwán se registran 108 casos y en Hong Kong 193. En Alemania, por el contrario, tras un período de tiempo mucho más breve hay ya 15.320 casos confirmados, y en España 19.980 (datos del 20 de marzo). También Corea del Sur ha superado ya la peor fase, lo mismo que Japón. Incluso China, el país de origen de la pandemia, la tiene ya bastante controlada. Pero ni en Taiwán ni en Corea se ha decretado la prohibición de salir de casa ni se han cerrado las tiendas y los restaurantes. Entre tanto ha comenzado un éxodo de asiáticos que salen de Europa. Chinos y coreanos quieren regresar a sus países, porque ahí se sienten más seguros. Los precios de los vuelos se han multiplicado. Ya apenas se pueden conseguir billetes de vuelo para China o Corea.

Europa está fracasando. Las cifras de infectados aumentan exponencialmente. Parece que Europa no puede controlar la pandemia. En Italia mueren a diario cientos de personas. Quitan los respiradores a los pacientes ancianos para ayudar a los jóvenes. Pero también cabe observar sobreactuaciones inútiles. Los cierres de fronteras son evidentemente una expresión desesperada de soberanía. Nos sentimos de vuelta en la época de la soberanía. El soberano es quien decide sobre el estado de excepción. Es soberano quien cierra fronteras. Pero eso es una huera exhibición de soberanía que no sirve de nada. Serviría de mucha más ayuda cooperar intensamente dentro de la Eurozona que cerrar fronteras a lo loco. Entre tanto también Europa ha decretado la prohibición de entrada a extranjeros: un acto totalmente absurdo en vista del hecho de que Europa es precisamente adonde nadie quiere venir. Como mucho, sería más sensato decretar la prohibición de salidas de europeos, para proteger al mundo de Europa. Después de todo, Europa es en estos momentos el epicentro de la pandemia.

Las ventajas de Asia

En comparación con Europa, ¿qué ventajas ofrece el sistema de Asia que resulten eficientes para combatir la pandemia? Estados asiáticos como Japón, Corea, China, Hong Kong, Taiwán o Singapur tienen una mentalidad autoritaria, que les viene de su tradición cultural (confucianismo). Las personas son menos renuentes y más obedientes que en Europa. También confían más en el Estado. Y no solo en China, sino también en Corea o en Japón la vida cotidiana está organizada mucho más estrictamente que en Europa. Sobre todo, para enfrentarse al virus los asiáticos apuestan fuertemente por la vigilancia digital. Sospechan que en el big data podría encerrarse un potencial enorme para defenderse de la pandemia. Se podría decir que en Asia las epidemias no las combaten solo los virólogos y epidemiólogos, sino sobre todo también los informáticos y los especialistas en macrodatos. Un cambio de paradigma del que Europa todavía no se ha enterado. Los apologetas de la vigilancia digital proclamarían que el big data salva vidas humanas.

Varios ciudadanos, todos ellos con mascarilla, hacen cola para coger el autobús el pasado

La conciencia crítica ante la vigilancia digital es en Asia prácticamente inexistente. Apenas se habla ya de protección de datos, incluso en Estados liberales como Japón y Corea. Nadie se enoja por el frenesí de las autoridades para recopilar datos. Entre tanto China ha introducido un sistema de crédito social inimaginable para los europeos, que permite una valoración o una evaluación exhaustiva de los ciudadanos. Cada ciudadano debe ser evaluado consecuentemente en su conducta social. En China no hay ningún momento de la vida cotidiana que no esté sometido a observación. Se controla cada clic, cada compra, cada contacto, cada actividad en las redes sociales. A quien cruza con el semáforo en rojo, a quien tiene trato con críticos del régimen o a quien pone comentarios críticos en las redes sociales le quitan puntos. Entonces la vida puede llegar a ser muy peligrosa. Por el contrario, a quien compra por Internet alimentos sanos o lee periódicos afines al régimen le dan puntos. Quien tiene suficientes puntos obtiene un visado de viaje o créditos baratos. Por el contrario, quien cae por debajo de un determinado número de puntos podría perder su trabajo. En China es posible esta vigilancia social porque se produce un irrestricto intercambio de datos entre los proveedores de Internet y de telefonía móvil y las autoridades. Prácticamente no existe la protección de datos. En el vocabulario de los chinos no aparece el término “esfera privada”.

En China hay 200 millones de cámaras de vigilancia, muchas de ellas provistas de una técnica muy eficiente de reconocimiento facial. Captan incluso los lunares en el rostro. No es posible escapar de la cámara de vigilancia. Estas cámaras dotadas de inteligencia artificial pueden observar y evaluar a todo ciudadano en los espacios públicos, en las tiendas, en las calles, en las estaciones y en los aeropuertos.

Toda la infraestructura para la vigilancia digital ha resultado ser ahora sumamente eficaz para contener la epidemia. Cuando alguien sale de la estación de Pekín es captado automáticamente por una cámara que mide su temperatura corporal. Si la temperatura es preocupante todas las personas que iban sentadas en el mismo vagón reciben una notificación en sus teléfonos móviles. No en vano el sistema sabe quién iba sentado dónde en el tren. Las redes sociales cuentan que incluso se están usando drones para controlar las cuarentenas. Si uno rompe clandestinamente la cuarentena un dron se dirige volando a él y le ordena regresar a su vivienda. Quizá incluso le imprima una multa y se la deje caer volando, quién sabe. Una situación que para los europeos sería distópica, pero a la que, por lo visto, no se ofrece resistencia en China.

Ni en China ni en otros Estados asiáticos como Corea del Sur, Hong Kong, Singapur, Taiwán o Japón existe una conciencia crítica ante la vigilancia digital o el big data. La digitalización directamente los embriaga. Eso obedece también a un motivo cultural. En Asia impera el colectivismo. No hay un individualismo acentuado. No es lo mismo el individualismo que el egoísmo, que por supuesto también está muy propagado en Asia.

Al parecer el big data resulta más eficaz para combatir el virus que los absurdos cierres de fronteras que en estos momentos se están efectuando en Europa. Sin embargo, a causa de la protección de datos no es posible en Europa un combate digital del virus comparable al asiático. Los proveedores chinos de telefonía móvil y de Internet comparten los datos sensibles de sus clientes con los servicios de seguridad y con los ministerios de salud. El Estado sabe por tanto dónde estoy, con quién me encuentro, qué hago, qué busco, en qué pienso, qué como, qué compro, adónde me dirijo. Es posible que en el futuro el Estado controle también la temperatura corporal, el peso, el nivel de azúcar en la sangre, etc. Una biopolítica digital que acompaña a la psicopolítica digital que controla activamente a las personas.

En Wuhan se han formado miles de equipos de investigación digitales que buscan posibles infectados basándose solo en datos técnicos. Basándose únicamente en análisis de macrodatos averiguan quiénes son potenciales infectados, quiénes tienen que seguir siendo observados y eventualmente ser aislados en cuarentena. También por cuanto respecta a la pandemia el futuro está en la digitalización. A la vista de la epidemia quizá deberíamos redefinir incluso la soberanía. Es soberano quien dispone de datos. Cuando Europa proclama el estado de alarma o cierra fronteras sigue aferrada a viejos modelos de soberanía.

La lección de la epidemia debería devolver la fabricación de ciertos productos médicos y farmacéuticos a Europa

No solo en China, sino también en otros países asiáticos la vigilancia digital se emplea a fondo para contener la epidemia. En Taiwán el Estado envía simultáneamente a todos los ciudadanos un SMS para localizar a las personas que han tenido contacto con infectados o para informar acerca de los lugares y edificios donde ha habido personas contagiadas. Ya en una fase muy temprana, Taiwán empleó una conexión de diversos datos para localizar a posibles infectados en función de los viajes que hubieran hecho. Quien se aproxima en Corea a un edificio en el que ha estado un infectado recibe a través de la “Corona-app” una señal de alarma. Todos los lugares donde ha habido infectados están registrados en la aplicación. No se tiene muy en cuenta la protección de datos ni la esfera privada. En todos los edificios de Corea hay instaladas cámaras de vigilancia en cada piso, en cada oficina o en cada tienda. Es prácticamente imposible moverse en espacios públicos sin ser filmado por una cámara de vídeo. Con los datos del teléfono móvil y del material filmado por vídeo se puede crear el perfil de movimiento completo de un infectado. Se publican los movimientos de todos los infectados. Puede suceder que se destapen amoríos secretos. En las oficinas del ministerio de salud coreano hay unas personas llamadas “tracker” que día y noche no hacen otra cosa que mirar el material filmado por vídeo para completar el perfil del movimiento de los infectados y localizar a las personas que han tenido contacto con ellos.

Una diferencia llamativa entre Asia y Europa son sobre todo las mascarillas protectoras. En Corea no hay prácticamente nadie que vaya por ahí sin mascarillas respiratorias especiales capaces de filtrar el aire de virus. No son las habituales mascarillas quirúrgicas, sino unas mascarillas protectoras especiales con filtros, que también llevan los médicos que tratan a los infectados. Durante las últimas semanas, el tema prioritario en Corea era el suministro de mascarillas para la población. Delante de las farmacias se formaban colas enormes. Los políticos eran valorados en función de la rapidez con la que las suministraban a toda la población. Se construyeron a toda prisa nuevas máquinas para su fabricación. De momento parece que el suministro funciona bien. Hay incluso una aplicación que informa de en qué farmacia cercana se pueden conseguir aún mascarillas. Creo que las mascarillas protectoras, de las que se ha suministrado en Asia a toda la población, han contribuido de forma decisiva a contener la epidemia.

Los coreanos llevan mascarillas protectoras antivirus incluso en los puestos de trabajo. Hasta los políticos hacen sus apariciones públicas solo con mascarillas protectoras. También el presidente coreano la lleva para dar ejemplo, incluso en las conferencias de prensa. En Corea lo ponen verde a uno si no lleva mascarilla. Por el contrario, en Europa se dice a menudo que no sirven de mucho, lo cual es un disparate. ¿Por qué llevan entonces los médicos las mascarillas protectoras? Pero hay que cambiarse de mascarilla con suficiente frecuencia, porque cuando se humedecen pierden su función filtrante. No obstante, los coreanos ya han desarrollado una “mascarilla para el coronavirus” hecha de nano-filtros que incluso se puede lavar. Se dice que puede proteger a las personas del virus durante un mes. En realidad es muy buena solución mientras no haya vacunas ni medicamentos. En Europa, por el contrario, incluso los médicos tienen que viajar a Rusia para conseguirlas. Macron ha mandado confiscar mascarillas para distribuirlas entre el personal sanitario. Pero lo que recibieron luego fueron mascarillas normales sin filtro con la indicación de que bastarían para proteger del coronavirus, lo cual es una mentira. Europa está fracasando. ¿De qué sirve cerrar tiendas y restaurantes si las personas se siguen aglomerando en el metro o en el autobús durante las horas punta? ¿Cómo guardar ahí la distancia necesaria? Hasta en los supermercados resulta casi imposible. En una situación así, las mascarillas protectoras salvarían realmente vidas humanas. Está surgiendo una sociedad de dos clases. Quien tiene coche propio se expone a menos riesgo. Incluso las mascarillas normales servirían de mucho si las llevaran los infectados, porque entonces no lanzarían los virus afuera.

En los países europeos casi nadie lleva mascarilla. Hay algunos que las llevan, pero son asiáticos. Mis paisanos residentes en Europa se quejan de que los miran con extrañeza cuando las llevan. Tras esto hay una diferencia cultural. En Europa impera un individualismo que trae aparejada la costumbre de llevar la cara descubierta. Los únicos que van enmascarados son los criminales. Pero ahora, viendo imágenes de Corea, me he acostumbrado tanto a ver personas enmascaradas que la faz descubierta de mis conciudadanos europeos me resulta casi obscena. También a mí me gustaría llevar mascarilla protectora, pero aquí ya no se encuentran.

En el pasado, la fabricación de mascarillas, igual que la de tantos otros productos, se externalizó a China. Por eso ahora en Europa no se consiguen mascarillas. Los Estados asiáticos están tratando de proveer a toda la población de mascarillas protectoras. En China, cuando también ahí empezaron a ser escasas, incluso reequiparon fábricas para producir mascarillas. En Europa ni siquiera el personal sanitario las consigue. Mientras las personas se sigan aglomerando en los autobuses o en los metros para ir al trabajo sin mascarillas protectoras, la prohibición de salir de casa lógicamente no servirá de mucho. ¿Cómo se puede guardar la distancia necesaria en los autobuses o en el metro en las horas punta? Y una enseñanza que deberíamos sacar de la pandemia debería ser la conveniencia de volver a traer a Europa la producción de determinados productos, como mascarillas protectoras o productos medicinales y farmacéuticos.

A pesar de todo el riesgo, que no se debe minimizar, el pánico que ha desatado la pandemia de coronavirus es desproporcionado. Ni siquiera la “gripe española”, que fue mucho más letal, tuvo efectos tan devastadores sobre la economía. ¿A qué se debe en realidad esto? ¿Por qué el mundo reacciona con un pánico tan desmesurado a un virus? Emmanuel Macron habla incluso de guerra y del enemigo invisible que tenemos que derrotar. ¿Nos hallamos ante un regreso del enemigo? La “gripe española” se desencadenó en plena Primera Guerra Mundial. En aquel momento todo el mundo estaba rodeado de enemigos. Nadie habría asociado la epidemia con una guerra o con un enemigo. Pero hoy vivimos en una sociedad totalmente distinta.

En realidad hemos estado viviendo durante mucho tiempo sin enemigos. La guerra fría terminó hace mucho. Últimamente incluso el terrorismo islámico parecía haberse desplazado a zonas lejanas. Hace exactamente diez años sostuve en mi ensayo La sociedad del cansancio la tesis de que vivimos en una época en la que ha perdido su vigencia el paradigma inmunológico, que se basa en la negatividad del enemigo. Como en los tiempos de la guerra fría, la sociedad organizada inmunológicamente se caracteriza por vivir rodeada de fronteras y de vallas, que impiden la circulación acelerada de mercancías y de capital. La globalización suprime todos estos umbrales inmunitarios para dar vía libre al capital. Incluso la promiscuidad y la permisividad generalizadas, que hoy se propagan por todos los ámbitos vitales, eliminan la negatividad del desconocido o del enemigo. Los peligros no acechan hoy desde la negatividad del enemigo, sino desde el exceso de positividad, que se expresa como exceso de rendimiento, exceso de producción y exceso de comunicación. La negatividad del enemigo no tiene cabida en nuestra sociedad ilimitadamente permisiva. La represión a cargo de otros deja paso a la depresión, la explotación por otros deja paso a la autoexplotación voluntaria y a la autooptimización. En la sociedad del rendimiento uno guerrea sobre todo contra sí mismo.

Pues bien, en medio de esta sociedad tan debilitada inmunológicamente a causa del capitalismo global irrumpe de pronto el virus. Llenos de pánico, volvemos a erigir umbrales inmunológicos y a cerrar fronteras. El enemigo ha vuelto. Ya no guerreamos contra nosotros mismos, sino contra el enemigo invisible que viene de fuera. El pánico desmedido en vista del virus es una reacción inmunitaria social, e incluso global, al nuevo enemigo. La reacción inmunitaria es tan violenta porque hemos vivido durante mucho tiempo en una sociedad sin enemigos, en una sociedad de la positividad, y ahora el virus se percibe como un terror permanente.

Pero hay otro motivo para el tremendo pánico. De nuevo tiene que ver con la digitalización. La digitalización elimina la realidad. La realidad se experimenta gracias a la resistencia que ofrece, y que también puede resultar dolorosa. La digitalización, toda la cultura del “me gusta”, suprime la negatividad de la resistencia. Y en la época posfáctica de las fake news y los deepfakes surge una apatía hacia la realidad. Así pues, aquí es un virus real, y no un virus de ordenador, el que causa una conmoción. La realidad, la resistencia, vuelve a hacerse notar en forma de un virus enemigo. La violenta y exagerada reacción de pánico al virus se explica en función de esta conmoción por la realidad.

La reacción pánica de los mercados financieros a la epidemia es además la expresión de aquel pánico que ya es inherente a ellos. Las convulsiones extremas en la economía mundial hacen que esta sea muy vulnerable. A pesar de la curva constantemente creciente del índice bursátil, la arriesgada política monetaria de los bancos emisores ha generado en los últimos años un pánico reprimido que estaba aguardando al estallido. Probablemente el virus no sea más que la pequeña gota que ha colmado el vaso. Lo que se refleja en el pánico del mercado financiero no es tanto el miedo al virus cuanto el miedo a sí mismo. El crash se podría haber producido también sin el virus. Quizá el virus solo sea el preludio de un crash mucho mayor.

Žižek afirma que el virus ha asestado al capitalismo un golpe mortal, y evoca un oscuro comunismo. Cree incluso que el virus podría hacer caer el régimen chino. Žižek se equivoca. Nada de eso sucederá. China podrá vender ahora su Estado policial digital como un modelo de éxito contra la pandemia. China exhibirá la superioridad de su sistema aún con más orgullo. Y tras la pandemia, el capitalismo continuará aún con más pujanza. Y los turistas seguirán pisoteando el planeta. El virus no puede reemplazar a la razón. Es posible que incluso nos llegue además a Occidente el Estado policial digital al estilo chino. Como ya ha dicho Naomi Klein, la conmoción es un momento propicio que permite establecer un nuevo sistema de gobierno. También la instauración del neoliberalismo vino precedida a menudo de crisis que causaron conmociones. Es lo que sucedió en Corea o en Grecia. Ojalá que tras la conmoción que ha causado este virus no llegue a Europa un régimen policial digital como el chino. Si llegara a suceder eso, como teme Giorgio Agamben, el estado de excepción pasaría a ser la situación normal. Entonces el virus habría logrado lo que ni siquiera el terrorismo islámico consiguió del todo.

El virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. De algún modo, cada uno se preocupa solo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta.

Traducción de Alberto Ciria.

21 de marzo 2020

El País

https://elpais.com/ideas/2020-03-21/la-emergencia-viral-y-el-mundo-de-ma...

 15 min


Se afirma que con el Covid-19 la humanidad enfrenta actualmente la peor crisis en décadas, con un número de muertes en perspectiva verdaderamente aterrador si no se toman rápidamente acciones de contención. No respeta fronteras; tampoco hay dinero, posición social o linaje que evite el contagio. No en balde, país tras país adopta medidas extremas para evitar que se propague y haga colapsar sus servicios sanitarios. Tales cuarentenas representan un duro golpe a la economía, en tanto proscriben todas aquellas actividades que no sean estrictamente necesarias. La caída en las fuentes de ingresos para millones de personas podrá ser devastador si se prolongan en el tiempo, sobre todo en aquellos países que no cuentan con una seguridad social amplia ni gobiernos con bolsillos profundos. Extremar medidas de contención para reducir muertes o flexibilizarlas para disminuir el daño económico se convierte en una decisión crucial, no sólo en términos políticos y económicos, sino morales y éticos.

Desde esta perspectiva, las medidas anunciadas por Maduro parecerían inobjetables. Al imponer una cuarentena obligatoria, cerrar fronteras y aeropuertos, y decretar compensaciones económicas estaría tomando previsiones para reducir la propagación del virus y proteger los bolsillos del venezolano. Lamentablemente, no todo lo que brilla es oro…

Empecemos por la primera línea de fuego para evitar contagios: permanecer en casa y lavarse las manos reiteradamente, sobre todo al regresar de la calle. No hace falta repetir aquí que la inmensa mayoría de venezolanos se ve obligado a salir de sus casas, día tras día, en busca de comida y de otras provisiones esenciales. Y que, al regresar y suponiendo que consiguió jabón, muchas veces no tienen agua, a menos que logran almacenarla en pipotes. ¿Mascarillas y guantes suficientes, cómo demanda el alcalde de la Guaira a todo el que salga fuera? ¡Qué cínico!

Veamos ahora la situación de los hospitales y centros clínicos. Jorge Rodríguez contabilizó, muy orondo, 24.000 camas en el país, incluyendo hospitales, CDI y clínicas privadas. ¡Venezuela está preparada para afrontar la crisis! Pero, esas son el total de camas disponibles, en instituciones hospitalarias carentes de insumos de todo tipo, desde agua y electricidad permanente hasta equipos de sustento de enfermos graves, antibióticos y otros medicamentos. No son camas en unidades de cuidado intensivo (UCI) equipadas. El presidente (e) Juan Guaidó menciona sólo 84 respiradores disponibles en el país para atender el COVID-19. La mayoría del personal sanitario carece de la indumentaria de protección adecuada para realizar sus labores. Muchos han migrado, además, desesperados por no poder cubrir su sustento (y de sus familiares dependientes), por la hiperinflación y el desabastecimiento causados por las políticas de Maduro. Y, a pesar de la terrible crisis que ha causado, ¡Maduro sigue negándose a permitir el ingreso de ayuda humanitaria cuya distribución él no pueda controlar (y saquear)!

Para más tragedia, sus esbirros meten preso a periodistas, dirigentes políticos (incluyendo diputados) y médicos que alertan ante las carencias para enfrentar la pandemia. Mantiene a centenares de presos políticos enclaustrados en condiciones deplorables, vulnerables a ser contagiados, sin razón valedera para ello. Y, para hacer cumplir una cuarentena cuyo fin es salvar vidas, colectivos fascistas acribillan en el 23 de Enero a quienes juegan dominó en la calle. Luego, un alcalde loco en un pueblo de oriente prohíbe que los mayores de 50 años puedan comprar comida, ¡dizque para protegerlos!

En materia económica, Maduro anuncia un bono especial a ser canalizado a través del carné de la patria, la distribución de millones de bolsas CLAPs, el financiamiento de la nómina de pequeñas empresas hasta por seis meses, y la suspensión del cobro de alquileres a viviendas y negocios, así como del capital y tasas de interés en los préstamos bancarios. Prohíbe suspender servicios de telecomunicación, así el usuario no los pague. ¿Medidas similares a las del congreso de Estados Unidos --acaba de aprobar $2 billones para evitar un colapso económico por las medidas de contención--, o las aprobadas por Boris Johnson en el Reino Unido o Pedro Sánchez en España? Pero en Venezuela los reales para ello saldrán de la maquinita que ya echa chispas del Banco Central. ¡Presto! Qué fácil, ¿no? Hiperinflación para rato. Y, ¿cómo habrán de resarcir a quienes no cobrarán alquileres? Con la intermediación financiera prácticamente desaparecida, ¿de qué vivirán los bancos?

Algunos que hayan leído hasta aquí estarán molestos por estas críticas. Atravesamos momentos en que debe dejarse de lado la diatriba política y aunar esfuerzos detrás de quienes puedan tomar medidas, así no simpaticemos con ellos, en bien de la población. Respondo: ¿Existe alguien que crea que a Maduro y su combo militar les importa realmente los padecimientos de la población? Cuando se constata la destrucción de la industria petrolera --no hay gasolina para atender la logística de transporte--, el estado deplorable de los hospitales y de los servicios públicos, la ausencia de medicamentos y equipos para la salud y el encogimiento de la actividad económica a apenas un tercio desde que Maduro ocupa la presidencia, la respuesta es más que obvia. Y no, no son las sanciones. Sólo fue a partir de agosto, 2017 que se aprobaron restricciones que podían afectar las posibilidades de conseguir financiamiento internacional, pero ya para entonces el país se encontraba en default –por “mérito” propio—, dada el descomunal despilfarro por parte de Chávez y Maduro de la mayor bonanza petrolera que conoció el país. Y, para colmo, Maduro les entrega a militares gorilas como premio a su complicidad, PdVSA, para que en apenas dos años acaben con su capacidad productiva, incluyendo la de las refinerías. El salario mínimo del venezolano es apenas cinco dólares mensuales, por mucho el más bajo de América Latina.

Con tal nivel de destrucción urdido sobre un país considerado alguna vez el más próspero de América Latina, ¿puede esperarse que sus artífices resguarden la vida de los venezolanos frente a la pandemia actual? Su única respuesta ante los padecimientos de la población ha sido el terrorismo de estado y el reparto de dádivas para continuar, sin estorbos, su saqueo del país.

Sí se requiere de cuarentena, de aliviar la situación de quienes se ven afectados económicamente, pero en condiciones en que pueda recuperarse rápidamente la capacidad de respuesta de un sistema sanitario fortalecido por la ayuda internacional, con personal dotado de los recursos requeridos y coordinado por gente especializada en el tratamiento de epidemias. Con una economía que rebote del abismo en que se encuentra y ofrezca medios de vida dignos a las mayorías, con seguridad jurídica y personal, que permitan a cada quien aportar lo suyo. Con libertades que permitan señalar insuficiencias y denunciar irregularidades. ¡Venezuela sí puede salir adelante, pero no bajo estos criminales! Si realmente les interesara la suerte de los venezolanos se habrían ido hace tiempo.

Hasta ahora lo que ha impedido mayores estragos por la pandemia es que Venezuela se encuentra en “cuarentena” desde hace tiempo, aislada del mundo, y –de ser cierto—aquello de que la propagación del virus parece ser menos virulento en climas cálidos. El energúmeno de Cabello, acusando a EE.UU. de haber fabricado el virus, es muestra flagrante de la total falta de seriedad del régimen fascista al abordar el tema. Y temo que pronto evidenciaremos los malabarismos de cifras y mentiras de Maduro buscando esconder la tragedia en ciernes, dada la vulnerabilidad en que ha dejado al país ante el virus.

El Departamento de Justicia de EE.UU. acaba de ponerle precio a las cabezas de la mafia militar y civil, por estar incursa en narcotráfico. De mucha mayor monta son sus crímenes de lesa humanidad perpetrados contra la población. No puede pedírseles que encaren la crisis humanitaria quienes han sido culpables de ella. Si bien el Conavirus es mortal, muchísimo más lo ha demostrado ser el flagelo cubano-Maduro.

Economista, Profesor (j) de la UCV

humgarl@gmail.com

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La dirigencia opositora y los partidarios del narcorégimen deben entender que la situación tuvo un giro de 180 grados. Quien acusa a Maduro y a sus compinches es la justicia de los Estados Unidos, la cual no es sumisa al Poder Ejecutivo, como en Venezuela, Cuba o Nicaragua. Es decir, que la acusación no es política, sino basada en hechos o indicios que los acusados deberán rebatir o aceptar.

Si hasta hace poco se podía estar o no de acuerdo con diálogos, hoy esa opción no es posible. Quien lo intente saldrá salpicado por complicidad con uno de los más graves delitos en contra de la humanidad, como es el relacionado con las drogas. Seguir discutiendo si en tiempos de pandemia se debe o no coordinar esfuerzos con el narcorégimen para paliar la situación y si es apropiado o no solicitar eliminar las sanciones, como propone la señora Bachellet, Enrique Ochoa Antich y otros, no tiene justificación. Esas propuestas, aunque quizá válidas para alguien que no conoce nuestra realidad, en la práctica no tendrán ningún resultado positivo. El narcorégimen desmanteló nuestro sistema hospitalario público, obligó a muchos médicos a emigrar y sometió a los enfermos a sufrir las penurias de la escasez de medicinas. Pretender que ese mismo equipo de corruptos pueda enderezar entuertos es ser ingenuo o cómplice.

Nuestra dirigencia unida debe exigir a la Fuerza Armada y al sistema judicial el desconocimiento del usurpador Maduro. No hay otra opción, como lo acaba de expresar Horacio Medina, presidente de Unapetrol y miembro de la Asociación Civil Gente del Petróleo.

Por su parte Maduro y otros acusados tienen solo dos caminos sensatos : irse a Cuba o a cualquier otro país que se comprometa a no extraditarlos o entregarse a la justicia norteamericana. Esta última opción es la que más les conviene, para no vivir con el temor de ser extraditados. En los tribunales se pueden declarar culpables para obtener el beneficio de una condena reducida o correr el riesgo de ir a un juicio que pueden perder y, en consecuencia, pasar muchos más años entre rejas. Una tercera opción es aferrarse al poder, lo cual sería suicida para los acusados y para quienes decidan seguir apoyándolos.

Una vez que se instale en Miraflores un gobierno de transición, nuestros dirigentes deberán evidenciar su disposición a enrumbar a Venezuela por el camino de la inclusión y del desarrollo sustentable. No puede ser una transición corta, ya que la situación es muy diferente a la de 1958 ¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

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La pandemia del coronavirus que azota al mundo desde principios de 2020 llegó a Venezuela, y la administración de Nicolás Maduro comenzó a tomar medidas apenas horas después de que anunciara oficialmente que había casos de la enfermedad en el país. Así, el viernes 13 de marzo decretó el estado de alarma previsto en la Constitución, bajo el alegato de que era necesario implementar acciones para evitar la propagación del llamado COVID-19 con «cero burocracia y cero irresponsabilidad».

Sin embargo, la decisión puso sobre el tapete que el país ya estaba bajo un estado de excepción desde enero de 2016, aunque bajo la modalidad de emergencia económica. De hecho, el mismo día en que informó que declaraba el estado de alarma se hizo pública la Gaceta Oficial n.º 6.515 que prorrogaba una vez más el estado de excepción, el cual entraba así en su cuarto año.

Dada la complejidad de la situación, Acceso a la Justicia pasa a dar respuesta a las preguntas más comunes sobre el Estado de Alarma para Atender la Emergencia Sanitaria del Coronavirus (COVID-19), publicado en Gaceta Oficial n.º extraordinario 6.519 del 13 de marzo de 2020.

1. ¿Por qué el Gobierno necesita un estado de alarma si ya estaba en vigor un estado de excepción?

El decretar un estado de alarma ante la pandemia está más que justificado. Lo que no lo está es el estado de excepción por razones de emergencia económica, como demuestra la creciente crisis económica y social desde que se decretó en 2016. Esto demuestra que, como se ha advertido desde Acceso a la Justicia, solo ha obedecido a razones políticas, pues se ha utilizado para legislar, prescindir de la Asamblea Nacional (AN) y eludir todo control presupuestario, en lugar de resolver los problemas nacionales. Por ello, la crisis económica y social del país no solo persiste, sino que más bien se ha agravado.

2. ¿La Constitución permite que el país esté bajo el estado de emergencia económica y el estado de alarma al mismo tiempo?

En principio sí, pues de acuerdo con el texto de la Constitución, cada uno de estos tipos de regímenes de excepción tiene su propio objeto y finalidad que pueden resultar compatibles entre sí. Así, el artículo 338 constitucional señala que el estado de alarma tiene como objetivo atender una calamidad o catástrofe originada por hechos de la naturaleza (lluvias torrenciales, terremotos, deslaves); por hechos sociales (paros cívicos, huelgas generales); o por hechos del hombre (proliferación de virus, enfermedades contagiosas).

Por su parte, el estado de emergencia económica tiene el propósito de atender las circunstancias extraordinarias que afecten gravemente la vida económica de la nación. Sin embargo, este tipo de estado de excepción no puede durar más de 120 días y ya tiene más de cuatro años. Tampoco se justifica el estado de excepción por emergencia económica a estas alturas porque la Constitución establece que si la crisis no se resuelve en el plazo máximo de 120 días se tiene que buscar solucionarla por medios ordinarios, es decir, sin el estado de excepción que implica restricciones a los derechos de los ciudadanos. Todo ello demuestra que el mantenerlo vigente no ha sido sino una arbitraria decisión de tipo político para usurpar los poderes de la AN y tener facultades en materia presupuestaria sin límites al no tener control alguno.

3. ¿Cuál es la duración del estado de alarma?

El estado de alarma, como todo estado de excepción, entra en vigencia inmediatamente una vez dictado por el Gobierno de acuerdo con el artículo 22 de la Ley Orgánica sobre Estados de Excepción (LOEE), y tiene una vigencia de treinta días según el artículo 338 de la Constitución, prorrogable por otros treinta días.

Del mismo modo, debemos recordar que la Constitución señala (artículo 339) que dentro de los ocho días siguientes a la puesta en vigencia, el decreto debe ser remitido a la AN, y si esta lo aprueba, debe ser enviado a la Sala Constitucional para su verificación. Sin embargo, ya sabemos la posición que se asumirá en este sentido con el supuesto desacato de la AN, sin que ello no sea más que una usurpación de sus potestades. Es decir, si la Asamblea no lo ha aprobado será la Sala Constitucional quien lo declare constitucional, aun cuando la LOEE se lo prohíba (artículo 33).

Finalmente, y no menos importante, es que, a pesar de que los artículos 22 y 30 de la ley obligan a que el decreto de alarma sea publicado en la Gaceta Oficial al día siguiente «si fuere posible», lo cierto es que más de una semana después de dictado, al momento de divulgar este texto el decreto solo ha circulado por redes sociales y no está publicado en el portal de la Imprenta Nacional ni en ningún otro portal oficial.

4. ¿Qué garantías pueden ser restringidas por el Gobierno?

Por tratarse de un estado de excepción de alarma originado por la proliferación de un virus calificado como pandemia por la Organización Mundial de la Salud (OMS) las garantías constitucionales que el Ejecutivo ha restringido han sido, entre otras, la libertad de tránsito (artículo 50), los derechos a la cultura (artículo 98), a la educación (artículo 102), al deporte (artículo 111), y de reunión (artículo 53).

De hecho, nada más declararse el estado de alarma, para intentar contener la propagación del COVID-19 se estableció en el decreto ya citado prohibir las concentraciones masivas y la celebración de conciertos (artículo 12); así como suspender las clases y de actividades laborales -salvo en determinados sectores- (artículo 8); el cierre de espacios públicos como museos y parques (artículo 12); además, la posibilidad de prohibir los vuelos internos e internacionales (artículo 15).

Pese a que en la mayoría de las normas se hace una regulación bastante clara de las restricciones, en el decreto quedan importantes vacíos. Por ello, la disposición final segunda delega a las autoridades nacionales, regionales y municipales para que reglamenten lo pertinente, y en la disposición final novena, se establece que el Ministro de Comunicación e Información debe concienciar a los ciudadanos sobre la situación y divulgar el contenido del decreto a nivel nacional.

A pesar de la claridad del decreto en este sentido, en la práctica se han producido desviaciones, así, se ha restringido el paso entre municipios sin regulación previa y clara sobre ello y se han generado denuncias de pacientes renales que no han podido trasladarse a sus unidades de diálisis por encontrarse en otro municipio o ciudad. Por cuidar el derecho a la salud no se puede poner en riesgo el derecho a la vida de otros.

Otra manera de restringir el derecho a la circulación ha sido una práctica contraria a lo establecido en el artículo 9.2 del propio decreto de alarma, que establece que se debe garantizar el expendio de combustible. En cambio, en las regiones, donde desde hace ya tiempo la gasolina escasea a tal punto que hay cupos diarios limitados para llenar el tanque y un número de litros establecido por persona, se ha informado que se permite poner gasolina solo a quien según el decreto de alarma pueda trasladarse por trabajo, como médicos, policías, militares o a quien preste servicios alimenticios. Aun así, se ha prohibido el expendio de combustible incluso a médicos privados. En Caracas, que suele ser la excepción a la regla de cortes de luz diarios y de racionamiento de gasolina que se aplica en las regiones ya como política de Estado desde hace varios años, también se está racionando la gasolina, al funcionar solo algunas bombas por sectores de la ciudad.

5. ¿Qué derechos no pueden ser limitados?

La Constitución, el Pacto de Derechos Civiles y Políticos, la Convención Americana sobre Derechos Humanos y la propia LOEE establecen un catálogo de derechos que no pueden ser restringidos en un estado de excepción. Las garantías que no pueden ser limitadas son, entre otras, las siguientes: la vida; el reconocimiento a la personalidad jurídica; la protección de la familia; la igualdad ante la ley; la nacionalidad; la libertad personal y la prohibición de práctica de desaparición forzada de personas; la integridad personal, física, psíquica y moral; no ser sometido a esclavitud o servidumbre; La libertad de pensamiento, conciencia y religión; la legalidad y la irretroactividad de las leyes, especialmente de las leyes penales; el debido proceso; el amparo constitucional; la participación, el sufragio y el acceso a la función pública; y la información.

No obstante, algunos de estos derechos ya han sido limitados. Un ejemplo, el derecho a la información, el cual no está expresamente protegido en el decreto, ya que no se excluye a los periodistas de la suspensión de actividades y ello ha generado que se impida su paso en diversas ciudades del país, llegando incluso a la detención arbitraria del periodista Darvinson Rojas.

El estado de alarma es un medio para proteger la salud de la población, no puede ser utilizado como medio de represión o caldo de cultivo para la arbitrariedad.

6. ¿Pueden autoridades regionales o municipales regular el estado de excepción?

Sí, pues un decreto de alarma en el marco de un estado de excepción tiene rango legal, es decir, es como una ley y como tal puede ser reglamentada por autoridades del poder ejecutivo nacional, estadal o municipal. Así, la disposición final segunda delega a las autoridades nacionales, regionales y municipales para que reglamenten lo pertinente. De esta manera, gobernadores y otras autoridades han dictado decretos y otras normativas para regular en sus territorios lo relativo al libre tránsito y toques de queda.

No obstante, es importante aclarar que el estado de alarma se dicta para proteger la salud pública y no para violar Derechos Humanos, por lo que estas limitaciones no deben dar lugar a arbitrariedades. En este sentido, la Comisión para los Derechos Humanos del estado Zulia (Codhez) ha denunciado cómo la alcaldía del municipio Maracaibo en el decreto n.º 0024- 2020 del pasado 19 de marzo establece sanciones para las personas jurídicas o naturales que desarrollen actividades comerciales que abran a pesar de la prohibición al respecto, previendo incluso pena de arresto. Al respecto debe aclararse que las sanciones solo pueden ser establecidas por vía legal o de un decreto-ley como es el propio estado de alarma, no por vía de un decreto puro y simple como es el del alcalde. Los poderes ejecutivos regionales y municipales no cuentan con facultades legislativas. En un Estado de derecho lo propio sería solicitar la nulidad de ese decreto del alcalde de Maracaibo e inmediatamente por vía cautelar sería suspendido ya que es una afrenta a la reserva legal, garantía básica para los ciudadanos.

7. ¿Y a ti venezolano, cómo te afecta?

La pandemia que hoy vive el mundo es una prueba de fuego para todos, pero especialmente para la población venezolana, que desde hace tiempo es vulnerable y resiste una crítica y grave emergencia humanitaria compleja.

Acceso a la Justicia considera que este momento debería ser propicio para ir más allá de las ideologías y de los partidismos en pro de los más necesitados y desamparados en una sociedad, quienes no cuentan con un sistema de salud óptimo para tratar los males más cotidianos. De la aceptación de esta situación deben salir políticas públicas que permitan aplicar a esta dura realidad mecanismos más allá de los intereses políticos en beneficio de la gente.

Advertimos a las autoridades que esta amenaza no se puede combatir únicamente limitando derechos y militarizando las ciudades. Es tiempo de especialistas de salud y no de cuarteles. La situación exige, sobre todo para las clases más empobrecidas por la situación, que se tomen medidas que contrarresten los nefastos efectos que en la economía familiar generará la cuarentena. El hambre no espera por cuarentenas.

Acceso a la Justicia

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Marc Casanovas

En una isla remota de un archipiélago a medio camino entre la parte más continental de Noruega y el Polo Norte, en lo más profundo de una ladera donde el hielo no se derrite nunca. Es ahí donde se alza una imponente bóveda rectangular de ciencia ficción a la que sólo prestamos atención cuando el mundo nos da la espalda.

La revista Time calificó al Banco Mundial de Semillas (Svalbard Global Seed Vault) como el sexto mejor invento del año 2008. Quizás se quedaron cortos. “Superman tenía razón: si quieres mantener algo a buen recaudo, construye una fortaleza en una montaña del Círculo Polar Ártico”, dicen. Aunque lo único que se puede ver desde el exterior es un gran portal rectangular con una obra de arte en en la parte superior que juega con la incidencia de las luces árticas.

Como un iceberg flotando en el mar, esconde gran parte de su estructura en el interior. Construido para resistir el implacable paso del tiempo, el Banco Mundial de Semillas almacena más de 1 millón de semillas. Dicho de otra manera, es el último guardián de la colección de cultivos vegetales más diversa del mundo. Y aunque parezca mentira, aún está muy lejos de su objetivo final.

Muy pocos son los privilegiados que han traspasado el umbral de la bóveda para adentrarse hasta las entrañas de este almacén bunkerizado a 150 metros de profundidad subdividido en tres grandes salas. Nada se deja al azar. La cámara está construida a prueba de erupciones volcánicas, terremotos de hasta grado 10 en la escala de Richter, la radiación solar, y, en caso de fallo eléctrico, el permafrost (capa de suelo permanentemente congelada) del exterior actúa como refrigerante natural.

Todo lo dicho hasta este punto es la verdad y nada más que la verdad. Aunque la cultura popular ha empañado la realidad de tantas verdades a medias que el trabajo de demasiado buenos profesionales queda empañado por falsos mitos. “Un mito generalizado es que esto es una 'bóveda del fin del mundo' o 'el arca de Noé del siglo XXI' diseñada para ayudar a la humanidad a reiniciar la agricultura después de una catástrofe mundial. Cuando lo cierto es que hay desastres naturales que se suceden casi todo el tiempo, y la bóveda ya ha resultado valiosa para el mundo en tiempos de crisis”, dice el oficial de comunicaciones de Global Crop Diversity Trust en exclusiva para Condé Nast Traveler.

Hay que retroceder hasta el año 2015 para encontrar dos buenos ejemplos. Como resultado de la guerra civil en Siria, el Centro Internacional de Investigación Agrícola en Zonas Secas (ICARDA) perdió el acceso a su banco de genes en Alepo. “Afortunadamente, una gran parte de las semillas se habían duplicado y enviado hasta aquí para su custodia. Como resultado, ICARDA retiró sus muestras entre 2015 y 2019 para restablecer su colección de bancos de genes en Marruecos y Líbano”. Otro caso destacado es la misión de rescate para recolectar semillas de cultivos nativos del Nepal, que se organizó tras el gran terremoto en la zona que afectó a tres grandes distritos: Sindhuplanchowk, Dolakha y Ramechhap. Semillas únicas en el mundo que ya están a salvo. Dos historias con final feliz como muestra de que el Banco Mundial de Semillas está cumpliendo su tarea sin hacer ruido.

Al tratarse de uno de los lugares más especiales y relevantes del planeta es evidente que hay que mimar los detalles al milímetro para que el engranaje no falle. Nuestro historial como agricultores y el ADN del planeta está registrado aquí para que nada quede al azar. Por eso era inevitable vincular la pandemia actual del COVID-19 con lo que se puede leer en su página web. "Es una instalación de almacenamiento de semillas a largo plazo, construida para resistir el paso del tiempo y el desafío de los desastres naturales o provocados por el hombre".

Si existe algún riesgo real para el Banco Mundial de Semillas con la pandemia del coronavirus en plena expansión, su oficial de comunicaciones lo niega tajantemente. “No, las semillas y el Banco Mundial de Semillas de Svalbard no están en riesgo dada la actual pandemia de COVID-19. La bóveda está construida para ser una instalación de almacenamiento de semillas de respaldo para las semillas del mundo. Es decir, no es un banco de genes activo. Actúa como una caja de seguridad en el banco. Las cajas de semillas se almacenan en condiciones de “caja negra", lo que significa que los depositantes son los únicos que pueden retirar su contenido. Mientras las semillas se almacenan, sólo el personal puede manipular las cajas, y el material del interior de las cajas nunca se toca. Lo que significa que las semillas no están expuestas al tacto humano después de haber sido empaquetadas y enviadas a Svalbard”.

Aclarada la primera gran duda, indirectamente surge otra casi sin evitarlo. Ha quedado claro que una pandemia como el coronavirus no afecta a las semillas ni las plantas, pero podría afectar al personal de la instalación y dejar el lugar desamparado. Otra respuesta tajante: “No hay personal permanente trabajando en la Bóveda. NordGen, que tiene su oficina central en Alnarp (Suecia) envía personal cuando hace falta abrir los depósitos; gran parte de la vigilancia se realiza de forma remota, lo que reduce la necesidad de que el personal se concentre físicamente en la Bóveda o en sus alrededores”.

Estos mecanismos de seguridad casi obsesivos tienen razón de ser. En este momento, la estimación real de plantas a nivel mundial llega a los 7.1 millones, de las cuales 2.1 millones son únicas. “El Banco Mundial de Semillas actualmente almacena más de 1 millón de estas (1,057,151) enviadas desde 86 depositantes de todo el mundo. Todavía hay poco más de 1 millón de muestras de semillas únicas que no están almacenadas en la Bóveda. Llenar este vacío es una prioridad para los socios en los próximos años”.

Lejos del objetivo final, trabajan con ahínco pese a que la gente sólo les presta atención cuando las cosas se ponen complicadas. “En tiempos de crisis, inevitablemente recurrimos a las copias de seguridad de las semillas, y es entonces cuando su necesidad se hace más evidente. En los buenos tiempos, puede ser fácil olvidarse del valor de tener este lugar. Sin embargo, cuando se trata de alimentos y agricultura, vemos casos de catástrofes naturales regularmente. Lo que pone de relieve la necesidad de instituciones como esta”.

Es cierto. Desafortunadamente, necesitamos casos como la pandemia de coronavirus para darnos cuenta de la importancia de instituciones como el Banco Mundial de Semillas. Pero hay muchos otros ejemplos. “Desastres como inundaciones, incendios, terremotos, problemas técnicos, económicos y políticos pueden causar graves pérdidas de cultivos en bancos de genes en cualquier momento, por lo que es muy importante tener una instalación que sirva como respaldo de la seguridad global”.

Un buen ejemplo de ello es lo que sucedió en Filipinas el año 2006 y 2012 con dos inundaciones desastrosas que casi acaban con todo el material genético del Laboratorio Nacional de Recursos Fitogenéticos (NPGRL) de la Universidad de Filipinas en Los Baños (UPLB). “Idealmente, los bancos de diversidad genética de las especies vegetales silvestres (germoplasma) deberían enviar copias de seguridad de sus semillas en los buenos tiempos, no solo en los malos. Porque cuando ocurre un desastre, puede ser demasiado tarde”.

Por eso, cada vez que se abre la fabulosa bóveda del Banco Mundial de Semillas para que salgan semillas, implica una mala noticia o desastre natural en algún lugar del mundo. Todo lo contrario cuando entran nuevas semillas en el recinto, ya que implica que otro tesoro vegetal está a salvo. Es el caso de hace poco más de un mes, cuando el pueblo Cherokee aceptó la invitación del Banco Mundial de Semillas para ser la primera tribu estadounidense nativa en almacenar sus semillas tradicionales. Entre ellas, tres tipos de frijoles y cuatro tipos de maíz arcoiris, entre los que se encuentra el Cherokee White Eagle Corn. Pase lo que pase, el maíz más sagrado para el pueblo cherokee ya está a buen recaudo en un lugar que representa cualquier cosa menos la “bóveda del fin del mundo”.

25 de marzo de 2020

Condé Nast Traveler

https://www.traveler.es/experiencias/articulos/banco-mundial-de-semillas-de-svalbard-error-llamarlo-boveda-fin-del-mundo/17662?utm_medium=picks.es.20200325&utm_source=email&utm_content=article&utm_campaign=picks

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El régimen del bestiario militarista en plena cuarentena autorizó el pasaje de una escuadrilla de aviones de combate para saludar al cuerpo social venezolano. Extrema y errática acción irresponsable políticamente, que muestra una vez más la miseria política y la ineptitud de un gobierno con una franca intención por desviar la atención sobre su incompetencia en la resolución de la emergencia sanitaria que sufre la República. República que padece de una situación de Miseria Exponencial, como consecuencia del direccionamiento de un Estado Cuartel, contrario a la democracia que ordena la Constitución. Estado Cuartel que ejerce dominio sobre la sociedad venezolana, creando graves impactos en la supuesta solución de la pandemia, en la cual el régimen ha sido incapaz de mostrar una “respuesta sanitaria” pero sí una morisqueta militarista.

El régimen y su morisqueta militarista quedan al desnudo ante el mundo y se aprecia de bulto la mentira oficial, donde se verifica la falta de medicamentos en los centros de salud pública, la carencia de hospitales suficientemente dotados, el intenso uso de hombres armados y –sobretodo- una postura acientífica y pueblerina con la que muestran su ignorancia. Largas e insensatas peroratas para embaucar al auditórium, distantes de las necesarias decisiones científicas postmodernas, que nada tienen que ver con el malhojillo y la brujería para controlar la pandemia. El régimen no tiene respuesta científica, está alejado de la medicina y de la clínica, por ello aparece y crece la angustia, casi pánico, en la ciudadanía que comprueba la ineptitud de quienes gobiernan, la falta de material e instrumental médico, pero si aprecian un modo militarista, imprudente, y los desafueros de las bocas de fuego validadas por hombres armados, arbitrarios, autoritarios y policiales.

El régimen frente a esta patética y repetitiva realidad comunicacional deja ver su miseria potencial y además se descubre un vector de rechazo en la ciudadanía, como consecuencia de la ignorancia gubernamental y de la ausencia de apoyo sanitario que supuestamente ofrece la maroma militarista. Maroma militarista, que junto a policías y muchos otros hombres armados representan al Estado Cuartel. Ese Estado Cuartel representando al régimen está acorralado, ya que no saben de política, pero sí de violencia y de guerra psicológica que no terminan de resolver los problemas de la sociedad. Una sociedad cercana al resquebrajamiento y la revuelta demuestran la Tensión, que afecta y crece en la ciudadanía pero también en el Ambiente Político Real que ya aclama por un cambio político.

El régimen autocrático no puede con la pandemia, su incapacidad e intereses oscuros, bloquean sus acciones sin sentido y entonces aprovechándose del Estado Cuartel como motor funcional inicia una guerra psicológica frente a la ciudadanía y continúa con la Comedia Armada. Por eso autorizó que aviones de guerra sorprendieran al cuerpo social, para que dieran lugar a hipótesis y sobre todo a mucha propaganda. Crecen en el régimen comediantes, atrevidos, actores farsantes declarando de todo menos de la pandemia. La masa de comediante y declarantes impone un régimen comunicacional lleno de promesas y envíos pero no hay concreción, así sigue creciendo el hambre, la falta de medicinas, todo se dolariza, y se aumenta el control armado en las ciudades frente a una indignación personal y brutal que conduce al pánico ciudadano, lo cual habla de la miseria del régimen y del dolor de la ciudadanía.

La miseria política del socialismo crea una miseria exponencial en la ciudadanía acelerando el Ambiente Político Real en el vector social que reclama un cambio político y lo que consigue es a comediantes. La morisqueta militarista crea un “trance político peligroso” para el régimen autocrático militarista, por cuanto ya no es más posible el engaño. El 87% de los venezolanos sufren la miseria exponencial, y esa masa pareciera estar en un trance de oportunidad para iniciar el desplazamiento de 20 años de dictadura sustentado por un cuerpo armado, que dio la espalda a la ética profesional y a la historia en pleno siglo XXI con la morisqueta violenta militarista, máxima mentira de la guerra psicológica del régimen que pareciera facilitar la posibilidad de un cambio político necesario.

La miseria política, el engaño y la perversión de sus actores durante esta pandemia han creado en la ciudadano un incremental rechazo que ni siquiera el pánico que sufren un importante sector de ciudadanos lo ha distanciado de la política real y seria, y de la necesidad terminal de contener el teatro que a diario nos muestra el régimen. Régimen extremo en lo comunicacional, en lo policial, en el elemento armado y en la mentira edulcorada que difunden a diario cansando y fatigando a un ciudadano hambreado mientras ellos disfrutan de un Estado Cuartel. Por ello los venezolanos han dicho basta de engaños, de guerra comunicacional, de realities políticos sumisos que con un grotesco protagonismo perverso y despreciando el venezolano de a pie, quieren seguir engañando a la mayoría de los ciudadanos.

La miseria política del régimen, su pretensión manipuladora general y perversa, su guerra psicológica de 24 horas desarrollada por múltiples medios y formas, más el empleo burdo y brutal de los cuerpos armados explican la mezquindad pero también el miedo de este régimen autocrático para creer que con su protagonismo arbitrario sumaran el apoyo de los venezolanos. Pues hicieron un mal cálculo, el gen democrático de los venezolanos y su responsabilidad con la Decencia Cívica y el Estado de Derecho, más la Constitución Nacional son las vías políticas de los demócratas. Demócratas que se niegan a confundir la incapacidad brutal y la corrupción de un régimen farsante que hoy ante su fracaso de la morisqueta violenta militarista no hayan como explicar su incontrolable y depauperado modo socialista para ocultar su miseria e incapacidad frente a una sociedad democrática dispuesta a reinstalar la ley moral y escrita de los venezolanos demócratas del S. XXI.

Es autentico,

Director de la CSB-CEPPRO

Caracas, 24 de marzo de 2020

 4 min