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Opinión

Arturo Pérez Reverte

Patente de corso

No me había dado cuenta hasta que hace unos días, mientras lamentaba las incorrecciones ortográficas de una cuenta oficial en Twitter de un ministerio, leí un mensaje que acababan de enviarme y que me causó el efecto de un rayo. De pronto, con un fogonazo de lucidez aterradora, fui consciente de algo en lo que no había reparado hasta ese momento. El mensaje decía, literalmente: «Las reglas ortográficas son un recurso elitista para mantener al pueblo a distancia, llamarlo inculto y situarse por encima de él».

No fue la estupidez del concepto lo que me asombró –todos somos estúpidos de vez en cuando, o con cierta frecuencia–, sino la perfecta formulación, por escrito, de algo que hasta entonces me había pasado inadvertido: un fenómeno inquietante y muy peligroso que se produce en España en los últimos tiempos. En determinados medios, sobre todo redes sociales, empieza a identificarse el correcto uso de la lengua española con un pensamiento reaccionario; con una ideología próxima a lo que aquí llamamos derecha. A cambio, cada vez más, se alaba la incorrección ortográfica y gramatical como actividad libre, progresista, supuestamente propia de la izquierda. Según esta perversa idea, escribir mal, incluso expresarse mal, ya no es algo de lo que haya que avergonzarse. Al contrario: se disfraza de acto insumiso frente a unas reglas ortográficas o gramaticales que, al ser reglas, sólo pueden ser defendidas por el inmovilismo reaccionario para salvaguardar sus privilegios, sean éstos los que sean. Ello es, figúrense, muy conveniente para determinados sectores; pues cualquier desharrapado de la lengua puede así justificar sus carencias, su desidia, su rechazo a aprender; de forma que no es extraño que tantos –y de forma preocupante, muchos jóvenes– se apunten a esa coartada o pretexto. No escribo mal porque no sepa, es el argumento. Lo hago porque es más rompedor y práctico. Más moderno.

Todo eso, que ya por sí es inquietante, se agrava con la utilización interesada que de ello hacen algunos sectores políticos, en esta España tan propensa secularmente a demolerse a sí misma. Jugando con la incultura, la falta de ganas de aprender y la demagogia de fácil calado, no pocos trileros del cuento chino se apuntan a esa moda, denigrando por activa o pasiva cualquier referencia de autoridad lingüística; a la que, si no se ajusta a sus objetivos políticos inmediatos, no dudan, como digo, en calificar de reaccionaria, derechista e incluso fascista, términos que en España hemos convertido en sinónimos. Con el añadido de que a menudo son esos mismos actores políticos los que también son incultos, y de este modo pretenden enmascarar sus propias deficiencias, mediocridad y falta de conocimientos. Otras veces, aunque los interesados saben perfectamente cuáles son las reglas, las vulneran con toda deliberación para ajustar el habla a sus intereses específicos, sin importarles el daño causado.

Tampoco el sector más irresponsable o demagógico del feminismo militante es ajeno al problema. Resulta de lo más comprensible que el feminismo necesario, inteligente, admirable –el disparatado, analfabeto y folklórico es otra cosa–, se sienta a menudo encorsetado por las limitaciones de una lengua que, como todas las del mundo, ha mantenido a la mujer relegada a segundo plano durante siglos. Aunque es conveniente recordar que el habla es un mecanismo social vivo y cambiante, pero también forjado a lo largo de esos siglos; y que las academias lo que hacen es registrar el uso que en cada época hacen los hablantes y orientar sobre las reglas necesarias para comunicarse con exactitud y limpieza, así como para entender lo que se lee y se dice, tanto si ha sido dicho o escrito ahora como hace trescientos o quinientos años. Por eso los diccionarios son una especie de registros notariales de los idiomas y sus usos. Forzar esos delicados mecanismos, pretender cambiar de golpe lo que a veces lleva centurias sedimentándose en la lengua, no es posible de un día para otro, haciéndolo por simple decreto como algunos pretenden. Y a veces, incluso con la mejor voluntad, hasta resulta imposible. Si Cervantes escribió una novela ejemplar llamada La ilustre fregona, ninguna feminista del mundo, culta o inculta, ministra o simple ciudadana, conseguirá que esa palabra cervantina, fregona, pierda su sentido original en los diccionarios. Se puede aspirar, de acuerdo con las academias, a que quede claro que es un término despectivo y poco usado –cosa que la RAE, en este caso, hace años detalla–, pero jamás podrá conseguir nadie que se modifique el sentido de lo que en su momento, con profunda ironía y de acuerdo con el habla de su tiempo, escribió Cervantes. Del mismo modo que, yéndonos a Lope de Vega, cualquier hablante debe poder encontrar en un diccionario el sentido de títulos como La dama boba o La villana de Getafe.

Se está llegando así a una situación extremadamente crítica. Del mismo modo que se ha logrado que partidarios o defensores sinceros del feminismo sean tachados de machistas cuando no se pliegan a los disparates extremos del feminismo folklórico, a los defensores de la lengua española, de sus reglas ortográficas y gramaticales, de sus diccionarios y de su correcto uso, se les está colgando también la etiqueta de reaccionarios y derechistas –lo sean o no– por oposición a cierta presunta o discutible izquierda que, ajena a complejos lingüísticos, convierte la mala redacción y la mala expresión en argumentos de lucha contra el encorsetamiento reaccionario de una casta intelectual que –aquí está el principal y más dañino argumento– mantiene reglas elitistas para distanciarse del pueblo que no ha tenido, como ella, el privilegio de acceder a una educación (como si ésta no fuera gratuita y obligatoria en España hasta los dieciséis años). Del mismo modo que, según marca esta tendencia, quien no se pliega al chantaje del feminismo folklórico es machista y todo machista es inevitablemente de derechas, quien respeta las reglas del idioma es reaccionario, está contra la libertad del pueblo, y por consecuencia es también de derechas. Pues, como todo el mundo sabe, no existen machistas de izquierdas, ni maltratadores de izquierdas, ni taurinos de izquierdas, ni acosadores de izquierdas, ni tampoco cumplidores de las reglas del idioma que lo sean. Resumiendo: como toda norma es imposición reaccionaria y todo acto de libertad es propio de la izquierda, quien defiende las normas básicas de la lengua es un fascista. En conclusión, todo buen y honrado antifascista debe escribir y hablar como le salga de los cojones. O de los ovarios.

No sé si los españoles somos conscientes –y me temo que no– de la gravedad de lo que está ocurriendo con nuestro idioma común. Del desprestigio social de la norma y el jalear del disparate, alentados por dos factores básicos: la dejadez e incompetencia de numerosos maestros (algunos ejercicios escolares que me remiten, con preguntas llenas de faltas ortográficas y gramaticales, de atroz sintaxis, son para expulsar de la docencia a sus perpetradores), que tienen a los jóvenes sumidos en el mayor de los desconciertos, y el infame oportunismo de la clase política, que siempre encuentra en la demagogia barata oportunidad de afianzar posiciones. Pero no pueden tampoco eludir su responsabilidad los medios informativos; sobre todo las televisiones, donde hace tiempo desapareció la indispensable figura del corrector de estilo –un sueldo menos–, y que con tan contumaz descaro difunden y asientan aberraciones lingüísticas que desorientan a los espectadores y destrozan el habla razonablemente culta. Y más, teniendo en cuenta que el Diccionario de la Lengua Española no lo hace sólo la RAE, sino también las academias de 22 países de habla hispana (de ahí tantas palabras que llaman la atención o indignan a quienes ignoran ese hecho), abarcando el habla no sólo de 50 millones de españoles que nos creemos dueños y árbitros de la lengua, sino de 550 millones de hispanohablantes, muchos de los cuales ven con estupor nuestro disparate suicida y perpetuo.

Tampoco la Real Academia Española, todo hay que decirlo, es ajena a los daños causados y por causar. En vez de afirmar públicamente su magisterio, explicando con detalle el porqué de la norma y su necesidad, exponiendo cómo se hacen los diccionarios, las gramáticas y las ortografías, dando referencias útiles y denunciando los malos usos como hace la Academia Francesa, en los últimos tiempos la Española vacila, duda y a menudo se contradice a sí misma, desdiciéndose según los titulares de prensa y las coacciones de la opinión pública y las redes sociales, intentando congraciarse y no meterse en problemas. Esa pusilanimidad académica que algunos miembros de la institución llevamos denunciando casi una década ante la timorata pasividad de otros compañeros, ese abandono de responsabilidades y competencias, esa renuncia a defender el uso correcto –y a veces hasta el simple uso a secas– de la lengua española, ese no atreverse a ejercer la autoridad indiscutible que la Academia posee, envalentonan a los aventureros de la lengua. Y crecidas ante esa pasividad y esos complejos, cada día surgen nuevas iniciativas absurdas, a cuál más disparatada, para que la RAE elimine tal acepción de una palabra, modifique otra y se pliegue, en suma, a los intereses particulares y, lo que es peor, a la ignorancia y estupidez de quienes en creciente número, con la osadía de la ignorancia o la mala fe del interés político, se atreven a enmendarle la plana. Por eso, en el contexto actual, pese a que de las nueve mujeres académicas admitidas en tres siglos seis han ingresado en los últimos ocho años, pese a su formidable e indispensable labor para quienes hablan la lengua española, la Academia es considerada por muchos despistados –basta asomarse a Twitter– una institución reaccionaria, machista, apolillada y autoritaria. Cuando en realidad, gracias a algunos de sus académicos, sólo es una institución acomplejada, indecisa y cobarde.

Y ojo. Aquí no se trata de banderitas y pasiones más o menos nacionales. Aquí estamos hablando de un patrimonio lingüístico de extraordinaria importancia; un tesoro inmenso de siglos de perfección y cultura. De algo que además nos da prestigio internacional, negocio, trabajo y dinero. Hablamos de una lengua, la española, que es utilizada por cientos de millones de hispanohablantes que hasta hoy, gracias precisamente a la Real Academia Española y a sus academias hermanas, manejan la misma Ortografía, la misma Gramática y el mismo Diccionario; cosa que no ocurre con ninguna otra lengua del mundo. Constituyendo así entre todos, a una y otra orilla del Atlántico, un asombroso milagro panhispánico. Un espléndido territorio sin fronteras. Una verdadera patria común, cuya auténtica y noble bandera es El Quijote.

25 junio 2018

Publicado el 24 de junio de 2018 en XL Semanal.

https://www.zendalibros.com/perez-reverte-ahora-le-toca-la-lengua-espanola/

 8 min


Hay quienes con cierta frustración no ven salidas y concluyen que tanto la oposición como el régimen son culpables, por lo tanto se desmovilizan y, con rabia y cierta irracionalidad, meten a toda la dirigencia política en un mismo saco. Ello no es justo porque la oposición democrática está sometida al fuego cruzado de la dictadura. No podemos desconocer el esfuerzo de Leopoldo López, entre otros, para conformar una plataforma unitaria como el Frente Amplio y tratar de dar desde allí un mayor impulso a las mas variadas iniciativas para lograr la liberación de todos los presos políticos, la ayuda humanitaria de alimentos y medicinas, la realización de unas verdaderas elecciones generales y presidenciales y la restitución de las competencias de la Asamblea Nacional.

Amenazados, perseguidos, encarcelados, exiliados. No ha sido fácil para los dirigentes de la oposición democrática articular y concretar acciones para enfrentar al régimen. Sigue siendo urgente el cambio político, para ello es imperativo unir esfuerzos, como hemos dicho, de frente y en todos los frentes sin descalificar a los que compartimos trincheras contra quienes violan la Constitución y los derechos humanos.

El fracaso de Maduro y su anacrónico régimen es más que evidente. Los venezolanos lo padecemos todos los días de mil maneras. Aumenta la conflictividad social, los reclamos por la hiperinflación, la inseguridad y el colapso de los servicios públicos. El descontento es general y también llega a los cuarteles. La falta de cohesión institucional de la FAN es inocultable.

Venezuela está en emergencia, ello reclama grandeza y compromiso generoso de todos los ciudadanos, muy especialmente de los que lideran a la sociedad en general, y a los partidos políticos en particular.

Es obvio que el cambio es urgente, que la Unidad es necesaria y que para que los deseos se realicen necesitamos impulsar nuestras propuestas con fuerza, organización y movilización.

Sin embargo, la capacidad para construir una transición lo menos traumática posible se aleja y caminamos al borde del abismo.

Si estamos de acuerdo en que Maduro y su régimen no pueden continuar, es necesario que los partidos políticos, sobre todo Voluntad Popular y Primero Justicia, y también los que forman parte de Soy Venezuela, así como todos los opositores independientemente de sus matices, logremos que la unión pase de lo declarativo a la acción, lo cual significa movernos dentro de todas las formas de lucha posibles para lograr el cambio político necesario.

Hay que actuar ya en defensa de nuestro pueblo en contra de Maduro y su régimen, asumiendo que la oposición es diversa y plural, pero que también es indispensable construir el consenso para un acuerdo nacional con un liderazgo que recoja el sentimiento mayoritario con amplitud, capaz de presentar una alternativa viable de cambio.

Lo peor que está pasando en medio de tantos obstáculos es la falta de unidad. Debemos seguir acompañando la presión internacional sin dejar de asumir que a pesar del acoso y las amenazas de la dictadura, todos tenemos responsabilidades en lo que ha sido la conducción opositora, con sus aciertos y errores.

Hay que revisar, rectificar, avanzar y sobre todo, sumar.

Twitter: @TablanteOficial

Facebook: Carlos Tablante

Web: www.carlostablante.com

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Bélgica 2 - Inglaterra 0. Goles de Meunier a los 3 del primer y de Hazard a los 81 del segundo tiempo. Bélgica se clasificó en el tercer lugar. Así, escuetamente, figurarán las estadísticas. Y en pocos meses a nadie interesará ese resultado. Por eso no muchos ven los partidos por el tercer lugar. A los únicos que verdaderamente incumbe es a los jugadores y aficionados de los respectivos países. Sin embargo, para quien escribe estas líneas, el tercer puesto sí tiene cierta significación.

La primera es que en ese encuentro suele jugarse buen fútbol. Por de pronto, los jugadores no están presionados como si se tratara de una final y juegan de modo más libre mostrando lo que saben y tienen -con la secreta esperanza de que los veedores se interesen para llevarlos a un club con más millones-. Y efectivamente, el partido fue bien jugado. Hubo por ahí, a los 79, creo, un avance belga de antología. Debió haber terminado en gol. Si así hubiera sido, el Homo futbolísticus habría alcanzado la perfección. No sucedió: la perfección no fue hecha para nosotros, los humanos.

La segunda razón significante es más bien personal. Tiene que ver con mis recuerdos: cuando Chile, país que ni siquiera había ganado un sudamericano, obtuvo el tercer lugar en el campeonato mundial del 62. Todavía recuerdo a Escuti, Eyzaguirrre, don (Raúl Sánchez), el “chita” Cruz, Navarro (capitán) Eladio, Jorge Toro, Ramírez, Honorino, el Tito (Fouilloux), Leonel Sánchez. Recuerdo también que Eladio Rojas le metió un gol desde más atrás de la media cancha al ruso Yashin, el “hombre araña”. Lo volvió a repetir contra la Yugoslavia del gran Sekularak y gracias a esos dos goles de Eladio, salimos terceros. Nunca más en su vida Eladio volvería a hacer un gol así. El 62 hizo dos seguidos.

Ese, el del 62 en Chile, fue el mundial que iba a ser de Pelé o de Di Stéfano. A Pelé lo lesionaron y a España la eliminaron en la primera ronda con Di Stéfano y todo, y el mundial fue para Garrincha quien hizo lo que quiso, como quiso y cuando quiso, entre otras cosas meterle dos goles a Chile. Pero Chile salió tercero, como los belgas hace unos minutos. Para los no-belgas, pura estadística. Para los no-chilenos, lo del 62 también lo es. Quién sabe si después de más de medio siglo alguien recordará los goles de ese fenómeno llamado Hazard como yo en este momento recuerdo los de Eladio Rojas (QEPD). Pero basta de sentimentalismos.

Lo que quería decir es que el tercer lugar es un puesto más importante de lo que se piensa. Por de pronto, dejará a todos los belgas preguntándose por qué no fueron primeros o por lo menos, por qué no llegaron a la final. Eso quiere decir: los deja con las ganas de volver a intentarlo alguna vez. No sucederá así con el primero. Quien obtenga el primer lugar habrá alcanzado la gloria, pero al mismo tiempo estará obligado a vivir de ahí en adelante con el miedo a perder ese lugar alcanzado. O sea, los belgas soñarán con el futuro. El campeón, en cambio no soñará con el futuro porque simplemente lo alcanzó. Esa es la tragedia de los dioses. La mitología griega lo confirma en cada detalle.

julio 14, 2018

https://polisfmires.blogspot.com/2018/07/fernando-mires-belgica-2-inglat...(POLIS)

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Su desmoronamiento fue paulatino y anunciado. Aparte de las culpas organizativas y errores propios (inacción, falta de respuestas claras y oportunas a determinadas situaciones, retraso en tomas de decisiones, etc.) hay tres hechos, ninguno decisivo, pero todos importantes, que determinan su condición actual. El primer daño fue la salida de algunas individualidades y pequeños partidos, sobre todo por sus posiciones muy críticas hacia los planteamientos de la oposición representada en la MUD, en la mayoría de los casos sin ofrecer una opción alternativa. Después vino la posición de Falcon y sus seguidores de participar en el pasado proceso del 20M, que aunque tuvieran razones válidas, o al menos discutibles para ello, fue una decisión en contra de la posición acordada unitariamente. Ahora la decisión de Acción Democrática (AD) de abandonar la MUD deja a esta en peores condiciones de las que ya estaba.

La decisión de AD será seguida por otros pues el problema es que los partidos no se “casan”, realmente, con la MUD; es un matrimonio de conveniencia, sonrisas y agarraditas de mano para la foto, pero duermen en camas separadas, no hay vida conyugal; y así es muy difícil que se desarrolle una verdadera unidad.

Difícilmente podrá recuperarse la MUD y queda por ver si con ella no desaparece también, aunque sea momentáneamente, la idea de la unidad como elemento político fundamental para luchar contra la dictadura. Prácticamente la MUD ya estaba de retirada y sin razón de ser ─al decir de aquellos que solo la veían como una alianza electoral─ pues los partidos que la componen han desaparecido, desde hace meses, de la acción pública. Ahora hay una razón menos, AD, para continuar con ese proyecto unitario.

Por lo pronto mi opinión, sin otros elementos de juicio, es que AD con esta decisión abandona el camino de la unidad para enfrentar la dictadura y escoge su propia agenda, cualquiera que esta sea, como alternativa de lucha. Las razones por la cuales AD se retira de la MUD están explicadas, ahora quedamos a la espera de cuál será la opción que nos plantea AD para luchar contra la dictadura y corresponderá a ese ente etéreo que es la historia y sobre todo al pueblo venezolano, juzgar la eficacia de esta acción y “premiar” con su apoyo o pasar la factura correspondiente.

Pero independientemente de la MUD, de la posición de sus críticos de siempre, de quienes optaron por separarse de su línea política y participar en el proceso del 20M o de la decisión de AD y otros partidos, este gobierno, devenido en dictadura, es el más nefasto y corrupto que ha tenido Venezuela y, por lo tanto, la solución de los problemas del país sigue siendo sacar del Gobierno a los Maduro e impedir que los Chávez regresen y nos gobiernen.

La ruta para superar la crisis, así lo creo y he dicho, es la ruta democrática y constitucional, como única posible y aceptable para resolver este y cualquier conflicto y rechazar los atajos no democráticos, que no ofrecen ninguna garantía de erradicar el autoritarismo o que caigamos en un gobierno similar, del mismo signo o de signo contrario, pero igualmente nefasto.

La posibilidad de lograrlo depende de varios factores ─unidad, movilización interna, apoyo internacional─ pero uno de ellos es contar con partidos políticos, fuertes, con autoridades democráticamente electas y frecuentemente renovadas; partidos con contenido y mensaje, que expresen las aspiraciones y el sentir de los venezolanos. Con una organización más acorde con el siglo XXI, —siglo que para algunos ni siquiera ha comenzado— capaz de conducir a nuestro pueblo a superar los partidos populistas, militaristas y caudillistas de principios del siglo XX, representados ─pero no solo en ellos─ en los que apoyaron a Chávez Frías y actualmente a Nicolás Maduro.

¿Qué hacer, entonces, que viene ahora? Como algunos ya han dicho ─Miguel Pizarro, en la Asamblea de Fedecámaras 2018─ corresponde a los políticos marcar y emprender los caminos adecuados; pero nos corresponde a los analistas señalar los errores, profundizar en las señales que nos marca la realidad política y social en que vivimos o sobrevivimos.

La tarea del momento, la que nos espera ─además de volver al pacto originario, a la reconstrucción del pacto social entre ciudadanos y políticos─ es una labor de pinza o tenaza, en la cual uno de los brazos de la pinza es organizar la resistencia interna contra el régimen con partidos políticos y dirigentes modernos y renovados; y el otro brazo es construir un movimiento ciudadano, militante y movilizado para luchar contra la dictadura.

¿Es posible hacer este trabajo de pinza en la solitud de cada partido o grupo de ciudadanos? Quién sabe, personalmente lo dudo, pero para algunos ese es el camino escogido.

@Ismael_Perez

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Bob Geldof

En 1984 reuní a los músicos más exitosos del momento para formar una “superbanda” llamada Band Aid; el objetivo era recaudar dinero para aliviar el hambre en Etiopía. Al año siguiente se formó un grupo todavía más numeroso para Live Aid, un multitudinario concierto a beneficio que dio lugar a una iniciativa de obtención de fondos que todavía continúa. El mes pasado la Fundación Barilla celebró el Foro Internacional sobre Alimentos y Nutrición, durante el cual se destacó la necesidad permanente (y cada vez más urgente) de reforzar la seguridad alimentaria.

Para hacernos una idea de los problemas del mundo actual puede servir de ilustración la historia de la Isla de Pascua. En algún momento del siglo XII, un pueblo polinesio migró a una remota isla volcánica cubierta por densos bosques donde además de alimento y animales, encontró herramientas y materiales para erigir cientos de elaboradas y misteriosas esculturas de piedra. Pero poco a poco, la gente destruyó los bosques, y terminó cometiendo un suicidio social, cultural y físico.

Hoy, en términos relativos, sólo nos queda colectivamente una pequeña fracción de bosques, y la estamos destruyendo a toda marcha. Nos estamos quedando sin tierra cultivable y el desierto avanza. Producimos alimentos que después desperdiciamos, mientras casi mil millones de personas no tienen comida suficiente, una realidad que deja a muchos sin otra alternativa que emigrar.

Las noticias nos hablan casi siempre de los refugiados que huyen del conflicto armado (por ejemplo Siria) o de los migrantes que buscan mejores oportunidades económicas que las que tienen en sus países de origen (por ejemplo Nigeria o Pakistán). Pero entre migraciones y escasez de alimentos hay un vínculo más fuerte que el que imaginan los que no tienen hambre.

Por ejemplo, los levantamientos de la Primavera Árabe en 2010 2011 (que produjeron una oleada masiva de refugiados) se iniciaron por un encarecimiento del trigo que provocó amplias protestas y finalmente una serie de revoluciones políticas. De hecho, el origen de muchos conflictos armados, y de los desplazamientos masivos que provocan, puede rastrearse hasta la inseguridad alimentaria.

Mientras el Sur Global pobre se muere de hambre, el Norte rico se atraganta de comida. Hay en el mundo más de dos mil millones de personas con sobrepeso, abotargadas por azúcares de baja energía y alimentos procesados de producción en masa ricos en grasa. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, sólo la cuarta parte de los alimentos que tiramos a la basura o desperdiciamos cada año bastaría para dar de comer a 870 millones de personas hambrientas. A escala global se desperdicia un tercio de todas las cosechas. Como los antiguos habitantes de Isla de Pascua, estamos llamando a nuestra aniquilación.

Además, el cambio climático inducido por el hombre amenaza con intensificar las presiones migratorias y alimentarias actuales. En un informe publicado en diciembre pasado, el Centro Europeo de Estrategia Política de la Comisión Europea predijo que el incremento de sequías e inundaciones será el principal factor de migraciones, muy por encima de todos los demás, y que en 2050 habrá hasta mil millones de personas desplazadas en todo el mundo. El informe advierte que incluso la estimación más baja (25 millones de migrantes por el cambio climático) “empequeñecerá los niveles actuales de nuevos refugiados y desplazados internos”.

Es verdad que ya se están tomando algunas medidas para resolver el desperdicio y la escasez de alimentos. Por ejemplo, este año la Comisión Europea propuso reducir los subsidios agrícolas, que contribuyen a un exceso de producción. Pero esta estrategia (enmarcada en términos de “evolución”, en vez de la “revolución” necesaria) no es ni remotamente adecuada.

La política agrícola común de la Unión Europea ha sido siempre muy problemática. La PAC dirigió dinero de los contribuyentes a fomentar la producción de un excedente de alimentos, que luego se deben almacenar (con un costo adicional) y finalmente se destruyen (otro costo). Aunque el sistema mejoró hasta cierto punto con los años, todavía falta mucho. Otro caso de derroche similar es la ley de agricultura de los Estados Unidos (principal herramienta de política agraria y alimentaria del gobierno federal).

No basta con hacer ajustes políticamente tolerables a los esquemas actuales, se necesita una reforma de raíz con énfasis en los resultados reales. Por desgracia, no parece haber ningún político a la altura de la tarea, ni en un EE. UU. errático y polarizado ni en los ineficaces Parlamento Europeo y Comisión Europea.

El momento oportuno para actuar era ayer; el momento para adoptar otra estrategia es hoy. Podemos discutir hasta quedar afónicos los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas (que incluyen metas como “de aquí a 2030, reducir a la mitad el desperdicio de alimentos per cápita mundial en la venta al por menor y a nivel de los consumidores y reducir las pérdidas de alimentos en las cadenas de producción y suministro”). Pero lo que importa es tener políticas bien diseñadas, eficaces e integrales, que se implementen de forma sostenida. Y eso no se ve por ninguna parte.

La Tierra existe hace 45 millones de siglos, pero nuestro siglo es único, porque es el primero en que una especie puede destruir las bases de su propia existencia. Pero nosotros, versión moderna de los habitantes de Isla de Pascua, parecemos inconscientes de esta amenaza existencial y preferimos hacer estatuas en vez de sistemas sostenibles para la supervivencia.

¿Nos daremos cuenta de la situación en la que estamos cuando las tierras se hayan convertido en desierto, cuando los sistemas de salud colapsen, cuando hasta los ricos padezcan falta de alimentos, cuando el agua potable escasee, cuando el avance del mar destruya las costas nacionales? Entonces ya será demasiado tarde, y nuestra suerte estará echada.

El mayor peligro para nuestro planeta es creer que lo salvará otro. Somos nosotros (todos y cada uno) los que debemos darnos cuenta de la gravedad de la situación y exigir acciones reales para cambiarla. Y “todos” quiere decir: tú.

Traducción: Esteban Flamini

Londres, julio 12 de 2018

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/food-security-sdg-agricultu...

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Analítica.com

La pregunta que todos se hacen dentro y fuera de Venezuela es por qué los venezolanos no logran ponerse de acuerdo para salir de la absurda e incomprensible situación que están viviendo.

La respuesta no es simple, ya que se combina diversos factores que nos han colocado en una situación de éxtasis virtual. Es como si la sangre de los venezolanos ya no fluyera y lo único que permanece es la esperanza que el cambio se producirá por un hecho divino o fortuito.

Esa situación es por demás preocupante ya que de continuar, inevitablemente, terminará en una tragedia descomunal, ya que colapsarán todos los mecanismos que aseguran el funcionamiento normal de una sociedad.

La discusión que se cierne sobre el país es ¿qué hacer con el cono monetario para que pueda funcionar la economía?, ¿basta con quitarle 3 o 6 ceros para que funcione? ¿y qué hay de los nuevos billetes, existirán a tiempo?, y si no, ¿cómo se transarán los intercambios?.

La otra interrogante es si se aprueba una nueva Constitución y, por lo tanto, correr el riesgo de someterla a un referéndum.

Y Maduro mientras tanto se aleja por algunos días y se refugia o busca ideas en Istanbul.

Quizás podríamos pensar que la única respuesta posible sea parecida a lo que se hizo con el nudo indesatable creado por Gordi, el labrador de Frigia, actual Anatolia -por cierto en Turquía-, que fue cortado por Alejandro Magno de una sola vez con su espada.

Pero tal vez la solución no está en la búsqueda de un héroe que nos resuelva el problema, sino en ponernos todos de acuerdo y, como en Fuenteovejuna, todos a uno, decir basta y dar al traste con lo que impide que el país recupere su funcionamiento normal.

Julio 13, 2018

Analítica

http://www.analitica.com/opinion/por-que-no-salimos-de-esto/

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Alberto Salcedo Ramos

Woody Allen se imaginó el infierno como un lugar repleto de malos músicos. Para mí el infierno sería un sitio donde uno estuviera condenado a ver todos los programas de fútbol ruidosos que abundan hoy en la televisión hispanoamericana.

Muchos de esos programas combinan las peores plagas: pereza investigativa, prejuicios, verborrea. En este espacio un reportero insidioso desliza un chisme que enemista a dos jugadores; en aquel, un comentarista petulante le da cátedra de táctica a un entrenador; en el siguiente, un analista ofuscado insulta a una estrella venida a menos; en el otro, un jefe envanecido maltrata ante las cámaras a uno de sus colaboradores. El plato fuerte, aquí y allá, son los debates estrepitosos al estilo de las grescas de mercado.

Los integrantes de estas discusiones suelen darse golpes de pecho en nombre de la verdad, pero se comportan más como fanáticos que como periodistas. Cuando gana el equipo de sus afectos caen en el ditirambo, y cuando pierde conforman hordas de linchamiento.

Todos podríamos ser ese tipo de hincha. Yo, por ejemplo, soy de los que gritan improperios. Como sé que tales insultos resultarían inaceptables, declino cualquier invitación a ver los partidos de mi equipo favorito en lugares públicos. Prefiero quedarme a solas frente al televisor para no coartar al bárbaro que me habita. Así puedo tirar manotazos a mis anchas y proferir ciertas blasfemias que serían ofensivas si hubiera alguien más en la habitación.

Necesito tiempo para desterrar al fanático que se enquista dentro de mí. Después del partido estiro los brazos, tomo aire, salgo a caminar. Entonces recupero la chaveta y puedo arrojar, otra vez, una mirada empática sobre los deportistas. Ellos están sometidos a presiones que yo jamás podría sentir en la comodidad de mi sillón.

El escritor David Foster Wallace, quien también fue jugador de tenis, describía con propiedad esas tensiones: “¿Alguna vez han intentado concentrarse en hacer algo difícil con una multitud de gente mirando, o peor, con una multitud de espectadores que expresan en voz alta su esperanza de que falles para que su favorito te pueda ganar? En los partidos de bajo nivel que disputé como juvenil ante públicos que casi nunca alcanzaban las tres cifras, yo estaba que apenas podía controlar el esfínter”.

El hincha que soy cuando veo los partidos por televisión es un tipo egoísta incapaz de salirse de sí mismo. Solo quiere victorias que complazcan su pobre sentido de reafirmación. El ser ya liberado que reaparece después está por encima de esos deseos básicos. Observa el contexto, es comprensivo. Entiende que la derrota es para quienes compiten lo que la muerte para quienes nos mantenemos al margen: una estación inevitable.

Hasta las selecciones históricas como Brasil y Alemania tienen más descalabros que triunfos; hasta los jugadores míticos como Ronaldo y Messi caen más veces que las que se levantan. Pifiar es la quintaesencia del deporte. Los atletas yerran, por lo menos, el triple de lo que aciertan. En béisbol se es una megaestrella con un promedio de bateo de 0,300, es decir, bateando de hit en apenas tres de cada diez turnos. Si un jugador extraordinario falla en el setenta por ciento de las oportunidades, ¿qué queda para los demás mortales?

El hombre que soy cuando no estoy embrutecido por el fanatismo ve un reflejo de sus descalabros en el fracaso de los deportistas. Procura, entonces, hallar razones para redimir al competidor caído en desgracia, llámese Fernando Muslera al introducir el balón en su propio arco, o llámese Carlos Bacca al fallar desde el punto penal. Una noche de octubre de 2007 le pregunté al escritor Gay Talese por qué escribe tanto sobre perdedores. Su respuesta fue un relámpago que todavía me ilumina: “Todos somos perdedores. Es solo una cuestión de tiempo”.

Me pregunto si al estar liberado de mi fanático interior también podría ser comprensivo con los panelistas ruidosos de la televisión. La respuesta es que ellos no tienen ninguna justificación: solo están buscando el rating de manera burda. Cada noche pisotean la dignidad de algún futbolista, cada noche convierten la magia del deporte en un lavadero de miserias.

13 de julio de 2018

New York Times

https://www.nytimes.com/es/2018/07/13/amarillismo-periodismo-deportivo-f...

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