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Opinión

Nos comentaba Miguel Otero Silva, protagonista de los sucesos generados en los carnavales de 1928, y autor de la novela “Fiebre”, narrativa sobre las crueldades del dictador, que, cuando Juan Vicente Gómez se extinguió patriarcalmente – en su cama, sin próstata, y de 78 años – ya al menos 7 de los 252 estudiantes que lo desafiaron en 1928 se habían muerto. “Si mis cuentas no fallan, han cesado de vivir (para 1971) 76 de los que fuimos a las cárceles de Gómez en 1928. Quedamos 176 en espera del mismo destino, o de la misma vaina, como ustedes prefieran llamarlo”.

Hoy nadie queda de esa generación, y desde que este reconocido novelista, escribiera su propia historia enfebrecida, mucho se ha comentado de la oprobiosa dictadura gomecista, y la hermosa gesta libertaria librada esos días. Vamos de nuevo a recrear esos hechos, impulsados por un grupo de estudiantes, que definieron el rumbo de la Venezuela por venir, después de ese acontecimiento efervescente y rebelde de nuestra juventud venezolana.

Raúl Leoni, estudiante del quinto año de Derecho, y presidente de la Federación de Estudiantes de Venezuela, convocó una gran marcha con motivo de la denominada “Semana del Estudiante”. La señalada marcha tenía como objetivo inmediato, obtener los fondos necesarios para la Casa del Estudiante, a la que bautizaron con el nombre de Andrés Bello. Era una mañana fresca, el calendario indicaba el día 6 de febrero de 1928. Los estudiantes desde muy tempranas horas, habían empezado a concentrarse en la plazoleta de la Universidad Central de Venezuela. De allí entre consignas y arengas solidarias, arranca la marcha hacia el Panteón Nacional.

La hermosa Beatriz Arreaza I, Reina del Carnaval Estudiantil, con gestos emocionados coloca una ofrenda floral, ante la tumba de los restos de Simón Bolívar. De súbito, un estudiante improvisa un discurso con vibrante voz que cautiva el auditorio. El orador se llama Jóvito Villalba, quien dirigiéndose al Libertador dice: “Habla, ¡oh! Padre, ante la universidad, porque sólo en la universidad, donde se refugió la patria hace años, puede oírse otra vez tu admonición rebelde de San Jacinto. En este sitio, cuando Beatriz I de Venezuela, te haya ofrendado la suave ternura de estas flores, dinos el secreto de tu orgullo”.

Pío Tamayo, toma la palabra y en la coronación de Beatriz I, lee un poema juzgado como subversivo por las autoridades gomecistas; Allí mismo intervienen los estudiantes de derecho, Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Joaquín Gabaldón Márquez, y sus discursos son estimados como inconvenientes por los cuerpos de seguridad. Además, Guillermo Prince Lara, termina rompiendo una lápida en honor a Juan Vicente Gómez; ante estos hechos el Gobierno decide poner fin a los actos conmemorativos, convertidos en una verdadera rebelión estudiantil.

Después de los actos de la “Semana del Estudiante”, Miguel, Otero Silva, Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt, Guillermo Prince Lara y Pío Tamayo, fueron arrestados por la policía. La noticia de la encarcelación, estalló como una verdadera bomba en todo el estudiantado, provocando que doscientos de ellos, pertenecientes a la Federación, en un acto de solidaridad sin precedentes en nuestra vida republicana, se entregarán a la policía, argumentando que deseaban correr la misma suerte de sus compañeros presos en el Cuartel de El Cuño; entrando así, de esta manera a la historia, como la Generación del 28, con toda y su novia Beatriz Primera, Reina de aquellos carnavales de 1928.

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José Rosario Delgado

Aprovechando las festividades carnestolendas, que eran carnestolendas y festividades de verdad-verdad en tiempos recientemente idos, el rey Momoduro buscó su comparsa y se presentó en la gran pantalleta anunciando con bombos y platillos, pero sin caramelos, bambalinas, papelillos ni serpentinas, que iría ipsofacto a rescatar el Carnaval venezolano que nos expropiaron y confiscaron los gringos llegados el siglo XX a llevarse nuestras perlas, nuestro petróleo, hierro, vitaminas, minerales y tradiciones autóctonas que los indígenas celebraban lanzando huevos, tomates, azulillo y otros productos y sustancias que hoy ni se compran ni se venden porque están prohibitivas.

Con su cohorte de payasos, maromeros, saltimbanquis y trapecistas, con caretas y antifaces rojos rojitos, con faralaos de los billetes del nuevo cono moñetario, Momoduro ofreció el bono de Carnaval de 700 mil bolos que no alcanza ni pa' una carterita o mulita de lavagallo, con la aviesa intención de hacerles saber a sus sigüises, in situ, que están más pela'os que hüeso en sabana si creen que de aquí pa'lante van a comer pernil. Yo te aviso, chirulí.

Momoduro, con mamarrachos y sambambas enviadas por sus camaradas malula, ortiga y morrales, decretó la felicidad, constituyó la alegría, prohibió la tristeza y erradicó la ladilla porque no permitirá, bajo ningún respecto, que cuando vengan los baboseadores internacionales de Cuba, Rusia, Norcorea y Zimbawe vean caras ajadas y largotas que desdigan de la revolución rebonita y redondita de tanto beneplácito.

La mascarada de Momoduro, para matarles los piojos en la cabezota a sus detractores, buscó las caras más risueñas y expresivas del alto mando de la insania, nada más y nada menos que Periquita Farías y Ernestigo de Villeguitas como manera inequívoca de acercarse a ese pueblo al que tanto ama y el que tanto le reclama. Pura mascarilla, pues; pura pantomima carnavalesca.

Sólo le faltó sentar allí al simpático intelectual Gorgojito y al gargantúa Heraclio Bernal para que optara al premio de la locademia policiaca y porsi acaso la muuuuud pretende sabotear el diábolo quisqueyano cuyo recuerdo firmarán de un solo lado, como debe ser, porque a Momoduro no debe contradecírsele y debe respetársele como candidato único de la farsa al trono porque no se cansa ni descansa y para eso trabaja todos los días con el carné de la patria.

Así que a reírse, señores y señoras; que la felicidad nos brote por los poros y los que nos morimos de hambre y de mengua por falta y carestía de medicamentos hagamos un alto en nuestras quejas; tiremos bastones, muletas y andaderas a la urnas del CNE y nos integremos, rápido y cuanto antes, a la bojiganga de carnavalada del rey Momoduro so pena de anclarnos en el oscurantismo de la cuarta república y nos hundamos de lleno a la quinta paila.

Los que ya ni carro propio ni autobuses tienen para transportarse ni para ser nariceados a las marchas patrióticas se dejen de pendejadas y caminen, troten, corran, vuelen, que eso es bueno para la salud y para la revolución, tal como lo dijo el vergatario legatario de este calvario hereditario que la mascarada del rey Momoduro, rodilla en tierra. potenció al máximo martirio de hambruna y crisis humanitaria... ¿A que no me conoces, camarita?

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El régimen está en sus estertores. Sus violaciones a la Constitución y en especial a los derechos humanos han tenido como consecuencia la condena por parte de los gobiernos democráticos. En Santo Domingo, Maduro y sus espernibles negociadores pusieron la guinda a la torta al negar la posibilidad de permitir elecciones transparentes, además de no aceptar las atribuciones constitucionales de la Asamblea Nacional, insistir en una Asamblea constituyente espuria, continuar con inhabilitaciones ilegales a dirigentes de la oposición y mantener presos políticos ¿Quiénes del régimen están en la picota pública, o sea en una situación de descrédito, y deberán responder ante la historia y ante los tribunales?

Este es un régimen militarista. La Fuerza Armada no solo ha reiterado su apoyo al régimen, sino que cientos de oficiales ocupan importantes cargos en la administración pública. Los magistrados del Tribunal Supremo de Elecciones han avalado todas las violaciones a la Constitución, perseguido a los opositores y protegido a los corruptos. Las cuatro rectoras del Consejo Nacional Electoral han sido sumisas a las peticiones de Miraflores, propiciando trampas y ventajismo electoral para favorecer al PSUV. ¿Cuál es el grado de responsabilidad de esos actores?

La Fuerza Armada es una organización piramidal, donde se aplica el principio de “superior que manda y subalterno que obedece”. Hoy ningún soldado debe obedecer órdenes ilegales. Así es que cualquiera que haya incurrido en un delito puede y debe ser juzgado. Un punto que puede parecer gris es el de aquellos que no han violado la Constitución, pero que no se han opuesto o manifestado su inconformidad ante dichas violaciones. Se podría alegar que quienes están en la picota son solo los integrantes del Alto Mando. Esto es parcialmente cierto. Teóricamente no debería responsabilizarse a un teniente, a un mayor, a un coronel o incluso a un general por situaciones que están fuera de su control. Sin embargo, el Artículo 333 de la Constitución obliga a cualquier ciudadano a colaborar en la restitución de la Constitución.

En las actuales circunstancias no se trata de que la Fuerza Armada derroque un presidente o lo obligue a cambiar de rumbo porque está haciendo un mal gobierno, lo cual no se justificaría, ya que los militares no deben ser quienes decidan cuándo remendar el capote. Eso le corresponde a los Poderes del Estado. Lamentablemente, en el presente caso no sólo tenemos un pésimo gobierno, sino que el mismo no respeta la Constitución y tiene secuestrados los Poderes establecidos para controlarlo.

Para que se produzca una insurrección o una desobediencia de los militares al poder establecido, debe haber una crisis política, económica o ambas, las cuales son evidentes. Pero también debe haber apoyo político de la dirigencia opositora, lo cual no existe porque los civiles tienen el prurito de que los militares nunca deben intervenir; también por un temor, a veces fundado, de que se coman el mandado o bien por miedo entendible de ir presos si el régimen descubre la relación. Además, para que un movimiento cívico-militar tenga éxito, debe contar con una masa crítica de oficiales comprometidos.

Los militares deben entender que, por acción u omisión, están en la picota de la opinión pública. Está en su propia supervivencia y prestigio presionar al Alto Mando para que obligue a renunciar a Maduro o bien a que convoque a una elección transparente con nuevo árbitro. En caso de que ese Alto Mando no proceda, el resto de la oficialidad tiene la palabra.

La picota es ineludible para los magistrados del TSJ, ya que cada uno de ellos es autónomo, no tienen jefe y deben proceder acorde con su conciencia. Todos ellos se han convertido en cómplices de las violaciones. Tan culpable es un Mikel Moreno, como el catedrático Damiani, una profesora emérita como Carmen Zuleta de Merchán o un político como Calixto Ortega. El mismo caso es el de las cuatro rectoras del CNE. Por otra parte, considerando los últimos acontecimientos, el rector Rendón debería presentar su renuncia para no ser testigo de un acto bochornoso, como sería la elección convocada para abril.

Como (había) en botica:

En Santo Domingo el régimen evidenció que volverá a realizar trampas para ganar siendo minoría. Participar, en contra de lo que opinan países democráticos e instituciones venezolanas, sumado a un ambiente proclive a rechazar esa elección, sería un suicidio político.

Según el Oil Market Report de febrero de la Opep, fuentes secundarias reportan que Venezuela solo produce 1.600.000 barriles por día, apenas un 4,9% del total de los países de esa organización.

A raíz de la extradición desde España a los Estados Unidos de los corruptos Nervis Villalobos y Luís Carlos León, muchos rojos deben poner sus bardas en remojo.

Extraña la demora de la MUD en definir su posición.

Otro asesinato del régimen a la libertad de expresión: después de 114 años de existencia, el diario El Impulso, de Barquisimeto, no podrá circular en la versión impresa.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

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En Venezuela sigue buscándose un cambio político mientras sobrevivimos en un escenario donde conviven lo catastrófico con lo kafkiano. La suspensión indefinida de las negociaciones gobierno-oposición, facilitadas por República Dominicana desde diciembre, si bien descorazona, era esperable. Deja, no obstante, algunos saldos interesantes para los partidos que, en nombre de demócratas del país, allí concurrieron. Pero llama especialmente la atención la débil capacidad de esos dirigentes y sus fuerzas políticas para capitalizar los frutos de sus esfuerzos que, en este caso, fueron sostenidos, coherentes y más profesionales que en todas las experiencias anteriores de negociación. ¿Esto a qué se debe?

Es importante encontrar respuestas a esta interrogante para afinar un diagnóstico que ayude a la sociedad democrática venezolana a trazar los próximos pasos. Porque la resistencia y lucha continúan, presentándole a esta oposición política y a la ciudadanía de vocación democrática en general, desafíos bastante complicados. Una vez más, parece que estamos en tiempos decisivos. Pensemos opciones de acción política y social, que permitan alcanzar el cambio democrático, en mi opinión, el único que puede traer condiciones para un comienzo de estabilidad y paz al país.

La catástrofe sin fin

Quienes vivimos en Venezuela y permanentemente monitoreamos la situación socioeconómica y política, nos parece reiterativo volver sobre las cifras de la catástrofe económica y social que padecemos. El desastre tiene años a la vista: inflación creciente, retroceso sostenido del PIB, caída de las reservas internacionales. Indicadores macroeconómicos que llevan al menos cinco años en regresión. Lo nuevo es la hiperinflación habiendo cerrado el año 2017 con una cifra superior al 2.500%, lo que pronostica para este año, de seguir las mismas políticas demenciales del equipo de Maduro, una cifra sobre los seis dígitos. Todos los indicadores siguen agravándose, el PIB, por ejemplo, acumula un retroceso que refleja la disminución del aparato productivo en más de un tercio de lo que fue. En años más recientes, por otra parte, a la disminución de los precios del barril petrolero en el mercado mundial, se suma una destrucción de la empresa PDVSA. Decrece de manera cada vez más rápida su producción, agobiada por una nómina poco profesional, que se ha triplicado en la era chavista, así como por los onerosos desvíos de sus recursos para satisfacer criterios paternalistas, clientelares y escandalosas corruptelas.

El colapso económico precipita la crisis social, que ya ha mutado a crisis humanitaria. La pobreza sobrepasa el 80% de las familias, la miseria el 50%. La desigualdad es oprobiosa y la vivimos como herida punzante. A diario vemos niños, adolescentes, mujeres, viejos, hombres, escarbando en las bolsas de basura, mientras unos pocos, que poseen divisas, bien de manera legítima, o porque son altos funcionarios del gobierno y/o militares del régimen, se gozan la vida en medio de abundancias que obtienen a precios risibles cuando se calculan a dólar paralelo. Niños y adolescentes abandonan las escuelas por carecer de un mínimo de condiciones para estudiar, empezando por la comida. La crisis de las medicinas se materializa en una escasez que se sitúa sobre el 80%, según la Federación de Farmacéuticos de Venezuela, y a diario redes sociales que permanecen fieles al derecho a informar, dan cuenta de las continuas muertes por falta de nutrientes para recién nacidos en los hospitales, o por ausencia de tratamientos para recién paridas, medicinas y equipos para venezolanos con padecimientos crónicos, y otras personas con distintas vulnerabilidades en salud. En este momento asistimos al continuo fallecimiento de personas por problemas renales, al haber dejado el gobierno, el Estado, de garantizar lo necesario para sus tratamientos y diálisis. Nuestra tragedia se resume en los miles de venezolanos que a diario salen huyendo por nuestras fronteras para enfrentarse al mundo ancho y ajeno, como refugiados de una nación destruida. Pero no, no es por la guerra económica que pregonan maduristas, es por la guerra que ha declarado el gobierno de Maduro a la una vez nación.

Venezuela en el abismo, producto tanto de estrategias planificadas por una elite de vocación totalitaria y fanatizada, como por su incapacidad supina para gobernar. Para ellos, como en la edad media, la lealtad a la autoridad y el fanatismo doctrinario deben conducir la gestión pública. Sus políticas de control social son aberrantes para un país que vivió la modernización. El Carnet de la Patria y las cajas CLAP resumen su búsqueda de subordinar a la población manipulándola desde sus necesidades más básicas: comida, salud, ingreso. Es un escenario catastrófico que no puede revertirse sin un cambio político que suponga la caída, no sólo del jefe del Estado y su entorno cercano, sino también de una sustantiva modificación de las fuerzas que hoy conforman el bloque de dominación: una cúpula militar y civil unida por delirios seudorevolucionarios, miedos e intereses particulares, muchos de los cuales consisten en negocios criminales e ilícitos.

¿Por qué cuesta tanto a las fuerzas democráticas capitalizar,
tanto de las condiciones socioeconómicas extremas como de sus aciertos políticos?

En un escenario abrumadoramente adverso para quienes llevan las riendas del poder y saliendo de unas negociaciones que, desde mi criterio, dejó para las fuerzas políticas democráticas un importante saldo positivo, uno debe preguntarse por qué, una vez más, estos actores políticos no saben cómo capitalizar sus ganancias. No es la primera vez. Por citar episodios recientes, no supieron aprovechar la gran energía social encarnada en las multitudinarias manifestaciones que los respaldaban cuando se sentaron a una mesa de negociación con el gobierno de Maduro a fines de 2016. Llegaron a esa mesa sin nada preparado, pescueceando muchos dirigentes por simplemente salir en la foto. La masiva participación en la consulta popular del 16 de julio de 2017, precedida por un ciclo histórico de protestas que visibilizó un debilitamiento de la polarización social que ha promovido el chavismo, es otro ejemplo en cuestión. Tampoco supieron qué hacer con ella, derrumbándose poco después, sin saber cómo actuar ante la fraudulenta elección de la Asamblea Nacional Constituyente.

Ahora, concurren a República Dominicana y muestran su mejor desempeño. Llevan asesores nacionales e internacionales, agenda, propuestas y negociadores experimentados. A Borges, a quien le tocó la conducción, se le vio serio, honesto, valiente. Pese a la debilidad y fragmentación actual de la MUD, lograron aparecer coherentes. La negociación fue respaldada por gobiernos amigos, que cuidaron de los intereses de ambas partes, pero que no cayeron en la estéril polarización política. La propuesta de los cancilleres, que el gobierno de Maduro no aceptó y que, en lo esencial, contemplaba la reposición de condiciones para las elecciones presidenciales similares a las de 2015, fue respaldada por los cancilleres de Nicaragua y Bolivia, invitados por el régimen. Desechándola, quedó expuesta la naturaleza arbitraria y autoritaria de la dictadura de Maduro. La comunidad internacional tomó debida nota, las presiones, sanciones e investigaciones al gobierno han arreciado.

Sin embargo, las declaraciones posteriores a la suspensión han carecido de la pegada que era de esperarse. Casi inmediatamente vuelven los políticos habituales a mostrar encuestas con niveles de popularidad de ciertos candidatos. Para el ciudadano de a pie, cuesta mucho entender que, si no se firmó un acuerdo, porque el gobierno se negó a dar condiciones libres, justas y transparentes para las presidenciales ni rehabilitó dirigentes ni liberó significativamente presos políticos ni aceptó el canal humanitario ni reconoció las atribuciones de la Asamblea Nacional, pareciera ser ahora para muchos partidos y dirigentes, que la discusión más importante es si vamos a las tales elecciones sin condiciones y quién va a ser el candidato.

Sin desmerecer la complejidad de actuar certeramente en un terreno tan difícil y absurdo como el que permanentemente abona el gobierno, pareciera que seguimos con muchos dirigentes y partidos débiles, inconsistentes, y/o incapaces de deponer sus intereses políticos particulares para favorecer la muy necesitada unidad de acción. A mí me bombardean por las redes con encuestas donde se señala que tal o cual candidato le ganaría a Maduro, en cualquier condición, y lo lograría pasado mañana. Muy lamentable la cortedad de visión, viniendo de políticos de oficio y después de dieciocho años viendo un gobierno que llegó inicialmente por las urnas, convertirse en una dictadura abyecta y sin escrúpulos. Muestra una imagen de actores políticos que no están a las alturas de las gravísimas circunstancias que padecemos.

Respetando opiniones de ciudadanos de si conviene o no presentarse a unas elecciones sin ninguna garantía de integridad electoral, y estando de acuerdo en que es uno de los temas que deben ventilarse, que ello sea el centro del debate de muchos partidos me parece absurdo. Sospecho que los dichos partidos son poco consistentes porque, entre otros aspectos, no son propiamente partidos. Nunca procuraron cumplir las tareas básicas que hacen de un partido un mediador respetable y eficiente entre sociedad y Estado: carecen de ese trabajo perseverante de formar sus militantes de base, de crear estructuras organizativas eficientes, de practicar democracia a lo interno, de estudiar política e historia, tener recursos independientes de los dineros públicos, o cultivar una identidad colectiva no derivada de un liderazgo personalista y mediático. Los resultados son bandazos, oportunismos, fracasos una y otra vez. Exigen pluralismo, que los tomen en cuenta, pero ¿qué en concreto aportan para la necesaria estrategia que, en este momento, de nuevo decisivo, se necesita para alcanzar el cambio político que garantice la vuelta a la democracia? ¿Elecciones sin condiciones?

Las próximas jugadas: urgencias de articulación de lo social y lo político

Ante el desencanto de muchos por el desempeño de nuestros actores políticos, dada la recurrencia de comportamientos erráticos y/o mezquinos; reconociendo el agotamiento o miedo que siente la ciudadanía, que se movilizó entusiastamente en años pasados para ejercer presión desde la calle al gobierno sufriendo represión y no viendo resultados, y entendiendo la desconfianza a un Consejo Nacional Electoral y a otro proceso electoral, que va a activarse sin garantías de ninguna clase, la estrategia política inmediata debe estar bien pensada, discutida y acordada no sólo por los políticos, sino también por organizaciones sociales y esa ciudadanía que sigue apostando por la salida pacífica y democrática.

Las ópticas deben ser amplias, trascender el hecho electoral, buscar la participación en múltiples espacios públicos e institucionales. Las elecciones sin garantías no pueden ser asumidas como si fuesen legítimas, o como si fueran ganables; son apenas un pretexto, podrían ser un recurso táctico para seguir exponiendo a Maduro al escarnio internacional y nacional, desnudando la naturaleza tiránica de su ejercicio del poder, su crueldad e incapacidad. Así también, negociaciones y conversaciones deberán continuar, exigiendo a quienes se sienten en esos espacios seriedad, desprendimiento de intereses tacaños, capacitación en este campo, pues no se puede alcanzar beneficios para la población sin preparación y sin asesoramiento profesional. Las experiencias habidas en otros países, si algo han mostrado es que las conversaciones y negociaciones son necesarias, pero deben, quienes tomen responsabilidades en ella, prepararse para saber mejor servir a los intereses de la nación. Demandan paciencia, inteligencia y creatividad. Hay que aguardar por el momento oportuno.

Son tiempos de urgente articulación de los actores nacionales entre sí, bien sean partidos, ONG y organizaciones sociales y comunitarias. La construcción de un tejido social desde abajo, más tupido, más diverso social y generacional, de múltiples identidades, que asegure un piso amplio de respaldos políticos por la democracia, sus valores y prácticas, más sólido y firme que el habido hasta ahora. Un tejido que presione a los partidos, los apoye y exija unión y rendición de cuentas. Las condiciones socioeconómicas actuales favorecen el desdibujamiento de la política polarizadora que, destruyendo la identidad que como nación nos labramos en el siglo XX, ha marcado a Venezuela desde 1998. Un discurso y una narrativa nacional alternativa a la discriminación, a la ofensa y violencia, a la esquizofrenia y disociación de la realidad del discurso oficial.

Las articulaciones deben darse también con la comunidad democrática internacional. Ella nos hace más fuertes, más seguros. Su contribución en los últimos años ha sido invalorable y debiera seguir así, para lo cual hay que cultivar y cementar las relaciones con gobiernos, parlamentos, agencias interamericanas y mundiales y demás organizaciones que hacen vida en ese nivel.

Contamos con instituciones y actores que pueden propiciar las tareas complejas de esta etapa. La Asamblea Nacional, el espacio institucional liberado del control de la cúpula militar y civil que gobierna con Maduro, es un bastión importante. La Iglesia Católica, sus obispos y organizaciones; los gremios, sindicatos, academias, universidades, intelectuales. En tiempos de dictadura la creatividad se hace más necesaria que nunca, es preciso producir acciones simbólicas, que refuercen la moral de quienes apoyan y alimentan el movimiento nacional por la democracia, acciones que eduquen en valores ciudadanos, que contrasten y denuncien la ilegitimidad de las autoridades que hoy gobiernan Venezuela. Consultas populares, autoridades paralelas, medios de comunicación alternativos, aulas abiertas para la enseñanza de historia, cultura política, todo lo que permita a los venezolanos que luchan por las libertades, saber y sentir que no están solos, que pertenecen a un movimiento que crece. El poder es el que está solo, Maduro y su conjunto de tribus militares y civiles, pegados como sanguijuelas al aparato del Estado, chupando hasta destruir las bases y recursos de la república. Pero están cada vez más aislados, en problemas y son crecientemente despreciados.

La situación que padecemos es compleja, contradictoria, paradójica. El gobierno controla poder y dinero, pero está aislado y asediado de problemas económicos y financieros; están muchos de ellos perseguidos internacionalmente por sus conductas criminales. Mucho descontento entre sus cuadros militares y civiles de niveles medios y bajos. La tiranía se viene debilitando. Tampoco pueden, quieren o saben resolver la catástrofe económica y social que engendraron. Son más vulnerables de lo que parecen. Es importante entonces comprender la realidad actual y las posibilidades de acción en ella, sin fantasías. Ser creativos y llamativos en la resistencia y confrontación no violenta. El sacrificio lo merece, por el país que queremos y merecemos ser.

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Elías Pino Iturrieta

El Panteón de los Héroes (1898), de Arturo Michelena

El tema del patriotismo pudo parecer anacrónico hasta febrero de 1992, cuando un fracasado golpe militar se escudó en la figura de Bolívar y en las hazañas de la Independencia para ganar prosélitos. Hasta entonces, solo en los actos oficiales se hablaba de los sentimientos que debía inspirar la patria. Apenas en las solemnidades del calendario cívico –dos o tres, caracterizadas por el hieratismo– se recordaba a unos personajes, a un designio y a unos símbolos capaces de inspirar conductas tan sublimes como el sacrificio supremo de la muerte. Pero nadie se daba por aludido. Los discursos sonaban en vano, sin destinatarios dispuestos a procurar la palma del martirio por los valores de la nacionalidad. Pasó distinto después de la intentona golpista.

Bastó que los militares se proclamaran “bolivarianos”, para que una multitud se atreviera a manifestar contra el gobierno mientras levantaba como enseña el retrato del Libertador. No eran manifestaciones corrientes, como la de los partidos políticos hasta entonces, sino el comienzo de una cruzada de la virtud republicana contra la perversidad de los gobernantes que traicionaron el ideal de los próceres. Es explicable que los mensajes anteriores a 1992 no provocaran entusiasmo. En Venezuela las fiestas cívicas eran un aburrido agasajo de las cúpulas, unas palabras acartonadas, la ofrenda floral y el desfile de soldaditos sin la incorporación de las masas a las efemérides. El espectáculo se veía por televisión en la modorra del asueto, o no se veía porque la gente se marchaba a descansar. Un abismo cavado desde antiguo separaba al pueblo de las celebraciones patrias.

Quién sabe desde cuando secuestraron esas celebraciones –tal vez desde los tiempos del guzmancismo– que habían provocado distancias entre el sentimiento popular y la necesidad que tiene toda sociedad de oficiar en el altar de sus glorias. Lo cierto es que no habían permitido que la colectividad tuviera fechas que las congregaran en torno a unos valores superiores e ineludibles, compartidos a la fuerza y susceptibles de producir sentimientos constructivos. Era tal la indiferencia de los venezolanos en relación con las fiestas patrias, que uno podía apostar a la falta del ingrediente afectivo sin el cual se hace difícil la articulación de la vida social. Sin embargo, cuando los “bolivarianos” se levantaron contra el presidente Pérez, resucitó la criatura que dábamos por muerta.

Una resurrección combativa, por cierto. El pregón del bolivarianismo militar se tradujo en el deseo de pelear abiertamente contra las instituciones, y en pedir a gritos un régimen de fuerza. Los patriotas debían presentarse en zafarrancho de combate con el correspondiente brazalete tricolor, con uniforme de camuflaje y con el pertrecho de las frases que pronunció el Padre antes de sacrificarse por nuestra libertad. Se inflamó un ingrediente sentimental que no había provocado reacciones colectivas desde 1902, cuando las potencias de Europa bloquearon nuestros puertos.

En el carnaval, en las aulas, en las reuniones de los sindicatos y en las conversaciones privadas, el patriotismo fue el sorpresivo convidado de honor. Más tarde el país y sus dirigentes se vistieron de amarillo, azul y rojo. Una avalancha de calcomanías que representaban a la bandera nacional, se convirtió en uniforme de miles de carrocerías. Otros miles de choferes prefirieron engalanar sus vehículos con el mapa pintado con los colores emblemáticos, o con la efigie del mero mero. Por último, la música vernácula habitó entre nosotros. Se pusieron de moda los olvidados joropos y los arrinconados capachos, el cantar recio se apoderó del rating junto con el liquiliqui en las recepciones y la carne en vara en los restaurantes. Los nuevos cantantes del folklore se volvieron ídolos de la juventud y vendieron más discos que los roqueros. Entre chanzas y veras, entre poses y conductas sinceras, entre regocijos y negocios, el empolvado patriotismo, o lo que se asumía por tal, era pieza fundamental de la existencia venezolana.

Pero una pieza capaz de descubrir una patología digna de atención. La nueva expresión del patriotismo se considera contemporánea de los próceres. Sus voceros sienten que Bolívar está presente aquí y ahora, como una especie de evangelista a mano cuyas obras resisten el paso de los siglos. Además, sienten que la Independencia todavía no ha concluido. Aquí brota en toda su magnitud lo psicótico de la vivencia. Cualquiera anda por allí, como si fuera Sucre, repitiendo las proclamas del Padre y pidiendo que las obedezcamos. Como si fuera Rafael Urdaneta, cualquiera reza en la plaza los decretos de san Simón para ordenarnos la conducta. Cualquiera anda por allí como la negra Hipólita, doliéndose de lo mal que nos portamos con ese señor a quien debemos la vida. A cada paso aparecen los Negro Primero y los Batallón Junín aprestando las batallas para el combate.

En la otra orilla están los Virrey la Serna, los Canterac, los Mariscal Morillo y los Casa León de nuestros días, esto es, las criaturas nefastas a quienes hay que derrotar con el propósito de complementar la epopeya. Es evidente cómo planean y llevan a cabo un pugilato extemporáneo. No hay duda de que protagonizan una conducta anacrónica. Nadie puede discutir que juzgan de una manera parcial y atrabiliaria los hechos históricos. Mario Briceño Iragorry criticaba a los hombres de su tiempo porque se limitaban a contemplar el pasado heroico y a vivir de su recuerdo, sin atender los reclamos de su presente. Observaba una anormalidad en la estupidez de ese envanecimiento que registraba en sus escritos de 1942. Hoy vería una enfermedad más riesgosa, no en balde la insania del patriotismo activo se resume en sucesos que, si continúa su proliferación, pueden terminar en la inauguración del manicomio nacional.

He mostrado dos ejemplos en otra parte, pero conviene remacharlos. El primero es el intento de asesinato del diputado Antonio Ríos, ocurrido en septiembre de 1992. Se acusaba al diputado de corrupción y unos delincuentes disfrazados de patriotas pretendieron ajusticiarlo basándose en un decreto de Bolívar. El decreto tiene fecha 12 de enero de 1824, se dio en situación de emergencia y ordenaba el patíbulo contra los peculadores. Ni siquiera se aplicó en su momento, pero los delincuentes lo querían ejecutar ciento sesenta y ocho años después. Algunos disparos le dieron al diputado, siguiendo la orden bolivariana.

El segundo ejemplo es un poco posterior. El 29 de agosto de 1996, un empresario solicitó al presidente Caldera que no permitiera la venta del Banco de Venezuela a inversionistas de Colombia y Perú, debido a que: “(…) no podemos olvidar que nuestro Libertador Simón Bolívar, que nació por cierto a escasos metros de la sede del Banco, murió abandonado en Colombia y nuestro Gran Mariscal de Ayacucho murió vilmente asesinado en Berruecos, Perú (sic)”. El presidente no atendió el descabellado argumento, pero nadie le reprochó nada al proponente, tan acostumbrados como estamos a la influencia de un patriotismo al uso, a quitarles a los héroes la cárcel del tiempo al que pertenecieron y las limitaciones de saber y conocimiento que agobian a todas las personas. Tan habituados estamos a considerar la Independencia como período sin confines, que resiste el paso de las generaciones para obligar a su continuación, aun cuando se haya cumplido en la centuria anterior el ciclo al cual pertenece necesariamente.

Pero, acaso sin proponérselo, la patriotería militante golpea con fuerza un mito de país sin problemas, que se había asentado en medio de la prosperidad del siglo XX. Hasta la aparición de estas vehemencias, los venezolanos nos anunciábamos como criaturas de una comarca distinta a las del vecindario. La existencia del petróleo y el mensaje bolivariano –no faltaba más– nos habían hecho más tolerantes y más democráticos en relación con el resto de los hombres de América Latina, se aseguraba; más generosos en la distribución de las oportunidades y más hospitalarios con los necesitados que buscaban amparo desde otras latitudes. Éramos, según inspiraba el mito, un crisol de razas, una comunidad ganada para la integración con las “repúblicas hermanas”. En suma, éramos el paraíso petrolero–bolivariano, definitivamente diverso frente a las sociedades que antes fueron colonias de España. Los gritos del guerrerismo “bolivariano” y el propio movimiento golpista, capaces de mover a las masas contra el establecimiento, susceptibles de anunciar la posibilidad de una violencia de naturaleza política, desvelaron el secreto que pretendíamos ignorar, aunque estuviese guarnecido en lo más recóndito de la sociedad, asomándose a ratos cuando lo permitía la república opulenta. No es cierto, mostraron los “bolivarianos”. Su propia presencia y el entusiasmo que despertaron, determinó la negación el mito.

¿Acaso no eran como los gorilas del cono sur, tan faltos de ideas como la soldadesca centroamericana, tan fundamentalistas como los oficiales del fujimorazo, tan chatos como todos juntos en la lectura de los males nacionales? El hecho de observarlos propalando sus homilías nos expulsó del edén y nos mudó al purgatorio, A un purgatorio igual o peor a los del vecino, que veíamos como cosa separada e inferior. Milicos, momios, temor, rumores, tropas en la calle contra los cívicos iracundos, gentes en fila para buscar alimento y protección, la sensación de que el régimen democrático no era duradero se convirtieron en parte del paisaje, como en los países cercanos. Nos comenzamos a parecer a los demás. Tal vez sea esa la única deuda que debamos cancelar a los “bolivarianos” que vienen destrozando el paraíso desde 1992.

Pero sería injusto achacarles muchas de las distorsiones relacionadas con el patriotismo venezolano. Lo mismo pasa con los ritualistas mencionados antes. En el fondo no hacen sino repetir el discurso propuesto a partir de 1810, cuando comienza el proceso insurgente. Lo del paraíso tropical fue pan diario en la Gaceta de Caracas, en el Semanario de Miguel José Sanz y en el Correo del Orinoco, por ejemplo. El mensaje servía entonces para ganar prosélitos, como ahora sirve para engañar incautos y para disgregar sentimientos. En el fondo no hacen más que proseguir una apologética iniciada en 1830, cuando la autonomía necesitaba la construcción de un santoral partiendo de la epopeya recién terminada. Un santoral de hipérbole que inaugura Páez y alcanza el clímax durante el guzmancismo. Los gobiernos del siglo XIX llegan a hacer una codificación tan machacona, tan invariable y tan ineludible en torno al proceso de la fundación republicana, que mueve sin solución de continuidad las actitudes masivas de la actualidad. De tanto repetirse, la codificación llega a aburrir y se aletarga, pero nunca faltan los campaneros del empíreo que se ocupan de colocarla otra vez en el cetro de la escena.

Usualmente los campaneros no se ocupan de ver que está loco el caballo blanco del Escudo Nacional, o que el bizarro animal puede simbolizar el atolondramiento de quienes lo reverencian, pues anda a galope mirando hacia atrás sin ocuparse del probable choque que le espera por andar en volandas sin fijarse en el camino. Tampoco extrañan que el escudo de la criolledad esté adornado por unas hojas tan extrañas como las olivas, que no se dan en la tierra que representa, sino en mundos remotos. Ni siquiera sienten una ronchita en el himno que coloca a los señores primero que a los siervos en sus bravías estrofas, ni se incomodan por ser tan fatuos en la predilección de su terruño cuando la letra de la misma canción asegura la existencia de una sola nación mayor y más trascendente por mandato de la divinidad. Ninguno presagia la alternativa de considerar que los valores del período fundacional corresponden a una época y a unos intereses que no deben necesariamente permanecer en lo posterior. O que responden a simpatías, antipatías y necesidades que no tienen que ser a la fuerza las nuestras.

Ciertamente los símbolos y los héroes no pueden someterse a descarnado examen. Son héroes y son símbolos. En consecuencia, son como los santos y como los objetos que testimonian la santidad. Pero no les cae mal un barniz de historicidad, una revisión de su temporalidad, un olor a cadáver y a cosas de cadáver, susceptibles de permitir un acercamiento más ponderado a sus obras. Que vuelvan después a los altares, sin que por ello los fieles se les alejen. Acaso sea una operación más edificante que poner calcomanías de la bandera tricolor en el carro, como testimonio de reverencia por la patria.

Ojalá que todo terminara en banderitas de automóvil y en gorras que evocan la heroicidad. Aunque compendian sentimientos superficiales, aunque son estereotipos que mucho ilustran sobre el descamino de sus portadores, pueden parecer inocuas. Por desdicha, las chapitas y las pegatinas solapan un absurdo sentimiento de superioridad frente a quienes no las usan a pesar de contarse entre los miembros de la misma nacionalidad; pero también, seguramente, al desprecio de los hombres que no tuvieron la fortuna de ver la luz en la Tierra de Gracia. Se llega así a una fragmentación sin fundamento objetivo, que traspasa los linderos del mapa y cuyo origen se encuentra, por lo que guarda nexos con la sensibilidad de nuestros días, en la manipulación de los procesos históricos que ha llegado a su apogeo a partir de la intentona golpista de 1992.

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(Este texto se publicó por primera vez en enero de 1998: Folios No. 301, revista editada por el

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Ascensión Reyes R

Independientemente de la decisión que adopte la Mesa de la Unidad Democrática en cuanto a participar o no en las elecciones presidenciales del 22 de abril, los analistas políticos consideran que lo importantes es que la oposición tenga una estrategia común y unitaria que permita que acciones que presionen al Gobierno

Carmen Beatriz Fernández, consultora política de Dataestrategia, destaca que puede haber buenas razones para participar y para no hacerlo. Advierte que lo peor que puede pasar es que algunos actores decidan participar y otros no. “Como es el peor escenario para la unidad evidentemente es el mejor de los escenarios para el oficialismo o el madurismo. Van a jugar a que haya actores que participen y otros que no lo hagan. Actores que inviten a votar y otros no, y que ese sea el rasgo característico que termine dividendo a la oposición”.

Sostuvo que la conclusión de la mesa de negociación entre el Gobierno y la oposición no tuvo como resultado un final deseable, porque no fue ganar ganar, pero si es de resaltar que dentro de la MUD hubo una postura unitaria. “Hubo un espíritu de cuerpo, en el cual no pasó a lo que el régimen apostó como por ejemplo que un Luis Aquiles Moreno (AD) firmara una cosa y Julio Borges (PJ) diciendo que no firmaría. “La unidad es muy importante y el hecho político en República Dominicana terminó siendo positivo para la unidad”.

Dentro de su análisis, afirma que se puede manejar la abstención como una participación electoral activa. “Como un mecanismo de protesta. Lo fundamental es que se haga con espíritu de cuerpo y se mantenga la unidad”.

Está claro, dijo, que habrá actores participando quizá Leocenis García o el embajador Julio César Pineda, pero resaltó que lo importante es que dentro de los partidos más importantes de la MUD no haya outsiders o aventureros.

Personalmente, es partidaria de votar. Razonó que hay que participar cada vez que se tenga la oportunidad. “Votar en dictaduras es posible, pero tiene unas características particular y el elector las debe saber. No se puede asumir con la alegría de la fiesta electoral, porque el proceso es distinto. Evidentemente se tiene lo que se llama la cancha inclinada. Un juego de futbol en que la cancha está en una pendiente y hace más fácil que los goles entren para el equipo del Gobierno”.

Fernández afirmó que el sistema electoral venezolano con los últimos ajustes que se han hecho se ha convertido en un sistema de opresión social. “La última vuelta de tuerca que se le dio al sistema electoral digamos que esa cancha inclinada ya no es inclinada, sino prácticamente vertical y a la oposición le toca estar abajo y lo que hace imposible que se meta gol arriba donde juega el adversario gobiernero”.

Pese a esta circunstancia opinó que aún así es posible participar electoralmente como un mecanismo de agitación social y activación democrática. “El hecho que se esté en dictadura, como en el caso venezolano, no tiene que decirse que se hayan perdidos los hábitos democráticos y la capacidad y el entusiasmo democrático. La cultura democrática está muy instaurada en los venezolanos”.

Describió que un sistema electoral saludable cumple con una máxima, una condición rígida y resultados desconocidos. “Normas ciertas resultados inciertos. El sistema electoral venezolano tiene cada vez más normas flexibles, que cambian minuto a minuto, y el resultado es predecible: La reelección de un presidente tremendamente impopular, porque es una elección hecha a la medida del traje del dictador que está estrenando Maduro. Con esas condiciones de entrada se puede llamar a votar, pero sin engañar al electoral. Esa es parte del reto”.

Acciones para originar presión

Félix Seijas, director de la encuestadora Delphos, coincidió con Fernández. El punto central no es: votar o no, sino que la decisión que se tome forme parte de un plan u hoja de ruta para empezar la transición. “Una transición que acerque a los venezolanos a sus deseos de cambio. Si se participa y eso forma parte de ese plan será un acierto y si no, un desacierto y se repetirán los errores de 2017”.

El encuestador apunta que en ese plan debe existir unidad en ese bloque político cohesionado para generar acuerdos y que sean cumplido por todos. Y si se logra eso para esta elección será un acierto.

Puntualizó que si se decide participar, se debe tener claro que el objetivo no es solo ganar los comicios, sino tener una repuesta clara que servirá de pivote para acciones que origine más presión al gobierno. “Para ganar la oposición tiene que dividir las cosas en dos: tendrá que llevar más votantes que el Gobierno y tendrá que rescatar la confianza en el liderazgo que lo convoca. Además, mostrar al país las posibilidades que tiene de hacer algo pese a las condiciones adversas en las que compite. Gane o no tendrá como reclamar. Sin tumbar esas dos barreras se darán resultados desfavorables”.

Apunta que la pregunta es: ¿Puede el CNE declarar ganador a un candidato opositor que logre lleva más votos que el Gobierno? Él mismo responde: “A la luz de las condiciones actuales es difícil. El Gobierno hará movimientos y habrá condiciones que no garantizarán que el resultado sea respetado”.

Sobre la abstención observa que también debe responder a un plan más amplio. “Un plan de no reconocimiento a una elección ilegítima y que va en contra de los principios elementales. Ese resultado ilegítimo puede alinear a la comunidad internacional para no reconocer ese triunfo y eso le traerá más problemas al Gobierno porque no solo será la ANC ilegítima sino también un Ejecutivo ilegítimo”.

La abstención como mensaje político

Francine Jácome, directora del Instituto Venezolano de Estudios Sociales y Políticos, sopesa que la decisión de participar o no en las presidenciales es difícil de tomar por el clima de incertidumbre que se vive. Si bien observa que las condiciones existentes son adversas para el voto porque llevan directamente a la reelección de Nicolás Maduro también, señala que la abstención históricamente no ha rendido ningún fruto en Venezuela.

Recordó que la no partición en 2005 dio como resultado una Asamblea Nacional totalmente dominada por el oficialismo y que los más recientes resultados fueron una ANC también en manos del chavismo y la mayoría de los municipios copados por esta corriente.

Para ella también, lo más importante es que la oposición logre diseñar una estrategia unitaria de mediano plazo. “Si nos vamos a abstener cuáles son las alternativas y mensajes a los ciudadanos y cuáles son los resultados de esa abstención. Si se decide participar habrá divisiones serias que debilitarán más a la oposición. ¿Cuál es la estrategia que sea unitaria que vaya más allá de los intereses de los partidos y personales? Si no hay estrategia unitaria será muy difícil el panorama en e futuro”.

Destaca que con la estrategia unitaria se podría enfrentar el fraude siempre y cuando esté bien documentado. “Fue un error cantar fraude en las elecciones de gobernadores cuando con excepción del estado Bolívar no se pudo demostrar. También, es necesaria la organización para cubrir las mesas electorales en esos comicios 60% de ellas estaban sin testigos de la oposición. Si se participa sin organización será difícil documental el fraude. Una cosa es votar y otra cosa, es elegir”.

Está de acuerdo con la abstención si se trata de una acción coordinada y hay una estrategia alrededor de ella que demuestre que no existen las condiciones para elegir, que no es una elección que cumple con los parámetros mínimos de universalidad y libre. “Pero lo importante de esa estrategia es demostrar porque se abstiene la ciudadanía. Habría qué ver las personas que se van a abstener. Que sea más bien una abstención organizada con un mensaje político, no individual de yo no voy a votar”.

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Roberto Casanova

I
Un país por reconstruir

1. La situación actual de Venezuela requiere, a quienes continúan bregando por un mejor país, alternar la acción pública entre dos modos: el modo rebeldía que impulsa a rechazar, en cualquier contexto, a la dictadura que oprime, roba y empobrece, y el modo reconstrucción que incita a emprender la forja de un porvenir de libertad, justicia y prosperidad. No son modos excluyentes. De hecho, se precisan mutuamente. La lucha por desalojar del poder a la minoría usurpadora será fortalecida si se prefigura, con acciones y palabras, el futuro deseable. Pero ese futuro no llegará si esa rebeldía no tiene éxito hoy. Y aunque es cierto que en diversos contextos la reconstrucción empezará propiamente después de la dictadura, incluso allí el diseño de los cambios necesarios y el desarrollo de capacidades para materializarlos tienen que comenzar ahora.

2. Venezuela es un caso inaudito de una sociedad que, sin haber vivido un conflicto bélico, presenta los síntomas característicos de una posguerra. La capacidad destructiva del socialismo, agravada por la rapacidad, la arrogancia y la incompetencia de los grupos que monopolizaron el poder, tiene en Venezuela un caso que pasará a los anales de la historia. El sufrimiento humano ocasionado por la revolución, en su intento de implantar un proyecto neocomunista, es inconmensurable y la tarea de la reconstrucción será enorme. Esta demandará lo mejor de los venezolanos: inteligencia, magnanimidad, fortaleza. También les exigirá claridad en el diálogo de las ideas.

II
La vigencia del debate doctrinario

3. En ocasiones se argumenta que el país no necesita más diagnósticos y que las soluciones a sus problemas son evidentes, que no es tiempo de debates doctrinarias. Esto es un error. Basta preguntarse, solo como ejemplo, si acaso son equivalentes una política orientada a regular directamente el proceso económico a una política destinada a promover el orden macroeconómico y la libre iniciativa privada. O, de manera similar, si no hay diferencia entre una política social basada en una supuesta justicia redistributiva a una política social que ayude a las personas a desarrollar sus capacidades productivas. En estas opciones subyacen distintas visiones de la sociedad, de la economía, del Estado. En otras palabras, diferentes doctrinas económico políticas.

4. En realidad, cada política pública o cada cambio institucional se apoya, inevitablemente, en una interpretación de la realidad, una valoración de prioridades, una escogencia de medios. El ejercicio del poder no es reducible a un asunto de técnicas y de gerencia. El debate entre doctrinas es una dimensión inseparable de la política. La política, en un sentido profundo, trata de la representación, difusión y evolución de visiones alternativas de la sociedad. Desde esta perspectiva es comprensible cómo una misma política pública puede parecer razonable o desatinada para diferentes sectores: ello depende de las visiones de las cuales tales sectores son portadores.

5. Una estrategia de reconstrucción para Venezuela puede inspirarse en la llamada economía social de mercado. Esta es la expresión de una doctrina más amplia que integra ideas provenientes de la ciencia económica, el derecho, la politología, la sociología, la filosofía y la moral. Esa doctrina fue llamada ordoliberalismo por algunos de sus creadores. Con tal término querían indicar que la libertad debe ser el valor fundamental en una sociedad moderna y que ella es compatible con la creación de un orden social próspero, justo y pacífico.

III
La economía social de mercado

6. Un programa triple. El ordoliberalismo es, en primer lugar, un programa moral que asume a la dignidad y a la libertad como los valores esenciales a los que una sociedad civilizada debe aspirar. Los otros valores que también promueve –la propiedad privada, la responsabilidad individual, la paz social, la subsidiariedad y la solidaridad– se articulan de diversas formas con esos valores centrales. Es una propuesta moral compatible con el sistema de los derechos humanos [1]. El ordoliberalismo es, en segundo término, un programa de investigación científica que se caracteriza por su perspectiva sistémica. Concibe a la economía como un sistema basado en un conjunto de reglas –en parte diseñadas, en parte productos evolutivos– que sirve de marco a incontables decisiones individuales que generan un orden no diseñado por nadie en particular. Parte, además, de la idea según la cual la economía, como sistema, no es comprensible si no se considera su constante interacción con los otros sistemas de la sociedad: el político, el jurídico, el moral, el cultural, el ambiental. De allí su carácter interdisciplinario. El ordoliberalismo es, por último, un programa político, amplio y flexible, que puede ser adaptado, con la debida sensatez, a distintas realidades nacionales. Veamos algunos de sus postulados básicos.

7. La competencia. Solo una economía de mercado es compatible con la libertad de las personas y permite, por tanto, el despliegue de su capacidad creadora y de su espíritu emprendedor. Esa es, claro está, una idea central de la economía social de mercado. Pero –y he aquí una muestra de mesura de esta doctrina– no es cualquier economía de mercado de la que se habla. Se trata, específicamente, de una economía en la que exista la mayor competencia posible entre los agentes económicos o, lo que es igual, en la que no existan monopolios ni carteles. En un mercado como ése la única forma de progresar es produciendo y haciendo cosas que los demás consideren valiosas. Su surgimiento, sin embargo, no es algo que ocurrirá enteramente por sí solo. Ha sido y será necesario que el proceso político moldee el marco de instituciones dentro del cual se desenvuelva el proceso económico. Instituciones surgidas de la evolución histórica (como la propiedad privada) tienen que ser así complementadas con otras conscientemente diseñadas (como la política antimonopólica). Esta “constitución” económica busca asegurar a cada quien un ámbito de acción propio y la posibilidad de descubrir y aprovechar oportunidades en el entorno. La competencia, cabe agregar, no es un principio que debe aplicarse solo a los actores privados y bien puede extenderse a la prestación de diversos servicios gubernamentales (salud, educación, seguridad social, etc.). Así, el ciudadano, beneficiario del financiamiento público, sería empoderado y tendría libertad para elegir el proveedor que le preste mejor servicio.

8. La estabilidad económica. La economía social de mercado sostiene que el esfuerzo por crear un orden de competencia será inútil si no se garantiza la estabilidad del valor del dinero. El logro de tal objetivo requiere sustraer de los gobiernos el poder para cubrir sus requerimientos financieros mediante la emisión de moneda. Todo gobierno es propenso, sea por falta de visión o por irresponsabilidad, a claudicar ante esa incitación y deben crearse las barreras institucionales para evitarlo. Este es un principio hoy ampliamente compartido y no es casual que la inflación, tan vieja como el poder gubernamental sobre el dinero, haya sido controlada en la mayoría de los países. De cualquier modo es importante entender que la inflación es más que un problema monetario. Es también un problema fiscal y, en última instancia, político. Los gobiernos que dependen críticamente del gasto para mantener su legitimidad y/o el apoyo de grupos de intereses pueden verse impulsados, agotadas o seriamente limitadas sus otras fuentes de financiamiento, a acudir al financiamiento monetario para cubrir sus déficits. Y ello siempre ha tenido nefastas consecuencias en las condiciones de vida de la población.

9. La inclusión social. La economía social de mercado sostiene también que la dinámica de un mercado competitivo puede dejar al margen a personas o grupos. En tal sentido, las personas son pobres, en la mayoría de los casos, por estar excluidas no por ser explotadas. Es importante, además, trascender la visión de la pobreza como un asunto solo relativo a bajos ingresos o pocos activos. ¿Cómo puede lograrse entonces la superación de la pobreza? Expresado en forma concisa: ayudando a las personas a desarrollar sus capacidades y promoviendo oportunidades para que puedan ejercerlas de acuerdo con sus planes particulares. La sociedad y el Estado deben hacer lo requerido para que todas las personas disfruten de las mínimas condiciones para vivir dignamente, adaptándose a un entorno económico en constante cambio. Pero según la economía social de mercado ello debe hacerse –otra muestra de sensatez– de tal manera que, en sintonía con el principio de subsidiariedad, las personas desarrollen y mantengan capacidades productivas que les permitan responsabilizarse de sus vidas (a menos que sean afectadas por circunstancias adversas cuya ocurrencia no puede atribuírseles).

10. La productividad como eslabón. La productividad y su constante crecimiento es un factor clave para entender la propuesta de la economía social de mercado. Solo una economía competitiva impulsa a las empresas a ser cada vez más productivas, disminuyendo sus costos y sus precios relativos. El principal beneficiario de esa dinámica es, desde luego, el consumidor, es decir, todos (esta es, de hecho, una de las razones para calificar como “social” a una economía de mercado competitiva). Ahora bien, empresas cada vez más productivas pueden ofrecer empleos de creciente calidad y mejores remuneraciones. Estos empleos serán ocupados por personas con mayores capacidades productivas. Personas mejor remuneradas expandirán los mercados y las oportunidades para el emprendimiento. El mayor dinamismo de una economía como ésta le hará capaz de generar la masa de impuestos necesaria para financiar, por una parte, los bienes públicos que impulsen aún más la actividad económica y, por la otra, una política social que hagan más productivas a las personas. Dentro de este círculo virtuoso el crecimiento de la productividad es, pues, el eslabón que une el crecimiento económico y el bienestar social.

11. El ambiente. El énfasis que se coloca en la productividad puede conducir al “productivismo”, desconociéndose los efectos desfavorables del crecimiento de la economía sobre otras dimensiones de la vida social y sobre el entorno. Los aspectos ecológicos, en particular, han sido ampliamente considerados por la economía social de mercado. Al respecto, su posición es que vivimos una crisis ambiental (y se equivocan quienes lo niegan) pero no se trata de una crisis apocalíptica (y exageran quienes así lo plantean). Frente a tal crisis es necesaria la participación del Estado, de las empresas y de la sociedad en general. La relación armónica entre mercados y ecosistemas es posible si se crea un marco institucional adecuado y se diseñan políticas públicas apropiadas. En muchas ocasiones la correcta asignación de derechos de propiedad permitirá resolver los problemas de sobre explotación de bienes públicos. Algo poco sorprendente pues los bienes que no son poseídos por alguien en particular, individuo o grupo, suelen recibir poco cuidado. En los casos en que tal asignación de derechos de propiedad no sea viable es necesario que la regulación estatal exija a los particulares que internalicen en sus costos el impacto que su acción tenga sobre el ambiente. De cualquier modo, la solución del problema ambiental va más allá de arreglos institucionales y políticas públicas y el desarrollo de una mayor conciencia ecológica en la ciudadanía es imprescindible.

12. El poder y la captura de renta. La importancia que la economía social de mercado otorga a la libertad le lleva a considerar cuidadosamente la problemática del poder. La amenaza a la libertad aparece con mayor fuerza, como es obvio, cuando el poder se concentra en pocas manos. La competencia, clave de ese equilibrio, puede ser falseada o limitada. También lo pueden ser los diversos programas que normalmente ejecuta un Estado. Por ello uno de los temas centrales del ordoliberalismo es el equilibrio en la distribución del poder. Debe prestarse especial atención a cómo lograr que instituciones políticas y económicas no sucumban ante la presión de grupos de interés y sirvan genuinamente a la ampliación de las posibilidades de acción de los ciudadanos. La noción de instituciones “extractivas” es reciente y diversos autores consideran el fenómeno que dicha noción describe como la causa cardinal del fracaso económico de los países. Pero hace mucho tiempo los fundadores de la economía social de mercado ya habían señalado la perversión que significaba la captura del Estado por los grupos de poder y la necesidad de enfrentarla con firmeza.

13. La democracia y sus límites. Una sociedad es plural cuando los distintos poderes (político, económico, religioso, cultural, etc.) no se acumulan en las mismas manos. En una sociedad como esa resulta difícil que grupos de poder sean capaces de mantener un sistema de opresión duradero sobre el resto de los ciudadanos. Por otra parte, en una sociedad plural es improbable que una mayoría pueda adoptar medidas discriminatorias ni crear privilegios de ninguna naturaleza. Este hecho puede entenderse como una limitación a la voluntad de la mayoría. Y efectivamente lo es. Nada puede ser realmente ilimitado en materia política. En una democracia lo más importante es que los ciudadanos no estén sometidos a un poder superior y arbitrario y que puedan obligar a sus gobernantes a actuar con apego a principios que garanticen la libertad. Solo un Estado que establezca, a la vez, la libertad y la responsabilidad de los ciudadanos puede hablar legítimamente en nombre del pueblo, plantea el ordoliberalismo.

14. Cultura y capital social. Una economía social de mercado no funcionará igualmente bien en cualquier contexto social. La valoración social del trabajo, el sentido de continuidad y del ahorro, el respeto a la propiedad ajena, el deseo de autonomía y el manejo de la incertidumbre, la responsabilidad y la honradez, entre otras actitudes, son esenciales para garantizar el buen desempeño de esa economía. Es difícil imaginar que ella pueda operar adecuadamente sin el llamado “capital social”, es decir, la mutua confianza que nace de la disposición de las personas a comportarse con decencia y responsabilidad. El mantenimiento y desarrollo del civismo y del espíritu comunitario es pues otra de las preocupaciones de la economía social de mercado. No es un asunto que simplemente relegue a otras esferas del pensamiento social y de la acción política.

15. Un nuevo humanismo. La economía social de mercado tiene, como puede apreciarse, raíces humanistas. En su fundamentación se encuentra una visión realista pero esperanzada del hombre, una antropología filosófica en conexión con una opción moral. No es casual que varios de los pensadores que le dieron forma se inspiraran en sus convicciones cristianas, tanto católicas como protestantes. Aunque en realidad ella puede asociarse, sin dificultad, a filosofías sociales seculares que también colocan al ser humano en el centro de sus reflexiones y prácticas. La economía social de mercado no es, al fin y al cabo, una doctrina confesional.

16. Desde esta perspectiva moral, teórica y política, la economía social de mercado ofrece un conjunto de postulados estratégicos: equilibrar el poder en nuestras sociedades, liberar al Estado y a la economía de la captura de renta, garantizar la estabilidad macroeconómica, promover las capacidades productivas individuales, incentivar la competencia y el emprendimiento, ofrecer oportunidades educativas a todos, apoyar solidariamente a los sectores rezagados, proteger el ambiente, dialogar públicamente sobre los asuntos colectivos. Estos son postulados que pueden ser ampliamente compartidos. Ellos resuenan favorablemente en quienes defienden la libertad y el emprendimiento, pero también en quienes se preocupan por la pobreza y la desigualdad. La economía social de mercado se caracteriza por su carácter centrista.

IV
En el debate de las ideas

17. Las nociones de izquierda y derecha han sido objeto, durante mucho tiempo, de largos e intensos debates. Es común escuchar que tales nociones perdieron vigencia, si es que alguna vez la tuvieron. Se afirma que ellas corresponden a idearios rígidos (que no pueden adaptarse a las diferentes sociedades), insuficientes (que dejan de lado asuntos relevantes) o superados (que pueden ser integrados, en parte, en otras visiones). Estas afirmaciones, sin embargo, contrastan con el uso generalizado que de tales nociones se continúan haciendo. Izquierda y derecha siguen siendo útiles en la política. En realidad, estos términos permiten aún distinguir posiciones sobre temas relevantes. Ello aplica no solo a viejos temas sino también a otros recientes. La crisis ecológica, por ejemplo, no es un asunto “transversal” que no encaje en la distinción izquierda vs. derecha: no resulta difícil identificar una ecología de izquierda y una de derecha. Los términos en cuestión no son pues “cajas vacías” que, en cada contexto histórico, puedan ser llenadas con cualquier contenido (a pesar de que estos contenidos efectivamente hayan variado a lo largo del tiempo: a fines del siglo XVIII el liberalismo era izquierda que se oponía al conservadurismo monárquico, de derecha).

18. En términos muy estilizados puede decirse que, en la actualidad, las posiciones de izquierda enfatizan el valor de la igualdad, acusan al mercado de generar pobreza y desigualdad, plantean la necesidad de la intervención del Estado para regular a la economía y para redistribuir la riqueza. Las posiciones de derecha, por su parte, privilegian la libertad y la propiedad privada, afirman que la desigualdad es inherente a la condición humana y solo aceptan como posible la igualdad ante la ley, acusan al Estado de ser fuente de distorsiones e inequidades y proponen limitar su ámbito de acción. Existen, desde luego, matices dentro de estas posiciones. No toda la izquierda, por ejemplo, niega al mercado aunque siempre lo subordine a la acción estatal; esta posición contrasta con otras que aspiran a eliminar la propiedad privada e instaurar la planificación centralizada. De modo semejante, dentro de la derecha existen diferentes posiciones con respecto al Estado, desde quienes proponen un Estado mínimo, limitado a funciones policiales y de seguridad, hasta un Estado limitado que debería tener también responsabilidades en materia social. Tanto en la izquierda como en la derecha hay defensores de la democracia y de la autocracia. Hay también nacionalistas en uno y otro extremo. En realidad, dadas estas diferencias, quizás resulte mejor hablar de derechas e izquierdas, en plural. Aun así, el núcleo de ideas que las distingue sigue teniendo validez.

19. Las sociedades son siempre más complejas que las doctrinas que creamos para interpretarlas y actuar en ellas. En la defensa de la libertad ha sucedido que se haya prestado poca atención a la concentración del poder económico y éste haya acabado estrechamente asociado al poder político. Se han generado así instituciones excluyentes y, en casos extremos, la búsqueda de la libertad económica ha conducido a su negación en lo político. Ha ocurrido incluso que regímenes que se declaran liberales han establecido políticas nacionalistas y proteccionistas, negando la libertad que decían defender. De modo semejante, gobiernos de izquierda han ocasionado, en procura de la igualdad, el crecimiento del Estado, la violación de la propiedad privada y de la libertad, el surgimiento de castas dominantes. Así, posiciones de izquierda y de derecha han acabado concentrando el poder en manos de algún sector, promoviendo la captura de renta y violentando la libertad. En la práctica, dichas posiciones han parecido girar en torno a la disputa por el poder. ¿Quién debe mandar en una sociedad, el poder económico privado o el poder de las élites que ocupan al Estado?, parece ser la pregunta cuya respuesta las ha enfrentado.

20. La economía social de mercado defiende la libertad y la propiedad privada (algo que la haría de derecha), pero entiende que la desigualdad es fuente de conflictos y debe ser enfrentada (lo cual la haría de izquierda). Para el logro de ambos objetivos propone, ante todo, garantizar la competencia, expresión de la libertad para elegir. Asume que la competencia es un medio no solo para el logro de objetivos económicos como el crecimiento o la eficiencia, sino también (y, quizás, principalmente) un medio para frenar el poder de agentes y organizaciones económicas. Por otra parte, reconoce que la competencia en el mercado conlleva siempre el surgimiento de desigualdades pero que estas, lejos de ser perjudiciales para el bienestar, son expresión del dinamismo y progreso de la economía. De cualquier modo, este tipo de desigualdad puede y debe ser minimizado mediante una política social subsidiaria que ayude a las personas a desarrollar y actualizar sus capacidades productivas, laborando así en empleos de creciente calidad. Pero la economía social de mercado advierte sobre otro tipo de desigualdad, la asociada al poder y sus privilegios. Un reto es entonces dar forma a instituciones justas, al servicio del interés general. Un Estado no capturable no será fuente de desigualdades y podrá centrarse en el cuidado de la competencia y en el desarrollo de las capacidades productivas de la gente. Así, en síntesis, una economía de mercado puesta al servicio del equilibrio social debe impedir al poder político ser una fuente de privilegios, debe suprimir las estructuras monopólicas y debe hacer prevalecer en todos los casos la libertad. Se ve pues que el centrismo de la economía social de mercado descansa en sólidos postulados y dista de ser expresión de simple pragmatismo [2].

21. La economía social de mercado es crítica de lo que puede llamarse capitalismo rentista, producto del intervencionismo estatal y de la acción de los grupos de interés. Rechaza también al socialismo, inevitablemente estatista, que hoy mantiene maniatadas a sociedades como la cubana o la venezolana, y que pretende ser la única forma de mejorar las condiciones de vida de los sectores populares. Se distingue, asimismo, del llamado neoliberalismo y de la indiferencia que este ha demostrado, en diversos países, por los aspectos sociales y políticos del desarrollo.

V
Antecedentes de una doctrina

22. La economía social de mercado permitió la extraordinaria recuperación económica de Alemania Occidental finalizada la Segunda Guerra Mundial. Ella se convirtió, en su momento, en una opción doctrinaria para quienes no se identificaban con un liberalismo permisivo que no quiso o no pudo hacer frente a la concentración del poder económico, por una parte, ni con el totalitarismo (tanto comunista como fascista) y su temible concentración del poder político, por la otra. La economía social de mercado surgió como una manera concreta de combinar la libertad y el bienestar de las personas con un orden político orientado a evitar la acumulación de poder de cualquier naturaleza. Y aunque la propia Alemania se haya alejado algo de estas ideas, la economía social de mercado permanece como una valiosa referencia.

23. En su momento, la economía social de mercado fue calificada como una “tercera vía”. Esta fue, sin embargo, una idea poco afortunada. Muchos entendieron que ella promovía una economía de mercado pero intervenida por el Estado. Fue necesario que algunos pensadores ordoliberales precisaran que, en realidad, no existía una alternativa a una economía de libre mercado que no fuese alguna forma de colectivismo. Para ellos el dilema entre libertad y opresión era fundamental y no debía ser minimizado. Pero todavía hay quien piensa hoy que la economía social de mercado está a mitad de camino entre el liberalismo y el socialismo. Es un error que nace del abuso del término por otras doctrinas como la socialdemócrata. La economía social de mercado promueve, sin reservas, un sistema económico de libre mercado y competitivo. Mantiene que el gobierno debe ayudar a perfeccionar ese sistema mediante adecuadas reglas: su función no es intervenirlo o sustituirlo. La economía social de mercado, en su versión originaria, no es intervencionista.

24. La economía social de mercado no constituye un cuerpo intelectual cerrado. No es el “modelo alemán” a copiar sino una manera de acercarse, a partir de determinados valores morales, con prudencia y con sentido de la interdependencia social, a los diversos problemas económicos de cada realidad nacional. Se podría, incluso, invertir la relación y afirmar que fueron los alemanes quienes, recuperando la sensatez, arribaron a esas ideas, tal como lo han hecho luego, en otras circunstancias, distintas sociedades. La economía social de mercado es, en definitiva, economía de sentido común y el ordoliberalismo, un liberalismo sensato. Por ello no sería sorprendente que muchos compartiesen esa doctrina sin saber de su existencia.

VI
Hacia una estrategia de reconstrucción

25. Varias líneas de acción definen, desde una perspectiva que se inspira en la economía social de mercado y que atiende a la especificidad de Venezuela, el desafío de la reconstrucción. El país debe pasar:

i) De un régimen usurpador a una república genuina.

ii) De un régimen de “enchufados” a un Estado sin “toma corrientes”.

iii) De la hiperinflación a la responsabilidad macroeconómica.

iv) De una petrosociedad a una sociedad pospetrolera.

v) De la concentración económica a un pueblo de propietarios.

vi) De la dictadura económica a una economía de emprendimiento, inclusiva y sostenible.

vii) De los monopolios gubernamentales al empoderamiento ciudadano.

viii) De una política social discapacitante a una política social capacitadora.

ix) Del centralismo al federalismo.

x) Del estatismo y el militarismo a la civilidad.

xi) De la crisis de la política a una nueva democracia.

Estas grandes líneas de acción, que se refuerzan mutuamente, pueden servir de marco para diseñar y ejecutar políticas específicas. El esbozo de tales líneas será el tema de un próximo artículo.

***

Notas:

[1] Es común que se incluya también a la “justicia social” como uno de los componentes del proyecto moral que constituye a la economía social de mercado. Ese es, sin embargo, un término equívoco. Basta aclarar aquí que para la economía social de mercado, la justicia social no se basa en la creencia según la cual el enriquecimiento de una parte de la sociedad es la causa del empobrecimiento de otra parte de ella. En una sociedad moderna los ingresos son obtenidos por cada quien en un proceso dinámico que depende, en última instancia, de la valoración que haga la sociedad de los bienes que la persona produce o de los servicios que presta. En ese sentido, los ingresos no son repartidos sino ganados. Ello no significa que una elevada concentración de la riqueza no sea algo odioso para muchos o que no existan modos ilegítimos de enriquecerse. Ambos problemas pueden, evidentemente, comprometer las posibilidades de convivencia pacífica y de desarrollo de las sociedades.

[2] Diversos autores defienden hoy ideas muy cercanas a las de la economía social de mercado, al parecer sin saber de ella. En un libro relativamente reciente, por ejemplo, se puede leer: “En una economía socialista, el sistema político controla los negocios; en un sistema capitalista de compinches, las empresas controlan el proceso político. La diferencia es mínima: en cualquier caso, la competencia no existe y la libertad se reduce. Sin competencia, la vida económica se convierte en injusta, favoreciendo a los conectados. La competencia es el ingrediente mágico que hace que el capitalismo funcione para todos” (Zingales, Luigi. A Capitalism for the People: Recapturing the Lost Genius of American Prosperity, USA: Basic Books. 2014).

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