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Opinión

Douglas Barrios y Miguel Ángel Santos

Si es verdad aquello de “es la economía, estúpido”, la hiperinflación que arropa a Venezuela debería ser más que suficiente para señalar el fin de un modelo de dominación social que ha devastado al país en dos décadas. El problema está en que la posibilidad de que las hiperinflaciones generen transiciones políticas favorables a la democracia depende precisamente de la naturaleza del sistema político en el momento en que estas ocurren. Con la autocracia de Nicolás Maduro en pleno apogeo, la estupidez radica en creer que será la economía el catalizador del cambio.

Para saber si un país ha entrado en la hiperinflación se suele utilizar la cota de 50 por ciento de inflación mensual acuñada por Phillip Cagan en 1956. Es un criterio fácil de medir, si no fuera porque el Banco Central de Venezuela no publica cifras de inflación desde el año 2015. Este vacío de información oficial ha sido llenado por varias fuentes complementarias. La Asamblea Nacional prepara su propio índice de precios al consumidor, según el cual la inflación de noviembre y diciembre pasados fue de 57 por ciento y 85 por ciento, respectivamente. El Instituto de Tecnología de Massachusetts tiene una página pública, que registra las variaciones de precios recabadas semanalmente a través de una aplicación telefónica, según la cual la inflación en noviembre fue de 43 por ciento y de 146 por ciento en diciembre (248 por ciento en el caso de alimentos). Otras fuentes independientes también apuntan a noviembre como el inicio formal de la hiperinflación, y coinciden en ubicar la inflación de cierre para 2017 en cerca de 2700 por ciento.

Este desquicio es en buena medida producto de la creación de dinero para sustituir los ingresos fiscales que se han desvanecido, tras una recesión que ha destruido el 40 por ciento de la economía en cuatro años. La creación de dinero en octubre pasado representaba el 79 por ciento de los ingresos fiscales del gobierno. Esta tendencia se aceleró en los dos últimos meses de 2017. Solo en la semana del 15 al 22 de diciembre, el gobierno creó dinero equivalente a cuarenta millones de salarios mínimos mensuales.

Cuando se piensa en la catástrofe de Venezuela, uno se siente tentado a creer que la hiperinflación puede ser el catalizador de una transición hacia la democracia. Sin embargo, hacer predicciones políticas a partir del desempeño económico de un país es un ejercicio arriesgado. Si alguna lección se puede extraer de las experiencias previas de hiperinflación es que es mejor no apresurarse a sacar conclusiones.

Dado lo inusual de las hiperinflaciones, la posibilidad de establecer paralelismos entre el destino de los países que sufrieron hiperinflación también es limitada. Los dos últimos casos, Zimbabue y República del Congo, se remontan a diez y veinte años, respectivamente. Pero es esa misma rareza lo que convierte a la experiencia de los países que han sufrido hiperinflaciones en el único espejo a través del cual vislumbrar lo que podría esperarle a Venezuela.

En los últimos setenta años han ocurrido 37 hiperinflaciones en 29 países —hay ocho repitientes—. La duración de estos procesos depende de cuán funcional sea la democracia de ese país en el momento hiperinflacionario. Las hiperinflaciones en países autoritarios suelen durar más. Los diecisiete casos que se cuentan en esta categoría han durado catorce meses en promedio, dos veces más que los veinte casos que se registraron en contextos más democráticos. Entre los primeros se cuentan las dos hiperinflaciones más largas de la historia, Nicaragua de 1986 a 1991, 63 meses, y Azerbaiyán de 1992 a 1995, 36 meses.

También existen grandes diferencias en términos de la intensidad. En contextos autoritarios, la inflación promedio en el punto de máxima intensidad equivale a duplicar los precios cada seis días. Aquí se incluyen los casos más extremos, ocurridos en enero de 1994 en Yugoslavia y en noviembre de 2008 en Zimbabue, donde los precios llegaron a duplicarse cada dos días. En el grupo de países más democráticos, los precios llegaron a duplicarse en promedio cada veintidós días en el momento de mayor aceleración inflacionaria.

Las hiperinflaciones más prolongadas e intensas ocurren de forma casi exclusiva en contextos autoritarios. Las tendencias hiperinflacionarias recuerdan la tesis de Amartya Sen, según la cual todas las hambrunas que se han registrado en la historia han sucedido en contextos autoritarios. De modo semejante, un sistema democrático de rendición de cuentas disminuye las posibilidades de una hiperinflación intensa y prolongada.

La pregunta más relevante es si la hiperinflación puede ser un catalizador de transiciones políticas hacia la democracia. A pesar de sus devastadoras consecuencias sociales y económicas, no existe evidencia de que las hiperinflaciones sean por sí mismas capaces de liberar una fuerza democratizadora. Tres años después del fin de la hiperinflación, 24 de los 37 casos no habían experimentado cambios significativos en sus niveles de democratización. Esta conclusión no varía si solo consideramos hiperinflaciones ocurridas en contextos autoritarios. La frecuencia con que han ocurrido transiciones democráticas en estos casos —incluyendo Polonia con Lech Wałęsa y Nicaragua con Violeta Chamorro– no difiere significativamente de la frecuencia con que ocurren transiciones democráticas en países autoritarios que no hayan sufrido hiperinflaciones.

Irónicamente, las hiperinflaciones sí pueden ser un catalizador de transiciones políticas en los países democráticos, aunque en la dirección equivocada. Las transiciones hacia regímenes autocráticos en el contexto de una hiperinflación —entre las que se cuentan Lukashenko en Bielorrusia y Pinochet en Chile– son siete veces más probables que en democracias donde no ocurrieron hiperinflaciones.

Este es un giro relativamente predecible. Las hiperinflaciones traen consigo grandes desequilibrios sociales. Los hábitos y costumbres con que las sociedades han funcionado hasta entonces resultan inocuas para hacerle frente al caos generalizado. Todo esto suele llevar a la tentación de buscar una figura autoritaria e investirla de poderes especiales a cambio del restablecimiento del orden.

Durante años, los venezolanos han recurrido a todas las estrategias posibles para evadir la miseria que les ha traído la revolución bolivariana. Sin embargo, las circunstancias presentes en Venezuela se asemejan cada vez más, en lo político y económico, a las de los países que sufrieron hiperinflaciones más prolongadas e intensas. Agotados los remedios propios, el país ha pasado a depender en gran medida de la ocurrencia de un evento externo que nos lleve hacia una mejor democracia como por arte de magia.

La experiencia sugiere que es improbable que la hiperinflación por sí misma consiga el cambio anhelado, especialmente ahora que la Asamblea Constituyente anunció el adelanto de las elecciones presidenciales para el 29 de abril. Eso no quiere decir que no habrá transición, o que con o sin ella no pueda reestablecerse algún orden en la economía. Solo indica que la catástrofe ha creado las condiciones para la consolidación de un liderazgo autoritario que le devuelva la estabilidad al país, en lugar de llevar a una transición democrática. Aún en el mejor escenario, va a ser difícil devolver el genio a la botella.

Douglas Barrios es economista e investigador del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard y Miguel Ángel Santos es profesor adjunto de Políticas Públicas en la Escuela Kennedy de Gobierno de Harvard e investigador del Centro para el Desarrollo Internacional de la misma universidad.

25 de enero de 2018

New York Times es.

https://www.nytimes.com/es/2018/01/25/opinion-hiperinflacion-democracia-...

 5 min


Moisés Naím

Los ricos están más contentos que nunca. Las principales economías están creciendo, los riesgos de colapsos financieros parecen bajos, Trump redujo los impuestos, los precios de las empresas en las Bolsas de valores están por las nubes y, por lo tanto, las fortunas de sus dueños y directivos también. Por todo esto, en la reunión anual del Foro Económico Mundial que acaba de terminar en Davos (Suiza), el ambiente entre los ricos que allí asisten fue de euforia. Pero de una euforia angustiada, ansiosa. Saben que hay algo que no está bien. O, mejor dicho, muchas cosas no están bien.

La lista es conocida y los científicos y analistas que van a Davos la recordaron hasta la saciedad. Cambio climático, guerras, pobreza y desigualdad, descontento social, terrorismo, ciberataques, malos líderes políticos y todo lo demás. No está claro de dónde vendrá la mala noticia que acabará con la bonanza, ni cuándo. Tampoco es seguro que llegue. ¿Quién sabe? Quizás no ocurra la catástrofe que descarrile este tren.

Uno de los temas que dominó esta reunión anual del Foro fue el de la inteligencia artificial. Para Sundar Pichai, el jefe de Google, “la inteligencia artificial (IA) nos va a salvar, no a destruir. Es probablemente lo más importante en lo que la humanidad jamás ha trabajado. Creo que la IA tendrá un efecto más profundo que la electricidad o el fuego”. Casi nada.

El optimismo de Pichai no es compartido por Jack Ma, el fundador de AliBaba, la gigantesca empresa china que es el rival más acérrimo de Amazon. En Davos, Ma dijo: “La inteligencia artificial y el big data son una amenaza para la humanidad. La IA debe apoyar a los seres humanos. La tecnología siempre debe hacer cosas que empoderen a la gente, no que la inhabiliten”. Cabe señalar que Google y AliBaba son dos de las empresas líderes en este campo y están entre las que más invierten en el desarrollo de inteligencia artificial.

Una de las sorpresas de la reunión la provocó el milmillonario inversionista y filántropo George Soros. Para él, las empresas de tecnología de información constituyen una grave amenaza contra la cual los Gobiernos deben actuar de manera firme e inmediata. “Estas empresas a menudo han desempeñado un papel innovador y liberador. Pero a medida que Facebook y Google se han convertido en monopolios cada vez más poderosos, se han vuelto obstáculos para la innovación”, dijo Soros. Y continuó: “Las empresas obtienen sus ganancias explotando su entorno. Las compañías mineras y petroleras explotan el ambiente físico; las empresas de medios sociales explotan el entorno social. Esto es especialmente nefasto porque las empresas de medios sociales influyen en cómo las personas piensan y se comportan sin que ellas siquiera lo sepan. Esto tiene consecuencias adversas de largo alcance para el funcionamiento de la democracia, particularmente en la integridad de las elecciones… Facebook tardó ocho años y medio en llegar a tener mil millones de usuarios y la mitad de ese tiempo en añadir mil millones más. A este ritmo, en menos de tres años Facebook se quedará sin gente a la que convertir en usuarios… Facebook y Google controlan efectivamente más de la mitad de todos los ingresos por publicidad en Internet… La excepcional rentabilidad de estas compañías se debe a que no pagan por el contenido de sus plataformas. Ellos afirman que, simplemente, están distribuyendo información. Pero el hecho de que sean casi monopolios los convierte en servicios públicos y por ello deberían estar sometidos a regulaciones más estrictas, dirigidas a preservar la competencia, la innovación y el acceso universal, justo y abierto”.

Pero a Soros no solo le preocupan los efectos de estas empresas sobre la competencia y la innovación. También aprovechó el Foro de Davos para denunciar su impacto en nuestras mentes y conductas: “Las empresas de medios sociales engañan a sus usuarios manipulando su atención y dirigiéndola hacia sus propios fines comerciales. Deliberadamente promueven la adicción a los servicios que brindan. Esto puede ser muy dañino, especialmente para los adolescentes. Más aún, algo también muy dañino, y tal vez irreversible, le está sucediendo a la atención humana en la era digital. Y no es solo la distracción o la adicción que estas empresas estimulan; también inducen a las personas a renunciar a su autonomía de pensamiento, lo cual las hace más vulnerables a ser manipuladas políticamente”.

Muchos reaccionaron contra estas denuncias de Soros y otros las aplaudieron. Un ejecutivo de una de las mayores empresas en este campo me dijo que, en su opinión, Soros exagera, aunque reconoció que algunos problemas que mencionó son reales. “Pero nosotros mismos los vamos a solucionar”, afirmó, “y si no lo hacemos nosotros lo van a hacer los Gobiernos. Y eso será peor para todos”.

El impacto de las tecnologías digitales se va a acentuar y expandir. Antes, las empresas necesitaban capital financiero, capital humano, capital tecnológico y capital reputacional para tener éxito. Dinero, gente, tecnología y buena reputación. De aquí en adelante también necesitarán de capital digital. Esta también es una tecnología. Pero, tal como estamos descubriendo, sus usos y consecuencias son aún muy inciertos.

28 enero 2018

@moisesnaim

El País

https://elpais.com/elpais/2018/01/27/opinion/1517070349_796487.html

 4 min


Cuando llegamos a vivir a esta casa, hace ya una porrada de años, la calle era muy distinta. Hoy está atochada con edificios de departamentos. Los inquilinos llegan y se van, nadie conoce a nadie. Del antiguo tiempo solo resta una que otra casa vieja, entre ellas la mía, que es de los años cincuenta. Y las dos del frente: dos casas iguales, casi mellizas. Una tiene incluso la fecha de construcción en el frontis: 1914. Justo cuando comenzó la primera guerra mundial.

Cuando llegamos a residir en esta ciudad las dos casas del frente estaban habitadas por dos matrimonios de viejos. Los dos hombres viejos eran calvos, redondos, rosados y de baja estatura y, al igual que las dos casas, muy parecidos entre sí. Las dos mujeres, altas y delgadas, también se parecían. “A estos los hicieron en duplicado”, comenté yo, la primera vez que los vi.

A los pocos días de haber llegado, uno de los viejos vino a saludarnos. Nos preguntó de cual país veníamos y se mostró muy afable con nosotros. No fue simple cortesía. Cada vez que nos veía iluminaba su cara y se acercaba a darnos la mano. El otro viejo, en cambio, casi nunca saludaba y cuando lo hacía, más bien gruñía. Las dos mujeres no aparecían nunca en la calle. Después supimos que ambas estaban muy enfermas. Si de la misma enfermedad, no lo sé. Para diferenciarlos, y guiados por esa manía tan chilena de poner sobrenombres a todo el mundo, bautizamos entre nosotros –Norma y yo- a los dos viejos. Uno sería el Bueno y el otro, el Hosco.

Nos llamó sí la atención que entre ellos nunca se saludaban. Y cuando trabajaban en el jardín que da a la calle, ni siquiera había una mirada. Nada.

Un día el Bueno se cruzó en la acera con Norma y le preguntó de sopetón: ¿“entiende usted inglés”? Al oír respuesta afirmativa sacó del bolsillo un sobre y le dijo: ¿“Podría traducirme esto al alemán”? Era una tarjeta postal, venía de Michigan. Un simple saludo de cumpleaños que le enviaba un nietecito.

Al día siguiente el Bueno golpeó la puerta de nuestra casa. Traía consigo un atado de cartas, todas escritas por nietecitos de Michigan. Cuando Norma las traducía le brillaban los ojos de contento. Estaba feliz. Fue imposible no tomarle cierto cariño al viejo, al Bueno.

Una mañana el repartidor de correo tocó el timbre y me pasó una carta certificada. Iba dirigida al Hosco quien no estaba en su casa. Me pidió que yo la firmara y después se la entregara, lo que hice en cuanto lo vi de regreso. Cuando el Hosco me dio (me gruñó) las gracias, yo comenté que me parecía raro que el repartidor no se la hubiera entregado a su vecino lateral (el Bueno) quien estaba precisamente en la puerta de calle en ese momento. “Con ese no nos hablamos” – respondió el Hosco. “Típica enemistad entre vecinos” - dije yo, solo por decir algo. “No, no es eso. Durante la guerra (durante Hitler) ese hombre era el encargado oficial del barrio (Gauleiter). Fue él quien me denunció. Por culpa suya pasé un buen tiempo preso. Yo era socialista”. Calló unos segundos y luego agregó: “Antes fuimos amigos; los dos éramos albañiles”

Cuando conté el episodio a Norma, ella no lo podía creer. ¿El Bueno un nazi y el Hosco un preso político? Años después, gracias a un estudiante que escribía su doctorado sobre el tema “historia del nacional-socialismo en Oldenburg”, pude verificarlo. Así había sido, exactamente, había sido así.

El Bueno (el nazi) siguió siendo afable con nosotros y el Hosco continuó gruñendo a guisa de saludo. Hasta que un día el Hosco murió. A las dos o tres semanas murió el Bueno. Poco tiempo después divisé desde una ventana de mi casa a las dos viudas. Solo separadas por una hilera de rododendros enanos, conversaban. Pese a la llovizna no paraban de hablar. Incluso gesticulaban. Vi a las dos levantar los brazos al mismo tiempo, como si fueran a pelear. Luego se despidieron, para mi sorpresa, con un abrazo, frío, pero abrazo al fin. Al cabo de unos meses, ninguna apareció. Hoy las casas del frente, algo modernizadas, albergan a matrimonios jóvenes con un montón de chiquillos chillones. Una conserva todavía la fecha de construcción: 1914, al comenzar la primera guerra mundial.

¿Cuándo fue que yo - ahora quizás tan viejo como el Bueno y el Hosco- me acordé de esta historia? Hace muy poco. Fue a fines del 2017 cuando leía esa intensa (y extensa) novela escrita por Fernando Aramburu cuyo nombre es “Patria”. Una gran novela, más bien una saga. La historia trata de dos mujeres y de dos familias. Es una novela que a ti te toma de pies a cabeza. La empiezas y ya no pararás de leerla hasta el final.

Dos familias, dos mujeres dominantes: Bittori y Miren. Dos hombres, amigos entrañables desde la niñez: empresarios trabajadores, uno Txato, exitoso. El otro, Joxian, algo más pobre. Ambos amantes del ciclismo, comedores de pescado y de vez en cuando, visitantes de la cantina y bebedores del buen vino. El personaje principal es el pueblo. Todos podrían haber llevado una vida feliz sino hubiera sido por ETA, cuando apareció matando en nombre de “La Patria”.

Txato - al negarse a pagar las altas contribuciones que exigía ETA a los empresarios del pueblo para mantener su maquinaria de matar- fue asesinado por un comando en el cual estaba involucrado un hijo de Miren (Joxe Mari). La familia de Txato fue condenada por el pueblo al aislamiento total. Las dos familias llevaron desde ese momento una vida trágica, hasta que llegó el momento de la rendición de ETA. Después, la difícil reconciliación, el imposible perdón. La novela termina con un abrazo frío entre las dos mujeres, ya muy viejas, y una, Bittori, al borde de la muerte. Un abrazo sin palabras. Imposible para mí fue no recordar el abrazo – en verdad, un abrazo de despedida- entre esas dos mujeres de mi calle: la del Bueno, el nazi, y la del Hosco, el preso político.

La calle donde está mi casa, oculta, como casi todas las calles de Alemania, una historia subterránea. Alguna vez, mucho antes de que aparecieran los edificios de departamentos solo hubo casas como las de mis vecinos del frente. En lugar del anonimato, hoy apoderado de la calle, la gente regresaba del trabajo, bebía cerveza y compartía la vida cotidiana paseando perros o acompañando a sus hijos a la escuela. Hasta que irrumpió el nacional-socialismo y lo cambió todo.

En la mayoría de esas, hoy inexistentes casas, debió haber flameado una bandera con la svástica. Algunos tranquilos habitantes se fueron transformando lentamente en fanáticos energúmenos. O en delatores, como el Bueno. Otros, los menos, tuvieron que marcharse para siempre. Más de uno debió haber sido judío. No pocos, como el Hosco, fueron enviados a prisión. Probablemente las paredes de su casa fueron rayadas con insultos como sucedió con la casa del Txato, antes de que fuera asesinado en nombre de “la patria”. Su esposa debió haber padecido el aislamiento más feroz, así como lo padeció Bittori, la esposa del vasco Txato.

Después del desastre hitleriano la vida volvió a su curso normal pero solo en sus apariencias. Algunos ciudadanos, como el Bueno, se mimetizaron con el nuevo orden de cosas y de nazis radicales pasaron a convertirse en ciudadanos ejemplares. Otros, como el Hosco, no pudieron olvidar y pasaron el resto de sus días gruñendo. Sus mujeres no volvieron a ser amigas. Pero había que seguir habitando la misma calle. Solo por eso, ya viudas, ambas se hablaron.

Hoy el pasado yace sepultado debajo de los modernos edificios de departamentos. Sepultado, pero tal vez no muerto. Puede revivir en cualquier momento como revivió con furia en la guerra del Kosovo o en las masacres a los chechenios en Rusia. Quizás hoy mismo, algunas casas de ciudadanos kurdos amanecieron rayadas por los ultranacionalistas turcos como ameneció un día la del Txato, antes de que fuera asesinado en nombre de “la patria”.

Fernando Aramburu ha sido muy entrevistado por la prensa. Su libro “Patria”, traducido y publicado en Alemania por la editorial Rowohlt, ha logrado un imponente éxito. En todas esas entrevistas Aramburu ha manifestado sus temores frente al nacionalismo catalán. A mí me parecían algo infundados. Los catalanes pueden ser nacionalistas pero en su mayoría son ciudadanos muy civiles. Sin embargo, hace algunos días leí en la prensa digital una denuncia de Albert Rivera, líder de Ciudadanos, el partido catalán anti-independentista. Los padres de Rivera son dueños de una pequeña tienda en Granollers, en la calle del Triomf. Pues bien, por segunda vez consecutiva las cortinas y las paredes del negocio de la familia Rivera amanecieron con rayados insultantes, todos hechos en nombre de “la patria”. Debo confesar que al mirar esas fotos sentí correr un frío a lo largo del espinazo.

POLIS: Política y Cultura

El portal de Fernando Mires

https://polisfmires.blogspot.com/

 7 min


Pasó el 23 de enero y claramente el olvido se impuso. El significado del 23 de enero de 1958 no logró encontrar espacio y, menos aún, sirvió de motivación para que a nivel nacional se recordara aquella fecha que marcó la historia venezolana y que abrió una proceso político que permitió a los venezolanos experimentar la vida en democracia.

Como nos dijo el profesor Luis Castro Leiva, como orador de orden el 23 de enero de 1998 en el Congreso, el 23 de enero de 1958 significó mucho más que la caída de un dictador. Fue el inicio de un período que procuró construir una democracia en una república, sustentada en la idea y la práctica de “vivir en común”.

A partir de 1958 –nos recordó Castro Leiva– la sociedad venezolana empezó a escribir unas páginas democráticas en las cuales se pueden valorar y evaluar las diferencias morales y políticas, de naturaleza sustantiva, que hay entre aquella paz que ofrecieron Monagas, Guzmán Blanco, Crespo, Castro, Gómez y Pérez Jiménez; la paz que empezó a labrarse aquel 23 de enero de 1958 y la paz a la que Nicolás Maduro se refiere al advertir que garantizará la paz en Venezuela.

Para vivir en común, de manera armónica, claramente el país necesita recuperar la paz en la convivencia, y sólo así podrá restaurar niveles adecuados de cohesión social para empezar a construir la ruta hacia el desarrollo compartido.

La posibilidad de un desarrollo compartido empezó a resquebrajarse desde que en el 2004 aparecieron los Consejos Comunales como forma de organización comunitaria, antes incluso de que hubiera ley alguna que los regulara. A través de ese modelo de organización se fue debilitando el voto como herramienta de participación política.

El modelo asambleario fue imponiéndose sin contención suficiente y sin reacción de la dirigencia política. Luego, la eliminación del voto directo, secreto y universal para la elección de Juntas Parroquiales, advertía de un grave avance en esa estrategia de debilitar el voto, hasta que hoy el voto terminó siendo la única herramienta que nos queda para participar en condiciones de igualdad, cuando la Asamblea Nacional Constituyente así lo impone de manera ilegítima e inconstitucional.

Ese voto directo, secreto y universal que ha quedado subordinado a la voluntad de la Constituyente, en 1958 fue la fuente de legitimidad de un Congreso que, en 1959, en sus palabras de apertura de la gestión legislativa, se comprometió con sus electores a asumir como urgencia la elaboración de una nueva Constitución para organizar el Estado democrático, atendiendo así al interés supremo del país.

Sin constituyente alguna y con la legitimidad del voto, la Constitución de 1961 –a la que calificaron como “moribunda”– ha sido hasta la fecha la más longeva de todas las Constituciones que ha tenido Venezuela.

Irónicamente, aquella democracia representativa, sostenida en el marco de la Constitución de 1961, logró excelentes ejemplos de inclusión ciudadana en los asuntos públicos a través de las asociaciones de vecinos. Fue ejemplo en la organización y celebración de procesos electorales, facilitó el camino hacia la descentralización política con la elección de alcaldes y gobernadores a través del voto directo, secreto y universal; impulsó la justicia de paz en las comunidades y fue, además, el marco constitucional que permitió el enjuiciamiento de un Presidente en funciones y una transición política en la que se respetaron, de manera cuidadosa y rigurosa, las normas constitucionales que regulaban las ausencias temporales y absolutas del Presidente de la República.

Todos esos logros se han perdido en una democracia llamada “participativa”, con una Constitución producto de una Constituyente, ratificada en 2007 cuando se dijo No a su reforma.

La Constitución de 1961 es reivindicada cada día que pasa con las acciones del Gobierno y con la libertad y la paz que experimentó la sociedad venezolana a partir de 1958. Eso marca claramente la diferencia con la supuesta democracia participativa.

Aquellos diputados y senadores electos en 1958 cumplieron con Venezuela cuando un 23 de enero de 1961 se promulgó la nueva Constitución. Sus herederos, aquellos parlamentarios de 1992 no lograron concretar la voluntad política para impulsar los cambios políticos e institucionales a través de una reforma general de la Constitución. Esa tarea pendiente la capitalizó estratégicamente Hugo Chávez y se apropió de esa necesidad, para llevarnos a un proceso constituyente.

Hoy, aquel Congreso bicameral no existe, pero la Asamblea Nacional, legítimamente electa, está integrada por otros herederos de aquellos diputados y senadores de 1959 y tienen en sus manos el deber ético y político de restituir la unidad para lograr el cambio político que demanda la nación, tal y como lo señaló el diputado Omar Barboza, presidente de la Asamblea Nacional en enero de 2018.

La voluntad política de los parlamentarios de 1959 fue clave y fundamental en aquel proceso. Hoy, los herederos de aquellos parlamentarios vuelven a ostentar la legitimidad suficiente para asumir un rol de facilitadores políticos en un proceso de restitución de la unidad y de defensa de la esperanza de los venezolanos, como les señaló Ramón Guillermo Aveledo, en sus palabras como orador de orden el pasado 23 de enero.

El 23 de enero 2018 pasó de largo para la mayoría de la sociedad democrática venezolana, mientras que el régimen lo aprovechó para reinterpretar la historia a su manera e impulsar una estrategia electoral que tuvo su máxima expresión con el anuncio de las elecciones presidenciales antes de mayo 2018. Por su parte, nuestra Asamblea Nacional, lejos de reivindicar pedagógicamente esa fecha, respondió de manera tradicional, con un acto solemne que realmente no trascendió las paredes del Palacio Federal.

No son tiempos de democracia, son tiempos de acompañar a la gente, de rescatar la política del debate, de la discusión, negociación y construcción de consensos, de buscar en cada fecha histórica aquel legado que nos inspire y motive a exigir, reclamar y no permitir que nos roben nuestra condición de ciudadanos libres.

Este 23 de enero se sintió la ausencia del discurso pedagógico, inspirador, de tantos hombres y mujeres que a lo largo y ancho del país, tan sólo semanas atrás, habían puesto su nombre para postularse a gobernadores y alcaldes, en defensa de la democracia. Así mismo, tantas organizaciones con fines políticos que siempre participan en los tarjetones electorales, perdieron la oportunidad de retomar los espacios públicos y reivindicar la política. Como dijo Castro Leiva, este 23 de enero “celebramos el olvido”.

Por último, es oportuno destacar que es un buen síntoma que la gran mayoría de partidos políticos haya asumido el compromiso de validar la tarjeta de la MUD como símbolo electoral en esta lucha pacífica y cívica. Ahora, sólo queda participar para lograr esa finalidad y que ese acto sea el inicio de un proceso político de consolidación de una unidad real, así sea imperfecta. Es urgente.

@carome31

PolitiKa UCAB, enero 25, 2018

 5 min


Con voz propia

Entendido que Guerra civil es enfrentamiento armado en un país entre adversarios en defensa de respectivas ideologías o intereses. La historia venezolana está abarrotada de esos conflictos. Entre 1830 y 1903 hubo 166 revueltas, pero el 21 de julio del último año citado, el ejército guiado por Juan Vicente Gómez libró la batalla que las erradicó.​ Dejaron saldo de un millón de muertos, estimación del historiador Robert L. Sheina.​

Posibilidad de reanudación anunció en su mando Hugo Chávez, quien se presentó como el único que podía evitarla. Su legatario Nicolás Maduro (NM) la hizo cantinela, pues molesta con abuso del término.

“Si es promulgada la Ley de Amnistíam Venezuela puede entrar en un proceso de guerra civil intensa”.

Reiterativo fue en todo 2017. Entre señalamientos asegura “fracaso de complots imperialistas del norte que buscan provocarla” (HispanTV 4/5). ¿Ustedes quieren una paz duradera o guerra civil?”, interrogó rodeado de la cúpula militar a cadetes y tropas desde Fuerte Tiuna (24/5).

El 27 de ese mes advierte por telesur que no la permitirá. Luego pregonó que la evitaría y finalizó con ultimátum a la oposición: de trancar el juego llevaran crisis a escenario de guerra civil.

Laberinto surgió en julio. Germán Ferrer entonces diputado oficialista hoy ex patriado, afirmó que la constituyente de NM (rechazada por 90% de la población) puede causarla (El Nacional 03/07). El día 25 ex ministro de Interior, Mayor General del Ejército Miguel Rodríguez Torres, batallador 4F92 pidió a NM que suspenda su Constituyente para eludirla. Según PSUV una guerra civil es lo que busca Trump.

“Por lo que pasa en Venezuela, debemos preguntarnos si lo que ahí se está viviendo es una guerra civil. La pregunta no es retórica”se responde José Ramón Cossío Díaz, ministro de Suprema Corte de Justicia de México, quien la formula.

Desde las condicionantes ideológicas que el conflicto implica, habrá quien de inmediato sostenga que no, decir que efectivamente es una guerra civil, permitiría la aplicación de leyes de guerra y el seguimiento del conflicto, más allá de la voluntad de quienes hoy ejercen el poder” (El País, edición América del periódico global, 9/ 8)

Tan razonables pueden considerarse opiniones que acusen existencia de esos conflictos armados; Venezuela sumida en la guerra civil (Atilio Borón, analista político Argentino |23/05); como las que sostienen no debe hablarse de guerra civil.

Y más las de quienes dicen: NM coloca a venezolanos al borde de la guerra civil (Editorial de El Nacional (O7/ 08)

En cuenta deben tenerse las alertas de la diputada del Parlamento Europeo Dita Charanzová y del ex comandante de la OTAN almirante James Stavridis: “Venezuela está al borde de una guerra civil”.

Otros creen un riesgo que se acrecienta con transcurrir de los días.

Perversa interpretación de NM de las declaraciones de arzobispos durante la celebración de la Divina Pastora en Barquisimeto: “viene un diablo con sotana a llamar a enfrentamientos violentos, llamar a la guerra civil”.

No es la primera vileza. En una de las tensiones con Colombia habló de probabilidad de esa guerra.

” Aunque en la crisis institucional profunda y el caos que se vive en Venezuela es tal que muchos piensan que están dadas las condiciones para una guerra civil. En el caso hipotético de que se diera, habría un seguro ganador que sería el gobierno de NM y el PSUV y un perdedor que podría ser fácilmente masacrado, representado por al menos el 80% de la población que ya no quiere saber nada de NM” (Darío Espinosa Correa, Director Centro Apoyos Académicos en Universidad de Cali, Colombia)

De estar al borde de ese conflicto lo confirmó NM en mitin el 23 de Enero donde hizo repetir a gritos: ¡somos guerreros¡

Al MARGEN. ¿Qué les parece la escogencia por consenso del empresario Lorenzo Mendoza para Presidente y someter a primarias a líderes políticos para la vice presidencia de la República?

Jordanalberto18@yahoo.com.

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Lester L. López O.

Apreciación de la situación política Nro. 131


La decisión de la Unión Europea (UE) de sancionar 7 funcionarios del régimen incluyendo, por primera vez, al primer vicepresidente del PSUV y fraudulento constituyente, precipita la iniciativa de la no menos fraudulenta ANC a adelantar las elecciones presidenciales previstas para diciembre del presente año según la Constitución Nacional, para el primer cuatrimestre del mismo, pero cuyo adelanto se estaba negociando en la ronda de conversaciones en República Dominicana, para, probablemente, julio u octubre próximo.

El adelanto que viola, por parte del régimen, el proceso de negociación en curso, es inmediatamente rechazado por la comunidad internacional por arbitrario y por no cumplir con las garantías que debe caracterizar este tipo de evento electoral. Igualmente es rechazado por un buen porcentaje de electores opositores que favorecen la abstención hasta que no se mejoren las condiciones electorales reinantes.

Pero, para la oposición venezolana en general, la arbitraria decisión la obliga a atender un escenario dilemático entre concurrir o no. Hasta el día de hoy, quizás afortunadamente porque están analizando prudentemente la decisión, los partidos políticos no se han pronunciado buscando un consenso que definirá el futuro político del país.

No concurrir al evento alegando cualquiera de las razones válidas que existen, significa que el gobierno las ganaría con todas las implicaciones políticas, económicas y sociales que esa victoria acarrearía para la sociedad venezolana que quedaría dependiendo, esencialmente, del apoyo internacional que, salvo organizar una acción militar para salir del régimen, cualquiera otra acción solo agravaría las penurias que sufre actualmente el país en general.

Concurrir, aún con las condiciones actuales, pero con una candidatura y acuerdo de gobernabilidad unitario y con una organización electoral adecuada acompañada de un discurso apropiado podría convertirse en una victoria electoral que desaloje del poder a la calamidad que nos gobierna, pero que, aun perdiéndolas, el expediente del fraude motivaría acciones masivas de calle que a la larga obliguen al gobierno a retirarse. No se puede omitir la realidad que para la fecha de las elecciones lo más probable es que la crisis actual haya empeorado y eso va a jugar, en definitiva, en contra del régimen y sus pretensiones de reelegirse.

Bajo esta perspectiva, no concurrir a las elecciones es la peor opción.

@lesterllopezo 26/01/18

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Marino J. González R.

No hay ninguna duda de que en Venezuela el respeto a la vida ha desaparecido como práctica de las responsabilidades del gobierno. Para empezar, el hecho de que la mayoría de los venezolanos no cuente con los recursos para comprar los alimentos del día, lo cual trae como consecuencia los riesgos de muerte y desnutrición, especialmente para aquellas poblaciones de mayor vulnerabilidad, ya deja bastante claro que la preservación de la vida no es la guía de la acción pública. A ello debe agregarse que también la mayoría de la población no tiene acceso a los medicamentos para afecciones de todo tipo, y que por la falta de ellos muchas personas están en peligro real de morir. El grado de desprotección ante la violencia, que ha condicionado que la gran mayoría de la población se sienta con temor incluso en su propia vivienda, ha llegado hasta el punto de que el país es considerado en este momento el más peligroso en el mundo. Ya todo eso bastaría para tener la máxima preocupación.

A todo lo anterior hay que agregar el clima de zozobra que ha experimentado el país ante los sucesos ocurridos en El Junquito la semana pasada. Especial mención deben recibir dos hechos absolutamente sorprendentes que requieren ser aclarados en las investigaciones por venir. En primer lugar, el lamentable resultado en vidas humanas cuando aparentemente había disposición de entregarse ante las autoridades. Y en segundo lugar, las acciones de los organismos oficiales para disponer de los cuerpos de los fallecidos sin tomar en consideración la voluntad de sus familias. Estas acciones, por parte de los organismos responsables, indican que no existió mayor miramiento por los sentimientos y decisiones de los familiares.

En las actuales circunstancias del país, en las que cada día que pasa agrega multitud de situaciones que reflejan el malestar y rechazo de los ciudadanos, estos hechos son completamente inauditos. Son expresión de rasgos inequívocos de una gran descomposición institucional. El respeto por la vida y la muerte deben ser signos característicos de las sociedades.

"Cuando se irrespeta la vida y la muerte, especialmente por la valoración que hacen las familias del dolor que significa perder seres queridos, es imperativa la reflexión sobre los valores que esa sociedad comparte o ha dejado de compartir"

Es un llamado muy directo a la conciencia de los actores políticos y sociales que participan. Es una alerta colectiva sobre el tipo de conductas que están caracterizando la vida de la sociedad.

Es indudable que la situación general del país no puede ser más dramática. En todos los frentes. En el plano político por las grandes dificultades para encontrar espacios de acuerdo. En lo económico por las tremendas repercusiones que tiene la hiperinflación, con su estela de destrucción en todos los espacios. En lo social por el sufrimiento de millones de familias en su cotidiana lucha por la subsistencia. Y como si no fuera suficiente, ahora en la vulneración del respeto a la vida y la muerte. Si no es el punto más bajo en la incertidumbre por el destino del país, se le debe parecer bastante.

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