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Opinión

Lester L. López O.

Apreciación de la situación política # 109

Para hoy no deben caber dudas de que la fraudulenta instalación en curso de la asamblea constituyente propuesta por el jefe del régimen significa el fin del sistema republicano para el país. Ya, los voceros más calificados del gobierno han expresado, claramente, cuáles son sus intenciones una vez alcanzado el objetivo: eliminar la actual Asamblea Nacional y cualquier otra institución que se oponga a la instalación de oligarquía totalitaria en mente de la actual cúpula gobernante. En otras palabras, el sometimiento absoluto de la sociedad venezolana a los designios del malandraje imperante.

Hoy lunes 19, la reunión de cancilleres de la OEA en Cancún, México, deberá emitir una opinión de rechazo a esa fórmula constituyente según lo anunciado por el presidente de la AN desde el parlamento europeo ayer domingo 18. Si el pronunciamiento es unánime, implicaría algunas medidas restrictivas al régimen en el futuro cercano, la posibilidad de enviar una comisión de la OEA al país para evaluar in situ la situación nacional y dialogar con el gobierno para que se inicie una suerte de negociación con la oposición para buscarle salida a la crisis. Pero todo esto puede ser meramente declarativo, al régimen, que estará presente en la reunión aun cuando anunció su salida del organismo hace más de dos meses, no se le aprecia ninguna intención de atender la declaración que se produzca y lo más probable es que la utilice para justificar sus fechorías inconstitucionales.

En este estado de parálisis, donde la oposición ha acumulado una extraordinaria sinergia con la sociedad y el régimen se niega a ver el rechazo a su propuesta, es necesario que la dirigencia opositora transforme esa fuerza estática acumulada, en una fuerza cinética o dinámica que obtenga un triunfo político tangible que demuestre que el rechazo al régimen y a su propuesta constituyente, no es cuestión de manifestaciones masivas y de encuesta que reflejan contundentemente ese rechazo, sino que quede registrado mediante una documentación física que se pueda valorar.

En ese sentido cobra capital importancia, la iniciativa primaria lanzada por el vicepresidente de la Asamblea Nacional el 23/05/17 de realizar un referendo consultivo de acuerdo a lo establecido en el artículo 71 Constitucional, para preguntarle al pueblo si está de acuerdo con la constituyente propuesta de Maduro y si este debe salir del poder este mismo año. La propuesta, que puede realizarse sin la participación o supervisión del CNE y por iniciativa de la AN, es totalmente factible de realizar y sería un mecanismo documentado de que la inmensa mayoría de los venezolanos no desean ni la constituyente fraudulenta convocada, ni al convocante jefe del régimen. Sin embargo, aunque aprobada en la sesión de ese día, la iniciativa pareciera que se engavetó por motivos extraños que escapan a los venezolanos.

Pero recientemente, los directivos de la Alianza Nacional Constituyente (ANC) quienes vienen trabajando una propuesta constituyente originaria desde hace varios años que no tiene nada que ver con el fraude oficialista propuesto, han activado con la MUD y la AN nuevamente, la convocatoria al referido referendo consultivo para la víspera del 24 de julio próximo, con la finalidad de que se plasme oficialmente al rechazo de la mayoría nacional a las elecciones de los constituyentista oficialistas programadas para el 30 de mismo mes.

Esta convocatoria sería una oportunidad única para volcar esa sinergia acumulada con la sociedad venezolana, incluyendo los sectores chavistas que se han desmarcados del régimen, en una actividad concreta multitudinaria que es la organización y realización de ese referendo consultivo el 23 de julio. La realización exitosa de ese evento, rechazando oficialmente la constituyente fraudulenta propuesta, tendría un alto valor moral e institucional, nacional e internacionalmente, para cualquier otra acción futura amparada en el artículo 350 constitucional, y salvaguardar el modelo republicano, la constitución y la democracia en nuestro país. La dirigencia opositora nacional tiene la palabra.

@lesterllopezo

19/06/17

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Luis Ugalde

Todo gobierno medianamente democrático si llega a una deslegitimación y fracaso parecidos a los de Maduro, renuncia y convoca a elecciones. La Constitución venezolana para situaciones similares prevé el referendo para revocar al Presidente antes de su término. Maduro tramposamente lo impidió; luego anuló la Asamblea Nacional y aplazó las elecciones regionales; ahora pretende eliminar la Constitución con una “constituyente” no convocada por el único que lo puede hacer, el pueblo. Es una locura pensar que la actual desesperación, deba y pueda prolongarse hasta fines de 2018.

El creciente sufrimiento de la gente pide a gritos cambio ya: cambio de presidente y de régimen, con decisiones inmediatas para no seguir muriendo en la calle con la brutal represión o por hambre y falta de medicinas, a causa de la corrupción e ineptitud gubernamentales. El Ejecutivo se ha convertido en verdugo del pueblo y se ha vuelto tiránico. Cambio ya para rescatar la Constitución y emprender de inmediato el camino de la reconstrucción, evitando más muertes y miseria. Para salir de este régimen sin esperanza hace falta cuanto antes un gobierno nacional de transición que tome de modo excepcional medidas de emergencia y convoque elecciones democráticas, previo saneamiento con remoción de los ilegales magistrados del TSJ y de los miembros serviles del CNE.

Urge hablar públicamente para madurar un gobierno de transición saliendo del actual Ejecutivo deslegitimado. Sería un grave error pensar en elecciones inmediatas. Antes necesitamos atender con apoyo internacional a la creciente emergencia humanitaria propia de una postguerra, sacar a todos los presos políticos, abrir el regreso de los exiliados, convocar a los empresarios a la activación de la emergencia productiva y atraer a los inversionistas con un nuevo espíritu democrático, libre iniciativa y garantías jurídicas.

Urgen el refinanciamiento de la deuda y multimillonarios préstamos económicos para insumos productivos y para necesidades vitales de consumo. Nada de esto podría conseguir una nueva dictadura militar y tampoco un frágil ganador de elecciones partidistas con todos los demás (chavistas o no) en la oposición.

Es necesario un gobierno de transición con metas claras y tareas concretas, con amplio apoyo nacional por encima de parcelas partidistas. Un gobierno que incluya a opositores y chavistas, unidos en un esfuerzo de salvación nacional. Tal vez hace un año el gobierno de Maduro hubiera podido abrir este camino, pero ahora es imposible.

El gobierno de transición debe fijar fecha de elecciones libres antes de un año, con condiciones democráticas y transparencia. Mientras ese gobierno responde a la población con medidas urgentes, los diversos grupos políticos y sociales deben llegar antes de las elecciones a una especie de Pacto de Gobernabilidad, con el compromiso de reconocer y apoyar a quien gane la Presidencia. Pacto con un programa básico de salvación nacional y de reconstrucción, de no menos de 10 años, apoyado por gobernantes y opositores democráticos. Todo ello imposible sin un gran apoyo internacional político, económico y humanitario.

Entramos derrotados a la modernidad del siglo XXI y a la superación de la pobreza. Ahora tenemos que subir una escarpada alta montaña de reconstrucción y no pensar ilusamente que con salir de este gobierno la tarea está hecha. Pero antes de empezar la subida enfrentamos un bloqueo dictatorial que impide avanzar.

Quitar ese obstáculo es condición indispensable para seguir, pero, por terquedad de un régimen corrupto y sin esperanza se nos van en ello vidas, tiempo y energía, cuando urge desarrollar negociaciones e imaginación constructiva. La atención debe centrarse en la difícil subida de mañana y los requisitos para coronarla con éxito. Sin dejar la actual protesta de calle (acción decisiva para desbloquear los caminos constitucionales) debemos simultáneamente empezar a formar un gobierno de transición con hombres y mujeres de diversa procedencia pero unidos con claridad programática y decididos a no prolongarse más allá de los meses de transición emergente.

Un Gobierno de Transición, con todas las de la ley, con una Fuerza Armada decididamente democrática y defensora de la Constitución. Basarnos en la Constitución y en lo que nos queda de instituciones legítimas; en primer lugar la Asamblea Nacional en alianza con el pueblo sufriente alzado y con la Fiscal convertida en defensora de la democracia y unidos en el rescate del CNE y TSJ. La Fuerza Armada está obligada e invitada a asumir su responsabilidad constitucional y democrática en la difícil reconstrucción del país, con lo que recuperará los perdidos reconocimiento y afecto del pueblo.

La alegría de Venezuela será inmensa cuando veamos aparecer un Gobierno de Transición realmente plural, de gente honrada e inteligente unida en un programa político de interés superior: la salvación del país. Cuanto más se haga esperar, más grave y dolorosa se volverá la actual agonía.

Maduro usted, al cerrar los caminos de cambio, se convirtió en el eje de un régimen que tortura a Venezuela y ahora quiere perpetuarlo con el fraude de la Asamblea Constituyente. Renuncie y quite el bloqueo que impide el inicio del ascenso a la montaña de la reconstrucción democrática con rescate de la esperanza y de la unidad nacional.

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Alberto Hernández

Amor puro

Me acuesto con un policía. Su semen ácido perturba mi orgasmo. Lloro de sólo pensar en la posición curva de su brazo al lanzar la bomba contra la multitud.

Dialéctica

Una Cavim-Falken impacta en la cabeza de un estudiante. Desde la caverna de los odios llega la voz de quien ordenó el disparo. A pesar de todo, la tierra se mantiene en su eje.

Culatazo en Sol Mayor

Un tipo vestido de verde. Muchos tipos vestidos de verde. 200 tipos vestidos de verde.

Todos ellos contra el sonido armónico de un violín bajo el sol radiante.

Un país se consume en sus heces.

El primate

Entonces el gorila se acomodó el quepis y dejó caer un rugido contra los espectadores.

Pasión rasa

El sargento le torció el cuello al cisne y recibió los aplausos del gallinero.

Geometría

La elipsis que vimos en el aire anunció la muerte de quien ya formaba parte del humo.

Aroma conyugal

-Mi marido es Guardia de Palacio. Cuando llega a casa hiede tanto que le recuerdo los muertos que contiene su brazo.

Y sonríe.

Pesadilla

Sentí el coñazo en el pecho. Y caí.

Desperté en un cuartel.

Un grupo de uniformados cantaba el cumpleaños feliz a una perra preñada.

La última sonrisa

No había dolor. Miré las nubes pegadas al cielo.

Me vi en los ojos de mis amigos y en los de un casco Cruz Verde, angustiados.

Entonces sonreí. Comencé a flotar.

Allá abajo, seguían disparando.

Los gases no me permitieron ser testigo de mi propia muerte.

La fiesta de la bestia

Baila y después rasguña un piano con sus uñas manchadas de sangre. Celebra el poder que le confiere la muerte.

Ya habrá tiempo para un epitafio.

Teoría de la lacrimógena

Piso en falso. Caigo de bruces. Levanto la cabeza y veo la bota que viene hacia mí.

Me aparto de la patada que se estrella contra el pavimento.

Una bomba cae cerca de mi cara.

Me incorporo y corro. El policía se ahoga en su propia niebla.

Agradezco al bromuro de bencilo y lanzo otra piedra contra la ballena.

Inocencia

Mi madre es sorda pero oyó cuando me dieron el disparo.

Diálogo constructivo

-Apunta directo a la cabeza, para que no haya necesidad de dar muchas explicaciones-, le dijo el francotirador 1 al francotirador 2.

Química malandra

-El gas o-clobenzilideno maloninitrilo es mi aliado, por eso sueño con ángeles-, musitó el sargento.

-¿Malandro qué?-, reaccionó el motorizado que lo acompañaba.

Humor acuoso

El gas pimienta es un suspiro que se convierte en piropo-, chiste de cuartel.

Literatura

Una bomba lacrimógena no es un símil. Es una hipérbole contra el cráneo de un niño.

Récipe

Tome usted una cucharada de perdigones, media taza de gas mostaza, un sobradito de metras, dos porciones de niebla roja, un agregado de potente chorro de agua lanzada por la noble ballena, un encantador rolazo sobre las vértebras, luego un refrescante baño en el recuperado Guaire y luego reflexione.

Sanará cuando se dé cuenta de que forma parte de una larga lista.

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Debate-Ciudadano

Esa afirmación corresponde a la Asamblea Nacional y quedó registrada en uno de los considerandos del Acuerdo sobre el rescate de la Democracia y la Constitución aprobado el 13 de octubre de 2016, en el cual, reconociéndose como bastión republicano de la soberanía popular, asumió el compromiso convocar a todos los factores de la sociedad venezolana a un movimiento nacional de defensa de la Constitución, de la democracia y del voto.

En ese sentido se creó el Frente Nacional en Defensa de la Constitución y la Democracia que hoy tiene el gran desafío de construir canales efectivos de articulación y comunicación con los ciudadanos en cada comunidad del país para impulsar acciones de acompañamiento y respuesta política oportuna en la defensa de la constitución y la democracia.

El desafío tiene como fecha límite el 30 de julio, pues para ese momento se han convocado las elecciones de la supuesta constituyente; pero previamente se ha anunciado que el 9 de julio es el inicio de la campaña, por lo que hay que estar preparados porque a partir de esa fecha, el Gobierno hará uso de la hegemonía comunicacional que ha impuesto e intentará opacar la voz disidente a la propuesta Constituyente.

Con las dificultades que presenta en muchas ciudades del país el servicio de telefonía fija y las conexiones de internet, la comunicación y las estrategias no pueden limitarse al chat y menos aún a 140 caracteres, es fundamental que los ciudadanos en cada comunidad, se organicen para poder responder al desafío que tenemos a través de los lineamientos que se determinen nacionalmente, pero principalmente, la defensa de la democracia y la constitución no puede limitarse a impulsar aquellas acciones que se sugieren desde un nivel central.

Hasta ahora la participación ciudadana ha estado presente en el espíritu de las marchas y protestas, así como de los llamados plantones; pero además, ha sido determinante en la decisión del gobierno de impedir el revocatorio presidencial y más recientemente de impedir la libre participación de los ciudadanos que intentaron activarse para hacerse parte del recurso intentado por la Fiscal General de la República, declarado inadmisible por la Sala Electoral del Tribunal Supremo de Justicia.

Pero no hay que olvidar que esa participación fue masiva y contundente en el proceso de legitimación de los partidos políticos, logrando, de esa forma, legitimar las organizaciones políticas, como actores efectivos de la sociedad. La soberanía popular, cada vez que ha podido, ha superado los obstáculos del régimen y le ha empujado a negar los derechos de los propios ciudadanos.

Si como vecinos no podemos mover al menos 15 personas de la comunidad para elevar la voz de protesta, menos aún podremos empujar los cambios políticos que el país reclama, exige y grita.

La supuesta Constituyente ha sido convocada al margen de la Constitución y ello hay que dejarlo expresamente señalado, el tiempo amerita que entre muchas otras actividades, que reivindiquemos y así lo hagamos notar, la Constitución en su artículo 70 cuando reconoce a las Asambleas de Ciudadanos y a los Cabildos como mecanismos efectivos de participación.

Es el momento para que cada comunidad pueda tomar los espacios públicos que les pertenecen y desde allí rechazar la supuesta constituyente, partiendo del reconocimiento que estamos frente a una ruptura del orden constitucional y democrático, como lo ha expresado la Asamblea Nacional a través de sus diversos Acuerdos.

El 23 de octubre de 2016 la Asamblea Nacional declaró formalmente esa ruptura del orden constitucional y democrático, por lo tanto hoy más que nunca resulta importante que mediante escrito y en el ejercicio del derecho a la libre participación, desde un mecanismo reconocido de participación, logremos ejercer de manera efectiva y contundente la defensa de la democracia y la constitución, concretando de esa forma una de las distintas vías para asumir el mandato del artículo 333 de la Constitución que nos llama a restituir la vigencia del orden constitucional.

Es el momento de expresar y luego consignar en cada entidad pública un Manifiesto Ciudadano, por así llamarlo, en el que se rechace categóricamente la supuesta constituyente por ser innecesaria, como lo han expresado otros, entre los cuales está la Conferencia Episcopal Venezolana, quien advirtió que tal mecanismo no busca resolver los problemas inmediatos y atender a las necesidades básicas de los ciudadanos; por el contrario, lo que persigue es imponer un sistema de gobierno totalitario, militarista, policial, violento, represor, expresado en el Plan de la Patria y respnsable de todos los males del país.

Pero además de innecesario, esa convocatoria se hace fuera del marco constitucional, irrespetando la voluntad popular, al ignorarla e impidiendo a los ciudadanos asumir su rol protagónico y participativo en este proceso político complejo.

Es fundamental que el ciudadano, rechace la intención de manipular la supuesta constituyente presentándola como un gran diálogo nacional, un diálogo de todos, sin élites[1], o como mecanismo superior de diálogo[2]; no es posible creer en un gobierno, que utilizó el diálogo mediáticamente en diciembre de 2013 cuando facilitó el encuentro con Alcaldes y Gobernadores de la Unidad; pero menos aún, resulta viable confiar en un gobierno que la misma Conferencia Episcopal Venezolana ha responsabilizado por no cumplir los acuerdos alcanzados en octubre de 2016.

La fuerza de la soberanía popular, a través de la participación, debe dejar constancia de la ilegitimidad del Presidente de la República, quien fue declarado a finales del año pasado por la Asamblea Nacional, como responsable político de la grave ruptura del orden constitucional y democrático, de la violación de los derechos humanos y la devastación de las bases económicas y sociales de la nación.

Así mismo, debe destacarse el desconocimiento a la Sala Constitucional, como intérprete objetivo de la Constitución, pues sus Magistrados están actuando fuera del marco constitucional vigente, usurpando funciones, pues sus designaciones fueron anuladas por la Asamblea Nacional en julio de 2016.

Por último, esa participación ciudadana, que ha sido contundente, debe expresar su reconocimiento a la Asamblea Nacional, como único poder legítimo del Estado, quien a través de sus Acuerdos ha dejado en evidencia la naturaleza antidemocrática de este régimen y como advertencia a un régimen que pretende reeditar 1999 cuando la anterior Constituyente impulsó el cierre técnico del Parlamento Bicameral de aquella Venezuela.

Así como el 13 de octubre de 2016, la Asamblea Nacional declaró y acordó desconocer conforme al artículo 7 y 333 de la Constitución, la autoridad y vigencia de los actos del Poder Ejecutivo y de las Sentencias del TSJ por contrariar los valores, principios y garantías democráticas y lesionar los derechos fundamentales; así mismo hoy estamos obligados a respaldar ese desconocimiento de manera expresa, mediante un declaración o manifiesto, en un espacio público, con un mecanismo de participación que reivindique la constitución y ejerciendo 350 de la mano con el 333.

[1]Globovisión. Maduro insiste en un “gran diálogo constituyente” para la paz de Venezuela. 7 de mayo de 2017. Online en: http://globovision.com/article/maduro-pide-apoyar-la-constituyente-y-a-r...

[2] Parnorama. Hernán Escarrá. La Asamblea Nacoinal Constituyente es un mecanismo superir de diálogo. 18 de mayo 2017. Online en: http://www.panorama.com.ve/politicayeconomia/Hernan-Escarra-La-Asamblea-...

PolitiKa UCAB

https://politikaucab.net/2017/06/16/el-encuentro-de-la-voz-ciudadana-con...

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Vivir en los extremos de opresión y libertad ha sido el destino de Venezuela. Hace doscientos años, en su guerra de independencia (las más larga del continente), los venezolanos se mataban entre sí con indecible ferocidad: friendo las cabezas de sus enemigos, asesinando niños, ancianos, mujeres y enfermos, hasta perder la cuarta parte de su población y casi toda su riqueza ganadera. Pero extremas también, en su ambición e intensidad, fueron las hazañas de Simón Bolívar, libertador de futuras naciones (Ecuador, Venezuela, Colombia, Perú y Bolivia). Y no menos notable fue su contemporáneo Andrés Bello, quizá el mayor pensador republicano del siglo XIX en América Latina.

Venezuela padeció largos periodos de dictadura hasta bien entrado el siglo XX y por ello arribó muy tarde al orden constitucional, en 1959, de la mano de otro personaje extraordinario, sin precedente: Rómulo Betancourt (1908-1981), el primer converso latinoamericano del comunismo a la democracia y, acaso, nuestro más esforzado demócrata del siglo anterior. Por desgracia, el periodo democrático tendría fecha de caducidad: en 1998, cansada de un régimen bipartidista manchado por la corrupción y las desigualdades sociales, Venezuela encumbró al redentor mediático Hugo Chávez.

La tensión continúa. Un sector amplísimo de la sociedad lleva meses volcado en las calles de todo el país reclamando su libertad y sus derechos confiscados por un régimen tiránico que la condena al hambre, la escasez, la desnutrición y la insalubridad. Las miles de imágenes de la represión por parte de los contingentes de la Guardia Nacional que pueden verse en las redes sociales son estremecedoras: disparos a mansalva, emboscadas mortales, decenas de jóvenes asesinados, asaltos a ancianos, vejaciones a mujeres, tanques contra manifestantes. Un Tiananmén diario mientras Maduro baila salsa. No podemos esperar el desenlace de ese drama como esperamos el final de una serie de televisión: Venezuela necesita una solución sin precedentes.

Me tocó presenciar de cerca el penúltimo ciclo de la antigua tensión. Me refiero a la era de Hugo Chávez, antecedente y responsable directo del drama actual. A fines de 2007, viajé por primera vez a Venezuela. Acababa de ocurrir el referendo (el único que perdió Chávez) en el que la mayoría de los votantes se manifestó de manera contraria a las propuesta de reelección indefinida y la conformación de un Estado socialista, lo que habría significado la fusión de Cuba con Venezuela en un solo Estado federal.

Volví varias veces. Hablé con numerosos chavistas, desde altos funcionarios e intelectuales afines al gobierno hasta líderes sociales. Me impresionó el testimonio espontáneo, en barriadas populares, de la gente agradecida con el hombre que “por primera vez”, según me decían, “los tomaba en cuenta”. Sentí que la vocación social de Chávez era genuina pero para ponerla en práctica no se requería instaurar una dictadura. El entonces ministro de Hacienda, Alí Rodríguez Araque, me contradijo: “Acá estamos construyendo el Estado comunal, como no pudieron hacerlo los sóviets, los chinos ni los cubanos”. “¿En qué basa su optimismo?”, le pregunté. “En nuestro petróleo. Está a 150 dólares por barril y llegará a 250”. “¿Y si se desploma, como en México en 1982, quebrando al país?”, insistí. “Llegará a 250, no tengo duda”, me dijo.

En el bando de la oposición hablé con estudiantes, empresarios, escritores, líderes sindicales, militares, políticos y exguerrilleros. Aunque los alarmaba el desmantelamiento de PDVSA (la productiva empresa petrolera nacionalizada en 1975), así como los niveles –una vez más, sin precedente en América Latina– de despilfarro y corrupción con los que el gobierno disponía de la riqueza petrolera, su principal preocupación era la destrucción de la democracia: la reciente confiscación de RCTV (la principal cadena privada de televisión) y el creciente dominio personal de Chávez sobre los poderes públicos presagiaban una deriva totalitaria. Chávez lo había anunciado desde su primer viaje a La Habana, cuando declaró que Venezuela se dirigía hacia el mismo “mar de la felicidad” en el que navegaba Cuba. La presencia de personal militar y de inteligencia cubano en Venezuela y la voluntad expresa de Chávez en volverse “el todo” de su país (como Castro lo era de Cuba), parecían confirmar esos temores.

Pensé que el daño más serio que Chávez infligía a Venezuela era el feroz discurso de odio que practicaban él y sus voceros. Quienes no estaban con él estaban contra “el pueblo”: eran los “escuálidos”, los “pitiyanquis” aliados al imperio, los conspiradores de siempre, los culpables de todo. Había que denigrarlos, expropiarlos, doblegarlos, acallarlos. Concluí que Chávez quería ser Castro, pero el tránsito hacia el “mar de la felicidad” no le sería fácil por el temple de libertad de los venezolanos.

Una historia sin precedentes tenía que desembocar en situaciones sin precedentes, como la súbita enfermedad mortal del caudillo que se imaginaba inmortal y el ungimiento monárquico de su sucesor. Pero nada preparó a los venezolanos para la tragedia que ahora viven. Junto con los ensueños petroleros han caído las máscaras ideológicas. El balance de la destrucción económica y social es terrible, y tardará decenios en asimilarse: tras despilfarrar en quince años cientos de billones de dólares de ingreso petrolero, el país más rico en reservas de América ha descendido a un nivel de pobreza de 80 por ciento y enfrenta una inflación estimada de 720 por ciento para 2017.

Venezuela es el Zimbabue de América. Una descarada alianza de políticos y militares corruptos, obedientes a los dictados de Cuba e involucrados muchos de ellos en el narcotráfico, ha secuestrado a una nación riquísima en recursos petroleros e intenta apropiarse de ella a cualquier costo humano, y a perpetuidad.

Los asesinatos del gobierno de Maduro no son todavía comparables a los de las dictaduras genocidas de Chile y Argentina en los años setenta. Pero conviene recordar que estas no provenían de un orden democrático (y, en el caso de Pinochet, cedieron el poder tras un plebiscito). Tampoco es una copia del régimen de Castro, que acabó de un golpe con todas las libertades y las instituciones independientes y es la dictadura más longeva de la historia moderna.

Se trata, en todo caso, de una cubanización paulatina, el plan original de instaurar el “Estado comunal” a través de una asamblea constituyente espuria y liquidar las elecciones presidenciales de 2018. Pero este designio totalitario se topa con una resistencia masiva sin precedentes en nuestra historia latinoamericana, una participación cuyo heroísmo recordaría los mejores momentos de Solidaridad en Polonia o la Revolución de Terciopelo en Praga, si no fuera por la sangre que diariamente se derrama.

Es imposible predecir el desenlace. Pero para la comunidad internacional hay una salida. Se trata de la doctrina que el propio Rómulo Betancourt formuló en 1959 y que hoy ha retomado el valeroso Luis Almagro, quien con su liderazgo ha rescatado la dignidad e iniciativa de la OEA. El Derecho Internacional la conoce con el nombre de Doctrina Betancourt.

“Regímenes que no respeten los derechos humanos, que conculquen las libertades de sus ciudadanos y los tiranicen con respaldo de las políticas totalitarias deben ser sometidos a riguroso cordón sanitario y erradicados mediante la acción pacífica colectiva de la comunidad jurídica internacional”.

Nada cabe esperar de gobiernos dictatoriales: Rusia, China, Cuba, Corea del Norte. Tampoco de los serviles satélites de Maduro en la región. En cuanto a Estados Unidos, quizá Obama hubiese logrado la intercesión cubana, pero tratándose de Trump, carente de toda legitimidad moral, sería mejor que en nada intervenga. Quedan Europa, América Latina y el Vaticano. En solidaridad con el bravo pueblo de Venezuela, la Unión Europea y los países principales de América Latina deben tender el “cordón sanitario” –diplomático, financiero, comercial, político– al régimen forajido de Maduro, persuadir al papa Francisco de ser más agresivo en este esfuerzo y presionar juntos a Raúl Castro para aceptar la salida democrática: cese a la represión, elecciones inmediatas, respeto a las instituciones, libertad a los presos políticos.

Enrique Krauze es un historiador mexicano, editor de la revista Letras Libres y autor de, entre otros libros, “Redentores: Ideas y poder en América Latina”. Es también colaborador regular de The New York Times en Español.

Publicado originalmente en The New York Times en Español

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Artículo 333: Esta Constitución no perderá su vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o porque fuere derogada por cualquier otro medio distinto al previsto en ella. En tal eventualidad, todo ciudadano investido o ciudadana investida o no de autoridad, tendrá el deber de colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia.

Artículo 350: El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos.

333 y 350. En esos números está todo. En esos dos artículos encontramos la razón de ser de la protesta venezolana.

En términos impecables la fiscal Luisa Ortega Díaz puso en forma jurídica el tema del conflicto. Un gobierno, el de Maduro, intenta desconocer la Constitución de la República y suplantarla por otra cuyo origen no reside en la soberanía popular sino en la decisión de un grupo entronizado en el poder. De un día a otro, el gobierno de Maduro, convertido en dictadura militar, ha decidido desconocer el sufragio universal y con ello a la forma republicana de gobierno, propia a todos los países democráticos de la tierra. Ahí reside la dimensión jurídica del problema.

La dimensión política limita con la jurídica pero no es la misma. Tiene que ver con el momento en el cual fue lanzado el proyecto de la Asamblea Constituyente. Y bien, ese momento no guarda la menor relación con lo que, desde una perspectiva histórica, vale decir, desde las revoluciones madres de la modernidad –la norteamericana y la francesa- han sido las Asambleas Constituyentes.

Las Asambleas Constituyentes vistas desde una perspectiva histórica han sido siempre portadoras de un proyecto fundacional.

Fundacional quiere decir fundar o refundar una nación. Es por eso que las Constituyentes en todas las experiencias históricas han sido convocadas cuando ha llegado la hora de poner en forma a una nueva nación (surgida después del fin de un imperio colonial o cuando una nación se separa de otra nación) En otras ocasiones han sido resultado de un cambio radical de régimen político (por ejemplo, de la monarquía a la república) Por último, también suelen ser convocadas cuando la Constitución ha sido declarada obsoleta (la Constitución alemana de post-guerra, por ejemplo) por todos lo poderes públicos. En todos esos episodios, la aprobación de la ciudadanía ha sido decisiva.

Eso significa: en cada nueva Constitución existe una instancia revocatoria y una instancia aprobatoria. No puede haber, dicho más exactamente, una instancia aprobatoria sin previa instancia revocatoria. Sin revocación y sin aprobación de la ciudadanía – a través de la vía parlamentaria y/o de la plebiscitaria- no puede nacer ninguna Constitución.

Solo por esa razón, al convocar a una Asamblea Constituyente sin convocar a la ciudadanía, el régimen de Maduro se ha puesto fuera de la Constitución y sus leyes. Nunca en toda la historia política de América Latina –ni aún bajo las peores dictaduras- ha habido un caso de usurpación de la voluntad ciudadana tan ilícito e ilegitimo como el cometido por el régimen de Maduro.

La Constitución vigente en Venezuela fue aprobada por mayoría el año 1999, durante el gobierno del presidente Chávez, y su intención era crear los fundamentos para una nueva república. A favor de esa refundación optaron incluso sectores no identificados con el chavismo quienes vieron que esa Constitución, al ampliar algunos derechos sociales, no llevaba a una ruptura con el orden histórico y político y, por lo mismo, no alteraba la continuidad republicana. Se podía, en fin, estar en desacuerdo con ella, pero nadie podía negar que el procedimiento usado para su aprobación fue legítimo, democrático y popular.

Chávez, ni en los momentos en los cuales gozó de la más amplia mayoría, intento convocar a una nueva Constituyente. El año 2007 pudo haberlo hecho para asegurar un tercer mandato. Pero prefirió introducir una reforma para cuyo efecto llamó a un plebiscito. Ese plebiscito, como es sabido, lo perdió. Fue la primera gran derrota del chavismo. En cambio, Maduro, lejos de contar con el apoyo que tuvo Chávez, ha decidido prescindir de la voluntad del pueblo no para realizar una reforma, sino para anular a toda la Constitución. Bajo Maduro el pueblo está a punto de perder su ciudadanía política.

Importante es recordar que el plebiscito del 2007 no fue ganado solo con los votos de la oposición. Por primera vez apareció dentro del chavismo un segmento disidente al que podríamos llamar chavismo constitucional. Sus miembros eran chavistas; algunos continuaron siéndolo. Pero esa vez, hay que reconocerlo, no aceptaron poner a Chávez por sobre la Constitución. De tal manera la confluencia que hoy observamos entre una inmensa mayoría opositora y el reaparecimiento de un chavismo constitucional tiene un antecedente histórico. La diferencia es que la confluencia del 2017 es mucho más amplia que la del 2007. Eso significa que la mayoría de la nación, más allá de todas sus diferencias, es, o ha llegado a ser, constitucionalista. O dicho así: en Venezuela hay muchos partidos pero en estos momentos hay solo dos campos: el campo constitucionalista formado por la inmensa mayoría y el campo anti-constitucional, formado por una secta estatal, sus muy pocos partidarios y la cúpula militar.

A partir del éxito del 2007 comenzaría a crecer un tronco sólido dentro de la oposición formado por políticos que entendieron que la única manera de derrotar al chavismo era recorrer la vía pacífica, democrática, electoral y sobre todo, constitucional, dejando atrás todo tipo de atajos, salidas y aventuras inútiles. Gracias a la existencia de ese tronco –aparecido como un frágil arbusto durante las elecciones presidenciales del 2005- la oposición en su conjunto obtuvo la gran victoria del 6D.

En defensa de la AN surgió la iniciativa de la revocación presidencial, abortada ilegalmente por la CNE de Tibisay Lucena. Pero la oposición volvió a agruparse, y nuevamente continuó la ruta constitucional, exigiendo lo mínimo a que tiene derecho un pueblo: elecciones libres. Fue entonces cuando el régimen cercado por sus propias leyes, y no encontrando ningún otro camino que lo salvara de unas elecciones destinadas a ser perdidas, decidió destruir a toda la Constitución.

La Constituyente de Maduro fue un misil lanzado en contra de la oposición constitucional. Pocas veces un gobierno ha atentado en contra de su nación de un modo tan criminal. Que como gran concesión el régimen haya pautado las elecciones regionales después de entrar en vigencia la Constituyente, lo que de hecho anularía a priori el resultado de esas elecciones, no solo es una sinvergüenzura. Es una burla miserable a todo el pueblo venezolano. Son esas las razones por las cuales Maduro y su régimen son repudiados en todo el mundo democrático.

La Constitución del 99 dejó de ser la Constitución del gobierno y se transformó gracias a la confluencia formada por la oposición y el segmento constitucional del chavismo, en la Constitución de todos los ciudadanos.

Parece no haber dudas. En Venezuela está teniendo lugar la primera insurrección constitucional de la historia latinoamericana. Por cierto, eso no quiere decir que en otras la defensa de la Constitución no haya jugado un papel importante. Basta recordar el movimiento que desató Francisco Madero en el México de 1910 en contra de la reelección presidencial de Porfirio Díaz. O ese discurso en defensa de la Constitución de 1940 -llamada también la constitución virgen pues nunca entró en vigencia- pronunciado por ese joven demócrata y liberal llamado Fidel Castro frente a los tribunales del dictador Batista (La historia me absolverá,1953) En ese y otros casos, la Constitución ha sido un referente, pero nunca ha ocupado un lugar tan central y determinante como hoy en Venezuela. La Constitución del 99 ha llegado a ser el programa y el guía, la ideología y la práctica, el símbolo y el significado, y no por último, el eje alrededor del cual rotan muchos partidos y organizaciones de izquierda, derecha y centro.

Nadie conoce el final de esta historia. Sin embargo, ya podemos avanzar una tesis: aunque logren imponer a sangre y fuego la Constituyente, Maduro y su secta están perdidos. Nunca podrán obtener con las balas lo que no pudieron obtener con los votos. Y aunque se digan gobernantes, jamás podrán gobernar. El gobierno de Maduro ya es un gobierno políticamente muerto. La Constitución del 99, en cambio, seguirá viviendo.

¡Viva la Constitución!

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Jose Luis Cordeiro

Existen dos Venezuela conviviendo en nuestro país. La más grande de las dos cree que “Venezuela es rica porque tiene petróleo” y que el rol del gobierno es distribuir esa inmensa riqueza. Esa es la Venezuela que se hunde en el “excremento del diablo”, como diría Juan Pablo Pérez Alfonzo, el ilustre venezolano cofundador de la OPEP. Por otro lado, también hay una Venezuela más pequeña que comprende que el petróleo, por sí solo, no hace “ricos” a los venezolanos. Esta segunda Venezuela percibe que el desafío consiste en poner el petróleo y otros recursos a trabajar, como diría Arturo Uslar Pietri: “hay que sembrar el petróleo”.

La mentalidad de la primera Venezuela destruye la autoestima pues la gente piensa que “no hay nada que un individuo pueda hacer para remediar la situación”. Esa mentalidad aniquila la ética del trabajo y también explica por qué tantos venezolanos siguen buscando en el Estado una solución a sus problemas, a pesar del fracaso que han tenido las políticas socialistas e intervencionistas, tanto en Venezuela como en el resto del mundo. En pocas palabras, se trata de una mentalidad que produce pobreza, frustración y odio.
Promover iniciativas
Por su lado, la segunda Venezuela está dispuesta a abrazar estrategias económicas de mercado, diseñadas para integrar a Venezuela en la economía global, para promover iniciativas individuales y colectivas que generan riqueza. Es la Venezuela que favorece el cambio y el progreso económico dentro de un mundo globalizado. En pocas palabras, considera que Venezuela puede moldear su propio destino y alcanzar la prosperidad a través de políticas competitivas con el trabajo de los ciudadanos.

Debido a las políticas erróneas actuales seguimos hundiéndonos más en el excremento del diablo. Las políticas chavistas eluden la racionalidad económica y van en contra de la modernidad. Mientras la mayor parte del mundo sigue avanzando, Venezuela continúa retrocediendo. ¿Hasta cuándo seguiremos en este laberinto anacrónico?

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