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Opinión

Alberto Hernández

Crónicas del Olvido

I

¿Ciudadanos sin ciudad? ¿Podría resolverse esa contradicción? ¿Estamos en capacidad de ser ciudadanos pese al caos propiciado por el propio ciudadano en grandes y pequeñas ciudades? ¿Vivimos en resistencia permanente contra un modelo que propicia el libertinaje? ¿Un sistema enemigo de la gente?

Todas esas preguntas podrían servir para organizar un evento comunitario en el que los propios vecinos sean los voceros de las respuestas. Es decir, que la gente hable desde sus propias responsabilidades, toda vez que ella es parte del problema y muchas veces el problema. Un vecino irresponsable es aquel que abusa de la gente que lo rodea, que pasa por encima de las mínimas razones de convivencia. A diario somos víctimas de una ingenuidad inducida, según la cual “tengo derechos” pero se violan los derechos del otro.

La “libertad”, por ejemplo, de poner a todo volumen un aparato de sonido desequilibra la paz vecinal, pone en entredicho la ejecución de un derecho que se convierte en la violación de ordenanzas que a la larga no se cumplen porque el primer desordenado es el ente municipal. Entre ellas, otra perla, haber fallado a favor del horario de las licorerías, que ya no lo son porque se han convertido en bares de acera donde se reúne la familia, equipada con música a libar en plena calle, con las consecuencias que eso trae, tanto a los festivos como a los usuarios peatonales. Generalmente se trata de gente muy “delicada” que se cree dueña de la calzada y arremete ante cualquier queja del que tiene la razón.

II

Otra de las secuelas de este libertinaje lo sufrimos a diario con los conductores. Una mayoría bastante significativa cree que conducir un vehículo le da derechos a estacionarse en cualquier sitio, sobre todo en los lugares prohibidos. Chóferes particulares, de autobuses y taxistas han convertido la ciudad en un verdadero caos frente a la misma policía que, por creerse invisible, deja que las faltas sucedan. La desaparición de Tránsito Terrestre ha convulsionado más estas polis convertidas en campos de batalla.

La ciudadanía, entonces, tiende a desaparecer en manos de estos funcionarios que desde sus despachos son incapaces de idear fórmulas para aliviar los males por ellos causados. Para quienes se dicen conserjes de la ciudad, la ciudadanía no existe. Sólo para pagar impuestos. Por eso, ya nuestras comunidades dejaron de ser organizadas para transformarse en cotos particulares, como sucede con los buhoneros, venezolanos que para el régimen son una cifra de empleo conquistado. Esta manera de ver las cosas convierte a la municipalidad en transgresora de sus propias leyes y ordenanzas. ¿Cómo pretende, por ejemplo, la Alcaldía cobrarle impuestos a comercios tapiados por los informales que no los pagan, pero que muchas veces ganan más que los negocios sujetos de reglas impositivas? Nuestras ciudades dejaron de serlo, hoy son enclaves de resistencia que contribuyen con el incremento de la ilegalidad, la violencia y la corrupción.

III

Ciudades sin ciudadanos. Un tejido social sin control. Mientras tanto, los gobernantes viven felices porque no los fastidia la obligación. Dejan hacer, dejan pasar las cosas. La destrucción de la ciudadanía tiene origen en los mensajes que emergen del poder central. De esta manera, con toda mala intención, se suscitan comportamientos enfermos, como el que a diario vemos en motorizados, peatones y comerciantes. Igualmente, en urbanizaciones donde la disparidad de conductas, provocadas por desniveles sociales y culturales, dan al traste con la tranquilidad y la armonía vecinales. Y ahora mucho más con la división que ha creado el discurso excluyente de Miraflores.

Reparar este problema costará mucho. Hacerle entender a la gente que se debe protestar ante el estado municipal porque no recoge la basura, debe ser el norte de todos. Exigir fluidez en la circulación vehicular no escapa de estos derechos. Pero hace falta que las mismas víctimas dejen de ser más tarde agresores. Para el estamento oficial, la indigencia forma parte de la basura.

¿En qué momento se comienza a ser ciudadano? En el mismo instante en que la gente tiene conciencia de grupo, conciencia de comunidad. De lo contrario, de no entenderse que cada día se vive peor en las ciudades, éstas desaparecerán en medio de epidemias, confrontaciones y limitaciones que forman parte, al parecer, de una política para sacarle provecho al caos. ¿Quién se beneficia con este desastre? Para el poder, silencio pero para los incrédulos, nadie. “Por ahora” nadie, según reza el estigma. No estamos muy lejos de saber quién gobernará sobre la inmundicia.

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Daniel R. Headrick, profesor de Historia y Ciencias Sociales en la Universidad de Roosevelt, describe el pretorianismo como un militarismo hacia el interior, propio de las naciones de orden menor, que no pretende hacer ni ganar guerras, sino mantener su influencia en el sistema político, controlar las decisiones que afecten a sus intereses o apoyar a una facción política.

Dejando de lado la frase “políticamente incorrecta” relativa a que hay naciones de orden menor, la definición aplica a lo que son o han llegado a ser las FANB en Venezuela: un ejército al servicio, no de un Estado, sino de un partido enquistado en el poder: el PSUV.

Porque definitivamente es así. Bajo la conducción del general Vladimir Padrino López, el ejército ha dejado de ser una institución defensora de la Constitución y de las Leyes. Ni siquiera es –de acuerdo al léxico marxista-leninista- un aparato represivo al servicio de una determinada clase. Es simplemente la tropa de un grupo de poder que ha roto con la Constitución. Un grupo (mafia o pandilla) que mantiene secuestrado al Estado y a sus instituciones, en contra de la voluntad de la inmensa mayoría de la ciudadanía.

Podríamos discutir si bajo una dictadura el ejército asume siempre un carácter pretoriano. Pero lo que debe quedar fuera de toda discusión es que toda dictadura, por definición, es militar. No basta por lo tanto decir que en Venezuela hay dictadura. Hay que decirlo con toda sus letras. Se trata de una dictadura militar aunque quien ocupe el gobierno sea un bailarín. El ejército venezolano es parte de la dictadura. En consecuencias, derrotar a la dictadura es derrotar al ejército.

Muy fácil decirlo, me dirán. ¿Cómo piensas tú derrotar a un ejército armado hasta los dientes? La pregunta sería imposible de responder si ciertas experiencias históricas no hubieran mostrado que derrocar a dictaduras militares, incluso a las más feroces, es perfectamente posible.

También en Venezuela –aunque nadie puede determinar con exactitud el cómo y el cuándo- la dictadura será derrocada. Tengo la impresión, incluso, de que ese momento ya está cerca. Pues ese momento ocurre no cuando una dictadura es ilegítima (todas las dictaduras lo son) sino cuando la ilegitimidad se hace presente en los propios cuarteles militares.

Los militares, como el resto de los seres humanos, no son (todos) autómatas. Pueden cometer horrorosos crímenes, eso está fuera de duda. Pero muchos los cometen porque creen en razones superiores que los justifican. Hasta que aparece la duda. ¿Existen de verdad esas razones superiores? ¿No me estaré condenando al infierno si aprieto el gatillo y asesino a ese joven sin armas que nunca me ha hecho nada?

Hasta los monstruos necesitan del aura de una mínima legitimidad. Pinochet, un asesino de tomo y lomo, alguien que no vacilaba en mandar a matar a antiguos compañeros de armas, cuando fue derrotado por el plebiscito (5 de octubre de 1988) eludió su responsabilidad y solicitó al Estado Mayor que decidiera como actuar frente a esas multitudes que se agolpaban en las calles. Probablemente esperaba que sus generales optarían por un segundo golpe de estado similar al del 11 de Septiembre de 1973. Afortunadamente el general de aviación, Fernando Matthei, decidió reconocer públicamente la derrota electoral antes de que se impusiera la locura. Los votos de un pueblo políticamente organizado lograron así derrotar al ejército mejor armado del continente.

Una escena similar aparecería poco tiempo después en Berlín Este, el 9 de noviembre de 1989, cuando multitudes al grito de “nosotros somos el pueblo” avanzaron hacia ese muro que en pocas horas sería convertido en ruina arqueológica. Erich Honecker, tan desesperado como Pinochet, reunió a los dirigentes del Partido. La pregunta pudo haber sido la misma: ¿Qué hacer? El resto es conocido: Margot Honecker, la dictadora –así la llamaban “cariñosamente” los alemanes- exigía lanzar las tropas a las calles. Pero los comunistas de la RDA, al igual que los generales de Pinochet, entendieron que ya no contaban con ninguna legitimidad para embarcarse en un genocidio de gigantescas magnitudes. Entre ser juzgados por tribunales competentes o pasar a la historia como grandes asesinos, eligieron la primera alternativa. Hicieron bien. Los que todavía viven reciben todos los meses el dinero de su jubilación.

Ese día de octubre terminó una historia cuyos comienzos inmediatos tuvieron lugar en mayo de 1989 cuando grupos de disidentes organizados en “Das Neue Forum” se decidieron a protestar en las calles en contra del fraude electoral que tuvo lugar en las elecciones comunales. La consigna principal de la oposición, hasta el día de la caída del muro, fue “queremos elecciones libres”. En Marzo de 1990, cuatro meses después de la caída del muro, tuvieron efectivamente lugar esas elecciones. Ellas consagraron el fin de la dictadura y la unidad de la nación. Como en el Chile de 1988, en la RDA de 1989 los votos derrotaron a las balas.

Siempre ha sido así. La consigna central que ha llevado al fin de todas las dictaduras ha sido la de elecciones libres. Lo fue incluso en la Cuba de Batista, cuando Fidel Castro entró a La Habana (1.01.1959) a hacerse del poder abandonado por la dictadura, frente al clamor creciente por elecciones libres de una oposición organizada en cuatro partidos (Ortodoxo, Auténticos, Partido Socialista Popular (comunista) y 26 de Julio), la iglesia y los sindicatos del país.

El mismo Fidel Castro, desde su discurso titulado “La Historia me Absolverá” (1953), había insistido en dos temas: la vigencia de la Constitución de 1940 y la celebración de elecciones libres. Que Fidel Castro haya traicionado después a la revolución democrática sobre la cual se montó, es otra historia. Pero sin ese clamor general por elecciones libres, los guerrilleros nunca habrían podido hacerse del poder. Quizás habrían sido exterminados como conejos, como ocurrió a la guerrilla del Che en Bolivia, la que nunca exigió elecciones o algo parecido.

En fin, podríamos recurrir a muchos otros casos hasta completar un libro. Pero esa no es la idea. (Por cierto, también me acuerdo del Grupo de los 12, que reunía a las principales organizaciones anti-somocistas, una de cuyas exigencias centrales era la celebración de elecciones democráticas en Nicaragua).

Para decirlo en forma de síntesis: en todos los modernos procesos de democratización encontramos la misma constante histórica; y es la siguiente: la caída de las dictaduras, y por ende, la derrota de los ejércitos dictatoriales, ha ocurrido no cuando las dictaduras han perdido su fuerza militar, sino cuando han perdido su legitimidad. El deterioro de esa legitimidad, a su vez, se hace manifiesto cuando la ciudadanía comienza a luchar por derechos avalados en constituciones, incluso en aquellas impuestas por la dictadura. El principal de esos derechos -podríamos decir, el derecho de todo derecho- es el derecho a voto. En Venezuela ese derecho mantuvo su vigencia durante todo el periodo de Chávez. Si solo fue así porque Chávez se sabía ganador, carece de importancia. El hecho objetivo -lo ven incluso algunos chavistas- es que Maduro aparece, aún ante sus partidarios, traicionando al legado de Chávez.

No olvidemos: la adhesión de las fuerzas armadas venezolanas al gobierno de Hugo Chávez provenía de tres fuentes:

1. El carisma político del caudillo

2. La pertenencia profesional de Chávez al ejército.

3. El origen constitucional de su gobierno refrendado en elecciones periódicas.

Ninguna de esas tres razones tiene valor durante la dictadura de Maduro. El presidente carece en términos absolutos de carisma. Nunca ha sido militar. Y, no por último, ha violado a la propia Constitución de Chávez, hoy hecha suya por la inmensa mayoría del pueblo venezolano.

Esas son las razones que explican por qué las reivindicaciones exigidas por la oposición -entre las que se cuentan, la liberación de los presos políticos, la soberanía de la AN, el fin de las inhabilitaciones, la aperturas de canales humanitarios, y otras – cobran sentido en la medida en que se articulan a la exigencia por elecciones libres.

Gracias a esa palabra, elecciones, todo el mundo democrático apoya hoy día al levantamiento popular, democrático y nacional que tiene lugar en Venezuela. Elecciones es la palabra que ha hecho posible a la insurrección popular en contra de Maduro. Es la que despoja a las balas asesinas de cualquiera legitimidad. Es la que llevará a la derrota del ejército dictatorial. Es, en fin, la palabra a la que no se puede renunciar.

Si esas elecciones serán de carácter regional o general, lo determinará la oposición a su debido momento según las circunstancias que se presenten en el futuro más próximo. Las regionales aparecen hoy como las más adecuadas para continuar la ruta constitucional. Pero la anticipación de elecciones generales las podría provocar el mismo régimen si continúa obstinado en usar a la tropa para masacrar a un pueblo que quiere ejercer, antes que nada, el derecho a voto. Ese mismo derecho consagrado en la constitución venezolana y en todas las constituciones democráticas de la tierra. Las elecciones, y nada más, son las fuentes de la legitimidad política de nuestro tiempo.

Venezuela no tiene por qué ser una excepción a la regla histórica. La razón política deberá imponerse mucho más temprano que tarde a la razón militar. Allí, también, como en tantos otros países, los votos derrotaran a las balas.

Abril 28, 2017

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Las marchas y concentraciones populares acaecidas el 19 de abril, nos imponen hacer ciertas reflexiones acerca de lo que está pasando y puede pasar en esta Venezuela de hoy, que se muestra, ya no aletargada, sino a la altura del nombre de la novela de don Eduardo Blanco.

Durante años recientes se oyó decir que el pueblo venezolano había perdido su virilidad, que el tiempo y las comodidades derivadas del petróleo habían destruido el valor y el arrojo que lo llevaron caminando hasta Ayacucho o que hicieron posible el cruce de los Andes y la victoria de Boyacá; nos hicieron creer –quizás con intención aviesa– que héroes y heroínas pertenecían al pasado, que mujeres como Luisa Cáceres, Eulalia Ramos, María Campos y Josefa Padrón eran seres de un lejano pasado, sin conexión con el presente, como si sus genes se hubieran mudado de planeta o mutado en el laboratorio de sus sufrimientos.

No es descabellado pensar que fuimos sometidos –intencionalmente– a un proceso de destrucción de nuestro orgullo nacional, de desvinculación con los heroísmos pasados y de distorsión de nuestra verdadera historia. Los que hacen de la tiranía oficio, deben saber que un pueblo que haya perdido la fe en sí mismo es proclive a renunciar a sus derechos y fácil presa de sus pretensiones. Por el contrario, uno como el venezolano, cuyas andanzas heroicas le hubieran dado a Homero material para escribir varias Iliadas y muchas Odiseas, es difícil de sojuzgar, por no llamar insojuzgable.

Insufla alegría al alma ver a una mujer enfrentar, retadora, a una tanqueta de la Guardia Nacional; ponen brillo en nuestros ojos los muchachos que a mano limpia devuelven las bombas lacrimógenas con que pretenden someterlos; nos ahogan de orgullo los ancianos que recobraron el paso firme de sus años mozos y que portan el bastón de la vejez con mucha más dignidad que los generales su bastón de mando.

Algo sumamente importante sucedió el 19 de abril de 2017. Ese día –al igual que el de 1810- no logramos la libertad, pero nos pusimos en el camino correcto para alcanzarla; este 19 de abril nos encontramos a nosotros mismos, sentimos bullir en nuestras venas la sangre caribe y redescubrimos que nunca dejamos de ser el pueblo de Bolívar y Sucre, de Vargas y de Convit, de Bassil y de Redman. Esta convicción nos hace invencibles y aterra a los tiranos.

turmero_2009@hotmail.com

@DulceMTostaR

http://www.dulcemariatosta.com

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​José E. Rodríguez Rojas

En la nueva situación del mercado petrolero, dominada por la sobreoferta, la OPEP ha perdido su capacidad de controlar los precios. La sobreproducción ha sido generada por una revolución tecnológica que ha impulsado la oferta de petróleo. Como parte de esta revolución el sistema de producción fracking ha cambiado las reglas de juego de la industria. En este contexto, el régimen bolivariano sumergió a PDVSA en un estado de postración, como consecuencia del cual la producción ha venido disminuyendo. En el entorno actual del mercado, dominado por bajos precios, la empresa es inviable y su producción continuará declinando, en una lenta agonía, a menos que se implementen reformas para adaptarla a la nueva situación del mercado.

En el pasado mes de marzo de este año CNN Dinero dedicó otro programa al tema petrolero. En esta oportunidad, entrevistaron al experto petrolero Evanán Romero, quien se desempeño como viceministro de energía y minas en el segundo gobierno de Rafael Caldera. El tema planteado por el entrevistador Xavier Serbiá, fue el relacionado con el comportamiento de los precios del petróleo y la incapacidad de los productores de la OPEP de generar una recuperación significativa de los mismos. El acuerdo de la OPEP impulsó los precios hasta un pico en enero, cuando rondaron los 60 dólares el barril, pero a partir de allí los precios comenzaron a bajar hasta ubicarse en alrededor de 50 dólares y la tendencia del mercado continuaba a la baja. El fracaso de la OPEP en controlar los precios, ha llevado al banco de inversión Goldman Sachs a concluir que ya la OPEP no es una organización “hacedora de precios sino una gran administradora de recursos petroleros”.

Ante estos planteamientos, el experto entrevistado señaló que el fracaso de la OPEP era normal en un mercado dominado por la sobreoferta de petróleo. Los avances tecnológicos, que han impulsado la oferta de petróleo, han cambiado las reglas del juego del negocio. Un elemento clave de esta revolución tecnológica es el sistema de fracturación hidráulica conocido como fracking, el cual ha contribuido a impulsar la producción de crudo de los Estados Unidos y convertido a este país en el primer productor de crudo del mundo. Según Romero, Arabia Saudita trató, en el año 2014, de cambiar esta situación y eliminar la producción basada en el fracking, a tal fin inundaron el mercado y bajaron los precios hasta llegar a los 26 dólares. Sin embargo, fracasaron en su propósito y lo que lograron fue presionar a los productores de fracking a incrementar su eficiencia y productividad. 60% de los pequeños productores basados en este sistema sobrevivieron. Las grandes empresas estatales de producción de crudo, como la de Arabia Saudita, fracasaron y debieron renunciar a su intento de eliminar el fracking, ya que su situación fiscal había sido afectada y era insostenible. Este evento fue un hito que reveló hasta qué punto los productores OPEP perdieron el control del mercado.

A continuación el entrevistador del programa señaló, que el sistema fracking también había sido afectado por los bajos precios, pues se vieron obligados a endeudarse. Si los precios bajan de 45 dólares los productores enfrentarán problemas de financiamiento, ya que los bancos cerrarían el grifo.

Ante esta posibilidad, Romero respondió que esto es correcto, la situación de ahora en adelante será de precios bajos y las perspectivas que se avizoran es que ahora van a entrar al fracking las grandes compañías transnacionales, que tienen recursos propios y no tienen que recurrir a los bancos. En consecuencia los pequeños productores serán desplazados. Esta es la prioridad de estas grandes compañías, que ya no están entrando en la explotación petrolera en el golfo, Siberia o Alaska. Estima que el precio no va a pasar de 65 a 70 dólares.

Al final de la entrevista, el experto petrolero señaló que esta nueva situación pone en un predicamento a las grandes empresas estatales productoras de petróleo. A su juicio estos dinosaurios corren el riesgo de desaparecer. Con estos niveles de precios no hay forma en que los estados puedan mantener estos parapetos ineficientes, burocráticos y dominados por la corrupción. Ellos van a desaparecer. Los que no incluyeron las reformas, caso PDVSA de Venezuela, van a desaparecer. Pemex de México está acelerando las mismas.

La aseveración de Romero sobre PDVSA es confirmada por varias fuentes. Por un lado el estado de postración de PDVSA ha sido reconocido por instituciones como el IESA. El jefe del Centro de Energía y Ambiente del IESA Francisco Monaldi y Diego Guerrero del mismo centro, han resaltado el declive de la producción de la estatal y los factores que han incidido en ello, destacando el descuido en cuanto a atender las necesidades de inversión y mantenimiento de la empresa. El régimen bolivariano cifró sus esperanzas en que la OPEP lograría un incremento sustantivo en los precios del petróleo y orientó los recursos para mantenimiento e inversión a otros fines, raspando la olla sin contemplación alguna. El incremento de la burocracia y la dispersión de la empresa en diversos propósitos diferentes al de una empresa petrolera, ha incrementado su ineficiencia. Adicionalmente a ello, el flujo de caja (flujo de efectivo) de la empresa se ha reducido, ya que una buena parte de la producción se destina a pagar los compromisos con China y otra parte a apoyar los compromisos del Pacto de San José y el apoyo a Cuba. El precario flujo de caja limita la posibilidad de que la empresa pueda afrontar los gastos de mantenimiento y la inversión necesaria para impulsar la producción y recuperarse.

Analistas de firmas financieras informaron recientemente, en la página de Bloomberg especializada en noticias de negocios y mercados, que PDVSA necesita un precio mínimo de 100 dólares para tener un flujo de caja que le permita realizar las inversiones requeridas para impulsar la producción y comenzar un proceso de recuperación. A los bajos precios, que se prevén dominarán el mercado, la empresa no es viable y su producción continuará declinando tal como lo afirma el experto entrevistado por CNN.

En síntesis, el chavismo ha llevado a la compañía petrolera a un estado de postración que pone en duda su sostenibilidad, en la nueva situación de bajos precios que dominarán el mercado petrolero de ahora en adelante. En consecuencia la agonía de PDVSA se prolongará en el tiempo, a menos que se emprendan reformas para adaptarla a las nuevas características del mercado.

Profesor UCV

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El periodista Víctor Amaya reproduce en su cuenta de Twitter dos tuits que circularon ayer. En uno Jesús Mejías se pregunta: “¿Y los dólares del Guaire qué se hicieron? A lo que Jacqueline Faría, en su cuenta @JaquelinePSUV, responde: “Se invirtieron completicos, sino pregúntale a tu gente que se bañó sabroso”.

No es tiempo para cinismos. Comento esto porque ese breve tuit, más allá de ser una desagradable anécdota, nos demuestra de manera palpable la miseria que puede caber en el espíritu de los que nos gobiernan. Hay que tener la cabeza llena de estiércol para lanzar una frase de ese tenor.

En ese mismo orden de ideas –o de miserias-, me detengo en el caso del joven asesinado en Chacao. Leo este testimonio de la familia del joven Pernalete: “A mi sobrino le destrozaron el corazón con una bomba lacrimógena. Tenía un año manifestando y había ido a cinco manifestaciones, lo que quería era un mejor país”, eso dice Selva Selena Llovera, tía del joven Juan Pablo Pernalete Llovera. Ante esto, ¿puede explicarnos Eleazar Díaz Rangel qué significa su titular de hoy en Ultimas Noticias?: “La autopsia descartó muerte por lacrimógena”. ¿Qué quiere decir esto, Rangel? ¿Que el joven murió no porque estaba en una manifestación que fue salvaje y brutalmente reprimida por la Guardia Nacional de este regimen, sino por alguna otra extraña circunstancia? ¿Qué se pretende? ¿Exculpar a la Guardia, declararla inocente de un crímen imperdonable, de un asesinato?

Comento el tuit de Jaqueline Faría y esta despreciable primera página de Últimas Noticias, porque ambas citas evidencian la carroña espiritual que alienta a quienes que nos arrastran por esta hora tan amarga, triste y oscura de nuestro país.

Correo del Orinoco, la Artillería del Pensamiento, diario oficialista: “Fuera de la OEA y pal carajo, somos libres y más nunca volveremos”. Así se llena la boca Maduro haciendo referencia a la salida de la Organización de Estados Americanos. Poco se puede decir de esta inútil fanfarronada, porque no es eterno Maduro y mucho menos es eterno su gobierno. En definitiva y por donde se vea, el tiempo lo tiene en contra.

Mark Toner, vocero del Departamento de Estado de los Estados Unidos, le responde con algo obvio y elemental: “La última palabra sobre la salida de la OEA la tendrá el sucesor de Maduro”, tal y como le citan en la página de Unión Radio. “La declaración que hizo ayer la ministra de Exteriores (de Venezuela, Delcy Rodríguez) no tiene un efecto real inmediato ni práctico, porque retirarse de la Organización de Estados Americanos (OEA) puede llevar hasta dos años. Eso se extendería hasta después del final del mandato del presidente Maduro, y la decisión solo podría convertirse en definitiva si lo decide su sucesor”. En fin… ¿Para qué pelear con el almanaque si el tiempo es infalible?

Y, hablando del sucesor, ayer la Asamblea Nacional, en sesión histórica hecha en extramuros, tomó varias decisiones. El Nacional publica en primera página: “AN aprobó manifiesto para restituir el orden democrático en el país. El Parlamento hace un llamado de auxilio a la comunidad internacional, en especial a la naciones de América Latina, para que unidas propicien una salida electoral a la crisis política, económica y humanitaria que atraviesa Venezuela”. Y destacan siete exigencias puntuales a Nicolás Maduro:

1.- Restituir el derecho al voto con un CNE imparcial, sin presos políticos ni inhabilitados y con observadores internacionales.

2.- Activar los mecanismos constitucionales para celebrar una elección presidencial anticipada este año.

3.- Fijar y realizar elecciones regionales y municipales en 2017.

4.- Permitir la activación de un canal humanitario.

5.- Respetar a la Asamblea Nacional.

6.- Liberar a todos los presos políticos.

7.- Desmovilizar y desarmar a las “fuerzas paramilitares”.

Y en el antetítulo se destaca la que quizá sea la frase más importante: “La solución no es militar, es civil”.

http://www.talcualdigital.com/Nota/142049/miserias-y-esperanzas

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Hay comentarios que muestran el talante de un alma, la atrofia espiritual de un ser. Es evidente que Venezuela está agotada, extenuada, abatida, exhausta… ¿Cómo te lo explico con un sinónimo que te llegue a la poca humanidad que has optado por dejar en ti? No obstante, no incurriré yo contigo en la misma deshumanización con la que miras a tus compatriotas. Me gustaría que fueras mejor, que la historia te recordara de una manera menos triste de la que, ciertamente, lo va a hacer. Me gustaría también que callaras más, porque tus palabras se vuelven contra ti. Es que también la palabra inoportuna y ordinaria es una forma de tormento.

Venezuela está harta de muchas cosas, pero sobre todo harta de la maldad que representas, de la contradicción entre tu prédica y tu criminal acción de cada día, de que tortures a tu pueblo en nombre del amor. Cansados de tus acciones soeces que ofenden la bondad y la cultura de nuestra gente.

Esta semana vimos al joven Hans Wuerich caminar desnudo hacia una de esas máquinas de agresión que los chinos nos han vendido como parte de su cooperación con el pueblo de Venezuela. La verdad es que a este muchacho lo único que le faltaba era una corona de espinas para ser continuación de la pasión de la Semana Santa que acabamos de pasar: desnudo, como Jesús, cuyas ropas echaron a suerte los centuriones; su desnudez fue el acto sagrado de cargar con la nuestra; con nuestra indigencia de leyes y justicia, de moral y de respeto. No me cabe duda de que cuando este tiempo pase —porque quiero que sepas que pasará— la imagen de Hans quedará como el Ecce Homo venezolano de este momento, cargado con todas las amarguras, con todos los dolores, perdigones y maltratos que le infligiste.

En su libro El 18 brumario de Luis Bonaparte, encontramos esta frase de Marx —Carlos, no Groucho—: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez, como farsa”. Ya vivimos la tragedia: la ruina de Venezuela en el momento más esplendoroso de su historia petrolera. La fatalidad de que, insurgiendo en contra de la corrupción, la injusticia y la pobreza, se haya edificado el régimen más corrupto, injusto y empobrecedor de toda nuestra historia, que ya es bastante decir. Superada la tragedia, los acontecimientos vuelven a repetirse, como diría Marx, como farsa, es decir: engaño, mentira, patraña, simulación, fingimiento... Es una pena, porque estoy seguro de que alguna vez soñaste algo distinto, cuando no eras poderoso y estabas del lado de la mayoría maltratada... Somos actores en el drama de la vida, pero también es verdad que somos seres libres de desechar el mal y optar por lo bueno y lo justo, por lo bello y noble. El que representa una farsa se llama farsante. Lo peor que le puede suceder al farsante es creerse su propia farsa.

Me despido con las palabras con las que el general espartano Leónidas despidió a Efialtes, el traidor que condujo a los persas para aniquilar a su propia gente: “Ojalá que vivas para siempre”.

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I.

El sábado pasado tuvo lugar una marcha por la ciencia en casi seiscientas ciudades, en diversas partes del planeta. Cobró forma al calor de una idea nacida en Washington como respuesta al desdén y la supina ignorancia con las que Donald Trump declara (no es el único político en hacerlo, por cierto) sobre la investigación y los investigadores. El propósito central fue subrayar la relevancia de la ciencia en la sociedad contemporánea y tomo en cada sitio motivaciones adicionales específicas, propias de cada país.

No se si habrá que decir que en ninguna parte de Venezuela se registró alguna marcha similar, a pesar de que los motivos sobran. En efecto, la investigación científica nacional se ha deteriorado visiblemente y hay muy pocos indicios que la muestren a la altura de las cánones que mandan en el siglo XXI.

II.

Claro, las urgencias y los apremios del país van por otro lado. Nuestro humor colectivo no da para manifestar a favor de la ciencia. Las marchas obedecen a otros impulsos, nacidos de una severa crisis que nos agobia a todos y que sobrepasa al gobierno entre otras razones porque el gobierno es su principal origen, además de que ha obstruido de mil maneras las posibilidades de enfrentarla, entre ellas la celebración de elecciones. Sin embargo, de unos días a esta parte, y en el marco de la protesta ciudadana, el propio Presidente Maduro ha declarado que deben realizarse. Buena noticia, si es que va en serio, piensa uno, tan dado en esta época al descreimiento. Sin embargo, habrá que ver en que modalidad se llevan a cabo (generales, regionales…) y en qué fecha, teniendo presente siempre que los comicios son condición necesaria, pero de ninguna manera suficiente, para que la sociedad salga de aprietos.

Declaraciones aparte, lo cierto es que, al momento de escribir estas líneas la represión de la protesta ciudadana ha sido la política gubernamental de más relevancia para encarar las dificultades nacionales.

III.

Ocurre, entonces, que, luego de remar durante casi dos décadas, la revolución bolivariana terminó de disolverse en los gases esparcidos por las bombas lacrimógenas y al menos dos decenas de muertos que no debieron morir. Sin el paraguas del discurso épico montado sobre el barril petrolero, la Patria Bonita se consolidó como ficción. Las palabras se volvieron vacías y perdieron el vínculo con la terca realidad de cada día de todos los ciudadanos.

En fin, el proyecto que se articuló en torno al ofrecimiento de una sociedad productiva, equitativa, digna y consciente, ha dejado como saldo un país en muchos sentidos más desacomodado, vulnerable e incluso roto que el que teníamos antes. Luego de casi veinte años es sobre todo, el relato de un fracaso. O, peor aún, de una desilusión.

Al país se le traspapeló el futuro, no sabe cómo se camina para adelante. Por eso no le ve sentido a marchar por la ciencia

IV.

Nos vienen tiempos de cambio, no hay duda. Vendrán en formato de transición, asociados a la necesidad de resetear la política y darle un nuevo sentido común, a fin de que puedan darse las conversaciones y los acuerdos necesarios (favor no satanizar el diálogo a cuenta de una equivocada experiencia), con el propósito de ir estabilizando al país, a través de una secuencia variada y no siempre lineal de acciones, que, es bueno advertirlo, llevan su tiempo, no son como el café instantáneo.

Y, un poquito más allá, pero no tanto, de los apuros y de los agobios, la política habrá de fundamentarse sobre otros conceptos que nos permitan pensar de una manera nueva lo nuevo que se nos viene encima. Lo digo, entre otras cosas, porque se habla mucho, y con razón, de la economía post rentista. Pero poco, y sin razón, de la política post rentista.

El Nacional, 26 de abril de 017

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