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Opinión

Luis Manuel Aguana

Han pasado 25 años y la gente olvidó. En 1992 el país discurría en una dinámica diferente cuando unos militares alzados irrumpieron en la vida de todos nosotros. Moisés Naim hizo un extraordinario trabajo al recordarnos esos días con la nueva serie de Sony, “El Comandante”, inspirada en la vida de Hugo Chávez, que transmite en la actualidad RCN en Colombia (ver entrevista a Moisés Naim en NTN24 en https://youtu.be/ftCh9tLYv9c).

Me sorprendió conocer que Naim había sido el creador de la serie y uno de sus principales productores, porque comencé a ver los capítulos de “El Comandante” antes de saberlo y ahora entiendo porque esta historia me enganchó desde el primer capítulo. Nadie como Naim podría contextualizar tan bien la Venezuela de esos días, no solo por haberse desempeñado como ministro de CAP II, particularmente en una cartera como la que el él tuvo en el Ministerio de Fomento, sino por el extraordinario analista político que es. Ese conocimiento transformado en novela política es lo verdaderamente valioso de esa producción.

Al ser una serie de ficción en un género que particularmente me fascina, que es la historia fabulada, los productores pueden darse unas licencias bien sabrosas basándose en la realidad vivida en la Venezuela de ese entonces, que aunque pasaron ya hace 25 años y algunos recordamos muy bien esos días, no dejan de reflejar el por qué razón Chávez resultó el fenómeno telúrico que fue en esa Venezuela y porque aun sigue teniendo la aceptación que tiene su causa en una gruesa capa de la población. Hay que entender ese fenómeno si se quiere lograr sobrevivir con éxito a esta pesadilla que representa ahora los antivalores más despreciables, lo más alejado de aquella idea de cambio que movió a muchos venezolanos a votar por él en 1998.

De la serie resaltan de inicio dos cosas muy importantes que todavía no se resuelven. Lo primero, el derrumbe del entonces sistema político y la percepción generalizada de los venezolanos que los políticos estaban tan distanciados de los problemas de la gente llana que vieron con muchísima simpatía que alguien irrumpiera haciendo algo para sacarlos. Naim me recordó lo que todos decíamos de los adecos y los copeyanos. La gente los mimetizó, eran a los ojos de todos la misma vaina corrupta. Caldera, al alejarse de su partido y aglutinar sin una base militante a una población descontenta logró ganar las elecciones presidenciales en 1993. Pero aún así, no tomo las decisiones necesarias para salvar un sistema que ya estaba condenado.

Lo segundo es que recordé algo que yo mismo había olvidado: “¡por fin llegó alguien que se responsabiliza por algo en Venezuela!”, al ver a Chávez con su “por ahora” en televisión. Todos los venezolanos queríamos, deseábamos esa irrupción. Para mí significaba una cosa, pero para la mayoría de los venezolanos se traducía en otra muy diferente. Yo era –y sigo siendo, aunque disminuido- de la clase media. Me eduqué en un estrato social diferente de esa gran mayoría de personas que sintieron al golpista como una suerte de héroe que venía a su rescate, y en consecuencia tenía una percepción distinta.

Uno de los personajes populares de la serie ya lo ponía el un altar con la Virgen para que nada le pasara en Yare. Y ese detalle es muy significativo. Allí empezó a gestarse un mito, una cercanía popular muy difícilmente igualada por otro dirigente político en Venezuela. Eso será tal vez lo más difícil de resolver en el futuro, aun cuando Chávez haya muerto. Es el mismo mito de los “descamisados” peronistas que todavía llevó hasta anteayer a Cristina Fernández de Kirchner a la presidencia de Argentina.

Otro aspecto muy importante de la historia y que para pocos era conocido en ese entonces, es que Chávez no era solo un golpista cualquiera, era un conspirador ideologizado desde hacía muchísimo tiempo, proveniente de las mismas Fuerzas Armadas. Con el disfraz “bolivariano” escondía en el fondo la misma idea de transformación de la izquierda comunista que mueve a los movimientos guerrilleros en el continente, particularmente en Colombia.

¿Pero de donde vino eso? Del mismo lugar de siempre, de la pobreza en la que han vivido –o mejor aún, sobrevivido- nuestros países producto precisamente del olvido de la dirigencia política de gobernar para disminuir progresivamente ese cordón de miseria que nos ha rodeado históricamente. Chávez y sus sucesores se encargaron de usar esa mayoría en pobreza estructural para afianzar su poder y seguir generando más pobreza.

Llama particularmente la atención la importancia que le dio la producción de la serie a la pobreza que rodeó el origen del protagonista en el interior de Venezuela, donde sabemos que la necesidad es mucho mayor de la que se vive en Caracas. Las vicisitudes pasadas por ese niño pobre dan lugar a un resentimiento que persiste en su vida adulta y que se tradujo en una “viveza” que concibe el éxito de una manera distorsionada. Como dicen los expertos, la pobreza se lleva en la mente, pero aun cuando muchos se deslastran de ella, la mayoría sucumbe. Y Chávez encarnó ese sentimiento de venganza resentida de esa mayoría…

Pero ahora hay más pobreza y más resentimiento, que el régimen se está encargando de desviar muy astutamente desde ellos, que son los responsables, hacia donde siempre lo han hecho los comunistas (“el imperio” o “la derecha entreguista”), afianzando ese círculo vicioso que fue el origen del mal que nos acompaña. Se han agravado entonces esas dos cosas presentes en la Venezuela de 1992: a) la percepción generalizada que los políticos siguen aprovechándose de sus posiciones de poder para negociar y enriquecerse, y; b) esperan a que otro alguien aparezca para que los rescate.

¿Cómo enfrentamos eso? Es claro que no será fácil. Debemos volcarnos hacia nosotros mismos y entender que no podemos seguir haciendo lo mismo. Que la cosa no es simplemente decir que Chávez fue el malo de la partida –que lo fue- sino que el mal que lo creó sigue allí presente, vivito y coleando, exponenciado en muchos órdenes de magnitud, y que la cosa no es regresar a lo que había antes, porque eso fue precisamente lo que el venezolano despreció, abrazando a Chávez como su salvador.

El proceso constituyente tal vez no sea la panacea para resolver un problema de hondas raíces humanas, culturales y políticas, pero si ofrece la oportunidad de volver a empezar. Discutir con qué país debemos comenzar de nuevo. De allí debería salir una nueva clase política. Una muy diferente, no la que había antes ni mucho menos la que hay ahora. Nos debe permitir darles la oportunidad a voces que nunca han sido oídas, de todos los rincones del país, y provenientes de todos los sectores, no solo del político, que exigirán la reivindicación de sus luchas más sentidas.

Por otro lado, de esa discusión constituyente deberá salir una propuesta estructural y política que determine el comienzo de la solución de la pobreza, con una nueva manera de concebir al país. Nosotros proponemos una, la autonomía de las regiones y darle a cada venezolano a lo largo y ancho del país la oportunidad de explorar sus alternativas de desarrollo desde la entidad territorial más básica, el Municipio. El Proyecto País Venezuela es nuestra propuesta para sacar al país de la pobreza. Nos gustaría oír otras que no sean volver al pasado, a lo mismo que gestó a un fenómeno como Chávez. Tal vez esa sea la manera de evitar que otro muchacho, incapaz de deslastrarse de la pobreza de su mente y resentido de espíritu, recorra la historia de El Comandante convirtiéndose en Presidente de la República para desgracia de todos los venezolanos.

Caracas, 28 de Febrero de 2017

Blog: http://ticsddhh.blogspot.com/

Email: luismanuel.aguana@gmail.com

Twitter:@laguana

 6 min


Carlos Genatio

Los hombres del paleolítico se refugiaban en cuevas para defenderse de los peligros que la noche les imponía: eran atacados por feroces animales, con más fuerza que ellos, y estaban agobiados por miedos y sombras desconocidas, en un mundo del cual sabían muy pocas cosas, y tenían pocas herramientas para sobrevivir en él. La acumulación progresiva y sistemática de información y teorías, que eran contrastadas con la realidad, fue abriendo el camino a la creación y a la luz.

Esa salida de la oscuridad hacia el alcance del conocimiento, lo planteó Platón en su Mito de la Caverna. Platón describe a la humanidad, como hombres prisioneros en el fondo de una caverna, condenados a ver sombras en las paredes de la cueva, como si fueran la única realidad existente. Platón insiste en el esfuerzo que debe hacerse para ascender hacia la salida de la cueva y, gracias a la luz, contemplar el mundo del conocimiento, el de las ideas. Desde lo profundo de la prisión que impone la caverna propone salir de ella mediante “la ascensión allá Arriba y la contemplación de lo de Arriba, si pones que es camino ascensional del Alma hacia el lugar de lo inteligible” (…) Arriba, “en en lo cognoscible, está, Allá, cual final, la idea de lo Bueno; y es dificultosa de ver, más, una vez vista, hay que concluir que ella es causa para todo, de todo lo correcto y bello, que en lo visible engendra la luz” (…) “ y aporta verdad e inteligencia, y que ha de verla quien se disponga a obrar sapientemente en privado o en público”

Pero Venezuela tiene su propia oscuridad, y su caverna. Cuando una instancia de poder como el TSJ estableció en diciembre de 2013, que el presidente de la república de ese entonces, quien no estaba presente en el país, no estaba ausente, ni siquiera de manera temporal, el poder decía a los ciudadanos que la realidad no es tal cosa, que lo que ven no es lo que ven, es algo distinto. El poder sin separación de poderes, pretendió que lo que todos sabían, que el presidente estaba ausente desde el 9 de diciembre de 2013, luchando por recuperarse del cáncer que lo aquejaba desde hacía casi 2 años, no era una ausencia

¿Entonces qué es una ausencia? El poder insiste en imponer una falsa verdad, y sin pudor, exige obediencia: “Aquí hay libertad de expresión, todos pueden decir lo que quieran, pero lo que vale, es lo que decimos nosotros”. Eso dijo una prominente autoridad del Tribunal en ese momento. “La Verdad soy yo”, dice el poder.

Hoy, el TSJ viola las atribuciones de una Asamblea Nacional electa por la mayoría del país, y el CNE niega a los venezolanos las elecciones que la Constitución garantiza, con excusas inexplicables y justificaciones de ciencia-ficción.

El poder, al alejarse del elemental sentido de la verdad, cubre con una sombra a los ciudadanos, opacando el sentido común, abriendo espacios a las tinieblas, al miedo, a creencias atrasadas. Esa oscuridad no ocurre sin dejar consecuencias en la psiquis de los ciudadanos.

Así las cosas, a finales de 2013 un hombre de 40 años mató y descuartizó a su madre de 80, como parte de un ritual para salvar al presidente de la república; en agosto de 2013, unos 100 babalaos y santeros vestidos de blanco, entraron a las 3 de la madrugada a Maiquetía, bajándose de un avión no anunciado y sin pasar por inmigración, y un cunaguaro del zoológico El Pinar, fue mutilado, le cortaron las garras, para un ritual. Todo esto, sin olvidar que la defensora del pueblo dijo que la inseguridad es una “sensación”, producto de la acción de los medios.

La delincuencia se suma a la irracionalidad y al miedo. Vienen, como anillo al dedo, las reflexiones de Foucault: “La delincuencia, con los agentes ocultos que procura, pero también con el rastrillado generalizado que autoriza, constituye un medio de vigilancia perpetua sobre la población: un aparato que permite controlar, a través de los propios delincuentes, todo el campo social.” “Cuanto más delincuentes existan, más crímenes existirán; cuanto más crímenes haya, más miedo tendrá la población y cuanto más miedo en la población, más aceptable y deseable se vuelve el sistema de control policial.” A eso juega el poder.

http://www.analitica.com/opinion/el-poder-en-la-caverna/

 3 min


Luis Xavier Grisanti

Juan Pablo Pérez Alfonzo esgrimió la hipótesis según la cual un aumento súbito de los ingresos petroleros ocasiona una intoxicación económica una vez que la economía rebasa su capacidad de absorción. El cuerpo económico de un país es incapaz de digerir, sin atarantarse, el descomunal influjo de ingresos financieros.

Pérez Alfonzo, en su libro Petróleo y Dependencia (1971), calculó que, entre 1936 y 1948, Venezuela pudo armonizar el crecimiento de la economía petrolera y el de la no petrolera; pero en la década 1948-1958 (dictadura de Pérez Jiménez), el buen desempeño sufrió una ruptura debido a la intoxicación económica. Luego de la restauración democrática en 1958, Pérez Alfonzo arguyó que en los años siguientes la economía venezolana se reactivó, e inclusive, las actividades no petroleras crecieron más que las petroleras, disminuyendo la dependencia externa del país.

En los años 70 el fundador de la OPEP definió el fenómeno Efecto Venezuela como aquel conforme al cual un país exportador de petróleo desborda su capacidad de absorción, al inyectar en forma desordenada un volumen enorme de liquidez monetaria producto de una bonanza de precios. Los actores políticos, económicos y sociales adquieren una mentalidad rentística y surge el Petro-Estado (Terry Lynn Karl, 1997).

A partir de 1936 y sobre todo desde 1958, la democracia edificó una asombrosa infraestructura física y productiva (amplia red de hospitales, liceos, universidades, autopistas, carreteras y vías agrícolas, el vasto complejo industrial e hidroeléctrico de Guayana, el sistema eléctrico y de acueductos nacionales, el Metro, etc.). Hubo un pujante desarrollo industrial. La gerencia macroeconómica fue equilibrada, exhibiendo altas tasas de crecimiento y empleo con bajísima inflación.

El largo período de auge económico de Venezuela se extendió desde la instauración del Programa de Febrero, en 1936, hasta la bonanza petrolera de 1973-1974, cuando la Guerra del Yom Kippur hizo cuadruplicar los precios del petróleo. Sobrevino un punto de inflexión en el modelo de desarrollo (democracia, economía mixta de mercado, inversión social y cooperación entre el Estado y el sector privado), gestándose el Petro-Estado rentístico, del cual no hemos salido hasta la fecha.

@lxgrisanti

http://www.analitica.com/opinion/rentismo-y-petro-estado-2/

 1 min


Lo más sorprendente y revelador del caso de Adrián Solano es su actitud. El problema no es que no sepa esquiar sino que le parezca natural presentarse en un campeonato mundial de esquí sin saber esquiar. Lo extraordinario es que le parezca normal viajar a Finlandia, tratar de esquiar sobre una pista de 10 kilómetros, sin haber tenido la más mínima preparación para hacerlo. Esto fue lo que escribió Adrián Solano en su cuenta de Instagram: “aunque no conocía la nieve y no tuve la oportunidad de entrenar, aquí estoy dando lo mejor”. Es una expresión perfecta de la certeza nacional que se empeña en afirmar que la improvisación es un método.

No es una novedad que las autoridades francesas se comporten como se comportan la mayoría de los funcionarios de migración en el planeta. Donald Trump no es una invención propia. Es un síntoma de un tiempo lleno de mudanzas, miedos y resentimientos. Tampoco es una novedad que hayan actuado con racismo y sarcasmo, que hayan sospechado de alguien porque les parece un pobre proveniente de latinoamérica. Más desconcertante es la respuesta de la Canciller venezolana. Desde la épica del twitter, Delcy Rodríguez escribió que –siguiendo instrucción del Presidente Maduro– presentaría una “fuerte protesta” por “afrenta” contra el “deportista”. ¿A cuántos venezolanos les ocurre diariamente lo mismo en cualquier aeropuerto del mundo? ¿Por qué a Rodríguez le parece tan especial y diferente este caso?

En un segundo mensaje, además, siempre desde la trinchera de las redes sociales, la Canciller añadió: “Es absolutamente inadmisible las ofensas contra el gentilicio venezolano, producto de las campañas de desprestigio de la oposición violenta” (SIC). La conclusión es: Rodríguez protesta contra el embajador de Francia pero, en rigor, según ella misma sostiene, debería protestar contra la MUD, porque la culpa de la detención del esquiador que no sabe esquiar la tiene la oposición. Es tan absurdo que incluso cuesta ordenarlo en unas frases. La lógica del oficialismo impide pensar.

Quizás, lo que realmente ocurre es que Solano nos recuerda a todos lo que está pasando en el país. Solano nos desnuda en medio del frío. Nos expone ante las cámaras del mundo. No hay mayores diferencias entre lo que hace Adrián Solano y lo que hace el Presidente de la República. Con cualquiera de las acciones o declaraciones de Nicolás Maduro, en los últimos 3 años, se puede armar también un video tan divertido como patético, tan insólito como trágico. Basta recordar lo que ha dicho y hecho con los poderes especiales que se le dieron para enfrentar y derrotar la supuesta guerra económica. El único sentido de eficacia que conoce Maduro es la creación de Estado Mayores. Antes cualquier crisis, su respuesta es la misma: constituye una nueva instancia, casi siempre militar, para que ella se haga cargo de la crisis. No ha podido solucionar nada. Ni siquiera le ha salido bien el estridente cambio de billetes. Ha ido delegando todo y, finalmente, al menos ante el público, ha quedado reducido a la representación. Maduro no ejerce el poder, solo lo representa. Sale al escenario cuando le toca y repite lo que dice el libreto. Está ahí para ocultar algo. Por eso promociona el liqui liqui y obvia la inflación o la escasez. Por eso el presupuesto del 2017 –aprobado de espaldas al país- asigna más dinero a la propaganda que a los servicios de agua y de luz. Por eso habla de salsa y no menciona que los quirófanos del Hospital oncológico Luis Razetti llevan un mes cerrados.

Pero incluso, a la hora del espectáculo, Maduro también patina, resbala, se tropieza, hace el ridículo. Esta semana, tratando de burlarse de Julio Borges, terminó burlándose del dolor de la población, de la tragedia de un grupo de venezolanos que murieron por comer yuca amarga. Intenta un chiste y no le sale una morisqueta sino una vulgaridad, una ofensa indignante. También tiene serios problemas de coherencia argumental. Lo ocurrido esta semana con Rajoy puede ser un buen ejemplo. Durante estos 3 años, Maduro no ha hecho otra cosa que insultar al primer mandatario español. Entre otras nimiedades, le ha dicho “basura”, “corrupto”, “racista”, “colonialista”, “sicario”, “vende patrias”… El pasado 17 de febrero se refirió a él como “bandido” y “protector de delincuentes y asesinos”. Sin embargo, hace 3 días, con naturalidad, simpatía y completa seriedad, mandó un saludo y dijo “espero estar pronto en España con mi amigo Mariano Rajoy”. ¿En cuál Nicolás Maduro hay que creer? ¿Cuál de todas sus representaciones hay que tomarse en serio?

Lo más sorprendente y revelador del caso de Adrián Solano es su parecido con el caso de Nicolás Maduro. Haz la prueba. Métete en youtube, pon el video de la pista de esquí de Finlandia. Coloca la cara de Nicolás sobre el cuerpo de Solano. Míralo bien, ahí, con su uniforme anaranjado, trastabillando sobre la nieve. Ni esquía, ni camina, no avanza. Es un peligro para los demás. Pero sonríe. Orgulloso. También puedes hacer el ejercicio al revés. Toma cualquier video de Nicolás y coloca la cabeza Solano sobre el liqui liqui de turno. También funciona. Ahí está Solano, sonriendo junto a Cilia. Ahí está Maduro vuelto un ocho con sus chapaletas de madera. Los dos se confunden, son iguales. Ambos miran a cámara. Nos miran. Sonríen, como diciéndonos “No sé nada de esto pero le estoy poniendo corazón. Estoy cagándola pero estoy feliz. Estoy dando lo mejor”. Es el mismo chapoteo sobre el precipicio. Solano solo es un espejo. Nicolás Maduro está esquiando en Miraflores.

http://prodavinci.com/blogs/esquiando-en-miraflores-por-alberto-barrera-...

 4 min


Moises Naim

Llevo años estudiando el poder y a quienes lo tienen o lo han tenido. Mi principal conclusión es que, si bien la esencia del poder –la capacidad de hacer que otros hagan o dejen de hacer algo– no ha cambiado, las maneras de obtenerlo, usarlo y perderlo han sufrido profundos cambios. Otra observación es que la personalidad de los poderosos es tan heterogénea como la humanidad misma. Los hay solitarios y gregarios, valientes y cobardes, geniales y mediocres. Sin embargo, a pesar de su diversidad, todos tienen dos rasgos en común: son carismáticos y vanidosos. Según la Real Academia Española, carisma es "la especial capacidad algunas personas para atraer o fascinar". Los líderes carismáticos inspiran gran devoción e, inevitablemente, los aplausos, la adulación y las loas inflan su vanidad. Es fácil que la vanidad extrema se convierta en un narcisismo que puede ser patológico. De hecho, estoy convencido de que uno de los riesgos profesionales más comunes entre políticos, artistas, deportistas y empresarios exitosos es el narcisismo. En sus formas más moderadas, este narcisismo, el encanto consigo mismo, es irrelevante. Pero cuando se vuelve más intenso y domina las actuaciones de quienes tienen poder, puede ser muy peligroso. Algunos de los tiranos más sanguinarios de la historia mostraron formas agudas de narcisismo y grandes empresas han fracasado debido a los delirios narcisistas de su dueño, por ejemplo.

La Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos ha desarrollado criterios para diagnosticar el narcisismo patológico. Lo llama “Desorden de Personalidad Narcisista” y, según las investigaciones, las personas que lo padecen se caracterizan por su persistente megalomanía, la excesiva necesidad de ser admirados y su falta de empatía. También evidencian una gran arrogancia, sentimientos de superioridad y conductas orientadas a la obtención del poder. Sufren de egos muy frágiles, no toleran las críticas y tienden a despreciar a los demás para así reafirmarse. De acuerdo con el manual de la organización de psiquiatras estadounidenses, quienes sufren de DPN tienen todos o la mayoría de estos síntomas:

1) Sentimientos megalómanos, y expectativas de que se reconozca su superioridad.

2) Fijación en fantasías de poder, éxito, inteligencia y atractivo físico.

3) Percepción de ser único, superior y formar parte de grupos e instituciones de alto status.

4) Constante necesidad de admiración por parte de los demás.

5) Convicción de tener el derecho de ser tratado por los demás de manera especial y con obediencia.

6) Propensión a explotar a otros y aprovecharse de ellos para obtener beneficios personales.

7) Incapacidad de empatizar con los sentimientos, deseos y necesidades de los demás.

8) Intensa envidia de los demás y convicción de que los demás son igualmente envidiosos de él.

9) Propensión a comportarse de manera pomposa y arrogante.

Y ahora hablemos de Donald Trump.

No hay duda de que el actual presidente de Estados Unidos exhibe muchos de estos síntomas. ¿Pero lo inhabilita eso para ocupar uno de los cargos de mayor responsabilidad de nuestro planeta? Un grupo de psiquiatras y psicólogos cree que sí. Enviaron una carta a The New York Times en la cual señalan:

“Las palabras y las acciones del señor Trump demuestran una incapacidad para tolerar puntos de vista diferentes a los suyos, lo cual lo lleva a reaccionar con rabia. Sus palabras y su conducta sugieren una profunda falta de empatía. Los individuos con estas características distorsionan la realidad para adaptarla a su estado psicológico, descalificando los hechos y a quienes los transmiten (periodistas y científicos). En un líder poderoso, estos ataques tenderán a aumentar, ya que el mito de su propia grandeza parecerá haberse confirmado. Creemos que la grave inestabilidad emocional evidenciada por los discursos y las acciones del señor Trump lo incapacitan para desempeñarse sin peligro como presidente”.

Esta carta es, por supuesto, muy controvertida. No solo por la posición que toma con respecto al presidente Trump, sino también porque viola el código de ética de la Asociación Americana de Psiquiatría. El código mantiene que no se puede diagnosticar a nadie –especialmente a una personalidad pública– a distancia. La evaluación en persona es indispensable. Sin embargo, en la carta los firmantes sostienen: “Este silencio ha llevado a que no hayamos podido ofrecer nuestra experiencia a periodistas y miembros del Congreso preocupados por la situación en tan críticos momentos. Tememos que haya demasiado en juego para seguir callando”. Alexandra Rolde, una de las psiquiatras que firmó la carta, le dijo a la periodista Catherine Caruso que su propósito y el de sus colegas no era diagnosticar a Trump, sino enfatizar rasgos de su personalidad que les preocupan.

Rolde no cree que se deba hacer un diagnóstico sin haber examinado al paciente, pero opina que es apropiado hacer ver cómo la salud mental de una persona puede afectar a otros o limitar su capacidad para desempeñarse adecuadamente.

Otros psiquiatras no están de acuerdo: “La mayoría de los aficionados que se han metido a hacer diagnósticos se han equivocado al etiquetar al presidente Trump con un desorden de personalidad narcisista. Yo escribí los criterios que definen este desorden y el señor Trump no encaja en ellos. Él puede ser un narcisista de categoría mundial, pero eso no lo convierte en enfermo mental, ya que no sufre de la angustia y la discapacidad que caracterizan un desorden mental. El señor Trump genera severas angustias en otras personas, pero él no las sufre y, más que penalizado, ha sido ampliamente recompensado por su megalomanía, egocentrismo y falta de empatía”.

Quien esto escribe es el médico psiquiatra Allen Francis, director del grupo de trabajo que elaboró la cuarta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de Desórdenes Mentales. La sorpresa es que el doctor Francis va más allá de su especialidad. “Los insultos psiquiátricos son una manera equivocada de contrarrestar el ataque del señor Trump a la democracia. Se puede, y se debe, denunciar su ignorancia, incompetencia, impulsividad y afanes dictatoriales. Pero sus motivaciones psicológicas son demasiado obvias como para que tengan algún interés, y analizarlas no detendrá su asalto al poder. El antídoto contra una distópica edad oscura trumpiana es político, no psicológico”.

Una de las conclusiones del doctor Francis es fácil de compartir y otra menos. La fácil de aceptar es que más importante que la salud mental del presidente es la salud política del país. La capacidad de las instituciones para resistir los intentos de Trump de concentrar el poder es la batalla más importante que se libra en Estados Unidos. Sus resultados tendrán consecuencias mundiales. La otra conclusión de Francis es que la estabilidad mental de Donald Trump es irrelevante. No estoy de acuerdo. Trump lleva pocas semanas en la Casa Blanca y su conducta ya es causa de justificada alarma. Los problemas y frustraciones del presidente se van a agudizar. Y eso no es bueno para su salud mental.

@moisesnaim

http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/esta-loco-trump_8277

 5 min


La salida pacífica y electoral de un gobierno depende de dos variables centrales. 1) El costo de salida y 2) el costo de evitar una elección que perdería. En una democracia convencional, se produce la relación perfecta para el cambio. Por una parte, la potencial salida del gobierno tiene costos relativamente bajos. Por supuesto que perder el poder es un drama, pero en el sistema democrático ese costo es acotado. El gobierno puede salir, pero no significa que el partido y el líder pierden todo, incluyendo la posibilidad de volver.

La democracia institucional garantiza la separación de poderes, por lo que una derrota presidencial no significa que el partido saliente deje de tener representantes en el Parlamento. Los magistrados no terminan su función porque un presidente sale del poder, ni se cambian los miembros de la mayoría de las instituciones hasta que no se venzan sus períodos. En democracia, el cambio del Ejecutivo suele ser “soft”. La idea del nuevo gobierno es gobernar y ejecutar sus propuestas, pasando rápidamente la página sobre el pasado. Por supuesto que pueden haber eventos específicos contra el gobierno o el líder previo si se descubren o suponen malos manejos y corrupción, pero todo pasa por el tamiz institucional del país, que se supone serio e insesgado. En la mayoría de los casos, los cambios electorales de gobierno no abren una batalla sino que más bien la cierran y las posibilidades de regreso futuro del partido y líderes salientes es posible y hasta elevada. Los costos de salida entonces son bajos y controlados, por lo que los estímulos para hacer “lo que sea” para bloquear las elecciones son casi despreciables. Por otra parte, en un sistema democrático, el costo de evitar la elección y bloquear los cambios naturales deseados por el pueblo suelen ser infinitos. Primero porque conceptualmente la elección es un elemento inherente a la democracia y evitar la elección es romper el sistema y abrir una caja de Pandora, empezando por la posición militar que suele ser institucionalista. El bloqueo electoral es inconsistente con la democracia. Las instituciones de poder y la población se convierten en una barrera para el bloqueo. En este sistema, la realidad se ubica en el cuadrante perfecto: bajos costos de salida y alto costo de bloqueo, lo que dificulta que el gobierno intente quedarse a la fuerza.

Pero, ¿qué pasa si el sistema político no es una democracia integral sino un gobierno concentrador de poder y autoritario? La cosa se complica. Mientras más control tiene el gobierno y más acostumbrado está a mandar y hacer lo que quiera, sin balances de poder ni contrapesos, el costo de su salida se eleva at infinitum. No se trata sólo del poder que pierde, que ya es suficientemente grande para estimular sus acciones radicales de protección. Se trata también de que sus acciones presentes representan una amenaza futura a su libertad, su integridad personal y su patrimonio, a menos que su salida segura esté garantizada por una negociación, que sólo ocurre si no le queda más remedio.

Si en adición, el adversario de ese gobierno es estructuralmente débil, fracturado, desarticulado, desarmado y sin liderazgos sólidos y el gobierno logra una relación utilitaria con el sector armado del país, el costo de bloquear salidas electorales, e incluso el costo de reprimir, es bajo y provocativo. Entonces la realidad se ubica en el cuadrante perverso: altos costos de salida, que convierten al gobierno en un ejército de kamikazes, y bajo costo de bloqueo a la salida pacífica, que estimula a que use la fuerza institucional para evitar toda elección que no pueda ganar, controlar o manipular. Usted dirá dónde estamos.

luisvleon@gmail.com

 2 min


Carlos Raúl Hernández

Hay una campaña sucia y sistemática contra Henri Falcón, Manuel Rosales y cualquier conato de racionalidad en las decisiones opositoras. Se sabe quiénes la desarrollan, no con la cabeza, sino con cuidada sea la parte. Es tragedia y comedia al mismo tiempo, porque en vez de resetearse y emprender el único camino, la elección de gobernadores, la oposición se volcó sobre sí misma y un sector se dedica a devorar a otro. Las gallinas jefes del canibalismo se esconden. Si un gran filósofo italiano decía que la política era “bestial y humana”, de lo rastrero y lo sublime, hay quienes solo hacen lo primero. Un pequeño sector rabioso –y unos que no lo eran, ahora colonizados por él– hacen lo que quieren, violentan los acuerdos, desacreditan a los demás, mientras las víctimas fingen no darse por aludidas. Han dicho N veces que hay revolución y no Estado de Derecho, pero se enredan en sus propias definiciones.

Están confundidos en algo tan grave como que un preso político aquí no es un procesado por la Ley, inviolable, y está a expensas de la arbitrariedad, cosa que deberían saber bien. Por esa contradicción, el resultado de las operaciones para la libertad de Leopoldo López es catastrófico, aunque en la neolengua alguien podría decir que fue un gran éxito frustrado (como el RR). En otros lugares de circunstancias parecidas la defensa de un preso político la hacían grupos de Derechos Humanos y abogados independientes que intentaban deslindarlo del conflicto con discursos legal-humanitarios, porque hay que ser demasiado menso para presidir la campaña con la consigna de “gobierno cobarde: suéltalo para que nuestro líder acabe contigo”. Y sin el instinto de conservación de una iguana, surge la genialidad de grandes estadistas: la reunión con Donald Trump

Populacho elegante
La respuesta del régimen fue aplastante, obvia y cruel. Como lo dice la señora Tintori naturalmente atribulada “se vengaron en Leopoldo de mi reunión con Trump”. Su status judicial anterior era una pequeña puerta abierta para la negociación, pero ahora ceteris paribus no podrá ser candidato a ningún cargo público, ni siquiera si lo indultan. Y los responsables políticos directos quieren esconder su torpeza con la única habilidad que poseen: hacer que el populacho elegante trasmita por Twitter su condición infrahumana y su purulencia moral. Arendt decía que el populacho estaba formado por gente sin escrúpulos ni ética, dispuesta a cualquier bajeza, –más allá de su status social– y así pudimos ver licenciados (Salamanca sin natura) y damas de utilería escupir montones de ratas muertas y hablar como en los lenocinios de Manila. Los “líderes” y sus secuaces 2.0 merecen un concierto de trompetillas.

Cualquier iguana podía prever que se cobrarían con el preso desvalido. Cada vez que los Tupamaros hacían sus acrobacias propagandísticas, los carceleros metían a Pepe Mujica, su jefe, en un pozo de ocho metros de profundidad, hasta que el partido entendió el mensaje, –gracias a eso pudo ser Presidente– cosa que en tres años no descifraron aquí. Nadie genera más rechazo en el mundo que Trump, incluso en Estados Unidos donde perdió la medición electoral por tres millones de votos. Su diferencia con los revolucionarios de por aquí, es que allá existen instituciones hasta ahora invulnerables. Pero si la Corte de Estados Unidos estuviera en manos de pescados como los criollos cuando comenzó la revolución, ya los gringos estarían sometidos. Donald, nuevo padrino de algunos opositores venezolanos, arremete contra medios de comunicación, latinos, mexicanos, artistas, intelectuales, mujeres, homosexuales.

Mi Donald
Alma gemela separada al nacer de Chávez y Maduro, amenaza los que no sean WASP, y se necesita vivir en Saturno para ofrecerle el padrinazgo de la democracia en Venezuela a un atropellador de derechos, un peligro universal. A una mente humana normal le cuesta digerir cómo es que pasa la prueba de integridad reunirse con él, pero reprueba hablar con Zapatero, Torrijos, Fernández y hasta con el Papa. Podía pensarse que las diferencias en la oposición obedecían a tácticas aunque se buscaban los mismos fines con diferentes medios. Las reacciones hacen temer que se forme una oposición identificada con Trump, el Senador Rubio y los del Tea Party por ahí andan los chicos del Ku-Klux- Klan y tal vez, por salir de Maduro, algunos quieran a Videla o Viola. Eso sitúa el futuro entre Caribdis y Escila dos atrocidades que pueden tragarnos, y hay que pasar entre los dos.

Debe surgir un bloque político consistente que opaque la semiología del trumpismo criollo de las redes, violenta, soez, ruin, que compone, con los bolivarianos, las dos caras de la misma moneda revolucionaria. Esencial que las fuerzas democráticas conserven la fisonomía centrista que han tenido desde 2006 hasta ahora, y que les permitió superar el aislamiento internacional. En los comienzos de esta ya larga lucha por la democracia, en los primeros años cuando el radicalismo controlaba la oposición, las burradas hicieron que la opinión pública mundial asumiera que eran unos golpistas de derecha que derrocarían a un demócrata moreno porque les arrebataba los privilegios y deshacía sus injusticias. Hay que tener cuidado en volver a trasmitir esa impresión de sifrinismo, malderrabia, o simpatía por el diablo.

@CarlosRaulHer

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