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Opinión

Ismael Pérez Vigil

Voy a hacer un paréntesis en mi acostumbrado comentario político, para tocar un tema −que en el fondo también es político− no menos importante y acuciante: la situación de la empresa venezolana, en particular la industria manufacturera nacional.

La industria nacional es víctima de un depredador, eficiente y despiadado, que no ha tenido compasión para destruirla: el régimen instaurado por Hugo Chávez Frías en 1999, que continua hasta nuestros días. Cuando este régimen se hizo del poder, de acuerdo con las propias cifras oficiales, en el país había 12.700 industrias manufactureras; debido a la política depredadora del régimen −no voy a gastar tiempo en describir lo que bien conocemos y que la Confederación Venezolana de Industriales, CONINDUSTRIA, calificó adecuadamente de “cerco a la industria nacional” −, hoy el plantel industrial se reduce a poco más de 2.500 industrias. Hemos perdido la friolera del 80% de nuestra capacidad industrial y el 20% que queda, trabaja con enormes dificultades, a una fracción de su capacidad instalada. El presidente de Conindustria nos recordaba en días pasados que −sin contar los años anteriores− desde que Nicolás Maduro está en el poder, se han perdido más de 400 mil empleos industriales, que como sabemos siempre fueron los mejor remunerados.

Asentado esto, no me voy a referir más a este depredador, si no a otro igualmente letal.

Seguramente todos, en nuestro papel de consumidores que maximizamos nuestros recursos y preservamos el poder de nuestro ingreso, buscando y adquiriendo los productos que mejor satisfagan nuestras necesidades, al mejor precio posible, nos topamos con estantes y anaqueles repletos de productos importados. No me refiero a los llamados “bodegones”, sino a los estantes y anaqueles de abastos, mercados y supermercados en los que hacemos nuestras compras habituales. Tampoco me refiero, con eso de productos importados, a las especialidades y exquisiteces de algunos países que siempre han estado presentes en el nuestro, sino a cosas como: aceites comunes de España, leche de Francia, pastas de Italia, granos y arroz de Brasil, y un largo etcétera, de productos y países, que no vale la pena enumerar; seguro que todos me entienden de que hablo.

Lo más sorprendente es que esos productos, a veces de calidad igual o superior, están a precios inferiores o iguales que los productos nacionales, cuando estos se consiguen. ¿Cómo es esto posible, si esos productos deben pagar fletes internacionales y otros costos de traslado y acondicionamiento, excepto aranceles aduaneros y otras tasas, de los cuales, como sabemos, el gobierno los ha exonerado?

Desde siempre, pero sobre todo desde finales de los años 80 del pasado siglo, cuando se inició un proceso de apertura económica en el país, nuestra industria se vio sometida a la competencia de productos importados, que no solo gozan de escalas y de tecnologías mucho más avanzadas que les permiten alcanzar mejores precios y condiciones, sino que, en sus países, seguramente no están sometidos a las condiciones restrictivas de comercialización interna a las que están sometidos los productos elaborados en el país, ni sus industrias son perseguidas por el gobierno como lo son las nuestras. No obstante, nuestra industria supo enfrentar, con dificultades, ese reto y logró no solo sobrevivir, sino también exportar sus productos a otros mercados a precios realmente competitivos. Aunque hoy suene a fantasía, es bueno recordar que las exportaciones distintas al petróleo, cacao y el mineral de hierro, llegaron a ser cerca de 6 mil millones de dólares a finales de los años 90 del pasado siglo.

Pero no es por razones tecnológicas o industrias más avanzadas que se explica que encontremos hoy inundados los anaqueles con productos importados a precios más bajos que los nacionales y que incluso estén a precios inferiores a los de su mercado de origen. Este fenómeno, usualmente, se produce por dos causas fundamentales, bien porque una empresa trate de conquistar un mercado externo o por colocar en el mismo el sobrante de su producción y lo comercializa a un precio inferior al que se comercializa en su mercado de origen; o bien porque, gracias a la intervención del Estado, con algún tipo de subsidio, permite que el precio pueda ser rebajado para colocarlo con ventaja en otro mercado. Hoy en día, esta segunda causa es menos común en el mercado internacional, dada la actividad y vigilancia de organismos internacionales, como la Organización Mundial del Comercio, los diferentes acuerdos regionales y las modernas legislaciones de cada país, que protegen sus industrias y mercados de esta práctica depredadora. Aunque técnicamente son dos cosas distintas, el efecto concreto de ambas prácticas es el mismo, que el producto entre con ventaja de precio a otro mercado. Por lo tanto, me atrevo a pensar que en Venezuela estamos en presencia de la devastación que ocasiona un “dumping”.

El "dumping", para decirlo en términos sencillos, es una práctica comercial que consiste en vender un producto por debajo de su precio normal en el mercado de origen, o incluso por debajo de su costo de producción, con el fin inmediato −como dije antes− de conquistar un mercado, eliminando las empresas competidoras y apoderándose finalmente del mismo.

Siempre ha habido una discusión muy intensa acerca de cuál debe ser la actitud frente a esta práctica; algunos sostienen que la prioridad deben ser los consumidores y no cabe duda que en una economía destruida e hiperinflacionaria como la nuestra, “bajar los precios", por la vía que sea es algo que beneficia a los consumidores. Pero tampoco cabe duda que, sin tener una protección a ultranza, que disfrace y ampare la ineficiencia de nuestras industrias, tenemos que buscar fórmulas para protegerlas, proteger sus inversiones y los puestos de trabajo que generan.

No es un problema sencillo, porque, no nos engañemos, ya sabemos que va a ocurrir con estos precios tan o más bajos que los de nuestra industria; si se trata de algo temporal para colocar la sobreproducción de alguna empresa, en poco tiempo, esos productos no los veremos más en los anaqueles; y si se trata de una estrategia para conquistar nuestro mercado, los que no veremos en los anaqueles serán los productos nacionales. Pero, desaparecida la competencia y conquistado el mercado, los productos importados aumentarán de precio e incluso subirán muy por encima del precio relativo con el cual se comercializan actualmente y no solo por efecto de la hiperinflación. En el entretanto, habrán desaparecido unas cuantas industrias nacionales y las inversiones y empleos que ellas generan.

Los mecanismos adecuados de protección, para consumidores y empresas, son: proteger la libre competencia y la economía abierta para que sea esta la que regule el mercado y obligue a bajar los precios para proteger adecuadamente a los consumidores. Es fácil hacer demagogia con acusaciones de abusos y especulación, pero es la libre competencia la que mejor combate los precios especulativos o artificialmente altos y lo que mejor protege el bolsillo de los consumidores. Venezuela cuenta con dos instrumentos legales, vigentes, para protegerse de estas prácticas, que no utiliza desde 1999: la Ley para Promover y Proteger el Ejercicio de la Libre Competencia y la Ley sobre Prácticas Desleales del Comercio Internacional y su Reglamento. Sabemos que es utópico pensar que este régimen las utilizará, no solo porque son leyes de libre mercado, sino porque suponen un proceso, una investigación imparcial, la demostración de daño a la producción nacional y para este régimen es más fácil aplicar controles y represión, que no resuelven nada, que arruinan al país, pero cubren las apariencias.

No me gusta concluir en el aire un tema tan espinoso, pero ni las empresas ni el pueblo consumidor contarán con ningún mecanismo gubernamental para defender sus respectivos intereses y lograr un equilibrio. No queda por el momento sino denunciar la situación, alertar del peligro de destrucción que se cierne sobre lo que queda de nuestra industria y, por lo tanto, dejar el problema en el difícil terreno de la responsabilidad y conciencia individual.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 6 min


Américo Martín

La áspera crisis que envuelve ahora casi todo el hacer gubernamental dirigido por Nicolás Maduro, se ha proyectado con fuerza al área internacional sin que podamos determinar si en algún momento la caótica tendencia revertirá. Sospecho que puedan sobrevenir cambios y virajes, por la sencilla razón de que la situación se ha hecho insostenible con mucha tendencia a agravarse. Recordemos que el problema no se limita a lo político o a lo económico, es toda Venezuela la que hoy no muestra hueso sano.

Los efectos de este verdadero drama que viven el régimen y los venezolanos —sin exclusión— está abriendo fisuras en la estructura del poder. Maduro advirtió el gran peligro que se cierne sobre la llamada revolución bolivariana, al intentar dividirla en chavistas y maduristas. El malestar interno se las ha ingeniado para encontrar el corazón de esa peculiar crisis política y Nicolás Maduro sabe que están apuntando en dirección cierta, por eso declara como lo está haciendo.

El otro hombre fuerte del gobierno madurista, Diosdado Cabello, informó acerca de la detención de un capitán activo y comentó que ya no hay espacio para la traición.

Ha crecido con ímpetu inusitado una lucha interna que, como muchas de ellas, tiende a hacerse irreconciliable.

La crisis provocada por la expulsión de la representante de la Unión Europea en Venezuela no puede haber alcanzado extremos de mayor gravedad. La poderosa alianza del viejo continente está en la respuesta que le va a dar y no se descarta, no solo que prosigan las sanciones, sino que sean expulsados funcionarios de Maduro en muchas capitales europeas; además, la extensión solidaria del conflicto mediante la propagación de medidas similares a EE. UU. y Canadá y a la mayoría de los naciones latinoamericanas.

La Unión Europea exigió a Maduro que revirtiera la expulsión —que lo ha aislado más que nunca—, pero la política del régimen parece dictada por enloquecidos heraldos negros como los imaginó el gran poeta César Vallejo:

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Si esos son los que dirigen la política exterior, la muerte que anuncian los heraldos puede ser el desgraciado desenlace de esta crisis que nadie quiere revertir.

Hay, sin embargo, tres posibles salidas, si es que no son bloqueadas por la intolerancia y el odio oficialista.

La primera, la más sencilla, fácil y fructífera, sería avenirse a la negociación de elecciones libres postuladas por la comunidad internacional, incluida la UE. Lamentablemente, en el oficialismo no hay la valiente decisión de seguir esta senda, que es la única apta para servir a todas las corrientes políticas y levantar como una palanca la gravísima postración de Venezuela.

Temen una confrontación electoral con muchas probabilidades de perderla, pero, al mismo tiempo, evitando la violencia, la venganza y la ley del talión. Nadie quiere —ni en el país ni en la solidaria comunidad internacional— desenlaces de esa índole y quien lo intentara no tendría la menor posibilidad de imponerla a una nación que desea ardientemente la paz, la prosperidad y la democracia, y tampoco a un movimiento mundial que la acompaña en ese noble destino.

La segunda es la agravación al detal del conflicto, el dejar hacer, esperando que el otro se rinda.

La oposición no se va a rendir, entre otras razones, porque la solidaridad mundial se ha multiplicado y el acelerado deterioro del poder está a la vista. Y Miraflores tampoco da muestras en ese sentido. Tiene una percepción equivocada y parece no contar con que las turbulencias internas que lo afectan puedan lograr soluciones racionales.

Y la tercera, la que siempre he rechazado pero nunca descartado, es irse a las manos provocando la intervención reguladora de la comunidad internacional o derivaciones cruentas que pongan la sangre y la violencia en la mesa. Actualmente esta eventualidad no tiene padrinos, nadie la asume, pero podría sobrevenir como consecuencia de las chispas que, según Mao Zedong, incendian la pradera.

Hay demasiado combustible en áreas tensas. El lenguaje agresivo que emana de Miraflores y la proliferación de paramilitares y grupos ligados al narcotráfico son chispas andantes que pueden —ojalá no sea así— provocar rugidos de leones y risas de hienas.

El tercero, pues, el más inesperado y no querido de los desenlaces, desgraciadamente no es descartable.

Hay que redoblar los esfuerzos de paz, aunque por ahora los resultados no sean iridiscentes. Hay que cerrarle el paso a los potros de bárbaros atilas y a los heraldos negros.

Twitter: @AmericoMartin

 3 min


Carlos Raúl Hernández

Marx, Engels et. al inventaron una secuencia en el desarrollo humano, el llamado materialismo histórico. Según eso, la humanidad arranca con la comunidad primitiva, siguen la esclavitud, el feudalismo, el capitalismo, y terminará con el socialismo y el comunismo. Pero resulta que Asia, África y América nunca pasaron por ese chorizo, que por lo tanto no da la talla para teoría de la historia. Marx y los marxistas trataron de ponerle parches.
Hagiógrafos y enmendadores de plana marxistas argumentan que esa sucesión –chorizo es porque así lo llamaba cuando estudié sociología- es solo para Europa occidental, un cuadrito en el inmenso mapamundi. Pero eso tampoco es cierto, porque hubo feudalismo apenas en pocas partes de Europa y por lo tanto el materialismo histórico enturbia la secuencia clásica y mucho más útil, de antigüedad, medievo, modernidad y contemporaneidad, que no pretende profetizar sobre el futuro.
Todavía no terminan de contar la cantidad de muertos y desgracias en el intento de realizar el destino natural, el fin de la historia, el socialismo y el comunismo. Los autores no lograron librarse de la metafísica hegeliana y tratan de “¡ponerla sobre los pies!”. Lejos de representar progreso, donde hubo servilismo y feudalismo, fue un enorme retruécano con respecto a la esclavitud.

Esclavo y “sin derecho”
Mientras en Grecia y Roma antiguas, los amos proveían las necesidades de los esclavos y los fámulos de la casa tenían vidas privilegiadas, los siervos de la gleba en el medievo eran esclavos, pero “sin derecho”. Se compraban y vendían con la tierra, como ganado, trabajaban hasta la muerte para mantener al señor y medio sobrevivir. Estaban obligados a entregarle su mujer la primera noche, para que él se encargara de despejar la vía.
Tenían que morir cuando el señor desataba una guerra. Pero los marxistas y demás radicales rechazaron el lucro, la sociedad abierta y crearon la malévola superstición de que “hay pobres porque los ricos les roban su trabajo” y la llamaron capitalismo o sociedad capitalista, la que se dispara en la revolución industrial y produjo uno de los saltos civilizacionales. más grandes de la historia, la belle epoque.
Pese a la lucha de clases que propone, el Manifiesto Comunista es una oda modernizadora al industrialismo. El autor se burlaba de que la mentalidad romántica sublimaba el amor a la naturaleza de los poetas del sturm und drang, la supuesta pureza de la vida natural, de los labriegos, de los ludistas que rompían las máquinas porque temían la modernidad productiva y la corrupción de la ciudad y el conocimiento (“Dios es un poeta, no un matemático”, dice William Blake).
Un siglo después el novelista polaco Jerzy Kosinsky, describió en El pájaro pintado como la cultura campesina del centro de Europa practicaba la simpática tradición de vaciar las cuencas con una cuchara a los niños que los tenían negros, porque eran los ojos del diablo (la cultura popular tiene amigos a montón) Marx los detestaba y hacía fiesta cada vez que colonizaban algún pueblo “bárbaro”, como cuando Inglaterra tomó India y EEUU destazó a México como un pollo frito.
Marx escribió que la sociedad capitalista había sacado a los labriegos de “la vida reptante del campo”) pero acariciaba una terrible utopía: la dictadura del proletariado en la que “los medios de producción” pasaran al control colectivo. El realizador práctico del sueño revolucionario, Vladimir Ilich, como después Mao, Fidel Castro y el poeta campesino Ho Chi Min, demostraron que no existen dictaduras amorosas, populares, consideradas, educadas, salvo por momentos.


Veo el futuro
Nociones, falsas, dañinas, retorcidas, simplistas, abortos intelectuales del marxismo, destrozaron los países que siguieron la idea de una dictadura del pueblo, una democracia verdadera y tuvieron un destino terrible. Su fuerza estuvo en que la prédica es música agradable a los oídos. Una ideología que sabe a dónde va el mundo, cuál es la avenida que conduce al futuro, y está dispuesta llevarnos colectivamente. Una ideología que odia a quienes producen, se destacan, que glorifica la envidia.
“Que está del lado de los pobres, los débiles, contra clases de parásitos explotadores y políticos ladrones”, representa el bien y gana adeptos incluso hoy después de muerta. Como buena ideología dura, tiene respuestas para todo, es una visión holística del mundo, una religión laica, la nueva moral. Con la ceguera del determinismo, todo ocurre por la indetenible “rueda de la historia”, y es reflejo, superestructura, de las condiciones objetivas “las relaciones de producción”.

Toda libertad humana es aparente y actuamos según un libreto pre escrito: la depauperación capitalista, su desastre económico producirá la revolución, aunque la realidad aplasta a diario esa idea. Hace poco un visigodo magazolano declaraba como marxista, que las sanciones destruirían la economía y derrocarían al gobierno. Pero el gobierno se impuso, lo que revela cuál es la incidencia de la economía en la política. El marxismo es banal.

@CarlosRaulHer

 3 min


Francisco Russo Betancourt

Decía Cicerón, antiguo orador, filósofo y político romano, que no saber lo que sucede antes de nosotros, es como ser incesantemente niños. El pasado 14 de este mes de febrero, se cumplieron nada menos que 85 años de una de las fechas más famosas de Venezuela. Con los sucesos del 14 de febrero de 1936, Venezuela entraba, atrasada, política y socialmente, al siglo veinte, luego de la desaparición física del dictador más longevo que hemos tenido. Fue el nacimiento de las libertades conculcadas brutalmente durante 27 años.

Este suceso, liderado por la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV), hacía presumir, que a sangre y fuego el pueblo comenzaba a vivir el nacimiento de los valores democráticos, negados por los dictadores de turno y los militares que ejercieron el poder luego de la independencia, a través de guerras intestinas y que permitieron graves pérdidas territoriales, exilios, cárceles y muerte, salvo el fugaz ejercicio del doctor Vargas. Pero vale subrayar que constituyó, sin duda, la génesis de un proceso de libertades democráticas que luego viviría el país a saltos, interrumpido por el golpe de 1945, retomado en 1958 y conculcadas desde el año 1999. Ese 14 de febrero culminaba el descontento que se había apoderado del país contra el recién instalado gobierno, heredado del gomecismo, por el general Eleazar López Contreras.

Lo que había comenzado como una manifestación contra el Decreto del Gobernador de Caracas, que ordenaba la censura a la prensa, se convirtió en un gigantesco movimiento que partió desde la Universidad, ubicada a la época en lo que es hoy el Palacio de las Academias, hasta la plaza Bolívar de Caracas. Allí fue baleada sin piedad la multitud, que en número de 50.000 personas manifestaban, en una ciudad que no pasaba de 200.000 habitantes y que revela la inmensa protesta y el deseo de cambio del país. 4 muertos y 136 heridos fue el saldo de aquel día. Algo así, en menor proporción, a la respuestas que recibieron los caraqueños desde Puente Llaguno, cuando pedían pacíficamente la renuncia del teniente coronel-presidente, sólo que en esta manifestación, nunca vista en Venezuela, los muertos fueron muchos, baleados por francotiradores afectos al gobierno, presos los policías que protegían a la población y absueltos los tiradores, en una acción asesina, arbitraria y de claro tinte dictatorial.

Pero no fue en vano ese 14 de febrero, ello permitió que López Contreras comenzara a desprenderse del estilo gomecista de gobernar. Hay que destacar, que antes, el gobierno había suspendido las garantías para así defender la estabilidad del régimen y proteger las propiedades gomecistas que comenzaban a ser quemadas y saqueadas. Tales disturbios iban parejos con la llegada de los exiliados que regresaban al país, el regreso de los presos y la presencia de una prensa que se había acostumbrado a ser un apéndice del gomecismo, pero que ahora comenzaba a interpretar la nueva realidad. De modo que, el Decreto de censura a la prensa, dictado por el gobernador de Caracas, fue la válvula de presión que contenía las angustias populares y los deseos de cambio en la sociedad. El gobierno hizo responsable de todos los disturbios a los líderes estudiantiles y los políticos que recuperaban su libertad o regresaban del exilio. Simplismo puro.

Luego del discurso de Jóvito Villalba, presidente de la FEV, frente a Miraflores, el presidente López decidió conversar con los estudiantes y así se designó una comisión integrada por el rector de la UCV, Francisco Antonio Risquez, además de Jóvito y un grupo de personalidades representativas de gremios, y organizaciones civiles, lo que ocurrió en ese momento en Miraflores. Que se exigía en esa entrevista? Lo resume Villalba, quien fue el líder de aquellos sucesos, en una valiosa entrevista con motivo de los 40 años de la histórica manifestación que cambió el régimen de silencio y de inactividad política que durante medio siglo estuvo sometida la sociedad venezolana.

Nombramiento de un gobierno nuevo, con personas distintas del gomecismo; 2.- Nombramiento de gobernadores de Estado que representaran la nueva realidad, acreditados en la lucha contra la tiranía; 3. – Libertades democráticas, supresión de la censura y plenas garantías para la expresión del pensamiento; 4.- Libertad sindical y 5.- Eliminación de los monopolios y del feudalismo, así como del atraso en la vida política de Venezuela. Siete días después, el presidente López anunciaba lo que se llamó el programa de febrero en el cual se fijaron las directrices para el cambio político, social y económico que se demandaron en aquel suceso, tales como la reafirmación las garantías constitucionales suspendidas, y el respeto al régimen de legalidad, la iniciativa de promover partidos políticos y grupos gremiales, etc.

Ese 14 de febrero constituyó entonces, un hecho fundamental en la historia contemporánea de nuestro país, pues, marcó el nacimiento de otro país, sin estar infectado, en aquel momento, de la ambición ni el personalismo de algún dirigente, ni el deseo de llegar al poder a cualquier costo, como ocurrió posteriormente; el éxito de aquellos sucesos fueron entonces, fruto de la unidad y del naciente movimiento democrático.

Hoy seguimos reclamando la unidad de todos, por encima de personalismos y partidos, para constituir un gobierno nuevo, democrático y sin vinculaciones con quienes hoy humillan al país y se reparten el botín de lo queda de nuestras riquezas explotables; seguimos reclamando libertades democráticas conculcadas a la vera de una conducta judicial infectada de corruptelas desde los más altos funcionarios y de uniformados más antojados de una visión mercantilista y menos interesados en el respeto a la Constitución. La censura que no permite la libre expresión del pensamiento y el atraso en la vida política venezolana es la moneda corriente del socialismo del siglo 21.

Mientras tanto, la unidad que tanto reclamamos parece ser la quimera de estos tiempos. Son 22 años de un gobierno que no es una dictadura, es otra cosa peor, que presume alcanzar en tiempo a la del longevo dictador andino.

frusbet@gmail.com

Maracay, 26 de febrero de 2021

 4 min


José Antonio Ocampo, Joseph E. Stiglitz, Jayati Ghosh

Estimado Sr. presidente,

El mundo le ha dado la bienvenida a su elección y a su promesa de volver a colocar el compromiso diplomático con la comunidad internacional en el centro de la política exterior de Estados Unidos. Al movilizar a los gobiernos a crear las condiciones para una recuperación económica global equitativa y ambientalmente sustentable, su liderazgo puede fomentar cambios transformadores.

Durante demasiado tiempo, las instituciones internacionales no han sabido lidiar con uno de los aspectos más tóxicos de la globalización: el fraude fiscal y la evasión de las corporaciones multinacionales. Una tributación justa de las multinacionales es necesaria para crear el tipo de sociedades a las que aspiramos, y debe ser una parte central de cualquier sistema fiscal progresista destinado a impulsar el crecimiento económico y crear altos estándares de vida para todos. Poner fin a la evasión impositiva de las empresas también es una de las mejores maneras de hacer frente a la creciente desigualdad de riqueza e ingresos.

Al desviar sus ganancias a paraísos fiscales, las grandes empresas privan a los gobiernos en todo el mundo de por lo menos 240.000 millones de dólares por año en ingresos fiscales. Este déficit afecta no sólo a Estados Unidos, donde alrededor del 50% de las ganancias en el exterior generadas por multinacionales norteamericanas se transfiere a paraísos fiscales cada año, sino también al Sur Global, donde las fuentes de ingresos son más limitadas y donde, en consecuencia, la dependencia de la recaudación impositiva corporativa para financiar los servicios públicos es mayor.

En calidad de miembros de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional (ICRICT), le solicitamos que cumpla con su promesa de “liderar esfuerzos a nivel internacional para aportar transparencia al sistema financiero global, ir tras los paraísos fiscales ilícitos, recuperar activos robados y hacer que a los líderes que le roban a su pueblo les resulte más difícil ocultarse detrás de compañías ficticias anónimas”. Para lograrlo, su administración debería involucrarse activamente en los esfuerzos en curso destinados a remodelar el sistema tributario internacional para garantizar una fiscalidad justa de las multinacionales, lo que hoy en día se está discutiendo dentro del proceso de la OCDE encomendado por el G20.

Desafortunadamente, estas negociaciones no han ido bien. Los gobiernos de los principales estados miembro (incluyendo la administración norteamericana previa) han negociado bajo la presunción errónea de que la mejor manera de servir su interés nacional es protegiendo a las multinacionales cuyas sedes centrales están al interior de sus fronteras. Las discusiones sobre la reforma de la fiscalidad internacional, por lo tanto, han sacrificado la ambición común a manos del menor denominador común.

Mientras tanto, las multinacionales siguen evadiendo impuestos que podrían ayudar a pagar el gasto público para respaldar la recuperación post-pandemia. El mundo no se puede permitir esto.

El proceso de negociación, de todos modos, ha llegado al acuerdo de que las multinacionales deberían ser consideradas como empresas unitarias. Esto significa que sus ganancias a nivel mundial deberían ser gravadas en línea con sus actividades reales en cada país. Es un concepto familiar en Estados Unidos, donde las ganancias corporativas son asignadas a diferentes estados en base a fórmulas, según los factores clave que generan ganancias: empleo, ventas y activos. Pero la propuesta actual aplica este criterio de asignación sólo a un pequeño porcentaje de las ganancias globales de una empresa –particularmente aquellas de multinacionales altamente digitalizadas, que están radicadas esencialmente en Estados Unidos.

El comercio electrónico creció casi un tercio durante la pandemia y es crucial que no sólo las multinacionales digitales sino las operaciones comerciales digitales de todas las multinacionales paguen lo que les corresponde en materia de impuestos. Por lo tanto, debería adoptarse una reforma ambiciosa e integral que replique el sistema norteamericano a nivel internacional, sin distinción entre empresas digitales y no digitales. Una regla de esta naturaleza ayudaría a establecer un campo de juego más nivelado, reducir distorsiones, limitar las oportunidades para la evasión fiscal y brindar certeza a las multinacionales y a los inversores.

Este sistema debería estar respaldado por un impuesto mínimo global a las multinacionales, poniendo fin a la nociva competencia tributaria entre países y reduciendo el incentivo para que las multinacionales desvíen ganancias a paraísos fiscales. Pero la tasa mínima del 12.5% que se está discutiendo en la OCDE y en otras partes podría convertirse en el techo global, en cuyo caso la iniciativa loable de obligar a las multinacionales a asumir su parte justa de los impuestos terminaría logrando exactamente lo contrario.

Su campaña prometió aumentar el impuesto mínimo en Estados Unidos sobre las ganancias en el exterior de las corporaciones norteamericanas (conocido como “GILTI”) al 21%. Esta medida no sólo tendría el mérito de aumentar los ingresos fiscales de su país; también ofrecería el respaldo político para que los responsables de las políticas en otros países siguieran el ejemplo.

Un impuesto mínimo global ambicioso podría ser un punto de inflexión en la lucha contra la evasión fiscal. Si los países del G20 acordaran imponer un impuesto corporativo mínimo del 25% (como recomienda la ICRICT) sobre el ingreso global de sus empresas multinacionales, más del 90% de las ganancias mundiales automáticamente estaría gravado con el 25% o más. Por supuesto, también es esencial que un impuesto de estas características esté diseñado para asignar potestad tributaria de manera justa entre los países de origen y los países receptores de las empresas.

La secretaria del Tesoro, Janet Yellen, dijo en su audiencia de confirmación que su administración aspiraba a “trabajar activamente con otros países” para “intentar frenar lo que ha sido una carrera destructiva y global hacia el abismo en materia de fiscalidad corporativa”. No existe ninguna evidencia de que la tendencia reciente hacia tasas más bajas del impuesto corporativo haya estimulado una inversión y un crecimiento productivos. El recorte de la tasa en Estados Unidos en 2017 esencialmente terminó financiando pagos de dividendos y recompras de acciones.

La fiscalidad corporativa es, en efecto, un impuesto a las ganancias puras, de manera que reducir la tasa tiene poco efecto en la actividad económica. En otras palabras, los impuestos corporativos son esencialmente una retención a cuenta sobre los dividendos y así un impuesto a las rentas de los ricos, porque las participaciones (directa o indirectamente a través, por ejemplo, de fondos de pensiones) están distribuidas de manera aún más desigual que los ingresos.

Le pedimos que garantice que Estados Unidos una vez más lidere con el poder del ejemplo y coopere con otros países dispuestos a generar una reforma integral que sea equitativa para Estados Unidos y para el resto del mundo. Hasta que no se adopte una reforma equitativa de estas características, las sanciones comerciales contra los países que ya han decidido gravar a las empresas digitales –muchos de ellos, países en desarrollo desesperados por ingresos adicionales- serán contraproducentes.

Volver a involucrarse en el sistema multilateral aceptando a la vez un compromiso internacional débil en materia de tributación de las multinacionales, lejos de restaurarla, erosionará aún más la confianza en el sistema. Está plenamente en nuestro poder construir un mundo post-pandemia que sea más sustentable, cooperativo y justo, donde las multinacionales paguen los impuestos que deberían pagar. Para la ICRICT sería un honor apoyar a su administración para alcanzar este objetivo crucial.

Este comentario también está firmado por Edmund Valpy Fitzgerald, Kim Jacinto-Henares, Eva Joly, Ricardo Martner, Suzanne Matale, Léonce Ndikumana, Irene Ovonji-Odida, Thomas Piketty, Magdalena Sepúlveda Carmona, Wayne Swan y Gabriel Zucman.

Feb 26, 2021

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/letter-to-biden-on-internat...

 6 min


Analítica.com

Editorial

Venezuela está atravesando por lo que quizá es la mayor crisis económica documentada en la historia de la América Latina y una de las más severas que hayan sido respaldadas con datos en el mundo. Las cifras son devastadoras: la mayor hiperinflación del planeta, la mayor caída del PIB con excepción de Libia, junto con Siria el mayor número de migrantes (superan ya los 5,5 millones), una caída del Producto Interno Bruto de más del 70% en seis años, el cierre de la mayor parte del aparato productivo incluyendo empresas manufactureras y las de los sectores agrícola, financiero y comercial; el signo monetario -el bolívar- abatido, a pesar de que alguna vez llegó a ser junto con el franco suizo la moneda más sólida del mundo.

En buena medida la destrucción delirante de nuestra economía fue causada por un gasto público populista y de carácter expansivo e imprudente, financiado mediante emisión de dinero sin respaldo por parte del BCV que desorganizó las finanzas públicas y desató una aceleración de precios endemoniada, acabando con los más elementales equilibrios macroeconómicos. Todo ello sazonado con expropiaciones a diestro y siniestro que eran reflejo de las intenciones socializantes del régimen, aunadas a niveles de corrupción apabullantes.

Venezuela ha sido incluida por la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y también por el Programa Mundial de Alimentos (PMA) en la lista de países en riesgo de hambruna.

En conjunto se trata de un panorama deplorable, que ha recrudecido con el tema de la pandemia.

Por su parte, el gobierno de Caracas atribuye todos estos males a una supuesta guerra económica y a las sanciones que le han sido aplicadas. Sin embargo, el origen del drama es bastante anterior a la aplicación de dichas sanciones. La hiperinflación ya se había desatado y se ha prologado indetenible por 39 meses, en tanto que la recesión se inicia en el tercer trimestre del 2014 y ha campeado por sus fueros durante 29 trimestres. Se trata de la peor hiperinflación en la historia americana, lo que ha contribuido a que Venezuela sea considerada por el FMI como el segundo país más pobre, además de ser el más desigual del continente.

Muchos se preguntan, ¿cómo es posible que en medio de una situación así no se haya producido un cambio de gobierno? Lo cierto es que la experiencia indica que las crisis económicas no suelen dar al traste con gobiernos no democráticos; lo que sí logran es que se tornen inviables.

En la actualidad vemos como un sector del empresariado venezolano está procurando algunos mecanismos a fin de tender puentes, alegando que es la única forma de frenar la situación imperante. Sin embargo, la realidad es que si tales mecanismos no son capaces de devolver la confianza y restablecer la seguridad jurídica, tampoco serán capaces de promover los flujos de inversión cuyo efecto multiplicador resulta la única posibilidad de lograr la recuperación del país. Podrán sí, esas iniciativas, brindarle algunas oportunidades a ciertos empresarios locales y también a algunos inversionistas extranjeros osados que estén dispuestos a asumir riesgos importantes a cambio de una elevada rentabilidad.

Sin un retorno a la institucionalidad y un fortalecimiento de la seguridad jurídica es difícil avisorar una recuperación sólida y sostenible, aunque sí pueden producirse focos de oportunidades en sectores específicos.

Comentaba un analista que en el pasado Venezuela sufrió etapas donde no existían libertades políticas y sin embargo la economía prosperaba. Puso como ejemplo los gobiernos de Gómez y Pérez Jiménez. La diferencia es que aunque no se trataba de gobiernos democráticos, lo cierto es que se aferraban a una ortodoxia económica que hoy brilla por su ausencia.

Recientes declaraciones del gobierno de Biden y nuevas sanciones de la Unión Europea parecen acabar con las esperanzas de quienes pensaron que podría producirse una distensión capaz de brindarle una nueva oportunidad al régimen de Caracas. Bajo las actuales circunstancias luce difícil apostar por su viabilidad.

José Toro Hardy, editor adjunto de Analítica

 3 min


Fernando Mires

El pensamiento es asociativo. Leyendo la entretenida y muy bien documentada novela Aquitania escrita por Eva Garcia Sáenz de Urturi (Premio Planeta 2020) comencé a imaginar acerca de cómo sería una vida sin política.

El siglo Xll europeo del que nos narra García Sáenz a través de las aventuras y desventuras de la legendaria Leonor de Aquitania, era efectivamente un tiempo en el que a duras penas estaba apareciendo la política, un tiempo más bien pre-político: sin polis, sin naciones, sin estados, solo con pueblos que no eran pueblos sino tronos. El trono no venía del pueblo, era mas bien al revés, el pueblo venía del trono. Como decía Leonor de Aquitania: “Yo tengo que ser Aquitania, a mí no pueden dividirme en tronos”

El pueblo lo conformaban los pobladores de una región en donde se hablaba un lenguaje común de los cientos que venían del latín, definidos como pueblos de acuerdo al seguimiento a un señor territorial. Los leves aprontes políticos, pausas o armisticios que se daban entre constantes guerras territoriales, eran simples alianzas de unos reinos en contra de otros, de tal modo que la política naciente era solo una pre-política de guerra entre representantes de pre-naciones. Pues en contra de lo que comúnmente se piensa, la política nacional fue un derivado tardío de la política extraterritorial.

La política occidental nació primero “entre” y solo mucho después “dentro” de las (pre-) naciones. Hasta el siglo XVl solo fue asunto de príncipes o principales. Así hay que leer y entender a Maquiavelo para quien la traición, el envenenamiento o el artero crimen, fueron artes que llevaron a las primeras alianzas entre reyes, las que pasaban por la ligazón de familias reales a través de matrimonios dinásticos sin importar las edades ni el grado de parentesco de los cónyuges.

Así eran los humanos antes de que naciera la política y las instituciones que le dieron sustento. Tenían razón entonces los antiguos griegos cuando afirmaban que sin política somos bárbaros. La barbarie era para ellos, la no-política. Una condición que se mantiene al interior de cada ser humano cuando experimenta el malestar, no solo “en la cultura” como imaginó Freud, sino en y con la política, como vemos frecuentemente en nuestro tiempo.

No nacimos siendo políticos. La condición política es un sobrepeso agregado a nuestra condición humana, hecho que explica por qué en tan repetidas ocasiones hay pueblos que sucumben a la tentación de liberarse del fardo político y en nombre de una democracia total regresar a la libertad brutal del bárbaro que todos llevamos escondido en el alma. Y bien, ese ser pre-político que de una manera u otra portamos como componente ineludible de nuestra genética histórica, es el ser populista.

Quiero decir: la política comenzó siendo populista, vale decir, de pueblos y para pueblos.

Podríamos afirmar entonces que el populismo, tal como hoy lo conocemos, precedió al nacimiento del pueblo. O en otras palabras, el populismo fue el embrión pre-político del pueblo político. Las poblaciones y poblados se convirtieron en pueblos gracias a la adhesión a un jefe territorial que los movilizaba militarmente en contra de otras poblaciones o poblados. Por eso no hay populismo sin jefe populista. Ni antes ni ahora.

No sería errado definir al populismo como una regresión colectiva que lleva a seguir a un caudillo situado por sobre o más allá de las las instituciones. La política, si seguimos ese hilo, no supera al populismo sino que lo contiene en sus entrañas, algo así como el humano al mono. Luego, el populismo -sería una segunda definición- es la política sin mediaciones, una relación directa entre caudillo y masa. No lleva, como generalmente se piensa, a la destrucción de la política sino solo a una forma de la política, nos referimos a la destrucción de su forma institucional y por ende constitucional. Tampoco lleva a la destrucción de la democracia, sino a una democracia radical, a una que no obstaculiza la representación directa del pueblo en el poder.

El populismo, lo hemos visto en cientos de casos, estalla ocasionalmente como una relación de amor narcisista entre un líder y “su” pueblo. Narcisista, porque el pueblo se ama a sí mismo en el líder y el líder se ama a sí mismo en el pueblo. Goce simple y puro donde ambos, líder y pueblo, se adulan, se unen y se penetran.

Definitivamente, el populismo nos fascina porque nos libera. Nos libera entre otras cosas de reglamentos y de leyes, de instituciones y de constituciones, de modos y de formas. De ahí que vuelvo a repetir: la política populista supone la radicalización de la democracia hasta el punto en que la democracia puede llegar a convertirse en la principal enemiga de la política. El populismo -sea de derecha o de izquierda, es lo menos importante- llevado hasta sus últimas consecuencias sería –esta es ya una tercera definición- la democracia sin política. Para que se entienda mejor el postulado, habrá que recordar que la democracia es solo una forma de gobierno y no una forma de la política. La menos peor forma de gobierno, si seguimos a Churchill. Pero solo eso: una forma. Una entre varias.

Veamos el ejemplo más reciente: Los bárbaros nacional-populistas del 6-E asaltaron en nombre del demos a la institución máxima de la democracia norteamericana: el Capitolio. Llenos de amor hacia el gran macho que los dominaba, intentaron restituir la democracia directa, sin instituciones, sin constituciones, sin parlamentos. Pasarán los años y esas imágenes tan simbólicas permanecerán en las retinas de la historia, agrandadas cada vez más por el flujo de los recuerdos. Pues ese día –mirado en histórica perspectiva- fue el día de la sublevación del pueblo de Donald Trump en contra del pueblo de Thomas Jefferson.

NOSOTROS, EL PUEBLO

El preámbulo de la Constitución norteamericana comienza así: “Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una Unión más perfecta, establecer la justicia, garantizar la tranquilidad nacional, tender a la defensa común, fomentar el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros y para nuestra posteridad, por la presente promulgamos y establecemos esta Constitución para los Estados Unidos de América.

Comienza con el pronombre “nosotros”. ¿Quiénes son los “nosotros”? Por definición, no son los otros. Toda nosotridad impone un límite frente a una vosotridad. Ese nosotros es exclusivo e inclusivo a la vez, pues no es el pueblo de un solo Estado sino de varios estados unidos. Una entidad plural y singular. La pluralidad reside en el nosotros. La singularidad en “el pueblo”. El pueblo, según la pluma de los primeros constitucionalistas, es uno, y los estados son varios. El pueblo estadounidense es, por lo tanto, un pueblo constituido por diferencias.

Las diferencias constituyen al pueblo, no sus similitudes. El objetivo será formar la Unión más perfecta (posible) para todos los diferentes estados, a través, y aquí viene el punto clave, de una Constitución. Nosotros, el pueblo, no es todo el pueblo sino un nosotros que somete a la discusión del pueblo un texto que lo constituye como pueblo. Un pueblo cuyos orígenes no yacen en un pasado mítico, menos en uno étnico, sino en un momento histórico conformado por un nosotros que en nombre del pueblo constitucionaliza (o constituye) al pueblo.

La Constitución hace al pueblo y el pueblo hace a la Constitución. Diferentes estados y una sola nación constituida por el pueblo a través de una Constitución que los une del modo más perfecto posible. Una Constitución que, como todas las constituciones, no está a disposición de nadie porque es la palabra del pueblo, la que, para que permanezca en el tiempo, deberá ser escrita con tinta indeleble en un libro.

El pueblo instituye y destituye de acuerdo a los dictados de la Constitución. Gracias a la Constitución la política deja de ser populista. Es por eso que vemos en el asalto al Capitolio instigado por Trump, Giuliani, Rubio y otros secuaces, una rebelión del pueblo populista en contra del pueblo político. Un intento por regresar a los tiempos de la Francia de Leonor de Aquitania donde el cuerpo del monarca se confundía con el cuerpo del Estado. Una regresión histórica que nos demostró cuan frágiles son los hilos que sostienen a la política de nuestro tiempo.

NOSOTROS (y no ellos) SOMOS EL PUEBLO

Octubre de 1989. Las calles de Berlín Este, Leipzig, Dresden, se estremecen bajo el grito “Nosotros somos el pueblo”. El rodaje de las cámaras televisivas da vueltas alrededor del mundo. El grito quería significar nosotros y no ellos, nosotros y no la nomenklatura, nosotros y no la URSS, somos el pueblo. Imágenes conmovedoras que demostraban como las multitudes se constituían como pueblo político en el marco de una rebelión destituyente. Un nosotros destitutivo y a la vez constitutivo. Un nosotros ciudadano. Sin embargo, ese grito colectivo, “nosotros somos el pueblo”, no nació por milagro. Fue, por el contrario, parte de una larga cadena histórica formada por diversos eslabones. El eslabón más cercano lo encontramos el 7 de mayo de 1989, cuando en la RDA tuvieron lugar elecciones comunales.

Contrariando a las fracciones abstencionistas de la oposición, diversas organizaciones disidentes decidieron participar en las elecciones. La participación ciudadana debería usar el proceso electoral como plataforma para ejercer crítica directa al régimen y, en caso de fraude, aprovechar la grieta que estaba abriendo Gorbachov en la URSS, para denunciar el fraude ante el mundo.

Bajo el amparo de la iglesia protestante, los grupos disidentes realizaron su campaña electoral creando comisiones encargadas de vigilar los centros de votación, contando voto por voto. Así lograron demostrar como en diversos lugares los resultados habían sido falsificados. El fraude fue dado a conocer de modo acucioso por la revista clandestina Wahlfall. Fue entonces cuando el Movimiento Foro Nuevo, nacido al calor de la campaña electoral, dictaminó que la soberanía del pueblo había sido violada en la RDA.

De acuerdo a los miembros del Foro Nuevo, un pueblo solo es pueblo político cuando ejerce el acto de elección. Privado de su derecho a elegir, el pueblo deja de ser una noción política y se convierte en lo que fue en sus orígenes: simple población o poblado. En estas condiciones, el pueblo se transforma en un pueblo elegido por sus gobernantes. Monstruosa inversión de la razón política ya denunciada nada menos que por Berthold Brecht, en 1953.

Como es sabido, el 17 de junio de 1953 tuvo lugar la gran rebelión popular de Alemania del Este. Del mismo modo como después en Polonia y Hungría en 1956, la rebelión alemana fue sangrientamente aplastada por tropas soviéticas. En un acto de sadismo. el dictador Walter Ulbricht ordenó a los trabajadores de la construcción limpiar la Avenida Stalin, sitio principal de la revuelta. Ellos se negaron. Fue entonces cuando Brecht escribió su poema. Dice así: Tras la sublevación del 17 de junio/La Secretaría de la Unión de Escritores/Hizo repartir folletos en la Avenida Stalin/Indicando que el pueblo/ Había perdido la confianza del gobierno/ Y podía ganarla de nuevo solamente/Con esfuerzos redoblados ¿No sería más simple/En ese caso para el gobierno/ Disolver el pueblo/ Y elegir otro?

Disolver el pueblo. De hecho, eso ya había sucedido. El pueblo político había sido disuelto y sustituido por el pueblo del poder estatal. Solo la clase dirigente podía decidir quiénes pertenecían al pueblo. De ahí que el grito triunfal de 1989, “nosotros somos el pueblo”, surgió de la historia profunda de un pueblo sometido.

Alemania 2019-2020. Otra vez aparecen en las calles de la ex DDR grupos que gritan, “nosotros somos el pueblo”. Pero la historia no se repite. No solo porque los nacional-populistas llamados por AfD, Pegida y otras organizaciones neo-fascistas no tienen ni política ni culturalmente nada que ver con los manifestantes de hace treinta años, sino simplemente porque ellos no son el pueblo. Son, por cierto, una fracción del pueblo, y si pueden hoy protestar acusando a Angela Merkel de dictadora, es porque en Alemania prima un estado de derecho que garantiza la libertad de reunión y de opinión, aunque sean reuniones y opiniones de fascistas. Ese derecho no fue conquistado por ellos sino por quienes lucharon contra una dictadura de verdad en nombre de un pueblo sometido.

La gran diferencia entre los dos “nosotros”, no es gramática. Es política. Los de 1989 gritaron a favor de un nosotros inclusivo, por uno que incluyera a todas las diferencias, no importando ideologías, religiones, condición social, ni mucho menos, color de piel. El nosotros de los nacional populistas es en cambio exclusivo. Su “nosotros” solo alude a un pueblo mítico, étnico, machista, sexista, blanco, pero no a un pueblo políticamente constituido.

El pueblo político es, por el contrario, el pueblo de las diferencias. Cuando los manifestantes de 1989 decían “nosotros somos el pueblo”, no pedían unirse bajo una sola idea, bajo un solo partido, bajo un solo símbolo. Precisamente contra esa noción de pueblo luchaban. Políticamente organizados, exigían la libertad de opinión, de reunión, de asociación. Luchaban en fin por un pueblo cuya única unidad era la aceptación de las diferencias, en el marco determinado por la Constitución y las leyes. Un pueblo con muchos partidos, muchas ideas, muchos modos de ser. En otras palabras, por un pueblo que, justamente por el hecho de estar desunido, podía ser un pueblo.

EL PUEBLO UNIDO JAMÁS SERÁ VENCIDO

Fue una de las canciones más bellas del breve periodo de la Unidad Popular chilena (1970-1973) Coreado con énfasis y mística en las calles al ritmo marcial que imponían los Quilapayún, erizaba la piel. Después de esa trágica experiencia, ha vuelto a ser coreado, ya sea en las calles de Managua, La Paz o Caracas, para aclamar triunfos de los nacional-populistas “de izquierda”. Una canción tan bella en su melodía como falsa en su intención.

Efectivamente, un pueblo solo puede aparecer unido frente a otro pueblo (y en este caso ya no hablamos de política sino de guerra) o puede aparecer, en un momento, unido, como en el caso de la ex RDA, frente a una clase de estado que usurpa el poder del pueblo en nombre del pueblo. Pero en Chile, esos millones que apoyaron a Pinochet no eran de otro pueblo. El pueblo de la izquierda intentó excluir al pueblo de la derecha. Poco después, el pueblo de la derecha, representado en Pinochet, intento excluir -incluso físicamente- al pueblo de la izquierda.

Ningún gobernante y ningún político puede atribuirse la representación total del pueblo. Quienes creen ostentarla, o son dictadores o están en camino de serlo. El pueblo político está organizado en partidos, tradiciones, culturas, religiones, creencias. Su única unidad es la aceptación de la Constitución y de las instituciones que garantizan la lucha de sus diferencias.

El pueblo unido jamás será vencido. Es verdad. Nunca será vencido porque el pueblo unido no existe como noción política. Así de simple.

25 de febrero 2021

Polis

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