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Opinión

La conseja política de los últimos días y el deseo de todos con cuantos se converse en la calle, ha girado en torno a la renuncia de Henry Falcón a la candidatura presidencial. Analicemos esta posibilidad.

Los objetivos de la candidatura de Falcón deben ser múltiples y solo él los conoce realmente. Pero, simplificando las cosas y alejándonos de suposiciones o ficciones, se puede asumir que Falcón persigue uno de dos objetivos: Ganar las elecciones y convertirse en presidente, pues desde luego esa es la finalidad de todo político; o bien, perdiendo en un honroso segundo lugar, convertirse en una referencia de la oposición venezolana.

Que Falcón se alce con el triunfo electoral el 20M, para cumplir el primer objetivo señalado, es una quimera. Primero, porque no es cierto lo que él señala que está compitiendo en condiciones similares de oportunidades anteriores y que es posible su triunfo contando con la ventaja del alto nivel de rechazo que tiene el actual gobierno.

Algo muy significativo ha cambiado que elimina eso de las condiciones electorales similares. El fraude electoral siempre ha estado presente –quizás con la excepción del fraude electrónico, del que no hay pruebas sólidas–, pero desde lo ocurrido con la elección del Gobernador del Estado Bolívar en 2017, cuando se alteraron manualmente las actas de votación para arrebatar el triunfo a Andrés Velásquez, la dictadura demostró que está dispuesta a todo con tal de mantenerse en el poder.

Aunque no se llegara al extremo de la alteración de actas, porque una supuesta avalancha de votos por Falcón cerraría esta posibilidad, tal avalancha no va a ocurrir. Ciertamente el rechazo al actual gobierno es muy alto, más del 70% conservadoramente hablando, pero ese factor está presente desde hace tiempo y nada indica que ese rechazo se haya convertido en voto opositor. Lo que históricamente sí ha aumentado el voto opositor ha sido la disminución de la abstención y todos los estudios de opinión indican que la falta de participación electoral el 20M va a ser considerable, más del 45%, si es que no es mayor, y ya el 45% es suficiente para que la dictadura imponga su solido 32% de electores que aun en las peores condiciones ha obtenido, como se evidencia en los tres últimos procesos electorales.

Ese 32% de votos por la dictadura significan más de 6 millones de votos; sí a los 20 millones de votantes le restamos ese número y le restamos el 45%, como mínimo, de no participación, quedan menos de 5 millones para repartir entre Falcón y los demás candidatos. Pero además algunos ya hablan incluso de una “sorpresa” electoral el 20M, que no sería la avalancha de votos que Falcón espera, sino su probable desplazamiento al tercer lugar, por la “magia” electoral de la dictadura en aquellas mesas y centros sin la debida vigilancia, con lo que asestarían de paso otro importante golpe a la oposición democrática.

Después de las parlamentarias del 2015 la dictadura hizo su juego: designó inconstitucionalmente el TSJ; anuló la AN con ese TSJ; impidió la realización del Revocatorio; estableció una ilegal y fraudulenta ANC; sacó del juego a los partidos políticos más importantes; inhabilitó, apresó o envió al exilio a los líderes opositores más significativos; adelantó las fechas de las elecciones y desplegó todos sus recursos populistas para eliminar los votos nulos del 2015 y recuperar su votación en las elecciones de 2017. Todas acciones ilegales e inconstitucionales, por algo es una dictadura, a las que se suma la represión, la violencia, la persecución y el uso de la fuerza. Desplazar, ahora, electoralmente a la oposición a un tercer lugar, no es un objetivo descartable de la dictadura.

La oposición por su parte se condujo erráticamente con las acciones de la AN, no supo explicar adecuadamente ni dar contenido a los frustrantes intentos de diálogo en República Dominicana, no supo aprovechar las movilizaciones populares de 2016 y la masiva recolección de firmas de 2017, ni pudo cuidar adecuadamente su triunfo electoral de 2015, preparándose mejor para los procesos electorales de 2017, llegando a la debacle de no participar en las elecciones de alcaldes, en donde su participación electoral cayo al 12% desde el 40% que había obtenido en las parlamentarias de 2015; y no hace falta insistir en los análisis que se han hecho sobre lo negativo que ha sido para la oposición y el país los procesos de abstención electoral en 2017.

Con el cuadro anterior, es evidente que se impone un proceso de reconstrucción de la fuerza mayoritaria opositora si queremos salir de esta dictadura. Para ese proceso de reconstrucción, convertirse en la referencia de la oposición, como pienso es uno de los objetivos de Falcón, tiene sus aristas. Supongo que Falcón no quiere ser la referencia opositora de la dictadura; pero si lo que quiere es ser referencia para la oposición y jugar un papel importante en la reconstrucción de ésta, después del 20M, mantenerse en la “carrera” presidencial es un obstáculo.

No solo porque rompe con la estrategia de la unidad, errada o no, de no participar en un proceso que no reúne las mínimas condiciones democráticas, señalado incluso por muchos países; sino porque está recibiendo el rechazo de un considerable grupo de opositores, partidos, organizaciones y dirigentes que consideran a la unidad como una pre condición política para enfrentarse a la dictadura.

La renuncia de Falcón a la candidatura, denunciando un proceso electoral que no reúne las condiciones democráticas mínimas, ni siquiera las que él acepto y pactó, convertiría a Falcón de villano en héroe, en referencia para toda la oposición, y el país, no solo de los que lo apoyan, sino que reduciría el rechazo de los que plantean no participar. Sería además un golpe muy duro para la dictadura, la dejaría con poco margen de maniobra y podría incluso obligarla a suspender las elecciones y negociar una salida política con la oposición.

Los números no dan para Henry Falcón; su renuncia seria cambiar un posible tercer lugar, en el proceso electoral del 20M, para convertirse en una referencia opositora innegable, nacional e internacionalmente; como lo fue Alejandro Toledo en Perú, en mayo del año 2000, cuando renunció a la segunda vuelta electoral y sumió en el caos a la dictadura de Alberto Fujimori, quien seis meses más tarde pidió asilo en Japón y desde allí renuncio a la presidencia.

@Ismael_Perez

 5 min


Elias Pino Iturrieta

La disgregación de la fuerzas opositoras y el empeño continuista del gobierno han aconsejado la necesidad de evitar discusiones sobre la marcha de los negocios públicos. Si los partidos no están en su mejor momento y la dictadura marcha sin pausa hacia el continuismo, se dice, mejor es esperar tiempos menos comprometidos para la discusión. En una situación de debilidad, también se afirma, lo mejor es pensar con calma antes de hablar para que no se profundicen los abismos de la precariedad intrínseca de las banderías y de la distancia entre las líderes y los ciudadanos. Pero, ¿esos consejos son en realidad prudentes y certeros? ¿Convienen tales precauciones?

La verdad es otra. No es cierto que se hayan desarrollado agrias disputas entre los dirigentes de la oposición en torno a la campaña electoral. Ciertamente se han tomado posiciones opuestas del todo sobre votar y no votar el 20 de mayo, pero no se han dirimido con el énfasis que muchos les han atribuido.

Los voceros de la MUD han mantenido una presencia cautelosa, sin pelearse con el grupo de figuras que se fueron con Falcón a luchar en las presidenciales. Sus intervenciones ante los medios han estado orientadas por el equilibrio, sin llegar al terreno de los insultos o de las descalificaciones personales. Si han afilado flechas y lanzas para atacarse, ha sido en reuniones privadas que apenas han trascendido.

Falcón y sus seguidores han hecho lo propio, sin extralimitarse en el ataque de los antiguos compañeros que llamaron a la abstención. Piden votos sin apabullar a quienes se niegan a darlo, con la insistencia propia de una campaña que depende de presentarse ante las máquinas del CNE, o de no presentarse, pero sin exagerar a la hora de responsabilizar de su probable derrota, si de veras sucede, a los que vienen anunciando de antemano un fraude de grandes proporciones.

Si así marcha la contienda de los opositores, es decir, si de veras no existe tal contienda, o se ha ocultado con sabiduría, los temores por la existencia de una diatriba de quienes debían ser hermanos, o amigos íntimos, no pasa de ser una búsqueda de la aguja en el pajar. Pero no se trata de una situación ideal, de algo que parece sensato y debe permanecer, sino, más bien, de la negación de un conflicto que se debería tratar con mayor seriedad. Es evidente la existencia de posiciones irreconciliables sobre el evento electoral, pero también destaca el empeño de disfrazarla con la tela de las buenas maneras.

Las reacciones violentas de parte y parte existen y se calientan cada vez más, pero no salen del zaguán de las habitaciones políticas. El horno de los cocineros principales cada vez se calienta más, pero la comida que ponen en el mostrador llega tibia y blanda, disponible para todos los estómagos.

Como está implícito en su nombre, una república reclama discusiones públicas, solicita una lucha por la verdad que se debe llevar a cabo sin ocultamientos ante el parecer de la ciudadanía. Nadie pide que todo se ventile desde el principio ante la vista de la sociedad; nadie pide, por ejemplo, que el Frente Amplio y la gente de Falcón se reúnan en un estadio de beisbol para debatir sus conductas frente a las gradas repletas, ante centenares de árbitros entusiastas e irresponsables que pueblan las tribunas, especialmente cuando la situación es intrincada y merece pausada reflexión, pero la prolongación indefinida de las querellas de los conventículos no conduce a metas constructivas. No solo porque tapa la realidad, sino también porque transmite la sensación de una falta de ideas, o de coraje, que apenas puede servir para profundizar situaciones de inercia que solo se pueden superar con el auxilio de vanguardias activas que se manifiesten con propiedad sobre los problemas más acuciantes.

El escrutinio del 20 de mayo hará que la discusión salga de la cueva. No solo para ver cómo se hace con los mudos de la víspera, o con los medialengua, sino especialmente para ver cómo se sale del entuerto de una dictadura que, de tanto callar sus adversarios, de tanto preferir los modales, de tantos tientos y miramientos, ha salido lisa del debate. Lo que suceda después de la jornada electoral, o de cómo juzgue la sociedad sus resultados, conducirá a controversias sin prólogo que se deben llevar hasta sus últimas consecuencias.

 3 min


Maxim Ross

No vayan a creer mis lectores que me voy a referir en estas notas al repetitivo tema de todas las miserias que ha creado la “revolución bolivariana” en nuestro país, pero si quizás a uno que creo ha sido poco tratado y debatido, cual es el de la “miseria de las ideas”, no solo las que lleva consigo la propia ideología conductora del “proceso”, sino de las que han faltado del lado de quienes la adversan y, a veces, es oportuno recordar una breve historia de ellas, tales que pueden ayudar a comprender mejor de que se trata esta “revolución” que, como muchos han señalado y ahora lo hacen sus propios defensores, poco tiene de un autentico cambio y mas de otra manera de hacerse de la riqueza de Venezuela.

Mucho se ha escrito en este mundo para entender en algo la historia del conocimiento en la humanidad y algo pudo aportar la filosofía para esa comprensión, desde ideas tan clásicas como aquella de “solo se que no se nada”, atribuida a Sócrates hasta la concienzuda investigación de Aristóteles y Platón para situarnos en un formato mas riguroso y sistemático de comprensión. Pasan los años y en una escala de avanzada llegamos a nuestros días con la igualmente clásica dialéctica hegeliana, al “Imperativo Categórico” kantiano, al descubrimiento de la razón cartesiano y así y así, hasta que ese intento fabuloso de querer entender que cosa somos fue fulminado drásticamente por las luminosas ideas de Carlos Marx.

Miseria de la filosofía.

Se trataba, nada mas y nada menos, de desmontar el aparato construido sigilosamente durante siglos del vinculo entre las ideas, la razón y la realidad. Aristóteles y Platón, de un solo plumazo desaparecerían en la pluma de Marx puesto que el materialismo histórico no podía admitir ninguna otra cosa que la historia explicada por la lucha de clases. Esa ley inexpugnable del determinismo arrasaría con cuanto concepto, idea o razón se atravesase. Pero eso no bastó: la dialéctica hegeliana sería puesta al revés y la tesis, la antítesis y la síntesis no se darían sino en el terreno del materialismo y el determinismo. Nada, ni nadie tendría incumbencia sobre el final de la historia. La “batalla” contra la filosofía había sido ganada. No quedaba nada por explicar.

Una clase contra otra nos daría la pauta de como progresó o no la humanidad. Guerra, conflictos, batallas todos explicados por esa ley inmutable que daría con el fin de la historia y cuyo desenlace sería el surgimiento del socialismo, cuando la clase explotada venciera a la explotadora y se alcanzara el reino aquel donde habrían desaparecido todas ellas. El ser humano alienado de las ideas que no eran las suyas habría sido liberado.

Menos mal que a alguien se le ocurrió que esa argumentación debía ser refutada y fue Karl (otro Karl) Popper quien se dio a cargo de la tarea.

Miseria del historicismo.

Pocos trabajos pueden ser tan cortos y tan sustantivos como este desarrollo de Popper contra el determinismo histórico, el historicismo, cuyo comienzo esta en poner en duda si puede construirse una ley de la historia y, mas todavía, si de ella se puede prescribir o predecir. Muy lejos del enfoque marxista le da un respiro a la Filosofía al regresar al campo donde las ideas y la realidad alguna relación tienen, no dialéctica, por cierto, sino en dirección a explicar sucesos y acontecimientos en esa mezcla de la inteligencia y la realidad que son los conceptos, las teorías y las leyes que no se vuelven inmutables.

Detrás queda la lucha de clases como único determinante de la historia cuando otras “pequeñas” esferas del conocimiento, de la voluntad operan para explicar los fenómenos. La unilateralidad materialista desaparece para dar paso a lo multidimensional que, aunque mas complicado, es mas cercano a la vida real.

Pues bien, nada de eso ha sido asimilado por el marxismo criollo, que sigue apegado al determinismo en un país donde, inclusive, se puede poner en seria duda aquello de la lucha de clases con el petróleo insertado en el medio entre capitalistas y proletarios. Tanto es así que todavía la “revolución” no consigue “patente de corso” de ninguna de las clases sociales. Por esa razón esta batalla que se libra en Venezuela bien puede ser llamada:

Miseria de la revolución.

En general las “revoluciones”, todas, todas, terminan causando miseria, porque, como es lógico, su único objetivo es destruir el orden establecido. Así pasó con la francesa, la rusa, la china, la mejicana, la cubana y, por supuesto, la venezolana. La lógica de este suceso es inevitable pues, si su mandato es ir contra la monarquía, el orden feudal o el capitalismo no queda otra alternativa que abatirlos, a la fuerza o por “cuotas” como ha sido aquí. Por esa razón, todas esas cosas que nos suceden día a día, la falta de comida, de medicinas, de agua, de luz, de transporte, todas ellas, decía son producto de esa lógica destructiva. No hay otra explicación.

Todos esos males y carencias se sintetizan en una sola palabra: miseria, porque resulta que en ese combate contra el orden establecido la “revolución” se lleva por delante todas las fuerzas productivas pre existentes, es decir, las que crean bienes y servicios, las que producen, las que invierten, las que prestan dinero, etc., etc., con el fin de sustituirlas por aquellas del “nuevo orden”, las comunas, los consejos productivos, los “koljoses”, las granjas colectivas, las cuales a final de cuentas han sido y son incapaces de sustituir las primeras, ergo, el resultado es una repentina o progresiva miseria.

Algunas revoluciones se dieron cuenta de ello a tiempo y otras no y el resultado está a la vista: para evitar o evadir la miseria tuvieron que apelar al orden precedente, en el caso de las mas modernas, al orden capitalista. La China, en primer lugar, seguida por Vietnam, Laos, Camboya, hasta Corea del Norte o Cuba, poco a poco van por ese camino, eso sí resguardando el poder para el partido comunista del lugar. El caso contrario fue el de la Unión Soviética, la que muy tarde se dio cuenta y se desmoronó de un solo golpe.

La pregunta es que hará la venezolana y que camino va a tomar después de estas elecciones, si el “soviético” o el “chino”, de lo que depende que tengamos mas miseria o, quizás, una rectificación que la atenúe o la revierta, pero, en todo caso la miseria de la revolución no está en los hechos materiales, sino en la mente, en la cabeza de sus líderes. Su grado de inteligencia, su obsesión ideológica o su apego al materialismo histórico serán determinantes a la hora de escoger un camino u otro.

Como dijimos antes, depende de que se imponga en Venezuela la “miseria de la filosofía” sobre la “miseria del historicismo”. Desde luego, seria mucho mas conveniente y preferible que no estemos en ese dilema y que se imponga el orden y el cambio que supere esa vieja dicotomía, esto es el regreso al capitalismo, a la libertad, al bienestar y a la democracia ajustadas y superadas por esta triste experiencia que no dudo en llamar “miseria de la revolución”

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José Rosario Delgado

En particular y empírico diccionario, considero a Venezuela país votátil. O sea, que vota y puede votar. Que vota. Es propenso a votar. Tiene 70 años de historia de voto universal, directo y secreto. Siete décadas ejerciendo el derecho a votar y practicando el deber de votar. Las dictaduras de antes, como la dictadura actual, conscientes de lo votátil que es la nación, eventual y tramposamente convocaban elecciones. Hubo una época en democracia en que era obligatorio votar. Para todas las diligencias cívicas y ciudadanas se exigía la escarapela “Votó” que adherían en la Cédula.

No sólo eso, sino que los partidos democráticos obligaban a sus militantes traerles el resto de las tarjetas de la baraja electoral para demostrar que sí habían votado con la verde o con la blanca. O con la amarilla. Las organizaciones de izquierda también obligaban a sus testigos y miembros de mesa a traerles ese tarjetero para justificar el pago del trabajo que significaba cuidar votos inexistentes por lo fácil de robárselos.

Hoy día existe el registro electoral permanente que significó un avance importante en las conquistas ciudadanas pues, antes, abrían un proceso de inscripción para poder votar el primer domingo del mes de diciembre del año de las elecciones, fecha fijada con anterioridad por el Consejo Supremo Electoral, que sí era un consejo electoral y supremo de verdad. No como el contubernio electorero que existe hoy y que pervirtió al REP y al funcionariado electoral que dio ejemplo y organizó comicios en otros países por su respetabilidad.

Todo eso hace suponer que teníamos una cultura democrática dentro de un Estado de libertades con un sistema electoral respetable y confiable. Transparente y abierto a todos los controles porque estaban representados todos y cada uno de los partidos políticos por muy pequeña que fuera su militancia o por muy grandes que fueran sus siglas. Compromiso había entre todos los participantes y sí protagonistas del acto de votación.

Por esa condición de país votátil que tiene Venezuela es que muchos no entienden cómo es eso que el sector más importante del país en esta coyuntura política, y en esta crucial situación socioeconómica, la oposición democrática, esté convocando al pueblo a no votar como manera de salir del nefasto régimen chavista de maduro y sus tombos e iniciar la solución de los múltiples problemas y la hambruna que nos agobia.

“No entiendo nada…”, decía un amigo cuando se hallaba en una encrucijada existencial sin explicación ni justificación. Bueno, así estamos. No votar como bandera de lucha ante la más grave crisis humanitaria jamás sufrida por Venezuela en toda su ya larga vida e historia republicana, dictaduras incluidas, y mucho menos con una experiencia democrática superior a los 40 años de cívica y ejemplar sucesión gubernamental mediante elecciones libres y soberanas.

Afortunadamente, por esa votatilidad que caracteriza a Venezuela es que vemos que cada día mucha gente se suma a quienes iremos a depositar nuestro Voto el domingo 20 de mayo por la más clara opción contraria al régimen continuista, oportunista y comunista de los que pretenden aferrarse al poder por el poder mismo, con promesas que nunca cumplen, ofreciendo lo que nunca cumplirán y profiriendo las amenazas que sí cumplen al pie de la letrina…

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Antonio Ecarri

La historia enseña a quienes quieran aprender de ella, pero parece que los actuales mandatarios no les importan o no conocen experiencias nefastas, de arrebatos electorales precedentes, que hicieron naufragar a gobiernos que se veían mucho más sólidos que el actual.

Dos ejemplos deberían servir –hay otros, pero no quiero abrumar- a quienes hoy gobiernan Venezuela para que vean, en ese espejo retrovisor de la historia, cómo el monstruo de la arbitrariedad, que produjo aquellos desaguisados, se nos viene acercando a toda velocidad. Nos referimos a dos ejemplos: uno acontecido el siglo XIX y otro ocurrido el siglo XX, que en términos históricos es como decir antier y ayer.

El del siglo XIX, en 1878 para ser exactos, ocurrió cuando el General Francisco Linares Alcántara, después de haber llegado a la silla presidencial gracias a la decisión de su jefe político, Antonio Guzmán Blanco, se le tuerce a éste, aconsejado por quienes no habían podido gobernar con aquel -buena parte de la elitista sociedad caraqueña despreciaba al hijo de Antonio Leocadio, por ser nieto de “la Tiñosa”- le dio la “patada histórica” a su jefe y pretendió impulsar una reforma constitucional para prorrogarse el mandato. Convocó unas elecciones para una Asamblea Constituyente y como el pueblo se dio cuenta de la añagaza, dejó solas, íngrimas, las Plazas donde se iban a efectuar los comicios y no le quedó otra cosa por hacer, al gobierno, que convocar la Constituyente saltándose todo procedimiento legal, incurriendo en un auténtico golpe de estado. La Providencia fue la que intervino en este caso, pues Linares Alcántara enfermó de repente y murió, dando al traste con todo el entramado anti guzmancista que provocó el regreso de éste, pero esa es otra historia.

Lo importante señalar es que las añagazas electorales, si el pueblo no las secunda, de no ser ignorante o alcahuete, se desploman sus afanes y sus protagonistas. Al pobre José Gregorio Varela, quien pretendió mantener el legado de Linares Alcántara, lo depusieron en menos de una semana, desde Carabobo, con la Revolución Reivindicadora.

En el siglo XX también hubo una intentona de arrebato electoral, cuando el General Marcos Pérez Jiménez -siempre generales, atravesándosele al pueblo- quiso saltarse a la torera el proceso electoral que debía convocarse para el relevo presidencial y aconsejado por el abogado –cuando no son generales son abogados, unos y otros… sin probidad, son unos azotes- Laureano Vallenilla Planchard, en vez de convocar elecciones libres como lo preveía la Constitución se fue, por peteneras, a invitar al pueblo a un plebiscito donde muy pocos concurrieron y un Consejo Supremo Electoral, igualito al actual, proclamó ganador al dictador. Eso ocurrió el 15 de diciembre de 1957 y el resultado, anunciado, por el Consejo Supremo Electoral, fue el siguiente: a favor de la continuidad del régimen (del Presidente, Congreso, Asambleas Legislativas y Concejos Municipales): 86.7%; y en contra, (la oposición) obtuvo el 13.3%.

Obviamente, ante ese “triunfo” apabullante del régimen, en ese mes de diciembre rodaron botellas del mejor champagne por las escaleras de Miraflores y, apenas cinco semanas después, por esas mismas escaleras corrían despavoridos los capitostes de aquel régimen de oprobio que gobernó por diez largos años (¿dije largo?... estos llevan 19 y les parece poco) y pretendió, al cabo de esos dos quinquenios de tiranía, saltarse a la torera la legalidad electoral democrática, siendo defenestrado por una alianza cívico militar. Es que sean civiles o militares, generales o abogados, juntos o separados, cuando hay probidad nunca hay azote.

Si después de conocer los precedentes históricos, el gobierno decide continuar con esta farsa electoral, cuyo resultado todo el mundo conoce –aunque haya quien se haga el distraído- le va a acontecer algo inesperado, pero intuyo que nada bueno puede ser. Porque vemos no solo por el retrovisor del carro de la historia, sino por el parabrisas también se otea lo que viene por delante: una comunidad internacional que no va a reconocer ese “triunfo”, por truculentamente descarado; y, todo lo que han pensado hacer Maduro, junto a Raúl y Díaz Canel en Cuba, de darle una vuelta a la manivela de la dialéctica comunista, como hicieron chinos y vietnamitas, se les va a dificultar enormemente y cuidado si no lo pueden hacer. Maduro propone un diálogo post mortem después del 20 y, otra vez en Dominicana. A estos solo se les puede creer si los avalistas son gringos y cubanos, lo demás es “bullshit” (los cubanos son más gráficos, que los gringos, con el calificativo, digo, pero es lo mismo).

Mientras tanto, al pueblo venezolano solo le sale repetir, en el siglo XXI, lo que supo hacer en los siglos XIX y XX: dejar solas las calles el 20 de mayo, de lo demás se encargará la historia, a ver si se repite como farsa, como tragedia o como futuro luminoso. De nosotros depende.

aecarrib@gmail.com

@EcarriB

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El 20 de mayo será decidido si en Venezuela continuará la dictadura militar y para-militar de Maduro por un tiempo indefinido o será abierta una brecha hacia una dificultosa y probablemente larga transición hacia la democracia. La candidatura de Falcón representa la segunda alternativa. Esa es también la alternativa que debería haber representado la oposición unida si es que no hubiera decidido corregir sus primeros errores con mayores errores.

Las vías erráticas que llevaron a la MUD a discutir en la República Dominicana sobre el tema electoral sin llevar a un candidato unitario, a no usar las propuestas rechazadas por la dictadura como plataforma para una candidatura unitaria y el haber llamado a la abstención sin levantar otra alternativa, han conducido a esa alianza política que una vez fue la MUD, a transitar por las oscuridades más densas de la noche antipolítica.

¿Puede haber mayor contrasentido que una asociación electoral, creada para fines electorales -la MUD fue siempre solo eso y nada más que eso- llamando a la abstención? Sin participación electoral la MUD no es la MUD. El llamado Frente Amplio (la MUD más organizaciones civiles adictas a la MUD) solo podía tener cierta lógica en el marco de un proceso electoral como ha sucedido con todos los frentes amplios de nuestro tiempo (desde los frentes populares de los años treinta hasta ahora). Un frente amplio sin elecciones es como un pez sin agua. Los frentes amplios son electorales o no son. No obstante, la MUD convirtió al frente amplio venezolano en un frente abstencionista, el primero en la historia nacido para no hacer nada.

Errores tras errores que llevaron a que el espacio político abandonado por la MUD fuera invadido por las tendencias más extremistas de la oposición. La ayer llamada por la MUD "oposición a la oposición" representada por la antipolítica pseudo insurreccional de la señora Machado, dejó de ser así la “oposición a la oposición” y se transformó en la fuerza directriz de la MUD. Por lo mismo, la abstención se convirtió -desde el día cuando emergió la candidatura de Falcón- en una tercera candidatura.

Tesis: La abstención no solo es la abstención. La abstención ha llegado a ser la candidatura de la MUD en contra de la candidatura de Falcón. Cuando llegue el momento de los recuentos y sean contadas las abstenciones (los “niníes”, los abstencionistas clásicos y los de la MUD) la MUD podrá cantar victoria. Habrá derrotado a Falcón. Más, no a Maduro.

Ya están agotados los débiles argumentos esgrimidos por la MUD para legitimar su gran aberración anti-electoral: ¿Qué no están dadas las condiciones con ese CNE? Las condiciones son las mismas del 15-D. ¿Votar sin elegir? Pero para elegir tienes que votar. ¿Qué en dictadura no se vota? Precisamente al revés: un demócrata vota siempre en contra de una dictadura pues solo en democracia nos podemos dar el lujo de no votar. ¿Qué estas no son elecciones? Las cosas no dejan de ser lo que son por el hecho de que le cambies el nombre ¿Qué votando la dictadura será legitimada? A una dictadura solo la legitima la abstención pues con abstención no hay fraude ¿Qué Falcón traicionó a la MUD? La ruta de Falcón es exactamente la misma que abandonó la MUD ¿Qué los resultados están cantados? Pero si hay una gran abstención no solo estarán cantados sino, además, recitados y orquestados ¿Qué hay que recurrir a otras formas de lucha? Uno se pregunta cuáles. ¿Huelga general?: la MUD no controla sindicatos obreros. ¿Insurrección?: la MUD perdió después del 2017 su poder convocador de masas. ¿Comunidad internacional?: son gobiernos que se reúnen una vez al mes para hacer una declaración y luego volver a casa. En fin, desde el “yo no soy abstencionista pero no voto”, hasta llegar a la guinda de la torta: “el dictador va a caer solo”, la MUD no ha logrado justificar, ni siquiera ante sí misma, su capitulación electoral.

Precisamente la inconsistencia de la no-opción asumida por la MUD explica la andanada de agresiones o “guerra sucia” desatada en contra de Falcón por dirigentes políticos que hace un par de meses decían exactamente lo contrario. Evidentemente, en cada una de esas agresiones yace el indesmentible peso de una culpa no asumida. No es primera vez que ocurre algo parecido.

Fue el psicoanalista italiano Luigi Zoja –uno de los que más ha dedicado su obra a analizar el fenómeno de las patologías colectivas- quien llevó las deducciones de Freud con respecto a los sentimientos de culpa personales al plano de las relaciones sociales (ver por ejemplo su libro “Paranoia: locura que hace historia”, Madrid, FCE, 2014) De acuerdo a Zoja, todo ser (individual o colectivo) que arrastra una culpa, intentará borrarla mediante una exculpación. El proceso de des-culpabilización puede ser llevado a cabo a través de dos procedimientos. El primero es la reflexión analítica. El segundo, desviando la culpa hacia un objeto externo. Ese objeto puede ser un pueblo, un grupo o simplemente una persona. Se trata del “chivo expiatorio” cuya función es hacer cargar a unos con las culpas de los otros (para decirlo con las palabras del antropólogo René Girard)

Sobre la base de esta breve reflexión podemos explicarnos la furia descargada por algunos personeros de la MUD en contra de la persona de Falcón. Ella se debe al hecho de que Falcón ha retomado el hilo político abandonado por la MUD. Solo por este hecho, más allá de lo que diga Falcón -lo que importa es lo que representa- su candidatura es el testimonio de una política renegada por la MUD, es decir, de su culpabilidad. Pues si llegara a triunfar Falcón, no solo Maduro, también el abstencionismo predicado por la MUD serían los grandes derrotados.

Una eventual victoria de Falcón sería una derrota de Maduro pero también lo sería de la MUD. Pero a la vez, si Falcón es derrotado por un margen no muy elevado, todo el mundo sabrá que esa derrota habría podido ser evitada por la MUD si es que no hubiera caído en la trampa tendida por sus propios errores y culpas. Por consiguiente, la presencia de Falcón representa, por el solo hecho de existir, una amenaza existencial para la no-política de la MUD. Esa es la razón por la cual cada voto por Falcón tendrá un valor tridimensional: Primero: en contra de una dictadura. Segundo: en contra del abstencionismo. Tercero: a favor de una presidencia en condiciones de iniciar el proceso de transición hacia la democracia.

Nadie por el momento puede predecir nada pero es evidente que enfrentar a dos enemigos a la vez hará muy difícil (aunque no imposible) un triunfo electoral de Falcón. Sin embargo, más allá de los resultados, la candidatura de Falcón ya ha cumplido una tarea histórica: la de mantener la continuidad de la lucha electoral y democrática en contra de Maduro. De este modo, aún perdiendo Falcón, seguirán vigentes las bases de esa política. Reasumiendo a esa política, y no la del abstruso abstencionismo predicado hoy por la MUD, la oposición estará en condiciones de retomar su camino. El mismo que nunca debió haber abandonado.

En cualquier caso, la última palabra no ha sido dicha todavía.

mayo 11, 2018

POLIS: Política y Cultura

https://polisfmires.blogspot.com/2018/05/fernando-mires-el-abstencionism...(POLIS)

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John Magdaleno

Un artículo reciente del autor comienza estableciendo lo siguiente:

Venezuela experimenta hoy la crisis más importante de su historia contemporánea, que se observa en una economía contraída y disfuncional, un esfuerzo estratégicamente deliberado del gobierno para consolidar el autoritarismo y una sociedad empobrecida, con oportunidades y condiciones de vida cada vez más precarias y psicosocialmente afectada por 19 años de intensa polarización.

La pregunta que se plantea a partir de esta situación es si Venezuela está a punto de iniciar una transición hacia la democracia y una progresiva apertura de su economía o si, por el contrario, está por enfrentar una profundización del autoritarismo (o el arribo de un neototalitarismo) y una mayor estatización económica.

Después de profundizar sobre las condiciones por las que atraviesa el país y explicar con ejemplos la forma como algunos países han avanzado hacia la transición, Magdaleno postula

….. para que la transición hacia la democracia se inicie en Venezuela, deberían combinarse los elementos de varios patrones o caminos de redemocratización. No solo porque es lo que luce teóricamente plausible, sino también porque, conforme al análisis del contexto y las estrategias de los actores, tal combinación es probablemente lo único que vuelva la transición empíricamente factible. Quizás una mayor presión internacional –cuyas implicaciones no están acotadas únicamente a una eventual intervención militar–, la creciente movilización de diversos sectores sociales, una fractura de la coalición dominante estimulada por algunos soft liners –cuyos intereses pueden estar siendo amenazados por el mal desempeño económico y político del régimen político– y, eventualmente un acuerdo entre partidos y líderes claves –que deberían estar en capacidad de vencer el clima de desconfianza existente en la opinión pública, si desean ejercer más eficazmente su función de representación– podrían volver teórica y empíricamente factible la transición hacia la democracia en Venezuela.

Las presiones por una reforma económica son visibles incluso en el interior de la coalición dominante. El principal interrogante sobre este particular apunta hacia su naturaleza, orientación y alcance. Lo curioso es que ambos procesos –la transición hacia la democracia y la reforma económica–, que no necesariamente están causalmente relacionados, podrían resultar más inter- dependientes de lo que se piensa. Veremos.

Nueva sociedad No 274, marzo-abril de 2018. ISSN: 0251-3552, www.nuso.org>.

Ver la versión completa del artículo (Pdf) que se incluye como anexo.

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