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Opinión

Danielle Braff

Abrumadas ante la posibilidad de socializar, algunas personas están usando una mentira que poca gente debatiría: la exposición a la COVID-19.

El invierno pasado, Trysta Barwig estaba agotada.

Se sentía abrumada por su puesto de administradora de programas y el trabajo le obligaba a viajar, con demasiada frecuencia, lejos de su casa en Atlanta. Necesitaba un descanso. Así que, cuando su jefe le pidió que volviera a hacer las maletas, utilizó la que se ha vuelto su mejor excusa: una exposición a la covid.

“Supuse que sería más fácil decirle esto a mi jefe que responder a un millón de preguntas relacionadas con las razones por las que no podía ir”, comentó Barwig, de 31 años, quien también es la fundadora de un blog de viajes, This Travel Dream. “Fue muy comprensivo y me eximió de los viajes por trabajo”.

Fin del problema.

Ahora que las fiestas están a la vuelta de la esquina, en algunas partes del mundo se están volviendo a hacer planes. Y también está regresando la ansiedad social, al menos entre las personas que son introvertidas por naturaleza o que pudieran sentirse un poco oxidadas después de unos 18 meses de interacciones restringidas.

¿Listos para volver a tener vida social?

Algunas personas están empezando a mentir sobre su exposición a la COVID-19, pues consideran que es una ruta de escape de esos planes —desde el trabajo y las citas románticas hasta las consultas con el dentista— que pocos cuestionarán. Otras personas han usado esa mentira todo el tiempo.

Claro está que la exposición real a la covid no es ninguna broma y mentir al respecto es un lujo que mucha gente no se puede dar, incluida una cantidad enorme de trabajadores esenciales que pusieron en riesgo su salud a lo largo de la pandemia.

Larry Burchett, un doctor de urgencias y médico familiar en Berkeley, California, dijo que las personas que no están vacunadas y en verdad estuvieron expuestas a alguien que dio positivo por COVID-19 deberían hacer una cuarentena de 14 días, aunque no tengan síntomas. Los individuos vacunados que estuvieron en contacto con alguien con covid (a menos de dos metros y aunque sea por 15 minutos) no tienen que hacer cuarentena a no ser que presenten síntomas, pero deberían hacerse pruebas entre cinco y siete días después de la exposición, comentó Burchett, según los lineamientos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés).

Sin embargo, incluso con el permiso para eludir la cuarentena que los CDC dieron a la gente vacunada y sin síntomas, algunas personas no dejan de decir la mentira.

En marzo, antes de que mucha gente fuera vacunada, John Junior pensaba que había conocido a la mujer perfecta en internet. Junior, un activista a favor de la salud mental en Cheshire, Inglaterra, conversó con ella en línea durante dos meses antes de hacer los arreglos para conocerse en persona. Junior compró boletos para el cine e hizo reservaciones en una pista de bolos, tan solo para recibir, el día de su cita, la indeseable excusa de la exposición a la COVID-19.

“Me escribió por mensaje que su tío había pasado a dejarle unos regalos un par de noches antes y tiene síntomas de covid”, comentó Junior, de 33 años. “Me dijo que no puede salir de la casa en caso de que tuviera covid”.

Junior dudó de su historia, así que ella le subió el tono y le dijo que en realidad había dado positivo. Junior mencionó que ella le envió una fotografía de la prueba por Snapchat cuyo resultado positivo era evidente que había sido creado con un marcador negro. Según Junior, es la tercera vez que le cancelan una cita por una supuesta exposición a la COVID-19.

Sara Bernier, fundadora de Born for Pets, un blog con consejos para el cuidado de las mascotas, ha estado del otro lado de la ecuación. El año pasado, conoció a alguien en línea e hizo planes para verse en persona, hasta que él empezó a mandarle mensajes sugerentes el día previo a la cita.

“Como me cuesta mucho decir algo tan simple como ‘no’, creé una historia elaborada en la que me había dado covid y me iba a ser imposible llegar”, contó Bernier, de 29 años y residente de Nueva York.

A los terapeutas no les sorprende que la exposición a la COVID-19 se haya vuelto una excusa tan conveniente —y tan horrible— de nuestros tiempos.

“Para la gente que no quiere hacer algo, ya sea por ansiedad, temor existencial o la idea de que será más fácil quedarse en casa y ver El juego del calamar que arreglarse y salir al mundo, la excusa de la covid parece hecha a la medida: es oportuna, prominente y parece que la motiva una preocupación altruista por la salud de los amigos, colaboradores o extraños”, comentó Suraji Wagage, cofundadora y directora del Centro de Terapia Cognitiva Conductual en California.

“Es difícil que la parte receptora reaccione de forma negativa y esto no la haga parecer como que no le importa la salud de los demás o la propagación de la pandemia mundial”, explicó Wagage.

Además: la excusa puede ser reciclada sin necesidad de despertar sospechas, pues puedes estar expuesto en repetidas ocasiones y en cualquier momento a la COVID-19, agregó Wagage.

No obstante, de hecho la razón por la que esta excusa es tan buena es que tiene sus riesgos, comentó Wagage. Debido a que durante tanto tiempo salimos de nuestra casa con moderación, si acaso, nos hemos condicionado a una socialización limitada. Como resultado, es más difícil hacer lo que antes parecía común, como reunirse con amigos para cenar o incluso ir a trabajar a una oficina.

Ese ha sido el caso de Daniela Sawyer, fundadora y estratega de desarrollo empresarial de FindPeopleFast, un sitio web de búsqueda de antecedentes. Le encantaba el periodo de encierro antisocial en Nueva York, así que lo continuó después del encierro diciendo a todo el mundo una y otra vez que había estado en contacto con alguien con covid.

“Esta excusa parecía tan natural, que no podían negarlo en absoluto”, dijo Sawyer, de 32 años.

Usar la excusa de la exposición es sencillo y casi adictivo por su facilidad de aceptación, pero podría llevarte a la cárcel.

Después de que William Carter, un bombero de Dallas, supuestamente mintiera sobre tener covid para poder faltar al trabajo e irse de vacaciones en marzo de 2021, fue detenido y acusado de un delito de robo (se le pagó más de 12.000 dólares por el tiempo que estuvo de vacaciones). Está de baja administrativa remunerada mientras lo investigan, según la ciudad de Dallas.

En julio, Santwon Davis, de Atlanta, fue condenado a tres años de prisión y se le ordenó pagar 187.550 dólares a su empleador por fraude electrónico relacionado con un plan para defraudar a su jefe cuando solicitó y recibió tiempo libre pagado del trabajo por lo que afirmó que era una prueba positiva de COVID-19.

Davis fue acusado de presentar un historial médico falso a su empleador, una empresa de la lista Fortune 500, que cerró el local en la que trabajaba para hacer desinfección, y pagó a todos los empleados durante el cierre. (Los investigadores también descubrieron que en 2019 Davis fingió la muerte de un niño —que no existía— creando y presentando documentación falsa al mismo empleador para respaldar una solicitud de licencia por duelo).

Pero esas son situaciones extremas. Cuando alguien se saca de la manga la carta de la exposición para librarse de una cita o incluso de una boda, ¿es tan diferente de utilizar a tus hijos como excusa para no ir, bueno, básicamente a cualquier sitio al que no quieras ir?

Jamie Hickey, un especialista en recursos humanos de Coffee Semantics en Filadelfia, relató que en junio pasado estaba previsto que él y su esposa asistieran a dos bodas en un lapso de diez días. En realidad no querían ir, pero no se les ocurrió algo, como una mentira rápida, que pudiera excusarlos de los dos eventos.

“Así que les dijimos que tuvimos un encuentro cercano con alguien que había dado positivo por covid y que yo había dado positivo, pero no tenía ninguno de los síntomas malos”, comentó Hickey, de 42 años. “Les dijimos que no queríamos ir a un gran evento y que hubiera la posibilidad de contagiarle el virus a alguien”.

La broma funcionó demasiado bien: la pareja se inundó de llamadas telefónicas, mensajes de texto y correos electrónicos de decenas de personas que querían saber si los Hickey estaban bien. ¿Necesitaban sopa? ¿Atención médica? ¿Ayuda de cualquier tipo? Después de todo, la COVID-19 no es una broma.

A final de cuentas, Hickey admitió que habían mentido, lo cual produjo muchos sermones sobre su falta de principios.

“Habría sido más fácil tan solo ir a las bodas y beber gratis”, admitió.

5 de noviembre 2021

NY Times

https://www.nytimes.com/es/2021/11/05/espanol/covid-expuesto-contagio-me...

 7 min


Mario Vargas Llosa

El Partido Socialista, en el poder, y el Partido Popular, en la oposición, han fraguado una momentánea alianza en el Parlamento español para poner fin al cannabis que, parecía, iba a ser tolerado en España. Se han equivocado gravemente. Sólo conseguirán con esta prohibición que las mafias de narcotraficantes que pululan ya en España, aunque menos que en México y otros países latinoamericanos, se robustezcan y aumenten su ejercicio criminal, así como el consumo de drogas en el país.

Cuando fui candidato, en los años ochenta del siglo pasado, vivíamos en el Frente que me respaldaba la pasión del programa. Creíamos que jugaría un papel crucial en la elección y nos equivocamos en redondo: no jugó ninguno y la mayoría de electores ni siquiera lo leyó. Pero para mí fue estimulante; según el programa, todos los problemas peruanos tenían solución. Menos las drogas, que escapaban al control del país pues eran un asunto internacional.

En lo que los peruanos llamamos la “ceja de montaña”, entre los Andes y la Amazonía, el territorio de la coca, fuente de la cocaína, se dan hasta tres cosechas al año; pese a que los campesinos no consumen droga, sólo la siembran y la venden. Chacchan la coca, es decir, la mastican, y el juguito que extraen los protege del frío, del hambre y del cansancio. Las avionetas colombianas llegan a los solitarios parajes de esa sierra y sus pilotos pagan en dólares por la carga que se llevan. ¿Quién convencería a los campesinos que deben sustituir sus sembríos de coca por productos alternativos que irían a vender, por caminos espantosos, que les toman muchos días, al Agrobanco de las ciudades, que les paga en soles y, además, tarde, mal y nunca? Nadie, por supuesto. Y, por eso, la producción de coca es cada día más extensa en el Perú y en América Latina, y el comercio de la cocaína, que a menudo nos viene importada del extranjero, más intensa.

La única solución a ese problema es la valerosa que ha emprendido el Uruguay: liberalizar el comercio de las drogas, aunque no entiendo por qué sólo una empresa estatal ejerce aquel derecho; la ley debería ser libre y los empresarios privados disfrutar también de ese comercio (está de más decir que supervigilados por el Estado).

Esta fue la solución que propuso, hace muchos años, un economista liberal, Milton Friedman, quien, además, añadió que si seguía creciendo la lucha contra las drogas, quienes vivían de ese trabajo serían los peores enemigos de su liberación. Exactamente así ha ocurrido.

Quienes luchan contra las drogas son hoy muchos miles de personas e instituciones en el mundo, empezando por los Estados Unidos, donde los funcionarios de la DEA son hoy enérgicos adversarios de su redención legal. Estamos acostumbrados a que, apoyados en estadísticas y encuestas, nos informen que la lucha contra la droga alcanza muchos éxitos, que su circulación disminuye y cosas parecidas. Pero la verdad es que las drogas se venden por doquier —los narcos las regalan en las puertas de los colegios para que los jóvenes, y aún niños, se conviertan en usuarios precoces—, y la corrupción y la violencia que desatan los poderosos carteles no tiene límites. Cientos de mujeres, sus víctimas preferidas, y otros tantos hombres mueren a diario en los países latinoamericanos, en las luchas por la posesión de territorios o las rivalidades personales, en tanto que, al mismo tiempo, las luchas por los aeropuertos clandestinos o las comisarías o, como se ha visto en Venezuela, por el dominio de la fuerza militar, van socavando los Estados, a niveles ministeriales y, a veces, hasta los propios presidentes, como ha sido el caso triste del Perú.

El problema es todavía más profundo. Los sistemas de gobierno y las autoridades están corrompidos o lo estarán por el dinero a raudales que producen las drogas, al extremo de que, en ciertos lugares, que se irán extendiendo, todo depende de ellas y de los funcionarios que tienen que ver con su circulación. Los Estados no pueden competir con quienes gastan y derrochan sumas delirantes para asegurarse el control de ciertas ciudades o regiones, que, prácticamente, quedan en manos de los narcotraficantes, donde éstos sustituyen poco a poco a las autoridades del Estado.

Frente a ese drama, no hay más remedio que la legalización. Es lógico que se comience por las drogas menores, como han hecho ya algunos países avanzados, para medir sus consecuencias y luego, previa receta médica, las drogas mayores que sean efectivamente remedio contra la esquizofrenia y otras enfermedades. Por cierto, al menos en el Perú, hay una vieja polémica —hecha de discusiones a viva voz, artículos y libros— entre los médicos que ven en la legalización de la cocaína un peligro grave para la salud de los usuarios (son una minoría) y los que, por el contrario, creen que la adicción a ella no sería peor que la que provocan el cigarrillo y el alcohol. Pero lo que por ahora interesa es poner fin a ese contrapoder inesperado que, en muchos lugares, ya ha sustituido al Estado y es el que dicta la ley.

No exagero nada. En ciudades donde el uso de las drogas era secreto e inconfesable, hoy en día es poco menos que público, está al alcance de todo el mundo y se ha vuelto una exhibición de modernidad, de juventud y de progreso.

En todo caso, la peor de las soluciones es agravar las penas y aumentar las fuerzas del orden que combaten al narcotráfico. Está visto —y el caso de México no es el único ni mucho menos— que a medida que crece la persecución, los narcotraficantes, que tienen todo el dinero del mundo, se arman con metralletas y fusiles más sofisticados que compran en los Estados Unidos, y multiplican las demostraciones de fuerza, dejando un reguero de muertos en los pueblos y ciudades que controlan. Ese camino, el de las hecatombes y matanzas, no es realista.

Por supuesto que la libertad para las drogas tiene sus riesgos y el Estado debe salirles al frente, en este caso sí con un mayor control judicial y policial de quienes se verían perjudicados con aquella ley. Asimismo, es imperioso que los sistemas de salud presten un servicio de desintoxicación y cura a quienes están dispuestos a liberarse de ese lastre, que podría ser también un grave peligro para la salud. Todo eso es atendible y fecundo. No lo es, sin embargo, proceder como si, en la realidad, estuviéramos derrotando a los narcotraficantes. No es así. Son ellos los que están ganando la guerra. Hay que quitarse la mascarilla de los ojos y reconocerlo. Y la seguirán ganando mientras los Estados pretendan destruirlos. Ellos nos están destruyendo a nosotros.

Lo peor es la violencia asociada a esta situación en la que los grandes traficantes son objeto de culto —las revistas y programas más frívolos informan sobre ellos, pues su popularidad es grande— y las persecuciones y guerras que libran entre ellos forman parte ya de la actualidad cotidiana, como si las consecuencias de todo ello no fueran los torturados y los muertos que se multiplican por doquier. La solución del problema no está solo en la legalización de las drogas, por supuesto. Pero, en lo inmediato, es la única manera de acabar con la ilegalidad que rodea a este asunto, en el que cada día perecen, y en qué horribles condiciones, decenas o centenares de inocentes. La legalización pondrá punto final a esa violencia desmedida que paraliza el progreso y mantiene a muchos países en el subdesarrollo.

6 de noviembre 2021

El País

https://elpais.com/opinion/2021-11-07/libertad-para-las-drogas.html

 6 min


James K. Galbraith

Reflexionemos juntos sobre la última demora en poner a disposición del público los registros completos sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy, en Dallas el 22 de noviembre de 1963. Fue hace 58 años. Ya transcurrió más tiempo desde el 26 de octubre de 1992 —cuando el Congreso determinó que se pusieran a disposición del público, completa e inmediatamente, casi todos los registros sobre el asesinato de JFK— que entre el atentado y la aprobación de esa ley.

El difunto senador John Glenn, de Ohio —un héroe-astronauta de la época de Kennedy—, escribió la ley de 1992. Esa ley estipula que «se debe suponer que todos los registros gubernamentales relacionados con el asesinato [...] son para su publicación inmediata y que toda la documentación debe ser, finalmente, puestos a disposición del público». La ley afirma que «solo en casos excepcionales hay motivos legítimos para continuar protegiendo esos registros».

El Congreso especificó con precisión cuáles podrían ser esos casos. Proteger la identidad de un agente de inteligencia que «requiera protección en la actualidad» era uno de ellos. De igual manera, las fuentes o métodos de inteligencia «utilizados en la actualidad» merecían protección. En algunos casos, la privacidad podía ser de primordial importancia. Finalmente, había cláusulas que eximían a cualquier otra cuestión relacionada con «la defensa, operaciones de inteligencia o tareas de relaciones exteriores cuya revelación perjudicaría en forma comprobable la seguridad nacional de Estados Unidos».

Después de 25 años esas cláusulas vencieron y la ley exige que el presidente certifique que «es necesario continuar posponiendo [su difusión] para proteger a la defensa militar, las operaciones de inteligencia, las fuerzas del orden o las tareas de relaciones exteriores contra perjuicios identificables cuya gravedad sea tal que supere al beneficio público de revelar la información». El 22 de octubre el presidente Joe Biden firmó esa certificación, supuestamente temporal, y asignó a las agencias federales relevantes la revisión de todos los registros restantes y la presentación de un informe, para el 1 de octubre de 2022, que identifique los casos en que el riesgo de esos peligros identificables todavía existe.

¿Qué «peligro identificable» puede haber? En su relato de la historia, The New York Times nos recuerda que después de una «investigación [exhaustiva] de un año de duración, el juez de la Corte Suprema Earl Warren determinó que Lee Harvey Oswald actuó en forma independiente». Hace 58 años que Oswald (como Kennedy) está muerto. ¿Si actuó solo y una investigación exhaustiva lo comprobó hace 57 años, qué secreto puede haber? Si actuó solo, no hay terceros culpables. Ni entonces, ni 29 años más tarde, ni en la actualidad.

El Times hace la distinción entre «investigadores y conspiracionistas». Se podría suponer que los investigadores son quienes aceptan los resultados de la Comisión Warren, mientras que los conspiracionistas, no. Pero, más allá de los pocos que se ganaron la vida defendiendo a la Comisión de sus numerosos críticos, ¿por qué habría alguien que no desconfiase de la historia oficial estar interesado en este caso? De hecho, como lo admite el Times, la gente está interesada y las encuestas demuestran que «la mayoría de los estadounidenses cree que hubo otras personas involucradas».

En otras palabras, la mayoría de los estadounidenses acepta la teoría conspiratoria. Perciben que la historia del «tirador solitario» no es compatible con la afirmación de que la defensa nacional, las operaciones de inteligencia o las relaciones internacionales en 2021 se verían afectadas por la difusión de todos los documentos, sin censura, como lo exige la ley, casi 58 años después del asesinato de Kennedy a manos de ese tirador solitario.

No acuso a Biden, ni a las agencias cuyos consejos aceptó sobre estas cuestiones, de infringir la ley. Po el contrario, acepto su palabra de que, en su opinión, la difusión completa de todos los documentos sí comprometería a los militares, al sector de inteligencia y a las relaciones internacionales.

No cuesta mucho entender por qué. Supongamos, como un mero ejercicio, que hubo una conspiración. Supongamos que los documentos restantes, junto con los ya publicados, probarían —o permitirían que los ciudadanos probaran— lo que la mayoría de los estadounidenses ya creen. En ese caso, sería obvio que el ocultamiento involucró a funcionarios gubernamentales estadounidenses de alto nivel, incluidos los líderes de las propias agencias a las que se les asignó la revisión de los registros en la actualidad. Y, por una cuestión de lógica, de eso se desprende que en cada cohorte posterior, y con cada presidente, se siguió ocultando la verdad. ¿No es esa la única situación posible en que los intereses actuales de esas agencias podrían verse afectados?

La ironía es que al retener los registros el gobierno ya admitió, sin decirlo, que la Comisión Warren mintió y que hay secretos infames que está decidido a proteger. Acepta, sin decirlo, que hubo una conspiración y que se sigue ocultando la verdad. De no ser así todos los registros hubieran sido publicados mucho tiempo atrás. No hace falta ser conspiracionista para darse cuenta.

Recuerden lo que digo: la fecha límite de Biden en 2022 llegará y pasará. El escándalo seguirá. Nadie que recuerde 1963 vivirá para ver que el gobierno estadounidense admita toda la verdad sobre el asesinato de Kennedy... y la fe del pueblo estadounidense en la democracia seguirá deteriorándose. Solo hay una forma de evitarlo: publicar todos los registros, sin restricciones, y hacerlo ahora.

Traducción al español por Ant-Translation.

27 de octubre

The Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/jfk-assassination-records-w...

 4 min


DW

"Su pretensión de dar lecciones sobre democracia, libertad y prosperidad debería dedicarla a atender las necesidades de los ciudadanos europeos", dijo el ministro venezolano de Relaciones Exteriores.

El canciller venezolano, Félix Plasencia, rechazó este viernes (05.11.2021) la "insistencia y obsesión" del alto representante de la Unión Europea (UE) para la Política Exterior, Josep Borrell, contra Venezuela, tras señalar que el político español ha dedicado su retórica al país caribeño durante su gira en Latinoamérica.

"Su pretensión de dar lecciones sobre democracia, libertad y prosperidad debería dedicarla a atender las necesidades de los ciudadanos europeos. Rechazamos su insistencia y obsesión contra Venezuela", dijo Plasencia en su cuenta de Twitter

En otro mensaje, añadió que Borrell, "en su gira por los países vecinos, insiste en dedicar su retórica contra" Venezuela. "Le recuerdo que la Venezuela bolivariana tiene liderazgo en cooperación, solidaridad y desarrollo de nuestra región; es tierra de oportunidades para nuestro pueblo y millones de inmigrantes", agregó.

Plasencia recordó que Venezuela tendrá su elección número 29 en los últimos 22 años -las regionales y locales-, evento que -según dijo- está "abierto al mundo" y en el que "se ratificará la solidez" de la democracia y el sistema electoral del país caribeño.

El máximo representante de la política exterior de la UE visitó esta semana Perú y Brasil como parte una gira por Latinoamérica que tenía el objetivo de "fortalecer tanto las relaciones bilaterales como la cooperación regional". Durante su visita a ambos países, Borrell abordó la situación en Venezuela.

Desde Perú, Borrell destacó su apoyo al diálogo en Venezuela como una vía de "solución política", algo en lo que también coincidió Lima, y se refirió a las elecciones en Nicaragua y el país caribeño. Mientras, en Brasil tocó el tema de la migración venezolana, que se calcula en casi seis millones.

6 de noviembre 2021

DW

https://www.dw.com/es/venezuela-félix-plasencia-rechaza-obsesión-de-josep-borrell/a-5973935

 1 min


Gerardo Lissardy

El filósofo y sociólogo español César Rendueles ha decidido arremeter contra un concepto que suele despertar simpatía: la igualdad de oportunidades.

Tan es así que Rendueles le ha dedicado un libro a criticar esa idea, que a su juicio tiende a preservar o incluso aumentar la desigualdad social.

"El problema de la igualdad de oportunidades es que es una reformulación de la meritocracia, que es siempre una forma de justificar los privilegios de las élites", explica Rendueles, que se define de izquierda, en una entrevista con BBC Mundo.

Lo que sigue es una síntesis del diálogo con este profesor de la Universidad Complutense de Madrid, cuyo más reciente libro es "Contra la igualdad de oportunidades: Un panfleto igualitarista" y que participa del Hay Festival Arequipa 2021.

En su libro subraya que la igualdad es "una de las bases de nuestra vida en común". ¿Cómo es eso?

Sabemos que la falta de igualdad es la causa de una enorme cantidad de problemas sociales. Es algo que intuíamos pero que en las dos últimas décadas las investigaciones científicas han demostrado con muchísima precisión.

Las sociedades más desiguales —no aquellas en las que hay más pobreza en general— tienen menos esperanza de vida, más enfermedades mentales, delincuencia, problemas de abusos de estupefacientes, violencia escolar…

No sabemos muy bien cómo pasa, cómo la desigualdad se nos mete debajo de la piel en los huesos y hace nuestra vida en común peor, pero tenemos la certeza de que es así.

¿Cuán antiguo es el concepto de igualdad social?

La igualdad social ha sido la pauta generalizada de las sociedades humanas durante la mayor parte del tiempo que el Homo sapiens lleva sobre la Tierra.

La igualdad social en distintos grados, pero a unos niveles que hoy nos parecerían prácticamente revolucionarios, ha dominado las sociedades de cazadores y recolectores hasta la revolución neolítica.

Es en ese momento, hace unos 10.000 años, cuando empieza a aumentar paulatinamente la desigualdad. Y no ha dejado de crecer.

Los niveles estratosféricos de desigualdad económica que conocemos hoy no tienen parangón a lo largo de la historia.

Según Rendueles, la desigualdad comenzó a aumentar paulatinamente a partir de la revolución neolítica.

¿Y de dónde viene la idea de competencia, de ganadores y perdedores entre nosotros?

La meritocracia, la idea de que quienes tienen privilegios los tienen porque lo merecen y que eso es el fruto de una sana competición que ha colocado a cada cual en su lugar, es el ideal que han difundido las clases altas desde hace cientos, tal vez miles de años.

Lo novedoso de nuestro tiempo es que esa ideología meritocrática ya no es exclusiva de pequeños grupos sociales de élite, sino que se ha difundido al conjunto de la población.

En aquellas sociedades en que se ha dado un mayor crecimiento del mercado y de la desigualdad, más cree la gente en la meritocracia. Es curioso: un mecanismo de compensación ideológica, si se quiere decir así.

Desde una lógica de capitalismo liberal dirán que es a través del mayor esfuerzo o capacidad individual que se logra el progreso colectivo, y por lo tanto no está mal que alguien quiera ser exitoso y como consecuencia de eso gane más que otros. ¿Qué responde?

Que en esa afirmación, que parece de sentido común, en realidad hay dos afirmaciones mezcladas que no tienen nada que ver entre sí.

La primera es que el esfuerzo es importante. Estoy completamente de acuerdo y además hay que promocionar el esfuerzo de aquellos que tienen ciertos talentos escasos. Pero eso si se quiere es una defensa de la movilidad social horizontal.

Otra cosa completamente diferente es que haga falta premiar con ciertos beneficios económicos y mayor prestigio a ciertas ocupaciones frente a otras. Eso implica una visión caricaturesca de la gente con más talento.

Es como si pensáramos que los médicos o ingenieros fueran una especie de niños malcriados a los cuales hay que estar sobornando permanentemente para que cumplan con su obligación.

La realidad es que la gente tiende a cumplir con sus obligaciones cuando siente que su trabajo está bien valorado, es importante y tiene sentido. Y eso ocurre con todas las ocupaciones, no sólo con las más prestigiosas.

Durante la pandemia hemos visto que la valoración social de qué se considera importante muchas veces está equivocada.

Damos prestigio o dinero a ocupaciones que socialmente son muy poco importantes o incluso negativas, como la especulación financiera. En cambio, ocupaciones vitales para el funcionamiento de la sociedad las infravaloramos o pagamos mal.

Era más importante la limpieza de los hospitales que la publicidad, por ejemplo.

Vimos también que gente con ocupaciones poco prestigiosas y mal pagadas se toman muy en serio esas labores, incluso arriesgando su vida.

Los transportistas, cajeros de supermercados o limpiadores de hospitales arriesgan su vida.

Distintos liberales también argumentan que el igualitarismo tiende a igualar hacia abajo, que nivelar las diferencias económicas quita estímulo a la búsqueda de superación individual. ¿No es así?

A veces sí es así, por supuesto. Esa es una de las prevenciones que tenía el propio Marx contra ciertas formas de socialismo. Hay un párrafo muy bonito de Marx en el que alerta de esta igualación hacia abajo de los talentos.

Pero lo cierto es que la competencia también hace eso muy a menudo: desperdicia una enorme cantidad de talento.

A veces pienso que lo peor de la desigualdad no es tanto los lujos repugnantes que proporcionamos a una pequeña élite, sino la cantidad de esfuerzo que se desperdicia por abajo.

Es algo que vemos muy bien en el ámbito del deporte: queremos que haya competencia, pero sabemos lo enormemente nociva que es la competencia extrema, cuando todos los esfuerzos deportivos están diseñados como si fueran un embudo para generar una pequeña élite de superatletas. Ese proceso impide que el deporte sea disfrutado por millones de personas.

El filósofo Rendueles compara el reparto de oportunidades con el síndrome embudo que se genera en el deporte, con una competencia extrema que puede resultar nociva.

¿Por qué ha decidido poner el punto central de su crítica en el concepto de igualdad de oportunidades?

Porque la igualdad de oportunidades es un lema que suena bien. ¿Quién va a estar en contra? De hecho, es un modelo irrenunciable en muchos procesos competitivos, como por ejemplo cuando tenemos que seleccionar para una beca o un puesto en la administración.

Pero cuando se difunde como único modelo de igualdad social esconde una trampa: supone renunciar a la igualdad real.

Porque lo que nos ofrece la igualdad de oportunidades es la promesa de que cada cual recibirá lo que se merece en función de sus méritos. Eso en primer lugar sabemos que es falso, que tanto el sistema educativo como el mercado de trabajo actual reproducen y amplían las desigualdades.

En segundo lugar, el igualitarismo profundo asociado a las tradiciones democráticas no es dar a cada cual lo que se merece, sino dar a cada uno lo que necesita para desarrollarse como persona.

El igualitarismo profundo democrático no es una especie de control antidoping antes de la competición social. Al revés, consiste en limitar los efectos más nocivos de esa competición.

El problema de la igualdad de oportunidades es que es una reformulación de la meritocracia, que es siempre una forma de justificar los privilegios de las élites.

Usted habla de una "igualdad real". Pero el concepto de igualdad de oportunidades surge de la premisa de que los humanos somos naturalmente desiguales y por lo tanto es necesario ajustar el punto de partida para que haya una competencia justa. ¿Qué hay de malo en eso?

No hay nada de malo allí donde creamos que deba haber competencia para regular nuestra vida común.

La cuestión es si queremos que la competencia domine nuestra vida social, convertir nuestras sociedades en una especie de partido de fútbol en el que sólo pueda haber ganadores y perdedores, desde la educación o cultura, al campo laboral.

Yo tenía una profesora de griego en educación secundaria que no dejaba que nadie suspendiera. No porque regalara el aprobado sino porque repetía los exámenes tantas veces como hiciera falta hasta que conseguías aprobar. Nadie se quedaba atrás, con lagunas educativas. No todos sacaban la misma nota, pero todos acababan sabiendo lo que tenían que saber.

¿Qué pasa si decidimos que sólo en algunos ámbitos de nuestra vida social debería haber ganadores y perdedores? Que, por ejemplo, en el ámbito de la vivienda no debería haberlos y todos deberíamos tener una vivienda digna. O que en el ámbito de la alimentación no debería haber gente que come con lujos obscenos y gente que no tiene para comer.

Claro que no somos iguales al nacer. Precisamente por eso necesitamos una intervención política constante para generar igualdad, no como punto de partida sino de llegada.

América Latina es considerada la región más desigual del mundo, donde el 10% más rico concentra una porción de ingresos mayor que en otras regiones. ¿Qué ejemplo debería seguir para paliar estas diferencias?

Sabemos razonablemente bien cómo reducir esas diferencias extremas, porque es algo que ya ha ocurrido.

Después de la Segunda Guerra Mundial, en muchos países se produjeron unas reducciones brutales de las desigualdades sociales en un plazo muy breve y además sin generar grandes fracturas sociales.

Uno de los elementos básicos de esos procesos es una transformación profunda de los impuestos: básicamente obligar a las grandes empresas a que empiecen a pagar impuestos. Lo mismo con las grandes fortunas.

Durante los años '50 se generalizaron en muchos países de Occidente —no en la Unión Soviética, ni sólo en países gobernados por la izquierda— tasas fiscales superiores al 90% para las rentas más elevadas.

Eso significa que a partir de cierto nivel de renta, que hoy vendría a ser aproximadamente de US$300.000, de cada dólar adicional el Estado se quedaba con 90 centavos.

Sin esa transformación fiscal no se pueden financiar los programas educativos, la sanidad pública ni los programas de viviendas.

Y para que eso ocurra también necesitamos recuperar la soberanía económica: no se pueden poner esas tasas fiscales si las empresas y las grandes fortunas pueden traicionar el país donde estaban asentadas y huir a paraísos fiscales.

Podría decirse que a menudo la derecha ha sacrificado la igualdad en nombre de la libertad económica, pero también la izquierda suele descuidar la libertad en busca de la igualdad. ¿Es posible lograr un equilibrio perfecto entre ambas?

Claro que no es posible encontrar un equilibrio perfecto entre igualdad y libertad. Son conceptos en tensión. Pero también es cierto que mantienen una relación tan compleja que tienden a confundirse.

La libertad, si no se dan ciertos niveles mínimos de igualdad, es pura ficción. Pero al mismo tiempo la igualdad sin libertad es el imperio de la mediocridad, de la homogeneidad. ¿Quién querría vivir en una sociedad así?

Tiendo a pensar que la igualdad es un valor mucho más transversal políticamente de lo que a veces creemos.

Ha habido momentos en los que tanto la izquierda como la derecha compartían ciertos valores de igualdad que hoy parecen casi revolucionarios. Nadie decía estar en contra de la igualdad. Y en parte creo que eso sigue vigente.

6 de noviembre 2021

HayFestivalArequipa@BBCMundo

https://www.bbc.com/mundo/noticias-59082212

 8 min


Fernando Mires

Información previa para legos: Joshua Kimmich es mediocampista central de Bayern Münich y de la selección alemana. Sus primeros pasos los dio como defensa derecho en reemplazo del veloz y recordado Phillip Lahm, posición que le asignó en la selección el ex DT, Joachim Löw.

Kimmich es un jugador polifuncional. Pero con la llegada del genial DT Hansi Flick a Bayern y después a la selección, Kimmich afirmó su lugar en el mediocampo, desplazando al hasta entonces inamovible madrileño Toni Kroos. Sus pases largos, la profundidad de juego, sus potentes balazos, y no por último, su desplante, personalidad y hasta simpatía, hacen prever de que estamos frente a un jugador que pasará a la historia de los grandes íconos deportivos de su país. Pero nadie es perfecto: ese gran jugador también tiene un defecto.

Joshua Kimmich no se quiere vacunar.

Que haya demasiados ciudadanos que no quieren vacunarse contra el Covid -19 no es igual a que un Kimmich diga públicamente que no lo quiere hacer. Kimmich es un ídolo, sobre todo para los jóvenes. Su ejemplo puede hacer escuela, y de hecho ya la está haciendo afirman muchos, entre ellos los más destacados virólogos alemanes. Tienen razón. Propagar el mensaje anti-vacuna en un momento en que el bicho anda suelto, elevando la incidencia a los niveles más altos, solo puede aumentar los peligros de contagio.

Los grupos políticamente (sí, políticamente) organizados de los antivacunas: los ultraderechistas, los populistas, los neofascistas, o como usted quiera llamarlos, intentan presentar a Kimmich como portaestandarte de la campaña antivacuna. No sé si Kimmich quiera gozar de ese nuevo estatus. Al parecer, no. En las entrevistas se le ve más bien reservado. Poco a poco ha ido matizando su opinión afirmando que no es enemigo de las vacunas sino más bien un escéptico. Intenta justificarse con la insuficiencia de información (lo que es falso, las estadísticas muestran que, de modo mayoritario, quienes atestan las salas de tratamiento intensivo no han sido vacunados).

Kimmich está en el ojo del huracán. Tanto personalidades futbolísticas como políticas y sobre todo periodísticas lo han puesto sobre el debate público. Sus amigos aducen que Kimmich tiene derecho a no vacunarse. Claro que lo tiene. Pero, como escribió Kant, si bien no debemos hacer lo que las leyes prohíben, tampoco debemos hacer todo lo que las leyes permiten. Quiere decir: no al margen, sino más allá de las leyes, hay un espacio deducido de la misma legislación general. Es el espíritu de las leyes, según Montesquieu. Y bien: no a las leyes sino a su espíritu está faltando Kimmich. Un caso que llevó a la misma Angela Merkel a opinar maternalmente sobre Kimmich, aduciendo que confía en que el joven jugador rectificará y terminará vacunándose. Pero hasta el momento Kimmich se mantiene fiel su “no”.

Kimmich es quizás un destacado exponente del antivacunismo, pero dista de ser una excepción. Lejos de ser un imbécil – también los hay entre los vacunados – sabe expresarse con soltura y fluidez. Además, las excelentes calificaciones que obtuvo en el bachillerato muestran un coeficiente intelectual que va de mediano a alto. Prueba de que entre los vacunafóbicos no solo hay una chusma salvaje (con ellos hay que contar siempre). También encontramos a músicos, actores, literatos e incluso médicos. Estos últimos son los que menos pueden alegar falta de información.

¿Cómo explicar el miedo a la vacuna?

A riesgo de parecer tautológicos, podríamos decir: los que tienen miedo, tienen miedo. ¿A la vacuna? No. Ahí está la cosa. Tienen simplemente miedo, y ese miedo se expresa objetivamente en contra de la vacuna. Ese es el común denominador de todas las fobias: el objeto del miedo no es el objeto del miedo. El objeto es solo un representante del miedo. ¿Miedo a qué entonces?

Solo un psicoanalista experimentado, en conversación directa con Kimmich, podría llegar a descubrir su miedo originario. Por el momento solo podemos permitirnos opinar en términos generales y afirmar, también de modo general, que el más originario de los miedos, es el miedo a la muerte.

Ese miedo lo tenemos todos. Por eso mismo nos vacunamos. Kimmich, sin embargo, hace lo contrario. Su miedo a la muerte lo traslada a un objeto que lo puede, eventualmente, librar de la muerte. Ahí reside precisamente la astucia del miedo fóbico. Se trata de un miedo que actúa por asociación pues, de una u otra manera, la vacuna, al salvarnos de la muerte, está asociada a la “existencia de la muerte”. O sea, el miedo a la muerte puede ser tan grande que, nuestro inconsciente, justamente para defendernos de ese miedo, lo traslada a todo lo que tenga que ver, aunque solo sea asociativamente, con la muerte.

El de Kimmich parece ser así un miedo equivocado, errado, errático. Desde esa perspectiva, la neurosis de Kimmich, al ser explicable, es muy normal. No hay ser humano que no tenga miedo a la muerte, pero, obvio, nadie quiere enfrentar a ese miedo. Entonces cosificamos al miedo: lo transformamos en “miedo a una cosa”, en este caso, en miedo a la vacuna.

Freud, en sus "Lecciones sobre el psicoanálisis" (1916-1917), distinguía dos tipos de miedo: a uno lo llamaba miedo real. Al otro, irreal. El primero nos defiende de los peligros que enfrentamos a diario. El segundo, al que también Freud llama miedo neurótico, a objetos representativos del miedo.

Lacan a su vez (casi nadie lo dice) invirtió el pensamiento de Freud en un punto esencial. La realidad, según Lacan, no es la que percibimos como realidad, sino solo representación de una realidad que nunca podremos alcanzar, cuando más presentir. La realidad de lo que no sabemos lo que es, pero es. Esa realidad es, para nosotros, un abismo.

En el caso de Kimmich, es un miedo frente a ese abismo al que Lacan, llama “lo real”. Kimmich, en ese sentido, se defiende de esa realidad que lo acosa y, en su sistema de representaciones, elige a la vacuna como objeto al que hay que negar para sobrevivivir. Quizás, desde ese punto de vista, tiene cierta razón. No hay suficiente información sobre la realidad del más allá. Frente a la realidad lacaniana todos somos indocumentados.

Kimmich, como la mayoría de nosotros, es un ser aterrado: un hijo del miedo. Pero nadie - Kimmich tampoco, su profesión lo obliga – quiere aparecer ante los demás como un ser miedoso. Todo lo contrario: Kimmich quiere ser en la vida lo que es en el fútbol: un jugador que lo arriesga todo, un héroe luchando frente a un enemigo. Por eso no se conforma con no vacunarse y ser, como hay muchos, un anónimo sin vacuna. Kimmich, por el contrario, parece decirnos con su cara de niño biencriado. Eh, mírenme, véanme cómo desafío a la muerte, contemplen como sobrevivo. En palabras clínicas: Kimmich es un perfecto exhibicionista. Pero al fin y al cabo ¿cuál futbolista no lo es? Mostrar sus virtudes ante ochenta mil personas, todas las semanas, más la televisión, conforman, se quiera o no, una predisposición exhibicionista.

Pero ya está dicho. Kimmich no es un caso aislado. Su posición frente a la vacuna está respaldada por cientos, por miles de seres que también semana a semana salen a la calle a protestar no solo en contra de la vacuna, sino también en contra de las restricciones sanitarias, en contra de los virólogos, en contra del gobierno. Guste o no, Kimmich es, o ha llegado a ser, parte de un movimiento social y político a la vez. Pues el miedo nunca, o casi nunca, es un miedo individual.

Para decirlo nuevamente con Freud, hay “miedos flotantes”.

A veces estos miedos yacen sumergidos bajo las aguas de la realidad (la freudiana) pero de pronto salen a la superficie y flotan. Son los miedos colectivos. Suelen aparecer en tiempos de crisis, de desintegración, de anomia. En tiempos como los nuestros, cuando las grandes religiones no cumplen su papel protector, cuando las grandes ideologías están fracturadas, cuando los grandes relatos carecen de veracidad, cuando las distancias entre lo sólido y lo líquido, o entre lo virtual y lo real, se acortan, esos miedos irrumpen con virulencia. Entonces ha llegado la hora de los grandes manipuladores. La hora de los Trumps, de los Bolsonaros, y de tantos más. Ellos son los amos del miedo. Los encargados de trasladar los miedos irrepresentados hacia representantes sólidos: pueden ser los emigrantes, los demócratas, los hombres o las mujeres, los viejos, los políticos en general. Son ellos, los populistas de derecha e izquierda, los aliados que necesita el Covid-19 para continuar ejerciendo su lucha en contra de la vida. Personas como Kimmich son para esos canallas de la política, simples “tontos útiles”.

Puede que Kimmich recapacite alguna vez. Si no lo hace, igual continuaré admirando su fútbol posmoderno, sus pases biométricos, sus certeros tiros libres, su entrega total. Pero solo frente a la pantalla. Si algún día tuviera que cruzarme con alguien como él, ajustaré mi mascarilla y retrocederé dos metros. Vade retro. Después de todo, la vida me ha enseñado a distinguir entre vacunas y vacunos.

4 de noviembre 2021

Polis

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Alberto Jordán Hernández

Con voz propia

“Cuando me dicen que soy demasiado viejo para hacer una cosa, procuro hacerla enseguida”, decía el genio del cubismo Pablo (Ruiz) Picasso, quien no dejó de pintar hasta el día de su muerte, 8 de abril 1973, a sus 91 años.

Le siguió asociado, su amigo Georges Braque, quien impuesto el movimiento en 1961, se convierte en el primer pintor vivo cuya obra se exhibió en el Museo de Louvre, murió en París el 31 de agosto 1963, a la edad de 81 años y actualmente hay un colegio en Nantes con su nombre.

Referimos solo 2 paradigmáticos a propósito de los 80 años de Gilberto Alí Bejarano Escalante que celebraremos el próximo 4 de diciembre. Se trata de quien, a decir de Roberto Guevara “ha hecho en Venezuela que la escultura sea sensible a ese contacto de indignación permanente dentro de la naturaleza”

El contemporáneo José Balza, Premio Nacional de Literatura, docente de la UCV de la cual egresó y la Católica Andrés Bello, en su juicio crítico destaca el interés de Bejarano por la conquista cinética. Y entras calificadas opiniones, la de Juan Calzadilla poeta, pintor y crítico de arte egresado de la Casa que Vence las Sombras y del Pedagógico, ahora en los 91años, “la oba de Bejarano se llena de significativo expectante en relación a una propuesta cinética inicial proyectada hacia las posibilidades de extremas de la comunicación del objeto artístico”

“Yo no fui contemporáneo del cubismo –precisa Bejarano de su arribo a París- llegué cuando el informalismo estaba en su apogeo. Para mí fue importante pues allá residían y compartimos vivencias e inquietudes con Jesús Soto y Carlos Cruz Diez”.

“Para mí también (París) fue una fiesta como afirmó (Ernest) Hemingway, los cafés, museos, galerías…tuve un relación muy franca y solidaria con el poeta y pintor Darío Lancini; el igual con el pintor (Andrés) Bethania Uzcátegui (su paisano merideño).

Inauguró la I Bienal con Alfredo Armas Alfonso, nacido en Clarines de Anzoátegui, en junio de 1991, con fundamentos méritos nos dejó cuando cumplía 79 años.

El entorno social, Pedro Briceño, nacido en Barcelona en 1931, contaría 90 años el 22 de mayo del 2021. La V Bienal de 2001 fue en homenaje a Perán Ermini, quien vivó 88 años,

Por ejemplo, de los libros editados sin pensar en la existencia de los homenajes a los galardonados, con una sola excepción, instituyó la Bienal de Artes Plásticas. La VII Bienal se realizó en homenaje de la crítica de arte Bélgica Rodríguez, El pasado 25 de julio ella cumplió los 80 años. La señalada excepción es el homenaje a Pedro Báez.

La VI Bienal de noviembre 2005, se celebró en homenaje del poeta Gustavo Pereira., reactivada después de 4 años de ausencia por carencia de recursos. Cuenta los 81 años.

El magistrado Emiro García Rosas, presidente de la Sociedad Amigos de la Galería Municipal de Arte Moderno, está por los 81.

Recordar los 80 años de Gilberto Bejarano, más que una noticia resulta un caliche, para usar sl argot periodístico. Para los amantes de la cultura en general, en un justo reclamo. Viene de ser reconocido por sus obras en toda Venezuela: los reconocimientos laureados en la mejor obra, I Bienal de Artes Visuales de Oriente, Cumaná; Julio Morales Lara, XLV Salón Arturo Michelena, Valencia; Gobernación del Estado Nueva Esparta, IV Bienal Francisco Narváez; de escultura, XIV Salón Aragua, Museo de Arte de Maracay; de escultura, I Bienal Nacional de Artes Plásticas de Mérida.

El reclamo es otorgarle el Premio Nacional de Artes Plásticas.

Al MARGEN. Mayor General Hugo Carvajal dejó de ser pollo y dejó que Venezuela sea patio trasero de EEUU. Se hizo gallo que da la hora. Y con su Kikiriquí pone a temblar el narco tráfico.

jordanalberto18@yahoo.com

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