Pasar al contenido principal

Opinión

Pedrto Raúl Solórzano Peraza

Venezuela está viviendo una profunda desgracia, la cual comenzó en 1994 con el indulto o sobreseimiento de la causa que eliminó el proceso penal que se le seguía a Hugo Chávez Frías, significando que el inculpado no había cometido delito alguno. Sin embargo, Chávez dirigió un golpe de estado contra el gobierno democrático de Carlos Andrés Pérez en febrero de 1992, motivo por el cual fue encarcelado ya que éste es el delito más grave que se puede cometer contra un gobierno legítimo. Una situación controversial, producto de alguna debilidad o de algún maléfico compromiso político. Peor aún, por descuido o por incomprensión de la magnitud y consecuencias posibles de aquella acción golpista, la enquistada dirigencia política del momento fue incapaz de alertar a la ciudadanía acerca del peligro que representaba que un personaje de esa categoría llegase a dirigir el país. Para ello dispusieron de cuatro años, desde 1994 hasta 1998, cuando se realizan las elecciones presidenciales y son ganadas por Hugo Chávez.

El gobierno de Chávez, con altos y bajos, se extendió desde 1999 hasta su muerte en el año 2013, para ser continuado por Nicolás Maduro hasta el día de hoy. Es decir, es una forma de gobernar que ya cumple 22 años, durante los cuales la población venezolana ha sido testigo de innumerables sucesos que han convertido a uno de los países con las mayores riquezas naturales del mundo, apuntaladas por el petróleo, en una nación miserable, extremadamente pobre, con una población infeliz diezmada por la falta de recursos y la emigración de buena parte de su juventud.

Durante esos 22 años, ante el progresivo deterioro de las condiciones del país, las violaciones a la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y la pérdida de soberanía, la población ha realizado diversas acciones para tratar de lograr un cambio de gobierno que la saque de esta pobreza intolerable. Todas esas actividades han sido infructuosas ante el poder y las armas del régimen, utilizados para infundir miedo a los ciudadanos.

El devenir del tiempo y las circunstancias han permitido que hoy dispongamos de un Presidente Interino, Juan Guaidó, designado como tal porque así lo establece nuestra Constitución. De esta manera, Juan Guaidó ha tenido la suerte de ser presidente, pero también ha adquirido la responsabilidad, al frente del pueblo venezolano unido, de dirigir al país hacia nuevos caminos de recuperación con el mandato del cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones presidenciales libres y confiables. Ha sido evidente que este mandato no ha tenido éxito, a pesar de los esfuerzos realizados para lograrlo.

En la búsqueda de nuevos derroteros, Juan Guaidó lanza una Propuesta de Negociación de un Acuerdo de Salvación Nacional con varios objetivos. En primer lugar una convocatoria pública de elecciones presidenciales, parlamentarias, regionales y municipales, con un CNE legal, con otras condiciones electorales adecuadas y con reconocimiento internacional. Que se logre la entrada masiva de ayuda humanitaria y de vacunas anti covid 19 para todos los ciudadanos que lo requieran. Que se establezcan garantías democráticas para todos los actores políticos, que contemplen entre otras cosas, la liberación de los presos políticos. Finalmente y muy importante, que se obtenga un compromiso internacional para la recuperación del país, que permita el levantamiento progresivo de las sanciones, sujeto al cumplimiento del Acuerdo.

Para muchos parece más de lo mismo, sin embargo, las condiciones siempre cambian y hoy el régimen está desmejorado porque los recursos para seguir comprando conciencias y otras cosas escasean, y la solidez monolítica del chavismo se puede considerar que no existe. En esas condiciones puede verse obligado a negociar, y negociar es ceder hasta llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes.

El posible éxito de esta nueva estrategia va a depender de que la oposición deje de ser babélica y que los líderes de las diferentes tendencias hablen el mismo idioma y se entiendan, que formen un solo bloque. Luego será más fácil unir a toda la ciudadanía opositora, que es abiertamente la mayoría, como base para lograr los objetivos, obtener el necesario apoyo internacional y la recuperación del país.

 3 min


Eddie A. Ramírez S.

Venezuela tuvo un crecimiento económico importante a partir de 1945, pero en los últimos años de la república civil se inició el descenso como consecuencia del clientelismo político y de la corrupción. Posteriormente, la marabunta roja arrasó con lo bueno que quedaba y terminó de destruir lo que ya estaba en decadencia. Ahora, una vez salgamos de la misma, tendremos la oportunidad de reconstruir el país. Contamos con planes, con recursos humanos calificados y confiamos que haya la voluntad política para no repetir errores.

¿Cuáles son los principales factores limitantes?: 1-El Estado no dispondrá de suficientes recursos para reconstruir todos los sectores. La industria petrolera, principal fuente de ingresos, está en el suelo, con una producción de solo unos 400.000 b/d. Continuará la escasez de combustibles, ya que nuestras refinerías están operando intermitentemente y con muy baja producción. 2- Ningún ente financiero externo otorgará préstamos para recuperar el negocio de los hidrocarburos. 3- Las empresas eléctricas, del hierro y del aluminio están quebradas, pero tienen la ventaja de que operan con muy baja emisión de gases de invernadero. 4- Las invasiones de fincas y de empresas, la escasez de insumos e inseguridad personal han incidido en el descenso de la producción agropecuaria, por lo que habrá que importar un elevado porcentaje de alimentos. 5-El alto porcentaje de pobreza obligará a ciertos subsidios directos.

¿Existen los planes?: El gobierno interino del presidente Guaidó ha estado divulgando el Plan País, elaborado por profesionales de todas las áreas. El mismo constituye una base que se debe ir ajustando. Las cifras del régimen no existen o están adulteradas, por lo que el Plan tendrá que sufrir algunas variaciones en cuanto al tiempo de ejecución y metas. Además, en diferentes foros se han presentado propuestas en la misma dirección o que complementan el mencionado Plan. Cabe mencionar los más recientes, organizados por Venamérica y la Venezuelan American Petroleum Association, por el grupo Orinoco y por Vente Venezuela. Gracias a los mismos, los ciudadanos hemos podido discutir los planes elaborados por distinguidos profesionales, que en algunos casos difieren en matices no relevantes. El punto sobre el cual pareciera haber cierta discrepancia es sobre el mayor o menor énfasis del papel del Estado, pero todos coinciden que no puede ser como en el pasado y, mucho menos, como en el presente

Reconstruir lo devastado: Sin duda, todavía contamos con los recursos humanos calificados para elaborar, afinar y ejecutar los planes. Sin embargo, hay que apurar el paso, ya que los años no perdonan y es evidente la escasez de maestros y profesores en todos los niveles del sistema educativo, con su incidencia en la calidad de la enseñanza. Además, es imprescindible un compromiso del sector político. Como es obvio, no es suficiente contar con recursos humanos preparados y con planes. Tiene que haber una voluntad política para que se aprueben los planes, se mantengan los mismos en el largo plazo con los ajustes que se requieran y sean ejecutados por los mejores. Desde luego, es imprescindible que el Estado deje de ser empresario No es asunto de ideología, sino que la destrucción del país ha sido tal, que el Estado tendrá que dedicar los escasos recursos a reconstruir los sistemas de salud, educación e infraestructura

El sector político: Lo anterior es letra muerta si no logramos cambiar al gobierno de facto. El Acuerdo de Salvación Nacional presentado por el presidente interino Guaidó contempla: elecciones presidenciales, parlamentarias y regionales libres, con observación internacional. Entrada de las vacunas y de la ayuda humanitaria, libertad de presos políticos y regreso de exiliados, y justicia transicional ¿Es razonable oponerse a este acuerdo y solicitar el cambio de la dirigencia, o lo sensato es cerrar filas para apoyarlo?

¿Qué se puede objetar a este Acuerdo? Algunos se oponen alegando que con delincuentes no se negocia, y que otras veces el régimen se burló de los acuerdos. Entendamos que es necesario intentar negociar para aliviar los padecimientos de millones de compatriotas. ¿Puede que esas negociaciones fracasen, que el régimen no acepte lo esencial o que acepte, pero no cumpla? Claro que sí, es muy probable. Sin embargo, hay que intentarlo las veces que sea necesario, a menos que tengamos la posibilidad de una insurrección popular, una intervención de nuestros militares o extranjera dentro de los acuerdos de proteger, lo cual es posible, pero muy poco probable.

Otra objeción es sobre la llamada justicia transicional, sobre la cual varios defensores de derechos humanos alegan, con razón, que la justicia no se negocia. Es loable que haya quienes defiendan estos puntos de vista. La pregunta es si para intentar castigar a unos cuantos delincuentes hay que permitir que millones de compatriotas sigan sufriendo. Por otra parte, ojalá quien esto escribe se equivoque, pero en los tribunales casi siempre solo pagan los de menor rango.

Por ahora, lo prudente es no enfrascarse en una discusión sobre si se debe o no votar en las regionales. Esperemos a ver si avanzan las negociaciones. Los rectores del CNE, Márquez y Picón han dado declaraciones muy infelices, por decir lo menos. Sobre la solicitud del referendo revocatorio entendemos las objeciones, pero no lo descalifiquemos a priori. Salir del régimen es un asunto político, no legal. Cerremos filas.

Como (había) en botica:

Nuestro embajador en Canadá, Orlando Viera Blanco, está muy activo. El gobierno canadiense decidió apoyar las denuncias contra el régimen ante la Corte Penal Internacional; ahora realiza gestiones para que se aplique a los venezolanos una cuota de refugiados como existe con los sirios.

Lamentamos los fallecimientos de Howard Méndez, de Levi Rincón y de Henry Uzcátegui, compañeros de Gente del Petróleo y de Unapetrol.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

 4 min


Cristian Mira

Mientras los países más desarrollados están saliendo paulatinamente de la pandemia del Covid, los temas preexistentes como el cambio climático o la transformación tecnológica global vuelven a escena. Para muchos especialistas, el colapso sanitario, precisamente, los aceleró.

La producción agropecuaria no es ajena a ese escenario, guste o no que se hable de cambio climático o de digitalización de la vida cotidiana. El interrogante que se abre es cómo se insertan países como la Argentina, con una realidad tan contrastante. Por un lado, tiene una cadena de producción que está en el nivel de los países más avanzados, y en algunos casos los supera, pero, por el otro, atraviesa una crisis económica permanente con elevados índices de pobreza, desarreglos macroeconómicos y un Gobierno que en vez de apoyarlo se dedica a ponerle palos en la rueda.

Con esas contradicciones, el país debe insertarse en un escenario global que los expertos dicen que tendrá una “salida verde” en referencia a que la producción de bienes y servicios deberá cumplir con estándares mínimos de respeto y cuidado al ambiente. Por supuesto, aunque se declame en foros y conferencias que la sustentabilidad es el camino, cada país o factor de poder lleva adelante sus políticas de acuerdo con sus intereses. Aunque el color sea el mismo, “lo verde” no se ve de igual manera .

De estos temas se hablaron en el 8vo. Simposio Del Sur al Mundo, organizado esta semana por la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (Fauba), la Fundación Cedef y el Instituto Interamericano de Cooperación Agrícola (IICA). El foco estuvo puesto en la cumbre sobre sistemas alimentarios que las Naciones Unidas organizan para septiembre próximo.

Esta cumbre, explicó Fernando Vilella, director del programa de Bioeconomía de la FAUBA, “puede tener impactos importantes”, pero recordó que “nuestros países no suelen ser escuchados desde la producción”. En otras palabras, lo que advirtieron varios de los especialistas, desde funcionarios de la Cancillería hasta académicos, es que este foro global, puede derivar en la fijación de políticas restrictivas para países en desarrollo, como la Argentina, exportadores netos de alimentos. Todo con la excusa de la preocupación de los consumidores, del cambio climático y otras demandas sociales

“No respaldamos la visión de que los sistemas alimentarios son fallidos y deben ser cambiados en su totalidad”, dijo Manuel Otero, director general del IICA. “Estos sistemas lograron aumentar los niveles de productividad de la agricultura con incrementos de más del 70% de la producción. Para los países de América Latina y el Caribe son motor del crecimiento económico con la generación de exportaciones por más de 140 mil millones de dólares en 2019”, destacó Otero, quien remarcó: “Debemos seguir transformando las cosas que estamos haciendo bien y corregir aquellas que no”.

En tanto, María del Carmen Squeff, embajadora argentina para las Naciones Unidas, advirtió que en los preparativos de la cumbre se está poniendo “un sesgo negativo a todos los sistemas alimentarios”. Explicó que nos cinco puntos principales de debate de los llamados “tracks” de acción no están incluidos los temas del comercio mundial de alimentos y que tienen preponderancia las ONG en la dirección de las comisiones. Otro diplomático, Carlos Bernardo Cherniak, embajador de la argentina frente a los organismos de la ONU con sede en Roma, es decir la FAO, explicó que hay una fuerte presión de la Unión Europea para “alinear todo en clave medio ambiental, vinculando la nutrición y la sostenibilidad sin rigor científico”.

Los funcionarios y especialistas coincidieron en que es necesario respaldar una visión favorable con el ambiente, pero destacaron que la sostenibilidad también tiene un factor económico que debe ser considerado.

Santiago Nocelli Pac, consultor argentino que está trabajando en Corea del Sur, recordó que los países del Cono Sur de América Latina proveen el 40% de los servicios ecosistémicos del planeta. “Deben ser empoderados”, destacó. “Si hay un número para calcularlos, ¿por qué no está monetizado? Hay ciencia y herramientas para hacerlo, no existe la voluntad suficiente para aplicarlas”, remarcó en referencia a los países desarrollados.

En definitiva, se coincidió en que la Argentina puede exhibir su forma de producción diversa, desde la siembra directa hasta la agricultura familiar. Al menos, en este tema, tanto el Ministerio de Agricultura como la Cancillería vienen trabajando y dialogando con el sector privado.

Si bien hay muchos aspectos por corregir, la Argentina hace tiempo que comenzó a explorar el camino de la sustentabilidad. Lo bueno es que lo puede mostrar.

29 de mayo 2019

La Nación

https://www.lanacion.com.ar/economia/campo/en-el-mundo-que-emerge-de-la-...

 3 min


Enrique Krauze

Pedro Castillo | Foto La Nación

Me tomo la libertad de escribirle porque soy un historiador mexicano que quiere al Perú. Estoy convencido de que su país se juega la vida en las próximas elecciones. Desde hace muchos años he estudiado los populismos latinoamericanos y sé bien que su mezcla letal de culto a la personalidad, dogmatismo ideológico, mentira propagandística e irresponsabilidad económica, destruye a los países, no por unos años, no por un período: los destruye para siempre. Y no quiero que eso ocurra con el Perú.

Tampoco quise que ocurriera en Venezuela. En 2009 escribí El poder y el delirio, donde expliqué las razones por las que creía que ese régimen hundiría a Venezuela en la crisis más severa de su historia. Pero nunca imaginé la dimensión de la tragedia: hoy Venezuela, el país más rico del mundo en reservas petroleras, es, junto con Haití, el más pobre de América. Y no solo eso: es una dictadura feroz, un Estado forajido. 5 millones de venezolanos han debido emigrar de su patria, 1 millón de ellos al Perú. Encuéntrelos usted, y formule una pregunta muy sencilla: ¿lo que el comandante Hugo Chávez prometió al llegar al poder, es similar a lo que promete el profesor Pedro Castillo? Verá usted que sí, que las promesas son las mismas. Y los resultados, tarde o temprano, créame, serán los mismos.

No soy ciego a los dolores históricos del Perú. Lo visité por primera vez en 1979. Entonces conocí el retraso de la región andina frente a la costa, la postración y pobreza de sus mayorías indígenas, la omnipresencia (en el idioma, en el trato social, en las disputas políticas) de terribles enconos étnicos. Poco después la democracia peruana desplazó a los regímenes militares, pero para entonces su país había caído en el horror de la guerrilla Sendero Luminoso y el precipicio del populismo económico.

Pasaron diez años hasta mi siguiente visita. “No hay límites para el deterioro”, leí en un libro de Mario Vargas Llosa. Y era verdad: un ejército de niños pordioseros invadía las zonas comerciales de Lima, los militares patrullaban las calles en espera del siguiente acto de sabotaje, los secuestros y asesinatos se habían vuelto noticia diaria, los cambistas agitaban sus fajos de “intis” devaluados.

Y sin embargo, Perú despertó. Frente a ese drama, Vargas Llosa proponía un programa de liberalización que acotaba el papel económico (no social) del Estado. Su derrota fue dolorosa, pero su proyecto fue adoptado en alguna medida por Alberto Fujimori. La desaparición de la guerrilla fue un alivio, pero nada justificó jamás el carácter dictatorial y corrupto del régimen de Fujimori.

El Perú merecía amanecer al siglo XXI con otro horizonte. Y pareció que apuntaba. Soy testigo de la esperanza que concitaron Alejandro Toledo, Alan García y Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski, y la terrible decepción que dejó cada uno por motivos diversos y un denominador común: la corrupción. Y sin embargo, a lo largo de ese mismo período, el desarrollo del Perú fue sorprendente.

Deploro los pésimos gobiernos y la irresponsabilidad e ineptitud de la clase política. Sé muy bien que la pandemia ha empobrecido de nuevo, dramáticamente, al Perú. Y sé que muchas de las viejas llagas siguen abiertas o se han abierto aún más. Pero su país necesita recobrarse, ganar tiempo. No todo está perdido, por eso sería suicida perderlo todo. Keiko Fujimori está a años luz de ser una candidata ideal, pero es la candidata posible para que el Perú no se precipite al abismo donde se encuentra Venezuela. Si triunfa, además de mostrar que puede gobernar con absoluta transparencia y rectitud, debería propiciar el debate público, que es la mejor vía para el surgimiento de nuevos liderazgos.

Sí hay futuro para el Perú. Sí hay ideas innovadoras para atender a la población más necesitada. Sí hay vías para que lleguen al poder nuevas generaciones. Por eso le pido que vote por ese futuro posible.

 3 min


Elsa Cardozo

No es difícil responder la pregunta sobre lo que noticias recientes destacan como rasgo común a Bielorrusia, Nicaragua y Venezuela: tres ilustraciones de diversa historia en una lista cada vez más larga de regímenes autoritarios.

El repertorio autoritario exhibe en estos días un acto tan aparatoso como el del secuestro del avión de pasajeros en su ruta entre Grecia y Lituania, poco antes de aterrizar, con la falsa alarma de una bomba y escoltado por un avión de guerra. Todo para apresar a Roman Protasevich, uno entre decenas de periodistas exiliados, que ayudó a través de un canal de información en la movilización de las protestas contra el fraude en las elecciones presidenciales que dieron como ganador a Lukashenko.

El llamado último dictador de Europa está en el poder desde 1994 ejerciéndolo como si aún gobernase la República Socialista Soviética de Bielorrusia. No es propiamente un autoritarismo del siglo XXI, pero ilustra muy bien las tendencias extremas y márgenes para la violación de normas jurídicas y de derechos que va extendiéndose en el mundo. Ejemplifica también la deliberada provocación del régimen arbitrario que vuelve a sentirse apoyado por Rusia y el mensaje de amedrentamiento que alcanza también a los numerosos opositores en el exilio. No es entonces solamente un asunto de libertad de expresión y prensa, sino de disposición a transgredir normas y protocolos, controlar la información y compensar con gestos de poder la pérdida de legitimidad. Esta quedó evidenciada en un grotesco fraude electoral y en las movilizaciones sin precedentes que lo antecedieron y siguieron, entre mayo de 2020 y febrero de este año.

Esas piezas que son propias (aunque no del todo exclusivas) de regímenes autoritarios se hacen más visibles y pesadas cuando, a falta de eficacia y legitimidad gubernamental, hay necesidad de mayor control político y social. En el vecindario latinoamericano hay muchos ejemplos: desde el ataque verbal a medios cuyo tratamiento de noticias o línea editorial molesta al gobierno hasta la represión extrema y la judicialización de las presiones políticas. En medio, hay un enorme abanico de instrumentos de restricción y presión.

En este lado del mundo Nicaragua es un caso muy visible, en el que la ofensiva contra la libertad de expresión fue aumentando de escala desde la reelección de Ortega en 2011, en torno a la de 2016 y con nuevo impulso desde las manifestaciones de protesta que se iniciaron en abril de 2018. Ahora, a medida que se acercan las elecciones generales de noviembre sin signo alguno de integridad, la represión se va haciendo más severa. Acallar debates y voces críticas, impedir la difusión de noticias e imágenes sobre protestas, cerrar el camino a candidaturas opositoras, legislar para establecer delitos de odio y delitos cibernéticos. Todo esto y más ocurre dentro del conjunto de un repertorio mayor de medidas contra medios de comunicación independientes y periodistas sometidos a toda clase de presiones, restricciones materiales, exclusión de fuentes y ruedas de prensa gubernamentales, medidas judiciales y allanamiento de medios.

Este repertorio es bien conocido en Venezuela donde, igualmente, en la medida que el gobierno se alejó del desempeño democrático fue escalando en la ofensiva verbal, material, de acoso económico, judicial y de fuerza contra los medios independientes y los periodistas. Radio Caracas Televisión fue un hito inicial alarmante y movilizador en 2007. Le siguieron otros asedios en paralelo a la construcción de la hegemonía comunicacional. En contraste, es de reconocer también todo lo que ha logrado mantenerse sin renunciar a elementos esenciales de autonomía -como espacios de información, análisis y crítica- admirables por el compromiso, esfuerzo y riesgos asumidos por parte de propietarios, personal y periodistas. Allí se inscribe el caso de El Nacional, objeto de toda suerte de presiones y medidas hasta llegar a la confiscación de su sede y sus equipos en un procedimiento plagado de arbitrariedades.

Dos comentarios finales sobre este periódico cierran esta sucesión de comentarios, para alertar y para alentar. No sobra la alerta sobre el repertorio autoritario ya conocido, sabiendo que sigue incorporando medidas y modalidades de sofoco de la libertad de expresión y prensa tales como recursos para la desinformación y tecnologías de control e interferencia. Pero conviene también recordar que los autócratas -especialmente cuando crece su ilegitimidad- temen a la prensa independiente y el periodismo profesional porque difícilmente son controlables y en estos tiempos también cuentan con un amplio repertorio de recursos de alcance global. Bien lo ilustra El Nacional que se ha ido reinventando como medio sobre la tradición de su historia de 77 años, bajo dictaduras y en democracia, como lugar de encuentro abierto para expertos, analistas y periodistas, escuela para ellos y también para los lectores.

En fin, no faltan señales de aliento justamente en las razones del acoso a la libertad de expresión: la carencia de legitimidad y el temor a la perseverancia del reclamo democrático.

elsacardozo@gmail.com

 3 min


Alberto Barrera Tyszka

Con la designación de nuevas autoridades electorales, Venezuela inicia, otra vez, la posibilidad de una negociación para salir de la crisis.

Los planes opositores —desde la imposición de un gobierno interino hasta una supuesta implosión dentro del sector militar, pasando por la fantasía de una invasión desde Estados Unidos comandada por Donald Trump— fracasaron rotundamente. Y las maniobras del chavismo por conseguir alguna mínima legitimidad internacional y por lograr eliminar las sanciones internacionales al régimen no han tenido ningún éxito. Ambos bandos, nuevamente, están obligados a regresar a lo que detestan: reconocerse y tratar de llegar a un acuerdo.

Las dudas, entonces, vuelven a dar vueltas en el aire: ¿Es posible, acaso, confiar en el chavismo, que ha desarrollado un modelo autoritario y ha demostrado que solo usa la negociación para ganar tiempo y buscar legitimidad? ¿Es posible confiar en una oposición dividida, con planes muy diversos, que ya ha demostrado que no es capaz de negociar ni siquiera consigo misma? En ambos casos, la respuesta es no.

Quizás ninguno de los dos lados entiende algo indispensable: sobre la mesa de negociación no están las intenciones. La confianza no se debe poner en lo que piensa o en lo que desea cada bando sino en los acuerdos concretos que se establezcan para mejorar, aunque sea poco, las condiciones de los venezolanos; y en los procedimientos y en las garantías que haya para que estos acuerdos se cumplan. No es lo ideal. Es lo posible.

Una de las consecuencias más peligrosas y nefastas de la polarización política es el purismo moral: el proceso que sacraliza la propia opción política convirtiendo cualquier postura diferente en una suerte de pecado ético, de enfermedad social. Tanto el chavismo como la oposición hablan desde el “lado correcto de la historia”, se proclaman y declaran como estandartes de verdades inamovibles, como destinos religiosos. Desde estas perspectivas, obviamente, cualquier tipo de acuerdo con un adversario solo es una forma de traición.

Pensar que la única negociación posible implica la salida de Nicolás Maduro de la presidencia y la renuncia del chavismo a todas sus cuotas de poder es tan ingenuo e irreal como, del otro lado, proponer como condiciones para la negociación el levantamiento inmediato de las sanciones sobre Venezuela y el reconocimiento internacional de los poderes ilegalmente constituidos. Hay que comenzar por cambiar el punto de partida. “Todavía ninguna de las partes quiere terminar de aceptar que la negociación no es una opción sino que es la única opción verdadera”, ha dicho el experto en políticas públicas Michael Penfold.

La tragedia del país en tan enorme como compleja: abarca una crisis política que mantiene dos gobiernos paralelos, dos asambleas y un proyecto en marcha de un parlamento comunal; una debacle económica casi absoluta, con cifras récord de inflación y un aparato productivo destruido. La situación social es alarmante, a nivel de emergencia humanitaria, agravada además por las sanciones y la pandemia. Y a esto habría que sumarle los problemas con el crimen organizado, con el narcotráfico, con la guerrilla colombiana, con la minería ilegal en el Amazonas venezolano.

El empleo sistemático de la represión y de la censura estatal, la persecución institucional de cualquier disidencia, el ataque a medios de comunicación y organizaciones no gubernamentales, han permitido al chavismo consolidar una dictadura eficaz, que garantice su permanencia en el poder. Pero sigue siendo gobierno pésimo, corrupto y negligente, incapaz de resolver los problemas del país. El chavismo puede administrar el caos pero no puede conjurarlo ni solucionarlo.

Este país inviable forma parte del dilema interno del chavismo y también de cualquier posible negociación. La situación de la gran mayoría de la población, sometida por la pobreza y con el riesgo de la pandemia, es cada vez más crítica. Durante un tiempo, tanto el chavismo como la oposición usaron esta realidad como elemento de presión. Por fin, ahora el primer punto del acuerdo parece estar centrado en la atención a la urgente necesidad de atención médica y alimenticia de los venezolanos. Un programa de vacunación masiva solo debe ser el inicio de un plan conjunto, que reúna a todos los sectores de la sociedad alrededor de esa prioridad.

Nada garantiza que estos esfuerzos, sin embargo, signifiquen el inicio del camino hacia la reinstitucionalización o hacia la vuelta a la democracia en el país. Venezuela no parece estar cerca de una transición. Pero ciertamente hay un cambio importante en el escenario político. Aunque el chavismo se encuentre más consolidado internamente en su modelo autoritario, sigue sin poder resolver su problema con la comunidad internacional. Eso lo obliga a negociar.

La oposición está en una posición menos ventajosa. Necesita negociar para, entre otras cosas, reinventarse. Y tal vez debería empezar por dar la cara ante la ciudadanía, por ofrecer una disculpa y un argumento que haga más digerible el salto que va del “cese de la usurpación” a la “mesa de negociación”. El largo retorno al verbo negociar supone un cambio profundo en el ánimo colectivo y demanda una explicación.

La designación de las nuevas autoridades del Consejo Nacional Electoral, aun teniendo una mayoría chavista, abre la posibilidad de garantizar unas elecciones más equilibradas y transparentes, confiables, con observación internacional; permite retomar el camino de la política y del voto. También vuelve a abrir un viejo dilema: La negociación con el chavismo y la participación de la oposición en un proceso electoral ¿legitiman la dictadura? Sí, probablemente. Pero también permiten conquistar otros espacios, crear y establecer otras relaciones, interactuar de otra manera con la sociedad civil organizada, generar una comunicación distinta y directa con la población. No solo es un tema de estrategia sino de redefinición del proceso, de la acción política. Como dice la politóloga Maryhen Jiménez: “Si la democracia es el destino, la democracia también tiene que ser la ruta hacia ella”.

Una mesa de negociación no es una fiesta. Es una reunión forzada, donde además intervienen muchos otros actores, donde existen distintos niveles de interacción y debate. ¿Hasta dónde está dispuesto a ceder y a perder el chavismo? Es muy difícil saberlo. De entrada, de seguro solo intenta eliminar las sanciones sin arriesgar su control autoritario en el país. La oposición y la ciudadanía pueden enfrentar esto negociando y presionando.

No hay otra manera de hacer política que la impureza. La única forma de intervenir en la historia es contaminándose con ella. No existe otra alternativa.

@Barreratyszka.

30 de mayo 2021

NY Times

https://www.nytimes.com/es/2021/05/30/espanol/opinion/venezuela-maduro-o...

 5 min


Américo Martín

El número tres tiene sus misterios. La Santísima Trinidad, los tres Reyes Magos, el tridente de Satanás, los tres grandes de la Segunda Guerra Mundial: Roosevelt, Churchill y Stalin; las tres Marías, el árbol de las tres raíces, Los tres chiflados, el primer triunvirato: Cristóbal Mendoza, Juan de Escalona y Baltazar Padrón, los tres de la Retórica de Aristóteles: logos, ethos y pathos; Aparicio, Concepción y Cabrera; los tres primeros en pisar la luna: Amrstrong, Aldrin y Collins; Pelé, Messi y Ronaldo; los tres sublimes majaderos: Jesús, Colón y Bolívar.

No podría extrañar, entonces, que en la no descartable negociación Maduro-Guaidó, la luz del Acuerdo de Salvación Nacional fuera matizada por las tres condiciones opuestas por Maduro.

Antes de analizarlas, sería importante comenzar resaltando que, pese al estilo lírico —como muy venezolanamente lo envuelve—, se trata de un importante paso. Porque estamos hablando de negociación y no de guerra, de paz y no de sangre. Ese paso, por supuesto, es el primero, que muchos han aceptado y casi nadie ha descartado.

Aunque las tres condiciones de Maduro fueron postuladas no en busca de una inmediata respuesta sino, tal vez, como premisa para el inicio de conversaciones —a diferencia de la esperanza vertida líricamente por Guaidó—, la trinidad de Maduro nunca podría aspirar a ser aceptada en la forma como se presentó. Pero, siendo como soy de los que creen que del diálogo siempre pueden conseguirse resultados auspiciosos, considero que estos escarceos pueden conducirnos a desenlaces mucho más interesantes.

Como las RR. SS. no podían permanecer al margen, alguien contrapropuso a esa trinidad socialista otra más compatible, pero igualmente difícil de aceptar: renuncia de Maduro y entrega de Miraflores a Guaidó, reconocimiento de la AN 2015 y devolución de los recursos de Pdvsa y del BCV utilizados para fines distintos a los contemplados en la ley. Evidentemente, a esas dos trinidades puede reprochárseles lo mismo, en el fondo no son serias. Salvo el efecto que pueda causar en el ánimo del adversario, la convicción de que nada que no sea realmente serio puede servir como base de negociación.

Esto nos devuelve a la pregunta inicial: ¿es posible que fructifiquen negociaciones entre la parte gubernamental y la parte opositora? Y de nuevo tenemos que plantearnos si todas las presiones del mundo están en capacidad de vencer la resistencia de los que creen que Maduro jamás negociaría porque, supuestamente, es más lo que pierde saliendo de la presidencia que perpetuándose en el mando por la fuerza.

Alrededor de semejante tesis parecieran confluir todas las variedades del maximalismo. He visto probar lo contrario a varios de los hombres fuertes de un lado o del otro y, es natural que así sea, porque es muy difícil imaginar a alguien tan intransigente que nunca pueda ser colocado en el dilema de destruir totalmente un país para salvar su pellejo.

Los gobernantes más poderosos, sea por caso, Mao, Stalin, Pinochet, Duvalier, Ceaușescu, Jaruzelski, Hoxha, Tito, negociaron y, en casos más desesperados, optaron por suicidarse, como Hitler; pero nadie sostuvo la intransigencia, más allá de su vida, cuando la nación y el mundo los obligaron a retroceder.

Es, al fin y al cabo, la reserva de racionalidad humana que no abandona ni a los más inflexibles. De allí que sea tan necesario cultivar un lenguaje ajeno a las provocaciones e insultos inútiles. La búsqueda del diálogo es, en sí, toda una política ornada con un estilo amplio y constructivo, donde la razón prevalece venciendo muchas veces los obstáculos más inusitados.

La calidad de la causa es, en todo caso, lo determinante. Nixon dijo alguna vez que el liderazgo más extraordinario es el que sobresale conjugando tres factores fundamentales: un gran país —y Venezuela lo es—, una gran causa —y la libertad, la democracia y el progreso social son tres de las mejores que pueden conseguirse— y la tercera, que las corona a todas, líderes capaces de entender el mandato que les imponen el gran país y la gran causa.

No dudo que ejemplares de esa índole ya se han desarrollado en nuestra atormentada Venezuela, porque tal como dice el proverbio, a grandes males corresponden grandes remedios.

Twitter: @AmericoMartin

 3 min