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Opinión

Américo Martín

Si los filósofos y enciclopedistas fundaron un todo compacto, sin el cual no habría sido posible el descomunal esfuerzo de tomar la gran fortaleza de la Bastilla, quizá tampoco habrían sido decapitados reyes y príncipes de la monarquía ni se hablaría de ese extraordinario acontecimiento histórico-social que fue la Revolución Francesa. Aunque tal revolución goza de un merecido prestigio por su enorme impacto en el orden cultural y de las ideas, no puede admitirse que sus crudos excesos deban ser absueltos por sus grandes aciertos.

Con errores tan cruentos y aciertos más imaginarios que verdaderos, muchas otras revoluciones son tenidas hoy con toda razón como modelos extremadamente bárbaros y salvajes, pese a que durante largo tiempo se mostraban al mundo cual ejemplos vivos de la más alta expresión civilizada, dejando atrás las que han preservado esencialmente su profundo significado científico y humanista.

Afortunadamente la opinión mundial ha ido virando hacia la objetividad crítica, y arrancando de las pezuñas del dogma y de las tinieblas extremistas tanta basura revolucionaria a la que vemos perder diariamente inmerecidos galardones.

El caso es que, primero con lenta parsimonia, y ahora abriéndose paso allí, donde los maximalistas nacidos para desentonar tratan de bloquear aperturas y de descalificarlas, invocando gracias de leyendas y dogmas revolucionarios como si el oscuro pasado fuera inmodificable, y como si las más notorias de aquellas gracias no hubieran podido sobrevivir sino como sorprendentes desgracias.

Pero, volvamos a la peligrosa situación que envuelve a nuestra amada Venezuela, a la que se pretende convencer de que vive también su propia revolución. Para aprovecharse de algún modo del maximalismo socialista, cuando menos de las posiciones y votos que les corresponden como miembros de la comunidad internacional, pretendieron consagrar para Venezuela esa condición, como si semejante cementerio ideológico conservara vestigios de la notoriedad que alguna vez ostentó, pero que en gran medida también ha perdido. No obstante, en principio solo muy pocas naciones estarían dispuestas a enredarse en estrechas luchas ideológicas que dan para todo.

Los que creyeron encontrar un tesoro de posibilidades escarbando en tales arenas fueron en general los paramilitares colombianos, incluidos los seguidores de la familia Castaño, el ELN y las FARC que, después de haber sido la primera de las insurgencias, se atomizó en tres o cuatro pedazos y hoy vuelve a la carga aprovechando –me atrevo a creer– la audacia combatiente de Hugo Chávez, dispuesto a ganar la simpatía de los irregulares dondequiera se ubicaran.

No era menester ser un mago de la política para comprender que aquello terminaría muy mal. Y, en efecto, humildes soldados venezolanos fueron secuestrados y desarmados por un fragmento de las FARC que desde hace tiempo ha sabido sacarle provecho a las proclamas de Chávez.

Combates entre las FANB de Venezuela y la antigua organización dirigida por Marulanda, quien llegó a disponer de más de 20.000 hombres perfectamente organizados, armados y desplegados, pues sus miras llegaron a ser ni más ni menos que la toma del poder, tal como ocurriera en Cuba con Fidel y en Nicaragua sandinista con Daniel Ortega. Obviamente carecen de la fuerza y el prestigio que alguna vez tuvieron, pero su vocación los tiene sentados en el mando, así sea para que los dejen quietos.

El proceso interno del chavismo y madurismo, en paralelo con la influencia del paramilitarismo vecino, han puesto a pensar con mucha seriedad en lo que pasa y puede seguir pasando, tanto en Miraflores como en los mandos militares bolivarianos y en el PSUV. La cúpula madurista está insinuando aperturas que sería necio desestimar. Las señales de la otra parte deben ser escuchadas y respondidas con buenas señales. Por elemental ley de la vida, si todos sabemos que la tragedia del país nos daña por igual a unos y otros, sería desquiciado desaprovechar tal momento y en lugar de intercambiar razones útiles arrojarse insultos y malsanos epítetos inútiles.

El acuerdo postulado por Guaidó está ornado de trascendencia, al punto de recibir el nombre ilustre de Acuerdo para la Salvación Nacional.

El hecho es que las posiciones ya se han movido y se dice que nuevos contactos se han producido, y eso no puede sernos indiferente. Dos connotados y competentes opositores, de los cinco integrantes del Consejo Nacional Electoral, forman parte de la directiva comicial, el reconocido técnico Roberto Picón y el experimentado analista político Enrique Márquez.

Juan Guaidó ha dado un muy importante paso al proponer una negociación entre la oposición, el gobierno de Maduro y la poderosa y generosa comunidad internacional, inclinada como el que más a la salida electoral, libre, transparente y viable.

Por lo que me han hecho saber, a Maduro le preocupan las sanciones. Guaidó relaciona elecciones y sanciones. La negociación garantiza esas elecciones y, también, el levantamiento de todas las sanciones.

Me asegura otro buen amigo que Maduro teme perder y quizá crea que sus adversarios nunca cumplirán sus promesas. Olvida que el arma electoral es de dos filos, como La Tizona del Cid Campeador. Se gana, se pierde. La costumbre electoral estabiliza los cambios y las permanencias, de modo que a largo plazo ganan todos.

Twitter: @AmericoMartin

 4 min


Carlos Raúl Hernández

Toda reforma tributaria es desagradable y los gobiernos sensatos las despliegan solo después de amplia búsqueda de consensos para hacerles ambiente. Con argumentos técnicos a favor y contra aspectos “puntuales”, la colombiana era, es necesaria y estaba bien concebida. Entre otras, establecía un considerable fondo para atender la pobreza y no creamos que el proyecto de reforma es causa el motín popular en Colombia, pero si coartada perfecta.
Lo que determina estallidos colectivos, riots, no son los malestares sociales o económicos, sino su torpe manejo político-policial. Eso lo saben los que deben, e infiltran las marchas con minorías violentas para provocar locura represiva. Pero destreza, jefatura y sentido táctico-estratégico moderan peligros del sistema, como Rómulo Betancourt entre 1959-1964, y asombra el genio de Duque para no sosegarlos sino exacerbarlos y auto desestabilizarse.

Lejos del infierno económico que pinta la izquierda, Colombia más bien, desde las reformas de Álvaro Uribe (2002- 2010) tuvo crecimiento económico estable, baja inflación (apenas 1.6% en 2020) y desempleo no tan alto. Además, expulsó la guerrilla a las fronteras y luego Juan Manuel Santos la incorporó al proceso democrático. Eso contribuye a que Iván Duque gane las elecciones de 2019 con 53% de los votos, pero con él se acaba la sanación.

El paraíso perdido
Era la continuidad del sistema político, porque tanto el nuevo presidente, como el anterior (aunque Santos se emancipó) estaban asociados a Uribe. La izquierda marca record histórico con 43% de Gustavo Petro dentro de la estabilidad democrática. Duque convirtió en dos años ese ambiente en una olla de presión, en guerrilla de nuevo a la izquierda revolucionaria, y polariza a la sociedad entre uribismo y petrismo. “Mano dura” fue su promesa y mano dura recibe.
Se empeña en perseguir a FARC legalizada y deja que los paramilitares asesinen sistemáticamente a los pacificados, conocidos como “dirigentes sociales” (151 muertes en 2019 y 251 en 2020). No impide baños de sangre en las zonas rurales, 36 masacres con 133 muertes en 2019, y 76 con 292 muertes en 2020. El clima sanguinario y de pánico fortalece al ELN, rearma ex pacificados, y proliferan nuevas pandillas narcoterroristas.
La base política de Duque se encoge y un amplio espectro desde demócratas hasta guerrilleros, se desplaza a Petro, eje de una gran alianza de izquierda y no sabemos qué traerá a Colombia. Duque hostiliza al gobierno venezolano, desde su país promueven invasiones y hoy financian disidencias guerrilleras como foco de una eventual Contra en la frontera. Activistas venezolanos en el exilio asumieron su responsabilidad en esto “para crear el caos” junto con factores de poder en Colombia.
El crecimiento económico se derrumbó con la pandemia, el desempleo subió a 16% y no hay como cubrir el déficit fiscal. La Reforma Tributaria era para pagar gastos sanitarios. En su impericia Duque la presenta en el peor momento imaginable, con fallidos esfuerzos para ganar aliados y pone en bandeja de porcelana los argumentos del discurso demagógico para las turbas. Por si no bastara, la represión salvaje al paro produce 45 muertes según NY. El caos interno podría desinflar la contra fronteriza.

Hierro y yerro
Denuncian “la mano el gobierno venezolano” en los conflictos y… ¿después de lo ocurrido en la frontera cabría pensar que este se cruzaría de brazos? Me cuesta creerlo. Es común que en batalla la primera baja sea la verdad, aunque los corresponsales de guerra se juegan la vida para que esto no se cumpla. Por desventura, la polarización en Venezuela ametralló no solo la verdad, sino que formó políticos carentes de raíces nacionales.
Se extinguió el más elemental patriotismo en quienes no distinguen nación de gobierno, ni integridad territorial y vida de la gente, de sus intereses financieros. Frente a un asalto al territorio por irregulares colombianos, desatan una ofensiva de descrédito contra las Fuerzas Armadas, que en última instancia son los muchachos que mueren en la frontera para defendernos. Reaccionan contra su país y la FF. AA, y acusan a estas de que solo terciaban un pleito entre narcotraficantes.
Como eso no funcionó inventaron la violación masiva de derechos humanos y el novelesco asesinato de una familia de nueve miembros a la que nuestros militares supuestamente luego vistieron de guerrilleros, los habituales falsos positivos precisamente del ejército colombiano. Ningún medio de comunicación respetable publicó semejante invento, y languideció porque era simple fake creado en el conocido laboratorio venezolano bogotano.
Luego pasaron a otra etapa descabellada: “que en la frontera usaban a los soldados como carne de cañón”. Los militares existen precisamente para defendernos de agresiones extranjeras. Si un país no moviliza a su ejército… ¿a quién envía? … ¿a las congregaciones religiosas, a los colegios, a los gremios profesionales o a los condominios?
@CarlosRaulHer

 3 min


Antonio R. Rubio Plo

Napoleón sigue siendo uno de los grandes protagonistas de la Historia, doscientos años después de su muerte el 5 de mayo de 1821. El mundo de campañas militares y batallas decisivas que él contribuyó a forjar no goza hoy del mismo entusiasmo que en otras épocas, pero sus ideas estratégicas siguen siendo estudiadas no solo en las academias militares sino también entre los analistas de estrategias económicas. Incluso en la propia Francia voces como la del exministro de Asuntos Exteriores, Hubert Védrine, se levantan para decir que es un aniversario para conmemorar, aunque no para celebrar. Es muy posible que los totalitarismos del siglo XX hayan contribuido a minar el prestigio de Napoleón en su propio país. De hecho, en los años de la Segunda Guerra Mundial, bajo la ocupación alemana, se difundió en Francia Del espíritu de conquista y usurpación de Benjamin Constant, una crítica al régimen napoleónico que hacía pensar inevitablemente en las conquistas militares de los sistemas totalitarios. Se olvidaba, sin embargo, que incluso el liberal Constant puso sus esperanzas en el Napoleón que regresó de la isla de Elba, aunque solo fue por cien días, y redactó para él una especie de “constitución” bajo el nombre de Acta Adicional a las Constituciones del Imperio. Pero en Francia no se ha olvidado a Napoleón Bonaparte. Hay quien lo ha descubierto bajo los rasgos del joven presidente Emmanuel Macron, aunque en realidad no hay un solo jefe de estado de la presidencialista Quinta República en el que no pudiéramos descubrir rasgos napoleónicos.

Con las frases atribuidas a Napoleón hay que tener mucho cuidado, pues no se tiene una certeza plena de su veracidad, aunque lo mismo sucede con otros grandes personajes de la Historia. En algunas le podemos dar la razón, aunque otras serían cuestionables.

“Un estado hace la política de su geografía”

La existencia de Napoleón no puede concebirse sin un mapa de Europa. Es un grande de la geopolítica, el que sienta las bases de una geopolítica de Francia, mucho más ambiciosa que la de los monarcas absolutistas, interesados casi exclusivamente en Europa occidental y el Mediterráneo. Napoleón no solo quiere para Francia unas fronteras seguras, y ciertamente el afán por la seguridad le lleva a ampliarlas, sino que también busca doblegar a Austria, el gran Imperio de Europa Central, a la emergente Prusia y al Imperio de los zares rusos. Desde Napoleón, Francia ha mirado hacia el este y centro de Europa, con desiguales resultados. Ha desarrollado asociaciones estratégicas con Polonia y con todas las naciones centroeuropeas que se fueron desgajando del Imperio austrohúngaro, pero a la vez ha buscado el entendimiento con Rusia. De hecho, lo consiguió a finales del siglo XIX con el zar Alejandro III, si bien la revolución leninista frustró esa alianza. Con todo, el pragmático De Gaulle no dudó en aproximarse a Stalin en 1944 en un intento de constituir un equilibrio ante la nueva hegemonía de las potencias anglosajonas. Y en la actualidad, Macron defiende, pese a las circunstancias adversas, un acercamiento de Europa a Rusia para contrarrestar la asociación estratégica de Moscú y Pekín. En tiempos de Napoleón reinaba un zar admirador de la cultura francesa, Alejandro I, si bien eso no impidió la desastrosa campaña de Rusia, en la que la estrategia de ganar una batalla decisiva demostró ser inútil. Por lo demás, la Rusia de Putin no quiere ser europea, aunque quiera hacer negocios de suministro de energía con los europeos. Para los rusos el 9 de mayo no es el día de Europa, tal y como se conmemora en Bruselas en homenaje a la Declaración Schuman. Por el contrario, para Moscú el 9 de mayo es el día de la victoria sobre el régimen hitleriano. Las relaciones franco-rusas siempre resultarán complejas y se verán con recelo por los vecinos europeos de Rusia, socios de Francia en Europa.

“Quiero conquistar el mar con el poder de la tierra”

Gran Bretaña fue el principal enemigo y una obsesión de Napoleón. Sin embargo, Londres no apeló en las guerras de este período a argumentos ideológicos, basados en la existencia de una monarquía parlamentaria, sino a la ruptura del equilibrio del continente europeo por la potencia hegemónica francesa. Frente a un enemigo que dominaba los mares, Napoleón tenía que utilizar una estrategia de aproximación indirecta, mucho antes de que hablara de ella el capitán Basil Henry Liddell Hart en el siglo XX. Con su campaña de Egipto pretendió dar un golpe mortal al comercio británico en su ruta hacia la India. Pero los británicos le ganaron en el mar en la batalla de Abukir (1798), y más tarde en la de Trafalgar (1805). La invasión de las islas británicas resultaba imposible en tales circunstancias, y en 1807 el emperador decretó un bloqueo comercial continental para perjudicar nuevamente los intereses de Gran Bretaña. Sin embargo, tal y como ha sucedido con otros bloqueos y embargos posteriores, Napoleón fracasó porque no todos los países respetaron la medida. Es otro ejemplo de que las sanciones económicas suelen tener un efecto limitado y muchas veces perjudican más a quien las establece o las secunda que al país afectado. Las guerras con la Francia napoleónica reafirmaron a los británicos en la convicción de que lo que pasara en el continente podía repercutir en su propia seguridad y estabilidad. Paradójicamente sirvieron para “ligar” a Gran Bretaña más a Europa, tal y como demostraría el sistema del Congreso de Viena y la participación en las dos guerras mundiales. Pero, de momento, el Brexit parece haber revertido esta tendencia y ha alimentado otra imagen: la de una Gran Bretaña global y en buena medida extraeuropea.

“El mejor soldado no es el que combate sino el que avanza”

Napoleón estaba acostumbrado al avance arrollador de su ejército que solía ir acompañado de una batalla decisiva para la derrota definitiva del enemigo. En cierto modo, su estrategia es un antecedente de la “guerra relámpago”, que marcó los inicios de la Segunda Guerra Mundial. La lista de sus victorias responde a esta dinámica: Marengo, Ulm, Austerlitz, Jena, Eylau, Friedland… Sin embargo, el avance en Rusia, durante la campaña de 1812, no fue el presagio de una victoria. El espacio, el clima y la determinación del mariscal Mijaíl Kutuzov, que evitó presentar a Napoleón batalla en campo abierto, frustraron el avance y la posibilidad de un combate decisivo. La batalla de Borodino, la única excepción, causó grandes pérdidas en ambos bandos, y la toma de Moscú no sirvió de nada a los franceses. Napoleón fue derrotado por su desconocimiento de Rusia, de su historia, de su geografía y de sus gentes. Sigue siendo verdad, hoy más que nunca, la famosa cita de Churchill: “Rusia es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma”. George Kennan, con su “telegrama largo”, acertó a comprenderla un poco, algo que no conseguirían otros sovietólogos. Pero muchos políticos y analistas de la Posguerra Fría siguieron sin comprenderla. Acostumbrados al bastante previsible Boris Yeltsin, quedaron desconcertados con el imprevisible Vladimir Putin.

“Cuando China despierte, el mundo temblará”

No se ponen de acuerdo los historiadores sobre cuándo dijo Napoleón esta frase. Algunos creen que fue en 1803 con la contemplación de un mapa del mundo, pero la mayoría la sitúan en su destierro de Santa Elena en 1816. Al parecer, Napoleón había leído el relato de una embajada británica que intentó en vano convencer al emperador chino de abrir las puertas de su país al comercio. En cambio, el historiador Jean Tulard sugiere que la frase se debe a la imaginación de uno de los guionistas del filme 55 días en Pekín (1963), ambientado durante el asedio del barrio diplomático en el verano de 1900. Con todo, en 1973 el exministro gaullista, Alain Peyrefitte, utilizó la citada frase para dar título a un libro que relataba su viaje a la China de Mao. Sin embargo, Napoleón no parece haber ideado una frase premonitoria sobre el futuro de China. Quizás solo fuera un tópico comentario de que las invasiones de Europa procedieron principalmente del continente asiático, una advertencia sobre lo que a principios del siglo XX algunos llamaron el “peligro amarillo”. Napoleón no estaba demasiado interesado por Asia ni tampoco por América, pues vendió a Estados Unidos la Luisiana en 1803 y no mostró interés en recuperar los territorios franceses en Canadá. Para el emperador, el mundo se reducía a Europa, pero dos potencias de la periferia continental, Gran Bretaña y Rusia, echaron abajo su sueño europeo. Son precisamente los dos países que hoy tienen un encaje más problemático con Europa.

14 de mayo 2021

Elcano

https://blog.realinstitutoelcano.org/napoleon-para-analistas-internacion...

 6 min


Acceso a la Justicia

La lluvia de objeciones que dentro y fuera del país se ha ganado la providencia n.º 001-2021, que obliga a las organizaciones sin fines de lucro (ONG) a registrarse ante la Oficina Nacional Contra la Delincuencia Organizada y Financiamiento al Terrorismo (ONCDOFT) e informarle sobre sus donantes y sus beneficiarios, ha forzado al Gobierno de Nicolás Maduro a dar marcha atrás. Así, el pasado 3 de mayo dictó una nueva providencia en la que suprime algunas disposiciones. Sin embargo, esta aparente victoria no supone que el peligro para las ONG venezolanas haya cesado, por el contrario, continúa.

En la Gaceta Oficial n.º 42.118 del 3 de mayo (publicada dos días después), apareció la Providencia 002-2021 de la Oficina Nacional contra la Delincuencia Organizada y el Financiamiento del Terrorismo, que contiene una nueva versión de la Normativa para el Registro Unificado de Sujetos Obligados.

El texto suprime el numeral 5 del artículo 6 de la normativa original, que exigía a las agrupaciones civiles entregar al despacho gubernamental el listado con la identificación de las «personas naturales o grupo de personas naturales que reciben asistencia benéfica, humanitaria u otro tipo de asistencia». Asimismo, elimina en su artículo 8 el plazo para iniciar el proceso de registro y desaparece el artículo 16 de la providencia 001-2021, que contenía una remisión genérica a las sanciones de la Ley Orgánica de Delincuencia Organizada y Financiamiento al Terrorismo.

Puro maquillaje

A primera vista podría creerse que el Gobierno escuchó las críticas y rectificó. No obstante, una revisión detallada de la nueva providencia arroja que la misma sigue representando una amenaza importante para las agrupaciones de la sociedad civil venezolana.

Así, entre otros aspectos el texto modificado mantiene la obligación de las organizaciones sin fines de lucro de presentar ante la Oficina Nacional contra la Delincuencia Organizada y el Financiamiento del Terrorismo el «listado de las organizaciones o entes, nacionales o extranjeros de los cuales perciba aportaciones, donaciones o dádivas» (numeral 4, artículo 6). También mantiene la disposición que señala que el despacho gubernamental emitirá una credencial para el representante legal de la agrupación para ejercer sus funciones (artículo 10).

Estas medidas parecen ir a contracorriente de lo señalado por el Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI), el cual señaló lo siguiente en su recomendación octava:

«Las medidas focalizadas adoptadas por los países para proteger a las organizaciones sin fines de lucro frente al abuso para el financiamiento del terrorismo no deben interrumpir o desalentar las actividades caritativas legítimas. Más bien estas medidas deben promover la transparencia y fomentar una mayor confianza entre las organizaciones sin fines de lucro, tanto en toda la comunidad como entre el público en general, en cuanto a que los fondos y servicios de beneficencia lleguen a los beneficiarios legítimos que se pretende».

La instancia internacional también ha llamado a los distintos Estados a «trabajar con las organizaciones sin fines de lucro para desarrollar y perfeccionar las mejores prácticas dirigidas a abordar los riesgos y vulnerabilidades en el financiamiento del terrorismo y protegerlas frente al abuso para el financiamiento del terrorismo».

No obstante, en el caso venezolano las autoridades no se han sentado con las agrupaciones civiles para abordar este asunto de manera conjunta, lo cual refuerza las sospechas de que esta resolución no busca prevenir que las ONG puedan ser utilizadas para actividades ilegales sino que forma parte de la campaña de hostigamiento y persecución que desde hace años mantiene contra ellas y que ha arreciado desde el año pasado, tal y como ya lo ha denunciado Acceso a la Justicia.

De derecho a delito

Las pretensiones del Gobierno de Maduro de obligar a las organizaciones de la sociedad civil a revelarle quiénes son sus donantes pone en riesgo sus programas y la existencia de las mismas. ¿La razón? Los primeros ante el temor de ser estigmatizados por el Gobierno venezolano o de que sus aliados nacionales puedan correr algún riesgo podrían optar por dejar de cooperar con ellos.

No se puede olvidar que esta providencia no es un hecho aislado, pues fue dictada justo cuando la Asamblea Nacional controlada por el chavismo desempolvó el proyecto de la Ley de Cooperación Internacional, instrumento que pretende forzar a las agrupaciones no gubernamentales a entregar los fondos que reciben desde el extranjero al Estado, para que éste los distribuya, según sus prioridades.

Ambas iniciativas parecen tener como propósito penalizar la búsqueda de fondos en el exterior para atender la grave crisis humanitaria o para la acción de promoción y vigilancia de los derechos humanos, lo cual viola lo dispuesto en el artículo 13 de la Declaración de Defensores de Derechos Humanos de la Organización de Naciones Unidas de 1998, el cual afirma que «Toda persona tiene el derecho, individual o colectivamente, a solicitar, recibir y utilizar recursos con el objeto expreso de promover y proteger, por medios pacíficos, los derechos humanos y las libertades fundamentales».

Otras irregularidades

Como si lo anterior no fuera suficiente, desde Acceso a la Justicia denunciamos que el registro, tal y como está diseñado, viola lo dispuesto en el artículo 11 de la Ley de Simplificación de Trámites Administrativos. Dicha norma señala claramente:

«Los órganos y entes de la Administración Pública, en virtud del principio de cooperación que debe imperar en sus relaciones interorgánicas y con las demás ramas del Poder Público, deberán implementar bases de datos automatizadas de fácil acceso y no podrán exigir la presentación de copias certificadas o fotocopias de documentos que la Administración Pública tenga en su poder, o de los que tenga la posibilidad legal de acceder».

La información en relación con la constitución, conformación e integración de las distintas organizaciones civiles está en manos del Servicio Autónomo de Registros y Notarías (Saren), mientras que lo relacionado con sus movimientos financieros está en poder del Servicio Autónomo Nacional de Administración Aduanera y Tributaria (Seniat) o de la Superintendencia de Instituciones del Sector Financiero (Sudeban).

Otra anomalía está relacionada con la puesta en vigencia de la providencia. ¿La razón? El texto está en la Gaceta Oficial n.º 42.118, fechada el 3 de mayo, como ya se mencionó, pero la misma apenas apareció publicada el día 5, por lo que ha debido entrar en vigor al día siguiente a su publicación, es decir, el 6 de mayo.

Esta práctica de publicar las gacetas oficiales a destiempo ya es usual en Venezuela, y es otra muestra de la ruptura institucional y de la situación de inseguridad jurídica en la que viven los ciudadanos.

Y a ti venezolano, ¿cómo te afecta?

El Gobierno de Maduro ha enfilado todos sus cañones contra uno de los últimos espacios que no controla: la sociedad civil organizada. Tras reasumir el control de la Asamblea Nacional, el Ejecutivo ha lanzado una dura ofensiva contra las ONG que, además de las consabidas campañas de estigmatización y hostigamiento, ha incorporado desde 2020 allanamientos, detenciones de activistas y nuevas medidas administrativas.

Las agrupaciones caritativas, humanitarias y de derechos humanos juegan hoy un rol estelar en la atención de la crisis humanitaria, que las autoridades ignoraron durante mucho tiempo; y también han sido las promotoras de las denuncias de los abusos contra los ciudadanos que han alarmado al mundo. El eventual silenciamiento o ilegalización de estas instancias dejará en total desamparo a los venezolanos.

14 de mayo 2021

https://accesoalajusticia.org/siguen-bajo-amenaza-las-ong-en-venezuela-c...

 5 min


Ismael Pérez Vigil

En Venezuela, en materia política −y en otras áreas también− las posiciones están tomadas; son fijas, inamovibles, encallecidas, mineralizadas, por algo hablamos de polarización. Y la polarización es justamente eso, dos polos que divergen y que −como los de un imán− se repelen y sí es imposible que coincidan, menos aún, unirlos.

Lo grave es que la polarización no solo lo impregna todo, sino que genera conductas agresivas, que omiten argumentos y razones y rápidamente afloran los insultos y las descalificaciones, que incrementan la división opositora y el regocijo del régimen. Por eso hay que cuestionarse si vale la pena discutir y si no será mejor seguir de largo y olvidar la discusión. Total, no vamos a convencer a nadie y nadie nos va a convencer. Sin embargo, hay demasiado en juego como para abandonarla.

Las razones en cuanto a las condiciones ilegitimas y abusivas con las que se eligió al Presidente de la Republica en 2018, la Asamblea Nacional en 2020 y antes de eso, la forma en que se designó al TSJ, al Fiscal General, al CNE anterior y, naturalmente, incluyen al actual y dicen que no es un árbitro y además esta deslegitimado; este es el núcleo del argumento que lleva −a quienes proponen no participar− a la inevitable conclusión, absolutamente de lógica formal, de que no hay condiciones para hacerlo.

Además de esa razón de fondo, quienes platean no acudir al proceso y abstenerse, dan algunas razones adicionales, describiendo de manera detallada y clara lo que va a pasar si participamos en el proceso electoral y que se puede resumir de esta manera:

· Aunque el régimen libere presos políticos, mantendrá algunos y eventualmente llevará a la cárcel a otros políticos o dirigentes opositores −para mantener su “inventario de negociación” − y si accede a habilitar a algunos dirigentes opositores, solo lo hará después de que esté seguro que la oposición democrática no concurrirá a las elecciones.

· El gobierno ganará esas elecciones y para ello se valdrá de todo tipo de trampas para restar votos a la oposición −incluida la intimidación de votantes y testigos− y no dudará en las gobernaciones y alcaldías críticas, en alterar los resultados, como ocurrió en el Estado Bolívar en 2017.

· Aunque haya una mayor participación electoral, debido a la oposición “alacrana” y la falsa oposición que ahora llama a participar, si eventualmente se mantiene el número de cargos que ahora tienen y aunque el régimen les ceda algunos más, de nada servirá pues, como ya hemos visto, el régimen les nombrará “protectores”, les quitará funciones y presupuesto, para anularlos completamente y los concejos municipales chavo/maduristas improbarán las memorias y cuentas de los alcaldes opositores que serán destituidos.

· Por lo tanto, aunque se incremente la participación electoral, solo servirá para que el régimen se legitime, se atornille más en el poder, gane tiempo y alardee sobre su “flexibilidad” ante la comunidad internacional y eso ayudará en su objetivo de levantar las sanciones internacionales y continuar el proceso lento, pero sostenido, de desgaste del apoyo a Juan Guaidó y la Asamblea Nacional de 2015.

Reitero, no es lo que yo pienso, esto es lo que dicen que pasara −quienes están en contra de la participación y en pro de la abstención−, si participamos en el proceso electoral del 21 de noviembre próximo. Creo que está bastante completo el resumen y no hace falta abundar más.

Pero, ¿Qué pasará si no concurrimos al proceso electoral? ¿Qué pasará si nos abstenemos? Eso no nos lo dice nadie y vale la pena reflexionar al respecto; déjenme decirles lo que yo creo que pasará.

Si nos abstenemos, ocurrirá lo mismo que ha ocurrido las otras veces que nos hemos abstenido: nada. Y de todas formas ocurrirán algunas de las cosas que dicen los abstencionistas: En efecto el gobierno ganará, con trampas, claro, y a lo mejor sin fraude electrónico, pues no lo necesitará. No tendrá importancia la cantidad de cargos que obtenga la oposición, pues de obtener algunos seguramente les nombrarán los consabidos “protectores” y les quitarán funciones y presupuesto. Pero no tendrá tampoco ninguna importancia el porcentaje de abstención, ni el número de votos que saque la oposición democrática que concurra −la “alacrana” ni siquiera se tomará en cuenta−, pues hace tiempo el poder del régimen no se sustenta en legitimidad alguna, ni en el número de votos, ni en el apoyo popular, sino en las FFAA, los colectivos armados y los grupos violentos, en la frontera y en las ciudades.

Todo lo anterior puede ocurrir si no acudimos, pero además de lo anterior, tendremos el agravante, de que:

- Habrá una mayor división en la oposición, por las recriminaciones mutuas, el pase de facturas unos a otros, por la derrota sufrida y por no haber salido del régimen

- Habrá una mayor frustración y desmoralización de la gente al darse cuenta que nada ocurre, a pesar de la masiva abstención, y se alejará aún más la posibilidad de una salida de este oprobio, y

- Veremos, cuando cese la pandemia y sea posible desplazarse, un mayor éxodo de venezolanos al exterior

Hoy en día, en la situación en que nos encontramos en la oposición, parece claro que participar o abstenerse no es el problema. ¿Qué hacer? ¿Cuáles son las alternativas?; ese sí es el problema. Y no es un problema jurídico o legal, es un problema político.

En mi opinión, participar, con candidatos únicos, no hará que salgamos del régimen, menos en unas elecciones regionales; pero, al menos nos permite salir del inmovilismo en que nos encontramos, nos permite organizar a la gente de una manera bastante segura, para recorrer el país, pueblo por pueblo, con un mensaje alternativo al marasmo en el que vivimos, nos permitirá ganar en organización y niveles de conciencia acerca de la situación que vivimos. Y si además ganamos algunas gobernaciones, alcaldías, concejos municipales y asambleas legislativas, eso ayudará a los partidos y organizaciones políticas a nivel local y regional en su relación con la gente.

Insisto en lo dicho otras veces, lamento que nadie diga qué hacer en vez de no participar, aparte de abstenerse pasivamente. Nadie espera que se den detalles al respecto −en la prensa o redes sociales−, pero, al menos esperaríamos ver acción en alguna parte, y es lo que no hemos visto y no vemos.

El “qué hacer” es el tema a seguir discutiendo, porque si no lo hacemos, habrá que concluir con la enigmática parte final del título de mi artículo de la semana pasada, en el que comenté acerca de la designación del CNE, estaremos… atrapados sin salida.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 5 min


Fernando Mires

Alrededor de los libros

El trumpismo como forma de gobierno parece haber quedado atrás. Por ahora. Pero el trumpismo, como movimiento social enraizado en la sociedad norteamericana continua vivo y coleando. Además, parece reiterar, con o sin Trump, el nacimiento de una fuerza política, el populismo del siglo veintiuno al que autores como Enzo Traverso llaman post-fascismo y al que preferimos llamar nacional-populismo pues ha logrado vincular grandes movimientos de masas con ideologías ultra-nacionalistas.

Movimientos que, a diferencias de populismos crónicos establecidos en naciones con escasa o mala tradición democrática como son las latinoamericanas, surgen de la descomposición de las democracias liberales de Europa y, más recientemente, lo que nadie esperaba, en los propios EE UU. El trumpismo –ya apoderado del Partido Republicano- fue y será un movimiento popular, anti-institucional y autoritario, pero también un producto neto del descenso de la sociedad industrial en un periodo de larga transición hacia la sociedad digital.

El trumpismo, como el brexismo inglés y el lepenismo francés, representa a un movimiento de masas políticamente organizado, radical y extremista a la vez y –este es el punto nodal- que se hace cargo de demandas a las que hay que tomar muy en serio porque son verdaderas. Tan verdaderas como fueron las de la masa obrera pauperizada de los comienzos del siglo XX a la que comunistas y socialistas organizaron, sindical y políticamente. Tan verdaderas como la inflación de los años treinta o los peligros que significaba la expansión soviética, hechos que impulsaron el nacimiento de los fascismos europeos.

El trumpismo -y ese es un punto de partida del libro de Michael J.Sandel, La Tiranía del Mérito- es hijo de realidades verdaderas, portador de una rebelión en contra de una sociedad políticamente discriminatoria cuya nueva clase dirigente (no confundir con clase dominante: Gramsci) ya no está formada por los propietarios de los medios de producción -como fueron los capitalistas de la pre-globalización- sino por una elite egoísta, encerrada en sí misma, a la que Sandel denomina meritocracia. Frente a esa elite, el trumpismo y otros movimientos similares, operan como fuerzas revolucionarias, pero en el peor sentido disociativo del término. Para enfrentarlas hay que reconocer entonces las razones que provocan a esos movimientos, es una de las proposiciones de Sandel. Y una de las más importantes reside en el resentimiento, no solo social, sino también cultural que, de modo ostensible, despiertan las clases políticas establecidas, en amplios sectores de la ciudadanía que no han tenido acceso a la educación universitaria, fuente de origen del poder meritocratista. Este es el primer enunciado del ya famoso libro de Sandel.

Digamos de antemano que Sandel, meritorio filósofo político, no se pronuncia en contra del mérito. Tampoco piensa que el mérito no debe ser compensado; todo lo contrario. Lo que postula Sandel -y eso es lo que no logran entender sus críticos – es que el mérito no puede ni debe ser usado como ideología de una clase política y, mucho menos, como un medio para legitimar la cada vez más creciente desigualdad social que tiene lugar en los EE UU y otros países.

Fiel a los postulados comunitarios que viene manteniendo desde décadas –su Liberalismo y los Límites de la Justicia continúa siendo un clásico- sostiene Sandel que el uso del mérito como medio de ascenso social y político, debe tener un límite. Y ese límite es el deterioro del bien común, vale decir, el de la desarticulación de los lazos que constituyen a una nación como sociedad política.

Con filosófica metodología, Sandel desmonta los supuestos de la ideología del mérito. El primero dice que todo lo que hemos alcanzado en este mundo se debe a nuestros méritos. El segundo dice que todos somos dueños y responsables de nuestro destino. El tercero, el más cruel, dice que el mundo se divide entre ganadores y perdedores, siendo los últimos culpables de su propia mala suerte. El cuarto dice que solo los créditos universitarios certifican al ciudadano como agente social meritorio.

No todo lo que hemos logrado en la vida se debe a nuestro esfuerzo, aduce Sandel, y da muchos (quizás demasiados) ejemplos. La obtención de méritos es una carrera con distintos puntos de partida. Unos correrán cien metros, otros cinco mil y otros la maratón, para llegar a la meta. Por cierto, hay quienes ganan la maratón pero los que deben abandonarla por razones de edad, de formación muscular, de alimentación, son muchos. Del mismo modo es muy distinto el caso de un estudiante universitario que logra estudiar en la universidad más prestigiosa gracias a las donaciones que hace su padre (el ejemplo de los hijos de Trump, entre muchos), al que ingresa con una beca que alcanza solo para comer. La universidad, lejos de ser el lugar de formación profesional destinada a ser invertida en el bien común, ha llegado a transformarse en muchos países en el criadero de los futuros miembros de la clase dirigente, no tanto por méritos, sino más bien como producto de desigualdades sociales.

El segundo supuesto desmontado por Sandel, el de que solo nosotros somos responsables de nuestro destino, deja claro que los éxitos y ascensos sociales suelen ser en muchos casos resultados de factores que poco tienen que ver con nuestras decisiones. En este punto Sandel introduce un factor que seguramente escandalizará a deterministas, sean científicos, filosóficos o teológicos. Ese factor, es “la suerte”. En términos de Maquiavelo -agregamos- la fortuna, en sus dos acepciones: fortuna como riqueza heredada y fortuna como suma de golpes de suerte.

La vida es contingencia pura. Casi nada de lo que hemos llegado a ser deviene de un plan. Los golpes de buena o mala suerte –revise cada uno su biografía– suelen ser determinantes. Hemos leído por ejemplo que magníficos proyectos personales y colectivos se han venido abajo gracias a la pandemia. Pero también hay quienes se hicieron millonarios por haber adquirido casualmente antes de la pandemia fondos donde actúan Astrazeneca, Bayontec, Johnson Johnson, Sputnik. Nada de eso puede ser considerado como productos de meritorios planes.

Quienes hemos ganado en algunas cosas, también hemos perdido en otras. No hay ninguna razón, por lo tanto, para arrogarse superioridad por méritos adquiridos gracias a la buena fortuna, ni mucho menos asumir con orgullo un rol de ganador frente a supuestos perdedores.

Por lo demás, los méritos no siempre son propios. Si algunos logran ocupar un lugar destacado en la escala social o cultural es porque ha habido condiciones que así lo han hecho posible. No pocos académicos de mi generación, por ejemplo, pudimos estudiar en la universidad gracias a que esta era gratuita, lo que no pueden decir quienes hoy no han podido hacerlo como consecuencia de la extrema privatización universitaria que hoy tiene lugar en diferentes países.

Asumir el rol de ganadores frente a los catalogados como perdedores, no solo es un indicio de arrogancia, sino de crueldad. Ese es el punto central del discurso de Sandel. La ideología meritocrática no solo está hecha para legitimar a las elites dirigentes, sino para trazar una separación clasista entre meritorios y no meritorios. A estos últimos, los que no forman parte de los estamentos meritocráticos, solo quedan tres posibilidades. O asumirse como perdedores, posición que incide en una degradante pérdida de la autoestima. O encontrar un chivo expiatorio a quien culpar de las desgracias que conllevan (suelen ser los extranjeros, los negros, los más débiles). O convertir el resentimiento colectivo en pasto para los líderes, partidos, movimientos y gobiernos nacional-populistas.

En los tres casos, observa Sandel, las consecuencias de esas alternativas atentan en contra del bien común, disocian relaciones de solidaridad, desestructuran el orden social y lleva a conflictos que si no son asumidos por las elites dirigentes (dentro de las cuales incluye a gran parte de los progresistas e izquierdistas occidentales) solo podrán ser atajados por la fuerza policial y militar. Los estallidos sociales aparecidos en diferentes países han aumentado tanto en frecuencia e intensidad de modo alarmante. Conflictos que no llevan a una democracia superior, sino todo lo contrario: al declive de la llamada democracia liberal.

El cuarto punto observado por Sandel, es la conversión de la universidad en una suerte de escuela primaria para la clase política. Los títulos universitarios han pasado a ser, en su opinión, credenciales para ingresar a la meritocracia, independientemente de las profesiones estudiadas. Lo importante, lo decisivo, es haber pasado por una universidad. En cierto modo, acotamos, el título universitario está por convertirse en un equivalente de los títulos nobiliarios del periodo medieval. Con la diferencia, opina Sandel, que los siervos de la tierra no se sentían desgraciados por no ser duques o marqueses pues ese era simplemente su destino. En cambio, en nuestro tiempo, quienes realizan útiles e importantes trabajos técnicos o manuales, aún obteniendo ingresos más altos que muchos egresados universitarios, son despreciados por la clase meritocrática. “Política de la humillación”, la llama no sin razón, Sandel. El resultado no puede ser peor: la meritocracia ha devaluado la dignidad del trabajo en una sociedad que precisamente existe gracias al trabajo, individual y colectivo.

No es mucho lo que dice Sandel -aparte de ciertas recomendaciones a las universidades- para cambiar el rumbo del orden meritocrático. No obstante, en su libro hay abundante material para seguir pensando sobre el tema. Por de pronto, parece ya ser imposible retornar al orden social pre-meritocrático. Como el mismo Sandel anota, el orden actual ha sido un resultado de los procesos de globalización económica, y esa globalización, hay que admitirlo, es irreversible. Ningún América First la puede revertir.

La crisis de representación política observada en la mayoría de los países democráticos no ocurrió por un decreto de los meritócratas. En los EE UU, por ejemplo, el Partido Demócrata ya dejó de ser el partidos de los granjeros y de la población trabajadora. Mucho más dramático ha sido el caso de los laboristas ingleses y de los socialdemócratas europeos. Su base de apoyo histórico, los trabajadores sindical y políticamente organizados, están a punto de desaparecer. El “proletariado” de los marxistas se ha convertido en una clase internacional pero sin bases de acción nacional sobre la cual practicar su “lucha de clases”. Ha llegado a ser –eso no lo imaginó Marx- una clase global, tan global como lo son las empresas financieras. La enajenación del trabajo por el capital ha alcanzado tal radicalidad que casi ningún trabajador sabe si sus verdaderos patrones están en Singapur, Hong Kong o Taiwan. Y bien, contra esos empresarios invisibles no hay huelga que valga. El nexo que unía a la economía con la política ha sido roto, y quizás para siempre. Razón que explica por qué los partidos políticos, en particular los llamados progresistas y de izquierda, después de haber representado a la “clase obrera”, se han convertido en partidos que solo predican un moralismo igualitario (feminista, anti-racista, ecologista) pero emancipado de los actores sociales que alguna vez representaron. En cierto modo, tales partidos han llegado a ser parte del problema: el de la desigualdad de derechos que se da entre los meritoristas y las grandes masas excluidas de toda representación meritocrática.

En cierto modo, lo que propone Sandel, es el cambio de un discurso cuyos orígenes míticos se encuentran en el propio “sueño americano”, exportado con éxito a diversas regiones de la tierra. Hay que romper definitivamente, es su opinión, con la falsa diferencia entre oficios meritorios y no meritorios. Hay que recuperar de una vez por toda la creencia de que no hay trabajos más dignos que otros si todos sirven al bien común. No hay ninguna razón para pensar que el trabajo de un plomero o de un electricista es inferior al de un cientista social. Por cierto, hay malos electricistas y malos plomeros. Pero también hay cientistas sociales, algunos egresados de las más renombradas universidades, que no son más que simples charlatanes (podría certificarlo).

Hay que dejar de lado la antigua creencia relativa a las grandes diferencias (las hay pero no son tan grandes) entre el trabajo manual y el intelectual. Al fin y al cabo las manos del trabajador manual no se mueven solas, las manda el cerebro. Hay que terminar en fin, con los políticos de criadero y ceder el paso a los auténticos representantes de las demandas e intereses reales.

Un gran intelectual, pienso en el checo Váklav Havel, puede ser sin duda un gran presidente. Pero también personas como Abraham Lincoln o Lech Valesa, que nunca pasaron por una universidad, pueden ser, y lo fueron, magníficos mandatarios. Para gobernar bien no se requiere diplomas ni doctorados. Las virtudes principales de un gobernante, dice Sandel, son dos: “la sabiduría práctica y las virtudes cívicas”.

Sandel sabe que un cambio discursivo no tendrá lugar de la noche a la mañana. En términos optimistas, podemos pensar que eso solo sucederá cuando los trabajadores surgidos en el periodo de transición que va de la sociedad industrial a la sociedad digital, alcancen un mínimo de autoconciencia social.

Los oficios que requieren cualidades programadoras, los trabajadores del servicio público y privado, los cientos de miles que laboran aislados en su home office, y no por último, los trabajadores emigrantes, deberán crear, tarde o temprano, formas colectivas de organización política y social. Pero eso solo sucederá cuando aparezcan políticos dispuestos a reivindicar la dignidad del trabajo, sea este el más sucio o el más poético. Los necesitamos a los dos. Sin ellos, somos nada. O muy poco.

Interesante: la mayoría de los críticos de Sandel lo ubican como un filósofo de izquierda. Sin embargo, las fuentes a las que recurre Sandel están muy lejos de las de cualquier izquierdista. Sus mentores teóricos son John Rawls y su Teoría de la Justicia, y Friedrich August von Hayek y su conocida diferencia entre “mérito y valor”. Y casi al final de su libro, Hegel. El abstruso (sic) G.W.F. Hegel y su teoría del reconocimiento.

Ese Hegel que rompió con la teología cristiana del mérito, la ética protestante del trabajo (en contra de las ideas originarias de Calvino y Lutero, agrega Sandel) según la cual, los que se portan bien en esta tierra (los que trabajan) serán los ganadores e irán al cielo y los que se portan mal (los que no trabajan) al infierno.

Para el Hegel de La Filosofía del Espíritu, el ser tiene dos dignidades: la que le otorga su propio ser, y la que le otorgan los demás. Pero sin la segunda, la primera no aparecerá nunca. El ser, el humano al menos, necesita ser reconocido como tal, en su trabajo y en su vida. Sin el reconocimiento del otro -justamente el no practicado por “la tiranía del mérito”- perdemos nuestra dignidad de ser en el mundo. Reconocimiento que vale para los políticos como para los no políticos. Los primeros requieren de los representados para no convertirse en mercachifles productores de eslogans atractivos, simples narcisistas, encerrados en las jaulas de un poder cada vez mas imaginario. Los segundos, los representados, requieren de sus representantes, seres ligados a ellos, ojalá salidos de sus propias filas, espejos de ellos mismos en las salas del poder.

Y si eso no sucede, el mensaje político de Sandel es muy claro: vendrán los Trump y las diversas variantes internacionales del trumpismo, sea en sus versiones de izquierda o de derecha, y asaltarán a este mundo como si este mundo fuera lo que puede llegar a ser: un inmenso Capitolio global.

13 de mayo 2021

Polis

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Mariana Mazzucato Rainer Kattel

La respuesta a la emergencia climática es difícil para todos, pero en particular para los países cuyas economías dependen de la extracción o producción de petróleo. La descarbonización es una oportunidad de iniciar una revolución industrial verde, pero conforme más y más naciones se sumen a este camino hacia la prosperidad futura, los activos, las tecnologías y las capacidades que dependen de los combustibles fósiles irán perdiendo valor, y eso pondrá en riesgo el empleo, las exportaciones y la innovación industrial en las economías dominadas por el petróleo.

Una de estas economías, Noruega (tercer mayor exportador de gas natural del mundo) hoy enfrenta un desafío singular. Su estructura industrial y de inversiones está muy ligada a los sectores y servicios basados en los hidrocarburos (que en 2019 generaron el 36% del total de exportaciones), pero la energía que consume procede casi en su totalidad de fuentes renovables (conversión de la energía hídrica). De modo que tal vez la economía noruega ya esté lista para una transición industrial verde, con la salvedad de que la caída de la demanda global de combustibles fósiles trabará su principal motor de crecimiento.

La dependencia noruega de los hidrocarburos es un síntoma de la «enfermedad holandesa»: el problema que se da cuando un sector dominante prospera en detrimento del resto. La enorme disparidad de la inversión en hidrocarburos respecto de otras industrias atrae al sector de los combustibles fósiles a los profesionales más capacitados. Al mismo tiempo, la extraordinaria rentabilidad del sector gas petrolero ha generado un crecimiento excesivo de precios y salarios en el resto de la economía, que crea dificultades para otros exportadores.

Por eso Noruega ha sido uno de los países de la OCDE que desde fines de los noventa perdió más cuota de mercado internacional en los sectores exportadores no vinculados con la energía. Durante la última década hubo en Noruega un crecimiento sostenido del déficit comercial no petrolero, y la participación del sector fabril en la economía se redujo a la mitad respecto de los otros países nórdicos.

Para colmo de males, un informe reciente de la Oficina Central de Estadísticas de Noruega prevé que durante la próxima década, la inversión en el sector energético noruego se reducirá. Mientras que la inversión anual promedio en el sector durante la década anterior superó los 170.000 millones de coronas noruegas (unos 20 000 millones de dólares), se calcula que entre 2025 y 2034 esa cifra disminuirá unos 60 000 millones de coronas (incluso sin políticas de restricción a la producción de petróleo).

Es evidente que Noruega necesita una nueva estrategia industrial. En un informe reciente, proponemos un modo de usar los recursos técnicos y financieros del sector petrolero para convertir a Noruega en un «gigante verde». Pero la transición de la extracción de petróleo a una economía más verde no será automática: demanda una acción audaz, pero muy bien calibrada, del sector público. El gobierno no puede micro gestionar el proceso, porque asfixiaría la innovación, pero tampoco puede dejarlo enteramente en manos del mercado.

La solución es que los gobiernos muestren el rumbo con inversiones de alto riesgo en las primeras etapas, a las que luego se sumarán los actores privados, con recompensas para aquellos que estén dispuestos a invertir e innovar. En el caso de Noruega, se necesita una estrategia industrial que dirija los considerables recursos financieros del Estado hacia inversiones en la creación de una nueva base industrial centrada en la energía verde.

Noruega cuenta con el mayor fondo de pensiones soberano del mundo, pero todavía no canalizó sus recursos a inversiones en la transición verde, dentro o fuera del país. Por el contrario, el Statens Pensjonsfond Utland (SPU) noruego es uno de los principales financistas de algunos de los proyectos de combustibles fósiles más devastadores que hoy están en fase de planificación o desarrollo. Un informe reciente advierte que apenas doce de esos proyectos consumirán tres cuartas partes de lo que queda del presupuesto de carbono del mundo, lo que hará sumamente difícil limitar el calentamiento global a 1,5 °C.

Según la normativa fiscal noruega actual, el SPU deposita los ingresos derivados del petróleo en un fondo destinado a la inversión en el extranjero. Todos los años Noruega transfiere a la economía nacional, en promedio, un 3% del valor del fondo, un ritmo de retiro sostenible, ya que coincide con la rentabilidad prevista del fondo.

Esta política ha resultado eficaz para limitar la presión inflacionaria derivada de la extracción de petróleo, al tiempo que proveyó una fuente de ingresos adicional al Estado. Pero hoy Noruega necesita un proceso de financiación paciente y duradero que haga posible la diversificación económica. Como la normativa fiscal actual permite mantener grandes inversiones públicas fuera del presupuesto normal del Estado, está agravando la enfermedad holandesa, al perpetuar una dependencia del pasado (o «path dependency») determinada por el petróleo.

Pero no tiene por qué ser así. Es posible convertir al SPU en un potente inversor con sentido de misión y presencia dentro y fuera del país. En vez de usar los ingresos derivados del petróleo para recapitalizar el fondo, se los puede dirigir a un nuevo banco público de inversión verde, que actúe en forma coordinada con otros fondos públicos y organismos dedicados a la transición verde.

El sistema nacional noruego de innovación se caracteriza por una importante participación estatal. En particular, el Estado noruego posee el 67% de la empresa insignia de la industria petrolera noruega, Equinor (antes llamada Statoil). Pero las empresas estatales noruegas que en otros tiempos fueron actores fundamentales para crear de la nada el ecosistema industrial petrolero, no han tenido el mismo papel en la transición verde. En vez de reinvertir sus ganancias en fuentes de energía renovables, en 2019 Equinor anunció que de aquí a 2022 gastará cinco mil millones de dólares en la recompra de acciones propias.

El shock de la COVID‑19 puso de manifiesto los riesgos que supone una dependencia excesiva de los (volátiles) mercados energéticos. Mientras que la gigante energética danesa Ørsted atravesó la pandemia sin mayores inconvenientes y no detuvo el proceso de transición a las fuentes renovables que inició una década atrás, Equinor tuvo que reducir dividendos y endeudarse para mantener sus compromisos con los accionistas en un contexto de ingresos insuficientes.

Igual que su homóloga danesa, Equinor debe convertirse en una gigante de la energía con sentido de misión. Eso demanda liberar a sus directivos de la presión por la distribución de dividendos, devolviéndole la condición de empresa totalmente estatal centrada en el futuro económico del país.

10 de mayo 2021

Traducción: Esteban Flamini

Project Sybdicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/use-norway-sovereign-wealth...

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