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Opinión

Ignacio Avalos Gutiérrez

Al Observatorio de los Derechos Humanos de la ULA

Los hechos han ido mostrando como la utopía digital, bordada de esperanzas cuando apareció la internet, ha ido mostrando su cara distópica y poniendo sobre la mesa planetaria un asunto cuya relevancia es difícil de exagerar.

Se desarma la democracia

Distintos organismos internacionales han constatado que el Coronavirus ha infectado también a la democracia, exacerbando tendencias que ya venían de antes. Los índices de autoritarismo se han elevado de manera notable, al punto que pareciera que la democracia ha sido colocada entre paréntesis en algunas naciones, a la par que se ha reforzado el autoritarismo ya existente en otras. La revolución digital (inteligencia artificial, los algoritmos, la robótica, los datos…) reconfigura progresivamente el poder político, expresado en populismos de izquierda y de derecha, despachando la intermediación institucional, propio del sistema democrático y sustituyendo la condición ciudadana por lo que se ha definido como el “dataísmo”.

Nos acercamos a una sociedad trenzada en torno a la vigilancia, en nombre del orden y la seguridad. Lo anterior, de acuerdo a lo expresado recientemente por el filósofo Daniel Inneraity “… aparece como una posible pérdida masiva del control sobre nosotros mismos y una transferencia de nuestro auto gobierno hacia unos algoritmos opacos, unas máquinas irresponsables y una destrucción de nuestro ya precario contrato social.”

Reformular los derechos humanos

En la nube, como se identifica a ese amontonamiento de silicio, cables y metales, es donde se atesoran los millones de datos que permiten observar la vida de los terrícolas, sin la autorización de éstos, por cierto. Desde allí resulta factible auscultar lo que es cada quien, mediante informaciones que antes solo eran accesibles a los propios individuos y que ahora se encuentran a la mano de observadores externos (gobiernos, empresas), que los recogen y clasifican, empleándolos para manipular y predecir la conducta humana.

Por otro lado, la mentira, que, de acuerdo a los historiadores, fue inventada desde los tiempos de Adán y Eva, se ha sofisticado gracias a las innovaciones digitales, abriéndole el paso a la era de la post verdad, en la que se versiona la realidad a fin de que no se parezca a ella misma, dañando seriamente la textura de la democracia, y probando que no hay medio más eficaz de ejercer el poder que contando con la facultad para establecer lo que es cierto. Así, se erosiona la privacidad y se constriñe peligrosamente el libre albedrío.

Emerge, entonces, la necesidad de repensar los derechos humanos, ajustándolos a las nuevas condiciones, que incluyen, cabe mencionarlo, aunque sea de pasada, las perspectivas que afloran desde la evolución del conocimiento sobre el cerebro y de los mecanismos para intervenirlo, colocando en el tapete la defensa de los neuro derechos.

Las elecciones según Xi Jinping

Se dice, pues, que la democracia regida por las matemáticas es más representativa que la tradicional democracia representativa. Que las elecciones no tienen mayor sentido, tal como expresó el Primer Ministro chino, alegando que la opinión ciudadana puede expresarse diariamente y ser procesada desde el poder político, planteando así un debate imprescindible con muchas interrogantes, respecto a las que ya empiezan a aparecer algunas respuestas.

El proceso de transformación descrito en estas cortas líneas está siendo instrumentalizado por empresas y gobiernos. Desde las ciencias sociales y humanas se interroga si bajo la promesa de hacernos la vida más fácil, se está cambiando lo que denota al ser humano. En este sentido, se advierte la posibilidad de “…modificar nuestra conducta a tal punto de cambiar nuestra concepción de la persona. Las criaturas que habitan el planeta se volverían cada vez menos como nosotros”, apreciación que ha generado una discusión que se da en variados ámbitos.

En suma, hay que darle otro rumbo a la revolución tecnológica. La buena noticia es que cada vez hay más conciencia de ello y son más numerosas las iniciativas que marchan en esa dirección.

No esta de más señalar, por último, que todo lo anterior nos concierne a los venezolanos. Hasta nuestro país llegan también los vientos que soplan por otros lados y hay evidencia de ello. Creo que tenemos el derecho a preocuparnos y la obligación de ocuparnos

HARINA DE OTRO COSTAL

El Ejecutivo presento a la Asamblea Nacional un paquete de leyes para su aprobación, en donde figura un proyecto de Ley Orgánica sobre los Derechos de la Madre Tierra. Cabe deducir, a partir del título, que se trata de una iniciativa de corte ecológico, que dispone medidas relativas al cambio climático, al respeto de la biodiversidad, en fin. Si fuera así, resulta complicado imaginar cómo se aplicará con respecto al Arco Minero, por sólo citar un ejemplo.

El Nacional, 15 abril 2021

 3 min


Javier Corrales

El domingo, los votantes de Ecuador eligieron a Guillermo Lasso, un exbanquero que está a favor de las políticas de libre mercado, como presidente. Votaron por él en lugar de por Andrés Arauz, un populista de izquierda. Algunos analistas lamentan el fin del progresismo, pero lo que realmente vimos fue un bienvenido golpe a una extraña forma de política del hombre fuerte: el fenómeno de expresidentes que buscan extender su control e influencia eligiendo y respaldando a sus “delfines” en elecciones nacionales.

Arauz fue designado personalmente por el expresidente Rafael Correa, un economista semi autoritario que gobernó Ecuador de 2007 a 2017. La elección no fue solo un referendo sobre el papel del Estado en la economía, sino de manera más fundamental sobre la siguiente pregunta: ¿Qué papel deben desempeñar los expresidentes en la política, si es que acaso deben desempeñar alguno?

En América Latina se ha vuelto normal que exmandatarios impulsen a candidatos sustitutos. Se trata de una forma extraña de caudillismo, o política del hombre fuerte, combinada con continuismo, o continuidad de linaje, pensada para mantener a los rivales al margen.

Los expresidentes son los nuevos caudillos: pretenden extender su mandato a través de los herederos que escogen, algo llamado delfinismo, de “delfín”, el título dado al príncipe heredero al trono de Francia entre los siglos XIV y XIX.

En la última década, al menos siete presidentes elegidos democráticamente en Latinoamérica fueron escogidos por su predecesor. El más reciente, Luis Arce, llegó al poder en Bolivia en 2020, patrocinado por el exmandatario Evo Morales. Estos candidatos sustitutos le deben mucho de su victoria a la bendición de su jefe, la cual tiene un precio: se espera que el nuevo presidente se mantenga leal a los deseos de su patrocinador.

Esta práctica ata con esposas de oro a aquellos recién electos y socava la democracia en el proceso. Más que pasar la estafeta, los expresidentes emiten una especie de contrato de no competencia. En Argentina, una expresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, contendió como compañera de fórmula de su candidato presidencial escogido, Alberto Fernández.

Este estilo actual de política caudillista es la actualización de una actualización. En la versión clásica de la política del hombre fuerte —que dominó la política latinoamericana tras las guerras de independencia del siglo XIX y hasta la década de los setenta— muchos caudillos buscaban mantener su poder al prohibir o amañar las elecciones una vez que llegaban a la presidencia, una maniobra que usó famosamente el dictador mexicano Porfirio Díaz, o simulando golpes de Estado si no podían ganar, una estrategia empleada por el dictador cubano Fulgencio Batista en 1952.

Este modelo clásico de continuismo era traumático. En México y en Cuba, incitó ni más ni menos que dos revoluciones históricas que resonaron en el mundo entero.

Latinoamérica actualizó este modelo de caudillismo. Los golpes de Estado y las prohibiciones de elecciones se volvieron obsoletos en la década de 1980 y, en lugar de abolir la democracia, se volvió usual que los líderes comenzaran a reescribir las constituciones y a manipular las instituciones para permitir la reelección. Comenzó el auge de las reelecciones. Desde Joaquín Balaguer en la República Dominicana en 1986 hasta Sebastián Piñera en Chile en 2017, Latinoamérica tuvo a 15 expresidentes que volvieron a la presidencia.

No obstante, el modelo del continuismo a través de la reelección ha enfrentado obstáculos de manera reciente debido a que varios expresidentes se han visto envueltos en problemas legales.

Tan solo en Centroamérica, 21 de 42 expresidentes han tenido problemas legales. En Perú, seis expresidentes de los últimos 30 años han enfrentado cargos de corrupción. En Ecuador, Correa fue sentenciado por recibir financiamiento para su campaña a cambio de contratos estatales. Él afirma que es una víctima de persecución política. Su respuesta fue usar la campaña de Arauz como boleto para recuperar su influencia. En cierto momento de la campaña, el candidato promovió la idea de que un voto por él era un voto por Correa.

Durante la campaña presidencial de Ecuador, el candidato Andrés Arauz promovió la idea de que un voto por él era un voto por el expresidente Rafael Correa.

Estas complicaciones legales alientan a los expresidentes a tratar de respaldar a sustitutos que, como mínimo, podrían darles un indulto si resultan electos.

Los expresidentes parecen pensar que la versión más reciente del caudillismo libera al país del trauma. El presidente Alberto Fernández aseguró que cuando su jefa, la expresidenta Fernández de Kirchner, lo eligió como su candidato porque, argumentó, el país no necesitaba a alguien como ella, “que divide”, sino a alguien como él, “que suma”. A su vez, Fernández de Kirchner fue elegida heredera por su difunto esposo, el expresidente Néstor Kirchner.

No obstante, esta subrogación política difícilmente resuelve el trauma asociado con su continuismo inherente. De hecho, lo hace más tóxico. Con excepción de los simpatizantes del expresidente, el país ve el truco como lo que es: una tentativa evidente de restauración.

Los problemas del delfinismo van más allá de intensificar la polarización al exacerbar el fanatismo político y puede conducir a consecuencias aún más graves. En el México de antes del año 2000, en el que los presidentes prácticamente escogían personalmente a sus sucesores, los exmandatarios solían seguir la norma de retirarse de la política, por lo que concedían suficiente autonomía al sucesor.

Sin embargo, en la versión más reciente del delfinismo, los sucesores no son tan afortunados. Los expresidentes que los patrocinaron siguen entrometiéndose. Esta interferencia produce tensiones para gobernar. El mandatario en funciones pierde su relevancia de manera prematura, con todos los ojos puestos en las opiniones del presidente anterior, o en algún momento busca romper con su jefe. La separación puede detonar guerras civiles terribles.

Estas rupturas a menudo son inevitables. Los delfines electos enfrentan nuevas realidades con las que sus impulsores nunca lidiaron. Además, con frecuencia tienen que arreglar el desastre que dejaron sus jefes.

Lenín Moreno, el actual presidente de Ecuador, quien fue seleccionado por Correa, tuvo desacuerdos con él respecto a una serie de políticas autoritarias de izquierda impulsadas por revelaciones de corrupción. El resultado fue una lucha de poderes que dividió a la coalición gobernante y entorpeció la capacidad del gobierno de lidiar con la crisis económica y luego con la pandemia de la COVID-19.

Una lucha similar ocurrió en Colombia cuando el entonces presidente Juan Manuel Santos, escogido por Álvaro Uribe, decidió llegar a un acuerdo de paz con las guerrillas, con lo que desafío la postura de Uribe. El resultado fue una especie de guerra civil entre ambos hombres que rivalizó en intensidad con la guerra contra las guerrillas a la que el gobierno intentaba poner fin.

No hay una solución sencilla a este tipo de continuismo. Los partidos deben dejar de poner a sus expresidentes en un pedestal. Necesitan reformar las precandidaturas para asegurarse de que otros líderes, no solo los exmandatarios, tengan los medios para competir de manera interna. Los países latinoamericanos han hecho mucho para garantizar que haya una fuerte competencia entre partidos, pero mucho menos para garantizar la competencia dentro de los partidos.

Nada huele más a oligarquía y corrupción que un expresidente que intenta mantenerse vigente a través de candidatos sustitutos. Y Ecuador ha demostrado que esta manipulación política puede acabar por empoderar precisamente a las mismas ideologías políticas que los expresidentes pretendían contener.

14 de abril 2021

The New York Times

https://www.nytimes.com/es/2021/04/14/espanol/opinion/caudillos-america-...

 5 min


Fernando Mires

Hay insultos e insultos. Los hay de carácter ofensivo, pero también defensivos. Insultamos cuando no podemos resistir el malestar, odio, rechazo que nos inspira un prójimo. Pero también como respuesta airada al que nos insulta o simplemente ofende.

No pocas veces un insulto opera como un mecanismo de protección. Protege y defiende al "yo" lastimado por un agresor. También hay insultos sutiles, dichos sin procacidad, sin necesidad de ensuciar el lenguaje. Podemos por ejemplo decir a alguien: “lo que usted ha dicho es una imbecilidad”. Pero con cierta finura, decir lo mismo: “Pienso que usted es mucho más inteligente que lo que usted dijo”. Por supuesto, hay insultos irreflexivos, cuando por ejemplo las palabras se nos escapan de la boca. A veces nos arrepentimos de haber dicho lo que dijimos. Por lo general, cuando ya es muy tarde.

En todos los casos siempre insultamos con signos que pueden ser mímicos u orales. Podemos decirle boludo a alguien con un simple movimiento de manos. O estás loco, atornillándonos la sien. Los chicos digitales de nuestro tiempo se insultan hasta con emojis. A veces lo hacemos con los ojos. Ah, sí, sobre todo con los ojos: una mirada de odio duele más que mil palabras. Y no nos olvidemos: hay insultos crueles, pensados lentamente para herir a alguien donde más le duele. Son los peores.

Insultar es una propiedad humana. Los animales no insultan. Ni siquiera odian. Cuando matan, lo hacen por hambre, no por odio. El insulto, aunque parezca raro decirlo, es una línea que separa a la animalidad pura de la animalidad humana. Un producto neto de nuestra cultura. Antes de que aprendiéramos a insultar, nos golpeábamos: con las manos, con piedras, con machetes. Si así se ve, el insulto puede ser considerado como un verdadero logro civilizatorio. Siempre será mejor insultarse que matarse entre sí.

A la larga tipología de insultos, después de conocidas las palabras con las que se refirió el presidente Joe Biden a su equivalente ruso, Vladimir Putin, nos vemos ahora obligados a agregar una nueva categoría. Nos referimos al insulto político.

Un insulto político no es lo mismo que un insulto entre políticos quienes, lo vemos a diario, no escatiman ofensas al referirse a los del bando contrario. Insultos que forman parte de la política del espectáculo, sobre todo en periodos electorales. Y, hablando con sinceridad, sin esos insultos la política sería todavía más aburrida de lo que es.

Entendemos en cambio por insulto político – anoten - un insulto orientado a producir efectos políticos. Fue el caso de Biden cuando se refirió a su colega ruso con el epíteto de asesino. La respuesta al periodista George Stephanopulus cuando este preguntó a Biden si cree que Putin es un asesino, no pudo ser más terminante. “Sí” – “creo que lo es”- . Nada menos que asesino. No fue poco. No era a mí, pero me dolió.

No fue un insulto dicho en medio de una rencilla o acalorado debate; tampoco una respuesta a una agresión verbal. En ningún caso un producto de la ira mal contenida. Ni siquiera fue una palabra emocional o espontánea. Fue un insulto dicho sin enojo, meticulosamente pensado, planeado con una calculadora en la mano. Si se quiere, un insulto instrumental, un medio para conseguir algo que en las palabras de un político de la envergadura, experiencia y responsabilidad de Biden, es un objetivo. Y esa es la pregunta: aparte de que para muchos Biden dijo la verdad, ¿cuál fue el sentido político del insulto?

Comencemos por lo más evidente: El de Biden fue un insulto dicho en el marco de la política internacional de nuestro tiempo. No obstante, quienes nos ocupamos con temas políticos, hemos aprendido que casi siempre las opiniones que emiten los gobiernos en materia internacional, hunden raíces profundas en la política nacional. En efecto, rara vez un político, menos si es presidente, expresa opiniones internacionales que contradigan a sus posiciones nacionales. Desde esa perspectiva, decir que Putin es un asesino, puede ser considerada como una expresión con incidencia en el espacio estadounidense. El mismo Biden lo dijo con suma claridad: “Putin enfrentará las consecuencias de sus esfuerzos para que las elecciones presidenciales favorecieran a Donad Trump”. Y después remachó con ese tono de cowboy al que ya nos tienen acostumbrados los presidentes norteamericanos “Putin pagará un precio”. Acerca de cuál será ese precio, no dijo nada.

El insulto a Putin, imposible opinar de otra manera, fue dirigido a la ya formada oposición trumpista. Al decir, Putin es un asesino, Biden estaba diciendo: con ese asesino estableció empatía el gobierno anterior. A ese asesino le fue permitido inmiscuirse en las elecciones norteamericanas, caso inédito en nuestra historia. Ese asesino, en fin, reconoció a nuestro triunfo de modo muy tardío, esperando que Trump agotara todos sus recursos legales e ilegales, incluyendo el capitoliazo. El insulto entonces fue un alerta dirigido a Putin y a Trump a la vez. Quiso decir: no intenten de nuevo violar la soberanía electoral de nuestra nación. El insulto, así oído, fue también un ultimátum.

El insulto, todos lo saben, no alterará las relaciones económicas entre los EE UU y Rusia. Nada más absurdo que imaginar una paz mundial amenazada por un mero insulto. Pero sí, y esto es lo importante, ha trazado una línea demarcatoria entre la economía y la política. Significa: desde ahora los negocios serán los negocios y la política será otra cosa. Una clara diferenciación con la doctrina Trump.

Si uno sigue con atención los discursos de Trump, será fácil darse cuenta de que para el ex- mandatario no existía diferencia entre la economía y la política. Su máxima era: la política, si existe, está subordinada a la razón económica. Nuestros socios comerciales serán nuestros aliados políticos. Nuestros competidores, China sobre todo, serán nuestros enemigos políticos. Así se explica por qué durante Trump, el respeto a los derechos humanos nunca ocupó un lugar destacado en la planilla de su política exterior. Según el economicismo trumpiano, los acuerdos climáticos, la pertenencia a macro organizaciones como la OMS, la inserción en la NATO, la alianza con la UE, no eran compromisos rechazables por ser ineficaces, sino simplemente porque no eran rentables. El patriotismo de Trump era antes que nada un patriotismo económico.

Naturalmente, afirmar que Rusia está gobernada por un presidente asesino, encierra, además, un mensaje dirigido a los aliados occidentales de EE UU. Para nadie es un misterio que Europa se encuentra acosada desde dentro y desde fuera. Desde dentro, por nacional populismos fascistoides, la mayoría de ultra derecha, pero también de ultra izquierda, todos apoyados desde el Kremlin. De acuerdo a la estrategia internacional de Putin, todos los movimientos, partidos y gobiernos nacional-populistas son caballos de Troya cuya función es desestabilizar a los gobiernos democráticos del continente.

Desde fuera, el acoso a Europa proviene en gran parte de Rusia. Hay países, sobre todo los bálticos, que temen por la violación de su soberanía nacional. Si Trump hubiera sido reelegido, Putin habría dado por descontada la “recuperación” de Ucrania. En ese sentido la palabra “asesino” debe haber sonado en las orejas de Putin con la misma melodía que escuchó Stalin a las de Truman, cuando aconsejado por Churchill dijera la legendaria frase dirigida a la URSS: “ningún paso más” (1947). Asesino en fin, es una palabra cargada con una abierta declaración de hostilidad hacia el gobierno de Putin. Podemos cooperar tecnológicamente, ser socios comerciales, pero amigos, jamás. Punto.

La palabra “asesino” también debe haber sido escuchada con beneplácito en los países sometidos por la Rusia neo-imperial. No olvidemos que Trump no gastó una sola palabra de solidaridad por los demócratas de Bielorrusia. Naturalmente, debe haber pensado, la solidaridad con esa gente no es rentable y la solidaridad no se come.

Los demócratas de Bielorrusia y de otras naciones sometidas a la Rusia de Putin no piensan seguramente que bajo Biden los EE UU intervendrán para liberarlos de la dominación extranjera. Pero al menos ya saben que no están solos en este mundo, ni tampoco librados a su perra suerte. Y eso es importante. Muy importante para la autovaloración de esos movimientos.

Ahora, dejando aparte las implicaciones nacionales e internacionales del insulto proferido por Biden, es imposible no pensar que al leerlo, muchos no dejaron de sentir un sensación liberadora. Al fin alguien decía, con todas sus públicas letras, una verdad que millones repetían en privado. Putin es un gobernante asesino que ha mandado matar a muchos opositores. Entre ellos a ese símbolo de las luchas democráticas llamado Navalny, hoy encerrado en un campo de concentración por el solo delito de no haber muerto. Desde ahora al fin, será posible decir que Putin es un asesino, sin tapujos, sin temer que Twitter u otra red de redes vaya a cerrar tu cuenta. Un tabú ha sido roto.

En el conocido cuento de Hans Christian Andersen, todos los súbditos alababan el traje del emperador, hasta que un niño exclamó: ¡"Pero si el Rey está desnudo”! Por cierto, Joe Biden está muy lejos de ser un niño. Pero su insultante verdad tuvo el mismo efecto que en el cuento: Putin está desnudo.

Marzo 22, 2021

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2021/03/fernando-mires-biden-el-insulto...

 7 min


BioEconomia

Los «chocolates respetuosos con el medio ambiente», elaborados con procesos de bajo desperdicio y conciencia social, están ganando rápidamente mercado con una base de clientes leales en India, según informó el medio local The Last Minute.

Nitin Chordia, fundador de la fábrica de chocolates sostenibles Kocoatrait, una de las pioneras en este segmento, contó que todo comenzó con un viaje a Bélgica y Francia, donde aprendió a hacer chocolate. De regreso a casa, en 2019, él y su esposa Poonam comenzaron a fabricar comprando los granos directamente a los productores de cacao y haciendo ellos mismos el tostado y molido. Los emprendedores incorporaron al proceso y el envoltorio los principios de la economía circular.

“Nuestra marca se enfoca en la envoltura del producto. Una gran cantidad de desechos plásticos utilizados para envolver chocolates llega a los océanos”, dijo Chordia. Para mantener la envoltura de su chocolate libre de plástico, la pareja usa materiales de tela de algodón desechados, recuperados de las fábricas de ropa en Coimbatore en Tamil Nadu, junto con cáscaras de cacao, que también son productos de desecho después del tostado que terminan en los vertederos.

“Desde el principio, estábamos decididos a estar libres de plástico y recuperar los materiales desechados por otras industrias para hacer la envoltura. Entonces, básicamente, estas dos cosas se utilizan para hacer nuestra envoltura para los chocolates sin adición de pulpa de madera. Después del consumo, el envoltorio se puede utilizar para otros fines, como un marcador o una tarjeta de felicitación, sin que vaya directamente al recipiente de basura, como es el caso de muchas marcas de chocolate convencionales”, dijo. El empaque también es exactamente del tamaño de la barra y no hay nada extra. Aproximadamente el 50% de sus clientes reutilizan el embalaje, dice Chordia.

Cuando estuvo en Europa, Nitin estuvo probando chocolates y comprendió que el cacao tiene su propio sabor y no hay que agregarle nada, narra Poonam. Es por eso que la marca ofrece solo chocolates oscuros con un uso mínimo de azúcar orgánica.

Chordia señaló que desde la pandemia de COVID-19, existe una mayor conciencia sobre el medio ambiente que los ha alentado a expandir su alcance. Durante la pandemia, su capacidad de producción se expandió y, en la actualidad, fabrican 1.500 barras al mes en su fábrica de Chennai.

Como las regulaciones de seguridad alimentaria obligan a envolver el chocolate en una lámina aparte de la envoltura exterior, cada barra de chocolate Kocoatrait está envuelta en una lámina de aluminio puro sin ninguna laminación plástica. La lámina se puede revender y reciclar a nivel industrial. Aparte del transporte, todo lo demás es cero desperdicio, afirma el empresario. No se usa plástico y la caja de cartón utilizada para empacar chocolates y enviarlos a otras ciudades es reutilizable. Las cintas utilizadas también son de papel.

Kocoatrait trabaja con productores de cacao orgánico. Chordia destacó que una de los aspectos negativos del cultivo del cacao es que consume mucha agua. Pero explicó que las granjas orgánicas se basan en el concepto de minimizar los desechos. Las hojas que caen al suelo, por ejemplo, se utilizan como abono y las mazorcas o frutos del cacao también vuelven al suelo.

15 de abril

Bioeconomía

https://www.bioeconomia.info/2021/04/15/kocoatrait-la-startup-que-incorp...

 2 min


Jesús Elorza G.

Nadie entendía porqué en los pasillos del Comité Olímpico Venezolano (COV), un dirigente deportivo se paseaba de un lado a otro, hablando solo y en voz alta.

Descarado, eres un descarado, tú única ley es vivir con descaro….repetía una y otra vez.

Quienes lo veían y escuchaban, pensaban que estaba interpretando una de las canciones famosas de Gloria Sabrina Gómez Delgado, mejor conocida como Kiara, su nombre artístico.

Pero, al acercársele algunos de los presentes y poder entablar una conversación con el dirigente, se dieron cuenta que sus palabras no eran una entonación de una canción, sino una expresión de frustración y malestar por lo ocurrido en la última Asamblea del COV, en la que fue aprobado por votación dividida, el Informe Económico de la Gestión 2020.

Eso fue un descaro. No puede entenderse, salvo complicidades de quienes votaron a favor, haber aprobado uniforme a pesar del cúmulo de evidencias que señalaban la falta de registro de ingresos, egresos sin soportes, nepotismo, viáticos millonarios, miserables becas para los atletas y deudas con los entrenadores, por solo citarles algunos casos señalaba enfáticamente el dirigente deportivo.

Después de una pequeña pausa, retomó la palabra para continuar con su explicación; ya en el pasillo se había congregado un grupo numeroso, conformado por atletas, entrenadores, empleados y secretarias del COV. Vean esto, dijo al momento de señalar un documento referido a la Estructura Organizativa de “Punto Olímpico”, organismo encargado de la difusión de las actividades realizadas, a través de todos los medios de comunicación:

DIRECTORIO

- Editor Jefe: Eduardo Álvarez

- Presidente: Esteban Álvarez

- Vice presidencia: Gilberto Cáceres

- Dirección General: German Jaspe

- Dirección Grafica: Génesis Álvarez, Nohé Vásquez y la empresa Creatio Arts

- Dirección de Eventos Especiales: Gilberto Cáceres

- Consejo de Redacción: Milagros Rodríguez y Yanny Figueroa

- Fotografía: Edixon Gámez y Carlos Puche

- Distribución: Carina Vásquez

En ese documento queda plasmado el mayor descaro del presidente del COV, puesto que en el mismo pone en evidencia su control autoritario y su permanente conducta nepótica. Se auto presenta como jefe máximo de la organización, coloca arbitrariamente a su hijo como Presidente, a su hija y a su cuñado como Directores Gráficos, tiene el control de la empresa editora Creatio Arts y cierra con broche de oro monárquico nombrando como Jefa de Distribución a su cuñada.

El “guiso en su punto”, dijo uno de los presentes, afirmación esta aceptada por todas las demás personas que abarrotaban el pasillo. Acto seguido y como una muestra de solidaridad con el dirigente, todos comenzaron a corear:

Descarado / eres un descarado

tú única ley es vivir con descaro

Descarado / eres un descarado.

Al disolverse el inesperado encuentro, quedó en el pensamiento de los presentes la necesidad de rescatar los valores Democracia y Libertad para impulsar el deporte y liberarlo de las garras del totalitarismo, la autocracia, el nepotismo y la corrupción.

El peso de la historia caerá sobre aquellos dirigentes cómplices por omisión, silencio o sumisión frente a los desmanes de los que hoy tienen el control totalitario del sector deportivo.

 2 min


Andrés Ortega

La convergencia política y geopolítica entre la nueva Administración Biden y la UE y sus Estados miembros se está haciendo notar. Pero, a la vez, se puede estar generando una divergencia económica, a favor de EEUU, derivada de la manera de afrontar la recuperación de la crisis del COVID-19. Estamos ante un choque de paradigmas económicos que puede llevar a graves disfunciones transatlánticas en diversas áreas.

La convergencia política y geopolítica cubre el regreso de EEUU a un cierto multilateralismo (desbloqueo, en parte, de la Organización Mundial de Comercio –OMC– y vuelta a la Organización Mundial de la Salud –OMS–), al cultivo de los aliados y socios (en la OTAN y a través de la revitalización del QUAD con Australia, Corea del Sur, la India y Japón) y a la desactivación, al menos temporal, de algunos contenciosos comerciales con la UE. Aunque, como bien observa Luis Simón, todo está dirigido desde Washington a lograr un apoyo a su política hacia China, para lo que aún no se ha ganado totalmente a los europeos más allá de algunos gestos menores como sanciones a personas y algunas empresas, medidas replicadas por Pekín, incluso agitando a la sociedad contra algunas marcas occidentales críticas hacia algunas políticas del régimen. La política de EEUU hacia China tiende a rodearla geopolíticamente, pero no consiste ya sólo en intentar frenar su desarrollo económico, sino en acelerar mucho más el de EEUU. Y Europa se está quedando atrás.

El estímulo impulsado por la Administración Biden asciende a 1,9 billones de dólares, a lo que hay que sumar el billón aportado por la Administración Trump. En una parte importante (en torno a un 20%) son ayudas directas a los ciudadanos (el llamado helicopter money) de 1.400 euros para las personas que ganen menos de 75.000 dólares al año, o los hogares con menos del doble (la Administración Trump dio ya 600 dólares a más adultos). El de EEUU, según algunos cálculos, es más del doble del estímulo desde Europa (en torno a un 6% del PIB, importante, con fondos europeos y nacionales, aunque Europa va por delante en apoyo a la liquidez de las empresas). La Administración Biden, con estas medidas, pretende no sólo relanzar el consumo sino reducir la desigualdad directamente y vía una tasa de desempleo inferior a un 3% que haga subir los salarios.

Biden ha planteado un paquete suplementario de 2,25 billones de dólares (un 1% del PIB durante los próximos ocho años), está vez para inversión en infraestructuras –en lo que EEUU se ha quedado muy atrás de Europa–, transportes y energía limpios, y conectividad y tecnología para crear empleo e intentar asegurar que va a mantener durante años una superioridad en este terreno respecto a China, lo que no está garantizado. Esta va muy deprisa, y sin buscar beneficios inmediatos para los accionistas (a menudo el Estado) de sus empresas. Este nuevo “paquete Biden” se financiará no sólo por medio de más deuda y déficit (la hegemonía del dólar ayuda) sino vía más impuestos corporativos, en lo que puede acercarse a los deseos europeos.

La estrategia de Lisboa, de 2000, pretendía convertir para 2010 a la UE en la economía más competitiva del mundo. Fracasó en método y medios. Ahora la UE, metida en una fiebre de estrategias –pero aún no en una fiebre emprendedora– pretende recuperar el terreno perdido en estos lustros. El actual plan europeo está destinado no sólo a recuperar, sino a transformar la economía en un sentido más digital y más verde. Pero es insuficiente para lo que está en juego a nivel global. Un ejemplo es la “Brújula Digital europea” (Digital Compass) que ha presentado la Comisión Europea. Entre otros objetivos, aspira a que para 2030 Europa cubra el 20% de las necesidades mundiales de semiconductores además de disponer de su propio supercomputador cuántico. Pero ¿dónde están las inversiones, los planes para ello? ¿Y dónde una reflexión europea sobre las lecciones aprendidas de por qué hace unos pocos lustros era líder en teléfonos móviles y otras industrias de electrónica de consumo y dejó de serlo? Como recuerda Giles Merrit la nueva “fundición” de semiconductores de Infineon, el mayor productor europeo de chips en Villach (Austria) costará menos de una décima parte que la enorme planta de TSMC, de 20.000 millones de dólares, situada en el sur de Taiwán. TSMC es ahora la gran empresa de chips, con lo que Taiwán gana así en importancia estratégica. Intel, por su parte, va a invertir una cantidad similar en dos nuevas fundiciones de chips en Arizona para doblar su capacidad. Incluso cuando fabrica fuera, EEUU conserva el control sobre el diseño de los semiconductores más avanzados.

EEUU está vacunando más rápidamente que la UE su población, lo que influye en la marcha de la economía, pero la diferencia en los estímulos también cuenta en las distintas velocidades de recuperación. La UE ha optado por el sistema alemán (de ERTE en España) de empleo o paro relegado y parcial para impedir un aumento masivo del desempleo, pero tiene límites. EEUU no; prefiere las ayudas directas. La OCDE calcula no sólo que en 2021 la economía estadounidense va a crecer a un 6,5% y la de la eurozona a un 3,9% (aunque en 2022, si no hay una nueva caída en recesión debido a la pandemia, se igualarán más), sino que el estímulo de EEUU va añadir un punto porcentual al crecimiento mundial. A finales de año la economía de EEUU estará un punto por encima de las proyecciones pre-COVID, y para 2022, según las proyecciones, habrá crecido un 6% respecto a antes del COVID, mientras la europea estará igual que antes de la pandemia. Esto es más que resiliencia. Aunque las exportaciones europeas a Asia, China incluida, se han mantenido.

Europa no necesita objetivos irrealistas, sino planes y proyectos concretos, como lo fue, y lo es, por ejemplo, Airbus. Es positivo, que por vez primera la UE haya reaccionado con políticas de federalismo fiscal, y con líneas estratégicas claras, pero se ha quedado corta. Algunos, como Macron, se están percatando con preocupación de esta divergencia y empiezan a plantear que la UE y sus Estados miembros aumenten sus estímulos de modo significativo. Lo que no resultará fácil, dadas las resistencias a más gasto desde la propia UE (veremos qué decide el Tribunal Constitucional alemán, decisión que puede tardar meses), y tampoco las economías europeas, como la española, tienen capacidad para absorber muchos más fondos. Son economías menos flexibles que la estadounidense, e incluso que la China. El presidente francés pide “invertir más rápido y más fuerte en nuestras prioridades” y que la Unión “simplifique drásticamente” su plan de estímulos. “Somos demasiado lentos, somos demasiado complicados, nos enredamos demasiado en nuestra propia burocracia”, dice, pero otros lo que piden es, justamente, mayor control para evitar dispendios de dinero público europeo.

Con esta divergencia, la UE carece de dinamismo suficiente, y corre el riesgo de acabar siendo más dependiente de EEUU y de China, cuando lo que busca es mayor autonomía, incluso “soberanía”. China, en parte debido a los efectos de la pandemia, ha superado a EEUU como mayor socio comerciales de bienes de la UE, según los datos de Eurostat. Bruselas ha propuesto una Agenda Tecnológica conjunta, y una alianza tecnológica verde (Green Tech Alliance UE-EEUU). ¿Es viable si hay divergencia y cuando las mayores tecnológicas son estadounidense y chinas?

Se trata no sólo de un pulso de crecimiento económico, sino que también hay una dimensión ideológica, a tres, pues China es ahora un modelo de éxito. ¿Qué sistema logra mayor bienestar para sus ciudadanos? Consideraciones a las que hay que sumar, en la UE, las divergencias internas, en cuanto a velocidades y tipos de recuperación y de transformación. La divergencia no es sólo entre zonas y países (incluido el mundo en desarrollo) y sino dentro de cada sociedad entre sectores sociales.

Publicado en El Espectador Global, Relaciones Transatlánticas

6 de abril 2021

Elcano

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Humberto García Larralde

Nos habíamos preguntado, en un escrito anterior[1], acerca de las razones de la propuesta de “Ciudades Comunales” que discute actualmente la ilegítima asamblea nacional. Sumergiéndose en simbolismos revolucionarios, el chavismo parece creer que, con ella, adelanta la constitución de un “poder popular”, como fue la Comuna de Paris de 1971. Sin embargo, al examinar su propuesta, no puede haber nada más alejado de tal experiencia. Aquél respondió a una rebeldía por la capitulación de Francia ante Prusia, que llevó a la Guardia Nacional a tomar el Ayuntamiento de Paris y, con amplio apoyo popular, promulgar una serie de decretos que buscaban aliviar a la población trabajadora los estragos dejados por la guerra recién concluida. Luego de 60 días, la comuna fue aplastada en duros combates callejeros, por las tropas de Versalles. Esta épica, tan cara a la narrativa de anarquistas y comunistas, insufló la mitología “revolucionaria” con la que se recuerda el caso.

La propuesta “comunal” chavista, por el contrario, es una elucubración engendrada por burócratas que han perdido todo sentido de la realidad. Traza una detallada organización, desde sus órganos de base (consejos comunales), pasando por las comunas constituidas a partir de éstos, para arribar a una espesa burocracia para gobernar la “ciudad comunal”. Tales requerimientos y las características que deberían tener sus distintos estamentos, revelan que se prosigue un orden alterno al estipulado en la Constitución, para que sirva de instrumento del régimen. Evoca, por tanto, al Estado Corporativo fascista.

Cualquier pretendido “poder popular” se traiciona a sí mismo al ponerse al servicio de una parcela política. Pierde su razón de existir. Tiene que ser, en esencia, originario e independiente, no un apéndice del Estado central. Le corresponde encarnar la voluntad de sus asociados de manera fidedigna, garantizando la autonomía requerida para que los poderes públicos tomen en cuenta los intereses colectivos ahí representados. Porque el pueblo no es más que un agregado de individuos, heterogéneos en sus intereses y en sus preferencias, que, no obstante, pueden ponerse de acuerdo para organizarse local, sectorial o profesionalmente, en la prosecución de un provecho común. Ejercita, así, su soberanía, dotándose de órganos de representación –sindicatos, asambleas de vecinos, asociaciones gremiales, consejos comunales, asambleas legislativas, etc.-- para defender sus fines ante las élites y/o el aparato burocrático del Estado. En contraste, la propuesta chavista establece estructuras artificiales como única opción, subordinadas a normativas y jerarquías del propio Estado, que borran toda representación social auténtica. Confisca al pueblo para sus propios fines. Por demás, al matar todo incentivo a la actividad productiva, la propuesta comunal pierde toda viabilidad económica. Sólo puede subsistir parasitando la renta petrolera y las actividades que generan riqueza. Es, precisamente, lo que persigue la propuesta.

Al régimen de Maduro lo sostiene una alianza entre sectores y grupos con militares corruptos, para aprovechar las oportunidades de expoliación que depara el desmantelamiento de las instituciones del Estado de Derecho y la sumisión de la actividad mercantil a sus intereses. Pero esta alianza es cada vez más difícil de sostener ante las apetencias desaforadas que se nutren de la impunidad de un poder sin contrapesos ni controles, dada la destrucción económica que produce. Ahora, la creciente conciencia a nivel internacional acerca de las vagabunderías y atropellos que comete el régimen, y las sanciones que se le imponen en correspondencia, hace cada vez más difícil satisfacer las demandas de tantos cómplices. No alcanza. Es la asociación con el ELN y bandas criminales para saquear las riquezas minerales de Guayana; el modus vivendi alcanzado con los pranes para mantener en paz en las prisiones, a cambio de luz verde para proseguir con sus “negocios”; la vacuna cobrada a comerciantes y transportistas por colectivos; las exacciones que, a la fuerza, imponen componentes de la Guardia Nacional, las FAES y otros cuerpos represivos, a la población; amén de las abultadas contrataciones con PdVSA y con el Estado por parte de amigos de la boliburguesía y de la jerarquía militar. Luego están los socios internacionales –Rusia, Irán, Turquía, China, pero sobre todo Cuba—que son menester contentar. El enfrentamiento reciente entre componentes de las FAN y elementos de las FARC cimarrona en Apure, presumiblemente en disputa por el control del tráfico de drogas, es otra expresión de las rivalidades que han estallado por la crisis del régimen de expoliación instaurado.

Queda muy poco, entonces, para repartir a las bases chavistas. Y, aunque no suman más del 12% de la población, hacen el imprescindible papel de “Pueblo”, tan central a la prédica fascista. La probable extradición de Saab a EE.UU., al destapar el negociado montado con Maduro en torno a los CLAPs, le resta atractivo y efectividad a este mecanismo. Para mantener su lealtad es necesario dar testimonio de que, no obstante las penurias sufridas, se continúa pendiente de sus intereses. El tinglado a armar en torno a la propuesta comunal promete asegurarlos. Son instancias para incluir al pueblo chavista en la dinámica de expoliación, argamasa que mantiene unidos a quienes apoyan al régimen “revolucionario”.

Pero “empoderaría” a sectores de base chavistas en la disputa por un botín que no hace sino disminuir. De poder avanzar, aunque sólo fuese parcialmente, en su instrumentación, no contribuiría a estabilizar al régimen. Al contrario, se erigiría en una amenaza potencial a los bodegones y a otras iniciativas recientes que proveen bienes importados, pagaderos en dólares, que, para algunos, auguran una pizca de reactivación bajo Maduro. La tentación de depredar también estos negocios podrá ser irresistible.

Maduro, al desempolvar este muerto, se ha empastelado desprevenidamente. Lo peor es que habrá quienes realmente crean en este disparate y procurarán hacerlo realidad. El fascismo, desde Chávez, viene sumiéndose en una burbuja ideológica, construida, paradójicamente, con categorías propias del discurso comunista, para aislarse de una realidad que los adversa y absolver sus atropellos. Con la abundancia de recursos que disfrutó en su segundo gobierno, este montaje le sirvió a Chávez para “justificar” el desmantelamiento del Estado de Derecho e implantar el régimen de expoliación que destruyó a la economía. Todo ello en nombre de la construcción del socialismo. Claro está, bajo la tutoría de la gerontocracia cubana, tan útil para asesorarlo a él y a Maduro en materia de terrorismo de Estado.

Ahora, con el agua al cuello, es posible que se acreciente la presión para emprender de nuevo una huida hacia adelante, como tantas veces se ha hecho, en este camino de destrucción y gane adeptos la idea de animar este Frankenstein. Se dirá que es poco probable. Lamentablemente, los últimos años no llevan a confiar en que, en las filas oficialistas, predomine una actitud racional. En momentos de dificultad como éste, los fascistas tienden a buscar refugio en sus delirios ideológicos. Sin duda, el fanatismo embrutece.

Una señal de alarma acerca de la ausencia de contrapesos a la locura criminal de Maduro y sus cómplices es que, entre sus filas, no haya aparecido, hasta ahora, quienes los obliguen a abandonar el poder, no obstante la irrefutable evidencia de su accionar en materia de pobreza, hambre y muerte de tantos. Ni siquiera para evitar la disolución terminal del país con base en el cual han amasado sus fortunas. Indigna ver, en particular, a una cúpula militar impertérrita, repitiendo consignas y votos de lealtad al monstruo que no ha tenido empacho en negar la entrada de millones de vacunas que salvaría muchas vidas. Los compañeros de armas de Pinochet entendieron que, ante su derrota en el referendo de 1989, había que convencerlo que aceptara la realidad y entregara el poder. ¿Cuánto destrozo adicional hace falta para que ocurra un asomo de vergüenza similar entre sus contrapartes venezolanos?

Reflexiones a ser tomadas en cuenta por las fuerzas democráticas para favorecer semejante desenlace.

Economista, profesor (j), Universidad Central de Venezuela.

humgarl@gmail.com

[1] https://www.elnacional.com/opinion/reviviendo-un-muerto-las-ciudades-com...

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