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Opinión

Francisco Russo Betancourt

La gravedad de lo que ocurre con los migrantes venezolanos en Perú no podemos considerarlo como nuevo; desde el primer momento en que comenzó, la migración venezolana encontró resistencia mayor en aquel país. La resistencia peruana hacia lo venezolano ha sido secular, desde la alta sociedad se denigra de la vida del Libertador en Perú y esa opinión ha permeado a las clases más bajas.

La historia hay que contarla, no sólo porque despierta curiosidad, sino también porque nos permite conocer el pasado y entender los cambios sociales. Además, a todos nos gustan los relatos bien contados, el cómo se desenvolvieron los personajes y cómo dejaron su huella en la sociedad.

Los hechos que se vienen sucediendo contra los migrantes venezolanos, ha alcanzado su clímax en Perú, y bueno es decirlo, nuestros compatriotas han emigrado no precisamente por razones turísticas, sino porque el gobierno nacional le niega a los venezolanos protección y seguridad social, acceso a la educación y al trabajo, en fin, el derecho a la vida, que es el derecho fundamental más importante que establece nuestra Constitución. Esta migración venezolana resulta de la crisis humanitaria y económica que ha deteriorado la seguridad ciudadana y los estándares de vida en nuestro país.

Según ACNUR, cerca de seis millones de compatriotas han salido del país, últimamente caminando y el 80% de ellos se encuentran en Latinoamérica. Como se viene señalando, Perú constituye hoy la mayor amenaza a la seguridad de los venezolanos en aquella región, y esa xenofobia, no nace ahora, a mi modo de ver data desde los tiempos de su independencia, lograda por el genio y la visión libertadora de Bolívar.

El peruano ha encumbrado siempre la figura del general San Martin, quien ciertamente declaró la independencia del Perú, en julio de 1821 y a quien llamaron el Protector del Perú, pero fue el Libertador Bolívar quien lideró los ejércitos patriotas en las batallas de Junín y de Ayacucho, conjuntamente con el Gran Mariscal de Ayacucho, expulsando definitivamente a los realistas españoles, conquistando finalmente su independencia. No han sido precisamente laudatorios las expresiones contra Bolívar, hay un antibolivarianismo en aquella región en donde escritores, políticos e historiadores lo ha declarado enemigo público número 1 del Perú, calificándolo de derecha, que no introdujo ninguna reforma social en el país, además de culparlo de la división territorial peruana con la actual Bolivia.

Es de extrema villanía decir que Bolívar se escondió en la batalla de Junín y que Ayacucho fue una comedia de batalla acordada con el virrey Laserna y el general Canterac. Lo cierto es que los peruanos no demostraban mucho interés en liberarse del imperio español y San Martín tuvo que solicitar ayuda a Bolívar, quien lo recibió en Guayaquil, región que los peruanos pretendían adjudicarse, pero que Bolívar al recibirlo, le dio la bienvenida a tierras colombianas.

Dijo el general argentino, que Bolívar le ganó de mano. El Congreso peruano, hay que decirlo, solicitó oficialmente a Bolívar su traslado al Perú para dirigir la guerra y lo determinó dictador, entre 1824 y 1827, no precisamente porque él lo formulara sino por el conocimiento que se tenía de sus victoriosas batallas libradas con el ejército libertador, en la independencia de Venezuela, Colombia y Ecuador, de modo, que bien se ha dicho históricamente, que la declaración de independencia en Perú, fue una suerte de acto de espectáculo intentado para unificar las diversas clases heterogéneas que componían la sociedad peruana, dividida por principios diferenciados: negros, indios, mulatos, y algunos blancos, pero la independencia o liberación y expulsión de los españoles en ese territorio, fue una dura lucha del ejercito libertador comandado por Bolívar y Sucre. Lo asienta el escritor y diplomático colombiano, Indalecio Liévano Aguirre, que Perú fue la ciudadela de España en América, y pone en palabras de San Martín: “Yo creo que todo el poder del Ser Supremo no es suficiente para liberar a este desgraciado país (el Perú), sólo Bolívar, apoyado en la fuerza, puede realizarlo”.

Pero a Bolívar se le ha calumniado con desdén en tierras peruanas, desde dictador y divisor del Alto Perú, hoy Bolivia. Al libertador no se le reconoce que él abogaba por unificar a todos los países liberados, mientras San Martín aspiraba designar un príncipe español en cada uno de los territorios para implantar una monarquía en Suramérica.

De modo, pues, que aquellos reproches sobre la personalidad de Bolívar y sus ejecutorias en el Perú, se han trasmutado hoy en los venezolanos que han migrado a Perú en busca de mejor vida para sus familiares, al no encontrar la protección que le debe el gobierno venezolano.

Venezuela fue un país de puertas abiertas a latinoamericanos y europeos, que llegaban a nuestro territorio sin medios económicos; acá subsisten nacionales peruanos que ejercen la buhonería y a nadie se le ocurre amenazarlos con asesinarlos. Más temprano que tarde, la democracia venezolana deberá revisar el ingreso libre de extranjeros al territorio nacional, así como sus comportamientos económicos para instalar tarantines en todas las ciudades venezolanas. Aquí, aparte de la entrega que hace el gobierno actual de nuestra soberanía y de los recursos naturales a chinos, turcos, rusos, cubanos y coreanos, la buhonería de los extranjeros también ha sido un signo de nuestra irresponsabilidad.

Maracay, 19 de febrero de 2

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Ismael Pérez Vigil

Mientras los partidos democráticos, agrupados en torno al Frente Amplio evalúan −eso esperamos− las fallas y errores cometidos y se ponen de acuerdo en torno a una estrategia, en diversos foros y documentos promovidos por las organizaciones de la sociedad civil, involucradas en la actividad política, se discute acerca de la “unidad”.

No podía ser de otra manera, sociedad civil y unidad, son dos temas indisolubles, a pesar de que muchas organizaciones de la sociedad civil no se caracterizan por mantener en la práctica este concepto y son comunes las divisiones y enfrentamientos, aunque no tan cruentos como en las organizaciones políticas.

Uno de estos foros a los que asistí, contó con la presencia y experiencia del Padre Luis Ugalde SJ, y es precisamente en ese foro donde Ugalde esbozó una idea central, la que considero que imbuía toda su intervención y que sirve de título a este articulo: “el espíritu de encontrarse”.

El “espíritu de encontrarse” tiene que ser el motor, la clave, de cualquier unidad política que se intente en Venezuela; sin ese espíritu, no será posible salir del laberinto en el que ahora estamos; pero, como dije, si bien esa era la idea que impregnaba su presentación, no fue la única que expuso. Mi interpretación libre de sus planteamientos los resumo de la siguiente manera:

- Ugalde nos invita a rescatar la idea de que un cambio es posible; a pasar de la resignación a la esperanza; a que cada quien se active en lo suyo, en las actividades que le son propias; pero, nos advierte Ugalde, la esperanza no es ilimitada, infinita, se agota, tiene instinto de conservación, no es posible ponerla en cualquier cosa, para no desengañarnos, desilusionarnos, esperando el “salvador”, el “mesías”, el que nos salvará sin nosotros hacer nada distinto a lo que estamos haciendo, y cuando nada ocurra decir: “eso son los políticos, yo me voy del país”; no es una actitud de “todo o nada”, es una lucha política; por ejemplo, Pérez Jiménez se proclamó ganador de las elecciones fraudulentas que organizó en 1957, menos de un año más tarde estaba fuera del poder; con esa actitud de todo o nada, no hubiera caído tampoco el Muro de Berlín, que estaba bajo una dictadura policial, brutal, y nadie se imaginaba un año antes que podría caer de la manera en que cayó.

- Esa idea lo llevó a otra, a la necesidad de valorar la política, a dejar la “antipolítica”, que la definió como “un virus más perverso que el coronavirus”. La “antipolítica” implica que la sociedad renuncia a gobernarse; y recalcó: ciudadanía es política, ciudadanía no es “montones de gente”, es una sociedad vigilante y exigente y debe haber gente −dijo− especializada en la actividad política, lo que no significa que la sociedad civil renuncie a esa actividad, sobre todo al control de los políticos.

He recalcado también en diversos artículos que los políticos no llegaron de una galaxia lejana, están allí porque los ciudadanos los pusimos allí y por la comodidad de dedicarnos a nuestras tareas, a nuestros negocios, actividades profesionales, académicas y familiares, renunciamos a controlarlos y luego nos lamentamos de sus errores, como si no fueran los nuestros.

- Ugalde planteó que debe haber objetivos comunes para salir de la situación en la que nos encontramos, del régimen actual; y aunque los objetivos cada quien los viva de una manera distinta, que cada quien los aborde desde su propio lado, los resume, más o menos de la siguiente manera: Se trata de lograr un cambio político y social, donde lo económico es solo un aspecto más; hay que lograr ayuda humanitaria para los más necesitados; lograr elecciones libres que permitan ganar espacios, entre otros objetivos. Pero lo más importante, recalcó Ugalde, es que, si bien cada quien debe caminar desde donde está, desde su propio espacio, hay que entender que en Venezuela −en alusión directa al diálogo entre Fedecámaras y el Gobierno− no habrá una respuesta económica, no vendrán las inversiones que se necesitan con urgencia y cuantía, si no hay un cuadro político diferente.

Con respecto a ese diálogo Fedecámaras-Gobierno, Ugalde añadió: “¿Con quién van a hablar?” Y fue enfático en señalar que, si la conversación es sincera, hablar no es malo, lo malo es ser ingenuo; ¿cómo? y ¿para qué?, es el problema, hay que hablar con firmeza y claridad, pero todo diálogo ayuda. Y recordar, agregó, que el gobierno siempre va a jugar a nuestra división.

- En referencia más específica a la unidad, que muchos anhelamos y esperamos, Ugalde recalcó que hay que lograrla en lo fundamental −la salida del régimen− pero no se puede aspirar a tener todos los detalles completos para comenzar la carrera; no es ninguna tragedia, insistió, no coincidir en todo, además de que no es sano ni conveniente esperar eso en una sociedad plural.

- Por último, quiero referirme a lo señalado por Ugalde con relación al tema electoral, a sí se debe o no participar en unas elecciones para las que no hay garantías. Al respecto Ugalde señaló que las garantías hay que “arrancárselas” al régimen y nunca darán unas condiciones ideales. Por ejemplo, dijo, la Consulta Popular de diciembre pasado no tuvo presupuesto ni garantías ningunas, quienes las organizaban y participaban corrieron todo tipo de riesgos y se logró, fue un éxito y nadie tenía garantías de nada.

No quiero concluir sin recalcar en la idea del diálogo y la negociación, relacionándola con otra idea, que leí en estos días, de Daniel Asuaje (El Efecto Losinsky, El Universal, 17-02-2021) que se refiere al conformismo y la adaptación: “suscribimos…. la adaptación a las circunstancias, que no es lo mismo que conformismo, el conformista sobrevive, el adaptado encuentra cómo superar sus circunstancias…” Y ese es precisamente el reto en esta época en que por diversas vías se nos convoca al diálogo y la negociación.

Resumo, en mi criterio, el mensaje de Ugalde: Tarea del político es adaptarse a las circunstancias que le toca vivir, para influir los cambios en la dirección que desea. Como bien decía Ugalde: “hablar no es malo, lo malo es ser ingenuos”. Lo importante, entonces, es el “espíritu de encontrarse”

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

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Analítica.com

Editorial

“Terra incognita” era el término que se utilizaba en los mapas antiguos desde el Siglo XV para caracterizar los territorios desconocidos. Los cartógrafos solían escribir la frase “hic sunt dracones” (aquí hay dragones) y los mares ignotos los ilustraban con criaturas fantásticas y serpientes marinas gigantes devorando naves.

Todo ello denotaba el miedo a lo desconocido.

En ese miedo están inmersos actualmente millones de venezolanos que no terminan de entender lo que ha pasado. Una nación occidental y moderna, antes próspera y democrática, que el mundo creía rica por estar dotada de incontables riquezas naturales y en la que el sistema democrático parecía haber hundido sus raíces, ha sido destruida.

Una revolución empobrecedora campea por sus fueros. Una nación que durante décadas Fidel Castro intentó inútilmente invadir mediante desembarcos como el de Machurucuto y guerrillas, cayó sin embargo en sus manos cuando el líder caribeño cambió su estrategia y, conquistando a un solo hombre -Hugo Chávez-, se apoderó de todo el país. Fue la invasión más rentable en la historia de la humanidad.

La inmensa mayoría de los venezolanos, como lo demuestran todas las encuestas, se oponen a lo que aquí ocurre y, sin embargo, el régimen se mantiene en el poder.

Hay que reconocerlo. En la población existe una suerte de desaliento. Más de cinco millones y medio de compatriotas han emigrado. La fuga de cerebros es devastadora. Nos enfrentamos a situaciones incógnitas.

El panorama internacional ha variado. Ya no está Trump hablando de que todas las opciones están sobre la mesa. La posición de México es neutral y en Latinoamérica han ganado terreno los sucesores de los Kirshner, de Evo Morales y posiblemente de Correa.

Pero veamos la otra cara de la moneda:

La economía está destrozada y la hiperinflación avanza incontenible al extremo de que entre marzo del 2013 y enero del 2021 (durante el gobierno de Maduro) la inflación acumulada según cifras del BCV alcanza a la pasmosa cifra de 139.655.058.282 % (ciento treinta y nueve mil seiscientos cincuenta y cinco millones cincuenta y ocho mil doscientos ochenta y dos por ciento). Aunque las crisis económicas no tumban gobiernos, los gobiernos dejan de ser viables. Eso está ocurriendo.

Si bien la oposición luce bastante desarticulada, el régimen se enfrenta a una situación mucho peor. Económicamente las alternativas que ofrece con su inconstitucional “Ley Antibloqueo” (epítome de la inseguridad jurídica) no son factibles. Presenta, sí, buenas oportunidades de negocio para algunos allegados y enchufados, pero resulta aberrante para el país.

Mientras tanto, a nivel internacional una presión de carácter multilateral protagonizada por el gobierno de Biden, la Unión Europea, la OEA y el Grupo de Lima pudieran ser mucho más efectivas que las amenazas de Trump. En particular porque el tema de los derechos humanos adquiere mayor relevancia ante una comunidad internacional cada vez más sensible frente a esos temas.

A la vez una Cuba arruinada y entrando en un nuevo “período especial” -que enfrenta una transición inevitable dada la edad y la salud de Raúl- y que ya no puede contar con la ayuda venezolana, será sin duda mucho más receptiva a los condicionamientos de un Biden dispuesto a tenderle puentes pero también a exigirle sacar las manos de Venezuela.

Una China, decepcionada ante la ineptitud e incumplimientos del régimen caraqueño pero interesada en mejorar sus relaciones con Washington, difícilmente va a romper lanzas por el país caribeño.

Una Rusia económicamente agobiada y enfrentando un fuerte rechazo internacional por el caso de Crimea y el del disidente opositor Alexei Navalny, tampoco lo hará.

Irán es otro cuento, pero aquí ni somos islámicos ni nuestra idiosincrasia guarda relación alguna con aquel lejano país regido por una dictadura teocrática.

En conjunto lo anterior configura un panorama profundamente incierto para el régimen. A ello se suma el caso del preso de Cabo Verde cuya eventual extradición a los EEUU parece llenarlos de pavor.

Y ni hablar de lo que pudiera ocurrir en la Corte Penal Internacional, donde los casos no prescriben y en los que no quisieran verse envueltas figuras claves para la permanencia del régimen.

Vemos pues que para el oficialismo una transición convenida luce como la mejor opción. Cualquier otra alternativa se presenta llena de serpientes marinas gigantes y dragones (hic sunt dracones): una verdadera “terra incognita”.

José Toro Hardy, editor adjunto de Analítica

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Luis Ugalde

Algunos han expresado su molestia al ver a Jorge Rodríguez dialogando con el Presidente de Fedecámaras en la sede de la cúpula empresarial. Otros se alegran de que grupos empresariales y gobierno de facto se sienten a hablar sobre cómo salir de este desastre económico. Tampoco es malo que la dictadura perseguidora de la empresa privada reconozca ahora que sin recuperación de esta el país no tendrá futuro. El problema no reside en que dialoguen, sino para qué y cómo: Sin ingenuidad ante los halagos engañosos, con firmeza insobornable que da la trágica y urgente realidad y sin ignorar que este régimen tiene poder para reprimir pero no para fomentar y atraer el apoyo internacional y la inversión multimillonaria que Venezuela necesita.

Diálogos primaverales. No nos basta con que unos cuantos dialoguen en la cúpula, necesitamos cientos y miles de diálogos de emergencia donde abordemos sin miedos, ni medias verdades los problemas específicos y el drama agónico que se agrava cada día. Hablamos de diálogos y no de un diálogo, por muy Jorge Rodríguez que sea. Diálogos exigentes con el régimen de los trabajadores, de los productores y de los jubilados; diálogo por la falta de agua, de luz, de gas, de libertad comunicacional y de salario; de los dolientes educativos, de las enfermeras, médicos, farmacias… con los responsables de las políticas de salud. Diálogo en las diversas dimensiones de la vida nacional y en las regiones, sobre las más sentidas tragedias, exigiendo y proponiendo soluciones. Sin confundir esta ruina venezolana con aquella China autoritaria que con su inmenso mercado ascendente y su mano de obra barata exportadora atrajo numerosas empresas occidentales y capitales abundantes.

Diálogos de la sociedad civil en miles de núcleos, cada uno en su área específica planteando al gobierno de facto duras verdades sin contentarse con palabras engañosas y exigiendo hechos y obras. Es difícil reprimir a cientos de miles en numerosos y variados núcleos en toda la geografía nacional y con el país entero “en modo diálogo” con verdad, valentía y urgencia, sabiendo que cada minuto que pasa añade sufrimiento y muerte. Con las organizaciones civiles y partidos aliados en un amplio caminar hacia la Venezuela Libre y democrática.

Diálogos primaverales, no otoñales, ni invernales. El otoño es bello con sus hojas multicolores, pero estas van cayendo para dar paso a la muerte invernal. El diálogo otoñal es la última ilusión del régimen y de una política totalitaria que ni tiene soluciones ni futuro… Los otoñales son diálogos del que se resiste a morir, pero sus hojas de bello colorido ya están muertas. Los primaverales por el contrario traen la vida nueva que nace saliendo

de ese invierno desahuciado y sin esperanza, que brota donde parecía que todo estaba muerto.

Ningún país muere del todo; aunque sus libertades sean arrebatadas, en determinado momento y circunstancia vuelven a brotar las flores cargadas de esperanza porque sus raíces no están muertas.

No nos ilusionamos con diálogos cupulares de comisiones parlamentarias que no representan a nadie, ni con hojarascas otoñales, bellamente vestidas, pero ya en brazos de la muerte.

Diálogos sin caer en el “sálvese quien pueda” de quien considera que el naufragio es inevitable, pero yo y mi empresa podemos salvarnos tirando por la borda al resto. Hoy las soluciones parciales solo sirven como parte integral del renacer del país entero caminando de manera indetenible a una salida del gravísimo error político que ha destrozado el país. Unidos en la Constitución. ¿Pero cómo ponernos de acuerdo en una eclosión de diálogos en los que cada uno parte desde su dolor y su verdad? La unidad indispensable está en el rechazo común al desastre reinante y en la Constitución, hoy violada y abandonada, que expresa el acuerdo nacional y la apuesta por la dignidad, la justicia y la libertad de todos. Todos, absolutamente todos, civiles y militares, tenemos “el deber de colaborar en el restablecimiento de la efectiva vigencia” (artículo 333 de la Constitución). Un deber y un camino de entendimiento para crear una nueva realidad política (exigida a gritos silenciosos por el sufrimiento de toda una nación) de bien común con ciudadanía responsable y productora de soluciones.

El mundo quiere ayudar. Pero EE.UU. con la novedad del gobierno de Biden, la Unión Europea, las democracias de América Latina, ONU, OEA … poco pueden hacer sin una unidad activa de nosotros los venezolanos movilizados en miles de núcleos variados, unidos en diálogos primaverales, exigiendo condiciones aptas y organizando fórmulas unitarias de participaciones electorales y de respeto del voto. Esa unidad y movilización política atraerá apoyos económicos y democráticos sin los cuales ni Venezuela, ni Cuba, tienen futuro humano de libertad y de justicia.

20 de febrero 2021

 3 min


Emiro Rotundo Paúl

Si estuviésemos todavía en la llamada Cuarta República, hubiésemos cambiado Presidentes en los años 1998, 2003, 2008, 2013 y 2018. Nadie podría negar, ni ayer ni hoy, que hubiese sido infinitamente preferible cambiar esos cinco presidentes en esos años, aunque fuesen malos o regulares, que haber mantenido dos, que resultaron pésimos, sin poderlos cambiar durante 22 años.

No es que la Cuarta República fuese una maravilla. Muchos fuimos sus opositores. Sin embargo, esa oposición, que era producto de la evaluación crítica de sus imperfecciones (populismo, rentismo, clientelismo y corrupción), nunca nos llevó a pensar que el cambio de ella por el militarismo chavista (muy evidente ya desde 1992) era la solución del problema. Intuíamos que el remedio era peor que la enfermedad.

Con la Cuarta República, como mínimo, se habría garantizado la alternabilidad democrática, el mantenimiento de la infraestructura básica del país (vialidad, agua, gas y luz) y el parque industrial, seguirían funcionando las empresas básicas de Guayana y PDVSA estaría produciendo los seis millones de barriles diarios que estaban programados por la empresa, cuyos planes y personal técnico superior fueron eliminados totalmente por Chávez. Los millones de venezolanos que se han ido seguirían acompañándonos y Venezuela continuaría integrada al bloque de los países democráticos del mundo occidental.

Cuando llegó Chávez al poder en 1998, la Cuarta República sufría una crisis económica desde principios de los años ochenta, por la caída drástica de los precios petroleros. Pero esa situación estaba por cambiar. Pocos años después, a principios del siglo XXI, se produjo el aumento de precio más grande y duradero de la historia. La Cuarta República con todas sus fallas hubiera administrado mucho mejor la inmensa riqueza derivada de esa coyuntura, por una simple razón: tenía controles en el Congreso, la Fiscalía General, el Banco Central, la Corte Suprema de Justicia y la opinión pública nacional que, con todas sus fallas, funcionaban. Chávez no tuvo ningún control y manejó esa fabulosa riqueza a su antojo. En sus manos se dilapidó un millón de millones de dólares sin un provecho real y permanente.

Lo ocurrido en Venezuela después de la Cuarta República no fue un simple estancamiento. No es que hayamos perdido 22 años de desarrollo y que estemos en la misma situación que había cuando Chávez llegó al poder. Eso sería una bendición. Es que hemos retrocedido varias décadas y hemos perdido la mayor parte de la riqueza nacional acumulada a lo largo de un siglo de desarrollo petrolero. Hemos dado un salto atrás de no menos de 70 años, regresando a la época anterior a Pérez Jiménez.

La tragedia venezolana es difícil de entender porque no tiene parangón con nada similar que haya ocurrido en otro país en la Época Moderna, ni siquiera en la Alemania nazi, totalmente destrozada en la Segunda Guerra Mundial. Los chavistas dirán que lo expuesto en este escrito es mentira o exageración. Algunos de ellos, cegados por la ideología del socialismo marxista, lo creerán de una manera ingenua y limpia, pero el resto, la gran mayoría, saben que lo dicho es cierto pero no les importa porque sacan provecho de la situación. A ellos les pedimos con toda franqueza que abran bien lo ojos, moderen su dilatado egoísmo y observen con cuidado lo que ocurre a su alrededor. Para algo le servirá al país y a ellos mismos una reflexión de ese tipo.

Y a los dirigentes de la oposición venezolana les repetimos: este año y el próximo son la última oportunidad que tienen de reivindicar sus nombres ante la Nación, el mundo y la Historia.

18 de febrero de 2021

 2 min


Ángel Oropeza

En momentos de oscuridad es cuando más se aprecia y se necesita la luz. De igual manera, en situaciones de confusión, desaliento y duda, es cuando más urgentes y necesarias resultan las reflexiones que nos ayudan a levantar la vista, recordar de dónde venimos, pero sobre todo el porqué y norte de nuestra lucha.

En el año 2005, el entonces arzobispo de Mérida, hoy Cardenal Baltasar Porras Cardoso, se dedicó a recopilar algunos de los principales discursos y homilías del entonces nuncio apostólico de la Santa Sede en Venezuela, monseñor André Dupuy, quien dejaba su cargo en nuestro país después de cinco años de fructífera y trascendente labor entre nosotros. Esa recopilación fue plasmada en un libro (Palabras para tiempos difíciles, Edit. Escuela Técnica Popular Don Bosco, Caracas, 2005), que resulta de obligatoria lectura para los venezolanos de hoy, algunos de ellos víctimas de la desesperanza y el desaliento.

Los escritos de Dupuy, hechos hace más de 3 lustros, cuando el país estaba ya en las garras de un modelo político para muchos en ese momento seductor pero generador de división, odio y violencia, son una reflexión profética que nos alerta sobre el peligro de la postración anímica y la rendición conductual como personas, al tiempo que nos impulsa a nunca cejar en la lucha por la dignidad y la liberación de nuestro país

Dupuy alertaba desde entonces a no descuidar dos de las virtudes sin las cuales la construcción de patria no era posible. No se refería por supuesto a la patria como el fetiche acomodaticio preferido por los tiranos para ocultar su explotación, sino al vínculo afectivo, histórico y cultural que une a las personas entre sí y con una tierra a la que aman y con la cual se identifican. Estas dos virtudes eran la esperanza y el buen juicio. Sobre la primera, nos pedía a los venezolanos tener la “valentía de esperar”, que no es otra cosa, lejos de una actitud de resignación o de aguardar soluciones mágicas, que asumir como causa de vida que las cosas injustas pueden y deben cambiar. Y sobre la última, advertía que la “pérdida del buen juicio” –no saber diferenciar la verdad de la mentira, lo justo de lo injusto, y vivir en un mundo de ilusiones y engaños– “es la peor de las calamidades que pueden acechar tanto a las personas como a una sociedad”.

Desde aquellas palabras de Dupuy, nuestro país no ha hecho otra cosa que involucionar y tribalizarse. El ambiente externo de depauperación constante de las condiciones de vida ha terminado generando un ambiente psicológico generalizado de desazón, angustia e incertidumbre, que puede peligrosamente conducirnos a la resignación y a la entrega. Es en estos momentos, justamente para atajar ese peligro, que el llamado a actuar desde la esperanza y el buen juicio cobra crucial importancia. Y esa es la necesaria actitud política que las difíciles circunstancias exigen de los venezolanos de hoy. La misma actitud política que Gandhi predicaba como indispensable cuando la lucha por la liberación de su país en ocasiones era amenazada por la desesperanza: “Voy a seguir creyendo, aun cuando la gente pierda la esperanza. Voy a seguir construyendo, aun cuando otros destruyan. Y seguiré sembrando, aunque otros pisen. Y seguiré gritando, aun cuando otros callen. Invitaré a caminar al que decidió quedarse, y levantaré los brazos a los que se han rendido”.

Acabamos de conmemorar un nuevo aniversario del heroico 23 de enero de 1958. El año anterior, penúltimo año de la penúltima dictadura, el signo de la cotidianidad era el miedo. El régimen había convertido al terror y al chantaje en su herramienta privilegiada de control social, a pesar que no existía en ese entonces el fascista “carnet de la patria”, y la sede de la Seguridad Nacional no quedaba como hoy en el Helicoide o en los cuarteles de la tenebrosa FAES. Decenas de líderes políticos, sindicales y estudiantiles habían sido asesinados, mientras otros centenares sobrevivían en el exilio o en las cárceles de la dictadura. La gente temía abrir la boca, ante el temor a ser delatados por no pensar como el régimen. Sin embargo, ese año los liderazgos políticos, religiosos y sociales, a pesar de sus diferencias, conformaron una unidad de propósitos que hizo imposible materializar los planes continuistas del gobierno. Fue un asunto de actitud y organización. Tal como hoy, el gobierno lucía con la fuerza represiva como para aplastar y acallar el rechazo popular. Pero el país y su dirigencia asumieron retarle. Y entendieron que no era un asunto de sentarse a esperar que las cosas ocurrieran, sino de organizarse y unirse para hacer que pasaran.

Pero, además, era un asunto de atreverse a abrir los ojos a pesar de las lágrimas y el desánimo. En otra de sus proféticas reflexiones, y hablando del desvanecimiento anímico que observaba en algunos venezolanos, Dupuy escribe: “Reflexionando sobre este desvanecimiento, tengo la impresión de que se está repitiendo el famoso episodio de los dos discípulos de Emaús, en la mañana de Pascua. Ellos se alejaban de Jerusalén para regresar a su aldea, con el rostro triste y el corazón invadido por el abatimiento. ¡Hermanos, cuantos ciudadanos, a imitación de estos discípulos anónimos, han regresado a su casa, a su cotidianidad, desconcertados, incluso escandalizados! Su desesperanza era tanto mayor cuanta más grande había sido su esperanza”. Esa desesperanza nublaba su juicio y eran incapaces de reconocer que aquel forastero que les hablaba y acompañaba en el camino no era otro que su Maestro resucitado, a quien creían muerto y con él perdida toda esperanza de redención. Su liberación estaba allí, cerca, tan cerca que caminaba junto a ellos. Pero su desaliento y confusión eran tan grandes que no la podían ver.

La Venezuela que la mayoría aspira y merece no llegará nunca si no asumimos, desde las virtudes de la esperanza y el juicio correcto, que solo la unidad, la organización y la presión popular constante y efectiva, imposible sin las dos primeras, constituyen la única estrategia con posibilidad de éxito. Y si no abrimos los ojos y el ánimo para escapar de la trampa de la desesperanza, esa que engañosamente nos quiere hacer creer que no hay nada que hacer, y que la única opción es renunciar a la grandeza de los libres para resignarse a la indignidad de la esclavitud.

@angeloropeza182

18 de febrero 2021

El Nacional

https://www.elnacional.com/opnion/los-consejos-de-dupuy

 5 min


Fernando Mires

Escribo sobre el declive y no sobre el fin de la sociedad liberal como en tantos textos se anuncia. El término “fin” vende más, sin duda, pero es definitivamente apocalíptico. Da la impresión de que la historia avanzara a saltos, y no es tan cierto. Sin necesidad de recurrir a Hegel como mentor, la experiencia histórica indica que las formaciones pretéritas siguen prevaleciendo al interior de las nuevas, sin ser suprimidas. Podríamos, claro está, usar otro término. Por un momento pensé incluso en titular este artículo como el “eclipse” de la sociedad liberal.

Sin duda “eclipse” es más poético, más estético, más bonito. Pero eclipse significa un oscurecimiento transitorio que indica que después volverá a aclarar y las cosas seguirán siendo igual que antes. Declive, por el contrario, significa que algo declina, sin anunciarse ni saberse lo que ocurrirá después, ya que, dicho con certeza, eso no lo sabe nadie.

Para imaginar futuros utópicos después del declive de la democracia liberal, no hay ningún motivo. Para imaginar futuros distópicos, sobran. No solo porque la diferencia central entre las utopías y las distopías reside en el hecho de que las primeras son optimistas y las segundas no, sino en el hecho muy documentado de que las primeras nunca se han cumplido y las segundas, sí.

¿Podría por ejemplo alguien imaginar en los años treinta en la Alemania liberal, rebosante de arte, cultura, música, tan deliciosamente decadente, que diez años después iba a tener lugar el más horroroso crimen colectivo vivido por la humanidad, en el marco de una guerra mundial que dejaría el legado de millones de muertos?

Pocos tuvieron la intuición imaginativa de un Thomas Mann quien en su novela, Mario y el Hipnotizador (1929) viera los groseros rasgos del nazismo antes de que estos aparecieran nítidos sobre la superficie. Y sin embargo, todas las huellas que llevaron al Holocausto y a la Guerra Mundial ya estaban marcadas en la Alemania de Weimar, la misma del Cabaret (sin Liza Minelli): la crisis económica, la violencia callejera, los mensajes mesiánicos, el racismo y el antisemitismo, el odio a la libertad, el miedo a la Rusia estalinista, el militarismo, solo por nombrar algunos. Esos elementos estaban dados, ahora lo sabemos, pero estaban separados, es decir, no articulados entre sí. Del mismo modo -y eso produce cierta alarma- muchas realidades que pueden llevar al fin de la llamada democracia liberal ya han cristalizado y algunas de ellas, ya están políticamente articuladas.

¿Qué entendemos por democracia liberal? No está de más recordarlo antes de que pase al olvido. Nos referimos a un orden político que permite la libertad de pensamiento, opinión y asociación, en el marco de un estado de derecho que garantiza la división de los tres poderes clásicos, a las instituciones que los consagran y cuyo personal gubernamental es renovable a través de elecciones libres y soberanas surgidas de una pluralidad de partidos competitivos entre sí. Karl Popper la llamó “sociedad abierta”.

¿Por quiénes está cuestionado ese orden? Muy simple: por los enemigos de la sociedad abierta. Movimientos nacional-populistas de nuestro tiempo, legítimos herederos del fascismo del siglo XX, avanzan hacia el poder en diferentes países del mundo occidental, apoyados por regímenes antidemocráticos cuyo centro político es Rusia y cuyo centro económico es China. Sin embargo, ahí no reside el origen del problema. Ese es más bien un síndrome.

El aparecimiento de un síndrome tiene orígenes que el mismo síndrome revela. En una primera capa ya vemos que el nacional-populismo en todos sus formatos obedece a una crisis de representación, a una en donde los partidos políticos hegemónicos en el espacio occidental son hoy mucho menos representativos que en el pasado reciente. Como hemos reiterado en otras ocasiones, la triada política tradicional de la democracia liberal, formada por partidos de orientación conservadora, liberal y socialista, ya no cubre todo el espacio social que abarcó tiempos atrás.

Una segunda capa analizable nos muestra que la no representación política de lo social tiene que ver con cambios radicales habidos en las relaciones de producción económica. Nos referimos al tránsito que se da entre la llamada sociedad industrial y la sociedad digital. Después del “adiós al proletariado” de André Gorz, muchos lo han dicho: los antiguos trabajadores industriales, el proletariado de Marx, se encuentra, si no en vías de extinción, remitido a un lugar subalterno con respecto a nuevos tipos y formas de trabajo. Hay un notorio desfase entre la formación social que está naciendo y la formación política que solo en parte lo representa. Esta es la señal más notoria de una crisis de representación política. Un fenómeno que, se quiera o no, trae consigo el deterioro de las culturas políticas que predominaban en la modernidad.

La ruptura del hilo que unía a los sectores sociales con sus representaciones políticas es ya demasiado visible. Los partidos, en su gran mayoría, representan a clientes pero no a sectores sociales claramente definidos. La desconexión entre sociedad, economía y política, es cada vez más evidente. Gran parte de la ciudadanía – no solo en los países post-industriales- siente que la política, en su forma existente y real, ya no los representa. Y, desgraciadamente, tiene razón.

Estamos asistiendo a rápidos procesos de descolocación de los centros productivos, hoy repartidos en el inmenso espacio global. Como decía un dirigente sindical alemán, “ya nadie sabe para quién trabaja, los dineros no van solo a parar en los bolsillos del antiguo empresario que combatíamos, convertido hoy en un mero intermediario, sino en un circuito financiero global cuyos ritmos de reproducción virtual nos son absolutamente desconocidos”. Ya ni siquiera podemos hablar de la alienación del trabajo por el capital de acuerdo a la ex-terminología socialista, sino de la alienación del capital por un supercapital reproducido en una galaxia mundial a la que nadie tiene acceso.

Los trabajadores que con sus luchas dieron origen a sus partidos socialistas y sociales, son hoy piezas de museo. Hoy viven incomunicados entre sí. De hecho han llegado a ser -para emplear la terminología hegeliana de Marx- una clase en sí pero no una clase para sí, o sea una clase sin conciencia de clase, que es lo mismo que decir, “una no- clase”. Debajo de esa cada más delgada capa laboral, ha aparecido un sub-proletariado incuantificable, multinacional, muchas veces ilegal, pero generador de cientos de oficios transitorios. Y más abajo aún, un Lumpenproletariat, pero esta vez sin Proletariat.

¿A cuál clase social pertenecen los miles de trabajadores que realizan jobs circunstanciales en una home-office? Qué lejos se ven hoy los tiempos en que después de la jornada diaria, los trabajadores reunidos en sus cantinas, compartían problemas personales, hablaban del presente y del futuro y, por supuesto, como dice el tango Carloncho de Mario Clavell, conversaban sobre “minas, burros, fútbol y de la cuestión social”. Si esos trabajadores todavía existen, son miembros de multitudes, pero no de grupos sociológicamente definidos. Por cierto, a veces logran conectarse entre sí y realizan actos de protestas. Pero esas solo adquieren la forma de “estallidos sociales”, al estilo francés o chileno, pero sin continuidad en el espacio y en el tiempo.

Las clases no han desaparecido, eso está claro. Pero han sido subsumidas en las masas y estas, sin partidos ni organizaciones, suelen actuar como hordas o, como ya lo hemos visto no solo en los EE UU. de Trump, como turbas. Ellas son y serán, lo estamos viendo a diario, la carne de cañón de los líderes y partidos nacional-populistas. La sociedad post-moderna no ha sido desclasada pero sí – la diferencia no es banal- desclasificada. Hecho que no tarda en repercutir en las biografías, marcadas cada día más, por un sentimiento colectivo de no-pertenencia, ni social ni cultural.

Pero el humano, gregario al fin, quiere ser algo y alguien en un espacio determinado por un nosotros identitario. El problema es que la oferta de identidades colectivas que ofrece el mercado social es muy inferior a su demanda

¿Quién soy yo? La respuesta en el pasado era segura: soy un empresario, soy un trabajador, soy un profesional. Todavía hay algunos privilegiados que pueden dar respuesta afirmativa a esa pregunta socio-ontológica. Pero cada vez son menos. Y cada vez son más los que no pueden definir su identidad en términos laborales o sociales. El “yo soy”, esa es la conclusión, está dejando de ser una referencia social. Bajo esa condición, el ser, para ser, busca otras referencias, y estas solo pueden ser encontradas en identidades ya no sociales sino a-sociales, e incluso anti-sociales, y por lo mismo, anti-políticas.

Para usar una terminología en boga, el tema de la identidad del ser ha sido rebajado a sus instancias más primarias, ahí donde habitan identidades que al no ser adquiridas tampoco son intercambiables entre sí. Identidades definidas por un “yo soy” pre-social y pre-político: un ser biológico, nacional, étnico, cultural.

Para usar los términos de Paul Ricoeur (Sí mismo como el Otro) asistimos al avance de una identidad sin ipseidad. O dicho más simple, a una identidad determinada no por lo que he llegado a ser sino por lo que yo soy por nacimiento: negro, blanco, indio, hombre, mujer, latino, y, sobre todo, miembro de una comunidad imaginaria llamada nación. El ser social ha sido desplazado por el ser nacional. Y si miramos el pésimo ejemplo que dan los catalanistas, por un ser regional.

El grave problema es que las identidades primarias no son intercambiables entre sí. Los negros que se levantan en los barrios marginales de Europa y de los EE UU nunca van a dejar de ser negros ni los blancos que siguen a Trump en contra de los no-blancos, nunca van a dejar de ser blancos. Y al no ser intercambiables, esas identidades yacen fuera de toda deliberación, de toda discusión o debate. Nadie podrá jamás convencer al otro de que su identidad primaria es falsa. Pues las luchas identitarias, a diferencias de las sociales y políticas, no son argumentativas, ni siquiera ideológicas. Bajo su primado, la lucha de los discursos termina por convertirse en lucha de cuerpos que, desprovistos de argumentos e ideas, se encuentran mucho más cerca de la guerra que de la política.

Los nacional-populistas y sus fanáticos líderes son hoy los portadores de futuras y cruentas guerras identitarias. Eso quiere decir que mientras la sociedad no logre ordenar sus estructuras, o mientras no reaparezcan nuevas identidades sociales y políticas, los nacional-populistas, con sus retóricas de derecha e izquierda, o de ambas a la vez, continuaran avanzando y la llamada democracia liberal continuará declinando.

Pero hay que insistir: lo que presenciamos no es el fin definitivo de la democracia liberal. En Rusia, Bielorrusia, Turquía, Irán, Cuba, y varios otros países, hay quienes luchan orientados por principios democráticos heredados de, y propios a la, democracia liberal. Pero seríamos ciegos si no advirtiéramos que en muchas otras naciones, precisamente las que fueron guías políticas del orden democrático liberal, las fuerzas democráticas se encuentran a la defensiva.

Sin intentar pronósticos, ni mucho menos construir distopías, solo podemos afirmar por el momento que en las confrontaciones que vienen, la democracia-liberal, la que conocemos o conocimos, no saldrá ilesa. O en otras palabras: la llamada democracia liberal, si es que subsiste, no será la misma de antes. Es mejor decirlo ahora que después.

Puede suceder incluso que la democracia del futuro sea, si no más liberal, más democrática. Lo que no siempre es bueno. La voz del pueblo no es la voz de Dios solo porque viene del pueblo. No pocas veces ha sido la voz del Diablo.

Febrero 18, 2021

Polis

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