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Opinión

Analítica.com

Editorial

Estos 22 años de una pretendida revolución humanista han sido el periodo de nuestra historia en el que más se han vapuleado los valores que toda sociedad organizada requiere para subsistir, armónicamente hablando.

Desde sus inicios, tras el falso discurso de crear al «hombre nuevo», lo que en realidad se impuso fue la destrucción sistemática y continua del orden prevaleciente, para sustituirlo por el control absoluto de la sociedad a manos de una nomenclatura hegemónica que estableció las nuevas reglas que regirían a esta mal llamada revolución bonita, que resultó ser la más horripilante de nuestra historia republicana.

Estos nuevos valores, si así pueden denominarse los antivalores, tienen como base darle rienda libre a la viveza criolla, siempre que esto favorezca a los integrantes de la grey revolucionaria. A través de este modus operandi se desató el proceso de corrupción más amplio que ha podido existir.

El enriquecimiento de la clase dirigente a través de diversos mecanismos concebidos para infringir la ley y anular los controles administrativos fue total. Pero como se requería que otros sectores participaran en este festín de Baltazar, que no era otra cosa que apropiarse de la creciente renta petrolera y crear el soporte necesario para que se mantuviese el régimen, permitieron y promovieron que la cúpula de las fuerzas armadas se aprovechase de la falta de controles para enriquecerse y así armar el círculo perfecto de la sociedad de cómplices de las que nos habló un día Tomas Lander.

Y como eso no era suficiente para asegurar la permanencia del régimen, se dedicaron a regar con dádivas a elementos que se oponían al régimen para fracturar ética y moralmente la resistencia opositora y así surgieron los llamados ‘alacranes’, que le dieron piso a los diversos procesos de fraudes electorales y violaciones sistemáticas a la Constitución y las leyes.

Mientras, empobrecieron y domeñaron al pueblo, con las famosas cajas Clap, con las que les daban lo mínimo necesario para saciar el hambre creciente causada por una desatada e incontrolable hiperinflación, manteniendo a la población sometida a través del Carnet de la Patria.

Hoy la sociedad venezolana mal vive aplicando la viveza criolla para resolverse y ver de qué manera logra los dólares (nueva moneda oficial de un país supuestamente antiimperialista) con cualquier expediente, así sea ilegal, para subsistir en el caos que se ha convertido Venezuela.

Luchar por salir de este pernicioso régimen no es solo indispensable desde el punto de vista político, sino también ética y moralmente hablando, ya que ninguna sociedad puede mantenerse por mucho tiempo a punta de bodegones creados y controlados por los llamados ‘enchufados’, y a los que solo tiene acceso un exiguo porcentaje de la población.

Para reconstruirse económicamente, Venezuela tiene que acabar con la corrupción, con los antivalores, e iniciar una campaña masiva basada en educar y capacitar a todos, así como una vez lo proclamó Bolívar al sostener que la base indispensable de la República son la moral y las luces, para de esta manera tener una población responsable e ilustrada a la vez.

 2 min


Ignacio Avalos Gutiérrez

Durante un tiempo que nos ha sabido a eternidad, hemos estado atrapados, desde la mañana hasta la noche, por una de telaraña de palabras (Coronavirus, infodemia, resilencia, COVID -19, conspiranoia, confinamiento, sanitarios, vacuna ), que no hacen sino recordarnos cada segundo que estamos sumidos en una pandemia. Los terrícolas vivimos dentro del pánico y la incertidumbre acerca del origen del coronavirus, de su posible evolución y duración, de la efectividad y disponibilidad de la vacuna y un más o menos largo etcétera, al que se han sumado varias versiones conspirativas que, cada una su manera, tratan de convencernos que por detrás del coronavirus hay un Gran Hermano (Orwel) más sofisticado, que trata de dominar al mundo, sometiendo a los humanos a su absoluto control, a través de un virus creado en tal o cual laboratorio, respondiendo al interés de quien sabe que país, quien sabe cuáles grupos económicos, de lo cual sería prueba la evidencia de que, en medio de la pandemia. Estaríamos, entonces, ante una tiranía global que, valiéndose de las nuevas tecnologías tendría la capacidad de vigilar y manipular a todos los habitantes del planeta, en nombre de un Nuevo Orden Global, cuyo anticipo es la mascarilla que nos ponemos, que en realidad es la metáfora de un bozal.

Hay pues, versiones para casi todos los gustos, no solamente distintas, sino hasta contradictorias, lo que en buena parte se explica, en gran medida, porque la cultura de la posverdad se ha vuelto un rasgo distintivo de la sociedad mundial de hoy en día, y no escapa a la actuación de algunos gobiernos, que han ocultado los datos o los han manipulado.

En esta Infodemia, como ha sido denominada, las noticias falsas se expanden con más velocidad que el virus, como señaló la misma ONU, creando, como cabe esperar, una gran desconfianza y afectando el manejo del gran problema que tenemos entre manos.

Lo cierto es, así pues, que el planeta fue sorprendido fuera de base. En este sentido, creo que nadie describió mejor la perplejidad de la gente ante lo sucedido que Clarke Smith, un niño de apenas 9 años, con un pequeño texto enviado al Washington Post, que le pidió a sus lectores que manifestaran su opinión al respecto: “Es como si vas a cruzar una calle, miras con cuidado, ves ambos lados y, de repente, te atropella un submarino”.

El mensaje del virus

Según vienen registrando diversos estudios desde hace varios años, nos encontramos en una crisis sistémica, no coyuntural, puesta de manifiesto en varias dimensiones, de enorme gravedad por su origen común y porque es simultáneamente ambiental, energética, alimentaria, social, económica, política…. Todas estas crisis se encuentran abiertas, se han acelerado, se superponen, se mezclan y refuerzan en el marco de un proceso de globalización que carece de la institucionalidad capaz de garantizar su gobernabilidad, dado que las fuerzas económicas son globales y los poderes políticos, no.

Se trata de crisis que sobrepasan el conocimiento a la mano, descubriendo lo poco que sabemos en relación con catástrofes que son consecuencia de acciones eslabonadas, interacciones inéditas y complicadas, amén de la debilidad institucional en lo que se refiere a la gobernanza del mundo, mientras que luce como si dependiéramos de viejas recetas. Como deja ver una frase de Mario Benedetti, pensada en otras circunstancias, claro, vale decir, entonces, que “cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto cambiaron todas las preguntas”.

Así las cosas, debemos aceptar que no estamos experimentando un nuevo ciclo recesivo del sistema capitalista, como, por ejemplo, la última crisis financiera de hace poco más de una década, sino que el patrón del desarrollo y el progreso ha encontrado su límite. El prestigioso académico norteamericano Kenneth Boulding afirmó hace al menos dos décadas, que “quien crea que el crecimiento exponencial puede durar eternamente en un mundo finito, o es un loco o es un economista”. En otras palabras, encaramos lo que algunos han calificado como una “crisis civilizatoria” que interpela al sistema capitalista como modelo en todos los planos de la vida colectiva. Hay, por tanto, que revisar nuestras prioridades y diseñar mejores formas de vivir en la tierra.

Estos tiempos son nublosos, son pocas las certezas con las que contamos. La pandemia puso de manifiesto a la Sociedad del Riesgo, como diría Beck, el sociólogo alemán, y está poniendo por delante la perentoria necesidad de repensar el mundo y la necesidad transformarlo.

Lo señalado anteriormente ocurre, además, en un contexto de las radicales transformaciones tecnológicas que configuran la llamada Cuarta Revolución Industrial, sustentada en la fusión de los mundos físico, digital y biológico. Se trata de tecnologías disruptivas que enorme impacto que como lo muestra, por decir algo entre muchas evidencias, la evolución en el campo de las neurociencias. Por poner sólo un ejemplo, la combinación de cambios en el ámbito de la inteligencia artificial y de la biotecnología no sólo permitirá interpretar la información que surge de nuestra vida cotidiana, privada, sino también manipular nuestras emociones y comportamientos.

En definitiva, ignoramos el formato en que va a ir teniendo lugar, dejado hasta ahora casi exclusivamente, en manos de las grandes empresas y sus particulares objetivos. Resulta indispensable, entonces, ir creando nuevos esquemas de análisis, a partir del trabajo sinérgico entre las ciencias sociales y humanas y las ciencias naturales, con el objetivo de hacerle frente a las interrogantes que emergen, dando pie a dudas de todo tipo. En este sentido cabe resaltar la importancia de las ciencias sociales, de alguna manera dejadas de lado, para responder las preguntas que surgen y redactar un nuevo libreto que ayude a despejarlas, de acuerdo a códigos inspirados en valores relacionados con el bien de una especie en riesgo, la humana, como lo ha manifestado el profesor Jeremy Rifkyn.

Somos terrícolas

Boaventura Dos Santos sostiene que “el virus es un pedagogo que nos está intentando decir algo. El problema es saber si vamos a escucharlo y entender lo que nos está diciendo.”.

En virtud de lo expresado en las líneas anteriores, la aspiración no puede ser, como a veces parece creerse, la vuelta a la normalidad, dado que ésta es la causa que sacó al aire la situación que encaramos y que seguir como hemos venido andando desde hace varias décadas es suicida, dicho sin exagerar. Por otro lado, se trata de una tarea que debe emprenderse mediante la unidad de todos. Si no actuamos unidos, los problemas que nos afligen escaparán de nuestro control. Con razón, el Papa Francisco advierte que “La pandemia no se termina hasta que termina en todas partes. La pandemia nos ha recordado que nadie se salva solo. Lo que nos une a los demás es lo que comúnmente llamamos solidaridad. La solidaridad es más que actos de generosidad, por importantes que sean: es el llamado a aceptar la realidad de que estamos atados por lazos de reciprocidad. Sobre esta base sólida podemos construir un futuro humano mejor y diferente.”

El mundo esta interconectado, pero no unido. Todavía no asumimos nuestra condición de terrícolas, no admitimos que las relaciones humanas estén en el centro del asunto y que se deben organizar medidas colaborativas y un amplísimo espacio de lo común, de lo que es de todos. Tal como dije arriba, es una obligación debida a nuestra mutua interdependencia en el seno de la globalización. Por eso, la administración de la vacuna, de manera de que llegue a todos, será, sin duda, una prueba de que estamos entendiendo bien lo que está pasando, sin caer en la defensa de intereses geopolíticos o económicos que, en ocasiones, han quedado a la vista de todos.

Por último, pero no de ultimo, ojalá este evento de la pandemia pueda servir para resolver el que es sin duda el problema más difícil que enfrenta la humanidad, el del cambio climático. Que sirva, según han señalado muchos, como un ensayo global, útil para resolver a tiempo (el reloj ha corrido más de la cuenta) un asunto tan complejo y tan descuidado, que se ha postergado en función de conveniencias que no son, desde luego, las de todos.

Hay que estar alertas, por tanto, de que, pasado el susto, se eche mano de las inercias que nos trajeron hasta acá, con relación a lo cual ya empiezan a observarse preocupantes evidencias, Recordar que somos terrícolas, que tenemos un destino común y que debemos humanizar nuestra convivencia según los valores de la libertad, la solidaridad y la igualdad, re -interpretados desde los escenarios que nos ha generado el corona virus.

El Nacional, miércoles 6 de enero de 2021

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Guillermo Abril

La constitución de la nueva Asamblea de Venezuela este martes ha colocado en una posición complicada a la Unión Europea: a partir de ahora reconoce el liderazgo de Juan Guaidó, pero lo hace solo como miembro destacado de la oposición. Así lo ha comunicado el Alto Representante para la Política Exterior, Josep Borrell, en un escueto comunicado publicado este miércoles en el que ha evitado nombrar al opositor como presidente interino o encargado, un trato habitual hasta la fecha, pero cuya legitimidad emanaba de la anterior Asamblea, formada tras las elecciones de 2015 y sustituida por la recién constituida tras los comicios parlamentarios del 6 de diciembre.

El comunicado resulta un complejo equilibrio de verbo diplomático en el que Bruselas recoge la posición de los Veintisiete. En él, “lamenta profundamente” la constitución de la nueva Asamblea Venezolana, surgida de unas elecciones que califica de “no democráticas”, y asegura que “la UE mantendrá su compromiso con todos los actores políticos y de la sociedad civil que se esfuerzan por restablecer la democracia en Venezuela, incluidos, en particular, Juan Guaidó y otros representantes de la Asamblea Nacional saliente elegidos en 2015, que fue la última expresión libre de los venezolanos en un proceso electoral”.

Tras las elecciones de diciembre, Guaidó trató de recabar apoyos en Bruselas y solicitó en una comparecencia virtual organizada por el grupo liberal Renew del Parlamento Europeo que las instituciones del Viejo Continente le siguieran reconociendo como presidente encargado de Venezuela. Para mantener la pugna con el actual mandatario, Nicolás Maduro, el líder opositor tomó este martes posesión de una Cámara paralela, considerada por el resto de la disidencia venezolana como la auténtica Asamblea Nacional.

Pero sus gestos no han sido suficientes para que la UE diera el paso. Bruselas tenía sobre la mesa tres opciones: la de no reconocer a Guaidó en absoluto, algo que daría alas al régimen de Maduro; la de mantener su apoyo de forma completa, algo que ya resultó complicado y generó tensiones en 2019; o la de considerarlo una especie de primus inter pares, un rostro visible y destacado de la oposición, un gesto que permitiría de algún modo seguir protegiendo a la disidencia e incluso abrirle la puerta a los fondos que el país tiene repartidos en otros países, como el Reino Unido, Suiza, Estados Unidos o Portugal.

Finalmente, Bruselas ha optado por esta última opción, a la vez que mantiene “un ojo puesto” sobre el desarrollo futuro de los acontecimientos en el país, según ha explicado este martes Peter Stano, portavoz de Exteriores de la Comisión Europea. “Discutiremos nuestra posición sobre Venezuela en las próximas semanas”, ha dicho el portavoz del Ejecutivo, quien se ha referido al nuevo órgano constituido por el chavismo como la “autodenominada Asamblea Nacional” y ha reiterado casi palabra por palabra el mensaje emitido por Borrell: “No hemos reconocido la Asamblea Nacional, así que en lo que respecta a nuestros compromisos, la gente que representa a la Asamblea Nacional son Juan Guaidó y el resto de representantes de 2015; ellos son las personas con las que interactuaremos”, ha dicho.

La postura de Bruselas no ha contentado sin embargo a todo el mundo, y ha sido rechazada con especial intensidad por el grupo liberal Renew del Parlamento Europeo. “Es fundamental que la UE siga reconociendo oficialmente al presidente interino Juan Guaidó y la extensión del mandato de la Asamblea Nacional, votada democráticamente en 2015, hasta que se celebren elecciones libres y justas”, escribe por email Dita Charanzová, vicepresidenta del Parlamento Europeo encargada de América Latina, y una de las principales líderes de Renew. “Lamento la falta de claridad por parte del Alto Representante de la Unión Europea, y pido al Señor Borrell que se pronuncie a favor de la continuidad constitucional de manera urgente”, ha reclamado.

6 de enero 2021

El País

https://elpais.com/internacional/2021-01-06/la-ue-reconoce-el-liderazgo-de-juan-guaido-pero-evita-reconocerlo-como-presidente.html

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Jesús Elorza G.

En la tradicional Misa del Deporte, los atletas, entrenadores y dirigentes deportivos que se dieron cita en las diferentes catedrales del país, coincidían en sus planteamientos relacionados con la crisis por la cual sigue transitando, desde hace muchos anos el deporte en el país.

El clamor nacional, estaba referido a la imperiosa necesidad que tiene el sector deportivo en superar las insuficiencias de todo tipo que, a pesar de ser denunciadas reiteradamente, todavía siguen sin ser resueltas: la discriminación política ideológica que rige en los programas de asistencia social para los atletas, la problemática de la alimentación, transporte, becas, uniformes, viáticos y la asistencia a los eventos internacionales, la paralización de los Juegos Deportivos Nacionales, el deterioro de los Centros de Preparación, la permanente violación de la Autonomía de las Federaciones y del Comité Olímpico, con el propósito de asaltar los cargos de dirección con funcionarios del Ministerio del Deporte o el IND, el discrecional y corrupto manejo del Fondo Nacional del Deporte, la militarización de los Juegos Deportivos Universitarios, la discriminación salarial del entrenador venezolano frente al extranjero, la falta de atención médica y la inexistencia de un Seguro HCM con la cobertura necesaria para atender lo relacionado con las emergencias, prácticamente condenando a una muerte segura a todas las personas relacionadas con el sector.

Todos los presentes, en forma unánime elevaron su voz de protesta para señalar que la problemática del deporte, se ve agravada en forma exponencial por la crisis económica que hoy se vive en el país. La hiperinflación que ha conducido vertiginosamente a la dolarización de la economía, ha reducido, mejor dicho, desaparecido el poder de compra en los ciudadanos. El Bolívar como moneda nacional prácticamente no tiene ningún valor. Los salarios al igual que las beca sufren el mayor impacto de la crisis: mensualmente, el ingreso no sobrepasa 1 dólar, mientras que el valor de la Canasta Alimentaria Familiar tiene un costo aproximado de ¡250 dólares! Es decir, que un atleta, entrenador o dirigente requiere de ¡208 salarios mínimos! para poder llevar alimentos a su hogar.

A esto, comentaban los deportistas de todo el país, hay que agregarle que la política populista de las Cajas CLAP ¡solo es distribuida para los que viven en la región capital!

Al final, la decisión tomada por unanimidad de todos los presentes, fue la de dar a conocer los problemas del deporte y exigir su inmediata solución durante el desarrollo de la misa. Estaban de acuerdo en mantener una actitud crítica y no complaciente frente a las autoridades gubernamentales del sector deportivo.

La acción que iban a realizar, en ningún momento podía entorpecer el desarrollo de la eucaristía, por el contrario, la «Oración de los Fieles» pasaría a ser una expresión solidaria de denuncias y reclamos del deporte venezolano:

-Por la superación de la crisis estructural del deporte....Roguemos al señor

-Por el castigo judicial a los corruptos del deporte....Te lo pedimos señor

-Por la "Indexación" de las becas, salarios y pensiones ...Te lo exigimos señor

-Por el establecimiento de un Seguro HCM que garantice la atención medica....Te lo pedimos señor

-Por el respeto a la Autonomía del sector federado....Roguemos al señor

-Por el transito a Elecciones Libres que permitan superar la crisis social-económica y política ...Roguemos al señor.

En su Homilía, el sacerdote, presentó algunas reflexiones sobre el valor del deporte, a la luz de la fe cristiana haciendo una referencia muy precisa, relacionada con todo lo expresado por los fieles en su oración. "Deporte con Hambre no es Patria" y dirigiéndose a las autoridades deportivas presentes en la misa les dijo "No puede llamarse cristiano quien teme o no resuelve las críticas de sus semejantes" y con la señal de la Cruz dio por terminada la misa. Atletas, Entrenadores y Dirigentes, se tomaron de la mano como señal de hermandad deportiva y de su compromiso de luchar por “Un deporte Mejor en Una Sociedad Mejor”

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Patricia Fernández de Lis

La investigación científica resulta tan compleja que muchos sintieron que era poco relevante para su vida. Pero el virus SARS-CoV-2 cambió de golpe esta percepción. Nunca en la historia se había logrado una vacuna en tan poco tiempo. Hemos visto lo mejor y lo peor de la ciencia este 2020. ¿Mantendrá ese esencial reconocimiento y apoyo

Katalin Karikó quizá gane algún día un premio Nobel, pero se ha pasado décadas sufriendo rechazos. Esta investigadora húngara pensaba en los noventa que una molécula de origen esquivo, el ARN, podría usarse para curar enfermedades como el cáncer, pero su idea provocaba la incredulidad de colegas e instituciones y no encontraba financiación. “Todas las noches estaba trabajando y pensaba: ‘Subvención, subvención, subvención’, y la respuesta siempre era: ‘No, no, no”, contaba hace poco a la revista Stat. Perdió su trabajo en la Universidad de Pensilvania (EE UU), pensó que no era lo suficientemente buena, quiso dejar la ciencia. Pero siguió investigando y, cuando en enero de este año se publicó la secuencia genética de un misterioso virus mortal que asolaba China, aplicó su idea a una posible vacuna. Diez meses después, la inmunización de la empresa en la que trabaja, la alemana BioNTech, se ha probado en 44.000 personas y es una de las grandes esperanzas para acabar con la pandemia mortal que ha arrasado las vidas de millones de ciudadanos, acostumbrados a vivir en sociedades avanzadas y acomodadas, y que jamás esperaron tanta muerte y desolación. En nuestras vidas, predecibles e hipertecnologizadas, ha irrumpido un virus que nos ha pillado desprevenidos y nos ha dejado sobrecogidos, desconcertados y asustados. Muchos ciudadanos se han preguntado cómo es posible que nadie nos avisara de que esto podía suceder. Pero científicos como Karikó sí nos avisaron. La cuestión es que nadie estaba escuchando.

Carl Sagan, astrofísico, divulgador, escritor y figura totémica de la ciencia, el escepticismo y la razón, lo dijo quizá mejor que nadie, y lo dijo varias veces: vivimos en una sociedad absolutamente dependiente de la ciencia y la tecnología, decía, y, sin embargo, nos las hemos arreglado para que casi nadie entienda la ciencia y la tecnología. Y esa es una receta clara para el desastre, concluía.

“La desconexión entre científicos y ciudadanos siempre ha existido”, reflexiona el escritor y también físico Agustín Fernández Mallo. “Creo que tiene que ver con una incorrecta educación, pero no tanto en los contenidos científicos como sí en la filosofía de la ciencia. Quizás ahí también tenemos parte de culpa el sistema social científico, que históricamente ha alentado la idea de que la ciencia es igual a la verdad”, añade. Y la ciencia es solo un método para acercarnos a esa verdad; eso sí, es el mejor que tenemos.

La Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) realiza cada dos años una encuesta sobre la percepción social de la ciencia en España. La última, de 2018, muestra que los españoles confían en la ciencia, pero no la comprenden: casi la mitad de los encuestados consideran que su educación científica es baja o muy baja. Y al 30% es un tema que les interesa poco o muy poco porque en su mayoría, aseguran, no la entienden.

Matilde Cañelles cree, como Fernández Mallo, que la desconexión entre científicos y ciudadanos no es exclusivamente achacable a la falta de formación de la sociedad. Esta investigadora del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS - CSIC) ha empleado mucho tiempo en estudiar los cambios en la percepción de la relevancia de la ciencia en la sociedad; ahora participa en un estudio multidisciplinar sobre la repercusión social de la covid. La experta explica que el éxito de una carrera científica se valora, cada vez más, analizando el número de ar­tículos que ha publicado un investigador en las revistas especializadas, lo que convierte esa publicación en la única manera de evaluar su trabajo y la que marca, en última instancia, la posibilidad de conseguir más fondos. En inglés lo llaman publish or perish, publica o perece. Y esto ha aislado a muchos científicos bajo toneladas de documentos y burocracias, y les ha hecho olvidar la necesidad de trasladar los resultados de sus investigaciones a la sociedad. “Se ha creado lo que los americanos llaman la rat race [carrera de ratas] por conseguir más y más artículos, más y más dinero, y un laboratorio más grande. Y se han perdido algunos valores, como la necesidad de hablar con los medios y los ciudadanos”, reflexiona Cañelles.

Un problema añadido es que los largos y complejos tiempos y métodos de la ciencia casan mal con una sociedad acostumbrada a medir el éxito de un proyecto en el tiempo que se tarda en poner un tuit, y a valorar a los políticos en periodos de cuatro años. Como se observa claramente con el ejemplo de la vacuna de Katalin Karikó, un científico necesita decenas de años y una financiación sostenida en el tiempo para que sus investigaciones obtengan resultados. En España, la sangría de los fondos dedicados a ciencia en los últimos 10 años ha sido monumental y no tiene comparación con ninguna otra actividad: invertimos un 1,24% del PIB, menos que hace una década (1,40%), cuando el promedio europeo es del 2%. La carrera investigadora es un desastre, con doctores ultraformados que tienen sueldos mileuristas y ninguna perspectiva de tener una carrera estable; los laboratorios están ahogados por la falta de dinero y la burocracia; los mejores biólogos, físicos y matemáticos se van al extranjero o a la industria farmacéutica y la tecnológica. Aun así, cuando los científicos quisieron protestar por su situación, el año pasado, en Madrid, salieron a la calle solo 500 personas. “Hay una ceguera política, y también social, para darnos cuenta de que las inversiones a medio y largo plazo son inversiones también de ahora”, resume la directora del Departamento de Salud Pública y Medio Ambiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), María Neira.

La falta de atención e interés público por la ciencia se muestra fácilmente con un ejemplo muy simple. El Centro Nacional de Epidemiología es el encargado de vigilar nuestra salud pública y controlar las enfermedades que pueden afectar a los ciudadanos. En el organismo trabajaban 100 personas en 2008. Tras los recortes provocados por la crisis económica, este año, cuando llegó a España la mayor pandemia del siglo XXI, eran tan solo 64. Ahora, unos meses después, el centro se ha reforzado y tiene 77 trabajadores, pero aún siguen siendo menos, en plena crisis sanitaria, que hace 12 años.

Así que la ciencia ha seguido trabajando con medios cada vez más limitados, y ante la indiferencia general, y cuando los virólogos y epidemiólogos avisaron de que en algún momento llegaría una pandemia global provocada por un virus, nadie escuchó. Hay libros y reportajes que cuesta releer sin estremecerse. Hasta ahora habíamos “esquivado la bala”, como ha dicho Keiji Fukuda, exjefe de epidemiología de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Atlanta (CDC, el centro de referencia de EE UU en materia de salud pública). Gracias a una combinación de preparación (especialmente en los países de Extremo Oriente) y buena suerte, ni el SARS en 2002, ni la gripe porcina en 2009, ni el ébola en 2014, ni el zika en 2016 fueron pandemias completas. Pero cuando el 11 de marzo de 2020 la OMS declaraba que la covid causada por el virus SARS-CoV-2 era una pandemia, la atención de todo el planeta, hasta el momento centrada en peleas políticas, partidos de fútbol, raperos o series de televisión, se giró hacia la ciencia. Y la ciencia estaba preparada.

Desde su posición privilegiada en la OMS, María Neira reflexiona: “Si hemos tenido una vacuna en 10 meses es porque ya había grupos de científicos, con sueldos no exactamente millonarios, que llevaban tiempo trabajando en ello. No es que estuvieran poco preparados. Es que eran pobres. La comunidad científica estaba trabajando en esto, con recursos exiguos y buena voluntad, pero, si no hubiera sido por eso, no estaríamos aquí”.

La carrera científica por conseguir fármacos que mitiguen la gravedad de la enfermedad y vacunas que la erradiquen ha sido monumental, no tiene precedentes y arrancó en cuanto China notificó, en diciembre del año pasado, los primeros casos de una neumonía atípica de origen desconocido. Ignacio López-Goñi, catedrático de Microbiología de la Universidad de Navarra y divulgador científico, lo resume en su apasionante libro Preparados para la próxima pandemia (Destino): en tan solo unos días se identificó al causante, un coronavirus. El 13 de enero ya estaba disponible en la web de la OMS el protocolo para la técnica de la PCR para detectar el virus y en mayo ya había 270 test diagnósticos distintos. En unos meses, científicos de todo el planeta secuenciaron más de 90.000 genomas de pacientes repartidos por todo el mundo, para así conocer mejor el patógeno y ver cómo y en qué circunstancias muta. En seis meses se publicaron 40.000 artículos científicos sobre el SARS-CoV-2, cuando sobre el primer coronavirus, el SARS, se escribieron unos 1.000. Se han probado decenas de tratamientos distintos (antivirales, antiinflamatorios, plasma de pacientes recuperados…) y la OMS puso en marcha un programa, Solidaridad, por el que 400 hospitales de 35 países han compartido los datos sobre la eficacia de todos esos medicamentos. Y finalmente está la gran esperanza, el único camino de regreso a la vida anterior, la vacuna. Hay 125 candidatos y 3 de ellos están en el mercado menos de un año después de que se identificara esa misteriosa neumonía en China. Nunca, en la historia, se había logrado este hito tan rápido. Las vacunas tardan decenas de años en desarrollarse y para algunos virus, como el VIH, ni siquiera existen.

La ciencia ha hecho un esfuerzo brutal al margen de la falta de interés ciudadano, los recortes, los sueldos miserables o la inestabilidad de la carrera investigadora. María Neira reflexiona sobre su experiencia en la OMS estos meses: “Hemos batido récords en la colaboración entre expertos. Nunca había visto nada así; no puedo decirle ningún nombre de un científico que hayamos llamado, aunque fuera para citarle unas horas después o a las tres de la madrugada, que nos dijera que no. Y esto ha ocurrido además hablando de cuestiones donde hay muchos intereses comerciales también. Esta ha sido una de las cosas que más nos han emocionado a mis colegas y a mí: esa generosidad, la colaboración altruista y muy consciente del momento histórico en el que estamos metidos”. La ciencia, a pesar de todo, ha respondido, sí. Pero no sin costes.

“Hasta ahora, lo que le llegaba a la sociedad, a través de los medios de comunicación, es el producto final de la ciencia, pero en estos meses lo que se ha visto es cómo funciona la ciencia, las tripas. Y lo que ha quedado, a veces, es mucha inquietud”, opina López-Goñi, que con su cuenta en Twitter (@microBIOblog) llega a casi 58.000 personas. El primer problema es que la sociedad, y también los políticos, suelen pedir soluciones rápidas y contundentes a problemas complejos y cambiantes, como es la lucha contra un virus mortal. “Y la ciencia no tiene respuestas inmediatas ni certezas, sobre todo en temas de biología. Siempre, nunca… son términos que no puedes usar”, dice el microbiólogo. Y además “hemos visto las vergüenzas de la ciencia”.

Los científicos publican los resultados de sus investigaciones en revistas especializadas que son revisadas por otros científicos. Ese proceso normalmente dura meses, pero la pandemia no espera. Por eso, este año se han publicado decenas de miles de preprints, estudios sin confirmar, de utilidad para la comunidad investigadora, pero que han sido publicados en medios de comunicación y redes sociales como verdades contrastadas cuando no lo estaban. También se ha reducido a la mitad el tiempo de revisión de las revistas médicas, de 120 días de media a 60. Y ha habido ejemplos sangrantes de ciencia mal hecha. Es muy conocido el caso de un artículo científico sin revisar que aseguraba en enero haber encontrado un “sospechoso” vínculo entre el virus del sida y el coronavirus, sugiriendo que estas coincidencias no “eran de naturaleza fortuita” y abriendo la puerta a la idea de que el virus de la covid podría haber sido creado deliberadamente en un laboratorio. El artículo fue retirado dos días después, pero fue descargado por 200.000 personas y lo difundieron más de 23.000 tuits.

Hay mala ciencia que además ha traído jugosos beneficios en Bolsa a las empresas que han jugado a ofrecer información sin contrastar sobre sus medicamentos o sus vacunas. En el momento en el que se escribe este reportaje, ninguna de las tres empresas que han puesto su vacuna ya a disposición de los Gobiernos de todo el mundo (AstraZeneca, Pfizer y Moderna) ha dado a conocer los resultados de sus investigaciones a la comunidad científica.

Pero probablemente el mejor ejemplo del lío en el que se ha visto metida la comunicación de la ciencia durante la pandemia ha sido el de la hidroxicloroquina. Este medicamento, que ha sido utilizado desde hace décadas para la terapia de enfermedades como el paludismo, fue identificado al principio de la pandemia como uno de los posibles tratamientos contra la covid. También fue defendido por personajes como el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, o el estadounidense, Donald Trump, lo que despertó la atención mundial hacia el fármaco, hasta el punto de que hubo problemas de abastecimiento en todo el planeta. Sin embargo, cuando la prestigiosa revista The Lancet publicó un estudio en mayo sugiriendo que aumentaba el riesgo de muerte, ese simple fármaco para la malaria quedó desacreditado, tiznado también por la defensa que habían realizado dos presidentes populistas y que no son precisamente amantes de la ciencia. Y sin embargo ese estudio, publicado en una revista muy prestigiosa, fue finalmente retractado, así que relevantes médicos e investigadores pidieron que les dejaran seguir investigando. Finalmente, la OMS aseguró en octubre que la hidroxicloroquina no salva vidas, pero los resultados de su estudio tampoco se han publicado aún. Todo este confuso batiburrillo de estudios y comunicados ha trasladado confusión a la ciudadanía, que en este momento probablemente no sabe ya si la hidroxicloroquina mata o salva.

“Con la información científica cada vez más polarizada, retorcida y exagerada, hay una creciente preocupación de que la ciencia esté siendo representada al público de una manera que puede causar confusión, expectativas inapropiadas y erosión de la confianza pública”, reconoce en un interesante informe, titulado Tenemos que hacerlo mejor, la organización Royal Society de Canadá. La arrogancia de algunos científicos mediáticos y tuiteros en hablar de un tema sobre el que no han investigado, y hacerlo además con contundencia (“cuanto más seguro esté alguien sobre la covid-19, menos debería usted confiar en él”, como dice un editorial de la revista British Medical Journal), ha terminado de añadir ruido y desconcierto a un mundo, el de la comunicación de la ciencia, que no está precisamente sobrado de prestigio y referentes. ¿Cuánto dura la inmunidad de la covid? ¿Son más peligrosas las mutaciones del virus? ¿Qué está ocurriendo en las escuelas para que no haya grandes contagios? Lo cierto es que no lo sabemos, y quizá ha llegado el momento de reconocerlo. “La certeza es el reverso del conocimiento”, dice ese mismo editorial. “Conviene insistir en que la ciencia produce resultados válidos para el mundo precisamente porque admite desde el principio que puede ser refutada, que no tiene por qué ser verdad siempre; es decir, es crítica consigo misma y se va autocorrigiendo. Lo único que nunca puede ser refutado son las religiones o las ideologías fundamentadas en alguna fe”, explica Fernández Mallo.

La mala ciencia, mezclada con la necesidad de certezas por parte de los políticos y la población en un asunto en el que no las hay, ha generado mucho ruido alrededor de la ciencia: conspiraciones, noticias falsas, movimientos antivacunas y antimascarillas, desconfianza… “Yo creí que había visto todo tipo de epidemias, y las he visto horribles”, reflexiona María Neira desde la OMS. “Pero esta tiene componentes irracionales, de politización alta, de comunicación cacofónica, de infodemia, incluso de reacciones apocalípticas. Hay que volver a la serenidad y al liderazgo, que no quiere decir adoctrinar. Mucha gente ahora quizá se siente vulnerable y no se siente liderada”.

La buena noticia es que la ciencia está mejor preparada que nunca para ayudar a los líderes políticos a hacer su trabajo, o sea, a liderar. El Gobierno ha aumentado un 60% la inversión en ciencia, la mayor subida que ha habido nunca en nuestro país. Las donaciones al mayor centro de investigación español, el CSIC, pasaron de los exiguos 460.000 euros de 2019 y a los 11,3 millones de euros que registraba a principios de diciembre. El Instituto de Salud Carlos III, sobre el que ha recaído gran parte de la gestión de esta pandemia, recibió durante los últimos 15 años, desde 2005 hasta 2020, 740.000 euros. En 2020 se han superado los 1,2 millones de euros, en su mayor parte de personas jurídicas. Pero personas físicas han donado a una entidad prácticamente desconocida para el gran público hasta esta pandemia más de 11.000 euros. Y en el caso del CSIC, 177.340 euros han sido donados por ciudadanos anónimos. Es un fenómeno desconocido en España. Además, algunos científicos en universidades, como López-Goñi, aseguran que han aumentado las matriculaciones en carreras de Biología, Bioquímica y Medicina, aunque aún no hay datos oficiales. La atención mundial está, sí, fijada sobre la ciencia. ¿Pero se mantendrá?

“La ciencia es una inversión estratégica, inteligente y, al mismo tiempo, de sentido común. Es obvio, es tan básico que no debería ni discutirse. De esta hay que salir pensando que la ciencia no es que nos salve la vida, es que te la prepara para ser mucho mejor”, dice contundente María Neira. Ella y otros expertos creen que la próxima cita para comprobar si la ciencia se mantiene en el interés de ciudadanos y políticos es lo que la OMS llama Una Salud; es decir, la necesidad de reflexionar sobre la conexión de nuestra salud y la del planeta. Porque de lo que nadie tiene dudas es de que vendrá otro virus mortal, que a su vez provocará otra pandemia. La cuestión es si habremos aprovechado el tiempo para prepararnos.

“Además de reforzar los sistemas de respuesta y de vigilancia epidemiológica, tenemos que pensar en cómo tratamos los factores de riesgo, y eso no lo estamos haciendo bien. Ahora estamos concentrados en apagar este fuego, pero ¿qué pasó para que se provocara? Y eso lo sabemos muy bien, aunque lo estamos posponiendo”, dice Neira. La experta cita como riesgos que no estamos afrontando la contaminación del aire, el uso de energías fósiles, las ciudades en que vivimos, “donde el coche es el rey y nosotros somos ciudadanos de segunda”, y un estilo de vida sedentario que aumenta factores de riesgo como la hipertensión, la diabetes y la obesidad. “La sociedad nos va a pedir que reduzcamos la vulnerabilidad y va a exigir a los gobernantes que se ocupen de reducir esos riesgos, vengan de donde vengan, y de protegernos mejor”, añade.

Y en esa reducción de riesgos es clave el mantenimiento de los científicos como figuras centrales en el asesoramiento a los políticos cuando llegue el momento de volver a tomar decisiones complejas. “Hemos tardado muchos meses en implementar canales para capilarizar ese conocimiento científico”, dice el sociólogo Pep Lobera, que forma parte de uno de esos comités, el que asesora al Gobierno sobre la estrategia de las vacunas. “Esta crisis es un golpe muy fuerte, pero no será el último. Y si no tenemos canales para que ese conocimiento permee hacia la toma de decisiones en contextos de incertidumbre, no se podrán improvisar”, añade. Y además es el momento de reforzar la comunicación entre científicos y ciudadanos, y para eso es fundamental, cree, “ser muy transparentes, muy receptivos, no generar falsas esperanzas, escuchar las inquietudes de los que las tienen y no despreciarlos con que les falta cultura científica”, una frase que es pronunciada en demasiadas ocasiones por algunos científicos muy mediáticos. “Hace falta humildad”, concluye Lobera.

El año 2021 será fundamental en la historia de la ciencia y la confianza pública en ella: si la mayor parte de la población quiere inmunizarse, si las vacunas contra la covid funcionan bien y si las conspiraciones no triunfan, la confianza en la investigación se habrá reforzado y, muy probablemente, la sociedad no permitirá que la atención desaparezca. Lobera, que es uno de los que más han investigado las fortalezas y carencias de la cultura científica en España, cree que en esto el país parte con una ventaja y una desventaja. El factor positivo es que estamos en unos niveles de confianza en los científicos, en el funcionamiento de la ciencia y en las vacunas muy elevados respecto a otros países. En una encuesta publicada en septiembre por el Pew Research Center, de Estados Unidos, el 91% de los españoles se muestran de acuerdo con que hay que gastar fondos gubernamentales en ciencia (es el mayor porcentaje de todos los estudiados) y somos, después de indios y australianos, los que más confiamos en los investigadores. Los datos coinciden con las encuestas que se realizan en España y que colocan a los científicos siempre entre los profesionales más admirados, con médicos y maestros.

El factor en contra es que vivimos en uno de los lugares más polarizados políticamente. Mascarillas sí o no, salud o economía, PCR o antígenos; hasta los debates más técnicos han servido para polarizar a la población. “Y hay una relación preocupante entre la erosión de la confianza social en la ciencia, y en la política, y la emergencia de partidos populistas con líderes carismáticos, proféticos. Es un año muy importante para hacer las cosas bien”, añade Lobera. Siempre y cuando, claro, las inversiones se mantengan y no desaparezcan cuando los focos de la covid se apaguen: “Hay que estar financiando investigación de calidad siempre, para que cuando venga la crisis, y nunca sabes por dónde te va a venir, tengas conocimientos suficientes en los que apoyarte para poder hacer los descubrimientos o generar las metodologías que te van a ayudar”, resume Cañelles.

Gracias a la ciencia ya no hay viruela y estamos a punto de erradicar la polio, la dracunculiasis, la hepatitis C, el sarampión o la rubeola, reflexiona López-Goñi en su libro. Gracias a la ciencia ya no hay peste ni leprosos por las calles de Europa. Gracias a la ciencia el sida es una enfermedad crónica. Gracias a la ciencia muchos cánceres se pueden curar. Para solucionar esta y futuras pandemias, y hasta que a alguien se le ocurra un método mejor, el único camino que tenemos es escuchar, comprender, defender y financiar a las Katalin Karikó del mundo; escuchar, comprender, defender y financiar la ciencia.

27 de diciembre de 2020

El País

https://elpais.com/elpais/2020/12/22/eps/1608637752_983427.html#?sma=new...

 18 min


Norberto Paredes

En los últimos años las relaciones entre Venezuela y Trinidad han estado marcadas por tensiones migratorias.

Aunque en décadas pasadas eran principalmente los trinitarios quienes emigraban a Venezuela en búsqueda de oportunidades, ahora son los venezolanos quienes se vuelcan a la pequeña isla de 1.300.000 habitantes, escapando de la crisis económica, política y social que vive su país.

Y en ambos lados de los apenas 11 kilómetros que separan a la República Bolivariana de Trinidad muchos desconocen la historia que comparten.

Situada al noreste de Venezuela, esta isla -la quinta más grande del Caribe- fue visitada por Cristóbal Colón durante su tercer viaje, en el año 1498, pasando a formar parte de las colonias del Imperio Español en América.

Pero vista como poco atractiva, en comparación con "El Dorado" que se encontraba más al sur del continente, Trinidad era muchas veces considerada por los españoles como una carga, en lugar de un sitio para desarrollar y encontrar riquezas.

Luego de largos periodos de abandono y reconquistas, la entonces provincia de Trinidad se convirtió en una de las integrantes de la Capitanía General de Venezuela cuando esta fue fundada en 1777.

Esa entidad luego daría paso a la nación soberana que conocemos actualmente.

Hoy, todos los territorios fundadores de esa Capitanía General son parte de Venezuela: la provincia homónima (también llamada Caracas), así como Cumaná, Guayana, Maracaibo y Margarita.

Todos, menos uno: Trinidad.

La historia de cómo esta isla, ahora parte de Trinidad y Tobago, se desprendió del Imperio Español, pasó a manos británicas y se independizó, casi dos siglos después, es compleja y turbulenta.

Pero lo cierto es que a los españoles se les hizo difícil consolidarla como colonia, como lograron hacerlo con muchos otros territorios en la región.

Según los historiadores, los problemas para los conquistadores europeos comenzaron el mismo día en que decidieron colonizar la isla.

"Trinidad ya estaba poblada cuando llegaron los colonizadores y muchos grupos indígenas se resistieron a la colonización. Cuando tienes diferentes grupos indígenas en una zona, normalmente ya hay una sociedad establecida que funciona", le dice a BBC Mundo Debbie McCollin, historiadora de la Universidad de las Indias Occidentales, en Trinidad y Tobago.

Ella subraya que, de todas formas, la isla nunca fue un objetivo para los españoles, sino un "medio para un fin".

"El objetivo eran las riquezas de Sudamérica y Trinidad era vista como una especie de plataforma que les permitía bajar por el (río) Orinoco, adquiriendo tierras e infiltrándose en territorios indígenas desde una base trinitaria", explica.

Una tarea difícil

Desde el comienzo del periodo de colonización, el Imperio Español hizo muy pocos esfuerzos para crear asentamientos en la isla de Trinidad.

Los pocos intentos generaron además un gran rechazo por parte de los locales y, dado que las Antillas Mayores y el continente eran considerados como más importantes, Trinidad fue abandonada por muchos años.

El primer esfuerzo real para colonizar el territorio lo hizo el español Antonio Sedeño en 1530, siendo nombrado gobernador de Trinidad por el Imperio Español.

Sedeño intentó crear lazos con los indígenas dándoles un trato justo y ofreciéndoles regalos, pero esta relación se terminó cuando las reservas de alimentos de los españoles comienzan a agotarse.

Los españoles decidieron entonces ingresar en poblaciones indígenas buscando nuevos suministros y esto enfureció a los locales que, luego de una larga batalla, obligaron al gobernante español a huir de la isla.

Juan Ponce de León II, exgobernador de Puerto Rico, fue el encargado de continuar la tarea que Sedeño jamás pudo completar, pero él también fracasó al enfocarse de nuevo en la riqueza de otros territorios vecinos.

Finalmente, Antonio de Berrio fue nombrado gobernador en 1580 y se convirtió en el primero en establecer una presencia e influencia española en la isla, fundando el pueblo de San José de Oruña, que funcionaría como la capital de la provincia.

Pero a lo largo de los siglos, la influencia de Madrid en Trinidad tuvo un límite y se vio eclipsada en un principio por la cultura local y luego por la vasta inmigración francesa fomentada con el fin de poblar la isla.

Según el libro "History of the People of Trinidad and Tobago", escrito por el exprimer ministro trinitario Eric Williams, para 1772, la capital San José de Oruña tenía una población de 326 españoles y 417 amerindios.

Fue en esa época del siglo XVIII que España y otras potencias colonizadoras se dieron cuenta de la importancia de Trinidad. Pero probablemente para la monarquía española ya era demasiado tarde.

La apertura a la inmigración

"Hasta 1770 Trinidad no fue una isla de mucha importancia desde el punto de vista económico ni político ni social: era una isla prácticamente abandonada", le cuenta a BBC Mundo Cristina Soriano, profesora de historia de la Universidad de Villanova en Pensilvania, EE.UU.

Hasta 1770 Trinidad no fue una isla de mucha importancia desde el punto de vista económico ni político ni social: era una isla prácticamente abandonada".

Pero en el marco de las llamadas reformas borbónicas, la monarquía españoló decidió reestructurar los ejes administrativos del imperio para hacer a las colonias en América más productivas y sacarles un mayor provecho económico.

"La corona española decide invertir en Trinidad. Se dan cuenta que pueden imitar el modelo económico desarrollado por los ingleses y los franceses en otras islas en el Caribe y se plantean desarrollar plantaciones de azúcar, pero para eso necesitan incentivar la migración", explica la historiadora venezolana.

Y en 1783 se firma la Cédula de población, una ley que abre la isla de Trinidad a la inmigración católica, principalmente desde colonias francesas en el Caribe, como Haití y Martinica.

Dependiendo de su color de piel y sus orígenes, cada francés que se muda a la isla recibe tierras a cambio de jurarle lealtad a la corona española.

Trinidad fue fusionada con Tobago en 1888 y desde 1962 forma parte de un país soberano: Trinidad y Tobago.

"Estas leyes eran más flexibles que las que existen en el resto de la América española y funcionaron", destaca Soriano.

Y gracias a la Cédula de población, una gran número de familias francesas se instaló en la isla, seguidas por un grupo incluso más numeroso que llegó a raíz de la Revolución haitiana.

El primer periódico en Venezuela se publicó en francés

"Las rebeliones en el Santo Domingo francés generan una huida importante de familias francesas hacia otras regiones, entre ellas la Trinidad española, trayendo consigo un numeroso grupo de esclavos: los españoles buscaron también incentivar la población esclava en la isla", detalla Soriano, agregando que para 1797 -cuando los ingleses invaden la isla- poco más de la mitad de la población en Trinidad se identificaba como francófona.

Y la inmigración francesa en Trinidad también dejó huellas en la historia venezolana, de hecho el primer periódico publicado en Venezuela no fue en español.

El historiador Tomas Straka, profesor de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), le cuenta a BBC Mundo un dato que puede resultar sorprendente para muchos: "El primer periódico venezolano fue publicado en Trinidad y se publicó en francés, esto debido a la gran cantidad de franceses que llegaron a la isla buscando tierras y oportunidades".

El primer periódico venezolano fue publicado en Trinidad y se publicó en francés".

El Correo de la Trinidad Española circuló desde agosto de 1789 hasta enero de 1790, mucho antes que la Gazeta de Caracas que vio luz en 1808.

El "error" de España

Durante casi 300 años Trinidad estuvo bajo dominio español, pero ¿cómo pasó a manos de la corona inglesa y por qué los británicos se interesaron en la isla?

Cristina Soriano, de la Universidad de Villanova, explica que con la pérdida de las colonias en América de Norte tras la Revolución de las Trece Colonias, el Imperio británico también perdió la capacidad de surtir a sus colonias en el Caribe con productos de tierra firme y vieron que Trinidad podría proporcionarles una vía para traer productos desde Venezuela.

"Como Trinidad era parte de la Capitanía General de Venezuela, había mucha integración económica y comercial y los británicos vieron que podrían sacarle beneficio a esa relación haciendo contrabando", explica.

Para esa época, Trinidad ya se había convertido en una colonia significativa desde un punto de vista social y sobre todo económico.

"Lo que ocurrió fue que los británicos empezaron a ver como Trinidad florecía. Este territorio creció exponencialmente desde 1783 hasta 1790, tanto en términos demográficos como en cuanto a plantaciones de azúcar. Así fue como se convirtió en un objetivo para los intereses económicos británicos", cuenta la historiadora trinitaria Debbie McCollin.

La Revolución haitiana impulsó la inmigración francesa a Trinidad que dejó huellas imborrables en la historia de la isla.

Entonces, el Imperio británico sólo necesitaba una razón para invadir Trinidad. Una sola. Y España se la dio.

Invasión de Trinidad y Puerto Rico

En 1796, Madrid y París firmaron una alianza militar conocida como el Segundo Tratado de San Ildefonso en el que convenían mantener una política militar conjunta frente a poderoso Imperio Británico que, pese a la independencia de Estados Unidos, todavía controlaba gran parte del mundo.

El pacto fue considerado por el Reino de Gran Bretaña -que veía a Francia como su gran enemigo- como una declaración de guerra por parte de España, por lo que los británicos respondieron enviando una flota al Caribe con la intensión de invadir Trinidad y Puerto Rico.

"Puerto Rico era más importante para España que Trinidad, por eso la corona española logró retener la primera y no se opusieron demasiado a la invasión de la segunda", asegura Tomas Straka.

Con la firma del Tratado de Amiens en 1802, España aceptó cederle Trinidad a Gran Bretaña, recuperando de paso la isla de Menorca que había sido nuevamente ocupada por los británicos en 1798.

Con la firma del Tratado de Amiens, España le cedió Trinidad a Gran Bretaña.

"Mi interpretación es que los españoles estaban demasiado preocupados con mantener las revoluciones atlánticas -la americana, la francesa y la haitiana- lejos de las costas de tierra firme. Estaban obsesionados con eso y como se dan cuenta de que es dificilísimo controlar la isla y como Trinidad no tenía el valor económico que tenía Cuba o Puerto Rico, entonces van a poner más refuerzos militares en esas zonas y en las costas de Colombia y Venezuela", relata.

"Así que puede decirse que fue un sacrificio. Además debido a la inmensa presencia francesa en Trinidad la situación era insostenible", dice.

La historiadora afirma que para el capitán general Pedro Carbonell fue "un alivio" deshacerse de Trinidad por lo difícil que le resultaba gobernarla.

¿Una "pérdida" inevitable?

Sin la invasión británica, Soriano cree que el español tendría mucha más presencia en la isla, pero más allá de ello, la sociedad trinitaria sería una multilingüe y multicultural como lo son muchas islas en el Caribe, con influencias tanto francesas como británicas.

"De no haber sido por los efectos de la Revolución francesa y los efectos en el Caribe y la Revolución de las Trece Colonias, los británicos tal vez nunca se habrían interesado en Trinidad. También creo que si no hubiera sido por el miedo que generaron esos movimientos en el Caribe español, seguramente Trinidad hubiera seguido siendo española, como lo siguieron siendo Puerto Rico, Santo Domingo y Cuba".

El historiador Tomas Straka va más allá y piensa que la isla todavía sería parte de Venezuela.

"No hay ninguna razón para pensar que Trinidad se hubiera separado de Venezuela, como no lo hizo ninguna otra provincia de las que formaron parte de la Capitanía General después de la independencia. Hubo intentos separatistas en algunas, como en Maracaibo y en Cumaná, pero fracasaron", dice.

Pero McCollin cree que debido a la demografía de su isla y lo debilitada que estaba España, la invasión de Trinidad era inevitable.

"Los británicos habían ganado tanta fuerza que Trinidad siempre iba a ser un objetivo. Y si los británicos no lo hacían, eventualmente los franceses iban a hacerlo, debido a su proximidad con el continente y las oportunidades que eso les ofrecía", apunta.

Más británica que española

Hoy, en Trinidad -que fue fusionada con Tobago en 1888 y se independizó de Reno Unido en 1962- la colonización española es vista como "débil", dice McCollin, pese a que todavía hay remanentes culturales dejados por los españoles y que son apreciados en la isla.

No obstante, sus compatriotas se sienten mucho más identificados con el periodo británico que con el español, pese a que este último fue más duradero: "Los británicos hicieron mucho en un corto periodo de tiempo".

"Pero en términos de cómo vemos la colonización general, creo que nos cuestionamos a nosotros mismos para comprender realmente el período y lo que significa para nosotros", agrega.

"Los trinitarios en general se sienten agradecidos de haber tenido toda la influencia que tuvo. Trinidad se volvió muy cosmopolita, con los franceses, los españoles, los británicos, la influencia africana y la india que llegó después; en este país hay una gran mezcla".

"Creo que de manera general apreciamos el período porque nos ha convertido en el pueblo tan colorido que somos ahora".

29 de noviembre 2020

BBC News

https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-54644303

 10 min


Eddie A. Ramírez S.

Simón Bolívar fue nuestro primer vendedor de ilusiones cuando nos vendió la idea de la Gran Colombia, sin considerar que era inviable juntar a Colombia, Ecuador y Venezuela. Sin embargo, sembró la esperanza de la independencia, a la cual dedicó esfuerzo y talento. Así mismo, la mayoría de nuestros presidentes nos vendieron ilusiones, pero unos cuantos sembraron esperanzas, que permitieron construir un país, con sus virtudes y defectos.

En el siglo XX, el presidente Medina y sus seguidores vendieron la ilusión de que la democracia seguiría evolucionando, pero no consideraron que el general López Contreras aspiraba otra vez a la presidencia. Para ello contaba con la aprobación del Congreso Nacional, que era el gran elector, lo cual representaba un retroceso. El dictador Pérez Jiménez vendió la ilusión de que el cemento equivalía a progreso, por lo que descuidó la educación y se estancó el desarrollo.

En el período democrático 1958- 1999 hubo presidentes que vendieron ilusiones y otros que sembraron esperanza. Quizá Betancourt, Leoni y Caldera, con sus más y sus menos, sembraron esperanza. Carlos Andrés Pérez I vendió ilusiones al emprender planes faraónicos y endeudar el país, sin considerar la limitante de recursos humanos. Luis Herrera, Lusinchi, Carlos Andrés II y Caldera II gobernaron con más penas que gloria.

Hugo Chávez fue un gran vendedor de ilusiones, sin duda el mejor mercader que hemos tenido. Nos vendió que eliminaría la pobreza y la corrupción, y que convertiría a Venezuela en una potencia petrolera, agrícola, minera y turística. Sin embargo, era imposible materializar esas ilusiones expropiando empresas, despreciando la meritocracia, favoreciendo la corrupción, la inseguridad personal y jurídica, y regalando nuestros recursos a otros países para comprar voluntades.

Su pupilo Nicolás Maduro, no es capaz ni de vender un vaso de agua en el desierto, solo repite como loro lo que dijo su mentor. Además, por su descaro en el manejo de las elecciones no pudo vender la ilusión de democracia, por lo que tiene en contra a la mayoría de los países democráticos del mundo.

La Mesa de Unidad Democrática sembró esperanzas en las parlamentarias de diciembre del 2015, pero no supo o no pudo regar esa esperanza para poder cosechar. María Corina Machado, Leopoldo López y Antonio Ledezma vendieron ilusiones con La Salida, en el 2014. Demostraron coraje, pero no evaluaron que el régimen tiene las armas y el control del sistema judicial.

La Consulta popular del 16 de julio 2017 sembró esperanzas; era necesaria y contribuyó a la deslegitimación del régimen y a su aislamiento internacional. La acción en el Fuerte Paramacay, en el 2017, fue un gesto valiente, pero solo una ilusión.

El presidente(e) Guaidó sembró esperanzas cuando se juramentó en enero 2019. Algunos dirán que vendió ilusiones al ofrecer el fin de la usurpación, pero olvidan que él y otros han trabajado con ese objetivo.

Guaidó vendió ilusiones con el intento de introducir ayuda humanitaria por Cúcuta en febrero del 2019, aunque ese hecho también representó, a nivel internacional, una derrota política para el régimen y sin duda había que intentarlo. También vendió ilusiones en el evento de La Carlota en abril 2019, al no considerar que Mikel Moreno y Padrino López tienen compromisos con el régimen. Sin embargo, fue valiente al intentarlo. La Operación Gedeón, en mayo 2020, fue una venta de ilusiones por parte de un grupo de jóvenes valientes y románticos, pero mal asesorados, ya que la misma no tenía posibilidades de éxito

María Corina Machado y Antonio Ledezma venden ilusiones al insistir en que la solución es el 187-11 de la Constitución y en una intervención militar extranjera que ningún país ha manifestado apoyar, lo cual ha hecho daño.

La Consulta Popular del pasado diciembre sembró esperanzas. Es inexplicable que un luchador como Ledezma declare que¨ lamenta que haya creado expectativas que terminan de desinflarse¨.

Los venezolanos necesitamos sembradores de esperanza, ya que la misma moviliza. La venta de ilusiones por lo general produce frustraciones al no materializarse. Por ello hay que ser prudentes. Si trabajamos unidos es posible sembrar la esperanza de que el régimen saldrá este año.

Como(había) en botica:

Carmen Meléndez, sobre la cual pesan sanciones del Departamento del Tesoro de USA, acusó de terroristas a los esposos y capitanes de navío Zorany Salazar y Ronald Rodríguez, así como al civil Argen Ugueto.

El sindicalista petrolero Iván Freites, tenaz denunciador de los accidentes y de la corrupción en Pdvsa, tuvo que asilarse en Colombia.

El ciudadano pemón Salvador Franco, preso político, falleció en la cárcel.

Recientemente fue asesinada en su hogar la señora Nélida Paniccia de Mejías, esposa del ingeniero Rafael Mejías, y resultaron heridos nuestro compañero y su hija.

Lamentamos el fallecimiento de Augusto Rojas, de Guillermo Guerrero y de Ismael Ramos B., de Gente del Petróleo y de Unapetrol.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

 3 min