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Opinión

Carlos Raúl Hernández

Las constituciones no nacieron por capricho de sabios, aunque ellos las hacen, sino para preservar a la gente del Leviatán hobbesiano, el poder temible del Estado. Los espartanos tenían un sistema político con dos reyes que se vigilaban el uno al otro. En Roma el Senado frenaba al emperador, y a Julio César, aunque siempre lo acató, lo asesinaron “por tirano”, simplemente porque les asustaba la fuerza de su personalidad.

Como el Senado era una oligarquía de sabios y poderosos, crearon los tribunos de la plebe, y otras instancias para que nadie se moviera de sus posiciones ni amenazara a otros. Emperadores dementes que lo hicieron, perdieron la vida. En 1015, época de Robin Wood, los señores de Inglaterra obligaron al rey Juan a acatar lo que llamaron la Carta Magna, frontera entre el monarca y los derechos ciudadanos, y un siglo después, decapitaron a Carlos I por incumplirla.

Montesquieu consagra que la única manera de vivir sin miedo es que los poderes se controlen entre sí, e impidan la tiranía. Jesuitas y dominicos de la escuela de Salamanca, establecen incluso el “derecho de magnicidio” para el rey que se pase de la raya. Las constituciones norteamericana y francesa llegan a la máxima sofisticación de la paranoia.

Por eso el Terror jacobino 1792-94 la deroga junto con la Declaración de derechos del hombre 1789, con lo que surge el primer régimen bolchevique. Las viejas sociedades aprendieron que la constitución era sagrada, hasta que aparecen los revolucionarios, Lenin, Mussolini, y Hitler con su teórico preferido, Karl Schmitt, quien “demostró” que el poder constituyente estaba en la voluntad que “el pueblo” delegaba en el führer. Perfecto complemento de la teoría leninista.

Jaula abierta, pájaro ido
Es la doctrina que basa la sentencia escrita por unos bribones para derrocar a Carlos Andrés Pérez y luego para autorizar la “constituyente”. Latinoamérica comenzaba a entender qué era la constitución cuando emerge el socialismo XXI, cuyos caudillos decidieron que “encarnaban al pueblo…contra la oligarquía”. Se libraban del freno constitucional, para hacer lo que les daba la gana.

Jellineck, uno de los grandes pensadores democráticos, había escrito “la constitución es la jaula que encierra al poder”. Por eso civiles y militares, dejan de estar obligados a obedecer a quien se sale de sus atribuciones (“el gobierno solo puede hacer lo que las leyes le mandan”) a diferencia de los ciudadanos que “pueden hacer todo lo que las leyes no le prohíban”) Es lo que se llama “la legitimidad de ejercicio”.

Si un Presidente, por ejemplo, ignora el precepto de no reelegirse, es un golpe de Estado y pierde la legitimidad (aunque la oposición venezolana emburdeló hasta ese concepto). Si convoca un referéndum inconstitucional para pedir autorización, es un golpe de Estado. Y si pierde el referéndum e igualmente se lanza, es un golpe de Estado. Y si manda a su compañerita de partido del poder electoral a detener un escrutinio, es un golpe de Estado.

Por desventura, la emergencia de lo que llaman los expertos autoritarismo plebiscitario en los 90 y la aberración del socialismo XXI, han hecho que los ciudadanos desconozcan qué es la Constitución, y muchos parecen no tener idea. Cuando Morales “manda” a suspender los escrutinios, inicia la comisión de un delito, y la fuerza pública estaba obligada a detenerlo en flagrancia.

¡Dispare primero, por favor!
¿Esperará la policía que maten a una familia para que intervenir? En el período democrático el respeto a la constitución era intuitivo en la sociedad, no así hoy cuando parte de la ciudadanía ilustrada apoya un golpista que se niega a salir del poder. Es insólito oír que “lo destituyeron porque era indio”, de quien tenía trece años gobernando, varios de ellos ilegal. Para la ley no existen indios, negros ni blancos sino ciudadanos.

La izquierda asumió la concepción schmittiana-nacionalsocialista desde el siglo pasado. Por eso apoya caudillos vitalicios e introduce sesgos corporativos en los parlamentos. Morales no entragedió al país con políticas económicas socialistas, expropiaciones, controles, acoso a empresarios y mantuvo con “el imperialismo” una relación bastante tranquila. Lo que emociona a algunos ilustrados es el “hombre fuerte”, el Fidel al que añoran pulirle la hebilla.

Si fuera “un indiecito rechazado”, como dicen sus defensores piadosos, sería también, para usar la carcomida jerga ñangarosa, un “indiecito neoliberal” que la pasaba bomba. Venezuela, Argentina y Bolivia, demuestran la ineptitud de los opositores apoyados por este gobierno norteamericano en la región. Honduras, Paraguay y otros, se salvaron porque respondieron en su momento. Nicaragua dejó a Ortega reelegirse ilegalmente.
Trump, también supuesto “hombre fuerte” resultó el sustento vociferante de estos descalabros. Y una amenaza para la democracia en su propio país. La división maniquea de la sociedad, sus agallas supra reeleccionistas y el colado desconocimiento de los resultados electorales, amenazan. No hay por qué suponer que el nuevo Presidente boliviano sea un déspota como Evo. Pero si no es duro sus fans se desengañan y lo dejan de venerar.

@CarlosRaulHer

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Mariana Mazzucato y Anthony Costello

Un antiguo dicho budista zen advierte: «No confundas la Luna con el dedo que la señala». Cuando nos centramos excesivamente en los medios, podemos perder de vista los fines. Un claro ejemplo es la ambiciosa «Operación Lanzamiento a la Luna» de Boris Johnson, primer ministro de Reino Unido. Con un costo de 100 000 millones de libras esterlinas (130 000 millones de dólares), procura aumentar la capacidad de análisis y detección de la COVID-19 de 350 000 a 10 millones por día para la próxima primavera. Debido a su diseño el plan de Johnson es, en el mejor de los casos, una distracción para ocultar el fracaso actual de su gobierno en la implementación de un sistema eficaz de detección y seguimiento y, en el peor, un esfuerzo consciente para perjudicar al sector público.

Ciertamente, hace mucho se debió llevar a cabo un lanzamiento a la Luna. Los gobiernos deben adoptar sin dudas un enfoque orientado a misiones para solucionar los grandes desafíos colectivos como el cambio climático y la pandemia de la COVID-19. Un plan universal de análisis de detección bien diseñado, con un componente de detección y seguimiento sólido, es clave para abrir la economía de manera segura, así como la movilización de la producción industrial será fundamental para la recuperación económica.

Pero el plan del gobierno de Johnson es preocupante. En primer lugar, debido que se centra tanto en la cantidad de test, ignora los motivos por los que se hacen los análisis: diagnosticar a las personas, rastrear sus contactos y determinar las tasas de contagio dentro de la comunidad. Para evaluar la difusión de un virus en una zona determinada, es mucho más importante el acceso a una muestra de tamaño razonable y sin sesgos que la cantidad de test realizados.

Además, si se hacen test a todo el mundo se pueden generar falsos positivos. Como señaló el propio asesor estadístico del gobierno, David Spiegelhalter, si se hace un análisis con el 99 % de precisión a 10 millones de personas al día, habrá 100.000 diagnósticos falsos diarios, que sembrarán confusión y posiblemente desorienten a los servicios de salud. Parece que, cuando prefirieron la cantidad a la calidad, los planificadores del lanzamiento a la Luna no consultaron con el Comité Nacional de Revisión (National Screening Committee) del RU.

Un segundo problema está relacionado con la factibilidad. Según el plan, el gobierno continuará dependiendo de empresas comerciales para lograr la capacidad de análisis necesaria. Pero, ¿por qué habría que esperar que las empresas que no pudieron lidiar con un aumento en la cantidad de pruebas de 700 a 7.000 por día puedan ocuparse de 10 millones por día?

Como dijo recientemente Theodore Agnew, de la Oficina del Gabinete y el Tesoro, esa tercerización ya «infantilizó» al gobierno y dio como resultado entregas de baja calidad. De hecho, tercerizar los análisis de detección de la COVID-19 creó tantos problemas como los que solucionó. Entre ellos, un deficiente control de calidad, falta de alineamiento de los datos con los médicos de atención primaria y barreras de acceso a los pacientes (muchos de ellos deben conducir varias millas para que les hagan los análisis).

Dados estos obvios defectos, el plan de gobierno parece otra oportunidad perdida. Un enfoque mucho mejor hubiera sido otorgar contratos para realizar los análisis a las autoridades de salud pública locales y a los proveedores de atención primaria que cuenten con los conocimientos necesarios y la confianza de sus respectivas comunidades. Todos los médicos de cabecera tienen hisopos nasales a su disposición y se los podría equipar para ofrecer servicios de detección a una milla de los lugares donde vive la gente. Las enfermeras y el personal capacitado podrían obtener muestras de la comunidad vecina y usar sus servicios normales de correo para enviar los análisis a los laboratorios del Servicio Nacional de Salud (que siguen los procedimientos adecuados, a diferencia de los laboratorios a cargo de empresas de contabilidad).

Ignorando esas opciones, el gobierno recurrió a echar la culpa a otros (actualmente son «los jóvenes») cuando las cosas salen mal, aun cuando el público no hizo otra cosa que cumplir las recomendaciones oficiales. Si se informara frecuentemente a las comunidades sobre la situación del virus en sus zonas, como ocurrió en países como Corea del Sur y Noruega, es mucho más probable que adhirieran a los protocolos de seguridad y confieran en las autoridades públicas. El RU no lo hizo y tampoco aprovechó bien a las 750.000 personas que se ofrecieron como voluntarios para apoyar las tareas de rastreo de contactos a nivel local.

Entonces, aunque el gobierno muestra una ambición adecuada, sus enfoques dejan mucho que desear. Explotando la retórica del lanzamiento a la Luna, Johnson no le hizo ningún favor a quienes trabajan duramente detrás de escena para desarrollar planes creíbles de mitigación de los peores efectos de la pandemia.

Peor aún, con su rechazo a la filosofía esencial del enfoque orientado a misiones —que busca crear capacidades dinámicas en el sector público para servir a metas comunes— el gobierno podría terminar empeorando más todavía la salud pública. Con un costo de 100.000 millones de libras esterlinas, el plan representa el 87,7 % del presupuesto total del Servicio Nacional de Salud de Inglaterra (NHS England), de 114.000 millones. En vez de aprovecharlo para respaldar los esfuerzos locales, mejorar el acceso a los análisis de detección, proporcionar apoyo financiero a quienes están en cuarentena e integrar los sistemas de salud nacional y locales, esos fondos probablemente se destinen a un sistema paralelo y tercerizado, en manos de empresas consultoras inadecuadas para ese propósito.

Justo cuando más necesario es, el liderazgo de salud pública del RU quedó envuelto en la confusión cuando se abolió el Servicio Nacional de Salud de Inglaterra y se estableció un Instituto Nacional para la Protección de la Salud, que combina al Servicio Nacional de Salud con el servicio de Detección y Seguimiento del NHS (NHS Test and Trace) y el Centro Conjunto de Bioseguridad (Joint Biosecurity Centre). Este nuevo organismo fue dejado temporalmente a cargo de la baronesa Dido Harding, una política sin capacitación formal en salud pública.

La crónica falta de inversión pública tuvo como resultado una crisis sanitaria mucho peor de lo necesario. El RU necesita más capacidad en el sector público en vez de más tercerización. Mientras Johnson se mira el dedo, su lanzamiento a la Luna se dirige como un bólido en la dirección equivocada. La gente del RU merece un sistema de salud mejor. A esa «luna» debiéramos intentar llegar. Para lograr un alunizaje seguro y oportuno será necesaria la combinación de innovación intersectorial descentralizada y coordinación central eficaz.

19 de octubre 2020

Traducción al español por www.Ant-Translation.com

https://www.project-syndicate.org/commentary/johnson-testing-moonshot-ba...

 5 min


Humbero García Larralde

Venezuela se encuentra devastada, incapaz de proveer condiciones de vida mínimamente satisfactorias y dignas a la inmensa mayoría de su población. Su economía ha sido destruida, su industria petrolera desvalijada y los servicios públicos despojados de los recursos para su mantenimiento. Los venezolanos pasan días enteros –si no semanas—sin agua, con cortes recurrentes de luz y ausencia de gas, con pérdidas cuantiosas para el presupuesto familiar. Estas calamidades se acrecientan por la falta de gasolina, el colapso del transporte, ingresos miserables y la terrible inseguridad personal. Y ahora, con el informe de la Comisión de Verificación de Hechos del Consejo de Derechos Humanos de la ONU se confirma la perpetración de prácticas consideradas crímenes de lesa humanidad contra la población por parte de Maduro y su combo. Denuncias similares se venían haciendo desde hace tiempo por Foro Penal y otras ONG, y por la Oficina de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos, Michele Bachelet.

Lo insólito y cruel es que tal tragedia ha sido urdida deliberadamente por quienes ocupan el poder. Una cúpula militar enviciada y una jerarquía política enferma han prohijado un entramado de complicidades con bandas criminales y traficantes de todo tipo para conformar un régimen de expoliación que está acabando con el país, ante la mirada alcahueta de un tribunal supremo vendido. Bajo tutoría cubana, Maduro ha logrado aglutinar en torno suyo a los personajes más perversos, lo peor de la sociedad, asociándolos a este proceso de depredación. Su estructura de poder es propia de una corporación criminal. Pero, sin tal entramado de complicidades no se explica su permanencia frente al Estado.

Los atropellos que ha cometido y la violación abierta de los procedimientos democráticos, ha suscitado el repudio de unos 60 países al régimen, entre los cuales cabe mencionar los latinoamericanos que conforman el Grupo de Lima, EE.UU., Canadá y la Unión Europea. Si bien ello se ha reflejado en sanciones crecientes contra los perpetradores de los crímenes cometidos contra Venezuela y su gente, la resistencia y/o confusión –¿deliberada? -- de algunos actores en esos países, como al frente de terceros, ha logrado paliar otras, más severas, ofreciendo cierta salvaguarda al régimen fascista. Esgrimen, con sinceridad discutible, su oposición a cualquier forma de intervención en Venezuela, la necesidad de buscar una salida negociada, la autodeterminación de los pueblos, la inviolabilidad de la soberanía y otros alegatos “políticamente correctos”. En la medida en que se trata de argumentos, en principio, loables –todo el mundo preferiría una salida pacífica, concertada entre venezolanos-- podemos designar a quienes los esgrimen, como los “buenotes”. Pero en la medida en que sus acciones ofrecen respiro a las mafias que depredan al país, se asocian objetivamente con ellos, como sus verdugos.

Sin duda hay quienes asumen estas posturas de buena fe, convencidos de que es el único camino para superar esta tragedia. En el otro extremo, asquean los que, haciéndose pasar por bien intencionados, se les distingue el cinismo a leguas. Entre éstos pueden señalarse los de la operación alacrán, ´diputados “formalmente” opositores, vendidos para usurpar la directiva de la Asamblea Nacional, y personajes como José Luis Rodríguez Zapatero, de quien no tengo dudas de estar en la nómina del fascismo madurista. Todavía más allá, se asoman los enemigos de la democracia, quienes esconden su afán de acabar con las libertades detrás de la bandera del antiimperialismo y de la defensa de los pueblos oprimidos. Aquí encontramos satrapías como la iraní y gobiernos autocráticos como el de Putin y Erdogán, sin mencionar los despotismos dinásticos de Cuba y Corea del Norte. Pero estos últimos contribuyen bastante poco a vender una imagen positiva de Maduro ante el mundo. Son caimanes del mismo pozo, cómplices abiertos de la destrucción del país. Difícilmente pueden pasar como “buenotes”.

Más preocupante es el vasto espectro intermedio, de cuyas intenciones no siempre puede uno estar seguro, que inciden en la conformación de la opinión pública, tanto nacional como internacional. Ello es así porque sus alegatos invocan valores genéricos que tocan las fibras sensibles de muchos. Los que no estén informados de la situación nacional pueden fácilmente reprimir todo juicio crítico ante estas nociones. Muchos que se consideran “progresistas” se dejan llevar por una retórica profusa en simbolismos de izquierda para absolver atropellos que, sin duda, serían condenados si proviniese de dictaduras de derecha. El neofascismo chavista está muy consciente de ello. Alimenta un imaginario en el que es víctima del imperialismo y de las sanciones internacionales impuestas a sus personeros. Por más gastadas que estén estos clichés, es antipático aparecer convalidando acciones del imperio contra una “revolución” de un país pequeño, que lucha “en beneficio del pueblo”. La burbuja ideológica que se ha construido el Chavo-madurismo proporciona una formidable defensa detrás de la cual agazaparse, sustituyendo el mundo real por una ficción que convierte sus crímenes en logros “revolucionarios”.

Un ejemplo es la “ley constitucional” (¿?) Antibloqueo. Este esperpento jurídico, salpicado con subtítulos altisonantes referidos al “pleno disfrute de los derechos humanos del pueblo venezolano”, el “desarrollo armónico de la economía nacional”, “la plena soberanía sobre todas sus riquezas y recursos naturales”, la “recuperación del ahorro de los trabajadores y trabajadoras” o la “atención prioritaria de planes, programas y proyectos sociales”, constituye, en realidad, una patente de corso para que Maduro obvie el ordenamiento jurídico que regula cualquier tipo de negocios, tanto a nivel nacional como internacional, y alegue reserva y confidencialidad para no presentar cuentas. Este libertinaje normativo, el extremo opuesto al régimen asfixiante que, durante años, se quiso imponer como socialismo, no ofrece, como tampoco aquel, garantía institucional alguna para el desarrollo de la iniciativa privada. Favorece operaciones a discreción con los activos del estado, facilitando aún más, la depredación de las riquezas minerales del país que, en buena parte, terminan en los bolsillos de algún representante de las mafias.

¡Mayor cinismo en el enunciado de sus propósitos, imposible! Mientras más aislado, más se atrinchera Maduro en su mundo de embustes para continuar destruyendo al país. Se le estrecha la mente, como revela la referencia al “bloqueo”, símbolo retórico del antiimperialismo cubano. Contra toda lógica, en sus momentos más difíciles, los maduristas se vuelven más fanáticos e intratables. Este blindaje contra la realidad es propio de todo régimen fascista. Como muestra está el empeño de pasar la aplanadora de unas “elecciones” parlamentarias fraudulentas al costo que sea, que nadie, salvo los cómplices de la corporación criminal internacional que se ha apoderado de Venezuela, van a reconocer.

Difícil objetar la búsqueda de una salida pacífica negociada, aun cediendo posiciones a representantes de la mafia para que puedan escapar. Lamentablemente, la oligarquía militar – civil ha rechazado, una y otra vez, tales propuestas. Es su naturaleza. Es menester, por ende, lograr una posición de fuerza que la haga ver que no tiene otra alternativa, que su salida negociada es la única opción. Para ello debe neutralizarse las confusiones de los “buenotes”. Es menester separar el grano de la paja y hacer aún mayores esfuerzos por desnudar la impostura de los criminales que acaban con Venezuela.

En el pasado, los epígonos de Hitler y Mussolini terminaron siendo reconocidos como lo que fueron: enemigos de la humanidad, superadas las ilusiones que sembró en Munich el Primer Ministro Británico, Chamberlain. Hoy toca situar a los Rodríguez Zapatero y demás cómplices como lo que en verdad son, defensores del fascismo.

Economista, profesor(j) Universidad Central de Venezuela

humgarl@gmail.com

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Fernando Mires

Los sorpresivos resultados electorales en Bolivia, de los que ya se ha escrito y hablado mucho, con toda razón, dan lecciones importantes y variadas. Hay diversos análisis, donde cada quien toma el aspecto que más le llama la atención, o el que más se ajusta a sus intereses personales o políticos. Como siempre, después de que pasan los acontecimientos todo el mundo los tiene claros, aunque nadie anticipó o asomó la posibilidad de lo ocurrido: el triunfo de Luis Arce, candidato del Movimiento al Socialismo, MAS, en primera vuelta.

Como toda realidad compleja no es posible atribuir lo ocurrido a un solo factor, sino a la mezcla de varios de ellos y aunque sea difícil precisar cuál fue el impacto decisivo de cada uno, veamos los más importantes:

- Uno, algunos hablan, sin explicar ni dar mayores elementos de análisis, del impacto del narcotráfico y el terrorismo, y el impacto de otros países –como Irán, por ejemplo– sobre la situación boliviana. No cabe duda que estos son factores a considerar en el caso de Bolivia, en la conformación de su gobierno, su impacto en la economía y en las organizaciones y opciones partidistas, pero ¿hasta dónde influyeron en la campaña y en la votación? Es algo que no tengo muy claro, como tampoco veo clara evidencia de que esto sea así, pero los reseño como factores que algunos mencionan.

- Dos, en ese mismo orden de ideas, otros mencionan la influencia del llamado Foro de Sao Paolo, el impacto “ordenador” de los factores de la izquierda internacional en cada país; pero, para mí, solo explica porque la izquierda se une, tiene recursos y apoyo internacional para sus campañas. Sin descartar su impacto e influencia, no soy de los que le atribuye un significado “mágico” a este factor.

- Tres, la situación económica parece que sí jugó un papel importante en este proceso electoral. Luis Arce es considerado un exitoso ministro durante el gobierno de Evo Morales, que tuvo a su cargo las finanzas de un país que creció durante varios años por encima del 5%, que elevó su PIB de 9 mil millones de dólares a más de 40 mil millones, que casi triplicó el ingreso per cápita y que se anota haber reducido la pobreza en casi un 25%. Mientras que durante el gobierno de transición el país ha vivido una crisis económica que ha agravado la pobreza, incrementado el desempleo, aumentado la informalidad y el cierre de empresas y se estima una recesión económica para el 2020 cercana al 6%, según el Banco Mundial. Para junio ya la economía había caído un 8%. Por supuesto esto no es solo responsabilidad del gobierno de transición de Jeanine Añez, en buena parte se debe a la pandemia de la Covid 19, pero el pueblo tiene para comparar lo que está ocurriendo desde hace un año, con lo que vivió en años recientes.

- Y cuatro, por supuesto, la explicación favorita de muchos: fue la falta de unidad de la oposición democrática lo que produjo la debacle. Siete partidos y alianzas se enfrentaron al MAS, que no es propiamente un partido, sino una organización que algunos asemejan al APRA de Haya de la Torre en Perú o al PRI, histórico, de México, que alberga en su seno una amalgama de intereses, etnias –más del 40% de la población boliviana es indígena–, grupos obreros y campesinos, sindicatos e ideologías y que tenía un solo propósito: volver al poder, ante el cual sacrificó sus diferencias internas, que las tienen y muchas y que serán las que veremos ahora, que ya han comenzado a manifestarse, en torno a la oposición de algunos –la juventud del MAS– al regreso de Evo Morales.

En la oposición las “ambiciones personales” y “grupales”, dicen, nos pueden explicar su división; ciertamente es así, ambiciones personales impiden alianzas y unidad y seguro la falta de esta última tuvo impacto en lo ocurrido en Bolivia; sin embargo, por lo pronto, hay un hecho incontestable, que resiste cualquier cálculo matemático acomodaticio o cualquier desestimación matemática de ese resultado: Luis Arce ganó en primera vuelta con casi el 54% de los votos, lo que significa que todos los demás, unidos, llegarían como máximo al 46%; a partir de allí, solo nos quedaría desechar esas cifras y especular:¿Qué hubiera pasado si la oposición hubiera presentado un solo candidato? ¿El “efecto demostración” de esa unidad hubiera bastado para sumarle votos a ese candidato y quitárselos a Arce? Eso ya nunca lo sabremos, como dije, solo nos queda especular. Creo que lo ocurrido en Bolivia no se explica simplemente por “ambiciones personales” o “división opositora”, pensar eso puede ser una simplificación del problema.

La falta de unidad es algo adicional, no creo que sea la causa principal, hay que sumarle el impacto de otros factores, porque si no, corremos el peligro de quedarnos en el esquema –a superar– que la "inteligencia" está de este lado, y del otro lado lo que hay es un pueblo ignorante, que le gusta estar sometido, que añora las dictaduras, que quiere las cosas fáciles, que le den todo, etc. Muchas veces ese hilo de razonamiento lleva a ese punto y no nos permite profundizar en otras causas.

La falta de unidad es la lección fácil que todos quisiéramos aprender de lo ocurrido en Bolivia, pero puede ser la respuesta más simple y la excusa que siempre tenemos para no profundizar en el tema. Mi punto de reflexión es que puede ser una simplificación pensar siempre que las cosas nos pasan porque vamos divididos, porque no nos unimos y eso nos impide encarar el verdadero problema de fondo: Que no tenemos una propuesta política, económica, social que pueda entusiasmar al pueblo y contrarrestar las propuestas populistas de los sectores izquierdistas.

Creo que lo correcto, por ejemplo en el caso boliviano, es: Arce tenía una propuesta –cierta o no– que se ajustaba más a los intereses del pueblo, que recordaba su éxito y el crecimiento de la economía cuando fue ministro de Economía y Finanzas; ¿cuánto del éxito de Arce como ministro se debió a su gestión y no a la coyuntura económica internacional?; pero eso no es lo que estaba en discusión. Frente al recordado éxito –merecido o no– de Arce, estaba la pobre gestión de un gobierno de transición que después de un año y de posponer varias veces las elecciones, tenía poco que mostrar y tenía encima los efectos de una pandemia que lo castigaron fuertemente.

Pero la pregunta clave, la que nunca queremos responder y sobre la cual quiero centrar mi reflexión y las lecciones de este proceso boliviano es: ¿cómo explicar que los populistas, en este caso en Bolivia, saquen más del 50% de los votos? ¿Cómo es que la oposición democrática –desde la izquierda, centro izquierda, centro y derecha– y después de un año, no pudo producir en Bolivia una propuesta alternativa al populismo, que entusiasmará a la gente?; más aún: ¿Será que el pueblo solo se moverá por rencor, en contra de, para protestar y no en favor de una opción política? Hay que empezar a reflexionar sobre esto, saliéndonos de los lugares comunes.

Para aclarar más el punto, no descarto la división de la oposición como factor en las derrotas políticas y electorales, solo lo descarto como el factor determinante. Para mí lo determinante es que en cualquier parte del mundo, en cualquier proceso electoral que pretenda un cambio político, para salir de una dictadura o de un populismo de izquierda, si del lado democrático no hay una propuesta económica y social alternativa tendremos siempre un resultado similar. Ir divididos solo agrava el problema. Construir esa propuesta es la tarea impostergable en Venezuela; una propuesta que entre por la cabeza, pero que se aloje en el corazón del pueblo.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

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Juan Carlos Sanz

Desde el inicio de la pandemia Yuval Noah Harari (Haifa, 1976), probablemente el pensador más popular hoy en día, parece haber dejado de interpretar el mundo para analizar cómo se transforma. Su posición en favor de un sistema sanitario robusto y de la cooperación internacional ante la crisis económica derivada de la covid imprimen neto carácter político a las predicciones que plantea para un mañana inminente. Sigue sin querer usar un teléfono inteligente. “Me siento más protegido así”, admite.

Vestido de negro, con la única concesión a la coquetería de unos calcetines claros con bordados, la conversación de Harari fluye con brillantez en su oficina de Tel Aviv, un ático con vistas al mar que sobrevuela las azoteas de una urbe aún semiconfinada. La entrevista que ha concedido esta semana a EL PAÍS responde a la publicación en español del primero de los cuatro volúmenes, de Sapiens, una historia gráfica (Debate), que traslada al lenguaje del cómic la obra germinal del historiador israelí, traducida a 60 idiomas y de la que se han vendido ya más de 16 millones de ejemplares.

Pregunta. ¿Un profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, doctorado en Oxford, en formato cómic?

Respuesta. Este tipo de presentación es más accesible y divertida. En tiempos de pandemia es extremadamente importante hacer el esfuerzo de llevar el conocimiento tecnológico a una amplia audiencia para no dejar espacio a las teorías de la conspiración. La ciencia, la realidad, es muy complicada de explicar, y mientras tanto circula el rumor de que Bill Gates creó el virus en un laboratorio para controlar el mundo. Es vital que los científicos encuentren modos de comunicar más interesantes para llegar a la gente.

P. Suele utilizar en su obra un enfoque con gran angular o de visión panorámica. ¿Para mostrar a los demás lo que tienen ante sí?

R. El método empieza por plantear las preguntas fundamentales. Por ejemplo: ¿por qué los hombres han dominado a las mujeres en la mayoría de las sociedades? No se puede responder, pongamos por caso, enfocándonos solo en la historia española del siglo XVI. Puede que lo que encontremos sea específico para ese tiempo y lugar. Hay que reunir información de antropólogos de diferentes sociedades, de arqueólogos de distintos periodos, investigar en la biología. Solo juntando todas las piezas se puede empezar a responder una pregunta clave.

P. Se le critica a veces por recurrir al relativismo para cuestionar certezas científicas. Incluso ha planteado un cambio de paradigma político en un mundo hipertecnológico.

R. Si me pregunta por cuál será el nuevo modelo, no lo sé. Pero es urgente desarrollarlo. Los cambios tecnológicos están dejando obsoleto el antiguo sistema. Puede que el principal reto que afrontamos sea el que está haciendo posible piratear a los seres humanos, recolectar tantos datos de la gente que un sistema externo pueda llegar a conocernos mejor que nosotros mismos y trate de manipularnos. Las estructuras políticas y económicas actuales se construyeron cuando no existía esa tecnología. Ahora hay que reinventar la democracia y el sistema económico. Lo que sigue existiendo es una base universal absoluta sobre la ética y la moralidad que no cambia. Yo creo que la moralidad no es acatar las leyes, sino reducir el sufrimiento, que es un fenómeno biológico universal. Los medios cambian, porque cambian las condiciones. En el siglo XX la democracia liberal era el mejor sistema político, el más efectivo para reducir una parte del sufrimiento humano, en comparación con el totalitarismo o las monarquías absolutas. No sé qué pasará dentro de 100 años, pero hará falta un nuevo tipo de sistema político, que ojalá sea mejor para liberar a las personas del sufrimiento.

P. ¿Habría que empezar por reforzar la cooperación global, como propugna para hacer frente a la pandemia? Usted habla además de falta de liderazgo internacional, lastrado por el nacionalismo populista de dirigentes como Donald Trump (EE UU), Jair Bolsonaro (Brasil) o Víctor Orbán (Hungría).

R. Suelen venir por Israel [ironiza]. El primer ministro, Benjamín Netanyahu, es amigo de todos ellos. En esta pandemia hemos visto que es mejor cooperar con otros países para desarrollar una vacuna o impedir la propagación del virus. Trump, Bolsonaro y otros desinforman cuando consideran antipatriótica la coordinación global. Ser patriota es sostener un buen sistema sanitario, es pagar impuestos. Si un presidente que es multimillonario solo paga 750 dólares de impuestos en un año (alude a la declaración fiscal de Trump desvelada por The New York Times), no es un patriota. [Harari y su marido y agente, Itzik Yahav, donaron un millón de dólares en abril a la Organización Mundial de la Salud después de que Trump suspendiera la financiación de EE UU al organismo de la ONU].

P. A muchos su discurso les sonará a intervencionismo keynesiano.

R. No. Se trata ya de un acervo común, de una idea compartida desde la segunda mitad del siglo XX. Todos necesitamos un buen sistema sanitario y hay que pagar por ello. Espero que la covid extinga de una vez el modelo de pensamiento que apuesta por la privatización. Nadie puede pensar en serio en dejar al libre mercado la gestión de la salud pública.

P. ¿El tiempo de las religiones ya ha pasado? ¿El desarrollo tecnológico hace innecesario su relato?

R. No creo que tengan necesariamente que desaparecer, aunque deberán adaptarse a las nuevas circunstancias. Para impulsar una amplia cooperación global también hace falta algo de mitología que una a la gente, pero podemos elegir mejores relatos. Las sociedades más prósperas son las menos religiosas. Comparemos España o Países Bajos con Siria o Irak, ¿cuáles son más violentos y menos tolerantes?

P. ¿Habría que sustituir la religión por la meditación y los retiros en India que usted practica?

R. Hay una gran diferencia entre espiritualidad y religión. La primera se refiere a las preguntas fundamentales: ¿quién soy? ¿cuál es el sentido de la vida? Buscar las respuestas es una práctica espiritual. La religión es lo opuesto: ofrece respuestas rudimentarias y nos pide creer en ellas.

P. Durante la pandemia, muchos líderes religiosos han pedido a los fieles que no accedan a los templos, por razones científicas.

R. No debe haber contradicción entre religión y ciencia. Hay choques pero no son inevitables. El Papa pidió a los cristianos que no fueran a las iglesias para no contagiarse y que siguieran la misa online. La actitud de Francisco es positiva, como en el cambio climático. También ha pasado en las mezquitas y sinagogas.

P. Pero los ultraortodoxos han abarrotado los templos judíos en Israel.

R. No funciona igual que con el papa Francisco (risas). Aunque es un asunto más político que religioso. Netanyahu mantiene deliberadamente una estrategia de divide y vencerás. Crea tensión entre diferentes sectores de la sociedad israelí. Incita al odio para fortalecer su base política —hace creer que otros ciudadanos son traidores y enemigos— para que no vote por otros partidos. En tiempos normales se puede gobernar con una parte de la sociedad. En una pandemia se necesita la colaboración de todos. Aunque si se ha propagado el odio durante años no es de extrañar que se produzca esta crisis de confianza en Israel.

P. Durante mucho tiempo usted se ha centrado en los asuntos globales, pero desde el inicio de la pandemia ha hecho oír su voz en la política interna israelí. En una tribuna publicada en la prensa denunció una tentativa de golpe de Netanyahu.

R. Normalmente prefiero mantenerme al margen de la política del día a día, pero se trataba de una situación excepcional. Al principio de la pandemia, con todo el mundo presa del pánico, Netanyahu no podía formar Gobierno por carecer de mayoría. Entonces cerró los tribunales con la excusa de proteger a los jueces e intentó impedir el funcionamiento del Parlamento. Existía la sensación de que intentaba promover un golpe. Afortunadamente, la presión de los partidos y de la opinión pública restauraron el equilibro de poderes.

P. No le gusta ser calificado de profeta o gurú, pero como analista de la realidad formula predicciones.

R. ¿Cómo saldremos de la pandemia? ¿La humanidad saldrá más unida? No lo sé. Lo único que puedo decir es que todo depende de las decisiones que se tomen. Espero que la población reaccione con más cooperación. Pero también pueden tomarse decisiones equivocadas. En mis libros intento detectar diferentes escenarios para el futuro y animar a la gente a hacer la elección correcta. Pero no puedo saber lo que ocurrirá.

P. ¿La pandemia marcará un hito en la historia?

R. En sí misma, la covid es relativamente leve. Causa una baja mortandad. La Peste Negra medieval fue infinitamente peor, mató entre una cuarta parte y la mitad de la población de Europa y Asia. La pandemia de gripe de 1918 a 1919 fue más grave, en algunos países acabó con un 5% de los habitantes.

P. ¿La conocida como gripe española?

R. Prefiero no usar esa expresión. Como país neutral, España tenía una prensa más libre en medio de la censura de la Primera Guerra Mundial y por eso se la citaba siempre como fuente. Al final acabó diciéndose que la gripe venía de España. El mayor peligro de la covid ahora es económico y político, no médico. Las repercusiones de la pandemia pueden ser catastróficas y durar muchos años, con el colapso de regiones enteras, como Sudamérica, y la emergencia de nuevas tecnologías de vigilancia. Países muy cuidadosos en la protección de los derechos de sus ciudadanos están legitimando su uso. Puede que dentro de 50 años, cuando se eche la vista atrás, se la recordará no por el virus, sino por el momento en el que todos empezaron a estar vigilados por el Gobierno. Ese puede ser su gran legado. Sobre todo si existe vigilancia biométrica, no solo para saber adónde va y con quién se encuentra una persona, sino también para observar qué pasa en el interior de su cuerpo: su presión sanguínea, pulso del corazón, actividad cerebral. Los Gobiernos y corporaciones van a ser capaces de conocernos mejor que nosotros mismos; entender nuestras emociones y pensamientos, nuestra personalidad. Es una forma de control social con la que los regímenes totalitarios siempre han fantaseado.

“No me gustaba ser personaje protagonista del cómic”

El proceso de creación de ‘Sapiens, una historia gráfica’ junto con David Vandermeulen (coautor del diseño) y Daniel Casanave (ilustrador) sigue fascinando a Harari. “Ha sido el proyecto más divertido en el que he trabajado en toda mi carrera. Hemos roto con convenciones académicas y experimentado con el lenguaje del relato policiaco, con la imagen de un superhéroe o con las películas de acción y los ‘reality shows’ de televisión para abrir nuevas vías de transmisión del conocimiento científico al público”, relata durante la entrevista con EL PAÍS en Tel Aviv.

“La idea inicial fue suya (de Vandermeulen y Casanave) y llegó a través de Albin Michel, la editorial francesa de mi obra. Es un modo brillante de hacer el relato más accesible, sin que deje de ser científico, y de forma más atractiva y simpática. Hay pocas ocasiones de recurrir al humor que en un libro normal sobre ciencia.

- ¿Puso algún veto o línea roja?

- Hubo mucho debate sobre el uso de mi imagen en los dibujos, como personaje protagonista del relato. Querían que yo apareciera como una especie de guía en el libro. Al principio no me gustaba. Pretendían que fuera la estrella principal, pero llegamos a un compromiso: que hubiera también todo un elenco de científicos, algunos reales y otros imaginarios. Es algo importante. Se corresponde con la idea de que la ciencia no es el trabajo de una sola persona. Y cuando intervienen varios personajes se ofrece una idea mucho más precisa de cómo es en realidad la ciencia.

“Las principales cuestiones políticas son también científicas”, puntualiza Harari en referencia al cambio climático o la pandemia. “Si no se tiene una buena base científica se dicen cosas sin sentido. Hay que construir un puente entre la comunidad científica y el público en general. En caso contrario, las ideas erróneas se implantarán en la mente de la gente”.

24 de octubre

El País

https://elpais.com/ideas/2020-10-23/yuval-noah-harari-ser-patriota-es-so...

 9 min


Ignacio Avalos Gutiérrez

A veces dan ganas de hablar de otras cosas. Abrir un paréntesis para interrumpir la crisis venezolana que nos agobia de manera grave en todos los espacios de la vida y, lo peor, parece empeñada en achicarnos la esperanza. Es bueno el regatear el conflicto que nos ha tocado vivir, lo dicen los psicólogos y también, a su manera, el sentido común. Eludirlo a ratos, cuando se hace irrespirable.

Para hoy tenía una agenda larga de posibles temas, los que habitualmente que formatean el país tan poco amable en el que hoy vivimos. Asuntos todos de origen político, de los que se encargan lideres en su mayoría incompetentes, que se guardan en el bolsillo sus propios intereses, y piensan poco en la suerte de nosotros, la gente de a pie.

Decidí, pues, escondérmele a la pandemia y dedicarle estas líneas a un gran jugador de futbol que dentro de pocos días conmemora un nuevo aniversario de su nacimiento. Unas notas que encontré, escritas cuando la mayoría de los lectores seguramente no habían nacido, y que se refieren a la vida del jugador más espectacular que yo he visto (cuantos habré visto), en mi larga vida de futbolero. Reescribiéndolas espero darme un respirito y espero que a ustedes también.

Borracho, parrandero y jugador

Fue un hombre pequeño, descendiente de antepasados africanos e indígenas, de piernas torcidas y cómicas, una seis centímetros más larga que la otra y eso que se las operaron de niño, haciendo inevitable la pregunta de quien habría sido el cirujano que logro el milagro que después llego a ser. Por si fuera poco, le dio poliomelitis y quedo con la columna vertebral torcida. Y, para redondear el cuadro, apenas pudo ir a la escuela, apenitas sabia leer y escribir, y se hizo adicto al cigarro a partir de los diez años de edad.

De poca estatura, como dije, pero fuerte y compacto, de permanente mirada de azoro y de muy poco hablar, fue uno de los mejores futbolistas que ha habido, casi sin duda el más espectacular. Según la manía de los apodos, en vez de llamarse Manuel Dos Santos, como rezaba en su partida de bautizo, tomó la identidad de Garrincha, un pajarito del nordeste del Brasil. Borracho, parrandero y jugador, como Juan Charrasqueado, el de la ranchera mexicana mas conocida de Jorge Negrete, fue estrella a finales de la década de los cincuenta y hasta mediados de la siguiente y, para que su historia quedase redonda y completa, tanto en su gloria como en su tragedia, murió pobre y olvidado, muy tempranito, a los 48 años. Según los médicos falleció porque el cuerpo se le anarquizo, resultado de su alcoholismo crónico. Días antes de morir, un Garrincha admitió emocionado: "Me convertí en un símbolo de lo que no se debe ser en la vida".

Ya muerto, se le hizo justicia: el velatorio se realizó nada manos que en el estadio Maracaná, repleto como en los grandes partidos, y su ataúd fue cubierto con una bandera de su club de siempre, el Botafogo.

Formo parte de la selección de su país en los mundiales del 58 y del 66, siendo Brasil campeón en ambas ocasiones. Cuentan los que lo vieron en la cancha, hay algunos películas y videos prehistóricos que lo atestiguan por si acaso, que fue travieso y divertido, infinitamente hábil con el balón, de gambeta indescifrable, nunca nadie sabía que iba a hacer con la pelota, muchos creen que ni él tampoco. Fue emblema de un fútbol vistoso, casi de circo, que últimamente es artículo más bien escaso en los anaqueles del balompié actual. Y cosas de la vida, el psicólogo del seleccionado brasileño, el profesor Joao de Carvalahaes, consideraba que Garrincha era "un débil mental no apto para desenvolverse en un juego colectivo". A veces hay que cuidarse de lo que dice la ciencia, ¡uf¡

"Señor, ¿pero los rusos no juegan?"

A propósito de esta versión de Garrincha vale la pena referir una historia muy reveladora de su personalidad. Durante el Campeonato Mundial de 1958, celebrado en Suecia, Vicente Feola, entrenador de la selección brasileña, reunió al equipo horas antes de un partido decisivo contra la Unión Soviética, en el que si no recuerdo mal se disputaba la semi final, y durante largo rato explicó lo que había que hacer para derrotar al contrario.

Queda fácil imaginar al Gordo Feola desplegando sobre una modesta pizarra, tiza en mano. los planes del partido, tal como él lo anticipaba, pensándose a sí mismo, como el general que ordena sus tropas y las manda al asalto de posiciones enemigas, trazando la estrategia del movimiento de sus hombres, como si le diera su guión a cada quien. El asunto rezaba más o menos así, de acuerdo a como lo describia un periódico brasileño : “Gilmar saca de portería y se la pasa a Nilton Santos o a , Bellini, éste la lleva hasta el mediocampo y se la entrega a Zagallo, quien debe pasarla a Didí o a Vavá y se la triangula a Zozimo, quien se la pasa a Garrincha, y Garrincha la envia al área soviética para que la Pelé cabecee y la meta en el arco …

Terminando la charla que los hacía obviamente victoriosos, Feola preguntó si alguien tenía algo que comentar, si requería alguna aclaración sobre lo expuesto. Garrincha, que usualmente no hablaba en estas reuniones, tomó de primero la palabra y dijo:

Todo esto me parece del carajo, Feola, pero “¿los rusos no juegan?”

Si resucitara, muchos se preguntan qué habría dicho Garrincha, al ver a algunas de las selecciones ultimas de su país, fabricadas por jugadores tan atléticos, ninguno gambeto como él, pero incapaces de una sutileza o de un adorno y limitándose a tratar de seguir el libreto del entrenador de turno, últimamente prescribiendo indicaciones ultraconservadoras y fundamentadas en algoritmos. Sin duda se habría sentido abochornado. Alguien, me parece, debería ir al cielo para pedirle perdón en nombre del “jogo bonito” que, en el equipo brasileño, alguna vez fue. Como diría Mafalda, hay partidos que no se juegan, sino que se perpetran.

Breve digresión política

Si se me permite un paréntesis político, esta pregunta de Garrincha nos vienen muy bien en estos tiempos venezolanos en los que nos ha ganado la convicción de que la realidad es tan maleable como la plastilina. Que las historias no pesan, que las rutinas y los hábitos no gravitan y el tejido social no opone resistencias. Como si en la política no hubiera adversarios, aunque aquí, los rusos si juegan.

Es el voluntarismo político que no imagina obstáculos que se atraviesen en la consecución de los objetivos. En fin, se suele ignorar a los rusos, es decir, al equipo contrario, como lo advirtió, en su momento, Garrincha. Este punto ciego en la mirada al contexto, pesa mucho en el país, sobretodo entre los sectores de la oposición.

El Nacional, 20 de octubre de 2020

 5 min


Fernando Mires

Los por muchos no esperados resultados de las elecciones presidenciales dejan, independientemente a favoritismos que apasionan tanto a bolivianos como a quienes desde lejos siguen el interesante proceso político del andino país, un saldo positivo.

El país, un año después de los acontecimientos que derivaron en las movilizaciones sociales surgidas del segundo fraude llevado a cabo por Evo Morales y Álvaro García Linera (el primero fue la violación del plebiscito de 2016 que negó la reelección presidencial) ha recuperado la senda política mediante el único instrumento al que puede acceder el pueblo ciudadano: el voto. En eso hay consenso unánime: los comicios fueron limpios, transparentes y la participación electoral, aún pese a la pandemia, fue masiva.

El temprano reconocimiento del triunfo de Luis Arce (52%) por la presidenta Janine Áñez y las felicitaciones de Luis Almagro a Arce en nombre de la OEA, más la absoluta imparcialidad del cuerpo militar, demuestran claramente que la solidez democrática de Bolivia - gracias o pese a Evo Morales, sobre eso habría mucho que discutir – ha alcanzado un grado superior a la de varios de sus vecinos latinoamericanos.

¿Cuáles son las razones que a primera vista explican el triunfo de Arce? Si partimos de la premisa de que los éxitos políticos no siempre ocurren por méritos propios sino también por errores cometidos en el campo adversario, podríamos deducir que la principal razón del resultado electoral fue la imposibilidad de las dos oposiciones para unirse en torno a una plataforma programática única. En tal sentido el argumento de que la oposición habría perdido igual si hubiera ido unida dado que Arce superó el 50%, no es válido. Las elecciones no son como las matemáticas.

Cuando una oposición va desunida, los electores se preguntan si vale la pena votar por ella. Si va unida, y en torno a un programa común, los votos se multiplican. En ese punto cabría indagar si la división opositora fue un error estratégico o simplemente obedece al hecho de que las dos no solo son diferentes sino antagónicas entre sí. En efecto, la contradicción política dominante en la mayoría de los países latinoamericanos y, por supuesto, también en Bolivia, no es la que se da entre una derecha unida y una izquierda unida, sino entre dos derechas y dos izquierdas.

La imposibilidad de formar un frente electoral, a sabiendas que si no lo hacían podían ser descalificados en la primera vuelta, demostró que las diferencias entre los contingentes de Luis Fernando Camacho (Creemos) y los de Carlos Mesa (Comunidad Ciudadana) son superiores a las que ambos mantienen frente a las fuerzas del MAS. Por otra parte, tampoco es un secreto que al interior del MAS hay una disputa entre dos izquierdas: una ideológica, radical, etnicista y socialmente fundamentalista, y otra pragmática, reformista, abierta a las demandas de nuevas clases medias emergidas durante el mismo periodo de Evo Morales. En términos ultra simples, se trataría de una contradicción ya congénita: la que se da entre una izquierda bolchevique y una izquierda socialdemócrata.

¿A cuál de ambas izquierdas pertenece Luis Arce? No lo sabemos todavía, aunque hay signos de que, con algo de optimismo, podría verse un poco inclinado hacia la segunda.

Las dos oposiciones no solo no pudieron unirse, tampoco pudieron lograr formular un mensaje positivo, un proyecto de país opuesto al de Evo Morales quien, mal que mal, pese a la corrupción, al mal manejo de fondos públicos y a sus arbitrariedades, ofrece un saldo numérico positivo. Las cifras hablan por sí solas. Durante el periodo Morales el producto interno bruto aumentó de nueve mil a cuarenta mil millones de dólares, y el ingreso per cápita logró ser triplicado: Un milagro económico “a la boliviana”.

Evidentemente, Luis Arce, en su calidad de ministro de economía de Evo, capitalizó los números en términos políticos, sobre todo entre los sectores medios emergentes impulsados por el proceso de modernización que ha tenido lugar durante la era Morales. La oposición en cambio, no tenía nada, o muy poco que ofrecer. ¿Para qué cambiar un modelo que hasta ahora había funcionado por otro que nadie sabe cómo funcionará? Ese fue quizás un razonamiento colectivo que coadyuvó al triunfo de Arce.

De Arce, no de Evo. Vale la pena recalcarlo. Y no sólo por el hecho de que sin fraudes Arce obtuvo una mayor votación que la de Evo con fraudes, sino porque demostró con su pausada retórica y con sus concretas ofertas, poseer un perfil político propio y distinto al presidente cocalero. El segundo error de la oposición, sobre todo en la derecha extrema, fue aún más grande: confundió al evismo con el masismo. Sobre este segundo error cabe hacer algunas precisiones.

A diferencia de otros gobiernos llamados populistas, el de Evo no era tan personalista como a primera vista parece. De hecho, el suyo era el gobierno del MAS. ¿Y qué es el MAS? Más que un partido, un tejido social que se extiende hasta las raíces de la nación, una articulación política que integra a sindicatos obreros, a comunidades campesinas e indígenas y a sectores políticos-ideológicos de la antigua izquierda. En cierto modo el MAS es la continuación moderna del MNR de Paz Estenssoro y de Siles Zuazo. Sus equivalentes latinoamericanos del pasado, son el aprismo peruano o el PRI mexicano. En fin, un movimiento social muy organizado, extenso y profundo que ha contribuido, se quiera o no, a dar forma política a la actual Bolivia.

En otras palabras, el MAS no depende de un caudillo como por ejemplo el PSUV dependía de Chávez. O para decirlo de modo algo placativo: Evo no puede existir sin el MAS, pero el MAS puede existir sin Evo. El enemigo a combatir por ambas candidaturas era, por lo tanto, el MAS, no Evo. Al MAS, sin embargo, no se podía combatir sin lesionar la organización social del pueblo boliviano.

Tanto Áñez cuando fue candidata, tanto Camacho y en menor medida Mesa, iniciaron una furiosa cruzada en contra de Evo - su vida sexual fue el principal blanco de ataque – y en contra de lo que ellos imaginaban era el evismo. Por mientras, Arce movilizaba a las bases del MAS y estas continuaban haciendo un trabajo político de topo, hasta alcanzar a las comunidades más alejadas de las urbes, allí donde no hay encuestas ni encuestadores. En esa errada campaña, la ultraderecha boliviana se mostró tal cual es: caudillista, pendenciera, clasista, incluso racista y, por si fuera poco, enarbolando una simbología religiosa correspondiente a la Bolivia militarista y oligárquica del siglo XX.

Luis Fernando Camacho, quizás sin darse cuenta, quebró toda posibilidad de unidad electoral opositora. Su verbo agresivo, su fanatismo religioso, su regionalismo radical, sus peleas contra otros caudillos como Marco Pumani, lo llevaron a ensanchar las de por sí enormes diferencias que lo separaban de la candidatura de Mesa.

La impresión final, dicho en síntesis, es que esa oposición, ni aún unida habría dado garantías de gobernabilidad. Así se explica por qué sectores sociales que en el pasado nunca habían sido evistas ni masistas fueron inclinándose poco a poco a favor de Luis Arce, un hombre no mesiánico pero, comparado con Evo, sumamente sobrio.

¿Qué camino tomará Luis Arce? ¿Se convertirá en la simple sombra de Evo? ¿Un personaje que repetirá el rol jugado por Héctor José Cámpora en Argentina cuando candidateó en nombre de Perón solo para facilitar el regreso triunfal del mitológico caudillo? (su lema era, “Cámpora al gobierno y Perón al poder”) ¿O se desligará de Evo como hizo Lenin Moreno con Rafael Correa en Ecuador? ¿O buscará una vía intermedia? Nadie lo sabe. Lo único seguro es que Arce continuará la línea y el programa del MAS: socialmente inclusivo, ideológicamente socialista, políticamente corporativista, económicamente capitalista.

Desde el punto de vista internacional, el triunfo de Arce no deja de tener cierta importancia. Como todo presidente boliviano, reclamará a Chile una salida al mar (eso está programado). Por otro lado, aumentará el espectro de los gobiernos de “izquierda” en América Latina, pero esta vez sin el furor del fenecido socialismo del siglo XXl iniciado una vez por Chávez. Lo más probable es que no reconocerá al “gobierno” de Guaidó en Venezuela lo que en sí no tiene ninguna importancia pues ese “gobierno” nunca ha existido. Pero siguiendo la ruta de su colega argentino Alberto Fernández y, a diferencias de Evo, tampoco cerrará muy estrechas filas alrededor del impresentable Maduro. Y no olvidemos, si Biden y no Trump llega a asumir el gobierno en los EE UU, Arce deberá suavizar un tanto la retórica antimperialista de la cual profitaba Evo gracias a Trump.

Más de lo dicho no podemos adelantar por el momento. Sería temerario. El futuro es siempre una puerta abierta hacia la oscuridad.

Octubre 21, 2020

Polis

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