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Opinión

Seth Berkley, Richard Hatchett y Soumya Swaminathan

Cada día la pandemia de la COVID-19 cuesta al mundo miles de vidas y miles de millones de dólares. La forma más eficiente de terminar con esta crisis —tal vez ya en el próximo año— es fabricando una vacuna segura y eficaz en grandes cantidades y distribuyéndola en todo el mundo. Para evitar demoras innecesarias los gobiernos deben aprovechar este momento, mientras los investigadores desarrollan la fórmula correcta, para preparar el terreno para su rápida producción y distribución amplia y equitativa.

En este principio se basa el Fondo de Acceso Global para Vacunas COVID-19 (COVAX). Fue creado por Gavi, la Alianza Mundial para Vacunas e Inmunización, la Organización Mundial de la Salud y la Coalición para las Innovaciones de Preparación para Epidemias. Es una plataforma innovadora que busca distribuir al menos 2000 millones de dosis de la vacuna contra la COVID-19 para fines de 2021.

Esa cantidad de dosis —que se dividirán equitativamente entre los países participantes, independientemente de su capacidad de pago— cubrirá aproximadamente al 20 % de su población. Sería entonces suficiente como para proteger a las personas vulnerables y de alto riesgo, y a los trabajadores de la salud en el frente de batalla en todo el mundo. (También se almacenarían dosis adicionales para poder controlar cualquier brote antes de que se salga de control).

Actualmente hay más de 160 vacunas candidatas en desarrollo, en fase preclínica o clínica. No hay forma de saber cuál aprobará los ensayos clínicos y será autorizada para su comercialización (la tasa de fracasos de las vacunas en las etapas iniciales de desarrollo es elevada), pero podemos garantizar que, cuando alguna lo consiga, exista un marco eficaz para su producción y distribución. A tal fin, los gobiernos deben invertir en el COVAX lo antes posible.

El problema es que los gobiernos pueden sentirse inclinados a para negociar directamente con los fabricantes de vacunas y solicitar la dosis que necesitan en vez de cooperar. Es cierto, es la obligación del gobierno proteger a sus ciudadanos por encima de todo, pero este enfoque nacional conlleva graves riesgos. El primero es la posibilidad de que un gobierno respalde las vacunas equivocadas.

Incluso si un gobierno logra obtener suficientes dosis de una vacuna eficaz para su propia población, parte de su gente —como los inmunodeprimidos, que tal vez no puedan ser vacunados— quedarán expuestos si otros países no logran obtener suficientes vacunas. Y esto sin considerar el imperativo moral de garantizar que no quede gente sin recibir medicamentos que podrían salvarles la vida.

Durante la epidemia de la fiebre porcina en 2009, unos pocos países acapararon el mercado y dejaron a la gran mayoría de la población mundial sin vacunas hasta que el brote hubo terminado. Se debe hacer todo lo posible para evitar este escenario durante la crisis actual, especialmente porque la COVID-19 tiene una tasa de contagio y mortalidad mucho mayor.

Si colaboran con las agencias mundiales de salud a través del COVAX, los gobiernos pueden asegurar que todos tengan acceso equitativo a las vacunas contra la COVID-19. Para los países que han firmado acuerdos bilaterales con los fabricantes, el COVAX es una póliza de seguro en caso de que hayan apostado a los candidatos incorrectos. Para los países que no han firmado acuerdos —por lejos, la mayor parte del mundo— el COVAX es la única forma de evitar que los dejen al final de la fila.

El COVAX garantiza que los beneficios y los riesgos del desarrollo de la vacuna se distribuyan de manera amplia. Con la mayor cartera de vacunas candidatas en el mundo, ofrece a los gobiernos participantes la mayor probabilidad de recibir una vacuna segura y eficaz en cuanto esté disponible... y asegura que ese momento llegue mucho antes.

Si las empresas farmacéuticas cargan con todos los riesgos financieros solo invertirán en ampliar la producción una vez que su vacuna haya completado los ensayos clínicos y sido aprobada. Este enfoque puede tener sentido desde la perspectiva comercial, pero no en el contexto de una pandemia global extremadamente dinámica.

El COVAX emplea un enfoque radicalmente distinto. Además de usar financiamiento para impulsar —inversión directa en investigación, desarrollo y producción— utiliza financiamiento para atraer: compromisos de compra anticipados de gran cantidad de dosis para cuando se autorice la comercialización. Esto proporciona poderosos incentivos al sector privado para apoyar el urgente desarrollo de las vacunas.

Por otra parte, el COVAX combina los recursos gubernamentales para financiar la producción a gran escala de las candidatas más promisorias, incluso antes de la finalización de los ensayos clínicos. De esa manera, cuando se logre la aprobación habrá grandes cantidades de dosis de la vacuna listas para su uso. La OMS ya está trabajando con diversos interesados, que incluyen a estados miembros y organizaciones de la sociedad civil, para desarrollar e implementar un mecanismo de asignación equitativa y justa de las dosis de la vacuna cuando esté disponible.

El COVAX solo apoya a las vacunas candidatas que hayan sido desarrollados según los estándares de seguridad más elevados. Como trabaja con expertos de todo el mundo para desarrollar perfiles de los productos buscados, compartir los modelos de prueba con mejores prácticas, facilitar los ensayos clínicos multipaíses y promover la armonización regulatoria, el COVAX establecerá una referencia para el desarrollo y la distribución rápidos, seguros y eficaces de la vacuna.

No podemos darnos el lujo de dejar a nuestras economías mucho tiempo más en la situación actual. Mientras el PIB mundial se reduce —el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial pronostican una contracción del 5 % para 2020— la pobreza y el hambre aumentan bruscamente. La economía mundial está perdiendo más de 10 mil millones de dólares cada día, acortar la pandemia incluso unos pocos días más que compensaría los costos del COVAX. La colaboración mundial —gracias a la cual se comparten de manera igualitaria los riesgos y los beneficios— nunca tuvo una propuesta de valor más ventajosa.

15 de julio 2020

Traducción al español por www.Ant-Translation.com

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/covid-19-vaccine-cooperatio...

 4 min


En Venezuela nuestros militares no son producto de una élite, sino que provienen de familias de clase media y clase media baja, con los mismos defectos y virtudes de la mayoría de los civiles. Sin embargo, siempre ha existido cierto divorcio entre ellos y el resto de la sociedad. Hoy, este divorcio se ha acentuado por la complicidad del Alto Mando Militar que tolera las violaciones a la Constitución, por los atropellos de los guardias nacionales en contra de manifestantes pacíficos, por la corrupción, incluida el tráfico de drogas, y por las torturas en la Dirección de Contrainteligencia Militar. ¿Qué hacer con nuestra Fuerza Armada una vez tengamos democracia? ¿Eliminarla? ¿Purgarla? ¿Redimensionarla?

Nuestros militares han intervenido en la vida política en varias oportunidades. Unas veces con razón, otras equivocadamente. Desde que en 1910 se creó el ejército profesional, los militares intervinieron justificadamente en cuatro oportunidades: 1- Cuando Gómez, un pequeño grupo intentó derrocar sin éxito al dictador. 2- El 18 de octubre de 1945 la oficialidad joven insurgió contra un presidente demócrata, pero que se negaba a desprenderse de los residuos del gomecismo y se oponía a realizar elecciones directas para elegir presidente. Cabe apuntar que todavía este es un punto polémico. 3- El 23 de enero de 1958 cuando le quitaron el apoyo al dictador Pérez Jiménez y 4- El 12 de abril 2002, cuando le solicitaron la renuncia a Chávez por propiciar la masacre del día anterior y por violaciones previas a la Constitución.

Las intervenciones militares en contra de gobiernos electos democráticamente fueron numerosas. Todas fracasaron, excepto la del 24 de noviembre de 1948, en la que el Alto Mando derrocó a don Rómulo Gallegos en medio de una gran ebullición política.

El inicio del período democrático a partir de 1958 fue traumático. Muchos ciudadanos confundieron libertad con libertinaje. Unas veces espontáneamente, otras aupados por la extrema izquierda. Poco después, el 7 de septiembre hubo un alzamiento en contra del gobierno de facto presidido por Larrazábal. La toma del cuartel Bolívar en San Cristóbal, la toma de la Escuela Militar y cuartel de la Policía Militar y el Barcelonazo fueron intentos fallidos de derrocar a Betancourt en la creencia equivocada de que seguía siendo el comunista de los años 30 y que toleraba los focos iniciales de guerrilla. Esto último probablemente era cierto, pero más bien para mantener ocupado y asustado al ejército sobre el peligro comunista.

El Caupanazo y el Porteñazo fueron insurrecciones inéditas. Por primera vez el Partido Comunista y el MIR participaron en alzamientos conjuntamente con algunos oficiales adoctrinados y otros que se dejaron arrastrar. El 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992 tuvieron características similares. Sobre la infiltración comunista en nuestra Fuerza Armada cabe especular si es un plan de la extrema izquierda, una consecuencia de la educación impartida por maestros y profesores de esa ideología o que últimamente ingresan jóvenes de las clases más necesitadas, que equivocadamente piensan que el comunismo resuelve las desigualdades.

¿Qué estimula a algunos oficiales a intentar derrocar un gobierno ? Pensamos que no es la ambición, ya que el riesgo de perder la carrera es muy alto. Más bien es el deseo de enderezar entuertos, reales o supuestos, causados por los políticos. Consideran que son la “reserva moral” de un país y que tienen la obligación de intervenir cuando la situación económica, social y política es percibida como mala por una parte, mayor o menor, de la población. No hay que olvidar que en todos los “golpes” han participado, activa o pasivamente, civiles y partidos políticos. Desde luego que en una democracia el único mecanismo de cambio aceptable es el voto. Los militares solo deben intervenir para derrocar una dictadura.

Los militares no participaron en la represión durante las dictaduras de Gómez y de Pérez Jiménez, pero sí en las torturas y desaparecidos durante la guerrilla castrista y ahora con la dictadura de Chávez-Maduro. Cabe recordar que hay 127 militares presos y numerosos exiliados por enfrentar al régimen actual.

Eliminar la Fuerza Armada no es factible, ni deseable. Lo procedente es purgar la institución de corruptos y violadores de derechos humanos, pero también redimensionar la organización. Hoy no tiene sentido que exista para enfrentar el ejército de un país vecino, pero sí para combatir la guerrilla de extremistas nuestros y colombianos, así como para desmantelar la red de narcotráfico. Para eso no se requieren tanques, destructores y submarinos, tampoco aviones Sukhoi o F16.

Nuestros militares retirados deben contribuir a diseñar la Fuerza Armada del futuro, la cual debe garantizar la seguridad y apoyar en casos de desastres naturales. También trabajar para lograr una relación armónica de los militares con el resto de la sociedad.

Como (había) en botica:

Luis Pacheco, Presidente de Pdvsa Ad hoc, informó detalladamente sobre Citgo. Algunos deberían asesorarse antes de declarar. Monómeros Colombo Venezolanos reportó en el primer semestre aumentos de 30% de ventas consolidadas, 221% de utilidad operacional, de 17% en aprovechamiento capacidad instalada y de 374% del EBITDA*.

Lamentamos fallecimiento de César Hernández Gimón, compañero de Gente del Petróleo y de Unapetrol.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

* Beneficio bruto de explotación calculado antes de la deducibilidad de los gastos financieros.

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​José E. Rodríguez Rojas

En el año 2007 Michael Reid predijo qué si los precios del petróleo caían y el régimen chavista continuaba con las políticas enmarcadas en el Socialismo del Siglo XXI, Venezuela se encaminaría hacia una condición de Estado fallido, similar a la de Nigeria, un país africano petrolero que había caído en esa condición.

En el año 2016, según la revista The Economist, la predicción se había cumplido, pues Venezuela se encontraba en una situación económica peor que la de países africanos como Zimbabue. La Encovi 2019-2020 acaba de confirmar que la llamada “africanización de Venezuela” se ha profundizado con el paso del tiempo, ante la inacción del régimen de Maduro de tomar las medidas necesarias para detener la hiperinflación.

Reid en su libro “Forgotten continent.The battle for latin america´s soul“ analizó las políticas de Chávez enmarcadas en el llamado Socialismo del Siglo XXI, las cuales implicaron un crecimiento desaforado del gasto público, que era insostenible en el largo plazo. Reid señaló, en ese momento, que si los precios del petróleo caían y las políticas en cuestión se mantenían, Venezuela se encaminaría ineluctablemente a una condición de Estado fallido, similar a la de Nigeria, un país africano petrolero que estuvo en esa condición hace algunos años.

A mediados del año 2014 Arabia Saudita inició una guerra de precios para sacar del mercado a la producción basada en el sistema fracking, lo que hizo que los precios del petróleo colapsaran. La caída de los precios del petróleo provocó un enorme hueco fiscal y el régimen de Maduro no hizo lo que los economistas aconsejan en estos casos, instrumentar un programa de ajuste con el apoyo financiero del FMI. El programa contempla medidas orientadas a reducir drásticamente el gasto público, como la privatización de empresas, liberar los precios y controlar la emisión de dinero. En su lugar el régimen continuó con las políticas de controles de precios y aceleró la emisión de dinero sin respaldo, lo cual hizo que la inflación se desbordara, colocando el país a las puertas de la hiperinflación. En síntesis los precios del petróleo cayeron y Maduro no tomó ninguna medida de ajuste para corregir la situación

En un artículo, publicado a inicios del 2016 la revista The Economist señaló que Venezuela para ese momento presentaba características similares a las de un país africano como Zimbabue, en uno de sus peores momentos, cuando la hiperinflación azotaba al país en cuestión. Mugabe, el senil gobernante del país africano, decidió dolarizar la economía y abandonar las viejas políticas de controles, lo cual moderó la inflación e inició una etapa de recuperación económica. Debido a ello el magazine señalaba que Zimbawe se encontraba en mejor situación que Venezuela, cuyo gobierno había decidido proseguir con las políticas del socialismo del siglo XXI, agravando los problemas que enfrentaba. En consecuencia, para inicios del 2016 la predicción de Reid se había cumplido, pues nuestro país se encontraba en peor situación que los países africanos.

Luego la situación se complicó aún más, en la medida que el régimen de Maduro no introdujo ninguna medida correctiva y aceleró la emisión de dinero sin respaldo, la inflación se aceleró y se transformó en hiperinflación a finales del 2017. La hiperinflación impulsó aún más el proceso de empobrecimiento que venía sufriendo el país. Según la Encovi la pobreza total se incrementó de 48,4 % en el 2014 a 87% en el 2017 y la extrema pobreza subió de 23,6% al 61,2% en el mismo lapso.

La Encovi 2019-2020 lo que hace es poner en evidencia que el deterioro social se ha profundizado como consecuencia de la hiperinflación. Según este estudio Venezuela se ubica como el más pobre de América Latina, pero cuando se juntan las variables de instabilidad política, PIB y pobreza extrema, nuestro país aparece en el segundo lugar de una lista de 12 países que encabeza Nigeria y termina con Irán, seguida de Chad, Congo y Zimbabue. El sociólogo Luis Pedro España, uno de los investigadores de la ENCOVI aseguró que Venezuela nunca ha tenido estos niveles de pobreza y solo se puede comparar con países sin estabilidad política y que pertenecen al continente africano, como Nigeria, Chad, Congo y Zimbabue. La llamada “africanización de Venezuela”, que se inició con el colapso de los precios del petróleo del 2014 en adelante, lo que hizo fue profundizarse en el tiempo; impulsada por la inacción del régimen de Maduro que no tomó las medidas necesarias, en su debido momento, para detener el colapso económico y la hiperinflación. En contraste los países africanos si lo han hecho, como fue el caso de Zimbabue donde Mugabe, un senil gobernante africano que culpaba a los homosexuales de los males que agobiaban a su país, introdujo la dolarización.

Profesor UCV

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Carlos Raúl Hernández

Titulo con frase de Dolores Ibárruri, “la Pasionaria”, porque entre 12 y 20 de julio de 1936, hace 84 años, arrancó la guerra civil española, modelo de atrocidades y mar de sangre, por culpa de cabecillas políticos tan radicales como ineptos. La noche del 12 la Guardia Civil irrumpe en el hogar y secuestra al diputado monárquico José Calvo Sotelo. Encabezan los agentes Fernando Condés y Luis Cuenca, del PSOE. El segundo era escolta de Indalecio Prieto, líder del partido.

Calvo amanece en la calle con dos tiros en la nuca. Salvador de Madariaga anota que, en una vibrante intervención de Calvo en el parlamento, la medusa, madre muerte, la “Pasionaria”, le gritó: “¡Este es tu último discurso!”. Un plan monstruoso pero imbécil, porque el crimen precipita el golpe de Estado que ramaleaban altos oficiales y disuelve la negativa a sumarse de Francisco Franco, el más temible de ellos. El general Mola da su golpe fracasado para tomar el país en tres días.


Y emergió el dragón de tres años de guerra civil, un millón de muertos, según J.M. Gironella, y Franco entrará a dominar España hasta su muerte. La historia narra la lucha entre republicanos y nacionales, pero ¿había nacido de verdad una república cinco años atrás, o en 1931 depara lo que Platón y Aristóteles juzgan degeneración republicana, la anarquía, la república popular o revolucionaria? A diferencia de Carlos I o Luis XVI, el colapso mismo de la monarquía borbona es patético.

En ese crucial 1931 hubo una simple elección municipal de concejales, no un referéndum constitucional ni nada parecido. Compiten las alianzas de socialistas, stalinistas, anarquistas, trotskistas, republicanos, contra partidos conservadores, y ganan aquellos, aunque quedan bastante parejos. Los primeros en las grandes ciudades, y los otros en el campo. Para aterrorizar, la izquierda lanza las masas a la calle, y el tembleque Alfonso XIII sale disparado de incógnito, renuncia al trono y pasa a la historia… de las aves de corral.

La revolución de 1934
Comienza la república popular con la expulsión del Primado, arzobispo de Toledo monseñor Segura y del eminente monseñor Múgica, en respuesta a que despiden afablemente al rey, aunque llaman a apoyar el naciente régimen. Este apunta la agitación social hacia sus odios y estimula oleadas de asaltos, quema de conventos, iglesias, fábricas, comercios, por todo el país. Las Cortes Constituyentes` paren una “constitución inviable” según Gregorio Marañón.

Para Ortega y Gasset, “lamentable, sin pies ni cabeza, ni el resto de materia orgánica”. Prohíbe a los curas las congregaciones y actividades pedagógicas, industriales o mercantiles. Pero dos años más tarde, las elecciones de 1933 marcan un viraje radical, obra de que por primera vez votan las mujeres. Triunfan los conservadores, que ceden el gobierno a un moderado, Alejandro Larroux, pero la izquierda responde el gesto con insurrección armada y huelga general. Proclaman el Estado catalán.

Huelga en Barcelona, Madrid, Vasconia, y en Asturias tragedia. Los trabajadores se organizan en soviets, arrasan cuarteles de la guardia civil, toman la cuenca minera, las fábricas de armas y en la capital Oviedo, destruyen casi mil edificios. Las tropas decomisan cientos de miles de fusiles y pistolas e intentan pactar con los mineros, pero estos vuelan la Catedral medieval. Saldo, dos mil muertos y 30.000 presos.


Manuel Azaña, bárbaro ilustrado y de corbata, mientras organiza el Frente Popular para las elecciones de febrero de 1936, declara que “todos los conventos de España no valen la vida de un republicano”. Y Largo Caballero que “si las derechas no se dejan vencer en las urnas… nos veremos obligados a ir a la guerra civil”. Violencia de calle contra los conservadores, Azaña gana por nariz las, 4.570.000 contra 4.356.000, y avanza la sovietización de un país partido por la mitad.

Julio 1936
Convierten conventos y monasterios en chekas, cárceles secretas de los revolucionarios. Anarquistas, socialistas, estalinistas, cada uno tiene las suyas. Asesinados los derechistas Calvo Sotelo y el virulento José Antonio Primo de Rivera, más tarde Santiago Carrillo fusilará 4000 presos madrileños. Y aparece la sublevación militar. En tres años los republicanos liquidan más de 7000 obispos, sacerdotes, seminaristas y monjas. Hay ciclos virtuosos en la vida de los países.

En ellos confluyen generaciones brillantes en la política, el pensamiento, el arte y la cultura, que dan rumbos creadores a sus naciones. Así ocurrió en la independencia de EEUU, la Ilustración francesa, el Renacimiento, el siglo de Pericles. Pero con menos suerte, en otros, en vez de liderazgos, surgen pandillas. Precedidos por Pablo Iglesias, un ideólogo nefasto (¡cuando no!) muerto antes, Largo Caballero, Manuel Azaña, J.A Primo de Rivera, Calvo Sotelo, la Pasionaria, crean el horror que traerá 40 años de dictadura.

Energúmenos, mediocres, fundamentalistas, su absoluta incapacidad para dirigir una vida política decente rompe sus naciones. No pueden convivir porque planean dominar la sociedad, y hacen surgir dragones reaccionarios que imponen orden y silencio. Roosevelt y Churchill después de la guerra mundial, decidieron sostener a Franco ante el peligro de que regresaran los “pasionarios”.

@CarlosRaulHer

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ABC
El ex consejero de seguridad nacional reconoce que la Administración de Trump ha sometido al régimen de Venezuela a mucha presión, pero no ha tenido tanto éxito como quisieran.

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Rafael Tomás Caldera

El relativismo es una enfermedad. Una “dictadura del relativismo” destruye la razón cuyo uso es necesario recobrar, en particular eso que ha podido calificarse de sentido común: Un uso de la razón que se atiene a las evidencias fundamentales de lo real, de la conciencia, y permite discernir el grado de certeza en cada campo del conocimiento.

Ante los estallidos de violencia y las ásperas confrontaciones que hemos presenciado por los medios de comunicación no pocos se preguntan por su significado. ¿Será posible que Fray Junípero Serra, educador y fundador de misiones, tenga alguna relación directa con la lamentable muerte de George Floyd o hay algo aquí que estamos confundiendo en forma grave?

La causalidad de los fenómenos sociales es múltiple. No estamos ante un nuevo Mayo de 1968, como algunos se precipitaron a decir. La situación actual -toda situación histórica- tiene elementos comunes con episodios pasados pero, a su vez, muestra aspectos inéditos. Chesterton solía recordar como lo que no se repite es la historia. La libertad humana juega un gran papel en la determinación de los acontecimientos, así como de las condiciones que pueden dar lugar a ellos.

Entre esas causas múltiples, es necesario incluir las presiones psicológicas producidas por el largo confinamiento al que se han visto sometidas poblaciones enteras. Junto con eso, el miedo a la enfermedad, alimentado en gran medida por la desinformación. Confinamiento en espacios reducidos y miedo forman una combinación que acaso explique la violencia de algunos estallidos o lo peregrino de algunas reacciones. Si se añade la pérdida del trabajo o el sensible recorte de los ingresos, puede entenderse que haya una condición propicia para serias alteraciones en el intercambio social.

No ha sido algo limitado a las calles. En paralelo, hemos visto muestras de radical intolerancia ante las opiniones discordantes, que se salen de lo que ha querido llamarse “políticamente correcto”.

¿Qué hay en todo ello? Algunas personas se han permitido utilizar ciertas organizaciones como fachadas para sus propósitos encubiertos: ¿Qué relación puede haber entre el valor de las vidas de la gente negra y la defensa de un régimen dictatorial en Venezuela? Hay quien va lejos en la denuncia de tales conexiones, extrañas o sorprendentes, y acaso tenga razón. Soy poco inclinado a ese tipo de análisis, sobre todo porque a un ciudadano corriente le resulta imposible verificar la información. Por lo demás, no dejará de haber conspiraciones para intentar llevarnos -a personas y sociedades- por otro rumbo.

Quisiera, en cambio, destacar un factor, condición de base de todo lo que ocurre, al que no se presta la atención debida. Me refiero al relativismo.

En fecha reciente ha habido más de un intento -cartas públicas incluidas- de atajar la difusión de “un virus que -se afirma- va cegando los capilares de la libertad de expresión y el debate abierto”. Sin embargo, descontada su importancia, es necesario reconocer que la libertad de expresión es un efecto. Es el reconocimiento -y, en tal sentido, el resultado- del afán de saber connatural al ser humano. La primera línea de los libros metafísicos de Aristóteles ya anuncia que todo hombre desea por naturaleza saber. Este deseo es un amor natural a la verdad y lo verdadero que cada persona ha de ratificar en la conducción de su vida.

Separada de la verdad y el conocimiento, ¿qué queda de la libertad de expresión? Tan solo el intento de preservar un espacio social para manifestar las opiniones propias acerca de cómo organizar la vida. A lo referido a la individualidad de cada uno se puede aplicar quizás el refrán del Quijote: “Debajo de mi manto, al rey mato”. Pero si no hay verdad ni conocimiento, las opiniones sobre lo público y común no tienen otro fundamento que las preferencias arbitrarias de uno u otro. Se querrá entonces hacer valer las opiniones a la fuerza. ¿Fuerza? Sin duda: ¿Qué otra cosa sería expulsar de una Academia a un reconocido investigador por haber citado informaciones que contrarían el sentir del momento?, ¿o negarse a vender las obras de una autora muy popular por haber osado afirmar -con todo cuidado hacia las tribus de la opinión- una verdad natural evidente?

La irracionalidad y el fanatismo en la sociedad occidental son consecuencia de ese relativismo que invalida la razón, y “deja como última medida solo el propio yo y las propias ansias”. Destruida la razón en la vida social no queda sino la fuerza que proyecta, de manera voluntarista, las preferencias del yo y se manifiesta enseguida en el afiliarse a un grupo (o plegarse o someterse) para imponer tales preferencias a los otros.

La imposición, hemos visto, revestirá formas diversas: Violencia física en las calles, quema de comercios y derribo de estatuas; linchamientos mediáticos que cubren de oprobio a alguna persona; censura en el medio académico contra quien afirme algo diferente al pretendido sentir de la mayoría, aunque sea -como en el cuento- tan solo por atreverse a denunciar que ‘el rey va desnudo’.

Lleno de fuerzas en contraposición, el espacio social conoce ahora un predominio de las ideologías, remedos defectuosos de la verdad y el conocimiento. Los Estados Unidos, tan apegados siempre al common sense, se presentan en sus manifestaciones públicas casi como un verdadero aquelarre: Palabras llenas de sound and fury, que no significan nada y son más bien armas arrojadizas.

Hemos de volver sobre nuestros pasos. El relativismo es una enfermedad. Una “dictadura del relativismo” destruye la razón cuyo uso es necesario recobrar, en particular eso que ha podido calificarse de sentido común: Un uso de la razón que se atiene a las evidencias fundamentales de lo real, de la conciencia, y permite discernir el grado de certeza en cada campo del conocimiento. Permite tener una base común sobre la cual fundar la vida social en el respeto a la persona y su libertad.

Solo preserva el uso de la razón un deseo incondicionado de hallar la verdad y manifestarla. El relativismo ha cortado la raíz de la vida de la inteligencia, entregada ahora al dominio de los prejuicios, las pulsiones y las ideologías. En una larga deriva, ha terminado por abrir la puerta a un tiempo de la ira.

17 de julio 2020

La Gran Aldea

https://lagranaldea.com/2020/07/17/un-tiempo-de-la-ira/

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John M. Barry

Cuando mezclas ciencia y política, obtienes política. Con el coronavirus, Estados Unidos ha probado que la política no ha funcionado. Si queremos planear la reapertura completa tanto de la economía como de las escuelas de manera segura —lo cual se puede lograr— tenemos que volver a la ciencia.

Para entender cuán mal está la situación en Estados Unidos y, lo más importante, qué se puede hacer al respecto, es necesario hacer comparaciones. En el momento de escribir este artículo, Italia, que hace unos meses era la imagen de la devastación por el coronavirus y cuya población es del doble de la de Texas, recientemente ha promediado alrededor de 200 nuevos casos al día mientras que Texas ha tenido más de 9000. Alemania, con una población cuatro veces la de Florida, ha tenido menos de 400 nuevos casos al día. El 12 de julio, Florida reportó más de 15.300, el total más alto para un solo día de cualquier estado de Estados Unidos.

La Casa Blanca dice que el país tiene que aprender a vivir con el virus. Una cosa sería si los nuevos casos ocurrieran al ritmo que suceden en Italia o Alemania, sin mencionar a Corea del Sur, Australia o Vietnam (que hasta el momento tiene cero muertes). Pero Estados Unidos tiene la tasa de crecimiento más alta de nuevos casos en el mundo, incluso por encima de Brasil.

Italia, Alemania y decenas de otros países han reabierto casi por completo, y tenían toda la razón en hacerlo. Todos tomaron el virus en serio y actuaron de manera decisiva, y continúan haciéndolo: Australia acaba de emitir multas por un total de 18.000 dólares porque demasiadas personas asistieron a una fiesta de cumpleaños en una casa.

En Estados Unidos, los expertos en salud pública estuvieron de acuerdo prácticamente de manera unánime en que replicar el éxito europeo requería, primero, mantener el confinamiento hasta que alcanzáramos una tendencia descendente pronunciada en el número de casos; segundo, lograr un cumplimiento generalizado de las recomendaciones de salud pública, y, tercero, crear una fuerza de trabajo de por lo menos 100.000 personas —algunos expertos consideran que se necesitarían 300.000— para evaluar, rastrear y aislar casos. En el ámbito nacional, no estamos ni cerca de cualquiera de esas metas, aunque algunos estados lo consiguieron y ahora están reabriendo de manera cuidadosa y segura. Otros estados distaron mucho de lograrlo, pero reabrieron de todos modos. Ahora vemos los resultados.

Aunque la ciudad de Nueva York acaba de registrar su primer día en meses sin una muerte por la COVID-19, la pandemia crece en 39 estados. En el condado de Miami-Dade en Florida, seis hospitales han llegado al límite de su capacidad. En Houston, donde se desató uno de los peores brotes en el país, los funcionarios han exhortado al gobernador a emitir una orden de permanecer en casa.

Como si el crecimiento explosivo en muchos estados no fuera lo suficientemente malo, también sufrimos las mismas carencias que afectaron a los hospitales en marzo y abril. En Nueva Orleans, los suministros para pruebas están tan limitados que un lugar comenzó a realizar pruebas a las 08:00 de la mañana, pero solo contaba con suficientes para atender a las personas que ya estaban formadas a las 7:33 de la mañana.

Las pruebas por sí mismas tienen poco efecto sin una infraestructura no solo para rastrear y contactar a personas posiblemente infectadas, sino también para atender y apoyar a quienes resulten positivos y deban aislarse, así como aquellos que deban someterse a una cuarentena inmediata. Con demasiada frecuencia esto no ha sucedido; en Miami, solo el 17 por ciento de quienes dieron positivo por el coronavirus completaron cuestionarios para colaborar con el rastreo de contactos, una acción crucial para disminuir la propagación. Muchos estados ahora tienen tantos casos que el rastreo de contactos se ha vuelto imposible.

¿Cuál es la solución?

El distanciamiento social, el lavado de manos y el confinamiento voluntario siguen siendo cruciales. Se ha hecho muy poco énfasis en la ventilación, que también importa. En áreas públicas, se pueden instalar luces ultravioletas. Estas cosas reducirán la propagación, y el presidente Donald Trump finalmente usó un cubrebocas en público, lo que podría de alguna manera despolitizar el asunto. Sin embargo, en este punto, todas estas acciones juntas, incluso con un cumplimiento generalizado, solo pueden ayudar a reducir tendencias peligrosas donde están ocurriendo. El virus está demasiado extendido como para que estas acciones aplanen la curva de manera rápida.

Para reabrir las escuelas de la manera más segura, lo que tal vez sea imposible en algunas instancias, y reiniciar la economía, debemos reducir el conteo de casos a niveles manejables, hasta alcanzar los niveles de los países europeos. La amenaza del gobierno de Trump de retener los fondos federales de las escuelas que no reabran no logrará ese objetivo. Para hacer eso, solo las medidas decisivas funcionarán en lugares que experimentan un crecimiento explosivo: como mínimo, fijar límites incluso en reuniones privadas e imponer cierres selectivos que deben incluir no solo los lugares obvios como los bares, sino también las iglesias, que son una fuente bien documentada de propagación a gran escala.

Dependiendo de las circunstancias locales, eso podría ser insuficiente; quizá sea necesaria una cuarentena completa como la de abril. Esta podría ser con base en cada condado, pero las medidas a medias lograrán poco, excepto evitar que los hospitales se saturen. Las medidas a medias dejarán la transmisión a un nivel que excederá por mucho aquellos de diversos países que han logrado contener el virus. Las medidas a medias causarán que muchos estadounidenses no vivan con el virus, sino que fallezcan debido a él.

Durante la pandemia de la influenza de 1918, casi todas las ciudades suspendieron gran parte de sus actividades. El temor y el cuidado de los familiares enfermos logró el resto; el ausentismo incluso en la industria bélica excedió el 50 por ciento y destruyó la economía. Muchas ciudades reabrieron demasiado pronto y tuvieron que cerrar por segunda vez —en algunos casos, una tercera vez— y enfrentaron una intensa resistencia. Sin embargo, se salvaron vidas.

Si lo hubiéramos hecho de la manera correcta desde la primera vez, ya operaríamos a casi el 100 por ciento, las escuelas se alistarían para un año escolar casi normal, los equipos de fútbol se prepararían para las prácticas, y decenas de miles de estadounidenses no habrían muerto.

Esta es nuestra segunda oportunidad. No tendremos una tercera. Si no contenemos el crecimiento de esta pandemia ahora, dentro de algunos meses, cuando el clima se vuelva frío y obligue a las personas a pasar más tiempo en interiores, podríamos enfrentar un desastre que haga lucir minúscula a la situación actual.

16 de julio 2020

The New York Times

https://www.nytimes.com/es/2020/07/16/espanol/opinion/coronavirus-cuaren...

 5 min