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Opinión

Dave Eggers

Es agotador vivir aquí. Somos una nación desconcertada, peleada y medio loca. Estados Unidos es una mezcla terrorífica de reality show televisivo, república bananera y Estado fallido. En solo cuatro años hemos perdido de vista todo: el Estado de derecho, un mínimo sentido de la decencia, la verdad y la fe en el gobierno y la gobernanza nacional. Mientras escribo estas líneas, el presidente de Estados Unidos baila sobre un escenario al ritmo de la música de Village People, en un auditorio abarrotado y en medio de una pandemia que ha matado a 215.000 estadounidenses y seguramente va a matar a algunos de los asistentes.
Nuestro presidente está clínicamente loco. Lo sabe el mundo, lo sabe el Partido Republicano y los saben hasta sus seguidores. Además ha cometido docenas de delitos y actos merecedores de la destitución estando en el poder y lo único que le salva es que son tantos que nadie logra centrarse en uno solo. Hace solo unas semanas, un lunes, nos enteramos de que no había pagado impuestos en 10 de los últimos 15 años. Al día siguiente, durante un debate con Joe Biden, dijo a los miembros de las milicias supremacistas que “se retirasen y se mantuvieran a la espera”; a la espera de una guerra civil. Hacia el final de esa semana supimos que les habían diagnosticado la covid-19 a él y otras 32 personas del personal de la Casa Blanca.
Hemos tenido 200 semanas así, unas semanas que parecen años, que habrían acabado con cualquier otra presidencia. Estamos hartos de este circo.
Los republicanos se consideran conservadores, pero los años de Trump han sido los más radicales y radicalizadores de la historia moderna de Estados Unidos. Trump y su gobierno son erráticos, irracionales y reaccionarios y están dispuestos a hacer pedazos cualquier parte de la Constitución que sea un obstáculo para obtener sus caprichos. El lema de Ronald Reagan era que el gobierno debía ser eficiente pero pequeño, nada entrometido, casi invisible. Pues bien, en estos cuatro años hemos tenido que lidiar a diario con el gobierno que más se ha inmiscuido en nuestras vidas de toda la historia de nuestro país. Trump está cada día en nuestras narices, contando mentiras y fomentando la discordia y el odio, y lo peor de todo es que su incompetencia absorbe constantemente nuestra atención. Su presidencia es un accidente de automóvil del que llevamos cuatro años sin poder apartar la vista.
El año pasado, mi familia y yo necesitábamos un respiro del caos interminable de la vida en Estados Unidos y nos fuimos a España. A las Islas Canarias. Durante tres meses vivimos en La Garita, Gran Canaria; una comunidad de lo más discreta a orillas del océano y alejada de los turistas. Nuestros hijos fueron al colegio allí y todos vivimos una vida totalmente distinta y llena de cordura. La policía no disparaba contra la gente normal en la calle. El presidente no empujaba a sus partidarios a rebelarse contra el gobierno que se suponía que dirigía él. Cuando necesitábamos asistencia médica, la teníamos y prácticamente gratis.
Y no teníamos que pensar en Trump. Figuraba pocas veces en los informativos locales, en los periódicos locales y en nuestro pensamiento. Hasta el intento de destituirle. Aunque Trump ha cometido un centenar de delitos que son causa de destitución, el Congreso por fin escogió uno concreto, celebró las sesiones correspondientes y ocurrió lo que esperábamos: se inició el proceso de impeachment pero él permaneció en su puesto. No sé para qué vimos las sesiones en La Garita. Sabíamos que no iba a cambiar nada, y así fue. Cuando Nixon cometió sus delitos, los republicanos y los demócratas estuvieron de acuerdo en que había profanado el cargo de presidente y debía marcharse. Pero ese consenso de los dos partidos sobre el honor y la decencia ha desaparecido. Los republicanos han sido espectadores silenciosos mientras Trump convertía nuestro país en un hazmerreír cleptocrático.
Poco después de que volviéramos a California estalló la epidemia de coronavirus y los peores temores que todos teníamos sobre Trump se hicieron realidad. Hasta la covid-19, sus partidarios podían alegar la fuerza de la economía como prueba de que estaba justificado elegir a un promotor de campos de golf. Pero gobernar significa afrontar racionalmente y con seriedad las crisis, y Trump ha demostrado que un narcisista lunático que desdeña la ciencia, que no puede concebir el sufrimiento de ninguna otra persona que no sea él mismo, es incapaz de dirigir un país en un periodo histórico difícil. El coronavirus no fue real hasta que él lo contrajo; y como no ha muerto, desprecia las vidas de los que sí han fallecido. No se le ha oído decirlo, pero podemos estar seguros de que considera que los difuntos, como los soldados estadounidenses que murieron en acto de servicio, son unos “fracasados” y unos “pringados”.
Hace unos años informé sobre un mitin de Trump en Phoenix, Arizona. Como anticipo de su reacción autoritaria frente a las protestas de Black Lives Matter, la policía de Phoenix, al acabar la concentración, arrojó gas lacrimógeno contra miles de manifestantes (entre los que me encontraba yo). No hubo ninguna provocación, ninguna advertencia. Estábamos de pie pacíficamente detrás de una barricada y, un instante después, empezamos a ahogarnos por culpa de un gas amarillo prohibido por la ONU incluso como arma de guerra. Al día siguiente entrevisté al senador Jeff Flake, uno de los pocos republicanos de las dos cámaras del Congreso que se había opuesto a Trump y que, por su deslealtad, se vio obligado a retirarse del Senado. “Es una especie de fiebre”, dijo a propósito del trumpismo. “Pero un día, la fiebre bajará”.
Gran parte del resto del mundo, y por supuesto España, ha tenido históricamente coqueteos con el autoritarismo. Pero Estados Unidos —y esto es importante destacarlo— nunca ha tenido un presidente autoritario. Incluso los presidentes que procedían de las fuerzas armadas, como Ulysses S. Grant y Dwight D. Eisenhower, han sido muchas veces los que más criticaban y desconfiaban de todo lo militar y del peligro de politizarlo. En general, los más peligrosos han sido los diletantes como George W. Bush y ahora Trump. Este último ha utilizado el ejército, la Guardia Nacional, la policía local e incluso a agentes federales de paisano para intimidar a los manifestantes. “Fuerza aplastante. Dominio”, tuiteó el 2 de junio sobre la represión de las protestas en Washington, la noche después de que hubiera ordenado dispersar con violencia a los manifestantes para poder posar con una Biblia en la mano.
Estos horrores no han disminuido el apoyo que le prestan sus fieles seguidores. En la mayoría de las democracias liberales —espero—, esas tácticas despóticas significarían el final de su presidencia. Pero lo que ha puesto de manifiesto el mandato de Trump es que, en realidad, muchos estadounidenses no están comprometidos con la democracia. Están entregados a mantener el orden y el statu quo. Después de la elección de Trump, los sociólogos descubrieron que el principal rasgo que compartían sus partidarios no era la afición al maquillaje anaranjado y el tinte de pelo amarillo, sino el gusto por el autoritarismo. Preferían a un líder fuerte y autocrático antes que el proceso de construcción de consensos, a menudo lento y caótico, inherente a la democracia. Preferían la sencillez, la rigidez y la obediencia. Hasta que llegó a la presidencia, nunca habría dicho algo así, pero ahora estoy seguro de que al menos la cuarta parte de nuestro país preferiría una autocracia trumpiana permanente que una verdadera democracia.
Hay mucho trabajo por delante, empezando por la educación. Son demasiados los estadounidenses que, en realidad, no comprenden la democracia ni la seriedad del arte de gobernar. Desde hace décadas hemos mezclado tanto la fama y la política que la mayoría de la gente no distingue entre las dos cosas. En el primer mitin de Trump al que asistí, en plena campaña, en un aeropuerto de Sacramento, los asistentes se quedaron deslumbrados al ver llegar al personaje de los reality shows en su avión privado. Se rieron de sus chistes y le hicieron fotos con su gorra roja. No hubo nada remotamente parecido a una discusión seria sobre temas importantes o sobre la administración. Más bien, se dedicó a hablar mucho rato sobre uno de sus campos de golf.
Guía cultural para entender una sociedad rota
Los libros sobre Trump, el feminismo, las armas, o Silicon Valley han dominado los cuatro años de mandato del presidente
No tiene nada de malo que la gente vaya a un aeropuerto a ver a un personaje de televisión. Pero votar para que él dirija el país es señal de que no sabemos lo que es gobernar y de que no nos tomamos en serio a nosotros mismos, nuestra nación ni nuestra historia. Y ese es un fracaso del que somos responsables todos como padres, educadores y ciudadanos. Ya seamos republicanos o demócratas, debemos considerar la labor del gobierno como algo noble y sagrado. Debemos recuperar el sentido de que todas las tareas de gobierno, sean grandes o pequeñas, deben llevarse a cabo con dignidad y sobriedad, que los líderes que elegimos deben ser los mejores, los más razonables, los de carácter más estable.
En las elecciones de 2016, Hillary Clinton obtuvo los mejores resultados en las partes de Estados Unidos con más nivel educativo. De los 50 condados con más nivel, venció en 48. A la inversa, Trump tuvo los mejores resultados en las zonas con el nivel educativo más bajo. De los 50 condados con menor nivel, ganó en 42. Así que tenemos mucho que hacer. No necesitamos un gobierno elitista, pero sí que sea competente, utilice la razón y respete la ciencia. Que en 2020 tengamos que recordar los principios de la Ilustración es trágico, pero así estamos. Que Estados Unidos acabe de obtener cinco premios Nobel más la semana pasada, mientras nuestro presidente rechaza el conocimiento científico, ¿qué es? ¿Tragedia o ironía?
Hablando de ciencia: el cambio climático ha hecho que en California, en los últimos cinco años, los incendios descontrolados se hayan convertido en parte permanente de nuestras vidas. Como el Estado se ha vuelto cada vez más seco y caluroso, cada otoño trae consigo nuevos incendios; este año se han quemado ya más de 12.000 kilómetros cuadrados. Para millones de residentes en las zonas más afectadas se ha vuelto esencial tener lista una bolsa de viaje, la maleta con artículos de primera necesidad que cada familia californiana debe tener a mano por si nos evacúan de un momento par otro. El 27 de septiembre estaba visitando a unos amigos en St. Helena, a una hora al norte de San Francisco, cuando estalló un incendio en el que acabaron ardiendo más de 240 kilómetros cuadrados. Les ayudé a meter sus cosas en el coche y se fueron mientras veíamos arder las llamas sobre un promontorio cercano.
Pero existe otro tipo de bolsa de viaje para millones de estadounidenses, que es la mochila con la que cargaremos si Trump vuelve a ganar. Su victoria querrá decir que Estados Unidos ha desaparecido. Que nos hemos rendido. Que nada significa ya nada y que hemos preferido ser una idiocracia sin civilizar.
Muchos se irán a Canadá, una versión más fría pero más sensata de Estados Unidos. Muchos amigos nuestros están estudiando las leyes de inmigración de Nueva Zelanda y Australia. En nuestra familia estamos pensando volver a La Garita. Conocemos los colegios, nos sabemos los menús de todos los restaurantes locales, estamos familiarizados con el Alcampo de Telde y conocemos también el apacible paseo marítimo por el que caminábamos como seres civilizados en una sociedad racional. Qué sensación tan buena.
17 OCT 2020
El País
https://elpais.com/cultura/2020/10/15/babelia/1602748837_466765.html

 9 min


Luis Ugalde

Confieso que estoy obsesionado con la reconstrucción de nuestro país. Veo mucha gente que quiere cambio, pero pone obstáculos a la creación de una sociedad libre y solidaria capaz de compartir el bien común nacional. Por eso me alarma la reacción de algunos frente a la reciente encíclica Tutti Fratelli del papa Francisco que toma el nombre del gran inspirador de la fraternidad universal: San Francisco de Asís. Les escandaliza que el papa diga que “el mercado no resuelve todo” y que “la libertad de mercado no basta”. Yo creía que este principio defendido por los clásicos liberales era obvio.
Los grandes padres del liberalismo no defendieron solo el libre mercado, sino la libertad, la igualdad y la fraternidad. Una nueva sociedad donde el poder político y el económico no sean dueños absolutos si no que estén sometidos a la Constitución que consagra los derechos humanos fundamentales de todos. Esto que defiende el liberalismo lo necesitamos en Venezuela: combinar la economía de mercado con la Constitución y crear oportunidades para la realización de todos con su propio esfuerzo. Las economías liberales más exitosas lo son porque contribuyen al bienestar general.
Acabo de encontrar un artículo mío del año 2009 que recibió de El Nacional el premio al Mejor Artículo del Año publicado en ese diario y viene a cuento. Aunque es chocante citarse a uno mismo lo veo necesario con gente que creía sensata y parece escandalizada con la llamada del papa Francisco a la fraternidad.
¿Capitalismo Antihumano? (Publicado el 4 de junio de 2009)
“La economía capitalista es extraordinariamente eficaz para producir bienes en abundancia; con ella miles de millones se han liberado de la pobreza tradicional. En China y en la India, en la próxima década cientos de millones saldrán de la pobreza económica, gracias a los avances del capitalismo que aplica con éxito la tecnología a la revolución productiva.
Pero la economía no es la sociedad, apenas una parte de ella, y reducir a la persona humana al “homo oeconomicus” nos lleva a una humanidad profundamente enferma, aunque materialmente menos pobre. La persona humana no se reduce a animal que produce y consume para alimentar el mercado capitalista en carrera continua. La economía capitalista utiliza el individualismo y la búsqueda del “interés propio” como una poderosa fuerza motora creativa, pero el ser humano no es puro individualismo y egoísmo, sino también solidaridad y amor. No somos solo lobos unos contra otros, sino también hermanos unos con otros. Dos fuentes irreductibles de identidad humana, que requieren fuerza suficiente para complementarse, hacerse contrapeso y corregirse mutuamente; con uno solo de estos motores los humanos no levantamos vuelo. La economía tiene sentido como base e instrumento para la libertad y la dignidad de todos en un mundo en paz. El mercado solo no pone la economía próspera al alcance de todos los pueblos; se requiere desarrollo espiritual, con convicciones éticas vigorosas que inspiren y modelen la conducta humana, le den valor y sentido a la vida y a la economía y desarrollen leyes e instituciones fuertes y eficaces.
El capitalismo exitoso trae otros problemas: salimos de la economía ancestral con escasez, hambrunas, enfermedades, guerras y limitaciones y ahora la abundancia nos lleva a otra escasez: destrucción del medio ambiente, de las condiciones de vida para animales y vegetales, e insuficiencia de fuentes de energía y algunas materias primas. El capitalismo tiene tanta fuerza productiva que su capacidad destructiva es monstruosa e imparable por sí misma. La ley del más fuerte en la competencia trae la exclusión de los más débiles y la guerra; la exclusiva de la lógica del mercado lleva aceleradamente a la destrucción de la tierra como casa acogedora y al enfrentamiento social. Vivimos una crisis de civilización. Las empresas más exitosas planifican, calculan, hacen alianzas y fusiones… es decir ordenan las fuerzas (no las dejan al ciego mercado) para sus fines. En tiempo de crisis hasta los más liberales piden la intervención del Estado y de las leyes. La vida digna requiere defender la tierra como hábitat adecuado, el diálogo y convivencia entre pueblos, razas, culturas humanas diversas que se reconocen y aprecian. No solo se requieren estados nacionales, sino autoridad, instituciones y ciudadanía mundiales, cuyo objetivo es que a todos lleguen aquellos bienes y posibilidades humanas que hoy son técnicamente alcanzables, pero no asequibles con solo el interés económico sin humanismo solidario.
El capitalismo es unilateral, antihumano y destructivo, si no va acompañado del otro principio de la dignidad humana, del amor y de la solidaridad; pero es una necesidad y bendición si el interés propio y las fuerzas del mercado son orientadas por leyes e instituciones hacia un nuevo humanismo, que afirma la dignidad y ofrece oportunidades para la creatividad de todos.
No hay ley económica, ni marxista, ni capitalista, que pueda evitar el desastre, sino la conciencia humana con sus valores, de amor y solidaridad, y del instinto de conservación inteligente, que ordenan la economía como parte de una civilización para la vida humana global y personal. Cuanto más exitoso el capitalismo, más eficaz la destrucción de las formas tradicionales de solidaridad, de religión, de ética, de expresiones no económicas de la vida y de la dignidad humanas. No se puede esperar del capitalismo económico que las reponga con nuevas formas de espiritualidad, de solidaridad y de sentido trascendente de la vida; estas tienen otras raíces no económicas y hay que cultivarlas para que crezcan vigorosas y se expresen en relaciones sociales, instituciones, prácticas sociales, organizaciones y leyes no reducibles a la economía y con una lógica distinta y complementaria a la del mercado”.
15 de octubre de 2020
ArticularNos
https://articularnos.org/2020/10/15/libertad-y-fraternidad/

 4 min


Ismael Pérez Vigil

El de la “unidad” es otro de esos temas recurrentes en la discusión política de la oposición. Yo no sé las veces que he escrito al respecto y siempre es un tema que suscita mucha controversia. La discusión puede derivar hacia lo filosófico, político, del concepto, pero creo que es más útil ir a sus aspectos más prácticos, en términos políticos.

Hasta hace poco se consideraba anatema dudar acerca de la unidad; hasta el punto de afirmar que quien se atreviera a romper la unidad opositora u oponerse a la misma sería un gesto que pagaría muy caro; sobre todo en esos momentos de “reflujo” –como el que vivimos ahora– o los que se viven entre dos procesos electorales, especialmente sí se salía de una derrota, pues preservar la fortaleza y el valor de la “unidad” en esos momentos tenía una enorme importancia, estratégica y comunicacional. Pero hoy estamos en una situación mucho más precaria, más débil incluso que la que solemos tener al salir de una derrota electoral. Y por su parte el régimen, sin apoyo popular, la fuerza y la represión es lo único que lo sostiene en el poder. El régimen, si bien no crece más, tampoco se resquebraja significativamente.

La oposición democrática, está compuesta por social demócratas, demócrata cristianos, socialistas, liberales, conservadores, ciudadanos organizados e independientes, sindicalistas, empresarios, etc.; y olvidémonos de ideologías o intereses políticos. ¿Cómo alguien, en su sano juicio, puede pensar que el consenso de esta oposición puede ir más allá de desear la salida del régimen? ¿Cómo alguien puede aspirar a que con esta gama tan variada de ideologías en la oposición se pueda acordar algo, dejar de lado intereses y diferencias naturales y presentar un programa y una organización única al país?, sí casi lo único que une a la oposición es una idea general de democracia y el deseo irrefrenable de desalojar del poder a este régimen de oprobio; las coincidencias más allá de ese último punto son muy pocas, y aunque necesarias, lucen casi imposibles de alcanzar.

Muchos factores inciden en eso del “reflujo” que hoy padecemos; en buena medida los errores cometidos por la oposición –que no es el momento de volver a analizar– y algunas fallas organizativas y que en muchas ocasiones se ha desconocido o subestimado la naturaleza autocrática, autoritaria y la falta de escrúpulos del régimen para sostenerse en el poder a toda costa.

Hoy es además notorio que estamos también fragmentados en la estrategia política para combatir la dictadura: votar, abstenerse, dialogar, no dialogar, intervención militar, insurrección popular, etc. Además, la naturaleza de las ofensas que nos endilgamos los opositores unos a otros, al momento de ventilar estas diferencias, hacen presumir que una “reconciliación” no será fácil y para algunos ni siquiera es deseable.

Por eso, surgen algunas preguntas, acuciantes, en este momento: ¿No será mejor mantener la diversidad, políticamente hablando, que tratar de presentar una unidad sólida y firme –que no será de todos– a la hora de enfrentar a una dictadura como la que padecemos? ¿Habrá llegado, como muchos sostienen, la hora de un deslinde entre los que ahora nos oponemos a la dictadura, aunque eso implique un retraso en la salida de la misma?

Algunos, sin embargo, todavía sostienen que es necesario mantener el esfuerzo de lograr la “unidad”, por dos factores fundamentales; uno es, digamos, un principio político teórico: dado el contexto político del país y la naturaleza del régimen al que nos enfrentamos, su carácter autoritario, militarista y tiránico, la unidad es una estrategia indispensable, factor crítico de éxito, por eso es importante caracterizarla y mantenerla. Para este sector la unidad, entonces, es un objetivo, es un valor, es un principio, es un fin, es un instrumento, es un arma, es un medio, es todas esas cosas; pero, no es algo abstracto, es en torno a algo concreto; no es tampoco eterna, ni es uniformidad, para lograrla nadie debe renunciar a nada importante para sí o fundamental para la organización a la que se pertenezca; y la primera condición para conseguirla es la actitud, la actitud unitaria, si no hay esa actitud unitaria, no se puede lograr.

El otro factor es más bien de carácter político práctico: hoy vemos cientos de protestas espontáneas, por toda la geografía del país, que lucen carentes de conducción política y vínculos entre ellas y el liderazgo opositor. Y un régimen que ha exacerbado la represión y la fuerza, único argumento que le queda para sostenerse en el poder, y ni siquiera repara en que muchas de esas protestas son promovidas o en zonas en donde hasta hace poco sus pobladores eran considerados “chavistas”.

Un problema adicional a los dos mencionados, es que por los diferentes procesos electorales, resultados de las encuestas y las ya mencionadas manifestaciones recientes de protesta popular, hemos comprobado que no conocemos a fondo las aspiraciones de una buena parte del país –cercana a un 20% – que no tenemos una propuesta para él, pues sigue pensando que la dictadura es una respuesta a sus múltiples problemas.

En efecto, hay un sector del país al que llamamos "chavismo" y que es algo más que un fenómeno político y electoral; es una forma de concebir la vida, el país, el futuro, es una forma de ver a Venezuela, con una cierta “coherencia” interna, aunque sea víctima de un “discurso” populista y demagógico.

Quizás si reflexionamos a fondo y sin perjuicios con respecto a este último punto podamos llegar a la conclusión de por qué es necesario que en la oposición logremos una visión de país, compartida, traducible en propuestas para llenar las aspiraciones que el “chavismo” ayer llenaba con populismo, dádivas y un “discurso” y la dictadura hoy llena con represión. A esa realidad, que nos confronta, es a la que no hemos ofrecido, de manera clara y convincente, una alternativa.

Alternativa que tuvieron y ofrecieron los venezolanos del 28, del 36, del 45, del 58 del siglo pasado, que crearon las instituciones que hoy añoramos, que desarrollaron la democracia que anhelamos y cuyas ideas se nos fueron desperdigando en el camino.

Quizás por eso valga la pena los esfuerzos por lograr, por mantener la unidad, al menos en una parte importante de la oposición, no necesariamente en toda, para lograr esa propuesta que llegue a todos los venezolanos.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 5 min


Alejandro J. Sucre

Siendo realistas, las guerras generalmente terminan cuando un lado gana o las partes experimentan un cansancio de guerra significativo. Por lo general las guerras duran de 7 a 15 años en promedio, mientras que el promedio de las guerras internacionales es de unos seis meses. A primera vista, tal persistencia debe ser una función del profundo agravio que sienten las partes en conflicto. Enemigos implacables, incluso hermanos, divididos por ideología o religión o sed de justicia o representación étnica, o por el puro poder luchan hasta el amargo final. Collier dice, según un articulo del New York Times, que “las verdaderas razones de la longevidad en los conflictos civiles son más prosaicas, al menos en los tiempos modernos. Si bien pueden comenzar profesando sentimientos nobles, los insurgentes, tarde o temprano, se convierten en organizaciones de lucha con intereses propios, que quieren principalmente preservarse a sí mismos y a los recursos que controlan". Estima, por ejemplo, que los Tigres de Tamil tenían una base de ingresos siete veces superior a los aproximadamente 30 millones de dólares anuales que apoya al Partido Conservador británico.
En Venezuela vemos que no existe ninguna tendencia a las partes en conflicto a ponerse de acuerdo. No hay un solo movimiento de las partes oposición u oficialismo para llegar a un acuerdo y tener un país unido. Cada una de las partes en conflicto trata sin posibilidades reales de eliminar a la otra. Busca fallas en la otra y no ve la viga en su propio ojo. Y que haya o no posibilidades reales de eliminar a la contraparte es irrelevante mientras cada uno pueda mantener sus privilegios obtenidos por los recursos acumulados en el conflicto. Cuando hay guerras civiles como en nuestro país los conflictos tienden a acabarse cuando las naciones externas que apoyan a cada grupo les quitan los recursos y apoyos. En el caso venezolano, las naciones externas al contrario, no quitan los recursos a las partes sino que también están en conflictos y usan a Venezuela como centro geográfico de enfrentamiento sin costo alguno para sus poblaciones. Todos los costos de esta terquedad de todas las partes se concentran en el sufrimiento del pueblo venezolano. El sufrimiento ocurre por inversiones que no vienen de ningún país externo, y sanciones que vienen de otros países para debilitar a toda la nación.
Lamentablemente, el conflicto venezolano tiene mas de 20 años en una especie de guerra civil sin acercamiento de ningún tipo que permita avizorar la paz. Entre tanto los recursos propios de la nación se fueron usando o trasegando para beneficiar a las partes del conflicto y perjudicar a la nación como un todo. Lo único que observa el pueblo es como cada parte promete una pronta y súbita eliminación de la otra contraparte y un futuro feliz luego que eso ocurra. Para el pueblo esas promesas de ganar la batalla o de eliminar a la contraparte del conflicto nada de prosperidad traerán.
No queda muy claro para el pueblo qué beneficios obtienen los líderes de cada parte en conflicto más que dinero y notoriedad. Dinero que no pueden usar y notoriedad que no es amable. Sin embargo, persiste cada parte en la estrategia demoledora de su enemigo imaginario, y dándole la espalda a su amigo real que es el pueblo. No conozco ningún pueblo que no celebre en sus libros y en su día a día a sus grandes estadistas y héroes. Tampoco ningún pueblo que se haya beneficiado de líderes políticos tan fraccionadores de sus libertades, de sus bienes, de su educación, de su vida en familia, de sus labores creadoras, y que por codiciosos dejaron al pueblo arruinado. ¿Cuántos años mas le falta al conflicto venezolano y quiénes se benefician?

Twitter@alejandrojsucre

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Luis Vicente León

Es común oír hablar sobre la dolarización venezolana. Si bien es un término lógico en una conversación coloquial, es importante aclarar que en realidad la dolarización de una economía ocurre cuando sus autoridades monetarias deciden sustituir o complementar su moneda por el dólar oficialmente.

Son procesos que otros países han realizado en el pasado, como es el caso de Ecuador o Panamá, pero que requieren de una política deliberada para adoptarlo, hacerlo oficial y realizar los acuerdos necesarios con la Reserva Federal Norteamericana para garantizar su uso, suministro y sustitución de moneda y billetes, que evidentemente los países dolarizados no pueden producir. Este no es el caso venezolano, pues para comenzar, el gobierno, su principal generador de divisas, Pdvsa, y su autoridad monetaria, BCV, están sancionados por EEUU y no pueden ejecutar acuerdos ni convenios de ese tipo, sin contar con que no esta en la filosofia económica del gobierno.

Sin embargo, aunque no hay una dolarización formal, el país si registra una masificación del uso de divisas en sus actividades económicas privadas, un fenómeno inevitable frente a la pérdida, evidente e irrecuperable, de funciones del bolívar y gracias a ella la economía, a pesar de su crisis severa, aún permite la realización de actividades industriales y comerciales básicas.

El uso de divisas en una economía como la venezolana es un clásico histórico y ocurre primero de facto, incluso surfeando las típicas restricciones legales, pero luego las legislaciones se ajustan a ella para evitar el colapso total de la economía, que de otra manera sería inevitable.
En este momento cerca de 65% de las transacciones comerciales privadas del país se realiza en moneda extranjera, principalmente en dólares, pero también euros, pesos colombianos, reales brasileros y gramas de oro, principalmente en el sur de país. A diferencia de la situación cambiaria informal que se registraba en 2018, hoy una parte relevante de esas transacciones se realiza formalmente y amparada (parcial o totalmente) en las modificaciones legales que permiten transacciones en divisas en Venezuela a cambio oficial, el cual se acerca notablemente al tipo de cambio paralelo. La banca está autorizada legalmente a abrir cuentas en dólares para custodiar efectivo, la mayoría producto de transacciones que crecen en el mercado local y necesitan formalizarse. Esas cuentas y sus transacciones de suministro de efectivo y transferencias internas son legales y fundamentales para la economía interna. Sin transacciones bancarias formales en moneda extranjera en Venezuela, que no tiene una moneda local que cumpla funciones de intercambio, reserva de valor y mecanismo de cuentas, igual las transacciones se seguirían haciendo en moneda extranjera pero de forma más opacas, ineficiente y distorsionante.

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La apertura oficial a las operaciones cambiarias y a la fijación de precios son el anticipo de un proceso más amplio de apertura económica que resulta inevitable frente a la necesidad de sostener el país con operaciones privadas, tomando en cuenta las fuertes restricciones de operación que tiene el gobierno sancionado. Cabe señalar que dadas esas sanciones que ponen en duda, para muchos inversionistas, la legitimidad institucional venezolana, las inversiones privadas futuras tendrán probablemente un perfil de origen distinto a la tradición de inversión extranjera en Venezuela. En resumen, podríamos esperar que el gobierno sea en el futuro mucho más abierto a la inversión privada para subsanar su propia imposibilidad de invertir y operar, pero el perfil de países fuente de inversiones a futuro puede ser muy distinto al que conocemos hoy. Una especie de nueva fauna empresarial que ya comenzamos a ver en el mercado.

luisvleon@gmail.com

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Carlos Raúl Hernández

“Neruda miraba absorto Machu Picchu. Le pregunté, para la historia: - ¿Qué ves poeta? –El sitio ideal para comerse un asado, respondió”. E. Rodríguez Monegal

San Anselmo llamó “insensatos” a quienes no comprendían ni sus propias palabras. Por ejemplo, parece serlo quien crea que entre los genes hispánicos, negros e indígenas, hay unos más originarios que otros, como entre Guaicaipuro y Francisco Fajardo. O quien menosprecie la monumental trascendencia de la sociedad mestiza por la violencia inicial de la conquista. O quienes llaman genocidio al contagio de males inmunológicamente desconocidos.
También los que nos definen como “lo peor de España, indios flojos y negros esclavos”. Quienes maldijeran que los musulmanes salieran de Arabia y desparramaran su cultura por el Mediterráneo hasta España para tratocar la historia; que Alejandro helenizara al mundo, o que Roma ocupara desde Britania, hasta el Asia menor y el norte de África, porque cambió “costumbres ancestrales” y romanizó al mundo. O quien reniegue porque 20% de la raza humana tiene genes de Gengis Khan.
La búsqueda de nuevos mundos comenzó hace 80 mil años cuando el homo sapiens abandonó África para ocupar el planeta. El insensato llama “invasión” … “crimen histórico”, a la América hispánica, preso del mito del “buen salvaje”, de los dulces pueblos rousseaunianos, turbados por extranjeros. El colonialismo ha sido consustancial a la marcha de la humanidad hasta la llegada de los estados nación, la comunidad internacional y la ONU.
El mar de la felicidad
Tan inseparable de la historia que no hay un palmo de territorio en el globo que no haya sido colonizado una o varias veces, o que no haya pasado de colonizado a colonizador, también varias veces. Oí a una guía más ideológica que turística en Ollantaytambo, camino a Machu Picchu, que “las tribus colonizadas por los incas eran muy felices. Vivían en un mundo de amor”. Su cara era como las rocas de la ciudad sagrada hacia la que corría el autobús.
Ese Edén ideológico era falso por la condición humana y por la dinámica de la civilización. Algunos insensatos-pero-no-tanto, creen “nos hubiera ido mejor”, si en vez de los españoles, hubieran sido los portugueses, los franceses o los ingleses. Pero Brasil, Argelia, Jamaica, Angola, Haití, Guyana, no permiten juicios rotundos. En Cusco, “ombligo del mundo”, los incas dominaban desde Antofagasta en Chile hasta Colombia, pasando por Ecuador, Bolivia, Perú.
A diferencia del imperio mexica, que era abiertamente antropófago y por eso los sacrificios masivos, en el Tahuantinsuyo, los prisioneros no estaban en el almuerzo diario. Esa moderación dietética se debía a que grandes extensiones agrícolas y ganaderas necesitaban mano de obra. Para aplacar los levantamientos de los pueblos esclavos, practicaban mitimaes.
Era esto: ocupaban una población chilena, secuestraban a todos los hombres y los trasladaban a Colombia, a miles de kms., para que no pudieran comunicarse con nadie ni, por lo tanto, rebelarse. Y de reversa se traían los varones de Colombia a Chile. Una coincidencia histórica es que los jefes mexica e inca, el tlatoani Moctezuma y el inca Atahualpa, creyeron que Hernán Cortés y Francisco Pizarro eran los dioses Quetzalcóatl y Viracocha.
Ser esclavo es malo
Y ambos caciques caen prisioneros. Cortés y Pizarro andaban con apenas 300 y 168 hombres respectivamente, para dominar dos imperios de 15 y 12 millones de habitantes resquebrajados por el odio de los oprimidos. Cortés tejió la alianza para la guerra de liberación. Pizarro en su viaje definitivo a Perú, en 1532, encuentra la guerra civil en plena ebullición Es la alianza de chancas, lurigayos, chachapoyas, karanjas, caraballos tarmas, huancas, yauyos y otros pueblos la que derroca el imperio.
Los crímenes de los europeos contra los indígenas, solo se comparan con los que los indígenas cometieron contra otros indígenas. Los españoles sentenciaron a Atahualpa a morir ahorcado, por el espantoso asesinato de su propio hermano Huáscar, a quien odiaba porque fue el escogido de su padre, e hizo condenarlo al más espantoso suplicio imaginable. Madre, hermanas, mujer favorita, concubinas, hijos, amigos, familiares y servidores de Huáscar, los ejecutaron lentamente, uno a uno en su presencia.
A las preñadas les tasajeaban el vientre en ese mundo de amor. Luego lo liquidaron, según algunos, desollado, según otros, ahorcado. Lo arrojaron al río para que, al no tener tumba en la tierra, no pudiera alcanzar la paz en el otro mundo. Marx no gustaba de estas ancenstralidades, era un modernizador y celebró el colonialismo, que Inglaterra ocupara la India y EEUU a México. Lo creyó progresos civilizacionales.

El ñangarismo tercermundista actual rinde culto al guayuco, la utopía arcaica, pero con tecnología. Carlos Alberto Montaner vio diputados “étnicos” en Perú, ataviados de Hollywood, pero con smart phone y tablet además de arco y flechas. (Vuelvo al principio. En Pablo Neruda: el viajero inmóvil, Rodríguez Monegal destaca que, años después del incidente del asado, Neruda publica su magno Canto general, que comienza con Machu Picchu, uno de sus poemas más poderosos)

@CarlosRaulHer

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Donald G. McNeil Jr.

El 16 de marzo, cuando todavía se creía que era seguro asistir a las conferencias de prensa de la Casa Blanca, el presidente Donald Trump se presentó ante los reporteros y anunció que se necesitaban drásticas restricciones a nivel nacional —en escuelas, lugares de trabajo y nuestra vida social— para detener el coronavirus.

Las directrices, “15 días para frenar la propagación”, fueron acompañadas por un gráfico sombrío. Basado en un prominente modelo del Imperial College de Londres, el gráfico ilustraba con una sinuosa línea azul cuántos estadounidenses podrían morir si no se hacía nada para proteger la salud pública.

La línea escalaba bruscamente a medida que las muertes estimadas subían y luego bajaba lentamente hasta que, finalmente, en el extremo derecho del gráfico, el número de casos nuevos llegaba a cero. Nuestra pesadilla nacional terminaría en octubre de 2020, es decir, justo ahora. En el camino, si no se tomaba ninguna medida, unos 2,2 millones de estadounidenses morirían. Deborah Birx, una de las asesoras científicas de Trump, se refirió al gráfico como “la montaña azul de las muertes”.

Claramente, la pandemia no ha terminado. Hasta ahora, unos 215.000 estadounidenses han fallecido por el coronavirus, y estimaciones confiables sugieren que el número podría llegar a 400.000. Los expertos en salud están de acuerdo en que, con un liderazgo más fuerte, el número de muertos habría sido mucho menor.

Sin embargo, hay un logro colectivo que vale la pena reconocer. En el informe del Imperial College, los autores resaltaron que era casi seguro que su peor estimación no se cumpliría gracias a la naturaleza humana: “Es muy probable que haya cambios espontáneos significativos en el comportamiento de la población, incluso en ausencia de las intervenciones ordenadas por el gobierno”.

Esa predicción resultó ser cierta porque millones de estadounidenses aceptaron, aunque a regañadientes, los sacrificios que implicaba cerrar parte de la economía, mantener la distancia social y usar cubrebocas.

En las peleas cotidianas por la reapertura de escuelas o bares, es fácil olvidar que hubo un tiempo en que la idea de cancelar las grandes reuniones públicas —el Desfile del Día de San Patricio, el torneo de baloncesto March Madness de la National Collegiate Athletic Association— no parecía ni remotamente necesaria. Que hubo un tiempo en que los principales funcionarios de salud dijeron que solo los enfermos y los trabajadores de los hospitales necesitaban usar mascarillas.

Hoy en día, y a pesar de la resistencia del propio presidente, los cubrebocas son ampliamente aceptados. Diversas encuestas muestran que el número de estadounidenses que los usan, al menos al entrar en las tiendas, pasó de casi cero en marzo a cerca del 65 por ciento a principios del verano y luego se ubicó en 85 o incluso un 90 por ciento en octubre. Es posible que, al ver que el mandatario y muchos empleados de la Casa Blanca se contagiaron con el virus, más estadounidenses se convenzan de usar mascarillas.

La lenta pero implacable aceptación de lo que los epidemiólogos llaman “intervenciones no farmacéuticas” ha hecho una gran diferencia en las vidas salvadas. El próximo paso son las intervenciones farmacéuticas.

Algunas ya tienen un éxito modesto, como el antiviral remdesivir y los esteroides como la dexametasona. Pero ya se avecina lo que William Schaffner, un especialista en medicina preventiva, ha definido como “la caballería”: vacunas y anticuerpos monoclonales.

Desde enero, cuando comencé a cubrir la pandemia, he sido una Cassandra constantemente sombría, informando sobre la catástrofe que los expertos veían venir: que el virus se convertiría en una pandemia, que los estadounidenses probablemente morirían en grandes cantidades, que el confinamiento nacional duraría hasta mucho después de la Pascua e incluso del verano. No se vislumbraba ninguna cura milagrosa; el récord de desarrollo de una vacuna era de cuatro años.

Los acontecimientos han sucedido mucho más rápido de lo que creía. Me he vuelto cautelosamente optimista. Los expertos dicen, con genuina confianza, que la pandemia en Estados Unidos terminará mucho antes de lo que esperaban, posiblemente para mediados del próximo año.

Eso es todavía algo de tiempo libre. Los expertos advierten que este otoño e invierno pueden ser sombríos; las comidas dentro de los restaurantes, la escuela presencial, los deportes de contacto, los viajes en avión y las cenas familiares en los feriados pueden provocar contagios, hospitalizaciones y muertes. Los casos aumentan en la mayoría de los estados, y algunos hospitales ya empiezan a estar abrumados.

Aunque la caballería está a la vista, todavía no ha llegado. Para evitar que las muertes lleguen a 400.000, Anthony Fauci ha advertido: “Todos debemos resguardarnos”.

Sabemos qué hacer

El número final de muertos de la COVID-19 dependerá tanto de cómo nos comportemos en el futuro como de la rapidez con que lleguen las innovaciones.

A los Estados Unidos ya les está yendo mucho mejor que durante la gripe española, la peor pandemia que ha afectado al país hasta la fecha, y con la que se suele comparar. Comenzó a principios de 1918 y no desapareció por completo hasta 1920, cuando se alcanzó la inmunidad de rebaño, a costa de 675.000 vidas. En ese momento, la población del país era de 103 millones, por lo que esa cifra equivale a 2 millones de muertos hoy en día.

Las pandemias no terminan abruptamente; se desaceleran gradualmente, como los supertanqueros petroleros. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades han estimado que alrededor del 10 por ciento de la población estadounidense ha sido infectada. A medida que esa cifra crece, y que la gente comienza a recibir inyecciones después de que se aprueba una vacuna, la transmisión debería disminuir.

Cada sobreviviente de la covid y cada vacunado será un eslabón roto en las cadenas de transmisión. Se han presentado raros casos de personas que se han infectado dos veces; esto ocurre incluso con la varicela. Pero los científicos asumen que casi todos los que se recuperan de la covid no pueden contraer o transmitir el virus, al menos durante muchos meses. Incluso para la primavera, no estaremos completamente a salvo, pero probablemente estaremos más seguros.

Mientras tanto, a medida que la pandemia sigue su curso, el porcentaje de personas infectadas que mueren por el virus ha ido disminuyendo. Las razones son muchas.

La edad media de cada nueva persona infectada es casi 30 años menor que en marzo. Los miembros de las fraternidades pueden ser imprudentes, pero pocos estadounidenses mayores lo son.

Los asilos de ancianos han mejorado la protección de sus espacios. La tasa de mortalidad por residente de los asilos de ancianos en los estados que fueron afectados por el virus a fines del verano es aproximadamente un cuarto de la tasa en los estados del noreste y del sur que fueron afectados primero.

Intervenciones simples como los oxímetros de pulso detectan la neumonía antes de que se convierta en una amenaza para la vida. Los esteroides como la dexametasona han reducido el número de muertes entre los pacientes hospitalizados en aproximadamente un tercio. Voltear a los pacientes sobre sus estómagos y retrasar el uso del ventilador también ayuda.

Cada lección aprendida salva vidas.

El invierno se puede sobrevivir

Otro buen presagio: aunque en la primavera los expertos en salud temían que una mala temporada de gripe invernal pudiera enviar a miles de pacientes a los hospitales, donde todos competirían por los respiradores y la atención médica, la posibilidad de una “pandemia gemela” de coronavirus y gripe ahora parece mucho menos probable.

Cada año la gripe es “sembrada” en Estados Unidos por viajeros del hemisferio sur después de que termina el invierno. Pero este año la temporada de gripe fue casi inexistente, porque se mantuvo la distancia social y, en algunos países, usaron cubrebocas. Y en este país, las vacunas contra la gripe llegaron antes de lo normal; tantos estadounidenses se apresuran a vacunarse que se están presentando desabastecimientos puntuales. Si la gripe llega, esas inyecciones y nuestras mascarillas deberían atenuarla.

Otra intervención que podría hacer una gran diferencia son los anticuerpos monoclonales.

Hace dos semanas, la mayoría de los estadounidenses no tenían ni idea de lo que eran. Ahora, el presidente Trump los está promocionando como su “cura milagrosa” y, esté o no curado, los monoclonales son famosos.

Esa atención podría acelerar sus ensayos clínicos, que se han retrasado. (Muchos pacientes se negaron a ser voluntarios, prefiriendo no arriesgarse a que se les diera un placebo cuando podían recibir el plasma de convalecencia, que Trump promovía en agosto).

Pero los expertos creen que los anticuerpos podrían resultar mucho más eficaces que el plasma. El año pasado, en la República Democrática del Congo, los cócteles de anticuerpos monoclonales demostraron ser 90 por ciento eficaces para salvar a las víctimas del ébola.

Pero este enfoque tiene limitaciones. Se cree que solo funciona si se administra poco después de la infección, además los anticuerpos monoclonales son difíciles de producir y, al menos por el momento, son costosos. Si el tratamiento se vuelve popular, la demanda superará rápidamente a la oferta, obligando a los funcionarios de salud a tomar decisiones difíciles.

Las primeras pruebas en animales y humanos sugieren que una dosis de una fracción del tamaño de la que recibió Trump puede proteger a una persona no infectada contra el virus. Si ese hallazgo se comprueba, los anticuerpos podrían utilizarse como una vacuna de acción rápida, que duraría solo un mes más o menos, pero que proporcionaría un “puente” crucial hasta la llegada de las nuevas vacunas.

Este tratamiento podría proteger a las personas de mayor riesgo, como los trabajadores de la salud y los residentes de los asilos de ancianos. O, en una estrategia de “vacunación en anillo”, se podrían administrar anticuerpos a los contactos domésticos de los casos conocidos. La vacunación en anillo fue el método usado para derrotar a la viruela.

Pero, al principio, el número de dosis será limitado, y la elección de usar anticuerpos para la profilaxis en vez del tratamiento puede ser mal visto por los especialistas en ética médica.

Activar la operación Velocidad Warp

Según los expertos en salud, es probable que en algún momento de los próximos tres meses la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA, por su sigla en inglés) empiece a aprobar las vacunas que se están desarrollando.

A pesar del caos en la política diaria y la lucha por temas como las mascarillas y los confinamientos, la Operación Velocidad Warp —el acuerdo del gobierno para subvencionar los ensayos clínicos y los costos de fabricación de las compañías de vacunas— parece haber funcionado con una eficiencia notable. Ha invertido más de 11.000 millones de dólares en siete vacunas candidatas, y la FDA ha dicho que aprobará cualquiera que sea al menos un 50 por ciento eficaz para prevenir la infección o reducir su gravedad.

Moncef Slaoui, asesor científico principal de la Operación Velocidad Warp y exejecutivo farmacéutico que ha supervisado el desarrollo de 14 vacunas, ha dicho repetidamente que espera que alguna de las candidatas que ha elegido tengan una eficacia del 75 al 90 por ciento y que al menos dos obtengan la aprobación a principios de enero.

Slaoui cree que, para ese entonces, las fábricas contratadas habrán producido suficientes vacunas para 30 a 40 millones de personas, y luego otros 80 o 90 millones de personas cada mes después de eso. Asumiendo que nada salga mal, dijo, habrá suficientes dosis para que los 330 millones de estadounidenses sean vacunados para el próximo junio. Bill Gates, que no forma parte de la Operación Velocidad Warp pero trabaja con ella con el fin de desarrollar vacunas para los pobres del mundo, está de acuerdo con ese calendario.

Inevitablemente habrá problemas de distribución, pero los militares están preparados para ayudar. El jefe de operaciones de la Operación Velocidad Warp es el general Gustave F. Perna, un especialista en logística.

El escepticismo sobre las vacunas puede desaparecer

Algunos funcionarios de salud temen que cuando llegue una vacuna, muchos estadounidenses se muestren reacios a tomarla. De hecho, cerca de la mitad de los estadounidenses han dicho a los encuestadores que se sienten así. No obstante, creo que la vacilación puede disiparse, si no surgen problemas de seguridad importantes cuando se inoculen los primeros millones de estadounidenses.

La última vez que la nación se enfrentó a un momento como este fue en los años cincuenta, cuando la vacuna contra la polio estuvo disponible. Durante años, los padres habían vivido con miedo al virus, ya que veían morir a los niños, vivir en pulmones de acero o caminar con aparatos en las piernas. Cuando la vacuna Salk estuvo disponible en 1955 —y de nuevo en los años sesenta cuando fue remplazada por la vacuna Sabin— los estadounidenses hicieron filas en grandes cantidades para recibirla.

La demanda de la vacuna antipoliomielítica sobrevivió incluso al horripilante incidente Cutter de 1955, en el que un mal lote de 200.000 dosis de Salk de los laboratorios Cutter de Berkeley, California, paralizó parcialmente a 260 niños y mató a diez.

He visto una tendencia similar al cubrir las campañas de erradicación de la polio en Pakistán y Nigeria. Cuando una enfermedad realmente desgarra a una población, la duda ante la vacuna se derrumba. Incluso ante los persistentes rumores de que las vacunas contra la poliomielitis harían que sus hijas fueran estériles, las madres de Pakistán que habían visto a otros niños lisiados desafiaron a sus maridos e imanes y sacaron a escondidas a sus propios hijos para que los vacunasen. Incluso en las zonas más resistentes, como las controladas por los talibanes paquistaníes o Boko Haram, las campañas de vacunación atraían a los padres estableciendo “campamentos de salud” que ofrecían una docena de vacunas, entre ellas la de la poliomielitis.

Ninguna vacuna es 100 por ciento segura. “La más eficaz puede tener el mayor riesgo si estimula el sistema inmunitario lo suficiente como para crear el riesgo de enfermedades autoinmunes”, dijo George D. Yancopoulos, inmunólogo y fundador de Regeneron Pharmaceuticals. “Habrá que hacer algunos cálculos de riesgo-beneficio”.

Pero la alternativa a ser vacunado es arriesgarse a una posibilidad de muerte de casi 1 en 100, así como a amenazas no determinadas pero preocupantes de enfermedades cardíacas, daños pulmonares e incluso daños cerebrales. Sin mencionar la posibilidad de no poder volver al trabajo, tener que educar a los hijos en casa durante años y no comer en un restaurante, volar en un avión o ver una película en un cine sin el espectro de la ansiedad.

Esas son motivaciones fuertes para arriesgarse con una vacuna, especialmente si los amigos y familiares la han recibido y les ha ido bien.

Todo el mundo debe estar seguro

En septiembre, la actriz Jennifer Garner le realizó una entretenida entrevista a Fauci en su Instagram, y le preguntó cuándo sería seguro volver al teatro en vivo. “A fines de 2021 o quizás incluso a mediados de 2021”, respondió. Para entonces, explicó más tarde, tantos estadounidenses estarían vacunados —o inmunes por haber sobrevivido a una infección— que sería seguro sentarse sin mascarilla en un teatro lleno de gente.

Hasta entonces, las mascarillas y la precaución son nuestra mejor alternativa. Si nos protegemos rigurosamente a nosotros mismos y a los demás, podemos matar de hambre al virus de nuevos huéspedes hasta que nuestra epidemia nacional finalmente se evapore.

Entonces debemos ayudar a otros países a obtener vacunas; hasta que no estén protegidos, no podemos aventurarnos más allá de nuestras fronteras como turistas o viajeros de negocios, ni otros pueden venir aquí. Ningún país puede ser olvidado; dejando de lado los motivos caritativos, sus turistas llenan nuestros hoteles.

Tendremos competencia, o ayuda, si le damos una visión generosa a un esfuerzo global. China afirma que ya tiene cinco vacunas en ensayos de fase 3, y Rusia ya comercializa su vacuna en el extranjero, aunque ni siquiera ha realizado un ensayo de fase 3

Muchos economistas piensan que nuestra recuperación nacional será rápida, como las que siguieron a la primera y segunda guerras mundiales, en vez de los periodos posteriores a las crisis financieras de 1929 y 2008. China, tras haber vencido al virus, tiene una economía en crecimiento de nuevo. Entre los estadounidenses que no han perdido sus empleos, los ahorros personales están en niveles récord. A pesar de los impagos de los préstamos en esta recesión, los bancos están llenos de dinero en efectivo y, si es necesario, pueden pedir prestado a sus prósperos homólogos asiáticos. Cuando el momento sea seguro, los préstamos para reactivar restaurantes, hoteles y otras pequeñas empresas deben fluir.

Mientras tanto, a medida que nos resguardamos, el Congreso debe encontrar la manera de asegurar que millones de estadounidenses que no tienen trabajo no pasen hambre o sean desalojados

Y una vez que la pandemia termine, queda una misión más: asegurarse de que esto no vuelva a suceder. Debemos buscar los virus en la naturaleza que tienen más probabilidades de infectarnos y gastar los miles de millones de dólares necesarios para crear vacunas y diseñar anticuerpos contra ellos. Para que la próxima vez estemos preparados.

13 de octubre de 2020

New York Times

https://www.nytimes.com/es/2020/10/13/espanol/optimismo-coronavirus.html...

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