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Opinión

Para decirlo de un modo breve y simple: lo político es lo antagónico.

Por cierto, no todos los antagonismos son políticos. Para que lo sean deben ser públicos, con representantes y representados, con debates y con polémicas. Pero a la vez- y ese es el punto- no hay política sin antagonismo. En esa premisa - desde Carl von Clausewitz, Carl Schmitt, Max Weber, Hannah Arendt, Jacques Ranciere, Claude Le Fort, Ernesto Laclau, y otros líderes de la filosofía política moderna - hay un común acuerdo. La política no puede existir más allá de sus antagonismos.

La política, lo sabemos todos, es hija natural de la guerra. Es el medio que inventamos para no matarnos unos con otros y así dirimir nuestros antagonismos de modo gramático. Eso no quiere decir que la guerra sea absolutamente diferente a la política. En tanto hija de la guerra, la política conserva muchos de los rasgos y facciones de su madre.

Desde el fondo de la guerra fueron gestados los genes de la política, observación muy pertinente de Immanuel Kant quién vio en el “alto al fuego”, o armisticio, la posibilidad de emergencia de la política. Caminando un paso más allá de Kant, la política podría ser entendida como un largo armisticio entre bandos enemigos. Un armisticio irregular y prolongado. Y si se quiere agregar: institucionalizado y, en en los mejores casos, constitucionalizado. Por eso, al igual que en la guerra, la política, para existir, necesita de la representación.

En la guerra (interna o externa) nos representan los soldados. En la política, los políticos. Son los portaestandartes de nuestros intereses y pasiones (A. O.Hirschman) pero también de nuestros ideales y visiones, extendidas sobre ese campo cruzado por líneas divisorias donde las diferentes partes luchan entre sí en busca de mayores espacios de poder. Eso quiere decir, la unidad en la política siempre se gesta en contra de algo. Ello presupone la previa existencia de ese “algo”. Después, solo después, viene la unidad. Pues ese “algo” es el agente que obliga a buscar amistades políticas, nunca al revés.

La política proviene de la enemistad, no de la amistad. De la presencia amenazante del enemigo político, ese que quiere ocupar el poder que yo quiero tener. La política es “lucha por el poder” (Weber). De tal manera que, como en el amor, en la política se necesitan por lo menos dos. Sin enemigo político constitutivo, no puede haber política.

¿Y si el enemigo no es político? Entonces la política es imposible. En ese caso estamos frente al escenario de guerra o frente a un momento de suspensión de la política. Puede ser por revueltas internas, o por catástrofes naturales, o como ahora está sucediendo, por un coronavirus de carácter global. En breve, y como el término lo indica, por un “estado de excepción” llamado en este momento a ejercer su soberanía (si quiere diga primacía o hegemonía) por sobre las demás instancias de la vida humana.

Emmanuel Macron comparaba al estado de excepción provocado por la amenaza del coronarvirus con una guerra. La analogía es válida solo hasta cierto punto. En el caso de una guerra sabemos perfectamente quien es el enemigo. Conocemos sus intenciones. Sabemos, por ejemplo, que ese enemigo intenta destruirnos. Pero a la vez, como miembros de una nación o de un grupo de naciones, sabemos también que ese enemigo es “nuestro enemigo” y al decir “nuestro” entendemos que de algún modo ese enemigo nos pertenece. Es un enemigo de nosotros pero no de todos. Muy diferente al Covid- 19 qué sí es enemigo de todos, uno que nos constituye como sus enemigos no como pertenecientes a una nación o a un pueblo, sino como miembros de la especie humana. Es fin, Covid 19 es lo que nunca puede haber ni en la guerra ni en la política: un enemigo absoluto y total. Su razón de ser es bio- lógica. Su lógica destructiva apunta a nuestra propia existencia como seres genéricos, habitantes de un mismo planeta.

Ni siquiera un ataque de los marcianos podría ser tan radical como coronavirus. Por lo menos en ese caso sabríamos que los marcianos vienen del exterior, son extraterrestres. Los virus del coronario en cambio son inter-terrestres. Proviene de las tinieblas más oscuras de la historia humana. Y sin embargo, o quizás por eso mismo, están “vivos”, tienen vida, son criaturas de la naturaleza. De este modo, y dicho sin ningún dramatismo, la que estamos viviendo sería una lucha de nosotros en nosotros. Entre la vida y la muerte de cada uno.

En otras palabras, el coronavirus no es un enemigo antagónico sino agónico. Cabe precisar la diferencia: el antagonismo es oposición de dos contrarios. El agonismo, en cambio, es la lucha del ser en contra de la muerte. Covid-19 no se antepone a nuestra existencia como es el caso del enemigo político o militar. Simplemente la niega. Es el enemigo radical y, a la vez, el enemigo total.

No cerremos los ojos. Si las cifras continúan su ritmo ascendente, todos seremos Italia. La guerra no declarada del coronavirus está recién comenzando. Todavía no tenemos armas (vacunas) para enfrentarlo. Mientras eso no ocurra, la lucha solo puede ser defensiva. Estamos en la fase -para decirlo en términos militares- del “repliegue táctico” el que, para que sea posible, debe ser llevado a cabo de modo muy ordenado. De ahí que los actores en la lucha en contra del coronavirus deben ser en primera línea los estados y luego los gobiernos que los representan, en estrecha articulación con la ciudadanía de cada nación. De lo que se trata por ahora no es es de derrotar al virus sino de entorpecer su marcha, de hacerla lenta y no fulminante, de impedir que se cuele en nuestros ojos, narices y manos, de “ganar tiempo", como dijo Angela Merkel.

No importa quien represente al estado. No todos los gobernantes son respetados por sus pueblos. Muchos de ellos están sumidos en crisis sociales y económicas que no pueden controlar. Los hay legítimos e ilegítimos, dictatoriales y democráticos, inteligentes y estúpidos, e incluso racistas. Como bien escribió Paul Krugman en un reciente artículo. “Uno entra en una pandemia con el presidente que tiene, no con el presidente que desearía tener”.

Quiso decir Krugman, este no es el momento del antagonismo político. El mismo coronavirus se ha encargado de demostrarlo al obligar a los gobiernos a desactivar los dispositivos políticos de cada nación. Todas las formas de representación, incluyendo la parlamentaria, han sido suspendidas. Con mayor razón las de auto representación o protesta, cuyo escenario son las calles. Y sin parlamentos y calles - convengamos al menos en eso - no puede haber práctica política.

La política, por supuesto, bajo las condiciones expuestas no desaparece, pero sí, ha de ponerse al servicio de la lucha por la existencia. Sobre todo bajo regímenes autoritarios o simplemente dictatoriales, sin posibilidades electorales a corto plazo, surge, además, otra forma política. Llámémosla, política de vigilancia. Se trata en este caso de exigir a los gobiernos melagómanos que mantengan la hegemonía de la lucha existencial por sobre la política, que no usen la primera para aumentar su poder fáctico sobre los cuerpos ciudadanos, que no utilicen la tregua sino explícita, tácita, que nos vemos obligados a asumir, que en fin no actúen como aliados objetivos de Covid-19.

Ya llegará la hora de regresar a la vida política tal como la conocemos. Esa será también la hora de pedir cuentas a esos políticos, sean de gobierno o de oposición, que intentaron capitalizar la crisis existencial que vive la humanidad en función de mezquinos intereses de poder local. Por ahora solo cabe denunciarlos ante la opinión pública internacional cuando las transgresiones son evidentes y notorias.

El momento no es político sino existencial. Reconocer la radical particularidad de ese momento es también parte del saber político.

22 de marzo 2020

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2020/03/fernando-mires-de-la-lucha-poli...(POLIS)

 6 min


Maxim Ross

No se si una de las lecciones que va a quedar de esta terrible pandemia, terrible de verdad por los destrozos que viene causando, sea como queda la sociedad civil, frente a una situación como esta y lo digo porque, como bien señala N. Harari[1] en su reciente comentario hay dos maneras de enfocar esta crisis, así como otras de similar envergadura. La vía, diría, “vertical” que él llama “vigilancia totalitaria” y que supone la actuación casi única del poder público y la otra, que llamaría “horizontal” es el “empoderamiento de los ciudadanos”

Es a esta a la que me quiero referir para el caso venezolano, con rasgos muy peculiares a la hora de enfocar el problema, pues, como bien explica el autor una de ellas tiene un alto componente arbitrario, de vigilancia y control social, característico de estos regímenes y la otra, por lo contrario, dibuja un amplio funcionamiento de la democracia, pero mas que todo, un rol prominente de la sociedad civil, cuestión que, en nuestro caso deja mucho que desear.

Una cosa es oír ese retorico y sistemático mensaje de quienes están en el poder de que esta crisis se resuelve con “unidad de mando”, “todo el poder del Estado” y con la “unión cívico-militar” para defender al “pueblo” del mal que nos acoge y otra cosa seria construir una presencia significativa y preponderante de nuestra sociedad civil, representada por la articulación de todos los afectados, pues no es lo mismo el llamado de los médicos, de las enfermeras a exigir transparencia en la información o a los cuidos que deben seguirse para evitar el contagio, no es lo mismo decía, que la sociedad civil venezolana tenga la capacidad de vigilancia y control, pues es ella en definitiva, representada en hospitales, clínicas, centros de abastecimiento, etc. las que realmente tienen las soluciones en sus manos.

Siguiendo el planteamiento de Harari, suena mucho mas pertinente el llamado a un empoderamiento de nuestra sociedad civil organizada, cuando existen dudas acerca de la capacidad gubernamental para atacar el tema, de la veracidad de la información y, en especial, al uso político que pueda darle.

En otro momento, menos crítico y dramático, hemos hecho un llamado a la creación de una Plataforma Civil o Cívica de nuestra sociedad civil, siendo que ahora podría ser mas imperativo intentar poner en práctica una propuesta en esa dirección.[2]

[1] “Las dos opciones más importantes son entre vigilancia totalitaria vs empoderamiento de los ciudadanos y entre aislamiento nacionalista o solidaridad global. Nota publicada en el Financial Times s/f por Noah Harari, el historiador israelí autor de Sapiens y Homo Deus.

[2] Ver artículos anteriores: “Propuesta de una Plataforma Civil para la sociedad venezolana”

 2 min


Antonio Di Giampaolo

Crónicas de cuarentena

Han transcurrido varios días desde el anuncio presidencial sobre la declaratoria de Estado de Alarma a propósito de la pandemia desatada por el coronavirus Covid-19. A través de los medios de comunicación vimos a Nicolas Maduro Moros firmar el decreto, mientras explicaba la necesidad de adoptar medidas severas y urgentes, para contener la propagación del virus mediante la estrategia del distanciamiento social y la restricción de actividades públicas y privadas, además de recomendar a la población la adopción de medidas sanitarias emanadas de la Organización Mundial de la Salud.

A partir de entonces, en medio de la emergencia, varios Gobernadores y Alcaldes de diversas regiones y localidades han decretado y publicado regulaciones que afectan el libre tránsito y suspenden libertades que implican restricciones a normal desenvolvimiento de la vida ciudadana. Resulta pues evidente, notorio, público y comunicacional que han sido puestas en práctica normativas que afectan temporalmente garantías constitucionales. En términos formales y legales, para su efectiva validez, el decreto presidencial además de ser publicado en la Gaceta Oficial, debe contar con la aprobación de la Asamblea Nacional y considerado por el Tribunal Supremo de Justicia.

Según la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela de 1999, el decreto de Estado De Excepción en la tipología de “Alarma” podrá restringir hasta por un lapso de treinta días y eventualmente una prórroga igual de las garantías constitucionales, salvo las referidas al derecho a la vida, el debido proceso, la prohibición de incomunicación y tortura, el derecho a la información. En medio de la circunstancia especial puede limitarse y restringirse el Derecho al Trabajo, a la Educación, la libertad económica y la propiedad privada, la libertad de reunión y asociación, el Derecho de Manifestación, la inviolabilidad del hogar y de las comunicaciones entre otros preceptos legales.

La Constitución establece que la declaratoria de Estado de Excepción no interrumpe el funcionamiento de los órganos del Poder Público. No podía prever el constituyente de 1999 que la confrontación política nos arrastraría a la anarquía, que en la práctica supone no solo las presidencias en pugna, sino la diversidad de organismos legislativos y judiciales. Aun en eventuales condiciones de regularidad institucional la pandemia afectaría la impostergable sesión de la Asamblea Nacional y también la operatividad de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia. Ante tales circunstancias, se impondría superar el conflicto político, lo cual luce insalvable, y emplear los recursos de la telemática para enfrentar la expansión de la crisis que se nos avecina.

¡Amanecerá y veremos!

@ADIGIAMPAOLO

 2 min


I.

El Coravirus se nos volvió pandemia y tiene tomado al planeta. Se dice que no ha habido desde la Segunda Guerra Mundial nada que haya generado tal sensación de vulnerabilidad en el mundo. En este caso en lo más básico, la salud, pero con secuelas graves en todas las esferas de la vida humana, de manera particular en la economía.

Se trata de un espécimen microscópico del que los científicos confiesan no saber todo lo que hay que saber, cuya vacuna no pareciera estar, a pesar de ciertos anuncios, a la vuelta de la esquina y que ha puesto en jaque a un mundo muy desacomodado, necesitado de una revisión a fondo.

II.

La crisis que ha desatado su aparición ha puesto de manifiesto las carencias de nuestro sistema de gobernanza global, en manos de instituciones que, empezando por la mismísima ONU, fueron concebidas hace varias décadas para un mundo que se parece cada vez menos al que va siendo en estos tiempos. No debe sorprender, entonces, que hayan fracasado en solucionar o, al menos paliar, problemas de dimensiones planetarias como el cambio climático, las migraciones, el terrorismo transnacional, el narcotráfico, los diversos conflictos bélicos o los ataques cibernéticos, problemas, entre otros, que solo se pueden resolver mediante acuerdos colectivos y compromisos de obligatorio cumplimiento.

No olvidemos a propósito de lo anterior, las transformaciones aceleradas y profundas originadas gracias a un conjunto de tecnologías, catalogadas como “disruptivas”, que le dan forma a la denominada Cuarta Revolución Industrial y han abierto la posibilidad de la integración de lo físico, lo biológico y lo digital. Las mismas impactan radicalmente la vida humana en todo el mundo, asomando alteraciones en el modo en que nacemos, vivimos, nos relacionamos, aprendemos, trabajamos, producimos, consumimos y hasta como rezamos, soñamos y morimos, dando motivo a una intensa polémica alrededor advenimiento de lo que se ha denominado el transhumanismo, que ya empieza a ser visible desde los desarrollos que se desprenden de la bioingeniería y de la inteligencia artificial.

En suma, el sistema internacional se ha vuelto crecientemente complejo, con innumerables actores locales, regionales y globales operando en un contexto de conectividad instantánea, marcado por una creciente interdependencia, que urge, desde luego, la transformación en la concepción de los Estado Nacional, en su formato, en sus modos, en sus competencias y en sus áreas de desempeño, a fin de acoplarlo a las nuevas realidades del Siglo XXI.

Existe, pues, un enorme y peligroso déficit en cuanto al armado institucional que fundamente la gobernanza global, como única vía de solventar los profundos desacomodos que sacuden hasta el último rincón del planeta.

III.

Ojalá que este bichito que, según nos cuentan, aunque quien sabe, se escapó de un laboratorio, nos obligue a reconocer que atravesamos por una crisis mundial severa que recorre todas las estructuras - sociales, económicas, políticas, culturales, institucionales … -, que nos hemos dado los humanos para vivir en la tierra.

En este sentido cabe destacar la falta de guiones que permitan la comprensión, la valoración y la regulación de lo que está ocurriendo. Se precisa elaborar los códigos requeridos para descifrar transformaciones de fondo que se suceden muy rápidamente, así como para trazar los mapas normativos (legales y éticos) que se requieren para desenvolverse con respecto a ellas.

Hay que ir pensando, entonces, en la creación de otro mundo para más de siete mil millones de terrícolas, cuya convivencia transcurra de un modo distinto, de acuerdo a otros valores y reconociendo que pertenecemos a una misma especie que, como argumenta, entre otros, el Profesor Jeremy Rifkin a propósito del cambio climático, no es equivocado definirla como una “especie en extinción”.

HARINA DEL MISMO COSTAL

Me uno a las miles de voces sensatas que reclaman la unidad de esfuerzos para atender un problema grave, como el que representa la presencia en nuestro país del coronavirus, pues como se sabe este bichito no sabe de ideologías ni enferma a la gente atendiendo a los criterios de la polarización política nacional.

El Nacional, miércoles 18 de marzo de 2020

 3 min


El Estado Cuartel de Nicolás, es decir el marxismo –socialismo armado y arbitrario, trata de convertir la emergencia sanitaria del coronavirus en una oportunidad política para la revolución, en vez de generar una respuesta sanitaria del Estado venezolano para una sociedad frágil y con una caótica seguridad social, es una Morisqueta Armada Violenta primitiva y sin capacidad-medico asistencial. Así, esparcen hombres armados, disponen de ordenes verticales, promueven acciones de control policial y sobre todo… una perversa e intencionada Acción de Propaganda para imponer mediante una campaña de guerra psicológica miedo, presión, limites e inseguridad a una sociedad frágil que requiere en extremo, como lo ha expresado la ciencia de la medicina, logística hospitalaria y una clínica compleja, que ya el país reconoce que este régimen no puede ejecutar.

La emergencia sanitaria la dirige un hombre armado y no un médico, el extremo de la irracionalidad impuesta por el Estado Cuartel. Los venezolanos esperaban orientación de sus médicos especialistas y enterarse lo que señala la ciencia médica responsable por la salud individual y colectiva. La emergencia sanitaria lo menos que requiere -lo enseña la experiencia de Asia y otros Estados- son hombres armados, pero el socialismo militarista le sirve de peón el régimen para imponer un control público, político y comunicacional, a una sociedad angustiada y hambreada y sin norte, pero despierta para comprender la maniobra insulsa y primitiva de una revolución fracasada.

La emergencia sanitaria requiere de médicos expertos, centros hospitalarios, específicos medicamentos pero sobretodo de una visión clínica y científica para el empleo de material e insumos específicos, que garanticen al ciudadano una aproximación y tratamiento cierto y exitoso. Jamás la salud del venezolano podrá recuperarse con operadores policiales, agentes de seguridad y hombres armados, que nada tienen que ver con la medicina como ciencia de la salud. En consecuencia, toda la Venezuela democrática ya tiene clara la pretensión de este gobierno inmoral y cobarde, que enmascara un interés politiquero para un protagonismo político, una militarización de la sociedad, una campaña de guerra psicológica y maltrato al cuerpo societal.

El régimen socialista, militarista y sus dos operadores están identificados en su perversa operación, así una sociedad democrática identifica la maniobra y reconocen la gravedad del coronavirus, pero también interpreta la morisqueta militarista del régimen, el engaño y la manipulación comunicacional que pretenden someter a una sociedad que está atenta a la maniobra hartera. Ciudadanía que rechaza la militarización de la sociedad, el protagonismo comunicacional exponencial, el desprecio por comprender el Ambiente Político Real Violento creado por un militarismo obsecuente que se ha olvidado desde hace muchos años de necesidades prescritas y pospuestas de alimentación, transporte, seguridad individual y colectiva.

El régimen como Estado Cuartel, expresión perversa político-militar que se fundamenta en la violencia pero jamás en la política, se extravía en su morisqueta militarista frente al coronavirus. En consecuencia, se le hace imposible comprender su función socio-histórica, pero si su vocación vertical e ideologizada que en tan grave coyuntura de necesario análisis sociopolítico, deja ver el peligroso engaño y simplismo, lo cual exponencia el peligro que sufre la sociedad venezolana.

El Estado Cuartel se ha montado en la violencia, en la equivocación del heroísmo y la heroización militar para mostrar a esta sociedad una realidad errática, una aproximación equivocada y un accionar torpe, que ya a las 48 horas refleja un total fracaso. Está desnudo el Estado Cuartel ante el coronavirus, está regado por toda la geografía nacional, pero está muy distante de las acciones sanitarias, clínicas y médicas que requiere la sociedad venezolana. Pero a lo mejor y a ese grupo armado, perverso y errático de operadores ya tendrán “datos” que muestran soluciones y mejoras logradas a punta de militarización, fusil y milicianos en el cuerpo societal.

El Estado Cuartel fracasa en esta morisqueta militarista: ya que la única manera de contener la amenaza del coronavirus es mediante el empleo de la ciencia, de la medicina, de la atención en los hospitales, de la aplicación medicamentosa específica para esta enfermedad, teniendo como institución a un sistema y asistencia social que cuente con hospitales, personal y ciencia y jamás con las bocas de fuego, la propaganda perversa y el empleo irracional de los medios de comunicación para engañar y/o manipular local o internacionalmente mediante una acción de propaganda a la sociedad venezolana y al mundo.

Es autentico,

Director CSB-CEPPRO

Caracas, 18 de marzo de 2020

 3 min


Antonio Di Giampaolo

¡Crónicas de cuarentena!

Tras el anuncio de la declaratoria del Estado de Alarma, por Nicolas Maduro Moros, en el marco de la emergencia nacional por el Covid-19, la primera autoridad local que restringió las actividades regulares, en especial en el ámbito turístico fue el Alcalde de la Colonia Tovar, Esteban Bocaranda, en el Estado Aragua.

De manera casi simultánea se conocieron los decretos regionales de los gobernadores de Miranda, Héctor Rodríguez y de Aragua, Rodolfo Marco Torres suspendiendo actividades escolares y académicas, prohibiendo concentraciones y aglomeraciones de personas y limitando la actividad comercial a los negocios de alimentos, farmacias, y de higiene y limpieza, y servicios de atención médica. También surgieron las demandas de la gobernadora de Táchira Laidy Gómez y de Mérida Ramón Guevara solicitando la dotación de kits de detección del virus e implementos de bioseguridad para los trabajadores de la salud en sus entidades. Finalmente, en la noche de ayer, fue anunciada la disposición presidencial de cuarentena “colectiva y social” en todo el territorio nacional.

La pandemia del virus que se inició en China se ha expandido por el globo terráqueo dejando una secuela de miles de fallecidos, cambiando la vida de cientos de millones de personas y estremeciendo la economía del planeta. Más allá de los síntomas de la enfermedad y de las particularidades de la variedad de coronavirus que causa estragos actualmente, hay una característica especial signada por el tiempo que vivimos.

Para decirlo en términos virtuales, en el marco de la globalización, padecemos la pandemia, en plena expansión de la era digital o 2.0. La información sobre la enfermedad se propaga tan vertiginosamente como el virus mismo. En medio de la pandemia un maracayero en Seúl, una maracucha en Houston, una caraqueña en Milán o un margariteño en Sidney siguen los acontecimientos, en tiempo real, al igual que la viven el resto de los venezolanos, en esta parte del mundo.

¡Amanecerá y veremos!

@ADIGIAMPAOLO

 1 min


Mario Vargas Llosa ha sido censurado en China. ¿La razón? Haberse referido al gobierno de ese país en términos que a sus autoridades parecieron inaceptables. Citemos el párrafo:

“Nadie parece advertir que nada de esto podría estar ocurriendo en el mundo si China Popular fuera un país libre y democrático y no la dictadura que es. Por lo menos un médico prestigioso, y acaso fueran varios, detectó este virus con mucha anticipación y, en vez de tomar las medidas correspondientes, el gobierno intentó ocultar la noticia, y silenció esa voz o esas voces sensatas y trató de impedir que la noticia se difundiera, como hacen todas las dictaduras. Así, como en Chernóbil, se perdió mucho tiempo en encontrar una vacuna. Sólo se reconoció la aparición de la plaga cuando ésta ya se expandía. Es bueno que ocurra esto ahora y el mundo se entere de que el verdadero progreso está lisiado siempre que no vaya acompañado de la libertad. ¿Lo entenderán de una vez esos insensatos que creen que el ejemplo de China, es decir, el mercado libre con una dictadura política, es un buen modelo para el tercer mundo? No hay tal cosa: lo ocurrido con el coronavirus debería abrir los ojos de los ciegos” (¿Regeso al Medioevo? El País,14.03.2020)

Sin duda las palabras de Vargas Llosa no son chocolate con guinda en el paladar de los jerarcas chinos. Pero si ellos hubieran querido confirmar la opinión del nobel, no podrían haberlo hecho mejor. De hecho tenían tres alternativas: La más obvia: ignorar el artículo. La más política: responder y abrir un debate público sobre el tema. La más dictatorial: extender censura no solo al artículo, sino a toda la obra del escritor, hecha desaparecer de un día a otro en todas las librerías de China.

Es muy sabido, y los gobernantes chinos también lo saben, que China no es una democracia. Hecho que no debe molestarles mucho pues la mayoría de los países del orbe tampoco lo son. Con ellos, guste o no, las naciones democráticas deben practicar relaciones diplomáticas y comerciales. Hay razones incluso que llevan a suponer que no todos esos países están condicionados, ya sea por tradición, cultura, historia, o religión, para adoptar la forma democrática-occidental. No por eso han de ser criticados, sino solo cuando sus métodos alteran los intereses de las naciones democráticas. Ese fue el caso de China frente al coronavirus.

Toda democracia tiene el derecho a defenderse de agresiones externas. Y, si es cierto que el gobierno chino ocultó en una primera etapa la existencia y desarrollo del coronavirus, también debe hacerse cargo de la crítica internacional de la cual Vargas Llosa es solo uno de sus exponentes.

En otras palabras, no fue el escritor peruano quien politizó Codiv-19, sino el gobierno chino lo hizo cuando intentó silenciar una voz literaria por razones políticas. O dicho a la inversa: el artículo de Vargas Llosa puede ser visto como una protesta en contra de la politización nacional de un tema que concierne a toda la humanidad. En ese sentido la analogía entre Codiv-19 y Chernóbil es adecuada y por cierto, hecha pública por diversos comentaristas, antes de que Vargas Llosa escribiera su artículo.

Chernóbil en sí -en eso podríamos estar todos de acuerdo- no fue un hecho político. Solo se convirtió en político desde el momento en que la autocracia rusa intentó silenciarlo, poniendo en peligro la vida de muchísimos seres humanos. Ahí yace el nudo del problema.

El tema de la politización de Codiv-19 no solo es, por cierto, un peligro chino. Por el contrario, es una posibilidad latente en diversos gobiernos de la tierra, incluyendo a algunas naciones con larga tradición democrática. Contra esa politización deben actuar las fuerzas políticas de cada nación. En el hecho diversos gobernantes inescrupulosos no han dudado en usarlo como arma en contra de otras naciones. Putin, al prohibir la entrada de chinos a Rusia, lo politizó en contra de la propia China. Erdogan y Trump, el primero por razones ideológicas, y el segundo por razones económicas y electorales, lo politizaron al presentar a coronavirus como un agente europeo. Hay muchos otros ejemplos.

Un peligro adicional en el que también han caído algunos gobernantes de naciones democráticas reside en la manipulación populista de coronavirus. Por ello entendemos la utilización del peligro viral como un medio de autopromoción de esos gobernantes. La mayoría – sí, la mayoría - han visto en Codiv-19 una posibilidad de presentarse ante las cámaras como ejecutores de planes grandiosos y épicas gestas. Algunos aparecen todos los días en la televisión dictando normas y decretos en una lucha que ellos suponen liderar en contra del nefasto virus. En cierto modo, con la ayuda del coronavirus intentan lograr lo que no pudieron con sus políticas, pasando incluso por sobre las opiniones de prestigiosos institutos de investigación científica. Con ello intentan, evidentemente, que Codiv-19 concentre en sí toda la política de sus naciones de modo que cualquier crítica a sus gestiones debe ser acallada en nombre de la lucha anti-viral. Dicho de modo breve: de lo que se trata, en nombre de la absolutización de la política anti-virus, es de suprimir a la propia política como campo de debate.

Incluso un gobernante tan democrático como Emmanuel Macron no pudo resistir la tentación populista al afirmar “estamos en guerra” contra Codiv-19. Y bien, si entendemos que no hay negación más radical de la política que la guerra, la guerra no sería solo en contra del virus sino en contra de la política. Pensamiento del que, por supuesto, está muy lejos Macron. Pero sí puede estar muy cerca de algunos gobernantes no-democráticos quienes, alentados por la frase de Macron crean sentirse invitados a sustituir en sus respectivos países, y sin que nadie se de cuenta, el estado de emergencia por el estado de sitio.

Esas noches sin transeúntes y vigiladas por uniformados nos hacen recordar a muchos (solo visualmente) escenas post-golpistas vividas en tantos países sudamericanos. Las oposiciones de esos países harían bien en mantenerse alerta frente a posibles intentos gubernamentales por subvertir las normas políticas.

No obstante, tampoco está descartado que el peligro de politización del virus pueda provenir de esas mismas oposiciones. Incapaces de separar al enemigo viral del enemigo político, puede darse el caso que terminen por negar la sal y el agua a los gobiernos en una lucha que no es política sino de todos los ciudadanos frente a un peligro que no hace distinciones ideológicas, que no es extranjero ni nacional, que no es de izquierda ni de derecha, que no es progre ni facho.

La lucha común en contra de Codiv-19 no significa suspender la lucha política. Significa solamente no mezclarlas. Frase que en chino se escribe así: 与Codiv-19的共同斗争并不意味着暂停政治斗争。 只是不混在一起.

Marzo 17, 2020

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2020/03/fernando-mires-virus-politico.h...(POLIS)

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