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Opinión

Con voz propia

¡Brisita se hizo huracán¡ con Evo Morales, en ejercicio de 14 años consecutivos como 65o Presidente de Bolivia, en donde menos lo esperaba el maldado mensaje que el Tte. Cabello Rondón transmitió al Foro de Sao Paulo. Para él los únicos países con problemas eran Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Honduras y Perú.

La Bolivia que nuestro Libertador, su creador y primer Presidente, tenía como Hija Predilecta, llevaba tres semanas de protestas en contra de los resultados electorales que le otorgaban a Morales un cuarto mandato hasta el 2025.

"Sugerimos al presidente del Estado que renuncie a su mandato presidencial, permitiendo la pacificación y el mantenimiento de la estabilidad por el bien de nuestra Bolivia", le planteó en nombre del alto mando militar, el Comandante de las Fuerzas Armadas, General Williams Kaliman. Y el dignatario lo aceptó (cualquier invocación al 13 de abril 2002 en Venezuela, es mera causalidad).

Dimitió después de propiciar la «pacificación» y para que «vuelva la paz social» al Estado Plurinacional.

Ya había renuncias de funcionarios y ministros entre ellos los de Minas, César Navarro; Hidrocarburos, Luis Alberto Sánchez; Deportes, Tito Montaño; y de Planificación, Mariana Prado; el gobernador de Cochabamba, Iván Canelas; y el Presidente de la Cámara de Diputados, Víctor Borda.

Por su parte, el candidato de la oposición Carlos Mesa, quien quedó en segundo lugar en el conteo de votos, insistía en la renuncia de Morales.

La OEA dijo en informe que es “improbable estadísticamente” que Morales haya ganado el balotaje, pero fue proclamado vencedor en elecciones del 20 de octubre. Se mencionan irregularidades, como actas con alteraciones y firmas falsificadas.

Fiscalía anunció procesar a miembros del Tribunal Electoral de la República por delitos ordinarios, electorales y de corrupción.

Aunque el dimitente alegó «No queremos enfrentamientos”, le acuñaron "un golpe” frase que, al decir presidente de Brasil, Jair Bolsonaro “usa mucho la izquierda cuando pierde", y le conminaron a abordar un avión rumbo al exilio en México.

El Secretario general de la OEA, Luis Almagro, considera que en Bolivia “el llamado a elecciones es necesario”.

Exasperado Nicolás Maduro habla de golpe porque sabe que con la salida de Morales, es una señal en su contra y la de Daniel Ortega de Nicaragua.

Además del reconocimiento de unos 60 países al jefe parlamentario Juan Guidó como encargado de la Presidencia de la Republica, se consolida el Grupo de Lima, contra el usurpador Maduro que gana más detractores como recién sucedió con El Salvador.

Cuando el río suena, medita y alerta: «movimientos sociales y políticos» se declaran «en movilización para exigir preservación de la vida de pueblos originarios bolivianos víctimas del racismo».

Por eso imploran, lo que en Venezuela ignoran: «no maltraten» a los bolivianos y les «dejen de patear» (quieren decir marchar por calles, que ya han adquirido con armas y con afán lucrativo al estilo de ellos. Así hijos del anterior matrimonio de la primera dama Cilia Flores se apropiaron de un lujoso sector de Caracas, donde se establecieron con su padre y socio.

El golpe nos regresa a tiempos lejanos, tenemos el principal antídoto; no nos sorprende el accionar de la derecha, acá intentaron lo mismo, nosotros ya los conocemos" arenga Cabello Rondón (remember 4F-27N 1992).

"OEA ha apuñalado a Evo por la espalda y está detrás del golpe de Estado” afirmó el usurpador. Previendo lo que dice el refrán, conjetura: cuando veas las barbas de otro ardiendo, pon las tuyas, al igual que las de Daniel Ortega de Nicaragua, en remojo.

Al MARGEN. Narco-régimen derriba monumento a la Chinita para izar el de Hugo Chávez. Pervertido lo hizo en vísperas del 18 de noviembre, Día de su Feria. Repercutió además en Colombia donde también es Patrona, al igual que Caraz en Perú. Le invocamos un milagro.

jordanalberto18@ yahoo.com

 3 min


Joseph E. Stiglitz

Al final de la Guerra Fría, el politólogo Francis Fukuyama escribió un famoso ensayo titulado “The End of History?” [¿El fin de la historia?], donde sostuvo que el derrumbe del comunismo eliminaría el último obstáculo que separaba al mundo de su destino de democracia liberal y economía de mercado. Muchos estuvieron de acuerdo.

Hoy, ante una retirada del orden mundial liberal basado en reglas, con autócratas y demagogos al mando de países que albergan mucho más de la mitad de la población mundial, la idea de Fukuyama parece anticuada e ingenua. Pero esa idea aportó sustento a la doctrina económica neoliberal que prevaleció los últimos cuarenta años.

Hoy la credibilidad de la fe neoliberal en la total desregulación de mercados como forma más segura de alcanzar la prosperidad compartida está en terapia intensiva, y por buenos motivos. La pérdida simultánea de confianza en el neoliberalismo y en la democracia no es coincidencia o mera correlación: el neoliberalismo lleva cuarenta años debilitando la democracia.

La forma de globalización prescrita por el neoliberalismo dejó a individuos y a sociedades enteras incapacitados de controlar una parte importante de su propio destino, como Dani Rodrik (de Harvard) explicó con mucha claridad, y como yo sostengo en mis libros recientes Globalization and Its Discontents Revisited y People, Power, and Profits.

Los efectos de la liberalización de los mercados de capitales fueron particularmente odiosos: bastaba que el candidato con ventaja en una elección presidencial de un país emergente no fuera del agrado de Wall Street para que los bancos sacaran el dinero del país. Los votantes tenían entonces que elegir entre ceder a Wall Street o enfrentar una dura crisis financiera. Parecía que Wall Street tenía más poder político que la ciudadanía.

Incluso en los países ricos, se decía a los ciudadanos: “no es posible aplicar las políticas que ustedes quieren” (llámense protección social adecuada, salarios dignos, tributación progresiva o un sistema financiero bien regulado) “porque el país perderá competitividad, habrá destrucción de empleos y ustedes sufrirán”.

En todos los países (ricos o pobres) las élites prometieron que las políticas neoliberales llevarían a más crecimiento económico, y que los beneficios se derramarían de modo que todos, incluidos los más pobres, estarían mejor que antes. Pero hasta que eso sucediera, los trabajadores debían conformarse con salarios más bajos, y todos los ciudadanos tendrían que aceptar recortes en importantes programas estatales.

Las élites aseguraron que sus promesas se basaban en modelos económicos científicos y en la “investigación basada en la evidencia”. Pues bien, cuarenta años después, las cifras están a la vista: el crecimiento se desaceleró, y sus frutos fueron a parar en su gran mayoría a unos pocos en la cima de la pirámide. Con salarios estancados y bolsas en alza, los ingresos y la riqueza fluyeron hacia arriba, en vez de derramarse hacia abajo.

¿A quién se le ocurre que la contención salarial (para conseguir o mantener competitividad) y la reducción de programas públicos pueden contribuir a una mejora de los niveles de vida? Los ciudadanos sienten que se les vendió humo. Tienen derecho a sentirse estafados.

Estamos experimentando las consecuencias políticas de este enorme engaño: desconfianza en las élites, en la “ciencia” económica en la que se basó el neoliberalismo y en el sistema político corrompido por el dinero que hizo todo esto posible.

La realidad es que pese a su nombre, la era del neoliberalismo no tuvo nada de liberal. Impuso una ortodoxia intelectual con guardianes totalmente intolerantes del disenso. A los economistas de ideas heterodoxas se los trató como a herejes dignos de ser evitados o, en el mejor de los casos, relegados a unas pocas instituciones aisladas. El neoliberalismo se pareció muy poco a la “sociedad abierta” que defendió Karl Popper. Como recalcó George Soros, Popper era consciente de que la sociedad es un sistema complejo y cambiante en el que cuanto más aprendemos, más influye nuestro conocimiento en la conducta del sistema.

La intolerancia alcanzó su máxima expresión en macroeconomía, donde los modelos predominantes descartaban toda posibilidad de una crisis como la que experimentamos en 2008. Cuando lo imposible sucedió, se lo trató como a un rayo en cielo despejado, un suceso totalmente improbable que ningún modelo podía haber previsto. Incluso hoy, los defensores de estas teorías se niegan a aceptar que su creencia en la autorregulación de los mercados y su desestimación de las externalidades cual inexistentes o insignificantes llevaron a la desregulación que fue un factor fundamental de la crisis. La teoría sobrevive, con intentos tolemaicos de adecuarla a los hechos, lo cual prueba cuán cierto es aquello de que cuando las malas ideas se arraigan, no mueren fácilmente.

Si no bastó la crisis financiera de 2008 para darnos cuenta de que la desregulación de los mercados no funciona, debería bastarnos la crisis climática: el neoliberalismo provocará literalmente el fin de la civilización. Pero también está claro que los demagogos que quieren que demos la espalda a la ciencia y a la tolerancia sólo empeorarán las cosas.

La única salida, el único modo de salvar el planeta y la civilización, es un renacimiento de la historia. Debemos revivir la Ilustración y volver a comprometernos con honrar sus valores de libertad, respeto al conocimiento y democracia.

Traducción: Esteban Flamini

4 de noviembre de 2019

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/end-of-neoliberalism-unfett...

 4 min


Entre el 9 y 11 de noviembre el mundo conmemoró tres hechos que denotan lo malo y lo bueno del ser humano: la firma del armisticio, el 11 de noviembre de 1918, que puso fin a la matanza de la I Guerra Mundial, la ‘Noche de los cristales rotos” producto del odio, el 9- 10 de noviembre de 1938, y el derrumbe del vergonzoso Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, por parte de ciudadanos ansiosos de libertad.

Curiosamente, tanto la I Guerra Mundial, con sus millones de muertos y de heridos, como la Noche de los cristales rotos, con la intensificación de la persecución a los judíos, se iniciaron con el asesinato de una persona. En el primer caso, con el del Archiduque Francisco Fernando, heredero del imperio austro-húngaro, y en el segundo con el asesinato de Rath, Secretario de la Embajada de Alemania en París.

El Archiduque fue asesinado por un fanático serbio-bosnio. Lamentablemente, los dirigentes políticos de la época fueron incapaces de entender que la mala acción de una persona no puede conducir a desatar una conflagración mundial. El armisticio despertó, ingenuamente, la creencia de que esa terrible guerra de trincheras sería la última que vería la humanidad. Para garantizar la paz se creó la Sociedad o Liga de las Naciones, antecesora de la ONU. Como sabemos, dos décadas después se desató la II Guerra Mundial, y gradualmente se produjeron muchas guerras locales.

Ninguna de esas dos organizaciones lograron el cometido de la paz y hoy en el Consejo de Derechos Humanos de la OEA están representados países como Venezuela y Cuba, que violan los derechos humanos. El hombre sigue siendo un lobo para el hombre, como dijo Hobbes.

El caso de la Noche de los cristales rotos fue diferente. El joven judío polaco Herschel Grynszpan, actuó por reacción ante el atropello cometido por los nazis en contra de sus padres. Esa acción personal sirvió de pretexto a Hitler para intensificar la persecución en contra de los judíos, a quienes culpaba, con desvergonzada patraña, de la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, así como de la hiperinflación. Una mil sinagogas y miles de negocios fueron saqueados y destruidos, y unos 30.000 judíos detenidos y deportados a campos de concentración, como parte del Holocausto o Shoá que costó a la vida a unos seis millones de judíos, además de otros millones también asesinados por los nazis.

Todavía hoy en día, gente fanática, envenenada con mentiras, quema sinagogas y profana cementerios en Estados Unidos, Alemania, Francia y Argentina, y persigue a ciudadanos de esa fe ancestral, ejemplo de laboriosidad y de aporte a la ciencia en beneficio de la humanidad.

El mundo se sorprendió cuando hace veinte años una multitud ávida de libertad se atrevió a derrumbar el muro de la vergüenza, construido en Berlín oriental para impedir que los alemanes del oeste pudiesen vivir en un país con democracia. Se desconoce la cifra exacta de ciudadanos asesinados por la policía para impedir que pasaran a occidente, pero se estima en unos 200 y unos 3000 los detenidos; poco antes de la construcción del muro unos tres millones y medios había huido de Alemania del oeste, irónicamente denominada República Democrática.

Cincuenta y seis años de opresión y adoctrinamiento comunista no impidieron que los ciudadanos tumbaran el muro y al oprobioso régimen. Como dijo la Canciller Merkel: “No hay muro tan alto o tan ancho que no se pueda atravesar”, palabras que deben servirnos de guía para continuar nuestra lucha en Venezuela para derribar la narcodictadura totalitaria.

Los comunistas de ayer se hicieron los ciegos ante las barbaridades cometidas por Lenin, Stalin y sus secuaces que estaban al frente de los países satélites que integraban la URSS. Dirigentes rojos del mundo entero y personalidades como Neruda alabaron a estos asesinos. Los de hoy intentan revivir ese fracasado e inviable sistema que degrada al ser humano, apelando a nombres como Socialismo Siglo XXI.

Nuevamente solicitamos a nuestra dirigencia a unirse. El reciente Acuerdo de los ministros de relaciones exteriores del Grupo de Lima, integrado por Argentina, Brasil, Canadá, Honduras, Paraguay, Perú, Chile, Colombia, Costa Rica y Guatemala, con representación de Estados Unidos, Ecuador, El Salvador, Unión Europea y Secretariado de la OEA, se comprometió “a otras medidas de presión, excluyendo el uso de la fuerza, sobre el régimen de Maduro….”. Quienes no acepten esta realidad y pretendan seguir actuando en contra del grupo mayoritario evidenciarán que actúan por intereses personales ¡Ya basta!

Como (había) en botica:

Los bolivianos y sus fuerzas armadas lograron la renuncia del doble tramposo Evo. Ojalá le permitan salir del país y no haya agresión contra los suyos.

La tragedia en el Parque Rómulo Betancourt es responsabilidad de Rangel Ávalos, alcalde de Sucre y del coronel comandante del pelotón de guardias nacionales que custodian el Parque.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

 3 min


Abraham Zamorano, Boris Miranda

Evo Morales pasó en menos de tres semanas de declararse ganador de las elecciones a denunciar un golpe de Estado y renunciar a la presidencia de Bolivia.

"Ha habido un golpe cívico, político y policial", denunció el presidente en el mensaje televisivo en el que anunció su dimisión.

La decisión se produjo unas horas después de que el comandante de las Fuerzas Armadas de Bolivia, general Williams Kaliman, sugiriera al mandatario que diera un paso al lado para desbloquear la crisis política.

Para los militares no parecía suficiente que el presidente llamara a nuevas elecciones tras las irregularidades detectadas por la Organización de Estados Americanos (OEA) en su auditoría de los resultados.

Y es que la profunda crisis política que vive Bolivia tuvo su detonante en el escrutinio de las elecciones, el 20 de octubre.

Esa noche, el Tribunal Supremo Electoral (TSE) suspendió por sorpresa el conteo rápido con el 83% escrutado y con una tendencia que apuntaba a que iba a haber segunda vuelta entre el mandatario boliviano y el candidato opositor, Carlos Mesa.

Al día siguiente, ese conteo rápido, denominado Transmisión Rápida de Resultados Preliminares (TREP), se reactivó con un 95% de avance y con Morales ganando en primera vuelta por un estrecho margen.

Las sospechas que habían suscitado los extraños movimientos del TSE llevaron a la oposición a clamar un "fraude descarado".

Incluso las misiones de observación de la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Unión Europea pidieron que hubiera segunda vuelta.

Pero Morales insistió en que él había ganado las elecciones y, en respuesta a las manifestaciones de la oposición, llamó a sus seguidores a "defender la democracia" en las calles y frenar un "golpe de Estado".

Eso sí, también aceptó que la OEA hiciera una auditoría del escrutinio.

1. La auditoría

En pleno escrutinio el mismo día de la votación y con la oposición ya hablando de fraude, la propia misión de observadores de la OEA apuntó a la interrupción del conteo como una de las "sustanciales deficiencias" que minaban la "necesaria credibilidad y transparencia".

El gobierno le pidió a la OEA una auditoría para despejar cualquier duda. Y hay que recordar que el candidato opositor, Carlos Mesa, quien denunciaba "fraude descarado", rechazó en todo momento las condiciones en las que el organismo iba a revisar el escrutinio.

Mesa quedó de segundo en los comicios del 20 de octubre y desde el primer momento aseguró que Morales no alcanzó la diferencia necesaria para derrotarlo en primera vuelta.

La auditoría resultó devastadora para el gobierno. La OEA determinó que era estadísticamente improbable que Morales hubiese ganado por el margen de 10% que necesitaba para evitar una segunda ronda electoral.

La OEA asegura también que encontró actas físicas con alteraciones y firmas falsificadas. En el informe de 13 páginas señala que en muchos casos no se respetó la cadena de custodia de las actas y que hubo manipulación de datos.

Morales respondió este domingo con una declaración ante la prensa en la que, sin mencionar a la OEA y sin señalar la fecha, llamó a nuevas elecciones.

Pero unas horas después, y con la presión de las Fuerzas Armadas en su contra, decidió dimitir.

2. El ejército y la policía en contra

En esa renuncia también parece clave el pronunciamiento del general Williams Kaliman, en nombre del alto mando de las Fuerzas Armadas bolivianas.

"Sugerimos al presidente del Estado que renuncie a su mandato presidencial, permitiendo la pacificación y el mantenimiento de la estabilidad por el bien de nuestra Bolivia", decía Kaliman en un comunicado.

La solicitud a Morales, decía la nota, fue formulada tomando en cuenta "la escalada de conflicto que atraviesa el país, velando por la vida, la seguridad de la población, la garantía del imperio de la condición política del Estado".

Al posicionamiento de los militares a favor de la renuncia del presidente hay que sumar que desde el viernes pasado, cuando estaban a punto de cumplirse tres semanas de violencia en las calles, comenzó a extenderse por el país un "motín policial".

Los agentes de diversas unidades, primero en Cochabamba (centro) y luego en todas las capitales departamentales, comenzaron a declararse en rebeldía uniéndose así a las protestas contra el gobierno.

Y aunque a diferencia de otros gobiernos "en problemas" en la región, Morales sigue disfrutando de un enorme poder de movilización entre sus bases, sin policía en las calles y sin apoyo de los militares, el presidente quedó en una situación de evidente debilidad.

3. Presión en la calle

La oposición a Morales apostó desde el primer momento a la movilización callejera para forzar la mano del presidente.

Con huelgas y paros por todo el país, Bolivia se convirtió en una gran batalla campal entre partidarios del presidente y sus detractores.

Pero a diferencia de las crisis políticas que vivió el país durante el mandato de Morales, las protestas se hicieron fuertes esta vez en la ciudad de La Paz, otrora uno de los bastiones de Evo.

Universitarios y clases medias salieron noche tras noche a enfrentarse a la policía y a los poderosos sindicatos y "movimientos sociales" (entre ellos mineros y cocaleros) llegados a la sede de gobierno para defender al presidente.

Los heridos han sido centenares. Aunque solo se han reportado tres muertos, algo que parece poco dada la intensidad de la violencia de los enfrentamientos y teniendo en cuenta que los mineros usan dinamita en la protesta.

Así, un presidente que llegó al poder hace casi 14 años tras una larga trayectoria de protestas como líder de los sindicatos de productores de hoja de coca, se vio cercado por quienes pasaron de reclamarle una segunda vuelta ante Carlos Mesa a exigir su renuncia.

4. Radicalización de la oposición

Y es que la oposición hacía tiempo que había dejado atrás la exigencia de una segunda vuelta entre Morales y Mesa y venía pidiendo la renuncia del mandatario.

El endurecimiento de las posturas de la oposición vino de la mano del creciente protagonismo del presidente del Comité Cívico de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho.

Con Camacho llevando la voz cantante, los opositores ya no se conformaban ni siquiera con la renuncia de Morales.

Y más tras conocerse la auditoría. Camacho pasó a exigir entonces exigen que dimitieran el presidente y todo su gobierno, también los senadores y diputados, además de los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia y el Tribunal Constitucional.

Todo, para dejar el país en manos de una junta de notables que designe un nuevo TSE que celebre nuevas elecciones en un plazo de 60 días.

"La OEA nos ha demostrado que el fraude era tan obvio que por la resistencia del pueblo boliviano, no podía ocultarlo. El presidente Evo Morales ha cometido delitos", dijo Camacho este domingo.

5. La re-re-reelección

Y si se puede decir que las denuncias de fraude y las protestas se dispararon con el escrutinio electoral, la crisis política que vive Bolivia tiene un trasfondo mucho mayor, las reelecciones de Evo Morales.

Morales gobierna Bolivia desde el 22 de enero de 2006. La Constitución boliviana dispone que solo dos mandatos presidenciales continuos son permitidos, pero Morales ya iba por el tercero.

El 20 de octubre, el presidente buscaba asegurarse un cuarto mandato que le habría permitido gobernar hasta 2025.

Para lograr estos fines, el presidente tuvo que cobijarse en fallos del Tribunal Constitucional para habilitarse como candidato.

Y es que el 21 de febrero de 2016, más de la mitad del país votó en contra de una posible nueva reelección del dirigente cocalero.

Gracias al Tribunal Constitucional y al reconocimiento del Tribunal Supremo Electoral, ambas entidades acusadas en Bolivia de ser funcionales al gobierno, Morales logró ser candidato una vez más.

Las protestas empezaron hace tres semanas, pero ya se veía venir que este nuevo intento de reelección iba a ser el más difícil que afrontaría desde su primera victoria presidencial hace 14 años.

Lo que no muchos vaticinaban era un desenlace como el que ahora Bolivia entera presencia con la caída de Morales.

11 de noviembre 2019

BBC News Mundo

https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-50369434

 6 min


Mark M. Nelson

Casi en todas partes, hoy el periodismo está en crisis. Y por desgracia, pese al papel fundamental de una prensa libre para el buen funcionamiento de la democracia, los gobiernos democráticos están haciendo muy poco por protegerla.

En todo el mundo, los medios tienen dificultades para adaptar sus modelos de negocios a la era digital; en particular, los periódicos locales están cayendo uno tras otro, lo que se debe en parte a la pérdida de ingresos publicitarios. Pero la falta de publicaciones locales de confianza deja a los lectores más vulnerables a narrativas falsas y titulares “caza clic” sensacionalistas. La marginalización del periodismo de calidad permite a líderes políticos en todo el mundo desestimar cualquier cobertura desfavorable tildándola de “noticias falsas”, y la falta de un conjunto compartido de hechos erosiona la confianza en la democracia y en el Estado de derecho.

Además, de Siria a Eslovaquia, los periodistas son víctimas de hostigamiento, secuestro, detención ilegal e incluso asesinato por hacer su trabajo. Siguiendo un ejemplo perfeccionado en Hungría, Rusia y Turquía, el modelo dominante de propiedad de los medios ha pasado a ser la “captura de medios”, por la cual líderes políticos y sus secuaces ricos usan los medios noticiosos para promover sus propios planes autoritarios e intereses económicos. Sin medios confiables que obliguen a los gobiernos y a las empresas a rendir cuentas, florece la corrupción. (La esperanza de que ocuparan su lugar los ciudadanos usando Facebook y Twitter ha sido categóricamente refutada.)

La endeble respuesta a esta crisis por parte de las democracias del mundo refleja más una falta de voluntad política que de soluciones. De hecho, pese a su alcance y complejidad, la crisis de los medios dista de ser intratable. Y puesto que está impulsando amenazas crecientes a la democracia en todo el mundo, es un importante desafío estratégico que merece atención y acción en forma urgente.

Un poderoso instrumento para encarar el tema es la política exterior y de seguridad. Los gobiernos democráticos deben reconocer los ataques a la libertad de prensa y usar medidas como el aislamiento diplomático, la negación de visados y las sanciones directas para presionar a los perpetradores de esos actos a que cumplan sus obligaciones conforme al derecho internacional y respeten la libertad de expresión.

Parece haber ya una tendencia en tal sentido. En julio, Canadá y el Reino Unido lanzaron una iniciativa por la que convocan a la comunidad internacional a comprometerse a tomar medidas conjuntas cuando la libertad de prensa esté en riesgo y defender la causa en todo el mundo. Al mes siguiente, Francia incluyó el tema en la agenda de la reunión del G7 en Biarritz. Ojalá esto sea preanuncio de avances genuinos.

Un segundo instrumento para encarar el problema son las ayudas oficiales al desarrollo (AOD). En 2018, menos del 0,5% de los 150 000 millones de dólares que los países más ricos del mundo destinaron a AOD se usó para la libertad de prensa. Es posible un aumento sustancial de esa proporción (por ejemplo, al 1%, como promueve un grupo de organizaciones de apoyo a los medios) sin reducir significativamente el gasto en otras áreas.

De hecho, aumentar la AOD destinada a apoyo a los medios puede ayudar a alcanzar otros objetivos de desarrollo. Una industria de medios capturada por intereses arraigados es un obstáculo a la reforma económica, impide la búsqueda de acuerdos políticos y debilita la cohesión social, elementos esenciales para un desarrollo sostenible e inclusivo. Para países que luchan por crear o mantener un sistema democrático de gobernanza, la prensa libre es indispensable.

Sudán enfrenta ahora mismo esos desafíos en su intento de crear una democracia después de los treinta años de dictadura de Omar al-Bashir. Durante transiciones políticas tan complicadas, los medios recién liberados suelen alinearse con un partido o una facción particulares, lo que refuerza profundas y paralizantes fisuras. En un país donde la discriminación étnica, cultural y religiosa ha alentado guerras civiles brutales, no hay que subestimar los riesgos.

Pero hasta ahora, la comunidad internacional hizo muy poco por colaborar con el desarrollo de los medios y las iniciativas de reforma en Sudán. Como sostuvo el primer ministro sudanés Abdalla Hamdok en la Asamblea General de Naciones Unidas en septiembre, los donantes deben “revisar sus prioridades” y apoyar la reforma de los medios en países como el suyo. Señaló que estos esfuerzos son cruciales para una transición exitosa (junto con crear un sistema judicial independiente, revertir la decadencia económica y resolver los crímenes del régimen de Bashir).

¿Y el asesinato de periodistas? Hamdok declaró: “El nuevo Sudán ya no permitirá que suceda”.

Las prioridades de los donantes, en Sudán y en otros países, deben incluir brindar ayuda para resolver las falencias de gobernanza (económicas, políticas e institucionales) que vuelven a los medios vulnerables. Eso implica ayudar a los gobiernos a reformar o reforzar la legislación de medios, crear instituciones creíbles y generar apoyo político a la gobernanza democrática de los medios. Instituciones de ayuda al desarrollo como el Banco Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo pueden colaborar en esta clase de iniciativas.

Las organizaciones profesionales dedicadas a promover el desarrollo de los medios también tienen una función que cumplir, por ejemplo, en lo referido a ayudar a los medios locales a mejorar la gestión de las redacciones y adherir a altos estándares periodísticos. Felizmente, hay muchas organizaciones muy competentes, en los niveles nacional e internacional, listas para hacer su contribución.

Los gobiernos donantes deben facilitar esta contribución, lo que incluye usar su influencia para evitar que los receptores de las ayudas interfieran en la labor de organizaciones de esa naturaleza (por ejemplo el European Journalism Centre en Países Bajos o la Deutsche Welle Akademie en Alemania) y aportar inversión adicional para que dicha labor complemente la agenda de desarrollo general.

Después de la Segunda Guerra Mundial, las democracias del mundo se reunieron para crear un marco institucional que sirviera de sostén a la paz y estabilidad global por las décadas siguientes. Para encarar la actual crisis de los medios, se necesita un esfuerzo similar, con la participación conjunta de los gobiernos, las organizaciones de medios y los ciudadanos, unidos en pos de fortalecer un elemento esencial de la democracia y del progreso humano.

Traducción: Esteban Flamini

7 de noviembre 2019

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/global-media-crisis-impedes-democracy-development-by-mark-m-nelson-2019-11/spanish

 5 min


Moisés Naím

En 2011, Libia se rompió en mil pedazos. Con la autorización de la ONU, una amplia coalición de países atacó el país, una turba asesinó a Muamar el Gadafi, su sanguinario régimen colapsó y el país se fragmentó. Eventualmente, se consolidaron dos Gobiernos, uno con sede en Trípoli y otro en Tobruk. Cada uno tiene un líder, fuerzas armadas, una burocracia e, incluso, su propio banco central y su papel moneda. Además, ambos Gobiernos cuentan con el apoyo de otros países. El de Trípoli tiene el reconocimiento de la ONU, mientras que al de Tobruk lo apoyan, entre otros, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y Rusia.

El control de los ricos campos petroleros de Libia ha sido motivo de fuertes enfrentamientos armados pero, hasta ahora, ninguno de los dos Gobiernos ha podido derrotar al otro. Adicionalmente, en territorio libio operan con gran autonomía centenares de milicias, tribus, grupos terroristas —incluyendo a Al Qaeda y el Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés)— así como organizaciones criminales que trafican drogas, personas y armas. La amplia disponibilidad de todo tipo de armas entre la población hace la situación aún más peligrosa.

El prolongado colapso del país se ha convertido en un problema europeo. Trípoli queda a solo 300 kilómetros de Lampedusa, la isla italiana en la cual han desembarcado miles de inmigrantes africanos que llegan a Libia y, desde allí, entran a Europa. El caos y la corrupción reinantes en el país africano hacen muy difícil controlar estos flujos de personas, que generan inmensas ganancias a los traficantes.

Nada de esto estaba en los cálculos de las potencias extranjeras que intervinieron militarmente en Libia. La prioridad era acabar con el régimen de Gadafi y evitar que el lunático líder cometiera un genocidio. El plan era que, una vez derrocado Gadafi, un Gobierno de transición convocaría elecciones que iniciarían el tránsito de Libia hacia la democracia. La explotación de sus enormes reservas petroleras financiaría el relanzamiento económico del país. Ocho años después del ataque militar, este promisor “día después” ni ha llegado, ni se vislumbra.

Venezuela corre el peligro de volverse la Libia del Caribe. Por supuesto que son países muy distintos y sus circunstancias difieren significativamente. Pero, las semejanzas son sorprendentes.

Al igual que en Libia, en Venezuela también hay dos centros de poder enfrentados que, hasta ahora, no han podido desalojar al otro. Juan Guaidó es el presidente encargado y su legitimidad constitucional es reconocida por más de 60 países, incluyendo las principales democracias del mundo. Nicolás Maduro llegó a la presidencia a través de elecciones certificadamente fraudulentas y usurpa el poder gracias al respaldo de las Fuerzas Armadas y de grupos paramilitares. Cuenta con el apoyo de Cuba, Rusia, China, Irán, Turquía y Siria, entre otros países.

Tanto Libia como Venezuela son Estados fallidos con Gobiernos incapaces de desempeñar funciones básicas. Ninguno de los dos Gobiernos controla todo el territorio nacional y ese vacío ha sido llenado por una multiplicidad de peligrosos actores. En Libia operan Al Qaeda y el Estado Islámico mientras que en Venezuela actúan el ELN y las FARC, los grupos narcotraficantes colombianos. Caciques regionales, milicias y bandas criminales también controlan regiones y ciudades o partes de ellas.

En Libia hay grandes emporios criminales que trafican con gente. En Venezuela hay influyentes emporios que trafican con drogas y minerales. Libia es un gran bazar de armas. Venezuela también. En ambos países reina la anarquía y la criminalidad. Y ambos se han convertido en el foco de una grave crisis regional. Los inmigrantes africanos que llegan de Libia han desestabilizado la política de Europa, mientras que la llegada de millones de refugiados venezolanos está desestabilizando la política en Colombia y otros países.

Libia y Venezuela también se parecen en que ambos son países petroleros que no logran producir y exportar los enormes volúmenes de crudo que les permitirían sus vastas reservas. Ambas naciones están sometidas a sanciones internacionales y están en la mira del Kremlin. Vladímir Putin logró que Rusia alcanzase a tener una gran influencia en el conflicto sirio. Ahora está tratando de lograr lo mismo en Libia y en Venezuela.

En ambos países ha habido diálogos y negociaciones con mediación internacional que han fracasado.

Otro rasgo común de las crisis de Libia y Venezuela es que la fatiga está creando desaliento y desazón. Las crisis que se enquistan, alargándose sin perspectivas de una solución, dejan de tener prioridad para una comunidad internacional agobiada por otros conflictos y emergencias humanitarias. Los kurdos, los rohinyá, y los refugiados de Yemen, Siria, Turquía y Centroamérica compiten por la atención y los recursos de la comunidad internacional.

Lamentablemente, gobiernos, organismos internacionales y medios de comunicación ya muestran señales de fatiga con respecto al estancamiento de la situación en Venezuela. Si en los próximos meses no hay cambios en el statu quo, la inercia y el “más-de-lo-mismo” se impondrán. Esto hay que evitarlo como sea.

Twitter @moisesnaim

10 de noviembre 2019

El País

https://elpais.com/elpais/2019/11/09/opinion/1573321100_730765.html

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Son innegables la insatisfacción de necesidades básicas y la pobreza. En Venezuela saltan a la vista y en los demás países de América Latina –que no tenemos a la vista–, suponemos que es igual; por lo menos así lo reportan los analistas, periodistas, intelectuales, políticos, etc.; pero no creo que eso sea lo que este en la base de los “estallidos” sociales que hemos visto en los últimos meses. Ciertamente, algunas manifestaciones y causas de los “estallidos” que hemos visto se parecen, pero en la raíz hay fenómenos diferentes. Quiero referirme a los más recientes y llamativos, los de Chile y Bolivia, y las lecciones que nos dejan.

La pobreza, la miseria, nunca y en ninguna parte ha sido la causa de las “revoluciones sociales”, si es que a alguien se le ocurre llamar así a lo que ha estado ocurriendo; si fuera así, en África, Medio Oriente, China, India y en la mayor parte del mundo, ni hablar de América Latina, estaríamos permanentemente o desde hace mucho tiempo con convulsiones sociales permanentes. La desigualdad y la inequidad, sí, esos dos fenómenos sí causan convulsiones sociales; y creo que eso sí es lo que está en la base de lo que ha ocurrido en algunas partes, al menos en Chile.

Según los analistas de ese país, quienes destruyeron el metro en Santiago y causaron los destrozos a la propiedad pública y privada en algunas ciudades de Chile, no fueron los “pobres”, los “menesterosos”, puesto que estos son los que más se perjudican con el destrozo de esos servicios y otros bienes; está más que demostrado que los causantes de la mayoría de los destrozos fueron sectores de clase media, incluidos jóvenes y estudiantes, obviamente insatisfechos y frustrados porque ciertos beneficios sociales no son suficientes y porque algunas medidas económicas ciertamente los afectan o porque los beneficios de las reformas no han sido lo suficientemente extendidos.

Los que inician los estallidos no son los “pobres”, sino los que han desmejorado su condición repentinamente, por algún tipo de política económica, o los “insatisfechos” porque no han alcanzado una situación social y económica a la cual –por las expectativas que se les han creado– creen tener derecho. Es casi un axioma de la psicología social o política que cuanto más alcanzable o merecido se considere un objetivo, un fin determinado, mayor es la frustración e insatisfacción por no alcanzarlo y puede degenerar en estallidos y violencia.

Casi todos los analistas en Chile, coinciden en señalar los siguientes fenómenos y problemas: el costo e ineficiencia de algunos servicios públicos, prestados en algunos casos por empresas privadas; las deficiencias en servicios de salud; el elevado precio de la educación y de muchos bienes y servicios, aun cuando en promedio y en términos generales la inflación es baja; el alto porcentaje de empleo informal, cuyos trabajadores no disfruta de seguridad y beneficios sociales; un sistema de pensiones, que aunque extendido y más eficiente que en otros países, es bajo; todos estos factores fueron creando un caldo de cultivo, que un incremento de tarifas de transporte del metro, más el efecto demostración de lo ocurrido en otros países y –por qué negarlo– la agitación de grupos de extrema izquierda y probablemente derecha, crearon las condiciones para los estallidos que hemos visto.

Pero lo que estamos viendo en Bolivia es un fenómeno; se parece más a lo que podríamos esperar en Venezuela, si aquí tuviéramos otras condiciones políticas y sobre todo militares; es decir, es obvio que, en Bolivia, Evo Morales no cuenta con el irrestricto respaldo de la fuerza armada, como si cuenta el régimen venezolano; además, el Estado allá es menos poderoso que aquí y el sector privado allá, es más poderoso que el nuestro, por lo que hay menor “control” social y político y al gobierno boliviano no se le hace tan fácil reprimir, como sin duda quisiera, las manifestaciones de descontento. Claramente en Bolivia es un fenómeno político de “hartazgo” con el régimen de Evo Morales y de rechazo al evidente fraude electoral que montaron para impedir una segunda vuelta en las elecciones; Evo Morales sabe que en una segunda vuelta lleva todas las de perder, por eso trata de impedirla a toda costa, pues no cuenta, como ya dije, con una fuerza armada incondicional que le garanticé su estadía en el poder, de manera indefinida y a cualquier costo.

El apoyo político a una causa determinada, con movilizaciones masivas de la calle, tiene mucha más significación política en Bolivia que en Venezuela; aquí impacta o cuenta muy poco para el régimen, pues tiene asegurado por la fuerza armada el ejercicio y la permanencia en el poder. Esto lo estamos viendo desde el año 2002 en Venezuela y se ha repetido en diferentes momentos de “auge” de movilizaciones opositoras masivas: 2007, 2014, 2017 y principios de 2019.

Estos dos casos, Chile y Bolivia, son dos ejemplos paradigmáticos de dos sistemas o regímenes políticos diferentes y hasta contradictorios; de ambos debemos y podemos aprender; de uno –Chile– para evitar llegado el caso, cometer los mismos errores por tomar solo en cuenta o enfatizar demasiado los aspectos económicos, descuidando los sociales y políticos. Del otro –Bolivia– para entender que la falta de unidad opositora conduce a derrotas electorales que se pueden evitar y que sí es posible alcanzar objetivos políticos con procesos electorales y movilizar a la población para defender resultados electorales, cuando son favorables a la oposición y negados por el régimen.

Falta por ver los resultados finales en cada uno de esos países y esperamos que sean favorables a la causa de la democracia; que Chile retorne el camino de la paz y prosperidad que traía, previa corrección de los errores cometidos; y que Bolivia logre ese camino –de la paz y la prosperidad–, tras acabar con el régimen populista y de oprobio al que hoy está sometido.

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