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Opinión

Daron Acemoglu y James A. Robinson

CAMBRIDGE – La revelación de una denuncia anónima en la comunidad de inteligencia estadounidense que acusa al presidente Donald Trump de hacer ofertas inadecuadas a un líder extranjero reactivó las esperanzas que hace poco pendían del informe del fiscal especial Robert Mueller. Muchos que no soportan la presidencia transgresora, mentirosa y polarizadora de Trump creyeron que el sistema hallaría el modo de disciplinarlo, contenerlo o destituirlo. Pero esas esperanzas eran erradas entonces, y son erradas ahora.

La mayoría de votantes que están hartos de Trump y del Partido Republicano que lealmente se encolumnó a sus espaldas no deben esperar que el freno a Trump se lo pongan figuras salvadoras o iniciados del poder en Washington. Cumplir esa tarea es responsabilidad de la sociedad, primero que nada votando en las urnas, y de ser necesario protestando en las calles.

La fantasía de que a Estados Unidos puedan salvarlo figuras de Washington y la Constitución es parte de una narrativa compartida en relación con los orígenes de las instituciones estadounidenses, según la cual, los habitantes del país deben la democracia y las libertades a los padres fundadores y al modo brillante y visionario con que diseñaron un sistema con la provisión correcta de controles y contrapesos, separación de poderes y otras salvaguardas.

Pero como explicamos en nuestro nuevo libro The Narrow Corridor: States, Societies, and the Fate of Liberty (hay traducción al español: El pasillo estrecho: estados, sociedades y cómo alcanzar la libertad), no es así como surgen las instituciones y libertades de la democracia; más bien, las hacen surgir y las protegen la movilización de la sociedad, su asertividad y su voluntad de usar las urnas cuando puede y las calles cuando no puede. Y Estados Unidos no es excepción.

Los padres fundadores de los Estados Unidos, como las élites económicas e intelectuales británicas en aquel tiempo, procuraron elaborar leyes e instituciones que sostuvieran un Estado fuerte y capaz, bajo el control de gobernantes con ideas similares a las suyas. Algunos consideraron que la mejor solución era alguna especie de monarquía.

La Constitución de los Estados Unidos, redactada en 1787, es reflejo de esos preconceptos. No incluía una carta de derechos, y consagró muchos elementos no democráticos. No fue un descuido. El objetivo principal de los padres fundadores era aplacar el creciente fervor democrático de la gente común y someter a las legislaturas de los estados, que habían sido empoderadas por el documento que antecedió a la Constitución: los Artículos de la Confederación.

En los días que siguieron a la Guerra de la Independencia, muchos, entusiasmados por las nuevas libertades que se les habían prometido, estaban decididos a participar activamente en la formulación de políticas. En respuesta a la presión popular, los estados perdonaban deudas, imprimían dinero y cobraban impuestos. Esa prodigalidad y autonomía pareció subversiva a muchos de los padres fundadores, en particular James Madison, Alexander Hamilton y George Washington. El propósito de la Constitución que redactaron no era sólo el manejo de la política económica y la defensa de la nación, sino también volver a encerrar al genio de la democracia en la botella.

Madison lo recalcó con elocuencia: “primero hay que dar al gobierno capacidad de controlar a los gobernados; y luego forzarlo a controlarse a sí mismo”. De hecho, los padres fundadores no creían que fuera buena idea que la gente protestara, eligiera a sus representantes en forma directa o tuviera demasiada participación en política.

A Madison también le preocupaba que “un aumento de la población necesariamente aumentará la proporción de los que sufren las penurias de la vida y secretamente anhelan una distribución más igualitaria de los beneficios. Con el tiempo, estos pueden superar en número a los no alcanzados por la sensación de indigencia”. La Constitución buscaba prevenir que ese deseo de “una distribución más igualitaria de los beneficios” se trasladara a las políticas en la práctica.

Uno de los catalizadores de la Constitución fue la Rebelión de Shays en Massachusetts occidental (1786‑87), cuando unas 4000 personas tomaron las armas y se unieron a una protesta liderada por un veterano de la Guerra Revolucionaria, Daniel Shays, contra las penurias económicas, los altos impuestos y la corrupción política. La incapacidad del gobierno federal para financiar y desplegar un ejército que suprimiera la rebelión fue un llamado de atención: se necesitaba un Estado más fuerte, capaz de contener y aplacar la movilización popular. El objetivo de la Constitución era hacerlo posible.

Pero el plan no se desarrolló según lo previsto. Los intentos de los padres fundadores de construir un Estado generaron sospechas. Muchos temían las consecuencias de un Estado poderoso, especialmente en cuanto el impulso democrático se revirtiera; se multiplicaron los pedidos de que se incluyera una declaración explícita de los derechos de los ciudadanos, algo que Madison mismo empezó a promover, para persuadir a su propio estado (Virginia) de ratificar la Constitución. Luego se presentó a la presidencia con una plataforma favorable a la Carta de Derechos, con el argumento de que era necesaria para “apaciguar las mentes del pueblo”.

La Constitución incluyó los controles y contrapesos y la separación de poderes en parte para “forzar [al gobierno] a controlarse a sí mismo”. Pero su objetivo principal no era hacer a Estados Unidos más democrático y proteger mejor los derechos del pueblo. En la visión de los padres fundadores, estos arreglos institucionales, incluido un Senado elitista de elección indirecta, eran necesarios no para proteger al pueblo del gobierno federal, sino para proteger a ese gobierno de un fervor democrático excesivo.

No es extraño entonces que en coyunturas críticas de la historia estadounidense, no hayan sido tanto las salvaguardas del sistema contra el exceso democrático o el diseño brillante de la Constitución los que promovieron los derechos y libertades de la democracia, sino la movilización popular.

Por ejemplo, en la segunda mitad del siglo XIX, cuando poderosos magnates (los “barones ladrones”) se hicieron con el dominio de la economía y la política de Estados Unidos, no les pusieron freno los tribunales o el Congreso (ya que por el contrario, controlaban estas ramas del Estado). Esos magnates y las instituciones que les daban poder tuvieron que rendir cuentas cuando la gente se movilizó, se organizó y consiguió elegir a políticos que prometieron imponerles regulaciones, nivelar el campo de juego económico y aumentar la participación democrática, por ejemplo, mediante la elección directa de los senadores.

Asimismo, en los años cincuenta y sesenta, no fue la separación de poderes lo que finalmente derrotó al sistema legalizado de racismo y represión en el sur de los Estados Unidos, sino la acción de manifestantes que se organizaron, protestaron y construyeron un movimiento de masas que obligó a las instituciones federales a actuar. Lo que finalmente convenció al presidente John F. Kennedy de intervenir (y promulgar la Ley de Derechos Civiles) fue la “cruzada de los niños” del 2 de mayo de 1963, cuando cientos de niños fueron arrestados en Birmingham (Alabama) por participar en las protestas. Como expresó Kennedy: “Los hechos sucedidos en Birmingham y otros lugares han intensificado de tal modo las demandas de igualdad que no sería prudente que ninguna ciudad, estado u órgano legislativo decida ignorarlas”.

Hoy también, lo único que puede salvar a Estados Unidos en esta hora de agitación política y crisis es la movilización de la sociedad. No se puede esperar que lo hagan figuras salvadoras o los controles y contrapesos. E incluso si pudieran, cualquier cosa que no sea una derrota contundente en las urnas dejará a los partidarios de Trump con la sensación de haber sido agraviados y engañados, y la polarización se profundizará. Peor aún, sentará un precedente en el sentido de que las élites deben controlar a las élites, y aumentará la pasividad de la sociedad. ¿Qué pasará la próxima vez que un líder inescrupuloso haga cosas peores que Trump y las élites no acudan al rescate?

Visto en esta perspectiva, el mayor regalo de Mueller a la democracia estadounidense fue un informe que se abstuvo de iniciar el proceso de juicio político, pero expuso la mendacidad, la corrupción y los delitos del presidente, para que los votantes puedan movilizarse y ejercer el poder y la responsabilidad que les competen de reemplazar a los malos dirigentes.

La Constitución no salvará a la democracia estadounidense. Jamás lo ha hecho. Sólo la sociedad estadounidense puede hacerlo.

Traducción: Esteban Flamini

24 de septiembre 2019

Project Sybdicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/only-social-mobilization-ca...

 6 min


Redacción BBC News Mundo

Hoy, cuando se cumplen 70 años del triunfo de los comunistas, el país es radicalmente diferente: es una potencia mundial de primer orden y aspira a convertirse en la primera economía del globo.

Pero su "milagro económico", único en la historia, no se debió al "Gran Timonel", sino a una campaña impulsada por otro líder comunista, Deng Xiaoping.

Se llamó "Reforma y apertura" y logró sacar a 740 millones de personas de la pobreza, según cifras oficiales.

Bajo la idea de un "socialismo con características chinas", Deng rompió con lo establecido e impulsó una serie de reformas económicas, centradas en la agricultura, la liberalización del sector privado, la modernización de la industria y la apertura de China al comercio exterior.

Ese camino alejó al país del comunismo de Mao Zedong y supuso una "ruptura de las cadenas" del pasado, en palabras del propio presidente chino, Xi Jinping.

El cambio comenzó en 1978.

Entonces, China era muy diferente a la nación que hoy puede situarse al nivel de Estados Unidos o la Unión Europea.

Era un país empobrecido, con un Producto Interno Bruto (PIB) de US$150.000 millones para sus más de 800 millones de ciudadanos, muy por debajo de los US$12,2 billones de este 2018, según cifras de la ONU.

El histórico fundador de la República Popular China, Mao Zedong, había fallecido dos años antes, dejando un controvertido legado.

Entre sus grandes proyectos, se encuentran el Gran Salto Adelante (1958-1962), que buscaba transformar la economía agraria del país, que provocó una hambruna por la que murieron al menos 10 millones de personas (hasta 45 millones, según fuentes independientes); o la Revolución Cultural (1966-1976), la campaña de Mao contra los partidarios del "capitalismo", que dejó entre centenares de miles y varios millones de fallecidos, según la fuente, y paralizó la economía.

Deng rompió con lo establecido por Mao.

Fue en esa situación de pobreza y hambre cuando Deng Xiaoping, entonces el secretario general del gobernante Partido Comunista de China (PCCh), propuso un cambio.

Nueva fórmula

Deng apostó por las llamadas "cuatro modernizaciones" y por evolucionar hacia una economía en la que el mercado tuviera un protagonismo creciente.

Su programa fue ratificado el 18 de diciembre de 1978 por parte del Comité Central del PCCh y en él se situó la modernización económica como principal prioridad.

En los años posteriores, se fueron poniendo en práctica cambios que entonces se consideraron ambiciosos y que salieron adelante pese a la oposición del ala más conservadora del partido.

En el sector agrícola, por ejemplo, se abandonó progresivamente el sistema maoísta de economía rural planificada, lo que permitió incrementar la productividad y sacar a zonas del país de la pobreza, fomentando la migración de mano de obra hacia las ciudades.

También se aflojaron "las cadenas" del sector privado y, por primera vez desde la creación de la República Popular en 1949, el país se abrió a la inversión extranjera.

Se crearon zonas económicas especiales, como la de la ciudad de Shenzhen, que sufrió una increíble transformación y hoy en día suele describirse como el "Silicon Valley chino".

Esa apertura al exterior contribuyó a aumentar la capacidad productiva de China y nuevos métodos de gestión.

Sus cambios llevaron a que, tras un largo proceso, China consiguiera entrar a la Organización Mundial del Comercio en 2001, lo que le abrió definitivamente las puertas a la globalización, que tanto ayudó a su auge económico.

Y es que, en 2008, cuando la crisis financiera mundial estalló y Occidente emprendió la búsqueda de nuevos mercados, China destacó entre todos ellos, lo que le llevó a convertirse en la "fábrica del mundo".

Tras su boom económico, no obstante, Pekín lucha ahora para desprenderse de ese nombre: dejar atrás la manufactura y ser un país caracterizado por la innovación.

Cómo la crisis financiera ayudó al crecimiento económico de China

¿Y el cambio político?

Pese al éxito económico, las reformas también trajeron consecuencias negativas para el país, como la grave contaminación del aire que sufre la mayoría de sus ciudades o una gran desigualdad.

Además, las últimas décadas no han traído ningún cambio al rígido sistema de gobierno de un solo partido en el país.

Los críticos denuncian que la "represión" de los derechos humanos va en aumento y que el actual presidente, Xi Jinping, está coartando cada vez más libertades de la población, mientras acumula más poder.

Se considera que Xi es el líder chino con más poder desde Mao Zedong.

En el 40 aniversario de la "reforma y apertura", el pasado diciembre, Xi enfatizó la importancia del "liderazgo" del Partido Comunista en un discurso en el Gran Palacio del Pueblo de Tiananmen, la plaza pequinesa donde el Ejército acabó a la fuerza con las manifestaciones a favor de reformas políticas dejando un número aún indeterminado de muertes.

Ese oscuro capítulo de la historia reciente de China sigue siendo un tabú, como cualquier crítica sobre el sistema político.

29 de septiembre 2019

BBC

https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-46611462

 4 min


Maxim Ross

Ahora que se puso de moda lo de lograr cualquier acuerdo con el gobierno y aparece la iniciativa para que este se reintegre a la Asamblea y tengamos un nuevo CNE, me llama la atención que la crítica se concentre en quienes lo proponen y no en su contenido, porque si todo el esfuerzo se va en ese par de logros, estamos muy lejos de la meta de reconstruir este país, vale decir de acordarnos en cual debería ser el centro de gravedad de un verdadero Acuerdo Nacional y ¿Quién deberían promoverlo?

En tal sentido, ofrezco un criterio de escalada que pueda guiarnos hacia la complejidad de los problemas y soluciones que tiene Venezuela. Sitúo, en la primera escala el plano meramente político, comenzando por restaurar el ordenamiento institucional que permite expresar genuinamente la soberanía popular, lo cual comienza con realizar unas elecciones realmente libres. Dentro del campo político habría que pensar si la democracia es solo votar cada 5 o 6 años o si debemos pensar en darle mayor poder a la sociedad civil y si debería asumir una mayor responsabilidad en promoverlo.

En una segunda escala está el ordenamiento institucional del país que va más allá de lo político y que tiene que ver con rescatar la idea del equilibrio de poderes, colocando a la Asamblea Nacional en la primera jerarquía, pero que también implica un Acuerdo para reducir el extremo peso del centralismo, del estatismo y del presidencialismo que han tenido y tienen concentradas todas las capacidades decisorias en esta Venezuela petrolera. Un Acuerdo que le sume poderes a la provincia y regiones venezolanas.

En una tercera escala está, por supuesto, el tema económico, porque está más que comprobado que no podemos seguir viviendo del petróleo, que hay que integrarlo al resto de actividades económicas y darle todo el protagonismo del desarrollo al sector privado venezolano, que este tiene que regirse por las fuerzas del mercado, que a estas no podemos dejarlas solas, resolviendo todo y que, ese sector, tiene que asumir un mayor compromiso con Venezuela. Todo eso tendría que plasmarse en revertir el desarrollo hacia la provincia aprovechando al máximo la experiencia de sus vocaciones económicas.

En la escala de mayor calibre está nuestro principal y más urgente problema: eliminar la palabra pobreza del diccionario venezolana y desarrollar un política consistente y sostenible para atacar esa deficiencia, la cual sabemos tiene, no solo serias implicaciones económicas y sociales de equidad, sino una influencia decisiva en profundizar nuestra democracia.

En una próxima entrega defenderé una escala de mayor calibre: la necesidad de alcanzar un Acuerdo de Integración Nacional.

 2 min


El plan del habilidoso Pedro Sánchez parecía ser perfecto. Con esa destreza que solo tienen los hombres mimetizados con el poder, había logrado después de las elecciones de abril del 2019, donde alcanzó la primera mayoría, escenificar un espectáculo de conversaciones y diálogos cuyo único propósito era hacerlas fracasar.

El objetivo era más que evidente: convertir a las segundas elecciones en un paso que lo llevaría de la mayoría formal a la mayoría absoluta a fin de gobernar sin aliados o escogerlos a su gusto y discreción. Pero había que hacerlo de tal modo que la repetición de las elecciones no apareciera como responsabilidad suya sino de la intransigencia y egoísmo de los demás. Y lo logró. Su interlocutor más cercano, Pablo Iglesias, saldría de las conversaciones orientadas a formar gobierno, como un pájaro desplumado.

Sánchez hizo lo que quiso con Iglesias. Lo llamaba a conversar para negociar la composición de un futuro gobierno y luego le ofrecía una participación de esas tan menguadas que nadie podía aceptar sin perder apostura y dignidad. O le ofrecía una asociación no gubernamental y luego introducía objetivos que Iglesias no podía aceptar so pena de perder credibilidad en su campo de izquierdas.

Con el otro socio potencial, Ciudadanos, no hubo dilemas ni problemas. Albert Rivera se hizo el harakiri con su absurda ambición de convertirse en el líder de todas las derechas habidas y por haber, regalando el centro político al PSOE. De tal modo que en los tramos finales de los conversatorios parecía más posible una coalición “alemana” entre PSOE y PP que una alianza entre el PSOE y Cs. Lo que no entendió Iglesias fue que Sánchez no pensaba poner en juego ese centro político que le había obsequiado Rivera haciendo una alianza con el extremismo representado por UP.

Oleado y sacramentado: las elecciones tendrán lugar en noviembre. Suficiente para que Sánchez continúe en su empresa de asegurarse la mayoría absoluta. Por de pronto ya estaba intentando catapultarse hacia el olimpo de la simbología histórica hispana apresurado en llevar a cabo lo más pronto posible la exhumación de los podridos restos del Generalísimo. Esa iba a ser la marca histórica que lo elevaría a la condición de prócer de la nación post-franquista.

Sánchez podía cantar victoria por anticipado. Los números lo favorecían ampliamente. Sus potenciales competidores bajaban aceleradamente en las encuestas. UP menos de lo que se esperaba. Pero Cs, después de las torpezas de su directiva llegó a ser el más grande damnificado de la política española. Gracias a las genialidades de Rivera, el partido del anti-independentismo se convirtió en un breve lapso en el partido más generoso de todos: ha regalado votos a VOX, al PP y al PSOE.

Hasta hace poco tiempo las encuestas daban los siguientes resultados: el PSOE con alrededor del 31,2% de los votos, seguido del PP (19,4%), Unidas Podemos (13,4%), Ciudadanos (13,1%) y Vox (9%). Sin embargo en un par de días todo cambió y esos números ya no sirven para nada. ¿La razón? Ha aparecido un cisne negro. Su nombre es Iñigo Orrejón en representación de su mini-partido Mas Madrid (MM) al que le cambió nombre inmediatamente después de haber recibido la adhesión de los valencianos de Compromis y de los ecologistas de Ecquo. Desde ahora -vamos acostumbrándonos- llevará el nombre de Mas País (MP).

La metáfora del cisne negro tiene la virtud de llevar a un lenguaje más o menos popular una concepción anti-historicista de la historia (valga la paradoja). Una según la cual los hechos no acontecen según un plan metahistórico, sino de acuerdo a la ruta trazada por la ilógica de la contingencia pura. De acuerdo a esa visión, los hechos determinan a los procesos y no los procesos a los hechos.

Siguiendo la línea filosófica formada por la triada Husserl- Heidegger- Arendt, los acontecimientos (o fenómenos) para que sean tales, han de ser inesperados, sorpresivos y discontínuos. Tesis que contradice de plano la línea historicista trazada por la díada Hegel-Marx. En contra de la historia vista como producto de la necesidad objetiva, los acontecimientos (eventos según Arendt) al irrumpir cambian el curso de los hechos y dan comienzo a nuevos capítulos y, muchas veces, a otras historias.

Para ilustrar sus tesis los historiadores anti-historicistas recurren casi siempre al ejemplo del atentado de Sarajevo, hecho que desataría a todos los demonios europeos dando origen a la primera guerra mundial y a sus millones de cadáveres repartidos en absurdos campos de batalla donde los soldados no sabían por qué morían y mataban. Y como es fácil suponer, sin esa guerra espantosa tampoco habría tenido lugar la segunda, la más salvaje de la historia de la humanidad.

Vista así la historia, los llamados cisnes negros no constituyen necesariamente una anormalidad. ¿Quién no debe cambiar de plan cada día como consecuencia de hechos que se entremeten en los momentos más inesperados? Con mayor razón ha de ocurrir en los grandes momentos de la historia donde actúan enormes cantidades de seres imprevisibles. Porque efectivamente, ese cisne negro llamado Errejón, al anunciar su candidatura presidencial, se les atravesó por lo menos a tres partidos. En primer lugar, y podría decirse, sobre todo, a PSOE.

PSOE – si no aparece un segundo cisne negro – conservará la mayoría, pero si MP, de acuerdo a los actuales pronósticos, le quita votantes al PSOE, convertirá a la utopía de la mayoría absoluta de Sánchez, en una simple ilusión. Ni corto ni perezoso Sánchez, avistando esa posibilidad, se apresuró a decir, sin que nadie le preguntara, que algunos puntos del programa de MP (MP no tiene ningún programa, aparte del cariñoso madrinazgo de Manuela Carmena) le parecían muy interesantes. De esta manera, si Sánchez no consigue la mayoría absoluta, podría al menos formar una coalición con Errejón, mucho más simpático para el resto de los partidos hispanos que ese dechado del oportunismo político llamado Pablo Iglesias. Como ya se dice en España, MP nació para ser el socio que necesitaba el PSOE. Mucho mejor socio en todo caso que el demasiado corrido a la punta izquierda UP y que el recientemente corrido a la derecha Cs. En fin, un nuevo partido de centro izquierda, más a la izquierda que PSOE, más a la derecha que UP.

Si las cosas siguen el rumbo dictado por el cisne negro Errejón, UP correrá el peligro de convertirse en un partido de la ultra-izquierda marginal, como fue Izquierda Unida en el pasado reciente. Y si eso ocurre – no estamos pronosticando, solo barajando posibilidades- MP, sin habérselo propuesto jamás, podría cambiar incluso todo el orden de la estructura política hispana.

La estructura política de la España bi-partidista (PP y PSOE) pasó a ser después de la incorporación de Podemos y Ciudadanos, un cuadrilátero. La irrupción del ultraderechista VOX configuraría una arquitectura pentagonal. MP, el nuevo cisne negro, ya ha llevado a constituir una estructura hexagonal.

Con cisnes negros o no, España mantiene una constante histórica: la de marchar siempre a contracorriente de la política europea. Así, mientras en casi toda Europa los partidos socialistas decrecen, el PSOE aumenta considerablemente. A la vez, mientras en el resto de Europa la línea divisoria entre izquierda y derecha comienza a desaparecer, en España -quizás solo por joder– hay ya tres partidos de derecha y tres de izquierda.

Y eso que hoy no hemos hablado de los mini-nacionalismos. Pues mientras en muchos países europeos se trazan líneas en vista a la conformación de una gran Europa formada por estados nacional, política y geográficamente muy bien constituidos, España insiste en volver hacia los umbrales micro nacionalistas del pasado medieval.

Quizás lo que necesita España no es un solo cisne negro sino una bandada de cisnes negros. Y parece que vienen volando. Al momento de escribir estas líneas, Iñigo Erregón está recibiendo adhesiones desde todos los rincones de España. Ya es de película.

26 de septiembre de 2019

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2019/09/fernando-mires-el-cisne-negro-d...(POLIS)

 6 min


Javier Lafuente

El ajetreo esta semana en Nueva York de la delegación del presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Juan Guaidó, reconocido como mandatario interino por más de 50 países, ha sido abrumador. Un ir y venir de reuniones y comparecencias, lideradas por Julio Borges, diputado y expresidente del Parlamento, a quien Guaidó ha designado comisionado para las Relaciones Exteriores. Borges ha dedicado esta semana a intensificar la presión sobre el Gobierno de Maduro en el exterior, lo que contrasta con la inacción que se percibe dentro del país.

Pregunta. Ustedes insisten en la necesidad de combinar la presión interna y externa. ¿Qué ha aportado hasta ahora esta estrategia?

Respuesta. No solo es algo de este año, es una prédica que venimos construyendo desde hace tiempo. Solo en los momentos en que las dos fuerzas se han aplicado contra la dictadura es cuando hemos estado más cerca de lograr un desenlace. Si hiciéramos una radiografía a la dictadura de Maduro para ver lo que está dentro y no la apariencia, veríamos que el sistema está roto, quebrado. La presión ha hecho efecto, jerarcas militares y civiles están mandando constantemente señales de que quieren colaborar para que haya un cambio en el país. Hay que evaluar ahora dónde y en qué intensidad se aplica la presión.

P. Más de 50 países reconocieron muy rápido a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela. La realidad es que quien va a comparecer ante la Asamblea General de la ONU es un representante del Gobierno de Maduro. ¿Cómo van a convencer a la comunidad de que Guaidó tiene margen de maniobra?

R. La legitimidad y el apoyo al Parlamento [Asamblea Nacional] y a Juan Guaidó no solo están intactos, sino que van creciendo. Hemos hecho avances en lo que significa el manejo de activos del Estado venezolano, en estar sentados en organismos como la Organización de Estados Americanos (OEA), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), las Embajadas que hemos conseguido abrir… No hay vuelta atrás. Todo el mundo esperaba que fuese un proceso más rápido, pero independientemente de los tiempos, es irreversible.

P. Una parte de la oposición, la más radical, celebró la aplicación del Tratado Interamericano de Asistencia Militar (TIAR), porque abría la puerta a una intervención militar en Venezuela. No obstante, de momento, el TIAR parece destinado a intensificar las sanciones contra el Gobierno de Maduro. ¿Se ha dejado de lado la opción militar?

R. No se trata de cerrar ninguna opción y no quiero con esto repetir la frase que tanto se ha dicho durante el año. Cuando yo era presidente de la Asamblea, a mitad de 2017, fuimos a la Unión Europea y a la Casa Blanca a plantear sanciones a la dictadura. La respuesta fue que nos teníamos que olvidar, pero a los pocos meses estaban aplicándolas. Después, pedimos sanciones más fuertes, nos dijeron que no se iba a hacer y el 28 de enero se aplicaron las más fuertes, las petroleras. Lo que parecía imposible se ha ido haciendo.

P. Lo que le pregunto es si la vía de las sanciones se ha impuesto a una posible intervención militar.

R. La vía de las sanciones todavía tiene muchos instrumentos y opciones sobre las que hay que actuar. El daño interno que está sufriendo el régimen de Maduro es muchísimo mayor de lo que puedan aparentar.

P. ¿Por qué cree que las sanciones ahogan más a Maduro y sus aliados que al pueblo venezolano?

R. Las sanciones son producto o consecuencia del drama que significa Nicolás Maduro. Todos los males que sufre Venezuela llevaron a la comunidad internacional a evaluar qué presión hacían para quebrar este sistema que dirige ahora Venezuela. La pregunta que mucha gente se hace es por qué Maduro sigue ahí. No es que hayamos tomado un camino equivocado, sino que quien soporta todavía a la dictadura de Venezuela es, por un lado, Cuba, desde el punto de vista de la represión, estrategia, el know-how dictatorial y Rusia, con la ingeniería financiera para evitar las sanciones. Lo que hace más difícil el cambio no es el tema interno, sino la colonización de Cuba sobre la fuerza armada y el régimen de Maduro.

P. Le insisto, ¿por qué defiende que las sanciones son efectivas pese a la repercusión que tienen en el pueblo venezolano?

R. Mire, se lo ilustro en primera persona. Si yo tuviera una enfermedad, lo peor que podría hacer es no someterme a un tratamiento y dejar que esa enfermedad me consuma. En el caso de Venezuela, esa enfermedad es Maduro. No quiero decir que las sanciones son más fuertes que la crisis que ha propiciado, sino que soy consciente de que las medicinas, los remedios, son casi tan fuertes pero necesarios para vencer la enfermedad, en este caso, lograr la libertad y un futuro pleno para los venezolanos.

P. Hay dos episodios significativos este año, el intento de entrada de ayuda humanitaria a través de la frontera de Colombia, el 23 de febrero y la ofensiva, con apoyo militar, del 30 de abril. ¿Admite que, además de fracasar, esos dos episodios debilitaron la imagen internacional de Guaidó?

R. Yo creo que la imagen de Guaidó no está afectada, honestamente, sino consolidada y reconocida por la dimensión de la lucha que está dando.

P. Entonces, ¿cuáles han sido las consecuencias de esos dos fracasos? ¿Qué autocrítica hace?

R. La palabra que nosotros no hemos manejado con estrategia es expectativa. Una victoria con un mal manejo de las expectativas, siempre es un revés. No se trata de imprimir la sensación de que la salida será en horas, sino de que lo importante es persistir para que la solución sea más rápida. La fuerza hay que ponerla en persistir. Si suma todo lo que ha ocurrido en 2019, los triunfos superan exponencialmente a los errores o los fracasos. En la medida en que cualquier episodio se vende o impulsa como que en minutos va a significar la solución, eso hace que la gente quede frustrada. Si lo haces como un café instantáneo, la gente pierde la energía. Quizás porque ha habido tanta expectativa en la inmediatez, la gente se siente ahorita en un momento de parálisis.

P. ¿Y cómo cree que van a recuperar a la gente de esa parálisis?

R. Llevamos luchando 20 años, no solo desde 2019. El país nunca ha tirado la toalla ni lo va a hacer. Este proceso tiene sus subidas y bajadas. A principio de año nadie pensaba que la gente saldría a la calle y lo hicieron como nunca. Yo no dudo ni un segundo que esa energía, esa fuerza está ahí. Cuando la gente intuye que estamos en un momento decisivo, la gente responde.

P. ¿Cómo explica las fotos de Guaidó con narcoparamilitares el día que cruzó la frontera con Colombia?

R. La existencia de esas fotos y toda la novela que ha montado Maduro carece de total importancia. El problema grave, real, es que entre Colombia y Venezuela ha surgido un tercer país, el país de la violencia en la frontera, que lo ha provocado Maduro con la extorsión del ELN, con las FARC, la prostitución infantil... La única manera de que nosotros podamos tener un país sin esas taras es con Maduro fuera del poder.

P. Pero hay unas fotos de un político, reconocido como presidente por casi 60 gobiernos de todo el mundo, cruzando unas trochas con ayuda de narcoparamilitares. ¿Cómo se explican esas fotos?

R. A todos los que hemos tenido que cruzar esa frontera nos toca, precisamente por ese tercer país promovido por Maduro, lidiar con fuerzas criminales, con guerrilla que hay que pagarles para pasar, con gente armada que se enfrenta mientras pasamos…

P. ¿Y Colombia no tiene responsabilidad?

R. Colombia ha avanzado por diferentes rutas en una pacificación y se ha ido purificando. Todos esos males que nosotros veíamos con horror hace 50 años ahora no solo están en Venezuela sino promovidos por el Estado venezolano.

P. Usted lideró la negociación con el chavismo en República Dominicana. Ahora que la de Barbados, auspiciada por Noruega, parece acabada, ¿cree que es viable una negociación?

R. La única manera de que haya una negociación en Venezuela es que haya tal magnitud de presión que Maduro se vea obligado a negociar su salida. Subrayo la palabra obligado. Por buena fe, por el futuro de Venezuela, por piedad con el sufrimiento de la gente, nunca va a suceder una negociación. Por una razón muy concreta: Cuba. Cuba depende de Maduro y Maduro depende de Cuba.

P. ¿A qué se refiere con presión?

R. Hay que seguir presionando a Cuba con mucha fuerza. En segundo lugar, América Latina tiene que emplazar a Rusia a ver si quiere hundirse con Maduro o tener una buena relación con la región. Tiene que haber más sanciones de Europa, que España, fundamentalmente, no se convierta en el paraíso de quienes han robado y saqueado a Venezuela, como es hoy. Hacen falta medidas más fuertes de España, que todavía no ha tomado.

P. ¿Por qué siente que España no ha sido suficientemente dura?

R. Porque no hay un liderazgo claro, no hay un gobierno cohesionado. Se trata del tema venezolano de una manera instrumental. Nos da dolor que el paraíso de la mayoría de corruptos venezolanos sea España, ahí es donde están sus hijos, sus propiedades, sus bienes. España ha abandonado completamente su posición privilegiada de ser el líder de toda Europa en América Latina y de ser el líder de Iberoamérica en toda Europa.

P. El próximo jefe de la diplomacia europea será precisamente el actual canciller español, Josep Borrell. ¿Cómo cree que afectará el nombramiento respecto a la posición de la Unión Europea ante Venezuela?

R. Borrell es una garantía de que Venezuela siempre va a estar en la agenda. Yo veo a un Borrell muy claro con lo que está pasando en mi país, veo que es un tema que lo mortifica y humanamente le golpea, le duele en lo personal. Falta un cuarto factor y es que pueda articular y armar un liderazgo muy fuerte para lograr una salida democrática. Hay una oportunidad para crear las condiciones para aflojar los impedimentos que hay ahora con un elenco como es el de China, Rusia, Europa, América Latina, Europa y Estados Unidos y él podría jugar un papel estelar.

27 de septiembre de 2019

El País

https://elpais.com/internacional/2019/09/26/america/1569531797_586188.html

 8 min


Con voz propia

Nuevo show mediático se montó con marionetas politiqueras en el sostenimiento del Poder. La consabida mediocridad resaltó en artimaña del autoritario régimen, con la distorsión de la frase rodilla en tierra, la cual a lo mejor así interpreta el sub oficial Henry Falcón (HF) que no ha respondido a lo que en cadena le manifestó el usurpador Nicolás Maduro:

“Da vergüenza que usted haya sido gobernador…estuvo ocho años desgobernando el estado Lara.. Fue un incapaz .. un desastre”.

Le responsabilizan por dicha usurpación del Poder al presentarse como candidato y que denunció un fraude que jamás concretó. También se quitó la máscara el otro candidato el Pastor Javier Bertucci, quien se moviliza acompañado por una patrulla del Sebin.

Ante la presión internacional el narco régimen manipula con una “mesa nacional de negociación, diálogo y paz" que puso a liderar a Timoteo Zambrano (TZ).

De entrada Avanzada Progresista (AP), el partido de HF perdió al diputado del Estado Barinas, Julio César Reyes. Ya otro diputado de AP, Teodoro Campos, renunció a ese partido diciendo: “Yo no soy gobiernero”.

Le siguen al alineado y/o alienado grupo Claudio Fermín quien con Juan Barreto (ausente de la firma del acta compromiso) recorrían el país como representantes de un grupo de oposición; Felipe Mujica y Segundo Meléndez del MAS. Trata el oficialismo de crear su propia oposición, según el periodista analista Ewald Scharfenberg. En afirmación de Eustoquio Contreras, quien lideraba el MEP, con el acuerdo con Maduro se parecen al Gobierno.

La líder opositora María Corina Machado aseguró que con el acuerdo oficialista y una minoría opositora "le dan asco al país", pues dice que buscan "la convivencia con la tiranía".

Hubo disidencia de factores tenidos como aliados de algunos de los comprometidos, como Eduardo Fernández: No tuve nada que ver con lo que ocurrió en la Casa Amarilla.

La Conferencia Episcopal declaró que el citado acuerdo firmado por el oficialismo y una minoría opositora no ayudará a resolver la crisis política del país, y además resaltó que toda negociación debe llevar las elecciones presidenciales.

Con la “puñalada miserable a Juan Guaidó y a los esfuerzos de los venezolanos por recuperar el estado de derecho” (Alonso Moleiro), obvian que en el desespero de Maduro y la cúpula castrense castrocomunista, fueron los primeros en reiterar el retiro de las reuniones propiciadas por Noruega. Ante ese pronunciamiento, el Jefe Parlamentario y Presidente interino de la República anunció días después su retiro de esas reuniones.

Se planteaba un consejo de gobierno de transición, donde estén incluidos todos los sectores, incluso la FAN; ingreso inmediato de ayuda humanitaria con apoyo de organismos multilaterales; acuerdo para superar la crisis económica; garantías para la participación electoral; protección del Esequibo.

Tales acuerdos no incluyen adelanto de elección presidencial para salir de la desgracia del gobierno de Maduro ni disolución de la fraudulenta e inconstitucional Constituyente.

Ambiguo es discurso del usurpador: "No quiero hablar de guerra, quiero hablar de paz", pero le declara tal guerra a Colombia; califica de estúpidos a quienes hablan de dictadura, incluido el expresidente de Uruguay José "Pepe" Mujica.

Conclusión la da quien era crítica del autoritario régimen, hoy su vocera, Gladys Requena, vicepresidenta de esa Constituyente: no está planteada renovar CNE, sino revisar vencimiento de rectores.

¡Jugamos en todos los escenarios y ganamos¡ -exclama usurpador.

Elección de directiva de AN, con TZ es un paso.

Institución democrática si tiene la vergüenza que adolecen defensores del acuerdo.

Al MARGEN. Por favor escasos comunicadores, en especial algunos del limitado canal Globovisión, quítenle el calificativo “denominados” a los presos políticos. Hagan honor al Día Internacional del Derecho de Acceso Universal a la Información.

jordanalberto18@yahoo.com

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Daniel Eskibel

Campañas electorales exitosas: el caso George W. Bush

Campañas electorales que dejan enseñanzas

El estudio de casos es un método de investigación cualitativa que resulta muy útil para las ciencias sociales. Aplicado a la consultoría política es una herramienta de gran valor para comprender en qué se diferencian las campañas electorales ganadoras de las campañas derrotadas.

No se trata de copiar recetas sino de descubrir mecanismos y procedimientos que pueden luego adaptarse, modificarse e integrarse en el arsenal técnico de consultores y equipos de campaña.

En este artículo vamos a analizar los triunfos de George W. Bush en las elecciones presidenciales de 2000 y 2004 en los Estados Unidos de América. Nos resultarán de gran ayuda dos consultores políticos norteamericanos: John Zogby y Karl Rove (a quienes se sumará más adelante un tercer consultor que es James Carville).

Principio quieren las cosas, de manera que comencemos con un esclarecedor trabajo de Zogby.

USA: dos países en uno

Cuando John Zogby puso punto final a su artículo, seguramente intuyó que volvería a despertar polémica tanto a nivel político como periodístico y también académico. La nota se tituló ‘The Unifying Spirit of Jefferson Must Prevail’ y fue publicada en la página 15 del Financial Times el 1 de noviembre de 2004.

El consultor ya era uno de los politólogos estrella de los Estados Unidos y su figura era conocida en todas las cadenas televisivas nacionales. Un segmento importante del público interesado en política ya estaba habituado a este hombre de pelo grisáceo, amplia frente y lentes. Y también los lectores de los principales periódicos seguían con atención sus análisis.

En su respaldo, además de la inteligencia de sus observaciones, estaba la llamativa precisión de los datos cuantitativos de sus encuestas. Ya lo sabes: contar con datos precisos y analizarlos correctamente son ventajas comparativas a las que aspiran todas las campañas electorales realmente profesionales. Y benefician, además, a los medios de comunicación y al público más informado.

El artículo de Zogby en el Financial Times analiza el mapa electoral surgido en los Estados Unidos luego de la victoria de Bush sobre Al Gore en el año 2000.

De acuerdo a los colores identificatorios de cada partido, Zogby llama “red states” (estados rojos) a aquellos donde ganó el Partido Republicano y “blue states” (estados azules) a los que tuvieron como ganador al Partido Demócrata. Y estudia cuales son las diferencias entre ellos en otros campos diversos a la política.

Allí ya radica una primera genialidad: encontrar fenómenos que son en sí mismos ajenos a la política pero que influyen sobre ella de manera muy poderosa.

Una de esas diferencias, no política pero por cierto muy significativa, tiene que ver con la imagen de dios que tienen los ciudadanos. Para los habitantes de los estados rojos, dios es una figura enérgica que castiga al diablo. Pero para los habitantes de los estados azules, dios es una figura amorosa y tolerante. No es un dato menor, por cierto, considerando el peso de lo religioso en la vida de los norteamericanos.

De aquí surge la interrogante respecto a si los votantes no tendrán percepciones similares en materia política, en especial respecto a cómo visualizan que debe ser un gobierno.

Si esto fuera así, entonces en los estados rojos predominaría una visión del gobierno como entidad firme y enérgica, ocupada de mantener las normas, establecer los límites y castigar lo que está mal. Un gobierno que no dude en usar la fuerza militar contra el enemigo, que ponga los valores en su versión más estricta en primer plano de la discusión y que incluso llegue a hablar del “eje del mal”.

Y si esto fuera así, entonces en los estados azules predominaría una visión del gobierno como una entidad tolerante y benevolente, preocupada por promover la cooperación, el bienestar de la gente y la satisfacción de sus necesidades. Un gobierno más volcado hacia la paz, el cuidado de las formas y el desarrollo de políticas sociales en beneficio de los más débiles.

En dos palabras: republicanos y demócratas.

Si observamos con detenimiento la geografía política de los Estados Unidos podemos encontrar otras diferencias: los estados de mayoría demócrata tienden a concentrarse sobre la costa y a ser los más urbanizados y densamente poblados, mientras que los estados de predominio republicano tienden a ubicarse en el interior y a ser más rurales y de menor concentración de población. De estas características seguramente se derivan otros comportamientos psicosociales bastante congruentes con el posicionamiento político y religioso de sus habitantes.

El artículo de Zogby en el Financial Times es una buena plataforma, polémica por cierto, para analizar el comportamiento electoral de los norteamericanos. Y para pensar en la estrategia de las campañas electorales, las cuales tendrán que tener en cuenta ese dato esencial de que se trata de dos países en uno.

Campañas electorales en universos paralelos

De acuerdo a lo anterior podemos decir que desde el punto de vista político y psicosocial los Estados Unidos son dos países, dos universos que coexisten en un mismo territorio pero con pautas absolutamente divergentes.

Esto tiene una muy profunda significación a la hora de planificar y ejecutar una campaña electoral. La misma no puede ser una campaña “catch all”, apuntada a un inexistente público general o a un igualmente inexistente “americano medio”.

Por el contrario: debe ser una campaña altamente segmentada, focalizada con fanática precisión en el universo que a cada partido corresponde.

Y allí está el gran aporte de Karl Rove, estratega republicano y cerebro de las campañas electorales de George W. Bush: focalización casi violenta en su público objetivo, en “su” país. Rove supo entender (en el 2000 y también en el 2004) a ese país republicano. Y toda su campaña apuntó a brindar los estímulos necesarios para que ese país respondiera.

¿Cuáles fueron los temas de la campaña de Bush en 2004?

El terrorismo, la necesidad de castigarlo y prevenirlo utilizando la fuerza militar

El patriotismo exaltado de una nación que se siente atacada por enemigos externos

Los valores de la familia tradicional que se sentían desafiados por el movimiento gay, la legalización del aborto y las reivindicaciones feministas

La agresiva defensa de los valores morales más conservadores

La opción por liderazgos fuertes y enérgicos

La presentación de Bush como el jefe de un país en guerra

El duro ataque a un adversario como John Kerry, presentado como débil, ambiguo, irresoluto y cambiante (y por ende peligroso para el país).

Al repasar los temas vemos que toda la campaña diseñada por Rove dejó deliberadamente de lado al país azul y se concentró en el país rojo. A los habitantes de esos estados rojos fue que le habló la campaña de Bush, y solo a ellos. A sus valores, a su forma de pensar, a sus tradiciones, a sus concepciones sobre la familia, sobre dios y sobre la vida.

La campaña de John Kerry, mientras tanto, no tuvo el grado de focalización adecuado sobre su propio universo. Por el contrario, su énfasis en el tema Irak fue una debilidad permanente. Aún considerando los errores y hasta las tragedias de la guerra, e incluso si consideramos que ha sido mal conducida por Bush, en cualquiera de los casos no deja de ser lo que es: una guerra.

Y poner la guerra en el centro de la campaña significa entrar en los temas donde los republicanos son fuertes y ganan: seguridad, fuerza, patriotismo, liderazgo, jerarquías…

Los demócratas no confiaron en sus propios temas y no apuntaron en exclusiva y con fuerza a su propio público. En pocas palabras: los demócratas hablaron demasiado para un público más proclive a los republicanos. Y como es razonable para una campaña mal hecha, perdieron.

Campañas electorales 2000 y 2004

En el año 2000 el triunfo de Bush había sido muy ajustado y muy discutido. Y aunque ganó la Presidencia en virtud de la legislación norteamericana, a pesar de ello había perdido en el voto popular.

En aquel momento el Partido Republicano había trabajado con prolijidad al electorado del país rojo. Pero el Partido Demócrata había cometido un grueso error en el diseño estratégico de su campaña: había tomado distancia del Presidente Clinton, lo cual es lo mismo que decir que había tomado distancia del país azul.

Tras el escándalo Lewinsky, los estrategas demócratas creyeron que el Presidente Bill Clinton era mala palabra. Y lo era, pero básicamente para los sectores más conservadores de la sociedad. Para los “azules”, en cambio, estaban en primer plano los logros económicos mientras que los aspectos morales los evaluaban con mayor flexibilidad. Para prueba de ello basta ver las encuestas pre y post electorales, las que demostraron que Clinton seguía manteniendo su carisma y su imagen.

Sin embargo, el candidato Al Gore hizo todo lo contrario de lo que debía hacer: separó su imagen de la del Presidente, y por supuesto que perdió. Aunque lo tenía todo para ganar.

Pasaron cuatro años desde aquel triunfo republicano por margen estrecho en el 2000, pero ya en el 2004 Bush ganó de forma inapelable y por una muy apreciable ventaja. Obtuvo casi 60 millones de votos, superando a su rival en 3 millones y medio de sufragios y convirtiéndose en el Presidente norteamericano elegido con mayor apoyo popular en toda la historia hasta entonces. También se produjo un récord de asistencia a las urnas, el cual se ubicó en el entorno del 60 %.

Sin embargo, y a pesar de que Bush amplió notoriamente su ventaja, la estructura de estados rojos y estados azules se mantuvo casi idéntica a la del año 2000.

¿Qué pasó de una elección a otra?

Ya vimos que el Partido Republicano profundizó su impecable estrategia de persuasión de su propio universo, mientras que el Partido Demócrata no hizo lo propio con el suyo.

Pero además ocurrió el 11S con toda su secuela: guerra contra el terrorismo, guerra en Afganistán, guerra en Irak, sucesivas alarmas ante presuntos nuevos ataques en territorio norteamericano…

Este contexto crítico acentuó los rasgos del electorado mayoritario de los red states: temor ante las amenazas, agudización de los estereotipos, menor espacio para la apertura y la flexibilidad, reflejos autoritarios, mayor necesidad psicológica de líderes fuertes, mayor apego a los valores tradicionales y tendencia a sobre-simplificar la realidad.

En definitiva, se trataba de un contexto óptimo para la estrategia republicana.

¿Qué podían significar para ese público del país rojo la ironía y la crítica de los intelectuales neoyorkinos, de los actores y cineastas de Hollywood, de los universitarios de todo el país, de los periodistas y los escritores, de los músicos y de todo el pensamiento liberal? ¿Qué podían significar las burlas y los ataques contra el presidente?

Para ese público al que me refiero, el del país rojo, nada de eso significaba demasiado ante todo lo crucial que sentían que estaba en juego en sus vidas. Por el contrario, el sentido con que percibían toda la ofensiva anti Bush era seguramente negativo.

¿Había un mensaje político efectivo para el país azul?

Los republicanos fueron eficientes. Llegaron a lo más profundo de la sensibilidad del país rojo. Conmovieron, conmocionaron.

En cambio los demócratas se regodearon en un tema imposible, un tema donde todas las de ganar las tenía Bush: la guerra. Por más sólida que fuera la posición demócrata en este tema, y por más débil que fuera la posición republicana, el solo hecho de que fuera uno de los principales temas de campaña ya era un éxito del presidente.

¿Podía el Partido Demócrata haber hecho otra cosa? Visto el contexto internacional del momento (guerra de Irak, Osama Bin Laden, terrorismo islámico), ¿sería posible forzar la campaña y colocar otro tema más prometedor en el centro de la agenda?

Los grandes temas del país azul eran y siguen siendo la economía, la sociedad, la educación, la salud…No podemos saber si era posible o no convertirlos en grandes ejes de la campaña. Lo que sí es meridianamente claro es que la campaña de Kerry no focalizó sus mensajes en estas áreas temáticas. Y una elección se comienza a perder cuando se ingresa en los temas del adversario y se pierde espacio para los temas propios.

Porque una campaña electoral debe ser como una línea recta, como una monografía.

El propio Partido Demócrata lo había demostrado en los años 90, en una experiencia que vale la pena recordar y tener muy en cuenta.

Los gobiernos republicanos de Reagan y de Bush (padre) habían protagonizado uno de los mayores éxitos de la política norteamericana: la caída del comunismo y la implosión histórica de la Unión Soviética y de sus aliados. Estados Unidos quedaba como la única gran potencia mundial, tanto a nivel económico como militar.

Se abría lo que para muchos había sido el sueño casi utópico de la pax americana: un mundo unipolar regido por esa única potencia mundial con sede en Washington. Y todo podía resumirse en una única imagen plena de sentidos, tan potente como ninguna. Esa imagen omnipresente era la caída del gran ícono, la caída del Muro de Berlín.

Sin embargo, pese a esta conquista histórica, el Partido Republicano perdió la Presidencia.

En aquellas elecciones presidenciales de 1992, James Carville era el asesor y estratega de los demócratas. El consultor político tenía una vasta trayectoria en la que había asesorado a figuras como el Primer Ministro inglés Tony Blair, el Presidente de Brasil Fernando Henrique Cardoso, el Canciller alemán Gerhard Schroeder, el Primer Ministro griego Constantin Mitsotakis, el Primer Ministro israelí Ehud Barak, el Presidente sudafricano Nelson Mandela y muchos más.

Fue ese consultor y en esa misma elección quien colocó en el búnker demócrata un cartel con una frase simple que ganaría luego una merecida fama histórica. La frase decía “¡It’s the economy, stupid!”.

Claro que no era solo una frase. Era la línea estratégica de la campaña. Era el santo y seña para ganar la elección. Y asesorado por Carville, el Partido Demócrata focalizó sus mensajes en la marcha de la economía. Sin irse por las ramas, sin perder el rumbo, sin entrar en los temas del adversario. La economía y solo la economía, allí estaba la elección. Había que insistir obsesiva y disciplinadamente en ese frente de batalla. Y el Partido Demócrata logró que ese fuera el tema de la campaña, y no la caída del comunismo.

Así fue como William Clinton ganó y fue Presidente.

La pregunta sigue siendo la misma que hacíamos más arriba. ¿Pudo pasar lo mismo en las elecciones 2004? ¿Había un mensaje político efectivo que los demócratas podrían haber dirigido al país azul? Tal vez sí, o por lo menos el Partido Demócrata tendría que haberlo intentado.

Táctica y estrategia en campañas electorales

Este breve estudio de las campañas exitosas de George W. Bush nos deja reflexiones de interés en este 2019 donde el presidente de los Estados Unidos Donald Trump trabaja por su reelección mientras diversos aspirantes demócratas intentan conquistar la nominación de su partido.

Posiblemente la reflexión más importante surge del hecho de que las campañas electorales ganadoras tienen un fuerte diseño estratégico. Ese diseño no surge de la inspirada intuición de un político o de un consultor sino de un estudio minucioso del electorado, en particular de su psicología política y del contexto político y psicosocial en el que se desarrolla la campaña.

A partir de ese estudio es que se toman las definiciones estratégicas básicas, unos pocos lineamientos centrales que van a articular el conjunto de la campaña. De estos ejes estratégicos depende buena parte del éxito o del fracaso.

Recién después vienen los pasos tácticos, las acciones concretas de carácter cotidiano. Este plano de la táctica debe traducir, a cada paso, los lineamientos estratégicos. Y debe hacerlo en forma minuciosa, disciplinada y precisa.

En las elecciones del año 2004 en los Estados Unidos, el Partido Republicano tomó decisiones estratégicas acertadas. Segmentó el electorado y se concentró en ese segmento. Lo trabajó intensa y coherentemente. Y ganó. Toda una lección de estrategia de campaña electoral.

Maquiavelo&Freud

https://maquiaveloyfreud.com/campanas-electorales-exitosas-george-bush/

 12 min


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