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Opinión

Carlos Raúl Hernández

La vida humana se rige por esos dos principios antagónicos y según filósofos de la cultura, las notorias diferencias entre sociedades y períodos históricos tal vez se deban al predominio colectivo de alguna sobre la otra. Entre nosotros estamos viviendo desde hace casi treinta años la edad de la ira, la destrucción, Leviatán. Tanto en la política como en la guerra y en cualquier actividad humana, el choque mal resuelto entre las dos fuerzas desgarra al hombre. Colón tenía la razón renacentista, la fuerte convicción de la redondez de la Tierra, pero no hubiera cambiado el mundo sin el fuego interior que lo hizo salir de la comodidad a retar su destino.

Así forcejeó años por hacer posible su alocada expedición, para luego embestirle al infinito mare tenebrosum. Sin pasión habría sido como miles de navegantes innominados que también sabían lo que él. Sócrates no habría inventado el conocimiento sin tentar a la muerte. Nada importante se logra sin voluntad, en una batalla que se da primero en el corazón y señala el destino de cada uno, aunque la cultura y las instituciones fuerzan a controlarla en beneficio de la razón, por lo menos en el dominio público. En el fuero interno la lucha es tan feroz que puede llevar al nirvana o a la destrucción.

Homero las encarna en dos personajes eternos. Aquiles, la violencia, “que soltó chorros de sangre negra”, incapaz de soportar la contradicción, esclavo de la soberbia, aplastante e inderrotable, salvo por su única fragilidad. El talón que simboliza su debilidad por dos seres, Criseida y Patroclo, su extraña pasión bipolar. Por él se dirige a la muerte y por ella muere. Aquiles un semidiós, cae a los veintinueve años. La otra es Ulises, el estratego, que a diferencia vive hasta muy anciano, un extraordinario coraje embridado por la razón, no para aplastarlo sino para triunfar. El valor no lo domina sino él domina su valor.

Simpatía por el diablo

No va perderse el canto de las sirenas seductoras y asesinas, pero se hace amarrar al mástil para no sucumbir a ellas. Es por ese equilibrio que logra conducir la guerra y ganarla, retornar a Itaca en la terrible Odisea y, casi perdidas sus propiedades y Penélope, utiliza la inteligencia para recuperarlo todo. Según documento confidencial del gobierno americano una intervención en Venezuela costaría miles de muertes, años de presencia militar, decenas de millones de dólares y no se sabe qué quedaría después de lo que fue un país.

El otro Moloch conduce a ahorcar la ciudadanía por hambre. Claro que la destrucción se debe al modelo socialista como en todas partes donde se aplicó, pero las sanciones operan como si a un presidiario enfermo, hambriento y debilitado, lo ponen a correr media maratón en vez de hospitalizarlo. ¿Existe algo o alguien con quien Ud. no hablaría para evitar que su país se destruya? “¡No se puede negociar con delincuentes!”, vociferan almas cándidas que piden guerra sin saber lo que dicen y a quienes nunca les secuestraron un familiar. Hablar hasta con el diablo si fuera necesario, y Fausto incluso pactó con él.

Pero por fin se enciende un bombillo con la reunión en Oslo, cosa que hay agradecer profundamente al gobierno Noruego. Que parlamenten, se vean, se sienten juntos civilizadamente, que hagan uso de todas las triquiñuelas y astucias odiseas, pero que lleguen en algún momento a un acuerdo, y aunque este encuentro no ofreció mucho, sirvió para que trastabillara el odio por las soluciones pacíficas en los gruppies y fans. Estimula ver en las redes a los mismos que excomulgaban la posibilidad de dialogar, comenzar su camino de Damasco.

Tripa vacía vs. fusil

Así es posible que aprendamos a no dejar escapar la palabra definitiva, a no pisar el terreno del letrero que dice “quien llegue hasta aquí, pierda toda esperanza”. A no incinerar los recursos de la razón, paz, elecciones, negociaciones, convivencia, tolerancia, ante los pies de dioses de la pasión desenfrenada, Moloch que se apaciguan con la sangre y el olor a grasa quemada de los sacrificios bárbaros. Cuando eliminamos o desacreditamos los instrumentos de la política civilizada, la sociedad se queda inerme, cede la capacidad de decidir a los fusiles de los que carecemos o a fuerzas exógenas que disponen de nosotros.

De las peores secuelas de abandonar las vías democráticas y electorales, es que perdimos la melena y el poder, y pasamos a ser cachorros en manos de otros. Citaba el dramaturgo José Tomás Angola una frase clásica: “para cualquier perro su amo es Dios. Por eso muchos hombres prefieren los perros a otros humanos”. Los conductores que hicieron historia, para bien o para mal, se cuidaron de dejar abiertas puertas para la oportunidad. Nixon negoció y pactó con Mao Zedong, Bolívar con Morillo, los norteamericanos con los vietnamitas.

El diálogo de Oslo está atrapado entre dos mantras de hierro, que confiamos puedan derretirse: Maduro no se va y cese de la usurpación. Si hay una posibilidad de cambio real, las elecciones supervisadas por el mundo entero debían darse con garantías para ambos bandos. Cambio del CNE, un reclamo masivo, y mecanismos y transicionales en manos que hagan institucionalmente imposibles las venganzas con o sin Maduro en el cargo. Pero llevamos casi tres décadas de tochadas irracionales…

@CarlosRaulHer

 4 min


Joseph E. Stiglitz

¿Qué tipo de sistema económico es más conducente al bienestar humano? Esa pregunta ha llegado a definir la época actual porque, después de 40 años de neoliberalismo en Estados Unidos y en otras economías avanzadas, sabemos lo que no funciona.

El experimento neoliberal –impuestos más bajos para los ricos, desregulación de los mercados laboral y de productos, financiamiento y globalización- ha sido un fracaso espectacular. El crecimiento es más bajo de lo que fue en los 25 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, y en su mayoría se acumuló en la cima de la escala de ingresos. Después de décadas de ingresos estancados o inclusive en caída para quienes están por abajo, el neoliberalismo debe decretarse muerto y enterrado.

Hay por lo menos tres alternativas políticas importantes que compiten para sucederlo: el nacionalismo de extrema derecha, el reformismo de centroizquierda y la izquierda progresista (la centroderecha representa el fracaso neoliberal). Sin embargo, con excepción de la izquierda progresista, estas alternativas siguen estando en deuda con alguna forma de la ideología que ha expirado (o debería haber expirado).

La centroizquierda, por ejemplo, representa al neoliberalismo con un rostro humano. Su objetivo es trasladar las políticas del ex presidente norteamericano Bill Clinton y del ex primer ministro británico Tony Blair al siglo XXI, haciendo sólo revisiones tenues a los modos prevalecientes de financiamiento y globalización. Mientras tanto, la derecha nacionalista reniega de la globalización y culpa a los migrantes y a los extranjeros de todos los problemas de hoy. Aun así, como ha demostrado la presidencia de Donald Trump, no está menos comprometida –por lo menos en su variante norteamericana- con los recortes impositivos para los ricos, la desregulación y el achicamiento o eliminación de los programas sociales.

El tercer campo, en cambio, defiende lo que llamo capitalismo progresista, que prescribe una agenda económica radicalmente diferente, basada en cuatro prioridades.

La primera es restablecer el equilibrio entre los mercados, el estado y la sociedad civil. El crecimiento económico lento, la creciente desigualdad, la inestabilidad financiera y la degradación ambiental son problemas nacidos del mercado y, por lo tanto, no pueden ser resueltos, ni lo serán, sólo por el mercado. Los gobiernos tienen la obligación de limitar y delinear los mercados a través de regulaciones ambientales, de salud, de seguridad ocupacional y de otros tipos. También es tarea del gobierno hacer lo que el mercado no puede hacer o no hará, como invertir activamente en investigación básica, tecnología, educación y la salud de sus votantes.

La segunda prioridad es reconocer que la “riqueza de las naciones” es el resultado de la investigación científica –aprender sobre el mundo que nos rodea- y de la organización social que permite que grandes grupos de personas trabajen juntos para el bien común. Los mercados siguen teniendo un rol crucial que desempeñar a la hora de facilitar la cooperación social, pero sólo cumplen este propósito si están subordinados al régimen de derecho y son objeto de controles democráticos. De lo contrario, los individuos pueden enriquecerse explotando a otros, generando riqueza a través de la búsqueda de renta en lugar de creando riqueza a través de una creatividad genuina. Muchos de los ricos de hoy tomaron la ruta de la explotación para llegar adonde están. Se han visto muy favorecidos por las políticas de Trump, que han alentado la búsqueda de renta destruyendo al mismo tiempo las fuentes subyacentes de creación de riqueza. El capitalismo progresista busca hacer precisamente lo contrario.

Esto nos lleva a la tercera prioridad: abordar el creciente problema del poder de mercado concentrado. Al explotar las ventajas de la información, comprar a potenciales competidores y crear barreras de entrada, las empresas dominantes pueden comprometerse en una búsqueda de renta de gran escala en detrimento de todos los demás. El incremento del poder del mercado corporativo, junto con la caída del poder de negociación de los trabajadores, ayuda a explicar por qué la desigualdad es tan alta y el crecimiento tan débil. A menos que el gobierno asuma un papel más activo de lo que prescribe el neoliberalismo, estos problemas probablemente se vuelvan mucho peores, debido a los avances en el campo de la robótica y la inteligencia artificial.

El cuarto punto clave en la agenda progresista es disociar el poder económico de la influencia política. El poder económico y la influencia política se refuerzan mutuamente y se perpetúan a sí mismos, especialmente donde los individuos ricos y las corporaciones pueden gastar sin límite en las elecciones, como sucede en Estados Unidos. En la medida que Estados Unidos se acerque cada vez más a un sistema esencialmente antidemocrático de “un dólar, un voto”, el sistema de controles tan necesario para la democracia quizá no pueda resistir: nada podrá restringir el poder de los ricos. No se trata simplemente de un problema moral y político: a las economías con menos desigualdad en verdad les va mejor. Las reformas progresistas-capitalistas, por ende, tienen que empezar por recortar la influencia del dinero en la política y reducir la desigualdad de la riqueza.

No hay una solución mágica que pueda revertir el daño provocado por décadas de neoliberalismo. Pero una agenda integral según los lineamientos planteados más arriba decididamente puede hacerlo. Mucho dependerá de si los reformistas son tan decididos a la hora de combatir problemas tales como el excesivo poder del mercado y la desigualdad como lo es el sector privado para crearlos.

Una agenda integral debe centrarse en la educación, la investigación y las otras fuentes verdaderas de riqueza. Debe proteger al medio ambiente y combatir el cambio climático con la misma vigilancia que los partidarios del Nuevo Trato Verde en Estados Unidos y Rebelión contra la Extinción en el Reino Unido. Y debe ofrecer programas públicos que garanticen que a ningún ciudadano se le nieguen los requisitos básicos de una vida decente. Estos incluyen seguridad económica, acceso al trabajo y a un salario digno, atención médica y vivienda adecuada, un retiro seguro y una educación de calidad para los hijos.

Esta agenda es sumamente alcanzable; de hecho, no podemos no implementarla. Las alternativas ofrecidas por los nacionalistas y los neoliberales garantizarían más estancamiento, desigualdad, degradación ambiental y acrimonia política, lo que conduciría potencialmente a desenlaces que ni siquiera queremos imaginar.

El capitalismo progresista no es un oxímoron. Más bien, es la alternativa más viable y vibrante para una ideología que claramente ha fracasado. Como tal, representa la mejor oportunidad que tenemos de escapar de nuestro malestar económico y político actual.

Mayo 30, 2019

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/after-neoliberalism-progres...

 5 min


Se aproximan los días en que pongamos fin a la usurpación criminal de Maduro, Padrino, Cabello y sus cómplices fascistas. Hemos aprendido de su total falta de escrúpulos, de principios y de consideraciones éticas o humanitarias, para salirse con las suyas. Por tanto, debemos tomar todas las previsiones necesarias para evitar el saboteo de la mafia desplazada y asegurar que la transición hacia la democracia sea exitosa. Esto significa, entre otras cosas, saber lidiar acertadamente con las expectativas albergadas por tanto venezolano desesperado por resolver de inmediato sus condiciones de vida. Ciertamente, los lineamientos del Plan País, en manos de un gobierno competente, auguran una rápida mejora de la situación nacional, sobre todo si se cuenta con amplio apoyo financiero internacional, generando empleo cada vez mejor remunerado, abastecimiento pleno de bienes y medicamentos, recuperación de los servicios públicos y disminución de la inseguridad. El problema está en que el grado de destrucción bajo Maduro ha sido tal que plantearse alcanzar niveles medianamente aceptables de vida, como estábamos acostumbrados los venezolanos, no ocurrirá de pronto. Habremos de heredar un estado fallido, descompuesto, casi inoperante. Evitar que las dificultades a enfrentar o la velocidad de los cambios sea menor al deseado y se conviertan en pasto de la demagogia de las mafias fascistas para dar al traste con la transición es, por tanto, un imperativo en la conducción política del proceso.

Un aspecto a incluir como respuesta es dar a conocer profusamente los detalles y alcances de la devastación generada por estas mafias depredadoras. El aspecto comunicacional, reiterado y claro, será crucial. Que se evite, en lo posible, el choque de expectativas con la dura realidad como ocurrió con la victoria electoral de Carlos Andrés Pérez para su segunda presidencia, que llevó a muchos ilusionados a esperar un regreso mágico a la bonanza de la “Gran Venezuela” de su primer gobierno. Si bien el ajuste ahora no será contractivo, como fue entonces, sino expansivo, liberando las fuerzas productivas, las condiciones de las cuales se partirán son excesivamente precarias. Que se entienda que regresar a los niveles de consumo alcanzados durante 2012, último año del gobierno de Chávez, cuando el petróleo estaba a $100 el barril, se contaba con enormes sumas por endeudamiento público y se “botó la casa por la ventana” a cuenta de las elecciones, no será posible sino con el esfuerzos sostenidos durante años por incrementar la competitividad, aprovechar el talento y los recursos de la nación, estimular la iniciativa privada, atraer importantes inversiones extranjeras y reformar cabalmente el sector público. Que nadie se ilusione con que basta con salir de esta mafia criminal para que regresemos, por arte de magia, a la prosperidad que nos deparó en el pasado la renta petrolera.

La viabilidad social y política de la transición democrática habrá de descansar en que el venezolano entienda que la Venezuela rentista es hoy una quimera que quedará para siempre sepultada. Si en algo sirven modestas explicaciones como las ofrecidas en estas páginas, bienvenidas sean.

Economista, profesor de la UCV.

humgarl@gmail.com

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 2 min


No cabe duda que la permanencia del actual gobierno, del presidente usurpador y todo su gabinete, igualmente usurpador, impide cualquier solución a la grave crisis que vive el país. Teniendo ese punto claro, es preciso analizar otras variables que afectan cualquier negociación, en cualquier parte del mundo.

Por ejemplo, si algo quedó claro en las jornadas del 23F, y más concretamente del 30A, es que no hay fuerza militar, real, ni amenaza creíble que pueda desalojar del poder, en lo inmediato, a la dictadura venezolana. Quizás si de algo es “culpable” el presidente Juan Guaidó es de sobreestimar el carácter constitucional, institucional o democrático de la Fuerza Armada, error de cálculo que no puede ser reprochable.

Por otra parte, un “enfrentamiento” de la sociedad civil con el actual régimen –capaz de reprimir cualquier oposición en su contra, sin piedad, brutalmente, sin remordimiento, ni atención a principios constitucionales o democráticos–, es totalmente impensable. Sin contar con que, en un escenario semejante de represión, la FFAA se puede ver tentada a asumir el poder, directamente, sin ningún disimulo como el que ahora existe, lo que sería altamente negativo, pues perpetuaría por tiempo indefinido la actual situación.

Por lo tanto, no va quedando otro camino sino avanzar en una negociación, que tampoco es un camino fácil o despejado, sino duro y en el cual en la oposición no partimos con ventaja y debemos tomar en cuenta algunos factores.

Por ejemplo, creo que no podemos seguir alimentando la falacia o el mito de que es el gobierno el que busca “ganar tiempo” con una negociación; porque el régimen tiene “todo” el tiempo; somos nosotros los que tenemos que recuperar terreno. Podrá haber otros factores –que son un cierto “misterio”– los que impulsen a la dictadura a aceptar una negociación, pero no creo que sea la presión interna de la oposición. El régimen no “siente” esa presión, al menos por el momento, dada la poca movilización interna; la presión interna se debe mantener e intensificar, aunque en el pasado eso no parece afectar al régimen, pues ha demostrado que lo que les interesa es mantener el poder y no le importa lo más mínimo la suerte de los venezolanos.

Por otra parte, la presión internacional hasta el momento no se ha constituido en una verdadera “amenaza creíble, que le importe al régimen”; y por “amenaza creíble, que le importe al régimen”, me refiero a una que haga sentirse amenazados a quienes ejercen actualmente el poder; amenazados en lo personal, ellos, sus familias, sus bienes y fortunas, que sientan que su comodidad y seguridad peligra, que es lo único que podría moverlos o perturbarlos. Sin embargo, en el escenario internacional se está “tocando una tecla” que ha obligado a la dictadura a aceptar la negociación.

Al no estar nadie dispuesto al uso de una fuerza militar, no es extraño, entonces, que la vía “diplomática” y de la negociación es la que se esté imponiendo, fuertemente empujada además por la UE, Canadá y los propios EEUU. Se nos abre entonces, la opción de una negociación que al final –y conste que digo al final, sin establecer un límite de tiempo– conduzca a un proceso electoral y eso está sometido a varias condicionantes. Resuelto el tema de “mediadores” o “facilitadores”, que podrían ser Noruega, el Vaticano o cualquiera de los países del llamado Grupo Internacional de Contacto de la UE, queda por definir una agenda y en ella las condiciones de un proceso electoral que sea aceptable. Y deliberadamente no digo: “mutuamente” aceptable, digo aceptable para nosotros.

Las condiciones de la oposición, ideales, serían: habilitación de partidos y candidatos; un nuevo CNE; presencia de fuerte observación nacional e internacional; actualización del registro electoral, para que se inscriban varios millones de nuevos votantes, rezagados, y para que puedan votar varios millones de venezolanos que están en el exterior; que se cumplan –bajo supervisión internacional– las leyes electorales en materia de financiamiento de campaña electoral, publicidad, usos de recursos públicos; que se revisen los movimientos y ubicación de centros electorales; que se sorteen de manera imparcial los miembros de mesa; que se permita sin amenazas la actuación de testigos electorales.

Las preguntas son: ¿Cuáles de estas condiciones son las “mínimas”, para que la oposición acepte ir a un nuevo proceso electoral? ¿Tiene la oposición la fuerza suficiente para imponer o lograr que la dictadura acepte estas condiciones? ¿En que tendrá que ceder la oposición, a cambio de que se acepten sus condiciones? ¿O es que alguien cree que tenemos “ganada la apuesta”? Por eso dije que somos nosotros los que tenemos que recuperar terreno con la negociación.

Eso es lo que hay que trabajar con los aliados internacionales, para ver cuántos de esos puntos se pueden lograr. Que por otra parte son los normales y lógicos de cualquier proceso electoral. Solo lo de los nuevos votantes y los votos en el exterior es un punto específicamente venezolano, pero crucial, pues estamos hablando entre ambos de 5,5 millones de votos, que deciden cualquier elección. Pero además, habría que trabajar, con los aliados internacionales, –y esto es lo más difícil– el punto de tener dispuesta la amenaza creíble de una intervención militar si la dictadura desconoce o escamotea una victoria electoral opositora y se niegan a entregar el poder; eso podría implicar tener tendidos algunos “puentes de plata”, amnistía, para personajes del régimen, tema del que no les gusta hablar a muchos, que se rasgan las vestiduras cada vez que escuchan la palabra.

Al final, llegamos al mismo punto: ¿será la fuerza la que termine persuadiendo o forzando al régimen a que se acepte una salida?: la electoral; sí, y solo sí, nos aseguramos que tras el proceso electoral la dictadura acepte los resultados. En síntesis, tan solo esto es una larga y fuerte agenda de negociación, –interna, con los aliados y con el régimen–, que tiene por delante el gobierno del presidente Juan Guaidó. Y lo electoral no es lo único, ni el fin de la ruta, pero ese es ya otro tema.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 4 min


Advierto, para curarme en salud, que en estas cuartillas exponen ideas que no son nada nuevas e, incluso, reiteran algunas que yo mismo he escrito. Lo hago, además, a riesgo de que horas después de redactarlas, pierdan vigencia, tal es el clima de incertidumbre en el que transcurre el país. Pero lo hago porque es un asunto que importa demasiado para la vida de todos nosotros, no hay, pues, que quitar el dedo de la tecla. En este caso, la terquedad es un mandato. Hay que hablar, pues, de la política, de la urgencia que tenemos de rescatarla mediante el diálogo y la negociación, haciéndole frente a los vientos que soplan en su contra desde varios lados y diferentes argumentos.

I.

El ya viejo conflicto político venezolano fue agravado sensiblemente el 20 de mayo del año pasado como consecuencia de unas elecciones absolutamente irregulares, de las que diversas organizaciones dieron debida cuenta (puede consultarse, por ejemplo, la página web del Observatorio Electoral Venezolano), poniéndole, así, un nuevo condimento a la complicada situación nacional. Me refiero a la ilegitimidad de origen del nuevo gobierno.

Se ha replanteado, entonces, la necesidad de un diálogo que muestre la posibilidad de una salida que le abra otro escenario al país. Un diálogo que tiene, como es obvio suponer, sus particulares complicaciones derivadas de varios factores, entre los que cabe mencionar la profundidad y extensión a todos sus ámbitos de la crisis nacional, la fragmentación del liderazgo político, la enorme gravitación de los militares encuadrados en sus intereses corporativos, el peso de la comunidad internacional etcétera.

En parecido sentido a lo señalado en el párrafo anterior, es menester agregar que el gobierno se secó dese el punto de vista político - desgastó sensiblemente al chavismo - y no cuenta con mensaje ni propósitos creíbles ni factibles para la sociedad, tan sólo dispone de una épica mustia, ridiculizada por la terquedad de los hechos, al paso de que su gestión se ha ido pareciendo cada vez más al viejo socialismo real, con injertos provenientes de una cierta derecha y una dosis de la fórmula del “conforme vaya viniendo vamos viendo”. Un gobierno, en fin, que solo deja clara su intención de continuar gobernando - en función de intereses grupales y personales amparados por el poder-, cosa que hace en clave autoritaria, hoy en día sin siquiera la precaución del disimulo.

Por su parte, los sectores de oposición evidencian no tener una buena lectura de lo que ocurre en el país y no han conseguido aún capitalizar políticamente el inmenso rechazo existente contra el gobierno. Además muestran grietas internas inadmisibles que dificultan llegar a posiciones y estrategias comunes.

II.

La crisis venezolana no se puede intentar resolver de cualquier manera. Los acuerdos necesarios para superarla solo pueden nacer del dialogo, que, según lo indican los manuales correspondientes, supone la identificación de los límites del espacio común, reconociendo al otro y regulando las diferencias que separan. El fracaso en el diálogo es derrota para todos. Hay, pues, que recuperar la conversación política tras dos décadas sin tenerla. Regresar a la palabra para negociar en nombre del interés de todos, sabiendo que no hay otro invento a la vista para coser la vida nacional. Y, plagiando a Perogrullo - algunos dirán que en su versión más ingenua-, su trasfondo no debe ser la disputa por el poder, sino el drama que vive la mayoría de los venezolanos.

Tal como se encuentra planteada la ecuación política venezolana, no pareciera haber solución si no se opta por la vía electoral. Hay, así pues, que realizar unas elecciones presidenciales, bien sean solas o junto a otras (parlamentarias, por ejemplo), cumpliendo con los requisitos debidos y bajo la responsabilidad de un arbitraje institucional imparcial, que, es bueno apuntarlo, va más allá del CNE.

Acordando unas votaciones se habrá cumplido, entonces, con una condición necesaria, más no suficiente para encarar la crisis política y comenzar a despejar, aún antes de que se celebren, el camino que permita irla desenredando en sus otras dimensiones. Es así porque la democracia no se fundamenta solo en la agregación aritmética de preferencias traducidas en sufragios, sino en una cadena interminable de eventos que suponen la deliberación necesaria a fin de aterrizar en consensos que sustenten la convivencia social. En este sentido hay que recordar que la democracia no sólo existe a partir de la construcción de mayorías, sino de la construcción de amplios acuerdos. Como escribió el politólogo Robert Dahl, los votos no instruyen al gobierno, sólo lo integran.

III.

Desconozco, imagino que no soy el único, las maneras mediante las que el impasse venezolano llegó hasta Oslo, en donde desde hace algunas semanas está teniendo lugar un proceso de mediación, fase previa para que la oposición y el gobierno inicien un diálogo y una negociación. Menuda tarea, de bisagra, la que le toca llevar a cabo a los noruegos, labor que realizan a través de un equipo especializado, financiado por su cancillería, de larga experiencia en distintos países del mundo, obrando siempre desde su indiscutible neutralidad y sin esconder bajo la manga intereses propios.

A pesar de la adversidad y el escepticismo de algunos poderosos micrófonos, nacionales e internacionales, es éste un proceso que cuenta con el apoyo de la mayoría del país. A los venezolanos no nos queda otra, entonces, que presionar para que continúe y finalice dejándonos como saldo la oportunidad de poder vivir en una sociedad que no parezca calle ciega, sino horizonte.

El Nacional, 31 de mayo 2109

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La ambición desmedida de mantenerse en el poder como sea del autócrata Nicolas Maduro es la causa principal de la tragedia y del colapso que padecemos en Venezuela.

Cuando mueren niños por falta de tratamiento médico, y la población en general no tiene alimentos ni medicinas. Estamos en una emergencia, una verdadera y profunda crisis humanitaria que nos plantea la urgencia de detener la destrucción del país evitando mayores traumas y dolor.

Un acuerdo para realizar elecciones generales con un nuevo CNE, con todas las garantías democráticas que estamos exigiendo, es decir, sin presos políticos, sin inhabilitados, sin exiliados y con la presencia de observadores internacionales independientes que sean garantes de la más absoluta transparencia en el respeto al derecho al voto que ha estado asediado por el ventajismo y el fraude, de lo cual hay suficientes evidencias como demostró el robo de las elecciones regionales a Andrés Velásquez.

El cambio político que exige el país pasa por abrir la vía electoral que ha sido cerrada por el abuso y las trampas del régimen.

Toda nuestra lucha y la presión internacional tiene como objetivo lograr la plena vigencia de la Constitución y las leyes para sustituir a la casta corrupta que se ha adueñado de Venezuela, principal causa de el hambre y la violencia.

Debemos detener la destrucción. Esa es la prioridad. Como lo ha dicho el presidente encargado Juan Guaidó, cuando vamos a Noruega con el respaldo de la comunidad internacional, estamos exigiendo a Maduro que se aparte para facilitar desde la Asamblea Nacional la hoja de ruta que nos lleve a un desenlace político y pacífico para atender de manera inmediata la grave crisis humanitaria que sufre la mayoría del país.

¿Cómo resolver entonces los nudos críticos? De entrada, los representantes de Guaidó deben exigir a los de Maduro la liberación de los presos políticos ilegalmente encarcelados, muchos de ellos incomunicados y sometidos a una sistemática violación de sus derechos humanos.

Por ejemplo, ¿qué hacer con la falsa asamblea constituyente? ¿Cómo lograr un equilibrio con contrapesos que dé garantías a las partes desde el TSJ y la AN?, ¿Cómo organizar y preparar un proceso electoral complejo en medio de tanta desconfianza?

A estas y otras preguntas debemos encontrarle respuesta para evitar que la violencia y el conflicto armado nos trituren aún más como país en esta diabólica mecánica que trata de imponer la dictadura.

Es comprensible la desesperación y la falta de racionalidad política de quienes creen que lo deseable es una intervención militar multilateral, sin revisar las experiencias de otros pueblos que han pasado por guerras y conflictos para finalmente tener que negociar acuerdos encima de miles de cadáveres y una historia manchada de sangre cuyas heridas son de muy difícil curación.

El régimen utiliza las consignas guerreristas para intimidar, la presencia cubana y rusa para amedrentar, la represión, torturas y asesinatos para aterrorizar. Estamos frente a una cleptocracia y por ello el desafío es mayor para utilizar todas las herramientas de la política con inteligencia y creatividad, debe servirnos para lograr, con el apoyo contundente de la comunidad internacional, una salida por la calle del medio para construir una verdadera democracia de todos y para todos.

Debemos evitar entonces que la política se convierta en un mantra, en un dogma. Nuestra propuesta debe ser flexible y ajustable en lo estratégico.

La dinámica política y la correlación de fuerzas, deben priorizar el orden de las opciones. Lo deseable sería iniciar la transición luego de realizar unas elecciones generales libres con un gobierno de unidad nacional. Es decir, lograr entre todos el cese de la usurpación, con votos y sin balas.

Twitter: @TablanteOficial

Facebook: Carlos Tablante

Web: www.carlostablante.com

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En el campo venezolano, el mes de mayo siempre ha sido esperado por los agricultores, y en general, por las familias campesinas, para iniciar la siembra de las semillas que generarán los alimentos, que generarán los beneficios para disfrutar de una vida confortable y plena luego de meses de arduo trabajo fertilizando los terrenos, limpiándolos, controlando plagas, recolectando los frutos de la labor, despachándolos a los sitios de acopio o de consumo, vendiéndolos.

¿Por qué el mes de mayo? Porque es cuando se inicia el período de lluvias en casi todo el territorio nacional. Lluvias que saciarán la sed de los suelos resecos por el fuerte y prolongado verano. Agua de la lluvia que será retenida en los poros del suelo para alimentar a las plantas, cuyas raíces hurgarán el suelo buscando sus alimentos diarios disueltos en este maravilloso líquido.

Es el mes cuando los campos reverdecen, cuando se ablandan suficientemente para que las semillas germinen y las pequeñas plantas puedan emerger y continuar su vida, libres en el espacio y bañadas por el sol, para fotosintetizar y producir materia orgánica, alimentos directos o indirectos para los organismos heterotróficos que habitamos la tierra.

Cuando llega mayo ya las fincas están repletas de los insumos necesarios para la siembra: fertilizantes y semillas, herbicidas e insecticidas, llenan galpones y anaqueles. Tractores a tono y equipos agrícolas como rastras, abonadoras, sembradoras, asperjadoras y otros, en perfecto estado y chequeados en campo. Todo eso acompañado de la algarabía de los trabajadores, operadores de maquinarias, obreros de todo tipo, la satisfacción del agricultor coordinando las actividades, en la fresca madrugada que cada día es aromatizada por la fragancia de un café recién colado.

Cuando finaliza mayo, cuando pasa mayo, ya los campos están sembrados, y la esperanza del agricultor en un nuevo ciclo de cultivo se encuentra sustentada por el arduo trabajo realizado hasta la fecha. Por eso el mes de mayo es tan esperado por los productores del campo, comenzando allí la producción de alimentos para la población del país.

Hasta hace pocos años, quizás diez años atrás, se logró producir un 70% o más de los alimentos requeridos por los treinta millones de venezolanos; sin embargo, ese porcentaje ha venido en picada hasta llegar el año pasado, 2018, a estimarse que solo se produjo alimentos para cubrir el 20% de los requerimientos. Pero las expectativas para este año, 2019, son aún peores, más desalentadoras, cuando se está estimando que ni siquiera se llegará al 20% de los requerimientos.

Estos años sin agricultura, con nuestros campos vacíos, el agua de la lluvia se irá fluyendo a través de ríos, caños y quebradas de cada cuenca hidrográfica, a perderse en su mayoría hacia el mar. La que infiltra en el suelo se irá a los acuíferos profundos o se evaporará desde los poros de suelo para perderse en la atmósfera. No habrá raíces suficientes que la puedan utilizar, más allá de las raíces de malezas que ocuparán los espacios donde deberían estar plantas de maíz, arroz, soya, caña de azúcar, girasol, algodón, hortalizas, raíces y tubérculos, y otras.

Por eso decimos que pasó otro mayo, el cual perdimos nuevamente por la incuria e ignorancia de nuestros gobernantes, o por su mala intención, quien sabe…..

Mayo 2019

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