Pasar al contenido principal

Maxim Ross

El socialismo ahogó a Venezuela

Maxim Ross

Mucha vuelta y argumento se ha dado y escrito para encontrar las causas de la debacle venezolana y todas apuntan en distintas direcciones. Unas se atribuyen al tema petrolero, a la volatilidad de los precios y su severo impacto en la economía cuando se reducen, otras a las crisis que ha sufrido nuestra democracia por la recurrencia de eventos militares contra ella. Otras, por las dificultades para llegar a un consenso político sostenible para conseguir un desarrollo económico sostenible y a largo plazo.

En mi opinión, la causa fundamental que nos ha llevado a la situación actual radica en que la economía venezolana siempre se condujo y gobernó bajo una visión y perspectiva socialista, aunque de distintos géneros, proporciones y profundidad, dependiendo de determinados momentos históricos. Dicho de otra manera, nunca funcionaron reglas de juego calificables dentro del orden capitalista, con sus consecuencias en el orden social y cultura. Por otra parte, la presencia del petróleo potenció ese orden configurando un Estado super poderoso, guiado por aquella perspectiva. Socialismo, montado en el petróleo y el Estado, convivieron durante mucho tiempo para mal de Venezuela.

No se crea que me estoy refiriendo al llamado socialismo del siglo XXI, el cual, sin lugar a dudas es exclusivamente culpable de los resultados que muestran la sociedad y la economía venezolana en los últimos años, pero este es el socialismo en su versión extrema, con su profundo componente ideológico marxista, aunque intente disimularse entre bastidores y utilice tácticas del día a día necesarias para mantenerse en el poder político.

Sin embargo, este no es el único socialismo que nos ha conducido hasta aquí, pues se nos ha presentado históricamente en sus distintas versiones, desde las posiciones extremas “antiimperialistas”, cuando llegó el petróleo a Venezuela, ejemplarizadas en las posiciones originales del entonces Partido Comunista y de algunos autores de esa tendencia, hasta el mas moderado en que terminó el ideario de una Acción Democrática, una URD, un MEP, un MAS y un COPEI. Si se examina con cuidado la ruptura politica que representó la llamada “Revolución de octubre de 1945”, encontramos que, mas allá de sus postulados políticos, ya había allí un claro contenido de cómo manejar la economía y de un rol predominante para el Estado.

Los momentos más significativos de ese socialismo venezolano, los revelan dos hechos sustantivos. El primero, la conducción de la economía a partir de 1958, inspirada en las ideas de la CEPAL y del “Plan quinquenal”, el cual se materializa con especial precisión en el ya famoso 5º Plan de la Nación, con su consabida dirección, profundidad y efectos nocivos.

De allí en adelante, en sus distintas versiones predominó lo que llamaría, la “aversión al capitalismo” que puede conseguirse en todos los partidos políticos que gobernaron a Venezuela. Nunca, se permitieron reglas del juego que hubiesen impulsado una real y autentica economía de mercado. Una economía capitalista.

Desde luego, el petróleo jugó un papel central en ese desarrollo y en la consolidación de una economía completamente sesgada contra el capital de origen venezolano, no porque este no mereciese ser controlado y regulado, como sucede en cualquier economía o país capitalista. No por esa razón, sino porque esa concepción frustró y aniquiló toda posibilidad de desarrollar una economía independiente del Estado y del petróleo. Intentos hubo, si, pero de tal timidez, de tal temor, de tales prejuicios, que triunfó la regla de oro socialista y estatista. La alusión al “capitalismo salvaje”, en palabras de uno que otro presidente lo ilustra claramente

Hoy estamos viviendo la remora de esas ideas con la casi completa desaparición del capital privado o del sector privado venezolano, a menos que se pliegue a las reglas de esta mezcla de ideas que simboliza el gobierno actual, porque del anterior no caben dudas de su arremetida contra el capital, llevándolo al extremo de la destrucción.

Pero, que quede claro no está allí el único origen de nuestros males. Está en el ideario socialista, abierto o disfrazado que todavía sigue presente en nuestros nuevos partidos políticos que no se atreven, o no quieren enfrentar la realidad de la destrucción que esas ideas causaron a Venezuela. Comprendo que rebelarse contra ellas puede ser difícil, en una época en la que el capitalismo está sometido a criticas y a una gran prueba, pero lo peor que les puede pasar y, con ellos a toda Venezuela, es caer en la trampa de abrazar el socialismo, sea del estilo chino o cubano, o ese disimulado que ahora anda por allí disfrazado de anti racismo, de igualitario y progresista.

Ojalá surja un liderazgo que tenga la mente clara, que comprenda y asimile bien esta lección de la historia venezolana y ponga la mira en una estrategia apropiada, ya no politica, pensando en elecciones, negociaciones, apoyos internacionales, etc. etc., sino con vistas a una verdadera reconstrucción económica, politica, institucional y social para Venezuela que no responda al ideario socialista de cualquier índole. No lo veo venir, a juzgar por lo leído y escuchado en sus documentos, presentaciones y discursos, pero cabe la esperanza de que aparezca con la severa lección que nos deja esta última experiencia de ensayo “socialista”

Venezuela, como país, como sociedad civil no tiene posibilidad de sobrevivir y sostenerse en el largo plazo, si no desarrolla una economía fundamentada en las reglas del mercado, desligada completamente de los apoyos, intervenciones y controles del Estado y con un protagonismo expreso del sector privado venezolano, incluyendo una abierta y definitiva participación en el negocio petrolero.

¡No estamos en una crisis!

Maxim Ross

Hace tiempo atrás publiqué un artículo con el mismo nombre y con el mismo argumento, porque sigo observando cómo, economistas, analistas y políticos siguen empleando el mismo concepto para identificar lo que sucede en Venezuela y, por consecuencia, proponen soluciones correspondientes a esa definición. Decía, en aquel momento: “No creo que estemos frente a un fenómeno de crisis, al menos en su sentido convencional. El examen de la situación de Venezuela desde ese punto de vista es errado y nos lleva a conclusiones y propuestas equivocadas”

¿Qué es una crisis?

De varios lugares tomamos el concepto de crisis y todos van en la misma dirección: la “interrupción de un proceso inercial”, “la ruptura o separación”, “hechos que producen un quiebre” o la “inestabilidad de una inercia”. Todos ellos, como vemos, encierran la idea de una ruptura de un equilibrio que es independiente de la acción de un individuo o grupo, que es precisamente lo importante en nuestro caso.

Varios casos para aclarar la tesis que defiendo. En el mercado político se puede ver muy claramente con los gobiernos parlamentarios, cuando el partido que tiene la mayoría la pierde, se produce una crisis política y se resuelve con un llamado a elecciones. En el terreno económico existen ilustraciones claras de su significado como lo fueron los distintos casos experimentados por el mundo contemporáneo, la Gran Depresión, la reciente “crisis financiera” del 2007-2008.

Observamos, entonces que, tanto en los casos políticos o económicos que refiero, el patrón común, el patrón de consistencia de lo que se puede llamar “crisis” es producto de la ruptura de una inercia, de una situación espontanea, que se genera dentro del propio sistema, inesperada y no provocada intencionalmente. En este sentido la distinción entre una crisis y lo que pasa en Venezuela es muy clara.

¿Por qué no estamos en crisis?

Ninguno de los síntomas que se describen todos los días en Venezuela son producto de una crisis y no provienen de hechos espontáneos sucedidos en el seno del sistema que los organiza. Por el contrario, todos ellos, repito todos, son el producto de la acción intencionada y deliberada de una entidad ideológica y política que está poniendo en práctica una modalidad de vida y de sociedad distinta a la que se tenía y la que se tiene. Es la postura y la práctica clásica de un proceso revolucionario que quiere destruir lo preexistente, como lo ha sido en todas las experiencias históricas que conocemos.

Es el socialismo en marcha.

En aquel articulo cerraba con esta conclusión: “A pesar de toda la confusión que se genera al entender este proceso lleno de corrupción, narcotráfico, incompetencias, ineptitudes, violaciones constitucionales, trampas electorales, devaluación de la moneda, caída de los precios petroleros, etc., etc., negar su carácter ideológico es un grave y sustantivo error pues, poco a poco, se ha ido implantando en Venezuela un modelo similar al de la Cuba de los 60’s, al de China o la Unión Soviética con las variantes que imponen los tiempos”

Diría ahora: ¿Hacen falta más pruebas? Con todo y los cambios que se han producido con la aceptación del dólar como moneda de intercambio, con la gasolina a precios internacionales, con la “liberación” de controles y precios en algunos mercados, creemos que el “socialismo” está abandonando sus objetivos. Recordemos que el sistema de propiedad ha sido radicalmente vulnerado, recordemos que todos los días hay amenazas en el campo de la politica y que, poco a poco, se construye la hegemonía politica del partido único.

¿Será, de verdad, que estamos en crisis?

La negociación que corresponde

Maxim Ross

Las noticias diarias ocupan de manera exagerada nuestro tiempo y, entre ellas se cuela de nuevo si es o no conveniente negociar con el gobierno. Sobran artículos de analistas y políticos que se debaten entre esta opción y otras mas peligrosas, como este reciente, doloroso y pastoso incidente de la Operación Gedeón, que parece parte de la manida frase de “todo está sobre la mesa” o “por debajo de ella”. Hay que decir que el desastre al cual ha llevado la “revolución bolivariana” a Venezuela provoca alentar y apoyar cualquier aventura que acabe con ella, pero hay que entender que esa es la clásica reacción emocional, producto de la desesperación.

Sin embargo, una cosa es ese deseo y la impotencia de sentir que no se ha logrado construir una ruta exitosa para enfrentar la” revolución” y otra es repensar serenamente si no nos queda otra opción que negociar un acuerdo con quienes hoy gobiernan a Venezuela. Sabemos que el tema es bien delicado, que estamos pisando terreno “fangoso”, pero creemos que hay que plantearlo, quizás, de otra manera.

Mi punto de vista es que convendría evaluar el formato que tenemos hasta ahora, principalmente manejado, como es lógico, por los partidos políticos del gobierno y de la posición, lo cual, sin duda, pareciera correcto puesto que son quienes monopolizan el poder político, pero ese, precisamente es el punto que sugiero examinar con serenidad y frialdad.

El asunto es que, mientras la discusión se concentra en ellos, con una dudosa presencia o apoyo de la sociedad civil, los temas se han circunscrito mayormente al ámbito político, esto es, elecciones presidenciales o parlamentarias, cambios en el CNE, situación de los presos políticos, vigencia de la Asamblea y la Constituyente, temas sin duda de alta significación para Venezuela pero que no comprenden todos los asuntos que impactan gravemente la vida ciudadana, también de equivalente o mayor significación.

Una negociación en Venezuela tiene que ir más allá de ese formato y tiene que tratar los temas que realmente importan y afectan a todo el conglomerado nacional, independientemente de su posición politica, sea o no opositor. Luego, como consecuencia de esta tesis la sociedad civil venezolana tiene la necesidad y la obligación de involucrarse directamente en una negociación que tenga como primer objetivo salvar lo que queda de Venezuela y luego proponer un plan de reconstrucción nacional que, incluya de principio y como componente fundamental, el rescate de nuestro ordenamiento Constitucional que preserve un regreso la paz social, el rescate de las reglas democráticas y la prosperidad de todos. Son tres componentes sobre los cuales podríamos ponernos todos de acuerdo.

La sociedad civil, la ciudadanía y la gran masa de población son los más afectados por las medidas revolucionarias tomadas en los últimos 20 aňos. Son sujetos de confiscaciones, vigilancia, intervención, inseguridad, pobreza, miedo, aislamiento, emigración masiva, carencia de los más indispensables servicios públicos. Si, además, sus principales factores productivos han sido destruidos, su industria petrolera, sus sindicatos, sus gremios, sus universidades, sus medios de comunicación, su libertad de expresión, ¿no serán estos suficientes daños como para respaldar la necesidad de intervenir y responsabilizarse por su defensa? ¿no será oportuno y conveniente intentar negociar un acuerdo que, al menos, le ponga freno a la ruta que nos conduce a la ruina colectiva?

Reconozco que esta propuesta puede originar temores y suspicacias, especialmente en el mundo político, el cual puede percibir que se trata de sustituirlo, pero no es así. Nada niega que pueda ser evaluada conscientemente en el mundo de la sociedad civil organizada y, quizás, quizás, pueda abrir un frente de entendimiento con el gobierno y sus representantes políticos, fundado en una perspectiva diferente de los temas a discutir. Quizás, quizás tendría la ventaja de que podría reducir al mínimo la continua diatriba y la controversia diaria entre los partidos políticos, elemento que contamina fuertemente las posibilidades de un acuerdo.

Aclaramos que nada de esta iniciativa persigue, como se podría interpretar, regresar al esquema de la “anti politica”, pues se trataría de una ruta complementaria, pero no menos importante a la que se viene trazando hoy día. Todo lo contrario, quizás, podría ser una herramienta para reconstruir el peso y la vigencia de todos los partidos en un nuevo sendero de paz, democracia y prosperidad para toda Venezuela.

Finalmente, no deseamos que esta sugerencia se quede en estas notas y estos escritos, por lo que invito, públicamente, a abrir un debate sobre ella y evaluar hasta donde nos sirve continuar el camino por la ruta actual. Podría ser, a la vez, una ventana para entendernos con la comunidad internacional que apoya a ambas partes.

En otra oportunidad hemos propuesto la creación de una Plataforma para la expresión de la sociedad civil venezolana. Quizás esta sea una oportunidad para intentar algún formato de encuentro o de articulación entre sus distintas organizaciones con esta finalidad.! ¡Imaginarse una Venezuela que nazca de un gran acuerdo no puede ser un despropósito!

Caracas, 20 de mayo de 2020

Adiós PDVSA “Roja, Rojita”

Maxim Ross

Quizás sea un poco tarde para lamentar la muerte de lo que fue uno de los iconos mas representativos del viraje que le quiso dar la revolución bolivariana a la filosofía y el manejo de la industria petrolera venezolana, pero nunca es demasiado para marcar algunos puntos de inflexión de una muerte pre- anunciada, porque se presta a mucha confusión la creencia de que todo comenzó apenas recientemente.

Como ahora estamos observando, día a día, el declive de sus operaciones, agudizada por la drástica caída de la producción, por la insólita desaparición de la gasolina del mercado y por esos nombramiento de “enroques largos y cortos”, con el General colocado allí por su honestidad, sin saber mucho del asunto, por el regreso, una vez más de quien ha estado vinculado a ella por aňos, etc. etc., y con la puesta en escena del plan de reestructuración que, prácticamente revierte todo el esquema “revolucionario” previo, que contradice plenamente a aquella fervorosa critica a la apertura petrolera de los noventa, encabezada por sus dirigentes de entonces. Se podría creer, digo, que la PDVSA “Roja, Rojita”, recién comienza a fallecer. Pero no es así.

Esa PDVSA comenzó su agonía mucho tiempo atrás y en manos de quienes hoy, dentro de la “revolución”, claman y critican por su declive actual, cuando la convirtieron en el Estado paralelo que la puso a encargarse de todo lo que no quería, o no podía hacer, el Estado “revolucionario”. Cuando la dedicaron a la agricultura, a la “seguridad alimentaria”, a la construcción de viviendas, a lo que llamaron “Gasto social”, distrayendo, para esos fines, una magnitud de recursos que comprometió severamente el futuro de la industria. Mas nunca se volvió a invertir en lo necesario para mantener o aumentar la producción.

Dos argumentos nos fueron dados. ¡Recordemos! El primero, fundado en la inercia de la sempiterna tesis de que había que controlar o reducir la producción para mantener los precios y seguir la línea de la OPEP, argumento que ¡claro!, cubría el fervor revolucionario, pero servía. El segundo fue algo menos idóneo, pues se convirtió en pura propaganda: aquella oferta repetida recurrentemente por todos sus dirigentes del plan de los ¡6 millones de barriles!, para tal o cual año, ¡cuando había que reducir la producción!

Todo ello sin contar el hecho, tal vez tan importante como lo anterior, del despido masivo de la gente más capacitada para dirigir y manejar la industria. Si sumamos todos esos componentes podemos encontrar el decreto y el verdadero origen de la muerte de la PDVSA “Roja, Rojita”, aunque no cabe de cual es ahora el sello que marca su muerte definitiva.

Un deseo de normalidad

Maxim Ross

Una crisis inédita como esta no podía dejar sino pensamientos que invocan severos cambios en la conducta de la humanidad, en los gobiernos, la comunidad científica y el ciudadano común y ya se están anunciando cambios profundos en nuestra manera de vivir, en especial todo aquello que tiene que ver con la necesaria cura de la actual pandemia, así como en lo referente a la necesidad de anticiparnos a nuevos sucesos similares.

El Estado y los sistemas de gobierno van a tener que revisar sus estructuras. La comunidad científica y todo lo vinculado al sistema de salud van por el mismo camino y, muy probablemente, veamos un giro importante en el enfoque de asistencia hacia las poblaciones mas vulnerables. Las instituciones internacionales tendrán que revisar su conducta y, muchas de ellas, serán ajustadas a ese nuevo paradigma que nos creó el ya famoso y mortífero virus. Por un lado, la respuesta no puede ser solo con mas dinero, de los gobiernos o de ellas, porque alguien va a tener que sufragar ese costo. Un cálculo que habría que hacer es evaluar si las pérdidas económicas y sociales del cierre no son mucho, pero mucho mayores, que los costos de un sistema de salud que incluya la previsión y la asistencia para mas gente que ahora, tanto para los servicios privados, como para los públicos.

Lo cierto es que un llamado a un nuevo orden mundial puede sonar grandilocuente y ya aparecen voces que se van a los extremos de criticar completamente el orden existente, poniendo en el “banquillo de los acusados” a la globalización, a las injusticias humanas y todo lo que se nos viene a la cabeza sobre el sistema que, medianamente o, quizás, sabiamente ha sostenido a la humanidad en este último siglo, pero en verdad a nadie se le ocurre que solo pudiéramos pedir un, modesto y humilde, regreso a la normalidad.

Desearía conseguirlo en dos direcciones. Una para el resto del mundo, pues quiero ver a la gente regresando a sus hábitos cotidianos, a los niños a sus escuelas, a los obreros y empleados a sus locales de trabajo y a mucha gente asistir a todo eso que nos vetamos este 2020, con un verano que se fue y espectáculos y eventos que dejamos de ver. Esa es la normalidad a la que aspiro y no a mucho más.

En Venezuela, sin embargo, quisiera pedir un poco más, ya que aquí la perdida de normalidad tiene dos caras. Esta que nos llegó ahora con el Covid, pero principalmente por la que hemos venido perdiendo desde hace tiempo, con el conflicto político por delante y las condiciones económicas, sociales y de seguridad personal que se han ido de las manos, tanto al gobierno, como a la sociedad en general. Con y eso, si en verdad me preguntan cual de las dos prefiero, con todo y virus, quisiera ver la normalidad que nos trajera un consenso político, un gobierno para todos, un rescate de esa Venezuela que se nos va hundiendo lentamente. Quizás sea ingenuo pedirlo, pero, ¿Quién sabe?

Se nos fue Emeterio

Maxim Ross

Gómez, como yo lo llamaba, el a mi Ross. Fueron 50 aňos de una sentida y profunda amistad, llena de conflicto de ideas, de discusiones interminables, de habernos escapado, los dos, del oscurantismo marxista y de ese socialismo infantiloide que cree que todo lo puede. Recuerdo, que salir de ese atolladero de ideas me costaba y me decía, me acusaba, de que yo seguía siendo comunista, porque Gómez abrazó las ideas liberales primero que yo y, él no conforme con eso, me puso a leer a Hayek, a Popper y me obligó, prácticamente, a estudiar filosofía. ¡Hasta que me convenció! Brillante, brillante como no hay dos, ese era mi amigo Emeterio.

Así de perseverante era mi amigo Emeterio y quienes lo conocieron pueden dar fe de ello, tanto que no dejó tranquilo a nadie para difundir sus ideas. Nos fuimos y vinimos a enseñar economía de verdad, por allá por los años 80’s y le dimos un vuelco a la Escuela de Economía de la UCV, precedida por cuanto marxismo fue posible. En todo lo que publicó hizo de Marx y el marxismo un disparate histórico.

Pero Emeterio no se quedó tranquilo y enarboló la bandera de una demoledora crítica contra las ideas liberales que el mismo había compartido porque, si una cosa fue verdad en Emeterio, es que no había idea que durara mucho en ese cerebro febril. Del capitalismo puro pasó al Capitalismo Solidario y de allí a una profunda reflexión sobre el significado de la Ética. Libros, folletos, charlas, conferencias fueron su hacer de todos los días.

Incansable Emeterio, pero ahora se cansó de vivir y se nos fue, pero ¡No es verdad! Porque está en la memoria de muchos, dejó huellas que, lo sé, van a perdurar.

He escrito esta breve nota en su honor, porque después de dicho lo anterior, lo que hay que decir es que era ser humano de primera, honesto a carta cabal, como se dice. Sensible a lo ajeno, solidario y, gran amigo, “peleón”, eso sí porque no dejaba pasar una idea sin procesarla, sin ponerle todo el corazón, el estómago y el cerebro para cambiarla.

Miren de que clase de persona hablo. Persona. Ese fue mi gran amigo Emeterio Gómez.

Una crisis inédita

Maxim Ross

A juzgar por los datos actuales el virus le ganó la batalla a la humanidad, no tanto porque cuantifiquemos el número de personas afectadas o fallecidas, sino porque ha demostrado cuan poco estamos preparados para una crisis que no se origina en los humanos o en sus instituciones como estábamos acostumbrados, pues nos ha arrebatado todas las armas que tenemos para enfrentarlas. Por esta razón, las comparaciones con las anteriores, desde la Gran Depresión hasta la ultima financiera de 2008, inclusive con los datos que la comparan con la Gripe Española o la Influenza, u otras no creo sean de gran ayuda, pues ni gobiernos ni sus sistemas auxiliares de salud han respondido en proporción al fenómeno.

Los resultados hasta ahora han sorprendido al mundo entero, no solo por el hecho en sí de números alarmantes, sino porque nos dejó con, prácticamente, la única solución de “salir corriendo” y quedarnos en casa, colocando a la humanidad en el ya conocido dilema de escoger entre la salud y la comida. Dejó desamparada a la sociedad del conocimiento, de las telecomunicaciones, del internet y del “social media”. Nada más y nada menos. Parecía que teníamos mucho, pero no tuvimos nada para defendernos ante la urgencia y la magnitud del acontecimiento.

Si se examinan los casos ocurridos en varios países sorprenden las respuestas, desde la solución de cerrar completamente a una ciudad de 11 millones de habitantes, hasta ver señales de “distancia social” colocadas en los pisos de un mercado. Asistimos a declaraciones de especialistas en las que, casi, se prometía una vacuna en tiempo récord y ahora sabemos que será cosa de un año. En realidad, diría: ¿no sabemos?

Si lo que se dice es verdad y el virus se originó porque una gente sigue alimentándose con animales que lo poseen y lo contagian y, muy posiblemente, continuaran haciéndolo, me pregunto si las respuestas que se andan asomando por allí, de la necesidad de un nuevo orden mundial para atacar la próxima crisis o la que ofreció la Organización Mundial de la Salud o las muy distintas en eficacia o improvisación de muchos gobierno, me pregunto, repito, si estaremos a salvo de una nueva arremetida.

Tengo la impresión de que efectivamente no está la humanidad, insisto sus instituciones locales, dígase el Estado o los gobiernos o las internacionales, preparada para eventos de esta característica, pero también estos se me parecen mucho a los que día a día nos enfrentamos con protestas, exigencia de reivindicaciones, democracias y Estados fallidos, ante los cuales como que tampoco lo estamos. Quizás, esta crisis inédita nos está enseñando que ha llegado la hora de poner en “tela de juicio” las instituciones que tenemos hasta ahora.

Apoyo al pacto social de la sociedad civil

Maxim Ross

Si mis lectores han seguido mis últimos artículos se darán cuenta de mi insistencia y persistencia en el tema del rol que debe tomar la sociedad civil en tiempos de crisis, pero ahora más todavía por la crítica situación que atraviesa Venezuela con la llegada del Coronavirus. Por ello, viene muy bien al punto el llamado del Padre Ugalde por la necesidad de renovar el Pacto Social Democrático, tesis que ha reiterado en su angustia porque el país no se nos vaya de las manos.

Ahora que la situación se ha tornado más dramática con la llegada del destructivo virus, se nos une el peculiar estado de cosas en que este se recibe en nuestro país y con una especial diferencia con el resto del mundo, pues en todos los países, los ciudadanos, con mas o con menos, confían en sus gobiernos y en sus instituciones para enfrentarlo. El drama es que en Venezuela no confiamos en él, no solo por el hecho de que nos ha acostumbrado a ocultar información, sino porque, encerrado como está en una eterna confrontación politica, sus actuaciones quedan marcadas e influidas por ella.

Por esa razón el llamado de Ugalde tiene un gran sentido, pero tengo mis dudas que pueda evaluarse y resolverse en el ámbito puramente político, pues allí precisamente se concentran todas las baterías y artillerías de la batalla, cada día con mayores componentes antagónicos.

En ese sentido, haría un llamado a los empresarios organizados, a los gremios de médicos y enfermeras, a los maestros, a los padres de nuestros hijos, a los Colegios Profesionales, a las Iglesias y a otras instituciones de la sociedad civil para hacer un intento de conversar, de reunirse y de articularse para que el llamado del Padre Ugalde no quede en el vacío del mundo político. Quizás se podrían colocar dos planos de acción, uno para atender la emergencia que plantea la llegada del Virus y otro para intentar hacer renacer a Venezuela, como sugiere Ugalde en ese Pacto Social.

Tenemos una oportunidad de hacerle un bien a Venezuela si comprobamos este poder que tenemos como sociedad civil, sugiriendo y exigiéndole a gobierno y oposición a “chavistas y no chavistas”, a todos aquellos que están en el medio de la controversia que, por un momento piensen en los venezolanos más afectados y en que Venezuela se nos puede convertir en un infierno si no se actúa a tiempo.

Sociedad civil y coronavirus

Maxim Ross

No se si una de las lecciones que va a quedar de esta terrible pandemia, terrible de verdad por los destrozos que viene causando, sea como queda la sociedad civil, frente a una situación como esta y lo digo porque, como bien señala N. Harari[1] en su reciente comentario hay dos maneras de enfocar esta crisis, así como otras de similar envergadura. La vía, diría, “vertical” que él llama “vigilancia totalitaria” y que supone la actuación casi única del poder público y la otra, que llamaría “horizontal” es el “empoderamiento de los ciudadanos”

Es a esta a la que me quiero referir para el caso venezolano, con rasgos muy peculiares a la hora de enfocar el problema, pues, como bien explica el autor una de ellas tiene un alto componente arbitrario, de vigilancia y control social, característico de estos regímenes y la otra, por lo contrario, dibuja un amplio funcionamiento de la democracia, pero mas que todo, un rol prominente de la sociedad civil, cuestión que, en nuestro caso deja mucho que desear.

Una cosa es oír ese retorico y sistemático mensaje de quienes están en el poder de que esta crisis se resuelve con “unidad de mando”, “todo el poder del Estado” y con la “unión cívico-militar” para defender al “pueblo” del mal que nos acoge y otra cosa seria construir una presencia significativa y preponderante de nuestra sociedad civil, representada por la articulación de todos los afectados, pues no es lo mismo el llamado de los médicos, de las enfermeras a exigir transparencia en la información o a los cuidos que deben seguirse para evitar el contagio, no es lo mismo decía, que la sociedad civil venezolana tenga la capacidad de vigilancia y control, pues es ella en definitiva, representada en hospitales, clínicas, centros de abastecimiento, etc. las que realmente tienen las soluciones en sus manos.

Siguiendo el planteamiento de Harari, suena mucho mas pertinente el llamado a un empoderamiento de nuestra sociedad civil organizada, cuando existen dudas acerca de la capacidad gubernamental para atacar el tema, de la veracidad de la información y, en especial, al uso político que pueda darle.

En otro momento, menos crítico y dramático, hemos hecho un llamado a la creación de una Plataforma Civil o Cívica de nuestra sociedad civil, siendo que ahora podría ser mas imperativo intentar poner en práctica una propuesta en esa dirección.[2]

[1] “Las dos opciones más importantes son entre vigilancia totalitaria vs empoderamiento de los ciudadanos y entre aislamiento nacionalista o solidaridad global. Nota publicada en el Financial Times s/f por Noah Harari, el historiador israelí autor de Sapiens y Homo Deus.

[2] Ver artículos anteriores: “Propuesta de una Plataforma Civil para la sociedad venezolana”

Pesimismo y optimismo en la política

Maxim Ross

No soy un experto en ciencia política, pero he vivido suficientes experiencias como para opinar sobre un tema de capital importancia en la conducción política, como este de la comunicación, dentro de la cual encaja el dilema entre el mensaje pesimista y el optimista de quien conduce. Se que simplifico el asunto, pero creo que es lo suficientemente relevante como para llamar a una reflexión sobre el tema.

Obviamente, el asunto no es nuevo y siempre ha estado en el debate político, psicológico y filosófico[1] y, por supuesto, no existe una conclusión definitiva acerca de cuál de los dos puede ser más efectivo en la conducta humana y, sobre todo, en la conducción política. En este sentido, lo que puedo aportar, sin entrar en el debate conceptual o teórico sobre el tema, son algunos ejemplos que provienen de otras experiencias y de la nuestra.

Pongo en las esquinas dos mensajes clásicamente de ese orden. El optimista que desarrolló Obama en su campaña, el del “Yes, You can” con el cual transmitió al máximo la factibilidad de que un cambio era posible en los Estados Unidos y el de Churchill “Sangre, sudor y lágrimas”, el cual. Si bien no encaja en el pesimismo puro, ilustra un camino diferente que llama al sacrificio y al enfrentamiento con la realidad. Como se sabe, ambos lograron su objetivo de movilización y compromiso.

En Venezuela estamos llenos de ejemplos, pero prácticamente todos inclinados del lado del “optimismo”, probablemente por esa raíz épica que tienen casi todos los mensajes políticos en nuestro país. Nos podemos ir bien atrás con aquel del “gobiernito” que iba a caer en la época de Betancourt y, más luego, con el mismo de épocas recientes de “Se va caer, se va caer”, o de la promesa de una solución inmediata o pronta, que luego no se cumplió.

Después de los optimistas mensajes de las últimas campañas políticas de la oposición, que es la que me interesa lo piense, me quedan en la memoria aquellos momentos cuando estábamos “ganando” el revocatorio del 2014 y otras elecciones anteriores y posteriores, todas llenas de optimismo, para terminar en la frustración en la que se cayó e inmovilizó a una gran masa de gente. Como dice el filósofo: “si el optimismo parte de falsas realidades termina en una falsa promesa que culmina en frustración”, en cuyo caso me inclino por un mensaje realista, aunque parezca pesimista, que coloque a la gente en la exacta dimensión de donde está y que le espera. Quizás sea este momento de dramática crisis de examinar el lenguaje político.

[1] Ver Alicia Delibes, sobre “Roger Scruton y los usos del pesimismo” en FAES. Enero-M arzo,2011. Madrid