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DISPARATADA REALIDAD

Opinión
Tiempo de lectura: 4 min.

De acuerdo a voceros de la Casa Blanca los venezolanos celebran las políticas de Washington. La lógica del criterio esgrimido por Washington es equivalente al comentario del Presidente Trump cuando expresa que las calles de Venezuela están llenas de gente celebrando y bailando el acuerdo petrolero que, según el propio presidente, es un regalo de Venezuela a los Estados Unidos. A estas consideraciones se agrega la de mayor trascendencia; en una iluminación de su talante de estadista, Donald Trump repite la brillante idea de anexar a Venezuela como el estado 51 de la Unión.


Lo que es algo confuso es el razonamiento esgrimido para extraer a Maduro y su consorte a quienes acertadamente se les califica de narcotraficantes, terroristas y violadores de los derechos humanos, pero para lograr que Venezuela recupere la libertad y el estado de derecho, “sabiamente” excluyen a Maria Corina Machado, premio Nobel de la Paz y líder nacional, forjadora del triunfo electoral de julio de 2025, cuando el ganador fue Edmundo González Urrutia pero, Maduro y sus cómplices, desconocieron los resultados.

 
Trump decide acabar con el narcotráfico y el terrorismo moviendo todo el arsenal hacia el Caribe, a escasas millas de la Costa venezolana y, el día 3  de enero, en sus primeras horas, ocurre la accion militar que extrae a Maduro y a su consorte de un bunker ubicado en Fuerte Tiuna, la instalación militar mas fortificada de Venezuela. No hubo resistencia y en minutos se inicio el viaje hacia New York.  Esta vez sin rango de presidente. Allí sí hubo fiesta, encapillada como dice la gente, porque la dictadura no salió y siguió en su andar.


Lo inexplicable y que encaja con el sentir popular, es que quién actúa se  une a los responsables de la crisis, al terrorismo y narcotráfico y violadores de derechos humanos y dicen que Maria Corina Machado no tiene fuerza.
Muere el Juez de la causa contra Maduro; murió antes de tener que desenredar esta madeja. Difícil explicar cómo juzgar, como terrorista a uno,  y pactar con los socios, en el negocio del petróleo.  ¿Y la democracia?,  y la libertad? Oh Washington y Bolívar , que les parece la política del presente; un disparate o es lo escrito el disparate?

¿DISPARATE POLÍTICO O CONTRADICCIÓN ÉTICA?
Una reflexión desde el Cuadrilátero Wesleyano

La situación venezolana plantea interrogantes que trascienden la política y obligan a reflexionar sobre la relación entre poder, justicia, libertad y responsabilidad moral.


Cuando una potencia internacional declara que sus actuaciones tienen como propósito combatir el narcotráfico, el terrorismo y las violaciones de los derechos humanos, en correspondencia con su postura ética: sus decisiones deben guardar coherencia con esos principios, tanto en los medios utilizados como en los resultados obtenidos.


La contradicción aparece cuando los objetivos declarados parecen entrar en conflicto con las alianzas políticas y económicas que se establecen, o cuando la recuperación de la democracia deja de ser una prioridad frente a otros intereses estratégicos.


Desde la perspectiva bíblica, Miqueas 6:8 recuerda que lo que Dios demanda del ser humano es hacer justicia, amar misericordia y caminar humildemente. Este principio no establece excepciones para quienes ejercen el poder ni permite subordinar la justicia a conveniencias económicas o geopolíticas. Es el deber ser.


La tradición cristiana, particularmente en el pensamiento de San Agustín, Tomás de Aquino y John Wesley, permite comprender que la autoridad debe estar orientada al bien común y que la fe tiene consecuencias sobre la conducta social. El poder no se justifica por sí mismo: debe responder a principios superiores de justicia y dignidad humana; es el bien común presente en el pacto social. 


La razón, por su parte, obliga a examinar la coherencia entre los objetivos proclamados y las actuaciones concretas. No es suficiente argumentar que se combate una estructura política por sus presuntos delitos si posteriormente se establecen acuerdos con actores vinculados a esa misma estructura sin explicar cómo se garantiza la justicia y la recuperación institucional. También hay que valorar el aporte del emigrante al bienestar y construcción de los Estados Unidos. 


Finalmente, la experiencia humana nos recuerda que detrás de las decisiones políticas existen millones de personas. Los venezolanos de la diáspora, quienes permanecen en Venezuela y quienes esperan recuperar sus libertades no pueden ser considerados simples instrumentos de una estrategia internacional. Venezuela es una República con historia y realizaciones de respetable valor para la humanidad.


La extracción de un gobernante tampoco representa, por sí misma, la recuperación de la democracia. Esta requiere instituciones legítimas, reconocimiento de la voluntad popular, estado de derecho y garantías para todos los ciudadanos.


En consecuencia, la pregunta fundamental no debería limitarse a determinar si una decisión política fue estratégica o conveniente. Debemos preguntarnos si fue justa, si respetó la dignidad humana y si contribuyó realmente al bien común.


Quizás el mayor disparate no sea una decisión política aislada, sino la posibilidad de que los intereses del poder terminen sustituyendo los principios que supuestamente justifican su ejercicio.


La libertad no puede ser solamente el resultado de sustituir a quien gobierna. Debe ser la consecuencia de restablecer la justicia, la verdad, la dignidad humana y el derecho de los pueblos a decidir su destino.


Y entonces cabe formular la pregunta final:
¿Estamos ante una política internacional pragmática que sacrifica principios para alcanzar objetivos estratégicos, o ante una contradicción ética que exige una revisión más profunda de la relación entre poder y justicia?
Desde el Cuadrilátero Wesleyano, la respuesta no puede descansar exclusivamente en la razón política. Debe confrontarse con la Escritura, la tradición cristiana y la experiencia humana.


Porque no todo lo que es políticamente posible es moralmente correcto, ni todo lo que resulta estratégicamente conveniente contribuye al bien común.
La humanidad atraviesa tiempos convulsos y el liderazgo debe empinarse para que sus actuaciones se inspiren cada vez más en los elevados principios de la dignidad, la honestidad y el respeto para aproximarnos, hasta donde sea posible, al sitial doctrinario del bien común de Nuestro Señor Jesucristo; y al respecto los Estados Unidos, visto su poderío e historia, tiene mayor compromiso en alcanzar ese sitial.


Hay que cambiar la disparatada realidad
 
Octubre 30/2026.