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Los rostros de la fe. El alma que regresó de las sombras

LIBERADO
Tiempo de lectura: 6 min.

El evangelista Marcos nos narra una historia desgarradora y al mismo tiempo impactante y poderosa en la cual podemos apreciar otro rostro de la fe, otra mirada del Creador. En una ciudad apartada donde la geografía era piedra y la esperanza cenizas habitaba un alma en medio de las sombras de los sepulcros. “Vinieron al otro lado del mar, a la región de los gadarenos. Y cuando salió él de la barca, enseguida vino a su encuentro, de los sepulcros, un hombre con un espíritu inmundo, que tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía atarle, ni aun con cadenas. Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar. Y siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedra.” Marcos 5: 1-5. Era el rostro de la atadura absoluta, la prueba viviente de que el mal puede devorar cada ápice de humanidad. Y ante la tormenta de esta alma asaltada por el mal, llega en una barca con la fuerza de un relámpago, la luz del mundo. Comienza su camino y, de repente, a su encuentro va un hombre herido por todo su cuerpo, reflejo de la herida de su alma, por el trauma que le atormentaba de noche y día. Sus ojos, espejos rotos de la cordura, miran suplicantes al Maestro; a pesar del laberinto sin salida de su mente; a pesar de ser presa del mal, en su vulnerabilidad, se arrodilla ante Él.

Porque aún las fuerzas del mal reconocen a Jesús. La soberanía de Dios hace temblar a las huestes del mal. “Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y se arrodilló ante él. Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes. Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo. Y le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo; porque somos muchos. Y le rogaba mucho que no los enviase fuera de aquella región”. Marcos 5:6-10. Entonces, la Legión, los muchos tormentos que moraban en aquel hombre, fueron echados al abismo en un hato de cerdos… Jesús no dialoga con la oscuridad, la confronta: “Ven fuera del hombre, espíritu inmundo.” No hay negociación. Hay autoridad. La legión, una multitud de fuerzas destructivas, no resiste la palabra de Cristo. Y en un instante, lo que parecía irreversible se quiebra. Él sabía que las fuerzas del mal son capaces de subyugar el alma humana, de robarle la vida que emana de Él, de quitarle la dignidad de su amor. Por esa razón vino a este mundo: «El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.” I Juan 3:8. Y eso fue exactamente lo que hizo con aquel hombre atormentado, rompió en él las cadenas del mal. ¡Deshizo la obra de las tinieblas! “Estaba allí cerca del monte un gran hato de cerdos paciendo. Y le rogaron todos los demonios, diciendo: Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos. Y luego Jesús les dio permiso. Y saliendo aquellos espíritus inmundos, entraron en los cerdos, los cuales eran como dos mil; y el hato se precipitó en el mar por un despeñadero, y en el mar se ahogaron. Y los que apacentaban los cerdos huyeron, y dieron aviso en la ciudad y en los campos. Y salieron a ver qué era aquello que había sucedido.” Marcos 5:11-14.

No hay manera que el enemigo pueda resistir la presencia de Jesús. “Mas todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas; porque la luz es lo que manifiesta todo.” Efesios 5:13. Y lo que la luz pone en evidencia, dispersa sus sombras y recobra su naturaleza creadora. En el mismo instante que los cerdos caían al mar, el grito del gadareno se convirtió en alabanza, su alma voló hasta Dios con alas de águilas, de libertad, de triunfo sobre el mal. El rostro de aquel que habitaba en las sombras de la muerte mira al Maestro y le pide que le deje ir con Él; ha sido liberado de todas su cautividades, ha sido rescatado del pozo más hondo, ha visto la luz y ha sido abrazado por el amor. Entonces, de la liberación nace la fe y surge el rostro de la serenidad, el rostro que refleja la paz de Cristo que sobrepasa todo entendimiento, la paz que silencia todas las voces que atormentan al corazón y perturban la mente. Irónicamente, un hecho al que muchos, debido a su incredulidad, tienen miedo y prefieren echar de su entorno. “Vienen a Jesús, y ven al que había sido atormentado del demonio, y que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio cabal. Tres signos de restauración total: Sentado, es decir ya no errante. Vestido, ya no expuesto. En su juicio cabal, ya no fragmentado. Y tuvieron miedo. Y comenzaron a rogarle que se fuera de sus contornos. Marcos 5:15-16. Tuvieron miedo del hombre sanado porque les recordaba lo frágil de su cordura, tuvieron miedo del Sanador porque Su sola presencia les exigía el cambio de salir de su comodidad y no estaban dispuestos. Los cobardes prefieren su propia cadena conocida que una libertad que lo transforma todo; por eso le rogaron al Señor que se marchara. 

La fe no puede quedar confinada a un momento o a un lugar, ni siquiera a los pies del Maestro. El nuevo hombre quería quedarse al lado de Jesús, quería sumergirse para siempre en su presencia. Aquí aparece el verdadero rostro de la fe en esta historia. No es la fe que precede al milagro, sino la que nace de él. El hombre ahora quiere seguir a Jesús. Desea permanecer con Aquel que le devolvió la vida. Pero Jesús le da una misión distinta: volver a su casa, a su historia, a su tierra… y contar. “Vete”, fue la respuesta del Señor, pero esta vez fue un «vete» con una misión. Y así, el rostro que antes aterrorizaba, se convirtió en el espejo que reflejaba la restauración de Dios. Se fue para llevar a Jesús a otros. Sus gritos de terror se convirtieron en la voz de la esperanza, en el testimonio de la misericordia divina. Se transformó en el Rostro del testigo. Él es la prueba de que el peor de los desiertos puede convertirse en un jardín si pasa el Jardinero. Su fe es la fe de los redimidos, de los que al experimentar la gracia saben que ninguna cadena es eterna, ninguna oscuridad es el final; que tras la noche más larga, siempre, siempre, nos espera el Rostro de Dios con una mirada de amor. “Al entrar Jesús en la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que le dejase estar con él. Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos se maravillaban.” Marcos 5:18-20.

Este rostro de la fe es desconocido por muchos. La fe del que no buscó, pero fue encontrado. Del que no pidió, pero fue liberado. Del que vivía entre los muertos y ahora anuncia la vida. 

Si hoy la barca del Maestro llega a tu playa, sal a su encuentro y póstrate a su pies. Su amor cubrirá como un manto todo el mal. Proverbios 10:12.

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