“Jesús enseñaba en una de las sinagogas en el sábado. Y he aquí una mujer que tenía espíritu de enfermedad desde hacía dieciocho años andaba encorvada y de ninguna manera se podía enderezar. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: —Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Puso las manos sobre ella, y al instante se enderezó y glorificaba a Dios”. Lucas 13:10-13.
A veces los sufrimientos irrumpen en la vida como una tormenta desplegando toda su fuerza y su furor. Luego, como tormenta que pasa, nos dejan devastados y es necesario levantarnos de nuevo, desde los cimientos. Hay otros sufrimientos que como una pequeña semilla comienzan a crecer dentro de nuestro ser y, poco a poco, se van haciendo más grandes y más profundos; se quedan a vivir permanentemente con nosotros. Dieciocho años con un padecimiento no describen una crisis; son una vida reorganizada alrededor del dolor. Aquella mujer no atravesaba un episodio pasajero, sino una condición que había moldeado su postura, su manera de caminar y quizá hasta la forma en que los demás la miraban; ya no era simplemente una mujer, era la mujer encorvada.
El ser humano fue creado para caminar erguido, con la cabeza levantada hacia Dios, y las Sagradas escrituras lo expresan con esa belleza antigua capaz de consolar al corazón herido: “Mas tú, Señor, eres escudo alrededor de mí; mi gloria, y el que levanta mi cabeza.” Salmo 3:3. Cuando la cabeza se mantiene baja demasiado tiempo, el alma aprende a mirar hacia el suelo; sin embargo, el diseño original del Creador no fue la curvatura, sino la verticalidad, símbolo de dignidad. 18 años es un período lo suficientemente largo como para que la deformidad deje de ser evento y se convierta en identidad. No se trata de una mujer enferma, se trata de una mujer que vive doblada. No se trata de una escoliosis prolongada, se trata de la humanidad de una mujer que ha perdido su eje.
Vivimos atravesados por fracturas visibles e invisibles, donde la aflicción no es excepción sino experiencia compartida. Jesús mismo no lo negó; lo afirmó con sobriedad y esperanza cuando dijo: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” Juan 16:33. La sanidad de la mujer encorvada nos señala un signo corporal del mundo caído, del cosmos desordenado. Una vida marcada por la persistencia del dolor en un mundo que todavía espera redención. No toda enfermedad es consecuencia directa de una culpa personal, pero toda enfermedad se inscribe en la historia de la creación de Dios, caída, alejada de Él. La creación que, literalmente, gime, aguardando restauración. El Evangelio no simplifica el sufrimiento; lo sitúa dentro de una narrativa mayor donde la aflicción es real, pero no definitiva.
El texto introduce una expresión que nos obliga a detenernos _ espíritu de enfermedad. No se trata simplemente de un diagnóstico clínico, sino de una dimensión más profunda que el propio Jesús aclara cuando afirma que aquella hija de Abraham había estado atada por satanás durante dieciocho años. La categoría no es solamente enfermedad, sino atadura; no solo dolor, sino restricción prolongada de libertad. El profeta Isaías ya había anunciado que el Mesías vendría “A proclamar libertad a los cautivos… a desatar las ligaduras de impiedad” Isaías 61. Y en este pasaje vemos esa profecía encarnada. El Nuevo Testamento confirma esta dimensión liberadora cuando afirma en la primera carta del apóstol Juan: “Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo”. La mujer no es presentada como culpable; es presentada como hija atada, y esa distinción cambia nuestra perspectiva sobre el dolor humano.
Hay algo aún más conmovedor en el relato, ella estaba en la sinagoga. Jesús no se encontró con ella en una calle de algún pueblo. Ella no gritó como Bartimeo, no interrumpió la enseñanza, no exigió atención pública; simplemente estaba allí, en la casa de Dios, permaneciendo. Dieciocho años habían pasado, y todavía continuaba viniendo al lugar de oración, todavía sostenía una fe que quizá no tenía fuerzas para levantarse, pero sí para estar donde debía estar. Esta mujer nos muestra el rostro de la fe que permanece, la fe que persiste en silencio, la fe que no es doblegada por el peso del sufrimiento en el tiempo. Quizá aquella mujer, que conocía las Escrituras, conocía de esa perseverancia callada: “Esperad en él en todo tiempo… derramad delante de él vuestro corazón.” Salmo 62:8. Hay una santidad profunda y, al mismo tiempo, sencilla y muy discreta en quienes siguen acudiendo a Dios aun cuando el milagro no ha llegado; es una fe que no es espectacular, pero es profundamente real.
El relato no comienza con un clamor de la mujer, o con una llamada desesperada, como la de Bartimeo, sino con una mirada de Jesús. Él la vio. En esa simple acción se revela la iniciativa divina, esa gracia que precede al mérito humano, ese amor que actúa antes de que seamos conscientes de él. “Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia” Jeremías 31:3. Cristo no responde únicamente a los que gritan; también se acerca a los que resisten en silencio. La fe real muchas veces comienza no con nuestra fuerza, sino con inspiración de la mirada compasiva de Dios sobre nuestra debilidad.
Jesús se acerca a ella pronunciando una declaración: “Mujer, eres libre”. La libertad es anunciada antes de ser visible, y esa dinámica atraviesa todo el Evangelio. “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” Juan 8:32. A veces la libertad exterior tarda, pero la palabra de Cristo inaugura una realidad que comienza en lo invisible y termina transformando lo visible. La mujer se endereza no solo porque su columna es sanada, sino porque una verdad ha sido proclamada sobre ella. El profeta había anunciado que “lo torcido se enderezará” Isaías 40:4. Aquel sábado esa promesa tomó forma humana. El enderezamiento de la mujer es una señal del Reino, una primicia de la restauración final donde todo lo torcido será enderezado y toda lágrima será enjugada.
Pero quizá lo más luminoso del relato no sea la postura restaurada, sino el corazón revelado. En medio de la enseñanza y de la estructura religiosa, Jesús se detiene por una mujer sin influencia ni visibilidad social; interrumpe su discurso para tocar una espalda doblada. Aquí se manifiesta el carácter del Mesías descrito, de nuevo por el profeta Isaías: (53:3) “Varón de dolores, experimentado en quebranto” 53:3, y confirmado por la carta que declara que tenemos un sumo sacerdote que puede compadecerse de todas nuestras debilidades. Hebreos 4:15. Jesús no la sana para exhibir poder, o por una petición de ella; Jesús la sana para revelar el amor del Padre por el sufrido y el necesitado.
La llama hija de Abraham; no la define por su deformidad, sino por su pertenencia. En un mundo que reduce a las personas por su condición, Cristo restaura su identidad y la dignifica. El sábado no fue obstáculo para la misericordia; la religión no detuvo la compasión. El mismo Dios que “liberta a los cautivos” Salmo 146:7 sigue inclinándose hacia quienes caminan doblados por años de carga invisible. La historia de esta mujer no es solo memoria antigua; es una promesa viva de que ninguna atadura tiene la última palabra, porque el amor de Cristo no es abstracto ni distante, sino concreto, personal y profundamente comprometido con la restauración del ser humano.
Quizá no estemos físicamente encorvados, pero hemos conocido el peso que dobla el alma. Conocemos el desgaste de los años, las circunstancias adversas que persisten en el tiempo, las lágrimas que mojan la almohada, la perseverancia en medio del arduo camino, la esperanza de llegar al amanecer en la noche más oscura. Sin embargo, Cristo no pasa de largo ante el sufrimiento humano. Su mirada amorosa se detiene y con compasión ora por nosotros y declara libertad sobre nuestras vidas.
“El Espíritu del SEÑOR Dios está sobre mí, porque me ha ungido el SEÑOR. Me ha enviado para anunciar buenas nuevas a los pobres, para vendar a los quebrantados de corazón, para proclamar libertad a los cautivos y a los prisioneros apertura de la cárcel.” Isaías 61:1.
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