Confieso que me da cierta vergüenza abordar hoy este tema, mientras el mundo, incluido nuestro país, se encuentra plagado de problemas graves en todos los escenarios por donde transcurre nuestra vida y para muestra el botón de las actuales revueltas en varios países europeos. Y lo hago, además, en medio de las polémicas que se han desatado alrededor de la Inteligencia Artificial y la posibilidad, según afirman algunos, de suplantar la inteligencia humana e, incluso, exterminarnos hacia el año 2030, según lo dejan ver Sam Altan y Peter Thiel, brujos del Silicon Valley.
Sin embargo, he decidido ejercer, aunque no esté incluido en la carta de los derechos humanos de la ONU, el derecho constitucional a la evasión, basándome en la premisa de que el exceso de realidad es nocivo para la salud, mucho más que el cigarro, la comida rápida o el sedentarismo.
Me dispongo, entonces, a escribir algunas líneas sobre el inicio de la temporada del beisbol venezolano.
El deporte nacional
Cuentan los historiadores que un grupo de jóvenes, estudiantes de varias universidades norteamericanas y pertenecientes a la “alta sociedad”, trajeron este deporte a Caracas y comenzaron a practicarlo junto a un grupo de cubanos, empleados de una fábrica de cigarrillos. El primer partido oficial se realizó el 22 de mayo de 1895, iniciándose su expansión en buena parte del país.
Hace casi tres cuartos de siglo, el 22 de octubre del año 1941, gracias al “Chino” Daniel Canónico, un dios grandote y robusto que se disfrazó de pícher, el equipo venezolano, derrotó, contra el vaticinio de expertos y profanos, e inclusive de brujos y astrólogos, a la novena cubana tres carreras por una, logrando que Venezuela ganara el Campeonato Mundial de Béisbol.
El entonces presidente, Isaías Medina Angarita, declaro ese día como fiesta y el béisbol tomó, para siempre, el título de pasatiempo nacional. Así quedó en los libros de historia, pero sobre todo en la cultura vernácula, convirtiéndonos a todos en religiosos de una religión laica, capaz de juntarnos (¿no es esa la función de las religiones?). En otras palabras, en un juego que nos implica a todos, que nos registra como si fuera otra cédula de identidad y nos hace partidarios de algún equipo, no importa que no sepamos lo que es un “pisicorre” o creamos que el robo de base es un evento que se sanciona con prisión de varios años y que la “bola ensalivada” sea un gesto de mala educación. Nos provee, además, de palabras y frases que en muchas ocasiones resultan imprescindibles para contarnos y explicarnos la vida: me poncharon, me agarraron fuera de base, estás en tres y dos …
El beisbol es un espectáculo que transcurre sobre un terreno dibujado como diamante, en el que los venezolanos nos refugiamos para esquivar las tormentas mundiales y, por supuesto, evadir las consecuencias que se desprenden de este país extraviado por el que el transcurrimos en estos tiempos. Nos cobijamos, así pues, bajo esa extraña y sabrosa sensación de normalidad, la que nos deja ver que la vida venezolana también tiene escenarios amables, no siempre es una pelea de gallos.
Yo feligrés
No me imagino la vida sin el fútbol. Piso la cancha desde los cuatro años y salvo impedimentos mayores, nunca he dejado de jugar y aún lo sigo haciendo en esta etapa en la que gente que dice quererme, me sugiera que ya basta, que cuelgue los botines y que me dedique a caminar, si lo que quiero es no echar barriga. Soy sordo para esas sugerencias, siento al igual que Camus, el filósofo francés, que “todo lo que se de la vida se le debo al futbol”.
Sorpresivamente y no obstante ser un futbolista “sectario”, cada octubre implica dedicar buena parte de mis angustias e ilusiones a Los Tiburones de La Guaira, equipo del que soy feligrés. Como digo siempre, les debo mucho de lo mejor de mi vida. Les debo el motivo para una fe. El arraigo a una causa. La ocasión para el entretenimiento y la diversión. El goce de sus triunfos y la tristeza dulce en sus reveses. El pretexto para un fanatismo inocuo. El asidero para una ilusión anual. La vuelta a la infancia durante nueve innings. La licencia para ejercer un fanatismo “light”. El asidero de una ilusión. La identificación con una historia. Les debo, en fin, parte de la memoria de mí mismo.
Y, por encima de todo, les debo la posibilidad de librarme de la disyuntiva de tener que ser que ser caraquista o magallanero.