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Opinión

Pasó el 23 de enero y claramente el olvido se impuso. El significado del 23 de enero de 1958 no logró encontrar espacio y, menos aún, sirvió de motivación para que a nivel nacional se recordara aquella fecha que marcó la historia venezolana y que abrió una proceso político que permitió a los venezolanos experimentar la vida en democracia.

Como nos dijo el profesor Luis Castro Leiva, como orador de orden el 23 de enero de 1998 en el Congreso, el 23 de enero de 1958 significó mucho más que la caída de un dictador. Fue el inicio de un período que procuró construir una democracia en una república, sustentada en la idea y la práctica de “vivir en común”.

A partir de 1958 –nos recordó Castro Leiva– la sociedad venezolana empezó a escribir unas páginas democráticas en las cuales se pueden valorar y evaluar las diferencias morales y políticas, de naturaleza sustantiva, que hay entre aquella paz que ofrecieron Monagas, Guzmán Blanco, Crespo, Castro, Gómez y Pérez Jiménez; la paz que empezó a labrarse aquel 23 de enero de 1958 y la paz a la que Nicolás Maduro se refiere al advertir que garantizará la paz en Venezuela.

Para vivir en común, de manera armónica, claramente el país necesita recuperar la paz en la convivencia, y sólo así podrá restaurar niveles adecuados de cohesión social para empezar a construir la ruta hacia el desarrollo compartido.

La posibilidad de un desarrollo compartido empezó a resquebrajarse desde que en el 2004 aparecieron los Consejos Comunales como forma de organización comunitaria, antes incluso de que hubiera ley alguna que los regulara. A través de ese modelo de organización se fue debilitando el voto como herramienta de participación política.

El modelo asambleario fue imponiéndose sin contención suficiente y sin reacción de la dirigencia política. Luego, la eliminación del voto directo, secreto y universal para la elección de Juntas Parroquiales, advertía de un grave avance en esa estrategia de debilitar el voto, hasta que hoy el voto terminó siendo la única herramienta que nos queda para participar en condiciones de igualdad, cuando la Asamblea Nacional Constituyente así lo impone de manera ilegítima e inconstitucional.

Ese voto directo, secreto y universal que ha quedado subordinado a la voluntad de la Constituyente, en 1958 fue la fuente de legitimidad de un Congreso que, en 1959, en sus palabras de apertura de la gestión legislativa, se comprometió con sus electores a asumir como urgencia la elaboración de una nueva Constitución para organizar el Estado democrático, atendiendo así al interés supremo del país.

Sin constituyente alguna y con la legitimidad del voto, la Constitución de 1961 –a la que calificaron como “moribunda”– ha sido hasta la fecha la más longeva de todas las Constituciones que ha tenido Venezuela.

Irónicamente, aquella democracia representativa, sostenida en el marco de la Constitución de 1961, logró excelentes ejemplos de inclusión ciudadana en los asuntos públicos a través de las asociaciones de vecinos. Fue ejemplo en la organización y celebración de procesos electorales, facilitó el camino hacia la descentralización política con la elección de alcaldes y gobernadores a través del voto directo, secreto y universal; impulsó la justicia de paz en las comunidades y fue, además, el marco constitucional que permitió el enjuiciamiento de un Presidente en funciones y una transición política en la que se respetaron, de manera cuidadosa y rigurosa, las normas constitucionales que regulaban las ausencias temporales y absolutas del Presidente de la República.

Todos esos logros se han perdido en una democracia llamada “participativa”, con una Constitución producto de una Constituyente, ratificada en 2007 cuando se dijo No a su reforma.

La Constitución de 1961 es reivindicada cada día que pasa con las acciones del Gobierno y con la libertad y la paz que experimentó la sociedad venezolana a partir de 1958. Eso marca claramente la diferencia con la supuesta democracia participativa.

Aquellos diputados y senadores electos en 1958 cumplieron con Venezuela cuando un 23 de enero de 1961 se promulgó la nueva Constitución. Sus herederos, aquellos parlamentarios de 1992 no lograron concretar la voluntad política para impulsar los cambios políticos e institucionales a través de una reforma general de la Constitución. Esa tarea pendiente la capitalizó estratégicamente Hugo Chávez y se apropió de esa necesidad, para llevarnos a un proceso constituyente.

Hoy, aquel Congreso bicameral no existe, pero la Asamblea Nacional, legítimamente electa, está integrada por otros herederos de aquellos diputados y senadores de 1959 y tienen en sus manos el deber ético y político de restituir la unidad para lograr el cambio político que demanda la nación, tal y como lo señaló el diputado Omar Barboza, presidente de la Asamblea Nacional en enero de 2018.

La voluntad política de los parlamentarios de 1959 fue clave y fundamental en aquel proceso. Hoy, los herederos de aquellos parlamentarios vuelven a ostentar la legitimidad suficiente para asumir un rol de facilitadores políticos en un proceso de restitución de la unidad y de defensa de la esperanza de los venezolanos, como les señaló Ramón Guillermo Aveledo, en sus palabras como orador de orden el pasado 23 de enero.

El 23 de enero 2018 pasó de largo para la mayoría de la sociedad democrática venezolana, mientras que el régimen lo aprovechó para reinterpretar la historia a su manera e impulsar una estrategia electoral que tuvo su máxima expresión con el anuncio de las elecciones presidenciales antes de mayo 2018. Por su parte, nuestra Asamblea Nacional, lejos de reivindicar pedagógicamente esa fecha, respondió de manera tradicional, con un acto solemne que realmente no trascendió las paredes del Palacio Federal.

No son tiempos de democracia, son tiempos de acompañar a la gente, de rescatar la política del debate, de la discusión, negociación y construcción de consensos, de buscar en cada fecha histórica aquel legado que nos inspire y motive a exigir, reclamar y no permitir que nos roben nuestra condición de ciudadanos libres.

Este 23 de enero se sintió la ausencia del discurso pedagógico, inspirador, de tantos hombres y mujeres que a lo largo y ancho del país, tan sólo semanas atrás, habían puesto su nombre para postularse a gobernadores y alcaldes, en defensa de la democracia. Así mismo, tantas organizaciones con fines políticos que siempre participan en los tarjetones electorales, perdieron la oportunidad de retomar los espacios públicos y reivindicar la política. Como dijo Castro Leiva, este 23 de enero “celebramos el olvido”.

Por último, es oportuno destacar que es un buen síntoma que la gran mayoría de partidos políticos haya asumido el compromiso de validar la tarjeta de la MUD como símbolo electoral en esta lucha pacífica y cívica. Ahora, sólo queda participar para lograr esa finalidad y que ese acto sea el inicio de un proceso político de consolidación de una unidad real, así sea imperfecta. Es urgente.

@carome31

PolitiKa UCAB, enero 25, 2018

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Con voz propia

Entendido que Guerra civil es enfrentamiento armado en un país entre adversarios en defensa de respectivas ideologías o intereses. La historia venezolana está abarrotada de esos conflictos. Entre 1830 y 1903 hubo 166 revueltas, pero el 21 de julio del último año citado, el ejército guiado por Juan Vicente Gómez libró la batalla que las erradicó.​ Dejaron saldo de un millón de muertos, estimación del historiador Robert L. Sheina.​

Posibilidad de reanudación anunció en su mando Hugo Chávez, quien se presentó como el único que podía evitarla. Su legatario Nicolás Maduro (NM) la hizo cantinela, pues molesta con abuso del término.

“Si es promulgada la Ley de Amnistíam Venezuela puede entrar en un proceso de guerra civil intensa”.

Reiterativo fue en todo 2017. Entre señalamientos asegura “fracaso de complots imperialistas del norte que buscan provocarla” (HispanTV 4/5). ¿Ustedes quieren una paz duradera o guerra civil?”, interrogó rodeado de la cúpula militar a cadetes y tropas desde Fuerte Tiuna (24/5).

El 27 de ese mes advierte por telesur que no la permitirá. Luego pregonó que la evitaría y finalizó con ultimátum a la oposición: de trancar el juego llevaran crisis a escenario de guerra civil.

Laberinto surgió en julio. Germán Ferrer entonces diputado oficialista hoy ex patriado, afirmó que la constituyente de NM (rechazada por 90% de la población) puede causarla (El Nacional 03/07). El día 25 ex ministro de Interior, Mayor General del Ejército Miguel Rodríguez Torres, batallador 4F92 pidió a NM que suspenda su Constituyente para eludirla. Según PSUV una guerra civil es lo que busca Trump.

“Por lo que pasa en Venezuela, debemos preguntarnos si lo que ahí se está viviendo es una guerra civil. La pregunta no es retórica”se responde José Ramón Cossío Díaz, ministro de Suprema Corte de Justicia de México, quien la formula.

Desde las condicionantes ideológicas que el conflicto implica, habrá quien de inmediato sostenga que no, decir que efectivamente es una guerra civil, permitiría la aplicación de leyes de guerra y el seguimiento del conflicto, más allá de la voluntad de quienes hoy ejercen el poder” (El País, edición América del periódico global, 9/ 8)

Tan razonables pueden considerarse opiniones que acusen existencia de esos conflictos armados; Venezuela sumida en la guerra civil (Atilio Borón, analista político Argentino |23/05); como las que sostienen no debe hablarse de guerra civil.

Y más las de quienes dicen: NM coloca a venezolanos al borde de la guerra civil (Editorial de El Nacional (O7/ 08)

En cuenta deben tenerse las alertas de la diputada del Parlamento Europeo Dita Charanzová y del ex comandante de la OTAN almirante James Stavridis: “Venezuela está al borde de una guerra civil”.

Otros creen un riesgo que se acrecienta con transcurrir de los días.

Perversa interpretación de NM de las declaraciones de arzobispos durante la celebración de la Divina Pastora en Barquisimeto: “viene un diablo con sotana a llamar a enfrentamientos violentos, llamar a la guerra civil”.

No es la primera vileza. En una de las tensiones con Colombia habló de probabilidad de esa guerra.

” Aunque en la crisis institucional profunda y el caos que se vive en Venezuela es tal que muchos piensan que están dadas las condiciones para una guerra civil. En el caso hipotético de que se diera, habría un seguro ganador que sería el gobierno de NM y el PSUV y un perdedor que podría ser fácilmente masacrado, representado por al menos el 80% de la población que ya no quiere saber nada de NM” (Darío Espinosa Correa, Director Centro Apoyos Académicos en Universidad de Cali, Colombia)

De estar al borde de ese conflicto lo confirmó NM en mitin el 23 de Enero donde hizo repetir a gritos: ¡somos guerreros¡

Al MARGEN. ¿Qué les parece la escogencia por consenso del empresario Lorenzo Mendoza para Presidente y someter a primarias a líderes políticos para la vice presidencia de la República?

Jordanalberto18@yahoo.com.

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Lester L. López O.

Apreciación de la situación política Nro. 131


La decisión de la Unión Europea (UE) de sancionar 7 funcionarios del régimen incluyendo, por primera vez, al primer vicepresidente del PSUV y fraudulento constituyente, precipita la iniciativa de la no menos fraudulenta ANC a adelantar las elecciones presidenciales previstas para diciembre del presente año según la Constitución Nacional, para el primer cuatrimestre del mismo, pero cuyo adelanto se estaba negociando en la ronda de conversaciones en República Dominicana, para, probablemente, julio u octubre próximo.

El adelanto que viola, por parte del régimen, el proceso de negociación en curso, es inmediatamente rechazado por la comunidad internacional por arbitrario y por no cumplir con las garantías que debe caracterizar este tipo de evento electoral. Igualmente es rechazado por un buen porcentaje de electores opositores que favorecen la abstención hasta que no se mejoren las condiciones electorales reinantes.

Pero, para la oposición venezolana en general, la arbitraria decisión la obliga a atender un escenario dilemático entre concurrir o no. Hasta el día de hoy, quizás afortunadamente porque están analizando prudentemente la decisión, los partidos políticos no se han pronunciado buscando un consenso que definirá el futuro político del país.

No concurrir al evento alegando cualquiera de las razones válidas que existen, significa que el gobierno las ganaría con todas las implicaciones políticas, económicas y sociales que esa victoria acarrearía para la sociedad venezolana que quedaría dependiendo, esencialmente, del apoyo internacional que, salvo organizar una acción militar para salir del régimen, cualquiera otra acción solo agravaría las penurias que sufre actualmente el país en general.

Concurrir, aún con las condiciones actuales, pero con una candidatura y acuerdo de gobernabilidad unitario y con una organización electoral adecuada acompañada de un discurso apropiado podría convertirse en una victoria electoral que desaloje del poder a la calamidad que nos gobierna, pero que, aun perdiéndolas, el expediente del fraude motivaría acciones masivas de calle que a la larga obliguen al gobierno a retirarse. No se puede omitir la realidad que para la fecha de las elecciones lo más probable es que la crisis actual haya empeorado y eso va a jugar, en definitiva, en contra del régimen y sus pretensiones de reelegirse.

Bajo esta perspectiva, no concurrir a las elecciones es la peor opción.

@lesterllopezo 26/01/18

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Marino J. González R.

No hay ninguna duda de que en Venezuela el respeto a la vida ha desaparecido como práctica de las responsabilidades del gobierno. Para empezar, el hecho de que la mayoría de los venezolanos no cuente con los recursos para comprar los alimentos del día, lo cual trae como consecuencia los riesgos de muerte y desnutrición, especialmente para aquellas poblaciones de mayor vulnerabilidad, ya deja bastante claro que la preservación de la vida no es la guía de la acción pública. A ello debe agregarse que también la mayoría de la población no tiene acceso a los medicamentos para afecciones de todo tipo, y que por la falta de ellos muchas personas están en peligro real de morir. El grado de desprotección ante la violencia, que ha condicionado que la gran mayoría de la población se sienta con temor incluso en su propia vivienda, ha llegado hasta el punto de que el país es considerado en este momento el más peligroso en el mundo. Ya todo eso bastaría para tener la máxima preocupación.

A todo lo anterior hay que agregar el clima de zozobra que ha experimentado el país ante los sucesos ocurridos en El Junquito la semana pasada. Especial mención deben recibir dos hechos absolutamente sorprendentes que requieren ser aclarados en las investigaciones por venir. En primer lugar, el lamentable resultado en vidas humanas cuando aparentemente había disposición de entregarse ante las autoridades. Y en segundo lugar, las acciones de los organismos oficiales para disponer de los cuerpos de los fallecidos sin tomar en consideración la voluntad de sus familias. Estas acciones, por parte de los organismos responsables, indican que no existió mayor miramiento por los sentimientos y decisiones de los familiares.

En las actuales circunstancias del país, en las que cada día que pasa agrega multitud de situaciones que reflejan el malestar y rechazo de los ciudadanos, estos hechos son completamente inauditos. Son expresión de rasgos inequívocos de una gran descomposición institucional. El respeto por la vida y la muerte deben ser signos característicos de las sociedades.

"Cuando se irrespeta la vida y la muerte, especialmente por la valoración que hacen las familias del dolor que significa perder seres queridos, es imperativa la reflexión sobre los valores que esa sociedad comparte o ha dejado de compartir"

Es un llamado muy directo a la conciencia de los actores políticos y sociales que participan. Es una alerta colectiva sobre el tipo de conductas que están caracterizando la vida de la sociedad.

Es indudable que la situación general del país no puede ser más dramática. En todos los frentes. En el plano político por las grandes dificultades para encontrar espacios de acuerdo. En lo económico por las tremendas repercusiones que tiene la hiperinflación, con su estela de destrucción en todos los espacios. En lo social por el sufrimiento de millones de familias en su cotidiana lucha por la subsistencia. Y como si no fuera suficiente, ahora en la vulneración del respeto a la vida y la muerte. Si no es el punto más bajo en la incertidumbre por el destino del país, se le debe parecer bastante.

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¿Qué pasará el día después, cuando la debacle pase —porque pasará—, cuando las fuerzas demoledoras encuentren el freno que en este momento no alcanzamos a vislumbrar, pero que no puede no ser? Entonces vendrá ese día en el que nos levantaremos, primeramente, a contemplar las ruinas del huracán que pasó, a lamentar que lo que fue edificado con la paciencia del tiempo tuviese las fallas que facilitaron su destrucción. Ese día, cuando la calma sobrevenga, conoceremos la magnitud de los daños y caeremos en cuenta de que eran superiores a lo que imaginábamos; y nos dolerá más saber que la tragedia fue humana, que el huracán fuimos nosotros. Entonces, habrá que recoger todo lo roto, botar los escombros (reciclar, para que no me caigan los ambientalistas) y reconstruir la casa común con la mente puesta en que debemos reforzarla para que una devastación igual no nos sorprenda de nuevo.

Cuando pienso en ese día y hago mentalmente el inventario de las mentes prodigiosas que la fuerza civil de nuestra tierra ha producido en todos los sectores, me lleno de esperanza. La reedificación será retadora, será monumental. Aun en este momento en que la tormenta se siente en toda su ferocidad, hay que poner la mente en el futuro, en el futuro y en las mentes brillantes con las que contamos.

Hay venezolanos extraordinarios en nuestra tierra y regados por el mundo. Gente que sabe de petróleo, de economía, del gobierno de las naciones, porque lo han estudiado durante toda la vida, preparándose para un llamado que nunca se ha producido. Médicos nuestros que dan clases de cómo salvar corazones; sopranos que cantan en calles abandonadas del sur; niñas que con la magia de las cartas cuentan nuestra tragedia y nos conmueven. Hay jóvenes venezolanos estudiando en todas las universidades de este diverso planeta. Ellos vendrán cuando se les convoque. Será maravilloso verlos venir, ver los retratos de los piecitos que vuelven, caminando sobre Cruz-Diez. Y los recibiremos y habrá pancartas, calles, flores y canciones. Y no habrá que vender la conciencia para cantar. Será una reconstrucción hermosa por lo largamente anhelada, llena de creatividad e iniciativa, como le enseñaban a uno en primaria.

En el fondo, el gran reto de esa reedificación nacional será el que movía la angustia de Bolívar en Angostura: la creación de una ciudadanía consciente, respetuosa de las leyes; la erradicación de eso que él no llamó así porque uno no sabe si existía la expresión en ese tiempo, pero que nosotros englobamos bajo el concepto de la “viveza criolla”, que incluye muchas cosas y no solo el “vil egoísmo que otra vez triunfó” y el afán de enriquecerse a costa de todos, sino también esa actitud mental de usar todo lo público —leyes incluidas— para sacar provecho y ventaja sobre los ciudadanos honestos. Moral y luces siguen siendo nuestras primeras necesidades. Reeducarnos para no seguir construyendo edificios endebles y prevenir tragedias.

En este difícil momento, que quedará registrado como de los más duros de nuestra historia, pienso en ese día, en el día después. Creo que nuestras mentes brillantes deben estar puestas no en la inútil discusión de qué arquitecto va a desarrollar el proyecto —tenemos muchos y muy buenos—. En lo que hay que pensar es en los planos, que es lo que requiere echarle coco.

La tormenta me atormenta; pero, en este duro momento, pensar en los retos del día después entusiasma, porque uno sabe que tenemos con qué.

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Se dice que “estamos arando en el mar y sembrando en el viento” cuando queremos expresar el desasosiego que nos produce algo que hemos realizado y que al final consideramos no alcanzó los resultados que esperábamos.

La situación social, económica, política, militar y moral que con vientos huracanados está soplando con fuerza sobre los rostros de los venezolanos, es la prueba o demostración más contundente de lo vigente que está la expresión atribuida a Simón Bolívar: “He arado en el mar” como epilogo o balance de su gesta libertadora, fruto de la decepción que lo invadió al ver en lo que había concluido su proyecto político; es decir, en numerosas luchas intestinas por el poder nacidas de intolerancias políticas que posteriormente desembocaron en inútiles revueltas armadas que solo dejaron huérfanos, viudas y un país social, política, económica, militar y moralmente, destruido.

Tanto más contundente se nos presenta la prueba en cuestión, cuando recordamos que las montañas de dólares americanos que ingresaron a este país por concepto de venta de petróleo son matemáticamente incalculables, y paradójicamente, nos encontramos en la dolorosa condición de estar a un pasito de ser asistidos por la caridad internacional.

Por otro lado y para concluir, no estamos descubriendo el agua tibia cuando presuponemos que la crisis venezolana es tan grave que su desenlace es muy difícil de predecir; en consecuencia, están vigentes las palabras de Bolívar: “He arado en el mar”

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El régimen tirano acorralado por el sistema internacional, desnudo por el ejercicio de la crueldad y el sadismo, culpable y responsable por la miseria exponencial de los venezolanos confunde nuevamente la política con la táctica y -en una huida hacia adelante- muestra el miedo hacia unos venezolanos engañados que todavía mendigan los bonos del hambre y empleando la fraudulenta e inconstitucional Asamblea Constituyente anuncia unas elecciones presidenciales. Su torpeza y desconocimiento de la civilidad del venezolano no podía ser mayor, pero de manera simplista y casi lineal se imagina de nuevo que el conductor de autobús responsable y culpable por la más alta inflación del mundo, creador del paramilitarismo como actor destructor y eliminador de ciudadanos y del gentilicio democrático del venezolano, pudiera entusiasmarle un hecho electoral presidencial sin garantías y en condiciones arbitrarias.

El llamado a elecciones como ejecutoria táctica del bestiario militarista, lo que muestra es el enorme miedo de la revolución chavista y post-chavista que sabe que no puede seguir engañando a la mayoría de los ciudadanos demócratas venezolanos, tampoco a las importantes instituciones del sistema internacional y menos a los jefes de Estado de América Latina. Con esta huida hacia adelante reafirman que están llenos de pánico y otean –aunque sus cálculos sean diferentes- que no podrán desviar el gentilicio y civilidad de la ciudadanía venezolana. Esta jugada torpe y primitiva del régimen comunistoide no consideró que los ciudadanos demócratas del país tienen intacta su ética de convicción, y ya comenzaron a activar su ética de la responsabilidad. En consecuencia, siéntanse desde ya destructores de esta tierra de Dios llamada Venezuela, derrotados en este evento electoral que ustedes mal entienden como una oportunidad.

El llamado a elecciones del bestiario va a recibir una respuesta ciudadana, es decir, una acción política por convicción, que es de franco rechazo a un grupo de gorilas y adulantes del gorilismo que poco entienden del rostro decente y la responsabilidad política de quienes como ciudadanos, tienen la convicción y la decisión de contener la más grotesca versión del gorilismo en el siglo XXI, como lo es el hiato del chavismo y el post-chavismo. Ambos grupos cercanos a la violencia, al ultraje, al robo, a la mafia, todavía quieren creer que los venezolanos podemos seguir siendo instrumentados y atormentados por quienes después de los golpes de Estado incompletos del 4F y 27N reunidos con mafias politiqueras atrasadas y leyendo contenidos marxistoides, pueden gobernar en pleno siglo XXI. El siglo XXI y el hecho electoral con el cual han querido sorprender a los venezolanos, tendrá una respuesta que no será otra que la redemocratización de Venezuela.

Los ciudadanos de 2018 convencidos de las virtudes de la democracia estamos prestos para organizarnos, tanto como sea necesario, a fin de defender el derecho a tener una Constitución que se cumpla, a exigirle a quienes gobiernan que tienen que ser responsables y la arbitrariedad no puede ser la lógica para ejercer el poder, sino el derecho. El derecho que comienza, de acuerdo a la Constitución, respetando al ciudadano y como tal la capacidad del ciudadano para exigirle a quien gobierne que cumpla con la legitimidad de origen, pero más importante aún, la legitimidad de gestión. Por todo lo precedente, los venezolanos de 2018 convencidos de nuestros derechos políticos, pero además convencidos de la necesidad de retornar a la democracia iremos al hecho electoral presidencial en la búsqueda de un cambio. Un cambio que no será de hombres, mucho menos de mafias y de grupos de interés, será un cambio que no disgregue, que no fraccione sino que llame a los factores propios de la unión y la civilidad.

Los ciudadanos venezolanos demócratas, que no nos ha impresionado la maniobra simplista y casi ridícula de hoy 23 de enero, estamos apostando desde ya a ejecutar el hecho electoral desde el punto de vista de la ciudadanía. Se trata, entonces, de religar el acto moral del voto con la necesidad de un nuevo Poder Ejecutivo con la modernidad y el progreso de Venezuela. Esto significa el fin del ahuecado proyecto del chavismo y del post-chavismo, donde la incapacidad, violencia y torpeza del partido político en armas como gobierno han impuesto una conducta miserable, persecutoria y violenta creando cambios en las significaciones imaginarias sociales del venezolano, lo cual resulta intolerable. No habrá nuevo Presidente autobusero porque ello indigna a los venezolanos, avergüenza el gentilicio y la historia de los hombres y mujeres de bien del país, y porque además ha llegado el tiempo de reclamar e imponer justicia a quienes que con la violencia creen que pueden lograr el dominio sobre la decencia, el honor y el trabajo.

Los ciudadanos van a expresarse como ciudadanía activa con una lógica política que no pueden entender quienes se adosan a la mafia, al plan de machete y a la peinilla. A quienes aún por ignaros creen que Bolívar, la heroización y heroísmo pueden ser los fundamentos para amenazar, perseguir y hasta destruir a quienes se aferran a los valores de la Constitución y al derecho a la libertad. Pues no, la mayoría democrática venezolana sabe que Simón Bolívar fue el gran filósofo y político del soberano pueblo cuando el mundo pasaba de la modernidad e independencia para formar República, pero la República jamás ha privilegiado la bota militar, mucho menos el paramilitarismo, las mafias y el oscurantismo confundido con la politiquería.

Es la civilidad contra la barbarie. Es la democracia contra el militarismo. Es, sobre todo, la ciudadanía que no se deja sorprender con esta actitud de bufón creando un factor de sorpresa, donde lo que existe es miedo, torpeza y desconocimiento de la realidad política venezolana. La ciudadanía, esa que no confunde la política con la táctica y que rechaza el militarismo obsecuente y primitivo, que por traidor no entiende del hambre, ni la miseria exponencial y ni el sufrimiento de mujeres y hombres que han venido siendo maltratado, ofendido y vejados por un régimen hoy atormentado que cree que puede ser victorioso en el proceso electoral de abril de 2018. La ciudadanía y la civilidad les demostrarán su franca derrota.

Es original

Director de CEPPRO

@JMachillandaP

Caracas, 23 de enero de 2018

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