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Opinión

Carlos Raúl Hernández

La dignidad del pensamiento, encarnada en Sócrates, Giordano Bruno, Voltaire, Solzhenitsin, Sajarov, Havel, consiste en buscar “la verdad” y jugársela por ella. Eso es lo que da moralidad y jerarquía a la práctica teórica. No podemos ser ellos, pero tampoco sus antípodas. Callar, halagar a los que dirigen, acomodarse a pifias suicidas, es su caricatura, o mera incompetencia. Igual salir radiante como Venus del mar entre espuma del semen de Zeus a analizar el error consumado cuando ya es inútil. Después del fracaso ruinoso, el jardín se llenó de girasoles parlantes que nos pasmaron con su brillo dialéctico, precisión expositiva, clarividencia, por desgracia bajo tierra cuando eran necesarios contra el disparate y no vale comprar lotería después del escrutinio. Médicos que solo saben hacer autopsias. La razón práctica se debe imponer sobre la confusión, la crisis y el debate feroz.
Cuando caminabas por alguna plaza y te fijabas bien, descubrías alguno haciéndose pasar por árbol de acacia, o por ardilla y si lo saludabas se ponía el índice sobre los labios (sssssssshhh no digas que me viste) Max Weber pensaba que la función del político es buscar el poder, la del estudioso buscar el conocimiento y no deben confundirse. Los griegos dividen el pensamiento en doxa (opinión común) y episteme (saber sistemático o científico) La doxa es un físico nuclear que habla sobre las vicisitudes en el Medio Oriente y la episteme es un físico nuclear que habla de física nuclear. Los abajo-firmantes o los curiosos pueden decir cualquier simpleza y se entiende, “hablan con el corazón” pero los “doctos” están obligados a argumentar su silencio o su error. Llamar “presidencia provisional” un parapeto era sobre todo ridículo. Dante tenía un círculo del infierno para los malos consejeros.
Falta una antología de canalladas y calumnias contra quienes plantearon transar e ir a elecciones desde el primer momento, entre 2016 y 2019, con la potencia de 80% de apoyo popular. “Fundamentalistas del voto”, “cese de la usurpación”, “ya estamos cerca”, “Maduro vete ya”, “calle, calle y más calle” (muertos, muertos y más muertos), “¿cuánto te pagan tarifado?”, “solo se negocia con Maduro dónde se asilará”, “colaboracionistas”, “intervención militar democrática”, “si o si”, “presidencia interina”. Prohibido olvidar a los asesores estratégicos residuales que embaucaron activistas, gente de buena fe y a la comunidad de países, con demencias quijotescas, “ilegitimidad”, invasión extranjera, explosión social, sanciones que derrocarían al gobierno, aunque lo que derrocaron fue la energía de combate y ahora “se negociará” entre escombros. Moraleja: no hay que hacerse los locos ni adular cuando pulula el desvarío sino cumplir la responsabilidad de la razón.
Gafedades asesinas. Un debate académico es inocuo, nace y muere en su cápsula. Pero en la política real los intelectuales pueden contribuir en grandes tragedias colectivas o en evitarlas. Dicen que viene una proposición novedosa: la “constituyente”, en mentís a que “después de la caída cualquiera ve la piedra” y a favor de que “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra” y ya lo hicimos muchas veces. La demencia abstencionista de 2005 entregó a la revolución todo el poder para hacer lo que le diera la gana, y se repiten los traspiés en 2017, 2018 y 2020, lo que liquida las fuerzas de cambio en su actual postración. Después del majestuoso triunfo en 2015 contra rayos y centellas, presiones, terror y trampas, era el momento de negociar. Venían las regionales y locales que prometían otro triunfo clamoroso y un horizonte interesante en presidenciales de 2018. Había que dar garantías institucionales al gobierno, posiciones de poder, convencerlo de que la vida seguiría su ritmo y no vendrían vendettas disfrazadas de “justicia”.
No tenía clase. Eso hizo la sensatez en muchos países para que el cambio no se auto desestabilizara con cacerías (solo veamos a Iván Duque). Decidieron no ir a elecciones, derrocar a Maduro en las calles y vino la hecatombe. No sé si a algún historiador del futuro le interesará una “narrativa” (hablemos snob) tan bufa como la de políticos y asesores que en 2018, frente a un gobierno con 80% de rechazo, deciden abstenerse. “No hay condiciones” dijeron, pero la razón subliminal era que a Henri Falcón no lo aprobaba el sanedrín por falta de pedigrí. Hoy los teóricos del silencio, antaño a favor de los despropósitos que mataron al movimiento social, se explayan en hermenéuticas, porque ya no hay peligro de que las víboras muerdan y tutilimundi es alacrán, negociador o colaboracionista. Ojalá la experiencia de ir a tratar de hinojos con el gobierno después de despilfarrar los grandes esfuerzos y sacrificios de nuestra sociedad, abra las cabezas de roca. Incurrieron en los mismos errores de 2005, trece años después y no estamos libres de repetición. Hoy Maduro luce la pechera cuajada de medallas por las palizas que dio a la gafocracia.

@CarlosRaulHer

 3 min


Jacquelyn Turner

Una enfermedad amenaza los cultivos de la variedad de plátano más consumida en buena parte del mundo. Y aunque la edición genética ofrece una solución que podría salvarlos, también contribuiría a perpetuar prácticas que crean un terreno fértil para plagas feroces.

El plátano tal y como lo conocemos está en problemas. Informes recientes sugieren que la enfermedad más mortífera para esta fruta se ha detectado en Perú y Venezuela, dos de los mayores exportadores de plátano del mundo. Tras las infecciones confirmadas en Colombia en 2019, parece que la enfermedad se está propagando por América Latina y las medidas de bioseguridad destinadas a contener el patógeno no han tenido éxito. Así como la pandemia de covid-19 tomó al mundo por sorpresa, la industria bananera está mal preparada para lo que apunta a ser una destrucción catastrófica de los plátanos comerciales. En gran medida, la esperanza está puesta en una variedad genéticamente modificada de plátano, desarrollada recientemente, que promete salvar a esta fruta de la extinción comercial. Pero puede que no sea tan sencillo.

La raza 4 tropical o R4T, cepa del hongo Fusarium oxysporum que causa la fusariosis, que conduce al marchitamiento de los árboles de plátano, se ha extendido por el mundo durante las últimas décadas. Para los expertos que se preocupan apasionadamente por los plátanos y las personas cuyo sustento depende de ellos, ver los reportes de la propagación de la enfermedad ha sido como ver, en agonizante cámara lenta, un tren lleno de plátanos que avanza rumbo a una colisión inevitable. Pese a que los expertos han hecho sonar la alarma durante años, los mínimos esfuerzos de bioseguridad internacional han permitido que la enfermedad salte de una parte a otra del mundo, empezando en Taiwán y luego esparciéndose por Asia y África. Por décadas, los criadores de plantas han intentado desarrollar un plátano que complazca a los consumidores y que sea inmune al R4T. Probaron con plátanos silvestres e intentaron cruzar especies silvestres no comestibles con variedades comestibles sin semillas, para tratar de transferir rasgos de inmunidad. Según la mayoría de las fuentes, estos métodos han fracasado en gran medida.

Ahora la enfermedad aterrizó en América Latina, el principal exportador de plátano para Europa y América del Norte. Como la enfermedad a menudo pasa hasta dos años sin ser detectada, es probable que R4T exista en América Latina más allá del Perú, Venezuela y Colombia, esperando a ser descubierta mientras se extiende.

A finales de febrero llegaron buenas noticias, cuando investigadores australianos anunciaron un nuevo plátano modificado genéticamente para ser resistente al R4T. El equipo logró insertar en un plátano comercial el gen que le da resistencia a una de las variedades de plátano silvestre, y ahora esperan aumentar la inmunidad del nuevo plátano utilizando la tecnología CRISPR. Pero, ¿cómo llegó la industria a pensar en los organismos modificados genéticamente como su última y única esperanza?

Para responder, tenemos que volver a una época bananera distinta. Casi todos los plátanos que se importan a Estados Unidos y Europa son plátanos de la variedad Cavendish, y ha sido así durante décadas. Pero el Cavendish no tiene el mismo pedigrí que otros plátanos: se magulla con facilidad, su rendimiento por planta es menor que el de otras variedades y requiere una gran cantidad de insumos agroquímicos para crecer. En las regiones donde se consumen distintas variedades de plátano, como la India, el sudeste asiático y América Central, la popularidad del Cavendish es baja, simplemente porque no sabe tan bien como un plátano puede saber. Sin embargo, el Cavendish ha dominado en un área importante: la inmunidad.

En los años 50, el caballo ganador de la industria bananera era una variedad conocida como Gros Michel. Este plátano de ensueño era resistente, tenía frutos grandes y un sabor sublime. Pero casi fue aniquilado en las plantaciones latinoamericanas por el predecesor de la R4T: la raza 1 tropical que, como la R4T, pudría las plantas desde el interior y se propagaba a través del suelo contaminado. Nada podía eliminar el patógeno del suelo una vez que infectaba un plantío, y las esporas permanecen allí hasta hoy. Entonces, el plátano Gros Michel fue reemplazado rápidamente por el Cavendish, inmune a la TR1. Por desgracia para la industria bananera, la R1T resultó ser solo el primer patógeno mortal en amenazar a los plátanos tal y como los conocemos. La R4T surgió en Taiwán en la década de 1990, y afectaría especialmente a la variedad Cavendish. (En el camino surgieron la R2T y la R3T, que son menos virulentas y no atacan a la familia de los plátanos). Como los plátanos Cavendish no tienen semillas (los plátanos silvestres están llenos de semillas, pero a muchos consumidores no les gustan) y son cultivados por vástagos, los ejemplares son casi genéticamente idénticos y aún más vulnerables a la propagación de enfermedades. Para muchos científicos, la solución parecía clara: si nadie podía encontrar un plátano que fuera resistente a R4T y se ajustara tanto a las expectativas de los consumidores como a una industria basada en márgenes de producción estrechísimos, tendrían que fabricar uno.

Es aquí donde entra CRISPR, la tecnología de edición genética. La cobertura inicial de la tecnología CRISPR se centró en lo que podría significar para los humanos, con muchas referencias a la película Gattaca de 1997. Sin embargo, nuestros alimentos también son un blanco de esta tecnología. Poder cortar un gen que hace que un cultivo sea susceptible a un patógeno es el material de las fantasías y, en casos muy recientes, de la realidad de gigantes agroindustriales como Monsanto y Syngenta.

Si bien la mayoría del maíz y la soya en los supermercados estadounidenses están modificados genéticamente, estos alimentos están actualmente prohibidos en la Unión Europea. (Queda por ver si el Reino Unido mantendrá estas reglas después del Brexit). El Cavendish genéticamente modificado que desarrollaron los investigadores australianos tendrá un camino más fácil hacia los mercados de Estados Unidos, donde se estima que alrededor del 75% de los alimentos en los supermercados tienen al menos un ingrediente modificado genéticamente.

Aunque hasta ahora la investigación respalda la ausencia de efectos adversos para la salud ocasionados por los alimentos genéticamente modificados, hay muchas críticas válidas sobre la producción y regulación de la tecnología. Y pese a lo mucho que estos alimentos pueden ayudar, no logran aún cambiar muchos de los sistemas que provocan las crisis que luego son llamados a resolver. La producción de alimentos modificados genéticamente es costosa en la actualidad y, por lo tanto, requiere el respaldo de grandes corporaciones, cuyas prioridades radican en los rendimientos y las ganancias, no en la biodiversidad o la salud de los trabajadores y el medio ambiente. Como muchos monocultivos, los plátanos dependen en gran medida de la aplicación frecuente de agroquímicos. Esta práctica ha tenido efectos catastróficos y duraderos en la vida de los trabajadores de las plantaciones y los ecosistemas circundantes, pero la producción de plátanos en condiciones de hacinamiento también los ha hecho vulnerables, lo que permite que las enfermedades se propaguen rápidamente, sin el obstáculo que representan los suelos saludables y la biodiversidad que sirven como póliza de seguro del medio ambiente. El nuevo plátano que los investigadores están desarrollando sería uno que ocupe el espacio del Cavendish en este sistema, sin perturbar ni cuestionar ninguno de estos otros elementos.

El gigante bananero Fresh Del Monte Produce se asoció con la universidad australiana que desarrolló el primer plátano transgénico resistente al R4T para financiar un proyecto de cinco años para perfeccionar y probar la nueva variedad fuera de los invernaderos de laboratorio. Y aunque Del Monte aún no ha realizado ningún anuncio, no sería inesperado que este nuevo plátano sea patentado (como ya han sido patentados los genes resistentes a R4T), lo que significaría que, a menos que otras corporaciones bananeras como Chiquita y Dole desarrollen sus propias variedades, estarían en una desventaja significativa. Y el plátano resistente al R4T podría quedar fuera del alcance de cientos de miles de pequeños productores, para quienes el fruto representa la piedra angular de la seguridad alimentaria.

Los plátanos no son, desde luego, nuestro único monocultivo. Muchos de los productos alimentarios básicos se cultivan a partir de un puñado de variedades. Y aunque la modificación genética nos promete otra herramienta para combatir los patógenos, vale la pena reflexionar sobre cuán reactivo es este proceso. Al igual que con la pandemia que se ha extendido por todo el mundo el año pasado, prevenir la propagación inicial de la enfermedad habría sido mucho menos costoso que tratar de mitigarla cuando ya se había propagado por varios países.

¿Al cuánto tiempo de plantar Cavendish 2 deberán los investigadores comenzar a desarrollar otro plátano modificado genéticamente para resistir la raza 5 tropical? ¿Y la 6? Esto, por no mencionar los desafíos que enfrentan los plátanos bajo el cambio climático. Las cosechas podrían caer a nivel mundial hasta en 50% para 2050, y no está claro qué tan resistente podría ser un plátano transgénico en ese escenario.

Hay formas de cultivar plátanos y otros cultivos que apoyan la biodiversidad y la salud del suelo. Un ejemplo son los sistemas agroforestales utilizados por muchos pueblos indígenas en América Latina. Estos sistemas dejan espacio entre las plantas y cultivan múltiples variedades de banano, para que sea mucho menos probable que la enfermedad se propague. Pero la tentación de una solución tecnológica brillante –y las ganancias a corto plazo– a menudo acalla las conversaciones sobre cómo esas medidas podrían integrarse en la producción bananera a gran escala, o cómo los productos llevarse a los consumidores en el extranjero.

A menudo, los alimentos genéticamente modificados se consideran necesarios para alimentar a un mundo en constante crecimiento, pero se discute menos cómo las formas en que cultivamos esos alimentos en realidad exacerban nuestros problemas. La agricultura industrial elimina la capa superficial del suelo y exige el uso de insumos tales como los fertilizantes químicos para reemplazar los nutrientes perdidos. Cultivar plantas genéticamente idénticas juntas permite que los patógenos se propaguen rápidamente, diezmando cultivos enteros.

Si los plátanos sirven como caso de estudio sobre el futuro de nuestros alimentos, deberíamos pensar detenidamente cómo presentamos el argumento a favor de los cultivos genéticamente modificados. Si la prioridad es dar rendimientos y soluciones a corto plazo contra los patógenos rebeldes, la modificación genética es un paso correcto en esa dirección. Pero si ponemos la mira en la salud ambiental a largo plazo, vale la pena reconsiderar cuáles esfuerzos nos llevarán allí. Una solución real requerirá una combinación de estrategias. Para los plátanos, es crucial examinar los métodos de bioseguridad y monocultivo que permiten que estas enfermedades se propaguen tan ferozmente. Sin cambios significativos, solo podemos esperar que la próxima variante nos tome por sorpresa.

Este artículo es publicado gracias a una colaboración de Letras Libres con Future Tense, un proyecto de Slate, New America, y Arizona State University.

21 de mayo 2021

Letras Libres

https://www.letraslibres.com/mexico/ciencia-y-tecnologia/platanos-en-pel...

 8 min


Víctor Galaz

Los líderes de Silicon Valley nos dicen que la Cuarta Revolución Industrial traerá beneficios incalculables. Dicen que esta revolución ya está en marcha y que se está acelerando, impulsada por la inteligencia artificial (IA) y otras tecnologías, y advierten que nos quedaremos tragando el polvo que dejen los que tomen la delantera si no nos ponemos al día.

Esta conmoción – que también refleja el impacto de la robótica, la biotecnología y nanotecnología, el 5G y el Internet de las Cosas (IoT) – es una revolución con propósitos generales. Sus líderes y sus impulsores prometen que ayudará a las sociedades a hacer frente al cambio climático, abordar la pobreza y la desigualdad, y frenar la dramática pérdida de la biodiversidad.

Puede que la revolución se desarrolle así. O, puede que no.

Considere la revolución digital más reciente, que nos trajo Google, Facebook y Twitter, y cambió la forma en que fluye la información en todo el mundo. Al principio, la capacidad de conectarse a otros en línea, y de crear y compartir contenido digital sin problemas a través de redes sociales virtuales en constante crecimiento, parecía ser una capacidad claramente beneficiosa.

Pero hoy en día, la avalancha mundial de desinformación posibilitada por estas plataformas está dificultando la gestión de la pandemia COVID-19 y la lucha contra el cambio climático. Pocos se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo hasta que fue demasiado tarde, y ahora estamos lidiando con las consecuencias.

Por lo tanto, ¿cómo pueden las sociedades minimizar el riesgo de un uso involuntario, ignorante o deliberadamente malintencionado de la próxima generación de tecnologías?

Mi trabajo se centra cada vez más en la colisión de dos mundos. El primero de estos mundos es la tecnosfera que comprende el material que los seres humanos han creado, mismo que equivale a unos 30 millones de millones de toneladas, es decir, 50 kilogramos por metro cuadrado de la superficie de la Tierra. El segundo es la biosfera que es la fina capa que se adhiere a la superficie de la Tierra, donde prospera la vida y donde los seres humanos han disfrutado de un período de 10.000 años de clima relativamente estable.

Primero me interesé por la relación entre estos mundos mientras exploraba el crecimiento de sistemas de alerta temprana mundiales semiautomatizados para el control de enfermedades. Esto me hizo apreciar cuán profundamente la tecnología altera el comportamiento humano, organizacional y de las máquinas. A veces esa influencia es lineal, simple y directa. Pero la mayoría de las veces los efectos del cambio tecnológico son indirectos; se mueven a través de complejas redes de causalidad y se hacen visibles para todos nosotros sólo después de mucho tiempo. Las redes sociales son un buen ejemplo de ello.

La tecnosfera está a nuestro alrededor. Está en camino de convertirse en la llamada “infraestructura cognitiva”, con la capacidad de procesar información, razonar, recordar, aprender, resolver problemas, y, a veces, incluso tomar decisiones con una mínima intervención humana a través de una mayor automatización y aprendizaje automático.

En términos evolutivos, esto puede resultar ser un salto gigantesco. Pero las decisiones sobre el diseño y la dirección de la tecnosfera deben reflejar los objetivos sociales y la situación del planeta. La construcción de un futuro más sostenible, por lo tanto, nos obliga a repensar algunos supuestos profundamente arraigados sobre el papel que desempeñan la tecnología en general, y la inteligencia artificial en particular.

El mayor imperativo puede ser ampliar la narrativa dominante de “Inteligencia artificial para el cambio climático”. En su forma más simple, esta narrativa se centra en el uso de la IA para predecir el clima, o para optimizar los sistemas de energía o los flujos de tráfico. Pero el sistema climático está fundamentalmente conectado con la biosfera, con su biodiversidad, bosques, océanos y ecosistemas agrícolas. Desarrollar y desplegar la IA responsablemente para hacer frente a los urgentes desafíos de la sostenibilidad requiere aceptar esta conexión con el planeta vivo, y nuestro papel en él.

Además, enmarcar las contribuciones de la IA en términos de optimización y eficiencia es la manera equivocada de pensar en reforzar la resiliencia a largo plazo de las personas y el planeta. La resiliencia, que se define como la capacidad de recuperarse de los golpes y adaptarse a las condiciones cambiantes, requiere de diversidad y redundancia. Una ciudad con una enorme autopista que cruza su centro es vulnerable al embotellamiento si se ve golpeada por una inundación repentina o un ataque terrorista. Una ciudad que tiene muchas rutas que van de un lugar a otro tiene mayor capacidad de resiliencia.

Los sistemas que están optimizados para maximizar la producción (digamos, de un cultivo en particular) son propensos a sufrir crisis y circunstancias cambiantes. Optimizar las tierras agrícolas para obtener los máximos rendimientos mediante los análisis predictivos y la automatización es una estrategia tentadora, pero podría acelerar la pérdida de conocimientos ecológicos locales, amplificar las desigualdades existentes y aumentar la dependencia del monocultivo en respuesta a las presiones comerciales.

El potencial de la IA para ayudar a abordar el desafío climático no radica en optimizar los sistemas, sino en aumentar las capacidades de las personas para convertirse en administradores de la biosfera. Hoy en día se necesita urgentemente una visión más amplia. Pero hay dos grandes riesgos en el esfuerzo por dirigir máquinas inteligentes para fomentar la administración de la biosfera.

El primer riesgo es la exageración. A medida que aumentan las presiones sobre nuestro planeta y el sistema climático, también aumentará la esperanza de que las soluciones de IA puedan ayudar a “resolver” desafíos sociales, económicos y ambientales profundamente complejos. Nuestro conocimiento sobre si la IA realmente ofrece grandes beneficios climáticos (y a quién los ofrece) es limitado, y las evaluaciones existentes a menudo son tremendamente optimistas, dado lo que sabemos sobre la evolución tecnológica. Todas las afirmaciones deben probarse de forma rigurosa e independiente a medida que las tecnologías de IA evolucionan y se difunden con el pasar del tiempo.

El segundo riesgo es la aceleración. El despliegue de sistemas de IA y tecnologías relacionadas como IoT, 5G y robótica bien puede conducir a una pérdida más rápida de la resiliencia de la biosfera y a una mayor extracción de combustibles fósiles y de las materias primas que sustentan estas tecnologías. Por ejemplo, las empresas de petróleo y gas incrementan cada vez más su búsqueda de formas de reducir costos a través de la digitalización. Según una estimación, el mercado de servicios digitales en el sector de los combustibles fósiles podría crecer un 500% en los próximos cinco años, ahorrando a los productores de petróleo unos 150 mil millones de dólares anuales.

La digitalización, la automatización y la inteligencia artificial tienen un potencial sin explotar tanto para fortalecer la sostenibilidad como para optimizar la explotación. Para acoplar la Cuarta Revolución Industrial con la sustentabilidad, necesitamos empezar, ahora, a dirigir sus tecnologías en una mejor y más sólida forma.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos

Victor Galaz is Deputy Director of the Stockholm Resilience Centre at Stockholm University, Program Director at the Beijer Institute of Ecological Economics at the Royal Swedish Academy of Sciences, and author of the forthcoming book Dark Machines (Routledge, 2022).

3 de mayo 2021

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/directing-artificial-intell...

 5 min


Ismael Pérez Vigil

Nadie se engañe con el título, aunque es en singular, en el país están en curso varias negociaciones, así, en plural, no es una sola, pero se pueden discutir bajo un mismo paraguas; e igualmente en torno al tema se desarrolla en la oposición una tensa polarización, valga decir discusión y diatriba, sobre su significado y sus protagonistas.

Nada de raro tiene que sean varias “negociaciones”, pues desde que el régimen parece haber tomado de nuevo las riendas de la iniciativa en la discusión política, como bien dice el periodista P.P. Peñaloza: “Valiéndose de la dispersión, el chavismo instala tantas mesas como factores de la oposición existen” (Tuit del 16/05/2021). No voy a repetir lo que se dice, en torno al tema en cada variante, solo me referiré a un par de aspectos de la discusión, que me llaman la atención.

Por ejemplo, sería interesante conocer cómo se responden a sí mismas las vestales de la anti negociación, algunas de las interesantes preguntas que ellas formulan para oponerse a la misma: ¿para qué?, ¿con quién?, ¿qué negocian? ¡Negociar, horror!, además ¿sin un plan? ¿Cuál es el plan?

Les confieso que yo no lo sé; no sé si hay o no un “plan”, espero que sí; pero, algo que siempre me ha intrigado es: ¿Cómo saben las vestales que niegan la negociación que no hay un plan? Podría aceptar que en el pasado hubo serias dudas acerca de la existencia de ese plan, o al menos que haya habido una “planificación” de la negociación −que no es exactamente igual−; pero, si fuera así, ¿Eso, de que no hay plan, es ya algo inmanente?, sí alguna vez no lo hubo, ¿significa que ya no lo habrá jamás?, ¿es algo así como una maldición?, ¿no cabe la posibilidad de que esta vez sí haya un plan, aunque antes no lo hubiera y que, obviamente, no se puede estar divulgando?

Descartando a los “alacranes” −de los que siempre diré que no son oposición y que, en todo caso, ya “negociaron” en el peor sentido del término− me extraña la satanización actual que se hace de la “negociación”, porque las tres fuerzas principales de la oposición democrática, hablan de ella y la proponen. Con cierta reticencia aun y temor a la palabra, con diferentes aproximaciones, objetivos, estrategias −o más bien, tácticas−, pero negociación al fin.

En orden de “magnitud” −verificada en votos y encuestas− la oposición Guaidó/G10 se plantea acordar un plan para la “Salvación Nacional”, que incluya al Gobierno, naturalmente a la oposición y a la comunidad internacional; obviamente a esta última, pues el apoyo de esta negociación −y en realidad, de todas− descansa en la comunidad internacional y sus sanciones. La oposición que encabeza Henrique Capriles, aunque la consultó, excluye la participación directa de la comunidad internacional −al menos la que apoya a Guaidó− y se plantea un plan más modesto: acudir a las elecciones regionales con algunas condiciones y garantías, para ir recuperando espacios y organizando a la oposición. Para fracción que encabeza María Corina Machado no es el punto más importante, pero no la descartan y tiene un objetivo más preciso, solo está dispuesta a dialogar y negociar con base en la salida de Nicolas Maduro y toda su gente, por supuesto apelando a la presión que pueda ejercer la comunidad internacional, bajo alguna forma de intervención directa (?) y con ese sentido de desalojar del poder al régimen actual. De manera que, como vemos, las tres facciones mayoritarias, representativas de la oposición, hablan de “negociar” y todas ellas, de alguna forma, descansan en la presión que pueda ejercer la comunidad internacional; pero, ¿son todas ellas igual de “diabólicas y perversas”? Ese es un punto que no me queda claro cuando escucho o leo a determinados voceros o personajes influyentes de una u otra opción.

En cualquier caso, todas las vestales anti-negociación vienen con la misma cantaleta, ¿Dónde está el plan? Y sin esperar respuesta, añaden a continuación: “¡No hay un plan! Luego, el plan es cohabitar, proteger sus propios intereses y legitimar al régimen”. Eso sí, cuando se les pregunta cuál es el suyo, se molestan, no les gusta que se lo recuerden, se ofenden y alegan que este no es el momento ni el lugar para exponerlo… y de pronto, tienen razón, porque ningún plan para derrocar a una dictadura se publicita, ni se ha publicado en la prensa o en las redes sociales. Lo que no es lógico es criticar a los demás por no dar a conocer algo que ellos tampoco están dispuestos a revelar.

Por su parte los “futurólogos”, que siempre abundan, ya “descubrieron” y advierten que eso de negociar, en el fondo lo que busca es darle “impunidad a los narcotraficantes, violadores de DDHH, de la dictadura”. Y los más “radicales”, haciendo caso omiso de que algunos de sus líderes también hablan de negociación, siguen blandiendo su “yo se los dije” y critican las propuestas negociadoras, indiscriminadamente, porque son la evidente demostración de lo que ellos siempre han dicho, que lo que quieren, Guaidó, el G10, y los otros “farsantes” opositores, es “continuar cohabitando con la dictadura”; y así sigue la polémica en los meandros de Internet, para evidente regocijo del régimen, que cada poco la aviva y estimula, desconociendo a unos, insultando a otros, aupando a terceros o rechazándolos a todos.

Nadie parece preguntarse ¿Por qué un régimen con tanto poder, que controla todas las instituciones, todas las policías y las fuerzas −legitimas e ilegitimas− del estado, especialmente las FFAA (en realidad, su único sostén), cede dos rectores principales en el CNE y accede a sentarse a negociar?; aun cuando dudemos de su buena fe, lo menos sería pensar que “algo” debe de estar pasando.

Pero todos sabemos que una negociación es algo abstracto, por lo lejano, porque puede darse o no, porque puede desarrollarse o fracasar de maneras insospechadas, porque muchos acontecimientos cotidianos la pueden influenciar; así que, apartémonos por un momento del tema de la negociación y ocupémonos de algo que si es concreto y que tenemos al doblar la esquina: las elecciones regionales. En este sentido, el tema de la anti-negociación no viene solo, viene lastimosamente adosado a otro igualmente “perverso”, la abstención; o, mejor dicho, la no participación electoral, porque algunos −los mismos mencionados más arriba− también se molestan si los llaman abstencionistas.

Ese es otro tema, la abstención, que implica otro conjunto de argumentaciones bastante peculiares y extensas, que no repetiré. Me referiré solamente a un aspecto que también me llama la atención. Es el caso de los que dicen que participar en los procesos electorales que se efectuaron contra las dictaduras −por ejemplo, la de Pérez Jiménez o la de Pinochet− estaba “justificado” y era “legítimo”; solamente participar en los procesos electorales de ahora, no está justificado ni es legítimo. Aquellos, al parecer, sí tenían el famoso “plan”; al menos hoy lo sabemos o suponemos −o así nos lo venden, la historia siempre la escriben los vencedores− pues esas dictaduras cayeron al poco tiempo; de lo que no estoy seguro es sí, en su momento, los que fueron a votar, y los que llamaron a hacerlo, sabían también que había un “plan” que daría ese resultado.

Pero ojo, lo anterior no es una crítica. En mi opinión, tan válido fue que se votara como parte de un “plan” para derrocar a esas dictaduras, o que se fuera a votar por mera “inercia” de la resistencia contra ellas durante tantos años, de tantos que ofrecieron sus vidas y su seguridad personal y que de pronto vieron un resquicio, una fisura, en regímenes que lucían imbatibles y se lanzaron a esa “aventura”, por algo tan efímero y abstracto como el deseo de vivir en democracia y libertad. Lo cierto, es que hoy, estando todos de acuerdo en que se debe abrir una vía para la negociación, lucimos más divididos que nunca y son cada vez más ásperos los argumentos y recriminaciones mutuas.

Dividir un conglomerado humano es muy fácil, lo difícil es volverlo a unir, lo que facilita la tarea de los que nos han privado de la libertad a todos y han destruido al país.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 6 min


Fernando Mires

1.

Hay una relación casi directa entre política e historia. Podríamos afirmar incluso que cada nación se constituye a sí misma por medio de la acción política. Sin vida política la historia de una nación sería una suma de hechos inconexos. La política ordena acontecimientos, los conforma como procesos y traza las líneas divisorias entre fines y comienzos. Y dentro de ese acontecer, las elecciones periódicas ocupan un lugar privilegiado.

A través de cada elección una nación mide sus fuerzas, rearticula alianzas y señala cuando finaliza o comienza un capítulo de una novela sin fin. Así, podríamos distinguir dos tipos de naciones: las jurídicamente constituidas y las que, además, son políticamente constituidas. Chile pertenece al segundo tipo. Y con mayor razón ahora, cuando gracias a una elección para-constitucional, esa “larga y angosta faja de tierra” ha decidido re-constituirse políticamente.

Cierto, dirán algunos, pero hay que distinguir entre elecciones de primer y segundo orden. Las de primer orden, se supone, serán las presidenciales, donde el panorama, como en toda democracia, volverá a cambiar. No obstante, hay razones para pensar que las que tuvieron lugar el 16.05 del 2021 no solo fueron de primer, sino de primerísimo orden. Lo digo porque si hay algo que está por sobre la figura presidencial, es la Constitución. Y ese día de mayo los chilenos decidieron los nombres de los actores que deberán dar origen a un nuevo orden constitucional. En ese sentido fue una elección histórica.

Histórica además porque marcó nuevos comienzos. Fueron elecciones paritarias, fue establecido un espacio de representación fija a los pueblos originarios (15 escaños), surgieron vías para la descentralización administrativa (ese es el sentido de la sustitución de la figura del intendente por la de gobernador) y las agendas fueron actualizadas porque además de las temáticas puramente sociales o económicas incorporaron las de género, indigenistas, ambientalistas, e incluso generacionales (hubo masiva participación juvenil).

En el hecho, tuvieron lugar cuatro elecciones: las de alcaldes, las de concejales, las de gobernadores y las constitucionales. No sabemos si fue buena idea mezclar lo más local con lo más nacional. Lo que sí sabemos es que los electores votaron de modo distinto en cada una de esas elecciones, es decir, supieron distinguir entre lo político-inmediato y lo político-histórico.

Desde el punto de vista de lo político-inmediato, la bomba atómica fue la debacle de la derecha. Desde el punto de vista de lo político-histórico, lo más imponente fue el triunfo de los independientes políticamente organizados. Difícil encontrar un fenómeno parecido en la historia de la tierra y del universo celestial. Ya hablaremos sobre eso. Comencemos por lo inmediato.

2.

La debacle electoral de la derecha era de esperarse. Todo gobierno en sus fases terminales muestra síntomas de desgaste. Recordemos que en un periodo similar al que resta a Piñera para terminar su mandato, Bachelet bajó al sótano del 12% de aprobación. Si a ello sumamos los efectos de la pandemia, más allá del éxito del programa de vacunación –no hay nada más impopular que las cuarentenas– el retroceso electoral de la derecha era de esperarse. Y si agregamos la impopularidad que ha creado el mismo Piñera alrededor de su persona, el clima de lucha por la igualdad que ha sobrevenido en el país después de los estallidos sociales del 2019, y sobre todo, las profundas divisiones entre los partidos de derecha, apenas ocultable por una aparente lista única ("Vamos por Chile"), nadie podía esperar un resultado favorable.

Lo nuevo, lo sísmicamente nuevo, fueron las proporciones de la derrota: 20,56% y 30 electos.

Desde una perspectiva de izquierda, si se quiere sacar cuentas alegres, los resultados parecían ser favorables. Por lo menos para la exportación. Medios de comunicación como Washington Post, New York Times, CNN, Deutsch Welle, como si se hubieran de puesto de acuerdo, dieron a conocer un día después de las elecciones el siguiente resultado. Los partidos de izquierda 33,19%. Los de derecha 21,37%.

Cualquier lector no avisado podría creer que Chile había sido tomado por la izquierda, esta vez sin UP y sin Allende. Una segunda mirada muestra que no fue así. Pues esas diversas izquierdas no solo no son sumativas sino competitivas e incluso excluyentes entre sí.

A riesgo de simplificar, distingamos dos bloques. Una izquierda a la que llamamos histórica o tradicional y otra a la que llamamos emergente. Ahora, si observamos la votación del primer bloque, organizados junto con la Democracia Cristiana en la lista “Apruebo” y heredera de la antigua "Concertación", la votación alcanza un 18,74% y 28 electos. Significa: la izquierda tradicional se encuentra más abajo todavía que la derecha tradicional. A partir de ahí podemos hacer entonces otra lectura: no solo la derecha, sino toda la clase política tradicional chilena se encuentra, como dice el tango: “cuesta abajo en la rodada”. Para muchos chilenos, novedoso. Pero visto desde una perspectiva global, nada extraordinario.

3.

Chile ha sido contagiado por la crisis mundial del tronco político de la modernidad occidental. El mismo fenómeno lo podemos observar en países como Francia, España, Portugal e incluso Alemania. Pero ¿no está Chile en Sudamérica? ¿A qué viene esta comparación? La respuesta es simple: Chile es el único país sudamericano cuyos partidos mantienen una relación de equivalencia con las formaciones políticas europeas. Para explicar de modo anecdótico, recuerdo que una vez un político argentino me dijo: “Tienen suerte los chilenos aquí en Europa. En todos los países europeos hay partidos liberales, conservadores, socialistas, comunistas, socialcristianos, como en Chile. En cambio yo, mire hacia donde mire, no encontraré jamás un partido peronista”. Y es cierto, por razones que es imposible analizar en un breve artículo, la formación política chilena es un producto de importación.

Chile es un país del tercer mundo con una superestructura política europea. Y eso, en contra de lo que pensaba el argentino, tiene también desventajas. Una es que los chilenos están viviendo, a su modo, la crisis de la formación política euro-occidental, una que se caracteriza por el deterioro del tronco político tradicional de la modernidad y cuyas cuatro ramas son los partidos conservadores, liberales, socialcristianos y socialistas. Basta mirar las cifras: socialistas: 4,84%, demócrata cristianos: 3,65%, PPD (socialdemócratas): 3,65%. No son resultados para saltar en una pata.

Y bien, al igual que en diferentes países europeos, la desintegración de la solidez del tronco político tradicional (“derrota transversal” en las palabras del presidenciable de derecha, Mario Desbordes) no ha generado un vacío, sino más bien una zona gaseosa en donde han aparecido diversas fracciones políticas. Zona más cultural que política que ha dado origen a agrupaciones heterogéneas como el Frente Amplio en cuyos interiores pulula una flora y fauna, desde feministas, indigenistas, veganos, ecologistas, animalistas, ex marxistas, revolucionarios, post-revolucionarios, libertarios, en fin, como se dice en Chile “de un cuanto hay”. A toda esa masa aparentemente inorgánica se suma el Partido Comunista (4,99%) con su vertical disciplina y experiencia social. Desde allí aparecerán nuevos partidos. Serán los neo-partidos de la posmodernidad chilena. Algunos están tomando formas: Revolución Democrática (5,99%), Convergencia Social (3,23%), Federación Regionalista Verde Social (1,74%).

En breve, Chile está viviendo de modo paralelo a la crisis de representación, un proceso de transición que llevará hacia la construcción de una nueva formación política. “Hacia otro país”, en las palabras del democristiano Ignacio Walker (El Mostrador 19.05).

Naturalmente, entre los viejos y los nuevos partidos de izquierda habrá alianzas, compromisos, bloques. El “chuchoqueo” está recién comenzando y ya apunta hacia las presidenciales. Aunque un bloque total entre las dos izquierdas, aparece como algo difícil.

La derecha dura, la vamos a llamar metafóricamente, derecha “trumpista”, a diferencias de una derecha “merkelista”, apareció borrada del mapa. Pero cuidado, las apariencias engañan. La abstención, que fue enorme, se alimentó en parte de un electorado de derecha que, al haber optado por el “rechazo” en octubre del 2020, no quiso a acudir a los lugares de votación y prefirió la abstención. Cierto, es una especulación, pero con alto grado de probabilidad. En octubre del 2020 la participación alcanzó un 50,9%. En mayo del 2021 apenas un 42,5%.

Summa summarum: Chile, aunque gane la izquierda, no es un país de izquierda. Una futura alianza izquierda-izquierda pasaría por la exclusión de la DC y por la deserción de los sectores más centristas de la izquierda histórica. Pero sí podría llegar a ser en un corto plazo un país de izquierda-centro e incluso de centro-izquierda. Las derechas, a su vez, tendrán que esperar un nuevo turno, y para eso falta mucho. Lo cierto es que desde las elecciones de mayo ha sido abierto un abanico de acuerdos y alianzas. Chile continuará manteniendo una democracia de hegemonías alternadas, sin eternizaciones en el poder. Como debe ser. Más todavía después que frente al dilema constituyente emergió como fuerza mayoritaria la de los independientes políticamente organizados (“no neutrales”)

4.

El resultado obtenido por los independientes fue histórico: nada menos que 45 escaños. Un terremoto que tiene muchos antecedentes, opina el columnista del diario La Tercera, Daniel Matamala. Entre ellos los proto-estallidos en Magallanes, Aysén, Chiloé y Calama; las luchas medioambientales de Freirina y Petorca; el No a Hidroaysén; la marcha de No+AFP; el movimiento feminista, y tantos otros. Así y todo la irrupción de los independientes fue un fenómeno: un hecho inédito, uno que escapa a toda norma, uno que diferencia al paisaje político chileno de todos los modelos europeos y latinoamericanos a la vez. ¿Cómo interpretarlo?

A primera vista, una revolución socio-constitucional en contra de la clase política. Algo hay de verdad en eso.

El independentismo político chileno no fue solo expresión de un desencanto con la política sino una decisión colectiva destinada a implantar posiciones más allá de los partidos. Una clara demostración según la cual los electores decidieron no ser partidistas, por lo menos no a ultranza. Ni militantes, ni clientes, ni siquiera, simpatizantes de acuerdo a las clasificaciones de Max Weber ("Política como Profesión"). Pero tampoco apolíticos. Todo lo contrario, el movimiento de los independientes –podemos llamarlo así- es la expresión de una decisión ordenada para reconfigurar un nuevo modo de (auto) representación electoral. Esa es una gran diferencia entre la conducta de los electores chilenos y los de otras latitudes. Frente a la crisis institucional, ideológica e incluso moral de los partidos, los candidatos independientes no se dejaron llevar por la marea populista. Todo lo contrario: canalizaron las demandas masivas por una vía constitucional, institucional y democrática.

Para ser más claros: existe populismo cuando por lo menos se dan tres factores: una masa en estado anómico, un líder redentor y mesiánico, y un sobrepaso de la institucionalidad vigente. Y bien, en las elecciones de mayo no apareció ninguno de esos tres factores. El desborde anómico que pareció irrumpir en las fases ulteriores del estallido social del 2019 fue canalizado constitucional, institucional y electoralmente. A su vez, ni en los estallidos ni en las elecciones apareció un caudillo nacional. Corresponde con la orientación gregaria, relativamente impersonal -portaliana dirán algunos- de la política chilena. Como sea, los caminos para que aparezca un Chávez o un Evo, un Bolsonaro o un Bukele, están por el momento cerrados. Y no por último, el movimiento independiente no solo actuó en los marcos de la Constitución, sino que, además, su cometido será generar una nueva Constitución.

Ni siquiera podemos decir que el movimiento de los independientes (claro está, algunos no son tan independientes) es anti-partido. Los independientes impusieron su mayoría en las elecciones para-constitucionales, no así en las locales. Como si los electores estuvieran dirigidos por una suerte de pensamiento colectivo, no quisieron que la nueva Constitución fuera dictada por la ideología o por los intereses de los partidos. Pero a la vez reconocieron que el rol de los partidos debe ser mantenido en las circunscripciones territoriales, sean gobernaciones o comunas. Al pueblo lo que es del pueblo, a la política lo que es de los políticos.

No obstante, aún en en esta repartición de competencias hay hechos novedosos. No pocos candidatos fueron elegidos más por sus cualidades personales que por sus pertenencias partidarias. Eso también es nuevo en Chile. Para poner dos ejemplos: Yasna Provoste, presidenta del Senado, es la política más popular de Chile al mismo tiempo que su partido fue el más grande damnificado a nivel nacional en las elecciones de mayo. Daniel Jadue, el comunista reelegido alcalde de Recoleta con más de un 60%, lo fue no porque sus votantes sean marxistas-leninistas sino porque ven en él virtudes políticas personales de las que carecen otros (dedicación, honestidad, sentido social). Así, podemos decir que Jadue fue elegido no gracias, sino pese al partido al que pertenece.

5.

Cuatro elecciones en donde se mezcla lo inmediatamente contingente con lo histórico trascendente. Las elecciones locales han preparado el camino para las presidenciales las que, más allá de las diversas constelaciones y alianzas, no cambiarán la orientación política centrista de Chile. Lo más probable es que surgirá una combinación de izquierda-centro que muy pronto se transformará en una de centro-izquierda la que convertida en gobierno creará las condiciones para la recuperación de las derechas y esas a su vez solo podrán crecer si orientan sus pasos hacia el centro. Al fin y al cabo la democracia solo vive cuando hay alternancia en el poder, y nada indica que en Chile esa cualidad se perderá.

Más problemático parece ser el proceso que llevará a la Nueva Constitución. En ese punto solo cabe esperar que el Dios de la Democracia ilumine la mollera de los constituyentes. Que les haga saber que una nueva Constitución no puede hacer tabla rasa con la Constitución anterior. Todo lo contrario. Desde 1833 las Constituciones han sido dictadas en Chile atendiendo a lo nuevo pero manteniendo líneas de continuidad con el pasado. No hay ninguna razón para que ahora ocurra lo contrario. Ojalá entiendan que una nueva Constitución no es para mañana sino para por lo menos tres decenios más. Que sepan que no puede haber Constituciones de izquierda o de derecha sino para todos los ciudadanos del país. Que ojalá alguien les diga que las Constituciones solo son ideológicas en los países regidos por dictaduras y autocracias. Y, sobre todo, que ninguna Constitución, aún la más sabia, solucionará por sí sola los problemas sociales y económicos del país. Cuando más, solo puede crear el marco jurídico para que esas soluciones sean debatidas por los actores más representativos, o lo que es lo mismo, para que la democracia sea una realidad viviente y no moribunda, como ya lo es en otros países de la tierra.

20 de mayo 2021

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Yanis Varoufakis

Allá por los años 1830, Thomas Peel decidió migrar de Inglaterra a Swan River en Australia Occidental. Peel, que era un hombre de recursos, se llevó, además de su familia, “a 300 personas de clase trabajadora, hombres, mujeres y niños”, así como “medios de subsistencia y producción por un total de 50.000 libras esterlinas”. Pero al poco tiempo de llegar, los planes de Peel estaban en ruinas.

La causa no fue la enfermedad, un desastre o la mala calidad del suelo. La fuerza de trabajo de Peel lo abandonó, se consiguió sus propias parcelas de tierra en el desierto circundante e hizo “negocios” por su cuenta. Si bien Peel había traído consigo mano de obra, dinero y capital físico, el acceso de los trabajadores a alternativas implicó que no pudo traer capitalismo.

Karl Marx contó la historia de Peel en El capital, Tomo I para argumentar que “el capital no es una cosa, sino una relación social entre personas”. La parábola sigue siendo útil hoy a la hora de iluminar no sólo la diferencia entre dinero y capital, sino también por qué la austeridad, a pesar de su falta de lógica, sigue regresando.

Por ahora, la austeridad está pasada de moda. Los gobiernos gastan como si no hubiera un mañana –o, más bien, para garantizar que haya un mañana- y los recortes del gasto fiscal para frenar la deuda pública no clasifican entre las principales prioridades políticas. El programa de estímulo e inversión inesperadamente grande –y popular- del presidente norteamericano, Joe Biden, ha logrado que la austeridad descendiera más escalones en la agenda. Pero, al igual que el turismo masivo y las grandes fiestas de casamiento, la austeridad está agazapada en las sombras, lista para regresar, azuzada por una conversación ubicua sobre una inflación inminente y rendimientos de bonos débiles a menos que los gobiernos vuelvan a adoptarla.

No cabe duda de que la austeridad se basa en un pensamiento equivocado, lo que conduce a una política autodestructiva. La falacia reside en la imposibilidad de reconocer que, a diferencia de una persona, una familia o una empresa, el gobierno no puede apostar a que su ingreso sea independiente de su gasto. Si usted y yo elegimos ahorrar dinero que podríamos haber gastado en zapatos nuevos, conservaremos ese dinero. Pero esta manera de ahorrar no está abierta al gobierno. Si el gobierno recorta el gasto durante períodos de gasto privado bajo o en caída, entonces la suma de gasto privado y del gobierno caerá aún más rápido.

Esta suma es el ingreso nacional. De manera que, para los gobiernos que quieren implementar la austeridad, los recortes del gasto implican un ingreso nacional más bajo y menores impuestos. A diferencia de un hogar o una empresa, si el gobierno recorta su gasto en tiempos difíciles, también está recortando sus ingresos.

Ahora bien, si la austeridad es una idea tan mala que les chupa la energía a nuestras economías, ¿por qué es tan popular entre los poderosos? Una explicación es que, si bien reconocen que el gasto del estado en las masas insolventes es una excelente política de reaseguro contra las recesiones, así como contra las amenazas a su propiedad, son renuentes a pagar (impuestos) sobre las primas. Esto probablemente sea verdad –nada une más a los oligarcas que la hostilidad a los impuestos-, pero no explica la ferviente oposición a la idea de gastar dinero del banco central en los pobres.

Si se les preguntara a los economistas cuyas teorías están alineadas con los intereses del 0,1% más rico por qué se oponen al financiamiento monetario de políticas redistributivas que beneficien a los pobres, su respuesta giraría en torno del miedo a la inflación. Los más sofisticados irían un poco más allá: una generosidad de esas características finalmente perjudicaría a sus potenciales beneficiarios porque las tasas de interés se dispararían. Inmediatamente, el gobierno, frente a pagos de deuda más altos, se vería obligado a recortar sus gastos. Luego sobrevendría una recesión imparable que afectaría principalmente a los pobres.

Éste no es el lugar para otra entrega de ese debate. Pero supongamos por un momento, y en aras de la argumentación, que todos coincidieran en que imprimir otro billón de dólares para financiar un ingreso básico para los pobres no impulsaría ni la inflación ni las tasas de interés. Los ricos y los poderosos seguirían oponiéndose, debido al temor debilitante de que terminarían como Peel en Australia: con dinero, pero desprovistos del poder para someter a los menos adinerados.

Ya estamos viendo evidencia de esto. En Estados Unidos, los empleadores reportan que no pueden encontrar trabajadores ahora que se levantan las reglas de confinamiento por la pandemia. A lo que realmente se refieren es a que no pueden encontrar trabajadores que quieran trabajar por la miseria que les ofrecen. La extensión de la administración Biden de un pago complementario semanal de 300 dólares a los desempleados ha significado que los beneficios combinados que los trabajadores reciben son más del doble del salario mínimo federal –que el Congreso se negó a mejorar-. En resumidas cuentas, los empleadores están experimentando algo similar a lo que le sucedió a Peel poco después de llegar a Swan River.

Si estoy en lo cierto, Biden ahora enfrenta una tarea imposible. Por la manera en que los mercados financieros se desacoplaron después de 2008 de la producción capitalista real, cada nivel de estímulo fiscal que elija será demasiado bajo y excesivo a la vez. Será extremadamente bajo porque no generará buenos empleos en cantidades suficientes. Y será excesivo porque, dada la baja rentabilidad y la alta deuda de muchas corporaciones, hasta el más mínimo aumento de las tasas de interés causará una catarata de quiebras corporativas y rabietas del mercado financiero.

La única manera de superar este acertijo, y reequilibrar tanto los mercados financieros como la economía real, es aumentando de manera sustancial los ingresos de los norteamericanos de clase trabajadora y condonando gran parte de la deuda –por ejemplo, los préstamos estudiantiles- que los mantiene sumergidos. Pero, como esto empoderaría a la mayoría e invocaría el espectro del destino de Peel, los ricos y poderosos preferirán un retorno a la vieja y querida austeridad. Después de todo, su interés más importante no es conservar el potencial económico, sino preservar el poder de los pocos para someter a los muchos.

17 de mayo 2021

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/austerity-goal-to-compel-wo...

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Eva Ontiveros

Cuando se trata de libros de autoayuda, pensarías que entre más nuevo, mejor. Después de todo, ¿no quisiéramos todos tener acceso a las herramientas más recientes para alcanzar la máxima expresión de nuestra personalidad?

Bueno, tal vez no siempre. El libro "La anatomía de la melancolía" de Robert Burton pudo haber sido escrito en 1621, pero es un texto pionero en el entendimiento de la condición humana que continúa siendo extraordinariamente moderno.

Burton, un sacerdote y académico británico recopiló casi dos mil años de erudición, desde la antigua filosofía griega hasta la medicina del siglo XVII.

Conocía bien el tema, habiendo sido él mismo víctima de la "melancolía": un malestar que se consideraba que abarcaba el desánimo, la depresión y la inactividad.

Pero, ¿cuánto del trabajo fundamental de Burton se sostiene frente a lo que hoy se sabe de la depresión y los desórdenes emocionales?

Amy Liptrot, una periodista y autora escocesa, repasó la obra de Burton y ha publicado "La nueva anatomía de la melancolía", una guía actualizada para el siglo XXI.

Liptrot nos refiere los siguientes cinco mecanismos aplicados en los años 1620 que siguen siendo tan útiles hoy como lo fueron entonces.

1. Monitorea tu estado emocional e identifica patrones

Tal vez tus vaivenes emocionales no son tan aleatorios como pensabas.

Para quien la sufre, la depresión puede parecer algo que no tiene pies ni cabeza, sin embargo nuestros estados de ánimo frecuentemente pueden seguir patrones muy similares.

Burton teorizó que la melancolía era "un trastorno hereditario" y buscó patrones de enfermedad mental en las familias y entre generaciones.

Pudo no haber estado muy desatinado -hoy en día, se ha encontrado que la depresión tiene tanto un componente genético como uno ambiental.

"Cuando uno de los padres tiene una depresión severa me gusta ver que haya un servicio donde el menor y su familia más extensa estén involucrados en el mismo tratamiento y que tengan la oportunidad de recibir cuidado", comenta la doctora Frances Rice, que trabaja con familias sobre desórdenes depresivos.

Pero no son sólo los patrones genéticos los que son útiles para predecir la enfermedad mental: también podemos estudiar los patrones de nuestro comportamiento.

El estudio de Burton sobre la melancolía no sólo se enfoca en los momentos bajos, también lleva al lector a las vertiginosas cimas de sus emociones.

Con los adelantos en nuestro entendimiento de los desórdenes del estado de ánimo, los académicos contemporáneos señalan que los altibajos extremos que describe Burton pueden en realidad haber sido síntomas de desorden bipolar.

Él tenía una asombrosa perspectiva de su propios y constantemente alterados estados de ánimo y de las circunstancias que los afectaban.

Hoy día, esta perspicacia se puede ver como una herramienta vital en el manejo de la enfermedad mental; si podemos notar los cambios en nuestros estados de ánimo y comportamientos, podemos empezar a manejar los factores externos que los estimulan.

"La depresión tiene que ver con las ganas de vivir, no con estar contento o triste"

2. Los beneficios del agua fría

En su libro, Burton recopiló una inmensa gama de ideas y textos escritos por otros.

El beneficio de bañarse al aire libre "en ríos frescos y agua fría" fue una de las teorías que incluyó, ya que se recomendaba para cualquiera que quisiera tener larga vida.

Es posible que tuviera razón con esto.

"A medida que te acostumbras al estrés del agua fría y puedes lidiar mejor con eso a nivel psicológico y celular, a la vez está reduciendo la respuesta inflamatoria de otros estreses que son las bases de cosas como la depresión", explica el doctor Mike Tipton, director de investigación del Laboratorio de Ambientes Extremos de la Universidad de Portsmouth, Reino Unido.

3. Acércate a la naturaleza

Los citadinos también pueden entrar en contacto con la naturaleza: yendo al parque, sembrando plantas en la casa o observando pájaros desde una ventana o balcón

Para Burton, la naturaleza era clave para aliviar los síntomas de la melancolía.

Resaltaba las virtudes de las hierbas y flores como la borraja y eléboro para la limpieza de la bruma mental, purgar las venas de la melancolía y alegrar el corazón.

El profesor Simon Hiscock, director del Jardín Botánico de Oxford, Reino Unido, dice que las plantas como la borraja ha sido utilizadas en el tratamiento de la melancolía, ansiedad y depresión desde tiempos antiguos -no sólo se suponía que esta modesta hierba daba alegría, se dice que era disuelta en el vino de los soldados romanos para darles valor durante la batalla.

Burton señaló que los efectos "regocijantes" de la naturaleza no estaban confinados a las plantas comestibles. Él también abogaba fuertemente por el efecto estimulante de la jardinería, la labranza y el arado sobre el cuerpo.

El jardinero y presentador británico Monty Don, quien personalmente ha lidiado con depresión severa, describe la "potente medicina" que deriva de conectarse físicamente con las plantas, de tocar la tierra y sentir la presencia de las matas que ha plantado.

"Encuentro que el mejor ejercicio se logra cuando está combinado con algún tipo de función", afirma. Sacar el perro a caminar, por ejemplo, provee ejercicio, propósito y una conexión con la naturaleza.

Las teorías de Burton sobre el poder de salir al aire libre ahora están siendo formalmente reconocidas e incorporadas en los tratamientos ofrecidos por el Sistema de Salud Nacional británico.

4. Un problema compartido es un problema reducido

Burton también tenía razón cuando recomendó a "usar amigos... cuyas bromas y alegría te puedan contentar".

"Lo mejor manera de lograr alivio es contarle nuestra miseria a algún amigo, no tenerla ahogada dentro de nuestro pecho", declaró Burton hace 400 años.

La introspección y el aislamiento son comportamientos comunes entre los que padecen de depresión. Aunque raramente eso hace sentir mejor a la víctima, el actuar contra esos impulsos a través de la socialización puede parecerle algo casi imposible de hacer.

La doctora Rice, que trabaja con familias para entender la depresión, sugiere planear actividades divertidas como parte de un programa de tratamiento que insta a los pacientes a realizar las actividades que les aumenten la posibilidad de recibir beneficios, a pesar de que se sientan dispuestos a hacer lo opuesto.

Burton, también tenía razón cuando recomendó a "usar amigos... cuyas bromas y alegría te puedan contentar".

Si le cuentas a tu doctor sobre tus bajos estados de ánimo, bien podrías esperar que te recete fármacos antidepresivos. Pero, ¿sabías que en países como Dinamarca, Canadá y Reino Unido lo médicos ahora prescriben "recetas sociales", como cursos de arte, visitas a museos o caminatas en grupo?

Liptrot dice que si la soledad, en lugar de una enfermedad mental seria, te causan anhedonia (la incapacidad de disfrutar de actividades placenteras), una receta social podría ser más útil que un medicamento.

5. Equilibrio entre el trabajo y la vida

El ocio no es bueno, pero tampoco lo es el trabajo en exceso.

Está bien, Burton no usó la expresión "equilibrio entre el trabajo y la vida", pero en cambio se refirió al "amor por el conocimiento" versus "demasiado estudio".

Su teoría era que pasar demasiado tiempo encorvado, leyendo y escribiendo significaba no dedicarle suficiente atención a otras actividades que sabemos que son buenas para la salud mental como el ejercicio, el sueño y la socialización.

Ahí es donde entra el equilibrio: cuando estamos mentalmente preocupados y agitados, el estudio es una distracción bienvenida, un foco positivo con un sentido de propósito.

Sin embargo, si estudiamos demasiado no volvemos sedentarios y solitarios, abandonando otras actividades que nutren una mente saludable.

Las palabras de Burton pueden llegarnos de tiempos pasados, pero su recopilación de teorías sobre las causas, síntomas y tratamientos de la melancolía continúan siendo útiles y relevantes hasta el presente.

Es cierto que su comprensión de la fisiología está enormemente desactualizada -su conocimiento médico estaba basado en la "teoría de los humores" de la antigua Grecia, en la que un sistema de cuatro "humores" o fluidos corporales (bilis negra, bilis amarilla, sangre y flema) determinaba el funcionamiento del cuerpo humano, su apariencia y hasta el carácter.

De hecho, el "humorismo" prevaleció hasta los 1850, cuando fue reemplazado por el descubrimiento de patógenos (organismos que causan enfermedad) y la "teoría microbiana" del científico francés Louis Pasteur, cuyo trabajo revolucionó el pensamiento médico.

Aun así, Burton poseía un entendimiento innato de cómo mejor aliviar nuestros síntomas melancólicos.

Si la conciencia de sí mismo, la natación, la naturaleza, la comunidad y la lectura funcionaron para las personas hace 400 años, ¿por qué no también aquí y ahora?

Este artículo fue adaptado de los programas de Radio 4 de la BBC,"The New Anatomy of Melancholy"y" In Our Time".

22 de mayo 2021

BBC

https://www.bbc.com/mundo/noticias-57008809

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