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Opinión

La realidad puede generar fuerzas fantásticas. Políticas institucionales de inversión privada con la doble condición de ser muy grandes y rentables y, a la vez, tener como política fines sociales y los derechos de la gente, pueden ser, también, parte de esa realidad.

Hay un ejemplo estrella de esto: el fondo de pensiones del gobierno de Noruega, administrado por el Norges Bank, cuya política y conducta tiene repercusiones mundiales. La extraordinaria experiencia del fondo debería servir de ejemplo a tantos fondos de inversión existentes en el planeta indiferentes con el curso de las cosas.

Hay tres aspectos fundamentales que merecen ser destacados de este fondo nórdico.

Primero: su tamaño gigantesco. Es algo más que un fondo de pensiones pues tiene el respaldo de los ingresos petroleros noruegos y no sólo de las contribuciones de los trabajadores. Con un tamaño superior a los 918.000 millones de euros, es el mayor fondo soberano del mundo. Es, además, de gran rentabilidad: el primer trimestre su rentabilidad en inversiones en acciones fue del 12,2%. Sostiene el 1,05% de los mercados bursátiles mundiales y equivale al 2,15% de las reservas europeas.

Segundo: maneja criterios sustentados en principios y no sólo de rentabilidad para decidir sus inversiones. Sólidos análisis para destinar sus enormes recursos en más de 8.000 empresas; pero, también, para retirarse liquidando sus participaciones si la empresa en cuestión afecta algunos principios y políticas sociales básicos. Se retiran del accionarado por razones sustantivas y poderosas sólo luego que un selecto comité analiza cuidadosamente ciertos hechos cuando los principios así lo aconsejan.

Esto ocurre en dos circunstancias. De un lado, cuando se comprueba que la empresa en cuestión produce bienes cuestionables para la salud o la vida de la gente. En esa categoría está la extracción/producción de carbón para uso industrial contaminante; o fabricar componentes para armas nucleares con lo cual, por ejemplo, Boeing ha pasado a estar excluida.

Por otro lado, cuando el funcionamiento de la empresa ha afectado derechos fundamentales de sus trabajadores o de la población en su área de influencia. O lo ha hecho con el medio ambiente o ha tolerado/fomentado la corrupción. Varias empresas mineras y petroleras en Latinoamérica y otras regiones están en esta ignominiosa lista. En la última “barrida” el número de empresas excluidas por una u otra causal llega a las 150.

Tercero: todo se sustenta no en úkases (decretos) arbitrarios sino en una institucionalidad transparente en el análisis y en la toma las decisiones. De un lado, un “Consejo de Ética” integrado por cinco personalidades de muy alto nivel que analiza la conducta social, laboral, ética y ambiental de las empresas. La otra: decisiones del Consejo Ejecutivo del banco central noruego basándose en las recomendaciones de la administración del mismo Norges Bank.

Toda una experiencia institucional importante, pues, de soft law en la que se recogen principios democráticos esenciales de democracia, derechos humanos y protección del medio ambiente. Que traza una ruta interesante para que en otros países el sector privado no tenga que esperar a la “protesta social” para generar esfuerzos semejantes.

8 de agosto 2019

El País

https://elpais.com/elpais/2019/08/08/opinion/1565294146_922990.html

 2 min


José Rafael Herrera

Saber es hacer, le guste o no a los burócratas de la ratio instrumental, inerciales prisioneros de su fe, atrapados en las redes del entendimiento abstracto. Todo pensar es, en efecto, un crear, un hacer, un producir incesante. Cuando se piensa se hace y cuando se hace se piensa. Se piensa para producir reproduciendo. Se hace para reproducir produciendo. Tal es la determinación constitutiva de toda posible construcción del ser social. Verum et factum convertuntur, afirma Vico: para comprender a fondo el decurso de la historia, es menester estudiar en profundidad las distintas facetas de “la mente humana”, porque los cambios que ocurren en las sociedades tienen su origen en ella. Si la totalidad histórica tiene sus fundamentos en la comprensión de “la mente humana”, su estudio resulta de factura esencial y justifica, además, el estudio de las más diversas formas del conocimiento. Las expresiones concretas del quehacer social tienen que ser, pues, investigadas, enseñadas y divulgadas, porque esa es la manera como los pueblos, al reconocerse a sí mismos, logran avanzar, ser prósperos, conquistar la libertad y vivir en paz. Forma y contenido son inescindibles: theoría y praxis.

Las universidades no son fábricas de títulos ni de titulados. No son formas vaciadas de contenido, suerte de requisito nominal para poder obtener un cierto status de vida que permita, a su vez, alcanzar las subsiguientes “nominaciones”. Ellas son la mayor fuente de saber real y, por ello mismo, de hacer concreto. Su propósito esencial consiste en hacer país sobre la base de saber del país. Des-hacer la institución universitaria equivale, en consecuencia, a des-hacer el país en el que la sociedad pretende conquistar sus metas más preciadas, la realización de sus firmes propósitos específicos y generales, la conquista consciente de sus derechos y deberes. Ninguna sociedad que se respete a sí misma puede tan siquiera representarse la posibilidad de desarrollarse, de desplegar sus potencialidades, prescindiendo de la labor de sus universidades. A menos que se imponga la mediocridad como norma y sistema de vida, y que se llegue a sentir orgullo por las miserias de la ignorancia, la pobreza, el atraso, la violencia y la barbarie. Todo lo cual sólo puede ser calificado de fascismo en estado puro. Un régimen que promueve deliberadamente semejantes valores garantiza su permanencia absoluta en el poder. A mayor ignorancia más fácil resulta su perpetuidad al frente de una sociedad esclavizada, empobrecida, famélica, enferma, en fin, miserable.

Hubo un tiempo en Venezuela, en el que las universidades llegaron a ser centros de estudios auténticamente superiores. Grandes exponentes de las disciplinas científicas y humanísticas, de los saberes clásicos y modernos, fueron convocados con el firme objetivo de formar, no sin rigor y excelencia, a los futuros responsables de la construcción de un país decidido a salir de su retardo histórico-cultural e incorporarse a la civilización, superando así los peligros del prejuicio y la presuposición, esas percepciones ‘de oídas’ que redundan, por un lado, en el craso empirismo tout court, y, por el otro, en el fanatismo y la adoración ante el cacique, el taita o el caudillo. Bajo el cobijo de la democracia, y en poco tiempo, la universidad venezolana se constituyó en una sólida, respetable y prominente institución, autónoma y con profundas raíces civiles. Ser profesor universitario, ser estudiante o egresado de La Universidad venezolana se transformó no sólo en una cuestión de prestigio sino, sobre todo, en un compromiso con el país. De nuevo, forma y contenido, theoría y praxis. Esa gran universidad, referencia internacional y modelo de las universidades latinoamericanas, ha sido literalmente secuestrada, golpeada, torturada y violentada con saña y crueldad por el actual régimen narco-terrorista. Su diagnóstico es reservado. Puede decirse que de suma gravedad y, la verdad, se haya a punto de morir. Por lo pronto, está des-hecha, y será necesario reconstruirla desde sus cimientos.

No hay peor cuña que la del mismo palo, dice un adagio popular. Pero cuando a las “cuñas” se las carcomen las polillas del resentimiento, la mediocridad y la piratería, el regressus a los tiempos del analfabetismo palúdico y a la pobreza material y espiritual se hace inminente. La cantidad sin mediaciones no hace calidad. Llenar cifras con más graduandos no pasa de ser una ficción, un espejismo tercermundista. Una universidad que no investiga y que no extiende los resultados de sus investigaciones en aportes reales, en beneficios para la sociedad, no merece llevar ese nombre. Las supuestas universidades que se limitan a impartir clases de refritos son una vergüenza. El profesor universitario, reseñado por el burocratismo dominante, como “docente” es un insulto a su formación investigativa y extensiva, a su concurso de oposición, a sus trabajos de ascenso, a sus investigaciones de campo, a sus publicaciones y a sus post-grados.

Hoy la cada vez menor población profesoral de las -auténticas- universidades que apenas sobreviven se ha vuelto anciana. Con premeditación y alevosía, los sueldos del profesorado universitario, que deberían situarse entre los mejores remunerados del país, dada su altísima y muy delicada responsabilidad, son los peores de toda la administración pública. Ya nadie quiere ser profesor universitario. Los jóvenes relevos, bien preparados para el oficio, se van del país, buscando mejores condiciones de vida. La previsión social se ha vuelto infame. Los “dirigentes gremiales”, incapaces de defender los derechos que le corresponden al profesorado por ley, optan por pecharlo, sacándole del bolsillo los ya bastante mermados recursos de su salario para cubrir los malabares de una política de seguros lo más distante de la idea de “previsión social”. O se pelean por “la torta” de los beneficios obtenidos en otros tiempos -producto de la venta de los activos del desaparecido fondo de jubilaciones-, y no precisamente para poder cubrir los impagables costos actuales de las clínicas. Y es que, así como urge una nueva universidad que, cual fénix, resurja de sus cenizas, urge, de igual modo, un nuevo sistema de seguridad profesoral y la renovación integral del gremio. El poder atemporal enferma.

Des-hacer significa hacer que una cosa vuelva a la condición en la que se encontraba antes de haber sido hecha, de modo que desaparezca, quede destruida o sea descompuesta. Este es un régimen de des-hechos: su característica esencial es la reacción, a la que auto-califican como “revolución”. Su fundamento ideológico -aunque muchos de ellos no lo sepan- es el fascismo, al que deberían, de una vez por todas, denominar ‘nacional-socialismo’. Su desprecio por las universidades -su afán por des-hecharlas- sólo se compara con su profundo temor a la inteligencia. Tal vez, re-hacer la universidad sea la tarea más importante del presente y la mejor garantía de un futuro en progreso y libertad.

@jrherreraucv

8 de agosto de 2019

Círculo Histórico de Caracas

https://circulohistoricistaccs.wordpress.com/2019/08/08/la-universidad-d...

 5 min


Zhang Jun

El ascenso de China se atribuye ampliamente a su capitalismo de Estado mediante el cual el gobierno, al estar dotado con grandes activos, puede ir tras la consecución de una política industrial de amplio alcance y puede intervenir para mitigar los riesgos. Por consiguiente, China debe su éxito, primordialmente, al “control” que tiene el gobierno sobre la totalidad de su economía.

Esta explicación es fundamentalmente errónea. Es cierto que China se ha beneficiado de tener un gobierno con la capacidad de implementar políticas integrales y complementarias de manera eficiente. Al contar con líderes que no están sujetos a cortos ciclos electorales que son característicos de las democracias occidentales, la cúpula central de líderes de China puede involucrarse en una planificación visionaria e integral a largo plazo, ejemplificada por los Planes quinquenales del país.

Además, el poder del Estado chino ha reforzado su capacidad de implementación, misma que eclipsa a la capacidad que tienen la mayoría de las economías en desarrollo y en transición. Un Estado fuerte – y la estabilidad social y política que lo sustentan – han sido fundamentales para permitir el rápido avance de China en áreas como educación, salud, infraestructura, e investigación y desarrollo.

Sin embargo, es revelador que China utilice su planificación a largo plazo y su robusta capacidad de implementación, no para afianzar el capitalismo de Estado, sino para avanzar en la liberalización económica y la reforma estructural. Es esta estrategia a largo plazo – que ha permanecido inquebrantable, a pesar de algunos tropiezos y desviaciones a corto plazo – la que se encuentra en el corazón del rápido crecimiento económico de décadas de duración de este país.

Curiosamente, los elementos de esta estrategia provienen directamente de los países avanzados. En los últimos 40 años de normalización diplomática con Estados Unidos, el capitalismo al estilo estadounidense ha ganado una sólida posición en China, sobre todo entre las élites intelectuales y empresariales del país. Por lo tanto, si bien el gobierno de China ha otorgado siempre una alta prioridad a la estabilidad, también ha trabajado en la aplicación de las mejores prácticas mundiales en muchas áreas, incluyendo el gobierno corporativo, las finanzas y la gestión macroeconómica.

Sin embargo, este proceso de liberalización económica y reforma estructural también es exclusivamente chino, en la medida en que ha enfatizado la competencia y la experimentación a nivel local, que a su vez apoyan la innovación institucional de abajo hacia arriba. El resultado es una especie de federalismo fiscal de facto – y un potente impulsor de la transformación económica.

Los frutos de este enfoque son irrefutables. En la última década, han surgido una cantidad de gigantes financieros y tecnológicos privados chinos los que, a diferencia de sus contrapartes estatales, han logrado establecerse como líderes mundiales en innovación. La lista Fortune Global 500 del año 2019 – que clasifica a las empresas según sus ingresos operativos – incluye 129 compañías chinas, en comparación con 121 de Estados Unidos.

Entre las firmas Fortune 500 de China se encuentran los gigantes del comercio electrónico Alibaba, JD.com y Tencent, la compañía detrás de la popular aplicación móvil WeChat. El gigante tecnológico Huawei logró subir 11 lugares desde el año pasado, a pesar de la campaña del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en contra de esta compañía. Y, Xiaomi, un fabricante de teléfonos inteligentes que tan sólo tiene nueve años de funcionamiento, entró en los anales de la historia como la empresa más joven en llegar a formar parte de la lista.

El espectacular crecimiento de estas empresas – y la prosperidad y competitividad que han ayudado a fomentar – primordialmente no se hizo realidad debido a las políticas industriales de arriba hacia abajo, sino que se facilitó debido a la liberalización económica y la innovación de abajo hacia arriba. En una época en la que Estados Unidos acusa a China de utilizar herramientas capitalistas de Estado – como por ejemplo subsidios para las empresas nacionales y barreras de entrada para las empresas extranjeras – con el propósito de obtener una ventaja injusta, vale la pena destacar la medida en la que este país no debe su éxito económico a dichas políticas.

Esto no sugiere que los propios líderes de China no deberían también tomar nota de sus programas de reforma que aún están sin terminar. Tras tres décadas en las que las tasas de crecimiento del PIB fueron de dos dígitos, una desaceleración era inevitable. Sin embargo, incluso a la par de que el gobierno central de China acepte una disminución en el crecimiento anual, este gobierno debe permanecer alerta y seguir comprometido con el abordaje de los factores estructurales que están agravando la tendencia, tales como el aumento del costo de las finanzas y la disminución del rendimiento del capital.

Paralelamente, el gobierno de China debe continuar alentando el emprendimiento privado y la innovación (y ya se ha comprometido a hacerlo), al mismo tiempo que debe reforzar su sistema de cuasi federalismo competitivo. Además, también debe acelerar la reforma de su gobernanza, tal como prometió, con el propósito de garantizar que el país pueda mantenerse al día con una mayor liberalización del mercado.

China ha recorrido un largo tramo en el camino de la reforma y la apertura. Pero no debe subestimar los desafíos que se avecinan, y mucho menos olvidar cómo, en primer lugar, llegó tan lejos. Como dice un proverbio chino: “En un viaje de 100 millas, las 90 primeras no son más que la mitad del camino”.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.

7 de agosto de 2019

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/china-liberalization-struct...

 4 min


Ian Mcewan

Los procesos lentos y ciegos de la evolución han descubierto mediante prueba y error que el mejor medio para empujar a los seres humanos y otros mamíferos a proporcionar cuidados parentales, comer, beber y procrear es ofrecerles un incentivo en forma de placer unido a cada actividad. Hay en ello una maravilla cotidiana que no apreciamos en lo que vale. Satisfacer el hambre comiendo no solo elimina una sensación desagradable. Lo que comemos está “exquisito”, “delicioso” o “sabroso”. Si tenemos mucha hambre, incluso una comida sencilla nos procura cierta satisfacción. Hace tiempo, la neurociencia localizó y describió el lugar desde el cual fluyen estos dones, así como su complejo funcionamiento, en la base del cerebro. La fuente de deleite se conoce como sistema de recompensa. Su función es motivar, y también gratificar. La motivación para tener relaciones sexuales se llama deseo. Cuando el deseo cumple su propósito en el sexo, esa sensación desbordante e indescriptible es nuestra recompensa.

Tras la invención de la agricultura, el aumento de tamaño de los asentamientos y la especialización, las sociedades humanas se volvieron más diversas y complejas, y de este eficaz mecanismo biológico se derivaron extraordinarios avances culturales. Qué vinos, qué salsas y cuántos miles de preparaciones a base de leche, cereales y carne animal; qué poesía amorosa, qué canciones, pinturas y música seductora no habrán concebido nuestras múltiples civilizaciones a fin de obtener, o proporcionar a otros, las recompensas de ese asombroso palacio del placer que tenemos en el cerebro. Y qué espléndida complejidad en la expresión.

En detrimento propio hemos descubierto por casualidad atajos que, estimulando los neurotransmisores adecuados del sistema, eluden cualquier actividad con sentido y nos ofrecen el puro placer de las recompensas no ganadas. Muchas personas han descubierto lo placenteras, adictivas y ruinosas que pueden ser la cocaína, la heroína y los opiáceos sintéticos.

Cubiertas las necesidades básicas de alimento y bebida, el sistema reserva sus recompensas más dulces e intensas, su vértigo extático, para el sexo y su momento de goce absoluto. El deseo sexual arde aún con más fuerza que nuestro apetito de comida o bebida, a no ser, por supuesto, que nos estemos muriendo de hambre o sed. A lo largo de los siglos, la literatura se ha esforzado por describir la sensación de la consumación sexual, fracasando la mayoría de las veces, y es que el orgasmo está a años luz de cualquier otra experiencia. El lenguaje cae de rodillas presa de la desesperación. A nadie convence leer términos como “explosión” o “erupción”. Tampoco los frecuentemente utilizados de “anulación” o “aniquilación” nos llevan lejos. La satisfacción sexual no se parece a ninguna otra experiencia de la vida diaria. Los símiles y las metáforas son inútiles. John Updike propuso que ese exquisito momento sensual era como entrar en un hiperespacio mental en el que todo sentido del tiempo, el espacio y la identidad personal se disuelven. Comparado con las horas que dedicamos a trabajar, viajar o dormir, ese momento mágico es lastimosamente breve, aún más para los hombres que para las mujeres. Si tuviésemos el don de hacerlo durar cuanto quisiésemos, si pudiésemos permanecer en esa cumbre del éxtasis días enteros, poco más haríamos. En ello reside la perdición del drogadicto, que sacrifica el alimento y la bebida, a sus hijos y toda su dignidad por la siguiente dosis.

El momento no solo es breve, sino que cuando el deseo se ha satisfecho, no tarda en volver, en una repetición sin fin como la noche y el día. O, justamente, como el hambre y la sed. Inmensos trechos de nuestra vida se organizan en torno al regreso, una y otra vez, a ese breve atisbo del paraíso terrenal. O bien tenemos que apartar los pensamientos tentadores y hacer todo lo posible por ignorarlos mientras nos entregamos a nuestros deberes y ambiciones. Así sucede sobre todo en el caso de los adultos jóvenes. Y ahora que hemos aprendido los trucos para separar el sexo de la procreación, toda nuestra cultura está pautada por esa reiteración constante.

Más allá del colosal negocio multimillonario de la pornografía, a lo largo de los siglos nuestros anhelos han engendrado algunos de los artefactos más hermosos de la imaginación. En el canto, la poesía, el teatro, la novela, el cine y la escultura, hemos explorado y rendido homenaje al vínculo emocional y sexual entre seres humanos, a ese intercambio infinitamente variado, esa disolución de la identidad que llamamos amor. Más aún, o tal vez debería decir menos: hemos dedicado algunas de nuestras efusiones más sublimes a la ausencia de amor o a su fracaso, a su falta de correspondencia y a su insatisfacción, y las más sentidas de todas, a su final. Casi todas las canciones tristes hablan del abandono por parte de la pareja. “Me desperté esta mañana y se había ido”. Qué misterio tan interesante que obtengamos placer de practicar en la imaginación todas las posibilidades trágicas del amor: los celos, el rechazo, la infidelidad, el anhelo sin esperanza, las intrigas, el mal de amores, los tristes y dulces remordimientos, la frustración y la ira.

En nuestro arte, en especial en nuestra literatura, el amor suele convertirse en el microcosmos, en el terreno de juego de todos nuestros problemas y defectos. En una sola relación entre dos personas, los novelistas pueden encontrar todo un universo en el que es posible explorar la condición humana. En el amor están el cielo y el infierno enteros. “Cada rosa”, escribió el poeta Craig Raine, “crece en un tallo infestado de tiburones”. En su hipnótico canto fúnebre, Joy Division entonaba “el amor volverá a destrozarnos”.

Pero la tradición festiva también es rica. En los anales de la literatura inglesa existe una composición fácil de memorizar:

¿Qué requiere de la mujer el hombre?

Las formas del deseo satisfecho.

¿Qué requiere del hombre la mujer?

Las formas del deseo satisfecho.

Los versos de William Blake han sido elogiados por su sencillez, así como por su espíritu igualitario al atribuir la misma importancia al deseo de la mujer que al del hombre, algo no tan habitual en un escritor de finales del siglo XVIII. Y con qué naturalidad asevera su autor que la gratificación personal es lo opuesto a la gratificación mutua.

En el contexto del sexo, ¿es el deseo un placer en sí mismo? No exactamente. Se parece más bien a una llave a la espera de que la hagan girar, o a un picor que espera que lo rasquen. El deseo solo es verdaderamente placentero cuando su satisfacción está al alcance de la mano. De lo contrario, es placer atrapado en la esperanza, una forma de agitado cautiverio mental, un afanarse en pos de aquello que aún no existe, o que nunca podrá existir. Y sin embargo, sin embargo… Pregunte al hombre o a la mujer víctima del mal de amores si, antes que sufrir las punzadas del amor no correspondido, preferiría un narcótico que borrase el recuerdo del amado. La mayoría respondería categóricamente que no. De ahí la muy citada reflexión de Tennyson según la cual “… es mejor haber amado y perdido que jamás haber amado”. El deseo posee algo de la naturaleza de la adicción.

Este enigma tiene profundas consecuencias para la literatura del amor. Cuando, en diversas culturas, un hombre y una mujer son separados a la fuerza por las convenciones sociales o religiosas, y solamente el matrimonio les permite estar juntos a solas, o cuando el amor de un hombre por un hombre o de una mujer por una mujer se prohíbe bajo pena de castigo; en otras palabras, cuando lo único posible es el amor a distancia y el sexo no se hace realidad fuera de la imaginación, el amado es idealizado, y la literatura del deseo aparece para alcanzar una cumbre de expresión atormentada y espléndida.

Recordemos el ejemplo de Dante, que como nos cuenta la tradición y es de todos conocido, se fijó en Beatrice Portinari por la calle cuando ella tenía nueve años, y se enamoró sin haberle hablado. Durante el resto de su vida, nunca llegó a conocerla bien, aunque a veces la saludaba por la calle, pero el amor que sentía por la joven fue la fuerza que animó su genio para la poesía y el dolce stil novo, y, de hecho, para la vida misma.

Otro ejemplo famoso es el efecto que Laura causó en Petrarca. El poeta la vio en una iglesia en 1327, y ella siguió siendo, hasta su muerte en 1348, el amor inalcanzable al que dedicó 365 poemas. Al igual que Dante, Petrarca tuvo poco o tal vez ningún contacto con el objeto de su amor. El lector actual puede apreciar la grandeza de la poesía amorosa que ambos produjeron. Poco importa el hecho de que el amor no tuviera una base biográfica. Es literatura y la imaginación lo es todo, a pesar de los años de infructuosos anhelos. Nosotros, como lectores, somos los únicos beneficiarios.

Existe otra tradición más vitalista, derivada del carpe diem —aprovecha el momento— de Horacio, una forma de persuasión poética que por la pura exuberancia comunica la promesa de un final feliz. No vamos a vivir siempre, así que hagamos el amor ahora. He aquí uno de los poemas más célebres de la tradición inglesa. En A su esquiva amada, Andrew Marvell dice:

Es un misterio que obtengamos placer de practicar en la imaginación todas las posibilidades trágicas del amor

Por eso, ahora que el tinte juvenil

vive en tu piel cual matinal rocío,

y tu alma dispuesta transpira

por cada poro fuegos instantáneos,

gocemos mientras podamos…

Estos diestros tetrámetros evocan con su urgencia rítmica la palpitante insistencia del deseo sexual. En el poema, el anhelo y su satisfacción yacen uno junto al otro, precisamente igual que los amantes.

En muchas novelas de los siglos XVIII y XIX, y en la ficción romántica barata del XX, la conclusión satisfactoria del deseo y el amor no se alcanza en la cama, ya que ello se consideraría una infracción excesivamente grosera del gusto y las normas sociales. El final como Dios manda es la fusión de los destinos más que de los cuerpos. El clímax llega con el sonido de las campanas de la iglesia. El deseo encuentra su resolución respetable en la cohesión social y el matrimonio. Este relato tiene su expresión cabal en las novelas de Jane Austen.

Pero después de los grandes maestros de la ficción del siglo XIX, en particular Flaubert, George Eliot y Tolstói, esta narrativa ha gozado de escaso crédito en la literatura seria. La dura lección de la realidad mostraba que las campanas de boda no eran más que el comienzo de la historia. El adulterio era un villano irresistible. El aburrimiento era otro. Y lo mismo pasaba con las restricciones a la libertad de las mujeres y el peso amargo de la dominación masculina, cuya expresión máxima es la violación, tema central de Clarissa, la obra maestra de Samuel Richardson, escrita en el siglo XVIII. Durante 300 años, uno de los proyectos de la novela literaria fue investigar e, implícitamente, reconsiderar cómo podía ser una relación amorosa.

Hoy en día nos encontramos en un nuevo y disputado territorio en lo que a relaciones, preferencias e identidad sexuales se refiere. Toda clase de subgrupos de diferencias minuciosamente clasificadas reivindican enérgicamente sus derechos. Puede que a una generación mayor esto le parezca amenazador o absurdo, pero en las costumbres sexuales estas luchas y redefiniciones forman parte de una larga tradición de cuestionamiento de las ortodoxias predominantes. La historia de la novela así lo dice. Las formas convencionales de las expresiones literarias del deseo, especialmente del masculino, adquieren un nuevo aspecto. ¿Quién puede poner objeciones cuando se retira a los hombres de riqueza, fama o prestigio la licencia sexual que les había sido otorgada? Las órdenes de detención no están de moda, pero es posible que los poetas y otros espectadores sean arrestados en medio de la confusión general. En el nuevo orden, Andrew Marvell podría ser acusado de acosar a una joven virgen. Sentía una necesidad sexual apremiante, y su apelación a los estragos del tiempo no era sino un alegato falaz. Donde antes un poeta habría rendido homenaje con normalidad a la belleza de determinada mujer, en nuestros días parece burdamente facultado. Sus palabras, que en otro tiempo sonaron dulces, hoy se consideran expresión de una tendencia insana a la cosificación o a la hostilidad irreflexiva. Esas mismas dulces palabras se leen bajo una nueva luz, como los estertores de un orden moribundo.

En literatura, un canon o una tradición son, en esencia, una polémica literaria y, como tal, exigen compromiso. En los últimos tiempos, la polémica ha llegado al punto de ebullición. Las antes comúnmente consideradas obras maestras corren el peligro de la degradación. Algunas son eliminadas de las listas de lecturas de las universidades. Pero si nos deshacemos de un tesoro por exceso de celo, otros lectores estarán esperando para recogerlo y apreciarlo. Las formas del deseo humano antes prohibidas, ridiculizadas o perseguidas, y hoy justamente aceptadas, pueden dar pie a nuevos modos de etiqueta literaria que demanden de la poesía amorosa no solo expresiones de admiración y respeto, sino también de intenciones puras y del ofrecimiento sentido de una desvinculación tranquila. Tal cosa requerirá grandes dosis de talento para no resultar insulsa. Quizá lo próximo sea la negación de uno mismo. A lo mejor mientras yo hablo está naciendo el poeta que algún día forjará una nueva estética del deseo insatisfecho que rivalice con los castos regímenes de Dante y Petrarca.

Yo no puedo hablar verdaderamente en nombre de los poetas, pero, en lo que respecta a los novelistas, creo que sea cual sea la narrativa que nuestra historia social despliegue en el futuro, conservará, en especial dentro de estas texturas sociales más densas, las mismas oportunidades de observar y luego escribir las comedias y las tragedias de las costumbres y el amor. Así seguirá siendo. En el concurrido foro del amor, el anhelo y la literatura en el que se encuentran lectores y escritores, puede parecer que todo está a punto de cambiar, pero en el corazón de las cosas, en su núcleo oculto, todo seguirá igual. No podemos existir —o persistir como especie— sin el deseo, y no dejaremos de cantarle.

© Ian McEwan, 2019 / Rogers, Coleridge & White Ltd. Este ensayo fue leído por el autor el pasado 22 de junio en Taormina con ocasión de la recepción del Premio Taobuk. Traducción de Paloma Cebrián / News Clips.

10 de agosto 2019

El País

https://elpais.com/cultura/2019/08/08/babelia/1565281328_525926.html

 11 min


Francisco Toro

El lunes por la noche, Estados Unidos anunció medidas radicales para congelar los activos del gobierno venezolano y prohibir las transacciones comerciales con él.

'Estados Unidos está actuando con firmeza para cortar financieramente a [Nicolás] Maduro y acelerar una transición democrática pacífica', dijo el martes el asesor de seguridad nacional John Bolton en una conferencia sobre la crisis venezolana celebrada en Lima, Perú.

Gran parte de la prensa se ha dirigido inmediatamente a la 'palabra electrónica': Venezuela, los titulares anunciaron sin aliento, había sido puesta bajo un embargo estadounidense. La palabra electrónica es prominente en el titular del Wall Street Journal que anuncia las nuevas sanciones, y se hizo eco en todas las cuentas de los medios a partir de entonces.

Solo hay un problema: la medida es, de ninguna manera imaginable, un 'embargo'.

Un embargo es una prohibición del comercio con un país en particular. Bajo un embargo, es ilegal vender bienes o servicios al país objetivo. No hay exactamente nada sobre el comercio con Venezuela en la nueva medida de EE. UU., Cuyo enfoque completo está en congelar los activos del gobierno venezolano en los Estados Unidos.

Y para los observadores de Venezuela, hablar de los activos estatales venezolanos en los Estados Unidos significa solo una cosa: Citgo.

Sin que muchos estadounidenses lo supieran, Venezuela compró la refinería con sede en Tulsa, Oklahoma, en 1986. Venezuela quería un canal confiable para refinar y distribuir su crudo extrapesado en el mercado estadounidense, y ser dueño de una gran empresa en Estados Unidos tenía un buen sentido estratégico.

Es solo que poco más de una década después de que compraron Citgo, Hugo Chávez llegó al poder, y el país estableció una trayectoria trágica que lo ha convertido en un sinónimo de disfunción en los últimos años.

La administración caótica bajo Chávez terminaría poniendo en peligro el control de Citgo por parte de Venezuela. Y lo haría a través de una serie de errores que no tenían nada que ver con Citgo, nada que ver con Donald Trump, sino que se relacionaban con uno de los depósitos de oro más grandes del mundo: un lugar llamado Las Cristinas en el remoto sureste de Venezuela.

En 2002, Chávez firmó un acuerdo para desarrollar la mina Las Cristinas junto con una pequeña empresa minera canadiense llamada Crystallex. Pero, como solía hacer Chávez, cambió de opinión y anunció planes para nacionalizar la mina en 2008. Crystallex no fue compensado, y siguió una batalla judicial épica que duró una década.

Para hacer corta una historia extremadamente larga, los canadienses llevaron el caso a arbitraje internacional, ganaron y luego se presentaron en la corte de los Estados Unidos para cobrar su premio de $ 1.4 mil millones. Pero, por supuesto, la única esperanza que tenían de cobrar su premio era incautar propiedades venezolanas en los Estados Unidos, que es donde entra Citgo.

A fines del mes pasado, un Tribunal de Apelaciones del Circuito de los Estados Unidos en Filadelfia confirmó una orden de un tribunal de primera instancia que le daba a Crystallex el control de Citgo.

Solo en ese momento, la crisis venezolana había llegado tan lejos que el gobierno de los EE. UU ya ni siquiera reconoció al régimen chavista, ahora dirigido por Nicolás Maduro, como legítimo. En cambio, Estados Unidos y otros 50 países reconocen al líder de la oposición, Juan Guaidó, como el presidente legítimo, a pesar de que no controla el gobierno real en Caracas.

Debido a que todavía es una empresa con sede en los EE. UU., Citgo es quizás el activo más destacado al que Guaidó tiene acceso. Eso hizo que Venezuela lo perdiera, como resultado de un error de Chávez, ¡nada menos! - totalmente inaceptable.

De eso se trata la congelación de activos del lunes por la noche: un esfuerzo desesperado y desesperado por parte de la administración Trump para evitar que Guaidó y la oposición pierdan cualquier esperanza de controlar a Citgo.

Si esta medida sobrevivirá a los inevitables desafíos judiciales que enfrentará debido a un Crystallex (correctamente) agraviado, es cuestionable. La ley de los Estados Unidos le da al presidente un amplio margen de maniobra en asuntos como este. Lo que debe quedar claro es que salvar a Citgo, y no algún tipo de embargo al estilo cubano, es lo que la Casa Blanca tenía en mente con esta última congelación de activos.

Lo que hace que los titulares sobre un 'embargo' sean tan confusos, y una bendición de propaganda para el repugnante régimen en Caracas. Es irónico A medida que Estados Unidos hace un último esfuerzo para tratar de salvar el activo más valioso restante de Venezuela en el extranjero, Maduro interpreta a la víctima, agitando una copia del Wall Street Journal como prueba.

Traducción de Google Translator

Versión original en inglés:

https://www.washingtonpost.com/opinions/2019/08/06/its-not-us-embargo-ne...

 3 min


María A. Blasco

Dar un paseo por el Museo del Prado puede ser una manera de reflexionar sobre por qué envejecemos y sobre las consecuencias del envejecimiento.

Hans Baldung Grien, pintor renacentista alemán, es autor de Las edades y la muerte, una pintura del Prado. En ella, Grien nos habla de las consecuencias del paso del tiempo en el cuerpo humano a través de la representación de un recién nacido, de una mujer joven, y de una mujer envejecida, quien es arrastrada por un ser que simboliza la muerte. Esta última, la muerte, sostiene un reloj de arena, para indicarnos que es el paso del tiempo el responsable de la decrepitud del cuerpo humano y de la muerte. Un destino inevitable, según nos advierte Grien representando a una lechuza, símbolo de la sabiduría desde la época griega.

Algo tan obvio en la pintura de Grien como que el envejecimiento acarrea la enfermedad y a la muerte, ha sido omitido hasta hace poco por la comunidad científica. Se han estudiado las enfermedades de manera detallada con el fin de descubrir estrategias para curarlas, pero sin tener en cuenta el hecho de que el proceso de envejecimiento está en su origen. Prueba de esta omisión, es que no hay ningún fármaco para curar enfermedades que haya surgido de entender el proceso de envejecimiento molecular. Y quizás por ello, bien entrado el siglo XXI, no somos capaces de frenar la progresión, ni de curar ninguna de las enfermedades del envejecimiento.

Lo que determina la longevidad es la velocidad de acortamiento de los telómeros

No voy a entrar aquí a analizar por qué se ha ignorado al envejecimiento como origen de las enfermedades. Lo importante es que esto ha cambiado, y ahora entender el envejecimiento a nivel molecular es un tema “estrella” de la investigación. El objetivo es entender por qué envejecemos a nivel molecular para así poder evitar, frenar o curar enfermedades asociadas al envejecimiento, que son prácticamente todas las enfermedades que nos matan en los países desarrollados, incluyendo el cáncer, las enfermedades cardiacas y las enfermedades degenerativas. ¿Cuáles son estas causas moleculares del envejecimiento?

Para contestar esta pregunta, visitemos a Goya. Goya conocía un mito griego para explicar la duración de la vida: el mito de las Parcas. Las Parcas eran tres hermanas hilanderas, que determinaban la duración de la vida. Una de las Parcas tejía el hilo de la vida con la rueca, la otra media el hilo para ver cuánto viviría la persona, y la tercera cortaba el hilo cuando la vida tenía que llegar a su fin. Es curioso que la hermana que corta el hilo se llama Morta en la versión romana del mito, la muerte. Por eso, la muerte a menudo se representa sosteniendo una hoz en la mano, la hoz que corta el hilo de la vida.

Pues bien, ese hilo de la vida que tejen las Parcas, es una de las causas moleculares del envejecimiento. Imaginemos que el hilo de la vida es la hebra de la molécula de ADN, y en concreto su parte final, o telómeros, unas estructuras esenciales para la vida. Cada vez que nuestras células se multiplican para regenerar nuestro organismo, y esto pasa constantemente, nuestros telómeros se acortan y cuando los telómeros son demasiado cortos esto desencadena otras causas moleculares del envejecimiento. Así, los telómeros tienen una longitud máxima cuando nacemos y se van acortando conforme vivimos, hasta que son demasiado cortos para seguir permitiendo la regeneración de los tejidos y por eso se producen las enfermedades, y en última instancia la muerte.

La telomerasa tiene la capacidad de re-alargar los telómeros cuando la activamos; opermite aumentar la duración de la vida

En su casa de Aranjuez (que ya no existe), Goya pintó un fresco sobre el mito de las Parcas. Este fresco esta ahora en la sala de “pinturas negras” de Goya en el Museo del Prado y se titula Las Parcas. Cuando miramos la pintura, nos damos cuenta de que Goya no pintó el hilo, ¿quizás porque supuso que sería “invisible” al ojo humano? Goya pintó a la hermana hilandera como un ser que sujeta a un niño recién nacido en las manos. ¿Quizás Goya intuyó que el nacimiento sería el momento de mayor longitud del hilo de la vida? Goya representó a la hermana hilandera que mide el hilo de la vida con alguien sosteniendo una lupa magnificadora en la mano. ¿Pensaría Goya que esta lupa magnificadora nos permitiría ver el hilo invisible? Es inevitable para mí pensar que esa lupa magnificadora es un microscopio como los que usamos para medir los telómeros. Y finalmente, Goya representó a la muerte con unas tijeras en la mano.

Cuando los científicos descubrimos que los telómeros se podían medir pensamos que quizás la longitud de los telómeros podría determinar la vida de un individuo, cual hilo de la vida de las Parcas. Hoy sabemos que en humanos la longitud de los telómeros tiene un valor pronóstico/predictivo para muchas enfermedades del envejecimiento. También sabemos que personas que nacen con telómeros más cortos de lo normal debido a alteraciones en el enzima que los sintetiza, llamada telomerasa (la “rueca de las Parcas”), van a morir de manera prematura debido a una falta de la capacidad de regeneración de sus tejidos. Incluso hay estudios con decenas de miles de individuos que demuestran que personas con telómeros más largos están protegidos de determinadas enfermedades del envejecimiento. A la vista de esto, la intuición de Goya nos pone los pelos de punta.

Pero ¿cómo de universal es el fenómeno de los telómeros? ¿Se ha usado “la rueca de las Parcas” más veces para determinar la longevidad de otras especies?

En un estudio reciente de nuestro grupo hemos encontrado un patrón universal que podría explicar como se determina la longevidad en las especies. Pero este patrón universal no es la longitud del hilo, pues hemos visto que animales que nacen con telómeros muy largos como los ratones, viven mucho menos que los humanos que nacemos con telómeros más cortos. Lo que determina la longevidad es la velocidad de acortamiento del hilo, o de los telómeros. Animales que acortan sus telómeros más rápido viven menos que los que los acortan más lento. Por lo tanto, la clave no está en hacer el hilo más largo, sino en tener un muy buen mantenimiento del hilo. Además, vemos que la velocidad de acortamiento del hilo de las distintas especies se puede ajustar a una función matemática llamada Ley Potencial, que a su vez puede predecir la longevidad de las especies solo con saber la velocidad de acortamiento de los telómeros.

Pienso que este descubrimiento explica algo bastante inexplicable y es el hecho de que la longevidad no tiene ninguna lógica evolutiva, no hay una correlación entre “parentesco evolutivo” y longevidad. Por ejemplo, un flamenco vive lo mismo que un elefante (unos 60 años), a pesar de que evolutivamente son mucho más distantes evolutivamente entre sí que un elefante y un ratón, que sólo vive dos años. Por lo tanto, no es la sofisticación genética, ni el grado de desarrollo cerebral lo que nos hace más longevos, sino el tener una velocidad de acortamiento telomérico lenta. Habría que preguntar a los tiburones de Groenlandia como hacen para mantener sus telómeros largos durante 400 años o a las secuoyas durante miles de años.

Finalmente, no nos olvidemos de que existe la “rueca”, la telomerasa, como la conocemos los científicos. La telomerasa tiene la capacidad de realargar los telómeros cuando la activamos. Hemos conseguido que un ratón viva mucho más de lo normal simplemente activando la rueca y manteniendo sus telómeros largos durante más tiempo. Y esto me lleva a pensar en otro pintor surrealista español obsesionado con la inmortalidad: Salvador Dalí. Dalí pensaba que el ADN, que tiene una estructura en doble hélice a modo de escalera helicoidal, cuyos peldaños están formados por las bases o letras del ADN (A-T, G-C), era la escalera de Jacob, que en la mitología judeocristiana es la escalera que lleva al cielo, y por ende, según Dalí, a la inmortalidad. La fascinación de Dalí por el ADN le llevó a pintar la doble hélice del ADN en varias de sus obras. No creo que algún día seamos inmortales, pero espero que en el futuro se puedan evitar, retrasar o curar enfermedades del envejecimiento. Para ello tiene que haber una apuesta seria por la ciencia y la investigación. ¿Qué hay más avanzado que un mundo donde poder curar enfermedades aún incurables?

Directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas

El País

6 de agosto de 2019

https://elpais.com/elpais/2019/08/06/opinion/1565109622_241292.html

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Edgar Benarroch

La catastrófica situación que vivimos, no registrada en nuestra historia, nos ha originado inmensa angustia y preocupación. Los últimos veinte años han significado atraso, involución y destrucción con graves consecuencias de hambruna, desnutrición y escasez de elementos fundamentales para un saludable desenvolvimiento. No solamente es difícil, algunas veces imposible adquirir el pan nuestro de cada día, sino que además los medicamentos necesarios para atender los inconvenientes de salud no se consiguen y si tenemos la suerte que existan carecemos de los recursos necesarios para adquirirlos, solo para tocar los temas de alimentación y medicinas. Todo ello en un marco de extrema inseguridad personal y de bienes como no conocíamos.

Esta espantosa calamidad tiene su inicio hace veinte años con un modelo trasnochado y fracasado en todo el mundo donde se ha pretendido establecer (no hay en la historia universal un solo ejemplo de progreso y bienestar). Se dicen llamar socialistas sin serlo, es una mezcolanza de funestas ocurrencias que han destruido nuestro país y creado gravísimos problemas sociales. Ello se ha profundizado y agravado en los últimos tres años con la inflación más alta del planeta, la dependencia para todo de la importación con las circunstancias que cada día disponemos de menos divisas para honrarla. Sumémosle que desde el 10 de enero del presente año quien se dice Presidente del país es un señor que con un manotazo se hizo del poder, lo que le ha provocado un inmenso cuestionamiento mundial por su ilegitimidad, solo diez naciones del mundo, algunas tibiamente lo reconocen.

Es perfectamente entendible la angustia y preocupación, por ello el pueblo reclama cuanto antes y con urgencia un cambio en la conducción del país que nosotros tenemos el insoslayable deber de proporcionarle.

Afortunadamente desde el 23 de enero ha renacido en el país esperanza, optimismo y alegría que se manifiestan de mil maneras en las multitudes que plena las calles cargadas de la convicción que produce el cumplimiento del deber que el tiempo demanda. No debemos permitir que la angustia y preocupación nos lleven a la desesperación que nos radicaliza y aparta de la sensatez aunque el momento presione mucho hacia allá.

La democracia como diseño humano es imperfecta pero perfectible, hasta ahora es el sistema político con menos inconvenientes y muchas virtudes. En ella encontramos salidas civilizadas a los problemas aportadas por la voluntad popular que debe respetarse y acatarse por las buenas o con el látigo en la mano como Jesús desalojó del Templo de su Padre a quienes lo profanaban. El látigo es el pueblo en la calle sin retorno hasta que el usurpador se vaya. La solución está es nuestras exclusivas manos y debe ser así. Agradecemos mucho la solidaridad internacional y la queremos y deseamos, pero somos nosotros los que debemos darnos la salida, lo otro sería una inaceptable e intolerable confesión de cobardía y desgano e incumplimiento del sagrado deber que tenemos contraído con la Patria. No debemos esperar ni siquiera pensar que otros hagan lo que nos corresponde a nosotros.

Entiendo sin justificar a quienes procuran una intervención militar, concretamente de Estados Unidos, que logre la salida del usurpador. De ello producirse difícilmente sería con pinzas, el enfrentamiento bélico además de buscar los blancos previstos tendría "efectos colaterales" en extremo dolorosos, lamentables e irrecuperables, nuestras calles pueden ser tapizadas de cadáveres, sangre, escombros y ceniza.

Vamos por buen camino y creo que las etapas previstas se cumplen a nuestro favor. Sin descalificar la capacidad nacional supongo que el Presidente Guaidó está asesorado por la más alta inteligencia: Estados Unidos, Alemania, Reino Unido, Francia, Israel y el grupo de Lima entre otros, es de suponer que todos los movimientos de Guaidó han sido suficientemente bien pensados y analizados. Es el tiempo de continuar dándole calor y confianza a él quien en corto tiempo logró el milagro de UNIR al país, la solidaridad internacional y entusiasmarnos a todos.

Un viejo y sabio proverbio chino nos señala que " cuando no se va a mejorar el silencio lo mejor es callar". Si no vamos a mejorar la estrategia, que no es precisamente con invasión o guerra, que hasta ahora parece acertada lo mejor es continuar en ella en búsqueda de una salida lo menos traumática posible. Vamos a agotar todas las vías del diálogo y el acuerdo, si ello no resulta nos queda la calle sin retorno que es garantía de triunfo.

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