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Opinión

Fernando Henrique Cardoso

El resultado de la primera vuelta de las elecciones muestra un país barrido por un tsunami. Los políticos y partidos tradicionales se desmoronaron en las urnas. La percepción inmediata pone de manifiesto que los electores han votado por el miedo del crimen organizado —que ha aumentado—, del futuro de la economía —a la que le cuesta salir de la recesión provocada por el Gobierno de Rousseff— y del desempleo —que se ha estancado en un 13%—. También ha votado por la indignación ante la corrupción, desvelada principalmente por el caso Petrobras, que expuso las bases podridas sobre las que se asentaban el Gobierno y los partidos. Los “dueños del poder” —o los que presuntamente lo son— han sido objeto inmediato de la indignación.

Con ello, un oscuro parlamentario, el capitán retirado del Ejército Jair Bolsonaro, apoyado por un partido casi inexistente, el PSL (Partido Social Liberal), que fue autor de proyectos en defensa de su categoría profesional y que siempre ha votado en contra de la ruptura de los monopolios del Estado y en contra de las leyes de responsabilidad fiscal, aparece como victorioso. Se ha convertido en el símbolo de lo que la izquierda llama “neoliberalismo”, ahora con un fuerte cariz autoritario. Su lema de campaña ha sido la defensa del orden (con la ley en un segundo plano) y la lucha contra la corrupción. Derrotó a los candidatos “centristas” (en general, pertenecientes a los partidos que van desde la centroizquierda hasta la centroderecha), y también superó al candidato “de izquierdas” —o sea, al del Partido de los Trabajadores, de Lula—, sin contar a los de extrema izquierda, minúsculos.

Con Lula encarcelado (acusado y juzgado en dos instancias por corrupción, y no por “persecución política”), Fernando Haddad surgió como su ersatz. Fue derrotado en las varias regiones de Brasil (excepto en el noreste, donde también perdió en varias capitales), en las varias franjas salariales (a excepción de los que ganan dos veces el salario mínimo o menos) y en las diversas categorías de formación escolar (excepto entre los menos educados, pero de forma aplastante en la de aquellos que tienen títulos universitarios). Solo cuando uno mira los datos por sexo percibe una pequeña diferencia (menos del 5%) a favor de Haddad: las mujeres le votaron más a él que los hombres.

Haddad y Bolsonaro han pasado a la segunda vuelta. Los sondeos iniciales arrojan que las diferencias han aumentado a favor de Bolsonaro, que le saca 16 puntos de ventaja, diferencia que muy difícilmente se reducirá en los pocos días que nos separan de la segunda ronda. Aun así, el PT y algunos de sus aliados recurren a líderes y segmentos democráticos para formar una especie de frente popular (como en los viejos tiempos…). Afirman que no gobernarán hegemónicamente, controlando a los que sean “cooptados”, ya que aceptarán la diversidad democrática. ¿Quién se cree eso? Lo que no desobliga a los demócratas a oponerse a Bolsonaro, desde este momento, y especialmente en el futuro. Si gana y se desvía de la regla constitucional, de los valores de la democracia y de la lucha por una mayor igualdad, tendrá que encontrarse con un muro de oposicionistas que dificulten su avance.

Por detrás del tsunami y de las fuerzas que lo mueven existen causas más profundas (en este momento hay un odio irracional al PT por lo que hizo y a todo lo que no sea “orden”). Las elecciones demostraron lo que se imaginaba: la sociedad contemporánea, la de la cuarta revolución productiva, es diferente a la que se constituyó en el capitalismo financiero-industrial. Parece ser más tecnológico-financiera, está fragmentando las viejas clases y disolviendo sus cementos de cohesión, volviendo vacías las ideologías que les correspondían.

Los partidos, las creencias políticas y los sindicatos —en suma, la institucionalidad política del pasado— se han vuelto pequeños para hacer frente a los retos que Internet simboliza. La comunicación directa, aun siendo momentánea y fragmentaria, las noticias, aun siendo falsas, se sobreponen al juicio, a la razón que, bien o mal, los “medios tradicionales” (incluyendo radios y televisión), si bien no reflejaba, le rendía cuentas. Bolsonaro es una hoja seca impulsada por el vendaval de todas estas transformaciones. Simboliza el ansia del orden ante el miedo a lo desconocido.

De inmediato, lo que se haga poco modificará la tendencia de voto. En el futuro hay mucho por construir. Sin que entendamos lo que está por detrás de las “oleadas” predominantes y sin que los partidos y los líderes derrotados hagan autocrítica y se dispongan a encarar y a luchar en las nuevas circunstancias por los valores esenciales de la libertad, democracia y mayor igualdad, presenciaremos la “barbarie”. No se trata de la vuelta al fascismo: la historia, en este caso, no se repite. Se trata de otras formas de pensamiento y acción no democráticas. Ya no vivimos en los tiempos de la Guerra Fría. No se trata de la vuelta del autoritarismo militar con la bandera del anticomunismo. Lo que sucede hoy no lo han planificado las Fuerzas Armadas, aunque, paradójicamente, estas aumentarán su voz por la decisión de las urnas. Asimismo, espero que también sirvan de muro de contención contra explosiones de personalismo autoritario o de “justicia por las propias manos” de grupos exaltados.

La batalla que se ha de librar es la de la reconstitución de la institucionalidad democrática en sociedades interconectadas y fragmentadas. Hecha la autocrítica (los partidos se bañaron en la corrupción y los poderosos de la economía no entendieron que la desigualdad puede llevar a la desesperación), debemos seguir luchando por el futuro de Brasil y de su pueblo, sin ser masa de maniobra en pro de uno u otro líder o partido. Quienes lucharon contra el autoritarismo saben lo difícil que es, pero también saben que la lucha es factible y necesaria. Así pues, quienes tienen el pasado como testigo de su sinceridad no necesitan el análisis moral de quienes, también de buena fe, piensan de otra manera.

El País

19 de octubre de 2018

https://elpais.com/elpais/2018/10/18/opinion/1539880016_293081.html

 4 min


Luis Ugalde

El horrendo asesinato de Fernando Albán - privado de libertad sin orden de detención, violando la ley y arrastrado y empujado a la muerte en el SEBIN- ha sobrecogido al país y al mundo, que ya venían alarmados con el crimen que anda suelto en Venezuela. Testimonios de alta credibilidad vienen informando de detenciones ilegales, violaciones sistemáticas de procesos judiciales con detenidos incomunicados de sus familiares y abogados, ejecuciones extrajudiciales, órdenes de excarcelación burladas, extorsiones de miles de dólares para salir de la injusta prisión, etc. Parece incomprensible que algunos que en otro tiempo reclamaban derechos humanos y que todavía hoy quieren ostentar el título de sus “defensores”, sean los primeros encubridores. Son más que alarmantes las informaciones que llegan sobre militares detenidos, incomunicados y maltratados. No es menos preocupante la persecución selectiva de líderes de partidos que el régimen ha decidido descabezar. Y cínicamente hablan de elecciones libres y de diálogo con esos mismos perseguidos y encarcelados. ¡Dialogar con una pistola al pecho! y con la condición previa de reconocer a una tiranía que se autoprorroga por seis años más, para castigo de millones de venezolanos.

Pero el crimen no está solamente en las cárceles y en la manipulación de la justicia, sino que se ha generalizado en las diversas áreas económicas, sociales y políticas, donde actúa el gobierno y sus armados, legales e ilegales: contrabando de gandolas en las fronteras, tráfico millonario de droga, robo sistemático en las alcabalas a quienes transportan víveres, chantaje a los comercios, extorsión a quienes necesitan sus documentos, trasiego multimillonario de dólares preferenciales, niños comiendo en la basura… La inseguridad reina entre los productores del campo y los vecinos de la ciudad. Tan grave es el cinismo y la complicidad, que muchas bandas se sienten autorizadas, e incluso, invitadas a vivir del crimen y del abuso, imitando a los corruptos de más arriba.

El Libertador, cuando ya las tropas enemigas iban en retirada y amanecía la República, decía alarmado “la anarquía nos devorará”. La anarquía y el crimen reinan hoy cuando impunemente se violan los derechos de los otros y se usa la ley para eliminar a los rivales. Hoy de la República no queda sino el nombre, y el Estado no es garantía para ningún ciudadano, solo es sinónimo de abuso y botín privado.

No es de extrañar que al régimen le suene a denuncia el par de primeros artículos antidictatoriales que definen el alma de la Constitución de 1999:

Artículo 2 “Venezuela se constituye en un estado democrático y social de derecho y de Justicia, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación, la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social y, en general, la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político”.

Artículo 3 “El Estado tiene como fines esenciales la defensa y el desarrollo de la persona y el respeto a su dignidad, el ejercicio democrático de la voluntad popular, la construcción de una sociedad justa y amante de la paz, la promoción de la prosperidad y bienestar del pueblo y la garantía del cumplimiento de los principios, derechos y deberes reconocidos y consagrados en esta Constitución. La educación y el trabajo son los procesos fundamentales para alcanzar dichos fines”.

Los hechos hacen que estos artículos suenen a una burla cínica y cruel. En vista de que ni quieren ni pueden convertir en vida la Constitución de 1999, deciden eliminarla e imponer otra constitución tiránica como lápida de la sociedad muerta. Ejecutarán este crimen a no ser que nos pongamos de pie y unidos todos: las diversas agrupaciones, asociaciones, organizaciones y partidos, asumiendo el deber ciudadano y la obligación de conciencia de defenderla. Si no queremos que el crimen termine devorando al país, todos tenemos que levantar- como nos lo manda la Constitución en el artículo 333- con una voz unida que clama ¡basta ya!, y actuar de modo eficaz para frenar la muerte en todas sus formas y restablecer el orden constitucional.

Con ello estaremos honrando la memoria y el sacrificio de la vida de Fernando Albán y de muchos más, perseguidos, asesinados y maltratados; de millones a quienes el crimen en sus múltiples formas les ha arrebatado su vida digna, en libertad y justicia. ¡Dios bendiga a Venezuela y nos de ánimo con su “Levántate y camina”!

Caracas, martes 16 de octubre de 2018.

 3 min


Hay que vivir la migración, bien porque se te han ido los tuyos o porque un buen dia decidiste abandonar este mar de la felicidad presagiado por el comandante ausente. Hay que sentir la migración, esa de la que tanto hablan las elites politicas oficialistas y opositoras. Sabran de verdad que piensa el futuro migrante de su aventura hacia el desarraigo. Imaginan con precisión cuantos sueños rotos los llevan a soñar de nuevo en el confort extraviado y la mayoria de las veces tambien inalcansable allende de su terruño.

Los primeros en migrar forzadamente en este azaroso mundo fueron Adan y Eva, cuando un enfurecido Dios los echó del paraiso. Los ultimos en migrar en este planeta, han sido por los que Chavez hizo aquel juramento del Saman de Guere, donde les ofrecia patria o muerte, y ahora el mismo demonio encarnado en Nicolás Maduro, los aventó como ola en sunami por todas las ciudades del planeta.

A decir verdad, el primer grupo de venezolanos que partieron con los suyos fueron las victimas de aquel pitazo televizado que sonora el padre de toda esta criatura, mejor conocida como la patria socialista. En esa primera migración se nos fue la Pdvsa de Pablo Perez Alfonso, y las promociones de profesionales y técnicos que muy bien pudieran salvarle la vida a la moribunda pdvsa roja rojita de hoy.

El segundo aventon de migrantes, fue nuestra arruinada clase media, con sus profesores, estudiantes, médicos, ingenieros, matematicos, economistas, contadores, periodistas, arquitectos y todo tipo de emprendedores, quienes tuvieron la oportunidad de abandonar este barco a la deriva.

El ultimo oleaje ha sido de aquellos que en los cerros de Caracas el hambre los acorraló, tambien los más pobres de esta pobreza extrema, creada por Maduro en todas las ciudades del país, a los que nunca les llegó las lentejitas Clap ni los miserables bonos del carnet de la patria.

Hoy esta crisis humanitaria agudiza y trastoca en mayor proporcion, a las frágiles prosperidades de las capitales latinoamericanas. Se les ven humillados, rumiando su miseria, vendiendo arepas o pidiendo a cambio de un caramelo, que llevan en bolsas de supermercados, algo que les ayude a mitigar sus penas. Se les ve la verguenza en sus caras, cuando le explican su tragedia a los usuario del Transmilenio de Bogotá, del Metro de Chile, a los que van en el trasporte público de Quito y a los vecinos de las populosas Lima y Argentina.

Se les nota que el dolor lo llevan adentro, Cunaviche adentro, como decia el Panita Ali. Basta conversar con cualquiera de ellos, incluso con los que han tenido la suerte de conseguir casi siempre un empleo tercerizado. Todos sin excepcion, los que piden en las calles, los que por violar la ley en un pais extraño estan tras las rejas; hasta los que por suerte han coseguido un buen trabajo, manifiestan que quisieran venirse a su casa grande a Venezuela, porque el paraiso que fueron a buscar se les está transformado en una pesadilla sin despertar.

Se hace urgente abrir un compás. La comunidad internacional se está pronunciando a favor de que le busquemos pacifica y democráticamente una salida a este laberinto. Hagámoslo así sea solamente por traer de nuevo a nuestra patria a los hijos del Libertador.

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Francisco Russo Betancourt

El comentario de la semana

El momento histórico que vive el país, avista en estos momentos, la posibilidad de que se sancione un nuevo texto fundamental a espaldas del país mayoritario, redactado en el sanedrín en que se ha convertido la írrita e inconstitucional ANC del gobierno. De ser ciertas las conjeturas que salen a la luz pública, la oposición está obligada a trabajar en una estrategia que nos permita construir la defensa de la precaria constitucionalidad que aún tenemos.

No se trata de discutir si se vota o no, o si se legitima o no,- que no es el caso-, a esa bellaquería que pretende funcionar como Asamblea Constituyente, de lo que se trata es de evitar que el despotismo se enseñoree en el país y se incorporen a nuestra legislación constitucional vigente, figuras absolutamente contrarias al sistema de libertad republicana, por el cual luchamos y defendemos los demócratas.

El referéndum del año 2007, convocado por el difunto presidente Chávez, padre de esta calamidad que vivimos los ciudadanos que acá habitamos, que tenía como propósito modificar 69 artículos de la Constitución y cuyo fin último era convertir a Venezuela en un Estado socialista, inspirado en el régimen que gobierna la isla de Cuba, fue una propuesta rechazada por el pueblo democrático, que alcanzó si bien una victoria cerrada, reveló que aun con dificultades y con un árbitro parcializado, vendido y chapucero se puede ganar. Fue la primera victoria contra el gobierno.

Nuevamente estamos en presencia de un nuevo garrotazo a la libertad. De lo que se trata ahora, es la defensa de la constitucionalidad, la defensa de la democracia y de la nación venezolana hoy ofrecida en bandeja de plata a los gobernantes de una isla miserable y de una ideología que humilla al ciudadano común, que lo hace dependiente de unas migajas de pan y que aspira controlar a toda la familia venezolana.

Ya no son las leyes inconstitucionales de Comunas y de los Consejos Comunales, sino que se pretende convertirlas en normas reguladas por la Constitución. Las comunas, ha dicho el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico (Cedice), constituye el “lego de la destrucción de la Venezuela democrática”, son el mecanismo de control con lo que se trata de someter a los sectores populares, bajo unas estructuras que dependerán del gobierno central, CON ELLO desaparecerá el individuo y será sustituido por la comuna o colectivo. Es una vieja propuesta que busca la desaparición progresiva del Estado para construir el autogobierno comunal, puesto al servicio de la clase gobernante y su burocracia. Es la totalitaria, porque su forma de gobierno está determinada por el poder Central a través de Asambleas y Comisarios del gobierno, derivadas de una concepción ideológica. De modo que ahora, como lo propuso el difunto, es avanzar hacia un Estado Comunal utilizando para ello los medios y formas institucionales contenidos en el ordenamiento jurídico del Estado Democrático y de Derecho. Así ocurrió en la Alemania de 1919 con la llegada de Hitler al poder quien utilizó la Constitución de Weimar para alcanzar sus despropósitos.

Hoy no podemos darnos el lujo de entrar en una pugna perniciosa sobre ir o no a votar la Constitución que se cocina en el sanedrín de Cabello y Escarrá.

Ante un llamado para refrendar o no una Constitución, hay que salir a votar, pues, lo que se trata es defender la Constitución vigente ante un gobierno que llegó al poder para tomarse el erario público, enriquecerse sin escrúpulos y entregar nuestra soberanía.

No nos engañamos en que no tenemos libertad electoral en términos democráticos, con un gobierno que actúa como agente electoral de sí mismo. Ninguna dictadura actúa con manos limpias, por ello, por encima de criterios partidistas, hoy se impone volver a las jornadas anteriores, porque lo que subyace en ese cuarto oscuro donde funciona la inválida ANC, es la modificación de la parte orgánica de la actual Constitución, la que consagra la organización del Estado, y, la parte dogmática, que enumera las garantías y derechos de los ciudadanos así como la imposición de una acción política ideologizada.

Los partidos políticos y la sociedad civil tienen el reto de construir una estrategia política para derrotar en referéndum,-lo que sería un plebiscito-, el despropósito de una nueva Constitución para la corte de Maduro y la nueva casta seudo revolucionaria.

Desde el punto de vista de la sociología política y la mejor doctrina constitucional, el Texto Fundamental de la nación, es siempre la expresión del equilibrio entre las distintas fuerzas y sectores de la sociedad, para la organización del Estado y para la institucionalización de los principios de libertad y de justicia social, y en modo alguno, puede ser la resultante en la imposición de una fuerza que tenga predominio en la vida social de sus conciudadanos. El reto de hoy, lo hemos repetido en este comentario, no es votar o abstenerse, como ya comienzan a pregonarlo algunos radicales del twitter. Este país necesita para vivir en armonía y en orden, trabajar y prosperar, necesita un sistema constitucional que dé a su pueblo los medios para discutir su suerte libremente y en una plaza pública, sin amenazas ni persecuciones y para hacer todo lo que esté legalmente a su alcance, para mejorar su suerte; que ofrezca a las fuerzas económicas progresistas, a sus industriales, agricultores, no latifundistas-, al comercio no acaparador, la garantía de producir para alimentarse debidamente y borrar el triste espectáculo que se ve en las calles, de hombres y mujeres hurgando bolsas para buscar comida; a nuestros jóvenes la garantía para estudiar y lograr una profesión y un destino mejor.

Hay que volver a las jornadas anteriores que resultaron victoriosas, aun con un árbitro groseramente parcializado, porque lo que está en juego, definitivamente es el país y la libertad de vivir en democracia.

@frusbet

 4 min


I.

Por estos tiempos - suelo decirlo siempre cuando arranca la temporada-, los venezolanos nos refugiamos en el béisbol para eludir al país desencuadernado y hostil en el que discurre nuestra existencia. Lo hacemos con la pretensión de guarecernos un rato, un rato que dura nueve innings, bien sea en el estadio o frente al televisor e, incluso, junto al radio. Nos cobijamos bajo esa extraña y sabrosa sensación de normalidad y certezas, muestra de que el país también tiene escenarios amables, libres de la desazón que gobierna la vida nuestra de cada día. Ejercemos, así pues, el derecho constitucional a la evasión a sabiendas de que el exceso de realidad es nocivo para la salud, mucho más que el cigarro, la comida rápida o el sedentarismo. En mi caso, una muestra de ello, aparte de atender religiosamente el desempeño de los Los Tiburones de La Guaira, es escribir este artículo que no habla del petro, ni de los apagones ni de si los chinos y los rusos nos van a prestar dinero para, al menos, torear la crisis económica.

II.

Las estadísticas, aunque siempre han sido un rasgo distintivo del béisbol, han cobrado una relevancia difícil de exagerar. La recolección y análisis a alta velocidad de una cantidad casi infinita de datos que se entrecruzan de múltiples maneras para mostrar los aspectos más disímiles del juego, es parte medular en el béisbol moderno, factor indispensable en el diseño de estrategias, la selección y la contratación de jugadores, la aplicación de métodos de entrenamiento, el estudio del desempeño de los equipos rivales y paremos de contar.

Nos encontramos, así pues, en la era del Big Data. Todo se procura medir y cuantificar y se considera que las victorias no son únicamente responsabilidad de managers, ni siquiera de los jugadores, sino de estadísticos, ingenieros de sistema, computistas y profesionales de las ciencias sociales, ocupados de arrinconar al azar y dibujar el futuro de cada partido o temporada, así como el de cada jugador.

Así las cosas, cuando los Astros de Houston, un club menos que modesto, se alzó el año pasado con el campeonato en la Serie Mundial, venciendo a los favoritos Dodgers de Los Angeles, sus directivos señalaron que lo lograron “… gracias a una computadora, varios algoritmos y millones de datos…”. Se trata, así pues, de una revolución que tiene su epicentro en el béisbol norteamericano, pero que empieza a llegar, con no mucha fuerza, todavía, a orillas venezolanas.

III.

Uno siempre oyó decir, vía narradores y comentaristas, que en el béisbol la clave es el picheo. Por los vientos que soplan, pareciera que habrá que explicar que ahora el asunto no radica exclusivamente en el cuerpo de lanzadores con el que cuenta un equipo, sino con el cuerpo de técnicos especializados en el tratamiento de la información. En fin, el tema está pasando a ser no tanto (¿ni sólo?) el picheo, sino el Big Data.

¿Exageración? A lo mejor, pero hay que tener presente el hecho de que, no sólo el béisbol, sino todas las disciplinas están siendo radicalmente impactadas por un menú diverso de innovaciones tecno científicas que amenazan con alterar la esencia de la actividad deportiva, porque, dicho en pocas palabras, trasladan la competencia desde las canchas y pistas, hacia los laboratorios de investigación. Para no extenderme, basta con señalar que la alteración de la genética con propósito de mejorar el rendimiento del atleta, ronda el deporte desde hace un rato, según lo ha reconocido el Comité Olímpico Internacional.

El Nacional, jueves 18 de octubre de 2018

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No se quiebra la unidad de la oposición, si se considera que asegurar su viabilidad implica admitir la existencia de gruesas diferencias.

Pero si las diferencias toman el lugar del objetivo común y si los desacuerdos ya no pueden ser manejados entre las élites partidistas,

entonces hay que acudir al debate ciudadano y a una competencia sujeta a reglas decentes.

Las citadas, palabras de Simón García, sereno y ecuánime columnista del periódico digital Tal Cual, me hicieron recordar un dictum de Michael Walzer cuando señalaba que hacer política supone practicar dos artes: el de unir y el de separar. Y así es: la política, como la vida, transcurre surcando vías de uniones y separaciones, de alianzas y rupturas. La unidad por la unidad en política no existe. La unidad solo se puede dar alrededor de medios y fines comunes. Dejan estos de existir, no se justifica la unidad. Así de simple.

Naturalmente García se refería a la unidad de la oposición venezolana. Ferviente defensor de la unidad en el pasado reciente, ha llegado al convencimiento de que la unidad por la unidad, en las condiciones que vive su país, no solo no es posible sino, además, ejerce un efecto palarizante. De ahí que considera necesario un “sano deslinde”.

Un deslinde: No necesariamente una ruptura o quiebre. Simplemente una separación no dramática entre dos fracciones políticas: una, la extremista que intenta convertir a la política en testimonios épicos, en actos de pomposa dignidad, en agresiva inactividad en espera de militares patriotas o intervenciones externas, e incluso, invasiones militares. Otra, la fracción política, intenta mantener la continuidad mediante la mantención de vías democráticas sin excluir alternativas de diálogo cuando estas asoman y, sobre todo, participando en comicios aún a sabiendas de que el gobierno juega con naipes marcados. Las elecciones para esta segunda fracción no son solo un fin. Son un medio de resistencia opositora, una fuente de agitación política, un ejercicio de soberanía ciudadana.

La primera fracción, desde el Carmonazo del 2002, pasando por la abstención del 2005, La Salida del 2014, hasta llegar a la abstención del 20-M, sumando ahora el quimérico “quiebre” proclamado sin ninguna base por la señora Machado, han contribuido a deparar a la oposición grandes derrotas. La segunda fracción ha logrado en cambio innegables triunfos: el plebiscito del 2007, el 6-D, muchas alcaldías, y sobre todo, fuertes movilizaciones en defensa de la Constitución y de la vía electoral, entre ellas las del propio RR16 (al que la primera fracción intentó imprimir un absurdo sello insurreccional). En otras palabras, todas las grandes derrotas opositoras han sido consecuencia de la acción anti-electoral. Todas las grandes victorias, en cambio, han sido logradas a través de la ruta electoral, sin lugar a dudas, el “talón de Aquiles” de Maduro

Estamos pues frente a dos opciones no solo diferentes sino antagónicas. Más aún: excluyentes entre sí. Imposible es -y en ese punto se comparte la tesis de Simón García- que ambas fracciones puedan habitar bajo un mismo techo. ¿Ha llegado entonces la hora del deslinde? Sin dramas ni tragedias, sin gritos ni insultos, decentemente dice García. Cada uno por su lado, mucho gusto haberte conocido, y si te he visto no me acuerdo..

La separaciones o deslindes hay que hacerlas a tiempo. Cuando eso no ocurre pueden acontecer grandes tragedias. ¿No está montada la cultura política europea y latinoamericana sobre la base de una de esas tragedias? Me refiero a la gran revolución francesa de 1789. De esa revolución heredamos el envenenado estilo jacobino de discusión, la guillotina (la horca, el paredón, el asesinato político), una concepción estatista y autoritaria de la política y, no por último, ese radicalismo hueco que ha espiritualizado a los grandes movimientos políticos latinoamericanos desde la independencia hasta nuestros días. Sin embargo, todo pudo haber sido diferente.

Muy diferente habría sido todo si esos decentes y moderados burgueses llamados girondinos, partidarios de vías electorales y admiradores de la monarquía parlamentaria inglesa, hubieran tenido agallas para deslindarse a tiempo de la izquierda jacobina. Oportunidades no faltaron. Los jacobinos controlaban los barrios pobres de París. Pero los girondinos a las más prósperas provincias de Francia siendo mayoría en la Asamblea Constituyente de 1792. Sin embargo, no tenían líderes. Brissot y Roland, cuerdos y racionales, no entusiasmaban a nadie con sus apatías. Además eran vacilantes. Nada extraño que hubiesen sido atropellados por la oratoria audaz de Danton (el primer populista de la modernidad), por la locura de Marat, por la crueldad fanática de Robespierre. La Gironda tampoco supo hacer alianzas políticas con el bajo clero, con la nobleza republicana, ni con las clases prósperas, agrarias y urbanas de la Francia post-monárquica. Pero sobre todo, no supo deslindarse a tiempo de la canalla jacobina. El resultado lo seguimos pagando ahora. Los primeros en pagarlo fueron los revolucionarios rusos antes y después de 1917.

Fue Isaac Deutscher quien con su literaria prosa histórica nos dio a conocer como se identificaban los socialdemócratas rusos con los jacobinos franceses. Al fin terminaron divididos de un modo similar. Los mencheviques, que quiere decir minoritarios, fueron mayoría en los soviets de 1905, en la Duma y en los soviets de San Petersburgo y Moscú hasta 1917. Sin embargo, se dejaron arrebatar la iniciativa por los bolcheviques (que quiere decir mayoría, aunque eran minoritarios) evitándose así la posibilidad de un deslinde. La gran chance la tuvieron los mencheviques dirigidos por Mártov y Axelrov durante la revolución de febrero. Si en esa ocasión hubieran cerrado filas alrededor del gobierno parlamentario de Kerensky, sin hacer concesiones a los bolcheviques, la historia habría cambiado su curso mundial. Eso pasaba – y ese fue el nudo menchevique- por una división interna de la socialdemocracia rusa. El asalto al Palacio de Invierno, la consigna “todo el poder a los soviets” (en realidad a los leninistas) y la disolución del parlamento, dejaron tan mal parados a los mencheviques como la toma del poder de la Convención por parte de los jacobinos franceses, a los girondinos. La historia no se repite; eso es cierto. Pero convengamos en que a veces tiene una extraña tendencia a imitarse a sí misma.

Pude comprobar esa tendencia imitativa en mi propio país. En el Chile de la Unidad Popular (UP) cuando ya desde 1970 se formaron dos Ups. A un lado Allende apoyado por socialistas democráticos y comunistas, y desde más lejos, por la fracción no freísta de la democracia cristiana (Fuentealba, Tomic). Al otro lado una fracción extremista insurreccional formada por los socialistas de Altamirano, el MAPU, y desde fuera de la UP, el MIR. Los primeros propiciaban un gobierno hacedor de reformas sociales en el marco de un orden democrático. Los segundos, una insurrección de carácter socialista. Apoyados desde Cuba por Fidel Castro -quien incluso actuó en Chile durante un mes a favor del extremismo y en contra de Allende- no ocultaban sus propósitos de dividir a la UP. Allende pensó quizás en deslindarse de la fracción extremista (hay algunos testimonios que así lo sugieren) Pero eso significaba dividir a su propio partido, un precio demasiado alto para él. Así optó por realizar negociaciones imposibles. Cuando Allende, al fin, decidió jugar la carta del deslinde mediante un llamado al plebiscito, ya era tarde. Los militares de Pinochet avanzaban hacia la casa presidencial.

¿Habría salvado un deslinde a la opción democrática de Allende? Imposible saberlo. Nadie puede pensar la historia en términos subjuntivos. Lo que ocurrió, ocurrió. Pero seguramente esa experiencia marcaría a fuego a algunos políticos chilenos. Por eso, cuando muchos años después apareciera la posibilidad del plebiscito que terminaría con la dictadura, la decisión de una parte de la izquierda ya estaba tomada: no dejarse presionar por ninguna fracción ultraizquierdista, esta vez representada por el partido comunista, extremistas del partido socialista, más algunos grupos castristas que aún pululaban en la izquierda chilena. Por el contrario, fue necesario deslindarse de ellos, los que continuaron sosteniendo hasta el fin que votar era legitimar a la dictadura.

En Venezuela la oposición también se encuentra enfrentada, como en otras latitudes, al dilema del deslinde. Naturalmente, hay defensores candorosos de la unidad por la unidad. Quizás no entienden que el problema no radica en diferentes tácticas y estrategias sino en dos culturas políticas antagónicas. Un jacobinismo derechista de origen oligárquico y una clase política que ha perdido el rumbo electoral, el único que tenía, el único que conocía. Menos entienden que si la unidad abstracta continúa, la oposición seguirá paralizada, situada en medio de la nada, en esa “política cero” que apenas pueden ocultar sus principales líderes, empeñados en asumir el rol de reporteros de tragedias sociales. Evidentemente, tienen miedo al deslinde, aunque en el fondo saben que no hay otra alternativa. Y de algún modo se les entiende: el deslinde no solo es entre partidos sino también dentro de los partidos. Eso quiere decir que algunos siguen poniendo la “razón de partido” por sobre toda otra razón política. Fatal, estimado Capriles.

El ya citado Simón García escribió un tuit afirmando que el deslinde existe objetivamente. Solo falta ponerlo en forma. De eso se trata precisamente, de ponerlo en forma. Y bien ¿cómo se puede poner en forma política un deslinde? La forma no-política es agrediendo a los extremistas con el lenguaje que ellos mismos usan. Pero para eso no hay ninguna necesidad. Entre los aciertos de Carl Schmitt hay al respecto una frase muy correcta. “El enemigo político no es un enemigo personal”. Poner en forma política un deslinde significa, dicho en breve, asumir y practicar una línea política sin dar cuenta ni explicaciones a los ex-aliados. En el caso que nos ocupa, significa asumir la tarea electoral hasta sus últimas consecuencias, nombrando candidatos e iniciando desde ya la campaña para las elecciones que se avecinan. Una de ellas, las municipales, ya tienen fecha: 9-D. La otra, el plebiscito, es eventual. Ese sería un deslinde.

Un deslinde no precisa de refinamientos ideológicos, de filosofías morales, ni de traumas personales. Como diría Kant, es un imperativo axiomático: Los chavistas no quieren elecciones, los abstencionistas no quieren elecciones, los demócratas van por lo tanto a las elecciones en contra de los dos. Por eso mismo el “sano deslinde” del que nos habla Simón García es necesario e ineludible. A menos, claro está, que los opositores democráticos decidan continuar habitando en el limbo que los llevó a esa “abstención pasiva” que no saben como manejar.

Antes del 20-M faltaban 5 minutos para las 12. En estos momentos falta 1 minuto para las 12. Quedan todavía algunos segundos. Ahora o nunca. Hay que saber decidir a tiempo.

 8 min


Daniel Eskibel

La decisión política que más efectos produce y que más pretendo analizar es el voto mismo, ese instante en el cual el votante decide quiénes serán sus gobernantes. Pero también importa saber cómo decide apoyar a un candidato o gobierno y rechazar a otros, más allá del voto y pensando más bien en la formación de la opinión pública, en la construcción de la imagen de partidos y candidatos y en la pertenencia a las organizaciones políticas.

¿Cómo es que el ciudadano toma sus decisiones políticas? ¿Qué ocurre en el oscuro laberinto de su cerebro durante una campaña electoral?”

¿Cómo percibe la gente los mensajes políticos?

¿Cómo los decodifica y asimila?

¿De dónde obtiene su información?

¿Qué hace con esa información?

¿Cómo la procesa, la distorsiona y la elabora?

¿Cómo almacena en su memoria la información política?

¿Cómo la organiza y la rescata luego para revisitarla y ponerla en acción?

¿Cómo llega a formarse una imagen de un partido o de un candidato? ¿Y cómo la cambia?

¿Cuándo y cómo define su voto y en base a qué elementos?

¿Cuánto influyen los medios de comunicación?

¿Qué peso tienen sobre su voto los familiares, amigos, conocidos y compañeros de estudios o de trabajo?

¿Cuál es el papel de las identidades partidarias?

¿Cómo influye una campaña electoral?

¿Cual es el peso de las variables sociodemográficas duras?

¿Y de los perfiles psicográficos?

¿Qué incidencia tienen las ideas, el razonamiento y las propuestas programáticas?

¿Cómo incide la personalidad del candidato?

¿Y la música, las banderas, el colorido, los eslóganes y la publicidad electoral?

Una aclaración imprescindible consiste en señalar que un modelo es una construcción teórica que pretende explicar la realidad pero que al mismo tiempo permite operar sobre ella. No es la realidad misma sino una construcción del pensamiento, un símil.

Para ser más claros: el modelo es al comportamiento electoral especifico lo que el mapa es al territorio, una representación del mismo. ¿Para qué? Para entenderlo, para comprenderlo, para profundizar en su estudio, pero también para operar sobre él, para servir de instrumento en la transformación de la realidad.

Con la precedente aclaración, y antes de ingresar al modelo que propongo, parece razonable realizar un breve repaso de los modelos principales que hasta hoy han intentado explicar la toma de decisiones en materia política.

Simplificando, y en un rápido resumen, ellos son los siguientes:

Modelo de la caja negra

Modelo de Columbia

Modelo de Michigan

Modelo Comunicacional

Modelo de la Elección Racional

Modelo de la caja negra

Durante mucho tiempo los protagonistas y los analistas del mundo político han trabajado con un modelo no dicho pero implícito: la caja negra.

El modelo de la caja negra es utilizado en diversas disciplinas científicas. Es simple y no busca mayores explicaciones. Se limita a estudiar distintos tipos de mensajes políticos y a analizar las consecuencias de los mismos en el comportamiento electoral. La ecuación es simple: determinados estímulos producen determinadas respuestas. Entonces bastaría con analizar campañas electorales exitosas y aislar sus componentes esenciales para descubrir cuáles son los procedimientos que provocan el voto.

¿Qué ocurre en el cerebro? El modelo de la caja negra no lo puede explicar. Solo puede estudiar los mensajes políticos y luego la conducta de voto, o sea los elementos observables. Pero la gran pregunta que siempre queda pendiente es ¿qué pasa dentro de la caja negra? ¿Cómo son los procesos que llevan a la decisión final?

Si lográramos transparentar esa opacidad del cerebro humano, si pudiéramos ver y entender cómo trabaja en estos casos, entonces podríamos comprender con mucha mayor profundidad el comportamiento político de los ciudadanos. Para ello tenemos que ir mucho más allá del modelo de la caja negra, ya que el mismo es una construcción insuficiente y demasiado esquemática.

Modelo de Columbia

Este modelo tiene su inicio en la década del 40 del siglo pasado, a partir de los trabajos de Paul Lazarsfeld (de la Universidad de Columbia). Las características centrales del Modelo de Columbia son:

El comportamiento del votante está determinado por aspectos sociológicos.

Las principales variables explicativas de la decisión de voto de cada uno son las variables demográficas duras: clase social, edad, lugar de residencia, pertenencia religiosa…

Las decisiones políticas son extremadamente estables y sólidas.

Las campañas electorales inciden en una medida muy pequeña en la decisión de voto.

Un ejemplo exitoso de la aplicación de este modelo a la comprensión de la realidad la encontramos en el célebre análisis del “gurú” uruguayo, el sociólogo y politólogo Dr. Luis Eduardo González, quien predijo con años de anticipación el año exacto en el que el izquierdista Frente Amplio ganaría las elecciones presidenciales.

La exacta predicción se basó en el hecho de que la tendencia histórica bien clara indicaba que los jóvenes votaban al Frente Amplio elección tras elección, y analizando las proyecciones de los datos demográficos y apoyado en la estabilidad de las decisiones políticas llegó a la conclusión ineludible del triunfo frentista en un año determinado.

Modelo de Michigan

Este modelo tiene su punto de partida en la Universidad de Michigan en los años 50 del siglo veinte. Su trabajo más emblemático es “The American Voter”, un libro publicado en 1960 por un equipo de investigadores encabezados por Angus Campbell.

Desde esta construcción teórica se reafirma el peso de las actitudes políticas por encima de las variables sociológicas tradicionales. En particular se identifican tres variables críticas:

la identidad partidaria de cada uno

la actitud frente a los temas políticos que están en agenda

el grado de simpatía o antipatía hacia los candidatos

El factor de más peso sería el primero, la identificación del votante con un partido político, factor que además estructuraría a las otras dos variables.

Por ejemplo: si el votante se siente identificado con el Partido Demócrata, entonces su tendencia será a mirar con mayor simpatía a los candidatos de ese partido y a coincidir más con las posiciones del partido frente a los temas debatidos.

Modelo Comunicacional

Una derivación de los trabajos de la Universidad de Columbia dio lugar a un nuevo modelo que enfatiza en la incidencia de las campañas electorales sobre la decisión de voto.

El razonamiento es sencillo: si hay un porcentaje del electorado que permanece indeciso en plena campaña electoral, y si a ese segmento se suma el de aquellos que cambian su voto durante la campaña (segmento que en EEUU algunas investigaciones situaron entre el 7 y el 11 %), entonces la comunicación política durante el período electoral es decisiva.

Aquí la comunicación política pasa a jugar un rol absolutamente relevante, pero faltaría aún profundizar cómo es que opera sobre el cerebro del votante.

Modelo de la Elección Racional

En realidad son diversos modelos que coinciden en una premisa: cada individuo toma decisiones políticas en torno a una elección racional que está dirigida a satisfacer sus objetivos individuales.

Pueden ser decisiones, por ejemplo, para evitar el triunfo de determinados partidos o candidatos, o para lograr el triunfo de un candidato con determinadas cualidades o con determinadas metas, o para acercarse al perfil del candidato ideal, o para lograr determinados efectos sociales, culturales o políticos.

Visión crítica de los modelos anteriores

La reseña de cada modelo ha sido muy somera y a modo de rápido repaso.

Ya señalé antes que el modelo de la caja negra es excesivamente simplista y esquemático. El cerebro humano es una estructura extraordinariamente compleja que no puede reducirse a un sistema de estímulos y respuestas y nada más. ¿Por qué limitarnos solo a lo observable cuando la ciencia contemporánea ha aprendido a ir mucho más allá? ¿Por qué quedarnos en la mera superficie sin tratar de ver lo que ocurre detrás de escena, en ese infinito mundo interior del ser humano?

La caja negra es en estos temas como la entronización de nuestras propias carencias y de nuestras ignorancias, llevándolas ni más ni menos que al estatuto de la metodología.

Los otros cuatro modelos, mientras tanto, aportan todos algún elemento importante y a tener en cuenta. Su limitación reside, tal vez, en ser excesivamente unilaterales. La realidad del ciudadano tomando decisiones políticas es seguramente más compleja, y resulta de la interacción de múltiples factores que no se pueden reducir a uno solo.

Es por esto que surge la necesidad de construir un modelo más amplio e integrador, que sea un mejor reflejo de un acto complejo como es votar, elegir partido y aprobar o desaprobar a un gobierno o a un candidato. Un modelo que sea, además, un instrumento más sensible tanto para leer la realidad política como para interactuar con ella.

Un modelo desde la psicología política

Como resultado de un trabajo de muchos años en el tema, intento desarrollar un nuevo modelo explicativo y operativo al que provisionalmente denomino Modelo de la Psicología Política.

El principio básico es simple: la clave de la decisión de voto está en el cerebro humano. Todo lo demás importa (variables demográficas, identidades partidarias, temas de agenda, comunicación electoral, aspectos racionales y emocionales…), pero todo pasa por el tamiz de la mente humana.

La clave, entonces, está en la Psicología Política. Es a partir de dicha disciplina que se debe construir un modelo alternativo.

Un nuevo modelo explicativo y operativo

Mi proyecto de investigación nació en el año 1996. Por aquel entonces ya llevaba 14 años de trabajo en el campo de la Psicología, y había adquirido más allá de mi formación de grado una interesante formación en psicoanálisis, psicología social, semiótica, publicidad y psicología de la comunicación. Además, había tenido algunos años de experiencia político-partidaria directa, entre 1980 y 1990, que me permitieron conocer por dentro el mundo de la política.

Con ese bagaje a cuestas, surgió la chispa que encendió el comienzo de la investigación.

La chispa fue la creciente popularidad de un dirigente político de mi país, poseedor de un carisma que por entonces nadie explicaba acertadamente. Su figura me interesó vivamente, no como su seguidor ni como su adversario sino como testigo que buscaba explicarse su ascenso. En aquel momento escribí que aquel hombre podía llegar en algunos años a ser Presidente de la República. Y así fue: en el año 2000 el Dr. Tabaré Vázquez ganó las elecciones presidenciales en Uruguay con más del 50 % de los votos.

Fue en los primeros meses de 1996 que comencé a estudiar aquel fenómeno de comunicación política que ya era Tabaré Vázquez. Pero poco a poco la investigación derivó más allá del candidato en cuestión y me situé en la pregunta que hasta hoy me resulta clave: ¿qué es lo que ocurre en la mente del votante que lo lleva a tomar determinadas decisiones políticas?

Desde entonces he investigado este tema.

He recorrido una inmensa bibliografía en castellano y en inglés, buscando pistas en varias disciplinas que podían arrojar luz al respecto: psicología, psicoanálisis, sociología, psicología social, psicología de la comunicación, semiótica, antropología, historia, ciencias políticas, periodismo, marketing, relaciones públicas, publicidad…

Al mismo tiempo he estudiado campañas electorales y otras comunicaciones políticas y gubernamentales que han tenido lugar en alrededor de 20 países, incluyendo Estados Unidos de América, México, España, Francia, Gran Bretaña, Italia, Rusia, Colombia, Nicaragua, Paraguay, Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Chile, Perú y Uruguay.

Simultáneamente he ido haciendo síntesis provisorias y planteando hipótesis de trabajo.

Publiqué libros y artículos, asesoré a varios candidatos en distintos momentos y lugares, dicté clases, seminarios y charlas, fui convocado por diversos medios de prensa en varios puntos de América Latina, España y EEUU…y por detrás de toda esa actividad continué en la construcción de un modelo explicativo y operativo que diera cuenta de la toma de decisiones políticas.

En el año 2000 ya tenía un primer esbozo, un borrador conceptual del mismo. En el 2004 aquel esbozo ya estaba bastante firme y en el año 2010 lo consideré lo suficientemente desarrollado como para comenzar a escribir acerca de él.

La decisión de voto

¿Cómo llega el ciudadano, de acuerdo a este modelo, a decidir su voto? Identifico 12 pasos o momentos fundamentales que explican la decisión de voto. El desarrollo lo explico en trabajos más extensos (como Maquiavelo&Freud y Secretos del cerebro político), pero esquemáticamente el proceso sería el siguiente:

El sistema político emite simultáneamente una multiplicidad de mensajes procedentes de una multiplicidad de emisores. La emisión es perpetua y no se detiene jamás.

Los mensajes no llegan directamente al cerebro del ciudadano sino que atraviesan una triple capa de filtros que incluyen los medios de comunicación, las redes de pertenencia social y la experiencia directa.

Cuando los mensajes ingresan al cerebro de la persona han sido modificados por los filtros.

El cerebro incorpora los mensajes en función de sus procedimientos dominantes para la obtención de información. En esta recepción activa la persona pone en juego sus sistemas sensoriales, sus habilidades cognitivas, sus emociones, su motivación y su peculiar estructura conciente-inconciente.

El cerebro no lee los mensajes tal cual salieron del emisor ni tampoco en la forma que emergieron de los filtros, sino que los decodifica en base a sus propios códigos. Los lee con su propio mapa de la realidad, mapa que ha aprendido a lo largo de los años.

Dentro del cerebro los mensajes no permanecen idénticos tras su decodificación sino que son elaborados y transformados. En base a la información obtenida el cerebro produce juicios acerca de los políticos. Estos juicios pueden ser o bien online, realizados espontáneamente al contacto con la información, o bien basados en la memoria de la información archivada.

Los mensajes son archivados ya sea por candidato o por atributo, lo cual influirá posteriormente en la recuperación de los mismos mediante la memoria.

El cerebro evalúa los mensajes en función de su adecuación a 7 criterios básicos: target al que se dirige, problema que aborda, solución que aporta, personalidad del candidato, valores del partido o candidato como marca, posicionamiento en relación a los otros candidatos y confianza en el político.

El ciudadano produce una decisión política primaria tras una primera evaluación de la información disponible.

La decisión política primaria es filtrada a través de la experiencia directa, las redes sociales y los medios de comunicación.

La decisión primaria de voto se descarta, se corrige o se confirma. En el primer caso se vuelve a la evaluación, mientras que en los otros dos se toma la decisión definitiva.

Por último, se concreta el acto del voto.

En suma, en la decisión de voto intervienen todos los factores analizados por los modelos clásicos, pero lo hacen tamizados por el cerebro del votante y por sus dinámicas psicológicas y psicosociales. Y el proceso no se da exclusivamente durante una campaña electoral sino que se juega constantemente.

Maquiavelo&Freud

https://maquiaveloyfreud.com/modelos-de-decision-de-voto/

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