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Fernando Mires

Trump en las redes

Fernando Mires

El cierre de la cuenta de Trump por parte de diversas redes sociales (RRSS) entre ellas Twitter y Facebook fue vista por Angela Merkel como un hecho problemático.

Problemático no quiere decir que Merkel se hubiese pronunciado en contra de la decisión de los empresarios de las RRSS. Problemático quiere decir simplemente que estamos frente a un problema no resuelto. Según el portavoz del gobierno, Steffen Seibert: “Es posible interferir en la libertad de expresión, pero según límites definidos por las leyes, y no por la decisión de una dirección de empresa”.

Agregó el portavoz que los operadores de las plataformas de RRSS “tienen una gran responsabilidad en que la comunicación política no sea envenenada por el odio, las mentiras y la incitación a la violencia”. Pero Seibert también dijo que la libertad de opinión es un derecho de “importancia elemental”. Precisamente el día anterior, Merkel había expresado, sin nombrar a Trump, su radical oposición a la repartición de noticias falsas y a las incitaciones al odio. En efecto, no todas las emitidas por Trump han sido, en sentido estricto, opiniones. Opinar no es colocar cualquier mensaje en las redes.

Si Trump opina que sus contrincantes son pedófilos, asesinos de nonatos y mercenarios comunistas, está en su derecho. Es su descabellada opinión, pero es su opinión. Pero si él o sus secuaces ordenan materializar su odio en las instituciones del estado, ahí no están opinando. Están usando a las RRSS como comando central para desatar acciones subversivas. Y justamente eso fue lo que entendieron los empresarios de las RRSS. Pues una cosa es que Trump se sirva de las redes para expresar sus puntos de vista y otra es que intente convertirlas en plataforma de lucha en contra de las instituciones democráticas y sus representantes. Todo empresario tiene el derecho a proteger su empresa cuando surgen intentos para desviarla de los objetivos para los cuales fue creada. Más todavía si al convertirse en usuario cada persona acepta las condiciones que impone participar en una determinada red.

El problema, y esta es la opinión de Merkel, es que dictaminar quien o no debe interactuar en las redes no solo debe ser atributo de sus propietarios pues esas redes han llegado a ser un foro de la sociedad digital. Son “cosa pública” y por lo mismo, sin ser en sí políticas, alcanzan en ocasiones una alta incidencia política. Las RRSS pueden llegar a convertirse, para decirlo con las palabras de Habermas, en “agentes discursivos de la razón comunicativa”. Definición que concierne, dicho con benevolencia, a no más del cinco por ciento de sus usuarios. Basta revisar las páginas de Twitter para darse cuenta de que allí también concurren testaferros, bandas organizadas e imbéciles de tomo y lomo. Pero son ciudadanos, y en sus turbios modos sub-políticos, internan expresarse. Al fin y al cabo la civilización moderna no es mejor que Twitter (y otras mesas digitales) en su conjunto.

Así y todo, Twitter y otras redes han llegado a ser un campo de opiniones encontradas. Espacio de controversias múltiples, sin duda. Y allí interactúan líderes políticos, dirigentes de masas, revolucionarios, presidentes racistas, misóginos, populistas y hasta dictadores. Considerando estas características es evidente que las RRSS urgen de instancias moderadoras que impongan ciertas reglas. Y esas, es la opinión de Merkel, no pueden ser solo las formadas por empresarios de las redes. Pero si no son solo ellos, ¿quién otro puede serlo? Ahí está el nudo del problema.

Deben ser los estados, podría ser una respuesta espontánea. Sería lógico. Pero solo en un mundo ideal. El problema es que los estados están representados por gobiernos que, como tales, son ocasionales y fortuitos. Y si consideramos que la mayoría de los estados acreditados en la ONU no son democráticos, confiar a ellos la tutela sobre las RRSS sería parecido a poner un lobo a cuidar las ovejas. Basta saber que casi la totalidad de los estados nacionales ha suscrito la Declaración Universal de los Derechos Humanos pero solo una extrema minoría de gobiernos los cumple. La mayoría se la pasa por el forro. Lo mismo pasaría con una declaración de los derechos de las redes.

Tenemos que aceptarlo: las leyes están sujetas a condiciones de tiempo y espacio. No existe una legislación global válida para todos los países de la tierra. No obstante, existen organizaciones internacionales como la UE y la OEA y a ellas correspondería, por lo menos en parte, fijar algunos puntos sobre el tema. A su modo lento, perezoso, burocrático, la UE está tomando en serio el problema.

Una reglamentación sobre la participación en las RRSS no puede, sin embargo, ser perfecta. Eso quiere decir que las decisiones acerca del uso y participación en las redes debe atender por lo menos a dos criterios. Uno tiene que ver con la gravitación o incidencia de quien hace uso indebido de las redes. Si no fuera así, una inmensa mayoría de personas dedicadas a divulgar noticias falsas, a ofender al prójimo, a maltratar a la palabra escrita, deberían ser excluidos de las redes. Pero las redes, al servicio de las opiniones de “esa madera carcomida que es el ser humano” (Kant) no pueden ser distintas a lo que son la mayoría de sus usuarios. Por eso no es lo mismo si el presidente de Kirguistan no cumple con normas éticas en las redes, a que lo haga el presidente de la más grande potencia económica y militar, una persona cuyas decisiones gravitan y giran alrededor del planeta.

El otro criterio tiene que ver contra qué o quién van dirigidos los llamados a subvertir el orden institucional de un país y a quienes van dedicados los mensajes de odio. El caso de Trump es más claro que el agua: sus agresivas invectivas iban dirigidas en contra de las instituciones de un estado republicano y democrático a la vez. Pero si esos mismos llamados son dirigidos en contra de una autocracia o una dictadura ¿deberían ser cerradas sus cuentas en las RRSS? Si un político disidente en Bielorrusia (podría ser en Turquía o Venezuela) tilda a los tribunales electorales como organizaciones corruptas y llama a rebelarse en contra de ellos, ¿vamos a negar su derecho a la rebelión solo por cumplir una norma absoluta y general? Sería absurdo.

Entonces, preguntarán por otro lado ¿no es posible dictar reglas para todos? La respuesta solo puede ser una: No podemos medir con la misma vara el odio hacia las instituciones electorales que despliega Trump con el odio hacia las instituciones electorales que despliega un perseguido político de Bielorrusia. Son dos odios no solo distintos sino, además, contrarios entre sí. Lo importante entonces – y eso hay que recalcarlo – no es el mensaje de odio sino el objeto del odio. Entonces, ¿las redes deben tomar partido a favor de unos y en contra de otros? Para responder a esta delicada pregunta, debemos hacer un ejercicio de lógica.

Si tenemos en cuenta que todo odio supone rechazo (aunque no todo rechazo supone odio) podríamos sustituir la palabra odio por la palabra rechazo. Efectivamente, las redes no pueden aceptar todo tipo de interacción. Si alguien intenta rendir culto a la antropofagia – a veces hay que recurrir a ejemplos extremos – la mayoría no caníbal va a estar de acuerdo en que los antropófagos no lo hagan en las RRSS. En ese sentido los actores de las redes tomarían partido en contra de la antropofagia. Bajemos el tono ahora y hablemos de las dictaduras. Aquí el tema es algo más complicado: todo gobierno no democrático, lo sabemos por los propios mensajes emitidos en las redes, cuenta con legiones de partidarios. Desde un punto de vista liberal están en su derecho a emitir opiniones en las redes. En ese punto, los directivos de las redes son libres de decidir o no, si dan curso a mensajes de odio a las democracias. Lo que no deberían permitir, y aquí rozamos el caso Trump, son los llamados a destruir, a asaltar, a vejar a las instituciones democráticas, aunque sea en nombre de la democracia. Incluso puedo imaginar a demócratas extremos – podemos llamarlos democratistas – que, sin estar de acuerdo con el canibalismo, estarían en desacuerdo con que las opiniones de los caníbales fueran vetadas pues su publicación permitiría debatirlas. Lo que no deja de ser, en parte, cierto.

Pongamos ahora otro ejemplo. No es un misterio para nadie que la mortífera expansión del Covid-19 ha activado el espíritu negacionista, hasta el punto de que ha habido personas -Trump ha sido una de ellas – que han negado o minimizado la existencia de la pandemia. ¿Deben las redes permitir dichas negaciones? Aquí hay que diferenciar entre el “pueden” y el “deben”. De poder, pueden, evidentemente. Si deben, es controversial, o en las palabras de Merkel, muy “problemático”. Lo que no pueden ni deben es permitir la publicación de llamados a subvertir las normas que dictan los gobiernos, sobre todo los democráticos, para prevenir o para defender a la ciudadanía de los efectos de la pandemia. Lamentablemente no ha sido ese el caso. El asalto de las turbas alemanas al Reichstag fue organizado, al igual que el asalto al Capitolio, desde las RRSS.

Dicho de modo escueto: las redes no deben tomar partido a favor de una ideología, creencia, partido, grupo o movimiento, o simples opiniones, sean democráticas o antidemocráticas. Pero los llamados a asaltar instituciones democráticas no deberían tener cabida en sus mensajes. Asumir una imparcialidad total y absoluta significaría en este caso situar en un mismo nivel a los defensores y a los destructores de la democracia. La popular frase “lo que es bueno para el pavo es bueno para la pava” no aplica en este caso. Democracias y antidemocracias no pertenecen a la misma “especie” política. La frase avícola correcta debería ser “lo que es bueno para los canarios no es bueno para los buitres”.

Digámoslo terminantemente. No vivimos en un mundo homogéneo. La política, que es la continuación de la guerra por otros medios, ha trazado a nivel mundial una línea demarcatoria: A un lado las naciones y personas democráticas. Al otro, las naciones y personas antidemocráticas. Vivimos, queramos o no, en un mundo dividido y confrontado. En ese mundo las RRSS han contraído una deuda con la democracia. Nacieron en un mundo democrático. Gracias a la democracia han podido expandirse y ampliarse hacia la globalidad total. Sin democracia serían solo instrumentos de dictaduras o poderes autocráticos locales.

Por cierto, sería ideal que las decisiones que llevan a cerrar cuentas a quienes llamen a la destrucción de la democracia obedecieran a reglamentos plenamente aceptados por la comunidad internacional. Ideal sería también que en caso de dudas, hubiera organismos de consulta. Y mucho más ideal sería que las decisiones sobre esta materia no estuvieran libradas a la buena o mala voluntad de los empresarios comunicacionales.

Pero frente a la ausencia de reglamentos y organismos acreditados, los ejecutivos de Twitter, Facebook y otras RRSS tenían frente a “el caso Trump” solo dos alternativas. O aceptaban convertir las redes en una plataforma anti-democrática de Trump y los suyos, o les cerraban la puerta. Bajo esas condiciones - repito, solo bajo esas condiciones – hicieron bien. La decisión que ellos tomaron fue jurídica, ética y políticamente, correcta. Problemática, dice Merkel. Muy problemática, agregamos. Pero fue la correcta.

15 de enero 2021

Polis

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Los rostros del populismo

Fernando Mires

No siempre cuando pronunciamos un mismo significante aludimos a un similar significado. Sucede con uno de los más usados: populismo. Por lo general lo aplicamos en tres sentidos. Primero, el menos importante - y, como tal, lo descartamos de inmediato -: como descalificación de un movimiento, partido o persona. Segundo, como sustantivo concreto, vale decir, como una cosa en sí, perfectamente medible, descriptible, explicable. Tercero, como un significante difuso, elusivo y difícil de sustancializar.

Ahora bien, escuchen: aunque aparezca escandaloso, parece que la tercera interpretación es la más exacta. ¿Cómo puede ser más exacta una noción que apela a la difusión, a la elusividad y a la mutabilidad de un hecho? - preguntarán algunos -. Mi respuesta solo puede ser la siguiente: el populismo no es un “objeto-cosa” sino un “objeto-idea” y eso significa, antes que nada, que es un sustantivo abstracto cuya concreción puede ser múltiple, dependiendo del material que utilizamos como objeto de análisis.

Para usar ejemplos, los objetos de análisis privilegiados por los estudiosos del fenómeno populista han sido dos: el populismo latinoamericano, desde el matrimonio Perón y Getulio Vargas en los años cuarenta, hasta llegar a Chávez y Evo Morales en los ochenta, y el emergente populismo –nacional europeo que irrumpe como respuesta a las masivas migraciones, sobre todo a las provenientes de países islámicos. Autores que han analizado estos fenómenos suman cientos. No obstante, haciendo una selección extrema entre quienes han ofrecido “modelos” paradigmáticos, destacan dos: Ernesto Laclau, desde fines del siglo pasado y Yasha Mounk, en nuestros días. Para ambos autores, Laclau y Mounk, el concepto de populismo tiene un carácter libre de valoraciones morales y moralistas. Y esto es importante.

Para Laclau el populismo es un fenómeno que se define por la acción política del pueblo, entendido como un conjunto articulado por intereses diferentes y contradictorios entre sí. De este modo, una estrategia política con vocación de victoria, no puede, según Laclau, prescindir de su participación en un movimiento populista. Fue el caso del movimiento obrero argentino cuando al sumirse en la marea peronista obtuvo conquistas sociales imposibles de lograr si hubiera actuado, no como parte del pueblo, sino solo como “clase” (Hegemonía y estrategia socialista, 1987)

De acuerdo a la neutralidad del concepto aplicada por Laclau, puede haber populismos fascistas, democráticos, religiosos, dependiendo eso de la relación hegemónica que se constituye al interior del movimiento. Por esa misma razón, las demandas e intereses del movimiento forman cadenas de equivalencias que asumen formas difusas pero muy simbólicas de liderazgo y, por lo mismo, desde el punto de vista ideológico, muy incoherentes (La razón populista, 2005). La relación entre representación y representados, o lo que es parecido, entre significante y significado, aparece entonces como una relación necesariamente dislocada, desprovista de toda racionalidad previamente adjudicada.

Mounk (El pueblo contra la democracia), a diferencia de Laclau, sin desconocer las posibilidades de ampliación del término, enfoca su análisis solo sobre un tipo de populismo: el que se da en el periodo de transición entre una sociedad mono-étnica y una multi-étnica, aparecida esta última como consecuencia de uno de los fenómenos históricos que, al parecer, incidirá en la configuración de la historia del siglo XXl: un periodo probablemente largo donde tendrá lugar el fin del concepto tradicional de la nación política. En tal sentido, una de las formaciones hegemónicas de nuestro tiempo derivaría de una fusión muy peligrosa entre nacionalismo y populismo cuyos antecedentes históricos fueron, sin duda, los fascismos del siglo XX.

Sin citar a Laclau, Mounk reconoce que los movimientos populistas pueden portar demandas democráticas, pero - y ahí está el nudo de su argumentación - i-liberales. Sin proponérselo tal vez, concuerda con Laclau en que no todo lo que es liberal es democrático, ni todo lo que es democrático es liberal. La diferencia es que Laclau, siguiendo una tradición latinoamericana – sobredeterminante en sus escritos - toma partido por la democracia directa en contra del liberalismo político (en ese punto sigue a Carl Schmitt) y Mounk, de acuerdo a su tradición europea, levanta como bandera de lucha la defensa de los derechos liberales en contra del “democratismo” pregonado por determinados líderes y organizaciones populistas. En ese punto, Mounk avanzó hacia donde no llegó Laclau.

Mientras Laclau permaneció atrapado en sus análisis del populismo como movimiento, Mounk analiza al populismo como gobierno e, incluso, como forma de Estado. En ese punto llega a una conclusión ya esbozada en su tiempo por Hannah Arendt: las demandas de los movimientos de masas políticamente organizadas suelen terminar con la instalación de dictaduras. O como dijo en el Capítulo 10 de los Orígenes del totalitarismo: “La dominación total no es posible sin movimientos de masa y sin la, por ella misma, aterrorizada masa”. El populismo, visto así, se materializa en el Estado populista cuya dominación tiende a ser total.

Arendt, claro está, no utiliza el concepto de populismo. No obstante su alusión a los movimientos de masas que surgen de la “desintegración de la sociedad de clases” son compatibles con lo que los autores aquí mencionados entienden por populismo. De ahí que, si dejamos de lado el nombre baustismal, podríamos concluir en que Arendt proporciona herramientas para analizar el populismo contemporáneo llevándonos a deducciones diferentes a las que llegaron Laclau y Munk.

Veamos: a diferencias de Laclau y Mounk, que parten de la existencia autónoma del hecho político, Arendt enlaza este hecho con un fenómeno social: la desintegración de la sociedad de clases. Así, las masas (populistas según categorías actuales) aparecen sobre el vacío político que deja detrás de sí la desintegración social. Dicha óptica permite contrarrestar la visión optimista de Laclau quien vio en la inserción de la clase obrera argentina en el marco populista, una expresión consciente de una conciencia de clase. Arendt, en cambio, siguiendo las huellas de los movimientos fascistas y comunistas, advirtió la masificación del movimiento obrero cuando, inserto en un conjunto social amorfo, acusa los síntomas de su contorno, para transformarse en un ingrediente más de la masa y, por lo mismo, “amasable” por un gobierno autoritario o dictatorial.

El destino de las organizaciones obreras bajo gobiernos comunistas y fascistas habla más favor de la tesis de Arendt que de la de Laclau. También en contra de algunas tesis de Mounk, para quien el conflicto fundamental tiene lugar en una esfera ideológica, a saber: la contradicción entre democracia liberal y democracia i-liberal que levantan los populismos modernos.

Arendt habría estado de acuerdo con Mounk en que el pueblo no es democrático por naturaleza y que, para serlo, precisa de instituciones democráticas, principal blanco de todos los populismos, habidos y por haber. Mounk, tal vez sin proponérselo, más cerca de Arendt que de Laclau, enfoca el populismo en sus dos formas: como movimiento y como gobierno. Pero Laclau a su vez, está más cerca de Arendt que de Mounk cuando ve en el populismo la articulación de demandas diversas, a veces disociadas entre sí.

En la práctica, todos los movimientos populistas han sido pluri- temáticos. Incluso los movimientos populistas actuales analizados por Mounk, quien los define como nacionalistas e i-liberales, han ido incorporando nuevas temáticas en el curso de su desarrollo. El mismo Mounk lo constata: en un comienzo antidemocráticos, tales movimientos han llegado a representar un democratismo radical, anti-institucional y anti-liberal (Le Pen-hija en contra de Le Pen-padre en Francia, es un buen ejemplo) dando origen a sub-movimientos que dependen de una sola cabeza. Hoy, por ejemplo, en medio de la pandemia, vemos a militantes organizados manifestando, haciendo alarde de un democratismo extremo, en contra de las medidas restrictivas aplicadas por los diversos gobiernos europeos. En Alemania por ejemplo, mientras un sub- movimiento de AfD llamado Pegida hace manifestaciones en contra de los emigrantes, otro sub-movimiento llamado los Querdenkers (algo así como “pensadores transversales”) agita a favor de una liberación de “la dictadura de los virólogos” encabezada por Angela Merkel.

Según Mounk – a quien deberemos analizar con más intensidad en próximas ocasiones - el populista más completo de nuestro tiempo es, sin duda, Donald Trump.

El trumpismo es pluri-temático y como el antiguo fascismo europeo, roba de todas partes. A los conservadores robó los emblemas de la familia, del orden público, del anti-aborto, del derecho a la defensa armada. A los izquierdistas robó la idea de la “democracia de base”, del anti-establischment, de la lucha en contra de las elites y del estado. A los liberales robó el liberalismo económico, llevándolo a sus extremos más salvajes. E incluso a los anarquistas, robó la idea de la lucha en contra de las instituciones a las que el mismo Trump se ha encargado de desprestigiar durante el periodo post-electoral. Y todo eso articulado con un nacionalismo extremo que convierte en enemigo externo a competidores como China y en enemigo interno a los emigrantes latinos.

El gobierno de Trump ha terminado. El trumpismo como movimiento, no. Si asumimos esa posibilidad, el asalto al Capitolio perpetrado el 6-E por el populacho trumpista, puede que no lleve al fin del carisma del populismo trumpista. Es de temer incluso que sea solo su comienzo. El trumpismo post-Trump podría llegar así a convertirse – precisamente porque ya no es gobierno - en el populismo matriz de nuestra era.

Vivimos tiempos interesantes y, por lo mismo, peligrosos. De eso no cabe duda.

8 de enero 2021

Polis

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El asalto trumpista al Capitolio

Fernando Mires

Ni el edificio devastado, ni los heridos, ni los muertos, son simbólicos. Pero sí lo es el asalto al Capitolio perpetrado por las turbas enardecidas de un presidente electoralmente derrotado, quien intenta ahora ocupar otro sitial: el del máximo caudillo populista de la nación.

Sería un error interpretar el asalto como el aullido postrero de un presidente enloquecido por el poder. Menos errado es verlo como parte de una estrategia que ha tomado formas en diversas partes del mundo y que ahora ha hecho acto de presencia en los propios EE. UU.

Estamos hablando del avance del populismo-nacional cuyo objetivo claro y preciso es demoler los fundamentos sobre los cuales reposa la democracia liberal.

El asalto al Capitolio tiene, repetimos, un enorme poder simbólico. Sobre todo si se toma en cuenta que la diferencia de la democracia liberal con otras formas de gobierno reside en la existencia de un parlamento que actúa como representación delegada y no directa del pueblo. En ese contexto, Trump, visto desde una perspectiva mundial, es un líder del populismo-nacional, uno más de una larga galería que, a veces en nombre de la derecha, otras veces en nombre de la izquierda, levantan, como objetivo estratégico, la transformación de la democracia liberal en una democracia personalista y autoritaria.

Trump no es un fenómeno aislado, por el contrario, él es miembro de una familia política formada por autócratas como Putin, Lukashenko, Kaczyński, Orban, Erdogan, Bolsonaro, Bukele, Ortega, Maduro y otros. Casi ninguno de esos autócratas puede ser catalogado como un dictador tradicional pero sí, todos, como exponentes de un tipo de posdemocracia que incorpora elementos dictatoriales (¿democraturas?) entre ellos, la renuncia a la representación delegativa y su sustitución por lo que ellos llaman democracia directa.

Como ya ocurrió en el periodo fascista del siglo pasado, los trumpistas intentan imponer una relación sin mediaciones entre el mandatario y el pueblo que sigue al mandatario. Ese punto es el que conecta al populismo-nacionalista del siglo XXl con el fascismo del siglo XX.

Baste recordar que el jurista Carl Schmitt, quien fuera por un breve periodo coautor de una constitución nunca aprobada por el nazismo, no se pronunció en contra del orden democrático sino a favor de una democracia directa que en nombre del Führerprinzip (principio del caudillo) estableciera la comunicación sin dilaciones entre el pueblo representado por un líder y el Estado. Vladimir Ilich Lenin por su cuenta —no por casualidad admirado por Schmitt— imaginaba representar un nuevo tipo de formación democrática cuyo organismo no era el parlamento sino los consejos del pueblo, los soviets. Comunistas y fascistas no imaginaban que defendían a una dictadura sino, como acostumbraban a repetirlo, “una forma superior de democracia”: el directo gobierno del pueblo representado en el líder colectivo (partido) o en un líder personal.

La marca de fábrica del populismo-nacional del siglo XXl es el antiparlamentarismo. No hay dictadura moderna que no haya sido antiparlamentaria. Por eso, el asalto trumpista al Capitolio no lo vemos como un hecho aislado. No es necesario remontarse muy lejos en la historia para comprobarlo.

Hace pocos meses, el 31.08 del 2020, turbas alemanas, tan enardecidas como los trumpistas norteamericanos del Capitolio, asaltaron el Reichstag, dirigidos por neofascistas articulados al populismo nacionalista de AfD. El pretexto fue la lucha en contra de las restricciones impuestas por el gobierno en contra del Covid-19. Y, al igual que las turbas trumpistas, lo hicieron en nombre de un “poder popular” antiélites, antipartido y, por supuesto, antiparlamentario.

Como sus recientes antecesoras alemanas, las turbas trumpistas entraron gritando al Capitolio: “El Parlamento es nuestro”. Efectivamente, es de ellos, siempre y cuando sus partidos los representen en su interior. El parlamentarismo directo no existe.

¿Por qué el Parlamento? Primero, porque es el lugar de la representación popular por medio de sus partidos organizados. Segundo, porque es el lugar donde, después de debatidas, son promulgadas las leyes. Tercero, porque es el lugar donde la nación debate consigo a través de sus representantes. En virtud de esa triada, puede afirmarse que el Parlamento, en sus más diversas formas y estructuras, es el organismo que una nación se da para pensarse a sí misma. El Parlamento es el corazón de la democracia moderna.

Hay autores que afirman —entre ellos, uno de los más lúcidos politólogos actuales, Yascha Mounk— que una de las contradicciones históricas contemporáneas es la que se da entre las democracias liberales y las democracias iliberales (o autocracias). Conclusión que, si la aceptamos completamente, nos llevaría a un callejón sin salida, pues una democracia, para ser liberal, debe otorgar a sus enemigos la misma libertad que a sus seguidores y, por lo mismo, autoprivarse de los medios necesarios para defenderse a sí misma. Para salir de ese callejón sin salida parece ser necesario, entonces, llevar esa contradicción a un plano más político que ideológico.

La contradicción de nuestro tiempo —digámoslo así— sería la que se da entre los que defienden una democracia con parlamento y los que defienden una democracia sin parlamento o, lo que es casi igual: con un parlamento convertido por el ejecutivo en una caricatura de sí mismo.

El asalto al Capitolio fue una declaración de guerra del trumpismo a la razón parlamentaria, ahí no hay cómo perderse. No es la primera ni será la última. Ha llegado, por lo tanto, la hora en la que los verdaderos demócratas, aún a riesgo de abandonar algunos principios liberales, acepten el desafío y libren, de modo decidido, e incluso militante, la lucha por la defensa del parlamento.

El populismo-nacional —escuchando las arengas de Trump queda muy claro— es el fascismo de nuestro tiempo.

Sobre ese tema continuaremos insistiendo en próximos artículos. Este es solo un enunciado.

El asalto trumpista al Capitolio

Fernando Mires

Ni el edificio devastado, ni los heridos, ni los muertos, son simbólicos. Pero sí lo es el asalto al Capitolio perpetrado por las turbas enardecidas de un presidente electoralmente derrotado quien intenta ahora ocupar otro sitial: el del máximo caudillo populista de la nación.

Sería un error interpretar el asalto como el aullido postrero de un presidente enloquecido por el poder. Menos errado es verlo como parte de una estrategia que ha tomado formas en diversas partes del mundo y que ahora ha hecho acto de presencia en los propios EE UU. Estamos hablando del avance del populismo-nacional cuyo objetivo claro y preciso es demoler los fundamentos sobre los cuales reposa la democracia liberal.

El asalto al Capitolio tiene, repetimos, un enorme poder simbólico. Sobre todo si se toma en cuenta que la diferencia de la democracia liberal con otras formas de gobierno reside en la existencia de un parlamento que actúa como representación delegada y no directa del pueblo. En ese contexto, Trump, visto desde una perspectiva mundial, es un líder del populismo-nacional, uno más de una larga galería que a veces en nombre de la derecha, otras veces en nombre de la izquierda, levantan, como objetivo estratégico; la transformación de la democracia liberal en una democracia personalista y autoritaria.

Trump no es un fenómeno aislado. Por el contratrio, él es miembro de una familia política formada por autócratas como Putin, Lukazensko, Kazynski, Orban, Erdogan, Bolsonaro, Bukele, Ortega, Maduro y otros. Casi ninguno de esos autócratas puede ser catalogado como un dictador tradicional pero sí, todos, como exponentes de un tipo de post-democracia que incorpora elementos dictatoriales (¿"democraturas”?) entre ellos, la renuncia a la representación delegativa y su sustitución por lo que ellos llaman democracia directa.

Como ya ocurrió en el periodo fascista del siglo pasado, los trumpistas intentan imponer una relación sin mediaciones entre el mandatario y el pueblo que sigue al mandatario. Ese punto es el que conecta al populismo-nacionalista del siglo XXl con el fascismo del siglo XX.

Baste recordar que el jurista Carl Schmitt, quien fuera por un breve periodo co-autor de una constitución nunca aprobada por el nazismo, no se pronunció en contra del orden democrático sino a favor de una democracia directa que en nombre del Führerprizip (principio del caudillo) estableciera la comunicación sin dilaciones entre el pueblo representado por un líder y el Estado. Vladimir Ilich Lenin por su cuenta - no por casualidad admirado por Schmitt - imaginaba representar un nuevo tipo de formación democrática cuyo organismo no era el parlamento sino los consejos del pueblo, los Soviets. Comunistas y fascistas no imaginaban que defendían a una dictadura sino, como acostumbraban a repetirlo, “una forma superior de democracia”: el directo gobierno del pueblo representado en el líder colectivo (partido) o en un líder personal.

La marca de fábrica del populismo-nacional del siglo XXl, es el antiparlamentarismo. No hay dictadura moderna que no haya sido anti-parlamentaria. Por eso, el asalto trumpista al Capitolio no lo vemos como un hecho aislado. No es necesario remontarse muy lejos en la historia para comprobarlo.

Hace pocos meses, el 31.08 del 2020, turbas alemanas, tan enardecidas como los trumpistas norteamericanos del Capitolio, asaltaron el Reichstag, dirigidos por neofascistas articulados al populismo nacionalista de AfD. El pretexto fue la lucha en contra de las restricciones impuestas por el gobierno en contra del Covid-19. Y al igual que las turbas trumpistas, lo hicieron en nombre de un “poder popular” anti-elites, anti-partido y por supuesto, anti-parlamentario.

Como sus recientes antecesoras alemanas, las turbas trumpistas entraron gritando al Capitolio, “el Parlamento es nuestro”. Efectivamente, es de ellos, siempre y cuando sus partidos los representen en su interior. El parlamentarismo directo no existe.

¿Por qué el Parlamento?: Primero, porque es el lugar de la representación popular por medio de sus partidos organizados. Segundo, porque es el lugar donde después de debatidas, son promulgadas las leyes. Tercero, porque es el lugar donde la nación debate consigo a través de sus representantes. En virtud de esa triada, puede afirmarse que el Parlamento, en sus más diversas formas y estructuras, es el organismo que una nación se da para pensarse a sí misma. El Parlamento es el corazón de la democracia moderna.

Hay autores que afirman – entre ellos, uno de los más lúcidos politólogos actuales, Jascha Mounk - que una de las contradicciones históricas contemporáneas es la que se da entre las democracias liberales y las democracias i-liberales (o autocracias). Conclusión que, si la aceptamos completamente, nos llevaría a un callejón sin salida pues una democracia, para ser liberal, debe otorgar a sus enemigos la misma libertad que a sus seguidores y, por lo mismo, autoprivarse de los medios necesarios para defenderse a sí misma. Para salir de ese callejón sin salida parece ser necesario entonces llevar esa contradicción a un plano más político que ideológico. La contradicción de nuestro tiempo – digámoslo así - sería la que se da entre los que defienden a una democracia con parlamento y los que defienden una democracia sin parlamento o, lo que es casi igual: con un parlamento convertido por el ejecutivo en una caricatura de sí mismo.

El asalto al Capitolio fue una declaración de guerra del trumpismo a la razón parlamentaria, ahí no hay como perderse. No es la primera, ni será la última. Ha llegado por lo tanto la hora en la que los verdaderos demócratas, aún a riesgo de abandonar algunos principios liberales, acepten el desafío y libren, de modo decidido, e incluso militante, la lucha por la defensa del parlamento.

El populismo- nacional - escuchando las arengas de Trump queda muy claro - es el fascismo de nuestro tiempo.

Sobre ese tema continuaremos insistiendo en próximos artículos. Este es solo un enunciado.

8 de enero 2021

Polis

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El hijo del hombre

Fernando Mires

¿El pensamiento es determinado por la fe o la fe es determinada por el pensamiento? Las dos vías son posibles de transitar. En el primer caso estamos pensando de modo teológico. En el segundo, de modo filosófico. Los que no somos teólogos de profesión, ni tampoco hombres de fe, tendemos a elegir la segunda vía: no pensar de acuerdo al dictado de la fe. No obstante, cuando digo, “pensando de modo filosófico”, no afirmo que ese pensamiento está reservado sólo a los filósofos de profesión.

Así como no solo los cantantes cantan – casi todos lo hacemos bajo la ducha - no solo los filósofos filosofan. Filosofar es pensar, preguntarnos sobre el por qué y no solo sobre el para qué de las cosas. Lo hacemos en los momentos menos esperados: al contemplar una obra de arte, o mirando como la niebla empaña el vidrio de la ventana, por ejemplo. Porque pensar es ponernos en comunicación con un espacio situado más allá del deber-ser cotidiano. Filosofar, por su lado, es pensar sobre lo que no sabemos y todo no-saber nos sitúa frente a un abismo. Por eso pensar es peligroso (Kant). Para pensar, hay que atreverse a pensar. No todos lo hacen.

Estamos cerca de la Navidad, días que suponemos meditativos. Estamos conmemorado el nacimiento de Jesús, Dios hecho hombre. Un hijo del hombre, como se refería Jesús a sí mismo con suma insistencia. Sin embargo, el ser al que vino Jesús a guiar estaba y está preocupado por cosas muy distintas al más allá. Los que venden en vender, los que compran en comprar. Eso en sí no tiene nada de malo. Tanto el comercio como la política surgieron allí donde no había más que guerra. El comercio pacificó las costumbres, introdujo formas de cortesía, dulcificó el trato social (Montesquieu) Pero como escuché decir a un comentarista en la televisión, el 25-D debería ser declarado el día de Mercurio, dios del comercio según la mitología romana y no el día del aparecimiento de Dios hecho hombre.

Dios hecho hombre. ¿Qué significa? Siguiendo a Joseph Ratzinger, no se trata de que Jesús hubiese sido mitad hombre mitad Dios. Significa que era pleno Dios. Dios en un humano. Hijo del hombre e hijo de Dios a la vez. Tampoco un médium entre Dios y los hombres. Pero sí una intervención de Dios en el hijo de un hombre, un humano entre los humanos. Dios actuando y hablando a escala humana. En ese sentido, solo en ese, podemos entender por qué Dios ungió (eligió) al hijo de María y José para que con su palabra, repito, con su palabra, nos diera a conocer a Dios a través de su persona.

La palabra hablada, no escrita, era el medio de Jesús-Dios. Una palabra que está primero y antes que nada. O para decirlo con el Evangelio de Juan “En el principio estaba la palabra y la palabra estaba con Dios (1:1) (……) “Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros” (1:14)

Esa palabra, de acuerdo al legado judío, nos la dio Dios para que conociéramos a Dios. Palabra que es el Logos, la lógica, el conocimiento, el pensar. Eso es lo que quiere decir Juan: sin la palabra no podríamos acceder al pensamiento y el pensamiento no podría acceder al espíritu y el espíritu no podría acceder a Dios. La palabra es la llave del cielo. De un cielo que no solo está arriba, sino en todas partes.

Pensar en Jesús es pensar en Dios a partir del Jesús hombre. Dios hecho materia humana, y como tal, limitada en su propia expresión divina. ¿Jesús como la palabra humana de Dios? Sí así lo aceptamos, Jesús es, efectivamente, hijo de Dios. Él habla en nombre del Padre, es el enviado del Padre y a la vez es el Padre. ¿Como entender esa trinidad que a la vez es una unidad, base del misterio de la Trinidad cristiana? Quizás del modo más sencillo: pensando, como Jesús, a escala humana. Valga en este caso la analogía con los padres y con los hijos de la biología humana.

En el padre biológico está la potencia del hijo antes de que el padre lo mande a vivir a la tierra desde la oscuridad del vientre materno. A la inversa, el hijo será, quiera o no, la continuación biológica del padre (incluye a la madre). Cuando el padre (o la madre) muere, continúa viviendo en el hijo y así sucesivamente. Sin embargo, la dualidad que antecede a la trinidad cristiana (padre-hijo) no solo es biológica, es además espiritual y por eso es trinitaria. En ese sentido, nos dice el cristianismo, somos todos, al igual que Jesús, hijos de Dios. El Padre en modo cristiano sería así el padre de todos los padres del universo. El origen de toda filiación, el comienzo y el final de la Creación. Dicho ahora en sentido filosófico y no religioso, el padre es el Ser Total y el hijo un Estar del Ser Total en el mundo. ¿Y el espíritu? El espíritu es el pensamiento que encadena al Ser con el Estar, espíritu que aparece cuando el Estar se pone en comunicación con el Ser. Dicho ahora en términos trinitarios, el Padre es la ascendencia, el Hijo la descendencia y el Espíritu (santo) el nexo, la suma y la síntesis de todas las ascendencias y de todas las descendencias.

Para terminar con la idea soltemos un pensamiento que para las personas religiosas puede sonar como herejía: el Hijo del Hombre nos trajo una buena noticia. La noticia es que no es necesario esperar al Mesías, al Cristo. El Mesías – si pensamos con Mateo y Juan - es solo una posibilidad del Ser, cuando a través del pensamiento convertido en espíritu buscamos la presencia de Dios (el Ser total y absoluto) en la verdad parcial y simple de las cosas.

Nunca accederemos a la totalidad infinita, es cierto. Pero a la vez siempre tendremos la posibilidad de comunicarnos con lo que Es y no solo con lo que Está. Un Ser que nunca veremos en sí mismo, pero que se encuentra en la verdad, no solo de lo que vemos, sino también de lo que no vemos. Para decirlo con ejemplos: Nadie ve la milésima parte del átomo, pero esa parte existe: es. Nadie conoce los universos del espacio infinito, pero existen: son. Nadie ha visto ni verá a Dios en persona, pero al mismo tiempo lo vemos a cada momento en sus representaciones, sean humanas o no.

En ese rayo de luz que en medio del invierno asoma a través de la ventana mientras escribo estas palabras, está Dios. Desde el momento en que así lo veo y – muy importante: lo nombro – aparece Dios hecho invierno y luz. Y en ese momento, cuando yo, un pobre hijo del hombre, así lo piensa, me he convertido en el mesías (guía) de mi propio ser.

Todos al recibirlo somos en Cristo, dijo Pablo, inventor del cristianismo (Gálatas 3: 26-28). Pero solo somos en Él cuando en Él pensamos, hemos de agregar, presumiendo que al decir esto seguimos la heterodoxia del Cristo. Al fin y al cabo, Jesús - judío irreverente - no era cristiano. Era el Hijo del Hombre. Y por eso, Hijo de Dios.

18 de diciembre 2020

Polis

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Cubanos

Fernando Mires

Alrededor de los libros

Dust in the wind (Aah, aah)

All we are is dust in the wind

Oh, ho, ho

He tocado varias veces el tema pero no me canso: la literatura puede ser en muchas ocasiones no solo un auxiliar de la historiografía sino también su necesario complemento. Porque distinto es conocer la narración de los hechos - sus vinculaciones, sus causas, sus efectos, su pertenencia a procesos macrohistóricos - que leerlos vividos por actores que, aunque imaginarios, condensan en sí las características de muchos otros actores históricos.

Gracias a la literatura, no importa que no sea verídica, tenemos acceso a una dimensión que podríamos denominar, intra-historia. De ahí que si alguna vez me hubieran solicitado dirigir un seminario sobre historia cubana, habría incluido, junto a la bibliografía especializada, algunas novelas de Guillermo Cabrera Infante, así como varias de Leonardo Padura, partiendo por el Hombre que amaba a los perros, pasando por la Transparencia del Tiempo, hasta llegar a la bien tramada Como polvo en el viento.

Como polvo en el viento sería también apta para un curso de una nueva disciplina - ya establecida en universidades europeas – denominada: Sociología de la Emigración. Me explico: la historia de Padura narra las vidas difíciles de personajes como Clara, Darío, Elisa, Bernardo, Fabio, Lubia, Horacio, Irving y otros jóvenes que desde los años universitarios formaron un “clan” de relaciones entrecruzadas con intrigas, insidias, envidias, pero también con amistades fieles, con mucho sexo y, por supuesto, con el amor.

Narra también ese momento crucial en el que los jóvenes, uno a uno, deciden irse de la isla, no aguantando más la falta de perspectivas que ofrece una sociedad desarticulada, vuelta peligrosa y hambrienta, arruinada con maldad y alevosía por su propio Estado. Todos impulsados por un anhelo no político ni ideológico: vivir una vida sin miedos ni carencias fuera de ese lugar sórdido en donde quieren hacerte creer que “se puede construir una sociedad mejor dándole patadas a la gente”. O como decía el físico Horacio: De “un sitio en donde se practica una ideología con principios indiscutibles, sobre-humanos, cánones ya establecidos por la Historia, en donde la opción de pensar mucho, en ocasiones no resultaba demasiado favorable”.

En fin, los cubanos se van impulsados por el deseos de los deseos, el más pre-histórico y el más moderno de los deseos: el deseo de ser en el mundo.

No estamos hablando por cierto de todos los cubanos que se han ido y seguirán yéndose. Padura enfoca solo a miembros de un grupo social: profesionales egresados de universidades gracias a las facilidades que en un comienzo otorgó el régimen. Ni artistas, ni poetas, ni mucho menos, políticos. Ejercen profesiones como la física, la medicina, la arquitectura, la ingeniería, y otras similares. Todos con excelente formación y gran capacidad de aporte pero que, en los marcos fijados por el sistema, llevan una vida miserable, sin opciones, sin posibilidad de desarrollar sus talentos en términos medianamente aceptables. Como dedujo con su racionalidad el físico Horacio mientras miraba el mar, toda acción provoca una reacción: y si aquí no se puede vivir, pues hay que irse. En suma, ninguno de los que se fueron puede ser considerado, en el sentido exacto del término, un exiliado político.

Aunque parezca extraño, el exilio cubano no es ni ha sido un exilio predominantemente político a menos de que queramos otorgar al término político una connotación que no le corresponde.

Un exiliado político es por definición alguien que ha debido huir de su país por razones políticas. No fue el caso de ninguno de los personajes de Padura, como tampoco lo es el de la mayoría de los cubanos que huyen pues uno de los “méritos” del castrismo es haber destruido la política como modo de comunicación ciudadana. Para decirlo con un ejemplo, el caso de los exiliados cubanos – si es que insistimos en llamarlos así – tiene poco que ver con exilios como el de los españoles durante la Guerra Civil o, en términos más reducidos, el de los chilenos durante Pinochet.

Los exiliados políticos son políticos, o sea, militantes o activistas o simpatizantes de partidos políticos. Cuando van al exilio hacen política de exilio. Todo lo artificial que sea, pero hacen lo que ellos imaginan, es política. Por de pronto, se lo pasan en reuniones, siguen con avidez las noticias que llegan “desde el interior”, reciben a los políticos “nativos” en sus giras internacionales, participan en actos político-culturales, descuidan aspectos de la vida real pues viven situados en un espacio suspensivo marcado por una huida y un – supuesto - regreso. En fin, creen ser la retaguardia exterior de una vanguardia heroica que actúa en el interior. A la memoria me viene el recuerdo de un profesor comunista español quien, habiendo pasado más de cuarenta años en Chile, repetía, sin asomo de ironía, “yo estoy de paso”. Hay exiliados políticos que han vivido casi toda su vida “de paso”. No así los emigrados cubanos. Ellos, en su gran mayoría, se fueron para no volver.

Un verdadero exilio político ocurrió cuando Castro se hizo del poder. Los primeros emigrantes salieron del país por razones – todo lo turbias que se quieran – políticas. La persecución castrista a los que tuvieron que ver, real o imaginariamente con el “antiguo régimen”, fue despiadada. Paredón, paredón, y más paredón. Las olas siguientes ya no fueron políticas. Fueron más bien sociales. Motivadas por el hambre, en el caso de los lancheros y balseros, o por la miseria extrema, como los que se refugiaron en embajadas durante el aciago 2980. Exiliados económicos, los llaman algunos periodistas. El término más correcto sería, despatriados. Como los personajes de Padura quienes salieron a buscar otras patrias porque en la que nacieron ya no podían o no querían más vivir. Esa patria se reduce a veces a palabras muy simples: casa, carro, comida.

El objetivo de cada despatriado es encontrar una patria. Por lo general tienen dos alternativas extremas. O reconstruyen su patria en otra patria o se asimilan a una adoptiva. En los dos casos hay una pérdida de patria. En el primero recrean una patria original, pero idealizada. Si son muchos -y los cubanos despatriados son muchísimos - ocupan un territorio urbano en otra patria y fundan una réplica más o menos similar a la que abandonaron. Es el caso de la ciudad Hialeah, donde casi solo viven cubanos que hablan, gesticulan, comen, cantan, bailan como cubanos, pero pagan impuestos norteamericanos. El otro extremo, el de la asimilación, es aún más trágico. Fue el caso del médico Darío, esposo de Clara quien, abandonando mujer, casa e hijo, intenta en España ser más catalán que los catalanes, tan catalán que se vuelve nacionalista catalán, habla solo en catalán, dice despreciar al imperio de Madrid y - aunque solo entiende de beisbol - no se pierde ningún partido de fútbol en el Camp Nou. Todo eso dura hasta que se encuentra con otro cubano. Ahí cae la gruesa máscara, su “falso yo”, y vuelve a ser el mismo médico atormentado que abandonó la isla.

Cubanismo y asimilacionismo no son sino las dos caras de una misma moneda. Mediante una, los cubanos reprimen la Cuba real, la de sus recuerdos, edificando una réplica adinerada, próspera y gozadora. Mediante otra, ocultan a la patria de su juventud, hasta que esta no aguanta más y explota a borbotones.

Triste destino ese, el de la primera generación de despatriados. Nunca dejaron de vivir en el pasado. Un pasado – el de la niñez y el de la juventud - que no deja de existir, o como dijo Faulkner, “un pasado que ni siquiera ha pasado”. No obstante, esos despatriados habrán cumplido, quieran o no, una tarea de pioneros. Quienes los continuarán, los de la segunda y tercera generación, ya no serán cubanos: serán boricúas, españoles, estadounidenses y muchas otras cosas más. Sin embargo, en sus gestos, en el modo de bailar, en ese saber pasarlo bien, seguirán siendo cubanos sin darse cuenta que, como cada uno de nosotros, unos más otros menos, son el resultado de fragmentos de otras culturas que a través de generaciones se manifiestan de pronto en un gesto que creemos personal y solo es el de un abuelo emigrante. Somos en fin, polvos que se lleva el viento, arrastrados por la fuerza del “ángel de la historia”, como intuyera la pintura de Paul Klee.

Quiso la suerte o el destino que durante mi lectura de la novela de Leonardo Padura hubiera irrumpido en Cuba un movimiento de protesta juvenil y cultural: el Movimiento San Isidro. Son los hijos o los nietos de los que de la isla no se fueron, pensé de inmediato. De seres como Clara y Bernardo quienes en la novela de Padura no pudieron o no quisieron irse. Esos jóvenes de ahora, a diferencia de sus predecesores, no arrastran consigo culpas ni traumas por haber amado lo que después condenaron. Tal vez algunos de ellos también se irán, pero no huyendo de sí mismos, como fue el caso de la bella Elisa, en la novela de Padura.

Movimientos como el de San Isidro, y otros que seguramente lo sucederán, trazarán los rasgos de una nueva Cuba, un país como otros países, un país desde donde se podrá salir y regresar con la mayor naturalidad del mundo, un país donde sus ciudadanos disputarán políticamente sin ser vigilados por nadie, un país donde será posible poseer casa, carro y comida, sin tener que ir a buscarlos más allá de los mares. Los cubanos ya han padecido demasiado. Merecen un mejor destino. Uno en que no tengan que hacerse la pregunta que se hacen todos los personajes de Padura: “¿Qué coño fue lo que nos pasó?”

11 de diciembre 2020

Polis

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El fin de "la Cuba castrista"

Fernando Mires

Para Luis Manuel Otero Alcántara, líder del recién aparecido Movimiento San Isidro (MSI), el fin del “diálogo” no fue una sorpresa, solo “una reacción avisada” (sic).

Luis los conoce, sabía a lo que se enfrenta: un gobierno sin capacidad de diálogo con sus ciudadanos que, si dialoga, lo hace como maniobra de guerra destinada a distraer al enemigo. Así ocurrió después de las casi cinco horas del infructífero diálogo que tuvo lugar entre el ministro de cultura Fernando Rojas y representantes del MSI.

Siguiendo la versión del diálogo dada a conocer por los jóvenes del MSI, el ministro no respondió a la mayoría de las intervenciones, mucho menos a las preguntas de los participantes. Fue un diálogo entre seres parlantes con un ministro semisordo y monosilábico.

Puede ser que Rojas al aceptar dialogar hubiera sido activado por un rayo de buena voluntad. El problema es que ni él, ni ningún miembro del gobierno, sabe dialogar. Los silencios del ministro son los de un régimen afónico y, por lo mismo, anti-político. En cualquier diálogo están condenados a ser derrotados.

Ningún miembro de la nomenclatura está en condiciones de lidiar gramaticalmente. En un no lejano pasado repetían frases de Fidel y con eso se las arreglaban. Pero hoy no pueden repetir las de Díaz Canel pues el primer mandatario solo es un engranaje más de una maquinaria burocrática y represiva, un funcionario oscuro, un Breschnev a la cubana. Con esos autómatas – sobre todo cuando no están programados - nadie puede dialogar. Cuba ya no es castrista pero nunca será canelista.

Al saber de la orfandad en que se encontraba el ministro de cultura frente a los jóvenes artistas e intelectuales, los burócratas decidieron patear la mesa. ¿Qué ofrecieron a cambio? Lo que Otero Alcántara esperaba: detenciones, arrestos domiciliarios y, sobre todo, injurias a los miembros del MSI (mercenarios al servicio del imperialismo, enemigos de la revolución, traidores a la patria: lo usual).

Hasta Silvio Rodríguez, casi siempre más castrista que Fidel, no pudo ocultar su indignación. Sus palabras fueron balas: “Sí, da la impresión de que se agarraron de lo que fuera para suspender el diálogo, para quitárselo de arriba. Suena a orientación superior”. Puede que después, de acuerdo a su costumbre, Silvio Rodríguez tenga que retractarse de sus palabras. Pero lo dicho, dicho está.

Lo cierto es que con el rechazo al diálogo, la nomenclatura cubana ha marcado un punto de ruptura con el propio castrismo. En gran medida Fidel y Raúl intentaron mantener vínculos con grupos artísticos e intelectuales afines al régimen. Los astutos hermanos sabían que toda dictadura requiere de un mínimo de legitimación y que esta solo puede ser producida por artistas, intelectuales o – en los países islámicos – sacerdotes e imanes. Con la ruptura del diálogo la dictadura cubana ha renunciado a su legitimación cultural. De ahora en adelante solo dominará sobre las bases de un pasado que nadie recuerda ni quiere recordar y de un futuro que cada día se ve más tenebroso. En Cuba gobierna una secta a la que la palabra “revolución” le queda muy grande.

Toda dictadura necesita de una ideología o por lo menos de un consenso cultural. Hitler, Stalin, Castro, entre otros, gustaban rodearse de intelectuales y artistas. Sin ellos sus regímenes habrían sido dictaduras sin carisma. La de Díaz Canel es ya una dictadura sin carisma.

El último intento por rescatar algo del carisma cultural de la “revolución” tuvo lugar hace algunos años (2016), cuando Raúl utilizó el proyecto de distensión económica que le brindó Obama. Durante un corto lapso, artistas e intelectuales, entre ellos los Rolling Stones, viajaban a Cuba llenos de ilusiones, creyendo de buena fe que con sus talentos aportaban a la recuperación de la democracia en la isla. Pero esa primavera cubana duró muy poco tiempo. Raúl y sus esbirros se dieron cuenta de que toda apertura democrática conduce a su sepultura política.

La de Díaz Canel ya no es más que una dictadura de subsistencia; su único objetivo es sobrevivir. Durante Trump obtuvo cierto respiro. El boicot que nunca fue tal, permitió a los detentores del poder presentarse como víctimas ante las izquierdas del mundo. Con el liberal Biden ni siquiera ese pretexto les servirá. Como toda dictadura, sin comunicación con el mundo interno ni externo, la cubana habrá entrado en su última fase. Una última fase que puede ser muy larga. El aparecimiento del MSI solo anuncia una dura lucha por la democracia. Probablemente le sucederán otras iniciativas civiles.

Naturalmente, los disidentes políticamente organizados necesitarán del apoyo de la comunidad internacional. Pero el centro de la lucha deberá ser mantenido en la isla. Los del MSI conocen mejor que nadie el terreno que pisan. Frente a una dictadura sin ideas pero con mucho fierro, deberán tragar algunas derrotas y fracasos. Los procesos liberadores nunca han sido verticales.

Ojalá Biden no incurra en el horrible error que cometió Trump en Venezuela al cooptar a la dirigencia de la oposición y subordinarla a los aparatos operativos de su gobierno. Si movimientos como el MSI conservan su independencia política y mantienen la línea pacífica, democrática y cultural que en estos momentos buscan imprimir a sus acciones, los signos agónicos de la dictadura no tardarán en manifestarse. La democracia, al fin y al cabo, solo puede ser conquistada por demócratas.

Lo más importante de todo, y ese es el mérito grandioso del MSI, es que el silencio ya ha sido roto. El silencio es hoy un grito. Como dice la canción Ángel para un final de Silvio Rodríguez:

Cuentan que cuando un silencio aparecía entre dos

era que pasaba un ángel que les robaba la voz

y hubo tal silencio el día que nos tocaba olvidar

que de tal suerte, yo todavía, no terminé de callar.

Los jóvenes y los no tan jóvenes disidentes cubanos tampoco terminarán de callar. Esto se está poniendo bueno chico.

6 de diciembre 2020

Polis

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En defensa del centro político

Fernando Mires

“El centro político no existe”. La insólita frase es de Gustavo Petro, quien antes de ser político fue guerrillero del M-19, organización que abandonó la lucha armada y negoció un acuerdo en 1990, durante el gobierno de Virgilio Barco.

Petro y los suyos por el lado izquierdo, Uribe y los suyos por el derecho, han polarizado la política colombiana hasta el punto de lograr una incomunicación destructiva que amenaza con impedir el desarrollo político del país. Como suele suceder, ambos extremos coinciden en diversos puntos, entre ellos, en la conversión del adversario político en enemigo total.

Para Petro, evidentemente, se trata de llevar la lógica de la guerrilla al plano político. Por lo mismo mantiene una relación puramente instrumental con los acuerdos de paz firmados por el presidente Juan Manuel Santos. Alvaro Uribe, prócer de la anti-guerrilla, vio en esos acuerdos una capitulación de Santos frente a las FARC. Para Uribe la política centrista de Santos no debería haber existido. E, igual que Petro, necesita que el centro político no exista. La frase correcta de ambos, Uribe y Petro, debería haber sido: no queremos que exista el centro político. Pero el centro político no solo existe. Además crece, incluso en Colombia. O sobre todo en Colombia.

Avistando que un conjunto social no puede ser llevado a una bipolaridad destructiva, diversos sectores culturales y políticos colombianos intentan desbloquear el antagonismo y dar origen a una iniciativa política de centro, una que se aleje de la antipolítica y permita la necesaria circulación de ideas entre los dos polos. Ya en las elecciones presidenciales ese centro político se hizo presente durante la primera vuelta en la persona de Sergio Fajardo con un 23,7%, muy cerca de Petro (25,09). Tal vez ese centro no pueda quitar mucha fuerza al polo uribista, pero sí, amenaza al polo petrista. Para Petro sería ideal entonces que el centro no existiera. Y por eso, sin más ni menos, lo dio por inexistente.

Batalla perdida de antemano: el centro es constitutivo a la política pues ese centro – aunque a muchos parezca enigmático - es parte de la propia condición humana.

Aparte de las alteraciones bipolares, la personalidad de cada ser humano está formada por tres instancias: la de las pasiones llamada por Freud el Ello, la de los deberes (la moral) llamada por Freud el Sobreyo, y la instancia mediadora surgida del conflicto entre las dos primeras, llamada por Freud el Yo. Ese Yo no es preformativo: surge de la amenaza de choque entre dos extremos. Gracias a ese Yo podemos distinguir lo justo de lo injusto, lo bueno de lo malo, lo que se desea y lo que se debe hacer. De ahí que cuando el Yo es débil – esa es una de las principales enseñanzas freudianas – el alma del ser puede ser destruida por las pasiones o terminar sucumbiendo bajo la tiranía de los deberes y de la moral.

El Yo es nuestro centro individual. Sin ese centro somos personas descentradas. Idea que tomó de Freud no un psicoanalista sino un gran economista: Albert O. Hirschman, quien apoyándose en la tesis del “dulce comercio” de Montesquieu – tan ridiculizada por Marx – sostuvo que el comercio, al transformar a las pasiones en intereses, dulcifica (civiliza) a las pasiones de modo que estas aparecen en la escena bajo la forma de intereses (The Passions and the Interests, 1977) Pero según Hirschman, las pasiones no dejan de ser pasiones. Los intereses solo las ocultan.

Trasladando la opinión de Hirschman al plano político, podríamos afirmar que tanto pasiones como deberes transmutan energías bajo la forma de intereses y demandas, ideas e ideologías. Pero para que eso ocurra, se requiere de un espacio público de reflexión y debate. De acuerdo a Platón y Aristóteles, sin ese espacio público, el de la política, somos bárbaros. No obstante, ese espacio entre las pasiones y los deberes, sin una centralidad que permita a la sociedad “pensarse a sí misma” a través de sus contradicciones (no hay otro modo de pensar) puede ser destruido en cualquier momento. Los ejemplos históricos sobran.

Pero la política, además de ser en sí un centro, requiere de centralidad. Centralidad que surge de la posibilidad de choque entre pasiones y deberes. Por lo mismo, no es un centro estático. El centro político tampoco está “en el medio”. Es más bien una zona de turbulencias transversales. Por lo tanto, quienes niegan al centro como Petro, presionan por llevar a la política a un estadio pre-político: al de la guerra. Aunque sea una guerra sin armas.

Ahora bien, ni las izquierdas ni las derechas son representantes exactos de las pasiones y de los deberes. Pero sin temor a exagerar, podemos pensar que en la izquierda hay más cabida para las pasiones y en la derecha más cabida para los deberes. La izquierda, sobre todo su borde extremo, tiende a la transgresión. La derecha en cambio, tiende al inmovilismo. De ahí la necesidad de que aparezca un centro, o diversos centros de debate, tanto entre izquierdas y derechas como al interior de cada una de ellas. Por eso el centro surge unas veces como centro-izqierda y otras, como centro-derecha. Casi nunca como centro-centro.

La carencia de centralidad – quizás está de más decirlo - ha marcado el curso de la política de América Latina. Razón no ajena a los continuos quiebres de la democracia que experimentan sus naciones. No obstante, sobre ese punto hay una buena noticia: si analizamos las tendencias hoy predominantes, podríamos deducir que las líneas centristas han adquirido cierto crecimiento.

Hay que tener en cuenta que las herencias recibidas del siglo XX no eran demasiado promisorias. Todavía están frescos los recuerdos dejados por “el socialismo del siglo XXl”. Hoy ese proyecto no existe, aunque las polarizaciones que dejó detrás de sí, tanto hacia la derecha como hacia la izquierda, no han desaparecido. No obstante, el pandémico año 2020 abrió esperanzas centristas en diversos países.

En Ecuador, la solidez centrista de Lenin Moreno sigue manteniéndose pese a los intentos del correísmo por erosionarla. En Argentina, la derrota del tecnócrata Macri dio origen al gobierno de Alberto Fernández quien, en contra de la por muchos esperada radicalización cristinista, ha introducido matices centristas a su gestión, entre otros, momentos de diálogo con el empresariado e incluso con la oposición, y no por último, un distanciamiento con respecto al gobierno extremista de Maduro en Venezuela.

Bolivia es un caso interesante. Durante Evo la economía podía ser calificada de centro e incluso de centro derecha, pero la retórica y la ideología del gobierno eran de izquierda o extrema izquierda. Puede ser entonces que esa contradicción sea aminorada por la presidencia de Luis Arce, responsable de la economía durante el gobierno de Evo. Perú en cambio, es un caso de patología política. En ese país prima una clase política sin auténticos partidos políticos. No obstante, nada hace predecir que la salida de la crisis será por los extremos. Chile, por su parte, ya dio un ejemplo: el malestar en contra de la política, no solo de la de Piñera, sino de toda la clase política, ha terminado por ser encauzado de modo político.

Gracias al plebiscito constitucional chileno, la discusión en torno a una nueva Constitución puede llevar a Chile a una apertura de lo político-constituyente hacia lo social sin que sean rebalsados los diques institucionales. Posibilidad que depende de la responsabilidad de los principales actores políticos, la mayoría de centro, centro izquierda y centro derecha. Los estallidos sociales, en efecto, no han logrado rebajar la vocación centrista del país.

En la otra acera vemos que la amenaza polarizante que parecía traer consigo el gobierno de extrema derecha de Jair Bolsonaro ya no logrará cristalizar a nivel continental. Tres razones la bloquean. Primero, Brasil nunca ha sido un país líder en América Latina. Segundo: el gobierno se desgasta, así lo demostraron las recientes elecciones comunales. Tercero, el por muchos temido eje Bolsonaro-Trump, gracias a la derrota de este último, ha dejado de existir. En el marco de esa constelación, el gobierno colombiano de Iván Duque deberá moverse algunos milímetros hacia el centro. Uribe, siempre astuto, ya ha mostrado algunos signos: fue él uno de los primeros en reconocer el triunfo de Biden.

El triunfo de Joe Biden tendrá consecuencias centristas en América Latina. Si se dan condiciones ideales, el inevitable reencuentro entre EE. UU y Europa podría incorporar como tercer actor a los gobiernos democráticos latinoamericanos. América Latina llegaría así a ser parte – al fin - de un bloque histórico y democrático internacional.

Sobre el destino que correrán los gobiernos autoritarios del continente es difícil hacer predicciones. Lo más probable es que serán aislados. Ni la Cuba de Díaz Canel, ni la Nicaragua de Ortega, ni el Salvador de Bukele, ni la Venezuela de Maduro, están en condiciones de imponer un sello anti-centrista y anti-democrático al resto del continente.

De Venezuela, un país que hasta 2015 parecía liderar las oposiciones democráticas de América Latina, ya no hay mucho que esperar. La usurpación que de esa oposición hicieran sus sectores más extremistas (abstencionistas) representados en la figura de un líder sin liderazgo como Juan Guaidó, destruyó el centro político basado en cuatro pilares: el electoral, el constitucional, el democrático y el pacífico. La entrega de esa oposición sin política a las iniciativas manipuladoras del gobierno de Trump, terminó por liquidar el proceso de democratización que tenía lugar en el país. Puede ser que el gobierno de Biden abra ciertos cauces para una rectificación. Pero por el momento no podemos adelantar nada. Solo una lección: cuando los partidos abandonan el centro político terminan por abandonar a la política.

Tal vez en Venezuela pero no en Colombia se cumplirá el fatal dictamen de Gustavo Petro: “el centro no existe”. Efectivamente, cuando el centro no existe desaparece la política. No es ese el destino que esperan la mayoría de los ciudadanos colombianos incluyendo al propio Petro, un político al fin.

La conclusión que podemos extraer de las palabras de Petro es, por lo tanto, otra: si el centro no existe, hay que construirlo.

Twitter @FernandoMiresOl

27 de noviembre 2020

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Maradona

Fernando Mires

Un fragmento de mi ensayo El fútbol, la política y la vida (2012)

Aparte de la relación con el tiempo, la política y el fútbol tienen mucho que ver entre sí; aunque no quiero decir que la política determine al fútbol ni mucho menos al revés. Mas, como ambas son actividades que emergieron en un universo impregnado por lo religioso, hay entre política y fútbol una relación sobre determinada, de modo que encontramos muchos elementos que son de la política incrustados al interior de la lógica futbolística. Sobre determinación significa-en su sentido freudiano- que entre dos instancias existe una determinación recíproca hasta el punto que es imposible separar lo determinado de lo determinante y eso es lo que ocurre entre política y fútbol, lo que no nos debe extrañar puesto que ambas son fuentes de identidades colectivas.

De que modo el fútbol puede llegar a ser un medio de formación de identidades en la construcción imaginaria de una nación, lo demuestra muy bien el conocido libro de Pablo Alabarces titulado “Fútbol y Patria”- “El fútbol y las narrativas de la nación en la Argentina” (Prometeo, Buenos Aires 2002).

“Fútbol y Patria”, de las que conozco, es una de las mejores síntesis de la historia social de Argentina. El problema es que el autor parece que no sabe mucho de fútbol. Yo no entiendo, para poner un ejemplo, como se las arregló para escribir un largo capítulo sobre el mundial de 1978 (el mundial de la dictadura) sin nombrar una sola vez a Mario Kempes. Es lo mismo que escribir sobre el mundial de 1954 sin nombrar a Puskas, sobre el de 1958 sin nombrar a Pelé, sobre el de 1962 sin nombrar a Garrincha. En cualquier caso, el capítulo Vll que lleva como sugestivo título “El maradonismo o la superación del peronismo con otros medios” es notable y recomiendo con énfasis su lectura. A través de ese capítulo es posible entender la relación “sobredeterminada” que puede darse entre política y fútbol.

Sin nombrar a Lacan, pero usando su terminología, Alabarces describe a Maradona como “un significante vacío” en torno a quien se articulan diversos cabos sueltos dejados por el descenso del populismo peronista. Interesante es que Alabarces no compara tanto a Maradona con Perón sino con su “pendant” femenino, Evita.

Al igual que Evita, Maradona asciende desde la pobreza extrema hacia el mundo de los símbolos.

Diego Armando Maradona era, efectivamente”, como miles de pibes que sueñan con llegar a ser astros del fútbol, un “cabecita negra”. Pero, además, un superdotado. En un país donde el fútbol es religión popular, Maradona convierte el balón en un agregado, una prótesis de su propio cuerpo. Como todo genio ya jugaba a los 15 años de edad en la primera de Argentino Juniors. Su llegada a Boca será el paso que lo llevará de ídolo local a ídolo nacional. Su traspaso al Barcelona lo convertirá en estrella global. Su partida al Nápoles será en cierto modo un doble regreso: un regreso a sus ancestros y un regreso al mundo de la pobreza del Sur italiano que se rebela, esta vez de modo futbolístico, en contra del Norte millonario y racista que llegó a representar Silvio Berlusconi, dueño del A.C. Milán y por añadidura, Primer Ministro.

El mundial de 1986 en México será la coronación de Maradona como entidad galáctica, como ídolo medial y como representante simbólico de los pobres del mundo en los estadios. El maradonismo superará así al peronismo. Por un lado, alcanza un nivel internacional que el peronismo nunca tuvo. Por otro, se convierte en la expresión máxima de la unidad nacional argentina. Y por si fuera poco, al derrotar Argentina a Inglaterra gracias a “la mano de Dios y la cabeza de Maradona”, Diego Armando, el Pelusa, pasará a ser visto en la imaginación popular como el vindicador que restaura el honor mancillado por la ominosa Guerra de las Malvinas. Inolvidable, además, será ese gesto insolente, en la gran final de 1990 frente a Alemania, cuando pifiado por el público de Milán mientras era entonada la canción nacional, Maradona movió los labios dejando traslucir un inconfundible “hijos de puta”, pasaje que ha pasado a ser tan importante como sus goles, en su ya tormentosa biografía.

Después del mundial de 1994 en los EE UU, donde su orina reveló lo que todos sabían, vendrá el lento descenso a los infiernos. Drogado, vilipendiado por la prensa, amenazado por mafiosos, rodeado por amigotes de baja ralea, insultado por la chusma moralista, enfermo, muy gordo, busca restaurar por múltiples medios su imagen perdida, recurriendo a diversos medios. Un día aparecerá con el nefasto Menem pidiendo la pena de muerte para los traficantes de droga. Otro día aparecerá en Cuba al lado del Gran Dictador. Otra vez buscará el amparo de Chávez, ese Perón sin Evita ni sindicatos, pero experto en comunicación medial.

En el fondo, el pibe tímido y exhibicionista que siempre fue Maradona, buscaba lo que busca cada ser humano: el reconocimiento del otro. O más simplemente: ser querido.

Según Alabarces, Maradona fue el último símbolo plebeyo de la patria, el último héroe nacional y quizás, agrego yo, el último gran populista de una nación populista. Y como sucede con todo mito, el mito de Maradona sobrevivirá a Maradona.

25 de noviembre 2020

Polis

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El Pueblo de los Estados Unidos decidió

Fernando Mires

Más allá de lo que diga o haga Donald Trump, el presidente electo de los EE. UU ya tiene un nombre. Se llama Joe Biden. Para que deje de ser así, debería ocurrir un milagro o una monstruosidad. Como este artículo no se ocupa de lo uno ni de lo otro me referiré a las razones que explican el eventual triunfo de Biden, al fracaso electoral del populismo trumpista (o trumpiano, da igual) y a las alternativas nacionales e internacionales que se abren con la posibilidad de un “nuevo comienzo” norteamericano.

Pero antes que nada hay que decirlo: El triunfo de Biden es explicable solo en parte por la personalidad y el programa de su candidatura. Incluso podría afirmarse que lo más decisivo no ha sido el triunfo de Biden sino la derrota de Trump.

¿Acaso no es lo mismo? No, no es lo mismo: quienes votaron por Trump votaron a favor de Trump. Una gran parte, quizás la mayoría de los norteamericanos que votó por Biden, no lo hizo en cambio por Biden sino en contra de Trump. El triunfo de Biden puede ser visto entonces como un triunfo en negativo. Eso quiere decir que las elecciones norteamericanas tuvieron también un carácter cuasi plebiscitario. Dicho en breve: los votos en contra de Trump pueden ser considerados como una rebelión electoral en contra de la persona de Trump. Este ha sido seguramente uno de los factores más decisivos de las elecciones de noviembre.

1.

En contra de la persona: hay que repetirlo. El gran enemigo de Trump, más que Biden, ha sido el propio Trump. Pues Trump compitió contra Trump y perdió. Compitió contra su prepotencia, su narcisismo, sus excesos, su lenguaje antipolítico, su desprecio por los más débiles, su fijación a la economía en desmedro de otros aspectos de la vida y tantos puntos que hacen de él un personaje fascinante para unos, despreciable para otros.

Queda demostrado una vez más el carácter antropomórfico de la política. El “factor humano”, vale decir, la persona del representante puede, bajo determinadas condiciones, ser más determinante que los intereses que dice o cree representar.

Fue la pandemia, dicen unos. Si la Covid-19 no hubiese extendido sus amenazas, Trump, con su logros económicos - entre ellos reducciones de impuestos (incluyendo a los propios), aumentos de salarios, la proliferación de oficios pasajeros - habría podido ganar fácilmente. Pensemos por un instante que ese argumento es cierto. ¿Cómo explicar entonces que esa misma pandemia haya llevado a Merkel – y a otros gobernantes – al primer lugar en las encuestas?

Merkel ha mostrado, así como Trump, su impotencia para rebajar la tasa de contagio. ¿Dónde reside la diferencia? En un hecho muy simple. A Merkel la vemos preocupada, incluso nerviosa por la extensión y duración de la pandemia. La vemos informándose e informando. Los ciudadanos la escuchan, y de algún modo sienten que su gobierno está con ellos, que no están solos.

¿Y Trump? Todo lo contrario.

Trump comenzó negando a la pandemia. Luego la minimizó. En contra de todas las prevenciones, expuso a su gente a contagiarse en lugares cerrados. Luego, cuando no podía ocultarla, intentó presentarse como campeón en la lucha en contra de la Covid-19, prometiendo vacunas y remedios milagrosos, burlándose de los científicos que aconsejaban mayor prudencia. Alcanzado el mismo por el virus, no vaciló en utilizarlo como medio de promoción, exhibiendo su salud privilegiada, presentándose como el héroe que derrotó a la Covid-19 en su propio cuerpo.

Incluso admiradores de Trump comenzaron a comprender que estaban frente a un presidente a quien importaba un carajo la salud de sus ciudadanos, una combinación perversa entre el narcisismo más agudo y el exhibicionismo más obsceno. No fue por tanto Covid-19, ni la mala administración de la pandemia la razón que llevó a muchos estadounidenses a dar la espalda a Trump. Fue, antes que nada, el espectáculo de la indolencia de un presidente ensimismado en sus objetivos y deseos.

2.

Hemos escuchado decir que la pandemia ha mostrado a Trump como lo que es: un populista. Opinión posible de aceptar pero con ciertas precauciones.

El populismo es política de masas en una sociedad de masas. Y las elecciones están orientadas hacia los deseos, intereses e ideales de las grandes masas. Por eso, en tiempos electorales, casi todos los candidatos son populistas. No obstante, la política también reconoce periodos no signados por la participación de masas. Frente a grandes peligros como guerras, catástrofes naturales, epidemias, los gobernantes no suelen ni deben comportarse como populistas. Pues bien, Trump lo hizo. Trump es un populista total.

Peor todavía: Trump no solo es el candidato de un partido, además es líder de un movimiento formado alrededor suyo, un movimiento que trasciende a su partido. Como sus antecesores sudamericanos, Perón o Chávez, el líder populista que es Trump intentó gobernar por sobre las leyes y las instituciones de su país. Incluso, a punto de perder, no vaciló en desprestigiar a los tribunales electorales, alegando fraudes, conspiraciones y delitos, movilizando a turbas armadas, rompiendo tabúes que ningún presidente norteamericano se había atrevido siquiera a tocar: el de la integridad de las instituciones de los EE.UU.

El daño que ha hecho Trump a su nación es inmenso. Ha roto el nexo que vincula a la ciudadanía con la Constitución y con ello, deteriorado la confianza en las instituciones del país.

Restaurar la confianza en las instituciones será la primera tarea que deberá emprender la administración Biden. Tarea imposible, piensa el eminente sociólogo Richard Sennett en su fulminante artículo titulado La Base (El País 28.10.2020). Cuando un tabú ha sido roto es imposible restaurarlo.

Por otra parte – y eso es más peligroso todavía – el trumpismo, si no como gobierno, como movimiento, vino para quedarse. Y como movimiento puede ser aún más agresivo que como gobierno, aduce el mismo Sennett. Lo cierto es que los EE. UU. después de Trump no solo constituirán una nación políticamente dividida – lo que es normal – sino una nación polarizada en dos bloques irreconciliables. Dos países en uno. La única posibilidad de enfrentar esa situación puede llegar a ser, tarde o temprano, la formación de un frente democrático que incluya a republicanos no dispuestos a doblegarse ante el populismo y la demagogia del trumpismo.

Los EE. UU. han demostrado una vez más como ese invento occidental llamado democracia reposa sobre frágiles cimientos. La utopía negativa descrita por Philip Roth en su premonitoria novela The Plot Against America (2004), donde relata como un gobernante fascista puede llegar a apoderarse de las instituciones estatales, ya no puede ser leída con la tranquilidad que nos otorga la ficción. Como muchos grandes escritores, Roth tuvo momentos de inspiración futurista. La democracia, quiso decirnos, vive siempre en peligro. Incluso en los EE.UU.

3.

Si los desafíos que enfrentará Biden a nivel nacional son duros, aún más duros serán los que deberá enfrentar en el plano internacional.

Si bien es cierto que Trump durante sus cuatro años no inició ninguna guerra, ha abierto flancos para que emerjan conflictos internacionales en los cuales tarde o temprano los EE.UU. se verán envueltos. Esos conflictos surgirán precisamente de la doctrina Trump. Una doctrina erigida sobre la base de tres dogmas: economicismo, nacionalismo, bilateralismo.

De acuerdo a esos dogmas Trump ha transformado a conflictos puramente económicos en conflictos políticos.

El mismo concepto de guerra económica usado en la competencia con China es equívoco. No hay guerras económicas. Devolver su nombre adecuado a las cosas será tarea ineludible para la administración Biden. Una competencia que, como la que lleva con China, no pone en juego la sobrevivencia de los EE. UU. Puede incluso que en algunos rubros los EE. UU. se vean superados por China. Pero ese no puede ser el problema principal. El problema es como crecer económicamente sin poner en juego los fundamentos sobre los cuales ha sido erigido el crecimiento. Y en el caso norteamericano esos fundamentos no son puramente económicos.

La ciencia y la tecnología, motores del crecimiento económico, solo pueden desarrollarse en plenitud cuando no es alterada la capacidad creativa del ser humano, y a esa capacidad pertenecen la invención y la inventiva. La invención y la inventiva, a su vez, pueden expandirse con más fuerza allí donde priman libertades consagradas en Constituciones como la norteamericana. Debido a la posesión de esos tesoros no económicos de la economía, Estados Unidos logró derrotar al imperio soviético aún antes de que apareciera Gorbachov. Lo mismo deberá suceder en la competencia con China. Ninguna gran economía puede mantenerse en el tiempo sin libertad, y la libertad no es solo económica.

Los EE.UU. podrán seguir siendo América First en muchos terrenos de la vida mundial, mas no en todos. Tarea de la administración Biden será transmitir a la ciudadanía que el nacionalismo es legítimo siempre que no sea dirigido en contra de otras naciones. Para lograr ese objetivo las relaciones bi-laterales son insustituibles. Pero las relaciones bi-laterales no son, como ha dado entender la doctrina Trump, contrarias a las multilaterales.

Nada impide a los EE.UU. mantener relaciones bi-laterales con Rusia e incluso con China y al mismo tiempo ser fiel a las comunidades internacionales a las que no solo pertenece por tradición y cultura, sino además, porque desde un punto de vista estratégico son indispensables para la conservación de sus propios intereses. En ese sentido, la cooperación con Europa será la clave.

4.

Cierto es que la UE es una institución burocrática. Cierto también es que los países europeos fueron sobreprotegidos por los EE.UU. durante y después de la Guerra Fría. Pero una cosa es incentivar la autonomía política de Europa y otra intentar demoler sus instituciones supranacionales, desconocer tratados de cooperación tecnológica, militar, cultural, política y abandonar espacios tan sensibles cono son los referentes al cambio climático.

Los EE.UU. no pueden ni deben ser el policía del mundo, eso está claro. Pero tampoco pueden ser espectadores del desmoronamiento del occidente político al cual, quiera o no Trump, pertenece su nación.

Europa, cuna del occidente político, está amenazada por tres peligros: el islamismo radical interno y externo, los movimientos y gobiernos nacional- populistas (o neo-fascistas) y la expansión territorial de la Rusia de Putin. Frente a ninguno de esos tres peligros los EE.UU. de Trump han sido solidarios con Europa. Por el contrario, los ataques continuados de Trump a la UE, sus planes para liquidar la OTAN, y la complicidad de Trump con Putin (e incluso con Lukashenko), han abierto el camino a las tendencias más regresivas del antiguo continente, a las que apuntan hacia la balcanización de Europa. Objetivo central del futuro gobierno Biden deberá ser el de reconstruir la “alianza atlántica”, convertirla en una fuerza militar y política que frene el avance de la barbarie interna y externa y con ello establecer una nueva línea demarcatoria: la que se da entre las naciones que defienden a la democracia y las que la niegan.

Que Trump sea saludado por el neo-facismo europeo como un líder mundial es un estigma para los EE.UU. La administración Biden deberá devolver a los EE.UU. al lugar donde históricamente pertenece: al de la comunidad de las naciones democráticas del mundo.

5.

La reconsolidación de la alianza con las democracias europeas que deberá llevar a cabo el gobierno Biden, pasa también por una reformulación de las relaciones entre EE.UU. y América Latina.

Nadie exige en estos momentos una nueva doctrina como la de Monroe o como la tristemente recordada “doctrina de seguridad nacional”. Los aciagos tiempos de la Guerra Fría ya están atrás. Pero sí se trata de incentivar alianzas con las fuerzas democráticas de América Latina, amenazadas desde siempre por movimientos y líderes extremistas que se dicen de izquierda o de derecha.

Como en todas las relaciones internacionales, Trump ha sustituido las vías políticas por las puramente económicas. Ni siquiera hacia Cuba ha tenido Trump una estrategia coherente. Sus acciones frente a la dictadura de la isla o han sido disfuncionales (bloqueos, sanciones artificiales) o han establecido una relación de complicidad con las empresas norteamericanas que actúan en la economía cubana, sobre todo en la turística. Y en Nicaragua, mientras la dictadura mantenga buenas relaciones comerciales con los EE.UU., Ortega sabe que puede respirar tranquilo.

Con respecto a Venezuela, un país simbólico sufriendo bajo uno de los regímenes más anti-democráticos del mundo, Trump ha dado una lección de cómo no se deben hacer las cosas en la política internacional. Por de pronto, se apoderó, incluso financieramente, de la oposición de ese país, hasta el punto de desraizar y desnacionalizar a su política. Enseguida, con la complicidad de los sectores más extremistas de esa oposición, ha retrocedido hacia los años veinte y treinta del siglo XX, llevando a cabo acciones operativas, confiados en que los problemas de un país tropical solo se solucionan comprando generales, corrompiendo políticos, o embarcándose en conspiraciones, tal como lo mostrara Mario Vargas Llosa en su política novela Tiempos Recios.

En manos de Trump, la que fuera la oposición más grande y democrática de América Latina, ha sido desviada de su línea democrática, electoral, pacífica y constitucional, para convertirse bajo la presidencia de un político de invernadero, como es Guaidó, en un remedo de lo que una vez fue.

Biden estará obligado a abandonar la línea aventurera en la que embarcó Trump a Venezuela a la que junto con Cuba solo supo utilizar para ganar más votos en Florida. El problema es que bajo el amparo norteamericano, ha tomado forma - sobre todo entre venezolanos y cubanos en el exilio - una suerte de trumpismo aún más agresivo que el original. ¿Serán los Bukeles y los Bolsonaros los sucesores de los Maduros y de los Castros en América Latina? Algunos indicios parecen indicar que así puede ser.

El gobierno de Biden se verá obligado a reconsiderar los vínculos con América Latina. Las democracias de sus países son muy frágiles. Pero eso será posible si los EE.UU. no actúan solos y por su cuenta. En un mundo global, las relaciones internacionales también deben ser globales. Las fuerzas democráticas de América Latina necesitan de un apoyo internacional más amplio que aquel que se deduce de un solo gobierno, aunque ese sea el de los EE. UU.

Gracias al triunfo de Biden, en los EE.UU. serán abiertas las posibilidades para un nuevo comienzo. Solo el tiempo dirá si el periodo de Trump fue un episodio descarrilado de la historia o el origen de una noche sombría extendida sobre el mundo democrático.

Por ahora lo importante es lo siguiente: el pueblo de los Estados Unidos decidió. Y decidió bien.

6 de noviembre 2020

Polis

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