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Opinión

¿Qué pasará el día después, cuando la debacle pase —porque pasará—, cuando las fuerzas demoledoras encuentren el freno que en este momento no alcanzamos a vislumbrar, pero que no puede no ser? Entonces vendrá ese día en el que nos levantaremos, primeramente, a contemplar las ruinas del huracán que pasó, a lamentar que lo que fue edificado con la paciencia del tiempo tuviese las fallas que facilitaron su destrucción. Ese día, cuando la calma sobrevenga, conoceremos la magnitud de los daños y caeremos en cuenta de que eran superiores a lo que imaginábamos; y nos dolerá más saber que la tragedia fue humana, que el huracán fuimos nosotros. Entonces, habrá que recoger todo lo roto, botar los escombros (reciclar, para que no me caigan los ambientalistas) y reconstruir la casa común con la mente puesta en que debemos reforzarla para que una devastación igual no nos sorprenda de nuevo.

Cuando pienso en ese día y hago mentalmente el inventario de las mentes prodigiosas que la fuerza civil de nuestra tierra ha producido en todos los sectores, me lleno de esperanza. La reedificación será retadora, será monumental. Aun en este momento en que la tormenta se siente en toda su ferocidad, hay que poner la mente en el futuro, en el futuro y en las mentes brillantes con las que contamos.

Hay venezolanos extraordinarios en nuestra tierra y regados por el mundo. Gente que sabe de petróleo, de economía, del gobierno de las naciones, porque lo han estudiado durante toda la vida, preparándose para un llamado que nunca se ha producido. Médicos nuestros que dan clases de cómo salvar corazones; sopranos que cantan en calles abandonadas del sur; niñas que con la magia de las cartas cuentan nuestra tragedia y nos conmueven. Hay jóvenes venezolanos estudiando en todas las universidades de este diverso planeta. Ellos vendrán cuando se les convoque. Será maravilloso verlos venir, ver los retratos de los piecitos que vuelven, caminando sobre Cruz-Diez. Y los recibiremos y habrá pancartas, calles, flores y canciones. Y no habrá que vender la conciencia para cantar. Será una reconstrucción hermosa por lo largamente anhelada, llena de creatividad e iniciativa, como le enseñaban a uno en primaria.

En el fondo, el gran reto de esa reedificación nacional será el que movía la angustia de Bolívar en Angostura: la creación de una ciudadanía consciente, respetuosa de las leyes; la erradicación de eso que él no llamó así porque uno no sabe si existía la expresión en ese tiempo, pero que nosotros englobamos bajo el concepto de la “viveza criolla”, que incluye muchas cosas y no solo el “vil egoísmo que otra vez triunfó” y el afán de enriquecerse a costa de todos, sino también esa actitud mental de usar todo lo público —leyes incluidas— para sacar provecho y ventaja sobre los ciudadanos honestos. Moral y luces siguen siendo nuestras primeras necesidades. Reeducarnos para no seguir construyendo edificios endebles y prevenir tragedias.

En este difícil momento, que quedará registrado como de los más duros de nuestra historia, pienso en ese día, en el día después. Creo que nuestras mentes brillantes deben estar puestas no en la inútil discusión de qué arquitecto va a desarrollar el proyecto —tenemos muchos y muy buenos—. En lo que hay que pensar es en los planos, que es lo que requiere echarle coco.

La tormenta me atormenta; pero, en este duro momento, pensar en los retos del día después entusiasma, porque uno sabe que tenemos con qué.

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Se dice que “estamos arando en el mar y sembrando en el viento” cuando queremos expresar el desasosiego que nos produce algo que hemos realizado y que al final consideramos no alcanzó los resultados que esperábamos.

La situación social, económica, política, militar y moral que con vientos huracanados está soplando con fuerza sobre los rostros de los venezolanos, es la prueba o demostración más contundente de lo vigente que está la expresión atribuida a Simón Bolívar: “He arado en el mar” como epilogo o balance de su gesta libertadora, fruto de la decepción que lo invadió al ver en lo que había concluido su proyecto político; es decir, en numerosas luchas intestinas por el poder nacidas de intolerancias políticas que posteriormente desembocaron en inútiles revueltas armadas que solo dejaron huérfanos, viudas y un país social, política, económica, militar y moralmente, destruido.

Tanto más contundente se nos presenta la prueba en cuestión, cuando recordamos que las montañas de dólares americanos que ingresaron a este país por concepto de venta de petróleo son matemáticamente incalculables, y paradójicamente, nos encontramos en la dolorosa condición de estar a un pasito de ser asistidos por la caridad internacional.

Por otro lado y para concluir, no estamos descubriendo el agua tibia cuando presuponemos que la crisis venezolana es tan grave que su desenlace es muy difícil de predecir; en consecuencia, están vigentes las palabras de Bolívar: “He arado en el mar”

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El régimen tirano acorralado por el sistema internacional, desnudo por el ejercicio de la crueldad y el sadismo, culpable y responsable por la miseria exponencial de los venezolanos confunde nuevamente la política con la táctica y -en una huida hacia adelante- muestra el miedo hacia unos venezolanos engañados que todavía mendigan los bonos del hambre y empleando la fraudulenta e inconstitucional Asamblea Constituyente anuncia unas elecciones presidenciales. Su torpeza y desconocimiento de la civilidad del venezolano no podía ser mayor, pero de manera simplista y casi lineal se imagina de nuevo que el conductor de autobús responsable y culpable por la más alta inflación del mundo, creador del paramilitarismo como actor destructor y eliminador de ciudadanos y del gentilicio democrático del venezolano, pudiera entusiasmarle un hecho electoral presidencial sin garantías y en condiciones arbitrarias.

El llamado a elecciones como ejecutoria táctica del bestiario militarista, lo que muestra es el enorme miedo de la revolución chavista y post-chavista que sabe que no puede seguir engañando a la mayoría de los ciudadanos demócratas venezolanos, tampoco a las importantes instituciones del sistema internacional y menos a los jefes de Estado de América Latina. Con esta huida hacia adelante reafirman que están llenos de pánico y otean –aunque sus cálculos sean diferentes- que no podrán desviar el gentilicio y civilidad de la ciudadanía venezolana. Esta jugada torpe y primitiva del régimen comunistoide no consideró que los ciudadanos demócratas del país tienen intacta su ética de convicción, y ya comenzaron a activar su ética de la responsabilidad. En consecuencia, siéntanse desde ya destructores de esta tierra de Dios llamada Venezuela, derrotados en este evento electoral que ustedes mal entienden como una oportunidad.

El llamado a elecciones del bestiario va a recibir una respuesta ciudadana, es decir, una acción política por convicción, que es de franco rechazo a un grupo de gorilas y adulantes del gorilismo que poco entienden del rostro decente y la responsabilidad política de quienes como ciudadanos, tienen la convicción y la decisión de contener la más grotesca versión del gorilismo en el siglo XXI, como lo es el hiato del chavismo y el post-chavismo. Ambos grupos cercanos a la violencia, al ultraje, al robo, a la mafia, todavía quieren creer que los venezolanos podemos seguir siendo instrumentados y atormentados por quienes después de los golpes de Estado incompletos del 4F y 27N reunidos con mafias politiqueras atrasadas y leyendo contenidos marxistoides, pueden gobernar en pleno siglo XXI. El siglo XXI y el hecho electoral con el cual han querido sorprender a los venezolanos, tendrá una respuesta que no será otra que la redemocratización de Venezuela.

Los ciudadanos de 2018 convencidos de las virtudes de la democracia estamos prestos para organizarnos, tanto como sea necesario, a fin de defender el derecho a tener una Constitución que se cumpla, a exigirle a quienes gobiernan que tienen que ser responsables y la arbitrariedad no puede ser la lógica para ejercer el poder, sino el derecho. El derecho que comienza, de acuerdo a la Constitución, respetando al ciudadano y como tal la capacidad del ciudadano para exigirle a quien gobierne que cumpla con la legitimidad de origen, pero más importante aún, la legitimidad de gestión. Por todo lo precedente, los venezolanos de 2018 convencidos de nuestros derechos políticos, pero además convencidos de la necesidad de retornar a la democracia iremos al hecho electoral presidencial en la búsqueda de un cambio. Un cambio que no será de hombres, mucho menos de mafias y de grupos de interés, será un cambio que no disgregue, que no fraccione sino que llame a los factores propios de la unión y la civilidad.

Los ciudadanos venezolanos demócratas, que no nos ha impresionado la maniobra simplista y casi ridícula de hoy 23 de enero, estamos apostando desde ya a ejecutar el hecho electoral desde el punto de vista de la ciudadanía. Se trata, entonces, de religar el acto moral del voto con la necesidad de un nuevo Poder Ejecutivo con la modernidad y el progreso de Venezuela. Esto significa el fin del ahuecado proyecto del chavismo y del post-chavismo, donde la incapacidad, violencia y torpeza del partido político en armas como gobierno han impuesto una conducta miserable, persecutoria y violenta creando cambios en las significaciones imaginarias sociales del venezolano, lo cual resulta intolerable. No habrá nuevo Presidente autobusero porque ello indigna a los venezolanos, avergüenza el gentilicio y la historia de los hombres y mujeres de bien del país, y porque además ha llegado el tiempo de reclamar e imponer justicia a quienes que con la violencia creen que pueden lograr el dominio sobre la decencia, el honor y el trabajo.

Los ciudadanos van a expresarse como ciudadanía activa con una lógica política que no pueden entender quienes se adosan a la mafia, al plan de machete y a la peinilla. A quienes aún por ignaros creen que Bolívar, la heroización y heroísmo pueden ser los fundamentos para amenazar, perseguir y hasta destruir a quienes se aferran a los valores de la Constitución y al derecho a la libertad. Pues no, la mayoría democrática venezolana sabe que Simón Bolívar fue el gran filósofo y político del soberano pueblo cuando el mundo pasaba de la modernidad e independencia para formar República, pero la República jamás ha privilegiado la bota militar, mucho menos el paramilitarismo, las mafias y el oscurantismo confundido con la politiquería.

Es la civilidad contra la barbarie. Es la democracia contra el militarismo. Es, sobre todo, la ciudadanía que no se deja sorprender con esta actitud de bufón creando un factor de sorpresa, donde lo que existe es miedo, torpeza y desconocimiento de la realidad política venezolana. La ciudadanía, esa que no confunde la política con la táctica y que rechaza el militarismo obsecuente y primitivo, que por traidor no entiende del hambre, ni la miseria exponencial y ni el sufrimiento de mujeres y hombres que han venido siendo maltratado, ofendido y vejados por un régimen hoy atormentado que cree que puede ser victorioso en el proceso electoral de abril de 2018. La ciudadanía y la civilidad les demostrarán su franca derrota.

Es original

Director de CEPPRO

@JMachillandaP

Caracas, 23 de enero de 2018

 4 min


Hoy, hace 60 años fue derrocada la que pensamos sería la última dictadura. Nos equivocamos. Ahora impera una dictadura peor, cuya represión no discrimina si el asesinado, agredido, encarcelado o exiliado es o no político. En nuestros días, cualquier ciudadano puede ser objeto de violaciones a sus derechos. Ambas dictaduras contaron con el apoyo de las Fuerzas Armadas, pero hay una diferencia significativa entre las de ayer y la de hoy.

El dictador Pérez Jiménez no tuvo empacho en predicar que presidía un gobierno de las Fuerzas Armadas. Sin embargo, un grupo de destacados oficiales se opuso, por lo que fueron arbitrariamente pasados a retiro, encarcelados o exiliados. Dos fueron asesinados, el capitán Wilfrido Omaña y el teniente León Droz Blanco. Descaradamente el dictador se robó las elecciones de 1952 y también el plebiscito espurio de 1957.

La trampa electoral de 1952 contó con el visto bueno de las Fuerzas Armadas. La de 1957 despertó mucho rechazo en las filas castrenses y fue un factor importante en su derrocamiento. Las Fuerzas Armadas apoyaron casi por unanimidad la de 1952 porque estaban recientes los errores, atropellos y sectarismo de Acción Democrática en el período 1945-1948, aunque ello no justifica el golpe contra Gallegos, ni la trampa electoral.

Pérez Jiménez realizó muchas obras públicas, modernizó algunas instituciones, pero descuidó la educación. Asesinó, torturó, encarceló y exilió a quienes consideró enemigos políticos. Además, tanto él, como muchos de sus colaboradores, principalmente civiles, incurrieron en actos de corrupción. Fueron pocos los oficiales acusados de delitos comunes y los que ocuparon cargos públicos.

Las Fuerzas Armadas de entonces pecaron por desentenderse de los hechos señalados. Sin embargo, nunca participaron en actos de represión. Esta la llevaba a cabo la Seguridad Nacional. Ningún militar fue acusado de lo que hoy se conoce como violación a los derechos humanos. Solo un sargento de apellido Matamoros fue señalado como responsable de una represión desproporcionada en Turén.

Las Fuerzas Armadas reaccionaron con el alzamiento de Martín Parada y Hugo Trejos el 1 de enero y la exigencia del general Rómulo Fernández de expulsar a los represores Estrada y Vallenilla. La unidad lograda entre los partidos de la oposición, reflejada en la Junta Patriótica, el manifiesto de los intelectuales, la huelga estudiantil y general, la Iglesia, las protestas de calle y la insubordinación de la marina decidieron a la alta oficialidad a retirarle el apoyo al dictador. Sin la intervención de los militares la dictadura se hubiese prolongado a pesar de las protestas civiles.

Durante los gobiernos de Betancourt y Leoni, las Fuerzas Armadas derrotaron a la guerrilla castro-comunista. Lamentablemente, en algunos de los llamados Teatros de Operaciones ocurrieron casos repudiables de torturas y de desaparecidos. Otros hechos, calificados como asesinatos o masacres, por los malandros que hoy gobiernan fueron enfrentamientos en medio de un estado de subversión.

Después de los sucesos del 11 de abril del 2002, Chávez retiró a los oficiales que consideró no eran “revolucionarios”. Otros pidieron la baja para no ser cómplices de la dictadura y hoy hay militares presos y exiliados. A partir de esa fecha la Fuerza Armada, ahora en singular, dejó de ser la misma que era desde el 18 de octubre de 1945.

Esta nueva Fuerza Armada es represora, corrupta e ineficiente. A diario leemos de oficiales que han sido acusados de malversación, asaltos, narcotráfico, asesinatos, torturas y represión con uso desproporcionado de la fuerza. Muchos oficiales ocupan cargos públicos y fueron creadas empresas, para ser manejadas por ellos. Numerosos oficiales tendrán que ser juzgados cuando se recupere el estado de derecho. Igualmente tendrán que ser investigados los oficiales que han permitido y protegido a grupos paramilitares rojos. Recordemos el caso del asesinato de José Manuel Vilas, bajo la mirada de un pelotón de guardias y, la semana pasada, la masacre de El Junquito en la que fueron asesinados, después de rendirse, un grupo de valientes luchadores románticos: Oscar Pérez, la dama Lisbeth Ramírez Mantilla, Daniel Soto Torres, Abraham Lugo Ramos, José Díaz Pimentel, Jairo Lugo Ramos e Israel Agostini. El mentiroso general Reverol y Bernal tendrán que responder por esos asesinatos y el mayor Bastardo Mendoza tendrá que aclarar su participación.

La primera orden del general Richard López Vargas, nuevo comandante “revolucionario” de la Guardia, fue impedir la asistencia de familiares y amigos al entierro de los siete indomables masacrados. El general del ejército que ordenó el sepelio sin autorización de familiares fue el fiscal Jesús Vásquez Quintero ¡Qué perversidad!

También el ejército cometió atropellos en los desalojos de los campamentos habitacionales de los petroleros en el 2003. Sin embargo, el principal delito de los ministros de Defensa y de los comandantes del Ejército, de la Marina y de la Aviación ha sido el de alcahuetear los abusos del régimen, no exigir el respeto a la Constitución y permitir la injerencia castrista. Los demócratas los repudiamos y clamamos por un nuevo 23 de enero liderado por oficiales no corruptos. Cabe preguntar si todavía existirán al menos los diez hombres justos que Jehová solicitaba para no destruir a Sodoma.

Como (había) en botica:

Nuestra producción petrolera en diciembre fue de 1.621.000 barriles por día, apenas un 5,3% de la producción Opep. Lamentamos el fallecimiento de nuestro compañero Juan Aray,

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

23 de enero de 2018

 4 min


Vladimir Villegas

¿Por qué la Fiscalía ni Defensoría del Pueblo tuvieron un rol de primera línea en ese operativo, si se buscaba la rendición de los alzados?

Las circunstancias en las cuales fueron abatidos, como se dice en lenguaje policial, Óscar Pérez y su grupo, tienen que ser investigadas a profundidad. Tarde o temprano habrá de aflorar la verdad, cualquiera que sea. Por ahora, sólo hay dos versiones. La contada por el propio Óscar Pérez, quien dejó varios vídeos en los cuales mostró su disposición a rendirse y también denunció que la orden era matarlos. Y la versión del gobierno, según la cual respondieron con fuego a un ataque que produjo la muerte de dos funcionarios.

Son muchas las interrogantes que se desprenden de lo ocurrido. Una de las más protuberantes es por qué la Fiscalía General de la República ni la Defensoría del Pueblo tuvieron un rol de primera línea en ese operativo, si se buscaba la rendición de los alzados.

Por qué no se permitió la presencia de los medios de comunicación, ni se pregunta. Ya se ha hecho uso y costumbre. Otra interrogante tiene que ver con Heiker Vásquez, muerto en los hechos, y sobre su doble condición de integrante de un colectivo del Oeste de Caracas y de la División de Inteligencia de la Policía Nacional Bolivariana.

No queda muy claro por qué se frustra la negociación para la rendición del grupo. Tampoco si el proceso estuvo en manos de gente con experiencia en esos casos u obedeció a un procedimiento marcado por la improvisación, o la simulación, para terminar finalmente abatiendo a Pérez y su grupo. ¿Si había la orden del Presidente para garantizarle la vida a los alzados, qué o quién hizo cambiarla? ¿Acaso, aún después de la muerte de dos funcionarios, no había posibilidades de capturarlos con vida? ¿Si hay la orden de negociar, por qué no había siquiera un fiscal del Ministerio Público, un delegado de la Defensoría del Pueblo, o incluso un sacerdote, como se ve incluso hasta en las películas?

¿Por qué ni el Fiscal General de la República ni el Defensor del Pueblo han dicho nada al respecto? ¿Por qué no ha comisionado funcionarios para que investiguen lo ocurrido? ¿A qué obedece tanto hermetismo, si en casos de igual o menor repercusión no dejan de publicar mensajes en Twitter y otras redes sociales, convocar ruedas de prensa o emitir siquiera una lacónica declaración?

También es menester preguntarse por qué tanto temor a permitir que Pérez y su grupo pudieran ser velados, siquiera en mínimas condiciones de respeto a la dignidad y al dolor de sus familiares.

Esos entierros en solitario, con el cementerio tomado por la policía, y esa tardanza en entregar los cuerpos sólo alimentan la desconfianza en las versiones oficiales y la certeza de que hay muchas verdades ocultas, que tarde o temprano irán a aflorar.

Otro elemento digno de comentar es el contraste entre esos entierros en solitario y el funeral que se le hizo al funcionario que resultó muerto y que era al mismo tiempo agente de inteligencia y miembro de un colectivo armado. Las gráficas hablan por sí solas. Allí había funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana escoltando el féretro, que era cargados por encapuchados armados. Esa mezcla de irregulares armados junto a funcionarios policiales deja en evidencia el derrumbe institucional que vivimos. ¿Acaso ya tienen permiso para actuar estos grupos armados? ¿Se puede pertenecer a esos grupos y a la vez ser policías? ¿En qué se diferencian con los paramilitares colombianos? ¿El Alto Mando militar y el Alto Gobierno están cómodos y apoyan eso?

Ah, otra pregunta. ¿se le aplicará la llamada Ley contra el odio a quienes han escrito mensajes de burla y han hecho parodias sobre los vídeos en los cuales Pérez manifiesta su disposición a negociar y denuncia que, pese a ello, les están disparando y la orden es matarlos ? ¿O hacer mofa de la muerte y del dolor de los familiares de difuntos no es una forma de promover el odio? ¿O para castigar violaciones a esta Ley "ciertas condiciones aplican ", por ejemplo, que el infractor no sea partidario del gobierno?

22/01/2018

 3 min


Caros Romero Mendoza

El 5 de enero de 2018, el diputado Omar Barboza[1] asumió la Presidencia de la Asamblea Nacional, y en sus palabras advirtió que los venezolanos experimentamos una crisis muy grave, sin precedentes en nuestra historia, que además nos coloca en una situación que calificó como de emergencia nacional, que sólo puede ser superada a través de un necesario cambio político.

Así mismo, el presidente de la Asamblea Nacional reconoció el sentido de urgencia que tienen los pasos necesarios para lograr reconstruir la unidad, y calificó esa tarea como un deber político y ético de todos los parlamentarios. También, exhortó a toda la dirigencia política democrática a estar al lado del pueblo en estos momentos y a incorporarse a una verdadera unidad, pues sólo así se podrá lograr el cambio político que la realidad del país demanda.

¿Qué estrategia plantea el nuevo presidente de la Asamblea Nacional para lograr reconstruir la unidad, y promover que el Parlamento esté al lado del pueblo?

Es oportuno recordar que en el pasado reciente hubo dos estrategias interesantes que en teoría permitían un acercamiento institucional y formal de los ciudadanos organizados a la Asamblea Nacional, y que en su oportunidad se enmarcaron en las acciones orientadas a la defensa de la democracia y la Constitución.

La primera de esas estrategias, fue aprobada en el Acuerdo sobre el Rescate de la Democracia y la Constitución, del 13 de octubre 2016, en el cual se acordó la responsabilidad de la Junta Directiva de la Asamblea Nacional para el período 2016 de liderar un proceso de consulta y organización de la sociedad venezolana para favorecer un gran Movimiento cívico nacional en defensa de la Constitución, la democracia y el voto.

La segunda estrategia, se ubica en mayo del año 2017, cuando se conformó el Comité del Frente de la Defensa de la Constitución, definido como una fórmula política para incorporar a todas aquellas personas que buscan en la unidad nacional la respuesta que necesita el país, según las palabras del diputado Enrique Márquez[2].

El Diputado Márquez también calificó esa estrategia como un paso fundamental para el rescate y reconstrucción del hilo constitucional en Venezuela.

Ese Comité estuvo –o está– presidido por Ricardo Combellas, y a su vez se subdividía en distintos frentes, los cuales vale la pena recordar para fines de este artículo:

Frente para la defensa de los Derechos Civiles, para la defensa de los Derechos Políticos Electorales, para la defensa Derechos Sociales y Familia, para la defensa de los Derechos Educativos y Culturales y para los Derechos Comunitarios. En fin, distintas áreas con la participación y corresponsabilidad de importantes actores de la sociedad civil.

¿Qué resultados lograron esas iniciativas de la Asamblea Nacional a los fines de promover un mayor acercamiento entre los diputados, la Asamblea Nacional y los ciudadanos? ¿Cómo han contribuido esas iniciativas para la defensa de la Asamblea Nacional como único Poder Público legítimo del Estado Venezolano? ¿Qué aprendizajes podemos sacar de esas iniciativas para poder comprender mejor los pasos que hay que dar para que, desde el Parlamento, se contribuya a reconstruir la unidad y se promueva la acción política al lado del pueblo?

En estos momentos tan complejos que vivimos, la Asamblea Nacional está llamada a reivindicarse como espacio institucional natural para el debate de los asuntos de interés nacional, y desde esa posición política, asumir lo que llamó el diputado Barboza el deber político y ético de reconstruir la unidad.

A tal fin, la Asamblea Nacional podría abrir un debate político sobre el desarrollo nacional, a través del cual se construya, y se presente al país, una propuesta alternativa de desarrollo nacional, que responda claramente al marco constitucional y democrático del país.

Un debate político para construir una especie de agenda para el desarrollo del país, podría concretarse a través del Acuerdo Nacional para el Rescate de la Democracia y la Constitución, en cuyo contenido se registren los consensos básicos sobre los temas nacionales que deben ser abordados como prioritarios y que sólo pueden ser atendidos de manera efectiva si se logra un cambio político en el país.

El Compromiso Unitario para la Gobernabilidad, presentado en el 2017 por la MUD, es uno de los documentos que sirven de base para ese debate político a que se hace mención antes; pero además, debería complementarse estratégicamente con los Objetivos del Desarrollo Sostenible 2030, aprobados por la Asamblea de las Naciones Unidas y que hoy representan una Agenda Global para el desarrollo de las Naciones.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030, son marco referencial útil y oportuno para orientar el debate político en la Asamblea, que claramente puede concluir en un Acuerdo Nacional que se legitime con la consulta abierta y plural a los electores venezolanos y que se contraponga como alternativa viable a la propuesta del Plan de la Patria 2019-2025.

Puede servir esta estrategia para hacer un juicio crítico y político al Plan de la Patria 2013-2019, en un ejercicio de contraloría política del Parlamento venezolano. Al debatir los Objetivos del Desarrollo Sostenible 2030, necesariamente tenemos que abordar el tema del agua, la pobreza, la seguridad alimentaria, las ciudades sostenibles, la salud, entre otros temas.

La propuesta también permite reclamarle al régimen el intento de imponer, nuevamente, un proyecto país que no se sustenta en la voluntad de una enorme mayoría del pueblo soberano. Además, es una acción que permite recordar al régimen en dónde reposa la legitimidad política de representación del pueblo soberano.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030 no son ajenos a la labor legislativa y de debate político de los Parlamentos del mundo. Es más, vale la pena recordar que en la 132ª Asamblea de la Unión Interparlamentaria, celebrada en Hanoi en 2015, se acordó como compromiso que todos los Parlamentos buscarían contribuir de manera efectiva a garantizar que las leyes y presupuestos aprobados estén en consonancia con los planes nacionales de desarrollo sostenible y que además procurarían a exigir a sus respectivos gobiernos que adecúen esos planes a los Objetivos de Desarrollo Sostenible.[3]

Por lo tanto, la Asamblea Nacional podría asumir un papel de facilitador político de un proceso de construcción de consensos sobre las prioridades de una agenda para la restitución de la democracia y la Constitución, pero además, contribuiría a identificar aquellos temas sobre los cuales edificar la mayor cohesión posible, y con ella la mayor unidad posible.

Ya hemos experimentado que la unidad electoral no es suficiente. Es urgente una verdadera unidad, y para llegar allá, la unidad en el Parlamento es una pieza fundamental en esta lucha cívica, pacífica y de resistencia por reencontrarnos con la democracia y la Constitución.

El país reclama voluntad política y, con ella, recuperar niveles adecuados de confianza entre el pueblo y sus representantes legítimos.

@carome31

PolitiKa UCAB, enero 19, 2018

 5 min


Elías Pino Iturrieta

El 23 de enero de 1958 se debe considerar como un suceso de gran trascendencia: cayó la dictadura militar de Pérez Jiménez y empezó una nueva época de la historia contemporánea. Sin embargo, no se advierte en su recorrido la epopeya colectiva que el futuro fabricó. No hubo tal epopeya, sino un fenómeno movido por un elenco limitado de protagonistas. La posteridad ha sido excesiva en la reconstrucción del hecho, quizá por las limitaciones de las obras llevadas a cabo por las generaciones posteriores, que necesitaban una equiparación artificial. Ahora, después de sesenta años, puede ser ocasión para juicios más equilibrados.

Poner las cosas en su lugar obliga a acertar en la identificación de los actores fundamentales: los militares de la época. Fueron ellos los que presionaron al dictador para que echara del país a dos figuras cercanas que provocaban general repulsa: Laureano Vallenilla y Pedro Estrada. Fueron ellos los que intentaron un primer golpe armado, infructuoso, pero capaz de descubrir la fragilidad de un régimen que parecía robusto. Fueron ellos los que provocaron cambios en el alto mando y en el equipo ministerial, capaces de animar reacciones en la base de una pirámide cuyos miembros se caracterizaban por la pasividad. Por último, fueron ellos los primeros reemplazantes del equipo derrotado, como si se desarrollara ante los ojos de la sociedad la existencia de un perezjimenismo bueno que se libraba del perezjimenismo malo.

Pero ¿y la resistencia contra la dictadura, luchando durante casi una década? Los admirables activistas de la resistencia fueron muy pocos, apenas un millar de venezolanos heroicos capaces de ofrecer el testimonio de su sacrificio, pero vistos por la colectividad como gente peligrosa que no merecía acompañamientos masivos. Nos veían como apestados, aseguraron más tarde muchos de esos combatientes. ¿Y la Iglesia católica? Un documento aislado del arzobispo de Caracas, unos pocos sacerdotes conspirando en sus parroquias y la actitud levantisca de los estudiantes de la UCAB, cercanos todos a las postrimerías de la autocracia, son pocas golondrinas para hacer verano. Una jerarquía que había apoyado a un régimen que se exhibía como coromotano no podía hacer una maroma sin la protección de la red. ¿Y la Junta Patriótica? Estamos ante un símbolo extraordinario, frente al resumen de un anhelo de libertad, a la vista de la flama sinuosa de una candela renuente en la mayoría de los espacios del mapa, pero no impresionados por la existencia de una dirección que determinara la realización de hechos concretos. Esos hechos hacían fila en el patio del cuartel.

La participación colectiva, las movilizaciones de los estudiantes en universidades y liceos, las algaradas en los sectores populares, especialmente en Caracas; los manifiestos públicos, el sonar de las cornetas en las avenidas y de las campanas en las torres, la cascada de manifestaciones callejeras, fueron un hecho semanal, o tal vez quincenal, posterior al Año Nuevo, y la dictadura se desplomó con sus mediocres cabecillas. Una reacción tan breve, sin la asistencia de grandes mayorías, fue importante, pero no capital. Acompañó a los oficiales descontentos y animó a descubrir las simpatías partidistas que estaban en un escaparate de diez años, la efímera presencia de un pueblo al que después se le dio el puesto que en su momento no ocupó.

Lo realmente trascendental ocurrió después, cuando se limpió de perezjimenistas la primera junta y cuando los partidos, con su militancia ya despierta y con sus líderes actuando sin trabas, forjaron una sensibilidad unitaria, nacida en el seno de la Junta Patriótica, que logró la restauración de la democracia, el triunfo sobre nuevos militarismos y, en especial, la búsqueda de un republicanismo perdido en los rincones de la historia. De allí la entidad del golpe ocurrido hace sesenta años, cuando el “bravo pueblo” se hizo de rogar para animarlo, pese a que después lo inflamos y celebramos. Si las sociedades no tienen pergaminos, se los inventan.

En Nacional

21 de enero de 2018

epinoiturrieta@el-nacional.com

@eliaspino

 3 min