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Opinión

José Rosario Delgado

Dentro de todos los choros y choras que desgobiernan a este país, hay unos y unas que son más tenebrosos y tenebrosas que otros; sin duda alguna, las choras más oscuras son las que arman las trampas que, desde el CNE (Con Nico Eterno), montan los forajidos investidos por las circunstancias de un poder que no tiene autoridad ni moral ni por imperio de la Ley.

Las choras más oscuras Deamedio, Diablitas, Divisay y Socotorra, al pie de la letrina, siguen y persiguen las instrucciones de Gorgojito para mantener el estado de casos y cosas que nos consumen rápidamente, sin que nos demos cuenta de que vamos nariceados al matadero de la historia y sin tener nada ni nadie quien les eche el cuento a los que, quizás, detrás de nosotros vienen recogiendo los despojos de la república que fuimos.

Aunque creíble, por supuesto, es impresionante la imprecación que esta femenil cuarteta vierte sobre la nación que les dio todo y de todo, sin reparar el daño que hacen y se hacen a diario con su perverso tira y encoge que jala la brasa pa’ la sardina de sus secuaces que, a la postre, también serán sus verdugos, Dios mediante, porque el que aquí la hace aquí la pagará.

Ese CNE, mal visto dentro y fuera de Venezuela, no guarda ni siquiera las formas ni las formalidades de una institución que debería regirse por el manual de la decencia de un país de profunda convicción de libertad e inequívoca tradición democrática, que historia tiene de la dignidad y el respeto con que fue dirigida el pasado reciente, con claras muestras del decoro de sus miembros en tiranía y en aquellos agitados días de postiranía.

No podrán las choras más oscuras conciliar el sueño sin sus autorrecetados somníferos que, sin embargo, nunca les darán la pausa deseada, la tregua buscada ni la paz anhelada mientras la justicia bregada no llegue a esta tierra de gracia (hoy en desgracia) para que los órganos del poder público se aboquen a cumplir su responsabilidad y dejen de atender con sumisión la misión de aberrados comisarios políticos de la dictadura.

Esa sonrisa mecánica ensayada y autoayudada con que las choras más oscuras tratan de agradar a la teleaudiencia, refleja tétricas intenciones de sepultar en electorales ataúdes la esperanzas de un pueblo que pagó y paga con creces las amarguras y torturas a las que diariamente es medido y sometido por conseguir el bocado negado día a día, hora a hora y minuto a minuto.

Corren en Venezuela tiempos aciagos cuando la confiscación se hizo decreto-ley, el atropello alcanzó jerarquía jurídica, la propiedad pública y privada perdió su sagrada vigencia y pasó a ser piñata y rebatiña de quienes, rodilla en tierra, apuñan petro-dólares y empuñan fusiles y ametralladoras para mantener su bota vil sobre el cogote y el estómago del pueblo que sufre y padece en las choras más oscuras…

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Leopoldo López Gil

La destrucción de nuestro país es referencia global. Un estudio para ilustrar el riesgo que representan los políticos populistas, los cantos de sirena, los bagazos del comunismo caribeño denominado socialismo del siglo XXI.

Venezuela es un modelo mundial para comprender cómo, aún contando con cuantiosos recursos , una población preparada para el desarrollo y condiciones naturales excepcionales, con gobernantes inspirados por el revanchismo y resentimiento y motorizados por un desmesurado afán de enriquecimiento personal, se puede pulverizar la riqueza. Decían, Venezuela no es Cuba, sin embargo...

En Venezuela pareciera que se libra una batalla decisiva contra las fuerzas del mal empeñadas en destruir todo lo que podría ser positivo o beneficioso para la nación. Esfuerzos muy eficaces en esta nefasta labor no son producto de la incapacidad o de la improvisación. Se trata de fuerzas nocivas resultantes de un mefistofélico diseño gestado en Cuba y reforzado por incentivos internacionales alimentados por las riquezas del narcotráfico y conjuradas en el Foro de Sao Paulo.

Venezuela recibe al Frente Amplio, como quien recibe al hijo recién nacido que representa la unidad de su nación. Es el resultado positivo de la unión de las fuerzas del bien, agrupadas por la aspiración de superación y voluntad de trabajo, comprometidas con la honestidad y el amor a la patria. Es un compromiso de tolerancia y de perdón que nos ilumina el oscuro y difícil camino para recuperar la democracia.

Si alguna vez hubo dudas sobre la posibilidad de lograr unidad en la oposición venezolana, hoy el mundo recibe este contundente mensaje de la voluntad del país democrático. No hay dudas de que todos los venezolanos nos abrazamos en este Frente y si alguno no se ha convencido de la conveniencia del compromiso, tendrá que explicar qué lo separa.

La ausencia no es suficiente, es necesario acompañar la determinación de rechazar la ilegítima convocatoria a elecciones fraudulentas con acciones que emanarán de este cuerpo. Contrasta favorablemente este ejemplar comportamiento de una sociedad que una vez más busca solución a su tragedia dentro de la avenencia, sin violencia, sin guerras, contrapuestas a ofertas como la terrible que propone la alternativa, socialismo o muerte.

Ante la incapacidad de gobernar en socialismo, nuestros gerifaltes ofrecieron muerte a nuestro pueblo. Muerte por violencia, muerte por desahucio, muerte por alienación de la juventud al ver desaparecer su futuro.

Esta acción es la ratificación del statu quo y no una actividad nueva. Es, sin grandilocuencia, la entropía social que busca transformación sin ambigüedades, expone el deseo de la mayoría nacional de sustituir al régimen por lo previsto en nuestra Constitución, elecciones libres, limpias y ordenadas, con los plazos previstos y los rectores que representen probidad y ecuanimidad.

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La aparatosa crisis política generada por la tiranía del hiato Maduro-Padrino deja de bulto la más grave regresión político-militar sufrida por la ecuación política venezolana. Es así que un conjunto de perversas decisiones atadas al golpismo y a la violencia política hicieron capaz la regresión del profesionalismo militar a un partido político en armas. Después de veinte años, bajo el signo de una supuesta revolución marxistoide, se fracturó, penetró, desarticuló y conminó a los más altos grados militares para que se ciñeran a los intereses de una revolución sin norte, sin marco filosófico-teórico, llena de improvisaciones, arbitrariedades y violencia política, con lo cual se llevó al componente militar al Momento Político-Militar Revolucionario. Momento Político-Militar que impuso el dominio-sumisión del y lo militar por vía del comisario político, el delator y el caporal.

El Poder Ejecutivo impuso la ingobernabilidad militar después de tres modificaciones a la Ley Orgánica de la Fuerza Armada, y se apartó a la institución ajustada a los establecido en la Constitución de la República a los intereses de un pervertido régimen que hociqueó los mandos, desarticuló las fuerzas, impuso la milicia y creó desconfianza entre los componentes de una otrora institución. Así, el militarismo obsecuente que penetró la Academia Militar a partir de la década de los 70’s, creó el sin sentido del Oficial Bolivariano que nada tiene que ver con la figura excelsa de Bolívar como político y filósofo, pero sí con el heroísmo y la heroización.

El partido político en armas va a mostrar la mutación del profesionalismo como organización y comenzar una historia político-militar desgraciada, en donde la traición, el chisme, la maniobra hartera, las mafias traficantes y operadores de la droga de la FARC en el territorio de Venezuela como alacena, muestra el deterioro total de una organización. De una organización piramidal, donde comandos y mandos seleccionados mediante el mérito profesional y académico se ceñían al concepto operacional. Desgraciadamente, esa nueva organización de espaldas a la defensa se ocupa ahora de ejercer funciones de extensión, canalización y comunicación para un régimen que es detestado por el 78% de los venezolanos por incapaz, inepto y traidor a los principios democráticos.

El partido político en armas no es capaz de entender de amenazas y nuevas amenazas. Es allí donde crecen el General Mapuey, el Almirante Batata, el Coronel Aguacate y así hunde el desprestigio a lo interno del estamento militar, pero también aparece esa organización como una vergüenza en el segundo espacio del sistema político. Al no existir una organización para la defensa, Venezuela se hace vulnerable en su geopolítica, pero se hace aún más débil por el desprecio, repulsa y exigencia del ciudadano venezolano que está conteste que esa institución no está hecha para el gobierno, sino para la defensa de la República. Es decir, que dentro del complejo mundo que tiene que ver con la violencia política, la conflictividad y la guerra, el elemento militar del Estado venezolano está impuesto, obligado –necesariamente- a responder la ecuación C4ISR.

Esta ecuación, que le tiene que ser extraña a todos los Generales Mapuey, Almirantes Batata y Coroneles Aguacate se lee así: C Comando, C Control, C Comunicaciones y C Cibernética, para que con la cibernética puedan ser capaces de realizar Inteligencia, Vigilancia y completar el Reconocimiento o Destrucción del enemigo. ¿Será que pueden entender la complejidad de lo que significa la guerra?, ¿Están seguros de haber leído a Freund en Conflictividad Social, Botoul en La Polemología? Seguramente no lo han podido hacer porque andan pendiente de los guacales, están ocupados por el almacenamiento o la distribución de la droga, y por un sinfín de tareas que les impone el régimen tiránico que desde 2017 manda a casi 1500 Generales y Almirantes que no tienen tropa, no tienen organización, que no reconocen las amenazas, que no cumplen la función de defensa para con la República.

La reconceptualización constituye, de acuerdo a la Estrategia de un Estado, la necesidad de la Polemología para regir al estamento armado venezolano, el reconocimiento de la presencia de amenazas y nuevas amenazas… pero sobre todo lo señalado en la Constitución como el paso necesario y obligante -además de responsable- del planteamiento de la Nueva Plataforma Política que desde hoy tendrá que entender como una oportunidad política la redefinición y reconstrucción de una organización costosa, peligrosa y delicada al servicio exclusivo del Estado. La Venezuela toda democrática que está consciente y conteste que en el siglo XXI se requiere una democracia liberal con un estamento militar desde ya sujeto a su reconceptualización. Categóricamente, la reconceptualización del actual partido político en armas es la gran tarea política, polemológica e institucional que deberá conquistar la Nueva Plataforma Democrática. De tal manera, que con esta oportunidad de reconceptualización se reinstituyan de acuerdo al Concepto Estratégico del Estado los tres componentes Ejército, Armada y Aviación con capacidad para operaciones conjuntas y operaciones combinadas.

La reconceptualización no omite para nada el esfuerzo histórico de la Guardia Nacional, no, todo lo contrario. Esta importante organización dentro de la reconceptualización y, de acuerdo al criterio que establezca el Concepto Estratégico del Estado, conformará una policía nacional profesional y profesionalizada. Sí, la función policial de un Estado postmoderno requiere de una organización con libertad de acción en la masa ciudadana y en las complicadas tareas alrededor de la ciudadanía de las zonas fronterizas, de los puntos críticos geográficos, sociales y económicos que existan como consecuencia del desarrollo del Estado. Y así su sociedad se sentirá protegida, resguardada y defendida por una real policía que, defectuosamente en Venezuela, hasta ahora no ha logrado concretarse en los términos policiales de autonomía y capacidad que requiere un Estado postmoderno.

La reconceptualización es un imperativo. Es un imperativo político en la Nueva Plataforma Política que en la búsqueda de la reinstalación de la democracia permitirá retornar el profesionalismo militar, potenciar la defensa del constado nor-sur-occidental, del costado norte y el costado nor-oriental, dándole capacidades significativas al elemento aéreo y naval, propiciándole especial capacidad de movilidad al componente Ejército. Todo ello habida cuenta el complejo desenvolvimiento que se requieren en los cuatro costados de la longitud y latitud del Estado-Nación venezolano, pero además frente a las nuevas amenazas, en especial la penetración de la droga y de los carteles que amenazan exponencialmente a la República.

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Marino J. González R

La hiperinflación de Venezuela ya entró en el quinto mes. Aunque a la fecha no están disponibles los estimados de la Asamblea Nacional, todo apunta en la dirección de que en el mes de febrero también se superó el 50% de la tasa de inflación mensual, confirmando la continuación de la hiperinflación. En la práctica, esto significa que la hiperinflación venezolana ya superó la duración de las de Chile (1973) y Perú (1988 y 1990), e igualó la de Brasil (entre 1989 y 1990). Conviene entonces analizar en detalle las razones por las cuales los países tienen hiperinflaciones de larga duración.

Tomemos el caso de Nicaragua. En este país se produjo la hiperinflación más larga registrada en la historia, con una duración de 58 meses, entre junio de 1986 y marzo de 1991. También tiene el récord del año con la mayor tasa de hiperinflación en América Latina, con 13.100% en 1987. Nos concentraremos en las evidencias aportadas por participantes relevantes en la toma de decisiones en ese período. Tal es el caso de los testimonios referidos por Sergio Ramírez, quien se desempeñó como Vice-presidente de Nicaragua en el período de la hiperinflación, hasta que el gobierno sandinista fue sustituido en las elecciones ganadas por Violeta Chamorro en 1990. En su conocido libro “Adiós muchachos: Una memoria de la revolución sandinista”, publicado en 1999, Ramírez ofrece pistas sobre las causas de la prolongada hiperinflación en su país.

Refiere Ramírez que el ministro de Planificación, Alejandro Martínez Cuenca, “trató de enseñarnos las ventajas de la disciplina monetaria y la necesidad de combatir la inflación”. Inmediatamente señala Ramírez que “siempre siguieron pesando la guerra, las razones políticas y las improvisaciones para descalabrar cualquier plan”. También expresa que luego del cambio de moneda en 1987 se ha debido implementar un “severo ajuste monetario, el saneamiento de las carteras bancarias y una estricta austeridad en el gasto público, objetivos que nunca se cumplieron”. Más adelante, indica Ramírez que “la consigna que quebró el espinazo de la economía fue todo para los frentes de guerra”. En otras palabras, la guerra se convirtió en el gran resguardo para no enfrentar las decisiones que implicaba la hiperinflación.

También relata Ramírez que en 1987 (en medio de la hiperinflación) estuvo en Managua un experto del Ministerio de Planificación soviético. En la reunión de presentación de recomendaciones al Consejo Nacional de Planificación, con Daniel Ortega presente, el experto propuso “que era necesario liberalizar la economía y controlar el gasto, siendo estrictos en el cálculo económico; y segundo, que los comandantes debían abandonar las tareas de gobierno y dejarlas en manos de técnicos competentes”. Ante el planteamiento, Daniel Ortega contestó: “¿Usted pide que nos quedemos haciendo un papel protocolario? Yo no sirvo para eso”.

La historia demostró que ahí terminaron las sugerencias del experto soviético. El gobierno se aferró a las consignas en medio de una gran incompetencia.

"Los resultados fueron tres años más de hiperinflación bajo la responsabilidad del gobierno sandinista. La mezcla de ideología e incompetencia prolongan las hiperinflaciones. La lección nicaragüense está bastante clara."

@marinojgonzalez

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El 27 de febrero del 2018, la Asamblea Nacional aprobó un acuerdo[1] mediante el cual declaró que el proceso electoral convocado –en aquel momento– para el 22 de abril no es otra cosa que un “simulacro” electoral para lograr alcanzar una legitimidad que no tiene el Gobierno y reelegir las causas de la tragedia que hoy vive el país.

La Asamblea Nacional reitera en ese acuerdo que el cambio político es la solución de fondo y una urgente medida para lograr superar el fracaso de este Gobierno.

En esta oportunidad, la Asamblea Nacional convocó a toda la sociedad venezolana a la creación de un Frente Amplio Nacional que articule y organice las fuerzas sociales y políticas del país en torno al propósito de alcanzar elecciones libres y competitivas.

Oportuno es señalar que la Unidad democrática, mediante una declaración de fecha 21 de febrero del 2018, también rechazó el llamado a elecciones presidenciales por no existir las garantías electorales básicas, e hizo una exhortación a crear un Frente Amplio Nacional para lo cual anunció el inicio de reuniones para concretar su activación.[2]

El 20 de febrero de 2018, el padre Luis Ugalde en un artículo de opinión, llamó a la dirigencia política y a las organizaciones de la sociedad civil a conformar un Frente Nacional[3] para la articulación entre todos los actores y sectores de la sociedad venezolana y así sembrar las bases para la gobernabilidad y la reconstrucción de Venezuela.

El Padre Ugalde también advirtió en ese artículo que en la actualidad no hay nada más urgente e importante para la vida en Venezuela que frenar la trampa de las elecciones presidenciales y exigir verdaderas elecciones libres para este año.

Así como lo ha hecho la Asamblea Nacional, la Unidad Democrática y el padre Ugalde, otros actores han fijado posición sobre el tema, evidenciándose la existencia de un importante consenso entre todos los actores. Uno de esos actores es el Movimiento Estudiantil[4], que en un comunicado publicado el 20 de febrero 2018, rechazó la convocatoria para las elecciones presidenciales advirtiendo que con ella se pretende perpetuar el infierno y la miseria en la que hoy vive Venezuela.

Para esa representación estudiantil es necesaria una Alianza política y social para lograr elecciones libres, justas y democráticas. Para el Movimiento Estudiantil, la unidad, la constancia, la coherencia y la esperanza son las principales armas que hoy tiene la sociedad para enfrentar al régimen.

Así como ellos, el 17 de febrero 2018, Fedecámaras y la Asociación Venezolana de Rectores Universitarios[5] (Averu), hacen pública una declaración en la cual exhortaron a la conformación de una coalición de actores sociales y políticos, orientada a defender los principios republicanos de la nación. En ese comunicado esos dos actores de la sociedad civil organizada reconocen que, como país, tenemos profundos principios democráticos y reiteran que el voto es la herramienta para lograr solucionar la crisis que vive el país.

También las Academias levantaron su voz de rechazo a las elecciones presidenciales[6] mediante comunicado de fecha 22 de febrero de 2018, y como los otros actores, invitaron a los dirigentes y organizaciones políticas, a los representantes de la sociedad civil y a los electores a convertir la situación actual en una fuerza impugnadora y plantearon la necesidad de crear un Frente Común para lograr garantías electorales.

Por último, la Conferencia Episcopal Venezolana fijó posición el 29 de enero de 2018[7], mediante un comunicado en el que exhortó, particularmente a la dirigencia política, a buscar un consenso entre los diferentes sectores de la sociedad civil y reafirmó la necesidad de reconocerse entre todos los actores de la sociedad para lograr una unidad política que vaya más allá de las alianzas electorales.

Para la Conferencia Episcopal Venezolana el país requiere de una gran dosis de esperanza, junto a acciones concretas que contribuyan a mejorar las condiciones de vida, a dignificar a las personas y a fortalecer a las familias y comunidades a las que pertenecemos.

Las distintas voces de la sociedad civil han logrado coincidir en la urgencia de procurar un espacio que articule y facilite el encuentro de todos los distintos actores y sectores de la sociedad.

Esa demanda, que podría llamarse unitaria, debe encontrar la razón de articularse no sólo en la exigencia de elecciones competitivas y libres –en los términos que la propia Unidad expresó en su carta del 27 de febrero 2018 a Nicolás Maduro–, sino también en lo que el padre Ugalde llamó, en su artículo de febrero, la construcción de un Acuerdo Programático básico.

En tal sentido, resulta oportuno recordar que la Unidad democrática, el 17 de julio de 2017, anunció un Compromiso Unitario para la Gobernabilidad, en cuyo contenido planteó lineamientos generales para un Programa Común de Unidad Nacional que, perfectamente, puede ser sometido a consulta pública para lograr un compromiso mucho más amplio y compartido por la ciudadanía en general.

Ahora, en la Declaración del 21 de febrero 2018, la Unidad democrática anunció la pronta presentación de un programa de gobierno de unión y reconstrucción nacional que se acompañará de una amplia consulta con todos los sectores de la sociedad[8].

Todo este recorrido pareciera advertir que están todas las piezas necesarias para lograr restaurar niveles básicos de cohesión social que permita recuperar niveles importantes de confianza entre todos los actores sociales y así reconstruir la Unidad política y social que el país reclama.

Lo único que hace falta en ese rompecabezas es que se concrete la voluntad política para unir todas las piezas, lo cual representa para la dirigencia política una nueva oportunidad de recuperar la credibilidad perdida. Exigir a la dirigencia política que cumpla con lo anunciado, de manera oportuna, es para cada uno de los venezolanos, hoy más que nunca, un deber y una responsabilidad histórica, de lo contrario perdemos todos.

@carome31

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Por cien días que apenas conmovieron al mundo, los venezolanos desplegaron la mayor manifestación democrática del siglo XXI. Entre abril y julio de 2017, centenares de miles de personas recorrieron las ciudades del país para protestar contra el autogolpe de Estado del Tribunal Superior de Justicia (brazo ejecutor del presidente Nicolás Maduro), que desconoció a la Asamblea Nacional electa el 6 de diciembre de 2015, único poder independiente, de mayoría opositora, que queda en Venezuela. A pesar de la represión de la Guardia Nacional Bolivariana (muy difundida en redes sociales, y en la que hubo ciento veinte muertos, cientos de heridos, presos y casos documentados de tortura), los manifestantes culminaron su protesta con un plebiscito en el que más de 7,5 millones de personas (el 40% del total de electores, el 25% de la población) pidieron la renovación constitucional de los poderes públicos y rechazaron la convocatoria del Consejo Nacional Electoral (otro órgano obediente a Maduro) para votar una Asamblea Nacional Constituyente paralela, al gusto del Ejecutivo.

Su esfuerzo fue en vano. Tras una votación a todas luces fraudulenta,1 la Asamblea espuria se estableció. Con todos los poderes en sus manos, en el marco de las más severas limitaciones a la libertad de expresión, con una oposición dividida y desmoralizada (que ha anunciado que no participará en las próximas elecciones presidenciales porque considera que carecen de condiciones democráticas), Maduro está cerca de realizar el sueño del hombre que llamó su mesías, Hugo Chávez: eternizar la “Revolución bolivariana”.

En los barrios pobres de Caracas, las redes sociales recogieron otro drama: mujeres que pelean por una barra de mantequilla; madres sin leche que comprar, dando inútilmente las tetas a sus niños; gente buscando comida en la basura; anaqueles vacíos de alimentos y medicinas; hospitales sin camillas, insumos, medicamentos o condiciones mínimas de higiene; médicos del Hospital Universitario de Maracaibo operando a una paciente con la luz de un celular; madres que dan a luz fuera del sanatorio. Al concluir el ciclo de protestas, se volvió peligroso subir imágenes a las redes. La Asamblea paralela – cuyos miembros han incitado al odio por veinte años– aprobó una “ley contra el odio” que sancionará con prisión de hasta veinte años a quien lo “fomente, promueva o incite”.

Las imágenes de la penuria coinciden con las estadísticas. El de Venezuela es “un colapso sin precedentes”, al menos en el mundo occidental, escribe Ricardo Hausmann, antiguo ministro venezolano de Planificación y actual director del Center for International Development en la Universidad de Harvard. En su estudio reciente, “Background and recent economic trends”,2 Hausmann demuestra que el descenso del pib y el pib per cápita entre 2013 y 2017 (el 35% y el 40%, respectivamente) es más agudo que en la depresión estadounidense de 1929 a 1933, y aun en la rusa, la cubana o la albana posteriores a la caída del Muro de Berlín. La dimensión de la crisis se aprecia en los indicadores sociales. En mayo de 2017, el salario mínimo (cuyo valor ha caído un 75% en cinco años) podía comprar solo el 11,6% de la canasta de bienes básicos, cinco veces menos que en la vecina Colombia. Más grave aún, durante el mismo periodo, ese salario mínimo (medido en unidades calóricas de los alimentos más baratos que puede comprar) cayó un 86%.3 En 2016, de acuerdo con una encuesta de 6.500 hogares, el 74% de la población perdió cerca de nueve kilos en promedio. Según el organismo venezolano de la salud, la mortalidad de los pacientes atendidos en hospitales se multiplicó diez veces en el país y la de los recién nacidos en hospitales creció un 100%. Mientras enfermedades largamente erradicadas como la malaria y aun la difteria han reaparecido, aumentan los males emergentes como chikunguña, zika y dengue. Para colmo, Caracas es la ciudad más peligrosa del mundo.

Se trata de una crisis humanitaria de enormes proporciones, documentada detalladamente en hogares y hospitales por instituciones civiles venezolanas e internacionales.4 Según Feliciano Reyna, activista de Codevida, una de esas organizaciones, la información servirá en el futuro para procesar al gobierno de Maduro en el Tribunal Internacional de La Haya. “Lo que está pasando es deliberado”, sostiene Reyna, apuntando a la negativa del gobierno a establecer un canal neutral para la entrada de alimentos y medicinas. A sabiendas de que el salario mínimo mensual es apenas suficiente para comprar cinco kilos de carne y nada más, en sus apariciones públicas (y a veces bailando salsa) Maduro ha sugerido la cría de conejos como remedio. Pero su solución para paliar el hambre es aún más ingeniosa, porque liga la alimentación con la política.

Cerca del 70% de la población depende de las bolsas de alimentos importados llamadas clap, siglas del Comité Local de Abastecimiento y Producción encargado de distribuirlas conforme a un sistema de tarjetas.5 En las elecciones para la Asamblea paralela, el gobierno discurrió una renovación de las tarjetas que coincidía en tiempo y espacio con los sitios de la votación, logrando el efecto deseado de intimidar al votante que sentía que podía perder su tarjeta si no votaba por los candidatos oficiales.

La paradoja es que esto le ocurre a la nación con las mayores reservas petroleras del mundo. Pero es justo ahí, en el petróleo, donde se localiza el epicentro del terremoto infligido por el régimen a pdvsa, la empresa petrolera del Estado venezolano que concentra el 96% de las exportaciones del país. El colapso y la caída del sector petrolero venezolano ofrece un detallado diagnóstico del caso.6 Sus autores, Ramón Espinasa y Carlos Sucre, especialistas afiliados a la Universidad de Georgetown, parten de 1998, cuando tras un largo proceso de profesionalización administrativa y técnica, actuando con autonomía gerencial y remitiendo por ley sus utilidades al Banco Central, pdvsa producía 3,4 millones de barriles diarios (mmbd) con una planta de cuarenta mil trabajadores y empleados. Las proyecciones para la primera década del siglo xxi eran de 4,4 mmbd, pero, al llegar al poder, Hugo Chávez tenía otros planes.

Desde el principio, Chávez intervino en la empresa designando personal por motivos políticos, no técnicos, y comenzó a suministrar petróleo subsidiado a países del Caribe políticamente afines con el régimen. En diciembre de 2002, el personal de pdvsa inició una huelga que derivó en la pérdida de autonomía de gestión, el desmantelamiento de los sistemas de control financiero y el despido de 17.500 empleados, dos terceras partes de ellos técnicos y profesionales.

En los años siguientes pdvsa desvirtuó aún más su sentido, convirtiéndose en un superministerio que distribuía alimentos, construía viviendas, administraba las empresas nacionalizadas y expropiadas (incluidas las vinculadas al petróleo) que después de 2007 abarcarían el grueso de la infraestructura productiva: siderúrgicas, cementeras, bancos, telefónicas, supermercados, fabricantes de alimentos, semillas, fertilizantes, almacenes. En total, el régimen nacionalizó 1.400 empresas.

Durante el periodo de Chávez (1999-2013) la producción de pdvsa cayó de 3,7 a 2,7 mmbd con una planta de 120.000 personas, el triple de 1998. Pero en la etapa de Maduro, con la misma planta, la producción anda ya muy por debajo de los dos millones de barriles diarios y disminuye mes a mes.7 Esta caída cercana al 40% permaneció parcialmente oculta por el llamado “superciclo” de los precios entre 2002 y 2014 (en julio de 2008 el barril llegó a los 147 dólares), pero también estos fueron desaprovechados por el régimen. En 2008, el ministro de Economía Alí Rodríguez Araque sostenía que el barril llegaría a los 250 dólares. Esta fe en el alto precio del petróleo era una apuesta desorbitada que el régimen perdió. Los efectos del colapso habrían sido menores si el gobierno hubiera invertido de manera productiva y ahorrado al menos una parte de sus ingresos, como dictaban las reglas originales de pdvsa. (Según estudios, ese ahorro pudo ser de 223.000 millones de dólares.8) No solo no lo hizo, sino que sextuplicó su deuda externa, lo que convirtió al país en el más endeudado del mundo en proporción al pib: 172.000 millones de dólares que representan el 152% del pib.

Además de esa deuda, ¿cuánto dinero ingresó en realidad a Venezuela por la venta de petróleo entre 1998 y 2017? Sin subsidios internos y externos, el ingreso total habría sido de 1,01 billones. Si se toma en cuenta que la gasolina prácticamente se regala en Venezuela (provocando un jugoso negocio de contrabando) y si se restan las ventas subsidiadas a Cuba y los países del Caribe más las que amortizan la deuda con China, el ingreso neto del periodo fue de 635.000 millones de dólares.9 ¿Dónde quedaron todos esos ingresos (suma del ingreso neto y la deuda) que en conjunto rondan los 800.000 millones? La pregunta torturará a generaciones de venezolanos.

Un exministro de Chávez, Jorge Giordani, ha proporcionado parte de la respuesta: estima que 300.000 millones de dólares simplemente fueron robados. Otra parte se despilfarró en proyectos faraónicos e inconclusos, opacas entidades públicas, expropiaciones costosas e improductivas, importaciones masivas que compensaban la falta de producción interna o meramente suntuarias (500.000 autos solo en 2006), crecimiento desbordado del empleo público, subsidios de toda clase, etcétera. Entre 1998 y 2013 –dato clave– el consumo creció un

60% pero la producción solo aumentó un 14%. La conclusión es clara: el verdadero drama de Venezuela no proviene de la caída del precio del petróleo sino del derrumbe histórico de la producción de pdvsa, cuyo patrón de deterioro y desmantelamiento se transfirió intacto a las empresas nacionalizadas y expropiadas. Un ejemplo entre cientos: en 2007 Venezuela exportaba el 85% del cemento que producía; hoy lo importa. Algo similar ocurre en otros ramos: acero, teléfonos, supermercados, granjas de toda índole, productoras de semillas, fertilizantes, ganadería, pesca, transporte, construcción.

En una decisión al mismo tiempo asesina y suicida, en lugar de revertir el estatismo de la Revolución bolivariana para compensar la caída de ingresos petroleros, Maduro optó por imprimir billetes (la inflación acumulada en 2017 fue de un 2.616%) y seguir atendiendo la deuda (cuyo monto con respecto a las exportaciones es también el más alto del mundo, además del más caro), estrangulando las importaciones per cápita de bienes y servicios, que entre 2013 y 2017 cayeron un 75,6% (otro desplome sin precedentes a nivel mundial desde 1960). El peso mayor de esta contracción ha recaído sobre los sectores manufacturero, de construcción, comercio y transporte, pero el ahogo al sector privado es generalizado y ha provocado la desinversión y el éxodo masivo: entre 1996 y 2016 el número de empresas privadas descendió de 12.000 a 4.000.

En la versión oficial, la crisis se debe a una “guerra económica” incitada por el imperio yanqui. Pero Estados Unidos ha sido siempre el principal comprador de petróleo venezolano y prácticamente el único que ahora paga en divisas: 477.000 millones de dólares de 1998 a la fecha. No hay culpables externos del fracaso. El único responsable ha sido el régimen chavista, que en la era de Chávez recibió una lluvia de recursos (inédita en la historia latinoamericana y solo comparable con los productores del Medio Oriente)10 y los despilfarró en una fiesta interminable. Maduro no es el desdichado heredero de Chávez. Su gobierno es la conclusión natural del chavismo, la cruda después de la fiesta. En palabras de Feliciano Reyna, el régimen no es más que “un proyecto militarista, exorbitantemente corrupto, cuyo objetivo es el control político de la población venezolana a la que se está infligiendo un inmenso daño”.

Nada de esto estaba en el horizonte a fines de 2007 cuando comencé a visitar con frecuencia Venezuela. Caracas era la nueva meca de la izquierda europea, latinoamericana y estadounidense que a lo largo del siglo xx había puesto sus esperanzas utópicas en la URSS, China, Cuba, Yugoslavia, Nicaragua y ahora ponía su fe en la Revolución bolivariana. Medios de prestigio11 publicaban reportajes favorables a Chávez. Algunos mencionaban el riesgo del culto a la personalidad, pero sucumbían a él. En sus apariciones públicas –escribió Alma Guillermoprieto, de modo sucinto– Chávez “es indudablemente fascinante y por momentos entrañable”. A pesar de las limitaciones crecientes a la libertad de expresión y la reciente expropiación de Radio Caracas Televisión (la antigua estación independiente), autores reconocidos como Tariq Ali y Noam Chomsky declaraban que Venezuela era el país más democrático de América Latina –aunque Chomsky sí condenó posteriormente el régimen y el caudillismo–. Siendo ellos mismos indulgentes con Cuba, no objetaban la deriva de Venezuela hacia el modelo cubano. Celebraban, con razón, el descenso en los niveles de pobreza que el régimen había logrado con su política redistributiva, pero no veían el daño que el gobierno causaba a pdvsa y a toda la planta productiva que Chávez estaba en vías de destruir, sentando desde entonces las bases del inmenso menoscabo que hoy padece la población, en particular la más pobre. Esta buena prensa internacional desdeñó las voces críticas (maestros y estudiantes de universidades públicas, antiguos guerrilleros, periodistas, empresarios, líderes religiosos y sindicales, académicos, militares retirados) que advertían lo que vendría. Una de esas voces era la de Ramón Espinasa, que a mediados de 2008 me advirtió: “el derrumbe viene aun si el precio no baja de manera sustancial, porque la inercia de gastar más y más es indetenible. La situación actual es esa: los precios caerán hasta cierto nivel, el gobierno no podrá parar el gasto y la producción no se recuperará: su caída es inexorable. De modo que es cuestión de tiempo: la tormenta perfecta viene”. Pero todavía quedaban cuatro años de bonanza, y Chávez los usaría para gastar más que nunca, llevando los déficits públicos a un 10%. Luego del colapso de los precios y con Maduro en la presidencia, entre 2013 y 2015 los déficits llegaron al 20%.12

Chávez era el alma de la fiesta. Basado en su inmensa popularidad, convocó un referéndum que se llevaría a cabo el 2 de diciembre de 2007, en el que proponía decenas de modificaciones constitucionales para consolidar el Estado socialista venezolano: reelegirse de forma indefinida, acotar la propiedad privada, introducir una “nueva geometría política” (un gerrymandering, en el término estadounidense), consolidar a su alrededor un ejército paralelo, suprimir la autonomía del Banco Central, manejar desde la presidencia (de modo directo y discrecional) las reservas internacionales, establecer un “poder popular” basado en comunas. Era sí o no a todo, pero para su sorpresa los votantes dijeron no. “Disfruten su victoria de mierda”, dijo, prometiendo sacar adelante su proyecto por la vía de decretos. Punto por punto, a lo largo de nueve años, su gobierno y el de su sucesor han cumplido esa promesa.

Se trataba de crear un país federado con Cuba. Desde su juventud Chávez había vivido intoxicado por la versión heroica de la historia (su clásico era El papel del individuo en la historia, de Plejánov) aplicada a Venezuela, y a sí mismo. Se sentía el heredero histórico de Bolívar. Pero su meca era Cuba y su “padre espiritual”, Castro. Tras un viaje a la isla, antes de ser electo presidente, declaró su admiración: “Fidel es como el todo.” En una conferencia de 1999 en la Universidad de La Habana, Chávez profetizó: “Venezuela va [...] hacia el mismo mar hacia donde va el pueblo cubano, mar de felicidad, de verdadera justicia social, de paz.” Al enfermar Castro en 2006, contra la opinión de sus asesores más experimentados, Chávez aceleró su proyecto revolucionario.

Para Cuba, que desde 1959 había codiciado el acceso preferencial al petróleo venezolano, la sociedad con Chávez resultó de un beneficio económico inobjetable. En su mejor momento, en 2013, Venezuela tenía el 44% del intercambio comercial de bienes de Cuba, financiaba el 45% del déficit de dicho comercio, compraba alrededor de siete mil millones de dólares en servicios profesionales cubanos (lo cual encubría un fuerte subsidio), suministraba el 65% de las necesidades de petróleo de la isla, así como crudo para refinar en la planta de Cienfuegos construida con inversiones de Caracas; en su totalidad, la relación económica con Venezuela representaba alrededor del 15% del pib de Cuba.13 Aconsejado por Castro, en una especie de transferencia de la estructura educativa y de salud cubana, en 2003 Chávez instituyó las “misiones” educativas y de salud, confiándolas a cuarenta mil cubanos que atendían directamente a la población pobre.

Los críticos señalaban el abandono de la estructura hospitalaria (centenares de hospitales y miles de puestos de atención ambulantes), el reparto demagógico de títulos, la competencia desleal a los productores y, desde luego, el carácter político de la operación porque, con las misiones, Chávez cobraba su munificencia con sometimiento. Ahora las misiones son un membrete, pero permanece intacto el aparato de inteligencia cubano.

Para convertirse en el líder del socialismo del siglo xxi, para heredar a Castro y ser él mismo “como un todo”, Chávez necesitaba permanecer en el poder hasta 2030, en el doscientos aniversario de la muerte de Bolívar. Pero se trataba de una apuesta más, y la perdió. Afectado de cáncer, tras largos y misteriosos tratamientos en La Habana, Chávez murió en Caracas el 5 de marzo de 2013, poco antes del derrumbe de los precios petroleros que arrastraría también el proyecto confiado al hombre elegido por él para heredarlo, Nicolás Maduro.

Patria o muerte, la novela de Alberto Barrera Tyszka,14 es el perfecto testimonio del gozne entre el chavismo y el madurismo. Transcurre mientras el comandante agoniza. Su título proviene del saludo obligatorio instituido por Chávez a las fuerzas armadas en 2007: “Patria, socialismo o muerte”. Por quince años –rasgo esencial del populismo– nadie en Venezuela hablaba más que de Chávez: su última ocurrencia, declaración o medida. Su enfermedad alimentó aún más esa omnipresencia. Desde la incertidumbre de aquellos meses, los atribulados personajes de la novela apenas tienen vida interior. Uno de ellos, el oncólogo retirado Miguel Sanabria, “creía que la política los había intoxicado y que todos, de alguna manera, estaban contaminados, condenados a la intensidad de tomar partido, de vivir en la urgencia de estar a favor o en contra de un gobierno”. En cambio, para su hermano Antonio, “la Revolución era una droga dura, una suerte de estimulante ideológico, una manera de regresar a la juventud”.

Autor de una excelente biografía de Chávez y experimentado guionista, Barrera ha escrito su novela con el suspenso y ritmo de una serie televisiva. Miguel recibe de su sobrino Vladimir (hijo de Antonio, que ha acompañado a Chávez en La Habana) una caja con un teléfono que debe resguardar sin ver los videos que contiene. Pero más que el terror de ser descubierto por los cubanos, la tortura para Miguel es el diálogo de sordos con Antonio. El contrapunto entre los hermanos representa la polarización de Venezuela, producto del odio ideológico (y casi teológico) sembrado a toda hora por Chávez y sus voceros en los medios e internet. Miguel pone frente a Antonio un cúmulo de datos objetivos: los alimentos que se pudren en los puertos, las ligas de los políticos con el narco, la resurrección del viejo militarismo. Nada lo convence. Los males son herencia del capitalismo, obra de los gringos y la oligarquía. La conciliación es imposible porque para Antonio la Revolución es impermeable a la crítica, una fe cuyas promesas siempre podrán cumplirse en un futuro prorrogable. Descreer de esa fe era ser un “escuálido”, epíteto acuñado por Chávez para descalificar a sus críticos. Miguel era un “escuálido”.

Cuba es el Big Brother del libro: “en un acto de sorprendente sumisión –dice el narrador– el gobierno había cedido a funcionarios cubanos el manejo del sistema nacional de identificación, así como la administración y el control de los registros mercantiles y de las notarías públicas. Se decía [...] que en casi todos los ministerios, incluyendo la Fuerza Armada, se contaba también con la presencia de asesores cubanos”. Así lo comprobaría otro personaje, Fredy Lecuna, un periodista que toma riesgos inverosímiles para escribir una novela sobre la agonía de Chávez, solo para terminar escribiendo el libro que los espías cubanos (que lo han seguido de principio a fin) le ordenan y pagan.

Las mejores páginas exploran los sentimientos colectivos de gratitud hacia Chávez. Una mujer humilde le explica a Madeleine, una periodista estadounidense experta en Max Weber, que ha ido a Venezuela a estudiar in situ el carisma:

Chávez me cambió la vida [...] pero de acá, de la cabeza. Me cambió la forma de pensar, de mirar, de mirarme a mí misma. ¿Que qué me ha dado? Tú dices, ¿en concreto? Cómo te digo. Es que nosotros no teníamos nada, no éramos nadie; o mejor dicho: nosotros sentíamos que no éramos nadie, que no teníamos valor, que no importábamos. Y eso fue lo que cambió Chávez. Eso fue lo que nos dio.

El comandante era uno de ellos, hablaba con ellos y por ellos. “Chávez me enseñó a ser yo y a no tener vergüenza.”

Pero el vínculo tenía también una evidente intención política: apelaba a la religiosidad natural de un pueblo proclive a la fe, la magia y la santería, para manipularlo. Chávez había llevado a extremos escatológicos su identificación con Bolívar al grado de abrir su sarcófago, descubrir sus huesos, ordenar un retrato a partir del adn, y revelar a un Bolívar no criollo sino mulato, como Chávez. Pero, en su agonía, la identificación con el prócer histórico era insuficiente. Había que apuntar más alto.

Madeleine lograría ver a Chávez de lejos, en la última visita del líder a Sabaneta, su pueblo natal. Ahí comprobaría que el carisma es inseparable de lo que Barrera llama “los carismados”, que escuchan arrobados a un Chávez moribundo en quien ven al redentor reencarnado: “Dame vida, Cristo, dame tu corona, dame tu cruz, dame tus espinas, yo sangro pero dame vida, no me lleves todavía porque tengo muchas cosas por hacer.”

Finalmente, el oncólogo Sanabria se atreve a ver las imágenes del celular que resguarda. Son imágenes de Chávez llorando, pidiendo que no lo dejen morir. ¿Por qué la secrecía?, le pregunta Madeleine.

“Porque los dioses no tienen cuerpo. Los dioses no gritan de dolor, no sangran por el culo, no lloran. Los dioses no suplican que los salven. Los dioses nunca agonizan.”

El encargado de que el dios no muriera nunca ha sido Nicolás Maduro. “Sacerdote del chavismo”, lo llama el periodista venezolano Roger Santodomingo, autor de una breve biografía –más bien un reportaje– publicada en 2013 a partir de un par de entrevistas realizadas años antes.15 Nacido en 1962, Maduro recordaba a detalle las escenas de “brutalidad policiaca” que presenció de niño. De joven –además de roquero y beisbolista– mantuvo vínculos con organizaciones de izquierda gracias a las cuales en 1986 pasó meses en Cuba estudiando marxismo-leninismo. Por algún tiempo fue chofer de Metrobús. Aunque en 1993 visitó a Chávez en la prisión, no pertenecía al círculo cercano y pasó casi inadvertido como diputado de la Asamblea. Su vertiginoso ascenso ocurrió a partir de 2006, cuando Chávez lo nombró ministro de Relaciones Exteriores. Rodeado de figuras mayores de las que procuraba liberarse o de militares coetáneos de los que desconfiaba, Chávez necesitaba acercarse a los jóvenes y terminó por reconocer en Maduro a su devoto incondicional. En su gestión diplomática –desplegada en los años de bonanza petrolera– consolidó las alianzas del régimen con los países sudamericanos afines,

Nicaragua, Bolivia, Ecuador, Argentina. Pero fue la intimidad coCn hávez durante su enfermedad lo que impulsó su carrera hasta la presidencia.

Maduro tuvo un mesías anterior a Chávez. Era Sai Baba, hasta cuyo ashram Prashanti Nilayam o “Morada de Paz” en la India peregrinó con su esposa Cilia Flores, lo que implicaba “una travesía aérea de veinte horas de ida y veinte de vuelta”. Su apego a Sai Baba – que fue gran amigo, admirador y beneficiario del dictador ugandés Idi Amin– explica su uso frecuente de una túnica color naranja, su saludo a la usanza india con las manos juntas frente al rostro y la supersticiosa convicción de una fuerza superior que lo protege. Sin renunciar a esa devoción, Maduro la transfirió a Chávez. Siendo ya vicepresidente y ministro de Relaciones Exteriores, se volvió su vocero, su apóstol. Y, tras su muerte, se erigió en el san Pedro de la iglesia chavista. Con tal manto de santidad, se entiende por qué las revelaciones de la bbc sobre la pedofilia y corrupción de Sai Baba no lo inquietaron, como tampoco la brutalidad policiaca multiplicada de su régimen contra los jóvenes.

“Yo soy Chávez”, dijo Maduro, poco antes de la muerte del comandante. Pero, aunque hablara como Chávez, no era Chávez. El régimen ha perdido cualquier aura religiosa. Es una dictadura que ha declarado una guerra de desgaste y empobrecimiento contra su propio pueblo, forzando su sumisión o su exilio (cerca de dos millones de venezolanos han emigrado en veinte años), en espera de ganar una nueva apuesta: el alza del precio del petróleo. En las elecciones de 2018, que adelantó para abril, el régimen prohibió la participación de los principales líderes de la oposición. Es la historia de un fraude anunciado.

A lo largo de la historia venezolana, llena de guerras civiles y tiranías, los militares han intervenido para introducir cambios radicales. Ocurrió en 1945, cuando entregaron el poder a los civiles y abrieron paso a un breve ensayo de democracia (1945-1948) que prefiguró la etapa de un bipartidismo (1959-1999), que a la distancia tuvo más aciertos que errores, pero cuyo orden se derrumbó para dar paso a la República bolivariana que hoy está en quiebra.

Ahora, incluso esa salida es improbable. “Los militares –me explica Miguel Henrique Otero, director de El Nacional, antiguo periódico que sobrevive con precariedad– están divididos en diversos grupos, unos manejan las empresas públicas, otros tienen vínculos con el narco, otros están en cargos públicos. En 2002 había setenta generales en Venezuela, ahora son mil doscientos, más que en la otan. La tropa gana poco, y en ella cunde la violencia y la deserción. En el ejército no parece haber ya incentivos morales o, si los hay en los mandos medios, quienes los abrigan viven atemorizados por el espionaje cubano. Venezuela se ha vuelto un protectorado de Cuba.” Recientemente, hay que agregar, un militar de la Guardia Nacional Bolivariana, represor de los manifestantes en las protestas del 2017, fue nombrado director de pdvsa.

Aunque el régimen parece tener todo bajo control, el costo humano y material de su propio fracaso puede sepultarlo. “Si la economía se queda como está nos morimos”, afirma Hausmann. No exagera: si la producción petrolera no se recupera, aun con un eventual ascenso de los precios, Venezuela está condenada a la hiperinflación, de la cual ninguna nación (o solo Zimbabue) ha salido viva. Y aunque el libreto cubano (control mediante la escasez) se siga aplicando al pie de la letra, en condiciones extremas de hambre y enfermedad no puede descartarse un estallido social de enormes proporciones.

¿Hay una salida posible? Venezuela podría recuperarse con un cambio de régimen económico que, permitiendo de inmediato la ayuda humanitaria mundial para alimentos y medicinas, negociase una quita sustancial al monto de la deuda, una amplia moratoria al pago de la misma, y con los recursos resultantes comenzara a abrir la compuerta de las importaciones para revivir la producción interna. Y, para ser creíble, este cambio económico tendría que acompañarse con un cambio de régimen político que garantice elecciones soberanas, libere a todos los presos políticos y reconozca a la Asamblea Nacional como la única legítima.

Maduro se negará a esta vía (su único propósito es permanecer en el poder a toda costa), pero el abismo en que ha caído Venezuela es tan grande que con certeza contaría con una solidaridad casi universal. Por desgracia, Estados Unidos, que podría propiciar ese desenlace, pasa ahora por una alucinación colectiva entre carismático y carismados no muy distinta a la del chavismo. A pesar de la solidaridad de los principales países latinoamericanos y europeos, Venezuela está tan sola como la mujer que languidece en uno de los dantescos hospitales de Venezuela: “Un país tan rico, teníamos todo y lo destruyeron. Y lo que falta.” ~

Una versión de este texto apareció originalmente en la New York Review of Books.

1 El software de Smartmatic, la compañía que proveyó el soporte para la elección, dio este dictamen.

2 “Background and recent economic trends”, el reporte de julio del Harvard’s Center for International Development.

3 El salario mínimo mensual en diciembre fue de casi dos dólares.

4 Entre ellas la Organización Mundial de la Salud, el alto comisionado estadounidense de Derechos Humanos, Cáritas Venezuela, Médicos por la Salud y el Observatorio Venezolano de la Salud.

5 Un paquete típico de clap contiene pequeñas porciones de pasta, arroz, leche en polvo y atún enlatado.

6 Concluido en agosto de 2017, este ensayo permanece por el momento inédito.

7 Estrictamente, la producción de petróleo por parte de pdvsa es actualmente de solo 800 mil barriles diarios (mbd). El resto viene de empresas externas con quienes pdvsa mantiene acuerdos. Véase Francisco Monaldi, Venezuela’s oil: Massive resources, dismal performance, Center for Energy Studies, Rice University’s Baker Institute, mayo de 2017.

8 Francisco Toro, “Venezuelan collapse has nothing to do with falling oil prices”: http://on.ft.com/2D0kynC

9 Espinasa y Sucre, p. 79.

10 Francisco Monaldi, op. cit.

11 La bbc, The Guardian, The New Yorker, entre otros.

12 Monaldi, op. cit.

13 Carmelo Mesa-Lago, “Cuba vivirá una grave crisis si termina la ayuda venezolana”, El País, 9 de diciembre de 2015.

14 Alberto Barrera Tyszka, Patria o muerte, Barcelona, Tusquets, 2016.

15 Roger Santodomingo: De verde a Maduro. El sucesor de Hugo Chávez, Bogotá, Debate, 2013.

http://www.letraslibres.com/mexico/revista/la-destruccion-venezuela

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Víctor Jiménez Ures

Le invito a reflexionar sobre los siguientes puntos:

1. ¿EL DÓLAR PARALELO FUE DERROTADO POR EL PETRO?

Ante todo, debemos tener en cuenta que el precio del dólar paralelo no está bajando por obra y gracia del Petro, como nos han querido hacer ver; sencillamente, para estas fechas todas las empresas y los comerciantes están concentrados en las declaraciones tributarias, y por tanto, son pocos los que están buscando dólares en el mercado negro, paralelo, o como quieran llamarle. En efecto, si revisamos los índices históricos de cotización, encontraremos que, desde hace varios años, durante los meses de febrero-marzo, la demanda de dólares tiende a bajar, y por tanto (ley de mercado) el precio también.

En efecto, el mercado opera como la naturaleza, (muchas veces en su cara más cruda), y basta observar su comportamiento para entenderle e incluso lograr predecir sus ciclos. En este contexto, desde una perspectiva meramente estratégica, y enfocada en la publicidad engañosa, no puede menos que reconocerse el innato talento para el mal que tienen los agentes de la dictadura, pues sin dudas, elegir para el lanzamiento del Petro, justamente las fechas en que históricamente el dólar negro tiende a caer, no puede menos que calificarse como “ingeniosamente oportunista”.

2. PETRO EN LA TEORÍA.

Se trata de una Criptomoneda, cuyo principio general es “La Confianza”, pero que además, se ve respaldada por las enormes reservas petroleras de Venezuela, específicamente por 5.342.000.000 de barriles del campo N° 1 del Bloque Ayacucho de la Faja Petrolífera del Orinoco, cuestión que supuestamente la hace muchísimo más fiable.

3. PETRO EN LA PRÁCTICA. LOS BARRILES

Ya se dijo que la base fundamental del Petro es el petróleo, sin embargo, no es que se trate de barriles pintados de rojo almacenados meticulosamente en un galpón, nada más alejado; la verdad es que esos “barriles” están en el subsuelo esperando a ser extraídos. Así las cosas, la falta de inversión y la escasez de personal calificado para dirigir el rumbo de la Estatal petrolera venezolana, PDVSA, ha traído como consecuencia la dramática caída de la producción de barriles de petróleo.

Siendo breves, en 1998, la capacidad de producción diaria de barriles de petróleo era de 3.500.000, y a la fecha, en lugar de haber aumentado, declinó alarmantemente a la mitad. En números, podemos decir que en diciembre del 2017, la capacidad de producción petrolera de Venezuela cayó a 1.621.000 de barriles diarios, lo cual representa su registro más bajo en tres décadas.

No obstante, debemos diferenciar entre producción y capacidad de producción, que se parecen, pero no son lo mismo, y en el caso de la economía internacional, son “sutilezas” que explican el éxito o el fracaso de una nación. Como sabemos, guste o no, la economía internacional se rige por las leyes de mercado, capitalistas y salvajes, y justamente en esas aguas el fallecido presidente Hugo Chávez, que en paz descanse, se hizo famoso como uno de los especuladores y acaparadores más influyentes del siglo XXI. Fue justamente Chávez quien operó políticamente a todos los países de la OPEP para recortar la producción petrolera, generar escasez y por tanto propiciar el alza de los precios del petróleo.

Para esos días Venezuela tuvo su época de vacas gordas, todos los países árabes bajaron la producción de petróleo y el precio del barril se disparó; de cierta forma, fue Chávez quien inició el bachaqueo, pero a gran escala. Ahora bien, en una economía sanamente planificada los países deben ser previsivos, tomar en cuenta sus ingresos y egresos, y de esta forma planificar sus márgenes de inversión y ganancia en los diferentes sectores de la economía nacional. Es justo en este punto donde la dictadura bolivariana erró dramáticamente, y es que todas las divisas que entraron fueron gastadas en “Inversión social” (eufemismo para definir el chantaje político al pueblo) o desaparecieron misteriosamente en negocios sombríos con empresas de maletín, y poco o nada se empeñó en el mejoramiento y modernización de la industria petrolera. Amén de los despidos masivos de los que fueron víctimas aproximadamente 20.000 trabajadores experimentados en el año 2002, sustituyéndoles en su mayoría por personal sin capacitación ni experiencia, casi siempre en el marco del nepotismo y el clientelismo político.

En este orden de ideas, cuando la marea económica internacional cambió, y el barril petrolero bajó de precio, la gran mayoría de los países de la OPEP, aunque resintieron el golpe, salieron a flote sin mayor problema, pues habían invertido en su capacidad de producción, así, aumentaron la extracción de barriles diarios y compensaron las pérdidas generadas por los precios bajos; Venezuela, en cambio, no logró ponerse al día con las cuotas de producción diarias, y viéndose rezagada, inició su carrera al abismo.

En este punto, es menester recalcar que gran parte de nuestro petróleo es pesado (mala calidad) y resulta imprescindible refinarlo a través de aditivos químicos o mezclándole con petróleo liviano, a los efectos de su óptima comercialización. Más concretamente, Venezuela tiene en sus reservas 316.000.000.000 de barriles, de los cuales 40.000.000.000 son de crudo liviano. Sin embargo, los costes de extracción son tan elevados (y más ahora que no tenemos divisas y el deterioro de las maquinarias es tan agudo) que nuestro país se ha dado a la tarea de comprar petróleo a otras naciones pues les resulta más rentable… sí, PDVSA compra petróleo…humillante.

Otra desgracia para PDVSA: Casi no tenemos capacidad para refinar nuestro propio petróleo, y la poca que tenemos irá disminuyendo con el pasar de los meses. Los constantes accidentes en la refinería de Paraguaná dan fe de la falta de mantenimiento y el progresivo deterioro de los complejos refinadores que, tristemente, no son prioridad para la dictadura, en tanto que, los pocos ingresos que le entran, se destinan a la manutención de su gigantesca administración pública y demás chantajes sociales, como lo es el CLAP. Debe tomarse en cuenta que el 40% de los barriles obtenidos tan precariamente, le son arrebatados a la Estatal petrolera venezolana para cumplir los acuerdos políticos alcanzados con China y Rusia.

Dado que la dictadura se dedicó a desmantelar sistemáticamente el sector privado de Venezuela, debe resaltarse que nuestra malhadada PDVSA genera el 95% de los ingresos en moneda extranjera que recibe Venezuela, y que éstos no son suficientes. Es por ello que Nicolás Maduro ha debido romper el cochinillo y apelar a nuestras reservas Extranjeras, que ya en agosto del año 2017 había tocado su punto más bajo en 40 años, ubicándose en aproximadamente 9.228.000.000 de dólares, que parece mucho, pero para un país, es alarmante.

En resumen, PDVSA está al borde de la ruina, y cada vez tiene menos posibilidades de sacar el petróleo que sustenta al Petro. Aunque quisieran, Nicolás Maduro y su combo no pueden invertir en el sector petrolero, pues deben concentrar los pocos recursos que les llegan en tapar los baches que a diario se multiplican. Dado que están aferrados al poder y se han caracterizado por la nefasta política del “Como vaya viniendo vamos viendo”, todo indica que sus movimientos naturales irán encaminados a hipotecar el país entero a China o Rusia, enfocados en el presente, y sin pensar en el futuro.

LA CONFIANZA

Baste decir que la agencia de calificación S&P Global Ratings rebajó siete calificaciones de bonos globales de Venezuela desde CC a D (default), específicamente se trataba de los bonos que vencen en 2018, y una en cada uno de los siguientes años: 2022, 2027, 2031, 2034 y 2038, de los cuales vencerán pagos de cupones durante el primer trimestre de 2018. Según esta agencia, su decisión se basó en que no tiene expectativas de que la dictadura venezolana realice los pagos oportunos de sus cupones, como ocurre con otros desde noviembre de 2017. Es decir, a nivel de economía internacional, la Venezuela de Nicolás Maduro es considerada “Mala Paga”, justamente eso es lo que significa que un país entre en Default. De hecho, Venezuela adeuda más de 500.000.000 de dólares en cupones cuyo periodo de gracia ya venció.

Por lo anterior, no se puede hablar de la Venezuela chavista como un deudor confiable, y en razón de ello, poner dinero en sus manos es literalmente echarlo a la basura…nunca lo pagarán. En caso de dudas, pregúntenles a los cubanos, que le embargaron a PDVSA su participación en la Refinería Cien Fuegos (Cuba) como compensación a la falta de pagos que acumulaba Venezuela… ¿Qué diría Chávez de esto?

LA REALIDAD

Si algo ha caracterizado a la dictadura es su nefasto manejo de la economía, y de esta forma, ante la escasez y la inflación, opta por elevar los salarios e imprimir más dinero inorgánico, lo cual, desde luego, empeora las cosas. En este mismo sentido, pareciera que se decantaron por reeditar la receta, sin embargo, dado que no tienen una maquinita para imprimir dólares, han optado por inventarse el Petro: una moneda imaginaria.

Resulta alarmante el solo hecho de pensar que, ante la falta de divisas extranjeras, la dictadura comience a pagar con Petros, no tanto para propiciar su movimiento en el mercado, sino para suplir su liquidez efectiva de capital. En efecto, los Petros no son canjeables por los barriles de petróleo que en teoría les sustentan, ni por dólares del Estado, los Petros son Petros y ya.

Quien compre Petros, solo podrá gastarlo en mercados que acepten Petros… y en vista de la situación internacional de Venezuela, no han de ser muchos…

Todo indica que el plan es desplazar al bolívar y a los bonos soberanos, que ya nos les sirven, y tratar de imponer una nueva moneda de curso que, además de imaginaria, posiblemente termine destruyéndose por su poca fiabilidad, así como el uso abusivo y desesperado que le darán.

Atentos, este es el único gobierno que se inventa una guerra económica imaginaria… y la pierde.

@VAJimenez1

La Patilla

Marzo 2, 2018

 7 min