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Opinión

Fernando Mires

Los acontecimientos continúan sucediéndose. En la noche en que escribo estas líneas, Kiev está rodeada por los tanques de Putin. Nadie sabe lo que pasará mañana. En las Naciones Unidas los representantes de cada país pronuncian discursos que quedarán para la historia pero no la cambiarán. Ursula von der Leyen, comisionada de la UE, planteó claro el dilema.

Ucrania está a punto de caer en las manos de Putin, un agresor cuyo equivalente más cercano solo puede ser Hitler. Lo más probable es que Ucrania no sea un episodio aislado en el mar de la historia. Habrá un después de Ucrania y en ese después el mundo seguirá atravesado por una contradicción que es la misma que llevó Putin a atacar a Ucrania. Esa es la contradicción que hoy se presenta -en las palabras de Biden que Ursula von der Leyen hizo suyas- entre autocracias y democracias, entre estados que se rigen de acuerdo al derecho constitucional e internacional y gobernantes que intentan imponer la ley de la selva. Esa contradicción es a su vez también la misma que en términos antropológicos ha impregnado a toda la historia de la humanidad. Es la que se ha dado y sigue dándose entre la civilización y la barbarie.

La historia no tiene porque ser diferente a sus actores. Así como en cada ser humano laten los impulsos más agresivos y las ideas más sublimes, así ocurre en el alma colectiva, constatación que hizo decir a Kant que, aunque si fuéramos ángeles necesitamos de una república asentada sobre la base de leyes. El economista A. O. Hirschman, reviviendo la constatación kantiana, sugirió que el progreso de la humanidad solo ha sido posible gracias a la conversión de las pasiones en intereses. Pesimista como era, Hirschman pudo percatarse, además, que las pasiones lograban disfrazarse cada cierto tiempo bajo la forma de intereses para terminar imponiendo su hegemonía sobre otras instancias del ser. En cierto modo Hirschman rearticulaba una idea sugerida por Freud, a saber, que el Yo racional es el resultado de una conflagración entre nuestros impulsos primarios – entre ellos el de matar– anidados en las capas superiores del Ello y los de nuestros ideales, encapsulados en el por Freud llamado “aparato” del Sobreyo. De esa conflagración comenzó a surgir esa línea mediadora que es nuestro Yo de cada día. Un Yo que debe coordinar entre nuestra naturaleza más arcaica y el mundo de la razón, tarea que demanda tanto trabajo que en algunos termina por ocasionar un profundo malestar. Es el que Freud llamó, Malestar en la Cultura. Tesis muy conocidas y que aparentemente nos llevarían a contradecir las teorías evolucionistas de Charles Darwin, no en el sentido de que la humanidad avanza desde formas simples a más complejas, sino en que las primeras no han sido superadas por las segundas.

Hay dos modos de entender a Darwin. Podemos hacerlo de un modo mecánico, que es el que se enseña en las escuelas secundarias, o podemos entenderlo de un modo dialéctico. Marx, que como Hegel era dialéctico lo entendió así hasta el punto que pensó dedicar El Capital al evolucionista británico. Al final, tal vez para no meterse en bretes, optó solo por enviarle como regalo su monumental obra. Nunca se supo si Darwin la leyó.

Desde el punto de vista dialéctico, el humano no habría sustituido sino solo superado al mono de tal modo que el mono continuaría viviendo al interior de cada humano, domesticado por el poder de nuestra razón e inteligencia. O dicho así: nuestra civilización, surgida de la más oscura noche de la barbarie, no habría anulado ni sustituido a la barbarie sino simplemente integrado de modo subordinado al interior de la civilización.

En términos darwinianos, las mutaciones cambian o modifican el curso del desarrollo de las especies, pero no eliminan las fases primarias, simplemente las transportan a nuevos estadios. Por lo mismo, ni como seres individuales ni como seres colectivos estamos libres de caer en los pozos de la barbarie más primaria. Ahora bien, justamente, para evitar esas caídas, nos hemos inventado las religiones, después la moral codificada o civil, y finalmente las leyes y las constituciones por las que regimos los actos de nuestra vida en ese espacio que a falta de un nombre mejor denominamos sociedad. En términos antropológicos, el Homo sapiens no había suprimido al neandertaler sino, de acuerdo al conocido postulado de Yuval Harari, a vivir junto con él, o más todavía: con él y en él, integrado en nuestra propia naturaleza. Pero ese bárbaro maltratado por la civilización y la cultura se niega a desaparecer y cada cierto tiempo asoma su desobediente cabeza, sin borrar del todo a la civilización sino -y este es el caso de los grandes criminales de la modernidad como Hitler, Stalin y Putin -sirviéndose de alguno de sus logros, sobre todo de la ciencia y de la técnica– para imponer su ideal supremo: el regreso a la barbarie. Si quisiéramos definir a Putin en una fórmula física habría que escribir entonces: A+BA =P (Atila, más bomba atómica, igual Putin)

Como la historia no está determinada por nada diferente a su propia autoreproducción, las mutaciones experimentadas a través de su curso han sido casi siempre resultados de casualidades o errores, vale decir, de hechos no previstos. Y bien, una de esas invenciones ha sido la democracia, la que no habría sido nunca posible si no hubiéramos inventado antes a la política, pues la democracia no es más que una forma de la política.

De la política en la polis nació la democracia a la que podemos definir provisoriamente (toda definición es provisoria) como un orden político reglamentado por el derecho público y privado surgido de la discusión y del debate público en el espacio de un territorio llamado nación. El estado-nación, sería, a su vez, la nación jurídica y políticamente constituida. Esa constitución de cada nación es la que explicaría, entre otras cosas, porque entre dos naciones políticas y democráticas nunca ha habido guerra. Lo que no quiere decir que entre dos naciones democráticas no surjan antagonismos. Quiere decir simplemente que esos antagonismos son regulados por dispositivos racionales (órganos discutitivos o parlamentarios) del que carecen las naciones no democráticas.

Las guerras, o confrontación no política, surgen siempre entre naciones no democráticas, o entre una nación no democrática y otra democrática. Disculpen, pero es así. Ha sido siempre así. Y eso quiere decir que, para vivir en paz, no solo requerimos de instituciones republicanas civilmente reglamentadas como ocurrió en la antigua Roma, sino de instituciones que regulen interna y externamente las diferencias a través del debate discursivo, como ocurrió en la antigua Grecia.

Cuando hay diferencias entre naciones no democráticas prima la hegemonía de la guerra por sobre la política. Para decirlo con ejemplos subjuntivos: Si Rusia o Alemania, Serbia o Austria, hubiesen estado dotadas de instituciones democráticas no habría sido posible la primera guerra mundial. O si Hitler no hubiera logrado destruir el legado democrático de la república de Weimar, no habría habido una segunda. Y si en Rusia, la revolución democrática iniciada por Gorbachov y Jelzin no hubiese sido traicionada por Vladimir Putin, no estaríamos al borde de la tercera guerra mundial. Frente a la Rusia de Putin ha fracasado la diplomacia y la política internacional. Si en Rusia no se hubiese impuesto el autocratismo putiniano sobre la débil democracia que sucedió al fin del comunismo, hoy habría distensión en el mundo y Ucrania, convertida en nación independiente y soberana, se aprestaría a vivir en paz y en democracia como cualquiera otra nación de Europa.

De acuerdo al discurso de Putin, la agresión a Ucrania es una respuesta a la expansión de la OTAN cerca de sus fronteras geográficas. En ese sentido Putin pasará a la historia (vamos a suponer que la historia continuará después de Putin) como un manipulador superior a Hitler y a Stalin. No fue en efecto la expansión de la OTAN lo que llevó a la amenaza putinista, sino esta -materializada en genocidos como los de Chechenia o Georgia, o apropiaciones coloniales como en Bielorrusia y Siria- lo que ha llevado a la expansión de la OTAN.

No obstante, en un punto tiene razón Putin. No la NATO, ni siquiera las instituciones públicas occidentales son exportables. La democracia es expansiva, incluso imperialista, aunque no quiera serlo (Michael Ignatieff nos habla incluso de un imperialismo democrático). La realidad lo muestra así. Los jóvenes rusos no miran hacia el pasado arcaico de la Rusia de Putin sino hacia el mundo occidental. Miles de ciudadanos que viven bajo dictaduras o autocracias solo anhelan vivir en los países democráticos del occidente político. Visto así, una democracia como la ucraniana, habría sido para la autocracia rusa tan intolerable como fue la vecindad de la Alemania Democrática para la Alemania Comunista. Nadie quería atravesar el muro hacia el lado oriental. Eso lo sabía hasta ese oscuro y alcoholizado espía llamado Vladimir Putin, cuando vivía en la Alemania comunista. Ucrania, fue quizás su deducción, no debía ser nunca democrática como lo fue Alemania Occidental. Y si llegaba a serlo, debería ser destruida. La democracia es y será siempre un mal ejemplo para los dictadores.

No se trata por supuesto de que en las naciones occidentales habitan ángeles democráticos. La democracia está tejida sobre una frágil estructura y en cualquier momento puede ser destruida, eso lo sabemos todos. En los propios EE UU, el trumpismo, no solo el de los republicanos, rinde culto a Putin. No hablemos de América Latina donde la anti- democracia suele tomar formas masivas (o populistas). Putin como Hitler y Stalin ayer, ha captado que el Homo politicus, producción exquisitamente occidental, no ha asegurado su hegemonía en Occidente, vale decir, que la historia es perfectamente reversible, si no hacia el pasado, hacia otro mundo social y políticamente peor al que conocemos.

El Homo politicus es un proyecto, y no tiene ningún lugar asegurado en el futuro. Tampoco está escrito -eso sería darwinismo puro– que todas las formaciones sociales deben avanzar necesariamente desde el Homo sapiens al Homo politicus. Hay por ejemplo una gran nación llamada China que nunca ha conocido algo parecido a la democracia. China evoluciona, pero hacia otros lindes que no tienen nada que ver con los del mundo occidental. Así lo entendió perfectamente Henry Kissinger después de sus conversaciones con Mao. “China tiene otra historia, dejemos que ellos vivan la suya y nosotros la nuestra, al fin no somos vecinos y no tenemos por qué saludarnos todos los días”, fue tal vez la pragmática conclusión del gran historiador y ministro de Nixon. Distinto es el caso de Rusia, nación que tiene puesto un ojo en la democracia europea y otro en el despotismo asiático. Cuando Rusia (me refiero a sus representantes) ataca a Ucrania, en el fondo lucha consigo misma. Y eso la hace más peligrosa. Pero sobre todo, más impredecible.

Las democracias de Occidente deben aprender a dirigirse y activar a la parte democrática que late en Rusia, pero al mismo tiempo a defenderse de una barbarie despótica, como es hoy la putinista. Tarde, pero necesariamente, Europa Occidental ha entendido que la democracia liberal no puede ser liberal con sus enemigos. Que así como necesitamos dentro de la polis no solo a la polí-tica sino también a la poli-cía para defendernos de nuestros propios bárbaros, necesitamos también de los ejércitos para defendernos de los eternos Atilas que desde fuera nos asolan.

¿Y si el bárbaro -en este caso Putin- nos amenaza directamente y desde un comienzo con el exterminio atómico? A veces hay que aceptar y decir que frente a determinadas preguntas no podemos tener siempre una respuesta inmediata. El Homo politicus no responde siguiendo sus intuiciones sino de acuerdo al orden que imponen los hechos, tal como ellos se van dando. Estamos efectivamente frente a un desafío inédito en la historia universal y sobre ese tema tenemos que seguir pensando y discutiendo de un modo muy intenso.

3 de marzo 2022

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2022/03/fernando-mires-homo-politicus.h...

 9 min


Mariza Bafile

Las bombas que incendian Ucrania muestran una realidad que, hasta tan solo unos meses, pensábamos imposible. El mundo se está acercando peligrosamente a una tercera guerra mundial. Un conflicto que sería muy diferente de los anteriores ya que esta vez los países tienen armas nucleares.

Aun tomando en cuenta el ciego narcisismo y deseo de poder de Putin, nos resulta difícil entender hasta dónde piensa llegar y si, en su locura, confía más bien en la cordura del resto del mundo.

Los intereses geopolíticos y económicos que se mueven detrás de sus acciones son evidentes, así como lo son los de Estados Unidos y Europa. Sin embargo, hasta este momento, conflictos similares se resolvieron transitando las vías diplomáticas. De no ser así Estados Unidos hubiera tenido que bombardear Venezuela, Nicaragua, Bolivia, Argentina, Brasil, países todos que abrieron las puertas tanto a Rusia como a China y por lo tanto escapan, cada día más, de la influencia de Estados Unidos.

Bien lo están demostrando en los actuales momentos. En cuanto empezó el conflicto ucraniano, Venezuela corrió a arrodillarse frente a Rusia y a asegurar todo su apoyo a Putin. Lo mismo hicieron Cuba, Nicaragua y con menos vehemencia Bolivia. Más cuidadosas las posiciones de Brasil y Argentina, cuyos presidentes coquetearon con Rusia al punto que Bolsonaro visitó ese país a pesar del conflicto creciente con Ucrania, y Fernández quien también fue a Moscú a principios de febrero, dijo que “Argentina debe ser la puerta de entrada de Rusia en América Latina”.

Desde el momento en el cual, gracias a Chávez en Venezuela, se abrió la posibilidad de tener una presencia fuerte en América Latina y además en un país particularmente cercano a Estados Unidos, Putin ha aprovechado para insinuarse y crear alianzas en una región que siempre estuvo bajo la influencia norteamericana. Lo mismo ha hecho en África, Asia y Oriente Medio. Su objetivo: el de volver a tener el poder internacional que un día fue de la Unión Soviética y que perdió tras la caída del Muro.

En ese contexto América Latina juega un papel al mismo tiempo marginal, por su lejanía de Rusia, y fundamental por su cercanía con Estados Unidos. Más de una vez de manera más o menos velada Rusia ha amenazado con posicionar misiles en Venezuela.

Para alcanzar sus objetivos Putin ha empleado, hasta el momento, todas las tácticas de la guerra blanda, desde los hackers que lograron modificar las elecciones en Estados Unidos, hasta la entrega de vacunas contra la Covid-19 a varios países de América Latina, al apoyo económico a los gobiernos de Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia y a las promesas de ayuda a Bolsonaro y Fernández.

Sin contar el sostén a las campañas de desinformación de gobiernos que necesitan mostrar una realidad distorsionada a sus ciudadanos.

Si a esto agregamos el respaldo del ex presidente Trump a Putin y sus consideraciones sobre la necesidad de replicar sus acciones (es decir someter con las bombas) en México, la actitud complaciente de China, así como las simpatías de las cuales goza el líder ruso entre los movimientos de derecha en otras partes del mundo, se vuelve cada día más evidente que el conflicto en Ucrania responde sobre todo a una clara voluntad de construir un nuevo orden internacional. Ucrania representa solo un primer paso para alargar más y más las fronteras rusas e imponer una visión autoritaria de la gobernanza.

Eso conllevaría a la destrucción de todo vestigio democrático. Es lo que ya está pasando en Rusia, país en el cual la oposición es silenciada con la fuerza y los derechos humanos son regularmente pisoteados.

Por esas mismas razones Rusia se está transformando en el sueño hecho realidad para los autócratas quienes consideran superflua toda concesión a la voluntad de las personas. El nuevo orden al que aspiran es claramente antidemocrático. Por un lado, pretende sofocar, a nivel interno las escogencias individuales de vida, y por el otro, a nivel internacional, desea someter los países más débiles a las decisiones de los más fuertes.

Muchas y graves son las consecuencias a las que llevará el conflicto que empezó con el bombardeo de Ucrania por parte de las tropas rusas.

Nadie en el mundo, y mucho menos América Latina, será exento de sufrirlas.

@Mbafile

28 de febrero 2022

ViceVersa

https://www.viceversa-mag.com/ucrania-y-america-latina/?goal=0_fd015c953e-å1c394f31d1-443605597&mc_cid=1c394f31d1&mc_eid=5c25f6a6b5

 3 min


José Machillanda

La guerra es el choque natural entre elementos de daño y defensa del que disponen dos poderes sociales del Estado que se encuentran en oposición de intereses, tal como lo explica Villa Martín. La guerra decretada por Rusia estremece al mundo, así como a múltiples e importantes actores globales que se dilatan en análisis prospectivos para reconocer sus impactos geopolíticos, geoeconómicos y estratégicos, con la gravedad que permea este grave conflicto. En consecuencia, reconocer los aspectos referidos a la guerra como la seguridad y la injusticia es la tarea dialéctica propia de quienes representan el poder político, que de manera simplista han tomado lo que se llama el poder político de Rusia.

La guerra hoy en el siglo XXI debe ser entendida como una amenaza para cualquier grupo social, habida cuenta sus características y capacidades para encima de la confrontación táctica-militar y el grave daño que padece una sociedad por la vía de la táctica al generar grave daño en espacios distantes y en áreas diferentes, como son la economía, las relaciones internacionales y -en especial- la geoestrategia en el inmediato futuro. Venezuela como país democrático, con una ubicación de basto interés estratégico, además de una producción petrolera importante, con una trascendente dificultad en el costado nor-sur-occidental y el costado norte tiene que darle la importancia que significa la guerra de Rusia. La guerra de Rusia nos muestra la invasión, deja claro lo que significa la confrontación y evidencia las consecuencias de esa guerra en la geopolítica y la geoestrategia dentro de este mundo globalizado.

El belicismo mostrado por Rusia revela que todo Estado -por este hecho de grave connotación- proceda a revisar su seguridad y, mediante métodos específicos, pueda esclarecer su situación en la complejidad que implica la guerra, cómo pudiera proyectar en dirección inimaginable propia de todo conflicto posmoderno. El belicismo del siglo XXI está anclado en la híper-tecnología y en las agrupaciones de Estados según su credo político, además de intereses geoeconómicos que, al colocar la guerra como instrumento de defensa, obliga a entender la necesidad de ponerle límites. Es allí cuando se sostiene que la guerra como fenómeno político no tiene límites, sino extremos. Impone a los Estados y a sus naciones la necesidad de una clara comprensión y gran prudencia, en especial en el caso específico de Venezuela.

El Estado venezolano y su gobierno encuéntrense en el continente americano y su realidad está vinculada a la más importante potencia nuclear del mundo en cuanto a la economía y a la técnica, lo cual determina una conducta de responsabilidad, previsión e inteligencia ajustada la Ciencia Política, especialmente la Geoeconomía. El Estado venezolano tendrá que definir un modo de reacción. Modo de reacción que tiene que comprender no quiero o quiero la guerra, sino el Estado defina ese modo de relación. Quienes son responsables por el Estado venezolano hoy tendrán que emplear la Ciencia Política y la Geoeconomía, pero también la Geoestrategia, tendrán que utilizar a sus expertos para tomar el mejor camino con la mejor resolución frente a la complicada realidad, como la que se corresponde con la situación de guerra internacional que conmueve a mundo con sus gravísimas consecuencias.

El Estado venezolano frente al mundo real tiene que tener en cuenta que la guerra de Ucrania es compleja por sí misma, lo cual merece ser visto como una referencia que requiere estudio, necesita análisis para que cualquier decisión no comprometa al Estado-nación sin un previo análisis, sin un previo estudio prospectivo de esta complejidad. Cualquier declaración por parte de alguna autoridad del Estado venezolano, frente a esta delicada situación de muerte y dolor, debe ser previamente analizada. Por lo tanto, el Estado tiene que considerarse bajo la óptica de la ciencia que aproxima el estudio de la guerra, estudio multidisciplinario, estudio que prevén las organizaciones internacionales, estudio que conduce al surgimiento de voces que puedan aproximar la posición del Estado venezolano.

Cualquier otra exposición y/o anuncio realizado por diferentes vías, resulta contrario al pensamiento del cuerpo socio-político venezolano, ya que por incapacidad o ignorancia pudiera haber orillado los estudios sobre conflicto, sobre la ciencia que auxilia al pensamiento y el saber que es la polemología, que se ocupa el problema bélico. La conflictología y la tarea de ese grupo de trabajo multidisciplinario sería la única forma que permitiría que el Estado venezolano, jamás y nunca ningún otro actor o grupo, pudiera expresarse en cuanto al conflicto que ha venido ocurriendo en espacios distantes a Venezuela, que nada tienen que ver con la república, su democracia y la complejidad de ese tema hoy, convertido en un elemento medular y crítico en Europa, totalmente distinto a lo que pueda acontecer en el territorio americano.

Esta guerra de Ucrania, brutal, dolora y destructiva impone a los gobiernos democráticos del globo se enfrenten a la delicada controversia entre Rusia y otros Estados. Las democracias, en especial la venezolana, tienen que tener profundo juicio y responsabilidad frente a la necesaria conducta que resguarde y defienda el territorio, pero además están impuestas de entender de geopolítica y relaciones internaciones. Obliga a quienes gobiernan tengan la precisa responsabilidad en el saber sobre la guerra, así como en el qué y cómo de la guerra, contenidos que deben ser estudiados en función de la conflictología, para que con ese saber, puedan ser inteligentes y oportunos en su función de gobierno en explicar, enunciar la posición del Estado venezolano frente a la complejidad de la guerra internacional.

Es original,

Director CEPPRO-CSB

@JMachillanda

Caracas, 3 de marzo de 2022

 4 min


Julio Dávila Cárdenas

Todo parece indicar que la cordura ha ido desapareciendo de muchos de quienes se dicen líderes. Bajo el signo ideológico equivocado se encuentran aquellos que consideran como solución al extremismo izquierdista, que en lugar de beneficiar, idiotiza. En estos difíciles tiempos se ha visto aparecer comportamientos contradictorios que lejos de aclarar y ayudar, embrutecen. Claro ejemplo de ello lo encontramos en el comunismo y las enseñanzas de los Foros de San Pablo o de Puebla.

Dichos Foros pregonan que sus luchas son por la paz, el feminismo, el medio ambiente, la tolerancia y algunas otras. Para plantear sus campañas en favor de lo anterior han creado movimientos pacifistas y ecológicos. Todos dirigidos por gente que se dice de izquierda. Veamos ahora la realidad: 1. La reciente y lamentable invasión de Ucrania por parte de Rusia ha significado un gran número de muertes de niños y adultos que nada tenían que ver con esa “guerra”, sin embargo Putin afirma que invade a un país soberano para que reine la paz. 2. Habría que preguntarse en cuál país bajo régimen comunista existe un gobierno regido por una mujer. 3. ¿Es que acaso un convoy militar ruso de más de sesenta kilómetros que penetra en Ucrania, tiene por objeto ayudar al medio ambiente? Estos movimientos de izquierda han sido creados para desestabilizar a los países democráticos, no para lograr los propósitos para los cuales dicen fueron creados.

La verdadera lucha debe ser contra la pobreza. Ese si debe ser una batalla permanente por medio de programas de gobierno que tengan como finalidad una lucha frontal para acabarla. Claro está que debe existir una estrategia que permita llegar a su fin con el menor daño posible. Vale decir, en sus inicios deben existir programas de ayuda inmediata a quienes la necesiten para su supervivencia. Junto con estas ayudas se deben crear programas de educación que en el mediano plazo permitan ir mejorando la calidad de vida de esta población. Estos programas deben ser creíbles y ello se logra cuando los pobres sientan que existen verdaderas mejorías, a través de la educación y la capacitación para el trabajo.

La mayoría de nuestra población se encuentra en niveles de pobreza extrema y en una verdadera democracia se debe llegar al poder a través del voto y si la mayoría es pobre, es a ellos a quienes deben dirigirse los esfuerzos. No es a través de limosnas como se puede lograr superar la pobreza. Claro está que si esto es lo único que existe y solamente el régimen cuenta con los recursos, los pobres no querrán morirse de hambre. Por ello, la lucha requiere de inteligencia y sacrificio para lograr un mundo mejor. Tenemos la gente, falta la voluntad.

 2 min


Ignacio Avalos Gutiérrez

La pandemia parece que nos ha pasado en vano. A pesar del susto inicial y de los discursos épicos que generó, no nos hizo más conscientes de la situación del mundo en el que vivimos, convertido en la metáfora de una enorme crisis, de la que el coronavirus se suponía que funcionaría como alarma para que reparáramos en la necesidad de revisar los parámetros que gobiernan la actual civilización.

El desmadre planetario

El mundo hace agua por todas partes. No hay necesidad de extenderse en la lista, por demás conocida, de los problemas que lo agobian: la contaminación ambiental y el cambio climático, el aumento notable de la pobreza y de la desigualdad, la expansión del terrorismo en sus diversos formatos, el desplazamiento masivo de migrantes en busca de refugio hacia lugares en donde esperan que su cotidianidad pueda fluir de manera más amable, no obstante, los muros (religiosos, raciales, culturales…) que buscan impedirlo. Una lista larga, como dije, a la que habría que añadir, entre otras cosas, los dilemas que se desprenden del surgimiento de un conjunto de tecnologías disruptivas capaces de transformar radicalmente todos los escenarios e igualmente, la existencia de un mundo armado hasta los dientes, gracias a enormes presupuestos que en demasiados casos, rebasan escandalosamente los recursos orientados hacia la educación o la salud.

Estamos hablando, así pues, de asuntos que conciernen a toda la humanidad. El confinamiento al que nos vimos obligados sirvió para que recordáramos que hoy en día lo que ocurre en un lugar del planeta, ocurre en todas partes, consecuencia de la globalización. Sin embargo, aún no salimos de la pandemia y ya volvimos a mirar las cosas desde el ombligo local, como lo muestra a nivel emblemático, el reparto inequitativo de las vacunas.

El mundo se encuentra partido en pedazos de distintos tamaños, bajo la creencia de que las rayas dibujadas en los mapas, los hace ajenos los unos a los otros. La solidaridad y la fraternidad se han convertido en palabras vacías de uso meramente retórico, a pesar de que el planeta manda señales de peligro cada vez más claras, con visos de ultimátum.

La nostalgia de Putin por la URRS

En medio de semejante entorno, hace pocos días y luego de conversaciones que en algún momento insinuaron la esperanza de una negociación, Rusia invadió a Ucrania, mostrando el rostro de un evento que excede el conflicto entre los dos países y despliega su sombra a lo largo y ancho del mundo, en medio de una gran incertidumbre respecto a su alcance e implicaciones y de un gran susto colectivo, recuérdese que hay armas nucleares de por medio, al lado de las cuales la bomba lanzada en Hiroshima semeja, permítaseme la desmesura, la bala disparada por un revolver. Estamos, así pues, frente a un episodio que coloca en segundo plano los peligros que han ido desvertebrando el planeta y la urgencia resolverlos.

Los entendidos indican que durante las varias décadas que cubrieron el período de la Guerra Fría, no faltaron los pleitos bélicos parciales (“conflictos de baja intensidad”, se los calificaba), originados dentro del marco de una bipolaridad trazada por discrepancias ideológicas (Capitalismo vs Comunismo, por decirlo de manera simple), mezclados con los intereses políticos y económicos de las naciones más fuertes.

Sin necesidad de consultar su decisión con nadie, pues para eso es un dictador que se ha mantenido en el poder alrededor de dos décadas y tiene experiencia de varios años como jefe de la KGB, además de ser cinta negra en judo, Putin, preso de su nostalgia por la antigua URRS, declaró que “a cualquiera que considere intervenir desde afuera, enfrentará consecuencias más grandes que las que haya enfrentado en la historia. Todas las decisiones relevantes ya se tomaron. Espero me hayan escuchado”. Y, para que no hubiera duda alguna respecto a sus propósitos, remató afirmando que “No habrá ganadores y ustedes serán arrastrados a un conflicto contra su voluntad. No tendrán tiempo ni de pestañear”.

Vista la gravedad de las precedentes declaraciones, resulta justo decir que el escenario anterior también es producto de los desatinos cometidos desde de organismos y países occidentales. En este capítulo bélico nadie está libre de culpa, ni puede lanzar la primera piedra, aun cuando, sin duda, la responsabilidad en lo que en lo que esta ocurriendo en estos días, cae sobre todo del lado de Putin.

Así las cosas, no es absurdo imaginar que pudiéramos estar ante la posibilidad de una guerra mundial, la primera interconectada gracias a los diversos dispositivos tecnológicos hoy en día disponibles. El asalto ruso a territorio ucraniano ha involucrado directamente a la Unión Europea y a los Estados Unidos, al igual que a China, aunque esta última que lo hace con cierta discreción, manteniendo un equilibrio con el fin de preservar su rol como una de las tres grandes potencias mundiales y cuidando de paso, sus vínculos comerciales con Ucrania, más fuertes que los que tiene con Rusia. Todos los países han fijado posición, la mayor parte repudiando los intentos de ocupación. Por otra parte, hace pocos días, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas condeno a los rusos y la Asamblea General decidió discutir lo ocurrido, cosa que aún no ha hecho al momento de escribir estas líneas.

El desgobierno de la globalización

Como apunte antes, el mundo se ha globalizado. Expresado en pocas palabras, las relaciones internacionales se han multiplicado; hay una mayor interdependencia entre los Estados; se han acortado las distancias físicas; los espacios se han vuelto comunes; la economía no tiene fronteras y emerge una nueva división internacional del trabajo; la comunicación es inmediata y está generando patrones comunes de conducta que perfilan una suerte de identidad global.

Dentro de este cuadro el Estado-Nación demuestra cada vez más sus limitaciones y debilidades para mantener los requisitos básicos a fin de asegurar la convivencia y la seguridad, de allí que tome impulso la idea de repensar el siglo XXI, en una perspectiva que incluya las “lógicas transnacionales”, que dicho en cristiano implica concebir la institucionalidad apropiada para enfrentar los problemas globales, mediante soluciones globales. Supone, por tanto, tejer una red de intereses comunes que fundamenten la elaboración y cumplimiento de una agenda pública compartida. “No hay mejor prueba del progreso de la civilización que el progreso del poder de la cooperación”, escribió John Stuart Mill antes de que el mundo fuera el que es hoy en día.

Ciertamente se han creado nuevas instituciones internacionales, se han ideado nuevos esquemas para cooperación internacional y hay sin duda un conjunto de iniciativas relevantes, pero quedan cortas ante las complejidades envueltas en la gobernanza del planeta. El conflicto entre rusos y ucranianos lo ha hecho claramente visible. En efecto, varios días marcados por daños de diversa índole, por migraciones y por muertos cuya muerte no pareciera doler, no han tenido respuesta.

Toda guerra es una estupidez, señaló el escritor uruguayo Eduardo Galeano. La de estos días también, claro, pero más que ninguna otra, porque en su despliegue podría enrollar a todo el mundo.

Especie en extinción

Así se refiere a los humanos Jeremy Rifkin, reconocido sociólogo norteamericano, asesor en el tema del cambio climático de la Unión Europea y varios países.

¿No será la humana también una especie “autosuicida”? Quiero pensar que no. Supongo que todavía quedan grandes reservas de cordura, sentido común y compasión entre los terrícolas. Ojalá la disputa entre rusos y ucranianos, se resuelva mediante la política que, como predica el filósofo vasco Daniel Innenarity, a quien cito con frecuencia, es la manera de hacer cosas con la palabra.

El Nacional, miércoles 2 de marzo de 202

 6 min


​José E. Rodríguez Rojas

Ucrania haciendo uso de su soberanía decidió integrarse en la UE y en la OTAN. Ello chocó con los planes de Vladimir Putin que aspira restablecer el liderazgo y la influencia de la Unión Soviética. El líder ruso, en consecuencia decidió invadir Ucrania. Ello cerró un largo ciclo de paz en Europa. Los líderes europeos han decidido involucrarse en el conflicto fortaleciendo las capacidades de la OTAN y suministrándole ayuda militar al ejército de Ucrania. El conflicto amenaza con generar una crisis humanitaria de considerables proporciones.

El conflicto de Ucrania está estrechamente ligado a la desaparición de la Unión Soviética. La que fue la segunda potencia mundial estaba constituida por Rusia y varios países sometidos a su dominio, entre los cuales figuraba Ucrania. La Unión Soviética entró en crisis en 1991 y los gobernantes rusos de esa época, como Mijail Gorbachov, aceptaron concederle la independencia a los países de su órbita de influencia. La mayoría de estos países que mantenían fronteras conjuntas con Rusia, como Bielorrusia, decidieron mantener estrechas relaciones políticas y militares con la ex potencia.

Sin embargo Ucrania decidió seguir una senda distinta, dando pasos para integrarse a la Unión Europea (UE) y al Tratado Militar del Atlántico Norte (OTAN) liderado por Estados Unidos. Esto no fue visto con buenos ojos por la nueva dirigencia rusa liderada por Vladimir Putin que están intentando restablecer el antiguo liderazgo de la Unión Soviética sobre los países que estaban en su órbita de influencia. Además Putin ha señalado que la integración de Ucrania a la OTAN implicaría que sus enemigos potenciales acamparían sus ejércitos y misiles en la frontera con Rusia lo cual era inaceptable. Adicionalmente a ello Ucrania como nación democrática es un mal ejemplo que podría llevar a muchos rusos a imitarla deponiendo el régimen autoritario que impera en Rusia.

En consecuencia Rusia decidió invadir Ucrania y lo ha venido haciendo por etapas. En el 2014 se anexó Crimea. En ese momento los países occidentales implementaron tardías y tímidas sanciones que no tuvieron ningún impacto. Más recientemente separatistas rusos que habitan las regiones fronterizas de Ucrania con Rusia decidieron separarse de Ucrania, lo cual fue legitimado por Rusia al reconocerlos como países independientes. Finalmente Rusia decidió invadir Ucrania por diversos puntos y actualmente se acerca a la capital Kiev. Aparentemente el propósito es destruir la capacidad militar de Ucrania e instalar allí un gobierno títere. Ello es lo que aparenta ser la finalidad de la invasión aunque para expertos en el tema ruso ello no está claro, pues algunos argumentan que el propósito es más punitivo pues se trataría de destruir a Ucrania.

La invasión de Ucrania ha generado un efecto contrario al que Rusia esperaba. La OTAN según algunos internacionalistas entrevistados por el canal DW era una organización en decadencia, cuya existencia no se justificaba debido al largo periodo de paz que se había producido, en especial en la región europea. Macron, el presidente de Francia, llegó a decir que la OTAN estaba en “muerte cerebral”. La invasión de Ucrania, no solo ha justificado la existencia de la alianza militar sino que ha colocado el gasto militar de los países europeos como prioritario a fin de modernizar unas fuerzas armadas que lucen poco preparadas para la coyuntura actual.

Los líderes europeos están conscientes que se ha cerrado una larga etapa de paz y que nueva era ha comenzado. Macron quien ejerce la presidencia rotatoria de la UE ha expresado que “La guerra volvió a Europa. Y durará”. En consecuencia los líderes europeos se han involucrado en el conflicto que amenaza la paz en el continente; han mantenido conversaciones con el presidente de Ucrania en las cuales han acordado suministrar ayuda militar. La lista de los países donantes se agranda cada día, pero ya alcanza a una treintena de países. Uno de los últimos en integrarse fue Alemania, la primera potencia económica de Europa ha decidido abandonar su tradicional postura de no involucrarse en conflictos externos y ha decidido suministrarle ayuda al ejército de Ucrania, proveyéndolo con armamentos.

La invasión amenaza con generar una crisis humanitaria de considerables proporciones. Los países vecinos como Polonia y Rumania han abierto sus fronteras para recibir a los desplazados por la guerra que podría alcanzar a 1,7 millones de personas. Afortunadamente los países europeos están preparados para contribuir a ayudar a los cientos de miles de desplazados que ya está generandoå el conflicto.

Profesor UCV

 3 min


Jesús Elorza G.

Cargado de carpetas, se presentó el jefe del G2 cubano, al despacho de Nicolás, con la intención de presentarle la propuesta diseñada para los Carnavales 2022. Creemos camarada que no debemos desperdiciar este momento para hacernos presentes con una propuesta que estimule y afianza el culto a su personalidad como gobernante “revolucionario”.

- ¿Cómo así? Me estás diciendo que debo disfrazarme de payaso para estimular la admiración del pueblo mesmo hacia mi persona. No entiendo, dijo Nicolás. Explícate mejor.

Nada de payasos. Impulsaremos su imagen como la de Súper Bigote que tuvo una inmensa pegada cuando la presentamos a finales del año pasado y este es el momento para sacarla nuevamente a flote.

- ¿Cómo se haría?

Muy fácil. Ya usted pudo ver como la camarada Ministra de Educación les sugirió a todas las zonas educativas del país que estimularan en las escuelas a que los niños se disfrazaran como Súper Bigote en señal de agradecimiento hacia su persona por su política educativa en la construcción y mantenimiento de escuelas, liceos y universidades que nada tienen que envidiarles a países del primer mundo. Así mismo, su política de comedores escolares, transporte y lo más importante “su política de HCM, salarios y pensiones” para los docentes.

-Eso suena bien. Te pregunto ¿Ya repartieron los disfraces?

Si. Todo está bajo control. El escenario central para este proyecto será Caracas. En tal sentido, ya la camarada Alcaldesa de Libertador se encargó de elaborar el programa comunitario de actividades que incluirá Desfiles, conciertos, tomas culturales, giras parroquiales, rutas gastronómicas y la consabida elección de la reina de carnaval.

El acto central, será el desfile de comparsas y carrozas por las avenidas de la capital. Déjeme decirle camarada Nicolás, expresó muy emocionado el jefe del G2 que superaremos al Sambódromo brasileño y pasaremos a ser el centro de atracción mundial.

-Manos a la obra. Llenemos las calles de Caracas con serpentinas, papelillo y caramelos.

Llegado el día del desfile, se pudo observar que la comparsa era encabezada por el Ministro de Cultura y la Alcaldesa de Libertador. Detrás de ellos, en diferentes carrozas venían todos los miembros del tren ejecutivo, presidentes de Institutos Autónomos, representantes de empresas del estado, integrantes del Alto Mando Militar, funcionarios de las alcaldías, representantes de los organismos de seguridad, contingentes de milicianos y colectivos. Todos, vestían el disfraz de Súper Bigote e iban lanzando toneladas de caramelos y saludando como reina de carnaval.

Pero, la emoción duro poco. El desfile fue bruscamente interrumpido por el presidente de la ilegitima Asamblea Nacional, al darse cuenta que los vítores del publico eran más un reclamo que un reconocimiento. El paso de las comparsas y las carrozas era acompañado por un grito unánime del público presente en las avenidas “Súper Bojote, Súper Bojote no te queremos” El reclamo popular hacia el mandatario, era por el bojote de ofrecimientos incumplidos en su gestión de gobierno: la recuperación económica, la superación de la pandemia, el rescate de los hospitales, la recuperación de las escuelas, la homologación de los salarios y pensiones con el costo de la cesta alimentaria, la superación de la pobreza crítica, el regreso a clases, el respeto a los sindicatos, la discusión de los contratos colectivos, la liberación de los presos políticos, la recuperación de PDVSA, etc., etc., etc.

Este disfraz, no sirvió para nada fue el comentario final de toda la comparsa.

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