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Opinión

Enrique Krauze

Pedro Castillo | Foto La Nación

Me tomo la libertad de escribirle porque soy un historiador mexicano que quiere al Perú. Estoy convencido de que su país se juega la vida en las próximas elecciones. Desde hace muchos años he estudiado los populismos latinoamericanos y sé bien que su mezcla letal de culto a la personalidad, dogmatismo ideológico, mentira propagandística e irresponsabilidad económica, destruye a los países, no por unos años, no por un período: los destruye para siempre. Y no quiero que eso ocurra con el Perú.

Tampoco quise que ocurriera en Venezuela. En 2009 escribí El poder y el delirio, donde expliqué las razones por las que creía que ese régimen hundiría a Venezuela en la crisis más severa de su historia. Pero nunca imaginé la dimensión de la tragedia: hoy Venezuela, el país más rico del mundo en reservas petroleras, es, junto con Haití, el más pobre de América. Y no solo eso: es una dictadura feroz, un Estado forajido. 5 millones de venezolanos han debido emigrar de su patria, 1 millón de ellos al Perú. Encuéntrelos usted, y formule una pregunta muy sencilla: ¿lo que el comandante Hugo Chávez prometió al llegar al poder, es similar a lo que promete el profesor Pedro Castillo? Verá usted que sí, que las promesas son las mismas. Y los resultados, tarde o temprano, créame, serán los mismos.

No soy ciego a los dolores históricos del Perú. Lo visité por primera vez en 1979. Entonces conocí el retraso de la región andina frente a la costa, la postración y pobreza de sus mayorías indígenas, la omnipresencia (en el idioma, en el trato social, en las disputas políticas) de terribles enconos étnicos. Poco después la democracia peruana desplazó a los regímenes militares, pero para entonces su país había caído en el horror de la guerrilla Sendero Luminoso y el precipicio del populismo económico.

Pasaron diez años hasta mi siguiente visita. “No hay límites para el deterioro”, leí en un libro de Mario Vargas Llosa. Y era verdad: un ejército de niños pordioseros invadía las zonas comerciales de Lima, los militares patrullaban las calles en espera del siguiente acto de sabotaje, los secuestros y asesinatos se habían vuelto noticia diaria, los cambistas agitaban sus fajos de “intis” devaluados.

Y sin embargo, Perú despertó. Frente a ese drama, Vargas Llosa proponía un programa de liberalización que acotaba el papel económico (no social) del Estado. Su derrota fue dolorosa, pero su proyecto fue adoptado en alguna medida por Alberto Fujimori. La desaparición de la guerrilla fue un alivio, pero nada justificó jamás el carácter dictatorial y corrupto del régimen de Fujimori.

El Perú merecía amanecer al siglo XXI con otro horizonte. Y pareció que apuntaba. Soy testigo de la esperanza que concitaron Alejandro Toledo, Alan García y Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski, y la terrible decepción que dejó cada uno por motivos diversos y un denominador común: la corrupción. Y sin embargo, a lo largo de ese mismo período, el desarrollo del Perú fue sorprendente.

Deploro los pésimos gobiernos y la irresponsabilidad e ineptitud de la clase política. Sé muy bien que la pandemia ha empobrecido de nuevo, dramáticamente, al Perú. Y sé que muchas de las viejas llagas siguen abiertas o se han abierto aún más. Pero su país necesita recobrarse, ganar tiempo. No todo está perdido, por eso sería suicida perderlo todo. Keiko Fujimori está a años luz de ser una candidata ideal, pero es la candidata posible para que el Perú no se precipite al abismo donde se encuentra Venezuela. Si triunfa, además de mostrar que puede gobernar con absoluta transparencia y rectitud, debería propiciar el debate público, que es la mejor vía para el surgimiento de nuevos liderazgos.

Sí hay futuro para el Perú. Sí hay ideas innovadoras para atender a la población más necesitada. Sí hay vías para que lleguen al poder nuevas generaciones. Por eso le pido que vote por ese futuro posible.

 3 min


Elsa Cardozo

No es difícil responder la pregunta sobre lo que noticias recientes destacan como rasgo común a Bielorrusia, Nicaragua y Venezuela: tres ilustraciones de diversa historia en una lista cada vez más larga de regímenes autoritarios.

El repertorio autoritario exhibe en estos días un acto tan aparatoso como el del secuestro del avión de pasajeros en su ruta entre Grecia y Lituania, poco antes de aterrizar, con la falsa alarma de una bomba y escoltado por un avión de guerra. Todo para apresar a Roman Protasevich, uno entre decenas de periodistas exiliados, que ayudó a través de un canal de información en la movilización de las protestas contra el fraude en las elecciones presidenciales que dieron como ganador a Lukashenko.

El llamado último dictador de Europa está en el poder desde 1994 ejerciéndolo como si aún gobernase la República Socialista Soviética de Bielorrusia. No es propiamente un autoritarismo del siglo XXI, pero ilustra muy bien las tendencias extremas y márgenes para la violación de normas jurídicas y de derechos que va extendiéndose en el mundo. Ejemplifica también la deliberada provocación del régimen arbitrario que vuelve a sentirse apoyado por Rusia y el mensaje de amedrentamiento que alcanza también a los numerosos opositores en el exilio. No es entonces solamente un asunto de libertad de expresión y prensa, sino de disposición a transgredir normas y protocolos, controlar la información y compensar con gestos de poder la pérdida de legitimidad. Esta quedó evidenciada en un grotesco fraude electoral y en las movilizaciones sin precedentes que lo antecedieron y siguieron, entre mayo de 2020 y febrero de este año.

Esas piezas que son propias (aunque no del todo exclusivas) de regímenes autoritarios se hacen más visibles y pesadas cuando, a falta de eficacia y legitimidad gubernamental, hay necesidad de mayor control político y social. En el vecindario latinoamericano hay muchos ejemplos: desde el ataque verbal a medios cuyo tratamiento de noticias o línea editorial molesta al gobierno hasta la represión extrema y la judicialización de las presiones políticas. En medio, hay un enorme abanico de instrumentos de restricción y presión.

En este lado del mundo Nicaragua es un caso muy visible, en el que la ofensiva contra la libertad de expresión fue aumentando de escala desde la reelección de Ortega en 2011, en torno a la de 2016 y con nuevo impulso desde las manifestaciones de protesta que se iniciaron en abril de 2018. Ahora, a medida que se acercan las elecciones generales de noviembre sin signo alguno de integridad, la represión se va haciendo más severa. Acallar debates y voces críticas, impedir la difusión de noticias e imágenes sobre protestas, cerrar el camino a candidaturas opositoras, legislar para establecer delitos de odio y delitos cibernéticos. Todo esto y más ocurre dentro del conjunto de un repertorio mayor de medidas contra medios de comunicación independientes y periodistas sometidos a toda clase de presiones, restricciones materiales, exclusión de fuentes y ruedas de prensa gubernamentales, medidas judiciales y allanamiento de medios.

Este repertorio es bien conocido en Venezuela donde, igualmente, en la medida que el gobierno se alejó del desempeño democrático fue escalando en la ofensiva verbal, material, de acoso económico, judicial y de fuerza contra los medios independientes y los periodistas. Radio Caracas Televisión fue un hito inicial alarmante y movilizador en 2007. Le siguieron otros asedios en paralelo a la construcción de la hegemonía comunicacional. En contraste, es de reconocer también todo lo que ha logrado mantenerse sin renunciar a elementos esenciales de autonomía -como espacios de información, análisis y crítica- admirables por el compromiso, esfuerzo y riesgos asumidos por parte de propietarios, personal y periodistas. Allí se inscribe el caso de El Nacional, objeto de toda suerte de presiones y medidas hasta llegar a la confiscación de su sede y sus equipos en un procedimiento plagado de arbitrariedades.

Dos comentarios finales sobre este periódico cierran esta sucesión de comentarios, para alertar y para alentar. No sobra la alerta sobre el repertorio autoritario ya conocido, sabiendo que sigue incorporando medidas y modalidades de sofoco de la libertad de expresión y prensa tales como recursos para la desinformación y tecnologías de control e interferencia. Pero conviene también recordar que los autócratas -especialmente cuando crece su ilegitimidad- temen a la prensa independiente y el periodismo profesional porque difícilmente son controlables y en estos tiempos también cuentan con un amplio repertorio de recursos de alcance global. Bien lo ilustra El Nacional que se ha ido reinventando como medio sobre la tradición de su historia de 77 años, bajo dictaduras y en democracia, como lugar de encuentro abierto para expertos, analistas y periodistas, escuela para ellos y también para los lectores.

En fin, no faltan señales de aliento justamente en las razones del acoso a la libertad de expresión: la carencia de legitimidad y el temor a la perseverancia del reclamo democrático.

elsacardozo@gmail.com

 3 min


Alberto Barrera Tyszka

Con la designación de nuevas autoridades electorales, Venezuela inicia, otra vez, la posibilidad de una negociación para salir de la crisis.

Los planes opositores —desde la imposición de un gobierno interino hasta una supuesta implosión dentro del sector militar, pasando por la fantasía de una invasión desde Estados Unidos comandada por Donald Trump— fracasaron rotundamente. Y las maniobras del chavismo por conseguir alguna mínima legitimidad internacional y por lograr eliminar las sanciones internacionales al régimen no han tenido ningún éxito. Ambos bandos, nuevamente, están obligados a regresar a lo que detestan: reconocerse y tratar de llegar a un acuerdo.

Las dudas, entonces, vuelven a dar vueltas en el aire: ¿Es posible, acaso, confiar en el chavismo, que ha desarrollado un modelo autoritario y ha demostrado que solo usa la negociación para ganar tiempo y buscar legitimidad? ¿Es posible confiar en una oposición dividida, con planes muy diversos, que ya ha demostrado que no es capaz de negociar ni siquiera consigo misma? En ambos casos, la respuesta es no.

Quizás ninguno de los dos lados entiende algo indispensable: sobre la mesa de negociación no están las intenciones. La confianza no se debe poner en lo que piensa o en lo que desea cada bando sino en los acuerdos concretos que se establezcan para mejorar, aunque sea poco, las condiciones de los venezolanos; y en los procedimientos y en las garantías que haya para que estos acuerdos se cumplan. No es lo ideal. Es lo posible.

Una de las consecuencias más peligrosas y nefastas de la polarización política es el purismo moral: el proceso que sacraliza la propia opción política convirtiendo cualquier postura diferente en una suerte de pecado ético, de enfermedad social. Tanto el chavismo como la oposición hablan desde el “lado correcto de la historia”, se proclaman y declaran como estandartes de verdades inamovibles, como destinos religiosos. Desde estas perspectivas, obviamente, cualquier tipo de acuerdo con un adversario solo es una forma de traición.

Pensar que la única negociación posible implica la salida de Nicolás Maduro de la presidencia y la renuncia del chavismo a todas sus cuotas de poder es tan ingenuo e irreal como, del otro lado, proponer como condiciones para la negociación el levantamiento inmediato de las sanciones sobre Venezuela y el reconocimiento internacional de los poderes ilegalmente constituidos. Hay que comenzar por cambiar el punto de partida. “Todavía ninguna de las partes quiere terminar de aceptar que la negociación no es una opción sino que es la única opción verdadera”, ha dicho el experto en políticas públicas Michael Penfold.

La tragedia del país en tan enorme como compleja: abarca una crisis política que mantiene dos gobiernos paralelos, dos asambleas y un proyecto en marcha de un parlamento comunal; una debacle económica casi absoluta, con cifras récord de inflación y un aparato productivo destruido. La situación social es alarmante, a nivel de emergencia humanitaria, agravada además por las sanciones y la pandemia. Y a esto habría que sumarle los problemas con el crimen organizado, con el narcotráfico, con la guerrilla colombiana, con la minería ilegal en el Amazonas venezolano.

El empleo sistemático de la represión y de la censura estatal, la persecución institucional de cualquier disidencia, el ataque a medios de comunicación y organizaciones no gubernamentales, han permitido al chavismo consolidar una dictadura eficaz, que garantice su permanencia en el poder. Pero sigue siendo gobierno pésimo, corrupto y negligente, incapaz de resolver los problemas del país. El chavismo puede administrar el caos pero no puede conjurarlo ni solucionarlo.

Este país inviable forma parte del dilema interno del chavismo y también de cualquier posible negociación. La situación de la gran mayoría de la población, sometida por la pobreza y con el riesgo de la pandemia, es cada vez más crítica. Durante un tiempo, tanto el chavismo como la oposición usaron esta realidad como elemento de presión. Por fin, ahora el primer punto del acuerdo parece estar centrado en la atención a la urgente necesidad de atención médica y alimenticia de los venezolanos. Un programa de vacunación masiva solo debe ser el inicio de un plan conjunto, que reúna a todos los sectores de la sociedad alrededor de esa prioridad.

Nada garantiza que estos esfuerzos, sin embargo, signifiquen el inicio del camino hacia la reinstitucionalización o hacia la vuelta a la democracia en el país. Venezuela no parece estar cerca de una transición. Pero ciertamente hay un cambio importante en el escenario político. Aunque el chavismo se encuentre más consolidado internamente en su modelo autoritario, sigue sin poder resolver su problema con la comunidad internacional. Eso lo obliga a negociar.

La oposición está en una posición menos ventajosa. Necesita negociar para, entre otras cosas, reinventarse. Y tal vez debería empezar por dar la cara ante la ciudadanía, por ofrecer una disculpa y un argumento que haga más digerible el salto que va del “cese de la usurpación” a la “mesa de negociación”. El largo retorno al verbo negociar supone un cambio profundo en el ánimo colectivo y demanda una explicación.

La designación de las nuevas autoridades del Consejo Nacional Electoral, aun teniendo una mayoría chavista, abre la posibilidad de garantizar unas elecciones más equilibradas y transparentes, confiables, con observación internacional; permite retomar el camino de la política y del voto. También vuelve a abrir un viejo dilema: La negociación con el chavismo y la participación de la oposición en un proceso electoral ¿legitiman la dictadura? Sí, probablemente. Pero también permiten conquistar otros espacios, crear y establecer otras relaciones, interactuar de otra manera con la sociedad civil organizada, generar una comunicación distinta y directa con la población. No solo es un tema de estrategia sino de redefinición del proceso, de la acción política. Como dice la politóloga Maryhen Jiménez: “Si la democracia es el destino, la democracia también tiene que ser la ruta hacia ella”.

Una mesa de negociación no es una fiesta. Es una reunión forzada, donde además intervienen muchos otros actores, donde existen distintos niveles de interacción y debate. ¿Hasta dónde está dispuesto a ceder y a perder el chavismo? Es muy difícil saberlo. De entrada, de seguro solo intenta eliminar las sanciones sin arriesgar su control autoritario en el país. La oposición y la ciudadanía pueden enfrentar esto negociando y presionando.

No hay otra manera de hacer política que la impureza. La única forma de intervenir en la historia es contaminándose con ella. No existe otra alternativa.

@Barreratyszka.

30 de mayo 2021

NY Times

https://www.nytimes.com/es/2021/05/30/espanol/opinion/venezuela-maduro-o...

 5 min


Américo Martín

El número tres tiene sus misterios. La Santísima Trinidad, los tres Reyes Magos, el tridente de Satanás, los tres grandes de la Segunda Guerra Mundial: Roosevelt, Churchill y Stalin; las tres Marías, el árbol de las tres raíces, Los tres chiflados, el primer triunvirato: Cristóbal Mendoza, Juan de Escalona y Baltazar Padrón, los tres de la Retórica de Aristóteles: logos, ethos y pathos; Aparicio, Concepción y Cabrera; los tres primeros en pisar la luna: Amrstrong, Aldrin y Collins; Pelé, Messi y Ronaldo; los tres sublimes majaderos: Jesús, Colón y Bolívar.

No podría extrañar, entonces, que en la no descartable negociación Maduro-Guaidó, la luz del Acuerdo de Salvación Nacional fuera matizada por las tres condiciones opuestas por Maduro.

Antes de analizarlas, sería importante comenzar resaltando que, pese al estilo lírico —como muy venezolanamente lo envuelve—, se trata de un importante paso. Porque estamos hablando de negociación y no de guerra, de paz y no de sangre. Ese paso, por supuesto, es el primero, que muchos han aceptado y casi nadie ha descartado.

Aunque las tres condiciones de Maduro fueron postuladas no en busca de una inmediata respuesta sino, tal vez, como premisa para el inicio de conversaciones —a diferencia de la esperanza vertida líricamente por Guaidó—, la trinidad de Maduro nunca podría aspirar a ser aceptada en la forma como se presentó. Pero, siendo como soy de los que creen que del diálogo siempre pueden conseguirse resultados auspiciosos, considero que estos escarceos pueden conducirnos a desenlaces mucho más interesantes.

Como las RR. SS. no podían permanecer al margen, alguien contrapropuso a esa trinidad socialista otra más compatible, pero igualmente difícil de aceptar: renuncia de Maduro y entrega de Miraflores a Guaidó, reconocimiento de la AN 2015 y devolución de los recursos de Pdvsa y del BCV utilizados para fines distintos a los contemplados en la ley. Evidentemente, a esas dos trinidades puede reprochárseles lo mismo, en el fondo no son serias. Salvo el efecto que pueda causar en el ánimo del adversario, la convicción de que nada que no sea realmente serio puede servir como base de negociación.

Esto nos devuelve a la pregunta inicial: ¿es posible que fructifiquen negociaciones entre la parte gubernamental y la parte opositora? Y de nuevo tenemos que plantearnos si todas las presiones del mundo están en capacidad de vencer la resistencia de los que creen que Maduro jamás negociaría porque, supuestamente, es más lo que pierde saliendo de la presidencia que perpetuándose en el mando por la fuerza.

Alrededor de semejante tesis parecieran confluir todas las variedades del maximalismo. He visto probar lo contrario a varios de los hombres fuertes de un lado o del otro y, es natural que así sea, porque es muy difícil imaginar a alguien tan intransigente que nunca pueda ser colocado en el dilema de destruir totalmente un país para salvar su pellejo.

Los gobernantes más poderosos, sea por caso, Mao, Stalin, Pinochet, Duvalier, Ceaușescu, Jaruzelski, Hoxha, Tito, negociaron y, en casos más desesperados, optaron por suicidarse, como Hitler; pero nadie sostuvo la intransigencia, más allá de su vida, cuando la nación y el mundo los obligaron a retroceder.

Es, al fin y al cabo, la reserva de racionalidad humana que no abandona ni a los más inflexibles. De allí que sea tan necesario cultivar un lenguaje ajeno a las provocaciones e insultos inútiles. La búsqueda del diálogo es, en sí, toda una política ornada con un estilo amplio y constructivo, donde la razón prevalece venciendo muchas veces los obstáculos más inusitados.

La calidad de la causa es, en todo caso, lo determinante. Nixon dijo alguna vez que el liderazgo más extraordinario es el que sobresale conjugando tres factores fundamentales: un gran país —y Venezuela lo es—, una gran causa —y la libertad, la democracia y el progreso social son tres de las mejores que pueden conseguirse— y la tercera, que las corona a todas, líderes capaces de entender el mandato que les imponen el gran país y la gran causa.

No dudo que ejemplares de esa índole ya se han desarrollado en nuestra atormentada Venezuela, porque tal como dice el proverbio, a grandes males corresponden grandes remedios.

Twitter: @AmericoMartin

 3 min


Carlos Raúl Hernández

El mundo se conmueve con razón por la matanza de palestinos, pero conviene saber “que todo está fríamente calculado” por los actores del drama, que no es de buenos contra malos. La nueva entente Rusia, China y Turquía reaviva el conflicto palestino al paso de la crisis con EEUU, para enseñar la cacha de la pistola al Secretario Blinken. Y sale del closet a plomo limpio la nueva geopolítica: tres potencias emergentes, Turquía, Israel e Irán, que chocan por la hegemonía en la región, seguidas por deuteragonistas y cheerleaders árabes. Hamas lanza 4 mil misiles tierra-tierra a Jerusalén, aunque conoce a la perfección los detalles del sistema defensivo Cúpula de hierro y la invencibilidad del ejército israelí, que en cuatro guerras aplastó a los árabes en bloque. La previsible y apabullante reacción de Netanyahu para lucir héroe, corresponde a lo que sus enemigos deseaban: que sus aliados marquen distancia, como hicieron EEUU y la UE.}

La imagen de Israel creció por sus sorprendentes éxitos económicos que desmienten el determinismo geográfico, el pobrecitismo regional, y por su legendaria capacidad militar. Por si faltara, es una democracia funcional entre regímenes retrógrados, la Blancanieves del desierto medieval, y los sucesos lo ayudaron a imponerse. El golpe de Al-Sisi contra Mursi, la Hermandad Musulmana y el plan de convertir Egipto en un régimen islámico (2013), erradica un poderoso adversario. La invasión a Irak y su casi desintegración, igual que Libia y Siria, elimina tres más, pero se fortalecen los ayatolas y Erdogan. La ambición de “cruzar el Jordán”, su resistencia a curar la herida abierta de Palestina, debilitan a Israel, carcomen sus relaciones con los árabes, EEUU y la UE. Todos los presidentes gringos en 40 años, Carter, Reagan, Bush, Clinton, Bush (h) Obama e incluso Trump -y la ONU- le han exigido abandonar la política de asentamientos, lo que borraría el estigma de violación de Derechos Humanos.

Los países árabes estrechan vínculos con Israel por miedo al fundamentalismo revolucionario iraní, que quiere llenar el área de teocracias. Para ello los ayatolas coadyuvan con grupos terroristas y socavan las monarquías. Apuntalan a Catar, a Hamás en Gaza contra OLP, Hezbolá en Líbano, los hutíes en Yemen, los alawitas en Siria. Extienden su influencia en Asia central y el Magreb. La revolución islámica desestabilizó la región por su vocación hegemónica y teocrática, programa nuclear, plan para derrocar las casas reales y problematizar el tráfico de petróleo (sus buzos ponen minas en tanqueros). Las monarquías árabes se refugian en EEUU e Israel, y aunque solo el año pasado inician relaciones diplomáticas con este, se reúnen desde los 90. La muerte del Rey Abdulá de Arabia Saudita pasó el poder al pragmático Mohamed bin Salman.

A través de su cadena Al-Jashira. Catar, aliado de Irán, promovió las primaveras árabes para abrir cancha al fundamentalismo en Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos, Egipto, que en respuesta se volvieron sus enemigos y se lanzaron en brazos de Israel. Los cuatro aplican duras sanciones económicas, que redujeron el comercio de 8.200 a 1.200 millones de dólares, y Catar se estrecha a Irán. De comerciar 50 millones de dólares al año, escala a 450 millones, favorable para los dos países. Por lado opuesto, odios históricos y temores favorecen la nueva alianza árabe con Israel. Irán se anexó varias islas de los Emiratos en 1971, y Bahréin, una ex provincia independizada de Irán teme una re-anexión, tensiones similares a las de Taiwán y China. Sudán en África también estableció relaciones con Israel.


A comienzos de año Carnegie Endowment planteó cambiar la política sobre Israel-Palestina, y desplazar la mira de la tesis universalmente aceptada de dos estados, a la defensa de los Derechos Humanos, permitir el libre tránsito, fin de la discriminación política, no más asentamientos en territorios en disputa y recuperar el financiamiento del programa de ONU para refugiados que Trump dejó de pagar. En Palestina no hay elecciones desde 2005 y la población debe votar. El nuevo plan persigue democratizarla y lograr ciudadanía integral en Cisjordania, Gaza, Jerusalén Este, con elecciones regulares y confiables, separación de poderes y que los espacios de Cisjordania (la llamada Zona C) se consideren territorios ocupados y no judíos. El jefe de la Autoridad Palestina, Mamud Abas, suspendió las elecciones previstas para este año, que definirían si la moderada OLP retoma el control o, por el contrario, lo logra Hamás y por lo tanto Irán se haría totalmente de Palestina, una bomba atómica regional. Significa que el terrorismo chiita estaría dentro de las fronteras de Israel, en plena Jerusalén. Netanyahu hizo exactamente lo que buscaban Irán y Hamás, gestar una marea de indignación mundial contra su país. Debe haberse jugado la carta ya que su eventual triunfo está hoy en cuestión en las elecciones planteadas en próximas fechas. Lo salvaría salir de esta guerra cubierto de gloria y eso no está claro.

@CarlosRaulHer

 3 min


Ismael Pérez Vigil

Abrir “negociaciones” con la oposición en varios tableros forma parte de la estrategia del régimen para desmoralizar y dividir a sus “enemigos”, porque el régimen no tiene rivales, adversarios u oponentes, sino enemigos a los que tiene que doblegar y destruir. Desde Hugo Chávez Frías, la política es una “guerra permanente” (Pedro Benítez, Al Navío, 14/05/2021) y el mejor ejemplo de esta estrategia es un video que esta semana recorrió profusamente las redes sociales.

En ese video, en el marco de una reunión para hablar sobre una “ley de zonas especiales”, que nada tienen que ver con el tema, Nicolás Maduro anunció sus “condiciones para negociar”. Pero el mensaje no son solo los anuncios o condiciones que pone el régimen, el escenario y el contexto forman también parte importante del mensaje. Un amplio salón, una gran mesa rectangular, con mesas adicionales detrás, todos los presentes formalmente vestidos, con sus respectivas mascarillas y guardando cierta distancia, el presidente en el extremo de la mesa, en el lugar dominante, sin mascarilla y con toda la soberbia a las que nos tiene acostumbrados, envía en silencio su primer mensaje: “Aquí estoy yo… y vean bien, tengo la sartén por el mango”.

Asentado ese elemento, que es también un mensaje para sus propios seguidores, viene la primera provocación hacia la oposición: “… los obligamos a venir por el camino electoral…” y agrega de manera triunfal, como adorno: “… por el camino electoral y de la negociación y del diálogo… los derrotamos y los obligamos…”; pero el trapo rojo aquí es el del “camino electoral”, pues sabe muy bien el régimen como irrita y como hiere la sensibilidad de una parte importante de la oposición venezolana cualquier alusión o “invitación” que haga el gobierno a un proceso electoral; el rechazo es inmediato y el coro de las redes sociales así lo deja ver. Ese era uno de los objetivos de esa intervención, lanzar una provocación que, a la par de dividir más a la oposición, estimule la abstención, que es en realidad lo que busca, pues eso le garantiza un cómodo triunfo en el próximo proceso electoral.

Luego remata con sus “condiciones”: 1) El levantamiento inmediato de todas las sanciones y medidas coercitivas, unilaterales, contra Venezuela; 2) El reconocimiento pleno de la Asamblea Nacional legitima y de los poderes establecidos; y 3) La devolución de las cuentas bancarias a las instituciones y de los activos a PDVSA, el BCV y otras. Las dice como provocación, porque en realidad no es nada nuevo o inesperado, esos son sin duda sus objetivos de negociación y de alguna forma ya habían sido divulgados por sus seguidores y acólitos.

Pero como dije, hay aquí varios mensajes, dirigidos a públicos diferentes. Hay un mensaje interno, a un sector −radical− de sus seguidores: No cedemos. Hay, desde luego, un mensaje y una provocación a la población opositora, a la que busca desmoralizar, y un mensaje a su dirigencia, pues busca profundizar su división. Aún es prematuro afirmar si el gobierno tiene verdadera intención de negociar o de llegar a algún acuerdo, pero con la reiteración en la mencionada reunión de su “disposición a negociar” −de manera amplia y “generosa”, en una “gran mesa de diálogo nacional” y con “participación del gobierno de Noruega” y que se invite a “diversos sectores internacionales” −, el régimen persigue también enviar un mensaje a la comunidad internacional, tratando de mejorar ante la misma su deteriorada imagen.

Concluida la descripción de ese video con las condiciones del gobierno, es necesario analizar aspectos de esa intervención, que posiblemente escaparon a la intención del régimen. Este mensaje deja también entrever, de manera subliminal, dos grandes debilidades: Una, la principal, es que, al centrar sus objetivos en el levantamiento de las sanciones internacionales y en la devolución de las cuentas bancarias y recursos, deja en claro, sin duda alguna, que las sanciones le están pesando y limitan su margen de acción −interna e internacional−, pues sigue aislado internacionalmente y sin recursos para continuar sus políticas demagógicas y populistas, internamente.

La otra debilidad, que yo quiero destacar, es que los venezolanos, adictos como somos a series televisivas, sabemos bien que los forenses al analizar la “escena” de los sucesos se fijan en lo que está presente y en lo que no lo está. En el sainete montado para lanzar las condiciones de negociación vimos al presidente rodeado de sus acólitos, acompañado de su oposición alacrana y la consabida barra de funcionarios, todos prestos a aplaudir cualquier cosa que se dijera; pero, se “notó” una ausencia de “charreteras” en la reunión; es decir, los amos de este valle de lágrimas, los verdaderos dueños del tinglado, los que lo sostienen por la fuerza de sus armas, no estaban presentes. ¿Tiene esto algún significado? ¿Estarán de alguna forma afectando los acontecimientos fronterizos recientes? O simplemente, no hacen falta que estén. No hago ninguna interpretación, solo dejo esa inquietud y reflexión y regreso a la evaluación de la estrategia.

Teniendo claros que esos son los objetivos del régimen, no podemos no caer en sus provocaciones y estrategia de desmoralizar y dividir. Suponemos que la dirigencia opositora está ya curtida al respecto, pero muchos opositores, abrumados por las dificultades de la cotidianidad y años de frustración, son más sensibles a esos mensajes, para los que todos debemos estar preparados y tenerlos en mente para comprender algunas acciones del gobierno, que de otra forma no se entenderían, en el complicado y múltiple tablero de la negociación que está abierta.

Por ejemplo, lo ocurrido recientemente con allanamiento de El Nacional por la GNB, en ejecución de una confusa sentencia; algunos se preguntan cómo entra eso en este juego, porque es obvio que los atropellos a la libertad de expresión no favorecen mucho la “imagen internacional” que el régimen quiere rescatar. ¿Fue una mera casualidad, es parte de la estrategia negociadora del régimen, o forma parte del pleito interno? Pareciera −al menos es la interpretación con la que yo me quedo− que se trató de una jugada del sector radical chavista para decir “presente” o para trancar la negociación, al sentirse excluidos o saberse los más perjudicados sí se llegara a un acuerdo que abriera el juego y llevara a la larga a la salida de este oprobioso régimen. En todo caso, si formaba parte de la estrategia negociadora o fue una jugada que salió mal, es lícito pensar que lo ocurrido nos refleja también que hay una procesión que va por dentro, que no todo es monolítico en este régimen neo dictatorial.

Aun sin poder asegurar que haya una verdadera intención negociadora por parte del gobierno, algunos hechos que −a lo mejor− escapan de su control o no parecerían “premeditados” o proceder desde la misma fuente, dejan ver debilidades y fisuras; en todo caso, la estrategia del régimen está desplegada. ¿Y la de la oposición? ¿Está cada vez más clara o es más confusa?, aun dispersa en varias opciones, la examinaremos en la próxima entrega.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 5 min


Colette Capriles

El tipo de negociación necesaria para Venezuela: Una que resulte en el mutuo reconocimiento político y que establezca fines con espíritu de nación. Pero para ello es necesario generar confianza. Avanzar, por ejemplo, en la reinstitucionalización electoral. Las lecciones serán no solo sobre cómo negociar sino cómo incorporar actores que pueden absorber los costos políticos de negociar. En todas las iniciativas la oposición debe participar unida mientras contribuye a resolver problemas de los venezolanos y fortalece sus capacidades políticas, con la mira puesta en viabilizar una negociación para la nación. Conectar la vida cotidiana de la gente con la promesa de una solución al conflicto político pasa por los hechos, no por las palabras.

Si hay algo que muestra el grado al que ha llegado el deterioro institucional entre nosotros, es el ritmo de los acontecimientos políticos. En sistemas políticos más o menos normales, parte de la normalidad consiste en cierta predecibilidad espacial y temporal de los acontecimientos. Por estos lares, en cambio, todo adquiere la forma de una especie de ritmo biológico, con ciclos de inspiración y expiración, de inercia y de frenética actividad. Es como una experiencia marcada por repeticiones agobiantes.

Pero la biología también nos enseña que la gramática de la vida consiste en producir diferencias sobre repeticiones. En la incansable copia genética hay mutaciones y cambio. En diciembre del año pasado la repetición parecía una fatalidad; meses después algo indefinible está pasando. No que la vida cotidiana haya dejado de ser la tragedia que es, pero algo se mueve. Palabras antes cargadas de electricidad como negociación y acuerdo, reuniones antes impensables, desfilan con discreción en medio de reliquias que siguen ahí inmutables, algunas haciéndose oír, otras silenciosas.

Se puede especular sobre las causas (o razones, o intereses) que actuaron sobre aquella inercia y están reconfigurando la atmósfera política. Quizás lo que tienen en común es que la realidad muerde, como el título de aquella película de los años noventa, y obliga. En política, sobre todo cuando de conflictos mineralizados se trata, basta un pequeño movimiento de algún actor para crear una onda expansiva, primero invisible, luego cada vez más ubicua. En otra época alguien hablaría de “nuevas condiciones subjetivas”. Como podría haber hablado de la pandemia como “condición objetiva” que desconfiguró la estrategia autárquica del gobierno de Maduro al imponer un nuevo estado de necesidad que le obliga a renovar sus tácticas, y que también vació de contenido a aquella “presión interna” que muchos entendían como la protesta “masiva” en las calles.

El caso es que desde la suspensión de la negociación facilitada por la cancillería noruega en 2019 se produjo una suerte de partición de aguas que hoy a lo mejor están volviendo a reunirse. Por una parte esa experiencia terminó consolidando las posiciones de cada parte, alejándose más entre sí, pero por otra parte esa mayor distancia dejó un terreno más amplio en el medio. El Gobierno intentó ocuparlo preventivamente pactando con grupos desafectos y partidos alejados de la corriente mayoritaria de la oposición que quisieron colonizarlo sin éxito. Las elecciones se concibieron no como la restitución de derechos electorales sino como un castigo hegemónico, y los pobres resultados dieron al traste con el experimento. Pero dejaron un resultado inesperado: El terreno sigue ahí y puede servir, tácticamente, para lograr avances en la reinstitucionalización, es decir, en la formulación de algunas reglas de juego preliminares que produzcan resultados en la calidad de vida de la gente (y en su repolitización) y en el repertorio instrumental necesario para una negociación política amplia.

“Lo que es interesante, y he ahí la diferencia, del nuevo CNE no es su composición solamente sino el proceso que le dio origen”

Es muy distinto sentarse a negociar bajo presión que hacerlo porque es necesario para alcanzar unos fines que sin ser únicamente los propios, sirven a estos. Y si de eso se trata una negociación, uno debe tener fines lícitos, es decir, que puedan ser reconocidos por la otra parte como tales. Y negociar sobre esa base. Si a ver vamos, ese es el núcleo del tipo de negociación necesaria en Venezuela: Una que resulte en el mutuo reconocimiento político y que establezca fines con espíritu de nación.

Pero para ello es necesario generar confianza, no en la contextura moral de los adversarios, sino en que es posible establecer unas reglas de juego apropiadas. Y la política es un arte en el sentido griego de la palabra: una techne, una práctica, un hacer, que solo puede perfeccionarse haciendo y rectificando en la práctica lo que las convicciones y las teorías predican.

Por ello avanzar, por ejemplo, en la reinstitucionalización electoral, es decir, recomponer a los actores políticos para que en la práctica puedan ir generando las micronegociaciones que alcancen las condiciones electorales mínimas, permitirá ir tanteando hasta dónde puede llegar la voluntad de reforma de parte del gobierno de Maduro, y hasta dónde alcanzan las capacidades de organización y movilización de la oposición para adelantar esas reformas. Lo que es interesante, y he ahí la diferencia, del nuevo CNE no es su composición solamente sino el proceso que le dio origen. La intervención de las asociaciones de defensa del voto y de vigilancia electoral fue fundamental para rescatar el papel de la sociedad civil en las mediaciones políticas específicas que se hicieron. Las lecciones serán no solo sobre cómo negociar sino cómo incorporar actores que pueden absorber los costos políticos de negociar.

Hay otros espacios abiertos o por abrirse que van a exigir la misma filigrana. Desde el Plan Nacional de Vacunación hasta la creación de un espacio humanitario, pasando por la cuestión laboral y la probable reconfiguración del Tribunal Supremo de Justicia, o la propuesta del Grupo de Boston sobre canje de petróleo por alimentos. Se dirá que el gobierno de Maduro pretende con ello que le resuelvan los problemas mientras desactiva y divide a la oposición multiplicando sus interlocutores. El caso es que tales iniciativas podrían ser por el contrario otros tantos frentes de negociación en los que la oposición debe participar unida mientras contribuye a resolver problemas de los venezolanos y fortalece sus capacidades políticas, con la mira puesta en viabilizar una negociación para la nación. Conectar la vida cotidiana de la gente con la promesa de una solución al conflicto político pasa por los hechos, no por las palabras.

29/5/2021

La Gran Aldea

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