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Opinión

Fernando Mires

Más allá de la expectación medial, nadie que entienda un mínimo de política internacional esperaba que de la conversación de Ginebra entre los presidentes Joe Biden y Vladimir Putin iba a aparecer algo nuevo. Ambos habían rayado el espacio de juego antes de la conversación. Biden había precisado que la contradicción fundamental de nuestro tiempo es la que se da entre gobiernos democráticos y gobiernos autoritarios y autocráticos. Incluso, haber calificado previamente a Putin como asesino —un insulto terrible— no fue una reacción emocional. Con esta denominación, Biden había dejado claro que el régimen de Putin es evaluado como un enemigo. Por su parte, Putin también había dejado claro que de la reunión no esperaba mucho y que, por lo mismo, no estaba dispuesto a ceder un solo centímetro en los puntos de discordia frente a su adversario internacional.

Lo único positivo de la reunión de Ginebra fue que ambos presidentes dialogaron, en sentido simbólico probablemente, pero dialogaron. Y eso es lo importante. Como acostumbraba decir el excanciller alemán Helmut Schmidt, «todo diálogo es bueno, pues mientras hay diálogo no hay balazos».

El diálogo, aunque sea infructuoso, tiene un poder simbólico: mostrar la voluntad de mantener la lógica de la política por sobre la de la guerra. Eso es seguramente lo que piensan Biden y Putin: nosotros somos demasiado fuertes para darnos el lujo de dirimir conflictos en una guerra militar. Mantengamos entonces la guerra en un nivel político. Por ahora.

¿Una reedición de la Guerra Fría?, preguntarán muchos. No exactamente. Aparte del peligro de entender conflictos internacionales con el recurso de la razón analógica (nunca el presente será análogo al pasado) la situación es diferente. Por una parte, la Guerra Fría era caliente, muy caliente: los vietnamitas, entre muchos, pudieron constatarlo. La Guerra Fría fue guerra militar entre dos potencias, pero dirimida por naciones representantes. Fue, si se quiere, una guerra indirecta llevada a cabo para sustituir una guerra directa que, evidentemente, podía llevar al fin del planeta.

Por otra parte, la hipertensión que tiene lugar entre Rusia y los EE. UU. —eso es lo que intentaron demostrar ambos adversarios— es una guerra política, y como la política tiene lugar sobre la tierra, es una guerra geopolítica. De lo que se trata —lo dejó entrever Biden en declaraciones previas— es de mantener las condiciones de un armisticio irregular y prolongado. Sorprendió en ese punto la dureza con que Biden respondió a la periodista Kaitlan Collins de la CNN, ante la pregunta de qué es lo que le hace estar seguro de que Putin puede cambiar de actitud. Respondió: «Yo no he dicho eso». Y agregó estas palabras claves: «No estoy seguro de nada. Putin no va a cambiar su comportamiento mientras el resto del mundo no lo obligue a hacerlo». Más claro que el agua.

Putin no va ca cambiar con argumentos sino ante la evidencia de que se encuentra frente a un bloque internacional sólido frente al cual no puede hacer nada. Putin nunca entenderá la fuerza de la razón, pero sí a la razón de la fuerza, eso es lo que quiso subrayar Biden.

Y aquí llegamos al tema central: la reunión del G7 era para Biden una precondición para enfrentar verbalmente a Putin. Solo si lograba el apoyo irrestricto de Europa frente a los que considera enemigos existenciales de los EE. UU. puede presentar su doctrina sobre China y Rusia. Sobre Rusia lo logró. Sobre China lo logró a medias. No obstante, seguirá presionando para imponer su doctrina. Pero antes, deberá derribar los pilares fundamentales sobre los cuales estuvo sustentada la doctrina Trump.

A quienes ya están acostumbrados a juzgar a Trump por sus actitudes excéntricas, parecerá extraño oír hablar de una doctrina Trump. Pero para quienes estamos obligados a separar la escenificación mediática de los objetivos políticos, podemos comprobar que Trump era, efectivamente, el portador de una nueva y a la vez antigua doctrina internacional. Una doctrina que podemos definir como nacionalista, aislacionista y, sobre todo, economicista.

Trump forma parte de una de las dos tradiciones que han marcado la política internacional de los EE. UU. desde su propio nacimiento. Una es la tradición nacionalista- aislacionista. La otra es la tradición internacionalista (a la que muchos llaman, intervencionista). De ahí la ambivalencia del América First de Trump. Significaba que los EE. UU. deben cuidar sus propios intereses antes que los intereses de los demás.

La doctrina internacionalista que en cierto modo representa Biden, plantea lo mismo, pero agregando que los propios intereses solo pueden ser defendidos a partir de alianzas estratégicas de larga duración, como la Alianza Atlántica y su derivado militar, la OTAN. El problema, por tanto, está en la definición de los intereses. Y aquí viene el incordio con Trump: los propios intereses solo eran para él los intereses económicos, los demás no contaban.

En la política, según Trump, no existen aliados históricos sino económicos y estos no deben surgir de asociaciones de países sino de acuerdos –nótese acuerdos y no tratados– bilaterales.

En otros términos, mientras que para Biden los enemigos económicos no son necesariamente enemigos políticos, para Trump regía el principio de que todo competidor económico es un enemigo político. Así se infiere por qué para Trump la UE era una organización enemiga a la que había que destruir y la OTAN una institución militar dirigida contra un socio estratégico de EE. UU., la Rusia de Putin, cuyo objetivo no oculto es –así como lo fue para Trump– la desintegración política y económica de Europa.

Trump era un empresario político; mucho más empresario que político. Según su lógica, todo, si se dan las condiciones, puede ser negociado. En cierto modo Trump había interiorizado la misma lógica economicista de los dirigentes del PC chino. La política es un negocio y los negocios son los negocios. Bajo esa premisa, un segundo mandato de Trump habría asegurado el comienzo del fin de la UE (Ucrania, los países bálticos y tal vez Polonia habrían sido servidos en bandeja al autócrata ruso), hecho que explica por qué Trump y Putin apoyaban de modo conjunto a gobiernos iliberales de Europa (el del húngaro Orban a la cabeza) y a la mayoría de los movimientos nacional-populistas, todos anti-UE. Desde esa perspectiva, Biden es una piedra atravesada en el camino de Putin.

Solo a un antipolítico consumado como Noam Chomsky se le puede ocurrir que «no hay diferencias entre la política internacional de Trump y la de Putin». No solo las hay, además son antagónicas y, por lo mismo, irreconciliables.

Con China el problema es diferente. China no tiene problemas territoriales ni con los EE. UU. ni con Europa. De hecho, no amenaza directamente a ningún país occidental. A diferencia de Putin, la nomenklatura china tampoco financia a organizaciones políticas en Occidente. En el exacto sentido del término, es un competidor económico y, en no pocos casos, un enemigo económico al que —en ese punto están de acuerdo la mayoría de los políticos norteamericanos— hay que derrotar.

Por cierto, China tiene un enorme potencial militar, pero por sobre ese potencial prima la estrategia de preservar su desarrollo económico basado en una muy agresiva economía de exportación, sobre todo digital. Así nos explicamos por qué la siempre pragmática Angela Merkel aseveró frente a Biden que las preocupaciones de la OTAN frente a la expansión de China le parecían algo sobrevaloradas. Por cierto, adujo Merkel, hay que mantener frente a China una posición crítica, no solo con respecto a los —recién descubiertos por los EE. UU.— «ligures musulmanes», muy maltratados por China, sino también en contra de la superexplotación capitalista a que son sometidos los propios trabajadores chinos.

Pero, por otro lado, hay que evitar que Rusia caiga en los brazos de China. Y eso solo puede ser posible si los EE. UU. —como sí lo logró la política de Kissinger en el pasado reciente— no logra mantenerlos divididos.

No puede haber peligro mayor para Occidente que la unidad estratégica entre China y Rusia. Ese sería el 2-1 que dibujó Orwell en su novela 1984. Kissinger nunca pensó, por supuesto, que Mao Zedong podía tener recaídas democráticas. Lo mismo piensa Biden de Xi Jinping («es muy inteligente, pero no tiene un solo hueso democrático»). Tal vez, atendiendo a las razones «merkelianas», el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, después de que la gran organización declarara enemigo sistémico a China, precisó: «China no es un enemigo político». Le faltó decir «como Rusia», pero todos entendieron. Sin embargo, el peligro existe: Rusia no puede movilizar a China, pero China sí puede movilizar a Rusia. Ese es el peligro, querida Angela Merkel.

En síntesis: el fundamento de la «doctrina Biden» requiere lograr la máxima unidad posible entre los países democráticos, formar un bloque defensivo político, cultural, económico y militar frente a las dos otras potencias, cerrar todas las vías expansivas a Rusia, competir económica y tecnológicamente con China sin menoscabar los intereses de las economías occidentales, instituir medidas proteccionistas si determinados casos así lo ameritan, y trabajar en dirección a la creación de organismos supranacionales cuyos acuerdos comprometan tanto a China como a Rusia. Un camino largo y difícil. Pero no hay otro.

El encuentro Biden-Putin no llevó —nadie lo esperaba— a ningún acuerdo. Pero en las cuatro horas que ambos mandatarios conversaron parecen haber quedado claras las diferencias que los separan en temas como la criminalidad cibernética, el clima del Ártico, el este de Ucrania, los espacios geográficos en disputa, los derechos humanos, las intervenciones en elecciones extraterritoriales, el emblemático caso Navalny, la ocupación colonial de Bielorrusia, la actitud a tomar frente a autocracias enclavadas en Occidente (las de Ortega y Maduro, por ejemplo). En fin, deben haber hablado mucho sobre las razones que han llevado a una enemistad que, ojalá, siga siendo política y nunca militar. Difícil, muy difícil.

El mensaje final de Biden fue: «Ustedes no nos pueden dividir». El «ustedes» son China y Rusia. El «nos» es la comunidad democrática mundial.

Twitter: @FernandoMiresOl

 7 min


Alejandro J. Sucre

Una economía como la venezolana no puede desarrollarse en medio de una pandemia si no se vacuna a la población para que pueda tener actividad económica, si permanecen las sanciones que impiden el despegue del sector petrolero y si lo poco que queda de actividad económica se diluye en corrupción y sobregastos fiscales.

Los dirigentes de la oposición deberían tener claro que las cifras de apoyo por parte de la población han mermado en más de 60 % y hoy no superan el 10 % electoralmente hablando. Esto es, la oposición sin ir a elecciones, apoyando las sanciones a la actividad petrolera venezolana han caído electoralmente hablando más que el mismo PIB venezolano. Aunque muchos líderes en la oposición están cómodos en el exterior y algunos perciben ingresos, la población venezolana espera todo lo contrario de sus dirigentes. La población necesita todo lo contrario a lo que ofrecen algunos líderes de la oposición. Espera lucha electoral pacífica que derrote las condiciones leoninas del oficialismo acrecentando una avalancha de votos y no tratando de debilitar a la economía vía sanciones. La actividad económica que fortalezca a la población. Viendo el ejemplo de Nicaragua donde el Sr. Ortega pone preso a cuantos asoman la cabeza para ser candidatos, la oposición en ningún momento ha solicitado sanciones ni ha dejado de participar electoralmente. Tampoco han solicitado intervención militar. La oposición nicaragüense se ha comido un cable sin lloriquearle al mundo que vengan a salvarlos. Ellos saben que deben ser estoicos y ganarse el corazón del pueblo con sacrificio propio y si estridencia. Igual ocurre con la oposición en Rusia y en Bierlorusia. No buscan el sacrificio de otros sino el propio, ni están haciendo desfiles en el exterior para que los rescaten.

Venezuela vive un momento estelar en que el oficialismo y oposición coinciden en la necesidad de inversión privada, y en el que todo el espectro de dirigentes políticos se aleja del estatismo y se adhieren a más libertad económica y ciudadana para impulsar hacia más prosperidad. Tampoco es sano mentir sobre la monstruosidad o criminalizar a los dirigentes del oficialismo que en nada se parecen a los de Corea del Norte, ni a los de Cuba. Los dirigentes del oficialismo tenían ideas muy equivocadas sobre la economía, la estatizaron y asfixiaron con controles y burocracia es verdad. Pero antes en los momentos que había recursos los entregaron a manos llenas a parte del sector privado vía Cavidi y juntos parte del oficialismo y del sector privado arruinaron al país. Luego, es verdad, el oficialismo tardó mucho en levantar los controles que asfixiaron al país. Pero hay que reconocer que lo hizo. También es verdad que el oficialismo violó derechos humanos para defender el poder. Sin embargo, algunos en la AN con mayoría de la oposición pretendió sacar al oficialismo del poder con marchas que iban con actitud de arrasar y ridiculizar, usando la buena fe de jóvenes inocentes.

Así que tampoco debemos santificar a todos los dirigentes de la oposición. Algunos que manejan recursos del Estado tampoco presentan cuentas claras a la población ni participan políticamente y se atienen a micrófonos y diplomacia geopolítica. Todo esto es para exponer la importancia de que la oposición debe tener claro que las batallas políticas deben quedarse en el terreno político y en el ámbito local. Debemos todos evitar formar parte o ser peones de las batallas geopolíticas y debemos todos evitar que la economía se vea afectada por las disputas de poder político. Incluso los chinos y los rusos y sus oposiciones separan la política de la economía con una visión de servicio y de largo plazo por parte de sus dirigentes. Las batallas políticas en el mundo desarrollado democrático no son tampoco un lecho de flores y menos en EEUU donde existe el juego sucio y la polarización. Pero tampoco estos dirigentes de oficialismo ni de oposición ponen a la economía como ficha de negociación. El electorado no les permitiría jugar con su patrimonio ni poner en riesgo su estabilidad económica como se puso en Venezuela.

Estoy seguro que la oposición venezolana y el oficialismo llegarán a un acuerdo imperfecto en los próximos meses. El acuerdo será imperfecto pero permitirá levantar las sanciones económicas y aumentar el ritmo de vacunación de la población. Al oficialismo le conviene más actividad económica y crecimiento y a la oposición le quitaron la alfombra en EEUU y en Europa para obligarlos a participar electoralmente y servir con visión de largo plazo. También considero que parte de las negociaciones para levantar las sanciones de Pdvsa debe incluir un mayor control de la corrupción en Pdvsa bien sea privatizando más la producción o creando una contraloría externa que permita que los fondos de esa empresa sean monitoreados por la banca internacional y que no sean utilizados para fines diferentes a los propios de su objeto comercial. Ahora que el precio del petróleo está repuntando, es el momento de negociar.

Twitter: @alejandrojsucre

 4 min


Carlos Raúl Hernández

Europa era un reducto de miseria, chozas, suciedad, hacinamiento y piojos, tejidos toscos para vestir, alimentos rústicos y desabridos, nobles en castillos malolientes. ¿Por qué allí y no en otra parte nació esa planta terca y raquítica de la libertad? Para el economicismo, es producto del mercado entre Italia y Asia a partir del siglo XIII y Marco Polo. La ruta de la seda deslumbró a los europeos con un mundo de refinamientos, telas exquisitas, joyas, teñidos de colores vibrantes, perfumes, bebidas, lujos inimaginables y especias mágicas. Y la riqueza de esa primera etapa del “capitalismo” financió los pensadores y las maravillosas creaciones artísticas de los renacimientos.
Pero como contrasta Alfred Weber, pese a la magnificencia, en ningún imperio, lengua, o cultura asiáticos existe sombra de libertad y sus regímenes semejan al de Chi Chi Wang quien aterrorizaba sus opositores, los “reinos combatientes”, enterrando vivos masas de niños. Talaba, incendiaba y pintaba de premonitorio rojo montañas que “no dejaban pasar” a sus huestes. Así aplastó pueblo por pueblo y creó el imperio chino. Una posterior emperatriz, imponía cunnillingus para acreditar a los diplomáticos. Por el contrario, en occidente las semillas de la libertad y la democracia estaban plantadas en la cultura cristiana porque “bienaventurados los que tienen hambre y sed… porque ellos serán saciados”.

En oriente solo hubo atroces despotismos y religiones intimistas que huían a los abismos del yo porque el mundo real era insoportable. En Europa nace un cisma histórico por el poder político entre la Iglesia y los monarcas, que a su vez peleaban entre sí. Esta perrera vertical y horizontal del poder, impidió teocracias totalitarias estilo asiático. La Iglesia estuvo siempre asediada por herejía y debates teológicos que remata Lutero en el siglo XVI al reclamar libertad de conciencia y secularización del poder. Tres siglos antes, en Florencia 1265 había nacido Dante Alighieri, de los hombres decisivos de todas las épocas. Il popolo hablaba en unos quince dialectos y los poderosos en latín.

Dante decidió escribir la Comedia en uno de aquellos “para que lo pudieran leer las putxs” y la magnitud de la obra hizo del toscano la lengua italiana. Su impacto en la cultura es tal que la imagen del infierno en la cultura es la que él describe. En mayo se conmemoraron 700 años de su muerte exilado, pobre y solitario en Ravena. Su vida y su muerte están marcadas por un amor imposible y de extraña persistencia, Beatrice Portinari, de la que se prenda cuando ambos tenían 9 años, en 1274 (ella murió a los 22 en 1287). No parece “patriarcalismo” que mil años después de la caída de Roma, el ser humano renace con un libro consagrado a una mujer. Sus últimos pensamientos se los dedicó porque en la tercera parte de la Comedia, “El Paraíso”, concluida en 1321, año también de la muerte del poeta, es ella quien lo conduce por el Reino de Dios.


Poeta, novelista, ensayista y perseguido político, durante su vida. Italia no pudo ser una nación sino un pandemonium de ciudades-estado en guerra. Florencia, estaba sacudida por el conflicto entre los dos grandes poderes geopolíticos, el Papado contra el Sacro Imperio Romano Germánico. El partido güelfo aspiraba asociar la ciudad al Papa y los Estados pontificios, y los gibelinos simpatizaban con el Emperador. Dante era güelfo, pero quería mantener Florencia independiente de los grandes poderes geopolíticos, federar las ciudades toscanas, luego las italianas y separar la iglesia del Estado. El plan le adelanta 200 años a su paisano Maquiavelo y 500 al Risorgimento, la unidad italiana.

Con otros moderados creó la fracción de los güelfos blancos para tejer negociaciones y consenso, soluciones políticas a la violencia, contra los negros y la injerencia extranjera, pues temían la caída de la república, como ocurrió. Prior (alcalde) de la ciudad, contra la inestabilidad tuvo que sancionar a algunos blancos y negros. Varios papas fueron sus enemigos por su crítica a la injerencia en la ciudad. El Consejo luego controlado por los gibelinos, exilió a Dante por corrupción, pedofilia (una malvada lectura de La vita nuova basada en Beatrice), colaboracionista, y lo condenó a la hoguera si regresaba. La Comedia, luego llamada por Petrarca “Divina”, es uno de los más grandes libros existentes y también análisis y balance de los errores de los políticos, a los que destina los nueve círculos del infierno.


Tiene el coraje de reivindicar a Paolo y Franchesca, dos jóvenes amantes sorprendidos en medio de la pasión y asesinados por el marido, mientras coloca a varios Papas en el infierno Y estigmatiza a los que perdieron la república, por sucumbir al odio, la miopía y la incapacidad para pensar en el futuro. Dice Dante que en el séptimo círculo: “Vi llegar personas que lloraban en silencio y caminaban… con paso lento… cada uno de ellos retorcido desde la barbilla, con el rostro… hacia atrás, por haber perdido la capacidad de ver hacia adelante… tan torcidos… que las lágrimas les corrían entre las nalgas”.


@CarlosRaulHer

 3 min


José Antonio Gil Yepes

Las variables políticas con mayor impacto en la evolución de Venezuela son el manejo de los Derechos Humanos y la Articulación del Oficialismo, muy por encima de la Articulación de la Oposición y las negociaciones locales facilitadas por los representantes de Noruega y del Grupo de Contacto. En lo político internacional, se destacan eventos que reflejan la alianza del gobierno de NM con países del bloque de Oriente; lo cual sugiere que su enfoque hacia las sanciones es más evadirlas, con el apoyo de Rusia, Irán, Turquía, etc., que negociar la flexibilización de dichas sanciones con los países de Occidente a cambio reformas democratizadoras y económicas. Este proceso refleja la continuación de la tendencia de Venezuela hacia un cambio de esfera de influencia geopolítica hacia los países de Oriente (todos de corte autoritario, con la excepción de la India); mientras que, por su parte, Estados Unidos no ha definido otra política hacia Venezuela que la de ponerse de acuerdo con los países de la Unión Europea y estos, a su vez, se encuentran ocupados de la pandemia, Brexit, Ukrania, etc.
A medida que cede la pandemia, está la emigración de venezolanos y, con ella, se reactivarán las presiones de los países receptores de nuestros migrantes para que el gobierno de NM cambie sus políticas o para que cambie el gobierno.

En lo económico se destacan, en positivo, el avance de la dolarización, con la legalización de contratos con precios y pagos en divisas, la vacunación y la promoción de exportaciones privadas. En lo negativo, se destacan la lentitud y privilegios (Sistema Patria) en la vacunación; la persistencia de las semanas de no circulación, que entorpecen la economía; los amagos de la Sundee en controles de precios y la extraña ausencia de privatizaciones (ofrecidas por el oficialismo vía Ley AntiBloqueo). En este último aspecto, recientemente anunció el diputado oficialista José Gregorio Leandro Mora que la privatización no es lo que plantea la Ley Antibloqueo, sino la “equitización” (¿?). Lo económico también se ve frenado por las fallas en servicios públicos: combustibles, transporte, electricidad y servicios de salud.

El cambio climático sigue cobrando conciencia en los países del G7 y, con ello, los planes para sustituir el auto a gasolina por el auto eléctrico. Lo cual apunta a que, si Venezuela pretende volver a ser un país petrolero –ya no lo es-, tendrá que reorientarse del mercado energético a los mercados químico y petroquímico y tendría que sincerarse si es que es verdad que el gobierno de NM quiere atraer inversionistas importantes para lo cual necesita reformar la Ley de Hidrocarburos (una de las más estatizantes y más fiscalistas del mundo), poner en marcha el proceso de privatizaciones ofrecido por la Ley AntiBloqueo y garantizar la propiedad privada.

En suma, las fuerzas que están moviendo los escenarios de Venezuela son la concentración de poder en el gobierno de NM, basada en su relativa articulación interna y el apoyo militar; la ruina económica y de servicios públicos que ocasionó esa concentración de poder; la emigración de venezolanos y la presión de los países receptores por cambiar el gobierno de NM o que éste cambie sus políticas ruinosas; la necesidad del gobierno de recuperar algún bienestar; el apoyo internacional mayoritario a la oposición venezolana; y las sanciones, que están siendo usadas como cartas de negociación para obligar al gobierno a cambiar sus políticas y a democratizar el país. Las fuerzas ausentes se deben a la desarticulación de la oposición y a su falta de coordinación de estrategias con el resto de los sectores democráticos.

La verdadera solución para cualquier demócrata radica en las negociaciones, lo cual es difícil de llevar a cabo por la poca vocación negociadora del oficialismo y la carencia de un vocero de consenso por parte de la oposición: el reto de los facilitadores noruegos es mayúsculo. Cierto es que el gobierno de NM hace anuncios mayores, como la privatización generalizada vía Ley Antibloqueo; pero luego no pasa casi nada. En temas menores sí, como la renovación de los Rectores del CNE. Pero éstos cambios no reponen la democracia ni recuperan la economía. Por ahora, Venezuela da vueltas alrededor del punto donde el gobierno de NM la ha colocado. Puede ser que el gobierno esté comprando tiempo, como ha hecho siempre con el supuesto Diálogo, para esperar que sus antagonistas o problemas se agoten y continuar su mismo rumbo. Sin embargo, la crisis económica se le salió de las manos y el gobierno ha tenido que implementar medidas ajenas a su interés por concentrar el poder, como la liberación de precios y del tipo de cambio. Además, parte del empresariado, se cansó de esperar: está reactivando operaciones y las federaciones empresariales, coordinadas por Fedecamaras, están tratando de negociar con el gobierno cambios en las políticas económicas, lo cual es aprobado por el 81% de los empresarios según la Encuesta Multisectorial Empresarial de Escenarios Datanalisis. Los políticos opositores pudieran tomar ejemplo de Fdecamaras y ponerse de acuerdo en crear una instancia que los represente y comprometa, tanto para negociar como para presionar. Si alguien piensa que estos esfuerzos negociadores son inútiles, también debe pensar que el gobierno de NM está en graves apuros que le inducen a cambiar. Recuerde, la historia se escribe cada día, todos los días; como se escribió la historia de la transición del gobierno en 1958-1959.

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Ángel Monagas

Cuando analizamos los resultados de los últimos procesos en nuestra parte del continente, podemos llegar a conclusiones erradas y a imprecisiones conceptuales y sociológicas.

El resultado del Perú se acerca mucho a eso.

¿Por qué? ¿Es que la derecha fracasó? ¿Es que el socialismo es mejor o es que el liberalismo no responde a nuestros intereses?

Empecemos por aclarar que en el Perú, como en Argentina, Bolivia y en Chile, no triunfó la izquierda, ni siquiera las ideas de Marx. Es la concertación de un proyecto populista, ideado por Lula da Silva y Fidel Castro en 1990.

No me refiero tan solo al plan del Foro de Sao Paulo ni a la Unión de Repúblicas Socialistas de América (URSA).

No es una película ni un invento del Nuevo Orden ni de los extraterrestres o espíritus.

La derecha o, mejor dicho, el liberalismo como corriente opuesta a la prevaleciente izquierda en Venezuela, aún no ha entendido ni encontrado el puente comunicacional con las grandes mayorías.

En un artículo de prensa, publicado el 9 de diciembre del 2016 en LaRepublica.net, titulado Socialcristianismo. Conclusiones, Emilio Bruce decía:

«Algunos costarricenses perciben el socialcristianismo como extrema derecha por ser antítesis del marxismo y sus derivaciones. En realidad, la oposición contra la doctrina social de la Iglesia católica deriva del hecho de que el socialcristianismo es profundamente democrático y bajo su régimen las elecciones populares son concebidas como un voto para cada ciudadano mayor de edad y se ejerce plenamente en diversidad de partidos y opciones. No es un régimen totalitario de partido único.

»En realidad, el discurso contra el socialcristianismo obedece a que es una herramienta social para lograr cuatro elementos básicos en una sociedad: primero, para colocar la dignidad, libertad y preeminencia del ser humano creado a imagen de Dios antes que cualquier partido, líder iluminado, o del Estado mismo. Segundo, para buscar el bien común estableciendo relaciones de equilibrio, respeto, justicia y bien entre las personas. Tercero, para crear una relación de solidaridad entre las personas sin menoscabo de su libertad, de sus vocaciones o iniciativas libres. Cuarto, para atender las necesidades de los más pobres y de los más necesitados de educación y de trabajo, sin aplastar a quienes tienen, a quienes ya disfrutan del bienestar que se desea dar a toda una colectividad. No es acabando con los exitosos cómo se promueve a los menos favorecidos.

»El socialcristianismo no promueve la creación de pobreza al nivelar para abajo y empobreciendo a todos. El socialcristianismo busca de manera clara que cada individuo despegue sostenidamente en su economía y en su vida familiar. Nunca ha buscado confiscar de unos para dar a otros. Ha buscado y alcanzado relaciones equitativas y justas. Busca claramente repartir riqueza produciendo más, no repartir pobreza repartiendo lo que hay entre todos».

Una de las grandes fallas del socialcristianismo, a pesar de los esfuerzos de muchos, es la carencia de un proyecto, de unas ideas para superar las necesidades materiales, que sí existen y no las negamos, como es el hambre, la pobreza extrema en general.

Maritain, fue un pensador inspirado en la filosofía cristiana. Su aporte es un océano a la causa de la democracia cristiana pero no bastó para enfrentar el verbo, la falsa imagen del comunismo en el mundo.

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Luis Ugalde, S.J

Parece que ya nadie cree en nadie, ni en el poder dictatorial ni en la oposición democrática. Las promesas no engañan cuando la mentira se ha convertido en cinismo para justificar el hundimiento. Los jefes del régimen saben que la “revolución” que ofrecieron como liberación del “capitalismo explotador”, ha llevado a la pobreza al 90% de un país en descomposición. No estoy de acuerdo en quienes consideran que Maduro es tonto e ignorante. Sabe de sobra que el país está en un callejón sin salida y necesita un cambio radical.

¿Nueva negociación? El régimen ha dicho que está dispuesto a una nueva negociación que no sea repetición de las burlas anteriores. Nadie se fía de las palabras. ¿Será verdad que el régimen piensa engañar una vez más? ¿Va a la negociación dispuesto al cambio o simplemente para ganar tiempo y respiro?

Para reconstruir a Venezuela no hay más camino que lograr acuerdos básicos fundamentales con decidido cambio de modelo y sumar todas las fuerzas posibles (hoy enfrentadas) para que la deseada reconstrucción democrática no sea un estrepitoso fracaso. Esto es más que una negociación entre 16 representantes, es diálogo multicolor de millones que descubren su necesidad de convertirse en ciudadanos para que renazca la República.

Es asunto de vida o muerte no solo quitar las sanciones internacionales sino entrar en una relación amistosa y de fuerte colaboración con las principales democracias del mundo. Esas sanciones se impusieron como respuestas a graves delitos personales y a políticas antidemocráticas, violatorias de la Constitución y de los derechos humanos. Ahora se le hace ver a la dictadura que no hay levantamiento de sanciones si el gobierno “de facto” no da pasos significativos hacia la democracia, quitando persecuciones, prisiones, destierros e inhabilitaciones dictatoriales y cambiando el modelo totalitario rotundamente fracasado que mata a la economía productiva y castiga a la población con la miseria.

¿Van los hechos en esa dirección, o más bien las palabras-promesas van por ahí y los hechos en la dirección contraria?

Condiciones para la reconstrucción nacional

Sin eliminar la hiperinflación no hay vida, y no es posible frenarla sin refinanciar la inmensa deuda e incrementar aceleradamente la producción nacional, desastres a los que llevó el régimen mucho antes de las sanciones. Es indispensable una inversión multimillonaria sostenida, lo que no puede ocurrir sin garantías jurídicas y sin un modelo abierto a la iniciativa privada. Sin ese cambio sustancial no es posible crear oportunidades para que millones de venezolanos tengan trabajo productivo y bien remunerado. Sin cambio global de enfoque tampoco es posible el apoyo internacional con movilización nacional de la sociedad civil activada y articulada.

Obviamente todo esto exige un estado democrático que desata y estimula el talento y la creatividad de millones de venezolanos y de miles de organizaciones intermedias muy variadas.

¿Va el gobierno “de facto” en esa dirección?

Desearíamos que así fuera y a veces se escuchan algunas promesas en esa dirección. Pero no lo hará el régimen mientras sienta que tiene otras alternativas y no sea obligado por el malestar nacional de millones y la presión internacional de las democracias e instituciones de derechos humanos. Tenemos que ver hacia dónde van los hechos y decisiones más recientes del poder Ejecutivo-Judicial. Al tiempo que prometen diálogo hacia la democracia, los hechos van a atornillar la dictadura. Permítanme nombrar muy rápidamente solo 10 políticas: no opiniones mías, sino hechos evidentes del régimen.

1-Criminalización de las ONG, su control dictatorial y obligación de demostrar su inocencia. Así mismo de los organismos internacionales y ONG de apoyo.

2-Control total de los Medios de Comunicación Social con exclusión de la sociedad.

3-Promoción del anticonstitucional estado comunal con eliminación del poder municipal y de las votaciones individuales libres y secretas.

4- Mantenimiento del secuestro de los partidos opositores y de sus tarjetas.

5-Inhabilitación, persecución y exilio de dirigentes democráticos.

6-Centenares de presos políticos.

7-Con un CNE algo mejorado, pero que nada puede hacer si el Poder Ejecutivo-Judicial dictatorial no quiere.

8-Discriminación en toda la vida nacional con el carnet del partido oficial y la división del país en patriotas y “derecha” delincuente que, como tal, debe ser excluida y perseguida( como en Cuba).

9-La Fuerza Armada Bolivariana es y debe ser partidista; quien no lo sea es enemigo de la patria.

10-Mantenimiento de la injerencia cubana en los núcleos decisivos.

Necesitamos una ciudadanía movilizada para elecciones integrales y más allá, una negociación libre de toda ingenuidad y partidismo y una presión internacional en la que Europa y América se den la mano en ayuda de la vida digna y libre de los venezolanos.

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Humberto García Larralde

El triunfo electoral de Pedro Castillo en Perú expresa, para algunos, la amenaza de opciones políticas contrarias a la democracia, identificadas con el Foro de Sao Paulo. El próximo país en sucumbir podría ser Colombia, con elecciones el año entrante, preso actualmente de una protesta que no amaina. Similares protestas ocurrieron en Chile y Perú (y la misma Colombia) en 2019. Además, estarían los cambios en puertas en Chile, dado el sesgo de izquierda con que resultó electa la asamblea que habrá de redactar su nueva constitución, y las expectativas de que retorne al poder Lula en Brasil, ante la desafortunada gestión de Jair Bolsonaro. ¿Significa el resurgimiento de fuerzas identificadas de una forma u otra como de “izquierda”, un proyecto para acabar con la democracia liberal en el continente? Las experiencias de la Venezuela chavista, de Nicaragua con Ortega, como de Cuba, no dejan dudas al respecto. ¿Podemos suponer que fuerzas afines en otros países seguirán su camino?

Los venezolanos confiamos en que ninguno de nuestros vecinos latinoamericanos habrá de emular un proceso como el chavista, que destruyó a uno de los países más prósperos del continente y acabó con sus libertades democráticas. Sería suicidio. Pero los discursos redentores de líderes populistas tienen un asombroso poder de contagio, más con los estragos del Covid-19. Tocan sensiblerías comunes a latinoamérica, señalando al “imperio” y a una difusa “oligarquía” como el origen de todos nuestros males, y prometiendo cortar el nudo gordiano de las instituciones de la democracia representativa para darle protagonismo directo al Pueblo (mayúscula). El chavismo ilustra algunos de estos aspectos.

El origen comicial de la presidencia de Chávez no impidió calificar a su gestión de autoritaria, aunque “competitiva”, según algunos analistas: convocaba a elecciones, pero cada vez más dominadas por el ventajismo oficialista, en el marco del desmantelamiento del Estado de Derecho y la violación creciente de los derechos humanos. Esto se acentuó con su sucesor, quien hizo inhabilitar a partidos y dirigentes opositores con un poder judicial pro-chavista, usó abiertamente los recursos del Estado para promover a candidatos oficialistas, acosó a las fuerzas opositoras y les dificultó el acceso a la totalización de votos. La supresión del ordenamiento constitucional culminó, como sabemos, en la anulación de los poderes de la representación popular en la Asamblea Nacional 2015-20 y en comicios amañados para designar una asamblea constituyente en reemplazo, y para reelegir a Maduro como presidente. Tales trampas fueron desconocidas por más de 50 países democráticos. Junto con los informes de la Alta Comisionada y del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, más denuncias de la OEA y de numerosas ONGs, no dejaron dudas acerca del carácter dictatorial del régimen de Maduro. Pero resultó ser una dictadura sui géneris, diferente a las que asolaron a América Latina el siglo XX, asombrosamente resiliente, que ha podido sobreponerse a su notoria impopularidad, a la severa crisis económica provocada por sus políticas y al rechazo y a las sanciones de las principales democracias del mundo.

Suele caracterizarse como comunista o “castro-comunista”, por su sometimiento a directrices cubanas, sobre todo en materia de seguridad de Estado, y por su prédica antiimperialista y “revolucionaria”. Los cambios en ciernes, mencionados arriba, se designarían, igualmente, como avances del comunismo. No obstante, ni el chavismo, ni las expresiones de izquierda referidas, se avienen al modelo comunista clásico. Amén de la ausencia de una base doctrinaria marxista leninista, su extracción de clase es predominantemente del lumpen y demás desclasados, con la clase obrera organizada ubicada como enemiga a desactivar; sus propuestas destruyen a las “fuerzas productivas”, contrario a lo que se desprendería de los escritos de Marx sobre el socialismo; no hay plan central efectivo de las actividades económicas; y sus alianzas, tanto nacionales como internacionales, son con fuerzas oscurantistas, de derecha: teocracias, dictaduras genocidas (Siria), sectas religiosas y regímenes paria de distinto tipo.

Un argumento distinto para evitar esta calificación es que, a pesar del notorio fracaso de todos los intentos por instrumentarlo, todavía la noción “comunista” tiene cierto tinte utópico en algunos sectores de la izquierda política y académica. Habrían fallado los líderes, pero no la idea: con una adecuada corrección de los errores cometidos, podría alcanzarse la tan anhelada liberación de la humanidad. Semejante aberración repercute, asombrosamente, en la aquiescencia de agrupaciones de izquierda ante la dictadura de Maduro, Cuba y movimientos afines. Formarían parte de “las causas más nobles de la humanidad” que, se admite, pueden excederse al defenderse ante acciones en su contra del “imperio”. Al dificultar asumir actitudes condenatorias de sus atropellos a los derechos humanos por sectores académicos de Europa y EE.UU., se convierte en un plus. Internamente, la mitología comunista ofrece un relato para absolver tales atropellos: “legitima” una dictadura totalmente ajena a lo que postula.

La prédica patriotera de Chávez, invocando a la epopeya emancipadora para excitar al pueblo contra una oligarquía que, supuestamente, había traicionado al Libertador, es de naturaleza fascista. Al igual que con el comunismo, recoge su vocación totalitaria. Con campañas de odio contra sus opositores, edificó un imaginario maniqueo que llevó a su discriminación abierta. La militarización de la sociedad, sus diatribas populistas, el culto a la muerte y la asunción de la política como una guerra contra los “enemigos del pueblo”, defendido por sus “camisas rojas”, completan el cuadro. Como innovación, incorporó elementos de la mitología comunista para construir un envoltorio ideológico que identificó con el “socialismo del siglo XXI”. El menjurje con sus prédicas épicas iniciales puede denominarse de “fasciocomunista”. Confirió sentido a prácticas populistas extremas en contra de la democracia liberal, para erigir una trinidad Caudillo-Pueblo-Ejército que justificara su poder personal omnímodo. Habría que estar atento si Castillo u otros líderes populistas latinoamericanos, deriven hacia tales perversiones.

Pero, a diferencia de las experiencias fascistas del siglo XX, interesadas en asegurar una economía robusta que sustentara sus fines bélicos, el chavismo se dedicó a expoliar la enorme renta petrolera, destruyendo las fuerzas productivas del país. La destrucción del Estado de Derecho y el arrinconamiento de las fuerzas de mercado, hizo que la asignación, distribución y usufructo de los recursos económicos pasara a determinarse por criterios políticos, ajenos a la racionalidad económica, creando toda suerte de oportunidades de lucro. Degeneró en componendas entre quienes estaban mejor posicionados para aprovecharse de éstas, en lugar destacado la cúpula militar, corrompida deliberadamente para asegurar su complicidad en la expoliación. Creó un Estado mafioso, asociado a países paria que le prestan asistencia, así como con el ELN y las FARC disidentes colombianas, y otras organizaciones criminales que controlan porciones del territorio nacional. La situación de anomia facilitó la extensión de sus tentáculos a todos los niveles consolidando, así, un régimen de expoliación en el que priva el más fuerte.

Esta situación, propia de un territorio conquistado, describe fielmente la vida actual en Venezuela. El Estado gangsteril de Nicaragua bajo Daniel Ortega se le asemeja mucho. Y Cuba, no obstante la hegemonía del clan Castro, se encuentra dominada por una oligarquía militar que, al igual que en Venezuela, controla la economía. Aprendiendo de la corrupción militar chavista, depreda a sus anchas las escasas fuentes de ingreso de la isla, al controlar el poder sin contrapeso alguno. Otra muestra de “apartheid revolucionario”. Es esta la amenaza ante la que es menester estar vigilante: la emergencia de una internacional militar mafiosa, que conquista a sus propios países en nombre de la “revolución” y procura prestarse ayuda mutua para permanecer indefinidamente en el poder. Recordemos que el populismo latinoamericano muestra, además, un largo historial de destrucción de sus economía.

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