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Opinión

Fernando Rodríguez

No hay opositor en este país que no diga que debemos juntarnos y expresarnos para salir de este gobierno bruto, cruel e ilegal, dictatorial y militar pues, y remendar o revivir la apagada existencia nacional, la universidad y la educación toda por ejemplo. Y tienen razón porque estamos en silencio y en la inacción más desconcertante mientras nos masacra la barbarie.

Seguro que hay nudos muy serios que desatar para que ese objetivo se logre. Porque cada quien ve la unidad a su manera. Los ejemplos son innúmeros, tantos como grupos cívico-políticos ahora a la moda, que por Zoom (logros de la pandemia) intercambian sus ideas y creen que tienen la fórmula apropiada. Hasta documentos hacen. Estos días apareció uno, donde hay gente realmente valiosa, que razonan con sindéresis a favor del voto, pero se les olvida que hay que subrayar que, dice uno, y ellos también, algunas condiciones electorales deberían variar con respecto a las vigentes, realmente espantosas, indigeribles para cualquier estómago que se precie.

Lo que plantea un círculo vicioso bastante curioso porque lo que se debería llamar a los pobladores es a cambiar las condiciones para poder votar sin perder la dignidad y, depende de lo que se logre (¿qué estará pensando Jorge Rodríguez, verbigracia?), pues veremos. No al revés: votar primero y luego la moral, por “política” que se pretenda. A lo mejor eso le quita velocidad a las voraces ansias electorales nacionales que aluden, puede ser. Así son los círculos perversos. También dejan de nombrar que un esquema semejante pareciera suponer, al menos hay que dilucidarlo, que Nicolás Maduro Moros permanecerá en la presidencia, hasta el 2025, que no es bagatela, mientras nosotros acumulamos algunas alcaldías y gobernadores (con protectores), pero al menos echamos a andar y al andar se hace camino a veces. Así suena mal, habría que revisarlo en el zoom.

Para terminar, digamos que lo que de verdad nos entusiasma de la carta es el reconocimiento efusivo y la cesión del liderazgo de la eventual tumultuaria acometida al que bien se lo merece, Juan Guaidó. Por supuesto que se lo ha ganado por las virtudes que le señalan, pero, además, no hay otro.

Me he extendido con esa cuartilla porque es el más redondo de los que he visto recientemente. Tiene otra cosa de interés que he dejado para otra ocasión como la oposición entre Caracas y el interior, a favor de éste, que llaman descentralización. Es curiosa y nada evidente: seguid el ejemplo…

Por allí también circula, más o menos clandestinamente, una carta del ex decano de Economía Víctor Rago con muy certeras observaciones sobre la universidad, en especial la Central, donde invita a debatir no solo una eventual elección, necesaria hasta por hastío, inercia y arrecheras de gobernantes y gobernados, sino incluso la sobrevivencia misma de ésta (o “inventamos o cerramos”, termina) ahora amenazada con el fin de su autonomía y diría que de sus posibilidades mismas de existencia legítima por una nueva ley de universidades elaborada por esa manada de ágrafos que dormitan en la nueva Asamblea. Basta pasear por la maravillosa arquitectura de Villanueva y su estado de deterioro o calcular las cuatro lochas (sic) que ganan los profesores o el ausentismo estudiantil producto de la inexistencia de futuro, para apostar a la segunda acepción del robinsoniano final del documento, cerrar. ¿Podría uno preguntarles a los distinguidos firmantes de la carta a Guaidó cómo se le puede entrar a este problema, o a la salud o los servicios básicos…, a punta de alcaldías y con el académico Maduro dirigiendo la terapia intensiva de la patria? Son grandes rollos, nacionales, no regionales ni al parecer del CNE.

Total, que hay que seguir discutiendo y sugeriría postergar un poco los manifiestos, a lo mejor logramos uno mayoritario

7 de marzo 2021

El Nacional

https://www.elnacional.com/opinion/el-voto-claro-pero/

 3 min


Douglas Zabala

Venezuela en toda su historia republicana ha estado signada por la confrontación política. El caudillismo, las dictaduras, los gobiernos autoritarios bajo los regímenes democráticos y las montaneras, conspiraciones, insurrecciones, golpes de estados y guerrillas han sido las constantes en nuestro devenir histórico.

El otro signo significativo, ha sido el diálogo, el perdón, el sobreseimiento, el indulto y la amnistía, como elementos conciliadores después de las refriegas dadas en cada circunstancia política por el control del poder.

La naturaleza de todos ellos es la paz, porque una vez superado el conflicto, el mejor camino hacia la conciliación es no buscar demostrar culpables o cual de los bandos en pugnas resulto ser el factor determinante en la confrontación pasada.

En el caso del régimen represivo impuesto por Nicolas Maduros, estos valores del dialogo y la conciliación poco importan. Y veamos algunos ejemplos ilustrativos de su accionar y el de otros gobernantes en el pasado. Habrá de recordarle, sobre todo a quienes desde el poder se ufanan de bolivarianos, que en Venezuela no es nuevo promover el perdón al “enemigo”.

En 1812 el Primer Congreso de la era republicana, dio un ejemplo de generosidad y justicia, liberando al Sacerdote Provincial de la Orden de San Francisco, Fray Pedro Hernández, quien había sido condenado a muerte, por participar en los acontecimientos de Valencia. Además, dieron libertad a más de un centenar de prisioneros por su complicidad en ellos. Resultando este, uno de los primeros actos decretados por el Congreso del 1811, iniciándose apenas la República.

Sirva este ejemplo para recordarle al mundo, de cómo Nicolas Maduro, mantiene secuestrados en sus mazmorras, a los Generales Raúl Baduel, Miguel Rodriguez Torres, al Capitán Caguaripano y a otros doscientos militares de distintos rangos, a quienes, a través de juicios amañados y violatorios del debido proceso, se les violan de forma sistemáticas sus derechos humanos.

Cuando el gobierno del General Cipriano Castro en diciembre de 1902, ante el bloqueo de los puertos de las costas venezolanas, por parte de la Armada anglo-ítalo-alemana; en aras de lograr la unificación del país, emite un decreto de Amnistía General, para todos aquellos prisioneros políticos, surgidos de las revueltas y montoneras contra su gobierno, por parte de los caudillos propulsores de la Revolución libertadora.

Sin embargo, en la Venezuela actual, Nicolas Maduro, mantiene bajo prisión al periodista Roland Carreño y manda a revocarle la medida de libertad condicional al Diputado Gilberto Sojo. Además, ordena las ejecuciones extrajudiciales de Óscar Pérez y su grupo de rebeldes ya rendidos; así como la del opositor Fernando Albán, mientras estaba en custodia, y la del capitán Acosta Arévalo, torturado hasta morir.

El mismísimo Juan Vicente Gómez, de manera excepcional, emitió varios decretos de Indultos o de Amnistía para muchos de sus enemigos políticos. Por no dejar, a la muerte de este dictador, el General Eleazar López Contreras, liberó a todos los presos políticos, que aún quedaban en las cárceles venezolanas.

En cambio, Maduro actúa con saña en contra de los estudiantes Wilder Vásquez y Brayan Oropeza, quienes tienen 3 años secuestrado por la barbarie judicial del régimen. También entre 2014 y 2020, bajo sus directrices criminales se ejecutaron 18.093 asesinatos perpetrados por las fuerzas de seguridad del Estado y los grupos paramilitares, incluidas ejecuciones extrajudiciales y asesinatos de manifestantes.

Durante el periodo de la lucha armada, las cárceles del país estaban abarrotadas de presos políticos. Los Gobiernos de Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, en su afán por derrotar, como en efecto lo hicieron, a los partidos insurgentes, habían desplegado una feroz represión contra los alzados. El presidente Rafael Caldera, hereda un país todavía convulsionado, y consciente de ello, impulsa un proceso de pacificación, decretando Amnistía e Indultos, lo cual llevó a que esa izquierda radicalizada, participara de nuevo en la vida democrática.

Maduro ante las intentonas fallidas de los factores radicales de la oposición, para desplazarlo del poder; a pesar de la presión internacional, lo que hace es arremeter con mayor virulencia contra esos grupos y termina arrebatándoles sus partidos y condenando al ostracismo político con inhabilitaciones a sus ex diputados.

Refrescando nuestra historia reciente, después de la intentona del 4 de febrero de 1992, Hugo Chávez y sus comacates, quedaron en libertad, gracias a que, en su nuevo mandato presidencial, Rafael Caldera, le ordenara a la Corte Marcial, sobreseer la causa a todos los militares que se habían revelado en contra del ex presidente Carlos Andrés Pérez.

Y como agua que rebosa el vaso, el 31 de diciembre de 2007, el presidente Hugo Chávez, ordenó la publicación del Decreto No. 5.789, Ley Especial de Amnistía, a favor de quienes habían participado en el golpe de estado de abril del 2002.

Nicolas Maduro burla todo intento de diálogo que nos conduzca a la conciliación y a la paz. Esta conducta revela su lado oscuro represivo e intolerante, y es una demostración palpable de que, en Venezuela, él ha impuesto como política de Estado, la violación permanente de los derechos humanos a sus opositores.

El reto que tiene el liderazgo opositor, es obligar a Maduro, a buscar una salida a través del diálogo, pacífica, democrática y electoral, garantizando; eso sí, que, al vencido, si no ha cometido delitos de lesa humanidad, se le debe dar el perdón, como ha sido nuestra tradición histórica.

 4 min


Hugo Prieto

No seré yo el que diga, sin albergar duda, que las casualidades existen. Tendría que acudir a la ciencia para demostrarlo, lo cual está negado de plano. Anoto una serie de hechos que, como dos vectores, apuntan en la misma dirección y envían una señal roja cada vez que interceptan una impresión, una conclusión o un dato, en su recorrido en paralelo. La primera visión es de la escritora Ana Teresa Torres*, plasmadas en su libro Viaje al poscomunismo. Son anotaciones, agudas como corresponde a una intelectual de su valía. La segunda visión es la del periodista estadounidense David Remnick, quien escribió una pieza emblemática del periodismo de investigación, «La tumba de Lenin», que mereció el premio Pulitzer. No sería un atrevimiento afirmar que la autocracia de Nicolás Maduro es, a lo sumo, una parodia de la autocracia de Vladimir Putin.

Le he propuesto a Ana Teresa Torres que pongamos la atención en esas señales. El resultado es la primera parte de esta entrevista. Más adelante hablamos de su novela más reciente, Diorama, cuya presentación está prevista para el próximo jueves a través de zoom y de la cual Prodavinci publica su primer capítulo.

Una nueva clase empresarial en Rusia, «la oligarquía», y también en Venezuela, «la boliburguesía». En tu opinión, ¿qué las caracterizaría?

Aclaro que lo mío es sólo una impresión, pero el fenómeno es similar, en el sentido de que después del colapso de la Unión Soviética, se produjo en Rusia lo que se denomina capitalismo oligárquico. Una serie de personas, vinculadas a las estructuras del poder, aprovecharon «la oportunidad» para hacer negocios en sectores muy importantes (petróleo, bancos, gas, oro) y formaron una nueva clase. De alguna manera, uno podría decir que en Venezuela ocurre algo parecido con la aparición de tiendas de súper lujo en Caracas, de camionetas y carros de alta gama, de bodegones exclusivos, fiestas lujosas en lugares emblemáticos, como puede ser el Hotel Humboldt. Es decir, nosotros lo que vemos es el reflejo de un grupo de personas que han logrado vincularse al poder y regentar grandes negocios.

Algunas de las impresiones que relatas en tu libro Viaje al poscomunismo las podemos encontrar, no como el testimonio de una escritora que toma notas a lo largo de su viaje por Rusia (y los antiguos países satélites de la extinta URSS), sino en un minucioso y detallado reportaje titulado «La tumba de Lenin», cuyo autor es el periodista David Remnick.

Una de las características de esa clase, de acuerdo a Remnick, es que tiene que ser fiel, extremadamente fiel, al poder. De lo contrario, las cosas no van bien. Cita el caso de un empresario (Mijail Jodorkovsky) quien trató de hacer negocios por su cuenta, sin contar con la anuencia del Kremlin, y terminó preso. Entonces, ese fenómeno, que Remnick define como capitalismo oligárquico, lo podemos ver en Venezuela.

Aquí podríamos mencionar el caso del empresario Ricardo Fernández Barrueco, quien hizo negocios con el chavismo y terminó preso.

Es que esto, para que funcione, exige una absoluta lealtad. De lo contrario, no va bien.

Dices, en tu libro, que no puedes evitar la comparación entre lo que ocurre en Rusia y lo que sucede en Venezuela. Los soviets construyeron, pero también destruyeron. El chavismo, en cambio, ha sido una carga de demolición. El país está destruido. ¿Podrías hacer un agregado a este planteamiento?

No podemos decir que en Venezuela se ha establecido un Estado comunista como ocurrió en la Unión Soviética y en otros países de Europa del Este. Quizás era un proyecto, no lo puedo saber. En todo caso, no se consolidó en el sentido de la colectivización de los medios de producción, por ejemplo, que es algo básico en un Estado comunista. El Estado comunal; soviet es comuna. Yo creo que eso no funcionó de la misma manera. Se hicieron muchas expropiaciones, pero casi todas terminaron en la destrucción de la fábrica o de la producción agrícola. ¿De esas empresas que se expropiaron, los obreros que trabajaban en ellas han podido disfrutar de sus beneficios? No pareciera. No voy a defender el Estado soviético a estas alturas. Pero allí hubo una construcción social evidente, en términos de educación y de salud. Claro, vinculadas a una represión brutal. Igualmente, hay que decir que no hemos tenido el grado de totalitarismo que imperó en la extinta Unión Soviética. Lo que ha habido aquí es una represión selectiva, una destrucción de los medios de comunicación y una asfixia de las libertades. Pero no creo que sea comparable con los grados de persecución y de control de la ciudadanía que hubo en el imperio soviético. Esto, podríamos decir, es una suerte de parodia. Pero no por eso menos destructivo.

Quisiera puntualizar este aspecto, porque más adelante escribes: «Un escenario de usurpaciones, de corrupción, de batallas judiciales, de oligarcas, todo lo cual apoya mi hipótesis de que Venezuela llegó al poscomunismo sin haber pasado por el comunismo».

Sí, es lo que estaba diciendo, ¿no? Es una hipótesis muy personal, de una escritora, no de una politóloga, que no soy. Pero uno puede ver manifestaciones muy evidentes de este capitalismo oligárquico, basta con darse una vuelta por ciertos lugares de la ciudad. Pero como lo dije antes, son sólo las huellas las que nosotros podemos ver.

Para darles continuidad a las coincidencias, cito una frase del epílogo de tu libro: «Con el tiempo la Rusia de los zares y la Rusia del gran imperio soviético desembocaron en la Rusia autocrática de siempre». Mientras que Remnick escribe: «Tras mil años de feudalismo, autocracia zarista y comunismo totalitario, ¿cabía esperar el advenimiento de una democracia liberal, prosperidad, verdad y justicia?». Claro, hay un elemento de la geopolítica que no podía pasar inadvertido. Dices, como agregado: «Venezuela, antes alineada al bloque de Occidente, pasó a ser un peón en el nuevo tablero geopolítico que parece reanudar una Guerra Fría del siglo XXI». La autocracia parece ser el elemento en común que comparten Cuba, China, Irán, Turquía y, por supuesto, Rusia, en esta alianza internacional.

Si alguien pensó que después del comunismo iba a llegar una democracia liberal a Rusia, resulta que no. Es decir, los fenómenos históricos no son así. Apareció esa nueva clase -el capitalismo oligárquico-, como lo señala Remnick. Pero hablemos de Venezuela. Parte del proyecto político fue desoccidentalizar el país y desmodernizar el país. Ciertamente, eso se ha ido logrando. Venezuela pertenecía, claramente, al mundo Occidental. En este momento, las vinculaciones de Venezuela están fuera de esa órbita y se concentra en los países que acabas de mencionar. Creo que tiene que ver con el hecho de que no interesa la alianza con países que tienen como sistema político la democracia liberal, que son los que imponen límites y sanciones, sino con países que, precisamente, son autocracias. Son estas nuevas alianzas -tras el poscomunismo- donde se anota Venezuela. Lo cual te habla de que el proyecto no era llevar al país a una democracia liberal, como la conocimos en otros períodos de nuestra historia.

Hay otro elemento distintivo. Durante la democracia liberal que conocimos, la represión y la violación de derechos humanos no fue tan extendida y significativa como lo es actualmente. Nuevos iconos: La tumba, El Helicoide. El informe de verificación de hechos de Naciones Unidas, que dan cuenta de crímenes de lesa humanidad. La destrucción de los partidos políticos. La persecución que ha llevado a sus dirigentes al exilio. No voy a decir que la represión es similar a la de esos países, pero hay un cambio muy significativo.

Por supuesto. Hay un cambio radical. Uno puede observar que se han ido desbaratando los elementos fundamentales de un sistema democrático liberal. Uno, la libertad de prensa. ¿Cuántos periódicos quedan? Muy pocos. Los medios de comunicación tomados. Dos, entramos en la fase de destrucción de las universidades vía asfixia presupuestaria, vía destrucción de material académico (robos, saqueos, vandalismo en los centros universitarios). Tres, al exilio se tienen que ir quienes detenten cierto liderazgo. Cuatro, los partidos políticos expropiados y vendidos a otros grupos. Claro, eso permite decir que hay una oposición. Y aquí señalo una característica mencionada por Remnick. El Estado puede permitir partidos políticos, pero no coaliciones. Obviamente, las coaliciones pueden resultar muchísimo más peligrosas. Y es muy difícil encontrar una coalición en este momento. Cinco, hay otro elemento, no puedo saber si eso ha ocurrido igual en esos países, pero también la criminalidad influye mucho en esto. Es decir, grupos «especiales», que pueden despojar a la gente de sus bienes o arrebatarles sus negocios. Todo tipo de soborno, de imposiciones, de amenazas, para las personas que necesitan, entre comillas, la «benevolencia» del Gobierno para recibir alimentos o alguna otra dádiva, si no se comportan políticamente como se desea. Todo eso abre un panorama, donde el sistema democrático, yo diría, ha sido destruido.

¿Qué nos queda?

No por eso voy a decir que no hay personas con conciencia y con intención democrática. Pero lo que hace a un sistema democrático, en términos de partidos políticos, en términos de libertades, en términos de comunicación, en términos de respeto a los derechos humanos (ni hablar de la cantidad de encarcelamientos sin fórmula de juicio), todo eso te habla de que ese objetivo, si lo era, de destruir el sistema democrático está bastante avanzado. Ha sido bastante logrado. En este momento queda la memoria de otros periodos políticos en Venezuela y la aspiración de mucha gente de que eso pueda, de alguna forma, volverse a construir. Que pueda levantarse de las ruinas democráticas y volver a establecerlo. Eso no lo sabemos, es un futuro imposible de determinar.

Tenemos la mención que hace Remnick de una novela distópica (El día del oprichnik), cuyo autor es Vladimir Sorokin. Los oprichnik eran la KGB de Iván el Terrible. Sorokin describe una Rusia autoritaria, ambientada en 2028, bajo el mando de un dictador. El jueves presentas Diorama, tu novela distópica. Sólo hago mención de ambos libros. ¿Qué te llevó a escribir esa novela?

Creo que vivimos en una gran distopía, a diferencia del siglo pasado, que fue un siglo de grandes utopías. El socialismo era una de ellas. También la democracia que se instala en los países de Europa Occidental. El progreso científico. El siglo XX se construyó con grandes relatos utópicos, muchos de los cuales lograron materializarse. Pero entramos en el siglo XXI y pareciera que es al revés. El periodo de las distopías, ¿no? De hecho, hay una gran producción literaria, en este momento, de novelas y de relatos distópicos. La realidad se ha vuelto nebulosa, difícil de entender o de comprender. Desde Venezuela, me pareció que no podía escribir nada que no pasara por ese canal de la distopía. De encontrar una realidad y preguntarme ¿esto es posible? ¿esto está ocurriendo? Y resulta que sí. Entonces, vivimos una atmósfera distópica. Ahora complicada con el tema de la pandemia. Aunque cuando yo escribí la novela, la pandemia no estaba presente. Pero forma parte de esa sensación de fin de mundo.

¿Hay continuidad entre Viaje al poscomunismo y Diorama, la novela que presentas el próximo jueves?

Hago una consideración retrospectiva con relación a tu pregunta. Sí, hay una continuidad. Porque, como dije antes, el socialismo fue una gran utopía del siglo XX. Y ahora, lo que ha generado, es una gran distopía. Evidentemente, esto no era el desenlace que se esperaba, ni en la URSS ni en las otras repúblicas soviéticas. No hay casualidad en esto. Hay un espíritu de los tiempos, donde vamos sintiendo que esos grandes relatos de emancipación terminaron en situaciones como las que hemos hablado: el capitalismo oligárquico de los grupos criminales, que en Rusia son famosos. Terminaron en lo opuesto a una utopía.

Hay que decirlo. Grupos criminales que colonizaron el Estado o se asociaron a las estructuras de poder.

Claro. Es un vínculo estructural entre los servicios de información y los grupos criminales, al menos en Rusia. Eso genera un mundo distópico. Novelas distópicas se escribieron durante el comunismo, debido a la censura que era brutal. Ahora, las circunstancias son distintas. Y por lo que podemos ver, hay una mayor libertad de producción. Está en la Rusia de la novela de Sorokin y también en Venezuela. Ustedes en Prodavinci acaban de publicar una sección de relatos distópicos. No creo que sea algo que el escritor busca, es algo que la realidad le impone. No encuentra otra manera de expresar lo que vive que no sea sino a través de la descripción de un mundo ficticio, en términos de distopía.

En tu novela, los reseñadores tienen que escribir de acuerdo a lineamientos que vienen de una estructura de poder. Parece que la alegoría es el mecanismo, o la herramienta, que mejor puede servir a los efectos de escribir una distopía. ¿Es así?

Desde el punto de vista narrativo, creo que habría dos maneras. Una sería la novela reportaje, con el señalamiento de datos, y otra sería la creación de un mundo ficticio que está aludiendo, alegóricamente, a un mundo real. Ésa es la que yo escogí y creo que muchos escritores están en esa línea. Mi novela transcurre en el Reino de la Alegría, donde hay que decir (obligatoriamente) que todo el mundo es feliz. Entonces, no es bueno reseñar textos donde la gente pueda percibir realidades desagradables. Un mundo totalitario tiene que ser un mundo feliz. No se puede sufrir cuando el régimen político se vanagloria de haber asegurado la felicidad de todo el mundo. Hay una libertad ficticia, porque tienes que escribir de lo felices que somos todos, los escritores, los profesores universitarios, que son algunos de los personajes de la novela.

¿Cómo describes al poder en tu novela?

Es anónimo. Nunca se habla de una persona. ¿Recuerdas las novelas que aluden a los dictadores latinoamericanos? ¿En República Dominicana (Trujillo), en Guatemala (Manuel Estrada), en Paraguay (Alfredo Stroessner)? Yo creo que estamos en una fase distinta. No hay un dictador, no hay un fulanito de tal, hay como un poder invisible. Es un poder anónimo.

¿Omnipresente?

Pero que no puedes ver, como a Gómez o a Pérez Jiménez. Yo creo que la atmósfera, en este momento, no es la de un dictador, sino la de un poder invisible, que está allí y va dirigiendo la vida y el destino de la nación. Es, todavía, si quieres, más siniestro.

Sí, porque al no tener un rostro, una identidad, se convierte en una presencia fantasmagórica. ¿Cuál sería la característica distintiva?

La alegría ha sido declarada, es casi obligatoria. Quizás tiene que ver con Corea del Norte, donde todo el mundo está feliz. No se puede hablar de otra cosa. Solamente se puede llorar si muriera Kim Jong-un. No son las dictaduras que conocimos en el siglo XX. Es otro tipo de poder, donde la alianza entre el poder económico y el mundo criminal puede llegar a ejercer un control absoluto.

***

*Narradora, ensayista. Individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua. Ha ganado diversos premios nacionales e internacionales. Entre otras obras ha escrito La herencia de la tribu, Del mito de la Independencia a la Revolución Bolivariana (2009), Nocturama, La Escribana del Tiempo, Viaje al poscomunismo, Diorama.

7 de marzo de 2021

Prodavinci

https://prodavinci.com/ana-teresa-torres-vivimos-en-una-gran-distopia/

 12 min


Américo Martín

Cuando el pacificador, general Pablo Morillo, tocó costa firme en Venezuela estaba al frente de un ejército impresionante. Parecía no haber duda de que la corona española recuperaría en poco tiempo lo que había perdido en las guerras emancipadoras de Hispanoamérica. Cuatro años después, tras una sucesión de derrotas y, luego de masacrar pueblos enteros, aquel ejército omnipotente, según confesó por sí mismo a las autoridades monárquicas, se había reducido a una tercera o cuarta parte.

¿A qué se debió aquella merma tan pronunciada? ¿Y por qué no vaciló en transmitir fielmente tan duro retroceso que, seguramente, le acarrearía hasta la posibilidad de ser enjuiciado por traición a la patria, como en efecto intentaron algunos?

La revelación de aquella severa verdad obedeció, a mi juicio, a un deseo de adelantarse a la posible reacción en su contra, anunciando lo que pronto sabrían todos. Pero en el marco de una interpretación que lo librara de responsabilidades, dijo que las deserciones estaban proliferando por la efectiva campaña de las huestes de Bolívar, con el fin de atraer a los españoles nacidos en tierras de la Capitanía General de Venezuela. Lo cierto es que Morillo estaba reconociendo una verdad decisiva, el grueso de los soldados realistas ostentaba semejante condición, por lo que, como dirá en 1911 Laureano Vallenilla Lanz, en Venezuela, la guerra de independencia había sido una guerra civil y no propiamente una confrontación entre países distintos.

Mientras los venezolanos no tomaran conciencia de tal realidad, difícilmente podrían derrotar a la monarquía.

Uno de los que pronto se percató de tan importante realidad fue el Libertador, quien ya venía haciendo esfuerzos por tender la mano y declarar el derecho de los desertores de reconocerse como defensores de su patria de origen. Ese justificado viraje en la conducción de la causa patriótica demostró, una vez más, que el desenlace victorioso pasaba a cargo de la política, en tanto que ciencia y arte, más que de las armas y mucho, mucho más de los desplantes vengativos, la persecución, las torturas y las muertes salvajes provocadas para asustar a los luchadores por la emancipación.

Quizás, un famoso desertor de las tropas realistas de Boves y Morales, nos proporciona el mejor ejemplo para justificar el indicado viraje. Muy pocos días antes del célebre encuentro entre Bolívar y Páez, después del Congreso de Angostura, reinaban sentimientos de curiosidad y emoción entre los llaneros de Páez. Los dos hombres más importantes, en ese momento, en el ejército patriota, fundirían con lazos de acero la anhelada unidad, pero Pedro Camejo debió ser el único inquieto y nervioso. Se acercó al mayordomo, nombre que sus leales le daban a José Antonio Páez, para implorar que no le dijera al Libertador que él había sido un ardoroso militante de la causa realista, específicamente de Boves y Morales, aquellos dos hienas sanguinarias. El heroico catire, seguramente con una sonrisa, le dio afectuosas seguridades al respecto.

Se produce el encuentro, los llaneros saludan vehementes a los dos grandes hombres y, en medio de la fiesta, el catire llama a Bolívar para presentarle a Pedro Camejo, diciéndole:

—Te presento al mejor de mis hombres a caballo. Imbatible con una lanza, fue un bravo luchador al servicio del asturiano Boves.

Tal como lo había previsto el gran catire, Bolívar se alegró y se interesó en saber qué lo había llevado a unirse a los patriotas. Al Negro Primero se le helaría la sangre, los nervios le arrancaron una verdad que luego se empeñó en ocultar.

—¡La codicia! —dijo—–, yo había notado que los patriotas muertos o heridos vestían uniforme y botas nuevas y tenían una reserva de dinero en los bolsillos.

Posiblemente aconsejado por alguno de sus nuevos jefes, cambió el discurso, asegurando que el General Páez lo convenció de las bondades de la independencia y la importancia de la patria. Probablemente la verdad haya sido que, atraído por la codicia, predominó en su ánimo el entusiasmo de sus compañeros y su audacia guerrera. Es decir, la fraternidad de las trincheras.

Digamos que con su sangre y su vida, el célebre Negro Primero se ganó un puesto de honor en el ejército de Bolívar, después de haber acompañado a Boves y Morales en sus ominosas tropelías contra ancianos, mujeres y niños.

Este relato puede ilustrar la enorme importancia de aplicar las diamantíferas reglas de la política, que resumo así: primera, no confundir la justicia con la venganza; segunda, no abusar de la libreta de cuentas por cobrar ni despreciar recursos como la amnistía, el perdón y la clemencia, que son poderosos estímulos al reencuentro y la unidad; tercera, sumar y sumar, incluso del campo adversario; cuarta, maximizar el estilo y el arte de la política en las labores de persuasión a los del campo contrario y quinta, si contra lo aconsejable se extreman las confrontaciones violentas o la guerra, el objetivo de todas ellas no es aniquilar al adversario sino colocarlo en posición que lo lleve por sí mismo a entender que ya no puede seguir haciendo lo que tanto se le reprochaba.

Twitter: @AmericoMartin

 4 min


Carlos Raúl Hernández

Hay consenso en la comunidad especializada en que las sanciones económicas a los países son sencillamente inútiles para los fines que se proponen e incluso contraproducentes, de “efectos perversos” diría Maquiavelo. Sobre las sanciones personales no existe tanto acuerdo, porque son un castigo extrajudicial, para unos, grata venganza, ley del Talión, para otros por eso mismo, aberrantes.Es el caso de la sanción al miembro del organismo electoral venezolano, Leonardo Morales, aplaudida por radicales y rechazada por moderados. Las sanciones económicas más notorias a países en el siglo pasado, Norcorea 1950, Cuba 1960, Irán 1970, Irak 2004, no “cambiaron el régimen”. Es pintoresco que Irán tiene más de 130 mil sancionados, entre funcionarios, familiares y amigos de éstos. Los únicos perjudicados son los pueblos que reciben el castigo de los gobiernos y de las sanciones.

En Venezuela las personales comenzaron en 2014 y se han extendido a económicas con el fin de paralizar la producción petrolera y la actividad productiva en general. Se congelan cuentas y activos del Estado en el exterior, hoy en manos de partidos políticos extremistas, acto sin precedentes, por lo menos que yo conozca.


Líderes insurreccionales
Sobre los fines que persiguen esas sanciones no hay que extenderse, porque uno de la claque de la fenecida AN que vive en Washington, declaró: “pensamos que profundizarían la crisis económica y Maduro se iría… nos equivocamos”, remató. Otro que se ocupa de las comunicaciones del grupo desde Bogotá, la cantó el año pasado y declaró que “con las sanciones se quería provocar una explosión social”. Pero mientras más husmeamos conseguimos más perlas.
Un tercero afirmó claramente que “entre las sanciones, la carencia de alimentos y la crisis sanitaria, el gobierno se debe desplomar”. En aquel momento escribí que ya el líder de la oposición radical no era Juan Guaidó sino el Covit-19. La genial estrategia buscaba entonces, en un estilo muy marxista por cierto, que la “exasperación de las contradicciones”, como vaticinaba Luis Althusser, llevaría al colapso del orden.
Cadáveres, y enfermos en las calles, ancianos y niños muriendo de hambre y sin medicinas, la distopía aterradora de la libertad. Como una película de George Romero, vendría la redención con las fuerzas del bien, la invasión desde Miami y Madrid y militares darían un golpe planeado en el barrio de Salamanca, el grupo Epicentro “vestido de pincelito”. De fallar el alzamiento, “el quiebre”, los insurrectos declararían zonas liberadas para constituir a partir de ahí nuevas microrepúblicas.


¡Me tienen frito!
En medio de la división de las Fuerzas Armadas, avanzarían los ejércitos, colombiano por occidente y brasilero por el sur oriental, lo que consumaría el desenlace. Dos años atrás expuse eso, pero hace unos seis meses aparece como alternativa en una página Web de magazolanos en Miami y hace unas pocas semanas otro grupo publicó hasta un mapa con dos nuevos países en territorio venezolano.
En el tercer trimestre del año pasado, supongo que harto de más de un año de gafedades opositoras y fracaso de sus operadores en el problema venezolano, Trump decide subir la apuesta y apela a un recurso fácil: el combate al narcotráfico, tomar el Mar Caribe, con la Operación Libertad, que militarmente es brutalmente descabellada.
Envió destructores armados con misiles Thomahawk, los mismos usados en Siria, Guardacostas, helicópteros, aviones Awacs, marines, grupos de operaciones especiales, buques de combate litoral, blindados terrestres. Salvo los guardacostas, no es un equipo bélico de combate al narcotráfico, sino para una invasión militar. Lo más descabellado de esta operación en el Caribe, es que hasta los perros de la calle saben que 80% del tráfico de cocaína de Latinoamérica al resto del mundo es por el Pacífico.

Guyana como intriga
Allí las costas de Colombia y Ecuador están tomadas por la violencia de más de veinte grupos irregulares armados que dominan el territorio. Allí no entran los ejércitos colombiano ni ecuatoriano, ni se ejerce la soberanía nacional. Comandos subversivos llamados Los Contadores, la Empresa, Finisterre, Steven González, ELN, FARC disidente y muchos otros, mantienen un estado de guerra en la zona.
Además, las amenazas al “narcoestado” venezolano se hacen el año que Colombia rompe el récord histórico de tierras dedicadas al cultivo de coca, con 218.000 hectáreas y el de asesinatos políticos: cada dos días matan un líder social, aunque el gobierno reconoce solo uno cada cuatro días. Cierto que por el territorio venezolano pasa el narcotráfico, como por muchos otros países de la región, pero Colombia produce 70%, Perú 20% y Bolivia 10% de toda la cocaína que se consume en el planeta.
Los dos primeros consumidores son EEUU y Brasil. Y repito, 80% de ella sale por el Pacífico colombiano ecuatoriano y 20% por el Atlántico. Después del fracaso de las insurrecciones de piñata, de haberse desplomado su prestigio en la opinión pública y ganado repudio, el mismo grupo decidió en Bogotá volver a la insurrección de charlatanes a un océano de distancia. E intrigar en el diferendo con Guyana, rezar que el gobierno se equivoque por no hacer o por hacer y perder. Sacarle punta a lo que ocurre en el Arco minero. Nuevo capítulo.

@CarlosRaulHer

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Ángel Oropeza

En ciencias de la salud se sabe que una de las claves del éxito de un tratamiento contra cualquier trastorno o enfermedad es un adecuado diagnóstico. Sin un diagnóstico acertado, los tratamientos simplemente no resultan porque no se corresponden con la patología para los cuales fueron diseñados. Lo anterior resulta igualmente cierto cuando se habla de atacar o resolver problemas de naturaleza social y política.

Las acciones deben diseñarse como consecuencia de un diagnóstico apropiado, y nunca al revés. Una observación diagnóstica detallada y objetiva del momento político venezolano nos arroja, entre otros, dos hallazgos que merecen atención. Uno, y por razones de distinta índole, la correlación relativa de fuerzas con respecto al régimen de Maduro no parece ser favorable en este momento para las fuerzas democráticas. Estamos en una situación de reflujo, o en el mejor de los casos de enlentecimiento en el avance.

Situaciones similares se han presentado en el pasado durante la larga lucha por la liberación democrática de Venezuela y han sido superadas, pero todo indica que estamos en este momento de nuevo en una situación que amerita reacomodos actitudinales y revisiones estratégicas.

El segundo hallazgo, en cierta forma relacionado con el primero, apunta al hecho del estado actual de dispersión de las fuerzas democráticas, en el cual no pocas organizaciones políticas y sociales intentan trazar su propia ruta ante la desconfianza sobre la posibilidad de construir una ruta común.

Frente a este diagnóstico, lo pertinente pareciera ser -en primer lugar[1]plantearse una estrategia de acumulación progresiva de fuerzas que asuma la lucha por la liberación democrática como un proceso de estadios o momentos sucesivos y ordenados, cada uno de los cuales persigue ciertas metas u objetivos necesarios. Y el primero de esos momentos, sin duda alguna, es el del necesario reencuentro, en el cual la meta principal y más urgente sea pasar del estadio actual de dispersión de las fuerzas democráticas a un nuevo estadio donde frenemos esta tendencia a la entropía y logremos reencontrar a la mayoría de las fuerzas sociales y políticas del país en espacios mínimos de consensos estratégicos y rutas comunes de lucha.

Este momento de encuentro debe realizarse en primer lugar sobre la búsqueda de una ruta estratégica común de lucha democrática que debe ser construida a partir de la escucha y el intercambio sobre cómo cada sector percibe o considera lo que hay que hacer.

El Frente Amplio Venezuela Libre, instancia unitaria de comunicación y articulación entre los partidos políticos democráticos y una amplia gama de sectores sociales organizados, ha querido contribuir con el objetivo principal de este necesario momento de encuentro –frenar la dispersión de las fuerzas democráticas, tan beneficiosa a la dictadura- propiciando una serie de intercambios con distintas organizaciones y sectores en la búsqueda de identificar esos consensos estratégicos mínimos sobre los cuales coincidir en una hoja de ruta común con la cual todos nos identifiquemos.

Como insumo a esos intercambios, el Frente Amplio ha propuesto para la discusión cinco grandes metas u objetivos de nuestra lucha democrática en la actual coyuntura, que pudieran servir para comenzar a aglutinar en torno a ellos el esfuerzo de sectores políticos y sociales en este momento dispersos. Estas cinco metas son:

1) Alcanzar un acuerdo político nacional, entendiendo por este el resultado exitoso de un proceso de negociación integral, con el acompañamiento internacional de actores reconocidos y relevantes, y que esté orientado a la resolución política de la crisis venezolana.

Este Acuerdo Político Nacional tiene varias características definitorias que son importantes de resaltar. En primer lugar, está orientado a la resolución del conflicto raíz de la crisis nacional que es el político. Por tanto, es un Acuerdo que está en función del objetivo político estratégico que es solución política de la crisis venezolana.

En este sentido, se diferencia de los acuerdos parciales humanitarios que puedan lograr otros sectores de la sociedad civil. A estos últimos se les debe estimular y fortalecer, pero al mismo tiempo cuidando que –desde la heterogeneidad y especificidad propias de cada sector- tributen todos al objetivo macro de la superación de la dictadura, que es la raíz y causa de todos los demás problemas sociales y económicos.

En función de lo anterior, es necesario velar para que cada negociación y acuerdo parcial cumpla con tres requisitos para recibir el apoyo de todos los demás actores democráticos: a) que contribuya y no debilite la consecución del objetivo macro: b) que no generen división ni dispersión entre los actores democráticos, y c) que tales acuerdos sectoriales no neutralicen o afecten los intereses de otros sectores.

2) Acercamiento a los sectores moderados y democráticos del chavismo que estén a favor de una solución política a la crisis.

3) Atención de crisis humanitaria, entendiendo por ella todo esfuerzo y acción para lograr una atención efectiva que alivie la grave crisis humanitaria que el país atraviesa. Nótese que se usa el término “aliviar”, ya que la solución de esta crisis solo será realidad cuando se logre una solución al conflicto político nacional.

4) Construcción de la Unidad Nacional, que no es otra cosa que alimentar todos los esfuerzos que se realicen para lograr el encuentro del país/nación en el marco de un objetivo estratégico común.

5) Enfrentar con éxito los escenarios electorales. Sobre este último punto es necesario detenernos muy brevemente. Elecciones libres, justas y verificables son la base de una verdadera solución democrática en Venezuela. Recuperar el poder del voto es la gran apuesta de las fuerzas democráticas del país, apuesta que cuenta con el respaldo de buena parte de la comunidad internacional.

En justicia, Venezuela reclama un cronograma electoral integral en donde se contemplen, además de las elecciones regionales y municipales, sobre todo, la realización de nuevas elecciones presidenciales y legislativas, porque las que se han realizado en el pasado reciente usurpando ese nombre han sido calificadas como ilegitimas ya que no se han cumplido las condiciones para que la voluntad popular se exprese conforme a los estándares internacionales.

Para alcanzar esta gran aspiración es necesario construir acuerdos que garanticen las condiciones necesarias, teniendo como referencia las que se establecieron de común acuerdo con la Unión Europea en diciembre de 2020 y que no fueron aceptadas por el madurismo, utilizando para ello la movilización y la presión nacional e internacional necesarias.

Nuestra lucha en las actuales circunstancias consiste en la construcción de escenarios electorales que nos acerquen progresivamente a estas grandes aspiraciones, que nos permitan acumular fuerzas, propiciar la movilización política, reivindicar las condiciones electorales necesarias para el cambio político y la edificación de una sólida estructura electoral.

La construcción de estos escenarios, y la actuación concreta en cada uno de ellos, dependerá de la evaluación de lo que más convenga en función de los objetivos superiores que demanda el cambio político. en la dirección indicada

Estas son las 5 metas de la lucha que ha propuesto el Frente Amplio para la discusión, buscando rescatar la necesaria confianza intersectorial entre las fuerzas democráticas del país y que, de compartirse, sirvan de base para la cimentación progresiva de una estrategia mínima consensuada que nos agrupe a todos. Porque si común es el destino que todos enfrentamos, lo inteligente es diseñar y encontrarnos entonces en un camino común para afrontarlo.

@AngelOropeza182

04-03-21

https://www.elnacional.com/opinion/5-metas-para-el-reencuentro/

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Fernando Mires

Alrededor de los libros

Quiso la casualidad – o la no casualidad – que la novela llegara a mis manos en un momento oportuno. Estaba precisamente por terminar de leer la magnífica novela Aquitania de Eva García Sáenz, a la que los críticos califican de narración histórica y con buen criterio agregan el estereotipo de trhiller medieval. Una novela que no solo relata un periodo de la vida de “el vientre de Europa” como se nombrara sarcásticamente a sí misma quien fuera reina de Francia y de Inglaterra, la bella, culta e inteligente Leonor de Aquitania. Y tenía razón: durante los días de Leonor, los dormitorios monárquicos de las recién formadas naciones de Europa procreaban descendencias que terminarían ramificándose a lo largo y a lo ancho de los reinados que darían forma y destino a la Europa de hoy. El poder monárquico, como todo poder originario, fue esencialmente fálico (creo que Lacan estaría de acuerdo con esa frase)

Como sucede con las buenas novelas, Aquitania deja consigo el deseo de saber más allá del siglo Xll que nos describe García Sáenz, deseo que en mí fue colmado por la aparición de otra novela. Me refiero a la escrita por Carmen García Guadilla bajo el poético título: El silencio de los abedules. En efecto, García Guadilla retomó el hilo justo donde lo había dejado García Sáenz: a fines del siglo Xll, arrastrándolo a lo largo del siglo Xlll.

Por un momento pensé que estaba frente a una suerte de continuación de Aquitania. Nada más errado. Al leer las primeras páginas de El silencio de los abedules pude constatar de que se trataba de una novela muy distinta. Entre ambas había un siglo de diferencia Y el tiempo, al fin, no pasa en vano.

Entre el siglo Xll y el Xlll mucho cambió en Europa. Los reinos ya no constituían territorios con tronos sino también con “cortes”. Los litigios inter-monárquicos ya no eran librados a punta de lanza y espada, sino también a través del debate y de la argumentación bien sostenida. De modo larvario estaban apareciendo los signos de esa práctica (o ciencia, o arte, o técnica) que hoy llamamos política.

Y así fue: la política, la de nuestro tiempo, no es una simple repetición de la de los antiguos griegos. Ella comenzó a incubarse ahí donde aparecieron diferencias las que en primera instancia eran culturales en un tiempo donde recién estaba teniendo lugar la separación entre el concepto de cultura con el de religión.

El paralelismo de las tres culturas en España -la judía, la cristiana y la musulmana-que según algunos autores coexistían amistosamente y según otros solo se toleraban con hostilidad, hizo que cada una aportara lo suyo a la formación reciente de un saber destinado a convertirse en universal, no solo por su multiculturalidad sino porque fue tomando forma en esos recintos del saber colegiado llamados después universidades.

Ese es precisamente el tema central de El silencio de los abedules: el nacimiento de la universidad hispana y europea, estudiada por García Guadilla con inteligencia e imaginación historiográfica y llevada al papel con fina prosa a través de los conflictos que tenían lugar en Castilla, relatados por el “héroe” del libro: no un rey, no un cruzado, no un guerrero, no un monje, sino un estudiante universitario: Jürgen- Rilke Sloterdijk, venido a Castilla desde la fría y alemana Würzbug.

Confirmamos entonces que los hechos históricos son el resultado de larguísimos e intrincados procesos formativos y por eso toda data fija será siempre arbitraria. Ni el renacimiento cultural ni la secularización política nacieron en un día determinado. Quizás ni nacieron. Quizás solo se mantenían subsumidos –y protegidos- al interior de las instituciones que sucedieron a la lentísima y nunca finalizada caída del imperio romano, sobre todo en los más oscuros conventos y monasterios. No es necesario volver a leer En Nombre de la Rosa de Umberto Eco, para saberlo.

Ese James Bond del siglo XlV, el monje Guillermo de Baskerville (alias Sean Connery) ya era a su modo un renacentista redomado, pero dos siglos antes de que apareciera ese periodo que los historiadores bautizaron con el mal nombre de “renacimiento”: a esa ruptura que quizás nunca existió entre el mundo medieval y el moderno. Lo mismo ocurrió con la secularización o separación entre la religión y el Estado. Muchísimo tiempo atrás esa separación ya existía, aunque de modo latente. Y antes de que se hiciera presente en los exteriores públicos de las cortes, luchaban en los interiores de las almas nobles, donde eran debatidos los deseos del cuerpo con los del deber-ser espiritual.

Jürgen, el estudiante alemán -lo dibuja con mano precisa García Guadilla- era un héroe de su tiempo. Por ejemplo, amaba a dos mujeres: una de belleza espiritual, otra de belleza muy corporal. Como suele suceder, aún en nuestros días, al final no se quedó con ninguna de las dos. No obstante, el brote secular ya asomaba desde las profundidades más ocultas de su alma mística. Su fascinación obsesiva por la trayectoria intelectual del herético teólogo francés Pedro Aberlardo (1079-1142), correspondía con su pensamiento culturalmente dualizado. Como miembro del naciente cuerpo estudiantil, Jürgen era un personaje en vías de secularización. Por su amor a los libros clásicos, era también un renacentista. La pasión de Jesús y la sabiduría de Aristóteles no eran para Jürgen, como tampoco para muchos teólogos de su tiempo, una contradicción insuperable.

Monumentales obras teológicas como las de Santo Tomás de Aquino, digámoslo de modo claro, no salieron de la nada. El cristianismo aristotélico del gran teólogo fue el recaudo de un tesoro guardado y protegido por la cristiandad más medieval. Cierto es que dos siglos después de Tomás, Maquiavelo opondría abiertamente el poder del Príncipe al del Papa. Pero los sabios teólogos de la escuela de Salamanca, con Francisco de Vitoria y Francisco Suárez a la cabeza, habían también establecido, en términos más filosóficos que teológicos, una separación entre ambos poderes: el religioso y el secular. Una separación que nunca había sido total. Todavía no lo es.

Caminando imaginariamente por las calles de la Palencia de Carmen García, pude divisar allí, pero en miniatura, la misma estructura propia a la mayoría de las ciudades medievales. Al centro o en lo alto, el palacio real. Muy cerca, los cuarteles militares. Luego, los conventos, monasterios y numerosas iglesias, y, lo más lejos posible de los militares, los centros de estudios religiosos desde donde nacerían las primeras universidades. En las calles cercanas al centro de estudios monacales, aparecían las bulliciosas tabernas. No muy lejos, los talleres de los copistas de libros (nunca sabremos cuanto le debemos a esos generosos trabajadores).

Naturalmente el Rey –fuera quien fuera– quería tenerlos a todos alineados en su torno. Pero pronto comprendería que esa sería una tarea imposible si no eran establecidas alianzas periódicas con unos o con otros de esos poderes. Pues, a la vez, esos poderes -y aquí reside lo complejo del asunto- no solo convivían de modo conflictivo entre sí, sino también al interior de cada uno de ellos. En el mundo religioso por ejemplo, tenía lugar una disputa soterrada entre la teología y las ciencias de la materia orgánica, incluyendo las del cuerpo humano. La teología a su vez no solo era teológica sino también filosófica. Y los soldados no solo eran militares, también había monjes combatientes organizados en ordenes religiosas, al estilo de los templarios, señores de horca y cuchillo. Hubo incluso militares muy intelectuales de los cuales nuestro siempre bien amado Miguel de Cervantes no fue el último ni tampoco el primero. Gran parte de la literatura del siglo de oro español nació de los relatos de batallas libradas siglos atrás. Soldados poetas, clérigos platónicos y aristotélicos, no eran rarezas en los mundillos cortesanos del siglo Xlll pre-español. Y mucho menos, en esas nacientes universidades que nos da a conocer García Guadilla.

Carmen García Guadilla, profesora universitaria al fin, tomó partido. Su libro está centrado en los Estudios Generales de tipo conventual los que lentamente comenzaron a dar origen a las universidades. Desde esas universidades del siglo Xlll comenzó a emerger nuestra modernidad, o dicho en términos toymbianos, los pilares conceptuales de la civilización occidental. En estudiantes como Jürgen, Berceo, Josef, Philippe, quienes discutían, reían y bebían en las tabernas, estaba renaciendo la amistad griega basada en la sabiduría y en los conocimientos: un pensamiento libre pero también asociado. No por casualidad, los primeros gremios, antecesores de las futuras clases sociales, surgieron de los estudiantes y de los profesores laicos contratados y, no por último, de esos copistas abnegados que reproducían letra a letra los libros de los grandes pensadores griegos y romanos.

“La universidad” –escribe Carmen García Guadilla– “representa la apertura al mundo, la discusión argumentada, la crítica a los falsos poderes. Ser miembro de la universidad, sea como maestro o como estudiante, otorgaba grandeza al espíritu, una libertad que capacita para ejercitar no solo el autoconocimiento, sino, a su vez, el reconocimiento del universo en que se vive”

Yo no sé si eso fue lo que intentó Carmen. Pero yo leí su libro como si hubiera sido un canto de amor a la universidad. A la de ayer y a la de hoy. De ahí que El silencio de los abedules, en mi opinión, más que novela histórica, es historia novelada. No es lo mismo. Que el lector busque la diferencia.

xzxzcA través de libros como El silencio de los abedules será posible pensar que esa lucha que tuvo lugar entre el poder y el saber -o si se prefiere: entre el poder del tener y el poder del saber- sigue dándose en nuestro tiempo, aunque bajo diversas formas. Fue así como logré reconocer en el estudiante Jürgen y en sus amigos, no solo a mis antepasados de profesión, sino también a algunos de mis contemporáneos. Tengo la sospecha de que otorgar esa visión fue un propósito de Carmen García Guadilla.

4 de marzo 2021

Polis

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