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Opinión

Analítica.com

En esta ocasión nos vamos a referir al sistema circulatorio: la sangre, que es bombeada por el corazón, tiene distintos elementos, entre ellos oxígeno, nutrientes y fagocitos contenidos en los glóbulos rojos y blancos que circulan por todo el organismo a través de una vasta red de arterias, venas y vasos capilares.

En el organismo económico ocurre exactamente lo mismo. La sangre de un organismo económico es el dinero. Circula a través de una red de bancos y otras instituciones que conforman el sistema financiero y que permiten que el torrente monetario llegue a todas las células vivas del organismo económico. El corazón que bombea el dinero hasta hacerlo llegar a todo el organismo es el Banco Central de Venezuela.

En el caso de una leucemia, la médula ósea produce glóbulos blancos anómalos y el médico diagnostica que el paciente padece un cáncer. Se traduce en una proliferación anormal de leucocitos que impiden que la sangre cumpla con su función. Los glóbulos rojos dejan de transportar oxígeno y nutrientes. Las células cancerígenas se propagan por el torrente sanguíneo hasta invadir todos los órganos, produciendo la muerte.

El organismo económico de Venezuela padece de un cáncer monetario. Una leucemia que ha invadido su torrente monetario y está destruyendo todo el aparato productivo y el sistema financiero del país, impidiendo que el dinero transporte los elementos indispensables para alimentar el organismo. El corazón está bombeando un dinero enfermo que ya no es capaz de cumplir con sus funciones.

Esta leucemia monetaria que padecemos se llama inflación y, dada su avanzada fase, el diagnóstico es de extrema gravedad: hiperinflación.

Para mantener el organismo vivo, se le están aplicando transfusiones de dólares, pero la raíz misma del mal no está siendo atacada.

La causa de este cáncer devastador es que el corazón económico, el BCV, está emitiendo y bombeando por todo el torrente monetario cantidades extravagantes de un dinero anómalo. Se trata de un dinero que ha perdido su valor y que, en forma de metástasis, está difundiendo sus células cancerígenas por todo el organismo.

Veamos lo que está ocurriendo: violando expresas disposiciones establecidas en el Art. 320 de la Constitución, el régimen está obligando al BCV a cubrir su creciente déficit fiscal mediante la emisión de un dinero anómalo que los economistas solíamos llamar inorgánico, un dinero que no tiene respaldo y que por tanto va perdiendo las funciones que son propias de una moneda. Es el equivalente a que la médula ósea estuviese produciendo leucocitos anormales.

En los últimos 30 días nuestro signo monetario, el bolívar, se ha depreciado en casi un 100%. A finales de octubre la cotización del dólar era del orden de los Bs 540.000 (hace un año era de unos Bs 25.900). Esta semana, en el llamado mercado paralelo, se rompió el techo del millón de bolívares por dólar.

La causa es clara. En los últimos 6 meses la liquidez monetaria aumentó 236% y sólo en las 2 primeras semanas de noviembre se incrementó en 21% para pagar aguinaldos y bonos. A la vez la base monetaria aumentó en una sola semana en casi un 30% debido fundamentalmente al financiamiento del BCV a PDVSA. Esos excedentes de “dinero anómalo” están alimentando la hiperinflación. Hay demasiados bolívares (digitales) tratando de comprar pocos bienes y el precio de esos bienes, incluyendo el dólar, se está disparando. Así, la devaluación también está retroalimentando la hiperinflación, la cual se agudizará cuando se trasladen a los precios los nuevos impuestos que el régimen quiere aplicar a las transacciones financieras en dólares.

En medio de una contracción económica sin precedentes (según el FMI Venezuela padece la mayor hiperinflación del planeta y la mayor caída del PIB en el mundo con la sola excepción de Libia) y sin ingresos petroleros “formales” el régimen ya no es capaz de generar los ingresos requeridos para cubrir el gasto público y por tanto le exige al BCV financiar su déficit fiscal mediante la emisión de un dinero enfermo.

El organismo económico se está muriendo, afectado por esta metástasis monetaria que se conoce como hiperinflación. Si quiere sobrevivir, Venezuela necesita cambiar de médico.

José Toro Hardy, editor adjunto de Analítica

 3 min


Américo Martín

La política y la guerra conforman una unidad íntima, esencial que se manifiesta de manera radicalmente contradictoria, se niegan o excluyen. Su forma de transcurrir, acercándose, alejándose para volver a aproximarse, sugieren un movimiento en líneas paralelas en el sentido de que no se encuentran sino en el infinito, única forma de pronunciar la palabra nunca sin tener que soportar el conocido reproche del poeta turco Nazim Hikmet: no digas nunca la palabra nunca.

Me he permitido comenzar esta columna para TalCual con algunas reflexiones sobre clásicas opiniones del general Clausewitz acerca de la guerra.

Decir que la guerra es la continuación de la política por otros medios, es tanto como decir que la política es la continuación de la guerra por otros medios, lo cual sin duda fue y es el mensaje de los presidentes colombianos a los insurgentes, siendo entonces las FARC la joya principal de la corona de la violencia. La tenacidad de los mandatarios fue ejemplar porque se mantuvo como voluntad inmodificable desde Belisario Betancur hasta Álvaro Uribe, incluyendo momentos elevados bajo las presidencias de César Gaviria y especialmente Andrés Pastrana.

Si vamos a los hechos, el resultado premió el esfuerzo puesto que las FARC terminaron sentadas en la mesa de negociación y ya no refugiadas en las breñas. La desmovilización y el desarme se materializaron. Cierto es que apareció el paramilitarismo vecino del narcotráfico, se dividieron en forma no muy sensible las FARC y el ELN ha tratado de ocupar su espacio abandonado, pero lo que esta larga historia —de más de 50 años de violencia si contamos desde el asesinato de Gaitán— nos dice es que no hay más salida que la negociación, medida esta de claro contenido político. Que la política sea la continuación de la guerra es inmensamente mejor que lo contrario.

En el foro organizado por Fedecámaras para hablar de caminos de negociación fue igualmente ese el objetivo. El ponente invitado, Humberto de la Calle, objetó con pertinencia el pesimismo que hubieran despertado ciertas acciones militares puramente efectistas. Condenaban la complicidad de renuentes desmovilizados. ¿Acaso nos reprocharán que no los hayamos matado a todos en lugar de pactar con ellos? La pregunta en sí es una respuesta válida. Pero, si se la hubieran dirigido a Clausewitz, se habría limitado a citar una respuesta –la mejor– que anticipó en su célebre libro De la guerra (ediciones del Ministerio de Defensa de España, dos volúmenes, 1999): la guerra no se propone matar a todos los enemigos, sino a colocarlos en condiciones de que no les permitan mantenerla.

Brillante reflexión, además de humana e inteligente política.

Debo invitarlos a leer el parte de guerra de Antonio José de Sucre a su superior, el Libertador Bolívar (Fundación Polar, Caracas, 1995), que pudo haber inspirado las estupendas palabras vertidas en su obra por Carl Clausewitz, no por casualidad uno de los más celebres teóricos de la guerra. Celebridad prodigada más allá de ideologías o filiaciones políticas.

Faltando poco para culminar la batalla de Ayacucho con la limpia victoria de las armas patriotas y la virtual demolición de los realistas, el general en jefe del ejército peninsular, José de Canterac, se aproxima al general José de la Mar para que este lo condujera ante su superior a fin de solicitarle una capitulación. La aniquilación de un ejército de 9.310 soldados por apenas 5.780, en su mayoría de las salvajes Indias Occidentales, era tan impactante a la vez que humillante, que para enfrentar el juicio penal que, en efecto, se manejó en la Corte de Fernando VII, envuelto en el desprecio moral y los sarcasmos que con tanta gracia y sabiduría emiten los hijos de nuestra madre patria, Canterac se entregó al cercano lugarteniente del futuro Mariscal de Ayacucho y le anticipó su inesperada solicitud.

El parte de guerra de Sucre a Bolívar es un homenaje a la política y una muestra de la habilidad estratégica y sensibilidad humana del gran cumanés. Por desterrar de su alma bajas pasiones como el odio y la venganza o el pésimo hábito de descalificar, insultar o infamar a quien piense distinto, el insigne vencedor respondió en su mensaje al Libertador que la capitulación no procedía en este caso porque faltaría nada para una solución discrecional.

Pero, y aquí va lo mejor de todo, decidió otorgarla para hacer reconocer la dignidad y elevar la reputación de los americanos. Había sido un triunfo militar extraordinario que el gran guerrero e insigne personaje proyectaba al inmenso espacio político abierto por la emancipación. La mano tendida al que te combate, a sabiendas de que nuestro reencuentro para llevar nuestro maltratado país a la más alta de las cimas del hacer humano, fue exactamente lo que el Gran Mariscal se propuso al conceder la generosa capitulación que puso en manos del virrey José de la Serna y Canterac. Derrotados en la guerra eran honrados por los vencedores.

Si el eterno rector de la Universidad de Salamanca, don Miguel de Unamuno, hubiese estado presente, seguramente le habría dicho a Sucre, Bolívar y a todos los héroes de la Emancipación americana: Venceréis y además convenceréis.

Twitter: @AmericoMartin

 4 min


Carlos Raúl Hernández

Movimientos muy diversos definidos populistas, desde Getulio Vargas y Perón, signaron medio siglo de historia de Brasil y Argentina, y en latinoamericana, incluso a fuerzas que no lo fueron. En ambos países hay todavía partidos herederos de esos caudillos, y en el segundo, hoy gobiernan. La crítica original al populismo, desde los años 40, surgió de los comunistas, que nunca superaron el trauma de ser pequeñas células atropelladas por monumentales movimientos.

Rezumaban admiración y envidia desde sus cápsulas porque en las calles millones aclamaban a Vargas y Perón. Este insurge en 1946 por la incapacidad de los gobiernos militares para crear instituciones modernas, en una sociedad ya modernizada por la industrialización. Clases medias y masas de trabajadores que querían ascenso social, enclaustradas en un régimen político tradicional y opresivo. Se requerían aperturas que los militares no sabían ni querían dar. Muy parecido en el gigantesco Brasil.

Las jergas comunistas, anarquistas o trotskistas, eran sánscrito, remotas para “el pueblo”. Hablaban de los éxitos de la industrialización en la URSS, su producción de trigo, las persecuciones a los trotskistas, el heroísmo de las brigadas internacionales en España y los crímenes de Stalin. No sabían hablar con millones de campesinos violentamente urbanizados.

Los marxistas despreciaban al populismo porque no quería acabar la sociedad de clases, ni construir un estado socialista proletario, y creaban un desorden de estamentos, de grupos plutocráticos contra otros, e irresponsables regalos a los sectores populares a costillas de los productores. El populismo no es de izquierda, ni de derecha ni de centro, sino todo al mismo tiempo o conforme a la ocasión.


Setenta años no es nada
Perón fue y vino de cripto nazi, admirador de Hitler y Mussolini, a la izquierda anti imperialista. Dentro de partido justicialista convivían cómodamente la guerrilla marxista de los Montoneros, con la Triple A, terrorismo de derecha. Hay dos fases del populismo que en el caso argentino se juntan. Una es su acción política plebeya, demagógica (“mis cabecitas negras” decía Evita, “mis descamisados”, o “mañana no se trabaja: es día de san Perón”).

Etapa de de conflictos y odios entre todos los grupos, hacia el sistema, y oferente de reivindicaciones a “los pobres”. Perón posaba contra las naciones poderosas, y ellas contra él, pero las abastecía y ellas lo financiaban. Otra fase es la acción de gobierno, un distributivismo inconsciente e irresponsable de la riqueza, que conduce a la quiebra, la desestabilización y el caos. Al arribo de Perón al poder, Argentina era la segunda potencia económica del mundo.

Frente a Europa hambrienta, derruida después de la Segunda Guerra, Argentina era el primer suministrador global de alimentos y Buenos Aires tenía poco que envidiar a París. Luego de los nueve años de peronismo, devino un país en antidesarrollo tercermundista más, que después de setenta años profundiza. En 1954, ante la confesión de que “solo no podía”, Vargas se pega un tiro en un programa radial, gesto que lo honra, pero hundió más al Brasil.


Vinieron turbulencias y golpes militares hasta que llegó del “neoliberal” marxista, Fernando H. Cardoso. Al lulismo, después de una gestión brillante, se lo traga la corrupción y casi destruye los avances del país. Durante los 90 surgió el “neopopulismo” y su versión más pobre diabla en Venezuela. La demencial teoría de Giordani se propuso destruir a los productores, porque eran “oligarcas, escuálidos”, y convenía que los pobres lo fueran para tenerles cuerda corta.

El peor de los mundos
La catarata de petrodólares permitió la satánica sustitución de importaciones al revés: Betancourt cambió la importación por la producción local, ahora liquidaron la producción local por importaciones. Al pasar la oleada petrolera, hoy no hay bienes porque se destruyó el aparato productivo, y tampoco divisas para traerlos de fuera, una amenaza social que apunta a Maduro, quien se sostiene en el poder por su terquedad y resistencia.


Y al inconcebible, legendario, inenarrable venadismo de sus opositores. Giordani y su jefe pusieron la sociedad de mayor ingreso per cápita en la región, a la par de Haití. Otros países que cayeron en garras del neopopulismo, por no tener dupla equivalente, estimularon la producción y el empresariado, aunque lo derrotaron políticamente.


Muchos de los arrimados a la demencia colectivista en Venezuela, luego de su fracaso buscaron un premio de consolación, un justificativo de su error: “por lo menos hicieron sentir protagonista al pueblo” cosa que se convierte en una carcajada del Jocker cuando familias enteras protagonizan la ingesta de basura. Pero lo de las bondades protagónicas no es ocurrencia de los pobres pobretólogos locales.

Viene de una indigestión, un libelo insustancial, pedante, frívolo, descerebrado de nombre La razón populista, de Ernesto Laclau. Es una catarsis que solo ve las apariencias y ni un perejil de contenido. Un culto a la forma, la simulación, el callejerismo político sugerido. Un trabajo escrito desde las cavernas de Platón que solo ve sombras y cree que son el mundo (A pesar de que se usa elegante, catarsis en griego significa diarrea)

@CarlosRaulHer

 4 min


Observatorio Electoral Venezolano

Resumen Ejecutivo

El 2020 es año electoral en Venezuela, por mandato constitucional. Corresponde la renovación, a través del ejercicio del derecho al sufragio, de los diputados integrantes de la Asamblea Nacional (AN) para la nueva legislatura 2021-2026.

Las elecciones presidenciales de mayo de 2018 resultaron ampliamente cuestionadas por sectores de la sociedad venezolana y por parte de la comunidad internacional, agravando el conflicto y la polarización entre los actores políticos. Partiendo de este antecedente, organizaciones, sectores y mediadores insistieron en la necesidad de alcanzar un acuerdo político amplio e inclusivo que hiciera viable la celebración de unas elecciones parlamentarias que abrieran caminos a la resolución de los problemas sociales, políticos, económicos, sanitarios y educativos que confronta la nación.

Un primer paso en esa dirección hubiese podido ser el nombra miento consensuado de un Consejo Nacional Electoral (CNE) creíble e imparcial, políticamente equilibrado, que mereciera la confianza de la opinión pública y que contribuyera a recuperar la confianza ciudadana en el voto como herramienta de la democracia.

En este punto radica el primero de 10 aspectos clave que caracterizan el proceso electoral parlamentario en curso:

1. La Constitución establece que los integrantes del CNE serán de signados por la AN con el voto de las dos terceras partes de sus integrantes. El Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) declaró la omisión legislativa en la designación de rectores del CNE. Lo hizo una vez más, en junio, como ha ocurrido por lo menos en cuatro oportunidades pasadas.

La decisión judicial se dio sin el consenso amplio de todas las fuerzas políticas nacionales y sin que el Comité de Postulaciones Electorales, constituido de manera plural en el seno del Parlamento, hubiese desarrollado su función de convocar, recibir, evaluar, seleccionar y presentar ante la plenaria la lista de los candidatos a integrar el ente rector del Poder Electoral, de conformidad con la Constitución y la legislación electoral.

El Poder Judicial decidió además por los rectores los cargos directivos, aunque el artículo 296 de la Constitución establece que los integrantes del CNE escogerán de su seno a su presidente, de conformidad con la ley. Igualmente decidió por los rectores la distribución de sus tres órganos subordinados.

2. El TSJ también decidió desaplicar artículos de la Ley Orgánica de Procesos Electorales y ordenarle al CNE que, como consecuencia de la desaplicación declarada, procediera a asumir el desarrollo normativo pertinente, de conformidad con lineamientos señalados en uno de los fallos de la Sala Constitucional.

3. El CNE hizo cambios al sistema electoral, a la composición de escaños de la AN y al mecanismo de selección de representantes indígenas, sin un proceso inclusivo de consulta previa, como ha declara do la alta comisionada de Naciones Unidas Michelle Bachelet.

En primer lugar, la facultad de legislar corresponde al Poder Legislativo. Además, las “Normas especiales para las elecciones a la Asamblea Nacional período 2021 2026” y el “Reglamento Especial para Regular la Elección de la Representación Indígena en la Asamblea Nacional 2020” son de fecha 30 de junio; adicionalmente, la reforma a este último Reglamento Especial tiene como fecha el 14 de agosto; y la reforma al Título XIV del Reglamento General de la Ley Orgánica de Procesos Electorales es del 14 de octubre. Tomando en cuenta que el día de la elección es el 6 de diciembre, con todas esas reformas se contraviene la Constitución en su artículo 298, que establece: “La ley que regule los procesos electorales no podrá modificarse en forma alguna en el lapso comprendido entre el día de la elección y los seis meses inmediatamente anteriores a la misma”.

4. Los cambios en la composición de escaños, que elevan el número de cargos a elegir de 167 a 277 diputados, igualmente contraviene la aplicación del artículo 186 de la Constitución, a partir del cual se determina cuántos diputados tendrá cada legislatura. Teniendo Venezuela distintos números de población total en los años 2000, 2005, 2010 y 2015, el número de escaños siempre osciló entre 165 y 167 diputados en las anteriores cuatro legislaturas.

Para esta elección se creó una Lista de Adjudicación Nacional de 48 nuevos diputados, una novedad que carece de sustento constitucional.

5. El mecanismo de selección de la representación indígena ante la AN también sufrió cambios. Incluso, implicó una nueva reforma al reglamento aprobado por el CNE a menos de un mes de haberlo sancionado.

Partiendo del principio constitucional de que el sufragio es un derecho, que se ejercerá mediante votaciones libres, universales, directas y secretas, distintos actores coinciden en señalar que este sistema de escogencia no es directo, porque los electores de hecho ya votaron -en algunos casos, a mano alzada, dependiendo de la dinámica de cada asamblea por unos voceros, y serán estos quienes en definitiva sufraguen por los postulados a diputados -aquí, sí, mediante voto secreto, después de la reforma hecha-.

6. Un conjunto de decisiones del TSJ, mediante sentencias publica das entre junio y agosto, han “obstruido la libertad de selección de los representantes” de varios partidos políticos, como también ha llama do la atención la alta comisionada Michelle Bachelet. Son decisiones que, ha dicho, disminuyen la posibilidad de construir condiciones para procesos electorales creíbles y democráticos.

La judicialización de los procesos internos de partidos políticos no solo ha afectado a organizaciones tradicionales de oposición y a formaciones que antes militaron con la alianza electoral oficialista, sino que impactan a todos los ciudadanos porque restringen la oferta electoral. Dirigencias suspendidas a través de estas medidas han calificado de acomodaticias e ilegítimas las direcciones impuestas y han exigido “respeto al desarrollo y ejercicio democrático de la vida orgánica de los partidos políticos”.

7. Esta elección parlamentaria 2020 permitirá el estreno de un nuevo sistema automatizado de votación, luego del incendio de marzo de 2020 que devastó la mayoría del parque tecnológico electoral venezolano. Faltando menos de 60días para la elección, en un contexto de amplias y razonables dudas entre el electorado, el CNE presentó las nuevas máquinas y los nuevos dispositivos de autenticación biométrica. Al cierre de este documento, están en desarrollo una serie de auditorías que deben ser rigurosas para garantizar el correcto funcionamiento del software, el secreto del voto y el principio de “un elector, un voto”, como efectivamente ha sido garantizado para procesos elec torales de años anteriores, como por ejemplo en las presidenciales de 2012 y 2013 y en las parlamentarias de 2015.

8. El Cronograma Electoral es una suerte de hoja de ruta del proceso, que contiene las etapas, actos y actuaciones que deberán ser cumplidos. El cronograma de este proceso electoral parlamentario 2020 ha sufrido varias modificaciones en cuanto a los lapsos de ejecución de varias de sus 88 actividades. Si bien la legislación permite la introducción de modificaciones, en las cuales no se afecten los derechos de las personas, así como tampoco los lapsos de los procedimientos establecidos en la ley, el respeto al cronograma es otro indicador de integridad electoral que contribuiría a crear condiciones de transparencia.

9. La observación electoral independiente es un punto fundamental. La autoridad electoral ha cursado más de 300 invitaciones; las más notables, hacia la Organización de Naciones Unidas y la Unión Euro pea. Luce cuesta arriba que la ONU pueda desplegar una misión de observación electoral, por razones de tiempo y logística. Europa ya descartó venir por razones similares, ya que su solicitud de aplazamiento de la fecha de la votación acompañado por una mejoría de las condiciones democráticas y electorales no fue acogida. Entre tanto, el CNE reformó el título del Reglamento General de la Ley Orgánica de Procesos Electorales relacionado con los hasta ahora denominados observación nacional electoral y acompañamiento internacional electoral, que fueron renombrados como veeduría nacional electoral e internacional electoral, bajo algunos cambios.

10. Todo este proceso electoral venezolano se halla transversalizado por el curso del nuevo coronavirus. La autoridad electoral ha diseñado un Plan Estratégico de Bioseguridad de cara a estos comicios, los primeros que asume la nación en tiempo de pandemia.

Los árbitros electorales del mundo tienen el reto de mantener e incluso ampliar las garantías técnicas y electorales, al tiempo que garantizar condiciones sanitarias suficientes a los electores y a todos los demás actores involucrados en la dinámica electoral, mediante la adopción de acertados protocolos de bioseguridad. El objetivo supremo a esca la global es que votar resulte un acto seguro, precautelando la salud y la vida, y que el acto masivo del sufragio presencial de ninguna ma nera implique un aumento de las curvas de contagio.

En resumen, esta mirada técnica sobre la trayectoria del proceso electoral parlamentario 2020, entre los meses de junio y octubre, que será desarrollada y documentada en las siguientes páginas, arroja un conjunto de evidencias empíricas que permiten concluir que una desmejora en las condiciones democráticas y electorales está afectando la elección.

Caracas, octubre 2020

Ver documento completo en:

https://oevenezolano.org/wp-content/uploads/2020/11/Eleccion-parlamentaria-2020.-Radiografia-de-un-proceso-electoral.-Parte-I.pdf?utm_source=informe&utm_medium=email&utm_campaign=1_2020#new_tab

 6 min


Ismael Pérez Vigil

Con mayor frecuencia vemos que analistas, periodistas, “opinadores” de oficio, y toda clase de personas influyentes –esos que hoy denominamos con el anglicismo de influencers– desgranan en prensa y redes sociales su preocupación acerca del futuro político, inmediato, de Venezuela. No es para menos, pues con la llegada de enero de 2021 se nos viene encima una muy complicada y difícil etapa.

Quien no lo haya hecho aún, es pertinente que se pregunte: ¿Qué vamos a hacer?, es decir, más concretamente: ¿Cuál será la estrategia de la oposición para enfrentar al régimen dictatorial, autoritario, que gobierna al país? La pregunta no es retórica y como ven, la personalizo, no va dirigida solo a los políticos, a los partidos, sino a todos los venezolanos que nos oponemos a este régimen de oprobio.

No creo descubrir la rueda ni inventar la pólvora al describir la situación con la que nos vamos a encontrar a partir de enero de 2021, pues muchos ya lo han hecho, simplemente la voy a resumir para que todos nos ubiquemos en la misma situación.

Comencemos por el lado del régimen; éste se dispone a elegir el 6D una Asamblea Nacional (AN) a su medida. Poco le importa cuantos concurran y voten en el proceso, su CNE siempre puede poner el número que le resulte más conveniente; como hizo con la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), que “acomodó” un número de votantes, con el único requisito de que fuera superior al de la consulta popular opositora efectuada dos semanas antes, el 16 de julio de 2017. Tampoco le importa mucho que a esa “elección” no concurra la oposición democrática; más bien todo su esfuerzo estuvo claramente dirigido a que no concurriera, para evitar riesgos innecesarios o verse en la necesidad de perpetrar un fraude mayor. Le basta y sobra con su oposición a la medida, la constituida por sus execrados aliados de la izquierda y los de la llamada “mesita”, que es improbable que puedan darle un “susto”, mucho menos sí para colmo van divididos en varios pedazos. Alguno de estos grupos, individualmente o “convenientemente”, lograrán alguna diputación, pero en un número que ni siquiera estará cerca de poner en peligro el objetivo del régimen de contar con los 2/3 de la futura AN.

Tampoco le quita el sueño al régimen no tener la aprobación de la comunidad internacional; después de todo tampoco la elección de la ANC y las presidenciales de 2018 la tuvieron, y allí está el gobierno de facto. Al régimen le basta con que sus aliados internacionales –Rusia, China, Irán, Cuba, Nicaragua, Turquía, y algunos otros– reconozcan dicha Asamblea y acepten gustosos los acuerdos internacionales que ésta les va a aprobar, para dar “seguridad jurídica” y tapar todos los negocios y trapacerías que ahora están realizando.

El régimen, claramente, persigue tres objetivos importantes, ya ampliamente descritos, por eso apenas los menciono: uno, sacarse de encima la actual AN dominada por la oposición y que le aprobó un gobierno interino; dos, asestarle un golpe noble a la oposición democrática, que a partir de enero no contará con una representación parlamentaria ni con un gobierno interino que puedan ser reconocidos internacionalmente y tres, contar con una AN que, como ya señalé, facilite los negocios del régimen con sus socios internacionales

Del lado de la oposición, enero de 2021 se presenta poco auspicioso. La oposición, a pesar de ser la mayoría en el país, de acuerdo con la última medición electoral en la que participó y de acuerdo con todas las encuestas, permanece inmovilizada, desanimada, lamentándose de su suerte, totalmente postrada, desmoralizada y dividida.

Descontando la fracción que se anotó con el régimen para concurrir al proceso electoral –y que en consecuencia eligió “amoldarse” a sus exigencias, las actuales, electorales, y las futuras, que no sabemos a dónde la llevarán– la oposición se fragmenta en varios pedazos.

Desde el punto de vista organizativo vemos un primer sector, constituido por una gran mayoría que se agrupa en el llamado Frente Amplio, pero que no tiene una clara estrategia de acción y movilización. Hasta el momento ha decidido dos cosas: una, abstenerse de participar en el proceso electoral del 6D, cuyas consecuencias prácticas vimos más arriba; y la otra es emprender, al parecer sin mucho ánimo y no unánimemente, la tarea de organizar una “consulta popular”, sobre la que hay algunas dudas importantes y no se termina de tener claro sus aspectos organizativos, lo que compromete –a gran escala– sus probabilidades de éxito.

Hay un segundo sector, que algunos denominan o ven más “radical”, pero menos numeroso y representativo, aunque un tanto más ruidoso y activo en redes sociales, pero que parece resignado a esperar una improbable intervención internacional externa, que algunas veces han definido eufemísticamente de “fuerte”, denotando así su carácter aparentemente militar, pero que sin embargo inmediatamente niegan, preguntándose “quien ha dicho tal cosa…” Su tarea, en buena medida, se concreta en diferenciarse y criticar todas las iniciativas de la oposición mayoritaria, a la que obviamente aspira reemplazar en el tablero político.

En lo organizativo también, hay un tercer sector, constituido por los disidentes del llamado chavismo, que no terminan de romper con el supuesto “ideario” de Hugo Chávez Frías, pero que obviamente no se identifican con el actual régimen madurista; algunos de sus factores más significativos ya tienen más de un lustro de disidencia, pero tampoco ha sido fácil su plena incorporación al conjunto de la fuerza opositora.

Pero lo más grave es que fuera del marco organizativo de la oposición está la inmensa mayoría de ciudadanos comunes, del pueblo venezolano. Algunos, afiliados a organizaciones de la sociedad civil que, en el mejor de los casos, deambulan sin rumbo alrededor de los partidos; otros que rechazan a los partidos, con las ya clásicas consignas “antipolíticas” y “antipartidos”; otros, la gran mayoría, el peor de los casos, que permanecen inertes, desmovilizados, frustrados, apáticos, frente a la situación política del país, buscando desesperadamente una solución individual a sus penurias.

Afortunadamente, en este sector ciudadano y de la sociedad civil, hay una inmensa mayoría de ciudadanos que cada día se manifiesta y protesta por los más diversos y válidos motivos, con una motivación claramente política, pero poco precisa en su intención de orientarse y organizarse en contra del régimen y que en consecuencia es poco eficaz.

De esta manera, ante el panorama descrito, la “oposición mayoritaria” tiene varias tareas que llevar adelante, desde ahora y sobre todo a partir de enero de 2021. Una es interna; y me refiero a lo interno de cada organización, para concluir –o iniciar– sus procesos de renovación, volverse más democráticos y participativos, tarea pendiente desde hace varios años, que al no resolverse deja puertas abiertas y facilita que se produzcan las disidencias que vimos recientemente, que dio origen a los llamados “alacranes” y “mesitas”; otra tarea, también interna, de conjunto, es dirimir rápidamente o diferir las disputas internas por el control político de la coalición opositora, para lograr orientar y canalizar políticamente todas esas protestas espontáneas, diarias, que se producen en el país.

Sin embargo hay una importante tarea externa que llevar adelante y es la de continuar la relación con la comunidad internacional que ha venido apoyando desde hace un par de años al gobierno interino y que ahora se le hará más difícil concretar ese apoyo, al no contar con una representación parlamentaria, ni con un gobierno interino.

Para esa tarea son importantes dos elementos; uno de ellos se volverá cada vez más peligroso a partir de enero de 2021, fecha en la cual el régimen controlará todas las instituciones del estado, sus recursos, el sistema de justicia y carcelario, todo el aparataje represivo; me refiero a mantener la denuncia de las violaciones de los DDHH y la situación crítica en la que vive el pueblo venezolano por la compleja crisis humanitaria; el segundo elemento que en este contexto de inamovilidad en el que estamos inmersos no se debe despreciar y adquiere gran importancia es participar en la “Consulta Popular”, que más allá de la especulación o argumentación de su carácter vinculante con base en el Artículo 70 de la Constitución, su significado puede ser mostrar al mundo, a la comunidad internacional, a nosotros mismos y al régimen, que la oposición venezolana sigue viva, activa y en disposición de luchar contra la dictadura que la oprime.

En este contexto es importante que no olvidemos que 2021 es año electoral –de gobernadores, alcaldes, concejos, asambleas legislativas–- y que al llegar a la mitad del periodo del presidente usurpador, se abre la posibilidad, nuevamente, de un proceso revocatorio. Por eso es necesario abrir nuevamente la discusión: ¿Nos vamos a mantener en una posición abstencionista? ¿Vamos a luchar por unas elecciones justas, democráticas, imparciales, etc.? Son preguntas que a nadie gustan, pero es una realidad política que está allí, que se nos viene encima y a la cual habrá que dar respuesta.

Una vez más reitero mi posición que la oposición democrática tiene que aprovechar todas las oportunidades para alcanzar mayores niveles organizativos, que permitan mantener la presión, nacional e internacional, para llegar a una negociación que acabe con este régimen de oprobio.

https://ismaelperezvigil.wordpress.com/

 7 min


Silvia Cabrera

Venezuela parece hundirse lentamente, sin encontrar alternativas que le permitan salir de la catastrófica situación en que se encuentra. Una situación caracterizada por la deriva dictatorial del régimen de Nicolás Maduro y su probada incapacidad para el manejo de los asuntos públicos, que ha generado hiperinflación, destrucción de los servicios básicos, escasez de combustible, alimentos, medicinas, e incremento del índice delictivo, por solo mencionar algunos aspectos fundamentales.

En este contexto, el próximo 6 de diciembre el Consejo Nacional Electoral subordinado a Maduro va a realizar unas elecciones parlamentarias que ningún gobierno decente reconoce, y cuyo objetivo declarado es acabar con el gobierno de Juan Guaidó. Con la mayoría de los partidos de oposición ilegalizados o secuestrados, con sus líderes en el exilio, presos y actuando bajo presión en Venezuela, la oposición democrática no participará en estas elecciones por considerarlas un fraude. Sin embargo, hay quienes argumentan que dejar el camino libre a Maduro no es la mejor alternativa.

Lo cierto es que el mandato de Juan Guaidó procede de la legitimidad de esa Asamblea Nacional electa en 2015, y que previsiblemente se atribuirá el régimen de Maduro en diciembre. Por esto, la pregunta que flota en el atribulado paisaje venezolano es qué ocurrirá a partir del 7 de diciembre con el gobierno de Guaidó. Y, en consecuencia, cómo superará la muy golpeada oposición venezolana este trance.

Lo primero que ha hecho la oposición es convocar una consulta popular como alternativa a las elecciones parlamentarias. Una jugada para dotar de legitimidad a la Asamblea Nacional que será descabezada oficialmente el 6 de enero, cuando acabe su mandato constitucional y Maduro coloque sus fichas en el interior del capitolio.

Leopoldo López, el líder del partido Voluntad Popular, del que procede Guaidó, se ha adelantado al afirmar que: "al no haber una elección, sino un fraude, no hay una sustitución legítima de esa Asamblea y, como no puede haber un vacío, lo que se plantea y lo que va a ocurrir es la continuidad institucional de esa Asamblea elegida en 2015 hasta que haya unas elecciones legítimas”. López también ha dicho que no se plantea un gobierno en el exilio, por lo que Guaidó permanecerá en Venezuela como hasta ahora, sin el control real de las instituciones, pero con el apoyo y el reconocimiento internacional.

De esta forma, resistir será la estrategia de Guaidó y de la oposición venezolana. Aunque tampoco está claro si este gobierno paralelo de la oposición seguirá siendo presidido por Guaidó, o si los partidos que poseen actualmente mayoría en el parlamento nombrarán a algún otro diputado para asumir este trabajo de minero que nadie quiere.

Para completar el cuadro, el gran aliado de la oposición venezolana, los Estados Unidos, estrenará presidente el próximo 20 de enero. Con pocos resultados, Trump apoyó la causa de la democracia en Venezuela. En sus presentaciones públicas, Biden también señaló la importancia de atender la compleja situación venezolana. Pero aún es temprano para saber cuál será la agenda del nuevo gobierno demócrata para América Latina y, más específicamente, cuál será su política hacia Venezuela.

Mientras tanto, en Caracas y el resto de América Latina, la mayoría desea un mayor compromiso para poner freno a la nueva dictadura de América. Pues de no lograrse en el corto plazo resultados efectivos, de no hallar una luz al final del túnel, es seguro que una vez comiencen a abrirse las fronteras, cerradas hoy por la pandemia, comenzarán también a activarse los flujos migratorios que están llevando a los venezolanos a saturar las ciudades del continente, con todas las consecuencias que esto tiene.

27 de noviembre 2020

DW

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Fernando Mires

“El centro político no existe”. La insólita frase es de Gustavo Petro, quien antes de ser político fue guerrillero del M-19, organización que abandonó la lucha armada y negoció un acuerdo en 1990, durante el gobierno de Virgilio Barco.

Petro y los suyos por el lado izquierdo, Uribe y los suyos por el derecho, han polarizado la política colombiana hasta el punto de lograr una incomunicación destructiva que amenaza con impedir el desarrollo político del país. Como suele suceder, ambos extremos coinciden en diversos puntos, entre ellos, en la conversión del adversario político en enemigo total.

Para Petro, evidentemente, se trata de llevar la lógica de la guerrilla al plano político. Por lo mismo mantiene una relación puramente instrumental con los acuerdos de paz firmados por el presidente Juan Manuel Santos. Alvaro Uribe, prócer de la anti-guerrilla, vio en esos acuerdos una capitulación de Santos frente a las FARC. Para Uribe la política centrista de Santos no debería haber existido. E, igual que Petro, necesita que el centro político no exista. La frase correcta de ambos, Uribe y Petro, debería haber sido: no queremos que exista el centro político. Pero el centro político no solo existe. Además crece, incluso en Colombia. O sobre todo en Colombia.

Avistando que un conjunto social no puede ser llevado a una bipolaridad destructiva, diversos sectores culturales y políticos colombianos intentan desbloquear el antagonismo y dar origen a una iniciativa política de centro, una que se aleje de la antipolítica y permita la necesaria circulación de ideas entre los dos polos. Ya en las elecciones presidenciales ese centro político se hizo presente durante la primera vuelta en la persona de Sergio Fajardo con un 23,7%, muy cerca de Petro (25,09). Tal vez ese centro no pueda quitar mucha fuerza al polo uribista, pero sí, amenaza al polo petrista. Para Petro sería ideal entonces que el centro no existiera. Y por eso, sin más ni menos, lo dio por inexistente.

Batalla perdida de antemano: el centro es constitutivo a la política pues ese centro – aunque a muchos parezca enigmático - es parte de la propia condición humana.

Aparte de las alteraciones bipolares, la personalidad de cada ser humano está formada por tres instancias: la de las pasiones llamada por Freud el Ello, la de los deberes (la moral) llamada por Freud el Sobreyo, y la instancia mediadora surgida del conflicto entre las dos primeras, llamada por Freud el Yo. Ese Yo no es preformativo: surge de la amenaza de choque entre dos extremos. Gracias a ese Yo podemos distinguir lo justo de lo injusto, lo bueno de lo malo, lo que se desea y lo que se debe hacer. De ahí que cuando el Yo es débil – esa es una de las principales enseñanzas freudianas – el alma del ser puede ser destruida por las pasiones o terminar sucumbiendo bajo la tiranía de los deberes y de la moral.

El Yo es nuestro centro individual. Sin ese centro somos personas descentradas. Idea que tomó de Freud no un psicoanalista sino un gran economista: Albert O. Hirschman, quien apoyándose en la tesis del “dulce comercio” de Montesquieu – tan ridiculizada por Marx – sostuvo que el comercio, al transformar a las pasiones en intereses, dulcifica (civiliza) a las pasiones de modo que estas aparecen en la escena bajo la forma de intereses (The Passions and the Interests, 1977) Pero según Hirschman, las pasiones no dejan de ser pasiones. Los intereses solo las ocultan.

Trasladando la opinión de Hirschman al plano político, podríamos afirmar que tanto pasiones como deberes transmutan energías bajo la forma de intereses y demandas, ideas e ideologías. Pero para que eso ocurra, se requiere de un espacio público de reflexión y debate. De acuerdo a Platón y Aristóteles, sin ese espacio público, el de la política, somos bárbaros. No obstante, ese espacio entre las pasiones y los deberes, sin una centralidad que permita a la sociedad “pensarse a sí misma” a través de sus contradicciones (no hay otro modo de pensar) puede ser destruido en cualquier momento. Los ejemplos históricos sobran.

Pero la política, además de ser en sí un centro, requiere de centralidad. Centralidad que surge de la posibilidad de choque entre pasiones y deberes. Por lo mismo, no es un centro estático. El centro político tampoco está “en el medio”. Es más bien una zona de turbulencias transversales. Por lo tanto, quienes niegan al centro como Petro, presionan por llevar a la política a un estadio pre-político: al de la guerra. Aunque sea una guerra sin armas.

Ahora bien, ni las izquierdas ni las derechas son representantes exactos de las pasiones y de los deberes. Pero sin temor a exagerar, podemos pensar que en la izquierda hay más cabida para las pasiones y en la derecha más cabida para los deberes. La izquierda, sobre todo su borde extremo, tiende a la transgresión. La derecha en cambio, tiende al inmovilismo. De ahí la necesidad de que aparezca un centro, o diversos centros de debate, tanto entre izquierdas y derechas como al interior de cada una de ellas. Por eso el centro surge unas veces como centro-izqierda y otras, como centro-derecha. Casi nunca como centro-centro.

La carencia de centralidad – quizás está de más decirlo - ha marcado el curso de la política de América Latina. Razón no ajena a los continuos quiebres de la democracia que experimentan sus naciones. No obstante, sobre ese punto hay una buena noticia: si analizamos las tendencias hoy predominantes, podríamos deducir que las líneas centristas han adquirido cierto crecimiento.

Hay que tener en cuenta que las herencias recibidas del siglo XX no eran demasiado promisorias. Todavía están frescos los recuerdos dejados por “el socialismo del siglo XXl”. Hoy ese proyecto no existe, aunque las polarizaciones que dejó detrás de sí, tanto hacia la derecha como hacia la izquierda, no han desaparecido. No obstante, el pandémico año 2020 abrió esperanzas centristas en diversos países.

En Ecuador, la solidez centrista de Lenin Moreno sigue manteniéndose pese a los intentos del correísmo por erosionarla. En Argentina, la derrota del tecnócrata Macri dio origen al gobierno de Alberto Fernández quien, en contra de la por muchos esperada radicalización cristinista, ha introducido matices centristas a su gestión, entre otros, momentos de diálogo con el empresariado e incluso con la oposición, y no por último, un distanciamiento con respecto al gobierno extremista de Maduro en Venezuela.

Bolivia es un caso interesante. Durante Evo la economía podía ser calificada de centro e incluso de centro derecha, pero la retórica y la ideología del gobierno eran de izquierda o extrema izquierda. Puede ser entonces que esa contradicción sea aminorada por la presidencia de Luis Arce, responsable de la economía durante el gobierno de Evo. Perú en cambio, es un caso de patología política. En ese país prima una clase política sin auténticos partidos políticos. No obstante, nada hace predecir que la salida de la crisis será por los extremos. Chile, por su parte, ya dio un ejemplo: el malestar en contra de la política, no solo de la de Piñera, sino de toda la clase política, ha terminado por ser encauzado de modo político.

Gracias al plebiscito constitucional chileno, la discusión en torno a una nueva Constitución puede llevar a Chile a una apertura de lo político-constituyente hacia lo social sin que sean rebalsados los diques institucionales. Posibilidad que depende de la responsabilidad de los principales actores políticos, la mayoría de centro, centro izquierda y centro derecha. Los estallidos sociales, en efecto, no han logrado rebajar la vocación centrista del país.

En la otra acera vemos que la amenaza polarizante que parecía traer consigo el gobierno de extrema derecha de Jair Bolsonaro ya no logrará cristalizar a nivel continental. Tres razones la bloquean. Primero, Brasil nunca ha sido un país líder en América Latina. Segundo: el gobierno se desgasta, así lo demostraron las recientes elecciones comunales. Tercero, el por muchos temido eje Bolsonaro-Trump, gracias a la derrota de este último, ha dejado de existir. En el marco de esa constelación, el gobierno colombiano de Iván Duque deberá moverse algunos milímetros hacia el centro. Uribe, siempre astuto, ya ha mostrado algunos signos: fue él uno de los primeros en reconocer el triunfo de Biden.

El triunfo de Joe Biden tendrá consecuencias centristas en América Latina. Si se dan condiciones ideales, el inevitable reencuentro entre EE. UU y Europa podría incorporar como tercer actor a los gobiernos democráticos latinoamericanos. América Latina llegaría así a ser parte – al fin - de un bloque histórico y democrático internacional.

Sobre el destino que correrán los gobiernos autoritarios del continente es difícil hacer predicciones. Lo más probable es que serán aislados. Ni la Cuba de Díaz Canel, ni la Nicaragua de Ortega, ni el Salvador de Bukele, ni la Venezuela de Maduro, están en condiciones de imponer un sello anti-centrista y anti-democrático al resto del continente.

De Venezuela, un país que hasta 2015 parecía liderar las oposiciones democráticas de América Latina, ya no hay mucho que esperar. La usurpación que de esa oposición hicieran sus sectores más extremistas (abstencionistas) representados en la figura de un líder sin liderazgo como Juan Guaidó, destruyó el centro político basado en cuatro pilares: el electoral, el constitucional, el democrático y el pacífico. La entrega de esa oposición sin política a las iniciativas manipuladoras del gobierno de Trump, terminó por liquidar el proceso de democratización que tenía lugar en el país. Puede ser que el gobierno de Biden abra ciertos cauces para una rectificación. Pero por el momento no podemos adelantar nada. Solo una lección: cuando los partidos abandonan el centro político terminan por abandonar a la política.

Tal vez en Venezuela pero no en Colombia se cumplirá el fatal dictamen de Gustavo Petro: “el centro no existe”. Efectivamente, cuando el centro no existe desaparece la política. No es ese el destino que esperan la mayoría de los ciudadanos colombianos incluyendo al propio Petro, un político al fin.

La conclusión que podemos extraer de las palabras de Petro es, por lo tanto, otra: si el centro no existe, hay que construirlo.

Twitter @FernandoMiresOl

27 de noviembre 2020

https://polisfmires.blogspot.com/2020/11/fernando-mires-en-defensa-del-c...

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