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Opinión

Eric Posner

La elección del próximo mes en Estados Unidos no es sobre una agenda política, ni siquiera sobre el presidente Donald Trump. Es sobre el sistema constitucional estadounidense. No porque la elección pueda poner fin a ese sistema. Aunque Trump tiene un carácter autoritario y admira a dictadores como el presidente ruso Vladimir Putin, incluso ganando la reelección es improbable que se convierta en un autócrata. Pero lo que está en cuestión en Estados Unidos es el papel del gobierno nacional en la vida del país.

El trumpismo es sólo la última de una serie de oleadas populistas surgidas del malestar contra las élites políticas de Washington, consideradas egoístas y exentas de control. Es una historia que en realidad empezó antes de la fundación de Washington. La revolución de las trece colonias fue contra unas élites londinenses lejanas y egoístas, y poco después se desató una gran controversia respecto del poder del gobierno nacional.

Los críticos sostenían que la nueva constitución propuesta iba a crear una élite gobernante nacional, y que eso debilitaría la soberanía por la que habían luchado las excolonias devenidas estados. Los partidarios de la Constitución prevalecieron, pero el tiempo dio la razón a los críticos. No tardaron en surgir movimientos populistas contra lo que se veía como un gobierno elitista. Fue así que en 1800 la democracia jeffersoniana reemplazó a las élites del Partido Federalista, y en 1829 la democracia jacksoniana reemplazó a las élites jeffersonianas.

Más allá de las muchas diferencias entre la democracia jeffersoniana y la jacksoniana, ambas se basaban en la idea de que las élites que lideraron la revolución no habían cumplido la promesa de entregar el autogobierno a las masas. Parecía que funcionarios electos, jueces y burócratas eran todos miembros de las grandes familias o de la clase alta, y que así gobernaban, igual que la aristocracia corrupta de la que los estadounidenses acababan de librarse. La solución fue devolver el poder político a las masas mediante la ampliación del derecho al voto, la extensión de la elección democrática a más cargos (por ejemplo, los juzgados de los estados) y la limitación del poder del gobierno nacional.

Esta oleada de populismo quedó momentáneamente interrumpida por el debate en torno del esclavismo y por la Guerra Civil, pero volvió con nuevos bríos a fines del siglo XIX, liderada esta vez por agricultores del sur y del medio oeste, que se sentían ignorados por los dos partidos políticos principales y explotados por los bancos y ferrocarriles que esos partidos representaban. Los populistas, que invocaban a Jackson como su héroe, denunciaron que todo el sistema político estaba corrupto y formaron un Partido del Pueblo para promover sus propios intereses.

La siguiente gran oleada de populismo se produjo durante la Gran Depresión de los años treinta. Políticos como Huey Long (gobernador de Luisiana y más tarde senador) ascendieron al poder con la promesa de redistribuir la riqueza de los ricos entre los pobres. Long acusó de plutócratas a los políticos establecidos, y procuró debilitar a los centros de poder que pudieran hacerle competencia (desde la legislatura del estado hasta el sistema universitario). Al momento de su muerte en 1935, había conseguido un buen número de seguidores en todo el país.

El último resurgimiento populista antes de ahora fue en los años sesenta, cuando el político sureño y demagogo racista George Wallace intentó obtener el apoyo del electorado del norte a su candidatura a la presidencia afirmando que la burocracia federal (el «big government») era la causa de todos los problemas de Estados Unidos. Esta clase de antielitismo también era común en la izquierda, que achacaba la Guerra Fría y la intervención en Vietnam a un establishment racista e imperialista.

La lógica del populismo es sencilla y efectiva: si algo anda mal, la culpa es del gobierno y de las élites que lo dirigen. Y aunque los populistas estadounidenses también atacaron a los gobiernos de los estados, su blanco principal siempre ha sido el gobierno federal (por su lejanía). Los políticos de nivel local, lo mismo que los congresistas nacionales de la jurisdicción, pueden tener la confianza de la gente. Pero quitando al presidente y a las máximas autoridades del congreso, casi todos los funcionarios federales son anónimos.

Todos los movimientos populistas se agotan cuando sus contradicciones internas pueden más que el entusiasmo popular. Los populistas odian a las élites, pero para gobernar tienen que poner élites propias en las posiciones de poder. De la democracia jeffersoniana salió un estado unipartidista gobernado por agricultores de Virginia; la democracia jacksoniana produjo un sistema partidario corrupto controlado por mandamases y políticos profesionales; el movimiento populista perdió impulso cuando en pos de una ventaja política ató su suerte a la del Partido Demócrata. Y a veces los populistas no consiguen eludir maniobras de los políticos del establishment, o pierden poder porque mejoran las condiciones. En los años treinta Roosevelt se corrió a la izquierda para contrarrestar al populismo de Long, y el populismo de los sesenta colapsó con el fin de la segregación racial y la Guerra de Vietnam.

Hay que separar el populismo trumpista de Trump; este sólo se subió a una ola política que ni inició ni controla. El motor principal de esa ola es el malestar por el avance del liberalismo cultural, el estancamiento económico y la desigualdad, todo lo cual se atribuyó (con mayor o menor razón) a las élites nacionales y a las instituciones que estas controlan. Esa misma ola ayudó en 2008 a Barack Obama (un relativo outsider) a derrotar a Hillary Clinton y John McCain, candidatos del establishment; sólo que Obama era en esencia un tecnócrata, y como tal gobernó.

El populismo es peligroso porque se basa en una hostilidad intransigente hacia las instituciones políticas establecidas y hacia los políticos profesionales en quienes en última instancia tenemos que confiar, cualesquiera sean sus imperfecciones. Es por eso que, en retrospectiva, el populismo puede parecer irracional incluso cuando sirvió para poner un malestar legítimo a consideración del gobierno y de la atención pública. Los ataques de Trump a las instituciones y a las normas (el colmo de los cuales ha sido su negativa a prometer una entrega pacífica del poder) ya están virando hacia el nihilismo.

Lo que nos trae a la elección del mes próximo. Todavía no es seguro que la oleada populista del siglo XXI que puso a Trump en el poder se haya agotado. Puede que la pandemia sea para la gente un recordatorio de las virtudes del saber experto y del profesionalismo en el gobierno. Pero con tantos estadounidenses totalmente entregados a oponerse a los burócratas de carrera del «Estado profundo», no es imposible que el trumpismo sobreviva sin la persona que le dio su nombre, liderado tal vez por algún nuevo tribuno, con riesgo de que sigan varios años más de caos y división. Lo único que puede impedirlo es una derrota realmente decisiva de Trump y de los republicanos.

14 de octubre 2020

Traducción: Esteban Flamini

The Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/trump-populism-in-2020-elec...

 5 min


Ignacio Avalos Gutiérrez

Por falta de sorpresas en Venezuela no nos podemos quejar. La última es la recientemente aprobada Ley Antibloqueo y la Garantía de los Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente (institución nombrada ilegalmente, favor no olvidarlo), y bajo el reclamo, por cierto, de algunos diputados que ni siquiera fueron enterados de la iniciativa que suscribió Nicolás Maduro. Se dice, además -cosa que nadie puede asegurar en estos tiempos de “verdades alternativas”- que fueron apenas tres o cuatro diputados los que intervinieron en la discusión del proyecto.

Comienzo por aclarar, con el fin de evitar malos entendidos, que soy absolutamente contrario a las sanciones como instrumento político, convicción de la que he dejado constancia escrita en diversos artículos anteriores, publicados en El Nacional.

La Ley Antibloqueo

Visto desde el punto de vista del Estado de Derecho, el proyecto de Ley Antibloqueo es un despropósito, según lo han calificado algunos especialistas, debido, entre otros motivos, a que establece como su eje central que toda ley puede ser desconocida. Así las cosas, el jefe de gobierno tiene poderes para “desaplicar” el ordenamiento jurídico, tarea que incluye suspender las normas jurídicas, incluso aquellas que tienen un carácter constitucional. Hasta donde se ha podido saber, con esta Ley se pretende despejar el terreno, incluidas leyes orgánicas y hasta legislaciones específicas sobre ciertas materias, abarcando la posibilidad de tomar medidas contrarias o negadoras de la Constitución y del marco legal vigente. Esa “desaplicación”, serviría, sobre todo, según se argumenta, para reconstruir el funcionamiento de la economía, esa economía que se ha venido al suelo a lo largo de la gestión del propio gobierno y que ahora, dicho sea de paso, se piensa en medidas “neoliberales”, conforme las han llamado ciertos sectores del propio chavismo, colocando como ejemplo de ello la suspensión del control de cambio y del control de precios.

Además de lo anterior me interesa poner de relieve la gravedad que representa la capacidad de desaplicar en secreto, la totalidad del ordenamiento jurídico. Significa concederle al Ejecutivo Nacional la posibilidad de anular la vigencia de cualquier norma cuando lo estime necesario y, por si fuera poco, hacerlo de espaldas a los ciudadanos, no importa cuán importante sea para sus vidas y la de sus familias. Así las cosas, cualquier acto de difusión de las medidas podría ser sancionado legalmente.

Conforme a lo que piensan diversos especialistas, mediante ese instrumento se podrán entregar las riquezas venezolanas a China, a Rusia y a Irán por citar los ejemplos que primero me vienen a la cabeza, lo cual incluye zonas enteras del territorio, ejecutado de forma inconsulta, en negociaciones secretas, opacas y corruptas.

En el chavismo también se cuecen habas

La Asamblea Nacional Constituyente (ANC) aprobó de mala manera la ley mencionada. No asistieron todos los parlamentarios, algunos de ellos ni siquiera conocían la iniciativa y solo tres o cuatro abogados, dicen las mala lenguas, fueron los que intervinieron en el diseño del proyecto, el cual puede entenderse que equivale a la entrega de la soberanía nacional a cambio del levantamiento de las sanciones.

Como cabe esperar la medida tomada por Maduro, provocó desavenencias serias dentro del chavismo al resucitar un debate ideológico, tal y como lo expresa el profesor Nicmer Evans. Después de haber pasado 21 años del desmantelamiento de la industria privada, las autoridades gubernamentales se convencen, por solo citar un caso, de que las expropiaciones de Chávez fueron un error que hay que enmendar estableciendo las condicione en las que se podrían devolver las empresas a sus propietarios. En materia muy diferente a la anterior, la ley podría autorizar, por ejemplo, que se desaplicara al narcotráfico como delito, considerándose su legalización como una forma de generar ingresos más allá del bloqueo.

Pareciera tener razón el dirigente del PSUV, Telémaco Figueroa, representante del Estado Sucre, cuando señaló que “no hay ninguna justificación por parte del bloqueo para que lo que hagas en lucha contra ese bloqueo sea entregar el Estado a otros países.”. Por otra parte, el Partido Comunista de Venezuela no ha deja de mostrar su desacuerdo con la mayoría de las disposiciones y el sentido final de la ley.

El Estado del Disimulo

Me acuerdo a propósito de todo esto del célebre ensayo de Cabrujas, publicado hace al menos dos décadas y media, en el que calificaba al nuestro como “El Estado del Disimulo”. Decía en una memorable entrevista que le hicieron, que entre nosotros El concepto de Estado es simplemente un «truco legal» que justifica formalmente apetencias, arbitrariedades y demás formas del «me da la gana». Estado es lo que yo, como caudillo, como simple hombre de poder, determino que sea Estado. Ley es lo que yo determino que es Ley”. En palabras menos brillantes, yo diría que por tiempos nuestro Estado se desempeña en formato “caimanera”, evento deportivo que tiene lugar con reglas cambiantes de acuerdo a las circunstancias, un árbitro parcial, en terreno irregular lleno de huecos, en fin …

Cuando entenderemos los venezolanos -me preguntaba con el Profesor Victor Rago, de la UCV, con quien conversé varias de las ideas aquí expuestas - que nuestra crisis económica, y en general la que nos agobia en todos los ámbitos dentro de los que se desenvuelve nuestra vida colectiva, se resuelve en el terreno político. Las elecciones del próximo 6 de diciembre podrían abrir un horizonte que nos saque de esta calle ciega en la que estamos metidos.

Ojalá puedan serlo. Como he señalado en otras ocasiones, citando a Daniel Innerarty, el optimismo no es una opción, es una obligación.

El Nacional, 13 octubre 2020

 4 min


Acceso a la Justicia

La situación de sumisión al Gobierno de Nicolás Maduro en la que se encuentra la justicia venezolana preocupa profundamente al Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (ONU), por las repercusiones que la misma tiene tanto sobre las víctimas de violaciones a los derechos humanos como sobre la «supervisión» de las venideras elecciones parlamentarias del 6 de diciembre.

La falta de independencia de los jueces y fiscales fue unas las razones esgrimidas por la instancia con sede en Ginebra, Suiza, para extender por dos años más el mandato de la Misión Internacional Independiente de Determinación de Hechos, que recientemente emitió un informe en el cual acusó a Nicolás Maduro y a otros funcionarios de perpetrar presuntamente crímenes de lesa humanidad desde 2014.

En su resolución, aprobada el 1 de octubre, el Consejo de Derechos Humanos expresó su:

«profunda preocupación porque la inseguridad de la permanencia en los cargos, la falta de transparencia en el proceso de nombramiento de jueces y fiscales, la precariedad de las condiciones de trabajo y las injerencias políticas, también en lo que respecta a los miembros del Tribunal Supremo, que carecen de independencia de las autoridades y el partido en el poder, socavan la independencia del sistema de justicia, contribuyen a la impunidad y a la persistencia de violaciones de los derechos humanos y obstaculizan la celebración de elecciones libres, limpias, transparentes y creíbles».

La instancia avaló el informe de la Misión, así como los últimos reportes de la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos. En ambos se recuerda que entre 80 y 85% de los casi 2.200 jueces que hay en el país son provisorios, accidentales o temporales, es decir, no llegaron a sus cargos a través de concursos públicos de oposición, tal y como lo manda el artículo 255 de la Constitución, sino que fueron designados a dedo por la Comisión Judicial del Tribunal Supremo de Justicia. Por tal motivo, el máximo juzgado los considera de libre nombramiento y remoción, y así, los destituye sin procedimiento alguno que les garantice su derecho a la defensa.

La ausencia de estabilidad en sus cargos hace que estos funcionarios sean susceptibles de presiones por parte de sus superiores jerárquicos; de no atender sus instrucciones pueden perder su puesto de trabajo.

La situación aún es peor en el Ministerio Público, donde más del 97% de los cerca de 1.500 fiscales son provisorios.

Un verdugo más

En las extensas conclusiones de su informe sobre Venezuela, la Misión acusó al Poder Judicial de haberse convertido en «un instrumento de represión» contra la oposición y la disidencia, lo que crea «un desequilibrio» y pone a los ciudadanos, en particular a las víctimas de violaciones a los derechos humanos, en una situación de desventaja y minusvalía.

La Misión resaltó los casos de ejecuciones extrajudiciales por parte de organismos de seguridad y defensa del Estado, así como los de tortura de civiles y militares, detenidos por agentes de los temidos Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) y de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM).

El informe concluyó, tras analizar 223 casos y revisar otros 2.891 más, que:

«El Poder Judicial no ha actuado como un control de los demás agentes del Estado, perpetuando la impunidad por los crímenes cometidos. La mayoría de las violaciones y crímenes documentados por la Misión no han dado lugar a investigaciones exhaustivas, enjuiciamientos y condenas de los presuntos responsables. A pesar de recibir información de que las víctimas habían sido torturadas, los y las fiscales y jueces no investigaron ni sancionaron esos actos. Hay motivos razonables para creer que esas omisiones se vieron afectadas por la falta de independencia judicial»

¿Elecciones libres?

En su resolución, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU instó tanto al gobierno de Maduro como a la oposición a que:

«pongan en marcha sin demora o apoyen un proceso que posibilite la celebración de elecciones presidenciales y parlamentarias libres, limpias y creíbles, con un Consejo Nacional Electoral independiente y un Tribunal Supremo imparcial, así como la plena libertad de prensa y la participación política sin trabas de todos los venezolanos y todos los partidos políticos, sin temor a consecuencias o injerencias, respetando las normas internacionales».

Sin embargo, el gobierno de Maduro ya ha descartado la posibilidad de retrasar las parlamentarias a la luz de los cuestionamientos de la comunidad internacional al proceso electoral actual, el cual presenta un sinfín de irregularidades. Entre estas resalta que la Sala Constitucional nombró a los rectores electorales y entre los designados se encuentran dos magistradas del TSJ: las expresidentas de las salas Electoral y de la sala Constitucional, Indira Alfonzo y Gladys Gutiérrez. Ambas han sido sancionadas por gobiernos extranjeros por sus actuaciones contra la democracia y los derechos humanos.

En el instrumento del Consejo de Derechos Humanos, que fue aprobado por veintidós países, tuvo en contra otros tres y hubo veintidós Estados que se abstuvieron, se advierte a las autoridades venezolanas que si «no cooperan seriamente» con el Alta Comisionada y la Misión, el Consejo podría dar un paso más allá y crear una «comisión de investigación».

¿Y a ti venezolano, cómo te afecta?

La falta de independencia del Poder Judicial ha facilitado a los gobiernos de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro hacerse con el control total del país y sus recursos, sin ningún tipo de contraloría. Asimismo, les ha permitido perseguir y silenciar a toda voz crítica que se haya alzado contra sus planes y hacerlo, en la mayoría de los casos, sin respetar los derechos y garantías previstas en la Constitución de 1999.

La situación venezolana revela que tenía razón el barón de Montesquieu cuando advertía en el siglo XVIII que «Una injusticia hecha al individuo es una amenaza hecha a toda la sociedad».

14 de octubre 2020

https://www.accesoalajusticia.org/la-falta-de-independencia-judicial-ala...

 4 min


Paul J. Angelo

"Desde enero de 2019, la política de EE.UU. hacia Venezuela se ha centrado en la destitución de [el presidente Nicolás] Maduro. Los Estados Unidos han abogado por un gobierno de transición para facilitar el retorno a la democracia", escribe el becario del Consejo de Relaciones Exteriores para América Latina, Paul J. Angelo, en un nuevo informe especial del Consejo, El día después en Venezuela: Entregando Seguridad y Dispensando Justicia. "El mejor escenario posible, y uno que Estados Unidos respalda en su 'Marco de Transición Democrática para Venezuela', sería un gobierno provisional que reemplace a Maduro y supervise la transición hacia nuevas elecciones presidenciales y legislativas".

Angelo sostiene que los actores internacionales no han planeado lo suficiente para estabilizar el ambiente de seguridad y fomentar la justicia transicional en una Venezuela post-Maduro. "Establecer rápidamente el orden público y restablecer el estado de derecho sería crucial para que el apoyo [de EE.UU.] sea efectivo. Y sólo después de que haya revivido las instituciones para ofrecer seguridad y justicia de manera creíble, Venezuela podrá restaurar la gobernabilidad democrática", explica Angelo.

"En el período inmediatamente posterior a la partida de Maduro podría haber conflictos entre facciones armadas, coaliciones políticas inestables, incentivos para la corrupción y la delincuencia, una respuesta internacional dividida y una salida de migrantes y refugiados", advierte.

"Los encargados de la formulación de políticas de los Estados Unidos tendrían que anticiparse a las consecuencias de una transición, incluso en las condiciones más propicias, y determinar las oportunidades para garantizar que el contexto de la transición propicie el restablecimiento de la democracia", escribe.

Entre ellas figuran:

"Los Estados Unidos deberían centrarse primero en actividades destinadas a crear confianza con las autoridades y el pueblo venezolano. Las autoridades estadounidenses deberían condicionar su apoyo al compromiso del gobierno de transición con una transición democrática y con el alivio del sufrimiento humanitario, buscando al mismo tiempo puntos de entrada que generen buena voluntad y creen oportunidades para una participación más profunda de los Estados Unidos en la reconstrucción del país".

"Además de trabajar a través de las Naciones Unidas y [la Organización de Estados Americanos], el gobierno de los Estados Unidos debería negociar con los potenciales saboteadores de la transición fuera de Venezuela", incluyendo China, Cuba y Rusia.

"El gobierno de EE.UU. debería usar sus relaciones con otros gobiernos del hemisferio y de Europa que han mantenido relaciones menos hostiles con Maduro para asegurar que la asistencia internacional tenga una marca multilateral".

"Maduro dejará un legado de opresión, ruina económica y una furiosa inseguridad", advierte Angelo. "Que la Venezuela post-Maduro se convierta en anarquía y conflicto, como Afganistán, o que siga el camino de la democracia plena, como Chile, dependerá de cómo las autoridades venezolanas y sus socios internacionales manejen la transición en sus primeros días".

Becario de estudios sobre América Latina

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Council on Foreing Relations

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Alejandro Hernández

El escritor Francisco Suniaga considera necesario dar un debate sobre el papel que deben jugar los militares en la democracia venezolana, algo que nunca se hizo. También cree imprescindible que los opositores se mantengan cohesionados hasta salir de Maduro

Francisco Suniaga, margariteño de nacimiento, sigue apegado a su terruño y desde allí escribe “buscándole una explicación a este país loco”. Ese es el escenario de algunas de sus obras, como La otra isla, que ya suma 15 años de su primera edición. Es, igualmente, la tierra donde vive a diario el deterioro y la destrucción de Venezuela. Cree que no podemos seguir pagando el precio de la intervención de los militares en la política para dictar su rumbo, y está convencido de que a este país hay que rehacerlo desde sus cimientos. “¡Hay que regenerar todo!”.

-¿Cómo está Margarita?

-La combinación de pandemia con ‘pandemio’, como llamo yo a Nicolás Maduro, ha sido terrible. Margarita nunca había vivido peor época, quizá antes de que apareciera el petróleo, cuando era una tierra muy dura y con muchísima pobreza, creo que hoy estamos en esa misma situación. Es decir, aquí llega el agua cada cinco semanas, la gente carga pipotes a mano limpia como ocurría antes de la construcción del acueducto submarino en 1960; tampoco hay luz, porque tenemos un racionamiento rotario de cinco horas diarias; con respecto a la gasolina, los margariteños pasamos dos meses sin poder echar combustible; no hay gas doméstico y de paso, el comercio y la actividad turística en la Isla están por el suelo. Nosotros estamos padeciendo esta otra pandemia, por eso tenemos que estructurar nuestra vida en torno a eso y tratar de sobrevivir. En el ámbito de la solidaridad que debe tener la sociedad consigo misma, nosotros hemos fallado estrepitosamente, razón por la cual nuestra pensión de jubilación es menos de un dólar al mes y la seguridad social de los padres venezolanos son literalmente los hijos, que están trabajando en el exterior. Los profesionales sexagenarios como yo, estamos arruinados, ¡quebramos!

-En su condición de víctima e intelectual, ¿cuál es su análisis del país hoy?

-Para hablar en términos médicos, a Venezuela hay que hacerle una autopsia, porque ya no se trata de curar al paciente, sino de ver de qué se murió. La crisis es de todos los órdenes, en nuestro país se destruyó una institucionalidad que se venía formando desde el siglo XVI; y estamos en una situación muy precaria, muestra de ello es la polémica Ley Antibloqueo, con ella Nicolás Maduro asume finalmente su rol de déspota totalitario y ha ascendido, en términos funcionales, a lo que Fidel Castro era en Cuba: La institucionalidad de la isla. El cuerpo de Fidel Castro era el cuerpo institucional de Cuba; y eso es lo que Maduro con este artilugio intenta conseguir. Pero eso no tiene que ser visto necesariamente como una señal de fortaleza, también puede significar que llegó a un punto donde su base de sustentación es él y sólo él.

-¿Cómo evalúa el desempeño de la oposición en los últimos meses?

-Un cambio político en Venezuela no será posible si en el ámbito de la oposición no ocurren rectificaciones actitudinales importantes. El talante democrático de los opositores no termina de manifestarse, es decir, si sentáramos en una mesa a Juan Guaidó y Henrique Capriles para que escriban qué elementos los diferencian, no encontraríamos mayores divergencias, porque lo que hay entre ellos es simple y sencillamente una competencia por liderar; no meto a María Corina Machado, porque yo no le doy el estatus de líder que lo otorgan los medios de comunicación. Aquí todos los actores deben entender que, por una serie de circunstancias, la responsabilidad de conducir en este momento recayó sobre Guaidó y que así sea verdad que no lo merecía, que no tiene experiencia, que Leopoldo López lo gobierna y que posee otra serie de deficiencias; también es cierto que es él quien tiene un reconocimiento institucional que llevaría mucho tiempo reconstruir. Por tanto, lo que les corresponde a todos los opositores es estar cohesionados hasta salir de Maduro, pero mientras no lo estén, yo no le veo fin a esto; porque, aunque el régimen se desmorone, no habrá cómo establecer su sustitución.

-¿A qué atribuye la imposibilidad para lograr esa necesaria cohesión dentro de la oposición?

-Mientras no haya un proceso de democratización de la oposición para definir el liderazgo, no vamos a poder avanzar. Repito, si la desunión continúa, aunque el régimen se desmorone, la dirigencia opositora no va a poder gobernar el país, por falta de un plan y una visión compartida, porque por ahí pasa todo… Leopoldo López no podrá ser el líder de la oposición si no lo demuestra de manera democrática; y la única forma de hacer eso es con unas elecciones primarias, porque en Venezuela no hay institucionalidad para hacerlo de una forma diferente. Por ejemplo, María Corina Machado, Diego Arria y Antonio Ledezma, entre los tres, no sumaron dos puntos en la última competición interna que hubo, por tanto, no creo que vayan a ser ellos los que nos van a representar en el futuro.

-¿Considera que la oposición tiene carencias en su discurso?

-Claro que lo pienso, el estamento político actual carece de solidez intelectual, ellos se leen el periódico del día, pero más allá de eso no se han leído nada, no tienen esa visión que te proyecta hacia el futuro, ni tampoco conocimiento del pasado, para poder entender el comportamiento de la gente y que Venezuela va más allá de la presencia física de algunos. Nuestra dirigencia tiene carencia de información, lectura, reflexión, ideología y filosofía; desde hace mucho tiempo, pero ahora más, por eso no puedes comparar a Rómulo Betancourt con ninguno de los políticos actuales.

-¿Cree que esa falta de solidez en el discurso ha influido en la generación de expectativas inviables?

-Detrás del éxodo de cinco millones de venezolanos, lo que hay es la intuición o el convencimiento de que la situación no va a mejorar. Y la renuncia a participar en elecciones es una muestra de que las expectativas son muy bajas, porque reflejan que la gente no concibe que con su simple voto las cosas puedan cambiar. Eso hace que algunos pongan su aspiración en los marines, cosa que es utópica. El problema cuando un dirigente no tiene planes, propuestas o soluciones posibles para un conflicto, es que recurre a estos delirios y se los transmite a la población. El resultado de esto es que luego de decepcionarse, la gente ve como única salida irse de Venezuela.

-Hablando de delirios, en su novela El pasajero de Truman usted aborda el singular episodio de Diógenes Escalante cuando estaba a punto de convertirse en presidente, pero en Venezuela hemos tenido políticos como Hugo Chávez que enloquecen con el poder y ha sido peor…

-Cuando Gumersindo Rodríguez leyó El pasajero de Truman me dijo una ocurrencia que encaja con tu comentario: En Venezuela los tipos que nacieron para ser presidentes, cómo Diógenes Escalante, se volvieron locos y los que nacieron para ser locos se volvieron presidentes. Estaba Chávez en su apogeo, por supuesto. Pero viendo esto desde un punto de vista más amplio, es oportuno decir que en nuestro país, desde hace muchos años, urge revisar el rol que tienen los militares, pero nunca se ha podido hacer. Independientemente del signo que tengan, los militares venezolanos han conspirado y atacado a todos los gobiernos civiles que hemos tenido del siglo XX para acá. Han querido siempre, por la vía de las armas, intervenir en la política y ese debate nunca se ha dado en nuestra sociedad, ¿estos señores pueden seguir haciendo esto eternamente? Yo espero que no. Esto que estamos padeciendo hoy es la más espectacular muestra de lo que ocurre cuando ellos participan en la política. La demostración más contundente de nuestra historia es lo que estamos viviendo, que no ha sido malo, sino malísimo.

-¿Pero ve una salida a la crisis política e institucional del país que no pase por ellos?

-No, no la veo. Ahorita sin el aparato militar no se puede buscar una salida en Venezuela. Esto vale tanto para una invasión, como para una elección, porque si viene una invasión y los militares se oponen, vamos a tener un escenario como el de Siria o Libia; y si son unas elecciones y ellos no las apoyan, ni siquiera se van a poder hacer. Entonces obviamente que sí debe haber una participación de la Fuerza Armada, pero al igual que en 1945 y 1958 los oficiales deben entender que es prioridad iniciar un proceso de modernización democrática del país. Pero no podemos seguir pagando el precio de la intervención de los militares en la política para dictar su rumbo, por eso hay que discutir el papel de ellos. La verdad es que a estas alturas hay que replantear el rol de todos: Políticos, jueces, partidos, etc., porque a este país hay que rehacerlo desde sus cimientos.

-Lo que usted señala es prácticamente una refundación del país.

-Pero por supuesto, si es que está destruido, aquí no hay nada, y después de esta Ley Antibloqueo menos va a haber. ¿Alguien puede creer en los tribunales venezolanos después de esto que ha pasado?, ¿después de que han encarcelado a personas manifiestamente inocentes? Prácticamente hay que reformar hasta la enseñanza del Derecho en las universidades y en el caso de la Academia Militar, igual; porque los militares no sólo no nos están defendiendo, es que nos están aplastando. ¡Hay que regenerar todo!

-Usted una vez contó que participó en la campaña presidencial de Claudio Fermín, ¿ha hablado con él en los últimos tiempos?, ¿Qué le parece su postura política actual?

-Claudio es una persona por la que tuve mucho afecto y admiración, ya no lo tengo. Yo creo que él extravió el rumbo y perdió la brújula; pero la explicación de eso es que se volvió una persona reactiva y se desnaturalizó. Es decir, se alejó de sus ideales, por los que mucha gente lo siguió y votó por él. Eso pasa, la política puede ser destructiva.

-¿No cree que haya incentivos económicos detrás del extravío de Claudio Fermín?

-Eso lo dicen muchos, pero yo no tengo constancia. Es lógico que cuando la gente busque una explicación a lo ocurrido y no la encuentre, entonces piense en la corrupción. Yo, como una muestra final de afecto a Claudio, prefiero pensar que su desvarío es producto de desnaturalizarse en su toma de decisiones políticas.

-¿Usted encuentra similitudes entre Hugo Chávez y Donald Trump?

-La gente que es despótica y autoritaria se parece, la diferencia entre ellos está en las razones que tiene cada uno para serlo. En eso no coinciden. Chávez se alimentaba de mitos y creaba mitos; Trump tiene otras motivaciones y desviaciones; yo creo que él piensa que está en un reality show y se actúa o interpreta a sí mismo.

-¿Está trabajando en alguna novela actualmente?

-Estoy trabajando en una novela cuya acción transcurre en el siglo XIX y como tal, toca nuestro proceso de independencia. Ese es el remanso donde reposo de todo lo que estamos viviendo, porque nunca pensé que iba a estar en esta situación al final de mi vida, cuando ya no puedo cambiar de rumbo ni hacer nada, porque lo hecho, hecho está. Es una novela con la que aspiro participar en el debate de lo que somos como país; y añadir un nuevo segmento al mural que los escritores hemos tratado de construir en estos últimos años, buscándole una explicación a este país loco, que pueda servir a los efectos de una reconstrucción o reorientación.

La Gran Aldea

Entrevista: lagranaldea.com

 9 min


Daniel Eskibel

Las series de televisión tienen una edad de oro en esta primera parte del siglo XXI. Impulsadas por las plataformas de streaming, las series alcanzan enormes niveles de audiencia a nivel mundial. Y en muchos casos también es muy alto su nivel en materia de historias, personajes, actuaciones y producción.

Se trata de entretenimiento, claro. Terminas tu jornada laboral y buscas un espacio de distensión, de tranquilidad, de disfrute alejado del stress y las preocupaciones cotidianas. Muchos recurren entonces a entretenimientos livianos, sin pretensiones artísticas de ninguna clase, que no les hagan pensar en nada y que solo les sirvan para “matar el tiempo”.

Pero hay otras posibilidades diferentes. Posibilidades para quienes buscan entretenerse pero no matar el tiempo sino aprovecharlo de manera inteligente. Con disfrute, con entretenimiento, con distensión…pero con calidad en todos los rubros. Más aún: invirtiendo ese tiempo en un entretenimiento que además sea una forma de conocer, de descubrir, de reflexionar. Una forma de entretenimiento, además, ligada profundamente a los intereses de cada cual, a sus preferencias, a sus estilos de vida y a sus valores.

Muchas series de televisión de nuestros días pueden encuadrarse en esta zona de entretenimiento más reflexivo. Las hay en muchos rubros y zonas temáticas, pero en este artículo me voy a referir solamente a las series que me parecen buenas aportaciones para políticos y consultores.

3 series políticas clásicas

El día a día de la política está magníficamente representado en tres series políticas que se han convertido en verdaderos clásicos.

1. The West Wing

Conocida en español como El ala oeste de la Casa Blanca, fue la primera gran serie en transparentar los frecuentemente opacos pasillos del poder político. Sus temporadas resisten el paso del tiempo y son una inagotable fuente de conocimientos acerca de la comunicación política, la estrategia, los movimientos tácticos cotidianos, la negociación, la gestión gubernamental y las campañas electorales. En su sesgo idealista The West Wing se acerca a cómo casi todos quisiéramos que fuera la política.

2. House of Cards

Fue el gran buque insignia del desambarco masivo de Netflix. Al igual que The West Wing transitó por los pasillos de la Casa Blanca, pero en este caso siguiendo los pasos de una pareja protagónica brillante y despiadada. Su temporada final fue un cierre abrupto motivado por razones extra televisivas. Ese cierre relativamente obligado y desprolijo no logró de todos modos anular sus grandes hallazgos. Su sesgo sombrío y desencantado se acerca a cómo generalmente creemos que es la política detrás de escena.

3. Borgen

La Primera Ministra de Dinamarca es la protagonista principal de este tercer gran clásico de las series políticas de televisión. En torno a ella se mueven los miembros de su gabinete, los principales dirigentes y partidos del país así como los medios de comunicación más relevantes. Tiene todo lo bueno de las dos series anteriores, pero suma a eso una profundización mayor en la vida y la psicología de los personajes, una exploración de temas que hoy mismo están en agenda y una visión más completa sobre la relación entre políticos y periodistas. Su sesgo, que no evita ni lo idealista ni lo sombrío, busca una aproximación más realista al complejo mundo político, periodístico, social y humano de este siglo XXI.

Otras 3 series políticas

Tal vez no sean clásicas al estilo de las tres anteriores. O tal vez no tuvieron el mismo impacto de público y crítica. Pero de todos modos están instaladas en el núcleo mismo de la política, son de gran calidad y recomiendo verlas.

4. House of Cards (original)

La versión británica original de House of Cards tiene el valor de antecedente, claro está. Pero además es un retrato igualmente sombrío de la política británica y está llena de apuntes de gran interés. No es idéntica a la versión estadounidense aunque tenga similitudes. Y su final…no te lo contaré.

5. Marsella

La política francesa también contada en su día a día, en este caso en la lucha por la alcaldía de la ciudad de Marsella. Si te digo que en el centro de todo está el enorme Gérard Depardieu, pues está todo dicho.

6. Boss

Esta serie política también ilumina a gobernantes y opositores en una ciudad, Chicago. Muestra de manera muy descarnada la lucha por el poder y todo lo que esa lucha implica. Y lo hace como una especie de House of Cards local. Tan oscura como suele pasar con la lucha por el poder.

La política y su contexto

La política no ocurre solamente en los despachos políticos. Ocurre en un contexto complejo y rico que muchas series televisivas nos ayudan a comprender.

7. La Corona

Tienes que ver esta serie si quieres comprender en profundidad y para siempre la psicología del poder. Una maravilla que retrata la corona británica, que repasa el espíritu socio-cultural del mundo occidental a lo largo de varias décadas y que hace una disección implacable del poder (todo tipo de poder).

8. Mad Men

La publicidad ha estado siempre ligada al mundo político y se ha convertido en una forma muy especializada de comunicación política. Esta serie gira en torno a un creativo publicitario, las agencias en las que trabaja a lo largo del tiempo, sus colegas, sus clientes, sus campañas y su vida personal. Y es una fabulosa reconstrucción de época de la década de los 60 del siglo pasado.

9. Halt and Catch Fire

Si Mad Men es imprescindible para conocer los años sesenta, Halt and Catch Fire es igualmente imprescindible para conocer los años ochenta del siglo veinte. Acá ya no se trata de publicidad sino de la informática y el mundo digital. Es una reconstrucción excepcional del espíritu pionero que abrió las puertas a los ordenadores personales y a internet. Y muestra que muchas de las cosas que hoy nos inquietan ya estaban planteadas por entonces.

10. The Americans

También ocurre en los años ochenta pero en este caso se trata de una pareja de espías soviéticos instalados en pleno Washington DC. Con el FBI en su vecindario, además. Y el trasfondo político del gobierno de Ronald Reagan más todo el espíritu de la guerra fría.

11. La Ruta del Dinero

Es muy difícil comprender la política si no se descubren algunas claves de la economía. La Ruta del Dinero es una serie danesa de los mismos creadores de Borgen, lo cual ya es mucho decir en cuanto a antecedentes. Y se despliega en torno a la corrupción económica a nivel de grandes empresas, incluyendo desde los bancos hasta las compañías de energía eólica.

12. El Mecanismo

Esta serie brasileña apunta directamente contra la corrupción que vincula altas esferas políticas y empresariales. Lo hace con muy buena calidad y ha despertado vivas polémicas ya que se refiere a casos reales que han ocupado grandes portadas informativas.

13. Black Mirror

Acá el contexto no es el del presente sino el de un futuro donde el lado oscuro de la tecnología termina por ganar la partida. Advertencia: el primer capítulo de la primera temporada es de muy mal gusto, pero si lo superas vas a encontrar otros capítulos que son de antología. Spoiler: todo parece indicar que la realidad supera a la ficción. De hecho cada vez vemos más hechos actuales que parecen nuevos capítulos de Black Mirror.

14. The Good Wife

En la superficie es una serie de abogados como tantas, aunque muy bien hecha. Pero a medida que avanzan los capítulos y las temporadas te vas encontrando con la política, el periodismo, las grandes empresas y los temas que marcan la agenda y el debate público hasta el día de hoy.

15. The Good Fight

Podría ser una continuación de The Good Wife y en cierto sentido lo es. Pero va mucho más allá. Es la sociedad de los Estados Unidos durante el gobierno de Donald Trump. Desde una perspectiva claramente demócrata, aunque también con personajes republicanos interesantes. Y con una trama y un formato que por momentos parece enloquecer. Una serie casi inclasificable, provocativa y cambiante.

16. Cuéntame cómo pasó

La vieja serie española sigue siendo vigente. Su punto más alto está en las temporadas que se desarrollan durante las etapas finales del franquismo, mostrando aquella época desde la cotidianeidad de una típica familia de clase media. Personajes entrañables y algunas actuaciones excelentes sostienen su mirada sobre el contexto de la política española y mundial a lo largo de varias décadas.

17. Chernobyl

El accidente en la planta nuclear de Chernobyl fue de gran importancia en el declive final que terminó destruyendo a la otrora poderosa Unión Soviética. La serie registra minuciosamente aquellos hechos y todo su contexto científico, gubernamental y político. Los errores de gestión de gobierno y de comunicación política que se van insinuando en la serie son una advertencia en toda regla para políticos de cualquier orientación ideológica.

18. 24

En su momento esta serie fue una revolución. Se basaba en una idea poderosa: que cada capítulo contara en tiempo real la lucha de agentes de seguridad nacional de los Estados Unidos contra una amenaza terrorista. Con un contador que cada pocos minutos mostraba en pantalla el paso inexorable del tiempo. Mucha acción, espionaje, acción violenta y un protagonista central para quien el fin justificaba los medios.

19. Homeland

Una agente de la CIA con un trastorno de personalidad pero con grandes capacidades analíticas y operativas. En torno suyo el funcionamiento de la inteligencia norteamericana, los delicados lazos con el sistema político del país, el terrorismo islámico, la política internacional y varios de los temas candentes de la agenda mundial. Un cóctel explosivo. Literalmente.

20. Lost

¿Lost? Cualquiera diría que nada más lejano a la política que Lost. Sin embargo es, entre otras muchas cosas, una serie televisiva sobre el poder. Porque a lo largo de todas sus temporadas lo que vemos es la lucha incesante por el poder dentro de ese grupo de personas aparentemente perdidas en una isla. Y ya sabes que el poder es el núcleo de la política.

21. El Colapso

Si eres político o consultor y quieres aprender algo sobre este extraño año 2020, entonces debes ver esta serie francesa. No es sobre la pandemia de coronavirus pero sí que trata acerca de la naturaleza humana en situaciones límite. Y acerca de las estructuras sociales que hemos construido.

Otras 16 series

Las 21 series para políticos y consultores que repaso más arriba son recomendables. Desde mi punto de vista, claro está. El listado seguramente es injusto, como todos los que puedan hacerse. Posiblemente faltan varias series importantes y sobran otras que no lo son tanto. Solo tienen en común que las he visto todas, que las he disfrutado a diferentes niveles y que las considero valiosas fuentes de entretenimiento, aprendizaje y reflexión.

Hay otras series que no he visto (aún) pero que algunos colegas consultores y algunos clientes políticos me han recomendado. Cito algunas a modo de ejemplo:

22. The Walking Dead

23. Los Soprano

24. The Wire

25. The Newsroom

26. Commander in Chief

27. Madam Secretary

28. Scandal

29. Tyrant

30. Political Animals

31. Juego de Tronos

32. Veep

33. 1992

34. K-Street

Y además las tres nuevas series que se atreven a enfocar la violencia del conflicto vasco:

35. Patria

36. La línea invisible

37. El desafío: ETA.

El criterio aquí, al igual que en las 21 anteriores, es ir más allá de las series estrictamente políticas para abarcar miradas mucho más amplias que nos den perspectiva y contexto.

Seguramente hay más series de interés para este público tan peculiar que somos los consultores y nuestros clientes del mundo de la política. En particular está claro que en este artículo hago referencia a series del universo cultural básicamente norteamericano y europeo. Que por otra parte es el universo popularizado por las grandes plataformas de streaming que personalmente consumo: Netflix, Amazon Prime, HBO, Filmin y similares. Pero hay vida y cultura más allá de esas plataformas. Y en algún momento me gustaría acceder a más contenidos de calidad de origen latinoamericano y asiático, por ejemplo. En este déficit radicas una limitación importante de estas recomendaciones.

Series políticas en tiempos de pandemia

Dependiendo de cual criterio sociológico utilice, mi año de nacimiento me ubica a fines de la Generación Baby Boomer o a principios de la Generación X. Crecí alimentado por series como Viaje al Fondo del Mar, El Túnel del Tiempo, Tierra de Gigantes, Viaje a las Estrellas, El Prisionero, Mannix, Ironside o Hawaii 5-0. Por allí aparecían también Los Beverly Ricos, Batman y hasta el loco terror de Narciso Ibáñez Menta. Para muchos supongo que suenan como nombres extraños, pero una parte de mis compañeros de generación seguramente se van a sonreír ante algunos recuerdos evocados.

Más allá de cual sea tu generación, lo que me importa resaltar es que las series televisivas forman parte del aprendizaje y la socialización cultural de cada grupo generacional. Los puntos de referencia televisivos son distintos para cada generación y para cada ámbito geográfico, pero en este complejo 2020 la pandemia de Covid-19 acorrala a millones de personas dentro de sus casas y el encendido televisivo trepa a registros récord.

Afuera reina el virus. Adentro reinan las series de televisión. Tal vez sea buen momento para que quienes nos movemos en este ámbito de la política veamos series que además de entretenernos nos ayuden a reflexionar.

Por lo menos para resistirnos ante lo que parece ser el ocaso de la reflexión.

Maquiavelo&Freud

https://maquiaveloyfreud.com/series-televisivas-politicos-consultores/

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Francisco Suniaga

Una de las víctimas favoritas de los gobernantes socialistas bolivarianos ha sido la historia de Venezuela. Así como desconocen la existencia de la ciencia económica, se han empeñado a lo largo de sus tres lustros en desconocer o distorsionar la narración del acontecer nacional, que los historiadores han ordenado según patrones técnicos universalmente aceptados. Tarea de larga data hecha con la idea de que el cuento de quiénes somos y qué hemos hecho sobre esta tierra quede registrado, y pueda contarse con algo de certidumbre a las generaciones futuras.

Los compatriotas que han tenido a su cargo la conducción del Estado desde hace más de quince años, sustituyen la historia de Venezuela por una mitología de su propia inspiración, negadora de hechos suficientemente documentados y analizados científicamente en distintos tiempos y en todo el continente. Han creado así un entuerto que podríamos llamar “mitohistoria”; una narración muy plana y elemental, donde los actores no son hombres (y “hombras”) que vivieron una época y se comportaron según los patrones de conducta imperantes en ella, sino unos dioses míticos que eran buenos o malos, en el sentido más primario o infantil del término.

Para los narradores de la mitohistoria bolivariana, los españoles nunca llegaron a las costas de este país ni fueron, junto con indígenas y africanos, uno de los tres ingredientes principales de la masa que nos conforma. El propio Chávez, el gran gurú de la feligresía socialista, hablaba de “nosotros los descendientes de indios y negros”. Todo lo bueno, regular o malo que los españoles hicieron sobre esta tierra (y en el resto de América), lo reducen a una sola palabra: genocidio. Calificativo que le endilgan incluso a Cristobal Colón, quien no pasó de ser un italiano aventurero, en el peor de los casos. Ese es el pensamiento detrás de la decisión de designar el 12 de Octubre “Día de la Resistencia Indígena” y de promover que unos orates derribaran la estatua de Colón en Caracas y la arrastraran por la avenida que aún lleva su nombre.

En la narración nacional mitohistoria, Simón Bolívar no murió de tuberculosis como dijo su médico Manuel Próspero Reverend, sino que fue envenenado por Santander en una conspiración como las de Game of Thrones. Su rostro no era como el que retrataron sus coetáneos, quienes lo vieron en innumerables ocasiones en distintas edades, sino como se le ocurrió a unos rusos formados en investigación criminal, que con su sola osamenta (exhumada a tal fin) fueron incluso capaces de determinar que tenía el cabello chicharrón. Paéz no fue un personaje imprescindible en nuestra independencia y formación como nación sino un traidor a Bolívar. De la misma manera, a Caracas la fundaron cuando Juan Barreto dijo (ya se me olvidó cuál fue esa fecha y sigo creyendo que ocurrió el 25 de julio de 1567).

Gracias a la mitohistoria, el dictador corrupto Cipriano Castro devino en héroe de la patria y Betancourt, en cambio, fue un violador de los derechos humanos, que nada tuvo que ver con la gestación y establecimiento de la democracia. Asimismo, los guerrilleros comunistas apoyados por Fidel Castro –a quienes Betancourt combatió para salvar la institucionalidad que nos había tomado ciento cincuenta años construir– eran unos ángeles libertarios. El cuento también sustenta la tesis, no podía ser de otra manera, de que Chávez no dio un golpe militar el 4 de febrero de 1992, sino que encabezó una rebelión por la dignidad nacional. Capítulo que en estos últimos días continúa con la propuesta de que por aquella gesta, y por toda la grandiosa herencia que nos legó (incluyendo la presidencia de Nicolás Maduro y la deuda externa astronómica), “el Comandante Eterno” sea declarado el Libertador del Siglo XXI.

Casi en paralelo a esa moción, se ha añadido una nueva página a la mitohistoria bolivariana. Ese nuevo registro comenzó a establecerse hace unos años, en el Aló Presidente Nº 167, el 12 de octubre de 2003. En ese programa “el Eterno” afirmó que Francisco Fajardo, el mestizo guaiquerí margariteño no fue, como enseñaban en la escuela burguesa, un héroe de nuestros primeros tiempos.

Nicolás Maduro, nuevo jefe académico de la mitohistoria, fue más allá. El pasado 02 de febrero de 2014 declaró: “Hay por ahí quienes todavía rinden homenaje a los genocidas. Todavía hay autopistas por ahí con nombre de genocidas. Francisco Fajardo. ¿Y quién fue Francisco Fajardo? Un genocida.

No obstante que esa afirmación en boca de Maduro –como consta en su currículo y prueba su desempeño– carece de auctoritas, de inmediato, como es norma en esta reencarnación caribeña del socialismo real de Europa del Este, comenzó a ser repetida por la nomenklatura gobernante (por cierto, para la consolidación de la mitohistoria es fundamental repetir como loros goebbelianos los asertos de los líderes). Hace unos días –la nota de Noticiero Digital es del 27 de abril–, Jorge Rodríguez, el alcalde de Caracas (la ciudad de cuyos cimientos Fajardo comenzó a construir), dijo esto otro: “… Francisco Fajardo, autor de uno de los genocidios más espantosos que haya conocido la historia de la humanidad”.

Esta afirmación equipara a un modesto mestizo margariteño del siglo XVI con el camarada Mao Tse Dong (campeón mundial indiscutido de la disciplina), el camarada Josef Stalin (subcampeón) y los camaradas Kim Il Sun, sus herederos y el camarada Pol Pot (quienes acumulan méritos suficientes para disputarle a Hitler la medalla de bronce). Esa acusación de Francisco Fajardo, como es línea partidista, resuena ya en todas las instancias del aparato bolivariano.

No por historiador, que no lo soy, sino por margariteño –gentilicio que comparto con la honorable familia Fajardo, oriunda de El Poblado e integrantes de la Comunidad Indígena Francisco Fajardo, que ocupa media Porlamar – me siento obligado a salir en defensa de este paisano, a quien pretenden ahora, casi cinco siglos después, encerrar en el Ramo Verde de la historia (con el mismo tipo de pruebas con las que encierran a las víctimas del presente).

Francisco Fajardo –me enseñaron en mi escuela de La Asunción, que de burguesa nada tenía– fue un mestizo, hijo de un español con una mujer indígena llamada Isabel, miembro (o miembra) importante de la etnia guaiquerí que poblaba Margarita y parte de la costa de lo que ahora es el Estado Sucre. Fajardo era bilingüe y, habiendo sido Margarita la base desde donde partieron tantas expediciones al continente, fue jefe de algunas de ellas. Siendo la más importante aquella que concluyó con la fundación del Hato San Francisco, en el Valle de Caracas.

Los guaiqueríes no hicieron resistencia a los conquistadores españoles –las mujeres guaiqueríes menos– porque los margariteños, desde los tiempos en que Margarita no se llamaba Margarita sino Paraguachoa, el pendejo lo han tenido lejos. Desde el primer momento vieron a los conquistadores españoles como los aliados necesarios para repeler a unos terribles enemigos que por tiempos inmemoriales los habían asaltado, asesinado e, incluso, devorado: los caribes. Sí, los invasores provenientes de lo que ahora es Brasil –fue aquella y no la de los conquistadores españoles la primera “planta insolente”–, cuyo grito de batalla no podía ser más revelador del espíritu que los animaba: ana karina rote aunicon paparoto mantoro itoto manto. Que traducido a nuestro idioma castellano (herencia por cierto de aquellos conquistadores genocidas) significa: “Sólo nosotros somos gente, aquí no hay cobardes ni nadie se rinde y esta tierra es nuestra”. Me atrevería a asegurar que fue precisamente esa última frase la que menos les gustó a los margariteños, que, como es fama, por un terreno son capaces de cualquier sacrificio (pregúntenle a Chanito Marín, si no).

Según lo resume el Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar (de notas tomadas de historiadores como J. A. Cova, El capitán poblador margariteño Francisco Fajardo; Juan Ernesto Montenegro, Origen y perfil del primer fundador de Caracas; Manuel Pinto, Fajardo, “el precursor”; Graciela Schael Martínez, Vida de Don Francisco Fajardo; y Gloria Stolk, Francisco Fajardo, crisol de razas) en la vida de Francisco Fajardo no hubo nada parecido siquiera a una masacre, mucho menos a un genocidio (los invito a buscar la definición técnica de esa palabra en cualquiera de los instrumentos de la ONU). Según la nota de esa importante y confiable obra, Fajardo se vio envuelto en escaramuzas en las que dio muerte, por ahorcamiento, a un cacique del litoral central que llevaba por nombre Paisana.

Pero aún en el caso de que hubiera ajusticiado cobardemente a muchos de sus adversarios, hay que considerar que Francisco Fajardo fue un hombre de su tiempo y su conducta es del siglo XVI y no de este, y por tanto no se le puede juzgar con los parámetros del presente (Inés Quintero, que sí es historiadora, me dijo que ese error se conoce técnicamente como anacronismo).

Las preguntas que toca hacerles a los mitohistoriadores bolivarianos son obvias. Más allá de que Chávez negó su condición de héroe en uno de sus cientos de Aló Presidente; de que Maduro lo llamó genocida en unas de sus miles de declaraciones; y Jorge Rodríguez lo haya proclamado como tal criminal en un acto donde se honraba la memoria de Eliézer Otaiza, ¿cuál es la fuente histórica para sustentar tan gruesa acusación? ¿De qué obra, en que texto, quién fue el historiador, dónde está el documento de donde emanó el conocimiento que llevó a juzgar y condenar inaudita altera parte a Francisco Fajardo, un capitán mestizo margariteño que vivió entre 1524 y 1564? ¿Cómo pudo ser genocida un hombre que se hacía acompañar mayormente por sus paisanos guaiqueríes (tribu reconocidamente pacífica), en una época en que en Venezuela no había gente para cometer ese abominable crimen y faltaban todavía más de 400 años para que la palabra genocidio siquiera apareciera sobre la faz de la tierra?

Finalmente, para los pocos que puedan ignorarlo, hay un hecho que refleja quién pudo haber sido Francisco Fajardo para la gente de su tiempo. En una de esas expediciones, al pasar por Cumaná, Fajardo fue apresado por el jefe español de la ciudad, Alonso Cobos, quien lo juzgó sumariamente (como ahora) y lo condenó a la horca (como pretenden hacer ahora) sin respetar sus derechos más elementales. En razón de ello, los guaiqueríes de Margarita, quienes más lo conocían, atravesaron el mar en sus canoas, tomaron Cumaná y apresaron a Cobos. Lo llevaron a la isla y lo entregaron a las autoridades. Esa conducta no la provoca un malvado. A diferencia de Fajardo, Cobos fue juzgado de acuerdo a Derecho por la Real Audiencia de Santo Domingo y condenado a muerte por su abuso. Esa es la historia que se conoce y registra sobre la vida de Fajardo. Si sus detractores del presente actuaran con responsabilidad, por lo menos se abstendrían de repetir la infamia hasta presentar las pruebas que la ética pública obliga.

Prodavinci

https://historico.prodavinci.com/blogs/francisco-fajardo-el-genocida-de-...

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