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Opinión

Antonio Di Giampaolo

Escasez de combustible en la pandemia (11)

En medio de la pandemia que estremece al mundo los precios del petróleo han caído a valores de comienzos de siglo y a niveles ubicados por debajo de los costos de extracción. La guerra de comercial entre las potencias mundiales coincidió con la expansión exponencial del covid-19 deprimiendo a los mercados mundiales de crudo. En Venezuela país petrolero el problema, por estas calles, es también otro.

Durante los primeros días de entrada en vigencia la cuarentena, decretada en el marco del Estado de Alarma a propósito de la pandemia, empezó a notarse una marcada escasez en el suministro de gasolina en el país. La verdad sea dicha la restricción en la venta de combustible no figura entre las recomendaciones de la OMS para contener el avance del nuevo coronavirus.

Las interminables colas no se hicieron esperar y los inquietantes rumores no tardaron en propagarse. Así las cosas hay gente que pernocta en torno a las gasolineras, arriesgando no solo su seguridad sino también su salud en estos tiempos. Con el pasar de los días y se hizo pública una instrucción en la cual se asignaron algunas estaciones de servicio destinadas para abastecer a los sectores prioritarios y esenciales en el marco de la atención de la pandemia.

En las pocas estaciones de servicio habilitadas efectivos militares y funcionarios policiales, custodian y supervisan la distribución de gasolina, gas y gasoil. Hay gente que ha sufrido, en carne propia, los rigores de discrecionalidad con la que se ejecuta la medida. Pacientes de quimioterapia o diálisis, por ejemplo, tardan más en las colas, salvoconducto en mano, que lo que demoran sus tratamientos en los centros asistenciales. Productores agrícolas no pueden abastecer combustible para sus tractores o plantas eléctricas por la restricción de la venta en bidones y tambores. Hay imágenes del trasiego de gasolina en plena vía pública. La gasolina, con su precio irrisorio, se volvió un bien escaso.

Las autoridades nada dicen sobre la ausencia de combustible en la coyuntura de la pandemia. Algunos en las colas, con mascarilla en boca, culpan al gobierno por el deterioro de la industria petrolera y otros justifican la situación en virtud de las sanciones económicas y las medidas administrativas impuestas. Si bien hay gente que piensa que las restricciones a la venta de combustible opera a favor de la cuarentena, porque limita las posibilidades de movilidad de la población, otros creen que el remedio resultará peor que la enfermedad, ya que también influye notablemente en la paralización de actividades vitales en medio de la emergencia. Amanecerá y veremos!

Coronavirus y escasez de agua (12)

“Mi continente debe despertar”- clamó hace unos días, Tedros Adhanom Ghebreyesus, el etíope que dirige la Organización Mundial de la Salud, al alertar a los países africanos sobre la urgente necesidad de orientar a la población en torno a las normas sanitarias preventivas, acometer el despistaje de contagiados, emprender el aislamiento de pacientes e iniciar el distanciamiento social.

La OMS advirtió a los gobiernos de todo el mundo que deben proporcionar el acceso continuo y suficiente de agua, en particular a la población que viven en condiciones vulnerables. “Lavarse las manos con agua limpia y jabón es una de las cosas más baratas y efectivas que se puede hacer para protegerse contra el coronavirus- ha dicho Sanjay Wijesekera, director de programas de UNICEF, quien añadió, con el dramatismo del caso- “que para miles de millones de personas este paso básico está simplemente fuera de su alcance”

Desde el inicio de la declaratoria de pandemia hay administraciones, nacionales, regionales y municipales que han anunciado la moratoria en el cobro de facturas y empresas públicas y privadas han implementado la reconexión del servicio de agua a suscriptores deudores. En Venezuela fue ordenada la suspensión del cobro del servicio por espacio de seis meses pero el impacto de la medida, por si sola, no resulta eficiente, ya que millares de personas en distintas comunidades no cuentan con suministro de agua potable de manera regular.

Una de las medidas fundamentales de carácter preventivo, en materia de higiene personal, como lavarse las manos regularmente con agua y jabón resulta imposible de cumplir a cabalidad en centenares de barriadas populosas y apartados rincones de la geografía nacional. Más aún, es público, notorio y comunicacional, que en distintos centros asistenciales la disposición de agua y materiales de higiene y limpieza resulta deficitaria. El abastecimiento por camiones cisterna se cotiza en dólares. Los operativos públicos de suministro de agua son insuficientes ante la emergencia. Literalmente, nunca como ahora, el término acuñado al agua como líquido vital había adquirido tal realismo. Amanecerá y veremos!

@ADIGIAMPAOLO

#CronicasDeCuarentena

 3 min


Carlos Raúl Hernández

A Chúo González quien lo sugirió

A comienzos del siglo XX, connotados estudiosos anunciaron la perversidad, decadencia y seguro fin de la sociedad abierta. Y ahora en pandemia, varios pensadores líquidos replantean la necia, vieja y falsa antagonía entre técnica y libertad, sociedad y automatización. Pensamiento líquido, porque se amolda al envase, al entorno cultural, categoría del últimamente muy comentado sociólogo Zygmunt Bauman. El marxismo post marxista es el frasco.

Parecía que la conseja de -tecnología-contra-la Humanidad, yacía en el cementerio de las futilidades, novelerismo de Hollywood y tema de apasionantes distopías, pero no conocimiento. Desde El gabinete del Dr. Caligari (Wiene:1929), Frankenstein (Whale:1931) y Metrópolis (Lang:1927), hasta 2001 Odisea del espacio (Kubrick: 1968), Terminator (Cameron:1984) y Matrix (Wachonsky: 1999).

El surcoreano-alemán Byung Chul Hal es autor de La sociedad del cansancio (2010), La agonía del eros (2012), La sociedad de la transparencia (2013), textos cuarteados de aporías. Ahora en un artículo rococó, sin entrada ni salida, sugiere que Asia es superior a las democracias frente al coronavirus, por la “herencia autoritaria de Confucio”. Es debatible cuánto lo fue el maestro, pero en todo caso no más que Platón y Aristóteles, y es alegre cargarle semejante peso.

Que “el autoritarismo lo hace mejor” es insostenible. El gobierno chino provocó la pandemia por su manejo politiquero, caótico y secretista del problema, tan malo como el norteamericano, que pese a ser democrático ocultó que la potencia letal del virus superaba a la gripe española de 1918. Así lo revela grabación del senador republicano que lo advirtió hace un mes a sus financistas. Asia es el autoritario Irán, tan bucéfalo ante la epidemia como la democrática Italia.

Totalitarismo de rostro humano
Y las viru-victoriosas Taiwan, Japón y Corea son sociedades libérrimas y prósperas, pese al parasit de cuestionar esta última. Sorprende que considere positivo que el gobierno chino maneje a su antojo la inimaginable, ciclópea, masa de información sobre su gente. No existe capacidad de procesamiento para centralizar la big data, pero en China el Estado usa la que le interese. Los gobiernos democráticos y las empresas apenas pueden picotear la información sobre los ciudadanos, atesorada en discos duros de servidores repartidos por millones y su manejo sometido a draconianos escrutinios.

Hay duras sanciones jurídicas y sociales por su uso ilegal. Facebook, carga una cicatriz por ello en el face, Hillary la derrota y Google una penalidad hoy en Europa. Para tener idea de lo que es la big data que se cuenta en zettabytes, si se imprimiera toda la información producida por la humanidad hasta 2015, podría construirse una torre de libros como el Empire State que llegaría hasta el sol. ¿Qué defiende Hal? Es un enredo insondable.

La llamada teoría crítica marxista, cuestionaba los medios porque imponían unidireccionalmente la ideología dominante que enajenaba a la gente. Hoy Hal fustiga el flujo multidireccional de información en las redes del mundo “neoliberal” (?), porque es tan amplio, biunívoco, continuo, abrumador, que le parece “pornográfico” y ahora el sujeto “se esclaviza a sí mismo”, porque la “transparencia” de las redes estimula el “narcisismo”, las ganas de hacerse ver, moralina más de Testigo de Jehová que de filósofo.

El libre flujo de ideas, opiniones, imágenes, obras, informaciones, dice, es una nueva forma de totalitarismo (esta vez “malo” a diferencia del control estatal chino, que es “bueno”). La vuelta al leninismo con kalé heideggeriano: la libertad de información es burguesa. Nuestro desconcierto aumenta porque a un verdugo de la “globalización neoliberal”, tampoco le gustan los cierres de tránsito y fronteras, que considera nacionalismo, aunque es decisión nada menos que de la OMS.

Tu teorizas, el practica
Eso es vivir y pensar caprichos y manías. Cita dos de sus colegas marxistas post marxistas. Una, Naomi Klein, cuya belleza no la exime de portar sin licencia uno de los cerebros más alocados, conspiranoides e imaginativos desde Lex Luthor y el Jocker. Ella naturalmente ve en el coronavirus el siniestro riesgo de crear un nuevo sistema neoliberal totalitario.

Y a Slavoj Zizeck, de mindset brillante, culto, carismático, agudo, con sentido del humor, hasta con un simpático libro de chistes y anécdotas. En París llenó una sala de 700 personas, pero como filósofo después hablamos. Su conclusión es previsible: la muerte del kapitalismoa. Según García Márquez, cada vez que alguien falla en billar una impelable jugada bola-a-bola, aquí va a pasar algo. Por cierto, cuenta Zizeck que en 2017 lo invitó el gobierno en un grupo de académicos, a visitar China

La attache resultó de una belleza mágica, inteligente y sensual, y él se dedicó a rozarla, hacer chistes sugerentes, halagarla, tomarla del brazo, durante quince días (candidato a las espulgueras de mi too). En la cena de despedida, ella contó que el mes anterior también había guiado al expresidente Clinton por varias ciudades. Ante el interés de los profesores por este personaje, ella comentó: “por cierto, Slavoj, Clinton y tú comparten el interés por el sexo. Solo que él lo hace”.

@CarlosRaulHer

 3 min


El COVID-19 está haciendo estragos en economías avanzadas como Italia, Francia, España y Estados Unidos. Más allá de las muertes y del sufrimiento humano, los mercados están dando por cierta una recesión catastrófica acompañada de defaults masivos, como quedó de manifiesto en la revisión radical del riesgo de crédito corporativo por parte de los mercados financieros.

Por más terrible que suene, la situación en las economías avanzadas probablemente sea mucho más benigna de la que enfrentan los países en desarrollo, no sólo en términos de la carga de la enfermedad, sino también en términos de la devastación económica que enfrentarán. Y si bien dos comunidades académicas –los expertos en salud pública y los macroeconomistas- están empezando a dialogar entre sí, desafortunadamente la conversación ha involucrado, esencialmente, sólo a los países avanzados.

La comunidad de la salud pública ha popularizado las ecuaciones diferenciales que gobiernan el contagio. La gente ahora habla del rol del factor R0 (el número promedio de nuevas infecciones causadas por cada persona infectada) y de la necesidad de aplanar la curva de contagio mediante el distanciamiento social y los confinamientos.

Los macroeconomistas en un principio consideraron que la pandemia era un shock de demanda negativo que tendría que ser contrarrestado por políticas monetarias y fiscales expansionistas para respaldar el gasto agregado. Rápidamente, muchos de ellos tomaron conciencia de que esta crisis es diferente. A diferencia de la crisis financiera global de 2008, que condujo a un colapso en la demanda, la pandemia del COVID-19 es, antes que nada, una crisis de oferta. Eso cambia todo.

Si la producción colapsa porque la gente no quiere o no puede gastar, agregar poder de compra puede ayudar. Pero si los teatros de Broadway, las universidades, las escuelas, los estadios deportivos, los hoteles y las aerolíneas están cerrando para frenar la propagación del virus, darle dinero a la gente no reavivará esas industrias: no carecen de demanda. Están cerradas como parte de las políticas de salud pública implementadas para aplanar la curva. Si las empresas no están produciendo porque sus trabajadores están confinados, impulsar la demanda no hará que los productos aparezcan por arte de magia.

Como consecuencia de ello, los macroeconomistas hoy se están centrando en cómo hacer que el distanciamiento social y los confinamientos resulten tolerables y en limitar el daño que generará el shock de oferta. En Estados Unidos y el Reino Unido, los gobiernos están planificando grandes paquetes fiscales para expandir la provisión de atención sanitaria, proteger las nóminas, ofrecer seguro de desempleo adicional, demorar los pagos de impuestos, evitar quiebras innecesarias, apuntalar el sistema financiero y ayudar a las empresas y hogares a capear la tormenta.

Pero una hipótesis muchas veces no explícita de esta estrategia es que los gobiernos podrán movilizar los recursos necesarios, esencialmente endeudándose más, si fuera necesario, con sus propios bancos centrales, al tiempo de que ponen en marcha el alivio cuantitativo (QE). Los economistas se refieren a la capacidad de endeudamiento de los gobiernos como espacio fiscal. En resumidas cuentas, cuanto más plana uno quiere que sea la curva de contagio, más necesario será cerrar el país –y más espacio fiscal hará falta para mitigar la recesión más profunda que resultará de ello.

Eso deja a los países en desarrollo en la estacada. Aún en la mejor de las circunstancias, muchos de ellos tienen un acceso precario a los mercados financieros, y recurrir a imprimir dinero conduce a una corrida monetaria y a un pico inflacionario. Y éstas no son las mejores circunstancias.

La mayoría de los países en desarrollo dependen de los ingresos del exterior a partir de una combinación de exportaciones de materias primas, turismo y remesas: se espera que todos colapsen, dejando a las economías escasas de dólares y a los gobiernos, escasos de ingresos tributarios. Al mismo tiempo, el acceso a los mercados financieros internacionales se ha interrumpido en tanto los inversores se apresuran a refugiarse en los activos emitidos por el gobierno de Estados Unidos y otros países ricos. En otras palabras, justo cuando los países en desarrollo necesitan hacer frente a la pandemia, la mayoría han visto evaporarse su espacio fiscal y enfrentan grandes brechas de financiamiento.

La prescripción habitual para las caídas de los ingresos y los problemas de financiamiento externo es una combinación de austeridad (para poner al gasto en línea con el ingreso), devaluación (para que las divisas resulten más costosas) y asistencia financiera internacional para suavizar el ajuste. Pero esto dejaría a los países sin recursos para combatir el virus y sin medios para proteger a la economía de los efectos nocivos de las medidas de aislamiento. Por otra parte, la prescripción estándar es más ineficiente si todos los países la ponen en práctica a la vez, debido a los efectos negativos de derrame sobre sus vecinos.

En estas condiciones, aún si los países en desarrollo quisieran aplanar la curva, no tendrían la capacidad de hacerlo. Si la gente debe elegir entre un 10% de chance de morir si va a trabajar y se contagia el COVID-19 y morirse de hambre con seguridad si se queda en casa, es muy probable que opte por ir a trabajar.

Darles a los países la capacidad financiera para aplanar la curva requiere un nivel de respaldo financiero que no será factible con las estrategias existentes y con los balances actuales de las organizaciones internacionales. Para ayudar a manejar la pandemia en el Sur Global, por lo tanto, es esencial que el dinero que huye de los países en desarrollo regrese. Para hacerlo, el G7 y el G20 deberían considerar varias medidas.

Primero, la Reserva Federal de Estados Unidos ha anunciado líneas de swap con los bancos centrales de Australia, Brasil, Dinamarca, Corea, México, Noruega, Nueva Zelanda, Singapur y Suecia. Este mecanismo debería extenderse a muchos más países. Si el miedo al default es la razón para no hacerlo, estos fondos podrían ser intermediados por el Fondo Monetario Internacional, que debería rediseñar su Instrumento de Financiamiento Rápido existente para satisfacer las necesidades actuales.

Segundo, en tanto los bancos centrales implementan el alivio cuantitativo, deberían comprar bonos de mercados emergentes, especialmente los menos riesgosos, para liberar más espacio a fin de que las instituciones financieras internacionales se centren en los casos más difíciles.

Tercero, a las economías dolarizadas o euroizadas que no tienen su propia moneda y, por ende, no tienen un prestamista de última instancia, como Panamá, El Salvador y Ecuador, se les deberían ofrecer mecanismos financieros especiales para que sus bancos centrales puedan respaldar sus sistemas bancarios.

Por último, los países desarrollados no deberían –como desafortunadamente acaba de hacer la Unión Europea- impedir o prohibir las exportaciones de kits de pruebas, productos farmacéuticos y dispositivos médicos.

Aplanar la curva del COVID-19 exigirá una acción económica concertada a nivel internacional, especialmente con respecto a los países en desarrollo. Dada la naturaleza global del problema, hacer lo moralmente correcto es también lo más inteligente.

24 de marzo de 2020

Project Syndicate

https://www.project-syndicate.org/commentary/flattening-covid19-curve-in...

 5 min


A algunos no les va a gustar, pero así llamamos al covid-19 cuando desde la respectiva cuarentena nos comunicamos por teléfono: “El mataviejo”. Algo que nunca diríamos en público por supuesto. Entre mi viejo amigo y yo, prima esa confianza que otorga el paso del tiempo, haber enfrentado situaciones difíciles en el cadavérico Chile del 73 y comprendido desde que salimos en una buseta desde Santiago a Mendoza, que teníamos que mantener la calma y que para no enloquecer debíamos recurrir a nuestro bagaje de humor negro. Que nos sobraba. Y lo seguimos haciendo ahora.

“El mataviejo” decimos para espantar esa nube borrosa de miedo que el coronavirus trae consigo. Para no convertir al miedo en horror. Para no convertir al horror en pánico. Para ridiculizar la amenaza de fin de mundo que la peste posmoderna insinúa. Pero también para desmontar el mito. Ese que nos dice que el coronavirus llegó al mundo para exterminar ancianos. Afirmación que alimenta el periodismo establecido, sugiriendo una utopía negativa, quizás deseada, la de un mundo sin viejos, habitado por gente joven, sana, linda. Pero “el mataviejo” no mata a los viejos.

La verdad sea dicha, covid-19 no mata a nadie. Es solo un acelerador, entre muchos, del proceso natural que lleva a la muerte. Por eso afecta a personas que tienen un bajo sistema defensivo - entre ellos, más viejos que jóvenes - o que arrastran enfermedades crónicas. Eso hace a las personas de edad avanzada (¿existirá una edad atrasada?) más vulnerables. Pero no todos los viejos mueren ni todos los jóvenes se salvan. Dicho en breve, covid-19 no es una enfermedad de y para viejos.

Hay, por cierto, epidemias asociadas a determinadas edades. Que la tos ferina, el sarampión o las paperas, atacan más a niños que a adultos, es cosa sabida. Que el SIDA ataca más a jóvenes y personas de mediana edad es, de por sí, obvio. Que la influenza, el cólera o la malaria atacan a todos por igual, es innegable. También hay - más bien dicho hubo - epidemias adjudicadas a algún estrato social. Por ejemplo, que el tifus fuera predominante entre la población más pobre puede explicarse por el hacinamiento, la ausencia de canalización, las podredumbres, entre otras no tan bellas causas. En los estratos más altos la tuberculosis fue puesta de moda por la onda romántica del siglo XlX. Rostros pálidos a lo Margarita Gautier de Dumas (hijo), jóvenes con ojeras profundas como el Werther de Goethe, seres delgados y sufrientes, con cabellos revueltos por tempestades, en lo alto de montañas como esa donde el enloquecido Nietzsche imaginó a la bella Andrea Lou Salomé besándolo en su boca (algo que Lou Salomé nunca recordó)

Ese romanticismo tísico no escaparía al escritor sueco Niklas Natt och Dag cuyo héroe el inspector Cecil Winge padecía de una tuberculosis tan avanzada que a veces él, por su blancura, parecía un fantasma. En cambio, la epidemia más popular, el “mal francés”, la sífilis, era mantenida en secreto pues, además de ser contaminante, daba a entender que sus portadores llevaban una vida licenciosa. En términos sociológicos, afectaba a personas de bajos o medianos ingresos. Y al parecer, tenía cierta preferencia – no se por qué - por los genitales de la intelectualidad. Grandes músicos como Ludwig van Beethoven y Franz Schubert, filósofos como Friedrich Nietzche, escritores como Oscar Wilde, e incluso líderes políticos como Vladimir Illich Lenin, murieron gracias a la sífilis. Entre la alta nobleza en cambio la sífilis era poco probable pues antes de bailar minuetes con sus damos, las cortesanas debían pasar por una estricta revisión médica. En fin, todo estaba en orden. A cada uno la epidemia que le correspondía y, en cierto modo, merecía.

No ocurre lo mismo con las pandemias del siglo XX y XXl, entre ellas, la que parece ser más fatal, la del covid-19. El maldito coronario ataca a todos por igual: chinos, negros, blancos, bi y tri-sexuales, sin importar la edad, sin reconocer límites, global, planetario. Un virus igualitario y democrático: no reconoce diferencia de clases, ni de religión, ni de ideologías. Todos, ante su maligna potestad, somos iguales.

“El mataviejo”. ¿De dónde salió esa locura? Como muchas cosas de la vida, nació de una asociación, en muchos casos, involuntaria: la de los viejos y la muerte. Pues se supone que la etapa que sigue a la vejez, es la muerte. Los viejos son vistos entonces como los vecinos de la muerte. O sus parientes más cercanos. Lo que no siempre es cierto. Por una parte, todos los seres, tarde o temprano, mueren.

“Todos los hombres son mortales” según la novela de Simone de Beauvoir quien, cuando llegó la hora de escribir sobre la vejez, o sea, cuando todos esperábamos que su libro “La Vejez” tuviera para los viejos un efecto tan liberador como “El segundo sexo” para las mujeres, nos desilusionó con 600 páginas en donde no hizo más que confirmar prejuicios en contra de la vejez y la muerte. Un libro que es la confesión abierta de su desgarro, de sus dolores personales y, no por último, de su intenso e inocultable miedo a morir. Un libro reaccionario que no debió haber sido escrito jamás. La misma autora que una vez dijo “la mujer no existe, es una invención de los hombres” no se atrevió a decir “la vejez no existe, es una invención de los jóvenes” (o de los que creen serlo). Como si solo los viejos llevaran consigo el estigma de la muerte. Como si desde su nacimiento el humano no fuera más que una isla rodeada de muerte por todos lados. Comprobación que hice de modo fortuito.

Paseando por el cementerio (no es mi paseo preferido pero por razones personales debo hacerlo) y mirando por distracción las lápidas, pude constatar por fechas de nacimiento y defunción, una gran cantidad de muertos jóvenes, algunos muy jóvenes. No pocos murieron por enfermedades, seguro. Pero recordé las estadísticas: “la mayoría de las causas de muerte obedecen a accidentes del tráfico. Y quienes con más riesgo y velocidad conducen, son jóvenes”. Víctimas de una guerra sin enemigos que tiene lugar en todas las calles, día a día. Pero con tantos muertos como en las antiguas guerras.

La literatura europea del siglo pasado nos cuenta de pueblos habitados solo por viejos y mujeres. Los jóvenes, durante las guerras, eran enviados a la muerte. Y si regresaban lo hacían muertos en vida, sin piernas o sin brazos, pero sobre todo, con sus alegrías perdidas en cruentos campos de batalla. Sí, efectivamente: todos los hombres son mortales, pero muchos mueren más temprano que tarde. Los viejos morimos tarde. Pero siempre seguiremos asociados con la idea de la muerte. Es nuestro estigma.

Los viejos, es lo que quiero decir, son temidos porque revelan la evidencia de la muerte. Y como el temor es hermano del odio, no es raro que muchos jóvenes terminen odiando (temiendo), aún sin darse cuenta, a los viejos. Ahí yace la raíz profunda de la gerontofobia, pandemia global más difícil de desactivar que el racismo, la misoginia y otras patologías colectivas que caracterizan a la condición humana. Y como son patologías arraigadas, salen hacia la superficie cuando las condiciones están dadas. Igual a los virus.

Los dos regímenes totalitarios de la modernidad, el estalinismo y el nazismo, fueron gerontofobos. Solapado el primero en su culto al robusto héroe proletario de la literatura del “realismo socialista”. Más abierto el segundo, lo vinculó incluso con la xenofobia antisemita. Todas las caricaturas de la prensa nazi nos muestran a judíos encorvados, con narices ganchudas, con largas uñas, pero sobre todo viejos, muy viejos. Una raza que moría, en contraste con otra raza, la germana, que con vitalidad atlética se apoderaría de la historia universal. Los viejos en fin, simbolizaban para el nazismo, la decadencia de occidente. Los jóvenes, su futuro luminoso.

Los regímenes totalitarios, sin embargo, no inventaron la gerontofobia. Solo la estimularon. Como hoy ocurre de nuevo gracias al covid-19, presentado en los medios, no sin cierta maldad, como una enfermedad de los viejos. Ha llegado la hora, por lo tanto, en que los viejos debemos pasar a la ofensiva para defendernos del mismo modo como las feministas iniciaron su revolución cultural en contra de los machos y del machismo.

Para comenzar: ¿Quiénes somos los viejos? La respuesta aparentemente tan fácil no es simple. De hecho, hay dos tipos de ancianidad: la biológica y la sociocultural. La primera ha variado a través de la historia. En el siglo XVl, viejos eran los que llegaban, con suerte, a los cuarenta. Después fue a los sesenta, hoy a los setenta, variando de país a país. Se supone que después de esa edad perdemos algunas facultades físicas y eso es innegable. Quien escribe estas líneas no va arriesgar con setenta y siete años jugar un partido de fútbol (aunque me gustaría). Pero, por otro lado, y es lo que más me importa, sigo escribiendo tan bien o tan mal como antes.

Muchos de esos llamados viejos han comenzado a levantar voces en contra de la discriminación de la que diariamente son objetos. Porque es muy distinto que alguien te ceda el asiento en el bus, lo que se agradece, a que un pobre infeliz que no te llega ni a los talones, desautorice tu opinión “insultándote” con el epíteto de viejo. A esos desalmados hay que enfrentarlos, estén donde estén y darles duro en el único idioma que conocen, el de su propia ruindad. Más difícil es, sin embargo, enfrentar a otro tipo de discriminación, sutil y más peligrosa. Me refiero a los que ubican a los seres viejos en un determinado rol sociocultural.

Los griegos antiguos por ejemplo, fundaron el llamado “concejo de ancianos” a los que teóricamente los dirigentes de la polis debían recurrir antes de tomar decisiones. Sin embargo, puedo asegurarlo, en ninguna de las grandes decisiones atenienses, los viejos fueron consultados. Los tenían ahí, enclaustrados, como representación simbólica del pasado. Tal vez desde ese tiempo surgió el mito de que los viejos somos portadores de experiencias, de sabiduría y de buen juicio. Radical mentira. Los viejos nos equivocamos tanto como los jóvenes. Hay viejos inteligentes y viejos brutos. Hay viejos buenos y viejos hijos de puta. No es cierto que tenemos más experiencia porque cada experiencia es nueva o sino no sería experiencia. En fin, no somos diferentes a los más jóvenes. Solo somos diferentes entre sí.

Si Rimbaud escribió sus más bellos versos antes de cumplir veinte años o Vargas Llosa una de sus mejores novelas después de los ochenta, son hechos que no tienen nada que ver con la edad sino con las particularidades de esas personas. Por eso mismo, no exigimos más respeto que el que se debe a toda persona por el hecho de estar viva, no por haber vivido más o menos. Y si merecemos alguna consideración, será por lo que hemos hecho o no hecho, por nuestros errores y nuestros aciertos, en fin, por lo que somos. No queremos ser reducidos a “abuelitos buenos” ni que nadie nos cuide si no estamos enfermos de gravedad.

Hay países donde - voy a decirlo en chileno clásico - ahuevonan a los viejos. Y todavía peor: hay viejos que se dejan ahuevonar, asumiendo con alevosía el papel de viejos huevones. A esos también hay que denunciarlos. Contra toda discriminación hay que protestar, tanto en contra de la mala como en contra de la buena. Y esta última puede ser peor que la mala. La vejez no es un infierno ni una edad dorada, como dicen los siúticos. Es un tiempo como cada tiempo. Nada más.

¿Y la muerte? Da igual: de este mundo nadie sale vivo.

26 de marzo 2020

Polis

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Byung-Chul Han

El coronavirus está poniendo a prueba nuestro sistema. Al parecer Asia tiene mejor controlada la pandemia que Europa. En Hong Kong, Taiwán y Singapur hay muy pocos infectados. En Taiwán se registran 108 casos y en Hong Kong 193. En Alemania, por el contrario, tras un período de tiempo mucho más breve hay ya 15.320 casos confirmados, y en España 19.980 (datos del 20 de marzo). También Corea del Sur ha superado ya la peor fase, lo mismo que Japón. Incluso China, el país de origen de la pandemia, la tiene ya bastante controlada. Pero ni en Taiwán ni en Corea se ha decretado la prohibición de salir de casa ni se han cerrado las tiendas y los restaurantes. Entre tanto ha comenzado un éxodo de asiáticos que salen de Europa. Chinos y coreanos quieren regresar a sus países, porque ahí se sienten más seguros. Los precios de los vuelos se han multiplicado. Ya apenas se pueden conseguir billetes de vuelo para China o Corea.

Europa está fracasando. Las cifras de infectados aumentan exponencialmente. Parece que Europa no puede controlar la pandemia. En Italia mueren a diario cientos de personas. Quitan los respiradores a los pacientes ancianos para ayudar a los jóvenes. Pero también cabe observar sobreactuaciones inútiles. Los cierres de fronteras son evidentemente una expresión desesperada de soberanía. Nos sentimos de vuelta en la época de la soberanía. El soberano es quien decide sobre el estado de excepción. Es soberano quien cierra fronteras. Pero eso es una huera exhibición de soberanía que no sirve de nada. Serviría de mucha más ayuda cooperar intensamente dentro de la Eurozona que cerrar fronteras a lo loco. Entre tanto también Europa ha decretado la prohibición de entrada a extranjeros: un acto totalmente absurdo en vista del hecho de que Europa es precisamente adonde nadie quiere venir. Como mucho, sería más sensato decretar la prohibición de salidas de europeos, para proteger al mundo de Europa. Después de todo, Europa es en estos momentos el epicentro de la pandemia.

Las ventajas de Asia

En comparación con Europa, ¿qué ventajas ofrece el sistema de Asia que resulten eficientes para combatir la pandemia? Estados asiáticos como Japón, Corea, China, Hong Kong, Taiwán o Singapur tienen una mentalidad autoritaria, que les viene de su tradición cultural (confucianismo). Las personas son menos renuentes y más obedientes que en Europa. También confían más en el Estado. Y no solo en China, sino también en Corea o en Japón la vida cotidiana está organizada mucho más estrictamente que en Europa. Sobre todo, para enfrentarse al virus los asiáticos apuestan fuertemente por la vigilancia digital. Sospechan que en el big data podría encerrarse un potencial enorme para defenderse de la pandemia. Se podría decir que en Asia las epidemias no las combaten solo los virólogos y epidemiólogos, sino sobre todo también los informáticos y los especialistas en macrodatos. Un cambio de paradigma del que Europa todavía no se ha enterado. Los apologetas de la vigilancia digital proclamarían que el big data salva vidas humanas.

Varios ciudadanos, todos ellos con mascarilla, hacen cola para coger el autobús el pasado

La conciencia crítica ante la vigilancia digital es en Asia prácticamente inexistente. Apenas se habla ya de protección de datos, incluso en Estados liberales como Japón y Corea. Nadie se enoja por el frenesí de las autoridades para recopilar datos. Entre tanto China ha introducido un sistema de crédito social inimaginable para los europeos, que permite una valoración o una evaluación exhaustiva de los ciudadanos. Cada ciudadano debe ser evaluado consecuentemente en su conducta social. En China no hay ningún momento de la vida cotidiana que no esté sometido a observación. Se controla cada clic, cada compra, cada contacto, cada actividad en las redes sociales. A quien cruza con el semáforo en rojo, a quien tiene trato con críticos del régimen o a quien pone comentarios críticos en las redes sociales le quitan puntos. Entonces la vida puede llegar a ser muy peligrosa. Por el contrario, a quien compra por Internet alimentos sanos o lee periódicos afines al régimen le dan puntos. Quien tiene suficientes puntos obtiene un visado de viaje o créditos baratos. Por el contrario, quien cae por debajo de un determinado número de puntos podría perder su trabajo. En China es posible esta vigilancia social porque se produce un irrestricto intercambio de datos entre los proveedores de Internet y de telefonía móvil y las autoridades. Prácticamente no existe la protección de datos. En el vocabulario de los chinos no aparece el término “esfera privada”.

En China hay 200 millones de cámaras de vigilancia, muchas de ellas provistas de una técnica muy eficiente de reconocimiento facial. Captan incluso los lunares en el rostro. No es posible escapar de la cámara de vigilancia. Estas cámaras dotadas de inteligencia artificial pueden observar y evaluar a todo ciudadano en los espacios públicos, en las tiendas, en las calles, en las estaciones y en los aeropuertos.

Toda la infraestructura para la vigilancia digital ha resultado ser ahora sumamente eficaz para contener la epidemia. Cuando alguien sale de la estación de Pekín es captado automáticamente por una cámara que mide su temperatura corporal. Si la temperatura es preocupante todas las personas que iban sentadas en el mismo vagón reciben una notificación en sus teléfonos móviles. No en vano el sistema sabe quién iba sentado dónde en el tren. Las redes sociales cuentan que incluso se están usando drones para controlar las cuarentenas. Si uno rompe clandestinamente la cuarentena un dron se dirige volando a él y le ordena regresar a su vivienda. Quizá incluso le imprima una multa y se la deje caer volando, quién sabe. Una situación que para los europeos sería distópica, pero a la que, por lo visto, no se ofrece resistencia en China.

Ni en China ni en otros Estados asiáticos como Corea del Sur, Hong Kong, Singapur, Taiwán o Japón existe una conciencia crítica ante la vigilancia digital o el big data. La digitalización directamente los embriaga. Eso obedece también a un motivo cultural. En Asia impera el colectivismo. No hay un individualismo acentuado. No es lo mismo el individualismo que el egoísmo, que por supuesto también está muy propagado en Asia.

Al parecer el big data resulta más eficaz para combatir el virus que los absurdos cierres de fronteras que en estos momentos se están efectuando en Europa. Sin embargo, a causa de la protección de datos no es posible en Europa un combate digital del virus comparable al asiático. Los proveedores chinos de telefonía móvil y de Internet comparten los datos sensibles de sus clientes con los servicios de seguridad y con los ministerios de salud. El Estado sabe por tanto dónde estoy, con quién me encuentro, qué hago, qué busco, en qué pienso, qué como, qué compro, adónde me dirijo. Es posible que en el futuro el Estado controle también la temperatura corporal, el peso, el nivel de azúcar en la sangre, etc. Una biopolítica digital que acompaña a la psicopolítica digital que controla activamente a las personas.

En Wuhan se han formado miles de equipos de investigación digitales que buscan posibles infectados basándose solo en datos técnicos. Basándose únicamente en análisis de macrodatos averiguan quiénes son potenciales infectados, quiénes tienen que seguir siendo observados y eventualmente ser aislados en cuarentena. También por cuanto respecta a la pandemia el futuro está en la digitalización. A la vista de la epidemia quizá deberíamos redefinir incluso la soberanía. Es soberano quien dispone de datos. Cuando Europa proclama el estado de alarma o cierra fronteras sigue aferrada a viejos modelos de soberanía.

La lección de la epidemia debería devolver la fabricación de ciertos productos médicos y farmacéuticos a Europa

No solo en China, sino también en otros países asiáticos la vigilancia digital se emplea a fondo para contener la epidemia. En Taiwán el Estado envía simultáneamente a todos los ciudadanos un SMS para localizar a las personas que han tenido contacto con infectados o para informar acerca de los lugares y edificios donde ha habido personas contagiadas. Ya en una fase muy temprana, Taiwán empleó una conexión de diversos datos para localizar a posibles infectados en función de los viajes que hubieran hecho. Quien se aproxima en Corea a un edificio en el que ha estado un infectado recibe a través de la “Corona-app” una señal de alarma. Todos los lugares donde ha habido infectados están registrados en la aplicación. No se tiene muy en cuenta la protección de datos ni la esfera privada. En todos los edificios de Corea hay instaladas cámaras de vigilancia en cada piso, en cada oficina o en cada tienda. Es prácticamente imposible moverse en espacios públicos sin ser filmado por una cámara de vídeo. Con los datos del teléfono móvil y del material filmado por vídeo se puede crear el perfil de movimiento completo de un infectado. Se publican los movimientos de todos los infectados. Puede suceder que se destapen amoríos secretos. En las oficinas del ministerio de salud coreano hay unas personas llamadas “tracker” que día y noche no hacen otra cosa que mirar el material filmado por vídeo para completar el perfil del movimiento de los infectados y localizar a las personas que han tenido contacto con ellos.

Una diferencia llamativa entre Asia y Europa son sobre todo las mascarillas protectoras. En Corea no hay prácticamente nadie que vaya por ahí sin mascarillas respiratorias especiales capaces de filtrar el aire de virus. No son las habituales mascarillas quirúrgicas, sino unas mascarillas protectoras especiales con filtros, que también llevan los médicos que tratan a los infectados. Durante las últimas semanas, el tema prioritario en Corea era el suministro de mascarillas para la población. Delante de las farmacias se formaban colas enormes. Los políticos eran valorados en función de la rapidez con la que las suministraban a toda la población. Se construyeron a toda prisa nuevas máquinas para su fabricación. De momento parece que el suministro funciona bien. Hay incluso una aplicación que informa de en qué farmacia cercana se pueden conseguir aún mascarillas. Creo que las mascarillas protectoras, de las que se ha suministrado en Asia a toda la población, han contribuido de forma decisiva a contener la epidemia.

Los coreanos llevan mascarillas protectoras antivirus incluso en los puestos de trabajo. Hasta los políticos hacen sus apariciones públicas solo con mascarillas protectoras. También el presidente coreano la lleva para dar ejemplo, incluso en las conferencias de prensa. En Corea lo ponen verde a uno si no lleva mascarilla. Por el contrario, en Europa se dice a menudo que no sirven de mucho, lo cual es un disparate. ¿Por qué llevan entonces los médicos las mascarillas protectoras? Pero hay que cambiarse de mascarilla con suficiente frecuencia, porque cuando se humedecen pierden su función filtrante. No obstante, los coreanos ya han desarrollado una “mascarilla para el coronavirus” hecha de nano-filtros que incluso se puede lavar. Se dice que puede proteger a las personas del virus durante un mes. En realidad es muy buena solución mientras no haya vacunas ni medicamentos. En Europa, por el contrario, incluso los médicos tienen que viajar a Rusia para conseguirlas. Macron ha mandado confiscar mascarillas para distribuirlas entre el personal sanitario. Pero lo que recibieron luego fueron mascarillas normales sin filtro con la indicación de que bastarían para proteger del coronavirus, lo cual es una mentira. Europa está fracasando. ¿De qué sirve cerrar tiendas y restaurantes si las personas se siguen aglomerando en el metro o en el autobús durante las horas punta? ¿Cómo guardar ahí la distancia necesaria? Hasta en los supermercados resulta casi imposible. En una situación así, las mascarillas protectoras salvarían realmente vidas humanas. Está surgiendo una sociedad de dos clases. Quien tiene coche propio se expone a menos riesgo. Incluso las mascarillas normales servirían de mucho si las llevaran los infectados, porque entonces no lanzarían los virus afuera.

En los países europeos casi nadie lleva mascarilla. Hay algunos que las llevan, pero son asiáticos. Mis paisanos residentes en Europa se quejan de que los miran con extrañeza cuando las llevan. Tras esto hay una diferencia cultural. En Europa impera un individualismo que trae aparejada la costumbre de llevar la cara descubierta. Los únicos que van enmascarados son los criminales. Pero ahora, viendo imágenes de Corea, me he acostumbrado tanto a ver personas enmascaradas que la faz descubierta de mis conciudadanos europeos me resulta casi obscena. También a mí me gustaría llevar mascarilla protectora, pero aquí ya no se encuentran.

En el pasado, la fabricación de mascarillas, igual que la de tantos otros productos, se externalizó a China. Por eso ahora en Europa no se consiguen mascarillas. Los Estados asiáticos están tratando de proveer a toda la población de mascarillas protectoras. En China, cuando también ahí empezaron a ser escasas, incluso reequiparon fábricas para producir mascarillas. En Europa ni siquiera el personal sanitario las consigue. Mientras las personas se sigan aglomerando en los autobuses o en los metros para ir al trabajo sin mascarillas protectoras, la prohibición de salir de casa lógicamente no servirá de mucho. ¿Cómo se puede guardar la distancia necesaria en los autobuses o en el metro en las horas punta? Y una enseñanza que deberíamos sacar de la pandemia debería ser la conveniencia de volver a traer a Europa la producción de determinados productos, como mascarillas protectoras o productos medicinales y farmacéuticos.

A pesar de todo el riesgo, que no se debe minimizar, el pánico que ha desatado la pandemia de coronavirus es desproporcionado. Ni siquiera la “gripe española”, que fue mucho más letal, tuvo efectos tan devastadores sobre la economía. ¿A qué se debe en realidad esto? ¿Por qué el mundo reacciona con un pánico tan desmesurado a un virus? Emmanuel Macron habla incluso de guerra y del enemigo invisible que tenemos que derrotar. ¿Nos hallamos ante un regreso del enemigo? La “gripe española” se desencadenó en plena Primera Guerra Mundial. En aquel momento todo el mundo estaba rodeado de enemigos. Nadie habría asociado la epidemia con una guerra o con un enemigo. Pero hoy vivimos en una sociedad totalmente distinta.

En realidad hemos estado viviendo durante mucho tiempo sin enemigos. La guerra fría terminó hace mucho. Últimamente incluso el terrorismo islámico parecía haberse desplazado a zonas lejanas. Hace exactamente diez años sostuve en mi ensayo La sociedad del cansancio la tesis de que vivimos en una época en la que ha perdido su vigencia el paradigma inmunológico, que se basa en la negatividad del enemigo. Como en los tiempos de la guerra fría, la sociedad organizada inmunológicamente se caracteriza por vivir rodeada de fronteras y de vallas, que impiden la circulación acelerada de mercancías y de capital. La globalización suprime todos estos umbrales inmunitarios para dar vía libre al capital. Incluso la promiscuidad y la permisividad generalizadas, que hoy se propagan por todos los ámbitos vitales, eliminan la negatividad del desconocido o del enemigo. Los peligros no acechan hoy desde la negatividad del enemigo, sino desde el exceso de positividad, que se expresa como exceso de rendimiento, exceso de producción y exceso de comunicación. La negatividad del enemigo no tiene cabida en nuestra sociedad ilimitadamente permisiva. La represión a cargo de otros deja paso a la depresión, la explotación por otros deja paso a la autoexplotación voluntaria y a la autooptimización. En la sociedad del rendimiento uno guerrea sobre todo contra sí mismo.

Pues bien, en medio de esta sociedad tan debilitada inmunológicamente a causa del capitalismo global irrumpe de pronto el virus. Llenos de pánico, volvemos a erigir umbrales inmunológicos y a cerrar fronteras. El enemigo ha vuelto. Ya no guerreamos contra nosotros mismos, sino contra el enemigo invisible que viene de fuera. El pánico desmedido en vista del virus es una reacción inmunitaria social, e incluso global, al nuevo enemigo. La reacción inmunitaria es tan violenta porque hemos vivido durante mucho tiempo en una sociedad sin enemigos, en una sociedad de la positividad, y ahora el virus se percibe como un terror permanente.

Pero hay otro motivo para el tremendo pánico. De nuevo tiene que ver con la digitalización. La digitalización elimina la realidad. La realidad se experimenta gracias a la resistencia que ofrece, y que también puede resultar dolorosa. La digitalización, toda la cultura del “me gusta”, suprime la negatividad de la resistencia. Y en la época posfáctica de las fake news y los deepfakes surge una apatía hacia la realidad. Así pues, aquí es un virus real, y no un virus de ordenador, el que causa una conmoción. La realidad, la resistencia, vuelve a hacerse notar en forma de un virus enemigo. La violenta y exagerada reacción de pánico al virus se explica en función de esta conmoción por la realidad.

La reacción pánica de los mercados financieros a la epidemia es además la expresión de aquel pánico que ya es inherente a ellos. Las convulsiones extremas en la economía mundial hacen que esta sea muy vulnerable. A pesar de la curva constantemente creciente del índice bursátil, la arriesgada política monetaria de los bancos emisores ha generado en los últimos años un pánico reprimido que estaba aguardando al estallido. Probablemente el virus no sea más que la pequeña gota que ha colmado el vaso. Lo que se refleja en el pánico del mercado financiero no es tanto el miedo al virus cuanto el miedo a sí mismo. El crash se podría haber producido también sin el virus. Quizá el virus solo sea el preludio de un crash mucho mayor.

Žižek afirma que el virus ha asestado al capitalismo un golpe mortal, y evoca un oscuro comunismo. Cree incluso que el virus podría hacer caer el régimen chino. Žižek se equivoca. Nada de eso sucederá. China podrá vender ahora su Estado policial digital como un modelo de éxito contra la pandemia. China exhibirá la superioridad de su sistema aún con más orgullo. Y tras la pandemia, el capitalismo continuará aún con más pujanza. Y los turistas seguirán pisoteando el planeta. El virus no puede reemplazar a la razón. Es posible que incluso nos llegue además a Occidente el Estado policial digital al estilo chino. Como ya ha dicho Naomi Klein, la conmoción es un momento propicio que permite establecer un nuevo sistema de gobierno. También la instauración del neoliberalismo vino precedida a menudo de crisis que causaron conmociones. Es lo que sucedió en Corea o en Grecia. Ojalá que tras la conmoción que ha causado este virus no llegue a Europa un régimen policial digital como el chino. Si llegara a suceder eso, como teme Giorgio Agamben, el estado de excepción pasaría a ser la situación normal. Entonces el virus habría logrado lo que ni siquiera el terrorismo islámico consiguió del todo.

El virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. De algún modo, cada uno se preocupa solo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta.

Traducción de Alberto Ciria.

21 de marzo 2020

El País

https://elpais.com/ideas/2020-03-21/la-emergencia-viral-y-el-mundo-de-ma...

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Se afirma que con el Covid-19 la humanidad enfrenta actualmente la peor crisis en décadas, con un número de muertes en perspectiva verdaderamente aterrador si no se toman rápidamente acciones de contención. No respeta fronteras; tampoco hay dinero, posición social o linaje que evite el contagio. No en balde, país tras país adopta medidas extremas para evitar que se propague y haga colapsar sus servicios sanitarios. Tales cuarentenas representan un duro golpe a la economía, en tanto proscriben todas aquellas actividades que no sean estrictamente necesarias. La caída en las fuentes de ingresos para millones de personas podrá ser devastador si se prolongan en el tiempo, sobre todo en aquellos países que no cuentan con una seguridad social amplia ni gobiernos con bolsillos profundos. Extremar medidas de contención para reducir muertes o flexibilizarlas para disminuir el daño económico se convierte en una decisión crucial, no sólo en términos políticos y económicos, sino morales y éticos.

Desde esta perspectiva, las medidas anunciadas por Maduro parecerían inobjetables. Al imponer una cuarentena obligatoria, cerrar fronteras y aeropuertos, y decretar compensaciones económicas estaría tomando previsiones para reducir la propagación del virus y proteger los bolsillos del venezolano. Lamentablemente, no todo lo que brilla es oro…

Empecemos por la primera línea de fuego para evitar contagios: permanecer en casa y lavarse las manos reiteradamente, sobre todo al regresar de la calle. No hace falta repetir aquí que la inmensa mayoría de venezolanos se ve obligado a salir de sus casas, día tras día, en busca de comida y de otras provisiones esenciales. Y que, al regresar y suponiendo que consiguió jabón, muchas veces no tienen agua, a menos que logran almacenarla en pipotes. ¿Mascarillas y guantes suficientes, cómo demanda el alcalde de la Guaira a todo el que salga fuera? ¡Qué cínico!

Veamos ahora la situación de los hospitales y centros clínicos. Jorge Rodríguez contabilizó, muy orondo, 24.000 camas en el país, incluyendo hospitales, CDI y clínicas privadas. ¡Venezuela está preparada para afrontar la crisis! Pero, esas son el total de camas disponibles, en instituciones hospitalarias carentes de insumos de todo tipo, desde agua y electricidad permanente hasta equipos de sustento de enfermos graves, antibióticos y otros medicamentos. No son camas en unidades de cuidado intensivo (UCI) equipadas. El presidente (e) Juan Guaidó menciona sólo 84 respiradores disponibles en el país para atender el COVID-19. La mayoría del personal sanitario carece de la indumentaria de protección adecuada para realizar sus labores. Muchos han migrado, además, desesperados por no poder cubrir su sustento (y de sus familiares dependientes), por la hiperinflación y el desabastecimiento causados por las políticas de Maduro. Y, a pesar de la terrible crisis que ha causado, ¡Maduro sigue negándose a permitir el ingreso de ayuda humanitaria cuya distribución él no pueda controlar (y saquear)!

Para más tragedia, sus esbirros meten preso a periodistas, dirigentes políticos (incluyendo diputados) y médicos que alertan ante las carencias para enfrentar la pandemia. Mantiene a centenares de presos políticos enclaustrados en condiciones deplorables, vulnerables a ser contagiados, sin razón valedera para ello. Y, para hacer cumplir una cuarentena cuyo fin es salvar vidas, colectivos fascistas acribillan en el 23 de Enero a quienes juegan dominó en la calle. Luego, un alcalde loco en un pueblo de oriente prohíbe que los mayores de 50 años puedan comprar comida, ¡dizque para protegerlos!

En materia económica, Maduro anuncia un bono especial a ser canalizado a través del carné de la patria, la distribución de millones de bolsas CLAPs, el financiamiento de la nómina de pequeñas empresas hasta por seis meses, y la suspensión del cobro de alquileres a viviendas y negocios, así como del capital y tasas de interés en los préstamos bancarios. Prohíbe suspender servicios de telecomunicación, así el usuario no los pague. ¿Medidas similares a las del congreso de Estados Unidos --acaba de aprobar $2 billones para evitar un colapso económico por las medidas de contención--, o las aprobadas por Boris Johnson en el Reino Unido o Pedro Sánchez en España? Pero en Venezuela los reales para ello saldrán de la maquinita que ya echa chispas del Banco Central. ¡Presto! Qué fácil, ¿no? Hiperinflación para rato. Y, ¿cómo habrán de resarcir a quienes no cobrarán alquileres? Con la intermediación financiera prácticamente desaparecida, ¿de qué vivirán los bancos?

Algunos que hayan leído hasta aquí estarán molestos por estas críticas. Atravesamos momentos en que debe dejarse de lado la diatriba política y aunar esfuerzos detrás de quienes puedan tomar medidas, así no simpaticemos con ellos, en bien de la población. Respondo: ¿Existe alguien que crea que a Maduro y su combo militar les importa realmente los padecimientos de la población? Cuando se constata la destrucción de la industria petrolera --no hay gasolina para atender la logística de transporte--, el estado deplorable de los hospitales y de los servicios públicos, la ausencia de medicamentos y equipos para la salud y el encogimiento de la actividad económica a apenas un tercio desde que Maduro ocupa la presidencia, la respuesta es más que obvia. Y no, no son las sanciones. Sólo fue a partir de agosto, 2017 que se aprobaron restricciones que podían afectar las posibilidades de conseguir financiamiento internacional, pero ya para entonces el país se encontraba en default –por “mérito” propio—, dada el descomunal despilfarro por parte de Chávez y Maduro de la mayor bonanza petrolera que conoció el país. Y, para colmo, Maduro les entrega a militares gorilas como premio a su complicidad, PdVSA, para que en apenas dos años acaben con su capacidad productiva, incluyendo la de las refinerías. El salario mínimo del venezolano es apenas cinco dólares mensuales, por mucho el más bajo de América Latina.

Con tal nivel de destrucción urdido sobre un país considerado alguna vez el más próspero de América Latina, ¿puede esperarse que sus artífices resguarden la vida de los venezolanos frente a la pandemia actual? Su única respuesta ante los padecimientos de la población ha sido el terrorismo de estado y el reparto de dádivas para continuar, sin estorbos, su saqueo del país.

Sí se requiere de cuarentena, de aliviar la situación de quienes se ven afectados económicamente, pero en condiciones en que pueda recuperarse rápidamente la capacidad de respuesta de un sistema sanitario fortalecido por la ayuda internacional, con personal dotado de los recursos requeridos y coordinado por gente especializada en el tratamiento de epidemias. Con una economía que rebote del abismo en que se encuentra y ofrezca medios de vida dignos a las mayorías, con seguridad jurídica y personal, que permitan a cada quien aportar lo suyo. Con libertades que permitan señalar insuficiencias y denunciar irregularidades. ¡Venezuela sí puede salir adelante, pero no bajo estos criminales! Si realmente les interesara la suerte de los venezolanos se habrían ido hace tiempo.

Hasta ahora lo que ha impedido mayores estragos por la pandemia es que Venezuela se encuentra en “cuarentena” desde hace tiempo, aislada del mundo, y –de ser cierto—aquello de que la propagación del virus parece ser menos virulento en climas cálidos. El energúmeno de Cabello, acusando a EE.UU. de haber fabricado el virus, es muestra flagrante de la total falta de seriedad del régimen fascista al abordar el tema. Y temo que pronto evidenciaremos los malabarismos de cifras y mentiras de Maduro buscando esconder la tragedia en ciernes, dada la vulnerabilidad en que ha dejado al país ante el virus.

El Departamento de Justicia de EE.UU. acaba de ponerle precio a las cabezas de la mafia militar y civil, por estar incursa en narcotráfico. De mucha mayor monta son sus crímenes de lesa humanidad perpetrados contra la población. No puede pedírseles que encaren la crisis humanitaria quienes han sido culpables de ella. Si bien el Conavirus es mortal, muchísimo más lo ha demostrado ser el flagelo cubano-Maduro.

Economista, Profesor (j) de la UCV

humgarl@gmail.com

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La dirigencia opositora y los partidarios del narcorégimen deben entender que la situación tuvo un giro de 180 grados. Quien acusa a Maduro y a sus compinches es la justicia de los Estados Unidos, la cual no es sumisa al Poder Ejecutivo, como en Venezuela, Cuba o Nicaragua. Es decir, que la acusación no es política, sino basada en hechos o indicios que los acusados deberán rebatir o aceptar.

Si hasta hace poco se podía estar o no de acuerdo con diálogos, hoy esa opción no es posible. Quien lo intente saldrá salpicado por complicidad con uno de los más graves delitos en contra de la humanidad, como es el relacionado con las drogas. Seguir discutiendo si en tiempos de pandemia se debe o no coordinar esfuerzos con el narcorégimen para paliar la situación y si es apropiado o no solicitar eliminar las sanciones, como propone la señora Bachellet, Enrique Ochoa Antich y otros, no tiene justificación. Esas propuestas, aunque quizá válidas para alguien que no conoce nuestra realidad, en la práctica no tendrán ningún resultado positivo. El narcorégimen desmanteló nuestro sistema hospitalario público, obligó a muchos médicos a emigrar y sometió a los enfermos a sufrir las penurias de la escasez de medicinas. Pretender que ese mismo equipo de corruptos pueda enderezar entuertos es ser ingenuo o cómplice.

Nuestra dirigencia unida debe exigir a la Fuerza Armada y al sistema judicial el desconocimiento del usurpador Maduro. No hay otra opción, como lo acaba de expresar Horacio Medina, presidente de Unapetrol y miembro de la Asociación Civil Gente del Petróleo.

Por su parte Maduro y otros acusados tienen solo dos caminos sensatos : irse a Cuba o a cualquier otro país que se comprometa a no extraditarlos o entregarse a la justicia norteamericana. Esta última opción es la que más les conviene, para no vivir con el temor de ser extraditados. En los tribunales se pueden declarar culpables para obtener el beneficio de una condena reducida o correr el riesgo de ir a un juicio que pueden perder y, en consecuencia, pasar muchos más años entre rejas. Una tercera opción es aferrarse al poder, lo cual sería suicida para los acusados y para quienes decidan seguir apoyándolos.

Una vez que se instale en Miraflores un gobierno de transición, nuestros dirigentes deberán evidenciar su disposición a enrumbar a Venezuela por el camino de la inclusión y del desarrollo sustentable. No puede ser una transición corta, ya que la situación es muy diferente a la de 1958 ¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

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