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Opinión

Islamar Tovar Lovera

Nuestro planeta tierra y sus habitantes en el momento actual sufren por un grave problema generado por una pandemia. Esta pandemia es el COVID19, inició en China en 2019 y es declarada por la OMS el 11 de marzo de 2020 ante la propagación acelerada que amenaza a muchos Estados. El COVID19 es una real amenaza para la humanidad, su extensión en el mundo parece no tener límites a pesar de los gigantescos avances tecnológicos y científicos, es un virus muy peligroso que diluye rápidamente las fronteras nacionales afectando a cualquier ser humano sin distinción alguna y está generando desastrosas consecuencias a nivel político, económico pero, sobre todo, social.

Está será una breve reflexión de esta pandemia a nivel social, no desvinculado de lo político ni lo económico. La humanidad en el siglo XXI, en especial en el 2020, está herida y se manifiesta con una conmoción social, debido a la multiplicación acelerada y lamentable de muertos y pacientes infectados por el COVID19. Un coronavirus desenfrenado que desafía al mundo con una catástrofe humanitaria afectando a muchos de sus Estados y a sus habitantes, en especial a China, España, Italia y los Estados Unidos. Una catástrofe humanitaria mundial, que nos prueba a todos y sobre todo a los Estados, siendo evidente las fallas a nivel político ante esta pandemia.

El COVID19 es una novedad trágica por una emergencia sanitaria global, que va cambiar nuestra percepción de la vida y que transformó en definitiva al mundo. En el mundo se prenden las alarmas para que los Estados se hagan más responsables y eficientes en sus competencias y funciones políticas con respecto a esta pandemia Los Estados-nación deben adecuarse a la globalización, a la postmodernidad y a la humanidad para ajustar los cambios necesarios, es decir, cooperando a nivel internacional y trabajar eficientemente con el apoyo heroico de la ciencia médica y, en especial, de sus discípulos los médicos y enfermeros, para ir superando progresivamente esta situación de premuras y dificultades.

Un contexto de dificultades, pero plantea retos y desafíos a la clase política, a la comunidad internacional, a la sociedad, a la familia y a todos los seres humanos. Entre los retos para aproximarnos a un cambio innegable ante esta adversidad, es el poder interior. Un poder interior de adentro hacia afuera para adaptarnos y lograr cambios en positivo, siendo necesarios los esfuerzos mancomunados de todos, además que internalicemos la responsabilidad individual en roles y funciones a nivel laboral, político, familiar y personal. Estas responsabilidades no son para buscar culpables ahora, sino para identificar las fallas de cada uno de nosotros. Graves fallas que crearon y agravan esta situación, que nos exigen aprender de ellas para disminuir las consecuencias y sus efectos en nuestro mundo.

El mundo se encuentra en un contexto grave de contingencia, una emergencia sanitaria llena de riesgos y peligros. Pero no hay peligros de mirar hacia adentro, es decir, mirar hacia el interior de cada uno de nosotros, de ampliar la visión de la vida y de elevarnos por encima de estos problemas. Esta pandemia del COVID19, es un problema mundial que impregna de tristeza, de incertidumbre y hasta desesperanza, también es una real oportunidad para manifestar el poder y la disposición multiplicada de cambiar a un mundo más humano que económico y político.

Esta nueva realidad mundial, que tan difícil se ve, tan difícil se siente es porque ya lo fácil lo sabemos hacer y porque debemos aprender unas lecciones de esta triste y compleja situación. Las lecciones en este momento son más simples, que pueden ser la desvalorización de la ciencia, la ausencia de espiritualidad y la preminencia del dinero y de bienes materiales sobre la humanidad. Con esta difícil experiencia nos damos cuenta que existe un Ser Supremo al que debemos acudir mediante la fe, y así reconocer que la existencia humana es lo más importante antes que el dinero. Con la desproporción y excesos en la búsqueda del dinero y de una supuesta felicidad, se nos ha ido la vida tan deprisa, que se nos olvidó vivir en lo espiritual, cuidar la familia, cuidar el planeta y sobre todo se nos olvidó vivir a plenitud.

Para una vida a plenitud, tenemos que ser conscientes de nuestros problemas y fallas en cada uno de nuestros roles. Podemos aprender de las lecciones, reconociendo el valor de la ciencia, aumentando el apoyo a la educación, olvidando que somos independientes y que no estamos solos, entendiendo que somos vulnerables todos a pesar del poder económico que pueda tenerse. Enfrente está el desafío inminente de ser proactivos y adaptarnos a una vida integra que se mejore con la necesaria interdependencia de múltiples esfuerzos. Un esfuerzo mancomunado y progresivo, que cultive principios y también valores como el amor, la espiritualidad, la solidaridad, la tolerancia, la cooperación, el respeto y la paciencia. Principios universales convirtiéndolos en hábitos que nos permitirán sobreponernos ante la adversidad y la desesperanza.

La desesperanza, la incertidumbre y la impaciencia son natural en estos momentos de peligro y adversidad. Pero la impaciencia es una resistencia para cambiar y aprender. Cuando exigimos que todo se haga ahora mismo, de inmediato, no estamos dando el tiempo necesario para aprender las lecciones implícitas de este problema que hemos creado. Todos queremos terminar nuestros problemas, en especial erradicar el COVID 19, pero debemos entender que requiere tiempo y del cumplimiento de las pequeñas cosas que sumadas nos darán la gran solución.

Tenemos la oportunidad y el reto aún para iniciar en esta cuarentena, el cultivo de principios, valores, sí de lograr esas pequeñas cosas, cumpliendo con las medidas de prevención, quedarnos en casa y pedirle con mucha fe la intercesión milagrosa de (Dios, Jehová, etc.), en fin a ese Ser Supremo. Dios nos prueba en este momento a cada uno de nosotros con el COVID19, nos enseña con tristes consecuencias que amenazan la destrucción de la humanidad de forma inesperada, para que verifiquemos que tenemos debilidades y a su vez grandes fortalezas para afrontar y superar estas dificultades.

Aprendamos a ser más humanos y responsables para vivir mejor en sociedad, podemos cambiar para bien ante el mal…nuestro planeta también lo necesita. (24 de marzo de 2020)

Politóloga UCV. Estudiante de Maestría UNIMET

 4 min


Mariza Bafile y Flavia Romani

Fotos de Flavia Romani ©

Cuanto más nos adentramos en el Sur del Bronx más respiramos aire latino. Palabras en español, música, ese ritmo innato con el cual se mueven los cuerpos, nos hablan de culturas que son nuestras y despiertan anhelos y recuerdos.

Un poco antes de llegar a Casita Maria, llama la atención un graffiti representando a una Virgen, resguardado por una reja y rodeado de flores. Casita Maria colocada entre los grises y marrones de calle y edificios destaca como una llama de alegría gracias a los graffiti llenos de colores que cubren su fachada.

Las clases ya terminaron y en los pasillos circulan solamente algunos estudiantes y profesores. Leonor Falcón Pasquali, violinista y violista venezolana radicada en Nueva York, nos espera en el cuarto piso, allí donde se desarrollan las actividades artísticas y culturales a las cuales tienen acceso los niños después de clase. “Enseño en este espacio desde hace seis años y me encanta este lugar. La gente que trabaja aquí es abierta, cariñosa. Es estupendo lo que hacen para la comunidad del Bronx. Los niños de mis clases son todos súper niños y siempre me dan tanto o más de lo que yo les doy a ellos. A veces llego estresada, cansada y los niños me obligan a concentrarme, me ponen de buen humor y siempre salgo más relajada”.

Junto con Leonor nos espera Luis Pagani, latinoamericano de origen, quien con gran orgullo nos cuenta la historia de Casita Maria.

Todo comienza en East Harlem en 1934 gracias a una iniciativa de Claire y Elizabeth Sullivan, quienes, utilizando un apartamento de cinco habitaciones, organizan actividades culturales y recreativas para los niños de las familias puertorriqueñas. En 1961 Casita Maria se traslada desde East Harlem al Sur del Bronx y no solamente ofrece cultura sino también ayuda humanitaria para proteger a niños y adultos en condiciones de vulnerabilidad. Por ejemplo, desarrolla programas para la rehabilitación de drogadictos, la prevención de embarazos en adolescentes y la violencia de las pandillas.

En 2009, gracias a un acuerdo con el Departamento de Educación de la ciudad de Nueva York puede contar con un espacio mucho más grande que funciona también como escuela, desde primaria hasta bachillerato, y en el cual, en la tarde, Casita Maria desarrolla

Aquí Leonor Falcón Pasquali regala el don de la música a niños entre 6 y 10 años, en su mayoría latinos, quienes en muchos casos vienen de situaciones familiares difíciles. “Cada niño es diferente y cada entorno familiar también. Yo trato de que ellos sientan que este es un espacio seguro, en el cual están protegidos y donde pueden ser ellos mismos sin que nadie los juzgue. Trato también de estar en contacto con los padres, lo más posible, y si detecto algún problema específico hablo con el psicólogo infantil para que le haga seguimiento. Algunos de mis alumnos eran homeless y vivían en refugios, otros estaban en casas de acogida. Son situaciones muy duras y espero poderlos ayudar un poco. Yo crecí rodeada de música y creo profundamente en su poder terapéutico. Tener música en tu vida es un privilegio. Mi gran objetivo es que los niños tengan música en sus vidas y logren canalizar a través de ella sus energías y sus emociones, sea lo que sea lo que está pasando en sus casas”.

Hija de arte, Leonor Falcón Pasquali fue amamantada con música y cultura. Su papá, Álvaro Falcón es uno de los guitarristas más importantes de Venezuela, su mamá es una médico dermatóloga reconocida internacionalmente y su abuelo materno fue un gran intelectual, escritor, filósofo, investigador y docente, fundador de la Cátedra de Estudios de la Teoría de la Comunicación en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela. La música en sus diversos géneros ha acompañado y acompaña la vida de todos ellos. “No podría imaginar mi vida sin la música. Empecé a estudiarla, siendo muy pequeña, en el Colegio Emil Friedman de Caracas, fundado por un gran violinista. Durante muchos años seguí estudiando y especializándome, sobre todo en música clásica. Sin embargo, sentía una gran curiosidad hacia otros estilos musicales. Quería experimentar, conocer”.

Será esa curiosidad la que la llevará a Nueva York, una ciudad en la cual llegan personas de todo el mundo con su cultura y su música a cuestas. Aquí su vida personal así como la profesional, dan un vuelco. “Me inscribí en el Queens College para cursar una maestría en jazz. Un gran reto para mi ya que nunca me había sumergido en ese mundo de manera formal. Mis compañeros ya tocaban jazz, hacían improvisaciones y en algunos casos hasta habían grabado discos. Desde ese momento se me abrió una gran gama de posibilidades y vivir en Nueva York me permite entrar en contacto con tantos tipos de música que antes desconocía y músicos increíbles de los cuales no había oído hablar nunca. Es muy nutritivo. Me gusta pasar de un género musical a otro porque disfruto con cada uno y eso puedes hacerlo únicamente en esta ciudad”.

Recuerda cuando, tras transcurrir unos días en New Jersey, llegó por primera vez a Times Square. “Cuando levanté la cabeza sentí una emoción profunda. La ciudad me pareció sobrecogedora, inmensa. La descubrí poco a poco siguiendo las notas de su música. Con los compañeros de la Universidad iba de concierto en concierto, nutriéndome de tanta diversidad, tanta excelencia. Son las sorpresas maravillosas que te regala Nueva York”.

Curiosa, incansable, volcando en su profesión una pasión infinita, Leonor ha acumulado experiencias profesionales diferentes y todas igualmente enriquecedoras. Recuerda con particular emoción cuando la llamaron desde la orquesta de Willy Colón. “Me llamó Alí Bello, un violinista increíble, para decirme que necesitaban a otros violinistas. Era el día de mi cumpleaños y yo sentí que ese era el regalo más hermoso que me podían dar. Estar allí, con esos músicos que son lo máximo en música de salsa, tocando los arreglos que había escuchado toda la vida, fue una emoción que no puedo describir. Además, lo estaba haciendo en Nueva York: es decir, en la ciudad donde nació la salsa y con músicos que la hicieron nacer. Nunca pensé que una música tenga más valor que otra, sin embargo, esa experiencia me confirmó el valor de la música popular y en particular de la salsa. Es algo que repito a mis alumnos tratando de que tengan una visión global de la música y del arte. Les enseño a improvisar con el violín para que tengan unas bases que les permitan abrirse a posibilidades diversas, a incurrir en estilos que en muchos casos conectan mejor con su cultura. Considero que, de esa manera, tienen mayores motivaciones para seguir estudiando música y el instrumento”.

Leonor Falcón también ha tocado con la orquesta de salsa de Charlie Donato, con la talentosa guitarrista jazz chilena Camila Mesa y su grupo Néctar Orquestra, con la bajista americana Mimi Jones, esposa del pianista venezolano Luis Perdomo, con la cual está desarrollando un proyecto que se llama Black Madona. Ha tocado con muchos cuartetos de cuerda haciendo música popular, entre ellos uno que se llama O cuarteto y tiene un repertorio de música brasilera. Recientemente grabó un disco con la violinista y compositora norteamericana Sarah Bernstein y, en 2017, fundó el sello disquero Falcón Gumba Records, junto con su esposo Juanma Trujillo, guitarrista.

Ha lanzado un disco con el trío Chama creado junto con su esposo Juanma Trujillo y un amigo de infancia, Arturo García, baterista también venezolano. En su primer álbum Imaga Mondo, que en esperanto significa “Un mundo imaginario”, dedica cada canción a una criatura fantástica. Lo ha realizado con su cuarteto formado por Juanma Trujillo, guitarrista, Christof Knoche, bajista y clarinetista y Juan Pablo Carletti baterista. Con el grupo Chama ha grabado otros singles que saldrán en el transcurso del año. Hace apenas pocos meses salió el primer álbum del dúo Peach and Tomato que comparte con la violinista Sana Nagano. Juntas, ella en la viola y Nagano en el violín, experimentan diferentes efectos estando conectadas electrónicamente con unos pedales, y realizan muchas improvisaciones.

Si bien toca violín y viola con igual destreza y pasión Leonor confiesa preferir la viola. “El sonido de la viola es más oscuro, más íntimo, lo siento más en sintonía con mi personalidad. Sin embargo, también me encanta el violín, y en particular mi violín. Creo que lo que más me gusta es tener la posibilidad de cambiar. Cada vez que tocas asumes una personalidad distinta, es como actuar».

– ¿Y si tuvieras que escoger un solo género musical?

Leonor reflexiona, sonríe.

– No podría. No sería feliz. Ayer toqué un Mesías de Händel y fue maravilloso. Mañana tengo una grabación con una big band y sé que también lo voy a disfrutar muchísimo. La música para mi es alegría, aprendizaje, búsqueda, no puedo imaginarme encasillada en un único estilo musical.

Marzo 2020

@MBAFILE·@MBAFILE

ViceVersa

https://www.viceversa-mag.com/casita-maria-bronx-violinista-violista-leonor-falcon-pasquali/

 7 min


Jesús Elorza G.

Uno a uno, sin guantes ni tapabocas, fueron llegando los miembros de la dirección nacional del Psuv a la sede del partido, para atender la urgente convocatoria que les hizo su presidente. El motivo del conclave, era el de dar respuesta urgente a la imputación que hizo el Departamento de Justicia de los Estados Unidos contra los camaradas Nicolás y 13 miembros del alto gobierno.​​

Luego, de escuchar los rutinarios análisis, de culpar al imperialismo y a la oligarquía opositora, de esta nueva agresión contra la revolución socialista del siglo XXI y de gritar hasta el cansancio las gastadas consignas ¡Patria o Muerte!, ¡Hasta la Victoria Siempre! o la de ¡No Pasaran!, plantearon la necesidad de responder públicamente al agresor Departamento de Justicia. La moción propuesta, fue aprobada de inmediato y se nombró una comisión para tales efectos, recomendándole que le diera realce a la solidaria unidad del partido con los camaradas imputados.​​

Pasados apenas 15 minutos, el presidente del partido llama a restablecer la reunión, dando la impresión que el documento ya lo tenían previamente elaborado, como siempre ocurría, diciendo: Camaradas, agradezco la celeridad de los miembros de la comisión (solo le limitaron a abrir el sobre que el mismo le entregó) en entregarnos el borrador de la declaración pública del partido y con su permiso, paso a leérselas para luego someterla a votación:​​

Imperialista William Barr​​

Fiscal General del Departamento de Justicia​​

Estados Unidos​​

Nosotros, revolucionarios socialistas y bolivarianos, nos dirigimos a usted con la finalidad de hacer de su conocimiento y de los cómplices que conforman al gobierno agresor de Donald Trump, que no nos amedrenta en lo absoluto la nueva agresión que ahora hacen a través de su departamento; queremos expresarle que en nuestro partido el principio de solidaridad es uno de nuestros valores principales. A tal efecto, queremos manifestarle, que nuestras decisiones políticas se toman por absoluta unanimidad y que las acciones que se derivan de esas decisiones participamos todos por igual.​​

De allí que nos llama la atención que solo se haya ensañado contra 14 de nuestros camaradas. Consideramos, que su acción retaliativa, solo busca generar una ficticia división en el seno de nuestro glorioso partido. Hoy mas unidos que nunca, les decimos "Yankees Go Home". Pretender amedrentarnos, con cacerías y recompensas por la captura de algunos de nosotros es una política equivocada. Le volvemos a repetir, todos somos uno para lo bueno y para lo malo. No nos calamos, que a unos le pongan precio dolarizado por sus capturas y a la gran mayoría de nuestro glorioso partido no le presten atención. Ni siquiera, ofrecieron recompensas en bolívares devaluados. Por todo ello, rechazamos el carácter discriminatorio de sus imputaciones. O todos o ninguno, es el juramento que hemos mantenido por siempre desde la fundación del partido por nuestro Difunto Eterno y Líder Único Hugo Chávez.​​

Nosotros, miembros de la Dirección Nacional del glorioso y revolucionario Psuv, queremos dejar expresa constancia que hemos acompañado todas las decisiones realizadas por los hoy imputados y no rehuimos ninguna de las consecuencias que de ello se deriven. Frente a sus acusaciones imperialistas respondemos como en la obra famosa Fuenteovejuna. El partido y sus militantes tenemos una unidad monolítica. Los buscados somos todos. ​

PATRIA o MUERTE....VENCEREMOS. ​

Al terminar de leer el documento, el presidente del partido anunció (sin haberlo votado) que el mismo fue aprobado por aclamación y de inmediato lo envió al destinatario. ​​

Sorpresa les causó a todos, que en menos de 10 segundos después de enviado el documento, en todos los teléfonos, de los miembros de la dirección del partido, ingreso la respuesta del Fiscal General del Departamento de Justicia de los Estados Unidos: NO SE BUSCA A TODOS....por ahora.​​

Verga, la vaina es en serio .... mejor nos vamos calladitos para que no nos vayan a joder, dijo la mayoría de los presentes en la reunión al momento de retirarse.​​

 3 min


Antonio Di Giampaolo

Escasez de combustible en la pandemia (11)

En medio de la pandemia que estremece al mundo los precios del petróleo han caído a valores de comienzos de siglo y a niveles ubicados por debajo de los costos de extracción. La guerra de comercial entre las potencias mundiales coincidió con la expansión exponencial del covid-19 deprimiendo a los mercados mundiales de crudo. En Venezuela país petrolero el problema, por estas calles, es también otro.

Durante los primeros días de entrada en vigencia la cuarentena, decretada en el marco del Estado de Alarma a propósito de la pandemia, empezó a notarse una marcada escasez en el suministro de gasolina en el país. La verdad sea dicha la restricción en la venta de combustible no figura entre las recomendaciones de la OMS para contener el avance del nuevo coronavirus.

Las interminables colas no se hicieron esperar y los inquietantes rumores no tardaron en propagarse. Así las cosas hay gente que pernocta en torno a las gasolineras, arriesgando no solo su seguridad sino también su salud en estos tiempos. Con el pasar de los días y se hizo pública una instrucción en la cual se asignaron algunas estaciones de servicio destinadas para abastecer a los sectores prioritarios y esenciales en el marco de la atención de la pandemia.

En las pocas estaciones de servicio habilitadas efectivos militares y funcionarios policiales, custodian y supervisan la distribución de gasolina, gas y gasoil. Hay gente que ha sufrido, en carne propia, los rigores de discrecionalidad con la que se ejecuta la medida. Pacientes de quimioterapia o diálisis, por ejemplo, tardan más en las colas, salvoconducto en mano, que lo que demoran sus tratamientos en los centros asistenciales. Productores agrícolas no pueden abastecer combustible para sus tractores o plantas eléctricas por la restricción de la venta en bidones y tambores. Hay imágenes del trasiego de gasolina en plena vía pública. La gasolina, con su precio irrisorio, se volvió un bien escaso.

Las autoridades nada dicen sobre la ausencia de combustible en la coyuntura de la pandemia. Algunos en las colas, con mascarilla en boca, culpan al gobierno por el deterioro de la industria petrolera y otros justifican la situación en virtud de las sanciones económicas y las medidas administrativas impuestas. Si bien hay gente que piensa que las restricciones a la venta de combustible opera a favor de la cuarentena, porque limita las posibilidades de movilidad de la población, otros creen que el remedio resultará peor que la enfermedad, ya que también influye notablemente en la paralización de actividades vitales en medio de la emergencia. Amanecerá y veremos!

Coronavirus y escasez de agua (12)

“Mi continente debe despertar”- clamó hace unos días, Tedros Adhanom Ghebreyesus, el etíope que dirige la Organización Mundial de la Salud, al alertar a los países africanos sobre la urgente necesidad de orientar a la población en torno a las normas sanitarias preventivas, acometer el despistaje de contagiados, emprender el aislamiento de pacientes e iniciar el distanciamiento social.

La OMS advirtió a los gobiernos de todo el mundo que deben proporcionar el acceso continuo y suficiente de agua, en particular a la población que viven en condiciones vulnerables. “Lavarse las manos con agua limpia y jabón es una de las cosas más baratas y efectivas que se puede hacer para protegerse contra el coronavirus- ha dicho Sanjay Wijesekera, director de programas de UNICEF, quien añadió, con el dramatismo del caso- “que para miles de millones de personas este paso básico está simplemente fuera de su alcance”

Desde el inicio de la declaratoria de pandemia hay administraciones, nacionales, regionales y municipales que han anunciado la moratoria en el cobro de facturas y empresas públicas y privadas han implementado la reconexión del servicio de agua a suscriptores deudores. En Venezuela fue ordenada la suspensión del cobro del servicio por espacio de seis meses pero el impacto de la medida, por si sola, no resulta eficiente, ya que millares de personas en distintas comunidades no cuentan con suministro de agua potable de manera regular.

Una de las medidas fundamentales de carácter preventivo, en materia de higiene personal, como lavarse las manos regularmente con agua y jabón resulta imposible de cumplir a cabalidad en centenares de barriadas populosas y apartados rincones de la geografía nacional. Más aún, es público, notorio y comunicacional, que en distintos centros asistenciales la disposición de agua y materiales de higiene y limpieza resulta deficitaria. El abastecimiento por camiones cisterna se cotiza en dólares. Los operativos públicos de suministro de agua son insuficientes ante la emergencia. Literalmente, nunca como ahora, el término acuñado al agua como líquido vital había adquirido tal realismo. Amanecerá y veremos!

@ADIGIAMPAOLO

#CronicasDeCuarentena

 3 min


Carlos Raúl Hernández

A Chúo González quien lo sugirió

A comienzos del siglo XX, connotados estudiosos anunciaron la perversidad, decadencia y seguro fin de la sociedad abierta. Y ahora en pandemia, varios pensadores líquidos replantean la necia, vieja y falsa antagonía entre técnica y libertad, sociedad y automatización. Pensamiento líquido, porque se amolda al envase, al entorno cultural, categoría del últimamente muy comentado sociólogo Zygmunt Bauman. El marxismo post marxista es el frasco.

Parecía que la conseja de -tecnología-contra-la Humanidad, yacía en el cementerio de las futilidades, novelerismo de Hollywood y tema de apasionantes distopías, pero no conocimiento. Desde El gabinete del Dr. Caligari (Wiene:1929), Frankenstein (Whale:1931) y Metrópolis (Lang:1927), hasta 2001 Odisea del espacio (Kubrick: 1968), Terminator (Cameron:1984) y Matrix (Wachonsky: 1999).

El surcoreano-alemán Byung Chul Hal es autor de La sociedad del cansancio (2010), La agonía del eros (2012), La sociedad de la transparencia (2013), textos cuarteados de aporías. Ahora en un artículo rococó, sin entrada ni salida, sugiere que Asia es superior a las democracias frente al coronavirus, por la “herencia autoritaria de Confucio”. Es debatible cuánto lo fue el maestro, pero en todo caso no más que Platón y Aristóteles, y es alegre cargarle semejante peso.

Que “el autoritarismo lo hace mejor” es insostenible. El gobierno chino provocó la pandemia por su manejo politiquero, caótico y secretista del problema, tan malo como el norteamericano, que pese a ser democrático ocultó que la potencia letal del virus superaba a la gripe española de 1918. Así lo revela grabación del senador republicano que lo advirtió hace un mes a sus financistas. Asia es el autoritario Irán, tan bucéfalo ante la epidemia como la democrática Italia.

Totalitarismo de rostro humano
Y las viru-victoriosas Taiwan, Japón y Corea son sociedades libérrimas y prósperas, pese al parasit de cuestionar esta última. Sorprende que considere positivo que el gobierno chino maneje a su antojo la inimaginable, ciclópea, masa de información sobre su gente. No existe capacidad de procesamiento para centralizar la big data, pero en China el Estado usa la que le interese. Los gobiernos democráticos y las empresas apenas pueden picotear la información sobre los ciudadanos, atesorada en discos duros de servidores repartidos por millones y su manejo sometido a draconianos escrutinios.

Hay duras sanciones jurídicas y sociales por su uso ilegal. Facebook, carga una cicatriz por ello en el face, Hillary la derrota y Google una penalidad hoy en Europa. Para tener idea de lo que es la big data que se cuenta en zettabytes, si se imprimiera toda la información producida por la humanidad hasta 2015, podría construirse una torre de libros como el Empire State que llegaría hasta el sol. ¿Qué defiende Hal? Es un enredo insondable.

La llamada teoría crítica marxista, cuestionaba los medios porque imponían unidireccionalmente la ideología dominante que enajenaba a la gente. Hoy Hal fustiga el flujo multidireccional de información en las redes del mundo “neoliberal” (?), porque es tan amplio, biunívoco, continuo, abrumador, que le parece “pornográfico” y ahora el sujeto “se esclaviza a sí mismo”, porque la “transparencia” de las redes estimula el “narcisismo”, las ganas de hacerse ver, moralina más de Testigo de Jehová que de filósofo.

El libre flujo de ideas, opiniones, imágenes, obras, informaciones, dice, es una nueva forma de totalitarismo (esta vez “malo” a diferencia del control estatal chino, que es “bueno”). La vuelta al leninismo con kalé heideggeriano: la libertad de información es burguesa. Nuestro desconcierto aumenta porque a un verdugo de la “globalización neoliberal”, tampoco le gustan los cierres de tránsito y fronteras, que considera nacionalismo, aunque es decisión nada menos que de la OMS.

Tu teorizas, el practica
Eso es vivir y pensar caprichos y manías. Cita dos de sus colegas marxistas post marxistas. Una, Naomi Klein, cuya belleza no la exime de portar sin licencia uno de los cerebros más alocados, conspiranoides e imaginativos desde Lex Luthor y el Jocker. Ella naturalmente ve en el coronavirus el siniestro riesgo de crear un nuevo sistema neoliberal totalitario.

Y a Slavoj Zizeck, de mindset brillante, culto, carismático, agudo, con sentido del humor, hasta con un simpático libro de chistes y anécdotas. En París llenó una sala de 700 personas, pero como filósofo después hablamos. Su conclusión es previsible: la muerte del kapitalismoa. Según García Márquez, cada vez que alguien falla en billar una impelable jugada bola-a-bola, aquí va a pasar algo. Por cierto, cuenta Zizeck que en 2017 lo invitó el gobierno en un grupo de académicos, a visitar China

La attache resultó de una belleza mágica, inteligente y sensual, y él se dedicó a rozarla, hacer chistes sugerentes, halagarla, tomarla del brazo, durante quince días (candidato a las espulgueras de mi too). En la cena de despedida, ella contó que el mes anterior también había guiado al expresidente Clinton por varias ciudades. Ante el interés de los profesores por este personaje, ella comentó: “por cierto, Slavoj, Clinton y tú comparten el interés por el sexo. Solo que él lo hace”.

@CarlosRaulHer

 3 min


El COVID-19 está haciendo estragos en economías avanzadas como Italia, Francia, España y Estados Unidos. Más allá de las muertes y del sufrimiento humano, los mercados están dando por cierta una recesión catastrófica acompañada de defaults masivos, como quedó de manifiesto en la revisión radical del riesgo de crédito corporativo por parte de los mercados financieros.

Por más terrible que suene, la situación en las economías avanzadas probablemente sea mucho más benigna de la que enfrentan los países en desarrollo, no sólo en términos de la carga de la enfermedad, sino también en términos de la devastación económica que enfrentarán. Y si bien dos comunidades académicas –los expertos en salud pública y los macroeconomistas- están empezando a dialogar entre sí, desafortunadamente la conversación ha involucrado, esencialmente, sólo a los países avanzados.

La comunidad de la salud pública ha popularizado las ecuaciones diferenciales que gobiernan el contagio. La gente ahora habla del rol del factor R0 (el número promedio de nuevas infecciones causadas por cada persona infectada) y de la necesidad de aplanar la curva de contagio mediante el distanciamiento social y los confinamientos.

Los macroeconomistas en un principio consideraron que la pandemia era un shock de demanda negativo que tendría que ser contrarrestado por políticas monetarias y fiscales expansionistas para respaldar el gasto agregado. Rápidamente, muchos de ellos tomaron conciencia de que esta crisis es diferente. A diferencia de la crisis financiera global de 2008, que condujo a un colapso en la demanda, la pandemia del COVID-19 es, antes que nada, una crisis de oferta. Eso cambia todo.

Si la producción colapsa porque la gente no quiere o no puede gastar, agregar poder de compra puede ayudar. Pero si los teatros de Broadway, las universidades, las escuelas, los estadios deportivos, los hoteles y las aerolíneas están cerrando para frenar la propagación del virus, darle dinero a la gente no reavivará esas industrias: no carecen de demanda. Están cerradas como parte de las políticas de salud pública implementadas para aplanar la curva. Si las empresas no están produciendo porque sus trabajadores están confinados, impulsar la demanda no hará que los productos aparezcan por arte de magia.

Como consecuencia de ello, los macroeconomistas hoy se están centrando en cómo hacer que el distanciamiento social y los confinamientos resulten tolerables y en limitar el daño que generará el shock de oferta. En Estados Unidos y el Reino Unido, los gobiernos están planificando grandes paquetes fiscales para expandir la provisión de atención sanitaria, proteger las nóminas, ofrecer seguro de desempleo adicional, demorar los pagos de impuestos, evitar quiebras innecesarias, apuntalar el sistema financiero y ayudar a las empresas y hogares a capear la tormenta.

Pero una hipótesis muchas veces no explícita de esta estrategia es que los gobiernos podrán movilizar los recursos necesarios, esencialmente endeudándose más, si fuera necesario, con sus propios bancos centrales, al tiempo de que ponen en marcha el alivio cuantitativo (QE). Los economistas se refieren a la capacidad de endeudamiento de los gobiernos como espacio fiscal. En resumidas cuentas, cuanto más plana uno quiere que sea la curva de contagio, más necesario será cerrar el país –y más espacio fiscal hará falta para mitigar la recesión más profunda que resultará de ello.

Eso deja a los países en desarrollo en la estacada. Aún en la mejor de las circunstancias, muchos de ellos tienen un acceso precario a los mercados financieros, y recurrir a imprimir dinero conduce a una corrida monetaria y a un pico inflacionario. Y éstas no son las mejores circunstancias.

La mayoría de los países en desarrollo dependen de los ingresos del exterior a partir de una combinación de exportaciones de materias primas, turismo y remesas: se espera que todos colapsen, dejando a las economías escasas de dólares y a los gobiernos, escasos de ingresos tributarios. Al mismo tiempo, el acceso a los mercados financieros internacionales se ha interrumpido en tanto los inversores se apresuran a refugiarse en los activos emitidos por el gobierno de Estados Unidos y otros países ricos. En otras palabras, justo cuando los países en desarrollo necesitan hacer frente a la pandemia, la mayoría han visto evaporarse su espacio fiscal y enfrentan grandes brechas de financiamiento.

La prescripción habitual para las caídas de los ingresos y los problemas de financiamiento externo es una combinación de austeridad (para poner al gasto en línea con el ingreso), devaluación (para que las divisas resulten más costosas) y asistencia financiera internacional para suavizar el ajuste. Pero esto dejaría a los países sin recursos para combatir el virus y sin medios para proteger a la economía de los efectos nocivos de las medidas de aislamiento. Por otra parte, la prescripción estándar es más ineficiente si todos los países la ponen en práctica a la vez, debido a los efectos negativos de derrame sobre sus vecinos.

En estas condiciones, aún si los países en desarrollo quisieran aplanar la curva, no tendrían la capacidad de hacerlo. Si la gente debe elegir entre un 10% de chance de morir si va a trabajar y se contagia el COVID-19 y morirse de hambre con seguridad si se queda en casa, es muy probable que opte por ir a trabajar.

Darles a los países la capacidad financiera para aplanar la curva requiere un nivel de respaldo financiero que no será factible con las estrategias existentes y con los balances actuales de las organizaciones internacionales. Para ayudar a manejar la pandemia en el Sur Global, por lo tanto, es esencial que el dinero que huye de los países en desarrollo regrese. Para hacerlo, el G7 y el G20 deberían considerar varias medidas.

Primero, la Reserva Federal de Estados Unidos ha anunciado líneas de swap con los bancos centrales de Australia, Brasil, Dinamarca, Corea, México, Noruega, Nueva Zelanda, Singapur y Suecia. Este mecanismo debería extenderse a muchos más países. Si el miedo al default es la razón para no hacerlo, estos fondos podrían ser intermediados por el Fondo Monetario Internacional, que debería rediseñar su Instrumento de Financiamiento Rápido existente para satisfacer las necesidades actuales.

Segundo, en tanto los bancos centrales implementan el alivio cuantitativo, deberían comprar bonos de mercados emergentes, especialmente los menos riesgosos, para liberar más espacio a fin de que las instituciones financieras internacionales se centren en los casos más difíciles.

Tercero, a las economías dolarizadas o euroizadas que no tienen su propia moneda y, por ende, no tienen un prestamista de última instancia, como Panamá, El Salvador y Ecuador, se les deberían ofrecer mecanismos financieros especiales para que sus bancos centrales puedan respaldar sus sistemas bancarios.

Por último, los países desarrollados no deberían –como desafortunadamente acaba de hacer la Unión Europea- impedir o prohibir las exportaciones de kits de pruebas, productos farmacéuticos y dispositivos médicos.

Aplanar la curva del COVID-19 exigirá una acción económica concertada a nivel internacional, especialmente con respecto a los países en desarrollo. Dada la naturaleza global del problema, hacer lo moralmente correcto es también lo más inteligente.

24 de marzo de 2020

Project Syndicate

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A algunos no les va a gustar, pero así llamamos al covid-19 cuando desde la respectiva cuarentena nos comunicamos por teléfono: “El mataviejo”. Algo que nunca diríamos en público por supuesto. Entre mi viejo amigo y yo, prima esa confianza que otorga el paso del tiempo, haber enfrentado situaciones difíciles en el cadavérico Chile del 73 y comprendido desde que salimos en una buseta desde Santiago a Mendoza, que teníamos que mantener la calma y que para no enloquecer debíamos recurrir a nuestro bagaje de humor negro. Que nos sobraba. Y lo seguimos haciendo ahora.

“El mataviejo” decimos para espantar esa nube borrosa de miedo que el coronavirus trae consigo. Para no convertir al miedo en horror. Para no convertir al horror en pánico. Para ridiculizar la amenaza de fin de mundo que la peste posmoderna insinúa. Pero también para desmontar el mito. Ese que nos dice que el coronavirus llegó al mundo para exterminar ancianos. Afirmación que alimenta el periodismo establecido, sugiriendo una utopía negativa, quizás deseada, la de un mundo sin viejos, habitado por gente joven, sana, linda. Pero “el mataviejo” no mata a los viejos.

La verdad sea dicha, covid-19 no mata a nadie. Es solo un acelerador, entre muchos, del proceso natural que lleva a la muerte. Por eso afecta a personas que tienen un bajo sistema defensivo - entre ellos, más viejos que jóvenes - o que arrastran enfermedades crónicas. Eso hace a las personas de edad avanzada (¿existirá una edad atrasada?) más vulnerables. Pero no todos los viejos mueren ni todos los jóvenes se salvan. Dicho en breve, covid-19 no es una enfermedad de y para viejos.

Hay, por cierto, epidemias asociadas a determinadas edades. Que la tos ferina, el sarampión o las paperas, atacan más a niños que a adultos, es cosa sabida. Que el SIDA ataca más a jóvenes y personas de mediana edad es, de por sí, obvio. Que la influenza, el cólera o la malaria atacan a todos por igual, es innegable. También hay - más bien dicho hubo - epidemias adjudicadas a algún estrato social. Por ejemplo, que el tifus fuera predominante entre la población más pobre puede explicarse por el hacinamiento, la ausencia de canalización, las podredumbres, entre otras no tan bellas causas. En los estratos más altos la tuberculosis fue puesta de moda por la onda romántica del siglo XlX. Rostros pálidos a lo Margarita Gautier de Dumas (hijo), jóvenes con ojeras profundas como el Werther de Goethe, seres delgados y sufrientes, con cabellos revueltos por tempestades, en lo alto de montañas como esa donde el enloquecido Nietzsche imaginó a la bella Andrea Lou Salomé besándolo en su boca (algo que Lou Salomé nunca recordó)

Ese romanticismo tísico no escaparía al escritor sueco Niklas Natt och Dag cuyo héroe el inspector Cecil Winge padecía de una tuberculosis tan avanzada que a veces él, por su blancura, parecía un fantasma. En cambio, la epidemia más popular, el “mal francés”, la sífilis, era mantenida en secreto pues, además de ser contaminante, daba a entender que sus portadores llevaban una vida licenciosa. En términos sociológicos, afectaba a personas de bajos o medianos ingresos. Y al parecer, tenía cierta preferencia – no se por qué - por los genitales de la intelectualidad. Grandes músicos como Ludwig van Beethoven y Franz Schubert, filósofos como Friedrich Nietzche, escritores como Oscar Wilde, e incluso líderes políticos como Vladimir Illich Lenin, murieron gracias a la sífilis. Entre la alta nobleza en cambio la sífilis era poco probable pues antes de bailar minuetes con sus damos, las cortesanas debían pasar por una estricta revisión médica. En fin, todo estaba en orden. A cada uno la epidemia que le correspondía y, en cierto modo, merecía.

No ocurre lo mismo con las pandemias del siglo XX y XXl, entre ellas, la que parece ser más fatal, la del covid-19. El maldito coronario ataca a todos por igual: chinos, negros, blancos, bi y tri-sexuales, sin importar la edad, sin reconocer límites, global, planetario. Un virus igualitario y democrático: no reconoce diferencia de clases, ni de religión, ni de ideologías. Todos, ante su maligna potestad, somos iguales.

“El mataviejo”. ¿De dónde salió esa locura? Como muchas cosas de la vida, nació de una asociación, en muchos casos, involuntaria: la de los viejos y la muerte. Pues se supone que la etapa que sigue a la vejez, es la muerte. Los viejos son vistos entonces como los vecinos de la muerte. O sus parientes más cercanos. Lo que no siempre es cierto. Por una parte, todos los seres, tarde o temprano, mueren.

“Todos los hombres son mortales” según la novela de Simone de Beauvoir quien, cuando llegó la hora de escribir sobre la vejez, o sea, cuando todos esperábamos que su libro “La Vejez” tuviera para los viejos un efecto tan liberador como “El segundo sexo” para las mujeres, nos desilusionó con 600 páginas en donde no hizo más que confirmar prejuicios en contra de la vejez y la muerte. Un libro que es la confesión abierta de su desgarro, de sus dolores personales y, no por último, de su intenso e inocultable miedo a morir. Un libro reaccionario que no debió haber sido escrito jamás. La misma autora que una vez dijo “la mujer no existe, es una invención de los hombres” no se atrevió a decir “la vejez no existe, es una invención de los jóvenes” (o de los que creen serlo). Como si solo los viejos llevaran consigo el estigma de la muerte. Como si desde su nacimiento el humano no fuera más que una isla rodeada de muerte por todos lados. Comprobación que hice de modo fortuito.

Paseando por el cementerio (no es mi paseo preferido pero por razones personales debo hacerlo) y mirando por distracción las lápidas, pude constatar por fechas de nacimiento y defunción, una gran cantidad de muertos jóvenes, algunos muy jóvenes. No pocos murieron por enfermedades, seguro. Pero recordé las estadísticas: “la mayoría de las causas de muerte obedecen a accidentes del tráfico. Y quienes con más riesgo y velocidad conducen, son jóvenes”. Víctimas de una guerra sin enemigos que tiene lugar en todas las calles, día a día. Pero con tantos muertos como en las antiguas guerras.

La literatura europea del siglo pasado nos cuenta de pueblos habitados solo por viejos y mujeres. Los jóvenes, durante las guerras, eran enviados a la muerte. Y si regresaban lo hacían muertos en vida, sin piernas o sin brazos, pero sobre todo, con sus alegrías perdidas en cruentos campos de batalla. Sí, efectivamente: todos los hombres son mortales, pero muchos mueren más temprano que tarde. Los viejos morimos tarde. Pero siempre seguiremos asociados con la idea de la muerte. Es nuestro estigma.

Los viejos, es lo que quiero decir, son temidos porque revelan la evidencia de la muerte. Y como el temor es hermano del odio, no es raro que muchos jóvenes terminen odiando (temiendo), aún sin darse cuenta, a los viejos. Ahí yace la raíz profunda de la gerontofobia, pandemia global más difícil de desactivar que el racismo, la misoginia y otras patologías colectivas que caracterizan a la condición humana. Y como son patologías arraigadas, salen hacia la superficie cuando las condiciones están dadas. Igual a los virus.

Los dos regímenes totalitarios de la modernidad, el estalinismo y el nazismo, fueron gerontofobos. Solapado el primero en su culto al robusto héroe proletario de la literatura del “realismo socialista”. Más abierto el segundo, lo vinculó incluso con la xenofobia antisemita. Todas las caricaturas de la prensa nazi nos muestran a judíos encorvados, con narices ganchudas, con largas uñas, pero sobre todo viejos, muy viejos. Una raza que moría, en contraste con otra raza, la germana, que con vitalidad atlética se apoderaría de la historia universal. Los viejos en fin, simbolizaban para el nazismo, la decadencia de occidente. Los jóvenes, su futuro luminoso.

Los regímenes totalitarios, sin embargo, no inventaron la gerontofobia. Solo la estimularon. Como hoy ocurre de nuevo gracias al covid-19, presentado en los medios, no sin cierta maldad, como una enfermedad de los viejos. Ha llegado la hora, por lo tanto, en que los viejos debemos pasar a la ofensiva para defendernos del mismo modo como las feministas iniciaron su revolución cultural en contra de los machos y del machismo.

Para comenzar: ¿Quiénes somos los viejos? La respuesta aparentemente tan fácil no es simple. De hecho, hay dos tipos de ancianidad: la biológica y la sociocultural. La primera ha variado a través de la historia. En el siglo XVl, viejos eran los que llegaban, con suerte, a los cuarenta. Después fue a los sesenta, hoy a los setenta, variando de país a país. Se supone que después de esa edad perdemos algunas facultades físicas y eso es innegable. Quien escribe estas líneas no va arriesgar con setenta y siete años jugar un partido de fútbol (aunque me gustaría). Pero, por otro lado, y es lo que más me importa, sigo escribiendo tan bien o tan mal como antes.

Muchos de esos llamados viejos han comenzado a levantar voces en contra de la discriminación de la que diariamente son objetos. Porque es muy distinto que alguien te ceda el asiento en el bus, lo que se agradece, a que un pobre infeliz que no te llega ni a los talones, desautorice tu opinión “insultándote” con el epíteto de viejo. A esos desalmados hay que enfrentarlos, estén donde estén y darles duro en el único idioma que conocen, el de su propia ruindad. Más difícil es, sin embargo, enfrentar a otro tipo de discriminación, sutil y más peligrosa. Me refiero a los que ubican a los seres viejos en un determinado rol sociocultural.

Los griegos antiguos por ejemplo, fundaron el llamado “concejo de ancianos” a los que teóricamente los dirigentes de la polis debían recurrir antes de tomar decisiones. Sin embargo, puedo asegurarlo, en ninguna de las grandes decisiones atenienses, los viejos fueron consultados. Los tenían ahí, enclaustrados, como representación simbólica del pasado. Tal vez desde ese tiempo surgió el mito de que los viejos somos portadores de experiencias, de sabiduría y de buen juicio. Radical mentira. Los viejos nos equivocamos tanto como los jóvenes. Hay viejos inteligentes y viejos brutos. Hay viejos buenos y viejos hijos de puta. No es cierto que tenemos más experiencia porque cada experiencia es nueva o sino no sería experiencia. En fin, no somos diferentes a los más jóvenes. Solo somos diferentes entre sí.

Si Rimbaud escribió sus más bellos versos antes de cumplir veinte años o Vargas Llosa una de sus mejores novelas después de los ochenta, son hechos que no tienen nada que ver con la edad sino con las particularidades de esas personas. Por eso mismo, no exigimos más respeto que el que se debe a toda persona por el hecho de estar viva, no por haber vivido más o menos. Y si merecemos alguna consideración, será por lo que hemos hecho o no hecho, por nuestros errores y nuestros aciertos, en fin, por lo que somos. No queremos ser reducidos a “abuelitos buenos” ni que nadie nos cuide si no estamos enfermos de gravedad.

Hay países donde - voy a decirlo en chileno clásico - ahuevonan a los viejos. Y todavía peor: hay viejos que se dejan ahuevonar, asumiendo con alevosía el papel de viejos huevones. A esos también hay que denunciarlos. Contra toda discriminación hay que protestar, tanto en contra de la mala como en contra de la buena. Y esta última puede ser peor que la mala. La vejez no es un infierno ni una edad dorada, como dicen los siúticos. Es un tiempo como cada tiempo. Nada más.

¿Y la muerte? Da igual: de este mundo nadie sale vivo.

26 de marzo 2020

Polis

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