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Opinión

Edgar Benarroch

El partido Social Cristiano de Venezuela COPEI arriba a sus 74 años de vida en el país. En estos casi tres cuartos de siglo ha hecho historia, ha entregado su voluntad íntegramente al servicio público, ha luchado incesantemente por alcanzar el Bien Común y la Justicia Social, ha actuado con la convicción excelsa de practicar la caridad. Cuando ha sido gobierno se ha entregado a la búsqueda del mayor bienestar posible de la población y de manera privilegiada por el de los más necesitados y débiles . Cuando ha sido oposición la ha asumido siempre en función del más alto interés nacional.

Hemos actuado bien y también cometido errores, creo que la balanza se inclina a lo bueno y así la historia lo reconoce. Hoy cuando iniciamos el camino a los 75 años, Dios quiera que en él encontremos la UNIÓN fraterna como debe ser. Es de dominio público y no incurro en imprudencia y deslealtad cuando señalo que el error de hoy es la desunión. Dios quiera ella quede en el pasado como mal recuerdo que no debemos repetir y solamente revisarlo para no volver a caer en él nunca jamás. Lo que nos separa son diferencias subalternas ante el interés general del partido, ellas son perfectamente superables, solo es necesario proponérnoslo con fe cristiana, dejarlas atrás y ver hacia el porvenir para avizorar las generaciones futuras a quienes debemos entregarle en lo más alto y limpia la Bandera verde de la esperanza . Abracémonos con la mayor solidaridad posible que hoy como nunca la nación nos requiere y no podemos ni debemos negarnos.

La militancia y nuestros amigos observan angustiados y preocupados las diferencias de sus dirigentes. En la militancia y simpatizantes no hay discrepancia, solo el inmenso deseo por la confraternidad que nos coloque nuevamente en el protagonismo político, social, económico y cultural del país. Jesus en su prédica por el amor,la paz y la convivencia nos dejó un nuevo mensaje : "Amaos los unos a los otros...", practiquemos y hagamos bueno su mensaje La Patria nos necesita como nunca y nos necesita UNIDOS.

Llegamos a este aniversario con nuestro país cargado de inmensa angustia y preocupación consecuencias de la más desastrosa administración pública que recordemos y estamos en el urgente e inaplazable deber de estar a la altura que este tiempo nos demanda, que es el de lograr un cambio radical que rescate la libertad, la democracia y la justicia, que nos coloque en francas vías de progreso con especial atención de aquellos más necesitados y urgídos, donde se entienda que la política es la incesante lucha por el Bien Común, donde la solidaridad y subsidiaridad sea práctica común de todos y tengamos la convicción que la acción política es de servicio privilegiando el interés general siempre apreciando en sumo grado el de los pobres.

El compromiso que tenemos con el país es inmenso pero en este tiempo se redobla ante la gravedad que confrontamos, salir bien de él supone un partido fuerte, organizado, formado y en condiciones plenas para afrontar este reto con éxito. Ello es posible y es de urgencia la UNIDAD SOLIDARIA de COPEI para con propiedad solicitarle a los sectores de oposición UNIDAD que es el camino para recobrar la esperanza cierta en un porvenir cuanto antes distinto y mejor.

Nacimos con la consigna de "POR LA JUSTICIA SOCIAL EN UNA VENEZUELA MEJOR". Ella sigue siendo nuestra bandera y origen de nuestros desvelos y dedicación, por ella dediquemos estos días, en honor a este aniversario, a la restitución de la unidad de nuestra dirigencia que nos traerá alegría espiritual y distanciará nuestras angustias.

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Sin entrar en el terreno de las grandes definiciones, deberíamos al menos ponernos de acuerdo en un punto; y es el siguiente: El concepto de sociedad no alude a un objeto del deseo de la sociología, ni tampoco es un sinónimo de nación, ni mucho menos se refiere al conjunto de la población de un país. El concepto de sociedad tiene que ver con la existencia de asociaciones.

1.

Donde no hay asociaciones no puede haber sociedad. Y si consideramos que la mayoría de las asociaciones son económicas, culturales y políticas, podemos deducir que la sociedad no puede solo ser objeto de estudio de la sociología. Por ejemplo, cuando nos referimos a las asociaciones políticas aludimos a la organización política de una nación. De ahí la importancia de precisar a cual franja de la sociedad nos estamos refiriendo, a menos que optemos por convertir a la palabra sociedad “en una dama para todo servicio”.

La sociedad es el espacio en donde las asociaciones establecen relaciones entre sí, las que pueden ser incluso, antagónicas. Es el caso de las llamadas luchas de clases. Las luchas de clases suponen una relación entre clases. Una relación negativa si se quiere, pero relación al fin.

No puede haber lucha de clases sin clases y no puede haber clases sin organizaciones de clase. Las clases existen a través de sus organizaciones (representaciones). No existiendo organizaciones de clases, no hay clases.

Ahora, si la población de un país no está organizada en clases, la población vive en estado de masa no orgánica. Luego, la masa es la población en estado social no orgánico (pre-, anti- o a-social) Las clases, en cambio, reitero, son sus propias organizaciones. No hay clase en sí ni clase para sí, como imaginaba el Marx hegeliano (“Miseria de la Filosofía”). Una clase es para sí o no es clase.

Por más aguda que sea en un momento la lucha de clases, las clases, al estar representadas por organizaciones configuran la estructura de una sociedad. Luego, cuando no hay organizaciones de clase, no solo no hay clases, tampoco hay, en sentido estricto, sociedad. Y bien, allí donde no hay sociedad están dadas las condiciones para que el Estado ocupe todos los espacios de la vida social y política. Es por eso que la masificación de “lo social” es la condición primaria de los llamados estados totalitarios (tesis de Hannah Arendt).

En una nación cuya población no está organizada en clases, la relación que establece el Estado con la población es la de Estado-masas. De ahí que Hannah Arendt al analizar al fenómeno totalitario (“The Origins of Totalitarianism”) destacó que este siempre es precedido por una alianza entre determinadas elites y la “chusma” (Mob). Así Arendt amplió conceptualmente la relación entre los movimientos sociales inorgánicos y el establecimiento de una dictadura, hecho ya destacado por Karl Marx cuando analizó el rol del “proletariado andrajoso” (Lumpenproletariat) durante la revolución frustrada de París, en 1848.

No sería quizás errado afirmar que una dictadura, totalitaria o no, suele ser precedida por movimientos de masas a los cuales hoy día denominamos populistas, aunque también debemos agregar que no todo populismo termina en una dictadura. El populismo es una forma de integración política de masas alrededor de un caudillo mesiánico (no existe movimiento populista sin caudillo populista). Por lo mismo, todo régimen populista porta consigo una ambivalencia. Por una parte integra las masas al Estado, pero por otra, destruye o bloquea a las organizaciones horizontales que conforman una sociedad.

Bajo un Estado populista, la sociedad organizada en clases tiende a desaparecer. Pero el derrumbe de la sociedad clasista no lleva a la igualdad sino a la desintegración social. Cuando la desintegración no conduce a un nuevo tipo de integración para-estatal (estalinista o fascista) y se mantiene en el tiempo, podemos utilizar el concepto acuñado por Durkheim: anomia, equivalente a una sociedad en proceso de desintegración. La llamada sociedad de masas es, por lo tanto, una forma de anti-sociedad.

Es importante destacar que la relación entre sociedad de clases y anti-sociedad de masas no sigue un curso histórico progresivo. Una sociedad de clases puede ser precedida por una anti-sociedad de masas. Pero a la inversa, una sociedad de clases puede ser destruida y llevada a convertirse en una anti-sociedad de masas.

Cabe destacar que los totalitarismos del siglo XX, sobre todo el nazi y el soviético, se erigieron sobre la base pero también sobre la negación de una sociedad clasista. La diferencia es que el nazi surgió desde un comienzo como un movimiento no clasista. En cambio, el soviético surgió como un movimiento clasista (alianza de obreros y campesinos). El punto común –sobre eso insistió Hannah Arendt- fue que ambos totalitarismos destruyeron a las organizaciones independientes de campesinos, empresarios y obreros, verticalizando al orden social e integrándolo al Estado. El totalitarismo –este es el punto clave- aparece cuando la anti-sociedad de masas es ocupada por el Estado. Esa es la razón por la cual no toda dictadura es totalitaria.

Hay pues una relación indirecta entre un orden político y un orden social. Algunos ordenes políticos favorecen el desarrollo de una sociedad estructurada en clases; otros lo inhiben. El curso de las revoluciones madres de la modernidad, la norteamericana y la francesa, así lo demuestra. Mientras la de los EE UU surgió como una revolución republicana no democrática, vale decir, con exclusión del pueblo (masas), la francesa surgió de una revolución de masas (en cierto modo fue la primera revolución populista de la historia). El camino que ambas recorrieron fue, por lo mismo, inverso.

La revolución norteamericana continuó ampliándose en la medida en que incorporaba a la masa no organizada (sobre todo a los esclavos) bajo el formato de clases (trabajadores asalariados). La francesa, en cambio, construyó una nación de clases aplastando a las masas que habían dado origen a la propia revolución. Ahí reside la notable diferencia que observó Alexis de Tocqueville (“La Democracia en América”) entre el autoritarismo republicano de los franceses y la orientación republicana– democrática de los norteamericanos. Ambas revoluciones fueron republicanas (anti-monárquicas). Pero mientras la república de los norteamericanos excluía a la masa, la francesa la incorporó desde un comienzo para excluirla después (periodo napoleónico). Ambas llegaron a ser, por distintas vías, repúblicas democráticas.

Importante será destacar entonces la diferencia entre república y democracia, pues si bien toda democracia surge de una república, no toda república posee de por sí un carácter democrático. Baste solo observar como en la ONU las repúblicas no democráticas constituyen una gran mayoría.

El concepto de república tiene una connotación más jurídica que social. Señala en primera línea la constitución de un orden civil regido por un Estado sustentado en el derecho público. La democracia en cambio es un fenómeno social: señala la incorporación del pueblo, ya sea en la forma de masa, ya sea en la forma de clases, al orden republicano. Hay, por lo mismo, repúblicas democráticas y otras que no lo son.

La incorporación del pueblo a la cosa pública fue considerada por la filosofía política clásica –desde Aristóteles hasta Kant- como una alternativa muy indeseable. Por cierto, para esa filosofía el pueblo no eran las clases populares sino la plebe, es decir, las masas. Recién la filosofía política de los filósofos contractualistas (Hobbes, Locke y Rousseu) incorporó a la noción de pueblo como un determinante político, abstracto sí, pero político.

Al comenzar el siglo XXl ya es posible constatar que pese a la oposición de los grandes filósofos de la política, “la rebelión de las masas” ha tenido lugar en casi todo el mundo occidental y en diferentes países esas masas han terminado por ser transformadas en clases al interior de diversos ordenes republicanos. Esa es la razón por la cual la teoría de la lucha de clases del marxismo clásico solo podía tener lugar bajo un orden republicano post-clasista. El proletariado del marxismo es antes que nada una clase situada por sobre y no al lado de la masa no orgánica, sea esta llamada plebe, lumpen o chusma.

Al llegar a este punto recuerdo un día de mi juventud cuando leyendo los discursos de Luis Emilio Recabarren, fundador del PC chileno, me encontré con esta frase: “Nosotros, los trabajadores, los mejores representantes de la clase media chilena”. Recabarren tenía razón.

En muchos países “el proletariado” no está situado en el último peldaño de la escala social. Al contrario de lo que pensaba Marx, se trata de una clase que sí tendría mucho que perder –y de hecho ha perdido mucho- con una revolución de masas, entre otras cosas, sus propias organizaciones de clase. De este modo los marxistas que han sustituido el concepto de clase por el de pueblo (Fidel Castro) o por el de plebe (García Linera) o por el de “multitud” (Hardt y Negri) o por el de “casta” (Pablo Iglesias) no son, en sentido riguroso, marxistas. Mas bien son populistas vestidos con ropaje marxista. El de ellos es solo un “marxismo-andrajoso”.

2.

Las clases social y políticamente organizadas han llegado a ser en la mayoría de los países europeos los ejes en torno a los cuales gira la llamada sociedad. Los trabajadores industriales –el proletariado de Marx- han pasado a ser en Europa miembros, si no privilegiados, por lo menos insustituibles del orden político. La obtención de ese rango no ha sido por cierto un regalo del cielo. Ha sido más bien el resultado de una larga trayectoria signada por luchas de clases, a veces muy violentas.

La economía social de mercado y el “estado social” no son modelos sociológicos. Son conquistas sociales alcanzadas por los trabajadores políticamente organizados de Europa. Sin embargo, el orden clasista democrático no es irreversible. La desintegración de la sociedad de clases y su sustitución por una anti-sociedad de masas es y ha sido una posibilidad latente. Quizás la prueba más notoria de esa posibilidad fue la caída de Alemania en la anti-sociedad de masas construida por los nazis.

Antes de la llegada del nazismo la sociedad alemana era considerada un modelo de integración social. Las corporaciones y gremios estaban muy bien estructurados. El poder de los sindicatos obreros era muy grande. Los socialdemócratas y los comunistas eran partidos de clase muy organizados y las competencias del Estado en materias económicas y sociales funcionaban de modo óptimo hasta el punto de que los servicios de seguro social eran considerados los mejores del continente. Incluso el correo alemán era visto por Lenin como un modelo de socialismo.

¿Cómo y por qué una nación socialmente organizada pudo convertirse de la noche a la mañana en una nación de masas? La respuesta no solo la vamos a encontrar en el terreno puramente económico –por muy aguda que haya sido la crisis de 1929-. Esa respuesta hay que buscarla más bien en el espacio político.

Si bien es cierto que una crisis económica puede provocar una crisis política, no es menos cierto que una crisis política puede llevar a una crisis social. En cierto modo la existencia de un orden social es dependiente del orden político pues es este el que da formato al orden social. Esa es la razón por la cual los historiadores que se han ocupado de analizar el ascenso del nazismo coinciden en un punto: ese ascenso fue posible gracias a la profunda crisis política que hundió a la República de Weimar nacida en 1922. Esa fue, a la vez, la crisis del orden republicano. O dicho de otro modo: la crisis que precedió a la llegada del nazismo no solo fue una crisis política sino una crisis de la política.

La crisis del orden republicano llevó en Alemania al desmoronamiento de la sociedad de clases, a la desconexión de las asociaciones sociales entre sí y con el Estado, a la desintegración de la cultura política e incluso a la corrupción espiritual de los más grandes pensadores de Europa. Gracias a esa crisis, el nazismo pudo emerger con un discurso dirigido no en contra de un determinado partido sino en contra de toda la clase política. Destruida esa clase política, los espacios políticos quedaron desocupados para que sobre la ruina de la sociedad de clases los nazis edificaran una anti-sociedad de masas.

Volvamos ahora al siglo XXl: El hecho objetivo es que, como ocurrió durante la era fascista, en la mayoría de los países europeos se observan hoy signos, no de crisis política sino de crisis de la política. Porque al igual que los fascismos de ayer, los populismos del siglo XXl apuntan en contra del conjunto de la clase política. Dicho en la demagógica expresión de el líder de Podemos, Pablo Iglesias, ellos están en contra de “la casta”.

Eso es lo realmente preocupante: Los nuevos populismos europeos son también, como el populismo fascista de ayer, portadores de una abierta agresividad en contra del conjunto del orden político. Son, en el sentido exacto del término, revolucionarios. No están en contra de un partido o de una clase: están en contra de todo el sistema político. No nos equivocaríamos entonces si afirmamos que estamos viviendo una nueva arremetida de los representantes de la anti-sociedad de masas dirigida en contra de los soportes políticos de la sociedad de clases.

3.

Los nuevos populismos han aparecido en el periodo de transición que se extiende entre la “sociedad post-industrial” (Touraine) y la todavía no bien constituida “sociedad digital”. Esta última, como es sabido, es extremadamente ahorrativa de fuerza de trabajo y no todos los contingentes que expulsa la producción industrial han pasado a formar parte del nuevo “proletariado digital”. El paro, en su forma oculta, es muy superior al que muestran las estadísticas. Si a ello agregamos el crecimiento del trabajo informal, las ocupaciones precarias y sobre todo, ese ejército proletario de reserva formado por trabajadores extranjeros (en su gran mayoría provenientes de países islámicos) puede entenderse perfectamente por qué, tal como ocurrió en los años treinta, la inseguridad y el miedo sean las tónicas de la cultura política europea de nuestro tiempo. Y bien, gracias a ese miedo social flotante, crecen los nuevos populismos. Ha sonado la hora de los demagogos, de los predicadores del odio, de los profetas sociales redentores y de los partidos mesiánicos.

Lo más probable es que los nuevos populismos han llegado para quedarse. El punto de no retorno aparece cuando los populistas no ocupan solo espacios vacíos de la política, sino cuando reciben el apoyo de sectores hasta hace poco clientes tradicionales de los partidos de la sociedad de clases. Es sabido, por ejemplo, que una parte importante del electorado que ayer votaba por los comunistas, vota hoy por el Frente Nacional en Francia. En Grecia, Syriza creció sobre la ruina del PASOK. Podemos recibe emigrantes de la Izquierda Unida y del PSOE. Incluso en Alemania una encuesta reveló que en la clientela socialdemócrata existía más simpatía hacia los xenófobos de AFD que entre los conservadores socialcristianos.

Que en España el populismo social de Podemos y el populismo nacional de VOX ocupen espacios políticos que ya no pueden ocupar partidos tradicionales (conservadores y socialdemócratas), podría ser considerado como una posibilidad de renovación del espectro político, argumentan algunos especialistas. Al fin y al cabo ningún conjunto de partidos tradicionales puede reclamar para sí el monopolio de toda la política. Puede incluso que ocurra lo mismo que con los movimientos estudiantiles sesentistas cuando algunos de sus militantes pasaron a integrarse cómodamente en partidos políticos post-modernos e incluso en otros más tradicionales. Puede ser, nada está excluido. Pero eso no impide observar con preocupación los rasgos comunes que unen a los nuevos populismos, sean estos “de izquierda” o “de derecha”: Todos son anti-europeistas, todos miran con simpatía hacia la Rusia de Putin, todos despotrican en contra del conjunto de la clase política, todos en fin, son portadores de la promesa de una anti-sociedad de masas.

La Europa del siglo XXl deberá mostrar si las reservas democráticas acumuladas desde los comienzos de la post-guerra conforman un dique suficientemente sólido para contrarrestar los embates de la nueva ola populista. Más no se puede decir por el momento. Estamos situados en el justo medio de una antigua disyuntiva. Y esa se extiende entre la sociedad de clases y la anti-sociedad de masas.

El presente artículo ha sido construido sobre la base de otro pubicado en 2016 bajo el título La Disyuntiva

Enero 12, 2020

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2015/01/fernando-mires-la-disyuntiva-de...

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Angus Deaton

PRINCETON – Mucha gente parece estar perdiendo la fe en el capitalismo y, con ella, su fe en los economistas, a quienes perciben como sus apologistas. El nuevo libro, The Economists’ Hour (La hora de los economistas), del periodista del New York Times, Binyamin Appelbaum, plantea muchas preguntas incómodas. ¿Se equivocó de camino la ciencia económica? Quienes no estamos de acuerdo con la variante neoclásica de la escuela de Chicago, ¿hemos, sin embargo, dejado que nos llevaran demasiado lejos en esa dirección? ¿Sería el mundo un lugar mejor si los economistas de Cambridge hubieran tenido más influencia y los de Chicago, menos? Y, por Cambridge, por supuesto me refiero a Cambridge, Inglaterra.

Cuando me convertí en economista en Cambridge hace 50 años, los economistas y los filósofos hablaban entre sí, y la economía del bienestar se enseñaba y consideraba seriamente. Se debatía mucho sobre el famoso trabajo publicado por John Rawls en 1971, Teoría de la justicia, y Amartya Sen, Anthony Atkinson y James Mirrlees, quienes estaban en Cambridge en ese momento, reflexionaban sobre la justicia y su relación con la desigualdad de ingresos.

Sen, inspirado por el libro Elección social y valores individuales, de Kenneth Arrow, que leyó mientras era estudiante universitario en Calcuta, escribió sobre la teoría de la elección social, la pobreza relativa y absoluta, y el utilitarismo y sus alternativas. Mirrlees halló la respuesta a una versión del problema de reconciliar la preferencia por la equidad con la restricción de respetar los incentivos, y Atkinson encontró una manera de integrar las miradas sobre la desigualdad con sus mediciones.

Mientras tanto, en Estados Unidos, la Escuela de Chicago seguía una línea diferente. Nadie debiera poner en tela de juicio las contribuciones intelectuales de Milton Friedman, George Stigler, James Buchanan y Robert Lucas a la economía y la política económica, así como las de Ronald Coase y Richard Posner al derecho y la economía. Sin embargo, resulta difícil imaginar un conjunto de trabajos más opuesto al pensamiento amplio sobre la desigualdad y la justicia. De hecho, en las versiones más extremas, el dinero se convierte en la medida del bienestar y la justicia no es más que eficiencia. Cuando llegué a EE. UU. en 1983 y me acusaron de ser «poco profesional» por reflexionar sobre la desigualdad, pensé en mi propia reacción años antes, al leer el argumento que propuso Stigler en 1959: «el estudio profesional de la economía te lleva a tomar una postura conservadora en términos políticos». Pensé que era un error de imprenta, nunca había conocido a un economista conservador.

La influencia de la economía de Chicago y los propios argumentos de Friedman siguen siendo extraordinariamente amplios. Friedman descartó gran parte de la desigualdad considerándola como algo natural, que refleja las elecciones de personas con gustos heterogéneos. Creía en la igualdad de oportunidades, pero se opuso con estridencia a los mpuestos estatales, considerándolos «impuestos malos» que «gravan la virtud» y «fomentan el derroche». Más de 700 economistas apoyaron recientemente esas afirmaciones y hoy escuchamos los mismos argumentos contra un impuesto a la riqueza. Para Friedman, quien también estaba a favor de la competencia impositiva entre países, las medidas para limitar la desigualdad en los resultados no solo ahogarían la libertad, sino que ampliarían la desigualdad. El libre mercado genera tanto libertad como igualdad.

Ese no parece haber sido el caso.

Por el contrario, tenemos un mundo en el que la familia Sackler se pagó a sí misma más de 12 mil millones de dólares por desatar y promover una epidemia de opioides por la que murieron cientos de miles de estadounidenses. Johnson & Johnson, el fabricante de tiritas protectoras y talco para bebés, cultivó amapolas reales en Tasmania para alimentar la epidemia, mientras el ejército estadounidense atacaba el suministro de opio talibán en la provincia de Helmand en Afganistán. En 1839, los británicos enviaron cañoneras para garantizar la seguridad de los contrabandistas británicos (e indios) de opio en China. Tenemos empresas de capital de riesgo que compran servicios de ambulancias y emplean a sus propios médicos en las salas de emergencia de los hospitales para que puedan cobrar tarifas «sorpresa», incluso a los pacientes cuyos seguros cubren esos hospitales específicos.

Esto es exactamente lo que esperaríamos de los mercados no regulados: el establecimiento de un monopolio local y la fijación de un precio elevado frente a la demanda inelástica por parte de consumidores inconscientes (algunas veces, literalmente). Al menos en retrospectiva, no sorprende que el libre mercado, o al menos los mercados libres donde el gobierno permite la captación de rentas por parte de los ricos, no dan como resultado la igualdad, sino una élite extractiva. Después de todo, no es esta la primera vez en que la retórica utópica en favor de la libertad genera una distopía social injusta.

El mejor ejemplo de Appelbaum es el logro que más enorgullecía a Friedman: la introducción de un ejército formado totalmente por voluntarios, una idea que, sospecho, aún cuenta con el beneplácito de la mayoría de los economistas. Pero, ¿es realmente una buena idea reclutar a nuestros militares entre quienes tienen menos educación y oportunidades? En 2014, solo el 7 % de los soldados rasos tenía un título de licenciatura, frente al 84 % de los oficiales.

Junto con Anne Case, de la Universidad de Princeton, hemos estado explorando las crecientes desigualdades entre quienes tienen menos y más educación en EE. UU. Hemos descubierto una creciente divergencia en los salarios, la participación en la fuerza laboral, el matrimonio, el aislamiento social, el dolor, el alcoholismo, las muertes por drogas y los suicidios. Y ahora se les pide a quienes poseen menos educación que arriesguen sus vidas por una élite educada, que elige dónde, cuándo y contra quien pelear.

Hemos perdido la conexión social que se creaba cuando gente muy diversa prestaba conjuntamente sus servicios. Vean, por ejemplo, la forma en que el economista y premio nobel Robert Solow describe su experiencia en el ejército como uno de los mejores y más importantes períodos de su vida. Si el presidente estadounidense Donald Trump rechazara los resultados de las elecciones de 2020 o se negara a dejar la Casa Blanca después de ser procesado y hallado culpable, podríamos llegar a lamentar las divisiones sociales que llevaron a que los militares fueran elegidos entre los lugares y quienes más fervientemente lo apoyan.

La escuela económica de Chicago nos dio a todos un saludable respeto por los mercados, pero también una escasa consideración por aquellas cosas que los mercados no pueden hacer, hacen mal, o no debiéramos pedirles en absoluto. Los filósofos nunca aceptaron que el dinero es la única medida del bien y los economistas no pasan suficiente tiempo leyendo sus escritos y escuchándolos.

Pero tal vez haya cambios en el horizonte. El economista y premio nobel Peter Diamond colaboró durante mucho tiempo con Mirrlees y su trabajo con Emmanuel Saez está incidiendo sobre los planes de la senadora estadounidense Elizabeth Warren, una de los principales candidatos a desafiar a Trump en 2020, para volver a implementar elevadas tasas marginales para los ricos en los impuestos. Independientemente del resultado de la elección de 2020, prestar más atención a la economía de Cambridge puede ayudar a recuperar la fe, no solo en el capitalismo, sino también en la propia ciencia económica.

3 de enero de 2020

Traducción al español por www.Ant-Translation.com

Angus Deaton, the 2015 Nobel laureate in economics, is Professor of Economics and International Affairs Emeritus at Princeton University’s Woodrow Wilson School of Public and International Affairs. He is the author of The Great Escape: Health, Wealth, and the Origins of Inequality.

https://www.project-syndicate.org/onpoint/chicago-school-economics-no-an...

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Luis Ugalde

“El amor y la verdad se dan cita,

la justicia y la paz se besan”

(Salmo 85,11).

La realidad venezolana es terrible, mientras que la utopía no existe pero es. En medio de una realidad tan negativa soñamos con la utopía donde nuestra sociedad se hermana, millones de desterrados regresan cantando, las empresas se reactivan y el trabajo florece. La democracia reverdece con elecciones presidenciales libres y con registro limpio, con nuevo árbitro justo y con observación internacional que garantiza el respeto a la voluntad de millones de votantes dentro y fuera del país. Me dirán que eso es una utopía, una ilusión fuera de todo realismo.

El régimen ante su estrepitoso fracaso nos quiere convencer, con la mentira convertida en verdad oficial, de que no hay más realidad que esta. Pero el malestar y la oscuridad son tan profundos que la gente en su interior se aferra a la esperanza del amanecer como el preso al sueño de su futura libertad.

La utopía y la realidad son opuestas y se contradicen. La plenitud de una rechaza la miseria de la otra, que a su vez ridiculiza a la utopía como ilusa haciéndonos ver que esta moribunda realidad es lo único que tenemos y es preferible a la hermosa utopía inexistente e imposible. Es el argumento de los dictadores: con todas las limitaciones de esta realidad, es mejor que ustedes habitantes, empresarios, vecinos, trabajadores la acepten y pacten conmigo, que soñar en pajaritos preñados. Millones sucumben a este realismo resignado. Plegarse para sobrevivir. Un gran peligro para este 2020, es esta resignación, pues presenta la renuncia a la verdad, a la libertad, a la dignidad, a la democracia y a la vida, como el “sensato” realismo para salvar lo posible. Este realismo niega, ridiculiza y persigue a la utopía y acusa como inadaptados a sus defensores.

Por el contrario la utopía con sus ideales y aspiraciones de plenitud humana, critica ferozmente a la miserable realidad e ilumina con severa clarividencia lo inhumano de esta. La gran mayoría en su interior aspira a la utopía que afirma su realización, pero al mismo tiempo cae en el pesimismo, pues considera imposible tanta hermosura.

Este debe ser el año en que la utopía y la realidad se den el beso más fecundo, pues de él nacerá la nueva e irrenunciable Venezuela. La utopía sin realidad es pura ilusión y la realidad sin utopía es la perpetuación de la miseria social, pero su abrazo produce el cambio indetenible.

Los grandes logros humanos se tejen con dos hilos, utopía y realidad, y los verdaderos líderes triunfan cuando tejen la historia con los dos hilos: con los pies bien plantados en el barro de la realidad y con la mirada bien alta puesta en la utopía. Líderes que con su ejemplo contagian a millones de seguidores y les enseñan a tejer demostrando cómo la realidad se va utopizando y la utopía realizando… La plenitud soñada no existe en este mundo, pero gracias a ella caminamos y nos humanizamos con logros increíbles: los esclavos tras miles de años de sometimiento y objeto de compra-venta, conquistaron la libertad, a pesar de sabios filósofos justificando como “natural” su privación de libertad y de dignidad.

Las utopías (Revolución francesa, Revolución rusa, Independencia de América…) no realizan la plenitud de su promesa, pero sin ellas en el horizonte y el corazón, los pueblos no se movilizan para eliminar el viejo régimen inhumano y dar pasos gigantescos hacia una sociedad con mayor justicia y libertad.

El beso de la utopía y de la realidad significa que no se sustituyen ni excluyen sino que, del rechazo mutuo, pasan a quererse y complementarse en relación dialéctica y transforman la realidad hacia un estadio superior. Es lo que hoy reclama Venezuela: el desastre de la salud transformado por miles de médicos y enfermeras decididos y articulados que ponen en marcha a toda la sociedad frente a un estado hoy secuestrado por una minoría (oligarquía) “revolucionaria”. Utopía y realidad enfrentando y cambiando el envilecido sistema educativo o dando vida a las empresas agropecuarias y a todas las demás.

Los utópicos “incontaminados” que solo rechazan la realidad se convierten en antipolíticos cuando más falta hacen los políticos para hacer posible lo necesario. Sí, políticos que saben tejer con los dos hilos, utopía-realidad, para ir «utopizando» la realidad y realizando la utopía. Como en Suráfrica Mandela y De Klerk se encontraron y eliminaron desde el gobierno el super racista apartheid, necesitamos que utopía y realidad se encuentren en políticos venezolanos, se abracen, interactúen para que renazca la libertad, se abran las cárceles, regresen los exiliados, se abracen los enemigos y renazcamos los ciudadanos hermanados…

Realidad es que millones de venezolanos votaron por el comandante porque en su palabra encontraban su esperanza y que hoy están en la miseria, frustrados y sin futuro y es necesario que encuentren el puerto verdadero de su esperanza en la democracia social renacida. Es el reto venezolano de este año y no queda más alternativa que ponernos de pie y triunfar. ¿Es utopía? Sí, pero a la vez es nuestra realidad más necesaria. Se hará posible si los verdaderos líderes políticos, empresariales, sociales, culturales y religiosos, tejemos juntos con los dos hilos y enseñamos a tejer a millones. Con nuestro esfuerzo transformaremos la realidad de muerte en vida.

9 d enero de 2020

El Nacional

https://www.elnacional.com/opinion/utopia-y-realidad-se-besaran/

 4 min


Un millón de dólares es burda de plata. Es mucho más de lo que una persona con un excelente trabajo decente puede ahorrar en toda su vida.

Un millón de dólares puede resolverle la vida a cualquiera e incluso, si hay prudencia, hasta al hijo y al nieto de cualquiera.

Puedes alquilar un lujoso apartamento en Sunny Isles Blvd. de Miami durante los próximos 20 años.

También puedes abrir un depósito de plazo fijo en un banco y obtener 1666,66 dólares al 2% de interés, lo que le permite vivir y siempre tener tu real y medio.

Con un millón de dólares puedes gastar 3000 dólares mensuales durante 30 años.

Para la gente que sabe invertir, con un millón de dólares puede comprar acciones de empresas que produzcan rentas, comprar inmuebles y ponerlos a producir alquilándolos por Air B and B.

También puedes comprarte un yate Quincy C de 27 metros de eslora de tres camarotes con capacidad para seis personas. Una villa en el lago de Como, en la exclusiva zona residencial de Mezzegra, a solo 600 metros del Lago.

Un reloj Greubel Forsey Art Piece 1, con una hermosa cubierta de esfera azul y la parte trasera de la caja en zafiro, un reloj que es una obra de arte del británico Willard Wigan.

En fin, la lista de lo que puede hacerse con un millón de dólares es tan larga como quiera uno hacerla en función de sus gustos, pasiones y preferencias.

La compra de conciencias y de voluntades políticas no es nueva.

De ella se ha dicho mucho, como por ejemplo que cada uno de nosotros tiene un precio y que aquel que lo encuentra puede adueñarse de nuestra voluntad.

La compra de conciencias tiene muchos modos y maneras de producirse, la mayor parte de ellas son sutiles, porque a la conciencia le resulta muy feo eso de sentir que se está vendiendo, puesto que su naturaleza es ser coherente con los principios a toda costa.

Por ello, los entendidos en este tipo de negociaciones la realizan con la mayor delicadeza, tratando de que la susodicha no se entere que tiene precio y ha sido vendida por su dueño.

En Venezuela no nos andamos con miramientos: los compradores de conciencias tienen hasta tarifas cambiantes en función de la dimensión de los principios que haya que negociar.

Asumen como principio de vida el viejo refrán de que «cree el ladrón que todos son de su condición», dejan a un lado las sutilezas y te lo dicen abiertamente: «te compro tu conciencia», dando por descontado que todo el mundo anda en lo mismo.

La conciencia de un diputado, por ejemplo, para el régimen tiene el valor de un millón de dólares.

Que las conciencias resistan, siempre nos produce confianza y esperanza en el alma humana.

Es de esas actitudes que se esperan de la gente, pero cuya constatación emociona igualmente y nos estimula a emular la entereza y la dignidad.

Ahora bien cuando a una conciencia se le pide que escoja entre un millón de dólares, por un lado y cárcel, tortura, persecución, maltrato, por otro y escoge lo segundo, muestra con ello una dignidad de espíritu que merece nuestro profundo respeto y admiración.

Son este tipo de conciencias la que a lo largo de la historia han salvado a la humanidad.

Nos recuerdan que Sócrates no ha muerto y que tomar el camino de la justicia y los principios, hacer lo correcto aun a riesgo de la propia seguridad es también un camino de santidad.

Una de las definiciones que el diccionario de la Real Academia ofrece de «gracia» es: «En la doctrina católica, favor sobrenatural y gratuito que Dios concede al hombre para ponerlo en el camino de la salvación»

A esas conciencias que resisten en estas duras circunstancias, un millón de gracias.

https://www.lapatilla.com/2020/01/10/laureano-marquez-un-millon/

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El 07.01.2020 parlamentarios de la oposición -los llamados cien- recuperaron la AN después del golpe que intentó perpetrar el gobierno al parlamento ese aciago 5-1. La entrada triunfal de los parlamentarios encabezados por Juan Guaidó, visto más allá de toda euforia y épica, fue un triunfo del principio constitucional.

Sin negar en ningún momento el coraje de los parlamentarios, la recuperación de la AN no fue el resultado de una batalla entre el pueblo y las tropas del gobierno. Quienes quieran ver en los acontecimientos del 7-1 un símil venezolano de la Toma de la Bastilla o de la ocupación del Palacio de Invierno, se equivocan. La recuperación de la casa parlamentaria fue posible -hay que decirlo de una vez- solo porque el gobierno decidió retirar las tropas que bloqueaban la entrada al recinto.

Antes de inquirir acerca de por qué el gobierno permitió la entrada de los parlamentarios, cabe preguntarnos sobre las razones por las cuales el régimen intentó dar ese, a primera vista, absurdo “golpe de parlamento”. Sin embargo, tomando en cuenta que los entretelones de los debates al interior del chavismo solo los conocen los chavistas, nos será únicamente posible abordar ese tema a partir de hipótesis. Una de ellas nos dice que el ejecutivo decidió pasar a la ofensiva en un momento en el cual la oposición ya no podía ocultar fracturas internas, en el que la popularidad de Guaidó amainaba, y en el que la opinión internacional estaba concentrada en sucesos que pueden llevar a una escalada mundial. La plausibilidad de esa hipótesis aumenta si consideramos que el régimen razona en términos más militares que políticos.

La AN para Maduro y los suyos no es el lugar del debate y de las leyes sino un campo de lucha que hay que arrebatar al enemigo. Visto así, el gobierno habría intentado poner término a la “dualidad de poderes” que se da entre el ejecutivo y el legislativo. Una segunda hipótesis es que Maduro intentó demostrar que la existencia de la AN depende de su voluntad. Y una tercera podría ser que al interior del gobierno subsiste una pugna entre duros y durísimos. En cualquier caso, las tres hipótesis no se contradicen entre sí.

Usando la misma lógica hipotética debemos responder a otra pregunta clave: ¿Por qué Maduro reculó y permitió que la AN funcionara bajo la directiva encabezada por su presidente, Juan Guaidó?

Dejando de lado opiniones triunfalistas – la presión popular, los drones de Trump, supuestas voces rebeldes en el ejército y la infaltable “comunidad internacional” formada por 50 países- lo cierto es que hasta Maduro puede haber entendido que la imagen que proyectaba Venezuela hacia el mundo era, por decir lo menos, grotesca: Dos gobiernos, uno con el poder de las armas y otro simbólico, y tres asambleas, la AN de Guaidó, la de la hoja de Parra y la írrita Constituyente.

Por cierto, Maduro ha demostrado que la imagen internacional no le importa demasiado. No obstante, astuto como es, debe haber entendido que en América Latina comienzan a soplar vientos más favorables a su gestión. Dos gobiernos ya indican un leve cambio de rumbo: El de Argentina y el de México. A ello hay que agregar que en Bolivia el MAS, pese a la huida de Evo, sigue siendo el partido mayoritario, que Duque y sobre todo Piñera se defienden frente a muy activas oposiciones y que incluso en el Brasil de Bolsonaro aparece una fuerte recuperación del lulismo. En este contexto, la formación del Grupo de Puebla, una alternativa de izquierda al Grupo de Lima, abre nuevas opciones a Maduro después del desaparecimiento del ALBA. Puedo imaginar sin problemas un telefonazo de Alberto Fernández a Maduro diciéndole: “Estamos dispuestos a bajar la presión en tu contra, pero no nos las pongas tan difícil”.

Dicho en breve: las condiciones internacionales ya no son tan desfavorables a Maduro como sí lo fueron en los días en que tuvo lugar la mítica juramentación de Guaidó. Si a ello agregamos la conformación del nuevo gobierno de España -tradicional nexo entre Europa y América Latina – Maduro puede respirar con cierta tranquilidad.

EE UU – a cuyo gobierno la oposición parece haber cedido la conducción política - no va a crear un incendio en América Latina antes de apagar el del Medio Oriente y para eso falta mucho. Las FANB seguirán siendo leales mientras Maduro cumpla con algunas formas mínimas. Y ante una oposición sin ruta, sin estrategia, y por eso mismo dividida, Maduro podría hacerse hasta de la AN – con el regocijo de los abstencionistas de la oposición- cuando decida convocar a las parlamentarias pautadas para el 2020. Todo eso puede suceder si la oposición -como ha sido su inveterada costumbre- no aprende de las lecciones que dejaron los días 5 y 7 de enero.

La primera de todas las lecciones indica claramente que el único bastión que la oposición posee por el momento es la AN. Por lo menos es el que más preocupa a Maduro en su proyecto destinado a hacerse del poder total. Por lo mismo, si la persona de Guaidó para él es una amenaza, lo es porque es presidente de la AN y no porque sea el presidente simbólico del país. Luego, para Maduro el problema no es derrocar a Guaidó de una presidencia inexistente, sino de la presidencia de la AN, la que sí es muy existente y muy real. Por lo mismo, no se trata de un conflicto Maduro- Guaidó sino de uno que se da entre un gobierno autoritario o neo-dictadura en contra de la institución más representativa del poder ciudadano, la AN. Y al llegar a este punto cabe preguntarse ¿Por qué la AN?

Desde el punto de vista constitucional la AN es un poder del estado puesto al mismo nivel del ejecutivo, cuya función es debatir y promulgar las leyes que rigen la nación. Desde el punto de vista político es, o ha llegado a ser, la representación institucional de la oposición (cada vez menos) unida. Todo indica entonces que, para defender a la AN no hay otra vía sino la constitucional. O dicho así: la defensa de la Constitución pasa por la defensa de la AN. Y a la inversa: la defensa de la AN pasa por la defensa de la Constitución. AN y Constitución están indisolublemente unidas. Salirse de la Constitución, como ya sucedió a la oposición el nefasto 30-A, es el mejor camino para facilitar la vía anti-constitucional de Maduro. Así como el “carmonazo” de 2002 fortaleció las posiciones de Chávez, el “carlotazo” de 2019 fortaleció las de Maduro.

La lección más importante del 7-E fue que la lucha tuvo lugar en defensa del principio constitucional. En ese punto hubo un cierto asomo de la ruta de la cual se descarriló la oposición a partir del 20-M. Hasta antes de esa nefasta fecha, la ruta constitucional, electoral, pacífica y democrática, había permitido avanzar a la oposición de modo ascendente, hasta llegar a ese 6-D que dio origen a la actual AN. Y bien, de esos cuatro puntos cardinales, el principal es el primero. De la misma manera que en los diez mandamientos de la religión cristiana, el primero (amar a Dios por sobre todas las cosas) contiene a los nueve restantes, en los cuatro puntos cardinales de la oposición, el referente a la constitucionalidad contiene a los demás.

Desde el 20-M la Constitución ha sufrido no solo por los actos del régimen sino también por los de la oposición. La abstención del 20-M llevó a la destrucción de la unidad electoral organizada en la MUD. Rechazada la vía electoral fue juramentado el 23-01 un presidente simbólico que levantó una tesis insurreccional sin tener los medios para llevarla a cabo (fin de la usurpación) El “cucutazo” del 23-F fue el primer intento por desatar una insurrección fuera del margen constitucional. El 30-A fue instigada una sublevación militar sin militares (“carlotazo”) otra vez al margen de la Constitución. El golpe al parlamento intentado por Maduro el 5-E fue, a su vez, una respuesta anticonstitucional en el marco de una lucha ya planteada por la oposición fuera de la Constitución. El 7-E, después de mucho tiempo, la oposición, al luchar por la rehabilitación de la Asamblea, volvió al cauce constitucional. Si Guaidó salió fortalecido de esa lucha – el futuro lo dirá – fue por haber asumido la defensa de la Constitución a la cual pertenece la AN.

El mismo Guaidó anunció estar dispuesto a corregir errores y a la vez desligarse de sus obligaciones partidarias. Pero a renglón seguido anunció el inicio de la lucha por elecciones presidenciales. Elecciones que no solo no están pautadas en la Constitución sino que, además, ni Guaidó, ni la AN, ni la oposición, cuentan con medios para imponerlas, toda vez que esas elecciones pasan por la renuncia o por la caída de Maduro. Con esas palabras Guaidó no hizo otra cosa sino vaciar el mismo vino del fracaso en nuevos odres. El mismo mantra anterior, pero escrito con otras letras.

Si hay que defender a la AN hay que hacerlo con votos. No hay otra alternativa. Como escribiera el 6 de abril mi estimada colega Nelly Arenas en un tuit que le nació del alma: “No podemos permitir que nos quiten la AN. Lo ocurrido ayer obliga, sin demora, a retomar el camino electoral contra viento y marea. El voto es el arma principal de los civiles“.

Suscribo cada una de esas palabras. Esa es la lección. Esa debería ser la tarea.

9 de enero 2020

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2020/01/fernando-mires-la-defensa-de-la...

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Visto lo ocurrido el pasado 5 de enero, resulta cuesta arriba imaginar un peor comienzo de año para el país. El Gobierno, recurriendo incluso a la violencia (la fuerza pública se volvió fuerza bruta), buscó sabotear la elección de la nueva directiva de la Asamblea Nacional, obstruyendo la participación de los sectores opositores, en lo que es sin duda la continuación de su política de acoso, desde el mismo momento en que fue elegida.

Recordemos, en este sentido, el nombramiento del TSJ “express”, la suspensión de las elecciones de Amazonas, la usurpación de funciones a través de las Asamblea Nacional Constituyente, la persecución judicial de alrededor de treinta parlamentarios, en fin. Dentro de este marco no hay que olvidar, dicho sea de paso, la elección presidencial, cuya legitimidad también fue seriamente cuestionada, tanto nacional como internacionalmente.

Se nombró, así pues, una nueva Junta Directiva eludiendo todas las reglas, integrada por diputados “opositores”, cuyo cambio de postura oscurece aún más el evento, pues, de acuerdo a informaciones que han circulado pareciera que existieron presiones, chantajes, sobornos y otras malas prácticas que desvirtúan la política.

La AN, no hay necesidad de decirlo, es una pieza angular del Estado Derecho. Después de lo sucedido resulta difícil entonces, diría Perogrullo, hablar de democracia, ésta se ha vuelto progresivamente mera retórica. El descaro con el que se actuó pone de manifiesto (¿exagero?) un retroceso civilizatorio. Se han ido anulando todas las instituciones encargadas del equilibrio y del arbitraje, indispensables para la convivencia en cualquier sociedad. Veremos que ocurre finalmente con la AN.

Así las cosas, lo que aconteció el pasado domingo dificulta seriamente la resolución de la prolongada y aguda crisis nacional, entrabando la posibilidad de acuerdos y, por supuesto de elecciones, a fin de normalizar al país, al paso de que se va empeorando la situación en la que transcurre la vida de cada vez más venezolanos. Así, veinte años después de las promesas del chavismo somos un país muy venido a menos en todos los aspectos (económico, social, político, cultural, ambiental …), desvalido, me parece, para poder encarar el futuro que se esta dibujando

El tsunami tecnológico

En efecto, el mundo se encuentra en plena transformación. Están teniendo lugar cambios que afectan radicalmente a las sociedades actuales en todos sus ámbitos e, incluso, en el de la vida personal de los terrícolas, cuestionando las que se consideraban una suerte de premisas de la condición humana, - esto es sus capacidades físicas y mentales -, a través de las innovaciones que se generan sobre todo desde la genética y la inteligencia artificial. En suma, el mundo se mueve de acuerdo a otras claves presentando desafíos, oportunidades y problemas, en relación a los cuales no hay todavía un libreto que señale cómo se debe actuar, siendo el plano ético el que tal vez presente mayores conflictos.

Nuestro país se encuentra muy distante de los códigos que están marcando, en modo tsunami, la evolución del planeta No tenemos una narración sobre el futuro, un esbozo siquiera, sobre lo que podría ser nuestra ubicación en el nuevo contexto. Agobiados y distraídos por una crisis política que no da respiro, seguimos sin anclarnos en el siglo XXI, aunque Maduro nos diga, a través de su Twitter, que “El 2020 es el año de la estabilidad y de la prosperidad en todas las dimensiones de la vida nacional., que en el país tenemos lo necesario para lograrlo", una afirmación que, dicho con todo respeto, nos ofende el cerebro.

El actual gobierno no entiende que lo que necesitamos es vivir en un país más amable, institucionalmente bien armado, que exprese mejor su futuro.

El Nacional, jueves 9 de enero de 2020

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