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Opinión

Alain Deneault

Deje a un lado esos complicados volúmenes: le serán más útiles los manuales de contabilidad. No esté orgulloso, no sea ingenioso ni dé muestras de soltura: puede parecer arrogante. No se apasione tanto: a la gente le da miedo. Y, lo más importante, evite las “buenas ideas”: muchas de ellas acaban en la trituradora. Esa mirada penetrante suya da miedo: abra más los ojos y relaje los labios. Sus reflexiones no solo han de ser endebles, además deben parecerlo. Cuando hable de sí mismo, asegúrese de que entendamos que no es usted gran cosa. Eso nos facilitará meterlo en el cajón apropiado. Los tiempos han cambiado. Nadie ha tomado la Bastilla, ni ha prendido fuego al Reichstag, el Aurora no ha disparado una sola descarga. Y, sin embargo, se ha lanzado el ataque y ha tenido éxito: los mediocres han tomado el poder.

¿Qué es lo que mejor se le da a una persona mediocre? Reconocer a otra persona mediocre. Juntas se organizarán para rascarse la espalda, se asegurarán de devolverse los favores e irán cimentando el poder de un clan que seguirá creciendo, ya que enseguida darán con la manera de atraer a sus semejantes. Lo que de verdad importa no es evitar la estupidez, sino adornarla con la apariencia del poder. “Si la estupidez […] no se asemejase perfectamente al progreso, el ingenio, la esperanza y la mejoría, nadie querría ser estúpido”, señaló Robert Musil.

Siéntase cómodo al ocultar sus defectos tras una actitud de normalidad; afirme siempre ser pragmático y esté siempre dispuesto a mejorar, pues la mediocridad no acusa ni la incapacidad ni la incompetencia. Deberá usted saber cómo utilizar los programas, cómo rellenar el formulario sin protestar, cómo proferir espontáneamente y como un loro expresiones del tipo “altos estándares de gobernanza corporativa y valores de excelencia” y cómo saludar a quien sea necesario en el momento oportuno. Sin embargo –y esto es lo fundamental–, no debe ir más allá.

El término mediocridad designa lo que está en la media, igual que superioridad e inferioridad designan lo que está por encima y por debajo. No existe la medidad. Pero la mediocridad no hace referencia a la media como abstracción, sino que es el estado medio real, y la mediocracia, por lo tanto, es el estado medio cuando se ha garantizado la autoridad. La mediocracia establece un orden en el que la media deja de ser una síntesis abstracta que nos permite entender el estado de las cosas y pasa a ser el estándar impuesto que estamos obligados a acatar. Y si reivindicamos nuestra libertad no servirá más que para demostrar lo eficiente que es el sistema.

La división y la industrialización del trabajo –tanto manual como intelectual– han contribuido en gran medida al advenimiento del poder mediocre. El perfeccionamiento de cada tarea para que resulte útil a un conjunto inasible ha convertido en “expertos” a charlatanes que enuncian frases oportunas con mínimas porciones de verdad, mientras que a los trabajadores se les rebaja al nivel de herramientas para quienes “la actividad vital […] no es sino un medio de asegurar su propia existencia”.

[…] Laurence J. Peter y Raymond Hull fueron de los primeros en atestiguar la proliferación de la mediocridad a lo largo y ancho de todo un sistema. Su tesis, El principio de Peter, que desarrollaron en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, resulta implacable en su claridad: los procesos sistémicos favorecen que aquellos con niveles medios de competencia asciendan a posiciones de poder, apartando en su camino tanto a los supercompetentes como a los totalmente incompetentes. Se dan ejemplos impresionantes de este fenómeno en los colegios, donde se despedirá a un profesor que no sea capaz de seguir un horario ni sepa nada sobre su asignatura, pero también se rechazará a un rebelde que aplique cambios importantes a los protocolos de enseñanza para lograr que una clase de alumnos con dificultades obtenga mejores calificaciones –tanto en comprensión lectora como en aritmética– que los alumnos de las clases normales. Asimismo, se desharán de un profesor poco convencional cuyos alumnos completen el trabajo de dos o tres años en solamente uno. Según los autores de El principio de Peter, en este último caso al profesor se le castigó por haber alterado el sistema oficial de calificaciones, pero sobre todo por haber causado “un estado de ansiedad extrema al profesor que habría de encargarse al año siguiente del grupo que ya había realizado todo ese trabajo”. Así es el proceso que va dando lugar a los “analfabetos secundarios”, por emplear la expresión acuñada por Hans Magnus Enzensberger. Este nuevo sujeto, producido en masa por instituciones educativas y centros de investigación, se precia de poseer todo un acervo de conocimiento útil que, sin embargo, no lo lleva a cuestionarse sus fundamentos intelectuales […]

La norma de la mediocridad lleva a desarrollar una imitación del trabajo que propicia la simulación de un resultado. El hecho de fingir se convierte en un valor en sí mismo. La mediocracia lleva a todo el mundo a subordinar cualquier tipo de deliberación a modelos arbitrarios promovidos por instancias de autoridad. Hoy figuran entre sus ejemplos el político que explica a los votantes que se tienen que someter a los designios de los accionistas de Wall Street; o el profesor universitario que considera que el trabajo de un alumno es “demasiado teórico y demasiado científico” cuando sobrepasa las premisas que se habían expuesto previamente en un PowerPoint; o el productor cinematográfico que insiste en adjudicarle a un famoso un papel protagonista en un documental sobre un tema con el que este no tiene ninguna relación; o el experto que demuestra su “racionalidad” argumentando largamente a favor de un crecimiento económico (irracional). Zinoviev ya era consciente de las posibilidades del trabajo simulado como fuerza psicológica para alterar las mentes:

"La imitación del trabajo al parecer solo precisa de un resultado, o más bien de la mera posibilidad de justificar el tiempo que se ha invertido: la comprobación y la evaluación de los resultados las llevan a cabo personas que han participado de la simulación, que guardan relación con ella y tienen interés en perpetuarla".

Cabría pensar que un rasgo común entre quienes comparten este poder sería el de una sonrisa cómplice. Al creerse más listos que todos los demás, se complacen con frases cargadas de sabiduría tales como: “Hay que seguir el juego”. El juego –una expresión cuya absoluta vaguedad encaja perfectamente con el pensamiento del mediocre– requiere que, según el momento, uno acate obsequiosamente las reglas establecidas con el solo propósito de ocupar una posición relevante en el tablero social, o bien que eluda con ufanía tales reglas –sin dejar nunca de guardar las apariencias–, gracias a múltiples actos de colusión que pervierten la integridad del proceso.

4 de septiembre de 2019

Alain Deneault es filósofo y escritor, profesor de Sociología en la Universidad de Québec y autor de Paraísos fiscales. Una estafa legalizada (2017). Este texto es un extracto de su libro Mediocracia. Cuando los mediocres toman el poder, que publica Turner el 4 de septiembre.

El País

https://elpais.com/elpais/2019/08/30/ideas/1567166223_815812.html

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Desde hace varios años las universidades públicas han visto comprometida su libertad académica, de expresión e incluso su autonomía por decisiones emanadas del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ). Con el fallo n.º 324, dictado por la Sala Constitucional (SC) el 27 de agosto de 2019, el máximo tribunal cambia las reglas de convocatoria y celebración de elecciones de las autoridades que tienen el período académico vencido.

La sentencia se produce nueve años después de la solicitud presentada por la actual rectora de la Universidad Central de Venezuela (UCV), Cecilia García Arocha, mediante la cual pedía la suspensión de efectos del artículo 34 numeral 3 de la Ley Orgánica de Educación. La petición se hizo para que, hasta tanto se decidiera el recurso de nulidad introducido en su contra en el año 2009 por varios rectores de universidades nacionales (incluida la UCV), se suspendiera dicho artículo, el cual violaba lo dispuesto en la Ley de Universidades.

Acceso a la Justicia enfatiza que el fallo de naturaleza cautelar del TSJ del 27 de agosto de 2019 incurre en múltiples irregularidades; en vez de pronunciarse sobre lo solicitado (dejar sin efecto la norma de la Ley Orgánica de Educación por violar la autonomía universitaria y, con ello, el artículo 109 de la Constitución y la Ley de Universidades), lo hace acerca de las elecciones de las autoridades universitarias, sobre la base del vencimiento de sus períodos.

En ese sentido, se indica que la mencionada sentencia incurre en extra petita al decidir fuera de lo solicitado. Este vicio del fallo del TSJ causaría su nulidad en cualquier país con un verdadero Estado de derecho (artículo 244 del Código de Procedimiento Civil). Así, la SC, en vez de suspender los efectos del artículo 34 numeral 3 de la Ley Orgánica de Educación, declarar sin lugar la solicitud o, mejor aún, decidir el fondo de lo planteado al haber pasado diez años desde la presentación del recurso de nulidad,suspende los artículos 31, 32 y 65 de la Ley de Universidades y convoca a la celebración de nuevas elecciones.

Dentro de los aspectos graves que se manifiestan en el fallo destaca el hecho de que replantea el tema de los comicios universitarios que había suscitado gran debate y polémica en su momento, debido a que las pretensiones del Ejecutivo nacional eran eliminar la autonomía universitaria y tener control sobre sus autoridades.

Ofensiva oficialista contra las universidades

Durante el período 2005-2010, un Parlamento completamente oficialista aprobó la Ley Orgánica de Educación en 2009. Posteriormente, la Asamblea Nacional (AN) del período 2010-2015, con mayoría de diputados del partido de gobierno, sancionó una nueva Ley de Universidades (2011), aunque sorpresivamente el presidente de la República la vetó por la polémica generada. Allí radica el origen de las violaciones judiciales contra la Ley de Universidades, como ocurrió con el caso que originó la sentencia del 27 de agosto de 2019.

Acceso a la Justicia aclara que el TSJ ya se había pronunciado sobre el tema y había creado diversos obstáculos para la celebración de los comicios universitarios. Esto ha imposibilitado la renovación de los cargos y, por tanto, los períodos de todas las autoridades de universidades públicas autónomas, salvo las “bolivarianas”, se encuentran vencidos desde 2012.

La sentencia n.º 324 acoge lo establecido en la Ley Orgánica de Educación y declara que hay cinco grupos de electores: profesores, estudiantes, egresados, personal administrativo y personal obrero. Con esto se altera la Ley de Universidades, que no contempla a los dos últimos sectores. También señala que será electo quien gane en tres de los cinco sectores, llegando al extremo de prever una segunda vuelta en caso de que no haya una autoridad electa con una mayoría clara. Sin embargo, este aspecto no está previsto en ley alguna.

Otro de los vicios del fallo radica en que el TSJ determina que de no realizarse elecciones en un lapso de seis meses cesa la autoridad universitaria con período vencido, con lo cual queda la “vacante absoluta”. En ese caso, el Consejo Nacional de Universidades (CNU) podrá nombrar autoridades interinas para que convoquen a elecciones, de conformidad con el artículo 20 numeral 15 de la Ley de Universidades. Acceso a la Justicia recuerda que el CNU es un órgano dominado por el oficialismo.

Para el caso de las universidades nacionales distintas a la UCV se establece en la sentencia comentada que el CNU hará un cronograma para la elección de sus autoridades con períodos vencidos.

Es muy grave que la sentencia cambie la legislación venezolana en cuanto a la manera en que se deben hacer las elecciones de las autoridades universitarias. Esto ocurre por cuanto el TSJ otorga prioridad a una ley general de carácter orgánico sobre una ley especial, lo que viola principios básicos del derecho. Además, con ello incurre en la usurpación de funciones de la Asamblea Nacional (AN), que es la única competente para reformar leyes.

Asimismo, llama la atención que un régimen que se autodenomina socialista emplee herramientas sectoriales o corporativas en materia electoral, las cuales son típicas de regímenes fascistas, los cuales se sirven de la división de la sociedad como excusa para dominarla; por ejemplo, en el franquismo sólo se reconocía a los sindicatos oficiales, y eran esas entidades las que nombraban a los representantes en las Cortes, que constituían el poder legislativo.

Un ejemplo de estas prácticas son las elecciones de la írrita Asamblea Nacional Constituyente el 30 de julio de 2017, en las cuales algunos miembros fueron elegidos por voto sectorial, vulnerando la igualdad de posibilidades para elegir y ser elegido, así como el voto secreto y directo. La única intención fue manipular la voluntad del pueblo para lograr el objetivo planteado a nivel político al introducir corporaciones organizadas según los intereses del régimen imperante.

Dado el empeño del TSJ por incluir nuevos sectores al padrón electoral de las elecciones universitarias, es necesario señalar que la Universidad es una entidad especializada, cuyo fin es generar y trasmitir conocimiento; quienes deben elegir a sus autoridades son aquellos que crean, transmiten y reciben ese conocimiento.

Ello no implica que exista clasismo, sino que se trata de la consecuencia de ser un ente especializado, tal como ocurre con las clínicas, donde sus directivos son elegidos por quienes prestan el servicio de salud y no por los pacientes. En ese sentido, la Sala Constitucional, en sentencia n.° 898 de 2002, había interpretado con criterio vinculante que el derecho a participar en las elecciones universitarias es de naturaleza académica y no política.

A las irregularidades antes señaladas, debe agregarse que la decisión del TSJ se dicta en vacaciones judiciales, durante las cuales, salvo una solicitud de amparo o asuntos de índole penal, la Sala Constitucional no puede actuar. Ello pone de manifiesto el interés político detrás la sentencia; hace pasar por debajo de la mesa un tema tan importante como las elecciones de autoridades universitarias para evitar manifestaciones estudiantiles y protestas.

Por último, sorprende el interés del Gobierno de Nicolás Maduro en que se celebren comicios en las universidades nacionales autónomas “de manera democrática”, pese a que en las bolivarianas –creadas por el régimen político actual, principalmente como centros de adoctrinamiento–, las autoridades aún se sigan imponiendo a dedo y el derecho a elegir no exista.

¿Y a ti venezolano, como te afecta?

El Gobierno, a través del Poder Judicial, ha asestado un nuevo golpe contra las universidades autónomas nacionales. Esta vez el ataque se hizo imponiendo un nuevo modelo para elegir autoridades universitarias al margen de la Constitución. El objetivo de este nuevo paso de la Sala Constitucional es instaurar la ideología política del régimen en la academia.

Ante esta arbitraria decisión, toda la comunidad universitaria debe unirse en una sola voz para rechazar tal imposición. La autonomía universitaria exige la libertad de ideas y de pensamiento, lo que es contrario a la obediencia a la que el régimen político actual quiere someter a la academia y a todo el país.

Enlace a la nota: https://www.accesoalajusticia.org/tribunal-supremo-de-justicia-vulnera-p...

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Con voz propia

Sobrevivió a la revolución, pero sucumbió en democracia la prestigiosa Galería Municipal de Arte Moderno de Puerto La Cruz. Creada el 11 de diciembre 1976 gracias a voluntad del artista plástico merideño Gilberto Bejarano. Tenía dos años itinerante en Barcelona-Lecherías-Puerto-, porque carecía de sede donde se proyectara, promoción y difusión además de literatura, teatro, cine. Existía un museo, fundado, pero de tradición.

Una de las significativas acciones invocadas por su proyección y espectacularidad fue la presentación de la Orquesta Sinfónica de Venezuela. Fundada por Vicente Emilio Sojo en 1930, llegó a ejercer la Presidencia su violinista Luis Morales Bance, creador y compositor se vinculó con la Galería. Fundador de Orquesta Filarmónica Nacional y de Solistas de Venezuela, entre cuyas creaciones cabe distinguir Samuel Robinson, que compuso con José Manuel Peláez en la cual actuaron Rafael Briceño, José Ignacio Cabrujas en la dirección y Bejarano con el Altar del Sacrificio.

Más de 100 exposiciones produjo la Galería que pese a limitaciones presupuestarias tuvo perfil de gran rango a nivel los museos nacionales. Numerosos artistas plásticos expusieron o estuvieron vinculados a ella.

Nombremos solo algunos expositores: Boggio, Oscar Pellegrino, Oswaldo Vigas, Luisa Palacios, Luis Guevara Moreno, Régulo Pérez, Braulio Salazar, Luis Chacón, Manuel Quintana Castillo, Alejandro Otero, Manuel Espinoza, Juan Calzadilla, Mauro Mejías, Pedro León Zapata; Pedro Angel González, Jacobo Borges, Armando Reverón.

Agregar los dibujos de Arturo Michelena: obras de Bruno Munari, de profesores y alumnos del Instituto de Arte de Chicago.

De la región: Pedro Barreto, Gladys Meneses, Eduardo Lezama, Inca Zavala, Pedro Báez, Régulo Martínez, Cleto Rojas, Gregorio Torres, Eduardo Latouche, Luis Mendez; De la juventud artística: Justo Osuna, Luis Adrián León, Harold Tobías Hernán Rodríguez, Nerio Moreno, Eduardo Sifontes. Antonio Sánchez, Claudia Moino. Y junto con la CVG y el Museo Soto se hizo un homenaje al arte warao. Cabe destacar que estando en gran proyección internacional el arte cinético, Soto hizo una exposición aquí el Concejo lo declaró hijo adoptivo e ilustre.

Posteriormente, se consolidó una exposición del maestro Carlos Cruz Diez y deja huella con el mural en la fachada de la Galería.

Exposiciones de esta calidad fueron un acontecimiento, como así mismo fue la presentación de la Orquesta Sinfónica de Venezuela en el Polideportivo Luis Ramos. Dicho concierto fue transmitido en emisoras de la zona, gracias al radiodifusor Rafael Bellorín Malaver.

Posteriormente, se consolidó una exposición del maestro Carlos Cruz
Diez y deja huella con el mural en la fachada de la galería.

A 14 años del estar en sede, creó la Bienal Nacional de Artes Plásticas, que no tardó en obtener celebridad y contabilizaban VII, dedicadas a reconocidos intelectuales. De Anzoátegui: Alfredo Armas Alfonso, escritor Pedro Briceño, escultor; Perán Erminy, pintor y crítico de arte; y Bélgica Rodríguez, crítica de arte; Pedro Barreto, escultor, Delta Amacuro; Mauro Mejías, pintor, Portuguesa; Gustavo Pereira, poeta, Nueva Esparta; y Pedro Báez, pintor, Miranda.

Desencanto padece el autor de este claustro y no dudo que quienes le acompañan en laFundación Galería Municipal de Arte Moderno, sienten inquietud.

No referimos actividad creadora del docente y laureado Bejarano. En 1994 intentaron despojarle de la Galería; ahora el cerco pretende vencerlo.

Ilustrativa crónica de Fidel Flores en periódico digital Aporrea, expresa preocupación por la Galería. Recuerda que fue declarada Patrimonio Cultural, por un gobernador que al mismo tiempo le eliminó presupuesto.

Al MARGEN. Al hambre estamos condenados todos los no estamos enchufados en cargos del narco régimen sostenido por una cúpula militar. Ganamos $2 al mes, lo que en países pagan por una hora.

Jordanalberto18@yahoo.com

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Martín Caparrós

Siempre hubo rasputines: esos seres más o menos oscuros, más o menos coloridos, más o menos secretos y notorios que serpentean en las inmediaciones de los tronos y se diría que sirven, sobre todo, para explicar todo lo malo que hace su monarca. Siempre es útil, cuando alguien es rey o presidente o jefe máximo de algo, tener a quien echarle culpas. Siempre es útil, cuando uno es súbdito de un rey o presidente o jefe máximo de algo, poder creer que la culpa no es suya. Para eso, entre otras cosas, sirven estos señores —pero no solo para eso.

La tradición es larga, pero hay uno que quedó en las memorias. Cuando nació —Siberia, 1869— se llamaba Grigori Yefímovich Rasputín; con el tiempo se volvió un monje flaco y alto, la mirada de loco, aquellas barbas, que manejaba como nadie al zar de Rusia hasta que cayó en desgracia y lo mataron —1916, San Petersburgo— y lo tiraron al río Neva. Pero adquirió, post mortem, ese raro privilegio de que su nombre represente: un quijote, dantesco, una odisea, pichichi, un rasputín de cuarta. Sobre todo ahora, que su función se ha difundido sin fronteras. El original usaba magias varias, hipnosis, encantamientos de opereta; los actuales se adaptaron a los tiempos y se dicen científicos.

Los hay por todas partes. Parece como si cada Gobierno debiera tener uno, so pena de no ser un verdadero Gobierno, de perder sus estribos. Los de mis dos países se parecen: los corrillos les atribuyen tanto. En Argentina, un señor Durán Barba ofrece el morbo añadido de no ser argentino sino ecuatoriano —en una corte que no estima tanto a sus hermanos latinoamericanos. En España, un señor Redondo Bacaicoa ofrece el morbo añadido de haber empezado encumbrando políticos del Partido Popular y terminado —por ahora— ayudando a tumbarlos para encumbrar a un dizque socialista.

Los dos comparten también ese prestigio de lo hecho en las sombras, de las conspiraciones: de quien sabe manipular a amigos y aliados y enemigos para obtener sus fines. Y comparten, sobre todo, la representación y el usufructo de esta tendencia actual a pensar la política como una técnica que sirve para cualquier política. Por eso pueden trabajar para un partido y su contrario: porque suponen que hacer política no consiste en sostener ciertas ideas de sociedad e intentar que millones las apoyen, sino en usar una caja de herramientas para conseguir el poder y conservarlo —más allá o más acá de cualquier idea del mundo. Es, por supuesto, una idea del mundo.

La técnica tiene, supuestamente, dos vertientes: in & out, digamos. Los insumos serían la información sobre lo que se supone que mucha gente quiere. El producto serían las campañas publicitarias —anuncios, discursos, debates, trollería— para tratar de convencerlos de que les van a dar precisamente eso.

Así que la base de la técnica está en eso que los españoles, ahora, llaman demoscopia. La demoscopia es el estadio superior de la democracia: el pueblo —demos— sigue estando pero no ya como portador sano del poder —cratos—, sino como un cuerpo que debe ser mirado —scopos— para saber qué compraría. Mirarlo. No construir canales para que intervenga; mirarlo, hacerle unas preguntas que ya suponen sus respuestas y supuestamente ofrecerles el producto que querrían consumir. El poder de la mercadotecnia, la mercadotecnia al poder: la democracia encuestadora.

Es la falta de imaginación y convicción políticas sustentadas en los datos de una técnica que tres de cada cuatro veces no funciona: toda una garantía. Pero pone en el centro del poder el poder de estos técnicos que dicen que saben cómo obtenerlo y mantenerlo; que, porque son operarios, pueden operar para cualquiera. Desde que la política dejó de pensar ideas del mundo, desde que se volvió mera pelea por mandar, los rasputines se han vuelto indispensables. Son un valor y son un síntoma: pocos han hecho tanto para conseguir este desprecio que, últimamente, rodea a los políticos. Pocos, supongo, tardarán tan poco en desaparecer cuando esa forma de gobernar realmente cambie.

Si es que cambia.

1 de septiembre de 2019

El País

https://elpais.com/elpais/2019/08/27/eps/1566912350_740277.html

 3 min


Las relaciones entre el sector político y el petrolero nunca han sido buenas. Muchos políticos consideran que los petroleros son unos prepotentes que pretenden manejar la industria de los hidrocarburos a su leal saber y entender, y que se oponen a aceptar cualquier tipo de injerencia. Por su parte, muchos petroleros consideran que esa actividad debe manejarse solo como un negocio y que el problema es que algunos políticos tratan de intervenir indebidamente. Como casi siempre que se presentan diferencias entre grupos o personas bien intencionados, no todo es blanco o negro y siempre es posible identificar coincidencias y disminuir divergencias.

Estas diferencias no son únicas. También ocurren entre políticos y militares. Los civiles consideran que los militares deben ser mudos en política, mientras que ellos se consideran los llamados a enderezar entuertos causados por los civiles y, en base a un supuesto “destino manifiesto “, a veces intervienen en la cosa pública, con razón o sin ella. Esas divergencias se derivan de diferencias culturales que es necesario conciliar.

No soy de extracción petrolera, sino un agrónomo que tuvo la oportunidad de conocer a esa industria y a su gente. El petrolero tiene una marcada orientación al logro, considera que la rendición de cuentas es algo rutinario, lo mismo que otorgar contratos por medio de licitaciones transparentes; aspiraba ascender de acuerdo a su potencial, a resultados obtenidos y a su conducta; las normas y procedimientos eran de estricto cumplimiento y su labor no estaba influida por agentes externos Las donaciones, como parte de su responsabilidad social, tenían que pasar por diferentes niveles de aprobación.

¿Hubo trabajadores prepotentes? Sí, al igual que en cualquier otro grupo ¿Hubo violaciones a las normas y actos dolosos? Sí, pero una vez identificados se aplicaban las sanciones requeridas ¿Hubo algunos que ascendieron sin suficientes méritos? Sí, pero fueron la excepción ¿Estaban en una burbuja y no les preocupaban los problemas nacionales? Sí les preocupaban, pero pensaban que su deber era ser eficientes en su trabajo. Consideraban que no eran los llamados a enderezar entuertos. Sin embargo, cuando detectaron que la empresa iba a ser confiscada por Hugo Chávez para ponerla al servicio de su proyecto político, reaccionaron, organizaron una huelga petrolera en abril del 2002 y posteriormente se sumaron al paro cívico nacional de diciembre de ese año, convocado por todos los partidos políticos, la CTV y Fedecámaras, lo que les ocasionó un alto costo personal y familiar, pero no se arrepienten y el tiempo les dio la razón.

Pdvsa y filiales están en el suelo, al igual que todo el país. Al sector político le corresponde la decisión de intentar recuperar esas empresas o privatizarlas. Hasta el presente, la línea del presidente (e) Guaidó y de la Asamblea Nacional es recuperarlas. Para ello, un grupo de los trabajadores petroleros despedidos y agrupados en Gente del Petróleo y Unapetrol, así como algunos jubilados, han elaborado recomendaciones a ser evaluadas para incluirlas en el Plan País, en estrecha interacción con los diputados de la Comisión de Energía de la Asamblea Nacional.

Para que el trabajo en equipo rinda frutos, los petroleros deben aceptar que al sector político le corresponde la designación en las empresas de Directores no operativos, considerando los méritos de los candidatos, el establecimiento de las políticas y la evaluación de las mismas a través de la Contraloría, del Ministerio de Petróleo y de la Asamblea Nacional. A su vez, los políticos deben considerar que no es de su competencia nombrar a los gerentes de las empresas, inmiscuirse en las operaciones o interferir en su administración.

Es ineludible mencionar que en el caso de la empresa Monómeros Colombo-Venezolanos ha habido injerencia política indebida. Quienes tomen decisiones deben medir su efecto en el desempeño e imagen de cualquier empresa, así como la credibilidad de la nueva política y posibles efectos no deseados en los recursos humanos.

Cada quien debe desempeñar el rol que le corresponde. Parafraseando a Clemenceau, podemos decir que el petróleo es demasiado importante para que lo manejen solo los petroleros pero, por otra parte, es necesario que nuestros políticos comprendan los límites de su radio de acción. Caso contrario repetiremos errores y no lograremos el desarrollo sustentable requerido.

A título personal considero que el Estado no debería administrar empresas, pero si por ahora nuestros dirigentes deciden mantenerlas, hay que apoyarlos y aspirar que se manejen con criterio gerencial. Una buena señal sería que en el Plan País se especifique que serán operadas como un negocio al servicio de la nación.

Como (había) en botica:

Es aberrante que magistrados del TSJ que son o han sido profesores universitarios se presten a destruir su Alma Mater.

La legítima directiva de Copei es la que tiene apoyo de su militancia, no la que designó el TSJ usurpador.

¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

eddiearamirez@hotmail.com

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Fernando Mires

No es que uno se sienta culpable. Las cosas son como son y no como uno quisiera que fueran. Al pasado no lo podemos cambiar aunque nunca haya pasado. Pero igual; después lo decidí: no hay que callar más en nombre de una mala solidaridad.

Después del golpe en Chile nos juntábamos entre conocidos de la fauna política y todos estábamos de acuerdo en una: no debimos haber callado. Lo decíamos, pero en círculos cerrados. O lo escribíamos, pero no con fuerza y convicción. No fuera a ser que la gente creyera que no estábamos por la unidad. Porque de saber lo sabíamos, o por lo menos lo intuíamos.

Las cosas, meses antes del golpe, iban de mal en peor. Los milicos ya estaban en la calle. Pero una parte de la izquierda dejaba solo al gobierno y huía hacia adelante en nombre de una revolución que nadie sabía como se iba a hacer. Muchos no estábamos de acuerdo con esa locura desatada. Sabíamos que no podíamos hacer nada en contra. Pero al menos debimos haber dicho que íbamos por el camino del infierno. Aunque nadie nos hubiera hecho caso, debimos haberlo dicho. Habríamos al menos dejado un testimonio.

Pasó tiempo antes de que me decidiera nuevamente a practicar política activa. Fue durante los años del Solidarnosc polaco cuando formé parte de uno de los tantos comités universitarios de solidaridad con Polonia. En una de las reuniones, un estimado colega, viejo profesor, dio a conocer sus reservas sobre la composición política de Solidarnosc. Aseguró, datos en mano, que algunos intelectuales que apoyaban a Walesa provenían de círculos fascistas y que parte del clero abrigaba posiciones de tipo franquista. Por cierto, había que apoyar a Solidarnosc, señalaba el profesor, pero a la vez había que denunciar la existencia de esos círculos. La mayoría de los miembros de nuestro grupo se pronunció en contra. Nuestra tarea, según ellos, debería ser solidarizar con las instituciones representativas de la resistencia polaca, no tomar partido por unas en contra de otras. “Esa es una mala solidaridad“ respondió el viejo profesor, resignado. Solo un par lo apoyamos.

Hoy Polonia está regida por políticos ultramontanos organizados en el PIS del caudillo Kaczyński Todos tributarios de las corrientes sobre los cuales alertó, a su debido tiempo, el viejo profesor. Debieron haberle hecho caso. Pero una “mala solidaridad” lo impidió.

Recordé ese episodio hace algunos meses al escribir un artículo cuyo título es “miseria de la oposición rusa” en donde alerto sobre las posiciones representadas por el líder más simbólico, el místico Alexei Navaltny. Poco tiempo después recibí una misiva vía ND de una señora de origen ruso diciéndome entre otras cosas que yo ignoraba las profundidades del alma eslava (sic). Que para ella Navalny era el símbolo de la resistencia y que criticarlo como yo lo hacía, me convertía en cómplice de Putin. Le respondí del modo más respetuoso posible que yo solidarizo con Navalny cada vez que va a parar a la cárcel, pero eso no me impide estar en desacuerdo con sus visiones religiosas, ultranacionalistas y patriarcales. Agregué que por ser lo que soy, solo puedo apoyar a los sectores liberales y democráticos, vale decir, a quienes están en condiciones de vincularse con el occidente político, sobre todo con el europeo. Y agregué finalmente una frase que me llegó desde otros tiempos: “no escribir acerca de lo que yo sé, es una mala solidaridad”.

Desde Solidarnosc hasta ahora ha pasado mucha agua debajo de los puentes. Hoy soy yo un viejo profesor que opina sobre lo que ocurre en diversos países. Y con intensidad -muchos lo saben- sobre los acontecimientos que tienen lugar bajo el régimen de Maduro. Los que me conocen saben que mi solidaridad con quienes padecen esa dictadura ha sido constante. Pero también, crítica. Demasiado, dirán algunos. Pero no podía ser de otro modo. La solidaridad para que sea “buena” debe ser crítica. La otra, la que se contenta con mencionar hechos, no sirve demasiado.

La verdad, cuando la oposición decidió abstenerse el 20-M, yo podría haber escrito que esa era la respuesta adecuada a un régimen que hacía trampas electorales. El problema es que muchos sabíamos que esa oposición, aún en las peores condiciones, podía derrotar a la dictadura. Sabíamos además que la abstención podía terminar con la existencia de la MUD, embarcando a la oposición en las aguas de la nada. ¿Cómo no decirlo si lo sabíamos?

La verdad es que cuando Guaidó, ante el entusiasmo general propuso la triada que comenzaba con el fin de la usurpación, sabíamos que esa no era una estrategia sino un objetivo frente al cual no se especificaba ninguna ruta. Y sabíamos que los objetivos sin ruta terminan por destruir a los objetivos. Sabíamos también que el plan de Maduro pasaba en primer lugar por anular la opción electoral y que colocar a esa opción en un indeterminado tercer lugar, solo podía favorecer a Maduro. ¿Cómo no decirlo si lo sabíamos?

La verdad es que la debacle del 30-A fue la consumación de la del 20-M y que entre esas dos fechas hay una línea recta. ¿Cómo pasar la página frente a lo uno y lo otro si sabíamos que ambos episodios formaban parte del mismo capítulo? Supimos que ese día fatal no fue consecuencia de un par de errores sino de un proyecto que ya había sido puesto en escena el 2014, con La Salida comandada por el mismo López del 30-A. Como lo supimos, había que decirlo.

La verdad es que la comunidad internacional no es un todo homogéneo ni mucho menos una coalición y que poner las principales decisiones en manos ajenas -nacionales o internacionales- significaba renunciar a toda iniciativa y autonomía política paralizando a la oposición, como ocurrió. Lo sabíamos y porque lo sabíamos lo dijimos.

La verdad es que siempre hemos sabido que nunca han estado todas las opciones puestas sobre la mesa y que solo había una, nada más que una, la de rectificar el rumbo y volver a la exitosa línea de las cuatro estaciones: la democrática, la pacífica, la constitucional y la electoral. Había que decirlo. Lo sabíamos y lo dijimos.

La verdad es que la complicidad de diversos partidos con la anti-política impuesta en la oposición durante el liderazgo de Guaidó ha bordeado los límites de la irresponsabilidad. De nada vale decir (estimado Trino Márquez) que los partidos han sido víctimas de la maldad de Maduro. La tarea de un dictador es atacar a la oposición. La tarea de la oposición es defenderse para atacar al dictador. Maduro ha hecho lo que a él corresponde. La oposición, en cambio, ha hecho todo lo que no hay que hacer. Y como lo sabemos, lo decimos.

Podríamos seguir numerando. Sabemos y hemos dicho muchas otras cosas. Nunca serán del gusto de todos. Como escribió Javier Marías en su punzante artículo dominical: “Hay una fortísima tendencia a negar lo desagradable, lo turbador, lo peligroso, y a hacer caso omiso de los avisos. Muchos políticos han detectado rápidamente esta propensión, y están dedicados a fomentarla y a aprovecharse de ella. Prometen cosas imposibles o absurdas sin anunciar nunca cómo las van a realizar.

La solidaridad no se hace con frases piadosas. Callar sobre lo que uno sabe en nombre de una buena solidaridad es hacer “mala solidaridad”, dijo el viejo profesor durante los tiempos de Solidarnosc. Hoy repito esa frase como si me estuviera mirando en un espejo.

1 de septiembre 2019

Polis

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Hoy es costumbre culpar a la economía o a los economistas por muchos de los males del mundo. Los críticos sostienen que las teorías económicas son responsables de la creciente desigualdad, de la escasez de buenos empleos, de la fragilidad financiera y del bajo crecimiento, entre otras cosas. Pero si bien las críticas pueden impulsar a los economistas a mayores esfuerzos, la arremetida contra la profesión ha desviado involuntariamente la atención de una disciplina que debería asumir una porción mayor de la culpa: la política pública.

La economía y la política pública están estrechamente relacionadas, pero no son lo mismo, y no deberían ser vistas como si lo fueran. La economía es a la política pública lo que la física es a la ingeniería, o la biología a la medicina. Si bien la física es fundamental para el diseño de cohetes que pueden usar energía para desafiar la gravedad, Isaac Newton no fue responsable del desastre de la nave espacial Challenger. Tampoco hay que culpar a la bioquímica por la muerte de Michael Jackson.

La física, la biología y la economía, en tanto ciencias, dan respuesta a preguntas sobre la naturaleza del mundo en el que vivimos, generando lo que el historiador económico Joel Mokyr de la Northwestern University llama conocimiento proposicional. La ingeniería, la medicina y la política pública, por otro lado, responden interrogantes sobre cómo cambiar el mundo de maneras específicas, lo que conduce a lo que Mokyr califica como conocimiento prescriptivo.

Si bien las facultades de ingeniería enseñan física y las facultades de medicina enseñan biología, estas disciplinas profesionales se han desarrollado de forma bastante independiente del desenvolvimiento de sus ciencias básicas. De hecho, al desarrollar sus propios criterios de excelencia, planes de estudio, revistas académicas y carreras profesionales, la ingeniería y la medicina se han convertido en especies distintas.

Las escuelas de política pública, por el contrario, no han sufrido una transformación equivalente. Muchas de ellas ni siquiera contratan a su propio personal docente, sino que utilizan a profesores de ciencias fundacionales como la economía, la psicología, la sociología o la ciencia política. La escuela de política pública de mi propia universidad, Harvard, sí cuenta con un amplio cuerpo docente propio –pero esencialmente contrata doctores recién graduados en las ciencias fundacionales y los promueve sobre la base de sus publicaciones en las principales revistas especializadas de esas ciencias, no en política pública.

A los profesores jóvenes se les desaconseja adquirir experiencia práctica en políticas públicas antes de que alcancen la titularidad (tenure) y no es frecuente que la adquieran. Y hasta los profesores titulares tienen una interacción sorprendentemente limitada con el mundo exterior, debido a las prácticas de contratación prevalecientes y al miedo de que un compromiso externo pueda implicar riesgos para la reputación de la universidad. Para compensar esta carencia, las facultades de política pública contratan a los llamados “profesores de la práctica”, como es mi caso, que han adquirido previamente una experiencia en políticas públicas en otra parte.

Desde el punto de vista de la enseñanza, uno podría pensar que las escuelas de política pública adoptarían una estrategia similar a las facultades de medicina. Después de todo, tanto los médicos como los especialistas en política pública son llamados a resolver problemas y necesitan diagnosticar las causas respectivas. También necesitan entender el conjunto de posibles soluciones y descifrar los pros y los contras de cada una de ellas. Finalmente, tienen que saber cómo implementar la solución que proponen y evaluar si funciona o no.

Sin embargo, las escuelas de política pública ofrecen sólo programas de maestría de uno o dos años, y tienen un pequeño programa de doctorado con una estructura típicamente similar a la que se aplica en las ciencias. Eso se compara desfavorablemente con la manera en que las facultades de medicina capacitan a los médicos e impulsan su disciplina.

Las facultades de medicina (al menos en Estados Unidos) admiten a los alumnos después de que hayan terminado una carrera universitaria de cuatro años en la que hayan tomado un conjunto mínimo de cursos relevantes. Los estudiantes de medicina luego participan en un programa de dos años de enseñanza principalmente en aulas, seguido por dos años en los que rotan por diferentes departamentos en los llamados hospitales escuela, donde aprenden cómo se hacen las cosas en la práctica al acompañar al médico principal y a sus equipos.

Al final de los cuatro años, los médicos jóvenes reciben un diploma. Pero entonces deben empezar una residencia de tres a nueve años (dependiendo de la especialidad) en un hospital escuela, donde acompañan a médicos principales, pero donde se les asignan cada vez más responsabilidades. Después de siete a trece años de estudios de posgrado, finalmente se les permite ejercer la práctica como médicos sin supervisión, aunque algunos hacen pasantías adicionales supervisadas en áreas especializadas.

Por el contrario, las escuelas de política pública esencialmente dejan de enseñarles a los alumnos después de sus dos primeros años de una educación esencialmente en las aulas y (aparte de los programas de doctorado) no ofrecen los muchos años adicionales de formación que brindan las facultades de medicina. Sin embargo, el modelo de hospital escuela podría ser efectivo en política pública también.

Consideremos, por ejemplo, el Laboratorio de Crecimiento de la Universidad de Harvard, que fundé en 2006 después de dos experiencias en políticas públicas sumamente enriquecedores en El Salvador y Sudáfrica. Desde entonces, hemos trabajado en más de tres docenas de países y regiones. En algunos sentidos, el Laboratorio se asemeja un poco a un hospital escuela y de investigación. Se centra tanto en la investigación como en el trabajo clínico de atender “pacientes”, o gobiernos en nuestro caso. Es más, reclutamos PhDs recién graduados (equivalente a los profesionales médicos recién recibidos) y graduados de programas de maestría (como los estudiantes de medicina después de sus dos primeros años de universidad). También contratamos graduados de licenciaturas como asistentes de investigación, o “enfermeros”.

Al abordar los problemas de nuestros “pacientes”, el Laboratorio desarrolla nuevas herramientas de diagnóstico para identificar tanto la naturaleza de las restricciones que enfrentan los países como los métodos terapéuticos para superarlas. Y trabajamos junto con los gobiernos para implementar los cambios propuestos. En verdad, es allí donde más aprendemos. De esa manera, garantizamos que la teoría enriquezca a la práctica, y que los conocimientos obtenidos en la práctica enriquezcan nuestra investigación futura.

Los gobiernos tienden a confiar en el Laboratorio, porque no tenemos un ánimo de lucro, sino más bien el simple deseo de aprender con ellos al ayudarlos a resolver sus problemas. Nuestros “residentes” permanecen con nosotros durante tres a nueve años, como en una facultad de medicina, y suelen asumir puestos de relevancia en los gobiernos de sus propios países cuando nos dejan. En lugar de utilizar nuestra experiencia adquirida para crear “propiedad intelectual”, la hacemos ampliamente disponible a través de publicaciones, herramientas online y cursos. Nuestra recompensa es que otros adopten nuestros métodos.

Esta estructura no fue planeada: simplemente emergió. No fue promovida desde arriba, sino que sencillamente se la dejó evolucionar. Sin embargo, si se abrazara la idea de estos “hospitales escuela”, podría cambiar radicalmente la manera en que la política pública se desarrolla y se enseña, y se la pone al servicio del mundo. Si esto llegara a ocurrir, quizá la gente deje de culpar a los economistas por cosas que nunca debieron haber estado bajo su responsabilidad.

1 de septiembre 2019

Prodavinci

https://prodavinci.com/no-culpen-a-la-economia-culpen-a-la-politica-publica

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