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¿Por qué no entendemos la situación?

Cambio

Editorial

A los venezolanos nos ocurre algo parecido a lo que experimentaron los habitantes de los países de Europa del Este al desaparecer el dominio soviético. De pronto descubrieron que eran libres, pero comprobaron también que buena parte del antiguo mundo continuaba existiendo dentro de las instituciones, de las costumbres y hasta de las maneras de pensar. Milán Kundera había descrito admirablemente esa persistencia de un sistema incluso más allá de sus estructuras formales.

Existe, sin embargo, una diferencia fundamental. En Europa del Este el sistema se derrumbó y Estados Unidos y Europa apoyaron, sin demasiadas ambigüedades, la emancipación de aquellos pueblos. En Venezuela no ocurrió algo semejante. El régimen fue descabezado, pero su estructura permaneció sustancialmente intacta.

Veintisiete años de desinstitucionalización, de adoctrinamiento en un socialismo a la cubana, de corrupción convertida en método para permanecer en el poder y de incapacidad crónica para administrar el Estado crearon algo mucho más difícil de desmontar que un gobierno: una urdimbre de intereses, dependencias, complicidades y malas prácticas que terminó haciendo inviable a un país que posee las mayores reservas petroleras del planeta.

Cuando los estadounidenses descabezaron lo que solemos llamar, quizá erróneamente, «el régimen», se encontraron precisamente con esa realidad: no bastaba con sustituir a quienes ocupaban la cúspide, porque el problema estaba también en todo aquello que sostenía la estructura. Optaron entonces por utilizar a quien fungía como segunda de a bordo de aquella nave a la deriva para comenzar a desmontar, desde dentro, buena parte de lo construido durante la larga permanencia del chavismo en el poder.

Al mismo tiempo, Estados Unidos avanza en lo que ha denominado eufemísticamente la «estabilización» de Venezuela, pero lo que ocurre es más profundo: una reconfiguración del país y, en particular, de su inserción internacional, desmontando progresivamente los vínculos políticos, económicos y estratégicos que durante años lo acercaron a los principales adversarios de Washington.

Eso ayuda a explicar por qué a tantos venezolanos nos cuesta comprender lo que estamos viviendo.

Estamos contemplando simultáneamente dos realidades contradictorias. La vieja estructura continúa allí: permanecen funcionarios, instituciones, hábitos y personajes asociados al régimen anterior. Pero, al mismo tiempo, algunas de las bases sobre las cuales aquel sistema pudo sostenerse durante tantos años están siendo modificadas.

Lo viejo subsiste mientras lo nuevo tarda en aparecer.

Y pocas situaciones producen tanta incertidumbre como esa zona intermedia en la que sabemos que algo terminó, pero todavía no podemos ver claramente aquello que habrá de sustituirlo.

Probablemente estamos mirando dos relojes distintos. Los venezolanos queremos que el reloj político avance cuanto antes hacia la recuperación de la legitimidad democrática. Estados Unidos parece mirar primero otro reloj: el de la estabilización, el desmontaje de determinadas estructuras y la modificación definitiva de la ubicación geopolítica de Venezuela.

Los dos procesos no necesariamente son incompatibles. El problema surgiría si el primero pretendiera sustituir al segundo y lo provisional quisiera convertirse en permanente.

Por eso el cambio probablemente ocurrirá, aunque no con la velocidad que muchos venezolanos deseamos. Pero para comprender lo que está sucediendo quizá haya que aceptar que Washington no parece estar esperando solamente que Venezuela cambie de gobierno.

Parece querer asegurarse de que cambie de órbita.

https://www.analitica.com/el-editorial/por-que-no-entendemos-la-situacion/