La economía venezolana entró en una fase nueva después del doble terremoto del 24 de junio. No se trata de un colapso total, porque el petróleo, las exportaciones y parte del aparato urbano siguieron operando, pero sí de un cambio de régimen económico: el país pasó de una recuperación precaria apoyada en apertura parcial y petróleo a una economía de reconstrucción, con más inflación, más presión logística y menos margen para equivocarse.
Si no hay cambio de fondo y con legitimidad, no habrá inversiones reales en electricidad; y sin electricidad no habrá petróleo; y sin petróleo no habrá fuente primaria de recursos para financiar la recuperación del país.
En todos los escenarios se asume que la economía seguirá siendo frágil al menos hasta 2027, incluso si hay crecimiento positivo; que el petróleo será la principal fuente de caja y de negociación, pero no bastará por sí solo para solucionar deuda, servicios y pobreza;...
Hay países que colapsan de golpe, mientras hay otros que se acostumbran a funcionar mal, pero siguen llamando vida a esa forma de deterioro administrado; y Venezuela lleva demasiado tiempo en esa segunda categoría.
Venezuela está allí. En ese espacio incómodo, cargado de expectativas, incertidumbre y ansiedad, que puede llamarse t-1, no se juega todavía la llegada plena al futuro, pero sí se define si ese futuro será realmente posible o si volverá a posponerse.
Estados Unidos pasó de enemigo absoluto a árbitro tutelar. Ese giro no ocurrió por reconciliación sino por conveniencia mutua. Washington necesita energía, control regional y una narrativa de éxito; mientras el chavismo necesita oxígeno financiero, reconocimiento operativo y tiempo.
En la realidad actual, Machado sí puede influir sobre el futuro de una Venezuela sin chavismo, pero su fuerza principal hoy es de conducción social, legitimidad democrática y capacidad de dar sentido político a la pérdida de miedo dentro y fuera del país.